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La raza: Descubridores

Chapter 4: I
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About This Book

Presenta relatos biográficos y narraciones de viajes de varios descubridores, reconstruyendo sus gestiones ante la corona, las capitulaciones y las reclamaciones de mercedes y cargos. Describe la confluencia de fe, ciencia y experiencia en la preparación de expediciones, la intervención de religiosos y pilotos en la promoción de los proyectos, y las dificultades prácticas de reclutamiento, financiación y aprovisionamiento. Relata además las etapas de navegación y las penurias en alta mar, así como el hallazgo y la denominación de islas y territorios. El relato combina crónica documental y descripción de las circunstancias políticas y náuticas que rodearon esas empresas.

The Project Gutenberg eBook of La raza: Descubridores

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Title: La raza: Descubridores

Author: Modesto Perez

Release date: September 28, 2022 [eBook #69058]
Most recently updated: October 19, 2024

Language: Spanish

Original publication: Spain: Rafael Caro Raggio, 1920

Credits: Adrian Mastronardi, Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/American Libraries.)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA RAZA: DESCUBRIDORES ***

LA RAZA


ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
———
COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1920


Establecimiento tipográfico

de Rafael Caro Raggio.

JULIÁN SOREL

LA RAZA

DESCUBRIDORES




RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID

MARTÍN ALONSO PINZÓN

EL PRIMER VIAJE ALREDEDOR
DEL MUNDO
MAGALLANES Y ELCANO


MIGUEL LÓPEZ DE LEGAZPI

 

MARTÍN ALONSO PINZÓN

Deshauciado Colón en la Corte, pasó—en compañía de su hijo Diego, al dirigirse a Huelva, donde vivía un cuñado suyo—, por el Convento de la Rábida, y llamando a sus puertas en solicitud de socorro, encontró en fray Pérez no sólo quien les diera hospitalidad y sustentación, sino quien escuchara y patrocinara los proyectos del descorazonado marino.

A fray Juan le interesaron con viveza, porque, como religioso, no pensaba tanto en lo que habían de engrandecer los territorios de la corona de España como en los abundantísimos y excelentes frutos que habían de rendirle al catolicismo al extenderse su luz entre los moradores de los países que se descubrieran.

Y comunicó la noticia de la llegada de Colón al convento a personas principales de Palos, para que acudiesen a enterarse de los planes del extranjero, y con el ánimo y la esperanza de buscarle admiradores.

Aunque es en las postrimerías de su vida cuando se le ve a Colón subyugado por el misticismo, ya en el tiempo de sus primeras entrevistas con fray Juan aducía en apoyo de la viabilidad de sus ideas, juntamente con razonamientos científicos, y sobre ellos, razonamientos teológicos y textos y citas de libros sagrados; con lo que llegaban a la mayor intensidad los optimismos del ilustre fraile.

En el Convento de la Rábida se congregaron Martín Alonso Pinzón, piloto acreditadísimo, y Garci-Fernández, médico del pueblo y versado en Cosmografía.

En aquellas reuniones, Colón y Garci-Fernández representaban la ciencia; Martín Alonso, la práctica; y fray Juan Pérez, la fe, que siempre ha sido capaz de levantar montañas.

En una celda de un monasterio de franciscanos, la fe, la ciencia y la experiencia se pusieron de acuerdo para trabajar por que no se malograra la realización de un pensamiento que contenía uno de los hechos más fecundos de la historia humana.

Allí no tropezó Colón, como había tropezado en la Corte, con hombres hueros y envidiosos que le tuvieran por loco, le hicieran burla y le volaran la palabra.

El físico Garci-Fernández, en su declaración en el litigio entre el almirante mozo y el fiscal de Su Majestad, manifiesta que fray Juan Pérez, ex confesor de Doña Isabel, la escribió una carta, de la que fué portador Sebastián Rodríguez, piloto de Lepe, en la que la recomendaba las aspiraciones de don Cristóbal, y que se decidió que éste permaneciera en el monasterio hasta que se tuviera respuesta. Se recibió a los catorce días, y en ella encargaba Doña Isabel que el fraile se presentase en la Corte. Así lo hizo con prontitud fray Juan, cabalgando en un mulo.

Por consecuencia de esta visita, la reina «envió veinte mil maravedís en florines, los cuales trujo Diego Prieto», vecino de Palos, «e los dió con una carta» a Garci-Fernández, que se los entregaría a Colón «para que se vistiese honestamente y mercase una bestezuela e pareciese ante S. A., e quel dicho Cristóbal Colón recibió los dichos veinte mil maravedís e partió ante S. A...»

También Martín Alonso les escribió a los reyes en favor de Colón y de sus proyectos.

Lo que no está comprobado es que le diera dinero para ir a la Corte, aunque el piloto tenía bien lo que había menester en su casa. El fiscal interrogó sobre este asunto a varias personas, y a excepción de Martín Núñez, que lo había oído, de Antonio Hernández Colmenero, sobrino de los Pinzones, que lo sabía igualmente de referencias, y de Arias Pérez, hijo de Martín Alonso, que contestó saberlo «por que se halló a todo», los demás afirmaron que ignoraban el contenido de la pregunta.

* * *

Las condiciones exigidas por Colón a los Reyes Católicos respecto a las mercedes, honores y privilegios que habían de concederle en el caso de que encontrara lo que prometía, no fueron aceptadas, y el futuro almirante abandonó el real sitio de Santa Fe.

Luis de Santángel y el cardenal Mendoza le manifestaron a la reina cuán sensible les parecía que no se hubiera llegado con él a una inteligencia, porque si los descubrimientos no se realizaran, nada habría que darle, y, en el caso contrario, todas sus reclamaciones serían de muy poco valor en comparación con las ventajas y las honras que alcanzarían España, sus monarcas y el catolicismo.

Doña Isabel se dió por convencida, y de orden suya se partió en busca de don Cristóbal, para que regresara a Santa Fe, donde las capitulaciones serían, desde luego, suscritas en los términos que tenía demandados.

Y lo fueron el 17 de abril de 1492. Se le hace a Colón almirante de las islas que por su mano e industria se descubrieren y ganaren, pudiendo transmitir el cargo a sus herederos y sucesores, de uno en otro, perpetuamente, con las preeminencias y prerrogativas a él anejas; se le nombra virrey y gobernador de dichas islas y tierras, para cuyo buen regimiento será elegida una persona, de tres que proponga por cada oficio; le corresponderá la décima parte de las perlas y piedras preciosas, oro, plata, especias y cuanto se hallase, comprase, trocase o conquistase dentro de los límites de su almirantazgo; conocerá como juez en los pleitos que pudieran surgir sobre tales objetos; y en las empresas que se acometieran para su trato y negociación tendrá derecho a la octava parte de los beneficios, contribuyendo con la octava de los gastos de las armadas.

El título de almirante, virrey y gobernador a favor de Colón fué expedido en Granada, en 30 de abril del mismo año.

De idéntica fecha es una provisión para que los vecinos de Palos le suministren dos carabelas y la gente necesaria para las tripulaciones. Por faltas que habían cometido estaban obligados a facilitarlas, durante dos meses, cuando se les ordenara.

* * *

El 23 de mayo, Colón, acompañado por fray Juan, se presentó con esta cédula a los alcaldes y regidores de aquel pueblo. El 20 de junio, los reyes, viéndola incumplida, dictaron sobrecartas para que el contino Juan de Peñalosa obligase a la entrega de las carabelas, que habían de ser escogidas por don Cristóbal. A fin de asegurar la observancia de estos preceptos, le escribieron al conde de Cifuentes que pusiera a disposición de Juan de Cepeda, trinchante de la casa real, la fortaleza de Palos.

