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La Niña de Luzmela

Chapter 4: III
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About This Book

Un hombre mayor vive en una antigua casa señorial y ha adoptado a una niña huérfana, Carmencita, cuya calma y encanto transforman la atmósfera del hogar. La narración explora la relación afectuosa y ambivalente entre el protector, enfermo y soñador, la niña de conducta serena y la fiel criada que la cuida, mientras afloran la inquietud por la salud del hombre, el misterio sobre los orígenes de la niña y las fricciones ocasionadas por visitas familiares. Abundan temas de ternura paternal, melancolía, enigma del pasado y el contraste entre la decadencia de la casa y la frescura infantil.

The Project Gutenberg eBook of La Niña de Luzmela

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Title: La Niña de Luzmela

Author: Concha Espina

Release date: March 1, 2004 [eBook #11657]
Most recently updated: October 28, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Stan Goodman, Virginia Paque and the Online Distributed Proofreading Team

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA NIÑA DE LUZMELA ***
LA NIÑA DE LUZMELA

CONCHA ESPINA

LA NIÑA DE LUZMELA

1922

PRIMERA PARTE

I

Habíase convertido don Manuel en un soñador quejoso. Hacía tiempo que parecían extinguidas en él aquellas ráfagas de alegría loca que, de tarde en tarde, solían sacudirle, agitando toda la casa.

En tales ocasiones, parecía don Manuel un delirante. Todo su cuerpo se conmovía con el huracán de aquel extraño gozo que le hacía cantar, correr, tocar el piano y reirse a carcajadas. Mirábanle entonces, compadecidos, los criados, y la vieja Rita, haciéndose cruces en un rincón, desgranaba su rosario a toda prisa, murmurando:

—Son los malos…, los malos…; siempre estuvo el mi pobre poseído….

Carmencita seguía los pasos acelerados de su padrino, pálida y silenciosa, prestando un dulce asentimiento a aquella alegría disparatada y sonriendo con mucha tristeza.

En algunas de estas extrañas crisis don Manuel tomaba entre sus manos ardientes la cabeza gentil de la niña y, mirando en éxtasis sus ojos garzos y profundos, le había dicho con fervor:

—Llámame padre…, ¿oyes?… llámame padre.

La niña, trémula, decía que sí.

Y pasado el frenesí de aquellas horas, cuando el caballero, deprimido y amustiado, se hundía en su sillón patriarcal a la vera de la ventana, llamaba a Carmencita, y acariciándole lentamente los cabellos, le decía «a escucho»:

—Llámame padrino, como siempre, ¿sabes?

También la niña respondía que sí.

* * * * *

Aquel día don Manuel sentía en el pecho un dolor agudo y persistente, un zumbido penoso en la cabeza…. ¿Iría a morirse ya?

El hidalgo de Luzmela aseguraba que no tenía miedo a la muerte, que habiendo meditado en ella durante muchas horas sombrías de sus jornadas, no había salido de sus fúnebres cavilaciones con horror, sino con la mansa resignación que deben inspirar las tragedias inevitables.

Sin embargo, don Manuel estaba muy triste en aquella tarde oscura de septiembre.

Miraba a Carmen jugar en el amplio salón, con aquel apacible sosiego que era encanto peregrino de la criatura. Todos sus movimientos, todos sus ademanes, eran tan serenos, tan suaves y reposados, que placía en extremo contemplarla y figurarse que aquellas innatas maneras señoriles respondían a un alto destino, tal vez a un elevado origen.

Podía fantasearse mucho sobre este particular, porque Carmencita era un misterio.

En uno de sus viajes frecuentes y desconocidos, trajo don Manuel aquella niña de la mano. Tenía entonces tres años y venía vestida de luto.

El caballero se la entregó a su antigua sirviente, Rita, convertida ya en ama de llaves y administradora de Luzmela, y le dijo:

—Es una huérfana que yo he adoptado, y quiero que se la trate como si fuera mi hija.

La buena Rita miró a don Manuel con asombro, y viendo tan cerrado su semblante y tan resuelta su actitud, tomó a la pequeña en sus brazos con blandura, y comenzó a cuidarla con sumisión y esmero.

La niña no se mostró ingrata a esta solicitud, y desde el día de su llegada se hizo un puesto de amor en el palacio de Luzmela.

—¿Cómo te llamas?—le había preguntado Rita con mucha curiosidad.

Y ella balbució con su vocecilla de plata:

—Carmen….

—¿Y tu mamá?…

—Mamá….

—¿Y tu papá?…

—Padrino….

—¿De dónde vienes?

—De allí—y señaló con un dedito torneado, del lado del jardín.

—¡Claro, como las flores!—dijo Rita encantada de la docilidad graciosa de la niña.

