EN EL PAÍS DE LA RULETA
I
LOS TEMAS LITERARIOS
Los escritores solemos dirigirnos a «el lector», poco más o menos, así como los criados se dirigen a «el señor». Desgraciadamente, este concepto de «el lector» es demasiado vago. Por lo general, el lector tiene una personalidad multiforme y a veces carece de existencia. Si el lector—este lector de quien hablamos tanto los escritores—fuese una realidad concreta y tangible, entonces yo me dirigiría a él y le diría:
—¿Qué artículo de San Sebastián quiere usted que yo le haga? ¿El de la lluvia? ¿El del jugador? ¿El de las pulgas? ¿El de la Concha? ¿El del objeto perdido? ¿El de la misteriosa extranjera...?
Porque en San Sebastián no hay arriba de doce temas para artículos. Los corresponsales madrileños que vienen aquí hacen las mismas crónicas cada temporada. Yo conozco a un compañero que lleva ya quince sobre la lluvia. Es un especialista.
¿Cómo se explica el que esta municipalidad, tan adelantada en otras cosas, no se haya cuidado nunca de darle temas a los escritores? Tal abandono es verdaderamente lamentable. Una ciudad de placer que no varía sus temas literarios, una playa que no renueva sus crónicas, está condenada a muerte. Toda la literatura de San Sebastián resultará una cosa trasnochada tan pronto como, a orillas del Cantábrico o del Mediterráneo, se levante otro gran Casino con nuevos temas para los cronistas. Los periódicos madrileños se apresurarán a mandar allí la nube de corresponsales que ahora envían a San Sebastián. Al artículo de la lluvia sucederá el artículo del sol o del relente; la crónica de las pulgas será substituida por una sobre las chinches o sobre las cucarachas. ¡Qué placer para los periodistas y para los lectores de periódicos! Será una transformación literaria comparable tan sólo al advenimiento del romanticismo. Los veraneantes afluirán en masa a la nueva playa de moda, y San Sebastián desaparecerá del mundo como centro de placeres.
Yo he llegado a San Sebastián hace varios días. Mi querido Fernández Flórez estaba todavía aquí.
—Supongo—le dije—que me habrá dejado usted algún tema disponible, aunque sea de segundo o tercer orden.
Fernández Flórez se rascó la cabeza.
—Veamos, veamos—insistí yo—. Ha hecho usted ya el artículo de la lluvia, el del Casino, el de las pulgas...
Los había hecho todos, y, además, los había hecho como yo precisamente hubiese querido hacerlos.
«Voy a tener que volverme a Madrid», pensaba yo.
En esto transponíamos las puertas del Casino, y yo observé que el portero era tuerto.
«¡Qué coincidencia!—exclamé—. Este portero tuerto, aquí donde se juega tanto dinero... ¿Es que habrá todavía en San Sebastián una crónica por hacer?»
Pero Fernández Flórez ya había hablado también del portero tuerto...
El Municipio de San Sebastián creerá, sin duda, que esto de los temas literarios es cosa de los escritores; pero San Sebastián no tardará en sufrir las consecuencias de tan profundo error. Yo creo que es cosa de los concejales, del Casino, de las sociedades de atracción de forasteros, de las comisiones de festejos, etcétera, etc. Estas entidades debieran renovar cada temporada los temas periodísticos de San Sebastián, a fin de que ningún corresponsal permaneciera aquí ocioso. Más que de dinero se trata de organización. Con seis temas inéditos por temporada, San Sebastián podría ir tirando todavía.
II
EL TREINTA Y CUARENTA
Hagan juego, señores...!
Sobre la mesa van cayendo fichas de un duro y de cuatro duros, y placas de 50, de 100, de 500 y de 1.000 pesetas. Las raquetas van y vienen, manejadas por manos febriles. Un señor, alargando trabajosamente el brazo por entre la muchedumbre, pone 1.000 pesetas a encarnado. Es un jugador de a pie. Los empleados dividen a los jugadores en dos categorías fundamentales: jugadores de a pie y jugadores sentados, y la primera categoría es la única que les infunde cierto pavor. Si el jugador de a pie gana, en efecto, hay muchas probabilidades de que se vaya con la ganancia. Puede dar un pase, dos, tres y marcharse con 15 o 20.000 pesetas. En cambio, el jugador sentado no importa que amontone algún dinero. La banca siempre tiene esperanzas de recuperarlo.
—¡Hagan juego...!
Los mirones encuentran floja la partida.
—Esto está aburridísimo—dicen—. No hay sangre...
Algunos reconvienen a sus amigos.
—¿Por qué juega usted a ese paño? Es absurdo...
Y luego, si por casualidad aciertan, insistirán en sus censuras, llenando de vituperios a los pobres perdidosos.
—¿No se lo dije yo a usted? Si era infalible...
—Yo prefiero ganar diez duros a negro—murmura una voz—que 1.000 pesetas a encarnado. ¡Qué quiere usted! Es una manía. Además, no me sería posible jugar a encarnado. ¡Hace ya noventa y un años que juego a negro...!
Vuelvo la cabeza y veo a un viejecito que empuja las fichas con una raqueta temblorosa. Debe de sentirse próximo a la muerte, y por eso no juega a encarnado. Acaso ganara; pero por unos cuantos duros no va a dejar a última hora su camino de siempre. ¡Qué hermoso ejemplo de consecuencia para los políticos! Yo lo someto a la consideración de un distinguido diputado, el cual se echa a reír.
—Ya ves. En solo media hora he ganado 20.000 pesetas con mi juego de alternativa...
El croupier va cantando con un acento muy francés:
—Siete... Cuatro... Encagnado gana et colog.
—¡Qué le vamos a hacer!—suspira el viejecito.
Y vuelve a jugar a negro. Su cara está alegre, sonriente, satisfecha. Se ve que este hombre, tan próximo al umbral de la otra vida, lo traspasará sin temor alguno. Ha sido un hombre leal. Ha cumplido siempre, sin vacilaciones, el deber que se impuso noventa y un años atrás. Su conciencia está tranquila. Cuando Dios le llame a juicio y le pregunte si jugó alguna vez a encarnado, él dirá:
—Nunca. Seguí el negro en la adversidad como en la fortuna, en sus horas buenas y en sus horas malas, cuando todos acudían a él lo mismo que cuando se veía abandonado de todos...
—Dos...—canta el empleado.
Y, extendiendo sobre la mesa otra hilera de cartas, vuelve a cantar:
—Dos...
Es un aprés. Uno de los que juegan a negro retira su postura.
—Hace usted mal—le dice un mirón—. Eso lo que demuestra es la fuerza de la baraja. Ya ve usted si será fuerte el encarnado, que ni a dos puede ganarle el negro.
—¿Cuántos encarnados van?—pregunta alguien.
—Cuatro.
—Es una racha. Hay que aprovecharla...
Llueven sobre el encarnado fichas, placas y billetes. Los postores de grandes sumas las hacen asegurar. Naturalmente que este seguro no es contra la pérdida. No se ha llegado aún a constituir una compañía que asegure las rachas de un color contra el color contrario. Es únicamente para el caso de que se dé un aprés de treinta y una. Por un duro cada cien duros o fracción de cien duros, el jugador garantiza su capital contra lo que constituye el cero del treinta y cuarenta.
Se produce una gran emoción. Al griterío de hace un segundo sucede un silencio imponente. Estamos como en el circo, cuando para la música y se avecina el ejercicio peligroso.
El empleado comienza a echar las cartas, y el encarnado saca dos.
—¿Otra vez dos?
—¡Malo! ¡Malo...!
—Ahora quiebra la racha...
Y, en efecto, quiebra la racha. El negro gana. Las raquetas de los empleados, miradas con ojos de perdidosos, parecen enormes...
