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La Ruta del Aventurero

Chapter 19: EPÍLOGO
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About This Book

La obra reúne relatos episódicos en torno a experiencias de viaje y peripecias aventureras por pueblos del Mediterráneo; combina escenas de acción con conspiraciones, escaramuzas y desplazamientos junto a pasajes de evocación y reflexión escéptica sobre la realidad, la identidad y la mirada del narrador. El tono alterna ironía y lirismo, presenta personajes pintorescos, encuentros fortuitos y descripciones vivas de paisajes urbanos y costeros. La estructura entrelaza narraciones breves y anécdotas que exploran el oficio de contar historias y las contradicciones de la vida de un hombre activo.

L'airet, l'airet, l'airet
de la matinada.
Del rich estiu, del rich estiu,
del rich estiu.

—¡Silencio!—le gritó el patrón severamente.

—Déjele usted cantar—exclamó Kitty—; lo hace muy bien.

El muchacho siguió con su canción, cambiando de voces con mucha gracia.

Ya la luz de la mañana alumbraba el mar, y los viajeros se veían unos a otros.

Kitty iba muy sonrosada y elegante con un chal y una capucha que le cubría la cabeza; la mujer del médico comenzaba a ponerse pálida, algo mareada; Urbina estaba preocupado; el Capitán, silencioso, y el doctor y Thompson se entretenían en hacer cabriolas y gansadas, exponiéndose a caerse al agua.

Al alejarse a una distancia de un par de millas del puerto oyeron la diana que tocaban los tambores y cornetas en el castillo de Ondara.

Se volvieron todos a mirar hacia atrás. El castillo brillaba como una ascua. Parecía fundido, incendiado por el sol; el pueblo estaba todavía en la sombra, y únicamente un rayo de oro daba en la cúpula de la iglesia, que centelleaba con mil reflejos.

Poco después se oyeron varios cañonazos.

Se veía el humo blanco de la salva, que manchaba el aire azul, formando una nube redonda, y unos segundos más tarde sonaba el estampido.

—La Naturaleza tiene también cosas cómicas—dijo el Capitán—. Esa diferencia de rapidez entre la luz y el sonido hace un efecto grotesco.

—¿Tampoco quiere usted estar conforme con la Naturaleza?—preguntó Kitty, riendo.

—Tampoco.

En esto se izó la bandera en el castillo de Ondara, que comenzó a brillar al sol.

—¡Hurra! ¡Hurra!—gritó Thompson, agitando su sombrero en el aire.

—No me ha parecido bien ese hurra cosaco, Thompson—dijo burlonamente el doctor—. ¿Ustedes qué opinan?

—La verdad es que ese grito del Norte en pleno Mediterráneo parece intempestivo—contestó Kitty.

—Completamente intempestivo—dijo el Capitán.

—Yo creo que el eco ha protestado con indignación—añadió el doctor.

—¡Qué duda cabe!—repuso el Capitán—. Yo mismo he visto un delfín que se ruborizaba al oír esa exclamación salvaje.

—No se esfuercen ustedes más, amigos míos—exclamó Thompson—, en convencerme que he hecho mal. Tienen ustedes razón. Había perdido la noción geográfica, se me había confundido en la cabeza el paralelo. Pero ahora estoy orientado, he encontrado la aguja de marear y creo que a este grito no tendrán ustedes que poner ninguna objeción.

—Vamos a ver—dijo el doctor.

—¡Evohe! ¡Evohe!—gritó Thompson desaforadamente—. ¡Eh! ¿Qué tal? ¿Tengo aire clásico?

—Parece usted un Sileno—dijo el doctor.

—¡Evohe! ¡Evohe!—repitió Thompson.

—Va usted hacer zozobrar la barca con sus gritos báquicos—exclamó el Capitán.

—Me callaré; pero ustedes confiesen que este ¡Evohe! ha estado muy bien.

—Yo lo confieso—dijo el Capitán—; la prueba es que el delfín, que iba antes avergonzado y triste con sus hurras, me ha hecho una seña de amistad y ha sonreído.


Hacía poco viento y tardaron dos horas en desembarcar en Alba, un pueblecito de la falda del Monsant.

Era el pueblo pequeño y blanco; se destacaba en el cielo azul intenso, colocado sobre un acantilado calcáreo de poca altura, rodeado por un arenal. Brillaba esta pared como si fuera de mármol veteado y manchado por algunas plantas trepadoras. Encima se alineaban casas blancas, cuadradas, como dados, sin alero, que refulgían al sol.

Al pie del acantilado se extendía la playa, llena de algas de aspecto haraposo.

La barca se acercó y encalló en el arenal.

Veíase éste en aquel momento lleno de gente; unos arrieros de pueblos de alrededor compraban y cargaban pescado en carros pequeños, y con tal motivo había gran movimiento de ir y venir.

Los viajeros, dirigidos por Kitty, cruzaron por entre los pescadores, salieron a una calle del pueblo y entraron en la posada.

—¿Qué hora es?—preguntó Kitty.

—Las ocho.

—Entonces tenemos que esperar una hora a que vengan la tartana y los caballos.

Salieron todos a una galería del mesón que daba hacia la playa.

Al lado del mar había un conjunto de chozas, unas de paja, otras de tablas, en cuyos cobertizos y tejados se amontonaban cuerdas de esparto. Entre barca y barca se secaban al sol las ropas de los marineros. Los chicos y las mujeres cavaban con la azada pequeños canales en la arena, para que las barcas que partían se deslizasen hacia el mar, y ayudaban a subir a las que llegaban, tirando de una cuerda que pasaba por dos poleas.

A las nueve en punto, la moza del mesón avisó que estaban la tartana y los caballos en la puerta, con el asistente de Urbina.

Kitty notó en aquel momento que el Capitán llevaba en la mano un bulto cuadrado cubierto de tela.

—¿Qué lleva usted ahí?—le dijo.

—Es un secreto.

—¿No lo puedo yo saber?

—Sí; es una jaula. Póngala usted en el coche, ya le diré a usted luego para qué es.

Las señoras y el médico subieron en la tartana; los demás, en los caballos, y se dirigieron todos por una rambla llena de polvo, y después por una cuesta pedregosa, a escalar la parte alta de un acantilado, por donde corría un camino de herradura. Este camino, la Volta del Rosignol, iba rodeando el monte hasta dominar la ensenada del Monsant, una ensenada casi redonda con un islote en medio, el islote del Farallón. A un extremo de la ensenada estaba el convento.

Al llegar sobre la altura y comenzar el descenso del camino, el caballo de la tartana salió con un trote descompasado, agitando la collera y un cucurucho de cascabeles que llevaba fijo en ella y que sonaba estrepitosamente en la marcha.

Los jinetes picaron la espuela a sus caballos, y en hora y media estaban todos en el convento.


XIII.
EL CONVENTO

Era un magnífico lugar aquel en donde se asentaba el monasterio. Se hallaba en una alta explanada del Monsant, al borde mismo del acantilado de la costa; tenía delante un bosquecillo de olivos; encima de éste, un pinar, y más arriba, cimas ásperas y pedregosas; abajo se extendía el mar, en cuya superficie luminosa se dibujaba la sombra del islote. Al acercarse al convento, por la Volta del Rosignol, se veía, primeramente, la torre por encima de los viejos y mugrientos tejados, entre los cipreses del camposanto; luego se abarcaba todo el conjunto del edificio, circundado por una muralla con aspilleras y rejas. Dentro de esta muralla se encerraba la iglesia, la vivienda, el jardín y el claustro.