Rita deletreaba las facciones de la pequeña con avidez, como quien busca la solución de un enigma.

Mirándola detenidamente, movía la cabeza.

—En nada, en nada se parece…. El señor es moreno y flaco, tiene narizona y le hacen cuenca los ojos; esta chiquilla es blanca como los nácares, tiene placenteros los ojos castaños y lozano el personal…; en nada se le parece.

Y la buena mujer se quedó sumida en sus perplejidades y enamorada de la niña.

Con una facilidad asombrosa acomodóse Carmencita a la vida sedante y fría de Luzmela. Su naturaleza robusta y bien equilibrada no sufrió alteración ninguna en aquel ambiente de letal quietud que se respiraba en el palacio; ella lo observaba todo con sus garzos ojos profundos, y se identificaba suavemente con aquella paz y aquellas tristezas de la vieja casa señorial.

El encanto de su persona puso en el palacio una nota de belleza y de dulzura, sin agitar el manso oleaje de aquella existencia tranquila y silenciosa, en medio de la cual Carmencita se sentía amada, con esa aguda intuición que nunca engaña a los niños.

Parecía ella nacida para andar, con su pasito sosegado y firme, por aquellos vastos salones, para jugar apaciblemente detrás del recio balconaje apoyado en el escudo y para abismarse en el jardín penumbroso, entre arbustos centenarios y divinas flores pálidas de sombra.

Jamás la voz argentina de la pequeña se rompía en un llanto descompuesto o en un acedo grito; jamás sus magníficos ojos de gacela se empañecían con iracundas nubes, ni su cuerpo gallardo se estremecía con el espasmo de una mala rabieta. Su carácter sumiso y reposado y la nobleza de sus inclinaciones tenían embelesados a cuantos la trataban, y la buena Rita, convertida en guardiana de la criatura, no podía mencionarla sin decir con íntima devoción:

—Es una santa, una santa…. Sólo una vez se recordaba que Carmencita hubiese alzado en el silencio de la casa su voz armoniosa deshecha en sollozos.

Fué un día en que doña Rebeca, la única hermana de don Manuel, residente en un pueblo próximo, llegó a Luzmela de visita.

Atravesaba la niña por el corral con su bella actitud tranquila cuando la dama se apeó de un coche en la portalada.

Era doña Rebeca menuda y nerviosa, de voz estridente y semblante anguloso; fuese hacia Carmencita a pasitos cortos y saltarines, la tomó por ambas manos, y de tal manera la miró, y con tales demasías le apretó en las muñecas finas y redondas, que la pobrecilla rompió en amargo llanto, toda llena de miedo.

Se revolvió la servidumbre asombrada, y el mismo don Manuel corrió inquieto hacia la niña, a quien doña Rebeca cubría ya de besos chillones y babosos, diciendo a guisa de explicación:

—Como no me conoce, se asusta un poco.

Carmencita tendió ansiosa los brazos a su padrino, y poco después se refugiaba en los de Rita hasta que doña Rebeca se hubo despedido.

II

El caballero de Luzmela miraba a la chiquilla, aquella tarde, con una extraña expresión de vaguedad, como si al través de ella viese otras imágenes lejanas y tentadoras.

Acaso delante de aquellas pupilas extasiadas e inmóviles, la ilusión rehacía una historia de amor toda hechizo y misterio; tal vez, por el contrario, era una tragedia dolorosa. ¿Quién sabe?… ¡Don Manuel había rodado tanto por el mundo, y había sido tan galán y aventurero!

De pronto se le apagó al soñador su visión misteriosa encendida en el muro blanco del salón, sobre la cabeza rizosa de la niña.

Exhaló un suspiro amargo, y bajó los ojos para mirar sus manos exangües, extendidas sobre las rodillas. Era cierto que estaba muy enfermo; ¿iría a morirse ya?…

Carmencita, en este momento mecía a su muñeca regaladamente, sentada en un taburete en el hueco profundo de una ventana.

Llamaron a la puerta del salón, y al mismo tiempo anunciaron:

—El señorito Salvador.

—Que pase—dijo don Manuel, y la niña, levantándose, corrió a recibir la visita con sonrisa plácida.

Entró un joven mediano. Era mediano en todo lo aparente: en belleza, en elegancia, en estatura; mediano era también en ingenio; sólo en lealtad y en nobleza era grande aquel mozo.

Tendría acaso veinticinco años, y encontramos muy natural que el caballero de Luzmela le dijese:

—¡Hola, médico!

No podía ser otra cosa sino médico este hombre que se presentaba de visita calzando espuelas y botas de montar y llevando en la mano unos guantes viejos.

Don Manuel se había enderezado en el sillón de nogal y la niña enlazaba su bracito al del mozo recién llegado.

—No sabes lo oportunamente que llegas, hijo—exclamó el enfermo.