No encontraba el gran marino quien quisiera acompañarle en su viaje, y tuvo necesidad de suplicarles a los reyes que concedieran libertad a los presidiarios que se embarcasen con él. Y así fué acordado. «Diz que es necesario dar seguro a las personas que con él fuesen..., e por su parte nos fué suplicado que se lo mandásemos dar..., e Nos tuvímoslo por bien. E por la presente damos seguro a todas e cualesquier personas que fueren en las dichas carabelas con el dicho Cristóbal Colón..., para que no les sea fecho mal ni daño, ni desaguisado alguno en sus personas ni bienes, ni en cosa alguna de lo suyo por razón de ningún delito que hayan fecho ni cometido fasta el día de la fecha desta nuestra Carta e durante el tiempo que fueren o estuvieren allá con la venida a sus casas e dos meses después.» A pesar de esta cédula, los presidiarios se negaron a embarcarse.

Los reyes no le habían dado a Colón, con destino a los gastos de la Armada, mas que un cuento de maravedís que les prestó Luis de Santángel. Martín Alonso le proporcionó medio cuento, o se lo facilitaron entre él y sus hermanos Vicente y Francisco.

Los Pinzones sustituyeron por otras aceptables las naves embargadas. Y como se aprestaran a acompañar a don Cristóbal en su viaje, y lo hicieron público en Palos y en los pueblos limítrofes, se concluyeron las imposibilidades para el reclutamiento de tripulaciones, y apenas hubo quien se negara a formar parte de ellas; antes por el contrario, lo deseaban todos o casi todos.

Oigamos, acerca de estos hechos, a personas que los presenciaron y a historiadores contemporáneos de ellos.

En los pleitos habidos entre don Diego Colón y la Corona, varios testigos declaran que «Martín Alonso traía tanta diligencia en allegar la gente e animalla como si para él e para sus hijos hobiera de ser lo que se descubriese. A unos decía que saldrían de miseria; a otros, que hallarían casas con tejas de oro; a quién, brindaba con buena ventura; teniendo para cada cual halago y dinero, e con esto e con llevar confianza en él, se fué mucha gente de las villas».

Fray Bartolomé de las Casas, en su Historia apologética de las Indias, refiere que Colón, una vez firmadas las capitulaciones con los reyes, marchó de Santa Fe a Palos, por haber allí «buenos y cursados hombres de la mar» y que en aquel puerto se entendió con los hermanos Pinzones, y especialmente con Martín Alonso, «que era el principal y más rico y honrado, a los cuales casi todos los de la villa se acostaban e acogían, por ser más ricos y más emparentados». Añade las Casas que, según sus noticias, Martín Alonso le había prestado a Colón medio cuento de maravedís.

Noventa hombres deseaba don Cristóbal para lanzarse a la mar, y Martín le hizo con más de ciento veinte, la mayoría de Palos, algunos de Moguer, Huelva, Niebla y Ayamonte, y unos pocos, los menos, de otras regiones.

Entre los individuos que acompañaron a Colón en su primer viaje figuraron, además de los tres Pinzones, Juan de la Cosa, los hermanos Niño, Cristóbal Guerra, Alonso de Ojeda y Diego de Lepe.

En cuanto a las naves, Martín Alonso deshizo las que, de orden de los reyes, habían sido embargadas, y aprovechó sus mejores materiales para las que habían de sustituírlas. Una de éstas, la Niña, había sido construída por Francisco Martín, el menor de los Pinzones, y era de su propiedad. A otra, llamada la Gallega, le cambió el nombre por el de Santa María, y la destinó para capitana. La Pinta, unos afirman que era de las embargadas, y otros, que pertenecía a Martín Alonso. Hay quienes tienen por dueño de una de estas tres embarcaciones a Juan de la Cosa.

Una prueba del fundamental apoyo concedido a don Cristóbal por Martín y por sus hermanos es el silencio en que don Fernando Colón, al escribir la historia de su padre, incurre acerca de este asunto interesantísimo. Era imposible que ignorara lo que todo el mundo sabía; antes bien, tan enterado debía estar de lo sucedido, que, por lo mismo, resolvería callar, temiendo que, si hablaba, se rebajaría la gloria de su progenitor; con lo cual demostró que, en vez de hacer historia, escribía panegíricos y que, a pesar de su clara inteligencia y de su erudición, no comprendió que, confesando hasta con prolijidad todo lo relativo al auxilio de los Pinzones, quedarían por encima de las de éstos la figura y la reputación de don Cristóbal. Al decir de don Fernando, «el Almirante, concluída su capitulación, salió de Granada, fué a Palos, donde le entregaron dos carabelas y otro navío, que armó con la mayor solicitud y diligencia, y provistas las tres naves de todo lo necesario, se hizo a la vela el 3 de agosto».

* * *

Martín Alonso gozaba de una fama muy merecida de marino inteligente y experto. En su tiempo, nadie le aventajaba ni le igualaba en su tierra ni en toda la costa andaluza como hombre de mar. Había navegado hasta el golfo de Guinea y, por el mare nostrum, hasta el reino de Nápoles. Sentía inclinación por los estudios cosmográficos, deseando añadir a sus experiencias conocimientos teóricos.

Fernández Duro, en su libro Pinzón, y Castelar, en su Historia del descubrimiento de América, dan por averiguado que, hallándose en Roma, acrecentó su cultura examinando escritos, copiando mapas y tomando apuntes en la biblioteca vaticana, para lo que le aprovechó la amistad que le unía al archivero de Inocencio VIII.

En los autos del pleito entre don Diego Colón y el fiscal de Su Majestad, varios testigos hacen manifestaciones sobre la estancia de Martín en la capital del orbe católico y sobre sus estudios en la biblioteca del papa.

Arias Pérez, hijo de Martín Alonso, declara que él estuvo en aquella ciudad con mercaderías de su padre, que éste se encontraba a la sazón allí, que tenía conocimiento con un familiar del pontífice, «grande cosmógrafo» y poseedor de «muchas y largas escrituras», que le enseñó a Martín y a su hijo un mapamundi, y que en él fueron informados de la existencia de las tierras cuyo descubrimiento trataba de adjudicarse a Colón.

Estas y otras declaraciones análogas fueron producto de la parcialidad y debieron ser promovidas por el fiscal, que estaba interesado para ver de contrarrestar las pretensiones de don Diego en rebajar los méritos de su padre.

Es natural que les halagaran a los herederos, parientes, deudos y amigos de Martín Alonso, y que las contestasen afirmativamente preguntas como ésta: «Si saben que cuando el Almirante fué a descubrir aquellas partes, Martín Alonso Pinzón, vecino de Palos, estaba para ir a las descubrir a su costa, con dos navíos suyos, e tenía noticia cierta y escrituras de la tierra, las cuales había habido en Roma, en la librería del Papa Inocencio VIII, en aquel año que había venido de Roma, e había puesto en plática de las ir a descubrir e lo aliñaba».

Es de creer que Martín Alonso aumentara y ensanchara en la biblioteca ponticia sus ideas y sus horizontes como cosmógrafo. A Inocencio VIII le gustaban esos estudios, y no es extraño que tuviera en su librería abundancia de cartas y papeles marítimos.

Lo inadmisible es que allí viese, en un mapamundi, las tierras americanas antes de ofrecerles Colón a los Reyes Católicos su hallazgo; que hubiera estado a punto de proponerles su descubrimiento con anterioridad al gran Almirante y que éste debiera a sus conferencias con el mayor de los Pinzones: la seguridad que tenía de encontrar, navegando al oeste, países desconocidos hasta entonces.

De ser cierto que Martín Alonso creyera que existían y que no era imposible llegar a ellos, lo que invirtió en favorecer a Colón debió emplearlo en favorecerse a sí mismo. Siendo español, afamado piloto, rico e influyente, no le hubieran surgido tantas dificultades como a Colón, extranjero y pobre.

