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La simulación en la lucha por la vida

Chapter 25: V.—CONCLUSIONES
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El ensayo analiza la simulación como estrategia de supervivencia, describiendo su origen y manifestaciones en la naturaleza —homocromía, mimetismo y otras adaptaciones— y su traslación a las sociedades humanas en formas colectivas e individuales. Ofrece una tipología psicológica de los simuladores, distingue variantes por adaptación, temperamento y patología, y examina la simulación de estados médicos y legales, incluyendo la falsificación de enfermedades. Concluye con un estudio sobre la evolución histórica de estos recursos fraudulentos, valorando su utilidad práctica y señalando límites éticos y sociales que condicionan su persistencia.

Cap. III.—La simulación en las sociedades

I. La lucha por la vida y la simulación entre los hombres.—II. Formas colectivas de lucha y de simulación (humanas, étnicas, nacionales, de clase, de sexo, de grupos, profesionales, etc.).—III. Formas individuales de lucha y de simulación (niños, burócratas, escritores, periodistas, propagandistas, mujeres, sablistas, comerciantes, delincuentes, parásitos sociales, etc.).—IV. Utilidad de la simulación en la lucha por la vida.—V. Conclusiones.

I.—LA LUCHA POR LA VIDA Y LA SIMULACIÓN ENTRE LOS HOMBRES

Cuando se intenta abarcar, en una mirada de conjunto, las diversas actividades desarrolladas por el hombre que vive en sociedad, salta a la vista que la lucha por la vida rige en el mundo social, lo mismo que en el propiamente biológico, aunque sufre modificaciones importantes que estudiaremos al examinar la evolución de la simulación. Habiendo "lucha por la vida", según lo enunciamos en el capítulo precedente, encontraremos fenómenos de simulación adaptados a sus distintas modalidades.

La Humanidad, como especie biológica, lucha por la vida contra el reino vegetal y contra las demás especies animales. Eso es evidente. Además, como animal susceptible de asociarse en agregados o colonias, el hombre está sometido a nuevas formas de lucha: sea como miembro de un agregado social, sea como individuo.

Tres formas de lucha por la vida son posibles entre los individuos de la especie humana: 1.º. Entre agregados sociales; 2.º. Entre agregados e individuos; 3.º. Entre individuos aislados. Dos naciones que se arruinan recíprocamente en una guerra de supremacía económica, encuéntranse en el primer caso. Un delincuente que cometa acciones antisociales, representa el segundo. Dos salvajes que se disputan una raíz alimenticia, se encuentran en el tercero.

Recorriendo la escala biológica, a medida que se asciende, muéstrase más compleja la vida de los organismos, tocando su máximum en la especie humana. Como consecuencia de ello, cuanto más complejas son las manifestaciones de la vida, tanto más arduas son las condiciones en que la lucha por la vida se plantea. Y, como corolario, obsérvase que esas formas complejas de lucha producen un perfeccionamiento progresivo de los medios de lucha, superando en el hombre a todas las demás especies vivas. En sentido figurado, podríamos decir que, también en este caso, la función desarrolla el órgano, es decir, que la necesidad estimula el desenvolvimiento de la aptitud.

Encarando ampliamente la cuestión, puede afirmarse que la civilización humana ha implicado un continuo aumento de la lucha por la vida y de los medios de lucha, ora dirigidos contra la naturaleza, ora esgrimidos entre los agregados sociales o entre los individuos; pero en todos los casos tiende a la selección de las razas y de los individuos más aptos en su medio. Para ello, o como su resultado, la especie humana posee un elevado desarrollo mental que le permite organizar conscientemente sus medios de lucha, buscando una progresiva adaptación a las condiciones de la lucha por la vida. En una palabra, para resumir: donde la vida es más compleja la lucha es múltiple y los medios son más complicados.

Hemos visto ya que las manifestaciones de la lucha evolucionan de formas violentas a formas fraudulentas; los medios se adaptan a la lucha y sufren, también ellos, una progresiva evolución, tendiendo hacia el predominio de los fundados en la fraudulencia. Entre éstos encuéntrase la simulación, uno de los más frecuentemente observados.