—Qué, ¿se siente usted peor, acaso?

—Me siento mal siempre, muy mal; la hipocondría me consume, y tengo la preocupación constante de que voy a vivir ya contados días.

—Precisamente esa es la única enfermedad de usted: la monomanía de la muerte. Es una de las formas más penosas de la psicosis.

—Sí, sí, sácame a colación nombres modernos para despistarme. Lo que yo tengo es algún eje roto aquí—y señaló su corazón—, y creo que aquí también—añadió tocando su cabeza, prematuramente blanca.

Salvador se echó a reir con una impetuosa carcajada jovial, que rodó por la sala con escándalo. La niña, muy seria y cuidadosa, escuchaba atentamente.

Observándola don Manuel, le dijo:

—Vete, querida mía, a jugar abajo, ¿quieres?

Ella, un poco premiosa para obedecer, objetó:

—¿Pero de verdad tienes rota una cosa en el pecho y otra en la frente?

—No, preciosa, no te apures; son bromas que yo le digo a tu hermano.

Salvador la atrajo a sus rodillas y la acarició tiernamente.

—Son bromas del padrino, Carmen; anda, corre a jugar.

Se fué con su paso majestuoso y su aire noble de madona.

Desde el umbral de la puerta se volvió a sonreirles, segura de que ellos estaban mirándola, en espera de aquella gracia suya.

Reinó en el salón un breve silencio, y, con otro suspiro doliente, murmuró don Manuel:

—Por ella, por ella lo siento, sobre todo.

—Por Dios, deseche usted esa idea….

Pero él, obediente a su pensamiento, concluyó:

—Y por ti también, Salvador.

El mozo tragó la saliva con alguna dificultad, y balbució unas, entrecortadas frases de consuelo; estaba emocionado y torpe.

Le miró el enfermo con cariño, y tomándole las manos cordialmente, le dijo:

—Vamos, hay que ser hombres de veras; yo he andado, hijo mío, temerosos caminos sin temblar, y es preciso que no me acobarde en el anhelo de este último que voy a emprender. Tú debes ayudarme, y en ti confío; te necesito, Salvador; ¿estás pronto, hijo, a valerme?

—¿Yo, señor?… Yo siempre estoy pronto a lo que usted mande. ¿Acaso mi vida no le pertenece a usted?

—¡Oh, muchacho, qué cosas dices! Tu vida le pertenece a la humanidad, a la ciencia; le pertenece a la juventud, a la dicha…. Tú vienes ahora, Salvador, yo me voy; me voy temprano…. ¡he vivido tan de prisa! He amado mucho, he sufrido mucho, y también he gozado, que no es esta hora de mentir, ni siquiera de disimular…. Y mira, no creas que yo he sido tan malo como dicen…. Anduve por el mundo locamente y pequé y caí veces innumerables; pero otras veces, ¡también muchas!, levanté a los caídos en mis brazos, prodigué a los tristes mi corazón y mi fortuna…, fuí piadoso y noble….

Callaba Salvador entristecido y confuso. Don Manuel miraba vagamente una nubecilla blanca que se deshacía en jirones leves, sobre el fondo gris de un cielo huraño.

Volvióse hacia el joven, y le dijo de pronto:—¿Sabes que ayer estuvo aquí el notario de Villazón?

El muchacho interrogó perplejo:

—¿Estuvo?

—Sí; yo le había mandado decir que deseaba verle. Hablamos un largo rato y convinimos en que mañana volvería para recibir mis últimas disposiciones.

Salvador se agitó en su silla protestando:

—Pero, Dios mío, acabará usted por matarse con esa ansiedad.

—Al contrario; estos preparativos me tranquilizan; hallaré reposo y bienestar en arreglar todas mis cuentas, y para que, después de realizar estos propósitos, tenga descanso mi corazón, es preciso que tú me hagas una solemne promesa.

—Por hecha la puede usted contar.

—Tú quieres mucho a Carmen, ¿no es cierto?

—Cierto es que la quiero mucho.

Se enderezó el de Luzmela conmovido y le blanqueó intensamente la faz cetrina.

—Oye bien, Salvador…: voy a dejar sola en el mundo a Carmen, y Carmen es mi hija; tiene apenas trece años la inocente, y quedará en la vida sin sombra y sin nombre….

Se apagó tremulante la voz del solariego; Salvador, inmutado por la gravedad de aquella revelación que tal vez esperaba, se atrevió a decir, después de meditar:

—Si usted la reconoce….

Otra vez se alzó, como en sollozo contenido, la voz temblorosa.

—Pero estoy fatalmente condenado a no poder hacerlo…. Esta única flor de mi existencia es el fruto de mi mayor pecado…: no hablemos de él, que es irremediable; hablemos de ella, de la pobre flor sin sombra.