Lo del fantástico mapa de la biblioteca del pontífice demuestra, si bien se considera, que, sin la ayuda del mayor de los Pinzones, nada hubiera podido descubrirse. Don Martín Fernández de Navarrete opina que fué un ardid de fray Juan Pérez y de Cristóbal Colón, y que lo pusieron en conocimiento de Martín Alonso para que lo utilizase en convencer con más facilidad a los reacios a ir en la armada. Don Cristóbal se había reconocido incapaz de atraérselos, y estando el asunto en manos de Martín, entre aquél y fray Juan buscaban argumentos que ofrecerle al piloto como refuerzo de los que a él se le ocurrieran. Ya que era público que había estado en Roma, debía decirles que allí se había convencido, en la librería del Vicario de Jesucristo, de la existencia de las tierras, a cuya busca se les invitaba. Si añadía al influjo de su posición y renombre consideraciones de cierto barniz religioso, como la propuesta, difícilmente habría quien se negara a sus instancias.

Colón era hombre erudito, por lo menos en las materias que pudieran aclarar sus proyectos y afirmarle en el propósito de realizarlos. Además de las Sagradas Escrituras y de los Santos Padres, había leído trabajos de Aristóteles, Estrabón, Julio César, Séneca, Plinio, Tolomeo, Solino, San Isidoro, Alfonso X el Sabio, Averroes, Escoto, el cardenal Pedro de Heliaco, Juan Charlier de Gerson, el Pontífice Pío II, Regiomontano, Pablo Toscanelli, Nicolás de Conti, y otros, como Marco Polo, cuyo libro de viajes era tan estimado por don Cristóbal, que lo llevaba a bordo.

* * *

Para aumentar la gloria de Colón, que no necesita de aumentos, pues tiene bastante con su propio tamaño, se ha querido pintar a los marineros de Palos como a hombres que se amedrentaban y encogían ante ciertos fenómenos.

A don Fernando Colón le corresponde una parte no escasa en la forja de esa leyenda. Asegura que las tripulaciones de su padre se espantaron viendo, al pasar de noche por las inmediaciones de Tenerife, las llamas del volcán de la isla.

Desde principios del siglo XII, los castellanos, los gallegos, los vizcaínos y los aragoneses venían saliendo de los puertos andaluces para ir a las islas Afortunadas y avanzar en el descubrimiento de la costa africana.

En cuanto a los marineros de Palos, fueron de los que llevaron a cabo expediciones más dilatadas y peligrosas en aquellas centurias.

Si, pues, estaban hechos desde antiguo a pasar por las Canarias, ya habrían visto las llamas del volcán y, al volver a verlas, les admirarían sin espantarles.

Nada dice Colón de tal pavor en su Diario: «Jueves 9 de agosto. Hasta el domingo en la noche no pudo el almirante tomar la Gomera, y Martín Alonso quedóse en aquella costa de Gran Canaria..., y al cabo vinieron a la Gomera. Vieron salir gran fuego de la sierra de la isla de Tenerife, que es muy alta».

* * *

Todavía está muy generalizada la creencia de que en la nave de Colón estalló un tremendo motín contra el Almirante para obligarle a que se volviera a España, y que ese motín fué promovido y atizado por los hermanos Pinzones.

Es una de las mil fantasías puestas en circulación por los obstinados en presentar al eximio descubridor como un mártir, a cuya cabeza le brotaban por doquiera las espinas de las persecuciones.

Tan irreflexivos panegiristas, más impulsados quizá por la pasión política que por el sentimiento religioso, han pretendido la canonización de don Cristóbal, y en su deseo de conseguirla han falseado la historia atribuyéndole perfecciones imaginarias—aunque tuviera otras reales—y rodeándole de circunstancias y vicisitudes de que no precisaba para su grandeza.

De creer a los propagadores de estas fábulas, el motín a bordo fué verdaderamente monumental, extrordinariamente espeluznante, y sirvió, no para hacer desistir a Colón de sus propósitos, sino para revelar las formidables condiciones de energía de que estaba dotado.

De haber ocurrido tan graves acontecimientos, el almirante lo hubiera consignado en su Diario. Sin embargo, he aquí sus palabras: «Sábado 22 de septiembre. Mucho me fué necesario este viento contrario porque mi gente andaban muy estimulados, que pensaban que no ventaban estos mares vientos para volver a España». «Aquí—dice el padre las Casas—comienza a murmurar la gente del largo viaje». «Domingo 23 de septiembre. Como la mar estuviese mansa y llana, murmuraba la gente diciendo: que pues por allí no había mar grande, que nunca ventaría para volver a España». «Miércoles 10 de octubre. Aquí la gente ya no lo podía sufrir; quejábase del largo viaje; pero el Almirante los esforzó lo mejor que pudo dándoles buena esperanza de los provechos que podrían haber. Y añadía que por demás era quejarse, pues que él había venido a las Indias y que así lo había de proseguir hasta hallarlas con la ayuda de nuestro Señor».

Wáshington Irving, Alfonso de Lamartine y Roselly de Lorgues extremaron la nota hasta donde no se atrevió a llegar don Fernando Colón, quien asegura que «no faltaron algunos que decían que para quitar contiendas lo echasen (al almirante) en el mar, si no desistía de su intento, publicando después que él se había caído estando mirando las estrellas y las señales»; pero no se refiere a motines, sino a murmuraciones conocidas, sofocadas y extinguidas por don Cristóbal.

No hubo motín, hubo habladurías, y Martín Alonso fué ajeno a ellas. Cuantas veces llegaron a su noticia, lejos de fomentarlas, le aconsejó a Colón, con energía, que las castigara, y le animó a seguir ADELANTE.

* * *

El jueves 11 de octubre de 1492, «a las dos horas y media después de media noche», se vió tierra desde la carabela de Martín Alonso. En esto fué más afortunado que Colón el piloto de Palos. De la Pinta, no de la Santa María, salió la alborozadora exclamación, que, por fin, convertía en realidad tantísimos sueños y tantísimas esperanzas. «Y porque la carabela Pinta iba delante del almirante—dice don Cristóbal en su Diario—, halló tierra e hizo las señas que el almirante había mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana».

Le cuesta trabajo a Colón reconocer que no fué él quien se adelantó a los demás en ver la isla de Guanahaní. Aun incurriendo en contradicciones, no quiere desprenderse por completo de tal honra. El almirante, «a las diez de la noche (del jueves 11 de octubre), estando en el castillo de popa, vido lumbre, aunque fué cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra... Pero... tuvo por cierto estar junto a tierra».

Es muy extraño que tuviera por cierto estar junto a tierra y no lo quisiera afirmar, lo que demuestra que lo tuvo por muy dudoso. De no haber sido así, se hubiera apresurado a mandar hacer las correspondientes señales. Cuando lo tuvo por cierto fué cuando salió de la Pinta el anhelado grito.

Y quien lo lanzó no fué Rodrigo de Triana, sino Juan Rodríguez Bermejo, a no ser que Colón entendiese Rodrigo por un Rodríguez a quien hubiera conocido en Triana, en cuyo caso, a pesar de la dualidad de denominaciones, se trataría del mismo sujeto.

En 1.º de octubre de 1515, Francisco García Vallejo, vecino de Moguer, que había sido marinero de la carabela Pinta e iba en ella al descubrirse el Nuevo Mundo, contesta a la pregunta décimoquinta del interrogatorio del fiscal de la Corte en el pleito entre ésta y el primogénito de don Cristóbal: «... aquel jueves en la noche aclaró la luna, e un marinero del dicho navío de Martín Alonso Pinzón, que se decía Juan Rodríguez Bermejo, vecino de Molinos, de tierra de Sevilla, como la luna aclaró, vido una cabeza blanca, de arena, e alzó los ojos e vido la tierra, e luego arremetió con una lombarda e dió un trueno tierra, tierra, e retuvieron a los navíos fasta que vino el día, viernes 12 de octubre».

Escribe Colón que «al que le dijese primero que veía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los reyes habían prometido, que eran diez mil maravedís de juro».

Según Gonzalo Fernández de Oviedo, al volver a España el marinero de la Pinta que descubrió la isla de Guanahaní, no se le concedieron las albricias que por ello le eran debidas, y despechado se marchó a Africa y renegó de la fe católica.

