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La Niña de Luzmela

Chapter 8: I
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About This Book

Un hombre mayor vive en una antigua casa señorial y ha adoptado a una niña huérfana, Carmencita, cuya calma y encanto transforman la atmósfera del hogar. La narración explora la relación afectuosa y ambivalente entre el protector, enfermo y soñador, la niña de conducta serena y la fiel criada que la cuida, mientras afloran la inquietud por la salud del hombre, el misterio sobre los orígenes de la niña y las fricciones ocasionadas por visitas familiares. Abundan temas de ternura paternal, melancolía, enigma del pasado y el contraste entre la decadencia de la casa y la frescura infantil.

V

Don Manuel sueña, como la tarde en que le conocimos.

También ahora tiene los ojos abiertos sobre la cabeza gentil de Carmen; pero la niña no juega ni borda en el salón; está en el jardín, hundiendo distraídamente la contera de su sombrilla en las hojas secas amontonadas por los senderos.

El ábrego ha saltado brioso al amanecer, y ha despojado a los árboles de sus últimas galas, ya mustias.

Tiene el cielo una intensidad de azul rara en Cantabria; a través de una atmósfera de limpidez exquisita, todo el valle y los montes se abarcan de una sola mirada desde el balcón adonde asoma el de Luzmela su paciente silla de enfermo.

Algunas veces, sus ojos cargados con las imágenes de sus pensamientos se alzan un momento al cielo, al monte o sobre el valle, para caer siempre en éxtasis de adoración encima de la niña….

Soñaba….

Veía aquella mujer bella y pura que tenía los ojos y los cabellos lo mismo que Carmencita; tenía también su misma sonrisa serena y su misma voz de plata. La veía caer acechada, perseguida por él, atropellada por su loca pasión, y asistía a todo el horror de su vergüenza, a todas las horas atormentadas de su vida, hasta que ésta se extinguió en agonía trágica.

Con haber amado él tanto a aquella mujer, ¿fué ella el grande amor de su vida?… No: su amor inmenso y puro, supraterreno, inmortal, era la criatura recogida por compasión, como despojo palpitante de la tremenda aventura cuya memoria dolía siempre en el corazón del hidalgo. ¿Cómo pagaría su conciencia aquella deuda enorme? ¿Acaso él no fué el único culpable? ¿No lo fué siempre, en todas las ocasiones en que una mujer encendió su deseo?…

Con tales remordimientos estaba el de Luzmela perturbado, y por esquivar tan íntima turbación, o porque fuese aquélla para él una hora de evocaciones aventureras, cayó de pronto en su memoria otra página galante de sus años mozos.

Esta no había quedado mojada de lágrimas: risueña y gozosa, fué otra de sus grandes locuras. Y se iba aplaciendo el semblante angustiado del caballero al recordar aquella su expedición a las Américas, dueño y señor de una criolla que le adoraba.

Ella le había pedido, con cálidas frases de terneza, un viaje a su país, de donde seguramente la trajo otra aventura amorosa. ¿No valían sus caprichos la pena de «botar la plata»?… Fué el viaje una pura gorja en que a cada momento tuvo la bella indiana descubiertas por tentadora sonrisa las perlas nitescentes de su boca. Era una delicia vivir y gozar tanto, ¿«no»?…

Ya se había aclarado toda la cara macilenta del enfermo con esta placentera memoria cuando Carmen gritó sobresaltada desde el jardín:

—¡Padrino, la nétigua; espántala!

Y un ave de blando volar, de uñas corvas y corvo pico, se sostuvo, retadora, un instante en el vano del balcón, agitando sus plumas remeras y graznando con lúgubre tono.

Desde las lueñes playas de la América virgen volvió el de Luzmela los ojos al pajarraco agorero, y le ahuyentó de un manotazo en el aire con enojo violento; en seguida buscó la mirada de la niña y encontró en ella una singular expresión dolorosa, como sólo recordaba haberla visto igual en los ojos de otra criatura: de aquella triste pecadora que murió del dolor de haber pecado…. ¿De dónde había sacado Carmen aquel secreto penar que se le declaraba en los ojos? Sólo sabía don Manuel que desde hacía algún tiempo el rostro de la niña estaba ensombrecido por alguna extraña tristeza que a menudo ponía en su mirada una revelación; y aquel destello misterioso llenaba de pesadumbre el alma del caballero.

Hizo un esfuerzo por levantarse, y apoyado en el barandaje de hierro, le dijo:

—¿Pero te da miedo de la nétigua?… No te asustes…; se fué ya.
Sube…. ¿no quieres subir?…

Ella alzó el azahar de su mano señalando al cielo, y por toda respuesta murmuró:

—Todavía… padrino.

El ave fatídica se cernía obstinada sobre el jardín.

Carmen corrió a la casa y subió al salón.

Ya don Manuel había vuelto a sentarse y la esperaba.

La niña fué derecha a sus brazos con una inexplicable emoción, y su voz llorante interrogaba:

—¿No te irás, padrino? ¿Nunca te irás? ¿No me dejarás nunca con doña
Rebeca?

El, absorto, clamó:

—¿No la quieres?

—No, no; ¡qué miedo, qué miedo tan grande!

—¿Pero de quién, hija mía?

Paró un coche en la portalada, y Carmen sin soltarse del cuello del hidalgo, gimió:

—Otra vez la nétigua….

Volvió el ave a aletear a la par del alero, graznando agresiva, cuando abriendo la puerta del salón anunciaron:

—Doña Rebeca.

Carmen imploró.

—Viene a buscarme; ¡no me dejes, por Dios, no me dejes!

El de Luzmela había doblado la cabeza sobre el hombro de la niña, y sus brazos se iban aflojando en torno al cuerpo grácil de la criatura.

Cuando doña Rebeca entró en la sala y se acercó al grupo, viendo la cara mortal del enfermo, increpó a la niña.

—¿Le estás ahogando?

Ella apartóse prontamente, diciendo:

—¿Yo?

Y al soltarse de aquel brazo ardiente vió con horror cómo el cuerpo de don Manuel se desplomaba sobre el respaldo de la silla.

Miraba el moribundo a Carmen con una angustia infinita. Había adivinado tardíamente sus terrores y sus penas. La muerte llegaba implacable, sin darle acaso tiempo para reparar su fatal error, fruto de tantas meditaciones, y que ya antes de consumarse causaba a Carmen una desolación tan profunda….

Todo lleno de espanto, el corazón de Carmencita se le subió a los labios para gritar con afanosa ternura:

—¡Padre!…

Y de nuevo trató de abrazarle la infeliz.

Doña Rebeca la separó del caballero con aspereza, diciéndole:

—¡Qué padre ni qué ocho cuartos!

