—No. ¡Ca! No puede ser.
Y expliqué cómo y por qué esto no era posible.
—¿Lo haría usted mejor?
—Yo, ¡ya lo creo! Soy disecador de Londres y pintor.
—Sí; en Londres se trabaja bien en estas cuestiones; pero en París tampoco se hacen las cosas mal. No hay que quitarle nada a París.
Callé, como no queriendo comprometerme demasiado, y entonces el dueño de las figuras de cera me dijo si tendría inconveniente en trabajar para él, modelándole en cera varias alimañas en actitud feroz, y retocando algunas figuras como la de Danton, la de Fualdés, el asesinado, y otras que habían perdido el color, pues la gente no se contentaba con ver sus caras, sino que quería tocarlas.
—¿Tanto tiempo va usted a estar aquí?—le pregunté yo.
—No, me marcho en seguida; pero usted puede venir conmigo en mi coche.
Quedamos de acuerdo en que le haría el trabajo y en que él me proporcionaría los útiles necesarios, pagaría mis gastos y me daría tres francos al día. Me instalé en su carreta de cuatro ruedas, cerrada y con techo, y comenzamos a marchar despacio camino de Pau.
El dueño de las figuras de cera, monsieur David, era un señor fino que hubiera podido ser académico, notario o enterrador. Vestía de negro y llevaba una cinta roja en el ojal. Viajaba en compañía de sus figuras de cera y de su criado Michel. Al mismo tiempo que monsieur David, y llevando el mismo camino, iban varias carretas: dos de un domador de fieras, que se decía húngaro, con un león viejo, unas panteras y varios monos; un coche de una señora que tenía cacatúas amaestradas; un furgón de un domesticador de focas, y un tílburi de un charlatán vendedor de específicos, prestidigitador, sacamuelas y frenólogo.
En el camino nos encontramos con saltimbanquis, gitanos, y alguna mujer harapienta con un carretón donde llevaba un organillo y la familia menuda.
En los tres días que fuí en compañía de monsieur David, puse los más brillantes colores en las mejillas de Fualdés, el asesinado; animé los ojos de María Antonieta, de Carrier, de Napoleón, de Danton y de Marat, y comenzaba unos bocetos de fieras cuando nos detuvimos en una posada, poco antes de llegar a Pau.
Estaba lloviendo; se metieron las carretas en un corral y nos reunimos en un cuarto de la posada, el domador húngaro y su criado, el charlatán prestidigitador, un ventrílocuo, el domesticador de focas, la madama de las cacatúas, monsieur David y yo.
Cenamos juntos, y como esta gente es jactanciosa, cada cual contó sus triunfos en los diferentes pueblos del tránsito. El domesticador de focas hizo tales elogios de sus animales, que la gente los tomó a broma. Apostó entonces él a que enviaba a su Baby, la mejor de sus focas, con una carta para monsieur David, y a que se la entregaba. Se aceptó la apuesta y se puso dinero en pro y en contra. El domesticador salió del cuarto al patio y, poco después, vimos a la foca que avanzaba pesadamente con sus aletas por el pasillo, entraba en el cuarto donde estábamos, ofrecía un sobre que llevaba en la boca a monsieur David y le hacía una ceremoniosa reverencia. Se aplaudió al domesticador de focas y a su discípula Baby, que se dieron un beso. El charlatán explicó sus juegos de manos, y después sacó una baraja e invitó a una partida. Yo creí que los demás no aceptarían. ¿A quién se le ocurre jugar a las cartas con un prestidigitador?
Se sentaron en la mesa, y el charlatán, el domador, la madama de las cacatúas, el domesticador de focas y monsieur David barajaron y cortaron y se pusieron a jugar a la malilla. Yo me tendí en un diván y me quedé dormido.
A media noche me despertaron los gritos.
Todos vociferaban y discutían, y tenían montones de plata y de cuartos encima de la mesa.
El domador debía de perder mucho; estaba anhelante, congestionado, con una gruesa vena hinchada en la frente. A cada momento se pasaba la mano por las patillas. La madama de las cacatúas marchaba también mal, a juzgar por su aire humillado; el domesticador de focas estaba indiferente; monsieur David sonreía, y el charlatán, delgado, mefistofélico, tenía un aire plácido e insinuante y ponía derecho un naipe en la nariz y seguía jugando.
Mientrastanto el ventrílocuo, alto y flaco, con los brazos y piernas recogidos en la silla, sacaba unas extrañas voces de su cuerpo.
El final del juego se aproximaba, y, efectivamente, en una pasada, el dinero del domador húngaro desapareció y fué a parar a manos del charlatán y de monsieur David. El domador se irguió lanzando juramentos, y los gananciosos, con aire compungido y los bolsillos llenos, se prepararon a levantarse.
—Esperen ustedes—gritó el domador—. Me deben el desquite. Vuelvo en seguida.
Salió el domador, y al momento monsieur David y el charlatán se escabulleron del cuarto. El ventrílocuo, el de las focas y la madama de las cacatúas hicieron lo mismo.
Yo iba también a salir y me dispuse a ponerme los zapatos cuando entró el domador de nuevo con un látigo seguido de dos panteras.
Yo quedé horrorizado.
Al ver que no había ningún jugador se puso a pasear por el cuarto furioso, gritando y blasfemando y dando trallazos en el aire, mientras las dos fieras que traía saltaban y enseñaban los dientes.
Yo estaba espantado. El domador se fijó en mí y se acercó al diván.
Me dijo burlonamente que el dueño de las figuras de cera y el prestidigitador le habían robado su dinero. Era necesario que le pagase yo.
—Yo, hombre, ¿por qué?
—Porque me han estafado. Venga el dinero... Si no...
—Si no..., ¿qué pasará?
—Se arrepentirá usted—y dió un latigazo sobre el diván, y las dos panteras saltaron como gatos.
—Espere usted, espere usted, no tenga usted prisa le dije yo, y me levanté y me puse tranquilamente la chaqueta.
—Pronto, pronto—gritó él, asombrado de mi súbita serenidad.
—¡Ah! ¿Pronto? Pues ahora le voy a decir a usted una cosa.
—¿Qué?
—Que no le voy a dar a usted nada.
—¿No? Y levantó el látigo.
—No—le dije yo, y le pegué un puñetazo en la barba que lo tumbé al suelo, derribando una silla y la mesa.
Las dos panteras se escondieron en un rincón asustadas.
Antes de que el domador pudiera levantarse, abrí el cuarto, salí al patio y de aquí al camino. Crucé la aldea y fuí andando hasta que se hizo de día. Estaba a poca distancia de Pau; llegué a esta ciudad, entré en una posada, me lavé, me puse mi traje de señor y metí el otro en el morral. Pregunté cómo podría salir para Bayona. Me indicaron el punto donde partían las diligencias, y me encaminé hacia él con el morral convertido en maleta.
XIII.
COMIENZO DE UNA AVENTURA ROMÁNTICA
Estaba sentado en un banco de la Plaza Real esperando que dieran las ocho y se abrieran las oficinas de la diligencia, cuando vi dos mujeres de luto que avanzaban vacilando y mirando a derecha e izquierda.
Se sentaron en el mismo banco que yo; pero debían estar impacientes, porque se levantaron pronto, dejando un paquete en el asiento.
Al notarlo llamé a las dos damas y les di lo que olvidaban.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias!—exclamó la mayor de las dos—. No sé dónde tenemos la cabeza.
—Si en algo puedo servirlas, lo haré con mucho gusto—les dije yo.
—Venimos a buscar la diligencia que va hacia Orthez.
—Yo también; pero me han dicho que no hay diligencia hasta el mediodía. Ahora únicamente se puede tomar un pequeño coche, que llaman Cuco.
