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La niña robada

Chapter 6: V
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About This Book

The narrative follows Marta, a young woman employed as a governess whose reserved manners conceal inner turmoil as she becomes entangled in the castle household's intrigues. An elderly steward grows resentful toward her perceived coldness while a peasant friend, Catalina, suspects that the reserve masks a painful secret affection. Tensions escalate as aristocratic figures express hostility and maneuver against her, exposing rivalries, secrets, and moral judgment within rural and noble circles. The plot unfolds through personal confrontations, whispered confidences, and social pressure, exploring themes of reputation, concealed desire, class conflict, and the vulnerability of women constrained by duty and rumor.

III

Cuando Marta entró en la sala, vaciló un instante, pero luego, armándose de valor, golpeó suavemente a la puerta de la pieza.

—Entrad—respondió una voz en tono seco.

La señora de Bruinsteen estaba sentada en un sillón. Sus ojos inflamados parecían lanzar relámpagos; tenía, sin embargo, una sonrisa en los labios, una expresión de alegría sarcástica y triunfante. Estaba contenta porque un acontecimiento inesperado había entregado indefensa a sus manos a aquella mujer a quien odiaba. Al entrar la viuda murmuró algunas palabras de disculpa; pero la condesa no le dejó tiempo para hablar claramente y exclamó en tono irónico:

—¡Ah, ah! ¿Estáis aquí? Vamos a ver, hipócrita, cobarde, ¿cuánto dinero os ha dado Federico para traicionarme? ¡Hasta dónde puede llegar la falsedad! La señora es modesta, instruída, reservada; hay que medir las palabras con ella, ¡es tan sensible!... ¡Y esta miserable ladrona vende el honor de mi casa, por dinero! ¡Sí, sí! Atreveos a disculparos; sois una desvergonzada; pero vos misma habéis caído en vuestra celada. Nada puede salvaros, se acabó. Si no me contuviera os patearía como a una víbora; pero quiero contenerme; tengo curiosidad por ver qué medios ridículos vais a emplear para eludir el castigo de vuestra baja debilidad. Hablad, sed breve; porque todo es inútil; dentro de pocos minutos vuestra suerte se habrá fijado.

Marta unió las manos y dijo con voz suplicante, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas:

—¡Ah, señora! comprendo vuestra justa cólera, pero dejadme explicaros cómo sucedió esa desgracia. Quizá veais en mis palabras una razón para no ser inexorable con vuestra pobre e inocente sirvienta...

—No os andéis con tantas vueltas, os digo.

—Yo llevé con vuestro permiso a la señorita a casa del guarda. Catalina estaba en el jardín; hice sentar a Elena en una glorieta y entré en la casa con mi amiga, para que la señorita no oyera nuestra conversación. Entonces el señor de Bergmans se deslizó al jardín por una abertura de la cerca y habló con la señorita.

—¿Y vos no sabíais que debía ir allí? ¿Y os imagináis que me vais a hacer creer eso?—exclamó la condesa.

—Creedme, señora; yo ignoraba por completo su presencia en Orsdael.

—¡Vamos, vamos! Me expresáis el deseo de ir a casa del guarda; sois bastante astuta para elegir la hora de vuestro paseo habitual para arrancarme el permiso; colocáis a Elena en el jardín para que pueda hablar con entera libertad con su cobarde adorador; éste acude allí... ¿Y todo este juego, hábilmente combinado, resulta ser ahora una mera casualidad? ¡Debéis tener una opinión muy triste de mí si esperáis engañarme con esas niñerías!

—¡Soy inocente, señora, os lo juro!

La condesa se echó a reír.

—¡Un juramento!—exclamó la condesa—. ¿Qué significa eso en los labios de una infidente descarada? ¿No os di orden de que no perdierais un solo instante de vista a Elena?

—En efecto, señora, en eso falté a vuestras órdenes. Me arrepiento sinceramente de ello; ésa es la única falta que tengo que reprocharme; y por eso es que imploro vuestro perdón.

—¡Perdón! ahora veremos. ¿Permaneció mucho tiempo Federico con Elena?

—Dos o tres minutos, señora.

—Tanto tiempo, ¿y qué le dijo?

—No lo sé, señora.

—¿Y ella no os llamó?

—Creo que sí, señora, pero yo no la oí.

—¡Hipócrita, no le oisteis y estabais a diez pasos de distancia! Os habéis arreglado con la loca para engañarme. Aunque finjáis estar triste y asustada, interiormente, ¿verdad?, estáis contenta. El dinero que Federico os ha dado o prometido, os indemnizará de los resultados de vuestra vil traición. Marchaos, salid del castillo, y esperad delante de la puerta vuestros bagajes. Suplicad y rogad cuanto queráis; no volveréis a poner los pies en el castillo.

—Oh, señora, no seáis inexorable conmigo!—exclamó Marta trémula de emoción—, me despedís de aquí. ¿Adónde iré? Tened compasión de una pobre viuda. ¿Me acusáis de deslealtad? ¿Creéis que he consentido por dinero en exponerme a vuestra justa cólera? ¡Ah! ¡si supierais que daría la mitad de mi vida por seguir a vuestro servicio!

La condesa pareció no escucharla y se puso de pie animada por un nuevo furor.

—En cuanto a la estúpida loca—exclamó—, en seguida tendrá su merecido. Voy a tratar de que no olvide este día; para que no se le vuelva a ocurrir el deseo de ver a mi enemigo. Sí; quiero que en adelante tiemble y tenga miedo al sólo oír pronunciar su nombre.

Estas palabras le arrancaron a Marta un grito de desesperación. Se echó a los pies de la condesa, abrazó sus rodillas y recurrió a las más ardientes súplicas, para mitigar su cólera; pero la señora de Bruinsteen, que la miraba con triunfante ironía, se alejó y la rechazó duramente, mientras le indicaba la puerta, diciendo:

—¡Idos, idos de aquí! No os perdonaré. Durante demasiado tiempo os entendisteis con el intendente para desafiarme y burlaros de mí. Ahora estáis perdida. El mismo Mathys, si estuviera aquí, os echaría, del castillo. Marchaos, basta de cobardías inútiles, basta de mentiras; marchaos os digo. ¿Vais a obligarme a llamar a mis sirvientes para verme libre de vuestras súplicas hipócritas?

Pero la viuda siguió arrastrándose a sus pies y balbuceando todas las súplicas que la desesperación más profunda podía sugerirle. Estas palabras sólo sirvieron para aumentar la cólera y la indignación de la condesa.

—¿Cómo?—exclamó—, ¿os he entendido bien? ¿Perdón? ¿Pedís perdón para la loca? ¿Entonces le tenéis cariño? ¿Os asusta la idea de que reciba el justo castigo de su maldad?

—¡Oh! ¡No, no, señora! Os pido perdón para mí.

—Acabaréis de una vez—gritó la señora de Bruinsteen—. Ya habéis dicho vuestra última palabra en Orsdael. Vamos, ¿queréis marcharos? ¿sí o no?

Y como Marta siguiera de rodillas y llorara tendiéndole los brazos, se puso de pie violentamente, la empujó rabiosa y le dió como adiós un golpe tan violento, que la pobre Marta se golpeó contra la pared y permaneció un instante aturdida.

La puerta de la pieza volvió a abrirse, y una cruel amenaza le devolvió a la viuda la conciencia de su posición.

—Vamos—gritó la condesa—, ¿estáis empeñada en que os eche a la calle?

Marta caminó hacia la puerta y salió de la casa vacilante, aniquilada, deshecha y casi sin ideas. Se imaginaba la escena de violencias y crueles tormentos que Elena iba a sufrir, y su imaginación estaba tan impresionada por aquel doloroso espectáculo, que permaneció inmóvil y como petrificada delante del castillo:

Una voz que pronunciaba su nombre le hizo alzar la cabeza y le arrancó un grito de alegría. Tendió las manos hacia el intendente, que acudía hacia ella dando muestras de impaciencia y de cólera.

—Ya sé lo que ha pasado—exclamó—. Catalina me lo ha contado todo. Pero, ¿qué ha dicho la condesa? ¿Estáis llorando? ¿Os ha maltratado?

—Cruelmente maltratado, señor. Me ha echado, señor; no puedo subir siquiera a buscar mi ropa.

—Está loca, Marta; ¿acaso tenéis la culpa de que ese bribón de Federico haya tenido la idea de reaparecer de repente? Vamos, vamos, reíos de la injusticia de la condesa y volved a vuestro cuarto.

—No me atrevo—dijo la viuda con verdadero miedo—; me haría echar a la calle por los sirvientes.