El de Luzmela abrió entonces los ojos inmensamente, con tal expresión desesperada y colérica, que la señora echó a correr, mientras la niña, vacilante, caía de rodillas, suplicando:

—¡Dios mío, Dios mío!

A los gritos de doña Rebeca acudió alarmadísima la servidumbre, y entre ayes y lamentaciones fué el moribundo transportado a su lecho.

En el más ligero caballo de la casa partió a escape un hombre a buscar al médico, y otro voló a buscar al cura.

Doña Rebeca husmeó en la capilla, procurándose auxilios piadosos para aquel trance, y volvió al cuarto de su hermano, donde, muy diligente, encendió la vela de la agonía.

Antes había dicho a Carmencita que trataba de acercarse a don Manuel:

—Aquí sobran los chiquillos; vete allá fuera.

La pobre criatura, desorientada y llena de temor, volvió a la sala, y de nuevo se hincó delante del sillón vacío.

Entretanto el de Luzmela pugnaba en vano por hablar. Su vida parecía haberse reconcentrado en los desorbitados ojos, que miraban con incensatez, hasta que, tras un nistagmo penoso los cerró para siempre.

Había caído la tarde en una serenidad dulcísima; algún caliente suspiro del ábrego removía en el jardín las hojas secas, llevando hasta la ilustre casa de la Torre y Roldán, clara y distinta la voz solemne del Salia, eterno arrullador de la vega.

Carmencita, absorta en su desconsuelo, se levantó de pronto estremecida por un resoplido siniestro, y, toda temblorosa, gritó una vez más:

-¡La nétigua!…

De las habitaciones de don Manuel salían ya los chillidos agudos de doña Rebeca, y el ave agorera tendía sobre el azul cobalto de la noche su vuelo silencioso….

El hidalgo de Luzmela había muerto.

SEGUNDA PARTE

I

Cuatro años han pasado muy callandito sobre la vida de Carmen. Sólo ella sabe que aquel montón de horas está todo mojado de lágrimas, que no ha reído en su vida ninguna de aquellas cuatro primaveras con el alborozo de las ilusiones, ni ha cantado en su pecho ninguno de aquellos estíos la enardecida estrofa de la juventud.

El singular testamento de don Manuel de la Torre fué un jirón de locura mansa que, desgarrado del noble corazón del solariego, quedó flotando sobre la cabeza inocente de su hija, como nube de un drama silencioso.

Había quedado Carmencita llena de terror en las manos de doña Rebeca, y doña Rebeca tendía con ansia sus garras de nétigua hacia la herencia codiciada, sin poder apresar los caudales, por tener las uñas llenas de la carne inocente de la niña, flor de pecado y de dolor.

Al consumar don Manuel aciagamente sus propósitos de última voluntad, exacerbó todas las malas pasiones de su familia y sembró de torturas la senda de Carmen allí donde quiso dejar para ella rosas de piedad y lozanos capullos de ternura.

Todos los deseos del de Luzmela quedaron atados en su testamento, dentro de la rigidez del derecho legal, con sólida habilidad y previsión, y doña Rebeca hubo de someterse con aparente comedimiento a las disposiciones de su hermano y fingir que cobijaba a Carmen en regazo maternal.

Con el tecnicismo severo de las cláusulas testamentarias, la señora de Rucanto quedaba sometida al cargo de administradora de la media fortuna del caballero hasta la hora acordada por aquél, y sólo a título de amparadora de la niña. Por el bienestar de ésta velarían las leyes, «sin empecer la acción y facultades conferidas a un rancio solariego de los contornos, nombrado tutor de la pequeña y asistido del derecho de retrotraer para la misma el legado de don Manuel en caso de que doña Rebeca no cumpliese las condiciones impuestas por el testador….»

Cuando llegó a Rucanto la niña de Luzmela, la recibieron los sobrinos de don Manuel con indiferencia sublime, mirándola de hito en hito…; ¡fué aquella la primera vez que bajó los ojos turbada delante de su nueva familia!…

Desde aquella hora fatal, Carmen puede asomarse a las páginas de estos cuatro años transcurridos, mirando su vida doliente al través de una cortina de llanto, y puesto sobre los labios un dedito precioso en señal elocuente de silencio, como un ángel tímido y resignado, herido a traición en las alas gloriosas….

II

Tenía cuatro hijos doña Rebeca. El mayor, Fernando, marino mercante, navegaba en mares lejanos; era un guapo mozo, de carácter aventurero y de gallardísima figura; su madre sentía pasión por él, una pasión material, fundada únicamente en la belleza del muchacho. El segundo, rudo y torpe, hacía vida montaraz y sólo paraba en Rucanto el tiempo preciso para comer y dormir; algunas veces, para pedir dinero y, con escasa frecuencia, para mudarse de ropa. Tenía el cuerpo recio, los ojos turnios, áspera la voz y fiero el ademán. Era mocero y borracho; se llamaba Andrés.

Le seguía en edad la joven Narcisa, una muchacha de veinticinco años, ojizarca y endeble, melindrosa y no mal parecida. Ella era, en ausencia de Fernando, el mimo de la casa, el centro adonde convergían todas las atenciones y de donde partían todos los designios. Doña Rebeca, con hacer honor a su nombre, había sido toda sumisión y desvelo para malcriar a su hija.

Quedaba aún otro muchacho, Julio, de veinte años, también enclenque, de cara macilenta y desapacible expresión; huraño y triste, andaba siempre solo por los rincones de la casa o de la huerta, en misteriosos soliloquios que a veces tomaban la forma de quejidos lamentables….

Había comprendido Carmen cuál era su destino y creía que siguiéndole cumplía la voluntad de su protector. Su inteligencia clara y su corazón noble se sobrepusieron a la debilidad de los trece años; dominando con valor admirable el terror que le inspiraba doña Rebeca, la acompañó dócil a Rucanto, y allí se echó sobre los hombros su nueva vida, con un firme empeño de levantarla y llevarla gallardamente hasta el final del camino.

Cuatro años llevaba en la áspera ruta, y se había hecho una mujer a fuerza de sufrir y de llorar.

La vida de familia en Rucanto era espantosa. Carmen miraba siempre con el mismo miedo y el mismo asombro a doña Rebeca y a sus hijos.

A veces creía que se odiaban, a veces que se querían; siempre le parecieron un enigma viviente y trágico, una sima de pasiones pavorosas, a cuyo borde andaba la infeliz todo temerosa y estremecida, con un paso incierto de sonámbula, con una mirada pávida y llorosa, llena de lejana tristeza.