—¿Y cuándo va a salir?
—Parece que hasta dentro de hora y media no sale.
—¿Y qué hacemos aquí hora y media?—exclamó la joven—. Nos van a conocer.
—¿Usted ha tomado el billete?—me preguntó la señora mayor.
—No; todavía, no.
—¿Quiere usted acompañarnos?
—Con mucho gusto.
Nos metimos los tres en un café que acababan de abrir.
La señora mayor tenía unos cincuenta o cincuenta y cinco años, y llevaba tocas de viuda; la otra era una muchacha, pálida e insignificante, de unos veintitrés años.
La señora hablaba con un acento nervioso y asustado; la señorita estaba como apabullada.
Cuando pasó el tiempo necesario nos acercamos al despacho de diligencias. Esperamos a que prepararan el Cuco, y entramos en él las dos señoras y un capitán de la gendarmería de Bayona, que había ido a Pau a recibir órdenes, y yo.
El capitán y yo hablamos. La señora mayor no hacía mas que saltar en el asiento, de impaciencia. El Cuco marchaba perfectamente, con un movimiento suave.
En los diferentes puntos que mudaban los caballos se presentaban los gendarmes y preguntaban invariablemente si no iban españoles.
—Point d'espagnols—decía el capitán—. Dos damas francesas, un señor inglés y un capitán de la gendarmería real.
—Perdón, mi capitán—decían los gendarmes, haciendo el saludo militar.
—¿Por qué preguntan siempre si van españoles?—dije yo.
—Es que se teme que haya por aquí agentes españoles revolucionarios—contestó al capitán.
Llegamos a Orthez por la mañana. El capitán y yo ofrecimos a las señoras nuestra compañía, y como ellas aceptaron, fuimos hasta su casa. El capitán dió el brazo a la mayor, y yo a la muchacha. Llegamos delante de la puerta de la verja de una magnífica posesión y nos despedimos de las señoras. El capitán fué hacia un lado y yo hacia el contrario. Avancé un poco paralelamente a la verja, que era más larga de lo que yo me figuraba, y al volver vi que las dos mujeres estaban todavía a la entrada.
—¿No les oyen?—les pregunté—. ¿Quieren ustedes que yo llame?
—No, no—dijeron las dos, asustadas.
—Lo que ustedes quieran—y me preparé a seguir.
—¿Podría usted hacernos un favor?—me preguntó la señora con su voz trágica.
—Sí, con mucho gusto.
—Querríamos entrar en el parque sin que nos viera el portero.
—No sé la manera.
—Hay una puerta chiquita, cerrada con solo un cerrojo, aquí, a un lado.
—¿Y desde fuera cómo la va usted a abrir?
—No, desde fuera ya sé que no. ¿Usted no sería capaz de escalar esta verja?
—¡Escalar la verja! ¿Y si le ven a uno?
—No. No se levanta en la casa nadie hasta muy tarde.
—Bueno; avísenme ustedes si aparece alguien.
Sin más dejé mi fardelillo en el suelo, escalé la verja, bajé por el otro lado, corrí hacia la puerta pequeña y abrí el cerrojo. Las dos mujeres entraron en el jardín y yo salí al camino.
Al pasar de nuevo por delante de la puerta de la verja estaba la señora aguardando y me dijo:
—Quiero darle a usted una explicación y hablar con usted. Venga usted cuando se haga de noche a esta verja.
—Sí, señora, vendré.
Me fuí a una fonda con la imaginación un poco excitada, y de noche me presenté en la verja. Al poco rato llegó la señora. Me habló durante más de una hora con un tono inquieto, lleno de angustia, y me contó, atropelladamente, una porción de cosas.
Aquella dama era pariente y al mismo tiempo señora de compañía de la muchacha joven que había venido con ella en el coche. Se llamaba madama Domesan. La muchacha, Gabriela de Beaumont; por lo que me dijo, vivía con su padre, su tío y una señora amiga de su padre, Enriqueta Sarrazin, que se había hecho dueña de la casa de tal manera, que los tenía presos a todos, sin dejarles salir de allí.
El día anterior esta señora había marchado del castillo, y aprovechando su salida, Gabriela y ella habían ido a Pau a hablar con un pariente y a explicarle la situación en que se encontraban, pero no le habían visto.
En la casa, la Enriqueta Sarrazin mandaba como dueña, y había dispuesto casar a su hijo, que era un perturbado, con Gabriela, y estaba aislando a la familia de Beaumont de sus amigos y parientes, de tal manera, que ya nadie entraba en la casa. En los planes le ayudaba un cura del pueblo.
Después de todos estos datos, madama Domesan me dijo que si yo tenía valor y energía para ello, que me presentara al día siguiente en el castillo preguntando por el vizconde Beaumont de Lomagne; que le dijera que llegaba de Londres y que era aficionado a los árboles y a las plantas exóticas, y que quería ver el parque y el invernadero, y me hiciera amigo de él.
Me sugestionaron los relatos de aquella dama y prometí seguir la aventura.
Al día siguiente, al mediodía, me presenté en el castillo y llamé tirando de la cadena.
Salió a abrir un portero viejo, con una gran librea; le di mi tarjeta, y esperé.
Poco después se abrió la verja, y el criado me dijo que pasara.
Comencé a marchar por una avenida enarenada. Al final de ésta se veía un edificio grande, pesado, de piedra, con varias torres de pizarra adornadas con veletas.
A un lado y a otro había árboles centenarios, altísimos, y delante de la fachada del castillo, un estanque oval, de agua profunda y obscura, a cuyo alrededor las hojas caídas en muchos años formaban como un marco de plata.
Este estanque parecía un espejo negro que reflejase el cielo a través del follaje de los árboles. Bordeando el estanque nos acercamos al castillo, y entramos en un gran zaguán, que parecía una cripta, con el suelo, las paredes y el techo de piedra. Subimos la ancha escalera, pasamos un salón grande como un museo y fuimos a un gabinete elegante, pero también triste, en donde había dos viejos momificados sentados el uno frente al otro, la señora y la señorita del coche y madama Sarrazin, una mujer de cara juanetuda, de ojos claros y pelo blanco.
El vizconde me saludó amablemente. Era un hombre alto, encorvado y pálido, con un aire de temor y de cansancio.
Vestía un traje del tiempo del Imperio, y al andar parecía arrastrarse.
Su hermano, el caballero de Maslac, era un vejestorio del tipo más completo del antiguo régimen; llevaba calzones de terciopelo de color, medias de seda, casaca y coleta. Iba perfumado, pintado, con colorcitos en las mejillas y en los labios; los dientes, postizos, y peluca. Usaba constantemente un lente y una tabaquera; en los dedos, anillos, y dijes, y, al levantarse de la butaca, se apoyaba en un bastón con puño de oro.
La señorita Gabriela y madama Domesan me saludaron amablemente, y la señora Sarrazin apenas se dignó mirarme.
El vizconde de Beaumont, que tenía la manía de la botánica, me mostró el parque y el invernadero de su castillo.
El parque era tristísimo; parecía que habían querido darle un aire lúgubre, haciendo que los árboles gigantescos estuvieran tan cerca uno de otro que, paseando por las sendas, no se veía el cielo.
El estanque reflejaba las nubes como una pupila desesperada y sombría.
El vizconde me enseñó la antigua torre de los Beaumont, con sus baluartes y sus argollas, que daban al río y servían para atar las gabarras.
Después de ver sus plantas extrañas, dije que tenía que marcharme; pero el vizconde me rogó varias veces que me quedara a cenar y a dormir. Como este era mi objeto, me quedé allá.