Mathys la tomó la mano y la arrastró, diciendo con gran agitación:

—¿Echaros a la calle? Quisiera ver que os tocara con un dedo solamente. Se aferra a ese pretexto para echaros. No es de vos de quien se venga, es de mí. Sabe que me hiere al maltrataros; pero ahora veremos cómo van a andar las cosas. No tembléis, aunque estuviera cien veces irritada, cedería, y se volvería mansa como un cordero. No sólo le impondré que en adelante os deje en paz y os respete, sino que le declararé a la vez que os he elegido por mujer y que pronto seréis mi esposa.

—No, Mathys, no hagáis eso; su furor no reconocería límites—exclamó la viuda.

—Ya lo sé; pero, aunque se volviera loca furiosa, poseo los medios de desarmarla. No tengáis temor; si yo se lo exijo, os pedirá perdón por su brutalidad.

—No, no la humilléis, emplead la, persuasión; limitaos a demostrarle mi inocencia, para que me perdone mi descuido de un instante.

—Eso corre de mi cuenta, Marta; yo también tengo que vengarme. Permaneced aquí y tened valor; no saldréis de Orsdael.

El intendente entró y cerró la puerta. Momentos después Marta oyó los ecos de una voz irritada, y apenas hubo dicho algunas palabras la voz más agria aun de la condesa se mezcló a sus amenazas; ora era un rumor sordo; ora era una tempestad que iba siempre creciendo; hubo momentos en que hasta el piso temblaba al choque de violentas patadas.

Marta estaba de pie y toda trémula en la escalera; con la mirada fija en la puerta, escuchando aquella disputa, de la que podía depender su felicidad y la de su hija. Por mucha atención que pusiera no podía entender una palabra; el ruido de las voces amortiguado por la pesada puerta, sólo le llegaba de un modo indistinto y confuso.

El altercado duraba desde hacía largo rato, sin que la señora de Bruinsteen ni Mathys perdieran terreno, ni parecieran rendirse. La voz del intendente había llegado poco a poco al diapasón más elevado, y sin duda la obstinación de la condesa lo llenaba de furor, porque llegó a gritar tan fuerte que la viuda creyó distinguir algunas de sus amenazas. Las palabras de «madre falsa, ladrona de herencias» llegaron a sus oídos y la hicieron estremecer. Sus enemigos estaban hablando del secreto cuyo conocimiento ella perseguía al precio de las más sangrientas humillaciones y los más crueles sufrimientos.

Impresionada hasta el punto de que casi le faltaban las fuerzas, apoyó la mano en la pared y se deslizó hasta la puerta. Su corazón latía violentamente y poco faltaba para que la angustia la venciera.

La voz del intendente seguía gritando con la misma violencia; pero la condesa hablaba al mismo tiempo que él, y Marta sólo pudo oír sonidos mezclados y confusos, y palabras sin ningún sentido. Creyó entender, sin embargo, que hablaban de Elena, del viejo conde y de su herencia. Temblando de impaciencia y de esperanza, apoyó el oído a la puerta; pero su esperanza quedó frustrada porque las voces parecieron calmarse y se debilitaron...

De pronto, como si la condesa le hubiera inferido una injuria sangrienta, el intendente le replicó con nuevo furor. La viuda se inclinó y pegó el oído contra el agujero de la cerradura. En esa actitud oía casi todo lo que decía Mathys.

—¡Ja, ja!—gritaba burlonamente—. ¿Conque también me echaréis a mí? Está bien, os conozco desde hace tiempo, señora, he tomado mis precauciones a tiempo. Habéis sido lo bastante tonta para darme un escrito de vuestro puño y letra. Este documento es una espada suspendida sobre vuestra cabeza. Me obedeceréis, me obedeceréis os digo... o si no, la miseria, la ruina, la cárcel os espera. Yo fuí vuestro cómplice, vuestro instrumento, pero para vengarme...

Marta, mediante un esfuerzo nervioso, concentró todas las fuerzas de su alma en el oído; suspendió la respiración; el secreto que hubiera pagado con su vida iba probablemente a serle revelado.

Pero tuvo que erguirse y retroceder lanzando un grito sofocado. La vieja cocinera bajaba la escalera y se le acercaba sonriendo.

Mariana había visto que el aya tenía el oído pegado a la puerta.

—¿Qué está pasando ahí dentro, Marta, para que lo estéis oyendo con tanta inquietud? ¿Hablan de vos?

—Sí, sí, de mí—murmuró la viuda.

—No quiero molestaros con mi presencia; dentro de un rato me diréis lo que haya pasado, ¿verdad?

La viuda aplicó de nuevo el oído a la cerradura; pero la pelea se había calmado sensiblemente y las voces sólo zumbaban confusas en una conversación común. Después de haber escuchado largo rato e inútilmente, Marta exhaló un doloroso suspiro y se alejó de la puerta. Tenía los ojos llenos de lágrimas; pero consiguió dominar su dolor, al ver que la cocinera estaba todavía en la escalera.

—¿Y qué es lo que han dicho de vos? ¿Os despiden o podéis quedaros?

--- Me echan—balbuceó Marta temblando de emoción y sin entender casi lo que la cocinera le preguntaba.

—Despedida y sin remedio, ¿no queda ninguna esperanza? Es una desgracia, Marta, y os compadezco sinceramente. La señorita me contó cómo pasaron las cosas. Vos no tenéis la culpa.

—¿La señorita?—preguntó Marta—. ¿Cómo se siente? Está muy afligida, ¿verdad?

—¡Pobre criatura loca! Es cosa de llorar de lástima, aunque se tenga el corazón de piedra.

—Teme que la maltraten, ¿no es cierto?

—No, no; otra persona pensaría en ello; ¡pero una pobre loca! ¿Creéis que no piensa en ella? Todo lo que grita es: «Marta, Marta», y sólo la preocupa el que vos tengáis que sufrir las consecuencias de su imprudencia. Es singular; no os demostraba, sin embargo, mucho cariño; hasta creía que os odiaba, y sin embargo, en el momento de perderos, demuestra por vos un cariño extraordinario. Su cabeza está perdida; no sabe lo que dice ni lo que hace.

Se abrió la puerta de la sala y apareció el intendente en el corredor; estaba colorado, y tenía los ojos rojos de cólera. La presencia de Mariana pareció molestarle, e hizo un gesto imperioso para alejarla; pero cambió de idea, le tomó a la cocinera las dos llaves que tenía en la mano y le dijo a Marta, dirigiéndose a la escalera:

—Seguidme, Marta.

La viuda obedeció. La condujo a su propio cuarto, la hizo sentar cerca de la mesa, y le dijo:

—Aquí tenéis vuestras llaves, Marta. El asunto está arreglado; pero no fué sin trabajo; he tenido que emplear los medios más enérgicos para vencerla; podéis quedaros en Orsdael y no tenéis nada que temer.

—¡Me ha perdonado!—exclamó el aya.

—Una mujer como la condesa no perdona jamás.

—Pero, con todo, ¿puedo quedarme?

—Eso no era lo difícil; la señora de Bruinsteen consintió en ello sin mayor resistencia; pero cuando le dije que ibais a ser mi mujer casi le dió de rabia un ataque de apoplejía... ¿Esto os sorprende, Marta? Se diría ¿verdad? que está celosa porque yo distingo a otra mujer. Nada de eso; me odia, pero tiene necesidad de mí, y me teme. Si yo quisiera podría hacerle mucho daño y hasta arruinarla por completo. Por eso querría tenerme bajo su dependencia; pero se acabó, estoy cansado de esta existencia.

—¿Qué terribles secretos hay entonces entre vos y la condesa?—dijo Marta con terror fingido—. Quizá la señora condesa ha cometido alguna falta y vos la sabéis...

—No me preguntéis nada de eso—replicó Mathys—. El día de nuestro casamiento lo sabréis todo. Antes no me arrancaréis una palabra. Vos misma reconoceréis que este silencio era una plausible prudencia. Hablemos ahora de asuntos serios. La escena que acaba de producirse entre la condesa y yo, no nos permite esperar largo tiempo. Debemos apurar cuanto se pueda nuestro casamiento. La maldad de la señora Bruinsteen hallará todavía medio de romperlo. Esta misma noche escribiréis las cartas para que os manden los papeles necesarios de Bruselas, y si tenéis tanta prisa como yo, nos casaremos dentro de seis semanas.

La viuda parecía que ya no le oía y dirigía la mirada con atención particular al fondo del cuarto. Había un escritorio de caoba entre unos bonitos muebles y sillones de terciopelo. Había también cuatro cuadros con marcos dorados. Pero el objeto en que Marta fijaba los ojos, era un cofre con fuertes herrajes que estaba al pie del pupitre.

—¿Estáis distraída, Marta?—observó el intendente—. Decidme, querida amiga, ¿escribiréis esta tarde para que os manden de Bruselas los papeles necesarios? ¿Haréis lo posible, a fin de que no perdamos un instante en celebrar nuestro casamiento?

—Sí, sí—replicó la viuda cuya mirada se encontraba irresistiblemente atraída por el cofre de hierro.

