VI.
EL MIRADOR DEL CASTILLO
Un día, Eguaguirre dijo a sus nuevos amigos, el Capitán y Thompson, que la coronela quería conocerlos y que les invitaba a tomar el té en el mirador del castillo. Aceptaron los dos invitados con satisfacción.
Por la tarde, Eguaguirre, Thompson y el Capitán montaban a caballo delante de la fonda de la Marina, entraban por la puerta de Tierra y subían las cuestas de la ciudadela.
Thompson, a cada paso se paraba, admirado, entusiasmado, a contemplar el paisaje. El día era de viento sur, luminoso y sofocante; una languidez pesada parecía desprenderse del cielo, azul obscuro, y del mar, verde e inmóvil.
—¡Qué vista más espléndida!—exclamaba el inglés, sacando el pañuelo para enjugarse la cara.
El Capitán sonreía, y Eguaguirre, con cierta impaciencia, murmuraba:
—La señora de Hervés nos espera. No lleguemos tarde.
En pocos minutos subieron a la parte alta del castillo; pasaron por delante de una casamata, a cuya entrada se veían unos cuantos soldados; Eguaguirre llamó a uno, le entregó las riendas y bajó del caballo.
Thompson y el Capitán hicieron lo mismo, y se acercaron los tres al pabellón donde vivía el coronel; llamó Eguaguirre, y les pasaron por un patio hasta el jardín del mirador.
La señora de Hervés les salió al encuentro, y Eguaguirre hizo las presentaciones.
Era la coronela una mujer de mediana estatura, más bien baja que alta, los ojos negros, el pelo rubio castaño, la boca de almendra, el cuello redondo y las manos muy pequeñas.
—¿Esta señorita es la hija del coronel?—preguntó el Capitán, aunque sabía que no lo era.
—No; es la coronela auténtica—repuso Eguaguirre.
—No me llame usted coronela, ¡por Dios!—dijo ella.
—Es para convencer a este amigo de lo que es usted y de que no es usted una supuesta hija del coronel.
—Este señor es muy galante.
—No; de verdad que parece usted una muchachita soltera—replicó el Capitán—, y hace usted muy bien al protestar de que la llamen coronela, porque esta palabra parece que ha de referirse siempre a alguna señora vieja y avinagrada.
Thompson cambió unas palabras con Kitty; le pidió después permiso para contemplar las vistas desde el mirador y desde la batería del Rey. Kitty le acompañó, señalándole los pueblos y los montes que se veían a lo lejos. Thompson miraba el paisaje con exclamaciones de entusiasmo.
Eguaguirre y el Capitán hablaban. El jardín aquel era pequeño y tupido. Los rosales y los mirtos estaban cuajados de flor, y en las manchas verdes de follaje de las enredaderas brillaban las campanillas blancas, rojas y moradas.
En un extremo del jardín se levantaba el castillejo o castellet, antigua torre del homenaje, desde donde se dominaban los alrededores casi a vista de pájaro, como desde un globo.
Recorrieron Thompson y Kitty los rincones de la batería, y descendieron por una escalerilla de piedra al jardín, a reunirse con el capitán y Eguaguirre. Se sentaron en unas butacas de mimbre y charlaron los cuatro.
Kitty era hija de un militar inglés y de una señora alavesa, de Vitoria. Había quedado huérfana muy joven y se había casado con el coronel Hervés, que le llevaba más de treinta años de edad.
Después de un largo rato de conversación, Kitty les invitó a subir a una galería abierta que daba al jardín, por unas gradas. Esta galería tenía unos arcos. En ella, un criado estaba preparando un refrigerio. El Capitán y Eguaguirre tomaron café, y Kitty y Thompson, té.
Desde la galería, a través de los cristales, se veía el cuarto de trabajo de la coronela. Kitty les hizo pasar a sus invitados para verlo. Tenía una pequeña biblioteca, un piano y un arpa, y cuadernos de música clásica y de canciones populares inglesas.
Los entusiasmos literarios de Kitty eran Walter Scott, lord Byron y Schelley. Sentía un gran entusiasmo por Diana Vernon, la heroína de Rob Roy, a quien confesaba había querido imitar. También tenía en la biblioteca obras de Sterne, Fielding y Goethe.
El Capitán miró todos los libros, las estampas y un retrato de mujer pintado al óleo.
—¿Quién es? ¿Quizá su madre?—preguntó.
—Sí.
—¿Vive?
—No. Murió cuando yo nací. No la he conocido.
—A juzgar por el retrato, debía ser una mujer encantadora.
—Todos los que la conocieron hablan de ella con entusiasmo.
Kitty quedó melancólica.
Eguaguirre, para borrar esta impresión, instó a Kitty a que cantara, y ella, sin hacerse rogar, cantó acompañándose con el arpa algunas canciones irlandesas, que produjeron un gran entusiasmo en Thompson.
Tras de recibir los plácemes de todos, Kitty fué a la mesita, donde guardaba sus papeles de música, y sacó el Don Juan, de Mozart.
—¡Ah! Mozart—exclamó Thompson—. Conozco algunas de sus sonatas. Dicen que Don Juan es de una música muy obscura.
—Yo no lo creo así—contestó Kitty.