La cena fué siniestra. El vizconde miraba a un lado y a otro, como poseído por el mayor espanto; el caballero de Maslac, con sus adobes y sus dijes, parecía una momia desenterrada.
No se habló en la mesa mas que de genealogías, y únicamente el vizconde interrumpía esta conversación para disertar acerca de botánica. Después de cenar jugaron una partida de cartas entre los dos viejos, la Sarrazin y Gabriela, y madama Domesan me indicó que fuera a la biblioteca, donde hablaríamos.
Efectivamente, fuí a ella y hablamos largamente. Me dijo, de una manera nerviosa y perentoria, que yo, que había sido simpático al vizconde, debía entrar en la casa y luchar contra la influencia de madama Sarrazin, que les dominaba a todos.
Después me contó, con su tono dramático, la historia de un muchacho que había galanteado largo tiempo a Gabriela, y a quien se había encontrado ahogado en el río, y de un hombre misterioso que aparecía de cuando en cuando en las proximidades del castillo.
Luego me habló de su vida y de su familia.
Me dijo que ella procedía del secretario de Felipe II, Antonio Pérez.
—Al evadirse Antonio Pérez de la cárcel de la Inquisición de Zaragoza—me contó—, se refugió en el Bearn y fué protegido por Enrique IV y por Margarita de Valois. Antonio Pérez tuvo amores con una señora de Orthez, y su hijo se estableció aquí definitivamente, y de él procedo yo.
Siguió la señora Domesan contando una serie de relatos de crímenes y de sucesos extraños donde aparecían asesinos, misterios, fantasmas, y llegué a pensar si aquella mujer estaría un poco perturbada, y sería, sin proponérselo, una especie de Anna Radcliffe gascona. Por lo menos era un folletín de muchas entregas.
Al pasar a la alcoba que me destinaron, que era inmensa y obscura, no pude dormir. Toda la noche la pasé pensando en ahogados y muertos.
Al día siguiente comprendí que aquellas grandezas no eran para mí, y, sin despedirme de nadie, con el pretexto de dar un paseo, me marché del castillo y no volví.
XIV.
EN LA DILIGENCIA
Corrí con mi morral al sitio donde salían las diligencias y tomé un asiento para Bayona.
Me encontré con el mismo capitán de la gendarmería con quien había ido a Orthez. Nos saludamos y nos dimos nuestros nombres. Me dijo que se llamaba Montmartin, y me invitó a tomar una copa de coñac.
En la diligencia iba mucha gente que subía y bajaba en los pueblos pequeños, llevando cestas y encargos, y un comerciante bayonés, con su mujer y dos hijas.
Una de ellas, por lo que contó su madre, tenía una voz preciosa, y había obtenido un gran éxito cantando la Cavatina «Una voce poco fá», del Barbero de Sevilla, en una de las casas del gran mundo de Orthez.
La otra señorita poseía, según su madre, grandes conocimientos literarios e históricos, y sabía el inglés y el español. Había sido muy galanteada por un joven oficial de la guarnición de Orthez, llamado Alfredo de Vigni, que había escrito para ella una poesía preciosa.
A pesar de hablar yo bastante mal el francés («¡Celibataire, une boutaille de cercueil!), quedé un poco mejor que el capitán de la gendarmería, pues éste consideraba que ante las señoras debía tomar una aptitud rígida, como si estuviera en actos de servicio.
Quizá influían en su tiesura las frecuentes libaciones, pues aprovechaba todas las paradas para intoxicarse cuanto podía.
Con este combustible se reveló en él su fondo de francés, y dijo que Napoleón era un grande hombre, a quien los ingleses habían hecho perecer miserablemente. Habló también de la batalla de Orthez, en que Wéllington, con el ejército aliado, había batido al mariscal Soult, y se deshizo en insultos contra el vencedor de Waterloo.
El comerciante bayonés y su familia parecían desolados al oír esto, y me miraban como pidiéndome mil perdones.
El capitán vió que yo no me daba por aludido, se calmó, se hizo amigo mío y amenizó el viaje con algunos cuentos de cuerpo de guardia.
A la tardecita llegamos a Bayona, y, pasado el puente sobre el Adour, el sargento del puesto de la gendarmería preguntó si no había viajeros españoles. El capitán Montmartin dijo que no, y seguimos adelante hasta la plaza de Armas.
El capitán sintió no sé por qué un vago impulso de simpatía o de remordimiento al despedirse de mí, quizá por haber hablado mal de los ingleses, y me invitó a cenar con él al café del Comercio tan insistentemente, que tuve que aceptar.
Estaba el café, envuelto en una nube de humo, atestado de oficiales de la guarnición. Se hablaba a gritos.
En una mesa había un grupo de tenientes y suboficiales, y uno de ellos leía un libro que acababa de publicarse, de un tal Paul de Kock, llamado Gustavo el calavera. Los que escuchaban se reían a carcajadas. El capitán Montmartin y yo nos acercamos al grupo, y aunque yo apenas oía la lectura, contagiado por la risa de todos, acabé por reírme.
Mareado y algo intoxicado me despedí de Montmartin y me fuí a la fonda. Al día siguiente me levanté temprano y salí a la calle. Vi muchos grupos de españoles que me dijeron eran realistas, y entre ellos un cura y un fraile, el uno con su gran sombrero de teja y el otro con su cerquillo.
Los dos tiraban al blanco con carabina y tenían una magnífica puntería.
—Son soldados de la Fe—me dijo un francés que debía ser realista entusiasta.
—No cabe duda que con esa puntería—le contesté yo—han de ganar muchas almas para el cielo.
XV.
MARY LA DE BIRIATU
En la fonda de Bayona me dijeron que podía ir a San Juan de Luz a caballo en un cacolet. No sabía lo que era esto, que resultó un artefacto que en castellano llaman jamugas.
Llegué a San Juan de Luz en mi cacolet; dejé el morralillo en un fonducho de la salida del pueblo y fuí a estirarme las piernas hacia la playa.
Me sorprendió un chubasco y entré en un café pequeño y me senté delante de una ventana con cristales, y estuve contemplando cómo chocaban las gotas de agua en la tierra, y las nubes que corrían por el cielo.
Al terminar el chaparrón volví al fonducho de la salida del pueblo e hice mis preparativos para entrar al día siguiente en España.
Estaba sentado en la mesa y estudiando un mapa cuando entró una muchacha a preguntarme si quería cenar. Al verla, me pareció que el cuarto se iluminaba; tan bonita era.
—¿Usted me va a servir la cena?—le dije.
—Sí.
—No creí poder ser tan feliz.
Ella se rió. Yo la contemplé embobado. Tenía unos ojos claros azul verdosos, una boca burlona y un cuerpo ligero y fuerte al mismo tiempo. Era un fruto del Norte dorado por el sol del mediodía.
Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Mary; le volví a preguntar de dónde era y me contestó que de Biriatu, un pueblecillo pequeño asentado en un cerro próximo al Bidasoa.
—Voy a quedarme aquí—le dije—para poder verla a usted muchos días.
—No podrá ser—contestó ella.
—¿Por qué?
—Porque me marcho a Biriatu mañana.
—Iré yo a Biriatu.
—Es igual; no me verá usted.
—¿Tendrá usted novio?
—No.
—¿Pero tendrá usted muchos pretendientes?
—No; tampoco.
—¿Cómo puede ser eso, siendo tan bonita?
—No opinan todos como usted—me replicó riendo.
—Eso es imposible—exclamé—. ¿Es que los hombres de este país no tienen ojos? ¿Es que son como esos peces de los lagos sin luz, que son ciegos? ¿Es que tienen alguna membrana nictitante perpetua? ¿Es que...?