—¿Estáis mirando mis muebles?—preguntó alegremente el intendente—. Sí, Marta, no tendremos que comprar muchos para instalar nuestra casa. Todo lo que veis aquí me pertenece. Un buen escritorio, magníficos sillones, ¿no es cierto?

Marta trató de sonreír y preguntó con fingido buen humor:

—Me imagino que este cofre será el mueble principal de la casa. ¿Es sin duda en el que guardáis las economías?

—Sin duda, y también papeles.

—¿Papeles? ¿Papeles preciosos?

—¡Con qué expresión me preguntáis eso, Marta!—dijo Mathys vacilante—. ¿Podéis imaginaros que en un cofre así, no se guarda todo lo que uno quiere conservar?

—En efecto, no hay nada que excite tanto la curiosidad de una mujer como una caja de hierro que parece encerrar cosas misteriosas. Dentro de algunas semanas seré vuestra esposa. Sed, pues, bueno, y decidme de antemano qué encierra ese cofre.

—Vamos, loca, estáis bromeando. ¿Qué puede haber en él? Un poco de dinero y títulos de deudas públicas; porque ya os imaginaréis que no soy tan estúpido como para guardar mi dinero sin que produzca. Cuando volvamos de la iglesia, ya marido y mujer, os entregaré las llaves del cofre y de los armarios. Hasta entonces, querida, tendréis que dominar vuestra ansiedad, porque todo permanecerá bien cerrado. Vamos, dejad a un lado esos caprichos. Escuchadme, Marta: una vez casados podremos seguir viviendo en el castillo, si no preferís tener una casa vuestra; podéis escoger. Aquí se pueden conseguir muchos provechos, se puede vivir sin gastos y redondear tranquilamente la fortuna.

—Preferiría seguir en Orsdael—dijo Marta que pensaba en su hija.

—Eso me agrada—replicó el intendente—; tanto más cuanto no seréis más sirvienta ni aya, y no tendréis que servir a nadie.

—Y la señorita, ¿quién la cuidará?

—Ya se ha pensado en eso, Marta. Dentro de pocos días estará lejos del castillo, y tengo razones para creer que no volverá nunca a él.

—¿Cómo es eso? ¿Qué queréis decir?—balbuceó la viuda presa de una súbita ansiedad.

—Es cosa resuelta; la señorita entrará en un convento.

—¿En un convento? ¿En un convento de religiosas?

—Naturalmente. Parece que eso os agita violentamente. ¿Os imagináis quizá que cuando Elena no esté aquí, la condesa podrá despediros, no necesitando ya vuestros servicios?

—Sí, Mathys, en efecto; esa noticia me hace temblar.

—Estáis en un error. Esta decisión ha sido tomada a instancias mías, para hacer desaparecer toda causa de desavenencias y discordias, y para estar seguros de tener una vida agradable.

—Pero, ¿a qué convento la mandarán?

—Lo ignoro aún, la condesa se encargará de buscarlo.

—¿Queréis hacer una monja de Elena? Sin embargo, eso es imposible. ¡Una loca!

—No; estará allí como pupila mientras se resuelva otra cosa... Oigo regañar a la condesa; está descargando su cólera sobre los sirvientes. Voy a tratar de calmarla, ahora que ha consentido en todo. Así que sepa algo nuevo, vendré a decíroslo. Id a vuestro cuarto, Marta, y tratad de descansar de vuestras emociones.

—¡Oh! ¡No me atrevo!

—¿Por qué? ¿Qué teméis?

—A la condesa. Irá allí y me castigará.

—No, se lo he prohibido. Me ha prometido que no hablará de lo que ha jurado. Si os dice, sin embargo, alguna frase desagradable, haced como si no la oyerais; pero no creáis que llegue hasta maltrataros.

—Vendrá a verme, sin embargo. ¡Ah! Tiemblo ante la sola idea de encontrarme con ella.

—¿Y por qué ha de ir?

—Para retar y castigar a la señorita.

—Es cierto, pero eso, ¿qué os importa? Dejad que le aplique a la loca el castigo que merece su falsedad. Si tuviera tiempo, me parece que le haría sentir a esa tonta que no tiene derecho a reírse de nosotros.

—Pero comprended, Mathys; yo estaré junto a ella, y la condesa en su enojo se exaltará tanto contra mí como contra ella. Estoy cansada de estas escenas odiosas; si tengo que seguir soportándolas, prefiero huir de Orsdael.

—¡Oh! ¿Qué significa esto ahora?—murmuró el intendente descontento—. Al fin y al cabo yo no le puedo impedir a la señora de Bruinsteen que se acerque a su hija.

Marta le tomó las manos y le dijo con extremada suavidad, mirándolo con aire de cariño:

—Mathys, buen Mathys, todo lo podéis obtener de la condesa. Dadme una nueva prueba de vuestro afecto. Exigidle la promesa de que no vaya a ver a la señorita al menos hasta dentro de tres o cuatro días. De esta manera evitaré el peligro de ser maltratada e injuriada por ella. ¡Mathys, sed complaciente, libradme de esta inquietud, os lo ruego!

El intendente, conmovido por su mirada y por su acento, inclinó un momento la cabeza, y murmuró sonriendo:

—¡Qué hechicera sois! Hacéis de mí lo que queréis. Vamos, quedad tranquila, haré lo que deseáis.

—¿La condesa no irá a ver a la señorita?

—Hasta dentro de tres días.

—¡Oh, gracias, gracias!

Mathys se levantó y salió del cuarto. En la puerta se detuvo y le dijo a la sirvienta que lo había seguido:

—Quedaos en paz, Marta; así que estéis más tranquila, escribid las cartas para pedir vuestros papeles. Ya sabéis lo que necesitáis; os lo he dicho ya. Consolaos de vuestras desgracias. Nuestro casamiento os hará olvidar vuestras penas. Estad segura de que seremos felices.

La viuda lo miró alejarse para estar segura de que no retrocedería, y así que hubo bajado la escalera comprimió un grito de alegría y corrió a su cuarto.

Antes de que hubiese llegado a la puerta, sus labios murmuraron alegremente:

—¡Elena, Elena, hija mía, mi querida niña! ¡Me quedo, me quedo! ¡No me separaré de ti mientras viva!

IV

La señorita de Bruinsteen estaba sentada delante de una mesa y copiaba pasajes de un libro. Por grande que fuera la atención que pusiera en su trabajo, de cuando en cuando volvía la cabeza para dirigir una triste sonrisa a su aya, que, sentada junto a la pared y con los ojos entornados, parecía sumida en sombríos pensamientos.

Un silencio completo reinaba en el cuarto; los rayos del sol oblicuos y su débil claridad anunciaban el declinar del día.

Marta estaba triste e inquieta. No le había dicho todavía a Elena que habían resuelto mandarla al convento. Tenía miedo de desgarrarle el corazón con aquella triste noticia. Por otra parte, tenía la esperanza de que con ayuda de Mathys conseguiría parar el golpe fatal que las amenazaba a las dos. En realidad, el intendente, que no comprendía por qué Marta deseaba impedir la partida de la joven, había rechazado sus tentativas como absurdas; pero todavía podía contar con algunos días, y creía que conseguiría convencer a Mathys, sin traicionar los motivos que la inspiraban. Por desgracia, el intendente había salido muy temprano aquel día del castillo; había salido en el coche grande y sólo volvería muy tarde. ¿Por qué no le había hablado Mathys de aquel viaje? ¿Qué le ocultaba? Al hacer esta reflexión, se puso pálida y empezó a temblar, porque una sospecha terrible acababa de cruzarle el espíritu. El convento... ¿Sería una casa de sanidad? ¡Horror! ¡Su hija encerrada entre criaturas dementes y condenada a encierro perpetuo! Después, Marta rechazó esta idea y pasó a suposiciones menos atroces. Las palabras de Mathys le habían hecho pensar que se dejaba llevar por suposiciones mal fundadas. Y vacilando así entre una débil esperanza y una angustiosa ansiedad, la pobre Marta alzaba los ojos al cielo y se dolía de la suerte que la amenazaba tan cruelmente, en el momento mismo en que estaba cerca de descubrir el secreto de sus enemigos.

Elena volvió la cabeza hacia ella y exhaló un suspiro de compasión; no se atrevía a hablarle porque Marta le había rogado que terminara silenciosamente su trabajo. Sin embargo, un momento después había terminado su tarea; se levantó, se acercó al aya, le mostró el escrito, y dijo:

—Mirad, querida Marta, he terminado.

—Está muy bien, querida—dijo el aya echando una distraída mirada al papel—. Ya escribes mejor; tu aplicación supera mis esperanzas.