—¿Ha visto usted con lo que se sale ahora la baraja?—exclama uno de los que habían puesto a encarnado—. Mire usted...
Y enseña su cartón. Estos cartones están divididos en columnas donde se marcan con puntos los colores que ganan. En una columna se ponen los puntos correspondientes al negro, y, en otra, los correspondientes al encarnado. Luego se trazan las líneas de punto a punto y se va obteniendo un gráfico del juego, que es algo así como el gráfico de una fiebre tifoidea. Hay juegos serpentinos, de línea inquieta, que salta constantemente de columna a columna y que podrían llamarse juegos de alambique. Hay juegos casi rectos, en los que se dan 10, 15, 20 negros o encarnados sucesivos. Hay juegos mixtos... Lo malo es que el gráfico del juego no se conoce hasta el final. El jugador que ve salir cuatro negros consecutivos deduce que el juego lleva una dirección recta, y haciendo, a su vez, un juego recto, pone su dinero a negro. Naturalmente que, a lo mejor, sale encarnado. Entonces el jugador dice que ha quebrado el juego y considera que la baraja se ha hecho traición a sí misma. Yo me inclino a creer que los jugadores se precipitan en sus juicios sobre las barajas. ¿Que por qué, si a la postre iba a resultar que se trataba de una baraja de alternativa, ha comenzado el juego con cuatro encarnados? ¡Quién sabe! A lo mejor la baraja lo hizo para despistar...
—Ha quebrado el juego. Mire usted mi cartón...
En realidad, lo único que ha quebrado es la línea.
Todo el mundo pierde, excepto el viejecito y un señor que había puesto 1.000 pesetas a negro.
—¡Por no saber jugar!—murmura un técnico, en discusión con otro jugador—. Ese señor ha ganado, ¿y qué? ¿Es que demuestra algo el que haya ganado ese señor?
Porque ante la teoría general, ante la ley profunda del treinta y cuarenta, los hechos aislados carecen de importancia. ¿Es que se va a destruir con 1.000 pesetas toda una filosofía?
—Oye, dame dos duros—dice una voz femenina.
—Pídeselos a Marquet—contesta una voz masculina.
—Es que ya ves lo que ha pasado. Ha quebrado la racha...
—Yo llevo perdidas ya 40.000 pesetas desde el mes de agosto—le dice una amiga a la pedigüeña.
—¿Cuarenta mil pesetas? Y ¿a quién se las has perdido?
—Se las perdí a varios. Si fuese para comer, no me las hubiesen dado...
Un jugador abandona su asiento con cara de malhumor.
—¿Perdió usted mucho?
—No. Perdí poco; pero lo que más me indigna es ver ganar a los amigos. Que yo pierda, pase. Que ganen los desconocidos, pase. Que ganen los amigos, eso, francamente, me desespera.
Se oye la voz del empleado, que domina todas las otras.
—¡Hagan juego, señores...!
La mesa se llena de miles de pesetas. ¡Y luego diremos que el dinero español carece de audacia y que está dormido en las cuentas corrientes!
III
LOS BOLSILLOS Y EL ESPÍRITU DE PROPIEDAD
Viendo, en el Casino, a los empleados de las mesas de juego, se me han venido a la memoria las reflexiones de un oso: el oso Atta Troll, inmortalizado por Heine. Según Atta Troll, los hombres son unos animales infelices y depravados, y todo su mal proviene de la invención de los bolsillos. Si los hombres no usáramos bolsillos, no habría entre nosotros egoísmo, no habría ambición, no habría tuyo y mío, no habría propiedad, no habría tiranía... Seríamos como unos osos de diferente especie, serios y dignos, aunque aficionados a la danza. Desgraciadamente, un día los hombres inventaron los bolsillos, y desde entonces cada uno trata de meter en los suyos lo que debiera estar a la disposición de todos...
En el Casino de San Sebastián, los empleados de las mesas de juego carecen de bolsillos. La dirección del establecimiento, como el oso de Heine, cree que, despojando de bolsillos a los hombres, se suprime en ellos el sentido de la propiedad, y a medida que los empleados llegan, hace que cambien sus trajes por unos trajes especiales, en los que no hay medio de guardar ni una sola perra chica. Los empleados pueden, así, manejar todas las noches miles y miles de duros sin la menor emoción. Si tuvieran bolsillos, tendrían, con ellos, el sentido de la propiedad, y al pensar que todo aquel dinero era un dinero ajeno, sufrirían tormentos espantosos. Sin bolsillos, esto es, sin sentido de la propiedad, no se les ocurre nunca guardarse un duro de nadie. Juegan con el dinero como jugarían con chinas al borde de la playa. Las fichas de 1.000 pesetas no los tantalizan ni poco ni mucho. Su estado de espíritu es igual al de los osos, para quienes no existe el concepto de la propiedad individual.
Yo creo que todos los concurrentes al Casino debiéramos tomar ejemplo de los empleados, y no penetrar nunca en las salas de juego con nuestros trajes de costumbre. En vez del smocking, debiéramos ponernos también, para ir al Casino, unos trajes desprovistos de bolsillos. De este modo no se nos ocurriría nunca ganar el dinero de la banca y nos ahorraríamos el nuestro. Y, aunque se nos ocurriese, no podríamos intentarlo, porque nos habríamos dejado la cartera en casa.
Mientras tanto, esto es, mientras la supresión de los bolsillos no se extienda de los empleados a los clientes, la cosa nunca podrá tener el valor de un ensayo social. Y es que, detrás de estos empleados desbolsillados que cantan los plenos y los colores, uno ve, imaginativamente, unos bolsillos enormes, profundos e insondables, adonde afluye el dinero de todos nosotros.
Todavía es tiempo de que suprimamos nuestros bolsillos. Y si no los suprimimos ahora, espontáneamente, tendremos que suprimirlos muy pronto, por inútiles...
IV
UN NUEVO SISTEMA PLANETARIO
Las cuatro de la mañana. El Casino, que es como si dijéramos todo San Sebastián, ha cerrado ya sus puertas. No queda ni un solo establecimiento abierto. Los serenos, únicos transeúntes de la ciudad, marcan lentamente sus pasos en el silencio profundo. San Sebastián duerme.
Desde mi balcón, sin embargo, en el hotel de enfrente, yo veo una ventana iluminada. Estas ventanas iluminadas a las altas horas de la noche han constituido siempre un gran motivo literario, y, últimamente, constituyen un poderoso motivo detectivesco. A mí me interesan en ambos sentidos.
—¿Quién habrá en esa habitación?—me pregunto—. ¿Será un enfermo que se revuelca sobre su lecho de dolor? ¿Será acaso un avaro contando su tesoro? ¿Será un veraneante en lucha con las famosas pulgas donostiarras? ¿Será, tal vez, un poeta que sacrifica su sueño para escribir, al dorso de una cuenta sin pagar, versos y más versos en honor de una amada que no existe? ¿Será una hermosa admirándose a sí misma ante el espejo, o será, quizá, una ex hermosa empastándose las arrugas y arrancándose las canas? ¿Serán unos recién casados? ¿Será un sabio? ¿Será un espía alemán...?
Yo apostaría a que es un jugador dedicado al ejercicio de la cábala sobre un plano de la ruleta. La ruleta viene a ser algo así como un segundo sistema planetario. Se trata de descubrir sus leyes y de fundar una ciencia que sea, con relación a la ruleta, lo que es la Astronomía con relación al Universo. Millares de hombres se han consagrado heroicamente a la causa y le han hecho todos los sacrificios: el de su inteligencia, el de su tiempo, el de sus cuartos... Hasta ahora, sin embargo, no hay una verdadera ciencia de la ruleta. Los jugadores que presumen de científicos, que leen la revista de Montecarlo y que hacen sus posturas con arreglo a un plan, no pasan de ser algo semejante a los antiguos astrólogos.