En sus meditaciones de niña temblaban los pensamientos chocando unos con otros, doloridos, ante el cuadro siniestro de aquel hogar. A menudo, una compasión inmensa flotaba benigna en el espíritu generoso de Carmen, preguntando: ¿acaso estos pobres no han heredado la maldad y locura?… ¿Son ellos responsables de ser locos o de ser malos?…

Y la realidad de las cosas respondía tirana que era un tormento durísimo vivir con aquella familia de enajenados, verdugos de la ajena y la propia felicidad.

Parecía imposible aprender aquellos genios ni llevar una hora seguida la corriente de aquellas voluntades, porque a cada minuto se tropezaba en el escollo de una mudanza o en el abismo de un arrebato. Todo era ciego y duro en la inconsecuencia monstruosa de semejante familia, y para el alma delicada y dulce de Carmen iba siendo una tortura inmensa aquel vivir tormentoso, sembrado de imprecaciones y gritos, desesperaciones y codicias.

Cuando la niña llegó a Rucanto, la instalaron regaladamente en el gabinete de Narcisa; entraba con ella en casa la abundancia, y tras la primera mirada inquisitorial y hostil, los sobrinos de don Manuel tuvieron para la intrusa una displicencia tolerante, única tregua de paz que se le concedió en aquella mansión belicosa.

Pasada fugazmente la primera impresión de sorpresa y bienestar, cada uno dió en la casa rienda suelta a sus instintos, sin un asomo de compasión ni de ternura para la desgraciada forastera.

III

Antes que tal gente mostrase una acerba hostilidad a la muchacha, doña Rebeca la llamó algunas veces «sobrina» con un tono adulón un poco irónico; y todavía, después que la sitió con todo el enardecimiento de un plan completo de campaña, cuando en alguna encrucijada estratégica la quería congraciar, dábale aquel grato nombre de familia y pretendía halagarla con su vocecilla de falsete endulzada en la punta de la lengua.

El primer día que doña Rebeca, como general en jefe, acometió a la niña, armada de toda la perfidia del mundo, fué y le dijo:

—Mí hermano no era tu padre…; que se te quite eso de la cabeza…; mi hermano no era nada tuyo…; no tienes sangre infanzona…; eres «hija de padres desconocidos»….

Ella humilló la frente enrojecida, sin responder.

Esta pasividad excitó más la agresiva intención de la señora, que, persiguiéndola con los ojos y con la actitud, continuó:

—Mi hermano estaba loco, loco de atar…: heredó de los abuelos esta dolencia.

Le acudió a Carmen un lógico pensamiento, y delatándole en voz alta, preguntó:

—¿No eran también abuelos de usted?

Doña Rebeca, furibunda, le puso los puños junto a la cara, gritándole:

—Tú eres la santa…, ¿eh?…; la santa, ¿y me insultas llamándome loca?

La infeliz, rompiendo a llorar, gimió:

—¿Yo?…

—Sí, tú, la santita, el agua mansa, que parece que nunca has roto un plato….

Y se dió a hacer gestos por la casa adelante, con las manos en la cabeza y la voz retumbante rodando por los pasillos.

Nueva espectadora de aquellas comedias ridículas, Carmen se creyó realmente culpable y llegó a suponer que había sido grave indiscreción preguntarle a doña Rebeca si era nieta de sus abuelos.

Otro día, riñendo la hija y la madre, engalladas y descompuestas, estaban ya a punto de «agarrarse», cuando Carmen, entrando en la estancia, se interpuso entre las dos con impulso bondadoso.

Aprovechó Narcisa aquel momento para darle con saña un empellón, y la niña fué a caer de rodillas cerca de una mesa, sobre la cual una lámpara vaciló, quebrándose.

—Es una loca—dijo Narcisa, avenida de pronto con su madre en tranquila conversación.

—Sí, una loca; hija de su padre había de ser—repitió la señora.

Carmen, sin hacer caso de la lámpara, del golpe, ni de la injusticia de aquellas palabras, preguntó:

—¿De qué padre?

—De mi hermano; del simple de mi hermano, que estaba «poseído»….

La niña había oído únicamente de mi hermano, y, de rodillas como estaba, juntó las manos con transporte, soñando.

—Sí; es cierto…, es cierto….

El furor de Narcisa volvió entonces a desbordarse ante la devota actitud de la muchacha, y de nuevo chilló a su madre con desatinadas veces.

—¿No ves cómo se eleva? ¿No ves cómo se cree igual a nosotras? ¿Por qué le dices que es hija de tu hermano?… Tú sí que estás «poseída»; tú sí que eres simple….

Huyó doña Rebeca con su paso menudo y cauteloso, y la hija la siguió a grito herido llenándola de injurias.

Carmen, sola en la habitación, sintió que la duda quedaba todavía viva en su pecho; volvió los ojos a todos lados como para interrogar al misterio de su vida, y vió otros ojos turbados y malignos que se recreaban en su angustia.

Era Julio, que acechaba el dolor ajeno para manjar de su alma perversa. Estaba a veces adormilado en los bancos del pasillo o en el sofá de la sala, y cuando oía que, bajo los chillidos agudos de Narcisa o bajo las sinrazones de su madre, temblaba como un pajarillo la fresca voz de Carmencita, corría hacia ellas, recatándose detrás de las puertas o a la sombra de las paredes para no perder ni un detalle de la escena dolorosa. Si le era posible ver las caras desde sus escondites, entonces una expresión tenebrosa se asomaba a sus ojos malécos.

No se acordaba Carmen de haber hablado con aquel muchacho una buena palabra en los años que llevaba en la casona.

La voz aceda del mozo sólo se alzaba iracunda contra su madre, contra su hermana o contra los criados. Se pasaba muchos días encerrado en su dormitorio. Doña Rebeca decía que estaba enfermo. Debía de ser verdad, porque a menudo salían del aposento ayes y gemidos.

Lloraba entonces la madre; Narcisa se enfurecía, y si en tales ocasiones de tragedia llegaba Andrés a Rucanto, rodaban los muebles, estallaban los cacharros en añicos, y las puertas se batían en tableteos formidables.

Los criados, siempre nuevos y de lejanos valles, pedían la cuenta con premura, y Carmen, llena de espanto, se escondía en el último pliegue de la casa a temblar como una hoja.

Pasaba la tempestad, doña Rebeca guisaba, su hija ponía la mesa con mucha solemnidad, y todos comían amigablemente, con apetito y abundancia.

Era seguro entonces que Andrés tenía dinero en el bolsillo y que Narcisa había conseguido un traje nuevo o un viaje a la ciudad.

Julio, que no se aplacaba con dones, aparecía tranquilo a fuerza de cansancio; y la fatiga de haber rugido furiosamente desplegaba su frente huraña y le hacía aparecer menos repulsivo.

Sólo Carmen en aquellas ocasiones, harto frecuentes, fingía comer y luchaba con el temblor de sus manos y con la inseguridad de su voz.