Mary la de Biriatu iba y venía trayendo platos, haciendo poco caso de mis frases.
Cuando se acabó la cena le dije que ya que no podía verla quería marcharme al amanecer y que me diera la cuenta.
Me la trajo y quise darle de propina un luis de oro.
—No, no—me dijo—; guárdese usted su moneda de oro. No la quiero.
—¡Pero, si yo no la pido nada a cambio!
—Es igual; no la quiero. Le hará a usted más falta que a mí. ¡Adiós! Buenas noches.
J. H. Thompson dice, al llegar aquí, que se metió en su cuarto y sacando lápiz y papel escribió una poesía en inglés en honor de la muchacha que encontró en la fonda. La tal poesía es una españolada poco seria que no nos puede agradar a las personas sensatas, y si la traducimos y la copiamos es, más que para otra cosa, para demostrar la extravagancia de los extranjeros cuando se ocupan de España. Dice así la canción traducida al pie de la letra:
«A Mary la de Biriatu:
»Tienes los ojos azul verde claros, Mary la de Biriatu, como las olas del mar; tienes la boca burlona y fresca y el cuerpo ágil y armónico como el de una diosa. Cuando te veo marchar de aquí para allá, mi corazón tiembla y siente el mismo sobresalto que si fuera una pieza de porcelana de Sèvres en manos de una criada cerril, o la copa más fina de cristal de Bohemia entre los dedos de un chico atolondrado.
»Eres amable, Mary la de Biriatu, y, sin embargo, eres cruel. Tienes la crueldad de la fuerza, que no sospecha la debilidad ajena; tienes la exactitud del teorema matemático, que es un tormento para la inteligencia obscura; eres soberbia como la Naturaleza, y yo soy humilde como una cosa humana.
»¡Si tú quisieras!, yo saldría de mí mismo como un dragón de su agujero, y sería el hombre más turbulento y más dionisíaco de la tierra. Pero no, no lo sería; lo soy ya.
»Me he transfigurado, y las furias anidan en mi corazón. Ya no soy un inglés pesado y grueso; soy andaluz y tengo sangre mora en las venas; tengo garras como las águilas y colmillos agudos como los tigres. Ya no diseco fieras, las mato; ya no discuto con los hombres, los domino.
»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Yo te llevaré en mi caballo cordobés, desde el Pirineo a Sierra Nevada y reposaremos al pie de las palmeras de Andalucía al son de las castañuelas y las guitarras.
»Si quieres que sea contrabandista, Mary, me haré contrabandista; si quieres que sea salteador de caminos, lo seré sin miedo e imitaré al bandido generoso,
»Para mí no habrá más leyes que tu capricho, Mary, Mary la de Biriatu; para mí no habrá más cielo azul que el azul verdoso de tus ojos. Con el trabuco al brazo, montado en mi jaca torda, seré una exhalación. Yo me escabulliré de entre las manos de la justicia y haré llorar de rabia a los alguaciles, y a los alcaldes, y a los corchetes de la Santa Hermandad.
»¿Hay que desafiar al rey, a la Inquisición, a los ángeles, a los demonios?
»Aquí estoy yo. Yo robaré las alhajas de la Virgen para adornar tu garganta y te daré la Biblia de Lutero para que con sus hojas hagas papillotes.
»Y cuando el mundo entero esté retemblando con mi gloria como una caldera de vapor, y mis hazañas sean cantadas por los ciegos, tú, con tu mantilla de casco y una peineta de concha; yo, con el calzón corto y mi capa andaluza, iremos los dos del brazo a la corrida.
»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Mira que soy capaz de todo por ti. Mira que si no te pierdes al mismo Robin Hood con calañés».
Esta es la absurda e insensata poesía que J. H. Thompson dedicó a la muchacha de la fonda de San Juan de Luz, donde estuvo hospedado, y que ha desagradado profundamente a varias personas respetables que la han leído.
XVI.
LA VENTA DE INZOLAS
Después de descargar mi corazón en estos versos me tendí en la cama, me quedé dormido, y por la mañana, al amanecer, me levanté y salí de casa.
—Veremos lo que nos reserva la suerte—me dije.
Anduve una legua antes de que saliera el sol, y me senté al pie de un árbol y saqué del bolsillo mi mapa de España. Estaba publicado en Londres, en 1808, por la casa John Stockdale de Piccadilly, y debió de servir para las tropas de Wéllington que iban a la Península.
—Como no tengo objeto—murmuré—, seguiré el meridiano. El mito de mi tío el comandante Cox y el meridiano serían mis directrices.
Decidí pasar uno o dos meses en el país vasco, medio año en Castilla, e ir a parar a Andalucía. Estaba enfrascado en la observación del mapa cuando pasó una chiquilla que se me quedó mirando.
Me levanté y la pregunté:
—¿Este es el camino de Navarra?
—Sí.
La muchacha iba hasta un caserío llamado Herburu, y yo fuí con ella.
Encontré a un aduanero francés a quien le dije me indicara el camino de España. Me miró con desconfianza y me mostró un sendero.
Siguiéndolo, llegué a un bosque bastante cerrado, con una venta, la venta de Inzola. Estaba en territorio español. Pedí en la venta que me pusieran algo de comer, y con un gran trozo de pan, de chorizo y de queso y una botella de vino, me senté en la hierba, en un prado. Brillaban las margaritas y las flores del brezo; una serpentaria mostraba su mazorca roja entre lo verde. Corría allá un vientecillo del mar fresco y agradable; el cielo estaba muy azul; en Francia se veía la llanura y la costa; hacia España, un laberinto de montes ceñudos y sombríos. Unos grillos amenizaban la soledad y un cuco lanzaba su voz irónica entre los árboles.
Devoré mis provisiones, y después dirigí un toast elocuente a la vieja España de Don Quijote, y del Cid, y de San Ignacio de Loyola. Añadí a Loyola, para probarme a mí mismo, que este Amadís de Gaula, católico y papista, no sólo no irritaba mis sentimientos de protestante de raza, sino que veía en él un hermoso manantial de energía y de tesón.
Después de este toast hice mi segunda libación brindando por las damas españolas, los caballeros, las majas, los toreadores, los gitanos, los corchetes, los alguaciles y los alcaldes, y, sobre todo, por la bella entre las bellas, Mary la de Biriatu. Como me quedaba más vino en la botella y no era desagradable, tuve que brindar por el mar, por el cielo azul, y hasta por la Cosa en sí, y me quedé un momento dormido.
SEGUNDA PARTE
DEL PIRINEO A MADRID
I.
LOS PLACERES DEL CAMPO
Cuando yo leía de chico las descripciones de los placeres campestres—dice J. H. Thompson—, me parecían una de las cosas más insulsas y más tontas del mundo. Es extraño cómo la retórica, a fuerza de repetir las mismas frases, llega a borrar todo sentido de la realidad.
Los placeres campestres en las páginas de los escritores bucólicos del siglo XVII y XVIII han sido siempre placeres amables y sociales; se ve que para estos escritores la Naturaleza estaba representada por un parque bien cuidado, como para Fenelón la gruta de Calipso era uno de los subterráneos del jardín de Versalles. Los placeres campestres en la pintura han sido también tan sosos, tan amanerados, como los descriptos por los poetas.
Al llegar a vivir en el campo por primera vez, nunca recordé las descripciones que había leído en la infancia, ni los cuadros de los pintores. No me acordé jamás de Galatea, ni de Amarilis, ni de Thirsis, ni de Nemoroso; todas estas amables personificaciones no salieron del estante que les corresponde en el armario de la guardarropía poética para presentarse a mi imaginación. Me desdeñaron tanto como les desdeñaba yo a ellas.