No existen aún astrónomos de la ruleta. Acaso mi vecino sea un nuevo Giordano Bruno, a quien hará quemar el Sr. Marquet en la terraza del Casino. Mientras tanto, las leyes de la ruleta continúan en el misterio. ¿Gira la bola alrededor de la ruleta, o gira la ruleta alrededor de la bola? He aquí una cuestión bien clara y concreta y que, siendo fundamental, no ha obtenido solución todavía. ¿Cómo podrían haberla obtenido las otras?
—La ruleta—me decía un amateur—es la única obra humana verdaderamente perfecta. Ríase usted de las pirámides de Egipto. Ríase de la Critica de la Razón Pura. No hay más que la ruleta. Millares y millares de hombres han dedicado sus esfuerzos a encontrarle un defecto, y hasta ahora no se lo han encontrado. Hay quien dice que sí, que se lo ha encontrado, que la ruleta es inquebrantable con tal o cual combinación; pero no haga usted caso ninguno. El día en que se le encontrara un flaco a la ruleta, la banca se arruinaría, y la ruleta dejaría de existir. Mientras exista la ruleta es que no se le ha descubierto la menor imperfección. Y ¿usted ha visto qué equidad la de la ruleta? Si con un duro quiere usted ganar otro duro, tiene usted un 50 por 100 de probabilidades en contra, y si quiere usted ganar dos duros, tiene usted un 75. El riesgo aumenta siempre, matemáticamente, en proporción a la ganancia. No hay nada más justo. No hay nada más equitativo. Si yo fuera escultor y quisiera representar a la Equidad, la representaría en forma de croupier manejando una ruleta...
—Una ruleta sin cero—observo yo.
—Claro. Una ruleta sin cero. De tan equitativa que es la ruleta, ha habido que ponerle un cero para garantizarle a las empresas sus gastos infinitos. Convénzase usted. La ruleta es la única obra humana verdaderamente perfecta...
Esto decía mi amigo; pero actualmente mi entusiasmo supera al suyo. Para mí, la ruleta es algo más que una obra humana. Es, como he dicho antes, todo un sistema planetario. Los puntos se sientan alrededor de la ruleta, y poco a poco van quedándose desprovistos de dinero. ¿Qué leyes determinan esta atracción de la ruleta sobre el dinero de las gentes? Acaso mi vecino llegue a descubrirlas; pero, mientras tanto, permanecen en el más sombrío de los misterios. Se sabe el porqué del flujo y reflujo de la mar, se conoce el curso del Sol y el de la Luna, se predicen los eclipses al minuto; pero cuando la ruleta comienza a dar vueltas en un sentido, y la bola en el otro, nadie puede sospechar si va a darse el 7 o el 13, la primera, la segunda o la tercera docena, el rojo o el negro, la manque o la passe, el par o el impar... Y en el siglo xx, todo afeitado y vestido de smocking o de frac, uno se encuentra ante la ruleta en el mismo estado de espíritu en que el hombre primitivo se encontraba ante el enigma del Universo.
V
ROUSSEAU Y ANATOLE FRANCE
Actualmente sólo funciona un teatro en San Sebastián. No hay espectáculos. No hay baile. No hay restaurants nocturnos... ni apenas diurnos. La Policía, con el menor pretexto, clausura aquí todos los lugares de diversión y sólo queda para disputarse al veraneante estas dos potencias sobrehumanas: la Naturaleza y el Casino. Juan Jacobo Rousseau experimentaría un serio disgusto al ver que el Casino va venciendo. Anatole France, en cambio, para quien la civilización es una lucha constante del hombre contra la Naturaleza, sonreiría encantado.
Porque no hay duda ninguna: la ruleta tiene mucho más éxito que el paisaje, con ser tan hermoso el paisaje de San Sebastián. Poco a poco, los alrededores de la bella Easo van quedándose sin clientela. El Casino les arrebata todos los parroquianos, y este triunfo es tanto más notable, cuanto que, frente al cielo azul, al verde mar, a los bosques sombríos, al Sol radiante y a las montañas augustas y solemnes, la dirección del establecimiento no ha puesto más que una esfera giratoria con 37 números.
Es, como si dijéramos, la bancarrota de la Naturaleza. En honor de la verdad, sin embargo, conviene advertir que el triunfo del Casino no ha sido cosa muy fácil. La Naturaleza ha hecho esfuerzos prodigiosos. A veces ha organizado días espléndidos, con una temperatura deliciosa y una luz ideal. Los más amigos del Casino sentían entonces deseos de pasarse al otro bando. Su conducta anterior respecto a la madre común se les aparecía de pronto como una injusticia y experimentaban vivos deseos de rectificarla.
—¿Vamos a encerrarnos en el Casino en un día como éste?—exclamaban—. No, nunca. Sería una verdadera vergüenza...
Pero después de almorzar, el cielo comenzaba a nublarse. Malas lenguas afirman que era el Casino quien preparaba los nublados.
—No hay nada imposible para los croupiers—sostenían.
Naturalmente, que ninguna persona razonable puede considerar en serio semejantes rumores. Lo indudable, sin embargo, es que el cielo se nublaba. Un descuido de la Naturaleza, un momento de debilidad, ¡qué sé yo! Entonces millares de personas, hábilmente diseminadas por los hoteles y cafés de San Sebastián, prorrumpían en gritos estentóreos.
—¡La galerna...! ¡La galerna...!—vociferaban.
¿Eran alquiladas estas personas? Yo tampoco lo he creído nunca; pero lo cierto es que todos los entusiasmos por la Naturaleza se amortiguaban de un golpe.
—¿Lo ven ustedes? Si aquí no se puede salir... No hay más remedio que meterse en el Casino...
El Monte Igueldo, especialmente, tan bonito y tan próximo a la ciudad, le hacía al Casino una concurrencia terrible. Claro que el Casino hubiese acabado por dominarlo; pero, ¿para qué perder el tiempo?
—Ya que la montaña no viene a mí, yo iré a la montaña—pensó la dirección.
Y la dirección fue a la montaña y puso en ella unos caballitos, y ya nadie mira el paisaje, sino los caballitos, y la Naturaleza ha sucumbido una vez más.
Hoy el Casino no necesita ya hacer esfuerzo ninguno para atraer al veraneante. El veraneante le pertenece por entero. Estos días está haciendo un tiempo magnífico, y, sin embargo, los alrededores de la ciudad se encuentran desiertos a todas horas. La Naturaleza ha perdido el prestigio en San Sebastián. Lo ha perdido... a la ruleta.
VI
EL JUGADOR OBJETIVO
Esto es una ladronera, una perfecta ladronera—dice D. Salustiano—. Ni por casualidad se gana. Va usted a ver...
D. Salustiano coge una ficha de 20 pesetas y la arroja sobre la mesa.
—Veinticinco y veintiocho—exclama—. Caballo...
Luego, dirigiéndose a mí, continúa:
—Son 20 pesetas tiradas... Este año llevo perdidas ya 15.000. ¡Como no se repita lo del año pasado...! ¿Sabe usted cuánto me costó la broma el año pasado? Pues 7.000 duritos justos. No se gana nunca, nunca...
La ruleta gira vertiginosamente. Los azares despiden de cuando en cuando la bola con un ruido seco. De pronto la bola entra en un cajetín y el croupier canta el número.
—Doce. Rojo. Manque. Par...
—¿Lo ve usted?—suspira D. Salustiano—. Era indudable. No hay manera humana de ganar.
Y cogiendo ocho duros en fichas, los pone a una «calle». Diez y nueve, veinte y veintiuno.
—Ocho duros más que voy a perder—me dice—. No se gana nunca. Está demostrado...
En efecto. D. Salustiano pierde los ocho duros.