—¿No estoy aquí yo? ¿De nada podré servirle cuando tanto la quiero?

—Sí; sí que la servirás de mucho: esa es mi esperanza….

—Pues ordene usted, señor.

—Si tú fueras también mi hijo, yo te la confiaría descansadamente.

Estaba Salvador anhelante, mirando al enfermo, que continuó con su voz grave y triste:

—Pero no lo eres, no; yo te lo juro…. Por ahí se ha dicho que sí…; ¡se dicen tantas cosas! Yo he oído el rumor de esta calumnia rondando en torno mío, y la he dejado crecer a intento, porque si esta mentira ponía una mancha más en mi reputación, ponía en cambio un poco de prestigio en tu juventud abandonada. Si eras hijo del señor de Luzmela tenías porvenir, y tenías un puesto en la vida…; pero no lo eres, no….

Estaba Salvador trémulo; tenía el semblante demudado y una expresión desolada en los ojos. Veía quebrarse en pedazos su más cara ilusión. Era bueno; pero era hombre y había sentido siempre atenuada la ignominia de su madre, creyendo culpable de ella al noble señor del valle, don Manuel de la Torre y Roldán. He aquí que don Manuel era inocente de la deshonra que le hizo nacer, y que Salvador, herido en su orgullo, veía el nombre de su madre hundirse en la infamia, como si hasta aquel momento hubiera estado solamente empañado de un leve rubor.

—Entonces, mi padre… murmuró temblando.

—Piensa sólo en tu madre—respondió el caballero; los padres de ocasión somos siempre unos cobardes…, unos viles; ¡ellas, las madres sí que son valientes en casi todas las ocasiones! La tuya lo fué; por verla yo, tan desgraciada y tan sufrida, cargar contigo denodadamente, dile apoyo y la cobré afecto. No me recaté para ampararla, ni ella tuvo reparo en apoyarse en mí, honradamente. Cuando la pobre se alzaba sobre su dolor, confortada por mi amistad y purificada por tu inocencia, vino la muerte y se la llevó…. ¡Que no te sonroje su recuerdo; guárdale con respeto y con amor!

Salvador interrogó otra vez con amargura.

—Pero, ¿y mi padre…, mi padre?

—¿Qué te importa de él? ¿Le debes gratitud por el ser que fortuitamente te dió, en la inconsciencia de su brutalidad?… ¿Acaso podemos considerarnos padres siempre que afrentamos a una mujer?

—Quisiera, sin embargo, saber su nombre.

Don Manuel guardó silencio.

—Saber—añadió el mozo—su clase social.

El de Luzmela vió cómo se agitaba en este anhelo la vanidad del joven; vaciló un momento, y luego dijo con firmeza:

—Ya sabes que ésta no es hora de mentir. Salvador: tu padre era un campesino de origen humilde lo mismo que tu madre.

—Y, ¿vive?

—Emigró, y ya no se supo más de él.

—¿Era soltero?

—Lo era.

—¿Y jamás consintió…?

—¿En reparar su delito?… ¡Nunca!… ¿No te digo que nada le debes? Eres hombre, y hombre cabal. Deja que esa humillación pase por debajo de tu orgullo, y no le fundes en hechos de que no eres responsable.

Pero estaba profundamente abatido Salvador. En vano trataba de luchar contra la pesadumbre de aquella sorpresa que casi destruía su personalidad de un solo golpe inesperado.

Compadecido don Manuel, ablandó su voz para decirle efusivamente:

—Todavía estoy aquí yo, hijo. En la negra hora de su agonía le juré a tu madre ampararte, y he tratado de cumplir mi juramento. Te eduqué y te hice un hombre; dócil ha sido tu condición para que yo haya podido formar de ti un mozo tan noble y amable como para hijo le hubiera deseado. Si por creerte mío has tenido tesón y firmeza para llegar a lo que eres… ¿tan ajeno a mí te juzgas ya, que así te amilanas y vacilas?… Aunque no te di el ser, ¿no soy algo más padre tuyo que aquel que te le dió?… ¡Y si te acobardas ahora que yo te necesito!…

No acabó don Manuel este sentido discurso sin que el joven hubiera levantado la cabeza, brillantes los ojos zarcos y sinceros, toda iluminada de una grata expresión su simpática fisonomía.

Se quiso arrodillar con un movimiento espontáneo y devoto para suplicar.

—Perdón, señor, perdón…. He dejado arruinar todo mi valor indignamente, pero ha sido un momento; ya pasó; estoy tranquilo, estoy contento si le puedo servir a usted de algo, yo, pobre de mí, que tanto le debo….