—Vamos—le dijo a Eguaguirre—. Cante usted.
—¡Oh! No, no. Por Dios. Es molestar a estos señores.
—De ninguna manera.
Eguaguirre insistió en que lo hacía mal; pero, al fin, cantó con gran maestría la serenata de Don Juan.
Deh vieni alla finestra.
—¡Admirable!—exclamó Thompson—. ¡Magnífico!
Eguaguirre perdió su habitual expresión de tedio y quedó confuso y sonrojado de placer.
Después Kitty entonó el aire de Doña Elvira:
In quali eccesi o numi,
y tras de éste la coronela y el teniente cantaron el admirable dúo de Don Juan y de Zerlina,
La ci darem la mano,
que tuvieron que repetir una porción de veces.
Daban a la canción una gran malicia y desenvoltura que ocultaba, sobre todo en ella, su entusiasmo amoroso. No había necesidad de ser muy psicólogo oyéndolos a los dos para comprender que había entre ellos algo más que una efusión artística.
Era lástima viéndolos tan bellos el pensar que sólo saltando por encima de las leyes y afrontando el desprecio de la multitud podían llegar a unirse.
¿Habrían dado el salto?—pensó el Capitán—. Todo hacía creer que Eguaguirre no era de los hombres que sienten temor a coger las flores al borde del precipicio.
Después del concierto y del canto charlaron largamente. El Capitán había conocido a lord Byron, por quien Kitty tenía gran admiración, y contó sus entrevistas con el noble poeta. También había conocido a la amazona realista Josefina Comerford, y esta dama interesaba de tal manera a Kitty, que el Capitán tuvo que describirla con gran lujo de detalles.
Al anochecer se presentó en la galería el coronel Hervés, el marido de Kitty.
Era un hombre viejo, opaco, frío, con una amabilidad desdeñosa y una manera de hablar balbuceante, de paralítico.
Kitty presentó al Capitán y a Thompson, y el coronel, tomándole a éste por su cuenta, se puso a explicarle un sinfín de menudencias burocráticas que a él, sin duda, le parecían importantísimas.
Hablaba de una manera fatigosa y pesada:
—En estas cuestiones ¡ejem!... hay que atenerse a la parte ex... po... si... ti... va ¡ejem! como a la dis... po... si... ti... va ¡ejem! ¡ejem! ¿Usted me comprende? Porque si usted no se fija mas que en la parte dis... po... si... ti... va ¡ejem! ¡ejem! no podrá comprender el sentido claro y preciso que el legislador ¡ejem! ¡ejem! ha querido dar a la ley... ¡ejem! ¡ejem!
Thompson soportó lo más amablemente los ¡ejem! ¡ejem! y las explicaciones pesadísimas del coronel; Kitty mientrastanto sonreía con aire de excesiva amabilidad, y Eguaguirre, con su aspecto habitual de tedio y de desesperanza, miraba hacia el mar.
Era ya de noche. Los contertulios se despidieron del coronel y de su señora y montaron a caballo.
La noche estaba espléndida. Thompson fué mostrando la Osa Mayor y Arturus, la Estrella Polar, la Corona Boreal, Casiopea, en medio de la Vía Láctea, y los grandes astros, como Capella, Altair y Aldebaran...
El mar murmuraba allá abajo y se oía el rítmico batir de sus olas.
Al acercarse a la batería de San Antón sonó el grito del centinela.
—¡Centinela, alerta!
Y después los alertas se oyeron más lejanos, hasta que volvieron a acercarse.
Llegaron a la puerta de Tierra. Eguaguirre habló con el capitán de Llaves, y los tres pasaron al pueblo.
VII.
LOS OFICIALES
En los buenos tiempos en que el castillo de Ondara era una fortaleza importante, el cuadro del Estado Mayor de la plaza estaba completo y la oficialidad era numerosa. Había entonces un gobernador, el teniente del rey, el sargento mayor o mayor de plaza, el asesor, los comisarios, el comandante de Artillería, el comandante de Ingenieros, los ayudantes y el capitán de Llaves.
En el tiempo de decadencia del castillo, después de la guerra de la Independencia, ya estos cargos no tenían más valor que un valor burocrático. En esta época de la segunda reacción de Fernando VII, el cuadro de oficiales del ejército no ofrecía el carácter homogéneo de la oficialidad anterior a la guerra de la Independencia; ya no era ésta exclusivamente aristocrática, sino mezclada; los jóvenes de buenas familias se encontraban revueltos con los antiguos guerrilleros, con los liberales traidores y luego purificados y con los aventureros absolutistas que habían ganado sus grados a las órdenes de Mosén Antón, el Trapense, Bessieres o Quesada.
Entre los oficiales de la guarnición de Ondara había individuos de estos diversos orígenes.
En un pueblo de escasa población y sin vida política no era fácil que las divergencias ideológicas de militares y paisanos se hicieran más intensas, y, efectivamente, allí se amortiguaban; en cambio, las categorías sociales se acusaban y se llegaban a aquilatar los más ligeros matices de riqueza, distinción y superioridad.
Kitty había querido influír y suavizar estas diferencias en su tertulia del jardín del Mirador.
Al principio iban muchos oficiales de la guarnición; luego comenzaron a faltar y, al último, quedaron una media docena.
