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La niña robada

Chapter 7: VI
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About This Book

The narrative follows Marta, a young woman employed as a governess whose reserved manners conceal inner turmoil as she becomes entangled in the castle household's intrigues. An elderly steward grows resentful toward her perceived coldness while a peasant friend, Catalina, suspects that the reserve masks a painful secret affection. Tensions escalate as aristocratic figures express hostility and maneuver against her, exposing rivalries, secrets, and moral judgment within rural and noble circles. The plot unfolds through personal confrontations, whispered confidences, and social pressure, exploring themes of reputation, concealed desire, class conflict, and the vulnerability of women constrained by duty and rumor.

—¡La hija del oficial de húsares!—suspiró Marta con voz casi ininteligible.

—Sí, de su viuda, porque al día siguiente, supe que su padre había muerto. Yo no sabía qué hacer y me encontraba en una gran dificultad, porque temía que la pequeña Elena muriera en mis brazos por falta de próximos auxilios. Merced a la promesa de una generosa recompensa, hice consentir a la campesina en que cuidara y amamantara a la niña durante algunos días, hasta que encontrara otra nodriza. Al volver, a la condesa le di cuenta de mi aventura, tratando de prepararla para la fatal noticia que iba a recibir sin duda al día siguiente. La certidumbre de que su hija estaba por morir llenó a la condesa de indecible desesperación, y al mismo tiempo la llenó de rabia; sin embargo, ya debía haber pensado en recurrir a algún expediente supremo porque me rogó que no dijera nada a nadie de aquello, y durante la tarde fingió dormir para combinar y madurar un proyecto tan hábil como criminal. Era de noche, cuando me hizo llamar... ¡Ay! pluguiera al Cielo que nunca hubiera hallado a tan pérfida mujer. Mi vida no estaría amenazada por un terror incesante y por arrepentimiento continuo. Mi corazón es honrado y soy incapaz de cometer espontáneamente una injusticia; pero la compasión que me inspiraba...

—¿Qué os dice?—interrumpió la viuda, que escuchaba palpitante las palabras que recogía de los labios del culpable.

—Le resistí, me negué; pero ella me rogó, me suplicó, regó mis manos con sus lágrimas, y tanto hizo que hubiera ablandado el corazón más insensible. Después me amenazaba con su venganza e iba a echarme a la calle. Si, por el contrario, consentía en ayudarla, prometía enriquecerme.

—Pero, ¿qué era lo que os exigía?

—Vencido por la compasión, cedí a sus deseos, y me encargué de la ejecución de su proyecto... Estáis impaciente, Marta. Yo mismo tengo miedo de esta revelación. Mi espíritu se revela y mi conciencia sufre. La señora estaba dispuesta a arriesgar una tentativa desesperada, para colocar a la niña ajena, en el lugar de Elena si ésta llegaba a morir, a fin de conservar así la posibilidad de poseer la fortuna del conde. Con el bolsillo lleno de oro y autorizado para las más brillantes promesas, partí aquella misma noche y golpeé a las puertas de la nodriza, con el pretexto de informarme del estado de la criatura. La niña vivía aún, pero la nodriza no dudaba de que no pasaría del día siguiente. ¿Qué os diré? Me costó gran esfuerzo hacerle comprender a aquella simple lo que deseaba de ella, y en un principio rechazó con horror mi proposición; pero la vista del oro y la promesa de una renta anual, acabaron de triunfar de sus escrúpulos. Las circunstancias favorecieron de una manera muy particular la ejecución del proyecto de la condesa. El cambio proyectado podía hacerse sin despertar la sospecha de nadie... Las cosas pasaron de este modo: La pequeña Elena murió al día siguiente por la tarde. Se le anunció a la viuda del oficial que su hija había muerto. Una persona extraña vino a asistir al entierro. Nadie sospechó la menor superchería, y, tres meses después, el conde de Bruinsteen estrechaba entre sus brazos a la niña robada, dando gracias a Dios por haberle conservado a su única heredera... Veo, Marta, que tenéis los ojos llorosos. Es una triste historia y soy muy digno de que se me tenga lástima, ¿verdad? ¡Ser dominado por una mujer falsa y perversa, y sufrir toda mi vida por cumplir una orden de mis señores, cuando todavía ignoraba por completo lo que es el mundo!

Marta se había afectado profundamente al oír el final del relato del intendente. Había despertado en ella dolorosos recuerdos y hecho sangrar viejas heridas. Sin embargo, no le faltaron fuerzas para ocultar su emoción y simular otra aparente. Todo lo que hacía, por otra parte, lo había premeditado; en la soledad de sus reflexiones había previsto con tanto acierto todas las fases posibles de esta conversación, que se dirigía a su fin preciso, con paso firme a través de todas las dificultades. Después de un breve silencio, prosiguió suspirando:

—¡Pobre Mathys! Sois la víctima de una ciega abnegación. Os compadezco; el terrible peligro que os amenaza me arranca lágrimas de compasión y de angustia. La maldad es muy grande en los corazones perversos. Aquella por quien os habéis sacrificado, quiere preparar ella misma vuestra pérdida y entregaros a la justicia.

—¿La condesa?—exclamó el intendente.

—Sí, la condesa.

—¡Eso es imposible! Tengo pruebas que le impiden tramar algo contra mí.

—Poseéis un documento firmado por ella, ya lo sé.

—¿Lo sabéis?—murmuró el intendente estupefacto.

La viuda aproximó su silla como para revelarle secretos importantes.

—Escuchad, Mathys; sofocad por el momento vuestra indignación y hablad quedo—le dijo con tono misterioso—. Lo que vais a saber os llenará de temor y de cólera; pero cobrad coraje y no temáis nada; yo lucharé junto con vos contra vuestros enemigos, y estad seguro de que, uniendo nuestros esfuerzos, haremos fracasar sus pérfidas maquinaciones.

—Os doy las gracias por vuestra abnegación—respondió Mathys—, y me felicito de que la condesa no haya conseguido con su calumnia quitarme vuestra estimación... Pero no me doy cuenta de lo que teméis, Marta. La señora no puede hacer nada contra mí, os lo repito.

—¿Creéis eso? ¿Estais tranquilo porque tenéis en vuestro poder un documento firmado por ella? Y si os robara ese papel, ¿no estaríais por completo en su poder? ¿No podría pretender entonces que ignora por completo el robo de la niña? ¿Quién podría demostrar entonces que Elena no es su hija, puesto que todos los testigos han muerto, y que vuestra acusación sería considerada como una acción perversa?

—Pero ella no puede quitarme ese papel, no sabe dónde está.

—En la caja de hierro—dijo el aya.

—¡No, no es cierto!—exclamó el intendente, estremeciéndose de temor y de sorpresa.

—Mathys, Mathys, ¿por qué queréis engañarme? ¿No me queréis entonces permitir que os salve?

—¡Ya no sé ni lo que digo!—murmuró el intendente—. Sí, sí, Marta; está en el cofre.

—El hierro es duro, Mathys; pero el acero es más duro aún. ¿Y si fracturaran ese cofre durante vuestra ausencia y os quitaran ese documento?

El intendente, asaltado por una inquietud secreta, se puso vivamente de pie, sacó una llave del bolsillo y abrió el cofre. Luego lo volvió a cerrar con la misma rapidez, y volvió junto a la viuda, con una sonrisa en los labios.

—Ahí está todavía, nadie lo ha sacado—exclamó respirando ruidosamente—. Pero la verdad es que parece que hubieran tratado de forzar el cofre—agregó examinando la cerradura—. Pero es absurdo que me asuste. ¿Cómo haría una mujer para forzar un mueble como éste?

—Hay cerrajeros en la aldea.

—Pero, ¿qué queréis decir? ¿Sería capaz la condesa de consumar un acto tan criminal?

