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La Ruta del Aventurero

Chapter 76: ÍNDICE
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About This Book

La obra reúne relatos episódicos en torno a experiencias de viaje y peripecias aventureras por pueblos del Mediterráneo; combina escenas de acción con conspiraciones, escaramuzas y desplazamientos junto a pasajes de evocación y reflexión escéptica sobre la realidad, la identidad y la mirada del narrador. El tono alterna ironía y lirismo, presenta personajes pintorescos, encuentros fortuitos y descripciones vivas de paisajes urbanos y costeros. La estructura entrelaza narraciones breves y anécdotas que exploran el oficio de contar historias y las contradicciones de la vida de un hombre activo.

Estaba pensando en el problema de acostarme cuando se presentó en la taberna un hombre de unos veinticinco años, en compañía de un viejo.

El joven se acercó a la mesa.

—Tú, Chirri—dijo de una manera imperiosa—, vete a casa del Nacional y dile que mañana esté listo para las siete.

El Chirri se levantó inmediatamente y salió escapado.

—¿Quién es este señor?—pregunté yo, señalando al hombre del bigote.

—Este es Paquito, nuestro patrón—me dijeron—, el amo de la red de la que ha tenido usted que tirar esta mañana, y de los botes.

—¿El no suele estar allá?

—No; él tiene dos barcas, una grande, con la que hace el contrabando, que se llama el Lince, y otra más pequeña, la Consolación.

Al mismo tiempo el dueño de las barcas y el viejo que le acompañaba debían hablar de mí. Paquito llamó a uno de los muchachos que estaban en mi mesa, que después se me acercó.

—El patrón—me dijo—quiere hablar con usted.

Me levanté y fuí a su mesa.

—Siéntese usted—me dijo Paquito—y tome usted lo que quiera.

Me senté y pedí una taza de café.

Era el patrón un hombre de unos treinta años, delgado, seco, curtido por el sol y el aire del mar, con los ojos brillantes y el bigote negro.

—¿Es usted inglés?—me preguntó de pronto.

—Sí, señor.

—Me han contado que ha estado usted esta tarde tirando del copo.

—Es verdad.

—¿Ha sido por capricho?

—No. Por ganar unos cuartos para comer. Se me ha concluído el dinero que traía...

—Eso está bien. Puede uno ser más caballero que el verbo divino y tener las manos callosas del trabajo... ¿Viene usted de Gibraltar?

—No, vengo por Francia.

—Y, oiga usted, ¿ha venido usted a España por pasear nada más?

—No.

Y en seguida eché mano del mito Cox y lo desarrollé ante los ojos del patrón.

—¿Le ha gustado a usted España?

—Mucho. Es un país por el que tengo gran simpatía.

—Chóquela usted. No le falta a usted más que una cosa para tenerme de su parte.

—¿Y es?

—El ser liberal.

—Pues lo soy.

—Es usted de los míos. ¿Cómo se llama usted, señor inglés?

—Yo, Thompson.

—Bueno, señor Thompson, aquí tiene usted un amigo.

—Muchas gracias.

—¿Qué necesita usted por el momento?

—Un sitio donde comer y dormir hasta que me manden dinero de mi país.

—Vendrá usted a mi casa. ¡Hala, vamos!

Salimos de la taberna, tomamos por una calle en cuesta a salir a una hermosa plaza, y de allá seguimos por una avenida hasta detenernos en una casita de un piso solo con una puerta grande y un escalón.

—Pase usted, Thompson—me dijo Paquito, y yo pasé.


XII.
LA FAMILIA DEL PATRÓN

Me presentó Paquito a su mujer y a su madre y ordenó después que me arreglaran un cuarto. Estuvimos hablando de varias cosas. Paquito, como todos los liberales españoles, altos y bajos, tenía la preocupación de la política y me preguntó acerca de las costumbres parlamentarias inglesas, estas costumbres que son, según parece, un gran honor para todo inglés, aunque a mí, la verdad, me han dejado siempre un tanto indiferente.

Luego hablamos de la posibilidad de que la reacción, entronizada por los Cien Mil Hijos de San Luis en España, se sostuviera o no. Paquito tenía la esperanza de un movimiento revolucionario. A mí no me parecía esto probable, y menos próximo, porque la mayoría de la gente había quedado cansada de los ensayos infructuosos de los constitucionales.

Acabada nuestra charla me llevaron a un cuarto pequeño y encalado que me cedieron.

Paquito se mostraba en su casa, a pesar de su liberalismo, perfectamente tiránico. Era exigente, gruñón; todo lo que hacían los demás le parecía detestable y únicamente manifestaba benevolencia para sus faltas.