Es fácil encontrarla en todas las manifestaciones de la actividad humana, reemplazando a la violencia como medio ofensivo y defensivo. Más aún: el espíritu humano tiende a adaptar una manera especial de simulación a cada una de las modalidades que reviste la lucha por la vida en el ambiente, estableciéndose entre ellas cierto paralelismo. De ella, en sus innumerables facetas, trataremos en el presente capítulo, demostrando que a las diversas formas colectivas e individuales de lucha por la vida, corresponden formas colectivas e individuales de simulación.

Las formas de lucha por la vida entre los agregados sociales, así como entre los grupos colectivos que viven dentro de cada agregado, varían al infinito; sus relaciones recíprocas son constantemente diversas, debido a la persistente heterogeneidad de intereses. Una primera causa de antagonismo nace de las desigualdades étnicas; hay luchas entre las razas, estudiadas por Gumplowicz, Ammond, Lapouge, Winiarsky; en la evolución histórica se atenúan sus conflictos, tendiendo a unificarse bajo la hegemonía de las mejor adaptadas para la lucha por la vida, como demostraron Colaianni, Finot, Nordau y otros. Dentro de una misma raza, la diversidad de condiciones económicas, debida a la influencia del ambiente natural, determina la formación de diversos agregados políticos; se constituyen estados distintos, apareciendo entre ellos antagonismos e intereses que son causa de las luchas entre las naciones; basta recordar los estudios de Novicow. La diversa función social de cada sexo y las necesidades de la conservación de la especie, determinan la lucha entre los sexos, analizada por Viazzi, procurando cada uno ejercer mayor autoridad sobre el otro y conquistando el derecho al amor al precio del menor esfuerzo posible. Dentro de cada agregado social, la división del trabajo determina la aparición de clases sociales que pueden tener intereses antagónicos o divergentes: aparecen así las luchas de clases, estudiadas por los marxistas. Desde otro punto de vista más estrecho, la solidaridad de intereses entre los que ejercitan una función particular engendra una lucha entre ellos y el resto de la sociedad, en formas que oscilan desde el espíritu de cuerpo profesional hasta la solidaridad económica de capitalistas o proletarios, y desde el politiquismo profesional hasta la explotación de las supersticiones. Podrían señalarse cien formas de lucha por la vida especiales de colectividades: siempre que existe una solidaridad de intereses, permanente o transitoria, hay lucha colectiva contra el resto de la especie o contra algunas de sus partes. El principio darwiniano se repite, bajo mil formas, en el mundo social.

De conformidad con nuestra teoría general, encontraremos que a cada una de esas formas de lucha, la actividad humana ha adaptado fenómenos especiales de simulación.

Al mismo tiempo, cada individuo, independientemente de la raza, clase o grupo a que pertenece, está obligado a luchar por la vida adaptándose lo mejor que pueda al medio social. Muy pocos hombres de personalidad firme resisten a la presión colectiva y pueden hacerlo conservando algunos de sus rasgos característicos; los más están obligados a imitar las ideas, los sentimientos, las costumbres colectivas, y su éxito en la vida consiste en alcanzar la más perfecta adaptación al medio. Para ello no es necesario ser como los demás; basta con parecer. Eso es lo útil; para ello se simula.

Debería definirse la "educación" como el arte de formar en los hombres una personalidad; vemos, en cambio, que el uso corriente da a esa palabra el sentido contrario, diciendo que son mejor "educados" los individuos que por su refinada aptitud para fingir consiguen disimular completamente su personalidad propia, no haciéndola gravitar nunca sobre los demás. Esta pretendida educación tiende a establecer una verdadera "homocromía social" entre el individuo y las ideas de la sociedad, y un riguroso "mimetismo personal" con las costumbres corrientes en ella. En el traje, en la mímica, en las opiniones, en las maneras, se va hacia la uniformidad; para ello cada hombre está obligado a disimular todo lo que le es individual y a simular todo lo que es común a la sociedad y no posee él mismo. No importa que esa costumbre de parecer destruya en el hombre toda capacidad para ser; la sociedad no vacila en sacrificar los individuos al interés de la especie, lo mismo que las demás colonias animales. Todo lo que exige del niño que entra a la vida es que se esfuerce por imitar lo que hacen los demás; y el niño, cada vez que no puede hacerlo, se decide a simularlo. Así, simulando, se aventaja en la lucha por la vida, y para conservar las ventajas adquiridas sigue simulando, después, hasta la muerte.