—Juzgad por vos mismo, Mathys. Mientras estabais en viaje, la señora me hizo llamar. Me interrogó durante más de una hora para convencerse de que yo estaba dispuesta a asociarme a ella contra vos. Intentó volveros tan perverso y miserable ante mis ojos, que os hubiera tomado por un demonio si no os hubiera conocido. Me ha prometido una fortuna y una existencia feliz hasta el fin de mis días. Inspirada por mi gratitud hacia vos y por mi odio hacia ella, fingí entrar por entero en sus proyectos; y prometí ayudarla sinceramente, libertarla, como decía ella, de vuestra cruel tiranía, que está envenenando su vida desde hace más de quince años. Tened calma, os lo suplico, Mathys... De esa manera le arranqué el secreto de sus intenciones y obtuve de ella los medios de defenderos contra ella:

—Pero, ¿qué le pasa por la cabeza?—murmuró Mathys, aplastado por aquella revelación—. ¿Se ha vuelto loca entonces?

—No, sabe muy bien lo que quiere. Su objeto es aniquilar la prueba de su complicidad, y teneros sometido a sus pies, como un instrumento impotente; a fin de pretender que ella no ha sabido nunca nada, si el secreto de la substitución llega a descubrirse algún día.

—¿Y se imagina que substraerá el documento que contiene esa caja?

—Mañana tenéis que hacer un viaje y permaneceréis ausente hasta el día siguiente. Tiene tiempo para fracturar veinte cofres como éste.

—Su esperanza quedará defraudada, porque me quedaré en casa y no haré el viaje. De ese modo...

La viuda había probablemente previsto esta respuesta, que no pareció hacer gran impresión en ella.

—Imposible. Es preciso, Mathys, que partáis—le replicó—. Si no queréis salir de la casa tenéis que declararle a la condesa la causa de vuestra negativa. Me acusaría a mí, con razón, de falsedad; y yo quedaría ¡ay! perdida, y a vos no os quedaría la menor esperanza de ver realizados vuestros deseos.

—Entonces hay otro medio, pondré el documento en mi cartera y lo llevaré conmigo.

—No hagáis eso, Mathys; la condesa lo ha previsto todo. Que dejéis la prueba en la casa o que os la llevéis consigo, ha jurado apoderarse de ella; y tened la seguridad de que lo conseguirá si no encontramos otro medio de engañarla.

—En verdad, Marta, que no os comprendo. ¿Cómo se podría apoderar la condesa de un papel que yo llevo conmigo? Mientras estoy en viaje, ella no...

Pero la viuda no quería dejarle tiempo para que reflexionara; había sabido por un sirviente lo pasado en el bosque y lo interrumpió con voz trémula:

—Esperad lo peor que pueda imaginarse, Mathys. La condesa no se ha atrevido a decirme abiertamente su pensamiento, pero he comprendido muy bien por sus palabras que no retrocedería ni ante un atentado. Se ha puesto en el caso de que os llevéis con vos el documento, y me ha hablado en términos encubiertos de hombres pagados para espiaros y atacaros...

—¿Hombres pagados para atacarme?—preguntó el intendente, cuyo espíritu conturbado asoció las palabras de Marta con la emboscada de esa noche—. ¿Estáis cierta de que la condesa haya dicho algo parecido?

—Completamente segura.

—Pues entonces no viajaré más que de día; no saldré de la carretera, y me haré acompañar por gente segura.

—Vanas precauciones. Aunque tuviera que hacer ocultar a la gente en su propia alcoba para haceros registrar al regreso, se apoderaría del documento, no lo dudéis...

—En ese caso no saldré.

—¿Y la señorita? Es preciso que parta, Mathys. Todo retardo podría inspirar sospechas e impedir su reclusión.

—Es que mañana mismo le diré a la condesa que conozco su cobarde proyecto contra mí. La obligaré a renunciar a él, amenazándola con mi venganza. Quiero que se eche a mis pies, y que me pida perdón.

—¡Dios mío! ¡entonces queréis sacrificarme!—exclamó Marta con ansiedad simulada—. ¡Cómo! ¿Os atreveríais, después de eso, a dejarme un solo instante en Orsdael, junto con la condesa? No, no; si reveláis mi traición, huiré de aquí al despuntar el día. Es preciso que no lo sepa nunca, jamás.

—¿Y qué medio puedo emplear para que el documento no pueda caer en manos de la condesa?

Marta se pasó la mano por la cabeza, fingiendo torturar su espíritu, buscando una idea que pudiera salvarlos. De pronto se puso de pie lanzando un grito de alegría.

—¡Dios sea loado!—exclamó—. Conozco un medio infalible para engañarla y burlar sus tentativas. Dadme el documento, Mathys; lo coseré al fondo de mi falda. Nadie lo buscará allí, y por más que busque y haga vuestra enemiga, jamás encontrará el testimonio de su crimen.

—¿Daros ese documento, mi sola arma contra su maldad, mi seguridad, mi fuerza?—dijo entre dientes el intendente, con sonrisa irónica—. No, no, ese tesoro no se separará de mí.

—Os lo suplico, Mathys—dijo la viuda pálida y temblorosa—. Dejadme salvaros. ¡Ah! No me neguéis el único medio de salvaros de las celadas de vuestros enemigos.

El intendente, engañándose respecto a la agitación del aya, le dijo con el tono de una resolución irrevocable:

—Vamos, Marta, estáis exagerando el peligro que me amenaza. En todo caso, la firma de la condesa es un medio infalible de defendernos victoriosamente contra sus proyectos perversos. Os agradezco vuestras simpatías, pero el documento no estará nunca en otras manos que las mías. No me habléis más de eso, que ya sabré encontrar un sitio oculto en el que nadie lo descubrirá.

Marta, herida por una cruel decepción, se puso las manos delante de los ojos, lanzando un grito penetrante. La última esperanza que le quedaba en la última extremidad, se había desvanecido.

En el momento mismo en que creía aferrar la prueba tan ardientemente deseada, acababa de anonadarla una vez más el convencimiento de su impotencia. ¡Su hija, su pobre hija, iba a ser encerrada en una casa de locos, perdería en ella la razón, y sin duda alguna moriría!

Esta certidumbre le desgarró el corazón, apagó el último fervor de su esperanza y abatió la fuerza de espíritu que aún le quedaba. Se entregó por entero a su dolor, sollozando en alta voz, y llorando en tal abundancia, que las lágrimas le empapaban las mejillas.

Mathys, que la creyó ofendida por su negativa, trató de hacerla comprender que se equivocaba. Le dijo que no dudaba de su afecto por él y que tenía una confianza ilimitada en su abnegación; pero que, respecto a ese asunto, había tomado hacía largos años, una resolución firme de la que no podía apartarse; podía estar tranquila a ese respecto; él sabría muy bien poner el documento al abrigo de las asechanzas de la condesa, y como el fin que impulsaba a Marta era conseguirlo de otra manera, no había razón alguna para que se inquietara de esa manera.

Pero, dijera Mathys lo que dijera, la viuda, aniquilada, agotadas las fuerzas y las ideas, quedó abismada por su dolor, y sólo respondió por medio de suspiros y sollozos.

El intendente la miró durante un rato, siguiendo con la mirada las lágrimas que caían de sus mejillas. Sacudió la cabeza contrariado, y pareció luchar con un pensamiento penoso. Poco a poco, sin embargo, su rostro tomó una expresión compasiva. La desesperación de Marta hacía más fuerza en él que sus recursos más hábiles.

—Está bien—dijo al fin—, os daré la prueba de confianza que me exigís. ¡Ah! ¡si supierais lo que me pedís!

Dichas estas palabras, se adelantó lentamente hacia el cofre.

La viuda le dirigió una mirada de soslayo; la silla temblaba, movida por el estremecimiento de su cuerpo y tenía que apretarse el pecho para contener los latidos de su corazón. El intendente se aproximó a ella y le entregó el documento en un sobre sellado.

—Tomad, Marta—le dijo—; conservad esto con cuidado hasta que yo vuelva de viaje. No lo abráis; ocultadlo entre las ropas; que no se os separe ni un instante. Ya veis que tengo tanta confianza en vos como si fuerais mi mujer... ¡Qué emocionada estáis! Calmaos, querida amiga, os habéis equivocado respecto a mis intenciones.