Y así, mientras que la madre y los dos hijos mayores hablaban amistados y serenos, Julio descansaba desfallecido, ella oía, siempre horrorizada, el eco de las blasfemias y de los insultos, de los golpes y las amenazas que se habían alzado entre la madre y los hijos, apenas hacía una hora, y tantas veces y en tantos años….

Era una casa temerosa la de Rucanto.

La fundó un quinto abuelo de doña Rebeca, que murió en un manicomio y que dejó lastimosa descendencia de locos y suicidas.

Desde entonces siempre se habían oído en ella gritos frecuentes, carreras y estruendos; siempre habían gemido las puertas, estremecidas por violentos impulsos, en el fondo oscuro de los corredores.

Una ráfaga de locura hereditaria y perversa parecía conmover a los habitantes de la casona, y los vecinos de la comarca miraban siempre con supersticioso respeto aquella vivienda blasonada.

Se contaba que doña Rebeca había sido muy desgraciada en su matrimonio.

Casó con un plebeyo, buen mozo y pobre, único pretendiente que le deparó la fortuna. Era mujeriego y derrochador, y suponíase que la dote de doña Rebeca le había enamorado más que la dama.

Aunque al público trascendía la desavenencia de los esposos, nada cierto se supo de sus querellas íntimas, sino que ambos se colmaban de improperios y andaban a medias en el mutuo lanzamiento de trastos a la cabeza.

Sin embargo, la opinión general culpaba al marido, vividor poco edificante; y doña Rebeca, que solía dar limosna y llorar en la iglesia, y que vivía encerrada en su casa, pasaba por ser «una infeliz» un poco estrafalaria y algo tocada del mal de la locura.

Andrés tenía mala fama; le temían los novios y los maridos, y era mirado con prevención en el valle.

A Fernando se le conocía muy poco; decían de él que era bravo marino y que poseía rasgos de nobleza y bondad como el señor de Luzmela.

Julio perecía siempre un niño colérico y misántropo que había sentado plaza de enfermo incurable, y Narcisa pasaba por discreta y, altiva, mediante la solemnidad de su empaque y el orgullo con que se amigaba—sin intimidad y con reservas—sólo con dos o tres señoritas de las ilustres familias comarcanas….

Habían pasado años de terrible escasez en la casona. Cuando llegó la herencia de don Manuel a remediar la precaria situación de la familia fué ya urgente levantar hipotecas y pagar trampas apremiantes. Como doña Rebeca era sólo usufructuaria del legado, hubo precisión de arreglarse con las rentas para hacer frente a la vida y remediar en la posible los pasados descalabros de la fortuna.

Difícilmente podían ir cubriendo las apariencias de reconstruir su posición ruinosa; estaba por medio Carmencita como un obstáculo insuperable. Sin ella, hubiesen tomado del capital heredado lo imprescindible para remendar la hacienda rota y darse importancia de gentes poderosas.

Doña Rebeca y su hija andaban atarantadas con esta pesadilla, y una animadversión latente las separaba más cada día de la dulce niña de Luzmela….

Ya hacía muchos meses que la sobrina de don Manuel había quitado el luto, y todavía Carmencita andaba vestida de negro, con resoba dos trajes. Ella no decía nada; pero algunas veces sentía una vaga pesadumbre al encerrar su cuerpo gallardo en aquellos hábitos austeros y tristes.

Un día, sofocada con la lana negra de su corpiño, tuvo la tentación de ponerse uno de sus vestidos blancos de Luzmela. La falda estaba sumamente corta; el cuerpo muy estrecho. Ingeniosa y lista, descosió dobladillos y lorzas hasta que la tela rozó completamente el borde de los zapatos. Luego, unas maniobras semejantes hicieron al corpiño extender sus delanteros sobre el seno túrgido de la niña. La manga, menos dócil, dejaba ver el antebrazo alabastrino. Se miró al espejo, y asombrada de sí misma, se ruborizó.

Entonces, con el amargo recelo de provocar el enojo de sus huéspedes, iba a desnudarse, cuando Narcisa se presentó en el aposento.

Mirando a Carmen, dió un grito, como si algo terrible le aconteciera, y llamó a voces a su madre.

La muchacha, sobrecogida, se replegó a un extremo del gabinete, y doña Rebeca, que acudió a saltitos menudos, se llevó las manos a la cabeza y empezó a lamentarse con agudas exclamaciones, engarzadas en su sarta habitual de refranes y agravios.

¡Cría cuervos y te sacarán los ojos!… Esta ingrata se quiere quitar el luto de mi pobre hermano. A muertos y a idos…. ¡Hermano de mi alma, que por ella se ha condenado; que está en los profundos infiernos por culpa de esta mal nacida!…

Narcisa, impasible y majestuosa, presidía la escena como un juez severo, asistiendo con gestos de indignación a los desatinados discursos de su madre, mientras Julio, que había acudido sañudo y acechante al umbral de la puerta, fulguraba sobre la trémula niña su mirada monstruosa, y oyendo buhar y maldecir a las dos mujeres, toda su mezquina figura se estremecía de satánico gozo….

Pálida y convulsa resplandecía tan bella la muchacha, que Narcisa hubiera querido aniquilarla con sus ojos acerados, cargados de ira.

Cuando la dejaron sola con su terror, se quitó con manos temblonas el alegre vestido blanco, y otra vez se abrumó bajo la tela sombría de su luto. Estaba descontenta de sí misma; tal vez doña Rebeca tenía un poco de razón; acaso había algo de ingratitud de su parte en aquella involuntaria fatiga que le causaba la ropa negra, vieja y pesada. Mortificábase con la duda de si el antojo del vestido blanco habría ofendido la memoria de aquel hombre a quien en el fondo de su corazón llamaba padre, y le dolían, con violento dolor, las crueles palabras que acababa de oír sobre la condenación de don Manuel. Toda su alma estaba sublevada de indignaciones porque la culpasen a ella de aquella condenación posible.

Tanto oía anatematizar a todas horas la injusticia del testamento de su protector, que llegó a tener sospechas de semejante injusticia; porque si ella no era, por fin, hija del noble solariego, ¿qué era en aquella familia, y qué motivos había para que la piedad del testador la asistiese por encima de los naturales derechos de la hermana?

Pero, y Salvador, ¿no parecía también un extraño, un intruso que había venido a poseer libre y completamente parte de la fortuna del amigo?

Había un gran misterio en la última voluntad de don Manuel, y Carmencita martirizaba en vano su inteligencia con aquellas profundas meditaciones.

Cuando en su presencia se insultaba acerbamente al difunto caballero, rompía a llorar descorazonada al sentirse impotente para defenderle de aquellas furias, y un lejano temor de que por haberla amado a ella purgase alguna injusticia el alma de aquel hombre la llenaba de sobresalto.