Entre el convento y el bosquecillo de olivos había un raso ancho y empedrado, con una cruz de piedra en medio.

En aquel momento, un mendigo, envuelto en una anguarina parda, dormía al sol.

Llegaron la tartana y los caballos a la plazoleta; se detuvieron y bajaron los viajeros.

Un arco de la muralla entre dos columnas, con una puerta claveteada y pintada de azul, daba acceso al primer patio. En el fondo de éste se levantaba la iglesia, una fachada barroca con guirnaldas y grandes tejas con celosías. Encima de la puerta, contorneada por una moldura retorcida de piedra, había una hornacina con una Virgen antigua esculpida por algún artista gótico, y a los lados de ella se destacaban dos grandes escudos coloreados. La fachada remataba en una torre adornada con varios jarrones y tres campanas.

En el patio, los arrayanes decrépitos y mal cortados trazaban un rectángulo, y en medio de éste se levantaba una gran taza de mármol, musgosa, olvidada y triste, que en otro tiempo debió de estar embellecida y animada por el chorro vivo de un surtidor de agua clara.

Kitty y los amigos atravesaron el patio y se acercaron a la iglesia.

—Thompson y yo esperaremos aquí un momento—dijo el Capitán—, luego entraremos.

Kitty, con la mujer del doctor, el doctor y Urbina, pasaron al patio, y Thompson y el Capitán quedaron fuera con el asistente de Urbina y el tartanero.

—Oye, muchacho—le dijo a éste el Capitán.

—¿Qué quiere usted?

—Pasa por ahí y llama al jardinero o al portero, y dile a cualquiera de ellos que te venda dos palomas, y pregúntale si todas las semanas podrán vender otras dos.

—Bueno.

—Toma—y el Capitán le alargó unas monedas.

—¿Ya, cuidarán ustedes de la tartana?

—Sí, estaremos aquí.

El tartanero entró en el convento y volvió al poco rato con dos palomas grises.

—¿Qué han dicho?—preguntó el Capitán.

—Que venderán todas las que se quieran. Ahí tiene usted la vuelta.

El Capitán dió una propina al muchacho y cogió las dos palomas, las examinó, las encerró en la jaula y ésta la dejó dentro de la tartana.

—¿Qué vamos a hacer ahora?—preguntó Thompson.

—Yo voy a entrar—dijo el Capitán—; usted se queda aquí, inspecciona esto y me hace un pequeño plano del conjunto del edificio y de sus alrededores.

—¡Pero entonces no voy a ver el convento!

—Y a un luterano como usted, ¿qué demonio le importa ver un convento de papistas?

—¿Y el arte?

—¡Qué arte! No sea usted amanerado, Thompson. ¿No es una obra de arte el intentar, como intentaremos nosotros, si se puede, robar una señorita de un convento? Le creía a usted superior a esas supersticiones.

—No he dicho nada. Es usted el Capitán y le obedezco.

—Bueno. Hasta luego entonces.

Entró el Capitán en el patio, lo recorrió y pasó a la iglesia, y después al claustro. Aquí se reunió con Kitty y sus amigos, que estaban en compañía de la superiora y de una mujer de una belleza espléndida, vestida de negro. Era la Clavariesa. La Clavariesa hablaba con Kitty, al parecer, come con una amiga íntima.

Precediéndolos a todos iba un sacristán cojo, vestido con una túnica negra y armado de un llavero, abriendo puertas.

El Capitán se acercó a Urbina y le preguntó, señalando a la Clavariesa:

—¿Es la novia de usted?

—Sí.

—La puede usted decir unas palabras?

—Sí.

—Dígale usted que una paloma gris que llegará el domingo, por la mañana, a las doce del día, le traerá noticias de Ondara y de usted.

—¿Qué quiere usted decir con eso?

—Usted dígaselo en seguida. Que espere la llegada de la paloma.

Urbina, apretado de cerca, dió el encargo a la Clavariesa.

Siguieron todos visitando el convento.


Mientrastanto, Thompson tomaba notas y apuntes desde fuera.

Comenzaba a hacer calor; la luz cegaba y el tiempo invitaba a la pereza. Las cigarras llenaban con su chirrido el silencio del campo.

Thompson no sabía el propósito definido del Capitán. Hizo primero un croquis de los alrededores del convento y de la cima del Monsant, que tenía en uno de sus cabezos una atalaya derruída, del tiempo de los moros.

Después dibujó el conjunto del monasterio desde la Volta de Rosignol, con sus grandes tapias, su arco de entrada, su torre, sus tejados musgosos y sus cipreses negros y afilados.

Luego, abandonando el camino y alejándose de la costa, subió a un bosquecillo de olivos. Estos árboles centenarios, negros y retorcidos, parecían pulpos monstruosos de muchos brazos y de muchas manos que iban ascendiendo penosamente la montaña.

Desde aquella altura se veía la huerta del convento con una gran alberca cuadrada, en la que el agua negra verdeaba. Detrás de los perales y de los melocotoneros asomaban los cipreses melancólicos del cementerio, como detrás de la vida aparece la muerte. Sobre el mar azul revoloteaban algunas gaviotas y sobre la tierra, algunas palomas.

Thompson dejó el bosquecillo de olivos y subió por un pinar hasta la parte alta de una cima, desde donde se dominaba la costa al prolongarse hacia el norte. Al principio quedó extrañado; enfrente brillaba un peñón calcáreo erguido sobre una playa. El sol le arrancaba unos reflejos tan extraños que aquella roca gigantesca, blanca, roja y amarilla, parecía el fantasma de un monte vigía del mar azul.

Thompson estuvo contemplando aquella roca un momento para cerciorarse de que tenía realidad; luego temió quedar retrasado, cruzó el pinar y el bosque de los olivos y bajó a la puerta del monasterio.

Serían las once cuando los visitantes de Monsant salieron al patio.

—¿Y por qué no ha entrado Thompson?—preguntó Kitty.

—Tenía que hacer un encargo mío—repuso el Capitán.

—¡Qué egoísmo! ¿Por qué no lo ha hecho usted?

—Es que él sabe más geología que yo, y necesitaba examinar unas piedras. Además de que los aires papistas no convienen a los luteranos.

—No diga usted papistas. ¡Qué horror!

—¿Es usted ferviente católica, Kitty?

—Lo más ferviente que puedo.

Entraron unos en la tartana, montaron los otros a caballo y volvieron al mesón de Alba, a comer.

—¿Qué le ha parecido a usted la Clavariesa?—preguntó Kitty al Capitán.

—Muy bien; una mujer espléndida.

—Cuando estaba en Ondara querían encontrar rivalidad entre ella y yo. ¡Qué tontería, verdad!

—¡Sí!; hay demasiada diferencia entre ella y usted—dijo el Capitán.

—¿Verdad?

—Enorme.

—¿Tanta, tanta, cree usted?

—Es como comparar una estrella, no con un gusano de luz, huyamos de las exageraciones, como comparar una estrella de luz propia con un planeta.

—¿Y ella es la estrella de luz propia?

—No, la estrella es usted.