En cambio Don Fernando y Doña Isabel, por albalá fechado en Barcelona a 23 de mayo de 1493, le hacen la merced al almirante don Cristóbal Colón de diez mil maravedís anuales durante su vida, «porque el dicho almirante... ha descubierto primero que otro alguno la tierra de las dichas Islas, y somos ciertos y certificados que él fué el primero que vió e descubrió las dichas islas».

Del jubón de seda nada dice este documento. Debió quedarse con él don Cristóbal, que le llevaba en la Santa María. Los reyes estaban ciertos y certificados de que el primero que vió tierra fué el Almirante. Sería Colón quien les diera e infundiera tan peregrinas certificaciones y certidumbres.

Ya que no se recompensara a Juan Rodríguez Bermejo, debieron concedérseles los diez mil maravedís anuales y vitalicios a los herederos de Martín Alonso.

Don Cristóbal no era tan justo como han sostenido sus defensores y aclamadores a todo trance. Y la iniquidad no deja de informar algunas veces los actos de los soberanos más ensalzados por sus virtudes.

Martín Alonso, con su pericia y con su buen sentido, cualidades que, en ciertos casos, pueden valer y valen más que las teorías y las elucubraciones empingorotadas, fué la causa de que el descubrimiento de América se anticipase.

Sin los consejos del célebre piloto en cuanto a la ruta que debía seguirse, el hallazgo del Nuevo Mundo se hubiera retrasado, no se hubiera dado con él por las islas Lucayas, sino por otra parte más remota, luego de esfuerzos y contratiempos sobre los ya sufridos, o lo que es más seguro, hubiera fracasado la empresa.

Relativamente a este extremo fueron interrogados algunos testigos en el pleito entre don Diego Colón y la Corona, «si sabían que el dicho almirante le preguntó que si le parecía que fuesen aquel camino, e que el dicho Martín Alonso le dijo que no, que muchas veces se lo había dicho que no iban bien, que tornasen la cuarta de sudueste e que darían en tierra más aína; e quel dicho almirante le respondió: pues hagámoslo así; e luego mudó la vía por industria y parecer del dicho Martín Alonso Pinzón, el cual era en aquel tiempo hombre muy sabido en las cosas de la mar».

Las contestaciones de los testigos fueron afirmativas. Todos, menos uno, hablan por referencias: pero la declaración de Francisco García Vallejo, que había estado en la armada y presenciado lo sucedido, es incontrovertible: «Sabe e vido que dijo Martín Alonso Pinzón el dicho viaje: señor; mi parecer es y el corazón me da que si descargamos sobre el sudueste, que hallaremos más aína tierra, y que entonces le respondió el dicho Almirante don Cristóbal Colón: pues sea así, Martín Alonso, hagámoslo así, e que luego, por lo que dijo Martín Alonso, porque era hombre muy sabido en las cosas de la mar, se tomó el dicho acuerdo, e que lo sabe porque se halló presente».

Ninguna prueba superior para el esclarecimiento de este asunto, a las confesiones de Colón en su Diario: El sábado 6 de octubre, le indicó Martín a don Cristóbal «que sería bien navegar a la cuarta del oueste, a la parte del sudueste, y al Almirante pareció que no decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango, y el Almirante veía que, si la erraban, que no pudieran tan pronto tomar tierra, y que era mejor una vez ir a la tierra firme y después a las islas».

Desatendió Colón las indicaciones del capitán de la Pinta, y siguió navegando al oeste; mas el domingo 7 de octubre «acordó dejar el camino del oueste y poner la proa hacia ouesudueste, con determinación de andar dos días por aquella vía».

No dos días anduvo por ella, sino hasta descubrir tierra hasta arriba, en la madrugada del 12 de dicho mes, en la isla de Guanahaní, o sea al poco tiempo de haber puesto en práctica las recomendaciones de Martín Alonso, sobre la variación de itinerario.

* * *

En el regreso a España, Martín Alonso hizo gala de una pericia naútica y una prudencia superiores a las de Colón.

La Santa María había naufragado en los bajos de Maití, por negligencia, por confianza o por sueño del Almirante y de la gente de la nave, estando muy tranquila la mar, y emprendieron el viaje de vuelta la Niña, mandada por don Cristóbal, y la Pinta, a las órdenes de Martín Alonso.

Esta última se hallaba en deplorable estado. Así lo reconoce don Cristóbal: «Esperaban muchas veces a la carabela Pinta, porque andaba mal de la bolina, porque se ayudaba poco de la mezana, por el mástil no ser bueno».

En el Diario no se consignan las imperfecciones de la carabela de Martín Alonso para elogiarle, sino para combatirle. «Si el capitán della... tuviera tanto cuidado de proveerse de un buen mástil en las Indias, donde tantos y tales había, como fué cudicioso de se apartar dél pensando de hinchir el navío de oro, él se lo pusiera bueno».

De aquí resultaría que a Pinzón no se le ocurrió sustituír el mástil que tenía roto su barco, y que el almirante sí se le ocurrió y pudo haberlo sustituído por otro de buenísima calidad; pero no quiso hacerlo por vengarse de la cudicia de oro de Martín Alonso. De modo que si muchas veces había que esperar a éste, era, en gran parte, a causa de las venganzas de don Cristóbal.

Del 11 al 12 de febrero de 1493, sorprende a los navíos una horrísona tempestad. Además, hacían agua por todas partes—carcomida su tablazón por los microbios del Trópico—y tampoco llevaban lastre. El 14 por la noche arreciaron los vientos, que arrancaron y alejaron a la Pinta de la Niña, habiendo aquélla desaparecido por completo de la vista de la capitana en la madrugada del 15.

Desde entonces, cada carabela hace la navegación para el retorno con independencia de la otra.

El 18 arriba la Niña a la isla Santa María, del grupo de las Azores. Había allí, a orillas del mar, una pequeña casa a manera de ermita, y dispuso Colón, en cumplimiento de votos hechos con motivo del temporal, que bajase a ella, en camisa, la mitad de su gente. Cuando estaban en sus rezos, los isleños, unos a caballo y otros a pie, y mandados por el capitán Juan de Castañeda, cayeron sobre los romeros y los apresaron.

Castelar escribe que le fueron devueltos al almirante; mas esto debió soñarlo el preclarísimo tribuno, en cuyos trabajos históricos se mezclan las investigaciones serias, las intuiciones maravillosas, las grandilocuencias de estilo y las invenciones injustificadas.

Lo que consta en el Diario es que Colón estuvo a punto de caer también en poder de los portugueses.

El 4 de marzo llegó la Niña a la roca de Cintra. El rey de Portugal se hallaba en Belem, y Colón le escribió pidiéndole permiso para ir a Lisboa. El monarca le mandó a llamar a su residencia, por medio de don Martín de Moroña, y le agasajó mucho, sentándole a su mesa y haciendo que le guardasen las mayores consideraciones los principales nobles; pero a Don Juan II le molestaron, aunque aparentase que le cautivaban, los descubrimientos y las relaciones de Colón, y ni siquiera lo supo aparentar cabalmente, porque le dijo que aquellas conquistas, en virtud de capitulaciones con Castilla y de pontificios decretos, le pertenecían a él.

Don Cristóbal le refirió con tal afectación sus hallazgos, que don Juan llegó a pensar si aquella manera de referir no sería más bien una especie de venganza por no haber aceptado sus proyectos cuando le brindara con ellos. Y habiendo oído a los del Consejo real, unos dictaminaron que el almirante debía ser condenado a muerte por haber engañado a los soberanos españoles, induciéndoles a invadir ajenos dominios, y otros, que lo más cortés y lo más hábil era ser hospitalario con los súbditos extranjeros y apoderarse de los descubrimientos de Colón calladamente y por la fuerza.

Martín Alonso, a pesar del mal estado de su nave, hizo el regreso sin tocar en territorios portugueses y encaminándose y arribando a España.