—¿Se ha convencido usted?—me pregunta—. Pues para que acabe usted de convencerse, me voy a jugar cien pesetas a una fila. Las perderé, ya lo sé, pero no importa...
Como D. Salustiano, hay en San Sebastián infinidad de personas que se arruinan para demostrar que es imposible ganar a la ruleta. Porque, desde luego, D. Salustiano está firmemente persuadido de esta imposibilidad. Su juego es a modo de una lección experimental para los amigos y para los espectadores.
Yo me creo en el caso de contenerle.
—No juegue usted más—le digo—. La demostración ya está hecha. La práctica ha confirmado suficientemente la teoría. No vale la pena que pierda usted cien pesetas más para persuadir a un convencido como yo.
Pero D. Salustiano insiste.
—Es que no tan sólo se pierde en general, sino que se pierde siempre, todas las veces—exclama.
La fila de D. Salustiano comprendía los seis números que van del 13 al 18, inclusive. Sale el 16, y D. Salustiano gana 500 pesetas. Yo voy a felicitarle, pero me contengo. El buen señor está desconcertado. Todos sus principios se acaban de caer a tierra. D. Salustiano tenía una convicción en la vida: la de que nunca se gana a la ruleta, y he aquí que una bola ciega, un azar incomprensible, acaba de destruir esta convicción. ¿Qué le queda ahora a D. Salustiano? Nada más que las 500 pesetas. En lo futuro, su existencia carecerá de todo sostén ideal, y será una cosa baldía...
—Juéguese usted las 500 pesetas a una docena—le aconsejo.
D. Salustiano las juega y las pierde. Entonces su rostro se anima de nuevo.
—¿Ha visto usted?—me dice—. Lo de la fila había sido una casualidad que no demuestra nada. Indudablemente, no hay posibilidad de ganar nunca a la ruleta.
Y cogiendo cinco duros, los tira sobre la mesa:
—Para los empleados...
EN EL RINCÓN DE LOS MILLONARIOS
I
EL HIERRO
Cada vez que un bilbaíno me invita a comer, me parece que me da a comer hierro. El hierro es el pan de Bilbao. Todo ha sido aquí hierro en su origen, hasta el mármol y el oro de los millonarios de Algorta. Y el mismo chacolí, en estas alegres cenas bilbaínas, me produce un efecto así como de vino ferruginoso.
Constantemente se denuncian nuevos yacimientos, a veces bajo casas habitadas. Se denuncian calles, se denuncian viviendas, se denuncian amigos y vecinos... Y toda la actividad bilbaína, todo el tráfago gigantesco de la ría con sus hornos formidables que, durante el día, eclipsan al Sol y que enrojecen el cielo por las noches, no son más que un esfuerzo para convertir este hierro en oro y en billetes.
Hay quien dice que el dinero bilbaíno es más valiente que el dinero de otras ciudades españolas. Yo no creo gran cosa en la antropología del dinero. En un caso particular, el dinero puede ser más o menos audaz o más o menos timorato; pero, colectivamente, no hay calidades en el dinero: no hay más que cantidad. El dinero de un pueblo no es cobarde ni es valiente, sino que es poco o mucho. Las grandes fortunas, como los hombres grandes, se atreven a cosas que, por regla general, asustan a las fortunas pequeñas y a los hombres chiquitines. ¿Valor? No. Fuerza, peso, volumen.
Además, esto de tener el dinero en acciones es, poco más o menos, como tenerlo en fichas. Uno no le concede el mismo valor que si estuviera en billetes, y se lo juega. Todo el mundo pica. Un poeta bilbaíno que me quiso leer unos versos el otro día tuvo que buscar el manuscrito entre unas cuantas navieras que llevaba en la cartera.
Afortunadamente, Bilbao está llamado a tener más dinero cada vez, y uno no puede imaginarse su porvenir más que en una visión gloriosa. Hoy por hoy, Bilbao es ya una ciudad donde el dinero se cuenta por millones, y esta ciudad resulta doblemente extraordinaria porque se encuentra situada en el país de la calderilla.
II
LA REIVINDICACIÓN DE LOS MILLONARIOS
Indalecio Prieto, el actual diputado por Bilbao, es un diputado socialista, pero socialista para obreros. Esperemos que, en una próxima legislatura, Bilbao se haga representar en Cortes por un socialista de otra clase: un socialista para millonarios.
La idea de un socialismo para millonarios no es mía, sino de Bernard Shaw. Permítaseme adoptarla, sin embargo, para brindársela a los capitalistas bilbaínos.
Los capitalistas bilbaínos están completamente desamparados frente a sus obreros. Mientras se fundan cooperativas, y se construyen casas baratas, y se crean parques y jardines, y se instalan bibliotecas públicas y baños municipales, adaptando a los recursos del obrero toda la vida del país, ¿quién se acuerda de los millonarios? Un millonario bilbaíno puede gastarse dos o tres millones en un yacht y otros dos o tres en su palacio de Algorta; pero, ¿qué hace luego con los millones restantes?
Hace poco se ha fundado aquí una Compañía para lograr que el kilo de merluza no cueste nunca mucho más de seis reales; pero, ¿dónde está la compañía que venda merluzas para millonarios a mil o a dos mil duros? No hay merluzas para millonarios, no hay zapatos para millonarios, no hay sombreros para millonarios. Yo he visto al señor Sota el otro día con un gabán que, desde luego, no le había costado mucho más que el mío. Claro que el señor Sota puede comprarse cien, doscientos, quinientos gabanes; pero esto sería una superfluidad. En un país organizado para millonarios, el ilustre naviero debiera poder adquirir un gabán de varios millones de pesetas. Hoy no puede adquirirlo, y es que el millonario se encuentra postergado en el mundo. Mientras todos gozamos de la vida en proporción con nuestros recursos, el millonario, no. Nadie se cuida de los millonarios, y helos ahí teniendo que fundar escuelas y hospitales y que distribuir su dinero en obras de beneficencia.
¡Pobres millonarios! Hasta hace poco, su desamparo se explicaba por su rareza. Los millonarios eran escasísimos y no podían imponerse. Pero las cosas han cambiado, y hoy, en Bilbao, ¿quién no está ya en el tercero o cuarto millón?
Ha llegado la hora de las grandes reivindicaciones. La sociedad tendrá que dejarles un puesto a los millonarios, y si no lo hace, yo, millonario, dimitiría.
III
EL HOMBRE QUE SE VENDIÓ BREA A SÍ MISMO
Cuando un hombre, en Bilbao, dice que necesita vagonetas, esto no significa necesariamente que ese hombre necesite vagonetas. A lo sumo, las vagonetas las necesita un amigo de un amigo de un amigo suyo. Y cuando otro hombre, en el mismo Bilbao, le ofrece vagonetas a la gente, esto tampoco implica el que ese hombre tenga muchas vagonetas en su poder, sino que conoce a un señor, el cual, por medio de otro señor, sabe de un tercer señor que quiere vender vagonetas. Y así ocurre el que unos hombres que no necesitan vagonetas absolutamente para nada se pasen la vida comprándoles vagonetas a otros hombres que no las tienen. Y quien habla de vagonetas, habla de traviesas. Y quien habla de traviesas, habla de clavos. Y quien habla de clavos, habla de brea. Y quien habla de brea, habla de barcos. Y así sucesivamente.
Yo tengo en Bilbao un amigo que se compró a sí mismo trescientas toneladas de brea. No se trata de un bilbaíno, sino de un madrileño. A poco de llegar al café del bulevar, este chico dijo que necesitaba brea. En Maxim's hubiese pedido whisky, pero en el café del bulevar se le desarrollaron apetitos de más importancia. Quería brea, muchas toneladas de brea, y cuanto antes, mejor. Pasaron días, y los deseos de mi amigo fueron satisfechos. Mi amigo tuvo brea en gran abundancia; pero como, en realidad, él no necesitaba la brea para nada, al verse lleno de ella se puso a ofrecerla.