—Gracias, Capitán, es usted muy galante.

—Es usted como esas estrellas pequeñas, brillantes, intensas, que lanzan una mirada que vibra en el aire.

Kitty tomó un aspecto mixto de coquetería y de tristeza.

—Me gustaría saber, la verdad, lo que piensa usted de mí—dijo.

—Lo que siento de usted. Sencillamente, que es usted una mujer admirable.

—Se quiere usted reír de mí.

—No, no. Es usted una mujer encantadora.

—Con eso quiere usted decir que soy loca, temeraria... ¿verdad?

—¿Y quién no lo es? Solamente las gentes mezquinas saben hacerse un escudo con los lugares comunes y las preocupaciones generales para vestir su mezquindad. La poca gente noble que hay en el mundo, esa va a pecho descubierto; si le hieren de un flechazo, la flecha penetra hasta el corazón; si va por un precipicio y se desliza, la caída es hasta el fondo...

—Me da usted miedo—dijo Kitty—, debe usted odiar a la sociedad.

—La odio... y la desprecio—contestó el Capitán en tono sombrío.

—Pero sin sociedad, ¿cómo podríamos vivir?

—No sé; ni me importa pensarlo.

—Es necesario que haya leyes.

—Sí; así al menos hay la satisfacción de violarlas—replicó el Capitán en tono sarcástico.

—Y de Eguaguirre, ¿qué piensa usted?

—¡Eguaguirre!... Tiene un perfecto egoísmo a cubierto de todo ataque. Garitas, baterías, hornabeques, galerías cubiertas: su fortaleza es inexpugnable. No se perderá por amor al prójimo.

—¿Tan malo le cree usted?

—No; malo, no. Egoísta, frío, petulante. Tiene grandes condiciones de conquistador.

Kitty escuchó nerviosa y demudada. Al tranquilizarse un poco dijo:

—¿También tiene usted mala opinión de Urbina?

—No. ¡Ca! Urbina es un santo varón. Entre hacer de víctima o de verdugo, preferirá hacer de víctima; entre ser martillo o yunque, elegirá ser yunque. Yo le respeto y le reverencio, y si llega su martirologio le dedicaré un recuerdo y una piadosa lágrima.

Comieron en el fonducho de Alba y, después de pasar un rato de sobremesa y esperar a que transcurrieran las horas calurosas de la tarde, marcharon a la playa y entraron en la Joven Rosario.

El asistente de Urbina y el tartanero fueron a Ondara por tierra, dando una gran vuelta.

Kitty, que se había sentado a popa, se fijó en el envoltorio que llevaba el Capitán.

—No me ha dicho usted para qué es la jaula—dijo.

—¿Y quiere usted saberlo?

—Sí.

—Pues llevo aquí dentro dos palomas.

—¿En dónde las ha cogido usted?

—¿Cree usted que las he robado? No. Comprendo que hubiera estado más en carácter robándolas; pero me he contentado con comprarlas en el monasterio.

—¿Y para qué las quiere usted?

—Una de ellas servirá para llevar la carta que nuestro amigo Urbina escribirá a su amada.

—¡Qué idea! Pero tendría que estar advertida la Clavariesa.

—Lo está.

—¿Y la contestación?

—Yo supongo que se necesitarán dos cartas para que haya contestación. Si la muchacha se aviene a entrar en correspondencia con Urbina, se le enviarán palomas del castillo, de regalo, que desde el momento que las suelte volverán a su palomar.

—¡Bravo! Es usted un hombre de recursos, Capitán.

Se desembarcó en Ondara al anochecer, y el Capitán y Thompson se fueron a la fonda de la Marina.

Por la noche, los dos dijeron a Urbina que podía escribir una carta a la Clavariesa, que iría al convento llevada por una paloma.

Urbina, al saberlo, quedó intranquilo y nervioso, y se puso hacer borradores, que consultó con Thompson, a quien consideraba hombre más susceptible de sentimentalismo que el Capitán.

Dos días después había que enviar la paloma mensajera. Se leyó la carta definitiva, que se sometió al juicio de Kitty. Kitty hizo algunas observaciones de psicología femenina muy agudas, que Urbina atendió, y por la mañana del domingo subieron Urbina, Thompson y el Capitán al Mirador del castillo. Kitty tomó entre las manos una de las palomas y estuvo acariciándola. Según Thompson, era un ejemplar de la Columba Tabellaria. Esta clase, de pequeño tamaño, es de gran instinto viajero. El Capitán cogió la carta de Urbina, la dobló y la ató con una cinta en el ala de la paloma. Luego Kitty dejó el ave mensajera en el pretil del Mirador. La paloma dió unos pasos a un lado y a otro, después se lanzó al aire, trazó una gran curva para orientarse, se dirigió como una flecha hacia Monsant, y desapareció.

—He escrito una tontería—dijo Urbina—. Va a creer que soy un imbécil.

—Ya no puede usted recoger la carta del correo—exclamó el Capitán burlonamente.

—Se va a reír de mí.

—¡Qué se ha de reír!—exclamó Kitty.

—¿Cree usted que no?

—No. Claro que no. Es usted el hombre más notable que he conocido en mi vida.

—¿Cómico? ¿Grotesco?

—No. Delicado. Un carácter bueno, generoso.

Urbina, en un arranque de emoción, se acercó a Kitty y le cogió la mano con intención de besársela; luego no se atrevió y quedó en una actitud de perplejidad triste.

Al día siguiente Kitty escogió una paloma con pintas del palomar del castillo, la metió en una jaula, puso en un cartón atado el nombre de la Clavariesa e hizo que se la llevara un cosario que recorría los pueblos de la costa y que pasaba por Alba y por el convento de Monsant.

A los dos días la Clavariesa contestaba, y Urbina estaba loco de contento.


XIV.
LOS ARGONAUTAS

El Capitán, a quien habían asegurado que no corría el menor peligro de ser detenido, decidió quedarse en Ondara hasta el final de la aventura de Urbina.

Los amores de Kitty y Eguaguirre seguían en el mismo estado de amable galanteo; la gente sospechaba; pero nadie tenía un indicio claro de la intimidad de los amantes.

A las dos semanas de cruzarse cartas entre la Clavariesa y Urbina, el oficial, por consejo de sus amigos, se puso al habla con la tía de su novia.

Esta señora recibió a Urbina muy amablemente, y le dijo que Fenoller, el tutor, no cedería de ninguna manera mientras tuviera poderes. Había decidido que Dolores se casara con su hijo, y esta solución le parecía, porque le convenía a él, tan buena, que no aceptaba otra.

El despotismo de Fenoller había producido tal protestes y oposición en la tía de Dolores, que estaba deseando encontrar cualquier medio para chasquear al despótico tutor.

Urbina, al ver lo bien dispuesta que se hallaba aquella señora, pensó que debía hacer un gran esfuerzo.

Consultó con su amigo Thompson y después con el Capitán.

—¿Usted cree que ella estará dispuesta a escaparse con usted?—le preguntó el Capitán.

—Yo creo que sí.

—Pregúnteselo usted claramente. Si acepta organizaremos en seguida el plan de evasión.

—Creo que aceptará.