* * *

Wáshington Irving y Roselly de Lorgues pusieron en circulación que Martín Alonso, desde el puerto de Bayona, en Galicia, les escribió a los reyes dándoles cuenta del descubrimiento de América y apropiándose la gloria de haberlo realizado.

Nadie ha podido dar con la carta en archivos públicos ni particulares. Es muy probable que la escribiese, y aun pudiera añadirse, aumentando los grados de la probabilidad, que era deber de Pinzón no dejar de escribirla. En cuanto a que intentara atribuírse todos los honores del hallazgo del Nuevo Mundo, hay testimonios que demuestran que no tuvo inconveniente en pregonar los merecimientos de don Cristóbal. Juan de Aragón, vecino de Moguer, que halló en el mar a la Pinta, cerca de Palos, declaró en el pleito entre don Diego Colón y el fiscal regio: «Un Martín Alonso Pinzón dijo a este testigo y a los demás que don Cristóbal Colón y Juan Niño y sus hermanos y parientes habían descubierto Indias». Pedro Enríquez, vecino de Palos, visitó la Pinta en Bayona, «e este testigo vido los indios que traían de la isla de Guanahaní, e le dijeron que el almirante había descubierto las Indias..., e este testigo hobo al presente cuatro pesos de oro, que le dió el contramaestre».

Si hubiera dicho en la carta que Colón había perecido, nada de particular tendría que así lo creyera, careciendo de noticias suyas desde hacía mucho tiempo.

En lo que más empeño ponen ciertos escritores, para agigantar hasta lo inconmensurable la figura de don Cristóbal, es en hacer constar que Pinzón les pedía a don Fernando y a doña Isabel que le recibieran, y que se negaron a ello. La parcialidad de don Fernando Colón asegura que le contestaron que no compareciese a su presencia sino en compañía del almirante, y que esta respuesta le produjo tanto pesar que «cayó enfermo y se dirigió a Palos».

Pinzón no hubiera tenido necesidad de especial permiso para presentarse ante la Corte, porque no desempeñaba ningún cargo de real nombramiento. Y si en la epístola del ilustre piloto se hubieran ocultado los servicios y méritos de don Cristóbal como descubridor, los historiadores y cronistas de la época, en los que nada se encuentra sobre tales negativas, las hubieran tratado y comentado con viveza, porque no hubieran podido menos de causar hondísima sensación.

Ni se negó la Corte a recibirle, ni enfermó, ni murió de amargura por la repulsa. Pedro Arias, Alonso Vélez y otros testigos afirman que estando Martín Alonso para ir a hacer relación a Sus Altezas, murió del mal que traía. Y Diego Rodríguez Colmenero vió «que la reina doña Isabel mandó un mensajero que fuese Martín Alonso ante ella para informarla, y cuando el mensajero vino era fallecido». «Murió del mal que traía», del que le habían producido los rudísimos trabajos del viaje al Nuevo Mundo, y especialmente los del regreso a España.

Se le dió sepultura en el Convento de la Rábida.

Por su valor, porque sin su colaboración no se hubiera hecho entonces el descubrimiento de América, y por sus excepcionales dotes de marino, puestas de relieve en diversidad de ocasiones, y sobre todo en la inmortal empresa, bien merecía que las musas le hubieran ensalzado y llorado, que los ingenios de aquellos días heroicos hubieran prorrumpido en profundas lamentaciones y ceñídole a su memoria las coronas de laureles eternos que la posteridad le ha hecho ya la justicia de consagrarle.

* * *

Martín Alonso dejó cuatro hijos y una hija. Dos de aquéllos, Arias Pérez, que era el mayor, y Diego Fernández, fueron muy arriesgados y hábiles marineros y acompañaron a su tío Vicente Yáñez Pinzón en el famoso viaje en que descubrió el Brasil.

La hija estaba demente. En 1503, Arias Pérez se dirigió al rey dándole cuenta de que la muchacha padecía de gota coral y de que la tenía en su casa desde hacía cinco años, y solicitando que, pues no podía sufrir más las impertinencias y los disgustos debidos a su enfermedad, se obligara a cada uno de los otros hermanos a que la soportaran tanto tiempo como él lo había hecho, y que, si se negaban a ello, se entendiese que renunciaban a la parte que al fallecimiento de la pobre loca pudiera corresponderle de los bienes que había heredado de su padre. «E Nos—contestaba Fernando V a estas reclamaciones—tuvímoslo por bien».

El primogénito de Martín Alonso estaba cansado de su hermana; los demás no querían aguantarla, y por eso las demandas de Arias a la majestad real.

Si los de su sangre la rechazaban, los extraños no la iban a recoger. Los obligados a protegerla no tenían que castigar sus patrimonios para los gastos de su sustentación y cuidado. Ella contaba con hacienda propia. Y ni aun así la aceptaban. Tenía, la infeliz, destemplada la armonía del entendimiento. Y tenían sus hermanos destemplada la armonía del corazón.

Son verdaderamente tristes la infelicidad de la hija y el egoísmo de los hijos de Martín Alonso.

* * *

Don Cristóbal, sin la ayuda que en dinero, hombres y buques le proporcionaron Martín Alonso y sus hermanos, no hubiera podido emprender su viaje, ni descubrir el Nuevo Mundo.

La contribución de los Pinzones a la empresa, ¿sería completamente desinteresada?

Las pretensiones de Colón para en el caso de encontrar los territorios con que soñaba motivaron el que no pudiera entenderse con el rey de Portugal y estuvieron a punto de darle idéntico negativo resultado con los Reyes Católicos.

Casábase en su espíritu la idealidad con los cálculos y los apetitos.

Y los Pinzones, ¿serían tan altruístas que tomasen parte en la expedición sin ninguna mira material, románticamente, nada más que por hacerse famosos?

Martín Alonso, a juzgar por el testimonio de sus contemporáneos, «era hombre de gran corazón, que trabajaba de hacer lo que otro no pudiese, porque de ello hobiese memoria»; pero, por grandes que fueran sus ansias de renombre, nadie se mueve sino por su interés y utilidad, como apunta el padre las Casas, refiriéndose a esta cuestión, en su Historia apologética de las Indias.

No existen documentos en los que se consignen tratos entre Colón y Martín Alonso; lo que no obsta para que sea muy humano y muy verosímil que los hubiera y que los otorgasen verbalmente. Tampoco es imposible, ni improbable, que los consignaran por escrito y que éste se perdiera.

Las Casas indica que era general la creencia de que Colón le había ofrecido al piloto la mitad de las honras y de los provechos que consiguiese, y aunque opina el insigne historiador que hubo promesas, no se explica que siendo Martín hombre avisado no le hubiera pedido al almirante aseguranza formal de ellas, y le extraña que, habiendo conocido y tratado al capitán de la Niña, nunca le hubiera oído nada de esos convenios, y que los herederos de su hermano mayor no hubieran reclamado judicialmente su cumplimiento.

Es chocante el silencio de Vicente Yáñez. Respecto al pleito, fué interpuesto después. En cuanto a la escritura, hubiera sido ineficaz en lo relativo a los honores, sin el consentimiento y la aprobación de los reyes. Ahora bien; pudieron otorgarla, por lo tocante a las utilidades, y ajustar lo demás de palabra, para legalizarlo, con la regia venia, en ocasión oportuna.

De los testigos del pleito, Francisco Medel oyó que Colón le había prometido a Martín Alonso cuanto pidiese y quisiere, si le acompañaba; Alonso Gallego oyó también que partiría con él como hermano todo lo que ganase, y Diego Fernández Colmenero afirma que le prometía la mitad de todo el interés de la honra y del provecho.

* * *

Colón no les ofreció a los Reyes Católicos descubrir un nuevo mundo, sino encontrar un camino más corto que el seguido hasta entonces para ir a las Indias y llegar al oriente de éstas navegando al occidente.

Apoyándose en las que él llamaba «razones de cosmografía», pensaba que era corta la distancia entre las costas occidentales de Europa y Asia y las de Catay y Cipango. Se proponía buscar el levante por el poniente y pasar al nacimiento de las especias. «Vuestras Altezas ordenaron—dice en el prólogo del Diario de su primer viaje—que no fuese por tierra al Oriente, por donde se acostumbraba de andar, salvo por el camino de occidente, por donde hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie».