Trémula y casi desfallecida de alegría, Marta escondió el sobre en su seno. En el primer momento no podía hablar y balbuceaba palabras confusas; pero la posesión del precioso documento pronto le devolvió la energía. Dominó su conmoción y exclamó apretando con ansia febril la mano del intendente:

—¡Oh Mathys! ¡Si supierais cuán feliz me siento! El más bello sueño de mi vida parecía desvanecerse para siempre y hete aquí que se realiza de golpe. ¡Gracias, gracias! Guardaré el documento, como si de él dependiera mi salvación eterna. Aunque me pusieran la punta de un puñal en el pecho, no lo entregaría. ¡Os lo juro!... Pasado mañana—prosiguió, cambiando de tono—os lo devolveré tal cual está, y entonces deliberaremos sobre lo que tenemos que hacer. Ahora, Mathys, id a descansar; estáis probablemente muy cansado del viaje de hoy, y tenéis que volverlo a hacer mañana. No temáis nada; ni aun la muerte podría arrancarme este precioso depósito.

—Sí, me siento deshecho, no sólo por el viaje sino por todo lo demás, y sobre todo, por las emociones que he sufrido hoy.

El aya, devorada por una fiebre interior, se puso de pie, y dirigiéndose a la puerta:

—Podéis estar tranquilo, Mathys. Mañana temprano estaré levantada para ir a hablar a la señora, y si durante la noche hubiera inventado nuevas celadas contra vos, vendré en seguida a revelároslas. En todo caso, no le digáis nada antes de que nos volvamos a ver. ¡Buenas noches!

—¡Buenas noches!—dijo el intendente mirando con fijeza al aya.

Esta mirada singular no le pasó inadvertida a Marta y le heló la sangre, porque creyó leer en sus ojos que le había acometido un ímpetu furioso de correr tras ella y recuperar el documento.

Se dirigió lentamente hacia la puerta, y hasta volvió la cabeza para decir sonriendo: «¡Buenas noches, buenas noches!» pero así que salió al comedor obscuro, se puso a correr hacia su cuarto en puntas de pie con una rapidez como si tuviera alas.

Echó la llave a la puerta, corrió a la ventana que daba al campo, la abrió, midió su altura, se alejó de ella murmurando algunas palabras sofocadas; se acercó en seguida a la mesa, encendió una pequeña lámpara, sacó el sobre de su seno y rompió el sello con mano trémula.

—¡Oh! ¡Dios mío!—balbuceó—. ¡El reconocimiento de mi derecho de madre! ¡La condesa declara que ella ordenó el robo! El nombre, el dulce nombre de mi Laura.

Fué interrumpida por un murmullo que llegó hasta su oído; creyó oír que la llamaban.

Una sonrisa de felicidad iluminó su rostro. Se levantó, guardó el papel en el seno y corrió al cuarto de Elena. Cuando abrió la puerta oyó un quejido doloroso.

—¡Oh Marta! ¿sois vos, de veras? ¡Soñaba que no os volvería a ver más!

Pero un beso ahogó las palabras en sus labios.

—¡Mi hija, mi hija, mi hija querida!—dijo la viuda con voz trémula—; calla, calla, no llores. No irás al convento. Ya no más penas, no más dolores, alégrate. Mañana serás feliz. No irás al convento. Ríete, ponte contenta. Mañana verás a tus enemigos arrastrarse a tus pies e implorar tu piedad.

La joven, asustada por aquellas efusiones, y por el tono ardiente de la voz, apartó la cabeza y murmuró:

—Pero, ¿quién sois, entonces?

—¿Quién soy? ¿Quién soy?...—repitió la viuda casi loca y con una vehemente imprudencia—. ¿Quién soy?... El secreto de mi amor, de mi vida. Yo soy tu... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡qué locura iba a hacer!

Y retrocedió temblando.

Elena, cuyo corazón hacía temblar el presentimiento de una revelación suprema, tendió las manos en la obscuridad, haciendo un gesto suplicante; pero Marta había recuperado un poco de sangre fría y murmuró, mientras depositaba otro beso más en la frente de su hija:

—No, no, no ha llegado todavía el momento de la revelación. Cállate, luz de mis ojos, mi esperanza, mi felicidad, no me preguntes nada. No me conocerás hasta el momento de la liberación. Mañana, Laura; mañana, Elena; sabrás qué vínculos nos unen... Tengo que apartarme de ti, hija mía; podría sucumbir a una tentación que nos sería fatal a las dos. Duerme, duerme en paz... mañana un nuevo sol lucirá para ti y para mí.

Y huyó rápidamente del cuarto, cerrando la puerta tras sí.

VI

Las sombras eran intensas; los campos y los bosques estaban cubiertos de tiniebla; pero ya una claridad dudosa temblaba en el horizonte; la aurora iba muy luego a aparecer y a llenar el espacio con la luz dorada de una mañana espléndida.

En aquel momento, el follaje de las encinas verdes se abría detrás de la casa de Andrés, el guardabosque. Una sombra de mujer surgió entre los arbustos espesos que flanqueaban el camino. Se detuvo, miró con desconfianza hacia todos los lados, trató de penetrar con la mirada la obscuridad gris y se deslizó lentamente hacia la casa del guarda.

Entró en el jardín por una abertura de la cerca, se aproximó a una pequeña ventana, golpeó en ella misteriosamente y dijo con la voz pegada a los vidrios:

—¡Catalina! ¡Catalina!

Abrióse la puerta.

—¿Sois vos, Marta?—dijo la mujer del guardabosque, sorprendida—¡Dios mío! ¡y todavía es de noche! ¿Qué es lo que os pasa?

—Apresuraos, venid pronto; tengo que hablaros en seguida—balbuceó el aya.

Al cabo de cinco minutos, Catalina abrió la puerta, y apareció junto con su marido en el jardín.

—¡Vos aquí, Marta, a estas horas!—dijo—. ¿Os han obligado a salir del castillo antes que fuera de día?

La viuda le echó los brazos al cuello, la atrajo a su pecho y le murmuró:

—¡Catalina! ¡ah, Catalina! ¡Dios me ha dado la victoria! Que me proteja aún durante algunas horas, y mi Laura será libre para siempre. ¡Hoy podrá llamarme madre, delante de todo el mundo!

—¡Cómo! ¿Qué queréis decir?

—Callaos, Catalina, vuestro marido podría oírnos. Quiero estar sola con vos.

—Vamos, entrad, Andrés cuidará la puerta.

Catalina habló un momento a su marido y luego entró en la casa con la viuda. La condujo a una pieza aparte, cerró la puerta, y le tomó las manos diciendo:

—Aquí nadie puede oírnos, Marta. Satisfaced mi ardiente curiosidad. ¡Vuestra Laura quedará hoy libre! ¡Quiera Dios que vuestra esperanza se realice!

La viuda le contó en pocas palabras y de prisa lo que había sucedido; cómo habían resuelto encerrar a su hija en una casa de sanidad desconocida; lo que había sufrido ante ese peligro extremo; cómo, inspirada por la desesperación, había osado intentarlo todo, y cómo el intendente, después de una larga resistencia, le había entregado la prueba de su derecho de madre, y del rapto de su hija.

Más de una vez, durante aquel rápido relato, Catalina había lanzado, a pesar suyo, un grito de admiración y de triunfo; pero luego, calmada y llamada a silencio por la viuda, se puso a llorar, y lágrimas de felicidad corrían por sus mejillas, en la obscuridad.

—Calmaos, Catalina, el tiempo para mí es precioso—dijo la viuda—. ¿Comprenderéis ahora por qué vengo aquí? Estando en posesión de este documento, no me atrevo a permanecer en el castillo. Mathys y la condesa me lo quitarían por la violencia y hasta cometerían un nuevo crimen, si fuera preciso. Yo sólo soy una mujer y necesito del auxilio de los hombres para defenderme de los enemigos de mi hija. Voy a la casa de Federico Bergams; su tío es notario y él conoce las leyes. Me dirán lo que tengo que hacer, y vendrán conmigo a Orsdael a oponerse a la partida de Elena. Vive a dos leguas de aquí; es de noche, no conozco los caminos, tengo miedo de que me suceda algo. Vuestro marido puede acompañarme y conducirme... No temáis nada, Catalina; es el último sacrificio que os pido, y sea cual fuere el resultado definitivo de la lucha, os recompensaré y aseguraré vuestra suerte, hasta el fin de vuestros días...