—Pues nada ¡adelante!, como decía el general Blücher cuando se ponía la pipa en la boca y un sombrero de mujer en la cabeza. Thompson y yo prepararemos el rapto. Usted se queda en el pueblo. Fenoller parece que vigila a Eguaguirre, pero no a usted. Si supiera que faltaba usted de aquí comenzaría a sospechar. Usted obtenga la contestación categórica de la chica. Le dice usted que su tutor no cede y que la tía está de acuerdo con usted.

—Eso haré.

—Y mientrastanto nosotros estudiaremos el terreno.

—¿Qué van ustedes a hacer?

—Como yo supongo que por tierra no se puede intentar nada, alquilaremos un falucho por un par de semanas y reconoceremos los alrededores del convento.

—Yo les cederé Roque, mi asistente. Es listo como un diablo.

—Lo conozco. Necesitaremos tres o cuatro hombres más.

—Eso se encuentra fácilmente.

—Sí; creo que sí. Pongámonos de acuerdo. Nosotros, de todas maneras, alquilamos el falucho; si no se puede emplear en la evasión, se perderá el dinero, y nos pasearemos.

—Bueno; no importa.

—En seguida que nos hagamos con el falucho inspeccionaremos la costa y veremos las posibilidades de la empresa; usted, mientrastanto, habrá escrito a su novia y recibido la contestación. ¿Que ella acepta? Pues le comunica usted en seguida el plan de fuga con todos los detalles; pide usted una licencia de un mes o de dos, rapta usted a la muchacha, se casa usted, y laus Deo.

—Haremos todo lo posible para que la cosa salga bien—dijo Urbina.

—Usted no hable ni a sus amigos íntimos del proyecto.

—No; no los tengo.

—La cuestión es llevar el asunto con el mayor sigilo, que no haya posibilidad de una sospecha, y luego realizarlo con rapidez.

Thompson fué el encargado de buscar la barca, y tras de dar muchos pasos inútiles, encontró un contrabandista de mala fama, que vivía en la punta del faro, que se avino a alquilarle su falucho con cualquier objeto.

Este contrabandista, el Farestac, de apodo, era hombre fornido, de mediana estatura, silencioso, negro por el sol, la cabellera roja, que le salía por debajo del gorro colorado y le caía sobre los hombros; las barbas grandes, cobrizas y enmarañadas, el pecho de oso y las manos peludas. El Farestac vivía con su madre, una mujer también roja y también selvática, en una casucha próxima al mar, medio cueva, medio cabaña.

El Farestac era un solitario, un insociable; necesitaba espacio, soledad, olas, espumas, huracanes. Este delfín misantrópico, a pesar de su violencia, tenía mucho de contemplador y de quietista. Dionysios no hubiera encontrado para sus fiestas un sátiro, un sileno, un egipan, en cuya mirada ardiera un fuego tan intenso y tan salvaje.

El único amigo y compañero del Farestac era el Rabec, viejo pescador andrajoso, de cara bronceada y llena de arrugas, la nariz de cuervo y el gorro rojo y agujereado.

El Rabec tenía varias cicatrices, una oreja cortada y en la íntegra un anillo de plata.

El Rabec era malhumorado y sarcástico, y gozaba fama de mala sangre. Su risa, su raílla, era siempre cruel y sangrienta.

El Rabec tenía un perro de aguas, el Dragó, feo, sucio e inteligente.

En la barca del Farestac, que se llamaba la Sargantana (la lagartija), servía de grumete Pascualet, un muchachillo morenito y ágil como un mono. La Sargantana del Farestac no era una barca limpia y bien cuidada, sino una barca abandonada y harapienta. En su casco se veían mapas de desconchados de su pintura verde, y sus velas estaban llenas de remiendos de varios colores.

La Sargantana no era un lacértido respetable, sino una lagartija bohemia y vagabunda, que conocía las sendas del mal mejor que las del bien.

Una tarde, al anochecer, Thompson con sus acólitos, el Farestac, el Rabec y el grumete, llegaron a Ondara; el inglés desembarcó y avisó al Capitán que para el día siguiente, por la mañana, iban a salir.

Les faltaba un botecillo, que alquilaron, y al otro día, al alba, los argonautas de Ondara salieron en la Sargantana, en dirección del Monsant. Llevaban una escalera, dos azadas, un pico, cuerdas y unas cestas con comestibles.

Hacía un viento vivo; el falucho marchaba rápidamente, con la vela grande y el foque inflados por el viento, haciendo murmurar las aguas que cortaba con la proa y dejando una estela de remolinos espumosos.

Doblaron la punta del Monsant, terminada en un amontonamiento de grandes rocas que formaban una cueva abierta por ambos lados; entraron en la ensenada y se dirigieron, en línea recta, hacia el islote del Farallón.

El islote brillaba al sol, seco, como un trozo de lava, amarillo y rojo, lleno de rajaduras y de agujeros, sin una mata de verde en los resquicios. Uno de sus lados estaba cortado a pico; el otro se alargaba en una roca horadada, que formaba un arco, por debajo del cual pasaban las olas.

Dieron la vuelta al islote, que desde algunos sitios, al reflejar el sol, parecía un témpano de hielo; acercaron el falucho, a golpes de remo, hasta un canal angosto, entre grandes piedras, y lo encallaron. El Dragó, el perro de Rabec, fué el primero que saltó a tierra y subió a la parte alta del Farallón, espantando a una nube de gaviotas que tenían allí su nido.

Había, arriba, una pequeña explanada en cuesta cubierta de esqueletos de aves.

Thompson y el Capitán subieron a la explanada y se tendieron a contemplar la costa.

Brillaba el mar, como una roca azul de diversos matices, bajo el esplendor del cielo inflamado. El aire estaba tibio, impregnado de esencias salobres. Un delfín jugueteaba entre las olas.

—Vamos a estar aquí hasta mañana por la mañana—dijo el Capitán—en que haremos un reconocimiento en el bote. Ahora, cada cual puede elegir el entretenimiento que quiera.

—¿Hay tantos?—preguntó Thompson.

—Se puede dormir, pescar, jugar, bañarse...

—¿Y usted qué va a hacer?

—Yo me voy a dedicar a la investigación y a la reflexión.

El Capitán sacó su anteojo y se puso a contemplar la costa y la ensenada del Monsant, que parecía estrechar entre sus brazos el islote.

El acantilado, en cuya cumbre estaba el convento, comenzaba en la playa de Alba; luego seguía como un zócalo por debajo del pueblo, e iba elevándose, al alejarse de él, hasta tomar gran altura y terminar en una punta rocosa.

Al comienzo, este acantilado era liso, calcáreo, sin hendiduras; de lejos parecía de mármol; luego, al aumentar en elevación, la pared que formaba se convertía en un peñascal, con desigualdades, con senos, en donde penetraba el mar y trozos del monte desprendidos que avanzaban en el agua, sembrándola de arrecifes. En algunos sitios, el suelo rojo mostraba sus entrañas desnudas y sangrientas.

Al lado contrario de Alba, detrás de la otra punta de la ensenada, se erguía a orilla del mar una roca, que parecía de piedra pómez por lo blanca y lo seca.

—¡Qué extraña mole!—exclamó Thompson—. El otro día la miraba desde lo alto del Monsant, y se me figuraba una nube iluminada por el sol.

—Si parece un azucarillo—dijo el Capitán, poco dispuesto a maravillarse.