—¿Quién quiere brea?—dijo—. Yo puedo venderla en excelentes condiciones.
—¿Vende usted brea?—le preguntó un señor—.Pues yo le compro a usted trescientas toneladas.
Convinieron el precio y firmaron un documento. Pero el comprador no compraba por su cuenta, sino por cuenta de un señor a quien, quince días antes, le había oído decir que quería brea. Y este señor resultó ser precisamente mi amigo, el cual, siendo vendedor de sí propio, no pudo robarse gran cosa y sólo perdió la comisión.
¿Cuántas operaciones de este género no se harán diariamente en Bilbao? ¿Cuántos hombres que ni hacen clavos, ni tienen fábricas de clavos, ni se dedican a industrias para las que necesiten clavos, no vivirán de los clavos en esta ciudad? Es el comercio, el honrado comercio, genio del mundo moderno.....
IV
EL VASCUENCE
Yo he creído en el vascuence hasta que lo he oído hablar. Ahora tengo la idea de que hay trescientas, cuatrocientas, tal vez quinientas palabras de vascuence, y que todas las otras son una hábil invención. Me he enterado, por ejemplo, de que mientras los vascos españoles le llaman al tenedor tenedoróa, los vascos franceses le dicen fourchetóa. En una esquina, y al lado de un letrero que decía «Calle de Echembarrena», otro letrero ponía «Echembarrena kalia». Y cuando me dijeron que el segundo letrero estaba en vascuence, yo me reservé unas dudas bastante serias. Luego he oído decir «genté elegantía», por gente elegante, y otras cosas análogas. A veces, una palabra como «oguía», que significa pan, le desconcierta a uno; pero luego resulta que se trata de un derivado de hogaza.
—No se fije usted—me dijeron algunos amigos—. Los que dicen «tenedoróa» y «genté elegantía» no saben vascuence; pero pregúntele usted a Mourlane Michelena...
Y en fuerza de oír esto he llegado a deducir que existe en efecto un rico vocabulario vascuence, y que Mourlane Michelena es su único depositario.
¿Qué hará con el vascuence Mourlane Michelena? Yo me explico que se tenga una casa para uno solo, y una botella para uno solo, y una mujer para uno solo; pero no me explico que nadie tenga un teléfono ni un idioma para usarlos exclusivamente consigo mismo.
¡Habrá que oír a Mourlane Michelena en sus monólogos aglutinantes y prearios! Pero, por otro lado, yo no puedo menos de felicitar a un hombre que, en medio del tráfago bilbaíno, se encuentra de pronto este tesoro de un idioma perdido durante tantos siglos.
Me explico que se coleccionen las palabras de vascuence con un espíritu de numismático, como pudieran coleccionarse raras, preciosas e interesantísimas monedas antiguas. Por mi parte, es con ese espíritu con el que las oigo; pero los «tenedoróa» y los «elegantía» me producen el efecto de duros sevillanos entre monedas romanas.
UNA NUEVA BATRACOMIOMAQUIA
La guerra ha terminado en todo el mundo excepto en España. Los alemanes se han rendido, pero no así los germanófilos, quienes siguen apoyando al káiser y cantando las victorias de Hindenburg. Los aliados, por nuestra parte, seguimos creyendo que Inglaterra y Francia representan la libertad, la democracia, el derecho de pueblos, etc., etc.
Es una nueva Batracomiomaquia, de la que el autor—modesta rana beligerante—le ofrece algunas notas a su público.
I
LA GUERRA SOBRE EL PAPEL
Si los alemanes perdieron la guerra, no fue por culpa de los críticos germanófilos. Los críticos germanófilos han combatido con tanto ardor como el más heroico de los soldados alemanes. Fabián Vidal y Manuel Aznar pueden decir el trabajo que costaba desalojar a los críticos germanófilos de ciertas posiciones. Se destruían los últimos nidos de ametralladoras, Ludendorff ordenaba la retirada y los ejércitos aliados avanzaban, pero Armando Guerra no se rendía tan fácilmente. En sus mapas, la línea alemana manteníase intacta hasta tres o cuatro días después.
Cuando las tropas alemanas obtenían algún éxito, los críticos alemanes lo anotaban como un éxito propio, y en sus periódicos les aumentaban el sueldo.
—Estoy avanzando en Rusia, en Servia y en Rumania—debió de decirle a su director—. He echado de todas partes al crítico de la Corres, y creo que esto bien vale los doscientos duros...
En 1916, los críticos germanófilos llegaron a entrar en Verdun, en el propio Verdun, y si luego abandonaron la plaza, fue, sencillamente, porque el kronprinz no los siguió, y los pobres se encontraron allí solos, sin contacto ninguno con el ejército alemán...
Han luchado como unos héroes los críticos germanófilos; pero, últimamente, las cosas les han salido algo mal, y yo temo que les rebajen el sueldo, por la misma razón en virtud de la cual se lo subieron un día. En vano tratan de justificarse. Uno de ellos decía recientemente que el avance aliado carecía de mérito porque, según confesión francesa, los alemanes andaban escasos de armas. Pero ¿por qué andaban escasos de armas los alemanes? Pues simplemente porque los aliados les tomaron más de cuatro mil cañones desde el mes de julio. Supongamos que yo me lanzo con un cuchillo sobre el lector. El lector retrocede, para el golpe, y se pone a forcejear conmigo hasta que logra desarmarme. Luego me ataca con mi propio cuchillo, yo huyo, y El Debate, comentando el suceso, escribe: «La huida del Sr. Camba no constituye éxito ninguno para su lector, porque el Sr. Camba estaba desarmado...»
II
EL PUEBLO DE LOS GASES LACRIMANTES
Una de las cosas que más le han servido a Alemania es la afición a la música. La gente no cree que los alemanes puedan ser crueles.
—¡Qué van a ser crueles!—dice la gente—. ¡Unos hombres tan tiernos! ¡Tan dulces! ¡Tan musicales!...
Son muy musicales, en efecto, los alemanes. Al más encarnizado perseguidor de armenios se le haría llorar tocándole una melopea. Desgraciadamente, es muy probable que siguiese machacando al armenio mientras sonaba la música. La sensibilidad ante la música no tiene para mí mucho más valor que la sensibilidad ante el zumo de cebolla. Si puede constituir una prueba de bondad, esta bondad no pasará nunca de ser una bondad baja y primitiva. Los misioneros y los exploradores solían tocarles el acordeón a los antropófagos africanos, a fin de ver si eran civilizables; pero utilizar el mismo procedimiento para contrastar la bondad alemana, francamente, me parece algo ofensivo.
Los alemanes son tiernos, son dulces, son musicales y lloran en el cinematógrafo. Yo recuerdo, a propósito de la ternura alemana, una Nochebuena que pasé en Berlín. La patrona de mi casa de huéspedes había comprado un pino, que los inquilinos se encargaron de adornar con ampollas de cristal coloreado, con algodón hidrófilo, con cintas de plata y oro, con bombillas eléctricas, con lentejuelas y con toda esa pacotilla sentimental a que había allí tanta afición. Sobre una mesa estaban los regalos que unos huéspedes se hacían a otros. A mí me habían regalado una corbata de siete colores, una cajetilla de sesenta «pfening», un tomo de poesías de Schiller, unos tirantes y un grupo escultórico en escayola, que representaba Psiquis y el Amor. Llegó la hora solemne. Se encendió el árbol, y la patrona produjo un gran jarro de vino caliente con especies aromáticas. Comenzamos todos a berrear en torno del pino:
—Weinachtsbaume... Weinachtsbaume...