La joven acercó una silla, tomó la mano de la viuda, y le dijo en tono suplicante:

—Marta, estáis disgustada, ¿verdad? ¡Oh! ¿por qué no podré rescatar mi fatal desobediencia? Sufrís por culpa mía, vos que sois la bondad y el cariño mismos. Es como si me traspasaran el corazón a puñaladas. Consolaos, Marta, eso no volverá a suceder jamás; si alguna vez Federico llega a aproximarse, pediré auxilio y escaparé al instante. Hasta me empeñaré en olvidarlo por completo.

—No, no; te equivocas, mi querida Elena; ése no es el motivo de mi melancolía—respondió Marta.

—No me atrevo a preguntaros ese motivo porque no os gusta que se os interrogue. Pero, ¡me dais pena, Marta! Lo conozco bien en vuestra fisonomía; tenéis pena y tenéis miedo. Podéis quedaros a mi lado, sin embargo; mi madre nos ha perdonado a las dos, según decís. Esta felicidad inesperada, debiera alegraros; sin embargo, estáis pálida, y vuestra mirada está obscurecida por pensamientos inquietos. Vamos, vamos, quiero que mis besos os hagan sonreír.

Le dió un beso a Marta y la aproximó con fuerza contra su corazón, mientras que aquélla se entregaba pacientemente a las caricias de la niña, retribuyéndolas y tratando de sonreír. Permanecieron luego mudas y mirándose con expresión afectuosa, hasta que un ligero golpe en la puerta las vino a turbar en la expansión de su mutuo afecto.

Marta se apresuró a ver quién era la que llamaba a la puerta, y volviéndose inmediatamente a la joven, le dijo:

—Elena, es Mariana, la cocinera; tu madre me ordena que baje en seguida contigo.

—¿Mi madre nos llama?—exclamó la joven—. Dios mío, ¿qué irá a suceder?

La viuda no estaba menos asustada, pero se dominó, y dijo con aparente tranquilidad:

—¿Por qué palideces, pobrecilla? Yo voy contigo. No temas nada, no me apartaré de ti.

—¡Ay! no es por mí por quien tiemblo, querida Marta; es por vos que sufro tanto sin ser culpable. Mi madre puede castigarme cruelmente. Eso no es nada; pero, ¿y si se le ocurriera castigar mi falta en vos, en mi presencia?

—No, no; te estás agitando por un vano temor. Vamos, no podemos hacer esperar a tu madre. Ten calma y sígueme.

Marta bajó con la joven, y abrió la puerta de la sala. Un suspiro ahogado se le escapó. Vió sentado al lado de la condesa a un hombre vestido de negro, de una fisonomía fría y sonriente, cuya mirada le heló la sangre en las venas.

—Está bien—dijo con sequedad la condesa—. Dejad a la señorita con nosotros, cerrad la puerta, idos arriba y esperad allí mis órdenes... ¿No me comprendéis?

La viuda salió de la pieza, pero permaneció en el corredor. Sus piernas se negaban a alejarse de un sitio en que sin duda iba a decidirse la suerte de su hija y a pronunciarse una sentencia irrevocable. Un ruido en la cerradura le hizo temer que la condesa fuera a sorprenderla. Subió rápidamente la escalera y fué a refugiarse a su cuarto, donde se dejó caer sobre una silla, y escondió la cabeza entre las manos.

¿Quién era ese hombre vestido de negro? Probablemente un médico. ¿Qué iba a hacer a Orsdael, donde nadie estaba enfermo? ¿Por qué tenía que quedar solo con Elena? ¡La casa de sanidad! En efecto, la desgraciada madre lo sabía desde hacía tiempo; las leyes que protegen la libertad personal, no velan con la vigilancia necesaria la puerta del abismo, que se llama la casa de sanidad. La declaración de un solo médico basta para condenar a reclusión perpetua; y una vez encerrada la pobre víctima en esa tumba muda, ¿quién reconocería la fatal equivocación en un lugar tan atroz y tan extraordinario que hasta los gestos y las palabras de las personas razonables toman apariencias de locura? La viuda quedó como aplastada bajo el peso de tales pensamientos, hasta que el repiqueteo de la campanilla le dió la orden de bajar. Al pie de la escalera, vió que el visitante subía a un coche.

Cuando hubo abierto la puerta de la sala, la condesa le dijo con un tono y una expresión en que estallaba la alegría:

—Marta, acompañad a la señorita a su cuarto; cerrad cuidadosamente las puertas y volved pronto; tengo que hablaros de un asunto importante.

Elena lloraba y temblaba; parecía estar muy asustada; comenzaba a explicarse la causa de aquel miedo, cuando Marta le hizo comprender con una mirada imperiosa que debía reservar aquella confidencia para cuando estuviesen solas. Cuando llegaron al cuarto de Elena, Marta cerró las puertas y preguntó:

—¿Qué es lo que te ha sucedido, querida niña? Habla pronto, que tu madre me espera.

—¡Ay de mí! ¡Me mandan a un convento, lejos de aquí!—dijo sollozando la joven—. Huir de mi prisión, salir de Orsdael, sería un cielo; pero separarme de vos, Marta, me matará; ¡no puedo vivir sin vos!

—Ten valor y consuélate—dijo Marta sofocando su propia emoción—. En cualquier parte que estés, yo estaré siempre a tu lado. ¿Qué hizo y qué dijo el desconocido? Es preciso que yo lo sepa; pero apúrate, apúrate, que ya empieza a repicar la campanilla.

—El señor desconocido me tomó la mano; fijó largo rato sus ojos penetrantes en los míos, como si quisiera indagar con su mirada el fondo de mi alma. Mi corazón latía violentamente, mi espíritu se extraviaba, una nube me empañaba la vista.

—Pero, ¿qué te preguntó?

—Una porción de cosas extrañas e incomprensibles; en qué pienso, en qué sueño, si me agradaría jugar con otras señoritas o si me agradaría entrar en un convento para hacerme religiosa...

—Y tú, ¿qué le respondiste?

—No recuerdo, balbucí. Su mirada fija y profunda me quitaba toda conciencia de mí misma.

—Debieron sorprenderle mucho tus respuestas, ¿no es cierto?

—No, parecía muy satisfecho y meneaba la cabeza con aire aprobador; después se dirigió a la mesa y escribió algo sobre un gran papel.

—¡Oh Dios mío!—exclamó Marta, levantando las manos al cielo.

Elena la miró temblando; pero la viuda evitó la explicación, diciéndole, mientras se iba del cuarto:

—No temas, querida. Hay secretos que un día conocerás. Por ahora no tienes nada que temer. Vuelvo dentro de un momento.

—Sentaos, Marta—le dijo la condesa cuando ella hubo entrado a la sala—. Tengo muchos motivos para estar enojada con vos; pero quiero olvidar el pasado, sobre todo ahora que la única causa de mi cólera y dolor va a alejarse de Orsdael. Lo que voy a deciros os alegrará a vos también; es para vos como para mí una noticia feliz. Elena entra mañana en un convento, de manera que os veréis libre de su guarda, y podréis pasearos todo el día y hacer lo que queráis... ¿Por qué parecéis disgustada? yo creí que os iba a causar gran alegría.

Marta comprendía muy bien que debía fingir una gran satisfacción. Trató de sonreír a la vez que balbucía un agradecimiento; pero, a pesar de sus esfuerzos, podía leerse en su fisonomía una inquietud cruel.

—Me imagino que teméis perder vuestro empleo después de la partida de Elena; estáis equivocada, Marta; he convenido con Mathys que permaneceréis en Orsdael hasta vuestro casamiento, y aun después, si así lo queréis. Me agradaría mucho que hicierais esto último. Una vez que Elena no esté ante mi vista, y encerrada en un sitio seguro, yo no estaré ni apenada ni colérica. Me haréis compañía, y yo haré cuanto me sea posible para haceros agradable vuestra permanencia en mi castillo. Mi lenguaje os sorprende, ¿verdad? ¿No acostumbro a hablar tan amistosamente? Es que hoy me sucede una felicidad por la cual suspiraba desde hace mucho tiempo, como por la libertad de la esclavitud más dura. La loca era para mí una fuente de dolor y un peso tan penoso como el grillete de un presidiario. Me veo libre de esa cadena y respiro por vez primera a mi placer. La alegría vuelve bueno y amable.

Marta había tenido el tiempo necesario para recuperar su propio dominio.

Mientras la condesa hablaba, murmuró sonriendo algunas palabras de asentimiento, y se había armado de valor para averiguar lo que deseaba saber.

—¡Qué buena sois, señora!—dijo—. Entonces, ¿puedo quedar en Orsdael? ¿Sois tan generosa que me hagáis este favor? ¿Y no tendré que guardar más a la señorita? ¡Oh, cuánto os agradezco que me libréis de ese penoso servicio! Pero, ¿y si Elena no quiere seguir en el convento y vuelve aquí?... Es obcecada y no es posible tenerla siempre encerrada.

—No, no volverá—exclamó alegremente la condesa—. Va a entrar a un lugar del que no se sale nunca.