—¡Vos recompensarme!—dijo Catalina con tristeza—. No está bien que me habléis así. Mi mayor recompensa es vuestra felicidad.

—Ya lo sé, amiga mía; pero vuestro marido no puede ser víctima de vuestra generosidad. No discutamos a ese respecto. Yo tengo que partir de aquí; pueden notar mi ausencia, buscarme, perseguirme, ¡oh Dios mío! ¡si me sorprendieran, podrían todavía arrancar la libreta de mi hija, mi vida!

—Voy a confiaros a mi marido; fiad en él, Marta; llevará su fusil y os defenderá si es necesario a costa de su sangre.

Cuando el guardabosque entró en el cuarto, su mujer le dijo:

—Andrés, es preciso que partas en seguida con el aya. Está encargada de una misión importante, y como es de noche todavía, y los caminos no sean quizá seguros para una mujer, la condesa quiere que la acompañes.

—Está bien, mujer. En dos minutos me pongo la blusa y estoy listo.

—La señora va a casa de Federico Bergams. Eso te parecerá raro, ¿verdad?

—Nada de eso. Poco me importa donde me mande la condesa—respondió el guardabosque, listo para partir.

—Un momento—dijo Catalina—. El mensaje que la señora va a cumplir, es un secreto. Nadie debe verla ni encontrarla, por lo menos hasta media legua de distancia de Orsdael. La llevarás, pues, por caminos apartados y por el bosque.

—Muy bien—dijo el guarda, subiendo una pequeña escalera para ir a vestirse.

—Pero decidme, Marta—murmuró la campesina después de un momento de silencio—. ¿Quién os abrió la puerta del castillo?

—Nadie, Catalina; bajé por la ventana de mi cuarto.

—¡Cómo! ¿desde tan alto? ¡Pero eso es imposible!

—Pues creedme, Catalina—respondió el aya—; así que me encontré sola en mi cuarto, con la prueba inestimable sobre mi corazón, me fué imposible tener un momento de reposo. Temblaba, el sudor de la angustia corría por mi cuerpo. Hostigada por el miedo, por el mortal convencimiento de que Mathys aparecería para que le devolviera el documento, calculé, inclinando la cabeza en la ventana, la altura del salto que tendría que dar para escapar de aquel peligro inminente. El menor ruido me hacía temblar, el grito de un pájaro casi me hizo desvanecer de angustia. ¡Oh! tenía en mi pecho la salvación de mi hija y estaba todavía en poder de mis tiranos. No podía permanecer en aquella dolorosa perplejidad, y quizá, ofuscada hasta la locura, por un ruido en el corredor, iba a precipitarme hacia el vacío, cuando se me ocurrió una idea salvadora. Uní las sábanas de la cama con un fuerte nudo, las até a la baranda de la ventana y traté de bajar al suelo. La vehemencia del deseo me prestó una fuerza sobrenatural, y mi ángel bueno me protegió sin duda, porque las sábanas eran demasiado cortas y caí de una gran altura, sin herirme, sin embargo. Después, deslizándome a lo largo de las paredes, corrí hasta el puente. Lo atravesé, eché a andar entre los arbustos y las zarzas hasta que...

La llegada del guardabosque interrumpió su explicación. Andrés descansó despacio la culata de su fusil en el suelo, y dijo:

—Señora, estoy pronto; cuando gustéis.

En la puerta las dos mujeres se abrazaron y cambiaron algunas palabras más; después Marta siguió al guarda a través del bosque.

Andrés condujo al aya por senderos cubiertos y dió muchos rodeos para evitar las carreteras. Permanecía silencioso, y sólo hacía alguna advertencia en voz baja, cuando algún paso o algún pozo interceptaba el paso.

Después de media hora larga, condujo a la viuda por un camino ancho. La primera luz del alba empezaba a esparcirse en el espacio, y ya podían distinguirse los objetos a través da la niebla.

—¿No corremos el riesgo de encontrar a alguien por aquí?—preguntó la viuda.

—No me parece, señora. Todavía es muy temprano—respondió el guarda.

—Si me viese alguien que fuera a Orsdael—suspiró Marta.

—El camino es recto, señora; miraré a lo lejos; si alguien viene nos internaremos en el bosque.

—Este misterio tiene que sorprenderos, amigo mío; pero antes de mediodía conoceréis la causa.

—No es necesario. Yo hago lo que me mandan y no me meto en lo demás.

—Están pasando cosas muy extrañas en Orsdael, y pronto se producirán allí sucesos extraordinarios que llenarán a todos de asombro. Vos sois un hombre bueno y fiel y seréis recompensado.

—¡Cosas extrañas! Sí, sí; pero no es cuenta mía... Camináis ligero, señora.

—El mensaje que llevo es urgente, amigo mío; pero si os sentís cansado...

—No, no; es una observación. Puesto que lo deseáis, apresuraré el paso.

El guarda, para demostrar que no se cansaba tan pronto, alargó el paso y continuó con tanta rapidez, que la viuda apenas podía seguirlo, aunque aquella rapidez secundaba sus deseos.

Marta pronunciaba de tiempo en tiempo palabras para interrumpir el silencio y mostrarse reconocida para con su guía; pero éste, creyendo que cumplía, en circunstancias importantes, una orden de la condesa, no respondía sino con un sí o un no y cortaba en seguida la conversación.

Entretanto el cielo se iba aclarando poco a poco, y cuando por fin se vió el campanario de la iglesia que les indicaba como un faro el término de su viaje, el sol, surgiendo del horizonte, circundaba toda la naturaleza con su luz esplendorosa.

Se habían cruzado en el camino con algunos campesinos que, con la azada al hombro, se dirigían al trabajo de los campos. Cuanto más se acercaban a la aldea, más gente encontraban; pero como Marta se consideraba ya libre del alcance de sus enemigos, no reparó en las miradas de sorpresa de los campesinos y siguió su camino hasta que el guardabosque se detuvo delante de una gran casa y le dijo sonriendo:

—Señora, ésta es la casa del señor Bergams; ¿puedo volverme a Orsdael?

—Sí, volveos a vuestra casa, amigo mío—respondió la viuda.

Pero, cambiando de opinión, dijo en seguida:

—No, no, permaneced aquí; no podéis volveros a Orsdael.

—Pues entonces, señora, con vuestro permiso, cerca de aquí hay un mesón. Si me llegáis a necesitar, hacedme llamar allí.

Una vieja sirvienta abrió la puerta, y preguntó mirando al aya con ojos escrutadores:

—¡Ah! es para un testamento. ¿No es eso? Entrad, el notario todavía duerme; voy a despertarlo.

Marta le dijo al entrar:

—Buena mujer, os equivocáis; deseo hablar al joven señor Bergams.

—¿Tan temprano?

—Y en seguida.

—Es que no sé, no me atrevo—dijo la sirvienta con desconfianza—. El señor está acostado todavía. ¿No podríais esperar una media horita?

—No, os ruego que vayáis en seguida y digáis al señor Federico que el aya del castillo de Orsdael ha venido a hablarle de cosas importantes.

—¡El aya de la señorita de Bruinsteen!—exclamó la sirvienta con sorpresa—. ¡Oh, ya comprendo! Sí, sí, voy a llamarlo. Sentaos, señora. Es preciso darle al menos tiempo para vestirse.

VII

Mathys había pasado una mala noche. Aunque estuviera muy agitado por los acontecimientos del día, la fatiga lo había sumido en un pesado sueño, que no fué turbado hasta el otro día a la mañana por espantosas pesadillas.