Siempre, en tales ocasiones, las dos terribles mujeres se burlaban de su angustia, y la escena terminaba con el mote convenido.

—La santa… es la santa…. ¡pobrecita!…

Ella, entonces, erguía su corazón acobardado para decirle a Dios en íntima plegaria:

—¡Y bien, Señor, yo quiero ser santa; es preciso que lo sea…; hazme santa, Dios mío…, hazme santa de veras!

IV

Entretanto, Salvador Fernández, médico municipal de Villazón, había trasladado su residencia desde la villa al pueblo gracioso y pequeño de Luzmela.

En plena posesión del cuantioso legado del amigo, Salvador no había pensado ni un momento en cambiar de vida ni alterar en nada sus costumbres humildes.

En el palacio de Luzmela como en la posada de Villazón, el médico era siempre un hombre bondadoso y amable, de carácter tímido y vida sencilla.

Había destinado para su uso las habitaciones de don Manuel, y en la casa se desenvolvían las horas serenas y blandas, mudas y lentas, igual que en los días postreros del hidalgo.

Diríase que el espíritu benigno del solariego, con la amargura de sus memorias, con la bondad de sus sentimientos, presidía aún y gobernaba las labores y las intimidades de la pudiente casa labradora.

Salvador seguía visitando a sus enfermos con la misma atención que cuando de su carrera hacía estímulo de prosperidad y base de la existencia, sólo que ahora había renunciado a la subvención del Municipio para que otro médico la disfrutase.

Enamorado de su profesión, hizo de ella un culto piadoso, que practicaba en favor de los pobres. De la herencia que libremente podía disfrutar sólo tomaba lo preciso para sostener el decoro de la casa y hacer algún viaje a las grandes clínicas extranjeras, en demanda de luces y medios con que extender en el valle la misericordia de su misión.

Así las gentes le adoraban y le bendecían, y él paseaba por los campos su conciencia pura, con la santa simplicidad de un apóstol del Bien, convencido y ferviente.

Desde que se reconoció hijo sin nombre de una infeliz aldeana, humilló su corazón en una mansedumbre dignificadora, que le confortó y sirvió de alivio a sus íntimas tristezas.

Luego, su vida tuvo un doble objeto santo y noble: derramar los consuelos de la más piadosa de las ciencias sobre los dolientes sin ventura y velar por la dicha de Carmen.

Era para él una suprema delicia espiritual el consagrarse de lleno a pagar en la hija la inmensa deuda de gratitud contraída con el padre.

Su oración cotidiana consistía en memorar los bienes recibidos de aquella pródiga mano que salvó a su madre de la desesperación, la levantó de la ignominia y la honró haciendo del niño desvalido y miserable un hombre de sano corazón, enveredado por una senda segura de la vida.

Después de enfervorizarse con esta membranza sentimental y preciosa,
Salvador discurría amorosamente sobre el porvenir de su protegida.

El nada sabía de los misteriosos terrores que la niña le había inspirado la sola idea de que doña Rebeca la llevase de la mano camino adelante, ni mucho menos sospechaba las torturas que la pobre criatura padecía en poder de los de Rucanto.

Como todas sus atribuciones sobre la pequeña eran morales y secretas, Salvador no se atrevía a significarse visitándola demasiado y se limitaba a verla con toda la frecuencia posible dentro de una prudencia conveniente.

Antes que la niña partiese de Luzmela pudo él abrazarla y prometerla toda su fortuna y su desvelo.

Carmen había llorado sobre aquel noble corazón con un silencioso llanto contenido y acerbo, que era acaso, más que el desahogo del dolor presente, el presentimiento agudo del futuro dolor.

—Todo cuanto te ocurra, me lo contarás le había suplicado el joven—.
Si sufres, si necesitas algo, me lo dirás en seguida; prométemelo.

Ella le miró fijamente a los ojos y preguntóle:

—¿Lo mandó mi padrino?

—Sí, lo mandó; te lo juro, Carmen.

—A mí no me dijo nada.

—Pero me lo dijo a mí todo; tú eras muy pequeña para hablarte de estas cosas; además temía darte demasiada aflicción. El quiso que tú fueras muy dichosa, todo lo más que sea posible, y que nunca le olvidases.

—No, nunca—repitió la niña sollozando.

Y, con voz firme, añadió después:

—Yo haré todo cuanto él dejó mandado…; seré muy buena.

—Ya lo sé; estoy seguro; pero es preciso que también seas feliz…. No olvides que yo soy tu mejor amigo, que Luzmela será siempre tu casa…, que todo cuanto yo tengo es tuyo, todo, ¿entiendes?

Ella, desconsolada, murmuró:

—¡Si fueses mi hermano!

Enmudecido acarició él aquella linda cabeza, ya inclinada por el infortunio, y la niña, viéndole callado y afligido, saboreó la amargura del desengaño irremediable.

V

En aquellos cuatro años transcurridos, Salvador visitaba a Carmen muchas veces. La dulce gravedad habitual en la niña le había engañado, porque aquella dulzura triste ya no era sólo espejo de un alma sensible y soñadora, sino que era también señuelo y transfloración de un alma dolorida.

La niña había espigado mucho; su belleza, ya potente, se acentuaba con una encantadora delicadeza de líneas.

Lo más atractivo de su persona era el halo de bondad que nimbaba su frente y la serena expresión amorosa y profunda de sus ojos garzos.

Había en su sonrisa una mística expresión, siempre encesa, como en ideal culto de algún divino pensamiento.

Aquel sublime encanto de la joven era la desesperación de Narcisa y de su madre, que llegaron a odiarla.

Salvador participaba en la casona de la aversión que allí sentían por la niña de Luzmela; no en vano era otro heredero de don Manuel de la Torre.

Según doña Rebeca y su hija, los jóvenes favorecidos por el hidalgo podían considerarse unos ladrones, los secuestradores de la débil voluntad de un loco, cuyo testamento constituía un «atentado contra los sagrados derechos de la familia, una estafa perpetrada por aquel santurrón hipócrita y aquella gatita mansa….»

A pesar de estos finos comentarios, hechos sin recato ni vergüenza delante de la misma Carmen, las de Rucanto recibían a Salvador con agasajo y blandura, considerándole «un buen partido».

Delante de él halagaba doña Rebeca a la niña y ponderaba su crecimiento y donosura.

Narcisa, menos asequible al disimulo y más altiva, se conformaba con demostrar, en aquellas ocasiones, una tolerancia benévola hacia Carmen, concedida con un aire de superioridad y protección llenos de majestad.

Salvador era poco ducho en artificios de mujeres; todo sinceridad y nobleza, dejábase engañar fácilmente por las dolosas apariencias del buen trato que Carmen parecía recibir.