La madre era por el estilo: una vieja que reñía por costumbre y hablaba con una rapidez incomprensible para mí. Siempre se quejaba de frío.

Muchas veces que yo estaba sofocado por la tibieza del ambiente le oía lamentarse de que no cerraban las puertas:

—¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué frío hace hoy! ¡Me quieren matar! ¡Yo no puedo resistir este viento, que corta! Santo Cristo de la Alameda, ¿por qué no me habrá quitado Dios de en medio, que no sirvo mas que de estorbo a todo el mundo?

Así iba esta vieja engarzando quejas y conjurando todos los santos y santas del calendario.

La mujer de Paquito parecía una princesita condenada a vivir entre piratas. Tenía un aire resignado, unos ojos claros, ingenuos y una gran suavidad. Era hija de un militar que había guerreado en América. Había quedado huérfana muy niña. Se llamaba Dolores. Me pareció que en la casa no la guardaban consideración alguna y que la hacían trabajar demasiado.

El matrimonio tenía un chico y una chica. El chico era un salvaje de seis o siete años, despótico y mal educado. Yo estuve muchas veces a punto de calentarle las orejas porque se manifestaba de muy mala intención. El chiquillo llegó a tomarme odio.

Al cuarto o quinto día de llegar a Algeciras fuí a ver al cónsul inglés, que me proporcionó trabajo para una temporada.

Le dije que estaba en relación con los filohelenos de Londres, y él me informó de que iba a llegar un barco con soldados para Grecia.

Cuando cobré el dinero del cónsul hablé con Dolores, la mujer de Paquito, para que me dijera lo que tenía que pagar por estar en su casa.

Nos pusimos de acuerdo, y quedé allá, en mi cuartito pequeño, escribiendo y pintando. Por la tarde solía dar un paseo por la playa, y recorría también las calles del pueblo, con sus grandes caserones blancos, con balconadas salientes, adornadas con hierros barrocos, sus rejas, sus canalones y sus persianas pintadas de verde.

Paseaba también por la plaza Alta y por una avenida, cuyas bocacalles iban a dar a la bahía, y por las cuales se divisaba el cielo y el mar.

Como se estaba en un período de política revuelta, todos los días había algún acontecimiento. A medida que los ministros de Fernando VII se apoderaban del Poder la represión era mayor. Se hacían prisiones, y llegaban constantemente cuerdas de presos que el comandante del campo de Gibraltar, don José O'Donnell, enviaba a los presidios de Africa.

Un día vi en la plaza Alta un espectáculo triste. Un constitucional, un hombre viejo, de noble aspecto, se escapó de la cuerda; dos voluntarios realistas le siguieron gritando: «¡A ése! ¡A ése!» La gente fué tras él, le cogieron y a palos lo dejaron tendido en el suelo.

El pueblo entero manifestaba un gran fervor realista; se había sustituído la lápida de la Constitución por otra con el letrero: «Plaza del Rey», con las armas de la ciudad y una corona. Paquito, que estaba señalado como liberal exaltado, no salía apenas, y muchos, entre ellos yo, le aconsejaron que fuera a Gibraltar y que no viniese mas que de tarde en tarde. Esto fué lo que hizo.

Yo me alegré mucho, no por la seguridad de Paquito, que me tenía sin cuidado, sino por hablar libremente con Dolores. La verdad es que me iba enamorando de ella por momentos. ¡Era una mujer tan simpática, tan buena! No me cansaba de oírla.

Ya sé yo que hay un mandamiento, no se cuál, que dice que no se debe desear la mujer del prójimo; pero esto siempre me ha parecido una tontería; yo, no sólo deseaba la mujer de mi prójimo, sino que se la hubiera quitado si hubiese podido.

Cuando Dolores quedó sola con su suegra y los chicos, yo le decía que saliera, que no estuviera siempre metida en casa.

Un domingo dimos una vuelta por la bahía en el Lince, una barca grande. El Chirri iba al cuidado de la vela y yo al timón.

Estaba el cielo azul y el mar casi tan azul como el cielo.

Enfrente se divisaba el Peñón, de un color gris de ceniza, obscuro en los sitios cubiertos de bosque y alargado hasta la punta de Europa...

Dolores me habló de su infancia, de la que conservaba un recuerdo confuso de idas y venidas por colegios de distintas ciudades; me contó una serie de niñerías con verdadera gracia. Yo le hacía mil preguntas y le oía encantado.

El barco marchaba suavemente; veía desarrollarse ante mis ojos la línea quebrada de los montes formada por las últimas ramificaciones de la sierra de los Gazules.

A lo lejos aparecía la serranía de Ronda, los montes de Gaucín y Casares y los de Estepona.