Al acercarme al campo, la Naturaleza, en vez de una impresión amable, pastoril y bucólica, me dió una sensación ruda y me habló con una voz áspera y discordante.
El viento y la lluvia, el murmullo de los árboles en el follaje y el rumor del arroyo, el caminar por entre las altas hierbas o por el claro del bosque me produjeron una sorpresa.
Tuve también otras sorpresas y descubrimientos. Uno de éstos fué encender hogueras.
Pocas cosas me han parecido tan sugestivas. ¡Hacer fuego al borde de un camino y ver cómo chisporrotean las hierbas secas, serpentean las llamas y se desparrama el humo por el aire! ¡Qué gran placer! ¡Qué eterna admiración!
Siempre parece un espectáculo nuevo, como si guardara uno en el fondo del alma el asombro del hombre primitivo, descubridor del fuego al ver levantarse las llamas en el aire.
Este es uno de los grandes placeres tristes y melancólicos del campo. Mirar la llama de la hoguera, ver el humo que mancha las claridades del crepúsculo, mientras las estrellas comienzan a presentarse en el cielo...
Hoy, al pensar en ello, siento melancolía, la melancolía del enamorado de la Naturaleza unida a la melancolía del reumático.
II.
ERLAIZ EL PANADERO
Después de mis libaciones dejé la venta de Inzola y comencé a marchar hacia Vera. Enfrente tenía un enmarañamiento de montañas fragosas y obscuras, de crestas y de barrancos.
Por toda la zona pirenaica vasconavarra ocurre lo mismo: lo trágico y fosco ha quedado para España; lo sonriente y amable, para Francia.
A pesar de esto, el espíritu de los vascos de un lado y otro de la frontera ha quedado el mismo; la misma seriedad, el mismo gusto por los trajes negros, el mismo aire de desilusión.
Parece que este pequeño pueblo tiene la conciencia vaga de su desaparición, de su absorción por los de alrededor, y le queda la tristeza y el orgullo de los pueblos viejos que se hunden sin dejar apenas rastro de su existencia.
Bajaba despacio de la venta de Inzola a Vera del Bidasoa cuando oí a lo lejos el ruido de una carreta. ¡Cómo chirriaba! Tan pronto se la oía como se perdía su sonido, como volvía a aparecer. Estas carretas vascas tienen las ruedas de madera de una sola pieza y sujetas al eje, lo que hace el rozamiento muy grande.
Preguntaba unos días después a los campesinos en Vera por qué hacían así las carretas, al menos por qué no daban sebo a los ejes, y uno me dijo que con aquel chirrido áspero se divertían los bueyes, y otro, que así no había que avisar a nadie del paso de la carreta, porque el chirrido de las ruedas avisaba solo.
Iba bajando al fondo de un arroyo, a cuyo borde se veían varios caseríos, cuando me encontré con un viejo que marchaba seguido de su perro. Era un hombre afeitado, encorvado, con un perfil de cuervo.
Entablé conversación con él y, después de someterme a un interrogatorio, me dijo que andaba buscando minas.
En el interrogatorio tuve que decir quién era y a qué venía a España, y eché mano del mito Cox y de la herencia, y expliqué mis planes.
El mismo individuo me preguntó qué pensaba hacer en Vera; le dije que pasaría allí un día nada más y seguiría adelante.
—¿Tiene usted posada?
—No.
—Pues yo le llevaré a casa de un paisano amigo mío, que le hospedará barato.
Llegamos a uno de los barrios del pueblo al anochecer. En lo hondo de un valle se veían unas cuantas casas viejas en fila, envueltas en la niebla; el humo salía de las chimeneas en ligeras columnas azules.
El viejo y yo recorrimos una calle larga, pasamos por cerca de la iglesia y salimos a la carretera, a orilla del Bidasoa, y en una casa con una tienda nos detuvimos.
A la puerta estaba Erlaiz, el panadero; hablaba con un herrador de una fragua próxima. El panadero, un hombre bajo, cuadrado, picado de viruelas, de cara fosca y ceñuda, explicaba algo al herrador, hombre grueso, panzudo, con una sonrisa llena de malicia.
El panadero nos recibió ásperamente, al viejo y a mí, y a una muchacha que estaba en la tienda le dijo que me llevara a una habitación.
Crucé la tienda, subí a un cuarto pintado de verde, me lavé y eché un vistazo al pueblo. El vasco es indiferente y un tanto hostil al extranjero; aunque se le hable en español, si le ven a uno extraño, le miran con desconfianza y con suspicacia. La gente a quien pregunté algo, en vez de responderme dándome los datos que les pedía, me contestaban preguntándome a qué venía y qué pensaba hacer.
Estos vascos recelosos suponen que se les tiende un lazo al hacerles la pregunta más sencilla.
Pensé que no estaría muchas horas en el pueblo.
A la hora de cenar volví a mi posada de casa del panadero, y me hicieron pasar a un comedor, en donde se hallaban el buscador de minas, que había encontrado en el monte, Erlaiz y un militar.
El panadero, mi patrón, cambiado por completo de aspecto, se mostraba sonriente y amable. Me indicaron mi sitio en la mesa, y nos pusimos a cenar.
El viaje me había abierto el apetito, y di un ataque formidable a los platos, al pan y al vino. Los demás no se quedaron atrás. Después de cenar trajeron café y licores, y nos pusimos a hablar y a cantar. Yo no he visto compadres más alegres que aquéllos.
El militar, guerrillero con Mina en la guerra de la Independencia, contó sus hechos de armas, y el panadero habló de sus aventuras en tierra de Castilla.
Los dos estuvieron a cuál más exagerados.
Estos buenos vascos, cuando se lanzan a ello, son un tanto fanfarrones, como los escoceses de Walter Scott, o como los gascones. Al oírles a ellos, cualquier encuentro de cincuenta hombres contra otros cincuenta es una batalla de Austerlitz; una aldea con cuatro casas viejas, una Florencia y un granero con una torre es el Louvre o el Kremlin.
Después de las hazañas del militar y del panadero, el viejo buscador de minas, que se llamaba Bidarraín, nos dió lecciones de botánica y de mineralogía popular, mezcladas con algunas supersticiones.
A las doce y media, rendido de sueño, me fuí a la cama, dormí de un tirón hasta las diez, y, al despertar, pensé si la cena de la noche habría sido una realidad o una fantasía.
Me vestí, bajé a la tienda de Erlaiz y me lo encontré displicente y malhumorado.
—Ahí ha venido ese viejo Bidarraín a preguntar por usted—me dijo—. En la huerta debe estar.
Tomé el café con leche que me sirvió la sobrina de Erlaiz, salí a la huerta y encontré al viejo buscador de minas.
Me preguntó si quería dar un paseo con él, le dije que sí y echamos a andar. Bidarraín me mostró varias muestras de mineral, y hablamos de mineralogía y de botánica. Luego le pregunté qué clase de hombre era Erlaiz, el panadero, pues me parecía de genio mudable.
—Es buena persona—me dijo—, pero muy violento y muy terco. Cuando se le pone una cosa en la cabeza no hay quien le pueda convencer de lo contrario. Le hemos querido persuadir el teniente Leguía y yo de que es una barbaridad que ponga cepos en el Bidasoa para los salmones en época de veda; pues los pone, y aunque viniese el obispo y se lo pidiera de rodillas, los seguiría poniendo.
Bidarraín contó otros detalles de la barbarie del panadero. Llegamos a mi posada; el buscador de minas se marchó y yo entré en la tienda. Pasé a la tahona, y vi a dos viejas que amasaban los panes en una artesa, mientras Erlaiz trabajaba con la pala en el horno.