Desde allí, el convento se presentaba muy en alto; no se veía de él mas que el cementerio con sus cipreses blanquecinos por el polvo, una torre cuadrada, con una galería con matacanes, adornada por una parra, y una muralla con aspilleras, que bajaba en zig-zag hacia el mar.

El convento tenía, mirado desde el islote, un aire belicoso y altivo.

A la derecha del monasterio se veía la mancha obscura del olivar, y luego, pinares que iban reptando cada vez más claros, hasta desaparecer en la parte rocosa y desnuda del monte. En un extremo, en uno de los cabezos, aparecía una atalaya del tiempo de los moros con un resto de muralla agujereada y rota.

—¿Quién conoce bien estos sitios?—preguntó el Capitán a Thompson.

—El Farestac.

—¿Quién es el Farestac?

—El patrón de la Sargantana; ese de las barbas rojas.

—Es un pirata. ¡Qué tipo! Dígale usted que venga.

El Farestac, que estaba preparando el almuerzo en compañía del Rabec y del grumete en un hornillo de hierro, subió a lo alto del islote.

—¿Qué quiere usted?—preguntó en un castellano rudo al Capitán.

—Siéntate aquí—le dijo el Capitán—¡compañero!—y le dió una palmada en el hombro.

—¿Compañero de qué?—preguntó el Farestac con tono burlón.

—De piratería. Tú eres un pirata, ¿verdad?

—¿Yo?

—Si no lo eres en grande, no es por falta de ganas, Farestac. Tu barco destila contrabando y piratería.

—¿Y el barco de usted?

—Yo no tengo barco—replicó el Capitán—; soy un pirata de monte. Siéntate; somos lobos de la misma carnada.

El Farestac se sentó, mirando al hombre con sorpresa.

—¿Conoces esta tierra que está delante de nosotros?—dijo el Capitán.

—Sí.

—¿Bien?

—Mejor que nadie.

—¿Cuántas entradas hay en esta costa?

—¿Entradas?

—Sí. ¿Cómo les llaman aquí? Calas. ¿Cuántas calas hay?

—Tres—contestó el Farestac.

—¿Cómo se llama aquella de enfrente?

—¿Aquélla?

—Sí.

—Cala del Infern.

—¿Y ésta que está aquí cerca de la punta?

—La dels Capellans.

—Y la tercera, ¿dónde está?

—La tercera está doblando esta punta, y se llama dels Avions.

—¿Por alguna de ellas se puede subir?

—Por todas se puede subir.

—¿Por cuál es más fácil la subida?

—Por la del Infern.

—¿Has subido tú?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hará un año la última vez.

—¿A dónde se sale?

—Al cementerio del convento.

—¿Te daría miedo subir otra vez?—repuso el Capitán.

—Menos que a usted—contestó el salvaje marino sarcásticamente.

—A mí no me da miedo nada, hijo mío—repuso el Capitán, dando un nuevo golpecito en el hombro del patrón y sonriendo.

El Farestac miró a su interlocutor con curiosidad creciente.

—¿Qué van ustedes a hacer en la cala del Infern?—preguntó.

—Vamos a subir al convento.

—¿A qué?

—A robar una monja.

—Una moncha. ¿De verdad?

—Sí. Una moncha joven y guapa. ¿Tú te llevarías una?

—Una joven y guapa ¡ya lo creo!—exclamó el Farestac con los ojos brillantes.

—Pues nada, escoge una y te ayudaremos. Formaremos una Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas. Razón social: Farestac, Thompson, Rabec, etc., etcétera. Capital: el que se robe.

El Farestac, que no entendía bien lo que decía el Capitán, comenzó a mirarle con mayor extrañeza. Quizá pensó que estaba loco.

Se comió en la parte baja del islote del Farallón, se pasaron las horas pescando y al anochecer se tendieron todos a dormir.

Antes de amanecer, el Farestac despertó a la gente. Se decidió que el Rabec, a quien nada se había contado del proyecto, quedara en el islote cuidando de la Sargantana en compañía del Dragó. Los demás se metieron en la lancha y se dirigieron hacia la costa.

En el mar palpitaban tantas estrellas, que su brillo tembloroso producía el vértigo.

En media hora se acercaron a la cala del Infern. Amanecía.

No era aquella cala un pequeño golfo bien abierto e iluminado por la luz del sol, sino un agujero irregular y tenebroso que comenzaba por una hendidura estrecha.

Delante de esta hendidura había rocas basálticas blancas y grises que formaban como restos de un gran palacio, del que quedaran arcos y galerías rotos. Al borde mismo del agua salían pinos por las grietas de las piedras. El bote se deslizó por entre los peñascos sobre el agua inmóvil, que parecía de cristal, y penetró en la hendidura. Llegaron hasta el fondo y ataron la lancha, y almorzaron.

Empezaba a entrar por arriba la claridad del sol y se iba viendo poco a poco la extraña configuración de la cala. El mar aparecía blanco, lechoso, entre dos paredes negras, húmedas, llena de oquedades; ya fuera, era azul, con un color turbio de cristal; una red de meandros de espuma cubría su superficie con un galoneado de plata.

Comenzó a sonar la campanita del convento de una manera charlatana y alborotadora.

—Vamos a hacer nuestra inspección—dijo el capitán.

—Vamos—repuso el Farestac.

La hendidura era más estrecha en la boca que en el fondo. La cala formaba dentro un seno irregular. Tenía allí unos sesenta pies de ancho y ciento veinte de alto. El Farestac aseguraba que había una senda que a trechos se convertía en escalera y que llegaba a lo alto.

Se encontró un resto de camino que comenzaba por el lado izquierdo mirando hacia el interior. Al principio iba en una pendiente suave; luego se hacía más escarpado, rodeaba la cala y pasaba al lado derecho. Hasta la mitad de la altura se logró subir con grandes dificultades; luego había una parte de veinte pies como un lomo de piedra resbaladizo, que se podía escalar trepando, agarrándose a las rendijas. De aquí el camino pasaba por un resalto medio desmoronado por las filtraciones del agua. Este resalto, que corría paralelamente a una hendidura horizontal, se llamaba, según dijo el Farestac, el Pas de la Rabosa.

El marino encontraba muy cambiada la senda de la cala del Infern desde que él había estado la última vez.

Sin duda las aguas de lluvia habían ido deshaciendo y arrancando grandes trozos de la arena y de la piedra calcárea, echándola al fondo de la cala.

El Pas de la Rabosa terminaba en la pared de la derecha, en una oquedad profunda, de donde salía otra senda a trechos con escalones que subía a la parte alta del acantilado. Esta senda se hallaba interrumpida por un desmoronamiento que dejaba unos quince pies sin paso.

Al llegar a la oquedad el Capitán se detuvo, y dirigiéndose a Thompson, exclamó:

—Amigo Thompson, ¿tiene usted buena memoria?

—No; pero tengo un lápiz y un cuaderno que la substituye mal que bien.

—Bueno. Vaya usted apuntando todo lo que necesitamos para dejar accesible la subida.

Thompson fué apuntando lo que le dijeron: garfios de hierro, varias tablas, cuerdas, etc.

Arreglaron durante la mañana la subida hasta el Pas de la Rabosa. Después comieron. Habían llevado un hornillo de hierro, donde se guisó y se hizo café. El vino lo echaban a un porrón de hoja de lata, y de allí bebieron todos a chorro.