Estas ideas cosmográficas eran las de Pablo Toscanelli, que, escribiéndole a Fernando Martínez, canónigo de Lisboa, y enviándole a la vez una carta geográfica para el rey de Portugal, le invita a reparar en que en ella «está pintado en derechura por poniente el principio de las Indias».

Cuando don Cristóbal se dispuso, el 23 de octubre de 1492, a partir para la isla de Cuba, creyó que era la de Cipango, y el 14 de noviembre «maravillóse en gran manera—cerca de Puerto del Príncipe—de ver tantas islas y tan altas, y se figuró que son aquellas innumerables que en los mapamundos en fin de oriente se ponen».

Al regreso, en 1496, de su segundo viaje, visitó a su íntimo amigo Bernáldez, el famoso párroco de la villa de los Palacios, y le refirió cómo se le había ocurrido la idea de buscar las tierras del gran kant, soberano del Asia oriental, navegando al occidente.

En la carta denominada Lettera rarisima, que don Cristóbal dirigió, desde Jamaica, en 7 de julio de 1503, «a los cristianísimos y muy poderosos rey y reina de España», notificándoles lo ocurrido en el cuarto viaje, hay pruebas de que persistía en su error en aquella fecha al final de sus expediciones y trabajos. «También dicen que la mar boxa a Cyguare y de allí a diez jornadas está el río de Gangues». Se imaginaba estar cerca del Ganges, en el continente asiático. «Llegué a trece de mayo en la provincia de Mago, que parte con aquella de Catayo». ¿No recuerdan estas palabras el capítulo LXV de los Viajes de Marco Polo? ¿No se inspiraría en él el almirante para escribirlas? Obsérvese, de paso, que constituyen una irrebatible demostración de que Alejandro de Humboldt no estaba en lo cierto al sostener, en sus magníficos estudios sobre el descubrimiento de América, que le era desconocido a don Cristóbal el libro del afamadísimo viajero veneciano.

Como ha dicho el laborioso historiador don Cesáreo Fernández Duro, «de hallar Colón lo que no buscaba y del convencimiento en que murió de haber llegado al Asia, se infiere que para el descubridor del Nuevo Mundo el Nuevo Mundo no existió.

Martín Alonso regresó a España con la seguridad de que acababa de romperse el misterio de tierras desconocidas.

 

 

EL PRIMER VIAJE ALREDEDOR
DEL MUNDO
MAGALLANES Y ELCANO

 

 

I

Hernando de Magallanes había prestado a Portugal excelentes servicios, y no habiendo recibido del rey Don Manuel todas las distinciones y recompensas que por ellos le eran debidas, renunció a su nacionalidad y se ofreció al emperador Carlos V. También se le ofrecieron, incomodados por análogas postergaciones, Ruy Falero, notable astrónomo lusitano, y Cristóbal de Haro, opulento comerciante, natural de Amberes, que residía, desde hacía varios años, en Lisboa, donde se dedicaba a comerciar en grande escala, por medio de agentes, con los territorios descubiertos por los portugueses en la India oriental.

A Magallanes, muy experto marino y entendido cosmógrafo, le preocupaba el afán de encontrar un estrecho en el mar del sur para pasar al oriente, a las islas tan renombradas de la Especería, por otro camino que el del cabo de Buena Esperanza. Y tenía por indudable que aquellas islas no correspondían a Portugal, sino a España, según la línea de demarcación trazada, decretada y rectificada por el pontífice Alejandro VI para prevenir diferencias y conflictos entre ambas naciones.

Ofreció a la majestad de Carlos V la busca de dicho estrecho y el dominio del país de las especias y solicitó, si no se le quisieran o no se le pudieran proporcionar recursos materiales para la empresa, autorización para acometerla, siendo de su cuenta y de la de sus compañeros los gastos que originara.

Desde que Cristóbal Colón descubrió el Nuevo Mundo venía siendo objeto de los desvelos y las investigaciones de los navegantes, así como de los cuidados del Gobierno español, la busca de un paso para las tierras del gran Cant, y hallado el mar austral por Vasco Núñez de Balboa, se inquirió con diligencia infatigable si aquel mar tendría comunicación natural con el Atlántico, habiendo resultado negativas las exploraciones hechas y derivádose más adelante de su infructuosidad numerosos planes para la confluencia de los dos Océanos o para trasladar del uno al otro las mercancías a través del Istmo.

No podrían menos de interesar a la Corte y al Consejo de Indias tales ofrecimientos, por responder a dos anhelos tan acentuados en aquella época como el de hallar el paso al Oriente y el de traer a España los riquísimos productos de sus regiones.

La indignación del país vecino a consecuencia de estas ofertas y de la benévola acogida que se las había dispensado, llegó al extremo de que don Alvaro de Costa, embajador de Portugal en Madrid, hizo los mayores esfuerzos para desacreditar a Magallanes. «Ahora—le escribía a su soberano—hablé muy serio al rey, presentándole muchos inconvenientes; «cuan feo era recebir hum Rei os vasalos de outro Rei seu amigo a sua vountade, que era cousa que entre caballeiros se nam acostumaba; que no era tiempo de disgustar a V. A., y más en cosa de tan poca importancia y tan incierta, que vasallos tenía para descubrimientos, sin echar mano de los que venían descontentos de V. A., y de quien V. A. no podía menos de tener sospechas». Con tanto desenfado le habló don Alvaro al Emperador, que al enterar aquél al rey don Manuel de los términos y los tonos de la entrevista, emplea estas palabras: «Quedó espantado con lo que le dije». De quien el monarca lusitano no debía preocuparse era de Ruy Falero. «Del bachiller no se haga caso; duerme poco y anda casi fuera de seso».

En cuanto a Magallanes, Faria y Sousa asegura, en su Europa portuguesa, que el obispo de Lamego, don Fernando de Vasconcelos, votó que el rey o le hiciese merced o le hiciese matar, porque era peligrosísimo para el reino lo que intentaba. Según Herrera, andaban entrambos—Magallanes y Falero—«a sombra de tejado, y cuando los tomaba la noche en casa del obispo de Burgos enviaba sus criados que les acompañasen».

La protección de don Juan Rodríguez de Fonseca, y en especial la del emperador, a quien, desde los primeros momentos, le inspiraron simpatía los planes de Hernando y sus colegas, dieron al traste con las maquinaciones fraguadas y las artes invertidas para imposibilitarlos.

¿Traicionó Magallanes a Portugal poniéndose a nuestro servicio? Hay que decidirse, sin vacilaciones, por la negativa. Los desleales a su nación serán los gobernantes que no recompensen debidamente a quienes se desvivan por ella; mas no los ciudadanos que la abandonen por semejantes ingratitudes. Ni Magallanes cometió ninguna injusticia contra su país, porque pertenecían al nuestro las islas Molucas, desde donde los portugueses llevaban las especias a Calicut.

Aniquilados cuantos obstáculos se oponían a la expedición, el César dispuso que a su costa—porque lo que se arriesgaría sería poco, si resultara estéril, e inmensas las honras y ganancias que se obtendrían si se alcanzase el éxito apetecido—, se equipare una flota.

En cumplimiento del imperial mandato, se aprestó una de cinco naves: la Trinidad, de ciento diez toneles; la San Antonio, de ciento veinte; la Concepción, de noventa; la Victoria, de ochenta y cinco, y la Santiago, de sesenta y cinco.

Don Martín Fernández de Navarrete, en su famosa Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV, establece la diferencia entre la capacidad de los toneles y la de las toneladas. Por aquéllos se daban a entender antiguamente los vizcaínos, y por éstas los sevillanos de la carrera de Indias. Las medidas de unos y otras «estaban en la razón de cinco a seis; de modo que diez toneles hacían doce toneladas».