Más cerca la sierra Carbonera, con San Roque en un alto; El Campamento, a orillas del mar, y luego La Línea sobre el arenal que une la tierra con Gibraltar.

—Vamos ya—dijo Dolores—, que la madre estará esperando.

—¿Qué prisa tiene usted para volver?—le pregunté yo.

—Sí, hay que hacer la cena.

—Deje usted la cena; por un día cenaremos más tarde. ¡El día está tan hermoso!

—Bueno—replicó ella.

Seguimos hablando. Avanzamos hasta la salida de la bahía. Estaba el Estrecho lleno de barcos, que navegaban con las velas desplegadas. Pasamos cerca de las murallas, llenas de líquenes, de la isla Verde.

Ahora se veía el otro extremo de la gran bahía casi circular, la Punta Carnero, y a lo lejos, la costa de Africa, el acantilado blanquecino de los montes de Sierra Bullones y el pico de la Almina de Ceuta.

Seguimos hablando Dolores y yo largo rato, y al caer la tarde le dije al Chirri que volviéramos.


Pasamos de nuevo por delante de la isla Verde. El sol iba retirándose con lentitud, iba escalando las casas de Algeciras, brillaba en los cristales, subía a los tejados, los abandonaba e iluminaba el campanario de la iglesia con una claridad rojiza. La sierra parecía acercarse, y al borrarse sus repliegues tomaba el aspecto de una muralla que se levantara tras del pueblo. Las casas se destacaban con más claridad a la luz fría del crepúsculo.

El cielo tomaba un color de escarlata por el lado del mar y éste iba brillando con resplandores de rosa.

Al desembarcar, al acercarnos a Algeciras, las ventanas de las casas comenzaban a iluminarse; se oía en las tabernas rasguear de guitarras y se sentía un olor fuerte de aceite frío.

Desde el muelle fuimos hasta la plaza Alta.

Al pasar hacia casa oíamos la retreta en un cuartel.


Dos días después estaba en mi cuarto escribiendo, cuando se me presentó Paquito, con un aire grave, dramático.

Me advirtió que me tenía que hablar; hice ademán de oírle, y de repente me dijo que yo era un sinvergüenza, un ingrato y un canalla que estaba cortejando a su mujer. Negué yo el hecho, y entonces él me replicó que el domingo anterior había ido a pasear en la lancha con Dolores y que le había dicho que era muy guapa y otra porción de cosas.

—¿Quién le ha dicho a usted eso?

—Mi chico y el Chirri.

Me callé y no repliqué; él siguió insultándome, y después insultando a su mujer.

Esto no lo pude soportar y salté.

Ya furioso, le dije que era un botarate y que su mujer valía millones de veces más que él; que le tenía por un vanidoso y un farsante; que su liberalismo era una mentira, porque no era mas que envidia por los que podían y valían más que él, y, en último término, que estaba dispuesto a batirme con él a puñetazos, a navajazos o a tiros, porque le consideraba uno de los seres más despreciables y más ridículos de la tierra.

Mi indignación le enfrió a Paquito, y sin contestarme nada se marchó, dejándome solo e iracundo.


XIII.
MAC CLAIR

Después de nuestra riña, toda la familia de Paquito se trasladó a Gibraltar, y yo quedé en una casa de la vecindad, en la más profunda desesperación.

Seguía trabajando para el cónsul, cuando recibí un carta de Will Tick anunciándome que pocos días después pasaría el Estrecho, en dirección a Grecia, una expedición de filohelenos.

Antes llegaría a Algeciras el coronel Mac Clair, que iba a comprar armas y municiones de guerra.

Saldría yo a recibirle al muelle y le reconocería, por ser un tipo alto y delgado, vestido con un ulster negro con rayas blancas, y que llevaría un bulto cuadrado envuelto en tela encerada en la mano derecha y un paraguas en la izquierda.

Efectivamente, lo reconocí. Era Mac Clair un hombre delgado, seco, de aire enfermizo. Tenía el pelo rojo, rizado, patillas cortas, bigote grueso y anteojos azules. Por debajo del ulster usaba redingote de color de castaña.

Llevé a mi casa a Mac Clair, y al día siguiente fuimos en coche a Tarifa, donde recogimos varias cajas de fusiles, escondidas cerca de la playa, y las embarcamos en una gabarra.

El coronel Mac Clair marchó después a Gibraltar, donde compró un ciento de fusiles españoles e ingleses.

El coronel me dijo que me avisaría la llegada del paquebot que venía de Londres con los filohelenos.

Efectivamente, quince días después me avisó. Con un tiempo muy malo salimos los dos en un falucho.