Al comenzar la tarde hicieron una maniobra de importancia y de peligro. Ataron con la cuerda por la cintura a Pascualet; tendieron después la escalera de un lado del abismo al otro, sujetándola en una piedra lo mejor posible, e hicieron que el muchacho atado pasara y afirmara la escalera con grandes clavos por el otro lado.

Hecho este puente, cruzaron todos por él. Primero pasaron el Farestac y el Capitán; después, Roque y Thompson. Les faltaba únicamente unos cincuenta pies para llegar al borde superior de la cala del Infert; pero esta subida no era difícil, porque había una buena senda. La limpiaron quitándola hierbajos resbaladizos, y cuando comenzaba a hacerse de noche salieron a lo alto del acantilado.

Ahora también la campanita del convento derramaba sus notas de cristal en la calma del crepúsculo...

El Farestac y el Capitán se acercaron al cementerio, mientras Roque y Thompson quedaban en las esquinas de la tapia mirando a hurtadillas por si llegaba alguien.

El capitán escaló la tapia del camposanto, y el Farestac le siguió. Se acercaron saltando tumbas a una puerta en arco que comunicaba con el jardín del convento. Esta puerta, pintada de verde, estaba cerrada con cerrojo y llave.

Por una rendija miraron y vieron a la superiora y a otra monja dando instrucciones al jardinero.

—Hay que limar la lengüeta de esta llave—dijo el Capitán—. Teniendo abierto esto, la fuga es fácil... Abriremos la otra puerta del cementerio que da hacia el mar, y en un minuto la novia de Urbina puede estar en el Pas de la Rabosa. Vámonos, Farestac. Por hoy ha concluído sus funciones la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas.

Salieron el Capitán y el Farestac del camposanto, y reunidos con los otros dos y el chico, comenzaron casi a tientas la bajada por la senda de la cala del Infern hasta llegar al mar.

—Añada usted a lo que necesitamos—dijo el capitán a Thompson—un par de limas buenas y una tranca.

—Está bien.


Se embarcaron en la lancha. Llegaron al islote, y poco después la Sargantana, como un tritón jovial y alegre que deja por primera vez la férula de los maestros y de los padres, marchaba hacia Ondara con las velas desplegadas.


XV.
EL RAPTO

Inmediatamente que llegaron a Ondara el Capitán y Thompson fueron a ver a Urbina. Este les mostró una carta de la Clavariesa, en la que se mostraba anhelante por dejar el convento y dispuesta a escaparse.

—Bueno—dijo el Capitán—; puede usted escribir a su novia que pasado mañana, a las siete de la tarde, el sábado, irá usted por ella. Dígale usted que a esa hora en punto esté delante de la puerta del jardín del convento que da al cementerio. Allí la esperaremos nosotros y la llamaremos. La lengüeta de la puerta estará cortada. Que abra el cerrojo y entre en el cementerio, y caerá en los brazos de su adorador.

Urbina escribió la carta con estas instrucciones, la mandó con una paloma desde el castillo y para la tarde tenía la contestación.

La muchacha estaba con ansiedad esperando el momento de la fuga; se colocaría a la hora de la cita delante de la puerta del jardín que daba al cementerio y, al oír que la llamaban, descorrería el cerrojo y pasaría.

—Esta noche saldremos a nuestra expedición—dijo el Capitán—. ¿Ha pedido usted su licencia?

—Sí; Kitty se encarga de facilitármela.

—Después del rapto, ¿volveremos a Ondara?

—¿A usted que le parece?—preguntó Urbina.

—Yo, como usted, si tuviéramos buen tiempo y buena mar, seguiría hasta donde se pudiera.

—Y usted, Capitán, ¿qué piensa hacer?

—A mí no me importa dejar esto.

—¿Y Thompson?

—Thompson, si quiere, se puede quedar aquí. Pasaremos por delante de Ondara: hay que traer el bote; en él puede volver.

El viernes, por la tarde, Thompson y el Capitán mandaron llevar al falucho todos los útiles necesarios para la expedición, y el Capitán añadió su equipaje.

Salieron a media noche remolcando una lancha plana; hacía poco viento y tardaron dos horas largas en llegar a la ensenada de Monsant; a la luz de las estrellas se acercaron al islote del Farallón, ataron la Sargantana, dejaron al Rabec con el Dragó de guardia en el peñasco solitario, y con la lancha se acercaron a la cala del Infern.

El Capitán y Thompson subieron a lo alto del acantilado, saltaron la tapia del cementerio y comenzaron a serrar la lengüeta de la cerradura de la puerta que daba al jardín de las monjas. Para el amanecer habían concluído su trabajo. De miedo que la puerta chirriase al abrirla untaron sus goznes con aceite.

—La Sociedad de Raptos y de Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad prudente—dijo el Capitán—; el dinero de los asegurados puede estar tranquilo.

—¿Qué capital social tenemos?—preguntó Thompson alegremente.

—El que se robe. No nos queremos distinguir de las demás Sociedades.

La puertecilla del cementerio que daba hacia el mar estaba podrida, y de un empujón quedó abierta.

—¿Hay que hacer algo más?—preguntó Thompson.

—Nada, esperar.

Terminados estos preparativos, Thompson y el Capitán se acercaron gateando al borde de la cala del Infern y se tendieron en la hierba.

—Creo que voy a pescar un magnífico reúma—dijo el Capitán, al echarse en el suelo.

—En cambio verá usted un amanecer espléndido—replicó Thompson.

—¿Usted cree que compensa una cosa la otra?

—Hombre, según la importancia que se le dé al reúma.

—Y según la importancia que se dé a la contemplación del amanecer.

Comenzaba la hora tímida e indecisa de la mañana. Thompson, que era hombre de cierta cultura clásica, recordó los celebérrimos y conocidos dedos de rosa de la Aurora y habló de Faetonte y de Tithon.

—Ahora es la Aurora una muchacha púdica—dijo—, como una niña que va a la primera comunión. No se atreve a mirarnos, lleva la cabellera recogida y el cuerpo cubierto por su túnica blanca; dentro de poco será como una bacante rubia, que nos envolverá con sus cabellos inflamados y hará arder la tierra en rubíes y el mar en perlas y en diamantes.

—Así la quiero yo: enérgica, antirreumática.

—Destruye usted la poesía de las cosas, Capitán, con esos recuerdos de tisanas y franelas.

—Es que yo soy un hombre antipoético por excelencia.

—No lo creo así.

El Capitán se entretuvo entonces en desarrollar ante su amigo Thompson el funcionamiento de la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas, que había ideado.

—Sabe usted lo que estoy pensando al oírle—dijo Thompson con seriedad.

—¿Qué?—preguntó el Capitán.

—Que tan fantástica es esa Sociedad como nuestros actos. Es usted una sombra que está creando otra sombra.

—¡Bah! Literatura, amigo Thompson. ¡Sueños!

—Toda la vida es sueño, Capitán. Si en otro tiempo se hubieran escrito nuestras aventuras, los eruditos de hoy supondrían que no tenían realidad.

—No sé por qué.

—Lo supondrían. Y no crea usted que yo lo supongo igualmente. No. Yo creo que somos hombres de carne y hueso—repuso Thompson.

—Yo también—dijo el Capitán—. Más hueso que carne; pero, en fin, hay algo de carne.