II.—FORMAS COLECTIVAS DE LUCHA Y DE SIMULACIÓN

Hay condiciones de lucha por la vida comunes a todos los hombres que viven en sociedad; a ellas se han adaptado medios de lucha y formas de simulación igualmente generales, comprendidas en el arsenal de las hipocresías y mentiras corrientes en todo agregado social. Muchas de ellas, que conocían tan bien Montaigne y La Bruyère, han sido recientemente señaladas por Stirner, Lombroso, Tarde y otros, estudiándolas Nordau en sus "Mentiras Convencionales"; éstas, en muchos casos, son verdaderas simulaciones convencionales, consentidas y toleradas por la frecuencia con que se producen. Mediante ellas los hombres civilizados consiguen vivir bajo un disfraz permanente, ocultando las íntimas modulaciones de su sentimiento o las originales concepciones de su inteligencia.

El fraude tiene la sanción del uso en las costumbres sociales, y tanto más cuanto mayor es la decadencia moral de una sociedad. La mentira, el engaño, la hipocresía, la ficción, se han desarrollado naturalmente por la imposibilidad de armonizar todos los intereses individuales con el interés colectivo. El fraude es empleado para captar la simpatía ajena o para abusar de la ajena confianza; aumentando la intensidad de la lucha por la vida, se acrecienta entre los hombres la necesidad de engañarse recíprocamente, en la justa medida en que cada uno advierte su propia debilidad para desenvolverse en medio de la hostilidad general. Cada sociedad establece una tabla convencional de valores morales que llama "virtudes" y "vicios", sin otro objeto que fijar límites a la lucha entre los hombres; esas tablas suelen convertirse en verdaderas ficciones, pues casi todos los hombres tratan de violarlas, simulando las virtudes y disimulando los vicios. El fraude llega a ser un instrumento de provecho para cuantos lo usan, mientras la sinceridad obra en desmedro y ruina de quienes la practican. Razones tendría Homero para llamar al más grande y afortunado de los simuladores el "divino" Ulises.

Conviene no confundir las creencias sociales, que pueden ser erróneas aunque se crea en ellas de buena fe, con las mentiras convencionales, que no son creídas sino simuladas con fines utilitarios. Tal es el caso de los demagogos que declaman loas al pueblo soberano con el propósito de dirigirlo, sustituyéndose de hecho a la soberanía que le mienten; a diario lo hacen los políticos. Encuéntranse en igual caso los políticos que no tienen creencias religiosas, pero las simulan, considerando que ellas son necesarias para que el pueblo se conserve manso y obediente. Y son perpetuos simuladores todos los que exageran la urbanidad y los buenos modales hasta la tolerancia del vicio, de la indignidad, de la tontería ajenas, poniendo cara de pascuas a todo lo que en su interior reputan repulsivo. Los hipócritas viven simulando; no hay un solo gesto de Tartufo que lleve impreso el sello de la verdad.

Esas formas de simulación son tan universales como la misma lucha por la vida. Pero esta última suele tomar especiales caracteres colectivos por la existencia de grupos que luchan contra el resto de la humanidad en defensa de intereses que les son particulares: luchas de razas, de naciones, de clases, de sexos, de partidos, de profesiones, etc. A cada forma de lucha encontramos adaptadas formas especiales de simulación.

Para el sociólogo que observa la evolución de las razas a través de los siglos, analizando la sobreposición sucesiva de civilizaciones diferentes, estudiando las leyes del engrandecimiento y decadencia de los pueblos,—colosal cinematógrafo en que desfilan la India y Babilonia, Egipto y Cartago, Grecia y Roma, España y las Repúblicas Italianas, Francia e Inglaterra, y tal vez, mañana, Estados Unidos y el Japón, probables cunas de la grandeza futura en las civilizaciones oriental y occidental,—para el sociólogo las luchas entre las razas son un fenómeno que se atenúa progresivamente en las zonas templadas del planeta. Las razas de color desaparecen; sus elementos más vitales procuran adaptarse a la vida civilizada de las superiores, o siguen vegetando en las zonas tropicales inaccesibles a la civilización de las razas blancas. De estas últimas sobreviven los grupos más selectos, entrecruzándose de manera lenta pero inevitable; no hay uno solo, entre los pueblos civilizados, que pueda ostentar títulos de pureza étnica.

Por eso muchas cuestiones de raza, cuando no son sinceramente falsas, son fingidas; involucran una simulación de sentimientos. El sentido en que se puede hablar de razas, refiriéndose a naciones civilizadas, es el sociológico, fundado en la homogeneidad de intereses y de sentimientos que surge de la adaptación común a un medio determinado.