—Cállate…. ¡Si me lo vas a pagar todo! Bien sabe Dios que no tuve nunca intención de cobrártelo; pero ahora—añadió implorante—es preciso, hijo mío, que me devuelvas en Carmen todo el bien que te hice.

—Cuanto yo pueda y valga se lo ofrezco a usted dichoso.

—Pues oye.

Se recogió un momento a meditar, y dijo luego:

—¿Qué juicio has formado tú de mi hermana?

—¿Juicio?… Ninguno; ¡la he tratado tan poco!

—Pero, ¿qué impresión te causa?

—Me parece buena señora.

—¿Y qué has oído de ella por ahí, como voz general?

—Dicen que es un poco rara; algo histérica.

—Sí, tiene que serlo; era epiléptica nuestra madre, y nuestro padre el hidalgo de Luzmela ¡bebía tanto ron!… Pero, en fin, ¿la creen buena?

—Buena sí.

—Te extrañarán estas preguntas; pero yo te voy a decir una cosa: apenas conozco a mi hermana. Aquí, jugamos un poco de pequeños, ¡ya no me acuerdo de aquellos años! En seguida me llevaron al colegio, desde allí a la Universidad; cuando acabé la carrera ella estaba ya casada en Rucanto. Estuve aquí con mi padre corto tiempo, y partí a visitar la Europa, ansioso de ver mundo y correr aventuras. Ya te he contado cuánto mi padre me prefería y con cuánta liberalidad satisfacía todos mis caprichos. Derroché el dinero y la salud hasta que él me llamó para darme el último abrazo, y entonces me encontré mejorado en su testamento todo cuanto la ley permitía. El marido de mi hermana era un calavera, y mi padre les mermó la herencia todo lo posible. Sin embargo, yo era tan calavera como él; pero era su ídolo, y en mí no veía más que la hidalguía exterior, conservada hasta en los tiempos más tormentosos de mi vida. Siempre mi cuñado me miró con animosidad, tal vez por mi superior linaje, tal vez por las muchas preferencias que en vida y en muerte me prodigó mi padre. Estas diferencias me separaron mucho de mi hermana. Vino entonces mi casamiento, tan lleno de esperanzas para mí. Me creí reconciliado con el amor del terruño y con la paz de mi valle; restauré esta casa, soñando vivir siempre en ella en idílicos goces; evoqué la visión de unos hijos robustos y de una patriarcal vejez…: ¡sueño fué todo! Desperté de él con la esposa muerta entre los brazos. Era la más rica heredera de Villazón, y, tan abundante en bondad como en dineros, quiso dejarme en prenda de su cariño toda la fortuna que tenía. Doblemente rico, perdida la ilusión de la dulce vida quieta y santa que acaricié apenas, de nuevo me lancé a los placeres locos del mundo, lejos de mi solar. Peregriné mucho; derramé el corazón y la vida a manos llenas; pero no fuí tan insensato que llegara a empobrecerme. Algunas veces volvía yo a Luzmela con una vaga esperanza de poder quedarme por aquí, bien avenido con esta melancólica vida de memorias y ensueños; pero nunca lograba que de mi corazón voltario se adueñase la paz. En uno de estos viajes vine muy cambiado; me blanqueaba el cabello y traía en los brazos una niña. Me estuve entonces aquí un año entero; un año que fué para mi alma ocasión de intensas revelaciones; la niña, tan pequeña, tan impotente, iba poseyendo todo mi albedrío. En rendirla yo mi voluntad sentía un extraño goce lleno de encantos nuevos. Su inocencia me cautivaba en dulcísima cadena, y yo, que la salvé a esta niña del abandono, más por deber de conciencia que por amor de padre, me sometí a su hechizo con una dejación de mí mismo absoluta y feliz. Ya, desde entonces, sólo salí de Luzmela por precisión y muy pocas veces. Mi vida tenía un objeto, y yo sentía santificarse mis sentimientos y levantarse mi corazón al suave contacto de aquella pequeña existencia pendiente de la mía. Continuaba viendo a mi hermana contadas veces: mi cuñado me mostraba cada día mayor hostilidad; y yo, indiferente y orgulloso, no ponía jamás los pies en Rucanto. Pero no me era grato saber que mi hermana pasaba apuros y estrecheces, casi totalmente arruinada por su marido, y a menudo le mandaba reservadamente algunas cantidades como regalo para mis sobrinos, a quienes apenas conozco….

Calló don Manuel y se quedó abstraído breve rato.

Luego dijo:

—Y hemos llegado, querido Salvador, al caso que me preocupa y desvela.
¿Merecerá mi hermana que yo le confíe mi hija?… Tú, ¿qué crees?…

—Yo creo—respondió el joven—que no es muy fácil acertar con la respuesta, ya que ni usted ni yo la conocemos bien.

—Por eso vacilo….