Fuimos hasta Tarifa, en donde teníamos nuestras cajas de fusiles, las embarcamos y esperamos toda una tarde y toda una noche.

Al día siguiente, el coronel reconoció el bergantín Fénix, al que esperábamos.

Nos acercamos al barco, que parecía un gran pez negro sobre el agua, y entramos en él.

Al pasar por delante de Algeciras se me humedecieron los ojos con el recuerdo de Dolores.


Estas cuartillas leí a mistress Hervés, en el mirador del castillo de Ondara, una tarde de verano.

Mi aventura en Grecia, quizá por ser insignificante, no la he escrito todavía. No sé si la escribiré alguna vez.

Itzea-Vera del Bidasoa.—Octubre, 1916.

FIN DE LA RUTA DEL AVENTURERO


ÍNDICE

Páginas.
Prólogo. 7
EL CONVENTO DE MONSANT
I. Una ciudad levantina. 11
II. El castillo. 17
III. Los sospechosos. 21
IV. Entierro. 27
V. El teniente Eguaguirre. 33
VI. El mirador del castillo. 41
VII. Los oficiales. 47
VIII. Urbina. 51
IX. Recomendación de Kitty. 55
X. Explicación. 59
XI. El proyecto. 65
XII. El viaje. 69
XIII. El convento. 75
XIV. Los argonautas. 83
XV. El rapto. 95
Epílogo. 105
EL VIAJE SIN OBJETO
Prólogo. 113
PRIMERA PARTE
UNA VIDA INSIGNIFICANTE
I. El viajero y su canción. 117
II. Disecación y farmacia. 121
III. Los libros de mi tío. 125
IV. La casa de Israels y Piper. 129
V. Elogio de la litografía. 133
VI. En plena bohemia. 137
VII. Días tristes. 141
VIII. Examen de mis aptitudes por el sistema métrico decimal. 145
IX. Última hazaña en Londres. 149
X. Los destinos absurdos. 153
XI. En memoria de Burton. 157
XII. Charlatanes y saltimbanquis. 161
XIII. Comienzo de una aventura romántica. 167
XIV. En la diligencia. 175
XV. Mary la de Biriatu. 179
XVI. La venta de Inzolas. 183
SEGUNDA PARTE
DEL PIRINEO A MADRID
I. Los placeres del campo. 185
II. Erlaiz el panadero. 187
III. El parador de Sumbilla. 193
IV. Pamplona. 197
V. Los caballeros. 203
VI. Los estratos sociales de Pamplona. 205
VII. Philonous. 209
VIII. Los realistas franceses. 211
IX. Conspiraciones. 213
X. El calor. 217
XI. Las moscas. 221
XII. En las Bárdenas. 223
XIII. Revelación de la España clásica. 227
XIV. El santero. 231
TERCERA PARTE
DE MADRID A SEVILLA
I. La casa de huéspedes. 235
II. Digresiones sobre el país. 239
III. Salida de Madrid. 243
IV. De Sevilla a la cárcel de Sanlúcar. 247
V. Nieves la alcaidesa. 253
VI. Las recomendaciones. 257
VII. En el camino. 259
CUARTA PARTE
PRISIONERO
I. El Salón de Cortes. 263
II. La señora Landon. 267
III. La torre. 271
IV. «Mare Serenitatis». 275
V. El fraile. 277
VI. Evasión. 281
VII. La casa abandonada. 287
VIII. Dilema. 291
IX. De viaje. 295
X. Un loco. 299
XI. El copo. 301
XII. La familia del patrón. 305
XIII. Mac Clair. 311

OBRAS COMPLETAS DE AZORIN

I.—El alma castellana.

II.—La voluntad.

III.—Antonio Azorín.

IV.—Las confesiones de un pequeño filósofo. (Aumentada.)

V.—España.

VI.—Los pueblos.

VII.—Fantasías y devaneos.

VIII.—El político.

IX.—La ruta de Don Quijote.

X.—Lecturas españolas.

XI.—Los valores literarios.

XII.—Clásicos y modernos.

XIII.—Castilla.

XIV.—Un discurso de La Cierva.

XV.—Al margen de los clásicos.

XVI.—El licenciado Vidriera.

XVII.—Un pueblecito.

XVIII.—Rivas y Larra.

XIX.—El paisaje de España visto por los españoles.

XX.—Entre España y Francia.

XXI.—Parlamentarismo español.

XXII.—París bombardeado y Madrid sentimental.

XXIII.—Laberinto.

XXIV.—Mi sentido de la vida.

XXV.—Autores antiguos. (Españoles y franceses.)

XXVI.—Los dos Luises y otros ensayos.