—Eso lo dirá usted pensando en sí mismo, no en mí.

—Sí, me había olvidado de su opulencia, Thompson. Siga usted con su argumento.

—Decía, que siendo nosotros hombres de carne y hueso ¡con qué facilidad se nos convertiría en símbolos de un viejo mito!

—No veo la facilidad.

—Yo, sí. Figúrese usted los indicios que tendría el comentarista al leer nuestra historia, para creer en un mito y en un mito solar: primeramente, estamos en el solsticio del año; fíjese usted bien: ¡el solsticio del año!; segundo, vamos a robar a una dama. Esta dama, la Clavariesa, es una belleza, una gran belleza; por tanto, una encarnación de Mithras, del sol, de Venus, del amor; el convento es la noche, en que está guardada la luz; Urbina es Marte, enamorado de Venus...

—Un Marte muy tímido—dijo el Capitán.

—El sacristán del convento es Vulcano. Usted ha dicho que es cojo.

—Y lo repito.

—El Farestac es la naturaleza salvaje, que se pone a favor de los enamorados.

—¿La Sargantana?

—La fuerza del mar.

-¿Y yo?

—Usted será, probablemente, una encarnación de Mercurio, dios de los comerciantes y de los ladrones, lleno de recursos para todo.

—¡Gracias!

—Pascualet y yo seríamos espíritus auxiliares de poca importancia.

—¿Y Roque?

—Roque, la fidelidad, que en vez de vestir de blanco y llevar una llave y un perro, va vulgarmente de asistente en la vida de los fenómenos.

—No falta mas que el Rabec—dijo el Capitán.

—El Rabec es un servidor del Cerbero, del Dragó, de ese perro de aguas que nos parece insignificante y que el comentarista daría proporciones de dios infernal. Respecto a esta cala, que se encuentra a nuestros pies, unos dirían que era la caverna de Ténare, con sus fauces abiertas, por donde bajaron Hércules y Orfeo a los infiernos, según Virgilio; otros, que el antro de la serpiente Python; pero el comentarista filósofo y racionalista comprendería que esta cueva simbolizaba la humedad y la lobreguez de la tierra cuando no ha sido acariciada aún por los rayos del sol. Ahí tiene usted una pequeña trama mitológica, en donde aparecen Venus, Marte, Mercurio, Vulcano, con acompañamiento de fuerzas de mar y tierra. Vea usted, Capitán, cómo nuestros cuerpos mortales pueden tomar las apariencias de un símbolo.

—Descendamos, amigo Thompson, a las realidades de la vida—dijo el Capitán—, porque esta bacante rubia de la Aurora empieza ya a molestar un poco.

—Descendamos a la cala del Infern—repuso Thompson...

El Mediterráneo se extendía verde, cerca de la costa; más lejos, azul intenso. El viento era vivo, y las olas, al romperse, llenaban de un rebaño de corderos blancos la superficie del mar.

El Capitán y Thompson volvieron al interior de la cala y ayudaron al Farestac, a Roque y a Pascualet en el trabajo de dejar la bajada más fácil.

Urbina estaba en el colmo del asombro al verse metido en aquel rincón fantástico.

Almorzaron y comieron allá, y al caer de la tarde comenzaron los últimos preparativos. Se hizo que Urbina subiera y bajara desde lo alto del acantilado hasta el mar, para que se acostumbrara.

Urbina y el Capitán se colocaron en el cementerio. Thompson estaría en el Pas de la Rabosa con una antorcha, que encendería al ver llegar a la Clavariesa; Roque y el Farestac, en las cuestas resbaladizas, y Pascualet, al cuidado de la lancha.

A las siete menos cuarto, el Capitán y Urbina salieron de la cala gateando para que nadie les viera, y corriendo por el borde del acantilado entraron en el cementerio.

Urbina tenía un aspecto encogido y avergonzado.

—Amigo Urbina—le dijo el Capitán—, hay que adoptar una postura gallarda. La naturalidad y el encogimiento modesto no se han hecho para los héroes. Recuerde usted a Napoleón, que tomaba lecciones de prestancia de Talma.

Urbina sonrió.

Cruzaron los dos el cementerio y se acercaron a la puerta que daba al jardín de las monjas.

Miraron por una rendija.

—Se acerca ella—dijo Urbina de pronto, con el corazón palpitante.

—Háblela usted—murmuró el Capitán.

—Cuando venga.

—Ande usted. No vaya a creer que no hay nadie.

—¿Estás ahí?—preguntó Urbina con voz ahogada.

—Aquí estoy.

—Pregúntele usted si no la observan.

—¿Hay alguna monja en el huerto?

—Ahora, sí. Espera un instante.

Esperaron unos minutos.

—Ya no hay nadie. ¿Abro?

—Sí.

La Clavariesa descorrió el cerrojo y empujó la puerta, cuyos viejos y enmohecidos goznes chirriaron, y la muchacha pasó al cementerio. La Clavariesa dió la mano a Urbina, que no se atrevió a besarla.

El Capitán sujetó la puerta con una tranca.

—¡Adelante!—dijo—. Ya sabe usted el camino.

La Clavariesa y Urbina salieron del cementerio. El Capitán miró por el resquicio de la puerta. No aparecía nadie en el jardín del convento.

Cerciorado de la tranquilidad que había, corrió por el cementerio, se deslizó a gatas por el talud y entró en la cala del Infern.

—La Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad prudente—dijo en voz alta—, y el dinero de los asegurados se halla en buenas manos.

—¿Estamos ya?—preguntó Thompson.

—Sí.

El inglés encendió su antorcha.

La Clavariesa, muy dueña de sí misma, comenzó a bajar la senda y cruzó el Pas de la Rabosa riendo. Urbina, con la emoción y el vértigo, vacilaba y tuvo el Capitán que sostenerle.

—¡Animo!—le dijo éste—; un momento de esfuerzo. Hay que dominar los nervios rebeldes. No vaya usted a estropearnos los dividendos de la Sociedad.

Urbina se rehizo y siguió bajando el sendero hasta el mar. Afortunadamente para él, estaba obscuro y su novia no pudo notar su turbación.

Al llegar al bote se dejó sitio a Urbina y a la Clavariesa en la popa, y los demás quedaron reunidos a proa.

—¿Qué, no salimos?—preguntó la muchacha alegremente.

—Esperamos a que sea de noche completa para que no nos vean.

Serían las nueve cuando la lancha se deslizó por la hendidura de piedra de la cala del Infern y se dirigió al islote del Farallón.

Urbina había consultado con su novia si volver a Ondara o seguir adelante, y ésta fué partidaria de seguir adelante.

Entraron todos en la Sargantana y ataron el bote a popa.

Hacía viento y las olas venían erizadas de espuma. La gran vela latina del barco se extendió en el aire y blanqueó pálidamente en la obscuridad; después se largó el foque. La Sargantana se acercó a una milla de Ondara.

Se veía en el ambiente de la noche estrellada la vaga silueta del castillo y algunas luces que brillaban aquí y allá en el pueblo.

—Bueno, Roque y yo nos vamos en la lancha—dijo Thompson.

Thompson abrazó al Capitán y a Urbina, y estrechó la mano de la Clavariesa; Roque se despidió emocionado del teniente y bajó al bote. La barca estuvo un momento inmóvil; Thompson y el soldado comenzaron a remar. Cuando volvieron la cabeza hacia atrás, la Sargantana había desaparecido...