De las señoras nunca fueron mas que dos o tres.
Sabido es, y ya lo demostró un fraile en un librito publicado a fines del siglo XVIII, titulado Los peligros de las tertulias, que estas reuniones tienen muchos agarraderos para las uñas del Diablo.
Las señoras de Ondara, como la señora doña Proba, que aparece en el librito del fraile, creían muy peligrosas las tertulias de Kitty, y no iban.
De los hombres, uno de los más asiduos eran don Jesús Martín, el médico del regimiento, hombre grueso, lento en el hablar, muy gráfico y exacto. Don Jesús era el más entusiasta de los contertulios de Kitty, un adorador incondicional de su inteligencia y de su gracia.
Otro de los contertulios temido por su pesadez era el capitán Barrachina, hombre alto, de pecho saliente, que se creía conquistador. Barrachina tenía los ojos negros, el bigote retorcido, las patillas cortas y el color bilioso.
Barrachina era una buena y estúpida persona, con la mentalidad de un muchacho de diez y seis años. No había leído nada en su vida. Creía que ser un hombre—y él suponía una gran cosa—era ser un fantoche vestido de uniforme, con el pecho muy abombado y el ademán desafiador.
Barrachina tenía muchos hijos, y mientras su mujer bregaba con ellos, él paseaba su estupidez por el pueblo.
Barrachina hacía la gracia de desacreditar a su mujer; contaba si llevaba postizos, si se apretaba el corsé, indiscreciones que a Kitty molestaban profundamente.
Otro de los asiduos a la tertulia era el capitán Embun, aragonés, hombre fuerte, alto, tosco, de pómulos salientes, que había campeado con los realistas de Eroles, y estaba enamorado de Kitty. A veces le decía a Eguaguirre:
—Esta mujer me vuelve loco—y añadía—: Y está por usted.
También solían frecuentar el pabellón de Kitty un teniente de artillería, de anteojos, muy tímido y distinguido, que se llama Urbina, y que vivía en la misma fonda de la Marina, y un farmacéutico muy míope y muy pedante.
Urbina, que tenía gran amistad con Kitty, no se hablaba con Eguaguirre.
El coronel Hervés andaba siempre en compañía de un comandante, don Santos, hombre de aspecto hipócrita y tan pesado como el coronel. Este don Santos hablaba en párrafos redondos y con distingos. Los sin embargo, los si bien es verdad, los si es cierto que, estaban constantemente en su boca.
A sus largas oraciones no se les veía el fin, eran capaces de quitar la paciencia a cualquiera. Para hacerlas más exasperantes, terminaba diciendo: ¿Está claro? ¿Se da usted cuenta? ¿Ha comprendido usted el sentido? ¿Me entiende usted bien?
En la tertulia de Kitty se jugaba al tresillo, y a veces se cantaba y se tocaba el piano.
De las señoras, únicamente la mujer de un capitán, una andaluza muy graciosa que parecía un chico, iba alguna que otra vez y hablaba como una cotorra e imitaba con mucha chispa a todo el mundo.
VIII.
URBINA
Thompson hizo amistades con Miguel Urbina, el teniente de artillería tímido y distraído que vivía en la misma fonda y frecuentaba la tertulia de Kitty.
Urbina era hombre de estudio; tenía gran afición y entusiasmo por las matemáticas y se preocupaba de los problemas científicos de la guerra.
Estaba desde hacía tiempo escribiendo unas observaciones acerca de la teoría analítica de las probabilidades de Laplace, trabajo que absorbía todo su tiempo.
Urbina no podía comunicar sus dificultades y sus dudas a sus compañeros, porque entre los oficiales del castillo no había ninguno que pasara de saber las cuatro reglas.
El matemático no tenía amigos. No se entendía bien con los demás oficiales.
No cabe duda que el Ejército, noble y esforzado en tiempo de guerra, se convierte en una baja institución rutinaria en tiempo de paz. El militar formado en el campo de batalla, entre el humo de la pólvora y el vaho de la sangre, tiene siempre algo superior a su empleo, que borra el carácter de la reglamentación estrecha y de las ordenanzas de una disciplina chinesca; en cambio el que no ha tenido más campo de acción que la oficina o el rincón maloliente del cuartel, se hace el más incomprensivo de los burócratas.
Urbina, que era hombre de preocupaciones elevadas, no podía convivir a gusto con sus compañeros, que no hablaban con entusiasmo mas que del sueldo y del escalafón y cuyo único entretenimiento era jugar a las cartas.
Como hombre tímido y sabio, Urbina había tenido que sufrir muchas bromas de jóvenes oficiales estúpidos y petulantes.
Kitty, que comprendía la clase de hombre que era el teniente, le acogía con su más amable sonrisa y sabía tratarle con tanta amabilidad, que el Mirador del castillo era el único sitio donde el oficial se encontraba a gusto.
Urbina tenía esa timidez que no depende de la inteligencia, ni aun de la voluntad, sino que parece que está en los músculos, que se niegan a obedecer.