—¿Y ha pensado usted en qué condiciones le confiaría la tutela de
Carmen?

—Sí; lo he pensado: le dejaría a mi hermana la mitad de mi fortuna con la condición de que fuese una buena madre para la niña.

Salvador escuchaba con asombro a don Manuel.

—Pero eso—dijo—sería caso de una comprobación delicada y difícil.

—Tengo previstas todas las dificultades: de todo ello hablaremos…. Yo quisiera dejarle a mi hija un constante testimonio de mi ternura, sin perturbar su alma con la trágica historia de su nacimiento. Puesto que a la cara del mundo no le puedo decir que soy su padre, ¿a qué inquietar su inocencia con el descubrimiento de una pérfida acción que cometí?… Quiero que mi memoria le acompañe dulce y serena, como la vida que ha disfrutado junto a mí. Quiero ser su providencia y su amparo más allá de la muerte, sin que mi nombre caiga de su corazón, ennegrecido por la sombra de mis culpas…. Para ella quiero ser siempre bueno… ¡siempre!

Quedóse el de Luzmela ensimismado; ardía en sus ojos la luz de la esperanza con radiante expresión.

Y mientras Salvador le contemplaba con recogida actitud, continuó don
Manuel:

—Al enviudar mi hermana hace poco, se ha apresurado a mostrárseme afectuosa, lo que me prueba que antes no tenía libertad para hacerlo. Parece que la niña le es muy simpática. Si ella además le lleva el bienestar y la holgura, ¿no ha de quererla bien?

—Yo creo que sí.

—¿Verdad que sí?

—Es verdad….

—Pero supongamos que me equivoco; que cometo un gran desatino, y que ella no trate bastante bien a la niña. En ese caso dejaré a Carmen el derecho de reclamarle mi herencia, y todavía te quedas tú con otra parte igual a la de mi hermana.

—¿Yo, dice usted?

—Tú, que eres mi segundo heredero, a quien lego la mitad de mis caudales.

—Pero… ¿usted ha pensado?…

—Yo he pensado mucho, hijo mío; tú, si no quieres contrariar mi postrer deseo, serás un buen administrador de mi media fortuna; gastarás las rentas, como tuyas que serán, y el capital lo conservarás para cuando Carmen lo necesite. Figúrate que por amor se casa pobre…; tú la dotas; o que se casa contigo…; la dotas también; o que se muere…; la heredas, quedándote tranquilamente con mi legado, que legalmente será tuyo.

—¿Y si muriese yo?

—Se lo dejas a ella. Y si nada necesita, tuya será entonces, sin condiciones, la herencia.

—Por Dios, señor, yo creo que jamás un testamento se ha hecho así, de tan extraña manera….

—No se habrá hecho; pero se va a hacer ahora; mejor dicho, ya se está haciendo.

—¿Ya?…

—Sí; le estamos haciendo tú y yo; un testamento moral entre dos hombres honrados…. Testo yo, y tú asientes; recibes mi legado y juras cumplir mi voluntad…. ¿Te figuras que estas condiciones que te impongo iban a constar en papeles? No, hijo, no; se confirmaría entonces la opinión general de que estoy un poco «tocado»…; ya sabes que se dice por ahí….

—Sin embargo, señor, medite usted bien que es demasiado absoluta la confianza con que usted me honra. Puedo extraviarme; puedo pervertirme…, volverme loco; hágalo usted en otra forma, limitándome la acción; ajustándome el camino…; nómbreme usted, si quiere, tutor de Carmen.

—Te nombro su hermano, su protector, acaso su esposo, dentro de mi corazón; ante la ley te nombro mi heredero sin condición alguna.

Salvador se paseaba por la sala agitado; mortificaba su barba rubia con una mano implacable, y sus espuelas levantaban en la estancia silenciosa un belicoso acento metálico.

Moría la tarde en la cerrazón sombría del cielo, y don Manuel tendía hacia el joven una mirada ansiosa.

Viéndole tan dudoso y alterado, díjole, al fin, con tono de dolido reproche:

—¡Si no quieres, Salvador, yo no te obligo!…

Él se volvió hacia el enfermo; estaba pálido y tenía la voz angustiosa.

—¿No querer yo servirle a usted? Es que me aterra el temor de no saber hacerlo; de no poder, de no ser digno de esta ciega confianza con que usted me abruma.

—Si no es más que eso….

Y don Manuel, alzándose del sillón, estrechó al muchacho en un abrazo ardiente, y teniéndole así, preso y acariciado, dijo con solemnidad:

—Doy por recibido tu juramento, y le pongo este sello de nuestro cariño.

Quiso salvador confirmar: yo juro; pero el de Luzmela le tapó la boca con su descarnada mano.

—Está jurado, hijo mío; ven y siéntate otra vez a mi lado; no me sostienen las piernas.