A la hora en que la luz de la mañana comienza a filtrarse por entre las nubes; a la hora en que palidece Venus y lanza sus últimos destellos Syrio; a la hora en que las brumas se evaporan y aparece el mar azul con sus meandros de espuma, bajo la gran claridad gloriosa del sol; a la hora en que se abren las puertas del día y Faetonte galopa arrastrando el carro de la Aurora por el incendio del cielo, comenzaron a tocar a rebato las campanas de Monsant.

Algo grave ocurría a las buenas hermanas para producir tanta alarma.

Las gaviotas que hacían su primer viaje de exploración por entre las rocas quedaron sorprendidas de este campaneo insólito; las palomas que revoloteaban alrededor del convento se alejaron en son de protesta; las golondrinas y los vencejos chillaron más; el mismo islote del Farallón pareció asomar su lomo puntiagudo como un delfín sobre las aguas preguntándose la causa de este alboroto.

Poco después, desde lejos, se vió entrar en el cementerio unas siluetas negras, las de varias monjas, dirigidas por la superiora de la Comunidad. Fueron de aquí para allá mirándolo todo; luego se acercaron a la cala del Infern y huyeron de ella rápidamente, haciéndose cruces...

Y, mientrastanto, las campanas de Monsant seguían tocando a rebato desesperadamente...


«Málaga, julio de 1827.

Señor don Eugenio de Aviraneta.—En Veracruz.

Mi querido Capitán: He recibido su carta con los informes comerciales que le pedí acerca de esa plaza. Muchas gracias por su diligencia y amabilidad. De nuestros amigos de Ondara no le puedo dar buenas noticias. El médico don Jesús, que está ahora aquí, me ha hablado de ellos.

El comandante don Santos, el que usted suponía, y con motivo, que era un agente del Angel Exterminador, preparó un lazo contra nuestra amiga Kitty y Eguaguirre, e hizo que el coronel los sorprendiera en el mirador del castillo: a él, estrechando por la cintura a Kitty; a ella, con la cabeza apoyada en el hombro del teniente. La escena debió de ser terrible; al coronel, que ya estaba predispuesto a la apoplejía, le dió un ataque, y quedó baldado y paralítico.

Todo el mundo se enteró en Ondara de lo ocurrido, y el escándalo en el pueblo fué sonado. Figúrese usted la alegría de las gentes que se creen virtuosas porque van a la iglesia, al saber la deshonra efectiva de la coronela. Kitty ha estado cuidando a su marido. ¿Y sabe usted lo que ha hecho Eguaguirre? Ha pedido el traslado y se ha marchado a Barcelona, donde anda de garito en garito. Tras de la muerte del coronel, Kitty, sola, abandonada, influída por los curas de Ondara, ha entrado en el convento de Monsant.

Este Eguaguirre, que siempre me fué odioso por su egoísmo y por su brutalidad, ha deshonrado, ha abandonado a nuestra pobre Kitty, tan ingenua, tan cariñosa, tan buena.

¿Se marchitará en la soledad, en ese suicidio lento del claustro, esta mujer tan digna de ser feliz? Yo espero que no.

Es de usted muy amigo, J. H. Thompson


«Ondara, diciembre de 1827.

Señor don Eugenio de Aviraneta.—En Nueva Orléans.

Querido Capitán: Le escribo a usted desde este pueblo, que tiene para mí profundos recuerdos desde la época en que fundamos la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas.

En el tiempo que he estado aquí me han contado muchas cosas, y todas tristes. Kitty me dicen que se encuentra enferma en el convento de Monsant; parece que está dando pruebas de santidad. No se la puede visitar.

La pareja Clavariesa-Urbina vive en Valencia, y no son tampoco muy felices. La Clavariesa domina a su marido; le trae, le lleva, le reprocha que es pobre. Las observaciones acerca de la teoría analítica de las probabilidades de Laplace, de mi pobre amigo, se van a quedar en el tintero. De las dos parejas que tanto nos interesaban en Ondara: Kitty-Eguaguirre y Clavariesa-Urbina, las dos han terminado mal; en las dos ha caído lo peor y lo más bueno.

Como dice el refrán español: «Siempre se quiebra la cuerda por lo más delgado». ¿Conoce usted las Afinidades electivas, de Goethe? Formulo la pregunta tontamente. Ya sé que no quiere usted nada con el astro de Weimar.

¿Sabe usted que he visto al Farestac y me ha preguntado por usted? Tiene un recuerdo de nosotros extraordinario. Me ha dicho que si estuviera usted cerca iría a reunirse con usted. Sigue tan salvaje como antes.

La verdad es que cuando vive uno en un mundo tan bestial como el nuestro dan ganas de marcharse a una isla como la del Farallón, y no tener más amigos que los delfines y los atunes.

A pesar de estos lamentos pasajeros, ya sabe usted que soy un optimista rival del doctor Pangloss, y que pienso persistir en mi optimismo.

Su amigo cariñoso, J. H. Thompson


«Ondara, mayo de 1831.

Señor don Eugenio de Aviraneta.—En Bayona.

Mi querido Capitán: Siento mucho que no pueda usted entrar en España todavía, y que tenga usted que estar constantemente detenido ahí. Hoy he cumplido mi piadosa misión de visitar la tumba de Kitty. He ido al convento de Monsant; he hablado con la superiora, una vieja escuálida y apergaminada, a quien he dicho ser hermano de Kitty, y la he pedido permiso para adornar con flores el trozo de tierra donde está enterrada nuestra amiga.

Al entrar en aquel cementerio abandonado, al ver el mar azul y el islote del Farallón, que brota de las aguas; al llegar al pie de la tumba, donde duerme eternamente nuestra pobre Kitty, he llorado como un niño.

Me perseguía el sacristán, y, para quedarme solo, he salido del camposanto y, en aquel talud que baja a la cala del Infern, me he sentado sobre una piedra a entregarme a mis pensamientos.

De todos mis recuerdos relacionados con Ondara, el más fuerte en aquel momento era el de una tarde en que estuvimos usted y yo en el mirador del castillo. Hacía calor. Usted hablaba con Eguaguirre; Kitty, conmigo; ustedes discutían de política; nosotros charlábamos acerca de nuestras preferencias poéticas.

Kitty recitó entonces la canción del Mignon, de Goethe, que tanto le gustaba:

«¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el follaje sombrío brilla la naranja de oro?»

Tal sentimiento puso en su canción, que, al terminarla, tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Se emociona usted mucho—la dije.

—Sí. Esta canción, en la que no se habla de nada triste—me contestó—, me parece impregnada de la idea de la muerte, del acabamiento. Al recordarla pienso dónde estaré enterrada cuando muera.

—¿Y en dónde quisiera usted estar enterrada?—dije yo, echando la pregunta a broma.

—Ahí, en Monsant—me contestó—, al lado del mar, en una tierra inundada de sol.

Ya lo está.

¡Dolor! ¡Dolor de morir! ¡Dolor de vivir!


Al volver a Ondara me he sentado en una piedra, en la Volta del Rosignol, y he tratado de llevar el orden y el reposo a mi pobre cabeza perturbada.

No lo he podido conseguir.