El teniente era capaz de pensar con claridad, de intentar realizar lo pensado con audacia, de marchar con ímpetu; pero llegaba un momento en que sus nervios flaqueaban y se sentía paralizado. En esta situación de azoramiento, cualquier cosa, abrir una puerta, saludar, salir de una habitación, le dejaba confuso, vacilante, en una actitud de perplejidad que a él le resultaba embarazosa y triste y a los demás muy cómica. La gente se reía de él, y a consecuencia de esto, Urbina, al verse tan absurdo y tan poco consecuente consigo mismo, iba aislándose.
Urbina y Thompson se hicieron amigos y se les veía pasearse juntos con mucha frecuencia por el castillo y por el muelle. Cuando hubo confianza entre los dos, Urbina habló de Kitty y de Eguaguirre:
—¿Qué vida hace la señora de Hervés?—le preguntó Thompson.
—Una vida muy independiente. Por la mañana toma su baño, luego da un paseo a caballo, lee, escribe, hace excursiones en lancha. Al anochecer recibe a sus amigos.
—¿Y el pueblo ve bien este espíritu de independencia de nuestra amiga?
—No. ¡Ca! El pueblo entero está contra ella. Se la considera loca, rara, absurda.
—No es extraño.
—Luego se habrá usted fijado en que Kitty tiene un gran desprecio por todas las vulgaridades y lugares comunes que forman como el caparazón constante de la gente mezquina. Muchas veces es capaz de llevar la contraria a una persona que defiende una opinión cierta, no porque ella piense lo contrario, sino porque tanta seguridad en una idea vulgar, aunque sea exacta, le repugna.
—Así, tiene que tener muchas enemistades.
—Figúrese usted.
—No le perdonarán esta independencia de espíritu.
—No. ¡Ca! A un hombre no se le perdona tener ingenio y un poco de nobleza de espíritu; a una mujer, mucho menos.
—¡Lástima!
—Sí. Kitty no es nada simpática en Ondara. Su originalidad ha parecido a las señoras del pueblo una muestra de extravagancia. No se puede encontrar por ahora en su conducta nada digno de tacha, pero se cree que no tardará en encontrarse. Su ingenio y su cultura son muy sospechosos para las damas ondaresas. No queremos ir a verla—dicen—. ¡Es tan sabia! Nos pregunta los libros que leemos, sabiendo que no leemos ninguno. Para estas damas cuanto hace Kitty es una ridiculez y una pedantería. Para ellas todo lo que no sea hablar con el novio en la reja, si son solteras, confesarse con el curita jacarandoso u ocuparse de trapos, es absurdo.
—Así que Kitty estará muy aislada.
—Completamente.
—¡Parece mentira! ¡Una mujer tan simpática!
—Y tan buena—repuso Urbina.
—¿Usted cree que es buena de verdad?—preguntó Thompson.
—Sí; muy buena y muy inteligente. No encontrará usted en ella envidia, ni rencor, ni ningún sentimiento bajo; únicamente, orgullo; pero un orgullo noble de verse superior a la generalidad.
—Esto habrá contribuído a la antipatía general.
—Seguramente; Kitty tiene la vaga sospecha de que todas las superioridades se pagan. La finura, la gracia, la amabilidad desarman y domestican un momento a las gentes cerriles; pero es una domesticación pasajera, porque el bruto vuelve pronto a ser agresivo.
—¿Y cree usted que hay algo entre Eguaguirre y ella?
—Usted habrá notado lo mismo que yo lo que hay.
—¿Qué le parece a usted Eguaguirre? A mí me da la impresión de un egoísta frenético.
—Sí; es un gran egoísta; pero, al mismo tiempo, hombre tímido, violento y sensible. No tiene freno; el menor contratiempo le amilana y le sume en una desesperación sombría.
—Pues, si Kitty está enamorada de él, como parece—dijo Thompson—, Eguaguirre la hará desgraciada.
—Sí; por petulancia, por estupidez, por darse tono.
Urbina contó a Thompson la causa de haber reñido con Eguaguirre. Urbina había comenzado a galantear a una muchacha del pueblo, huérfana, de una familia rica, a quien llamaban Dolores y también la Clavariesa, y Eguaguirre se interpuso haciendo el amor a la muchacha y entrando en su casa.
El tutor había cogido a su pupila y la había llevado al convento de Monsant, en donde estaba por el momento. Desde entonces, Urbina no quería tratar con Eguaguirre, y únicamente cruzaba con él algunas fórmulas de cortesía cuando se encontraba en su presencia delante de Kitty.
—No quiero tener amistad con él—concluyó diciendo—. Me busca; ha intentado darme explicaciones, pero estoy dispuesto a no transigir.
IX.
RECOMENDACIÓN DE KITTY
Las guarniciones, como los seminarios y los conventos, tienen todos los vicios y las hipocresías de los grupos colegiados.
La proximidad del hombre para el hombre es corruptora: un cuartel, un colegio, o un convento siempre serán un centro de fermentaciones pútridas. Al hombre, sin duda, le dignifica la soledad; el campo, cuanto más deshumanizado, es más sano para el espíritu.
La tropa de un pueblo, en tiempo de paz, es uno de los mayores focos de corrupción. Únicamente, el clero puede ponerse a veces a la altura del ejército en rapacidad, en lubricidad y en malas costumbres. Difícil será encontrar en una guarnición nada alto, levantado y noble; en cambio la envidia, la malevolencia, el odio crecen de una manera lozana y fuerte.