Se sentaron.

Comenzó don Manuel a hablar animadamente con la voz impregnada de emoción y de dulzura.

Salvador le atendía en silencio, sin dejar de mesarse la barba febrilmente; y en esto se oyeron en el pasillo unas palabras recias y unos pasos sonoros.

—Son el cura y el maestro—dijo don Manuel contrariado.

—Entonces me voy, con su permiso; aun no hice hoy la visita en Luzmela, y está cayendo la noche. ¿Cuándo quiere usted que vuelva?

Ya habían anunciado a don Juan y a don Pedro, cuando don Manuel respondió:

—Ven mañana temprano; te espero en mi despacho a las nueve, y te quedarás a comer.

Los dos hombres se estrecharon las manos fervorosamente, y Salvador hizo un breve saludo a los recién llegados.

Salió. En la meseta amplia de la monumental escalera encontró a Carmencita: estaba apoyada en la maciza reja del ventanal, y miraba al cielo o al campo ensimismada.

Al sentir las espuelas de Salvador en la escalera, se volvió hacia él sonriendo, y observándole muy atenta, preguntó:

—¿Le mandaste al padrino alguna medicina?

Bajaba el mozo embargado de emociones. La dulce voz de la niña le hizo estremecer. Contemplóla con un respeto y una sumisión que no le había inspirado jamás, y apremiado por su mirada interrogadora, replicó:

—Está muy bien el padrino, querida.

Ella le tendió la frente esperando un beso, y el pobre muchacho se inclinó y le besó la mano con noble acatamiento.

Quedóse algo asombrada Carmencita de la actitud turbada del que llamaba su hermano; apoyándose en la reja oía cómo se alejaba el caballo de Salvador y pensaba:

—¡Es que está malo, de verdad, el padrino!

III

Habían colocado una lámpara sobre la mesa, y don Juan y don Pedro se pusieron a mirar al de Luzmela. Parecía más hundido en el sillón que otras veces y como si los ojos se le hubiesen agrandado.

Sirvieron en seguida el chocolate humeante y espumoso, y mientras don Manuel lo tomaba a sorbos, con esfuerzo, el cura y el maestro lo saboreaban con deleite, mojando en los delicados pocillos hasta el último bizcocho y la última rebanada de pan rustrido.

Se había iniciado una trivial conversación, rota a cada bocado de pan o de bizcocho, hasta que retiradas las bandejas de encima del tapete, el criado presentó otra grande, de plata, con la correspondencia.

Miró don Manuel los sobres de sus dos o tres cartas, y las apartó indiferente; el maestro abrió un periódico y comenzó la habitual lectura.

Había el caballero cerrado los ojos; tenía las manos cruzadas sobre las rodillas.

Don Juan, a veces, hacía un punto en su tarea y por encima del papel miraba con inquietud al enfermo.

También don Pedro le observaba con atención, y miraba después a don
Juan.

Y cuando ya los dos se estaban alarmando, por aquella quietud momificada de su huésped, éste dió un respingo en la silla y dijo, con la voz entera y sonora.

—Perdone un momento, don Juan; me van ustedes a permitir unas preguntas, y aunque les parezcan extrañas han de responderme sin hacer comentarios, ¿no?

Don Manuel había estado en América dos años, y esta interrogación expresiva ¿no?, importada de aquel mundo joven, la usaba todavía en ciertos momentos.

Se miraron con sorpresa sus dos contertulios, y ambos dijeron que «sí» varias veces, en contestación a aquel «no» interrogante.

—Vamos a ver—indagó el solariego, que parecía un resucitado—: a ustedes ¿qué les parece de mi hermana?

Hubo un silencio explicable, y a la par respondieron los dos señores:

—Nos parece bien; ya lo creo, muy bien….

—¿Creen ustedes que es buena?

—Ya lo creo; muy buena, sí señor.

—¿Y no dicen por ahí que es rara?

—Un poco rara; pero, poca cosa….

Hubo otra pausa, y aseveró don Manuel:

—¿De modo que a ustedes les merece excelente opinión?

—¡Excelente!

El de Luzmela volvió a recostarse en el sillón, cerró de nuevo los ojos y cruzó otra vez las manos murmurando:

—Siga, siga la lectura, don Juan, y dispensen.

Don Juan leyó otro ratito; él y don Pedro se miraban mucho aquella noche, y, más temprano que de costumbre, se despidieron.

Encontraron en el corredor a Rita, que subía con Carmen de la mano, y le dijeron:

—El amo está peor, ¿eh?

—¿Peor?

—Mucho peor: tengan cuidado.

Aunque hablaban con misterio, la niña se enteró, y preguntó con ansia.

-¿Mi padrino?

Ellos ya bajaban la escalera y no respondieron nada.