Cuando el sol se hubo alzado, cuando la campana del castillo llamó a los obreros al trabajo, Mathys despertó con la frente cubierta de sudor. Trató de volverse a dormir, pero el recuerdo de las imágenes horrorosas que había visto en sueño le asediaba aún el espíritu y hacía latir su corazón con violencia. Saltó fuera del lecho y se vistió a la vez que murmuraba entre dientes:

—¿Qué temor absurdo me agita? Era un sueño, un sueño espantoso, insensato. Marta me estima, sus intereses son los mismos que los míos. ¿Por qué me engañaría? No, no, pues haría pedazos su felicidad sin razón ni provecho para ella. En todo caso, he cometido una imprudencia. ¡Entregarme así indefenso a una mujer! ¿Estaría embriagado o habría perdido el juicio?... La condesa tiene la culpa de todo. El odio que me tiene debe ser muy grande para que la haya impulsado a cometer un acto tan perverso y estúpido. Revelarle a una persona extraña el secreto del que dependía su propia fortuna, su honor, su vida. Es incomprensible, y si la duda fuera posible, diría que Marta me ha mentido descaradamente. Pero nadie en la tierra sabe de este desgraciado asunto más que la condesa y yo. Es ella, pues, la que nos ha traicionado. ¿Cómo me vengaré? Quiero verla arrastrarse otra vez a mis pies antes de la partida de la loca... Pero, ante todo, iré a pedirle a Marta que me devuelva la prueba; sin esa arma soy impotente. ¡Oh, vamos a verlo! La condesa me dará cuenta de su infame complot.

Al decir estas palabras, se dirigió al cuarto de la viuda y golpeó a la puerta. Esperó un rato, volvió a golpear y dijo:

—Marta... Marta... soy yo. Esperaré que estéis vestida; pero os lo ruego, respondedme.

El silencio más completo siguió reinando en su derredor. Una rara ansiedad lo dominó...

Llamó al aya en alta voz y golpeó con el puño contra la puerta; pero fué en vano, el cuarto permaneció silencioso como una tumba.

Un grito de espanto se le escapó al intendente, que se puso lívido aunque tratara de tranquilizarse diciéndose que probablemente Marta se había levantado temprano.

Estas últimas palabras hicieron renacer una sonrisa de alivio en los labios del intendente.

Bajó la escalera corriendo y le preguntó al portero si no había visto al aya. Este le respondió negativamente; le nombró todas las personas, obreros o no, que habían salido del castillo, y le aseguró que nadie más había salvado la puerta, puesto que él tenía la única llave y no se había movido de allí desde el llamado de la campana.

Estas últimas palabras hicieron reaparecer una sonrisa de alivio en los labios de Mathys. El aya estaba, pues, en el castillo, porque no existía otra salida que la portalada. Sin embargo, no estaba tranquilo y se puso a recorrer la casa de arriba abajo, preguntando a todo el mundo si había visto bajar al aya. Recordó que Marta había expresado la intención de ir a hablar temprano con la condesa; se disponía, pues, a subir la escalera que conducía al departamento de la señora de Bruinsteen, cuando la camarera le detuvo, diciéndole que acababa de ver a su señora, sumida en el más profundo sueño. Mathys recorrió todo el edificio hasta las buhardillas. La inutilidad de sus esfuerzos le llenaba de una inquietud inexplicable. Quizá Marta estuviera enferma, quizá las sacudidas de la víspera habían perturbado violentamente su sistema nervioso. Al asaltarle esta idea, corrió tras la sirvienta y le dijo:

—Ve a ver a la señora, y pídele las llaves de las piezas del aya. Las necesito en seguida, iré a buscarlas yo mismo. Corred, volad, es preciso que la señora se levante. ¡Puede que haya sucedido una desgracia!

La sirvienta trajo dos llaves; sin escuchar lo que quería decirle de parte de la condesa, Mathys subió la escalera corriendo. Abrió la puerta del cuarto de Marta y echó una ojeada sobre el lecho. Estaba vacío.

Pálido y trémulo, puso la llave en la cerradura, de la segunda puerta. Vió a la joven sentada en una silla en el fondo de su cuarto; ya estaba levantada y vestida, a pesar de la hora tan insólita. Tenía, pues, que saber lo que había pasado.

Mathys se acercó a la joven, la miró con los ojos hechos ascuas y exclamó, apretándole las muñecas hasta deshacérselas:

—Ten cuidado, dime la verdad, porque si me engañaras, sería capaz de todo... ¿Dónde está el aya?

—No lo sé—balbuceó la joven, que temblaba de miedo.

—Imprudente, no me mientas o te aplasto bajo mis pies. ¿Dónde está Marta?

—Tened compasión de mí; yo no lo sé, señor. Aunque me quitarais la vida yo no podría deciros otra cosa.

—¿Por qué estás levantada y vestida?

—Porque me despertó un ruido extraño, señor.

—¿Qué ruido?

—Un golpe, como si alguien hubiera caído...

Pero la joven se asustó, pensando que si decía la verdad podía exponer a su benefactora a un peligro. Se puso a balbucear y dijo:

—Un ruido, un crujido...

—No me hagas hervir la sangre, ¡desgraciada!—dijo Mathys—. Vamos, ¿qué es lo que has oído?

—Sin duda a los pájaros nocturnos en la torre.

El intendente estaba seguro de que la joven sabía las cosas, y no las quería decir; conocía su inflexible tenacidad y la idea de que permanecería indomable lo hizo arder en furor. Volviéndose hacia la puerta, le gritó con acento atronador:

—¡Espérate un momento y ya verás si te hago hablar!

Iba a salir del cuarto, cuando notó en el suelo un papelito doblado que había sido empujado por la puerta cuando él la abrió.

Desdobló el papel y leyó estas líneas escritas en lápiz con mano trémula. «Elena, parto para salvarte. Suceda lo que suceda, no temas nada. Mi promesa será cumplida. Dentro de dos horas quedarás libre para siempre.»

Mathys miró el papel durante algún tiempo con aire extraviado, después lanzó un grito de rabia y corrió al otro cuarto, buscando algún objeto con qué golpear a la pobre Elena; su mirada tropezó con la ventana y vió las sábanas atadas a los barrotes de hierro.

—¡Se ha ido! ¡Huyó esta noche!—exclamó—. ¡Ya está a varias horas de Orsdael! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Y se lleva mi vida! ¡Estoy perdido! ¡Estoy perdido!

Ebrio de cólera, azorado por el terror, se precipitó sobre la joven, la tomó de los hombros, la sacudió violentamente y le preguntó:

—¿Dónde está Marta?... ¿Qué es lo que te ha prometido?... ¿Qué es lo que quiere hacer? ¡Habla o te mato!

Pero la joven volvió la cabeza, dobló la espalda y permaneció muda, aunque el intendente repitiera varias veces su amenaza; en su furor le golpeó con el puño la espalda y la cabeza y luego salió del cuarto, jurando y blasfemando. Se detuvo, sin embargo, en el corredor y se puso a reflexionar sobre su crítica situación. Estaba pálido como la muerte, vacilaba sobre sus piernas, las ideas se confundían en su cabeza. ¿Cuál podía ser la intención de Marta? Quería sin duda vengarse de la condesa que la había maltratado; pero no se daba cuenta, la insensata, de que iba a perder al mismo tiempo a su amigo y protector.

Bajó la escalera y entró en la sala, donde encontró a la sirvienta, la que le dijo que la señora estaba ya levantada e iba a bajar en seguida.

Se dejó caer en una silla, angustiado de nuevo por sus terribles perplejidades. Todavía quedaba cierta duda en su espíritu. El aya no podía quererle mal, y sin duda no se había dado cuenta de las consecuencias de lo que iba a hacer. Quizá le fuera posible todavía impedir la revelación del secreto, porque Marta seguiría sus consejos, así que él pudiera hablarle. En esa certidumbre, resolvió no decirle nada a la condesa, que se había dejado arrancar por Marta la prueba de la substitución de criaturas. Estaba profundamente avergonzado de aquella imbecilidad, estando bien seguro, por otra parte, de que la condesa no le temería ni le tendría la menor consideración, así que supiera que aquella arma no estaba en sus manos.