Pronto se enteraron Thompson y el Capitán de las historias y murmuraciones de Ondara...
Una tarde de día de fiesta, en que todo el pueblo estaba en el campo, entró Thompson sin meter ruido en su cuarto y se tendió en la cama. Durmió un rato. Había dejado la ventana que daba a la galería abierta, y al despertarse oyó un rumor de conversación.
Se asomó a curiosear, y vió al comandante don Santos que hablaba con un joven oficial de la fonda.
El hombre de las perífrasis y de los circunloquios excitaba al joven oficial a que espiara a Eguaguirre y a los dos extranjeros sospechosos. Thompson oyó toda la conversación, esperó a que se marcharan los militares, y cuando se fueron, salió a la calle a buscar a Eguaguirre y al Capitán, que estaban jugando al tresillo en casa de un comerciante de la calle Mayor.
Thompson explicó lo que había oído.
—¿Qué ha dicho don Santos de mí?—preguntó Eguaguirre.
—Ha dicho que un tío de usted, que comenzó su vida militar de guerrillero con Mina, fué perseguido como conspirador, en 1816, en Denia; que su mismo tío castigó con rudeza a los realistas de Villarrobledo, en 1823, y que usted está en relación con él.
—¡Bah! No es cierto. Y el oficial, ¿qué decía?
—Decía que no; que usted es un hombre indiferente a la política; que todas sus aspiraciones consisten en tener dinero y en hacer el amor a las mujeres, y que es usted el amante de la señora de Hervés.
Eguaguirre se puso serio y palideció.
—También ha contado la historia de una novia de usted, a quien han tenido que meter en un convento.
—Nada; que no hay manera de vivir aquí sin que la gente se meta en lo que uno hace y en lo que no hace—exclamó Eguaguirre furioso.
—Y de nosotros, ¿no ha dicho nada?—preguntó el Capitán.
—De nosotros ha dicho don Santos que somos masones y que va a mandar las señas nuestras a la policía.
El Capitán quedó intranquilo:
—Ese hombre debe ser de la sociedad El Angel Exterminador—murmuró.
—Es probable—dijo Eguaguirre.
—¿Algún espía pagado por esa sociedad?—preguntó Thompson.
—No; pagado, no—repuso Eguaguirre—; el comandante ejerce, seguramente, el espionaje para prosperar, para ascender. Ya no tenemos los militares españoles guerra, ni posibilidad de ella en mucho tiempo; ya no se puede llegar como Mina, el Empecinado o Renovales, en seis años, de soldado a general, y la gente que quiere hacer carrera intriga y espía.
El Capitán estaba pensativo.
Las noticias que llegaban de la persecución de liberales en Valencia y en Cataluña eran para llenar de espanto a cualquiera. Se contaban historias terribles del Angel Exterminador. Por toda la costa del Mediterráneo las venganzas de los absolutistas eran espantosas.
Al ver la intranquilidad del Capitán, Eguaguirre le dijo:
—No tenga usted cuidado. Vaya usted a ver a Kitty y háblele francamente. El coronel hará lo que ella le indique.
—¿Pero no contará lo que se le diga, sin malicia...?
—No, no; puede usted fiarse en Kitty mejor que en un hombre.
El Capitán fué a visitar a la señora de Hervés y le expuso sus temores. Ella le tranquilizó, asegurándole que influiría en su marido y pararía los golpes de don Santos.
El Capitán volvió al lado de Eguaguirre diciendo que Kitty era una mujer encantadora.
Unos días después, la señora de Hervés escribía a Thompson una carta rogándole que fuera a verla.
Thompson fué y charlaron largo rato.
—¿Quién es el Capitán?—preguntó Kitty con curiosidad—. Me ha dado la impresión de un hombre extraño, de un personaje de novela.
—El Capitán es un aventurero—contestó Thompson—; un tipo de estos que, en otro tiempo, hubiera sido un condottiere italiano o un compañero de Hernán Cortés en Méjico.
—¿Y usted dónde le ha conocido?
—Yo le conocí en un barco, al dejar Missolonghi. El llegaba de Alejandría, de Egipto; había ido a Missolonghi a verse con lord Byron, y como el lord estaba enfermo, esperaba el desenlace de la enfermedad. Al saber su muerte, se decidió a volver a Occidente y entró en la misma corbeta griega que nosotros. En ella fuimos a Nápoles, donde nos embarcamos en la polacra siciliana, en la que llegamos hasta aquí; el amigo mío, que murió luego en el lazareto, se agravó en la enfermedad; los marineros comenzaron a decir que tenía la peste, y obligaron al capitán del barco a desembarcarlo. Yo no quise abandonar a mi amigo; el Capitán protestó; pero como la tripulación estaba contra nosotros, tuvimos que salir los tres.
—¿Y de dónde es el Capitán?—preguntó Kitty.
—Actualmente, es súbdito inglés; pero creo que ha nacido en España.
Hablaron de otras cosas, y de pronto la coronela dijo:
—Usted es amigo de Miguel Urbina, ¿verdad?
—Sí.
—Y el Capitán, ¿no le trata?
—Muy poco.