—Yo no me fiaría—dijo malignamente la viuda—. El señor de Bergams sabrá adónde está y le proporcionará los medios de salir del convento.

—¡Bah! Federico no lo sabrá; no lo sabremos más que yo y el intendente; en el sitio a que va las ventanas tienen estrechas rejas de hierro, por donde no se podría escapar ni un gato. ¡Ja! ¡Ja! ¿Por qué ocultaros lo que va a complaceros tanto como a mí? Escuchad; os lo voy a decir en confianza; pero no lo digáis a nadie, porque es preciso que todos crean realmente que Elena va a entrar a un convento para hacerse religiosa. De este modo se hablará menos de su desaparición.

—¡Cómo! ¿No va a entrar a un convento?

—Sí, va a entrar a un convento porque es una casa habitada y dirigida por religiosas.

La señora de Bruinsteen inclinó la cabeza sobre el hombro de la viuda y murmuró algo al oído:

—¿Vió usted a ese señor que estuvo aquí? Un señor que vino para juzgar la razón y la inteligencia de mi hija. Las cosas pasaron muy felizmente; Elena se mostró mucho más estúpida y loca de lo que realmente es; en seguida me firmó una declaración en que afirma que su cerebro se halla desequilibrado... y... ya os imaginaréis lo demás.

—¿El qué? ¿el qué, señora?... No comprendo—balbuceó Marta casi desfallecida.

—Es fácil de comprender, sin embargo: Elena va a entrar en una casa de sanidad.

Un grito penetrante se le escapó a la pobre viuda; pero se dominó en seguida y estalló en una carcajada.

—¿Y ese grito?—murmuró la condesa estupefacta.

—Es de alegría, señora, de alegría—dijo Marta—. Ahora me podré casar, vos seréis libre y feliz, estaréis libre de todo pesar. ¡Ah, qué satisfecha estoy! Menos por mí que por vos, que sois mi buena y generosa señora.

Engañada por estas halagadoras palabras, la condesa exclamó alegremente:

—Os creo, la victoria me ha causado a mí también una viva impresión. Desde que estoy cierta del triunfo, mi corazón se ha aliviado de un peso enorme. Es un verdadero martirio verse abrumada durante muchos años por una loca, que ha recibido de la naturaleza un carácter detestable, que no tiene más propósito que deshonrar mi nombre y arrancarme la vida.

—Sí, señora, es un martirio cruel para una madre verse obligada, después de tantos sufrimientos, a encerrar a su hija única en una casa de sanidad.

—¡Qué queréis, Marta; cuando no hay más remedio!...

—¿Va ir lejos de aquí?

—Sí, bastante lejos.

—Cuanto más lejos, mejor será para vos y para mí... De esta modo habrá menos peligro de que el señor de Bergams descubra su paradero. ¿La señorita irá, sin duda, al extranjero?

—No me preguntéis eso—respondió la condesa visiblemente molestada por la curiosidad del aya—. Mathys ha ido esta mañana a hablar con la directora del convento y a anunciarle la llegada de Elena. Si regresa antes de la noche, podréis preguntarle lo que os interesa. Si cree que debe decíroslo, está bien; pero yo le hecho prometer formalmente que callaría el sitio adonde va a ser conducida Elena mañana.

—¡Ah! ¡mañana! ¡tan pronto!

—Mañana, a las diez en punto, vendrá a buscarla un coche de la ciudad. Estaremos ausentes.

—¿Estaremos ausentes durante mucho tiempo, señora? Porque tendré, por supuesto, que preparar algunos equipajes, y llevar ropa para mí.

—Vos permaneceréis a mi lado, Marta.

—¿Y qué mujer acompañará entonces a vuestra hija?

—Ninguna, irá Mathys solamente. Ya está todo concluído y arreglado. Por otra parte, no es lejos, porque Mathys estará de regreso al día siguiente. El sol se ha ocultado ya tras del bosque; id, Marta, a vuestro cuarto y preparad las ropas de Elena. Haré que os lleven dentro de un momento un par de valijas y unas cajas de cartón. Ocupaos en colocar en ellas las cosas de mi hija, para no tener que apresuraros demasiado mañana. Sed discreta, no digáis nada de lo que os he dicho..., y que la loca llore o grite, no os importe, dejadla que grite como si no la oyerais. Es la última vez que os molestará.

Marta salió de la sala con la sonrisa en los labios y murmurando palabras de agradecimiento, pero así que estuvo sola las lágrimas brotaron de sus ojos y se vió obligada a apoyarse en la barandilla de la escalera, porque sus piernas vacilantes se negaban a sostenerla.

En el primer piso se detuvo en medio del pasillo con el pecho jadeante para que su espíritu tuviera tiempo de recogerse y su valor de templarse a fin de preparar a su hija contra el dolor de la separación, o de consolarla con una falsa esperanza. Era una fatalidad implacable que pesaba sobre ella desde que había pisado a Orsdael; tenía que disimular, fingir, mentir siempre, lo mismo a su hija que a sus indignos verdugos.

Permaneció un momento inmóvil, absorta en sus sombríos pensamientos. Luego, de golpe, irguió la cabeza. En sus ojos negros brillaba una especie de altivez dolorosa y una especie de audacia amenazadora, como si lanzara un reto a sus enemigos invisibles; sus facciones contraídas se distendieron de pronto, sin embargo, y su expresión se tornó tranquila y paciente, al dirigirse a pasos lentos al cuarto de Elena; una suave serenidad iluminaba su rostro, y le dijo a la joven que se arrojó desesperada a su cuello con los ojos llenos de lágrimas:

—Vamos, Elena, mi querida hija; no llores así. Tu desesperación no es razonable. Lo que temes, no sucederá.

—¡Oh, Dios sea loado!—exclamó la joven con una risa nerviosa—. Tenía razón en confiar en vuestro maravilloso poder. ¿Habéis convencido a mi madre? ¿Ya no iré al convento? ¿Puedo quedarme con vos? ¡Oh! ¡Gracias, gracias, mi ángel bueno!

—Siéntate, Elena—dijo la viuda conduciéndola hasta una silla—, y trata de escucharme con calma. El día toca a su fin: tengo que trabajar todavía y no me alcanza el tiempo para conversar largo rato contigo. Es cosa resuelta que vayas al convento.

—¡Oh, Marta, mirad cómo tiemblo!

—Haces mal. Escucha lo que voy a decirte. Mañana a las diez, vendrá un coche a buscarte... ¿Por qué te asustas tanto? No hay la menor razón para ello. ¿Es acaso tan dulce y agradable la vida en este estrecho calabozo?

—Con vos, Marta, este obscuro cuarto es para mí un paraíso en la tierra.

—Estarás seguramente mejor en el convento.

—¡Oh! Entonces, Marta, ¿vienes conmigo? Sí, sí, estoy contenta. ¡Si pudiera irme en seguida de este sitio en que he sufrido tanto!

—Es cierto, hija mía, pero seguramente no partiré en el mismo coche que tú y no me verás en todo el viaje... ¿Te pones pálida otra vez? Trata de dominar tu espanto.

—¡Por amor de Dios, no me engañéis, Marta!

—¿Cuándo os he engañado?

—¡Jamás!... ¡Jamás!... perdonadme esta duda. No sé lo que me pasa, tengo el corazón oprimido, apenas puedo respirar, tiemblo de pies a cabeza; una voz secreta me dice que voy a perderos para siempre. ¡Antes preferiría morir, Marta, a no volveros a ver más!

La viuda, aunque su corazón sangraba cruelmente, dulcificó aún más la voz y trató de calmar a la joven, asegurándole que no se separaría nunca de ella y que estaría siempre a su lado para quererla y protegerla. Por fin, cuando creyó haberlo conseguido agregó:

—Pues bien, Elena, ya que este viaje te asusta tanto, todavía creo que lo podré impedir. El intendente salió esta mañana y volverá tarde esta noche. Espiaré su vuelta e iré a verlo en su cuarto. Por medio de él quizá consiga que tu madre vuelva sobre su decisión. Si esta última tentativa no da resultado, es preciso que demuestres que tienes valor y juicio, y que no dificultes mi protección con tu debilidad. Sube al coche, déjate conducir sin quejas ni resistencias; aunque tengas que pasar algunos días sin mí en el convento, soporta con paciencia esta corta ausencia, segura de que me tendrás pronta a tu lado, más abnegada y poderosa que antes. Es posible, Elena, que tus enemigos hayan querido prepararte una existencia dolorosa en el convento, pero debes saber que tengo bastante amor y fuerzas para triunfar de su maldad.

Marta consiguió, por fin, fingiendo una confianza absoluta, dar a su hija el valor necesario. Elena prometió que haría el viaje sin quejarse, retemplada por la idea de que su protectora estaría presente en el momento de la partida para alentarla y sostenerla.