Cuando la señora de Bruinsteen entró en la sala, vió que había lágrimas en los ojos del intendente.

—¿Estáis llorando, Mathys?—le preguntó asustada—. ¿Qué ha sucedido? La sirvienta me ha hablado de una desgracia; pero confío en que no os ha sucedido nada, ¿verdad?

El intendente echó llave a las dos puertas y deteniéndose con los brazos cruzados y los ojos echando llamas ante la condesa:

—¡Sentaos, señora! ¡Sentaos, os lo ordeno! Habéis cometido una cobarde traición; quiero ser vuestro juez, vuestro juez inexorable. ¿Qué le habéis dicho a Marta?

—Pero, ¿qué significa esto?—murmuró la condesa retrocediendo—. ¡Me dais miedo!

—Respondedme, respondedme—bramó Mathys, mirándola en los ojos, con los dientes apretados y los labios contraídos—. ¿Qué le habéis dicho ayer a Marta?

—Pero, por Dios, ¿qué os pasa?—balbuceó la condesa de Bruinsteen asustada—. Se diría que queréis asesinarme. No deis un paso más porque grito pidiendo auxilio.

—Si dais un sólo grito, os rompo la cabeza—gritó el intendente fuera de sí—. Respondedme en seguida.

—¿Qué le dije al aya? ¡Oh, poca cosa, Mathys! Es cierto que le dije que Elena iba a ser llevada hoy a la casa de sanidad.

—No, no ha sido eso.

—Pero hasta le oculté el nombre del establecimiento a que va a ser llevada.

—¡Despreciable, hipócrita!—exclamó Mathys—. ¡Queréis ahorraros la confesión de vuestra falsía! Voy a arrancaros la careta, señora; lo sé todo.

—¿Qué sabéis? Os lo ruego, hablad más claro, me hacéis temblar.

—¿No le revelasteis a Marta el secreto del nacimiento de Elena?

—¡Yo! ¡Qué idea tan insensata! ¿Cómo se me podría ocurrir perderme a mí misma?

—¿No le habéis dicho que Elena es hija de un oficial de húsares y que fué robada a una nodriza cerca de Bruselas?

—¡Qué pregunta! A Dios gracias, no se me escapó una palabra a ese respecto.

—¡Qué impavidez y qué osadía! Pero la denegación es inútil. Habéis querido vengaros de mí y le habéis dicho a Marta que la niña fué conducida al castillo sin que vos lo supierais. De ese modo, cobarde mentirosa, queréis hacer pesar sobre mí solo la falta; pero os habéis engañado. La cárcel...

—Callaos, callaos, ¡imprudente!—exclamó la condesa—. Podrían oíros. ¿Qué pesadilla os ha revuelto de ese modo la cabeza? Estáis completamente ofuscado. ¿Que yo le he revelado a Marta el secreto del nacimiento de Elena? ¿Que yo he vendido mi libertad y mi honor para satisfacer mi venganza contra vos? Pero, ¿no veis que eso es absurdo e imposible?

—¡Traidora!—bramó Mathys.

—No queréis creerme—prosiguió la señora de Bruinsteen—. Si llegáis a probarme que he dejado sospechar ese secreto por una sola palabra, os doy la mitad de mi fortuna... ¿Os reís? ¿No os parece bastante? Si me convencéis de esa estupidez tan cobarde, os doy el derecho ante Dios y ante los hombres de vengaros de mí, aunque sea matándome.

Al oír estas palabras, pronunciadas con una energía que no dejaba lugar a dudas, Mathys dejó caer la cabeza sobre el pecho. Convencido al fin de que había acusado a la condesa sin razón, se sintió embargado por una desesperación profunda; se estremeció de vergüenza al pensar que se había dejado arrastrar por un ciego amor, a hacer una revelación fatal, y que él era el único traidor para con su cómplice. Resolvió más firmemente que nunca el no confesar que había confiado la prueba del crimen a Marta. Aunque lo dominara el miedo tenía la confusa esperanza de que el aya no quería hacer nada contra él. Pero, como esta esperanza era muy dudosa, un sudor frío bañaba la frente del intendente consternado.

—Vamos, mi buen Mathys—dijo la condesa—, estáis enfermo. Tengo piedad de vuestros terrores inexplicables. Tratad de calmar vuestros sentidos agitados. Hay un medio infalible de convenceros de que vuestras sospechas eran infundadas. Voy a hacer llamar a Marta.

—¡Es inútil!—exclamó el intendente—. Marta ya no está en Orsdael. Esta noche ató las sábanas a las varas de su ventana, y huyó del castillo. Sabe Dios si ya no está a cuatro o cinco leguas de aquí... ¡Con nuestro secreto! ¡Ay de nosotros! ¿Qué nos irá a suceder?

La condesa lo miró un momento en silencio, como aturdida por la noticia.

—¿Huyó? ¿El aya ha huído durante la noche del castillo?—murmuró—. ¿Por qué? ¿Qué queréis decir?

Se aproximó a Mathys con expresión de cólera contenida y preguntó con voz severa:

—Ha huído con nuestro secreto, ¿habéis dicho, señor? ¿Qué significa esto? ¿Habéis sido lo bastante indiscreto para confiárselo?

—Era inútil; lo sabía todo.

—Pero, ¿por quién? ¿Quién se lo había dicho? Como no fuí yo, tenéis que haber sido vos. ¡Ah! Cuántas veces temí que vuestro estúpido amor por esa mujer nos trajera una desgracia; pero nunca pensé que llegarais a encegueceros hasta ese exceso de locura y de crimen...

—Siento que se me va la cabeza. No sé lo que me pasa—dijo sollozando el intendente, completamente anonadado—. Es un enigma que llena de espanto; yo no le dije nada; vos tampoco le hicisteis revelación alguna. ¿Cómo se explica entonces que lo sepa todo? ¿Existe en el mundo alguna otra persona que sepa nuestros secretos?

—Nadie más que nosotros... Pero no os comprendo—dijo la condesa—. ¡Estáis sombrío y espantado, como si vuestra condena resonara ya en vuestros oídos! ¡Os creía más valiente, Mathys! ¿Qué importa lo que ha sucedido? ¿Que Marta se pondrá, a propalar que Elena no es mi hija? Pues bien, yo sostendré que me calumnia, y en caso de necesidad la demandaré, para que repare ese ultraje a mi honor. Nada más sencillo; no quedan ni pruebas ni testigos, y aunque le hubierais revelado el secreto, bastará decirle que miente descaradamente.

El intendente exhaló un profundo suspiro, pero no dijo nada.

Después de unos instantes de silencio, la señora de Bruinsteen murmuró:

—¡Qué aventura tan sorprendente! Me torturo el espíritu para adivinar qué es lo que se propone Marta. ¡Huir de esa manera en medio de la noche! Eso debe ser alguna otra tentativa de Federico Bergams. ¿Elena está en su cuarto?

—Sí, sí, la señorita está en su cuarto—respondió buscando algo en el bolsillo—. Mirad, le habían deslizado esta carta por debajo de la puerta. Quizá esto os explique las intenciones de Marta.

La condesa tomó el billete y lo leyó. Al principio sus labios se contrajeron de rabia; pero en seguida una sonrisa irónica apareció en sus labios.

—«Parto para salvarte. Dentro de algunas horas serás libre para siempre»... ¡Ah! ¡Ah! ¿No es más que esto? ¡Ya veremos! El cuarto de Elena está cerrado, ¿no es cierto, Mathys? ¿No comprendéis que es una nueva molestia que Federico quiere causarnos? Ha corrompido a Marta como a Rosalía, por medio de dinero y de promesas, para favorecer sus proyectos. Ahora lo comprendo todo. Ha huído para ir a advertir a Federico que Elena va a ser conducida a la casa de sanidad. Tiene esperanza de impedirlo. Vamos, Mathys, poseemos los medios infalibles para frustrar su esperanza.