—Dígale usted que se haga amigo de él. Yo le quiero mucho a Urbina. Es un corazón excelente. Miguel está enamorado de una muchacha encerrada en un convento de aquí cerca, el convento de Monsant.
—Sí; me ha contado sus amores.
—¡Ah! ¿Le ha contado a usted sus amores?
—Sí.
—Pues yo desearía que ustedes le animaran, le ayudasen para que hiciese algo por esa muchacha, aunque fuese una locura. El quedaría satisfecho, y ella es posible que al verle capaz de una hombrada le quisiera.
—Nada, le animaremos—dijo Thompson—; intentaremos impulsarle a que tome una actitud heroica.
Se despidió Thompson de la señora de Hervés, y por la noche contó al Capitán la conversación que habían tenido y el proyecto de que hablaron.
X.
EXPLICACIÓN
Puesto que nuestra encantadora amiga Kitty ha hecho a usted esa recomendación—dijo el Capitán—, trataremos de servirla. Amor, con amor se paga. ¿Usted ha comprendido la causa de ese encargo, amigo Thompson?
—No.
—Pues yo se la explicaré a usted. Kitty está enamorada locamente de Eguaguirre y quiere tenerlo seguro; teme alguna veleidad de su amante por esa muchacha encerrada en el convento de Monsant, de que usted habrá oído hablar, que llaman Dolores la Clavariesa, y va buscando que Urbina se case con la Dolores.
—¡Bah! ¿Usted cree en todo lo que se cuenta?
—Conozco la historia en sus detalles—replicó el Capitán—. Al llegar Juanito Eguaguirre al pueblo, había aquí dos mujeres que los poetastros de la localidad llamaban las dos beldades de Ondara: una era Kitty; la otra, una huérfana rica, a quien por haber tenido no sé qué cargo honorífico en el Calvario, llamaban la Clavariesa; Kitty tenía el prestigio de su elegancia, de su cultura, de su aspecto extranjero; la Clavariesa era una mujer hermosa, con la perfección de líneas de una modelo de Praxiteles. Esta Clavariesa era la pupila de un abogado llamado Vicente Fenoller. Fenoller, uno de los grandes hombres del pueblo, es un señor de gran fachenda, abogado elocuente, regionalista entusiasta y católico fanático. Fenoller ha casado a un hijo suyo con una mujer rica, y piensa casar al otro con su pupila la Clavariesa. La tía de la muchacha no es nada partidaria de tal matrimonio.
En este estado de rivalidad entre Kitty y la Clavariesa, vino Urbina, y, a pesar de su timidez y de su apocamiento, fué acogido por las dos rivales con sus más graciosas sonrisas. Urbina, si hubiera sido un hombre valiente y de poca preocupación moral, se hubiera lanzado a galantear a Kitty; pero no tuvo bastante ánimo para ello, y se dedicó a hacer el amor a la Clavariesa, que al principio le correspondió. En tal situación se presentó Eguaguirre en Ondara.
Al primer mes de estar aquí el teniente había dado un escándalo; había ganado y perdido fuertes sumas en el juego, y había tenido un desafío, en el cual hirió gravemente a su adversario.
Eguaguirre comenzó sus amores en Ondara por partida doble: galanteaba a una muchacha del barrio de pescadores y a la coronela. Kitty se divertía con este galanteo, que consideraba inocente. Eguaguirre, que es un egoísta furibundo, se encontraba mal de dinero, y al saber que Dolores la Clavariesa era rica y huérfana, no se cuidó para nada de su amigo Urbina, ni de la coronela, ni de la muchacha del barrio de pescadores, y escribió a Dolores una carta de amor. La Clavariesa le aceptó con gran entusiasmo. Estas permutaciones amorosas fueron la comidilla del pueblo. La coronela se eclipsó, y Urbina hizo lo mismo. Entonces Fenoller, el tutor de la Dolores, advirtió a ésta que Eguaguirre era un perdido, jugador, mujeriego, que no quería mas que su dinero.
—El que no quiere mas que mi dinero es usted—le contestó ella violentamente, y aseguró que no, que no la casarían con otro.
Fenoller cogió a su pupila, y con engaños la llevó al convento de Monsant. Eguaguirre se olvidó al momento de la Clavariesa, y volvió a ser el caballero de Kitty, que le aceptó con todas las consecuencias.
—No comprendo el éxito de Eguaguirre—dijo Thompson.
—Mi querido amigo—replicó el Capitán—; el éxito de Eguaguirre es, como todos los éxitos, un poco fatal y un poco injusto. Hay hombres que tienen disposiciones para amar, para querer, y otros para ser queridos. Hablo desde un punto de vista casi físico, sexual. Eguaguirre es de estos últimos. Ha nacido con la facultad de ser apetecible para el sexo contrario. ¿Cuál es esa facultad? ¿En qué consiste? ¿Cómo la ha desarrollado? No lo sé.
—Encuentro muy problemático lo que usted dice.
—Es que usted cree que las mujeres se enamoran exclusivamente de los hombres puros, angelicales, de los sabios, de los héroes.
—No, no; ya sé que no.