Era tiempo de que la joven fuera a acostarse y tratara de descansar después del golpe terrible que su corazón había recibido. Los consuelos y las predicciones del aya le habían hecho esperar que su existencia sería menos amarga en el convento que en el castillo de Orsdael.

La viuda salió después de abrazar tiernamente a Elena.

Apenas hubo Marta cerrado la puerta, la expresión de su rostro cambió por completo. Las señales de espanto reaparecieron alrededor de sus labios, y sus ojos abiertos sondeaban los espacios con una especie de extravío, su propio pensamiento la arrastraba, y, sin embargo, era ese mismo pensamiento el que, hacía un instante, le había inspirado el valor de arrojar a sus enemigos un victorioso reto. Ahora parecía vacilar y retroceder ante la ejecución, aunque la felicidad de su hija fuera el premio de su audacia.

Su cuarto estaba casi a obscuras; el crepúsculo de la noche no permitía distinguir los objetos, sino como formas grises...

De pronto lanzó un grito extraño; su resolución era ya inquebrantable.

—Soy madre—se dijo—; Dios me perdonará.

Corrió con precipitación febricitante hacia el cuarto del intendente, se dejó caer sobre la puerta, apoyó contra ella el hombro, se arqueó sobre las piernas, contrajo los músculos para vencer el obstáculo de la cerradura. La puerta había sido sin duda mal cerrada, porque se abrió al primer empuje. Un grito ronco salió de la garganta de la viuda semienloquecida. Saltó hacia el cofre de hierro, tanteó por todas partes la cerradura, la sacudió temblando y jadeando, bramó de desesperación cuando comprendió que era imposible violentarla. Sin embargo, en aquel cofre había un objeto, un escrito cuya posesión hubiera comprado al precio de su sangre. La libertad de su hija, su derecho de madre, su felicidad, sólo estaban separados de sus manos trémulas, por las delgadas paredes de aquel cofre; ¡y tendría que dejarlo allí, que renunciar a toda esperanza y sucumbir bajo el peso de su impotencia! Pero no se dió por vencida aún. Acudió a la chimenea y tomó las pinzas de hierro. Se arrojó al suelo delante del cofre, introdujo el instrumento con una violencia insensata, entre la tapa y la cerradura, se apoyó con tal fuerza contra las tenazas, que las dobló, como si fueran de plomo. Sudaba copiosamente; jadeaba como si un gran peso le oprimiera el pecho; su corazón latía con furia. Nada, todo era inútil.

Por fin, hizo un último esfuerzo, rompió las tenazas, y Marta sintió con terror inexplicable que tenía sangre en las manos.

Recogió los pedazos del instrumento roto y corrió a su cuarto, cayendo sin conocimiento en una silla.

Volvió en sí largo rato después. Primero se sintió desalentada y como aniquilada por la fatiga; una nueva claridad iluminó su espíritu, comenzó a reflexionar, y a buscar en aquella necesidad extrema, si no existía algún último medio de continuar su lucha contra el destino.

¿Despertaría su hija? ¿La vestiría apresuradamente y emprendería la fuga con ella a favor de la obscuridad? Pero, ¿a dónde iría? ¿No la perseguirían y muy luego darían con ella? La pondrían en la cárcel... Y, ¿cuál sería la suerte de su pobre Elena? ¿Iría a hablar a la condesa, le declararía su nombre y reclamaría su derecho de madre sobre la joven? No podía probar ese derecho, la única prueba estaba en poder de sus enemigos y a la menor sospecha destruirían infaliblemente ese testimonio. ¿Huiría sola del castillo? ¿Correría horas enteras a través de los bosques, para invocar el socorro de Federico? ¿Quién le indicaría el camino? ¿Y qué podría hacer aquel joven más que ella?

La inutilidad de sus meditaciones le arrancaba penosos suspiros. La atroz convicción de que la puerta de la casa de sanidad iba a cerrarse sobre su hija querida, le oprimía el corazón y hacía correr por todo su cuerpo un frío glacial.

Después de haber permanecido un rato inmóvil y como inerte, una inspiración brusca y misteriosa la hizo erguirse vivamente con un rayo de alegría en los ojos.

—Sí—exclamó—, lo que voy a intentar sería culpable en otra circunstancia de mi vida, pero no me es dado escoger, debo salvar a todo precio la vida de mi hija.

V

Eran las once de la noche cuando el coche en que viajaba el intendente llegó a todo galope por el camino que conducía al castillo y se detuvo delante de la puerta. Los caballos, fatigados por aquella rápida carrera, estaban jadeantes y cubiertos de sudor. Mathys saltó al suelo y llamó; la puerta se abrió en seguida.

—Veo luz en la ventana. ¿La señora está despierta todavía?

—Sí, señor, os está esperando—le respondieron.

A la vez que refunfuñaba con singular vivacidad, abrió la puerta de la sala y, en vez de responder al saludo, al alegre saludo y las preguntas premiosas de la condesa, se dejó caer en una silla exhalando un suspiro.

—¡Dios mío! ¿qué os pasa, mi buen Mathys?—exclamó la condesa—, ¡qué sudoroso y pálido estáis!

—Dejadme respirar, dejadme reponer del susto mortal que he sentido.

—Hablad, os lo ruego. ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Me hacéis temblar, Mathys!

—Es cosa de temblar, señora; he estado a punto de ser asesinado a una legua de aquí.

—¡Asesinado! ¿Qué queréis decir?

—Os contaré eso mañana; pero no, ya veo que no tenéis compasión de mi estado, y no me concederéis un minuto de reposo hasta que lo sepáis todo. Pues bien, he aquí en pocas palabras lo que me ha pasado. Cuando llegamos a la aldea en que vive Federico Bergams, el cochero me propuso que atravesáramos el bosque de Muraster para acortar el camino. Yo no acepté porque la obscuridad es intensa, y confieso que no me gusta andar por los caminos apartados, sobre todo de noche. Pero como ya era tarde y tenía ganas de encontrarme en mi cama, me dejé convencer por el cochero, y tomamos por el camino travieso. Todo marchó bien durante una hora. Pero tuvimos que pasar por un valle rodeado por todas partes por bosques espesos. Yo no me sentía a gusto porque la sombra era tal que no podía distinguir ni al cochero ni a los caballos, y ya empezaba a pensar en aquel crimen cometido en ese sitio hace años, cuando de pronto oigo un silbido agudo detrás de mí. Le grito al cochero que castigue a los caballos; pero un silbido análogo se hace sentir por todas partes, delante y detrás de nosotros. Yo estaba más muerto que vivo y ya me veía rodeado de una banda de asesinos. El cochero estaba quizá más asustado que yo, quizá los caballos tuvieron conciencia del peligro, porque se pusieron a volar como el viento. Yo ya me felicitaba de que hubiéramos escapado, cuando tres o cuatro hombres salieron del bosque y nos gritaron que nos detuviéramos; pero algunos buenos fustazos despertaron el valor de los caballos. Uno de los bandidos invisibles hizo un disparo de pistola y la bala pasó tan cerca de mis oídos, que todavía me siguen zumbando. Desde ese momento los caballos galoparon sin cesar hasta el castillo. Son unos animales soberbios y el cochero debe ser muy hábil. No sé como no nos rompimos el pescuezo en esta carrera salvaje. ¡Ah! comienzo a tranquilizarme, pero necesito descansar, y os ruego que me permitáis retirarme.

La condesa abrió la puerta de un armario y sacó una botella y una copa.

—Mi pobre Mathys—le dijo tomándole la mano—, vuestro susto debe haber sido grande. Tomad, bebed una copa de vino de España, esto os repondrá. Ahora estáis en seguridad en el castillo, todo temor ha desaparecido. Os dejaría marchar a pesar de mi ardiente deseo de saber si habéis conseguido el objeto de vuestro viaje; pero no podéis iros a la cama tan agitado, y debéis darle a vuestro espíritu el tiempo necesario para que se calme. Bebed un sorbo, os digo, esto os repondrá, mi buen amigo.

El intendente miró a la condesa con sorpresa; había en el timbre de su voz y en su fisonomía algo tan suave y cariñoso, que no supo qué pensar y se preguntó si no ocultaría alguna celada bajo aquella amabilidad extraordinaria. Supuso que la condesa había sido dominada por completo por sus amenazas de la víspera y que no le halagaba más que para impedir las realizara en un momento de cólera.

—Vamos, Mathys—dijo la señora de Bruinsteen—, olvidad vuestra aventura de esta noche, y hacedme el favor de darme algunas explicaciones sobre el resultado de vuestro viaje. ¿Le hablasteis a la directora de la casa de sanidad?

—Estuve cerca de una hora junto con ella.

—¿Aceptarán a Elena sin dificultad?

—Sin ninguna dificultad. La declaración del médico y vuestro pedido, eso es todo lo que pide.

—¡Por fin vamos a vernos libres de esa loca desnaturalizada! ¿Es cosa segura, Mathys, que se la vigilará con cuidado y que no se dejará que nadie se acerque a ella?