A veces, en sus breves visitas a Rucanto le acompañaba Rita, la buena anciana, siempre ganosa de ver a su santa querida.

Vivía la fiel servidora al lado del médico, ocupando en la casa de Luzmela su puesto de confianza, tantos años acreditado por una constante adhesión al difunto caballero.

En vano intentara Rita continuar al inmediato servicio de Carmen. Doña Rebeca había manifestado a este deseo una ostensible oposición, y la anciana hubo de conformarse con visitar a la niña en todas las ocasiones posibles.

De estas visitas no salía nunca tan satisfecha como Salvador.

En una de las que hizo por aquel tiempo quedóse como nunca mal impresionada, y, de regreso a Luzmela, iba murmurando:

—Está triste la niña….

—Es su seriedad propia, su traje adusto, lo que le da esa apariencia melancólica—respondió el médico.

—No, no; cuando habla parece que va a llorar….

Salvador se quedó pensativo, un poco inquieto.

—Además—añadió la mujer, recelosa—jamás nos la dejan ver sin testigos…; muchos domingos voy a misa a Rucanto por buscar ocasión de hablarla al salir, y siempre a su vera están la hija o la madre guardándola con codicia.

—Está bien que Carmen no vaya sola.

—Bien estará; pero esas mujeres no me van gustando. Se dice que en la casa hay muchos disturbios, que los hijos son para la madre tan malos como lo fué el marido….

Salvador, muy preocupado, hablando consigo mismo, dijo en voz alta:

—Habrá que averiguar si eso es verdad…; muchas veces la gente levanta fantasías calumniosas…; ellos son todos algo inconscientes, psíquicos por herencia…. El mismo don Manuel murió de neurastenia renal y fué siempre exaltado delirante; pero era tan cabal en nobleza y corazón, que su enfermedad no marchitó ninguno de sus bellos sentimientos.

Rita suspiraba.

—El, era otra cosa; nunca la «manía» que todos ellos padecen le dió por reñir ni por dañar…: gozaba en hacer bien, y si en sus tiempos fué enamoradizo y zarandero, pagado lo hubo en buenas obras…. Algo sospechoso andaba de su hermana, que a mí una noche bien me quiso sonsacar los sentires que de ella tenía…; pero ¿cómo iba una a adivinar?… Teníala yo además poco tratada. Siempre la casona de Rucanto fué secreta y aduendada para los lugareños…. Servidores del valle no los quieren; pero los forasteros que les vienen de criados poco duran, y, antes de najarse, algo murmuran en el pueblo.

—Pues es necesario enterarse de la verdad de esas habladurías…. Indaga tú, Rita; yo también he de averiguar algo de lo que nos interesa.

VI

Con aquellos indicios vagos y algunos más seguros que Salvador fué adquiriendo, la incertidumbre se apoderó de su espíritu y sintió una honda inquietud atormentadora.

Tuvo la idea de hacer llegar en secreto una carta a manos de Carmen para recabar de ella una explicación categórica acerca de los misterios tenebrosos de aquella casa.

Después pensó pedir a doña Rebeca, francamente, una entrevista con la muchacha.

Se dirigió a Rucanto lleno de ansiedad.

Parecía que le esperaban o que le habían visto acercarse, porque le recibió con mucha gracia una sirviente, conduciéndole a la sala donde, con grata sorpresa, encontró a Carmen sola.

Estaba bordando.

Una nativa autodidaxia la hacía hábil para toda clase de labores, y su naturaleza pacífica y bien dispuesta se avenía mal con la ociosidad.

Sonrió a Salvador con una encantadora picardía, muy nueva en su semblante.

Él, gozoso de hablarla sin testigos y de verla tan alegre, le acarició las manos, dudando si la besaría.

Le pareció aquella mañana más mujer, más linda que otras veces, y como si estuviera un poco desconocida.

Sin que ella hablase, él la interrogó impaciente:

—¿Estás contenta? Venía hoy a preguntarte, ansioso, si vives a tu gusto aquí, si te tratan bien; quiero saber con certeza si eres dichosa. Cuéntame la vida que haces, porque se dice por ahí que en esta casa hay una zalagarda continua, y a Rita le parece que tú estás triste.

Bajó la niña hacia el bordado sus apacibles ojos oscuros, y un poco turbada murmuró:

—¿Yo triste?

—¿Lo estás en efecto? ¿Tienes algún deseo, algún disgusto? ¿Es cierto que aquí no hay paz ni alegría?…

Carmen, esquivando una respuesta categórica, balbució:

—Ellos riñen mucho; pero a mí eso no me importa…: ¡el padrino quiso que yo viviera con su hermana!…

—Siempre que ella fuese para ti buena como una madre….

La pobre niña tenía toda la voz llena de lágrimas cuando exclamó:

—¡Oh, una madre!… ¡Madre mía!…

Salvador, muy impresionado, volvió a tomar entre las suyas las manos de la muchacha.

—Tú sufres, Carmen; es preciso que me lo cuentes todo…: háblame pronto, antes que nadie venga.

Ella, serenándose, tornó a sonreir con graciosa malicia.

—No vendrán ahora, descuida; me han dado un encargo para ti…; te vieron llegar y me mandaron venir a esperarte….

Curioso, preguntó el médico:

—A ver, ¿qué se les ocurre a esas señoras?

Carmen, mirándole con franca mirada deliciosa, le contó sin más preámbulos:

—Quieren que te cases con Narcisa….

Él soltó una carcajada demasiado expresiva.

La niña, medrosa, le atajó:

—¡Calla, no te rías tan fuerte, hombre!

Pero el médico no podía calmar su hilaridad jocunda.

Ahogando la risa llegó a decir:

—¿De modo que están locas de cierto?

—Sí; locas sí lo están….

—¿O es que quieren burlarse de mí?

—No, eso no; lo dicen en serio; han hablado mucho solas; luego doña Rebeca me ha llamado con suma amabilidad y me ha explicado el asunto, entremetido en muchos refranes…, que «al buen entendedor con pocas palabras basta»…, que «más vale pájaro en mano que….» El pájaro eres tú, ¿sabes?

—¿Sí?… Pues mira, le contestas que «no hay peor sordo que el que no quiere oír»… «que el que mucho abarca poco aprieta»….

Ella le interrumpió con argentina carcajada.

—Yo también tengo muchas ganas de reirme…, mira que casarte tú con
Narcisa…, ¡tendría que ver!…

—¿De modo que gracias a esta embajada puedo, al fin, hablar contigo libremente?

—Sí, ¿me querías hablar?…

—¿No te digo que estaba muy inquieto por ti? Se comenta ahora mucho la guerra de esta casa….

—Déjalos que estén en guerra….

—Pero tú padeces.

—Yo estoy tranquila, Salvador; en todas partes tendría que sufrir.