—Entonces estamos en lo mismo. Las mujeres se enamoran de hombres altos y bajos, buenos y malos, raros y vulgares; pero entre éstos no cabe duda que hay unos que, sin saber por qué, hacen mover con más facilidad esa maquinaria de afectos, de deseos, de vanidades, de inclinaciones que hay en una mujer. Esos son los donjuanes, los hombres interesantes, los codiciados... Y uno se pregunta el por qué. ¿Es que estos hombres tienen una perspicacia especial para ver los puntos flacos del sexo contrario? No. ¿Es que comprenden a las mujeres mejor que los otros? Tampoco. Como todos los demás, en estas cuestiones amorosas disparan su flecha con los ojos cerrados; pero, a diferencia de los demás, dan casi siempre en el blanco. Ahora usted dirá: ¿Por qué dan en el blanco? Por la razón sencilla de que la mujer que hace de juez y de árbitro en el juego está dispuesta a creer que para aquel hombre escogido por ella donde dé la flecha estará el blanco. Es la arbitrariedad de la Naturaleza.
—Es posible que sea así—dijo Thompson—; yo, la verdad, no le encuentro nada extraordinario a Eguaguirre.
—¡Usted qué le va a encontrar! Ni yo tampoco. Son las mujeres las que le encuentran algo especial. Es la mirada impertinente, es la flema, es el desdén... Quizá le agradecen vivir exclusivamente para ellas, cosa que a la larga debe ser aburrida. El caso es que Eguaguirre es un Tenorio y que nuestra encantadora Kitty quiere favorecer los amores de Urbina y de la muchacha encerrada en Monsant para tener la exclusiva de su Tenorio.
—Sí, sí, es posible, y lo siento. La verdad, no creo que Eguaguirre valga la pena de tantos cuidados.
—Amigo Thompson. Está usted hablando como un niño. ¿Es que va usted a pretender que las mujeres no tengan derecho a enamorarse de los imbéciles y de los egoístas? ¿Es que les va usted a privar de ese sacrosanto derecho? Pues entonces les va usted a cercenar la vida. Es la fruta que más les ilusiona.
Y el Capitán se rió, frotándose las manos alegremente.
Thompson quedó algo preocupado con las palabras del Capitán, y como no quería ser un negador sistemático, intentó estudiar a Eguaguirre.
No encontró en el joven teniente nada que le sorprendiera. Era de una inteligencia menos que mediana, de una cultura casi nula, orgulloso, sombrío, con una gran fe en sí mismo. Quizá ésta era una de sus fuerzas. Otro atractivo podía tener el oficial para las mujeres, y era que su vida parecía próxima a una tragedia, a una catástrofe.
El egoísmo de Eguaguirre era monstruoso. Kant, en su antropología práctica, encuentra que hay tres clases de egoísmo: el egoísmo lógico, el estético y el práctico.
El egoísmo lógico juzga sin tener en cuenta el juicio ajeno; el estético, se contenta con su gusto, sin hacer caso de la opinión general, y el egoísmo práctico subordina todo lo del mundo a la vida de uno.
Eguaguirre tenía algo del egoísmo lógico y del estético; pero el que le poseía por completo era el egoísmo práctico. Sentía desdén por la gente, creía despreciar a todo el mundo, lo cual no era obstáculo para que fuera capaz de exponer la vida para que los demás, una turba de imbéciles, según él, no creyesen que alguna vez él, el teniente Eguaguirre, pudiera quedar mal en un asunto cualquiera.
XI.
EL PROYECTO
El Capitán, siguiendo la indicación de Kitty, se hizo amigo de Urbina, quien le contó sus amores.
—Amigo Urbina—le dijo el Capitán—, ¿usted está enamorado de verdad de esa chica?
—Sí.
—¿De verdad, de verdad?
—Sí, hombre, sí.
—¿Sería usted capaz de raptarla del convento de Monsant si ella quisiera?
—No creo que fuera muy fácil.
—Lo facilitaremos. Todo es cuestión de tener voluntad.
—¡Ah! Si fuera posible, con mil amores.
—Tiene usted que hacer algo extraordinario para influír en la imaginación de su dama Urbina—dijo el Capitán—. Kitty nos ayudará.
—¿Querrá?
—Sí.
Fueron a visitar a la coronela, Urbina, Thompson y el Capitán. Le explicaron la idea, como si no hubiese partido de ella, y se comenzó a estudiar el proyecto.
Primeramente era necesario hacer una visita al convento de Monsant.
Kitty dijo que ella era amiga de la superiora y que le escribiría pidiéndole permiso para hacerla una visita.
—Esto es lo primero que hay que resolver—dijo el Capitán—; luego, ya veremos si a Urbina, al ver a su novia se le ocurre una inspiración genial que haga gran efecto en el corazón de su amada.
—¿A mí? ¡Ca!—exclamó Urbina—. No se me ocurrirá nada.
—Bueno, no se asuste usted tan pronto, Urbina—dijo Kitty—. Usted no llevará la dirección del asunto, y no será usted responsable del éxito o del fracaso de la empresa. El Capitán será nuestro director, el Próspero de nuestra isla.
—El Capitán no creo que haya leído La Tempestad, de Shakespeare—replicó Thompson—, ni que se haya hecho cargo de la alusión de usted; pero yo, que la he leído, afirmo que nuestro Próspero es de lo más maravilloso que puede ser un Próspero solamente humano.