—Le he explicado a la directora que un joven interesado y codicioso la persigue por su fortuna, y que ese cobarde seductor tratará de verla o le aconsejará por medio de cartas o de intermediarios que se escape de la casa. Se me ha tranquilizado a ese respecto. Puesto que no repararemos en los gastos, se le dará una guardiana severa que estará junto con ella siempre, y dormirá en el mismo cuarto.

—¿Y no volverá a salir jamás de la casa de sanidad?

—Jamás, a menos que lo pidáis.

—¡Entonces, no tendrá que esperar poco!—dijo la condesa restregándose las manos—. Puede estar segura de que no volverá a saber lo que es el campo libre y el espacio azul. Se acabó, ahora que ha sido declarada loca, y que va a ser encerrada para siempre, nadie se preocupará de ella. El secreto de su nacimiento quedará encerrado en la casa de sanidad. Yo me vuelvo curadora de su fortuna, y si muere, de fastidio o de enfermedad, heredaré, naturalmente, sus bienes, en calidad de madre.

Sí, sí, seréis inmensamente rica, y yo, que he sacrificado toda mi vida en favor de vuestro bienestar y de vuestros intereses, ¿qué recompensa tendré? Un puñado de oro, economizado sueldo a sueldo.

—¿Un puñado de dinero?—dijo la señora de Bruinsteen, riendo de incredulidad—. ¿Pensáis que no sé cuántas acciones de la deuda del Estado y cuántos títulos de empréstitos encerráis allá arriba, en vuestra caja de hierro? Vamos, vamos, no os enojéis, mi buen Mathys, no os envidio de ningún modo vuestro tesoro. Ahora que hemos conseguido el fin de nuestra vida, quiero demostraros mi agradecimiento con un legado considerable. El molino de agua de Lisck es una linda propiedad, ¿no es cierto?

—El molino de agua—repitió el intendente—. ¿Y qué hay con eso?

—Es una linda granja, con quince cuadras de tierra gorda.

—En efecto, señora; ¿qué es lo que queréis decir?

—Que estoy decidida a regalaros ese molino, Mathys.

El intendente lanzó un grito de alegre sorpresa, y tomó entre las suyas la mano de la condesa.

—¡Ay, señora, qué generosa sois!—dijo—. Ahora ya no deploro todo lo que he hecho por vos. ¿Me dais entonces el molino de agua con la granja? ¿Irrevocablemente, en plena propiedad?

—Es decir—respondió la condesa—que tendréis el usufructo y gozaréis de los arriendos.

—Ya me parecía—dijo el intendente con amarga decepción.

—Sois injusto, Mathys—observó la señora de Bruinsteen—. Hago todo lo que puedo por disponer de ellos a mi antojo. Si muere, el molino de agua será vuestro; pero, mientras tanto, tenéis que contentaros con la renta y los réditos. Es una bonita renta anual.

—Sí, pero es revocable, señora, y no sé que estéis dispuesta a mi favor el año que viene; ¿y si se os ocurre casaros, ahora que la loca no os estorba el camino?

—No, no temáis nada, Mathys.

—¿Queréis, señora, que aprecie vuestro regalo y lo considere como recompensa de los sacrificios que he hecho por vos?

—Ciertamente que sí.

—Pues entonces, dadme un escrito de vuestra mano.

—¿Qué escrito?—murmuró inquieta la condesa—. ¿Un escrito de mi mano?

—Es fácil de comprender, señora; un vale por una suma de dinero bastante considerable para compensar el valor del molino de agua y de la granja. Sólo entonces le daré realmente las gracias.

—Pero—dijo la condesa con cólera mal contenida—, si la casualidad hiciera que yo no heredase los bienes de Elena, seguiría siendo, sin embargo, vuestra deudora. Ya me habéis hecho vuestra esclava exigiéndome un primer escrito. No me he de poner por segunda vez bajo vuestra dependencia.

Mathys se levantó para retirarse y repitió con amarga sonrisa:

—Está bien, señora. Vuestra extraña amabilidad, vuestro lenguaje halagüeño me hacían prever que queríais engañarme. Cuál puede ser vuestra intención secreta lo ignoro, pero creedme, jugáis una partida peligrosa. La loca partirá mañana, pero todo no ha concluído por eso. Ya sabéis que aunque Elena estuviera encerrada varios años, me bastaría decir una palabra para libertarla a ella y sumiros a vos en la pobreza.

—Pero, mi querido Mathys, os equivocáis; yo no tengo ningún propósito secreto—dijo la condesa con tono suave y humilde—. Mi único proyecto era recompensar vuestra abnegación, y creía que os causaría placer esta noticia. No desconfiéis de mí, os lo ruego; el molino de agua será vuestro, si no es ahora, será más adelante. Hablaremos más detenidamente de este asunto cuando volváis del convento, y estad seguro que os dejaré satisfecho, aunque tenga que daros otra vez mi firma. Id a descansar ahora, mi buen amigo; mañana tendréis que partir bastante temprano. Tomad esta lámpara. Que paséis buena noche. Dormid tranquilo, Mathys; vais a quedar sorprendido de mi generosidad.

El intendente salió de la sala refunfuñando. Subió lentamente la escalera, reflexionando sobre la amable sorpresa que le había hecho la condesa, y su modo astuto de ofrecerle con mucho énfasis una donación que podía retirarle al día siguiente. ¿Qué hábil maniobra ocultaba aquello? ¿Quería la señora de Bruinsteen tenderle una celada? ¿Buscaba algún medio de impedir su casamiento con Marta? ¿Cómo sabía la condesa que poseía títulos de renta? ¿Quién le había dicho que sus papeles estaban encerrados en el cofre de hierro?

Se aproximó a su cuarto pensativo y desconfiado. Cuando fué a poner la llave en la cerradura, la puerta se abrió sola. Esto le sorprendió y se detuvo inquieto. ¿Se habría olvidado de echar la llave al salir? ¿Había entrado alguno en su cuarto durante su ausencia? Iba a darse cuenta de ello.

De pronto se estremeció y volvió la cabeza; era un ruido de pasos que se deslizaba en el piso.

—¿Sois vos, Marta?—dijo—. ¡Cómo! ¿Todavía estáis en pie? Son cerca de las doce. ¿Queríais hablarme antes de acostaros? Os agradezco esa benévola atención, querida amiga.

Pero la viuda se colocó misteriosamente el índice sobre los labios, y mientras él la miraba estupefacto, ella le tomó el brazo derecho y le condujo silenciosamente al fondo de la pieza, le indicó una silla y se sentó a su lado, junto a la mesa.

—¿Qué significa este silencio y este aire de misterio? Me hacéis temblar.

—Hablad despacio, que nadie nos oiga—dijo Marta con voz sofocada—. Un gran peligro pende de vuestra cabeza. Vuestros enemigos han tendido una celada a vuestros pies y de antemano celebran vuestra pérdida... Respondedme, Mathys, y no os sorprendáis de mis preguntas. ¿Es cierto que una vez cometisteis una acción que podría entregaros, a la menor indiscreción, a la justicia?

El intendente murmuró algunas palabras confusas, como si no comprendiera bien lo que se le preguntaba.

—¡Quiera Dios que me hayan engañado!—prosiguió Marta—. ¡Oh Mathys, hoy he sabido cosas atroces! Durante toda la tarde he reflexionado en la penosa situación con que me amenaza esa inesperada revelación. Me pregunto con inquietud si puedo ser la esposa de un hombre a quien acusan de haber cometido un crimen.

—¡Cómo! ¿qué decís?—exclamó el intendente palideciendo—. ¿Un crimen? ¿Y os referís a mí?

—¡Chito! ¡chito! dejadme proseguir. Manteneos tranquilo y escuchadme hasta el fin; la felicidad de toda vuestra vida, quizá dependa de vuestra sangre fría... Después de pensarlo bien, me acordé del afecto que me tenéis; la gratitud y la compasión vencieron, y he pensado que sois sin duda víctima de personas perversas que quieren librarse de un testigo inocente, mediante alguna cobarde traición.

—No os comprendo—balbuceó el intendente.

—Puede ser que, en efecto, no me comprendáis. Hablaré más claro, pero dadme antes vuestra palabra de que vais a dominar vuestra indignación, y a no salir de esta pieza hasta que yo os lo permita. Si no os conservais dueño de vos, os perderéis irremisiblemente.

—Os prometo, Marta, conservar mi sangre fría.

—¿Y hablar en voz baja?

—Muy baja.

—Si tomo estas precauciones, Mathys, es solamente para preservaros de un gran peligro. No podré, sin duda, ser vuestra mujer; pero me habéis demostrado afecto, y quiero demostraros, al menos, que soy agradecida.

—¿Que no podréis ser mi mujer? ¡Oh! os juro, Marta, que me han calumniado.