—¿Medios infalibles?—repitió el intendente sumido más que nunca en sus temores.

—Ciertamente.

—¿Y si viniera con los representantes de la justicia?

—Los representantes de la justicia no tienen nada que hacer aquí, y, por otra parte, no encontrarían a Elena. No esperemos el coche que ha de venir de la ciudad. Haced enganchar el nuestro, y partiréis con la loca. Sea lo que fuere lo proyectado por Marta y Federico, su propósito fracasará, así que Elena esté a algunas leguas de aquí. No temo nada; todo lo que podría hacerse sería retrasar algunos días la partida de la loca. Pero una vez que ella esté en el camino, me sobrará tiempo para intentar un proceso contra Marta y su cómplice. No comprendo cómo podéis abatiros tanto por un hecho desagradable, es cierto, pero nada, nada grave para nosotros. Las cosas pasarán como cuando la visita del procurador del Rey. ¿Qué se puede intentar contra nosotros, sin ninguno de los testigos, sin una prueba? Recobrad vuestra calma, amigo mío; preparaos para el viaje, partid sin demora, haced volar los caballos hasta que Elena esté fuera del alcance de nuestros perseguidores.

Mathys se había puesto de pie y reflexionaba. Una especie de sonrisa iluminó su fisonomía, mientras decía con precipitación:

—¡Sí, sí, partamos en seguida!... Vamos lejos, muy lejos, muy lejos. Se me ocurre una idea. ¿Si partiera para París con Elena?

—¿Y por qué no para la casa de sanidad?

—No hay pocas casas de sanidad en Francia.

—No comprendo vuestra intención.

—Reparad, señora, que la autoridad podría preguntarnos el nombre de la casa de sanidad, y quizá nuestros enemigos consiguieran de ese modo su objeto. En Francia todas las pesquisas serían inútiles; más adelante, cuando todo esté cumplido y pueda volver aquí con la loca, tomaré dinero, bastante dinero, para poder salvar allá todas las dificultades.

La condesa lo miró con aire burlón.

—Mathys, Mathys—le dijo—, tenéis miedo como un niño. Me parece que pensáis más en vuestra seguridad que en la de Elena. No me sorprendería que a causa de vuestro temor exagerado, quisierais llevaros todo nuestro dinero. Sea como fuere, id a Francia; quizá sea una medida prudente. Pero haced ante todo preparar el coche, para que no tengáis que esperar cuando estéis prontos. No creo que tengamos que temer nada por ahora; con todo, apresuraos, porque es necesario preverlo todo.

El intendente se dirigió a la puerta.

La condesa le gritó:

—Tened valor, Mathys; la situación no es tan desesperada como creéis.

Pero apenas estuvo delante de la casa se puso pálido como un muerto, y todos los miembros le temblaban.

—¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde!—se decía el intendente, dejando caer los brazos.

—¡Allá, por el camino, viene un coche!... Federico Bergams y Marta están sentados en el banco delantero. Hay otras personas en el coche... ¡Pobres de nosotros, estamos perdidos!

—¿Perdidos?—exclamó la condesa después de un instante de reflexión—. ¿Perdidos? Todavía no, Mathys, y aunque nos tenga que pasar algo enojoso, nos vengaremos de nuestros delatores. No triunfarán. Vamos, daos prisa, conducid a Elena a la bodega; bajo la torre de la escalera secreta. Nadie la encontrará allí. Permaneced a su lado hasta que yo os llame. Diré que ya ha partido. Dejadme hacer; fiad en mí. Vuestros enemigos se marcharán del castillo sin haber descubierto nada. Entonces, llevaréis a la loca a Francia. Pero, ¡Dios mío! ¡qué indeciso y consternado estáis!

Tomó al intendente por los hombros, lo empujó fuera de la puerta y lo miró salir y subir hasta que desapareció en el pasillo. Luego se volvió hacia la sala, se sentó en un sillón y tomó una actitud indiferente.

Momentos después se abrió la puerta y entró Marta seguida de Federico y el notario.

—¡Vil mentirosa!—gritó la condesa indicándole la puerta con el dedo—, salid de mi vista. Marchaos, o llamo a mis sirvientes para que os arrojen fuera del castillo. La justicia castigará vuestra perversidad.

Se precipitó para tocar el cordón de la campanilla; pero el notario le sujetó la mano.

—¿Qué significa esto?—exclamó—. ¿Queréis hacerme violencia en mi propia casa? No soy más que una mujer, pero...

—Sentaos, señora, os lo ruego, a fin de evitaros una vergüenza—dijo el notario reconduciéndola a su sillón con una frialdad imperiosa—. Escuchadme un momento. Vais a reconocer que el escándalo os sería desfavorable.

—En fin, ¿qué es lo que tenéis que decirme?—dijo la condesa trémula de despecho.

—Señora, la niña nacida de vuestro matrimonio con el conde de Bruinsteen ya no existe, murió en 10 de febrero de 1816. Mediante una culpable substitución, fué traída a vuestra casa la hija de un oficial de húsares que se llamaba Héctor Hagens. Corresponde a la justicia examinar qué castigo merece un acto semejante, pero nosotros venimos en nombre de la madre legítima para que su hija nos sea inmediatamente entregada. No os resistáis, señora, porque eso sería obligarnos a invocar la autoridad de la ley, y pensad en la vergüenza pública que eso os acarrearía.

—¡Oh! ¡Oh!—dijo sardónicamente la condesa—, no negaréis que os he escuchado con calma. Esa historia de la joven, de un oficial, es un cuento inventado por los envidiosos; en cuanto a Elena, ya no está en Orsdael.

—¡Dios mío!—exclamó Marta palideciendo.

—¿Os imaginabais que no sabía por qué habíais huído del castillo durante la noche como una ladrona?—replicó victoriosamente la condesa—. Ahí, sobre la mesa, está el papel que deslizasteis bajo la puerta de Elena, sirvienta infiel. ¿Queríais libertarla? Es decir, ¿la queríais vender a alguien que os había pagado para traicionarme? Sea cual fuese el medio que empleáis, vuestra infame maquinación ha sido descubierta de antemano. Elena ha partido lejos de aquí, para el extranjero.

Un grito desgarrador se hizo oír, y Marta cayó sin conocimiento contra la pared de la sala.

Federico corrió hacia ella, le pasó el brazo debajo de la cabeza y trató de volverla en sí.

—Señora—dijo el notario a la condesa—. Os estáis perdiendo vos misma. Tenemos pruebas, pruebas irrecusables. ¡La cárcel va a abrirse para vos!

—¿Qué pruebas podéis tener de una historia que es mentira?

—Un documento firmado por vos, señora.

—Un documento falso.

—Esperad, vais a quedar anonadada.

El notario corrió hacia la viuda desmayada y se puso a buscar con prisa febril entre los pliegues de su bata para encontrar la prueba escrita. Los esfuerzos resultaron infructuosos. Temblaba de impaciencia y de ansiedad, pensando que se hubiera perdido el precioso papel.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Marta, no es posible! Marta, Marta.

En ese momento se oyeron gritos confusos en el castillo, y antes de que nadie pudiera hacer un movimiento, la puerta se abrió con violencia. Elena, perseguida por el intendente, entró en la sala y cayó a los pies de la condesa.

Mathys, que parecía ciego de rabia, quiso detenerla; pero Federico dejó caer a Marta en brazos del notario, saltó sobre el intendente, lo asió por el cuello y lo arrojó con fuerza irresistible a la pared, mientras le gritaba fuera de sí:

—¡Si das un solo paso te aplasto!

Mientras tanto, dominada por el terror, la joven gritaba, con los brazos tendidos hacia la condesa:

—¡Oh madre mía, perdón, tened piedad de mí, me va a asesinar¡ ¡Yo soy vuestra hija, defendedme, madre, madre querida!

Aquel grito desesperado, aquel dulce nombre de madre, repercutió en el corazón de Marta. Abrió los ojos, pasó una mirada vaga a su rededor, y lanzó un profundo suspiro, tendiendo los brazos.