Las naves las adquirió en Cádiz, por orden de Su Majestad, el factor Juan Aranda, e incluídos los bateles y los aparejos de ellas, costaron: la primera, doscientos setenta mil maravedís; la segunda, tres cientos treinta mil; la tercera, doscientos veintiocho mil setecientos cincuenta; la cuarta, trescientos mil, y la quinta, ciento ochenta y siete mil quinientos.

La Trinidad sería la capitana, y su gobierno y el supremo de las demás se adjudicaría a Hernando de Magallanes; la capitanía de la San Antonio, a Juan de Cartagena, veedor de la expedición; la de la Concepción, a Gaspar de Quesada; la de la Victoria, a Luis de Mendoza, y la de la Santiago, a Juan Serrano. Juan Sebastián Elcano iría en la Concepción en calidad de maestre.

En la iglesia de Santa María de la Victoria de Triana, en Sevilla, recibió Magallanes el estandarte real, de manos de Sancho Martínez de Leiva, a quien, como representante del emperador, hizo juramento y pleito homenaje de que en la empresa que se le encomendaba se conduciría como buen vasallo; e idénticos votos le prestaron a Magallanes los capitanes y oficiales de las otras naves.

Ruy Falero, por habérsele quebrantado la salud, se quedaría en España de orden de Su Majestad Imperial. De la enfermedad del renombrado astrónomo se ocupan, con ingenuidad pintoresca, nuestros historiadores de Indias. Gonzalo Fernández de Oviedo dice que «aquel mesmo año el Ruy Falero, como era subtil y muy dado a sus estudios, por ellos o porque Dios así lo permitiese, perdió el seso y estuvo muy loco y falto de raçón y de salud, y Çesar lo mandó curar y tratar bien». Francisco López de Gómara se expresa de este modo: «Era Ruy Falero buen cosmógrafo y humanista... Y enloquesció de pensamiento de no poder cumplir con lo prometido, o como dicen otros, de puro descontento por enojar y deservir a su rey». ¿No perdería la razón obsesionado con la idea de que el embajador de Portugal, en Madrid, don Alvaro de Costa, le hubiera dicho al rey Don Manuel que estaba a punto de perderla y que no hiciera de él aprecio alguno?

El 10 de agosto de 1519 salió la flota de Sevilla, y el 20 de septiembre partió de Sanlúcar de Barrameda, dirigiéndose a las islas Canarias o Afortunadas. Estuvo allí proveyéndose de carne, agua y leña, y el 2 de octubre salió del puerto de Montaña Roja, de la isla de Tenerife, con rumbo al sudoeste; pero el 3 del mismo mes, hallándose en 27° de latitud norte, cambió de itinerario. Juan de Cartagena manifestó su disconformidad con aquella variación de ruta.

Quince días después llegó la armada al paralelo de Sierra Leona. Una noche, hallándose en la costa de Guinea, Cartagena, desde su nave, saludó a Magallanes diciéndole: «Dios os salve, señor capitán e maestre, e buena compañía.» Magallanes le respondió que era llamándole capitán general como tenía que saludarle.

Estando la mar calmosa, el general hizo venir a su navío a los capitanes y pilotos de los demás, y habiéndose promovido muy viva discusión sobre la manera de hacer los saludos, requirió a Cartagena a que se le diera preso; el requerido solicitó, inútilmente, la ayuda de ciertos jefes, que tenía por incondicionales amigos suyos, para prender a Magallanes, y este amarró por los pies, en un cepo, a Cartagena, y si consintió en confiárselo a Luis de Mendoza, fué a condición de que se lo había de entregar cuando se lo reclamara. El cargo que el apresado marino había venido desempeñando se le otorgó al contador Antonio de Coca.

Prosiguiendo el viaje, el 13 de diciembre arribaron a un puerto que fué llamado de Santa Lucía, donde traficaron con los naturales del país. En el Diario o derrotero del viaje de Magallanes, desde el cabo de San Agustín, en el Brasil, hasta el regreso a España de la nao Victoria, escrito por Francisco Albo, se consignan noticias de aquellos indígenas, de las producciones allí más copiosas y de los cambalaches que hicieron los expedicionarios: «Hay buena gente y mucha, y van desnudos, y tratan con anzuelos y espejos y cascabeles por cosas de comer, y hay mucho brasil.»

Magallanes relevó de la jefatura de la San Antonio al contador Coca, la encomendó a Alvaro de Mezquita, sobresaliente de la Trinidad, y el 27 de diciembre reanudó la exploración de la costa.

Hacia mediados de enero de 1520, principiaron a reconocer con minuciosidad el interior del río de la Plata, durando el reconocimiento hasta el 7 de febrero. En el cabo de San Agustín se vió conturbada la flota por un violentísimo temporal. Allí se le acercaron en canoas muchos indígenas. Uno de ellos, vestido con una piel de cabra, entró con asombrosa desenvoltura en la nave de Magallanes. Este le regaló una camisa de lienzo y una camiseta de paño encarnado. El 13 de febrero se encontraron cerca de unos «bajos donde la Victoria dió muchas tocadas», y el 27 en una bahía en la que faltaba toda clase de provisiones. En una isleta próxima a ella cogieron ocho lobos marinos y varios patos.

Magallanes reclamó a Luis de Mendoza la entrega de Juan de Cartagena, y encargó su custodia a Gaspar de Quesada.

El 31 de marzo llegaron al puerto de San Julián.

Al día siguiente, domingo de Ramos, el capitán general llamó a los jefes y pilotos de los otros navíos para que fueran al suyo a oír misa y a comer, y todos acudieron al llamamiento, menos Juan de Cartagena, por hallarse preso, y Gaspar de Quesada, por estarle ordenada su guarda.

El país era muy frío y estéril; los mantenimientos iban escaseando, y Magallanes prescribió la economía en las raciones para que fuesen más duraderas. Por todas estas causas, los expedicionarios, muy descontentos, le pidieron que regresara a España, pero se apresuró a contestarles que él había de cumplir la misión que le había confiado el emperador, y que, en todo caso, preferiría la muerte a un retorno que tenía por ignominioso.

Maximiliano Transilvano, secretario de Carlos V, en su magnífica Relación, dirigida al cardenal Salpurgense, obispo de Cartagena, de cómo, por quién y en qué tiempo fueron descubiertas y halladas las islas Molucas, donde es el propio nascimiento de la especería, las cuales caen en la conquista y marcación de la corona de España, refiere algunas de las razones dadas por Magallanes a los alborotados tripulantes en contra de la vuelta de la armada a nuestra patria: «El capitán Magallanes... les respondió contradiciendo a sus ruegos e diciendo que él llevaba en escripto, por mandamiento del Emperador, el curso y viaje que habían de hacer, y que en manera del mundo él no podía exceder de aquello» «e que considerasen qué alabanza ni gloria les podría ser dada a ellos, pues que allí donde estaban no había distancia de más de 24 a 25° de aquella parte del trópico de Capicornio, que era 4 ó 5° más metidos al austro que los portuguese», «que tuviesen por cierto que tanto mayor gloria y mayores galardones, premios y mercedes recibirían cuanto con mayores trabajos descubriesen y hallasen para el Emperador, que los había enviado a aquel nuevo y incógnito mundo, lleno de riquezas, de especería y de oro».

En la noche del mismo domingo de Ramos, 1.° de abril de 1520, Gaspar de Quesada y Juan de Cartagena pasaron, con treinta hombres armados, desde la Concepción a la San Antonio pidiendo que se les entregase Alvaro de Mezquita, y se les ayudara contra Magallanes, para obligarle a cambiar de conducta y de propósitos, y diciendo que ya se habían hecho dueños de la Trinidad y de la Victoria. Juan de Elorriaga, maestre de la San Antonio, habló en defensa de Mezquita, y Quesada llamó loco al maestre y le dió cuatro puñaladas en un brazo. Preso Mezquita, se trasladó Cartagena a la Concepción. Quesada permaneció en la San Antonio, y así quedaron los revolucionados por amos de estas naves.