—¿Y por qué, hija?

Ella volvió a inclinar la frente y, otra vez, eludiendo una explicación, dijo:

—Estos días están muy amables conmigo.

—¿Estos días solamente?…

Carmen no quería responder con franqueza, y salió diciendo:

—¿No sabes que va a venir Fernando?

—¿El marino?

—Sí.

—¿Y a qué viene?

—A pasar una temporada…: ese dicen que es bueno.

—Pero; ¿de verdad son malos los otros?

—¿Malos?… ¡Es que están algo locos!…

—Tú no tienes confianza conmigo, Carmen; eso me entristece….

Ella le miró cariñosa.

—Sí que la tengo…; ¿tú qué puedes hacer?… Ya no tiene remedio….

—¿Como que no?… Yo puedo hacerlo todo; todo, ¿entiendes?… Y lo haré si es preciso; sólo falta que tú me autorices para ello.

—¿Qué harías?

—Llevarte adonde estuvieras a tu gusto…. Para eso estoy en el mundo, para velar por ti.

—¿Para eso?

—¿Y lo dudas? ¿No te lo aseguré el día en que saliste de Luzmela? ¿No sabes que el padrino me lo dejó encargado?…

Aquella evocación alteró la expresión resignada de la niña. Se ensombreció su rostro peregrino y estuvo a punto de romper a llorar.

Logró contenerse con un gran esfuerzo, y entregó su mano temblorosa al joven para protestarle.

—Gracias, gracias….

El, muy conmovido, besó religiosamente aquella linda mano, insistiendo:

—Dime, ¿te quieres ir de esta casa?

—No, no; aquí me quedaré; si fuera necesario te avisaría.

—¿Me lo prometes?

—Prometido.

Se quedaron callados un momento; después Carmen preguntó con sobresalto:

—Y ¿qué diré a doña Rebeca de mi comisión?… La he cumplido muy mal. De antemano sabía que tú ibas a reirte, y he gozado con que juntos nos burlásemos un poco de las dos…. No tiene Narcisa ningún novio, ¿sabes?, y te querían a ti porque eres rico. Me encargó la madre que te lo propusiese como ocurrencia mía…; que te dijese cosas muy buenas de la chica…. Y no te las digo por si acaso las crees y te casas con ella…. Luego estarías bien desesperado…. Además de ser locas son malas; hablan infamias de todo el mundo, de ti también, y del padrino….

—¡Pobre Carmen!… Así no puedes vivir…. Yo arreglaré esto.

Carmen, lanzada involuntariamente al terreno de las confidencias, añadió todavía:

—De Andrés tengo miedo…, y también de Julio….

Salvador estaba consternado; se había puesto de pie con impaciencia, y ella insistió, siempre alarmada:

—¿Y qué le diré a doña Rebeca … de «eso»?…

—¿De qué, hija mía?

—De la boda….

Y todavía la niña se rió, un poco burlona.

—Pues, le dirás que yo no pienso casarme nunca.

—¿Nunca?… ¿Y es de veras?

La miró Salvador, largamente, para decir:

—Hasta que tú te cases.

Ella, enrojecida, no supo qué replicar.

En la casa, sumida en raro silencio, se oyeron entonces pasos y rumores.

Salvador, deseando esquivar en aquel momento la persecución de las señoras, se despidió de Carmen aceleradamente, prometiéndole volver muy pronto y haciéndole prometer que, entretanto, ella le escribiría con reserva, poniéndole al corriente de su situación, sobre la cual era preciso resolver en definitiva.

VII

Era aquél un día de emociones en Rucanto.

Saboreaba las suyas Carmencita, olvidada de todo para pensar en los días felices de Luzmela, evocados por la cariñosa visita de su único amigo.

De pronto cayó sobre su ensueño la voz punzante de doña Rebeca, interrogando:

—¿Se fué ya?

La joven se estremeció y, azorada, repuso:

—Ya….

—¿Y no has llamado a «tu prima»?

Tímida para disculparse, guardó silencio la joven, y doña Rebeca contuvo a duras penas su enojo, deseando explorar el resultado de las gestiones que la encomendó.

—Habla, hija mía; ¿qué te ha dicho el médico?… ¿Le ponderaste a Narcisa?… La pobre Narcisa te quiere mucho; hoy me ha dicho que tienes ya que aliviar el luto y salir con ella a paseo. Vamos, explícate: ¿confesó que le era simpática?… ¡El siempre le echa unos ojos!…

Carmen, obligada a responder, torpe y confusa, dijo sencillamente.

—Me ha dicho que no piensa casarse nunca.

La señora, descompuesta en un instante, bramando de furor, alzó los brazos sarmentosos sobre la cabeza de la niña.

Luego se tiró de los pelos. Uno de sus desahogos favoritos era encresparse la melena blanca, que debiera ser albo nimbo de su ancianidad.

Con la voz temblequeante de despecho, inquirió:

—Y ¿le has ofrecido mi hija?… ¡Mi hija despreciada por ese advenedizo, un hijo de mala madre, ladrón, asesino!…

Carmen cerró los ojos, se tapó los oídos, se encogió en su silla pequeña, toda confundida y horrorizada.

Doña Rebeca seguía avanzando hacia la infeliz; le echaba encima su aliento fatigoso y le escupía en la cara los insultos.

—Te aborrezco, usurpadora, infame; que no puedes ver a mi hija porque es mejor nacida que tú, y más guapa y más rica….

Dió un manotazo furioso encima del bastidor, que rodó por el suelo. La débil madera del telar había gemido rota.

Entonces Carmen se levantó con un instintivo impulso de defensa.

Estaba blanca y tenía en los ojos un extraño fulgor.

Los puso en doña Rebeca con tal expresión de firmeza y desprecio, que la vieja abatió los brazos y la voz para murmurar:

—¿Me desafías?… ¿Te burlas de mí?… Tú eres la santa…, la santa….

Esta palabra mordaz, aplicada pérfidamente, tenía el privilegio de aplacar las rebeliones de Carmen, tan humanas y tan justas.

Humilló la mirada, y cogió del suelo el bastidor.

Estaba pensando: ¡Santa! Todavía no lo soy; me sublevo; me he mofado de ellas con Salvador…, las he acusado…, casi las odio…. ¡Dios mío, hazme buena, hazme santa!…

Doña Rebeca, jadeante, necesitaba descansar; pasó en seguida de lo trágico a lo jocoso; con una extraordinaria facilidad, para decir:

—«No por mucho madrugar amanece más temprano»…. «El que con niños se acuesta….»

Entró en aquel momento la señorita de la casa. Estaba muy retepeinada y garifa, en previsión de que la hubieran llamado para aceptar benignamente los homenajes del médico, pero había oído los gritos de su mamá, y acudía ceñuda y grave al lugar de la catástrofe.