Murgui, la sobrina del panadero, me sirvió la comida; entablé conversación con esta muchacha, y le pregunté qué clase de hombre era Bidarraín. Me dijo que pasaba por hombre rico; que tenía minas de plata y de oro.
También le pregunté a Murgui acerca del teniente Leguía, y, por lo que contó, deduje que a éste le consideraban como el enemigo del pueblo.
Por la tarde volvió a presentarse Bidarraín y me llevó a una huertecilla contigua al cementerio, donde se hallaban enterrados dos oficiales ingleses, muertos en el pueblo al pasar los aliados el Bidasoa, en 1813.
Después fuimos hasta Lesaca, villa donde tuvo lord Wéllington su cuartel general.
Bidarraín debió hablar al panadero de mis conocimientos mineralógicos, porque Erlaiz, por la noche, me preguntó si era ingeniero. Le dije que no, y él pareció no creerme. Me preguntó también si tendría algún inconveniente en ver unas minas algo lejanas. Le contesté que ninguno. Dispusimos hacer la expedición al día siguiente. El panadero, contento, trajo la guitarra y estuvo cantando. Cantaba de una manera bárbara y graciosa. Cuando terminó, me fuí a mi cuarto y estuve un rato en la ventana mirando las estrellas, oyendo el rumor del río y el canto de un sapo (bufo músicus), que entretenía su soledad con sus notas.
III.
EL PARADOR DE SUMBILLA
Bidarraín y Erlaiz me llevaron varias veces a ver sus minas. Estaban empeñados los dos en que yo entendía mucho de minería; pero que, por razones especiales, no lo quería confesar.
Erlaiz y Bidarraín me pidieron que les escribiera varias cartas en francés y en inglés, y cuando yo indiqué al panadero me hiciera la cuenta, me dijo que no le debía nada.
El teniente Leguía pensaba marchar a Elizondo con unos cuantos hombres de su partida, y yo quedé en acompañarle y seguir después a Pamplona.
Con este motivo se decidió obsequiarnos a los dos con una cena de despedida en las Ventas de Yanci.
Eramos los comensales, además del panadero, Leguía, Bidarraín y yo; dos milicianos nacionales, sargento y cabo de la partida de Leguía, y un liberal de Vera, que gastaba antiparras de plata, a quien llamaban Laubeguicua (el de los cuatro ojos).
Fuimos todos paseando a las Ventas de Yanci, que distan una legua y media de Vera; nos sentamos a beber sidra, y se llamó al ventero y a la ventera y se les sometió a un grave interrogatorio.
Erlaiz, Bidarraín y el sargento de milicianos dieron a la consulta una importancia sacerdotal.
—Vamos a ver, ¿qué podemos comer?—preguntó Erlaiz.
—Si quieren ustedes un cordero, ya lo asaremos—dijo la ventera, cantando al hablar.
—Bueno, un cordero. ¿Que más?
—Ya tenemos también buenas truchas.
—¿Truchas? No está mal. ¿Que más?
—Pollos también ya tenemos.
—¿Pollos? Bueno. ¿Qué más?
—Jamón bueno ya pondremos.
Así siguió la ventera explicando las provisiones que tenía, siempre empleando esta fórmula de ya tenemos o ya pondremos. Este ya, de aire germánico, me chocaba verlo empleado a todo pasto.
Después de consultarse con la mirada Bidarraín, Erlaiz y el sargento de nacionales, decidieron, de común acuerdo, que pusieran todo lo que hubiese para no engañarse.
Dispuesta la cena, seguimos bebiendo, hasta que nos dijeron que la mesa estaba puesta.
Al sargento de los milicianos, hombre alto, de vientre piriforme, se le encandilaron los ojos, y frotándose las manos de gusto exclamó:
—¡Pien, pien! Una puena cena. Esto es lo que me gusta. Puen cordero, puenas truchas, puen pollo y puen vino. ¡A comerr! ¡A comerr!
Comimos como buitres y bebimos hasta quedar mareados, lo que me dió una idea bastante pobre de la sobriedad de los vascos; se habló con entusiasmo de Mina, Riego y el Empecinado; con rabia, de las correrías que hacían por Navarra Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón, y se cantó el Himno de Riego, a pesar de que el ventero y su mujer suplicaron que callásemos, porque les comprometíamos.
Salimos de las Ventas de Yanci a media noche; los de Vera se marcharon a su pueblo, y Leguía, con sus dos milicianos y yo, seguimos hasta Sumbilla.
Nos detuvimos en el parador de San Tiburcio. El sargento del vientre piriforme me dijo ingenuamente que con el paseo se le había abierto el apetito, y que iba a mandar que le hicieran unas sopas de ajo. Le miré con asombro y me fuí a acostar.
Al despertarme por la mañana supe que Leguía había partido con sus milicianos camino da Santesteban, dejándome una carta para un amigo suyo de Pamplona.
Como no tenía prisa y hacía calor, dejé la marcha hasta que cayera el sol. Estaba en el portal del parador de San Tiburcio cuando se acercó un carro grande, tirado por siete mulas.
El arriero fué soltando sus animales, llamándolos uno a uno y llevándolos a la cuadra. La Morena, la Montesina, la Capitana, la Coronela, la Bonita, el Vigilante y la Leona fueron despacio al pesebre, donde primero se les dió de beber.
El posadero me preguntó:
—¿No va usted a Pamplona?
—Sí.
—Pues si quiere usted, puede usted ir con este arriero.
—¿No hay inconveniente?...
—Ninguno.
El arriero se llamaba Mandashay, y era un hombre de unos treinta y cinco a cuarenta años, rubio, con unos ojos que parecían de cristal azul.
Me advirtió que si quería ir con él saldríamos a la mañana siguiente; le dije que tendría mucho gusto en marchar en su compañía, y le convidé a un vaso de vino. Quedamos de acuerdo; yo me fuí a acostar, y al amanecer me llamaron.
La mañana estaba fresca; había una niebla espesa que prometía un día de calor. Mandashay sacó sus mulas y echamos a andar camino de Almandoz.
—Cuando se canse usted puede tenderse en la galera—me dijo Mandashay.
—No, no me canso tan fácilmente.
La galera española es un carro grande, de cuatro ruedas, tirado por una larga recua de mulas. En Navarra y en Castilla la Vieja se ven con frecuencia estas galeras; en Castilla la Nueva abunda más el carromato, que también llaman carro catalán.
El viaje a pie detrás de un carro tiene sus encantos. El que aproximó de un modo ideológico la galera carro a la galera barco, dándole el mismo nombre, no estaba equivocado. El parecido de estos dos medios de comunicación salta a la vista. El barco es una casa que flota, como el carro es una casa que rueda. El carretero tiene algo de marino: es un hombre que pasa y no se detiene, que lleva una ruta, que vive en un mundo de soledad.
Mandashay era un hombre muy interesante y ameno. Cada rincón del camino le recordaba una historia. Aquí habían salido a robar a un rico unos enmascarados; allá había vivido una muchacha de cabeza loca que trajo revueltos a todos los jóvenes de los contornos.
En algunos momentos Mandashay se agarraba a la galga, y en otros tiraba de la brida del macho de varas, gritando: ¡Eup! ¡Eup! o ¡ueschqué! ¡ueschqué!
Charlando llegamos a Almandoz y seguimos subiendo una cuesta hasta el alto de Velate. El cielo estaba azul y el sol calentaba de firme. No hacía mucho calor porque íbamos ya a bastante altura y corría aire fresco.
A media tarde cruzamos un bosque, que me pareció debía servir para los misterios de los druidas, y fuimos a parar a las Ventas Quemadas, en lo más alto del puerto.
IV.