Cartagena y Quesada pusieron en conocimiento de Magallanes lo que habían hecho, y le requirieron para que se aviniese a cumplir la que ellos estimaban que era la voluntad del emperador, asegurándole que, de acatarla, le aumentarían las consideraciones, respetos y reverencias que le habían guardado hasta entonces. Instóles el capitán general a que pasasen a su nave, donde les escucharía y verían de resolver lo que procediera; pero eludieron la invitación de Magallanes, quien, por medio del alguacil Gonzalo Gómez de Espinosa, envió una carta a Luis de Mendoza excitándole a que fuese a la Trinidad, y como al leerla se sonriera maliciosamente, Espinosa le dió una puñalada en la garganta, y un marinero acabó de quitarle la vida de una cuchillada en la cabeza. Poco después entraron en la Victoria quince hombres armados, a las órdenes de Duarte Barbosa, cuñado de Magallanes, sin que nadie se les resistiese. Al otro día, 2 de abril, arremetió la Trinidad contra la San Antonio, disparándola varios tiros, y cayeron en poder del almirante Gaspar de Quesada y Antonio de Coca. También hizo prender en la Concepción a Juan de Cartagena.

El día 3 mandó descuartizar el cadáver de Mendoza, y el día 7 fué muerto y descuartizado Quesada, cuyo criado Luis de Molino tuvo que hacerle pedazos, para él librarse de sucumbir en la horca. A Juan de Cartagena y a un clérigo llamado Pedro Sánchez de la Reina, que había contribuído a la rebelión, los quedó desterrados por allí, dejándoles, para que se alimentaran unos cuantos días, taleguillas de bizcocho y botellas de vino. A cuarenta individuos más hubiera ordenado ajusticiar, de no haber tenido en cuenta que, haciéndolo así, no le quedaba la gente indispensable para los menesteres de la flota.

Entre los que se libraron de morir, figura Juan Sebastián Elcano, que fué uno de los requeridos por Cartagena y por Mendoza para compeler a Magallanes, de paz o a la fuerza, a la observancia de los que ellos decían que eran los mandatos reales. Elcano nos informa de su participación en estas lastimosísimas y memorables tragedias. Intervino personalmente en la detención de Alvaro de Mezquita, y en el envío a Magallanes de un escribano y un alguacil para pedirle que tomara consejo con sus oficiales en todo lo que hubiera de hacerse. Según Elcano, el almirante mandó prender a Luis de Mendoza por estimar que era el que aconsejaba estos requerimientos y alborotos, y asegura que Magallanes le dió doce ducados al alguacil Espinosa por haber apuñalado al capitán de la Victoria. Acerca de los orígenes de tan fieros antagonismos, Juan Sebastián los atribuye al desprecio que el almirante hacía de los poderes de Juan de Cartagena, a quien no trataba como a persona conjunta suya, contraviniendo las disposiciones del emperador, porque Cartagena iba en la armada en sustitución de Ruy Falero, y con las preeminencias de que éste hubiera gozado de no haber tenido que quedarse aquí para curarse de su vesania. Ante los señores de la casa de la Contratación, en Sevilla, había expresado Magallanes, en 1519, antes de salir de España, su conformidad con lo resuelto por Su Majestad respecto a las atribuciones de Cartagena: «En cuanto a lo que su Alteza manda... quel dicho comendador Ruy Falero se haya de quedar, quél, por servir a su Alteza, ha por bien y le place quel dicho comendador Ruy Falero se quede, e vaya en su lugar el señor Juan de Cartagena como su conjunta persona, así como su Alteza lo mandó».

Las discrepancias entre ambos capitanes por la igualdad o desigualdad de sus poderes habían surgido, yendo la flota por la costa de Guinea, con ocasión de haber castigado Cartagena, sin contar con Magallanes, a un maestro, por sodomita. Los descubridores y conquistadores españoles de América fueron siempre rigurosos e inflexibles con los invertidos y acostumbraban a echárselos a los perros.

Al decir de Elcano, influyeron en las diferencias entre Cartagena y Magallanes y en sus cruentas derivaciones los deseos de éste de complacer a su cuñado Duarte Barbosa y a su sobrino Alvaro de Mezquita, que aspiraban a suplantar a Cartagena, a Quesada y a Mendoza en las capitanías de sus buques.

En el puerto de San Julián, el almirante encargó a Juan Serrano que reconociera, hasta cierta distancia, la costa, por si hallaba estrecho, y que se volviera si, recorridas las leguas que le determinó, no lo encontrase. No se logró dar con el anhelado paso. En cambio, la Santiago naufragó a tres leguas del río de Santa Cruz, si bien se salvó la tripulación, excepto un negro, esclavo del capitán de la nave.

Magallanes hizo a Serrano jefe de la Concepción, y continuó en dicho puerto. A los dos meses de estar allí se presentaron seis naturales del país, a quienes el general dió de comer abundantísimamente en la Trinidad, dejándolos marchar luego que se hartaron. Nuestros primitivos historiadores de Indias refieren interesantes noticias de aquellos individuos gigantescos: «Hablan de papo, comen conforme al cuerpo y temple de tierra, visten mal para vivir en tanto frío, atan para adentro lo suyo, tíñense los cabellos de blanco, por mejor color, si ya no fuesen canas, alcohólanse los ojos, píntanse de amarillo la cara, señalando un corazón en cada mejilla; van, finalmente, tales que no parecen hombres.»

Magallanes nombró capitán de la San Antonio a Alvaro de Mezquita, y de la Victoria a Duarte Barbosa, y el 24 de agosto salió del puerto de San Julián. El 21 de octubre descubrió una bahía muy ancha y dispuso que la reconocieran, por si era estrecho, la Concepción y la San Antonio. El las aguardaría, a la entrada, con la Victoria y la Trinidad. Tres días navegaron Serrano y Mezquita sin poder hallarle el fin. Nuevamente la reconoció la San Antonio; pero tampoco se lo pudo hallar. Sin embargo, era el estrecho que se buscaba.

El general, examinados los víveres—que los había para tres meses—, resolvió continuar las exploraciones. Trató de oponerse Esteban Gómez, portugués, piloto de la San Antonio, diciendo que, «pues se había hallado el estrecho para pasar a los Malucos, se volviesen a Castilla para llevar otra armada, porque habría gran golfo que pasar, y si les tomasen algunos días de calmas o tormentas, perecerían todos»; a lo que respondió Magallanes «que, aunque supiese comer los cueros de las vacas con que las entenas iban forradas, había de pasar adelante y descubrir lo que había prometido al Emperador».

Llevaba andadas la flota cincuenta leguas de estrecho, y el almirante ordenó que la San Antonio reconociera cierto brazo de mar que había entre unas sierras, y que a los tres días volviese. Mas no volvió. Esteban Gómez y el escribano Jerónimo Guerra, aprovechando la ocasión, decidieron regresar a España. Quiso evitarlo Alvaro de Mezquita, y le dió una estocada al piloto; pero éste le dió otra al capitán y consiguió apresarlo. Mandada por el escribano, retornó la San Antonio a España y llegó a Sevilla, al puerto de las Muelas, el 6 de mayo de 1522. Al salir de Sanlúcar la flota, Magallanes y Gómez iban en íntima relación, y aquél llevaba a éste de piloto de la Trinidad. Las disparidades y antipatías que luego hubo entre ambos provinieron del fracaso de Gómez en sus aspiraciones a la capitanía de la San Antonio, concedida a Mezquita.

El general, convencido, al esperar en vano a esta nave, de que se habría ido a pique, o se habría vuelto a España, siguió explorando el estrecho con la Trinidad, la Victoria y la Concepción, habiéndolo atravesado del todo el 27 de noviembre de 1520. Tenía de boca a boca unas cien leguas, navegaron por él veinte días, y a su salida se hallaron con un mar en el que no les sobrevino ninguna tempestad; por lo que Magallanes lo denominó Pacífico.