Rita aceleró el paso llena de inquietud.

Carmen tenía los ojos muy abiertos en la semioscuridad del pasillo, y toda su alma se asomaba por ellos como escudriñando las tinieblas del porvenir.

Llegando a la sala, la mujer y la niña fueron derechas al sillón, y mientras Carmen se inclinaba devota a besar las manos del enfermo decíale Rita acongojada:

—¿Se siente mal?

Sin responder a esto, el de Luzmela preguntó a su vez, mirando a la vieja:

—Oye, ¿a ti qué te parece de mi hermana: es buena?

Atónita la mujer, creyó que deliraba su amo, y él quiso disipar aquel asombro explicando:

—No estoy «de la cabeza», Rita, no te apures, y responde.

Dijo Rita:

—Buena es su hermana, ¡qué ocurrencia!

—Podía no serlo….

—Yo poco la tengo tratada; casóse apenas yo vine…, ¿no se acuerda?

—Pero, ¿qué has oído por ahí?

—Que es algo rara, algo «maniosa»; pero buena sí.

Don Manuel soliloquió:

—¡Todos dicen que es buena!

—Sabe, que el genial se le habrá corrompido algo con las desazones; pero el fondo será querencioso y noble como el de todos los amos de Luzmela….

Tenía el enfermo una placentera expresión cuando volvió la cara hacia
Carmen, que atenta escuchaba a su lado.

—Y a ti, hija mía, ¿qué te parece? ¿quieres a mi hermana?

La niña clavó en él su mirada límpida, y también preguntó:

—¿La quieres tú?

—Yo sí.

—Pues yo también, sí….

—¿Te gustaría vivir con ella?

Carmen dijo prontamente:

—Quiero vivir contigo—y le echó los brazos al cuello con ternura.

El la enlazó en los suyos lleno de emoción, murmurando con la voz quebrada:

—Pero si yo tuviera que marchar….

La niña, sollozante, respondió al punto:

—No, no, por Dios; llévame entonces contigo.

Rita hacía pucheros y se llevaba a los ojos la punta del delantal, y don Manuel, incapaz de prolongar aquella escena sin descubrir el profundo dolor que le poseía, trató de calmar a la niña con tranquilizadoras palabras.

Cuando Carmen, un poco engañada, alzó la cabeza y miró al hidalgo, le vió demudado y con el rostro humedecido. Angustiada todavía, le preguntó:

—¿Lloras?…; ¿sabes tú llorar?

Él trató de sonreir diciendo:

—¡Si son lágrimas tuyas!

Y la despidió con un beso muy grande….

En la alta noche, cuando el monumental lecho de roble crujía sacudido por el convulso llanto del enfermo, murmuraba el triste:

—¡Que si sé llorar!… ¡Hija mía, hija mía!…

IV

Después de aquellos primeros ocho días, la vida en Luzmela recobró su aspecto acostumbrado.

Carmencita dió sus lecciones con don Juan y bordó su tapicería en un extremo del salón bajo la mirada solícita del solariego, que parecía un poco aliviado de sus achaques.

Salvador hizo al enfermo la cotidiana visita, larga y cariñosa, y el maestro y el cura fueron todas las noches, como de costumbre, a hacerle un rato la tertulia a don Manuel.

La numerosa servidumbre del palacio, engolfada en el trasiego de las cosechas, llegó casi a olvidar la angustia de aquella mañana en que el notario de Villazón entró solemnemente al despacho del amo, y llegando poco después muy descolorido el señorito Salvador, fueron avisados don Pedro y don Juan, con barruntos de testamento.

Una ansiedad dolorosa había conmovido a los servidores de la casa, todos obligados, por innúmeros favores, a guardar a su señor una fidelidad sagrada, y todos capaces de cumplir esta noble obligación. ¿Acertaría el de Luzmela en los pronósticos que hacía de su muerte? ¿Iría a caer ya, marchito para siempre, aquel único tronco de la ilustre casa de la Torre y Roldán?…

Durante algunos días estos temores pusieron en la vida, siempre melancólica, de aquella mansión, un sello de tristeza y de inquietud profundas. Todas las voces se hicieron quedas y suspirantes alrededor del amo, que, sumido como nunca en sus cavilaciones y añoranzas, cayó en un abatimiento alarmante.

Pero habíase esponjado de nuevo el cuerpo lacio y consumido de don Manuel; se erguía en el sillón con más arrogancia y tenía el semblante más placentero y despejado.

Se fué tranquilizando la buena gente de la casa y volvieron en ella las labores a su centro natural.

Sólo en los ojos hechiceros de Carmencita quedó encendida la penosa expresión de la duda, y a menudo posaba esta llama inquieta en el enigma de los días futuros como una interrogación inconsciente.