—No me den ustedes fama antes de ver los resultados—replicó el Capitán—. Con el éxito aceptaré los aplausos.
Una semana después Kitty le dijo al Capitán que había recibido una carta de la superiora diciéndola que podían ir a visitar el convento cuando quisieran.
—Muy bien.
—Iremos unos cuantos—dijo la coronela.
—¿Quienes vamos a ir?
—El doctor y su mujer, Urbina, Thompson, usted y yo.
—¿Y Eguaguirre?—preguntó el Capitán, indiferente.
—No—contestó ella, mirando con atención al Capitán, para ver si en la cara de éste se reflejaba algún pensamiento malicioso.
El rostro del Capitán estaba impasible.
—¿Cómo haremos el viaje?—preguntó Thompson.
—Otras veces hemos salido de Ondara al amanecer. Embarcamos aquí, hasta un pueblecito que está a dos horas de distancia, donde suele esperar una tartana. Como vamos a ir más gente que de costumbre, mandaremos que saquen unos caballos. A media tarde, o al anochecer, podemos estar de vuelta.
—¿De manera que usted ha estado ya en el convento?—preguntó el Capitán.
—Sí. Dos veces.
—Dígame usted cómo es.
—¿Qué quiere usted que le diga?
—Hágame usted una descripción de él: si es grande, si es chico, si tiene un jardín, si no lo tiene, cómo está emplazado, etc.
Kitty hizo una descripción del convento, todo lo detallada que pudo. El Capitán no se fijó mas que en dos detalles: en que al lado del monasterio se cortaba la tierra, hacia el mar, en un acantilado muy alto, y en que había muchas palomas.
—¿De manera que hay palomas?—preguntó varias veces.
—Sí, muchas; tanto, que las venden.
—¡Ah, las venden! Ya tenemos un pequeño dato—dijo el Capitán—. Y el acantilado, ¿cómo es?
Kitty no recordaba bien cómo era, y no pudo contestar con precisión a esta pregunta.
—Otra cosa—preguntó el Capitán—. ¿No tiene usted un anteojo?
—Sí.
Kitty llamó a un criado, que vino con un anteojo, y el Capitán estuvo mirando con él, observando la costa y la ensenada de Monsant, de la cual no se veía mas que la entrada.
Después llegó Eguaguirre, y Thompson y él se retiraron.
XII.
EL VIAJE
Se fijó como día de marcha un domingo, y por la mañana, antes de amanecer, estaban todos los que formaban la expedición en el muelle.
El capitán de Llaves había mandado echar el puente levadizo, en la puerta de la Marina, más temprano que de costumbre, y acompañaba a los expedicionarios, que formaban un grupo...
Era la hora anterior al alba; la hora del despertar de los puertos y de los barrios de pescadores; la hora que los antiguos representaban como una muchacha con alas, vestida con una túnica de color violeta pálido y acompañada de una lechuza de color de crepúsculo. El cielo, estrellado, estaba aún negro; la Osa Mayor se inclinaba hacia el mar, que florecía en fosforescentes espumas, y en el pueblo comenzaban a cantar algunos gallos madrugadores, que presentían la aurora.
Había, en la popa de una barca atracada al muelle y sujeta por una maroma, un farolillo que se balanceaba.
En esta barca, la Joven Rosario, iban a partir Kitty y sus amigos para Monsant.
Dos marineros, ayudados por los soldados de la guardia de la puerta de la Marina, pasaron de una mano a otra unos cuantos fardos y varios cestos de provisiones por la escotilla al interior de la bodega del falucho. Embarcaron luego los pasajeros; se acomodaron en los bancos, a popa, sobre la cubierta, y la Joven Rosario se separó del malecón y comenzó a alejarse a fuerza de remos, haciendo un ruido de chapuzones en el agua.
—¡Adiós! ¡Divertirse!—dijo el capitán de Llaves desde el muelle.
—¡Adiós! ¡Adiós! Hasta la vuelta—contestaron los viajeros.
El falucho era ancho y pesado; los tripulantes, cuatro: dos marineros, el patrón y un grumete.
Hacía un viento fresco; el relente de la noche dejaba la ropa humedecida. El agua parecía tan cuajada como el cielo de estrellas, que iban siguiendo a la barca, palpitando y temblando sobre las olas sombrías, que pasaban por encima del abismo negro del mar...
De pronto comenzó a rechinar una garrucha agriamente; la gran vela latina se extendió, como una claridad fantástica, en el aire de la noche, que tenía ráfagas turbias de luz; dió un latigazo, se inclinó la barca por una de sus bordas, y comenzó a marchar de prisa, abriéndose paso entre remolinos de espuma... El horizonte aclaraba por instantes; las estrellas palidecían. Unas nubecillas grises, azuladas, habían invadido el cielo por Levante, y estas nubecillas fueron enrojeciéndose hasta que el sol hizo su salida triunfal, rasando con su luz dorada las crestas espumosas de las olas.
Las nubes se fueron esparciendo por el cielo en grandes copos rojos, que se subdividieron y concluyeron por deshacerse.
El grumete, que corría a proa con los pies desnudos, se puso a cantar, con voz atiplada: