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La pata de la raposa (Novela) cover

La pata de la raposa (Novela)

Chapter 43: VI
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About This Book

The narrative portrays life in a quiet provincial town through the eyes of household servants and their social superiors, focusing on a young servant who secretly nurtures literary ambitions, radical ideas, and furtive plans while performing menial tasks and managing household money. His courtship with a fellow maid supplies intimate moments that reveal desire and decorum, and the story satirizes bourgeois complacency and provincial monotony. Through close description and ironic observation, episodes contrast intellectual pretension with daily servility, tracing tensions among aspiration, hypocrisy, and the social constraints that shape each character’s choices.

VI

Aún hay sol en las bardas.

Don Quijote.

He aquí la casa, y el sendero que desciende de la colina, y la pasadera de piedras sobre el arroyo, y los altos álamos emboscando la vivienda, y el portón de rojos barrotes, y el muro, bajo y viejo.

Alberto, en tres días de viaje había olvidado tres años de vida y soldado el instante presente con aquel otro de la despedida de la estación de Pilares, cuando su ideal era la casita modesta, entre el bosque y el mar. Camino de Villaclara se decía: aún hay sol en las bardas.

Apoyándose sobre la tapia y con el pulso agitado, tendió una ojeada sobre el jardín. El arroyo lo atravesaba, y siguiendo el compás danzarín del agua, margaritas y narcisos, rosas y claveles, corrían á lo largo de las márgenes. Allí estaban las colmenas de Fina, y yaciendo en lo verde una masa negra que se enderezó de pronto. Un rostro consumido, atormentado é iracundo, como el de una sibila decrépita, se encaró con Alberto, y unas manos, de dedos epilépticos y luengas uñas, comenzaron á conjurar maleficios sobre él. De la lóbrega y desdentada boca volaron roncas palabras.

—¡Que el mexo del sapo te emponzoñe la lengua; esa lengua de falsedad. Que las anxiguas fediondas te coman la cara; esa cara traidora en el afalagar. Que las llocas aviésporas te saquen los ojos; esos ojos de criminal. Que en el cucho de tu corazón maldito haga su nido el alacrán. Que en por los siglos de los siglos te queme el alma Satanás![3].

Era tita Anastasia. Alberto apenas tuvo fuerzas para interrogar:

—¿Fina?

—Pregúntaslo y tú la mataste. ¡Arreniego!

Florencia-Noviembre-1911.