Poco a poco, la pensión entera fue emborrachándose y enterneciéndose, y, al cabo de una hora, todo el mundo lloraba allí a lágrima viva. ¿Bondad? ¿Vino? ¿Música? ¿Estupidez?... Yo lo que sé es que cogí mi corbata, mi cajetilla, mi tomo de Schiller, mis tirantes y mi grupo escultórico de Psiquis y el Amor y que desaparecí. Aquel ambiente tan tierno me parecía indigno del centro de Europa. Yo me consideraba rebajado en él. Además, yo no creía que la bondad se caracterizase por la blandura ni por la humedad. Conocía muy bien a mis convecinos, y el que se les cayesen las lágrimas o el moco era para mí lo mismo que si les hubiese atacado el hipo.
¿Cuántos de aquellos hombres habrán tomado luego parte en el atropello de Bélgica? ¡Y quién sabe si alguno de ellos no habrá intervenido también en el bombardeo de París!...
Los alemanes son aficionados a la música como los chinos son aficionados al opio. Son un pueblo triste y llorón. Yo simbolizaría esta especie de sentimentalismo sin piedad que constituye su espíritu en una de sus últimas invenciones de guerra: los gases lacrimantes.
III
SI LOS ALEMANES HUBIESEN GANADO
Terminada la guerra no hemos resuelto nada.
Nos esperan catástrofes, revoluciones, guerras, asolamientos y fieros males.
—¿Lo ve usted?—me dice un germanófilo—. Si los alemanes hubiesen ganado, no ocurriría nada de esto.
Y el caso es que, por primera vez, desde agosto del año 14, este germanófilo tiene razón. Si los alemanes hubiesen ganado, en efecto, el problema de las nacionalidades dejaría de ser un conflicto, porque todos seríamos alemanes. Todos seríamos alemanes, y hasta es posible que todos fuésemos rubios. Y, siendo alemanes todos los hombres, no tan sólo no habría conflictos internacionales, sino que no habría tampoco discusiones particulares. Todos tendríamos las mismas ideas. Los filósofos discurrirían por nosotros, y ¿quién duda de que las ideas hechas en las Universidades son siempre de mejor resultado que las que se hacen en casa?
El ciudadano se proveería de ideas lo mismo que de salchichas. La cuestión de las lenguas—el polaco, el armenio, el catalán, etc.—desaparecería por completo, ya que todo el mundo hablaría alemán. Se clasificarían todas las cosas. A los perros se les prohibiría ladrar, y a los socialistas se les negaría el uso de la palabra. En los paseos públicos habría unos bancos para niños, unos bancos para niñeras, unos bancos para ancianos, y quizás hubiese también unos bancos especiales para los candidatos al Parlamento: los chicos de tres años, cuando estuviesen cansados de jugar, irían de banco en banco, y, calándose unas gafas, estudiarían los diferentes letreros:
—¿Soy yo candidato?—se preguntaría Manolín—. ¿Soy una niñera?...
Si los alemanes hubiesen ganado, el individuo no tendría nada que hacer, y el Estado alemán se encargaría de todo. Uno cobraría, y el Estado se le llevaría a uno el dinero. Uno fumaría, y el Estado escupiría por uno. En España, es probable que la situación no hubiese variado gran cosa. Tendríamos también, seguramente, un gobierno Maura y un régimen de censura; pero como toda Europa estaría en condiciones análogas, no constituiríamos una excepción.
¡Qué orden, qué paz, qué tranquilidad las del mundo si, en vez de triunfar los aliados, hubiesen triunfado los alemanes! Entonces, nadie se hubiese vuelto contra los triunfadores. Ahora, en cambio, hasta los alemanes mismos van a tener que hacerse revolucionarios de veras.
IV
EL LIBRO FUTURO
Un periódico, y no por cierto un periódico aliadófilo, hablando del destrozo de Alemania, decía: «Es inútil que los alemanes pretendan protestar. ¡Que lloren como mujeres lo que no han sabido defender como hombres!...» Parece, sin embargo, que los alemanes no lloran como mujeres lo que no han sabido defender como hombres. Antes bien, lo bailan, lo cantan y lo beben con gran regocijo. Según el Daily Mail—en una carta de su corresponsal en Berlín—la antigua capital del imperio se divierte como en sus mejores días. Alemania está deshaciéndose, y los mismos hombres que hace apenas unos meses lo sacrificaban todo por ella, hoy le dedican al fox-trot sus energías restantes.
—¿Es posible tanta depravación?—preguntará el lector.
Y yo, que he vivido dos años entre alemanes, le contesto:
—Sí; es posible. Y es posible... porque no es depravación.
A comienzos de la guerra, muchas gentes no creían que los alemanes fueran capaces de bombardear ciudades indefensas ni de hundir barcos de pasajeros. Yo sí lo creía. Y no es que yo tuviese de los alemanes peor concepto que mis interlocutores, sino que tenía un concepto distinto. Mis interlocutores suponían que para que un alemán matase a un niño en la guerra era preciso que ese alemán fuese un malvado. Yo, en cambio, opinaba que un alemán podía matar niños sin dejar por ello de ser un excelente padre de familia y un hombre sensible a las emociones de carácter más elevado. Hay mujeres que ni aun puestas en la cumbre del Mont-Blanc, como decía no sé quién, serían inaccesibles; mujeres que han caído mil veces y cuya alma, sin embargo, adivinamos más pura que la de una niña de seis años. Parece que no se enteran nunca. Pues la psicología de estas mujeres podría acaso servir para explicar la de ese alemán que con una rosa entre las páginas de un libro de versos se iba, tiernamente, a arrojar bombas de cuarenta kilos sobre los tejados de París...
Ahora, mientras Alemania se desmorona, Berlín arde en fiestas. ¿Depravación? Nada de eso. Lo que pasa es que los alemanes no se han enterado aún del resultado de la guerra. Saben que su ejército ha sido vencido; saben que el Káiser ha abdicado; saben todo esto vaga y confusamente; pero no saben nada más.
Dentro de veinte años, sin embargo, las cosas cambiarán radicalmente. Hacia esa época, un sabio profesor habrá publicado una obra enorme en muchos volúmenes muy gordos, estudiando la guerra, no sólo en su aspecto militar, sino en su aspecto social, en su aspecto político, en su aspecto económico y en todos sus aspectos. Probablemente, la primera parte de esta obra estará dedicada a las guerras de la Edad Antigua, cuando aun no existía Alemania. Quizás el autor habrá hecho también un estudio detenido sobre la catapulta, considerándola como punto de origen del mortero del 42. Y entonces, toda una generación de alemanes se calará las gafas, se pasará las noches en claro estudiando y se enterará exactamente de lo que le ha ocurrido a su patria desde el 1914 al 1918.
Todo el mundo sabe que los alemanes no suelen reír los chistes hasta veinticuatro horas después de haberlos oído, que es cuando «les ven la punta». Dentro de veinte años le verán también la punta a la guerra europea y romperán a llorar. Llorarán en verso y llorarán en música. Llorarán todos los violines, todas las arpas, todas las gaitas, todos los saxofones, todos los contrabajos del ex imperio. Alemania entera llorará, y llorará mucho; pero llorará tarde.
Y, mientras tanto, en el Palais des Dances, Alemania ríe a cien marcos por hora.
LOS MÉDICOS
I
EN DEFENSA DEL RESFRIADO
El Congreso Médico de Madrid ha sido, según parece, uno de los mejores Congresos Médicos celebrados en el mundo, y de aquí en adelante, nuestros sabios doctores van a curárnoslo todo: el cáncer, la tuberculosis, la lepra, la ceguera, el reblandecimiento medular, etc., etc. ¡Muy bien, señores médicos! ¡Admirable! Pero ¿qué me dicen ustedes del resfriado?