—Yo así lo creo, señor, y me lo va a demostrar la sinceridad de vuestras palabras. Os ruego, Mathys, que, para bien vuestro, no me ocultéis la verdad.

—Pero hablad claramente; ¿qué es lo que queréis saber?

Aproximándose a él, la viuda le preguntó con voz contenida:

—Decidme, Mathys, ¿Elena es realmente hija de la señora de Bruinsteen?

Al oír esta pregunta, Mathys pareció haberse vuelto mudo; sin embargo, después de un rato de silencio, respondió tratando de sonreír:

—Yo lo creo por lo menos; ¿de quién sería, si no, la hija?

—Eso no está bien, señor—dijo Marta con un tono de triste reproche—. Yo trato de obtener la consoladora convicción de que he sido engañada, a lo menos respecto a la parte que habéis tomado en ella; pero si os parece que debéis fingir conmigo, me es imposible protegeros y tengo que abandonaros a la muerte atroz que os amenaza. No penséis en nuestro casamiento: ¿cómo podría resolverme a llevar un nombre que hoy o mañana puede ser deshonrado por una sentencia infamante?

—¡Dios mío! ¿qué decís?—balbuceó el intendente espantado por las palabras de Marta, pero retrocediendo ante la revelación que ella le quería arrancar—. Os he prometido confiar ciertos secretos así que estemos casados. ¿Por qué no esperáis ese momento para interrogarme?

—Porque ese momento no llegará, si no obtengo de vuestra boca toda la verdad.

—Decidme de qué se me acusa y veré si puedo responder ahora con entera franqueza.

Marta pareció ofendida por aquella resistencia y permaneció algunos minutos muda. Después dijo, como adoptando una brusca resolución:

—Elena no es la hija de la señora Bruinsteen; es hija de un oficial de húsares, y tuvo como nodriza una campesina, en Elterbeck, cerca de Bruselas...

—¡Dios mío! ¿quién os ha dicho eso?

—Lo sabréis si por vuestra parte me demostráis alguna confianza. Vamos, respondedme: ¿Elena es hija de la condesa de Bruinsteen, sí o no?

—Pues bien, no—suspiró Mathys como si aquella confesión le hubiera atemorizado.

Marta dejó escapar un grito de alivio; porque bien que no hubiese dudado de que la joven era su hija, la confirmación de esa creencia la llenó de una alegría infinita. Pero, como viera que el intendente la mirara con desconfianza, prosiguió con acento más tranquilo:

—¡Ah, Mathys, qué feliz me hace esta prueba de vuestra sinceridad! Ella me permite esperar que os hayan acusado injustamente. Se pretende que vos robasteis a esa niña y la trajisteis a casa del conde de Bruinsteen sin que él ni la condesa supieran nada de antemano.

—¡Mentira, calumnia!—exclamó el intendente.

—¡Chist!—murmuró el aya—, acordaos de vuestra promesa. Yo también creo que se trata de traicionaros a fin de que vos solo carguéis con la pena de un delito que la ley castiga con cinco años de presidio. Quiero salvaros por gratitud, por abnegación.

—¿Quién puede haberos revelado cosas semejantes?

—¿No lo adivináis? La nodriza ha muerto, pero hay otras personas que conocen el secreto del robo de la niña.

—¿Otras personas? No existen, Marta.

—¿No hay otros testigos? ¿Estáis seguro?

—Ni uno solo, el marido de la nodriza murió hace catorce años.

Esta certidumbre le causó a la viuda una sensación dolorosa; pero ocultó su emoción y prosiguió:

—El secreto se habrá entonces revelado por sí solo, a menos que la señora...

—¿La condesa? ¡Es imposible!

—Sin embargo, ha sido la condesa quien me lo ha confiado.

—Es preciso entonces que esté loca, o que el mismo diablo la haya empujado a hacer tal extravagancia—exclamó Mathys—. ¡Oh! yo lo sabré, tendrá que darme cuenta de su traición.

Y se puso de pie para salir.

Pero el aya, que ya había previsto ese movimiento, lo retuvo del brazo diciéndole:

—Dominad vuestra indignación, señor; si salís de esta pieza antes de oírme hasta el fin, nada podrá salvaros del deshonor y de la cárcel.

—Pero es algo incomprensible—murmuró Mathys desalentado—. ¿Entonces ella misma me quiere poner en peligro para perderme? ¿Qué la puede impulsar a cometer semejante locura? ¿Qué fin puede tener en vista?

—Lo que la impulsa es el odio ardiente que os tiene; y al acusaros de un crimen ante mi, quiere impedir nuestro casamiento. Pero vos no sois culpable del robo de la criatura: ¿VERDAD? Vamos, Mathys, os lo suplico, no me dejéis en esta penosa duda: ¿vaciláis aún?

—No sé qué responder. Me parece que estoy soñando.

—Quizá hayáis prestado vuestra ayuda—dijo la viuda con dulzura pacífica—, pero, si no habéis hecho más que cumplir las órdenes de vuestros señores, sólo habéis sido el instrumento pasivo de las personas que tenían derecho a vuestra obediencia.

—Sí, sí, es así—afirmó Mathys.

—En este caso, quizá os fuera fácil justificar vuestra intervención, y probar vuestra inocencia... Vamos, decidme cómo pasaron las cosas. Lo sé todo, pero deseo encontrar en vuestro relato, medio de defensa de vuestros enemigos. No me ocultéis nada. Después os diré el infame proyecto formado para perderos.

El intendente vacilaba aún e inclinaba la cabeza para reflexionar.

Marta tenía sus ojos encendidos fijos en él; la esperanza y la impaciencia le hacían saltar el corazón en el pecho.

—¡La condesa debe estar loca! ¡revelar semejantes cosas a mi futura esposa! ¡Ah! Con razón presumía yo algún ardid de serpiente bajo su falsa amabilidad. Pero jamás hubiese creído que el odio y la maldad la cegaran hasta este punto. Marta—agregó—, no puedo pretender que soy inocente del todo, pero hay alguien más culpable que yo, y no creo que os sea difícil encontrarme excusas.

—Tened valor, Mathys—dijo la viuda—, yo le he de perdonar mucho al hombre que me ha protegido y defendido.

—Pues bien, escuchad, vais a saberlo todo. La señora... o más bien Margarita de Schminspaen, era sirvienta, y yo lacayo, en Bruselas, en casa del conde de Bruinsteen, un hombre gastado y loco que se pasaba ocho meses del año en su sillón, paralizado por la gota. Margarita, por medio de halagos y adulaciones, lo tenía dominado por completo. El conde no tenía más que parientes lejanos por el lado materno, y ella los tenía alejados, para hacerse dueña de él por completo. Yo creía que procedía así por amor, por gratitud a nuestro señor, y como se mostraba atenta y amistosa conmigo, yo la ayudaba por todos los medios. ¿Es esto censurable?

—La gratitud es un noble sentimiento—murmuró el aya, la cual, previendo que Mathys trataría de justificarse, ponía toda su atención en discernir de sus palabras la verdad y la mentira.

—Margarita me engañaba, sin embargo—prosiguió el intendente—. Tenía un fin secreto, y quería poseer su fortuna después de su muerte. El mejor medio de conseguirlo, era el casamiento, según ella. El señor Bruinsteen, vencido por sus largas instancias y por sus maniobras de una habilidad infinita, se dejó por fin llevar hasta eso. Pero Margarita se vió en parte defraudada en sus esperanzas, porque el contrato estipulaba que la considerable fortuna del conde pertenecía a sus legítimos herederos, si no tenía hijos de su casamiento.

—¿Y ella no tuvo familia?—interrumpió la viuda.

—Vais a saberlo; Margarita vivió dos largos años de inquietud. El conde, que mejoró un poco en su salud, recuperó un tanto la claridad de espíritu; pareció deplorar su casamiento, y su mujer le inspiró aversión. Ella tenía poca esperanza de que favoreciera en su testamento a aquella que le había inducido a contraer un matrimonio deshonroso. El deseo más ardiente de Margarita, se vió, sin embargo, cumplido. En el tercer año de su unión el Cielo le acordó una hija, que recibió el nombre de Elena. Pero su alegría fué de corta duración; la niña nació enferma, y al cabo de dos o tres semanas se puso tan flaca que no cupo duda de que viviría poco tiempo más. Podéis imaginaros la desesperación de la señora. No sólo sufría su cariño de madre, sino que, si su hija moría, la fortuna del conde se le escapaba. El doctor pretendió que no quedaba otra esperanza que darle a la criatura una nodriza robusta y hacerle respirar el aire del campo. Yo me había informado de una nodriza, y conocía una robusta campesina no lejos de Bruselas, que se había presentado a ofrecerse. Como la pequeña Elena estaba casi muerta, partió al día siguiente con una sirvienta y la niña. Pero en casa de la campesina, ya encontré el sitio ocupado por otra criatura.