PAMPLONA
Salimos de Ventas Quemadas por la mañana, y emprendimos la marcha hacia la vertiente del Ebro.
El paisaje había cambiado en absoluto. El cielo se mostraba más azul; el campo, más seco; en los altos corrían pequeños caballos de grandes colas y triscaban las cabras y los corderos; abajo resplandecían los campos de trigo y alguno que otro viñedo.
Al comenzar a descender hacia la cuenca del Ebro, me pareció que empezaba España; todo tomaba a mis ojos un carácter más triste y más serio: veía pueblos taciturnos, casas de paredes grises, árboles cubiertos de polvo.
Nos alejamos de la altura a medida que avanzábamos, y fuimos bajando hacia el llano. En los trigales brillaban las amapolas como gotas de sangre y los grillos nos ensordecían con sus chirridos.
Dormimos en Villaba, y al día siguiente entraba yo en Pamplona. Me despedí de Mandashay y fuí a parar a una posada de la calle de la Curia. Saqué la carta del teniente Leguía; era para un capitán de ejército llamado Iriarte. Me presenté a él, me acogió con amabilidad y me invitó a comer.
Durante la comida le hablé del mito Cox, y de cómo esperaba recoger una pequeña fortuna. En tanto, le dije, me hallaba dispuesto a trabajar en lo que se me presentase.
—Y usted, ¿qué sabe hacer?—me preguntó Iriarte.
—Sé francés y, naturalmente, inglés.
—Sí; quizá esto le pueda servir de algo.
—También tengo nociones de botánica.
—¿Botánica? No creo que haya aquí nadie que se ocupe de eso. A no ser algún herbolario.
—Pues éstos son mis conocimientos. También sé disecar animales—añadí con resignación.
—¡Hombre! Eso quizá nos sirva. Aquí hay un profesor que todos los pajarracos y alimañas que le dan los envía a Francia a disecarlos, lo que le cuesta mucho dinero.
—Voy a verle.
—Sí, iremos juntos.
Fuimos, efectivamente; hablamos con él, y yo me comprometí a restaurarle algunos animales y a disecarle de nuevo otros, por el sueldo de seis pesetas al día, mientras durara el trabajo.
Disequé para aquel señor un caimán, un águila, un cisne y varios otros bicharracos.
El capitán Iriarte me recomendó una casa de huéspedes de la plaza del Castillo y me trasladé a ella.
Mi vida en Pamplona, mientras tuve trabajo, fué muy agradable. Por la mañana y por la tarde trabajaba, y al anochecer paseaba por los alrededores, y cuando no tenía tiempo de sobra iba a la Taconera.
Allí se reunían los aristócratas y los burgueses, los militares, las señoritas, los chicos y los curas, y algunos días de fiesta, por la noche, se ponían unos farolillos de papel colgados de los árboles.
Yo cultivaba mucho el mirador de la Taconera, un sitio bonito, desde donde se ven los pueblos de la cuenca de Pamplona.
Daba con prudencia la vuelta a las murallas. Conocía la Ciudadela y los baluartes: el de la Reina, el de Redín, el de Labrit, el de los Canónigos, el de Gonzaga; las cinco puertas y la poterna de la Tejería.
Tenía algunos amigos, porque el capitán Iriarte me presentó a varios de sus compañeros, militares liberales.
Por entonces, entre los militares y los milicianos de Pamplona, había gran hostilidad; los militares se manifestaban anticlericales, partidarios de la Constitución; en cambio, los milicianos eran fervientes católicos y monárquicos, y armaban trifulcas gritando: «¡Viva Dios!» No parecía sino que tenían miedo de que lo mandasen matar los liberales. Yo, como extranjero, no daba mi opinión acerca de estas cuestiones.
En la casa de huéspedes donde fuí por recomendación de Iriarte, eran todos perfectamente reaccionarios, comenzado por la dueña, doña Saturnina, señora vieja, nariguda y charlatana.
Doña Saturnina era un producto clásico de las ciudades levíticas; tenía la adoración por el aristócrata, por el cura, por el Don Juan provinciano; hablaba con ternura de los mozos calaveras alborotadores, que iban a los toros, bebían vino hasta emborracharse y hacían de cuando en cuando alguna canallada y luego iban a confesarse con aire hipócrita y santurrón al confesonario del cura que pasaba por más severo, que generalmente era el penitenciario de la catedral.
Al principio de estar en casa de doña Saturnina creí que se podría bromear con las costumbres del pueblo, e hice algunos chistes acerca de ese cartel que se pone en ciertos días en las iglesias de España: «Hoy se sacan ánimas del Purgatorio»; pero pronto vi que en Pamplona las bromas de este género tenían sus peligros.
Doña Saturnina la patrona y un sobrino suyo me espiaron y hasta me siguieron un domingo para ver si iba a misa. En vista de que no frecuentaba la iglesia, doña Saturnina me interpeló con valor:
—Dígame usted, ¿usted no es católico?—me dijo.
—No, señora—le contesté.
—¿Pues qué es usted? ¿Protestante?
—Sí; soy de una clase de secta que se llama de los agnósticos, que supone que no se sabe nada de nada.
—¿Pero usted no cree en la Virgen y en los santos?
—Los de mi secta creemos más bien en la substancia única, y practicamos el culto del nuestro señor el Yo, y de nuestra señora de la Cosa en Sí.
A esto dijo mi patrona que esta virgen sería muy importante; pero que los milagros de la Virgen del Camino eran mayores, porque se la había visto elevarse en el aire y ponerse en un madero que hay en la iglesia de San Cernín de Pamplona, a lo cual yo repliqué diciendo que bien podía la ley de la gravitación, inventada por mi paisano Newton, ser una costumbre o una rutina de la Naturaleza, y de nuestro espíritu, y que, como dijo atrevidamente Protágoras, todas las cosas son verdaderas, y que el hombre es la medida de todas las cosas, de las que existen como existentes y de las que no existen como no existentes.
Doña Saturnina me preguntó si este Protágoras era algún santo; yo la dije que si no lo era, podía haberlo sido.
Entonces, doña Saturnina me recomendó que me convirtiese al catolicismo, y yo la tranquilicé diciendo que estudiaría la cuestión.
En España y en pueblos como Pamplona todavía hay un gran atractivo en ser incrédulo. ¿Cuánto durará esto? Al paso que vamos, ya poco. Cien años; doscientos años. Nada, una miseria.
La verdad es que, con el progreso, se priva al hombre libre de los grandes encantos y emociones de ser perseguido.
¿Qué vale un incrédulo, un librepensador en un país donde todo el mundo puede serlo impunemente? Nada. En cambio, en plena persecución, ¡qué delicia! Tener el libro prohibido bien guardado, leerlo a escondidas, burlarse por dentro de todas las ceremonias y mojigangas, y escapar de las tramas de esta red con la cual el despotismo judaico-cristiano ha intentado envolver al mundo. ¡Admirable cosa!
Los incrédulos debíamos protestar de la lenidad actual, que nos priva de una de nuestras mayores satisfacciones...
V.
LOS CABALLEROS
En la casa de huéspedes de doña Saturnina conocí a varias personas, gentes pintorescas, cuya vida sabía luego por la misma patrona.
Uno de los fijos en la casa era un señor alto, moreno, de pelo blanco, vestido con traje obscuro, y que se paseaba por los arcos de la plaza del Castillo ataviado con un sombrero de copa cubierto de hule y una levita larga, y que cuando hacía fresco se ponía una esclavina azul sobre los hombros.
—¿Quién es este señor?—le pregunté a la patrona.
Doña Saturnina me dió tres o cuatro nombres de estos compuestos y largos que usan los españoles.
—¿Y este caballero no trabaja?—pregunté yo.