Porque yo ni estoy reblandecido, ni soy ciego, ni sufro de lepra, ni padezco de tuberculosis, ni tengo cáncer ninguno. En cambio, me encuentro resfriado casi siempre y no comprendo por qué razón han de tratarme ustedes con tanto desprecio. Muchas veces, harto de toser y de estornudar, yo he acudido a ustedes en consulta. Ustedes me han auscultado, me han preguntado si me canso al subir escaleras, a lo que yo he contestado que, desde luego, me canso mucho más que al bajarlas, me han obligado a respirar fuerte, y, por último, con un gesto de infinito desdén, me han dicho:
—¡Bah!... Usted no tiene más que un simple resfriado...
¡Un simple resfriado! ¡Y yo que me creía poseedor de una enfermedad importante!... Profundamente avergonzado, yo he cogido entonces mi sombrero y me he lanzado a la calle, sumido en amargas reflexiones.
—El fracaso es evidente—decía yo para mis adentros—. ¿Con qué cara me presento ahora ante los amigos?
Pero ya me he cansado, y en nombre de toda la humanidad acatarrada, solicito para el resfriado la atención de la ciencia y el respeto de las familias. Convengo en que la tuberculosis es más dramática que el resfriado, pero exijo que al resfriado se le otorgue también cierta categoría. Si el gato es el tigre del pobre, como decía no sé quién, el resfriado es la tuberculosis del principiante. Es una tuberculosis modesta, una tuberculosis para personas de poco dinero que no pueden dejar de trabajar ni irse a la sierra a beber leche y respirar aire puro. ¿Por qué este desdén hacia el resfriado en una época tan democrática?
Yo sospecho que es, sencillamente, porque los médicos no saben curarlo. Y es inútil que me hablen del cáncer, de la lepra, de la tuberculosis, etc. Mientras los médicos no curen los resfriados, yo no creeré en la Medicina.
II
EL VIRTUOSISMO DE LA CIRUGÍA
A un amigo mío le tenían que operar de la apendicitis.
—Voy a quedarme arruinado—me dijo—; pero no tendré más remedio que acudir a un gran cirujano.
Era un amigo querido, y yo me alarmé.
—No haga usted semejante cosa—le respondí—. Llame usted a un medicucho cualquiera. Llame usted a un sastre. Llame usted a un barbero o a un ebanista, pero no llame usted a un gran cirujano. El gran cirujano le considerará a usted el apéndice así como un virtuoso del violín puede considerar la Sonata de Kreutzer, y de una manera muy artística, le matará a usted...
Yo he visto trabajar una vez a un virtuoso de la cirugía. Rodeado de un coro de admiradores se dirigió a una mesa de mármol, donde, convenientemente narcotizado, yacía el enfermo. El virtuoso cogió unas pinzas y un bisturí y se dirigió a nosotros.
—Para la mayoría de los cirujanos—nos explicó—esta operación no ofrecería dificultad ninguna. Es una operación sencillísima, que está resuelta desde hace mucho tiempo, y que puede realizar cualquiera sin el menor peligro. Comprenderán ustedes, sin embargo, que después de reunir aquí a tan buenos amigos, yo no voy a defraudar su expectación. Las posibilidades quirúrgicas son ilimitadas para todo médico que tenga sangre de artista, y yo voy a demostrarlo ensayando con este enfermo un procedimiento inédito y completamente personal. Es un procedimiento peligroso, indudablemente, pero en eso consiste su encanto. Ya saben ustedes, señores, que a mí no me arredra el peligro...
Y, con un gesto a lo Thuillier, el gran cirujano se lanzó sobre el enfermo, quien, bajo la influencia del cloroformo, había comenzado a cantar unas peteneras. Los admiradores no pudieron contenerse y rompieron a aplaudir.
—Van ustedes a ver con qué rapidez procedo—añadió el gran cirujano—. Toda la operación se reduce a tres trazos. ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!...
El gran cirujano hizo sus tres trazos y el enfermo dejó de cantar.
—Se le va el pulso—observó un ayudante.
Otro ayudante cogió con unas pinzas la lengua del pobre hombre, y se puso a tirar de ella desesperadamente, pero todo fue inútil. Al poco rato el enfermo había muerto.
—¡Qué lástima!—exclamó uno.
—¡Verdaderamente!—exclamó otro, que quizás fuese yo mismo—. Este pequeño detalle enturbia un poco el éxito de la operación...
El príncipe de la cirugía se lavó las manos, y si alguien se ha lavado alguna vez las manos como Pilatos, fue precisamente aquel hombre. Salimos a la calle; pero, como de costumbre, no se veía un guardia...
Amigo lector: Permítame usted que le dé el mismo consejo con que ya favorecí al amigo de quien he hablado antes. Si alguna vez necesita usted que le operen, llame usted a un medicucho cualquiera. Llame usted a un sastre. Llame usted a un barbero o a un ebanista; pero no llame usted a un gran cirujano...
III
LA VIRUELA OBLIGATORIA
Cuando se decretó en Madrid la vacuna obligatoria, todo el mundo se indignó.
—Que se vacune el que quiera—solía decirse—; pero ¿y si a mí se me antoja tener viruelas?
Libertad de tener viruelas... Libertad de pegárselas al vecino... Libertad de escupir... Libertad de tronchar los árboles... ¡Con qué ahínco defiende todas estas libertades el español!
—Desengáñese usted—me decía un amigo antes de la vacuna obligatoria—, España es el país más liberal del mundo. Aquí puede usted hacer lo que le da la gana...
—Yo no—le contesté—. Usted. Usted puede hacer aquí lo que le dé la gana, y con usted, pueden hacerlo el Sr. La Chica y otros cuantos señores; pero yo, no. No hay posibilidad de que todo el mundo haga nunca lo que le dé la gana, y si ustedes hacen su gana de ustedes, es sencillamente porque una buena cantidad de señores no podemos hacer la nuestra...
En el caso concreto de la vacuna, la mayoría del vecindario parece considerarla como una tiranía, y si se considera que la vacuna es la tiranía, no se está muy lejos de creer que la viruela sea la libertad. ¿Lo es, en efecto? Desde el punto de vista de los microbios, no cabe la menor duda; pero, desde nuestro punto de vista, la cosa es ya bastante más discutible. Por mi parte, considero la viruela como una verdadera imposición de que han venido haciéndonos víctimas nuestros gobiernos. La viruela tenía en España el mismo carácter obligatorio que ahora tiene la vacuna, y nadie protestaba contra ella. Las gentes se resignaban a padecerla como se resignaban a padecer el tifus y el caciquismo. Y, al igual de los caciques, los microbios, sin duda, pensaban también que España era el país más liberal del mundo.
¡Qué lástima que la libertad práctica no pueda ser absoluta como la libertad teórica! ¡Qué lástima que nuestros intereses no coincidan con los de los microbios! ¡Qué lástima... para los microbios!...
IV
CROYDON Y MADRID
Parece que en Croydon, cerca de Londres, la Liga antivacunista se ha opuesto violentamente a la vacunación obligatoria del vecindario. Un periódico español da cuenta del hecho poniéndole esta coletilla: «En todas partes cuecen habas.» Y esta otra: «¡Y aún hablan de l'Espagne et le Maroc!»...