Viendo a Carmen descolorida y confusa, desmelenada y rendida a su madre, adivinó el resultado de sus tentativas, y ya se iba a insolentar, cuando una voz providente dijo en la puerta:

—Señora, un telegrama….

Dió dos saltitos doña Rebeca para apoderarse del papel azul, y Narcisa, olvidada de sus propósitos, giró como una veleta hacia la noticia telegráfica.

VIII

Aprovechó Carmen aquel afortunado momento para escaparse. Tenía en el desván un pequeño refugio donde había pasado muchas horas de miedo y de dolor.

Era un cuartito con una tronera alzada sobre el alero del tejado; nadie le habitaba, y ella solía subir allí a ver cómo el sol pasaba por el valle, a mandar un beso a la torre lejana de Luzmela y una oración al alto cementerio, donde su protector dormía ajeno a tanta desventura.

Se oía desde el alto rincón la voz recia del Salia, acordada en eterno cantar glorioso.

Carmen, engolfándose allí en la exaltación de los más altos pensamientos, no desdeñaba la amistad de un ser miserable, que solía esperarla en el solitario lugar y acariciarla humildemente.

Era un gato, que habitaba casi siempre por aquellos andurriales huyendo de la escoba de doña Rebeca.

Tan ruin era y tan feo, que le llamaban Desdicha.

Carmen le llevaba con frecuencia algo de comer, y el pobre animal le pagaba su compasión con artísticos arqueos y amorosos ronquidos.

Muchas veces, contemplando ella los cambiantes policromos de los ojos del gato, pensaba que eran aquellas bestiales pupilas las únicas que en la casona la miraban sin encono; y cuando el maullido blando y lastimoso de Desdicha la llamaba con cariñosas inflexiones de gratitud, le sonreía como a un ser racional y le hablaba dulcemente, respondiendo a sus insinuantes confidencias….

En una de las frecuentes escapatorias al desván, Carmen había descubierto entre inservibles trastos la imagen tallada en madera de un Niño Jesús.

Medía un palmo de altura, estaba desnudo y era una escultura tosca. La carita, atristada y borrosa, tenía unos ojos clementes, de los cuales habían resbalado a las mejillas unas lágrimas de muy dudoso arte.

A Carmencita le dió mucha lástima de aquel inconsolable dolor rodando por el rostro bendito.

Tomó la imagen y la aseó; y a escondidas, con sobresaltos y recelos, le hizo una túnica piadosa con el traje blanco de triste membranza.

El Niño estaba sobre un mundo dorado, encima de una peana rústica.

Buscó la joven un rinconcito donde colocarle, en uno de aquellos muebles rotos, y allí escondido le visitaba todos los días y le contaba en plática muda y tierna sus dolores solitarios.

Aquella mañana fué a verle y le pareció que él también estaba más afligido que nunca.

Después se asomó a contemplar la torre grave y maciza de Luzmela, la torre amiga de su corazón.

Mirándola estaba con sus bellos ojos empañecidos de tristezas, cuando Desdicha la vino a saludar con expresivos arqueos y ronroneos apremiantes. Ella le acarició, prometiéndole un regalo para más tarde, y como algunas lágrimas ardientes cayesen entonces sobra la piel tigresa del animal, volvió éste hacia la niña sus ojos mortecinos llenos de mansedumbre y le dijo algo piadoso en su bárbaro lenguaje; después lamió con delicia las gotas cálidas del llanto y tornó a sus arqueos y a sus ronquidos amistosos.

Carmen se inclinó hacia el pobre Desdicha hasta rozar con sus labios rojeantes la piel hirsuta del animal; luego le colocó blandamente en el alfeizar de la ventana, a la raita del sol, y despidiéndose con pesar de la vista del valle y del cantar del Salia, bajó al piso principal, porque era medio día, y se comía allí a las doce en punto.

IX

El papelito azul decía:

«Llego en el expreso.—Fernando».

Y toda la casa se había revuelto.

La comida no estaba pronta. Había un trajín impaciente de muebles en habitaciones, y cada vez que la madre y la hija se encontraban en medio de tal jaleo, reñían y se increpaban, porque Narcisa, celosa siempre del hermano buen mozo y seductor, opinaba que aquellos eran demasiados preparativos para recibirle, y protestaba con satíricas frases de aquella revolución inusitada.

En esto llegó Andrés. Traía hambre y estaba de muy mal humor.

El retraso de la comida le soliviantó, y al enterarse del motivo de aquellas alteraciones preguntó irritado:

—Y ¿a qué viene ese?

Doña Rebeca le contestó con autoritario tono:

—Viene a casa de su madre; hace seis años que no le veo, tiene tanto derecho como tú a vivir conmigo.

—¿Derecho?… El tiene carrera…; tú le prefieres porque es guapo, le consientes todos sus caprichos y le das dinero….

Descargó un puñetazo sobre la mesa, con toda la reciedumbre de sus puños potentes, y platos y copas saltaron con estruendo y destrozo.

—¡Está borracho!—dijo Narcisa con desprecio.

El se revolvió como una fiera, y le tiró a la cabeza su bastón de cachiporra.

Se dió a gritos doña Rebeca; Narcisa, ilesa, inventó un desmayo, y Julio iluminó con un destello de feroz alegría su vidriosa mirada.

Andrés, creyendo que había herido a su hermana, improvisó un segundo acto melodramático, y aprovechando una iracunda mirada de su madre, fingió querer clavarse en el pecho un inofensivo cuchillo de postre.

La cándida niña de Luzmela, con un espontáneo movimiento de humanidad, corrió a estorbarle el «suicidio», y aquella fué la primera vez que él miró a la muchacha con detención y de cerca.

La encontró muy hermosa; toda su materia se estremeció, y al entregarle el cuchillo sin la menor resistencia le sobó las manos groseramente.

Quedó aplacado el guijarreño mozo por la magia de aquella sorpresa, y como Narcisa creyese prudente recobrarse «del síncope», porque la sopa se estaba enfriando, se hizo la paz en un minuto, Julio dejó de sonreir, y todos se sentaron a la mesa, provista de otros platos y de otras copas.

Comieron de prisa y comieron mucho; allí siempre se comía mucho. Con las bocas llenas de insultos, en discordia, en pelea, los guisos y las botellas se despachaban lindamente….

Doña Rebeca, muy amable con Carmen, la llamó sobrinita varias veces y la instó a repetir de algunos platos.

La niña, incapaz de acostumbrarse a tales mudanzas estupendas, no sabía si temer o alegrarse en aquella ocasión, y sintiéndose al fin contagiada por la extraña tranquilidad general, esperó curiosa la hora del tren expreso, que era la de las cuatro de la tarde.