—No. ¡Ca!
—¿Es rico?
—Poca cosa.
—¿Es de buena familia?
—Ya lo creo. ¡Es un Pérez de Cascante! Es de los caballeros de Olite.
Este caballero tenía un amigo que le acompañaba en sus paseos, el señor Sánchez de Peralta.
Doña Saturnina me explicó la genealogía de ambos.
—Ninguno de los dos ha trabajado nunca—me decía la patrona con entusiasmo—. Son caballeros.
Me hizo gracia el equiparar la holganza con la nobleza, lo que en el fondo es muy natural y lógico.
Todos los días les veía a los dos caballeros dar vueltas y vueltas por la plaza del Castillo, con sus sombreros de copa y sus botas, que les crujían al andar. Los dos parecían mucho más jóvenes de lo que eran. Siempre he creído que el no discurrir conserva la vida; por eso dijo Juan Jacobo Rousseau, y otros lo habían dicho antes, que el hombre que piensa es un animal depravado.
Muchas veces he pensado que la felicidad está en ser un Pérez de Cascante o un Sánchez de Peralta, y en dar vueltas por los arcos de la plaza del Castillo con unas botas que crujen y una esclavina azul; pero, puesto en esta actitud espiritual, se me ha ocurrido si no sería aún más perfecto el ser una vaca, o quizá una ostra.
No he decidido yo, como creo que no lo ha decidido nadie, si es mejor la ciencia unida a la desdicha y al dolor o la estupidez mezclada a la felicidad; pero, sin decidirlo, cuando veo algún vago de estos firmes y constantes en su noble ocupación de no hacer nada, siempre pienso si será uno de los caballeros de Olite, el señor Pérez de Cascante o el hidalgo Sánchez de Peralta.
VI.
LOS ESTRATOS SOCIALES DE PAMPLONA
Como era la primera ciudad española que habitaba, quise darme cuenta clara de su contextura física y moral. Sus calles, sus plazas, los rincones de la muralla, los conocía palmo a palmo; gracias a alguna que otra amistad y a las explicaciones de doña Saturnina pude darme también una idea de la vida moral del pueblo.
Pamplona era un receptáculo de aristócratas, de leguleyos, de militares, de curas y de perros. Yo no digo que para todo el mundo esta clase de población sea antipática u odiosa, no; ahora, para mí sí lo es, excepto los perros, por los cuales siempre he tenido una debilidad de corazón.
Pamplona se mostraba como una construcción en pisos. En el alto había dos o tres familias aristocráticas, y estas familias tomaban un poco cómicamente un aire de familias reales. A pesar de que doña Saturnina quería demostrarme con todo su fuego oratorio que las dos o tres familias del primer tramo social de Pamplona eran ilustrísimas, la verdad es que no contaba de ellas nada que valiera la pena de esculpirse en bronces.
Después de estas dos o tres familias del primer tramo que miraban al vulgo de los pamploneses como diciendo: podéis vivir, os permitimos graciosamente la existencia, había otras seis o siete ya de menos tono, con algunos titulillos insignificantes y algún coche destartado, pero todavía en buen uso, en la cuadra.
Tras de este segundo tramo venía el tercero, formado por los hidalgos, estos hidalgos por los que doña Saturnina sentía gran respeto y veneración y de los cuales decía: ¡Es un Pérez de Cascante! Es un Sánchez de Peralta!
Fuera del elemento autóctono, había otros dos elementos aristocráticos: el ejército y el clero. El ejército en su alta esfera llegaba a veces al primer tramo; pero lo más corriente era que se quedase en el segundo; el brigadier y el general alternaban con el marqués o con el conde, un poco tronados, si no tenían alguna mancha de liberalismo que se lo impidiese, porque entonces no alternaban con nadie.
El Gobierno constitucional en esto había defraudado al buen pueblo, primero suprimiendo el título de virrey de Navarra, cosa que a los pamploneses sonaba agradablemente al oído, y substituyéndole por el de capitán general; después, enviando militares inficionados con el virus del liberalismo. El clero era, naturalmente, aristocrático y absolutista, y el obispo movía todos los resortes de la mecánica pamplonesa. El obispo entraba de lleno en el primer tramo de la vida ciudadana. El deán y los canónigos distinguidos se distribuían en el segundo y en el tercero. Aristocracia, clero, ejército y clase media formaban un pequeño mundo. Pamplona, encerrada en su muralla, era para el pamplonés un microcosmos. A mí, que llevaba todavía el humo de Londres en la cabeza, me parecía que todo el pueblo vivía enmohecido, apegado a unas cuantas rutinas y a unos cuantos lugares comunes.
A veces se me ocurría pensar que no estaba mal ideado aquel sistema de categorías y de subordinaciones. Realmente, el catolicismo ha resuelto la vida a su modo, disciplinándola y encerrándola en estrechas casillas; esto, unido a que ha dado a las necesidades apremiantes el carácter de vicios, ha hecho que los pueblos pobres como el español, que viven en la estrechez y en la incuria, se crean rodeados de placeres sardanapálicos.
En parte, esta severidad es una ventaja, porque da a la vida un poco de picante.
La construcción, en tramos, de Pamplona, tenía también su parte útil.
Cierto que a mí me parecía un poco absurda y mezquina; pero no le parecía, seguramente, lo mismo al nacido en el pueblo.
La verdad es que todo el aparato enfático y teatral del aristocratismo, que pretende imponer el ánimo por su esplendor, se convierte en una mueca cómica cuando no va acompañado de la fortuna o del poder.
No es fácil encontrar nada tan imponente como esas damas inglesas, hijas de algún almacenista de cacao, de un prestamista o de un fabricante de sebo casadas con algún lord. ¡Qué orgullo! ¡Qué majestad! ¡Qué admirable desprecio por los demás mortales!
Estas alianzas del dinero con los títulos dan buenos resultados; en cambio, en los sitios donde las familias nobles no pueden abonar sus campos o sus cuarteles con dinero plebeyo, los aristócratas degeneran.
Se nota en Francia, como en España, en las ciudades de provincia, que el pequeño aristócrata, el hidalgo, el «hobereau», es mucho más feo y menos inteligente que el hombre de la clase media y del pueblo. Esto depende, seguramente, del cuidado de casarse entre gentes de la misma casta, de la endogamia, que decimos los antropólogos.
En Pamplona, como en casi todas las capitales españolas, me parecieron los pequeños aristócratas muy cómicos. ¡Qué gente! Unas bocas desdeñosas, unos gestos de orgullo, unas mujeres feas y con bigote, unos tipos morenos y escurridos que parecían micos; muy chatos o con narices de loro; con escrófulas o con herpes.
Este prestigio de la aristocracia no es cosa que a mí me preocupe; no tengo la aspiración de saludar al conde ni al marqués, ni siquiera de estrechar la mano de un Pérez de Cascante o de un Sánchez de Peralta. A un vagabundo, como yo, no le pueden importar gran cosa las superioridades locales ni las cuestiones de etiqueta; tampoco sé si estos condes y marqueses de aquí proceden de las Cruzadas (como todos los aristócratas de los folletines franceses); supongo que serán tan antiguos como puedan serlo los de Inglaterra; pero no hay más remedio que reconocer que son más pobres. Y, la verdad: la aristocracia, con casas sucias y destartaladas y unos majuelos por toda propiedad; el aristócrata, con un sombrero seboso y un pantalón con rodilleras, no llega a imponer respeto ni a causar gran sensación. Es decir, a mí no me la producía, porque a mi patrona, doña Saturnina, le producía grande. Verdad que ella veía los conceptos más que los accesorios y las formas. Doña Saturnina era un poco platoniana.