¿Quiénes hablan de l'Espagne et le Maroc? Los ingleses, en todo caso, hablarían de Spain and Marocco, y la verdad es que si nosotros no tuviéramos con Europa más analogía que la de oponernos a la vacunación obligatoria, no tendríamos analogía ninguna y estaríamos completamente unidos al África. Porque Europa puede combatir la vacunación obligatoria y nosotros no. Es el caso de dos personas que se opusieran al alumbrado de petróleo, una en nombre de la luz eléctrica y otra en nombre del candil. Los vecinos de Croydon, con una urbanización excelente, creen que deben prescindir de la vacuna. «En vez de vacunarnos—dicen—dennos ustedes más agua y más aire.» Aquí, en cambio, la alternativa es trágica: o vacuna o viruela. Nosotros estamos todavía en el período de la vacuna, como estamos en el del reformismo y el republicanismo. De vivir en Croydon yo sería, muy probablemente, miembro de la Liga antivacunista, y, no obstante, cuando el Sr. Romeo inició aquí su campaña en pro de la vacunación obligatoria, hice un artículo defendiéndola. La vacuna, que en Inglaterra me parecería reaccionaria y anticientífica, aquí me parece liberal y cientificísima. Y si los espíritus revolucionarios ingleses pudieran traspasarnos con la vacuna su partido conservador, no habría un hombre verdaderamente progresivo en España que se negara a acogerlo. El partido conservador inglés vendría entonces a representar la tendencia más avanzada de la política española.
Indudablemente, el hecho de que en Londres se combata la vacuna, no debe servir para animar a los antivacunistas españoles. En un Estado norteamericano se está haciendo ahora una campaña con cierto ferrocarril en proyecto... pero con objeto de que se establezca un servicio de comunicaciones aéreas. El ferrocarril comienza ya a ser un atraso en el mundo. Aquí no se puede decir aún que tengamos ferrocarriles.
V
MICROBIOS A SUELDO
El microbio de la gripe ha vuelto. A su llegada a Madrid, un microbio local fue a visitarlo con propósitos periodísticos.
—Parece que ha recorrido usted medio mundo—le dijo el microbio local.
—Sí... He estado en Francia, en Alemania, en Suiza, en Dinamarca, en Inglaterra, en los Estados Unidos...
—Grandes países, ¿eh?
—¡Quite usted allá! Para un pobre microbio que quiera vivir tranquilamente, el mejor país es España. Aquí funda usted una pequeña familia—cuatrocientos o quinientos mil hijos—, y la saca usted adelante sin el menor contratiempo. Lleva usted sus chicos a la escuela, al teatro y al cine, y es un gusto ver cómo se instruyen y se divierten. La alimentación es magnífica. ¡Qué carnes tan podridas! ¡Qué leche tan adulterada!...
—La leche es muy buena, en efecto—respondió el microbio local—; pero ¿y el ácido fénico?
—¿El ácido fénico?—exclamó el microbio de la gripe—. ¿Pero usted cree en el ácido fénico?
—¡Hombre! Los médicos aseguran...
—¿Pero es que cree usted en los médicos?... Que un hombre crea en los médicos, pase. Lo inconcebible es que un microbio, que está en el secreto de estas cosas, les haga caso ninguno. Por mi parte, le aseguro a usted que el ácido fénico me hace engordar y que su aroma me parece exquisito. Desengáñese usted, querido colega. El ácido fénico sólo es desagradable para los hombres...
—¿Y piensa usted quedarse mucho tiempo por aquí?
—Verá usted. Yo he venido a reponerme. He sufrido mucho en mis correrías por el mundo. Fuera de España todo se vuelve hablar de libertad; pero si existe algún país donde un pobre microbio puede hacer lo que quiera, ese país es éste. Aquí se siente uno amparado por las leyes y por las costumbres. Los naturales nos aman, y cuando alguna autoridad inicia una campaña contra nosotros no faltan amigos que nos defiendan enérgicamente diciendo que tienen un perfecto derecho a cultivarnos. Esto es libertad, libertad para los microbios, y lo demás es cuento. ¿Sabe usted cuánto peso he perdido durante mi estancia en Inglaterra? Pues muy cerca de una diezmillonésima de miligramo. ¡Para que digan que Inglaterra es un país más libre que España!... Además, en España uno puede cultivar el trato de toda clase de microbios, y esto siempre es instructivo. El microbio del tifus, por ejemplo, y el de la viruela, expulsados de todo el mundo, se han refugiado aquí, donde viven a las mil maravillas. Yo los he visto el otro día en el pecho de un enfermo que es cliente mío y a quien se los había llevado su médico.
—¿De modo que se establece usted entre nosotros para siempre?
—¡Ah, no!... Llegará un día en que España será un país de microbios solos, y entonces la lucha por la vida adquirirá aquí caracteres horribles.
—Antes de esa fecha—exclamó el microbio local—yo me agarraré al presupuesto. Buscaré un empleíllo en algún laboratorio, como microbio de cultivo, y ¡a vivir!
VI
JUVENTUD, DIVINO TESORO...
Han leído ustedes las experiencias del doctor Voronof? El doctor Voronof pretende haber descubierto, sencillamente, el secreto de la eterna juventud. «Nuestra vida—dice el doctor Voronof—no depende tanto del funcionamiento de los grandes órganos como de la secreción de ciertas glándulas, minúsculas algunas veces...» Al leer esto, le entran a uno vivísimas sospechas de que el doctor Voronof llama glándulas minúsculas a los talones del Banco de España, al papel moneda y a los distintos valores en curso, sospechas que se acentúan a medida que uno sigue leyendo: «Un hombre—añade el sabio cirujano—puede vivir sin riñón o sin estómago; pero si le suprimimos, por ejemplo, las cápsulas subrenales, muere...» Indudablemente—piensa uno—el doctor Voronof, llevado de su tecnicismo profesional, denomina cápsulas subrenales a las piezas de cinco pesetas. El nombre parece extraño; pero quizás no carezca de abolengo. Un filósofo podría, tal vez, descubrir cierta analogía entre ese término y la expresión popular de «costarle a uno un riñon», expresión demostrativa de que el pueblo considera también los duros como una especie de cápsulas subrenales...
Pero todo esto son fantasías. El doctor Voronof sabe muy bien lo que se dice y nos asegura que los médicos pueden rejuvenecer a la humanidad sin más que injertar en los organismos decrépitos las glándulas intersticiales de organismos vigorosos. Por este procedimiento ya le ha devuelto el doctor Voronof la juventud a numerosos carneros. ¿No se la podría devolver también a algunos de nuestros políticos?
Es posible que todos los problemas españoles se reduzcan a un solo problema quirúrgico, y que lo único que necesitemos en este país sean glándulas intersticiales. Nuestros carneros son más o menos viejos; pero nuestros políticos son todos anteriores a la revolución francesa, y si los cirujanos no logran matarlos, que por lo menos procuren rejuvenecerlos. No creo que los políticos se diferencien tanto de los carneros que no se pueda hacer con los unos lo que se ha hecho con los otros. Ensaye en ellos sus glándulas intersticiales el doctor Voronof y ensaye también esas glándulas tiroideas con las cuales parece que, ya en el año de 1913, convirtió a un idiota en un ser sensato y razonable.
Ahora, que el doctor Voronof debe tomar precauciones, porque aunque científicamente un político sea igual a un carnero, hay, sin embargo, entre ambos una diferencia esencial. El carnero no vive de su vejez, y el político sí. ¿Qué sería de un político español sin vientre, sin barbas blancas, sin asma y sin calvicie? Quitarle estas cosas a un político es quitarle el prestigio y la respetabilidad. Por otra parte, ¿es que los ex ministros seguirían cobrando sus cesantías cuando volviesen a la edad en que eran simples diputados? Porque si seguían cobrándolas, el fracaso del doctor Voronof no podía ser más evidente.
Decididamente, no creo que sea nada fácil rejuvenecer a un político español. El doctor Voronof podrá rejuvenecer a un carnero de catorce años, a un loro de ciento cincuenta y a una carpa de doscientos; pero no así a uno de nuestros políticos. Y es que para devolverle la juventud a un animal cualquiera, se necesita una cosa que no depende ni del doctor Voronof ni tampoco del animal. Se necesita, sencillamente, que el animal en cuestión haya sido joven alguna vez.