El notario le tomó la mano y dijo con voz trémula:

—¡El papel! ¡La prueba! ¡Aquí está!

Y volviéndose a la condesa:

—Ahora, señora, tendréis que reconocer que fuisteis vos quien ordenó que robara la niña a vuestro sirviente. Es imposible negarlo. ¡Todas las circunstancias agravantes acompañan al crimen; ya sabéis lo que os espera: la pérdida de vuestra fortuna, el eterno deshonor y cinco años de presidio!

La señora de Bruinsteen fijó un momento la mirada en el papel. Se puso pálida como la muerte, y todo su cuerpo se estremeció. Echó una mirada de venganza sobre Mathys, que estaba como petrificado; después lanzó un grito de desesperación, y dejó caer la cabeza sobre la mesa ocultando la cara con la mano.

—Madre, ¿qué ha sucedido? ¿qué peligro os amenaza?—preguntó la joven de rodillas, dominada por el miedo y la piedad.

Pero una voz conocida le provocó otra emoción.

—¡Laura... Elena...!—exclamó la viuda completamente vuelta en sí—. ¡No llames madre a esa mujer! Ven aquí, sobre mi corazón, querida mía...

Pero calló de pronto, por el temor de que una revelación inesperada fuera a causar a su hija una emoción fatal.

—¡Oh Marta! ¡Vos aquí! ¡Ahora ya no me puede suceder nada malo!—exclamó la joven arrojándose en sus brazos.

Esta, después de haberla besado tiernamente, la apartó de sí y dijo con calma aparente:

—Elena, tú no eres hija de esa mujer. Fuiste robada en la cuna. Sólo era tu verdugo, y nada te vincula a ella ni por la sangre ni por el afecto. Dios te ha dado otra madre.

La joven miró muda y trémula.

—¿Otra madre?... ¡Oh!... ¡Y vive aún!—murmuró con voz imperceptible.

—¡Vive! ¡Vive! domina tu emoción...

—¡Oh!—exclamó la joven—, esa sonrisa divina, esa mirada ardiente, esa alma en vuestros ojos... ¡Oh! ¡Marta! ¡Marta! si fuerais mi madre, me moriría de felicidad.

—Pues bien; sí, Elena... Laura, eres mi hija: yo soy tu madre.

La joven cayó casi desmayada sobre el pecho de la viuda; lágrimas de ternura indecible rodaron por sus mejillas; acarició a la madre, la besó y luego le dijo ligero:

—¿Y también tengo padre, verdad? Madre, madre mía, ¿dónde está?

—¡Ay! tu buen padre ya no existe. Toma, hija mía, aquí tienes su retrato.

Y le entregó a su hija su relicario de oro.

—¡Héctor! ¡Era mi padre!—exclamó la joven arrojándose a sus rodillas—. Ahora comprendo los secretos que me rodeaban. ¡Oh, que Dios sea bendecido! ¡He sufrido, he sufrido mucho; pero la recompensa es más grande que los dolores soportados!

Federico seguía junto a la joven, con la sonrisa de felicidad y la admiración en el rostro. Todas aquellas revelaciones y todas aquellas sacudidas se habían sucedido tan rápidamente, que Elena no había tenido aún tiempo para advertir su presencia.

Marta le tomó la mano y le hizo ponerse de pie, y le dijo:

—Laura, te llamas Laura, hija mía, le has dado gracia a Dios porque le plugo devolverte una buena madre, pero aún no conoces los tesoros de su bondad para contigo; además, te ha dado, Laura, un esposo fiel y digno de ser amado.

—¡Ah! ¡Federico, Federico!

Y los dos jóvenes cayeron en los brazos el uno del otro...

—Bueno, ahora partamos—dijo Marta, tomando a su hija de la mano—. Huyamos de esta casa de odiosa memoria. Nuestra alegría necesita aire, alegría, libertad, seguridad...

Pero la condesa, que hasta ese instante había estado sumida en la desesperación, oyó estas últimas palabras con un pánico extremo. Se dejó caer a los pies de Laura, se arrastró sobre las rodillas y se puso a decir, mientras abundantes lágrimas brotaban de sus ojos, y le caían por las mejillas:

—¡Oh señorita, tened compasión de mi desgracia! perdón, perdón, para una pobre mujer. Maldecidme, tomad mi fortuna, pero no me entreguéis a la justicia. Seré pobre, me arrepentiré de mi crimen. Mandadme lo que queráis y obedeceré como una esclava; pero no me mandéis a la cárcel. Elena... Laura... estoy a vuestros pies. ¡Oh! ¡tened piedad de mí, no rechacéis mi súplica!

Mathys, al ver a la condesa a los pies de la joven, también se puso de rodillas y se arrastró temblando hasta donde estaba Marta. Imploró su piedad con las manos juntas, y los ojos llorosos. No le dirigió ningún reproche, se reconoció culpable y confesó que, como madre, tenía que proceder como lo había hecho; pero recordó su afecto por ella, aquel sentimiento sincero a que debía la recuperación de su hija, y le suplicó que no entregara a la vindicta ley a aquel que había contribuído tanto a su felicidad.

Esta súplica tan humilde hizo que Marta mirara a Mathys profundamente impresionada e indecisa respecto a lo que debía hacer. Su hija fué a ponerse con las manos juntas delante de ella.

—¡Oh madre querida, perdón, perdón para la señora de Bruinsteen! ¡Perdonadla!

—Quiero olvidarlo todo, hija mía—murmuró la viuda—. Mi felicidad no necesita de la desdicha de la señora ni de la de Mathys. Pero, ¿qué puedo hacer? No lo sé.

—Escuchadme todos—interrumpió el notario—. Puesto que la señora y el intendente parecen arrepentidos, existe un medio para substraerlos de la ley y hasta de asegurarles la posesión de lo que les pertenece personalmente. Pueden expatriarse hoy mismo. Si aceptan mis proposiciones, les prometo mi ayuda. De ese modo evitarán la prisión, y nos evitarán graves molestias. Tomad, Marta, recuperad esta prueba. Guardadla muy bien. Ahora, marchaos; yo me quedo aquí, para terminar asuntos importantes. Estaré a vuestro lado a mediodía.

Marta tomó a su hija de una mano y a Federico de la otra, conduciéndola así hasta el coche que estaba en la puerta del castillo.

La viuda lanzó un grito de alegría al ver a Catalina, que estaba parada en el camino, junto al carruaje. Arrastró a su hija hacia aquélla, exclamando:

—Ven, Laura, ven; ésta es la mujer que te ha devuelto a tu madre; que se ha sacrificado por tu felicidad y por la mía. Te he dicho que la abrazarías algún día con tierna gratitud; pues bien, hija mía, estréchala entre tus brazos; es un corazón noble el que sentirás latir sobre tu pecho.

Marta y Laura se echaron al cuello de la campesina, y la colmaron de agradecimientos y de caricias. La vieja lavandera estaba tan emocionada, que un torrente de lágrimas le corría por los ojos, sin que pudiera hablar. De pronto, Marta la tomó de una mano y la arrastró hasta el coche.

—Catalina, querida Catalina—le dijo—. Tenéis que venir con nosotros. Vuestro marido os espera en Maraghem. Habrá fiesta, quiero que estéis a mi lado; tenéis el porvenir asegurado. Mi yerno tiene un corazón noble, y os pagará vuestra deuda. Vuestro marido será intendente de sus tierras, viviréis a mi lado, seguiréis siendo mi compañera fiel y mi amiga, hasta que la tumba nos separe. ¡Venid! ¡Venid!

La pobre Catalina estaba aturdida, la alegría la abrumaba; sin embargo, resistió a la suave violencia de Marta, y rechazó el honor que se le ofrecía. Pero Federico la tomó por la cintura, Marta y Laura por los brazos, y de ese modo Catalina se encontró en el coche, sin saber cómo.

El látigo restañó; el coche partió como una flecha; se alzaron nubes de polvo en el camino; se oyeron gritos de alegría y el carruaje desapareció en la vuelta del camino, con la rapidez del viento.

FIN