Podría considerarse como simulaciones—conscientes o inconscientes—muchas propagandas que tienden a presentar como luchas de razas entre los pueblos civilizados a ciertos conflictos entre naciones que luchan por notorios intereses económicos. En los últimos años se ha visto, con frecuencia, políticos que declamaron sobre la pretendida pureza de las razas, para apuntalar tambaleantes organismos políticos. Típico es el caso de España durante la guerra con los Estados Unidos; los partidarios de España mentaron la solidaridad entre los pueblos de raza latina, amenazados todos por la preponderancia de la raza sajona, no ignorando que la pureza étnica de los llamados pueblos latinos es una fantasía, pues en cada uno de ellos se han operado innumerables cruzas e injertos extraños: semejante solidaridad de raza fué una simple simulación para captar simpatías. El antisemitismo es otro fenómeno curioso de simulación en la lucha de razas; como el tiempo demostró, el pretendido antisemitismo francés fué una máscara de la reacción clérico-militar, que en Francia se disfrazaba con la indumentaria de una guerra al judaísmo para arrastrar en ese engaño a las masas populares, explotando el sentimiento de odio al rico. Bien se dijo, de esa simulación adaptada a la lucha de razas, que era "el socialismo de los imbéciles".

Junto a la lucha de razas encontramos la lucha entre las naciones. Lo mismo que en el caso anterior, puede aquí advertirse una evolución regresiva de la lucha entre los pueblos civilizados; las ciencias, la producción, los intercambios comerciales, la facilidad de las comunicaciones, tienden a establecer vínculos de solidaridad entre las diversas naciones; la utilidad recíproca tiende puentes por sobre las fronteras; la civilización acrece las relaciones internacionales; a expensas de los feudos se han unificado las naciones y por encima de las naciones se unificará la humanidad. En el grado presente de la evolución social, la lucha para constituir unidades nacionales determina numerosas formas de simulaciones correlativas, subordinadas al principio de la adaptación utilitaria. No hablaremos de un hecho común en las luchas entre las naciones: su causa aparente suele ser diversa de la causa verdadera; este fenómeno es inconsciente y débese a que esta última queda oculta tras intrincada red de causas secundarias, más fácilmente apreciables; las cruzadas o el descubrimiento de América, aparentemente debidas al enfermizo sentimiento religioso de la Edad Media y a la tenacidad exaltada de Colón, fueron determinadas por la necesidad de grandes expansiones económicas inherentes a la evolución de la economía feudal. En los pueblos pobres, y por tanto, rapaces, depredadores, la necesidad de ejercer sus rapiñas sobre los vecinos disimúlase tras un exagerado desarrollo del sentimiento de nacionalidad; en ellos el "honor nacional" suele ocultar simples empresas económicas, mientras que en los pueblos agredidos es una sugestión útil para la defensa. Otra forma de simulación, nacida del sentimiento patriótico, es la ejercida a menudo por las clases dirigentes sobre la masa popular, haciéndole creer que el propio país es el mejor del mundo, su historia la más gloriosa, sus sabios los más profundos, sus poetas los más inspirados, etc.; la sugestión entra aquí por partes iguales con la simulación, pues acaba por enseñarse de buena fe una mentira que tiene un simple fin utilitario. Otras veces, las naciones pretenden simular superioridad ante los demás pueblos con que están en más inmediata relación, proveyéndose de ejércitos y armadas muy superiores a su potencialidad económica real y encaminándose por la vía del militarismo hacia la bancarrota. Hay simulación en ostentar un poder desproporcionado a la riqueza nacional, gastando lo que no se tiene para aparentar una superioridad ficticia: porque la grandeza de un pueblo no se mide solamente por la capacidad militar, y menos cuando ella es desproporcionada a las otras fuerzas morales y sociales.

En la historia contemporánea es frecuente la conquista de un pueblo débil por otro, con fines exclusivos de engrandecimiento económico; estas conquistas, que a menudo degeneran en formas colectivas de delincuencia brutal, suelen disimularse como empresas civilizadoras en beneficio de las víctimas. Los latino-americanos, explotados por España en otro tiempo, y los boers, depredados hoy de sus minas de oro por Inglaterra, podrían decir al mundo entero que la pretendida misión civilizadora fué una simple disimulación de la avaricia nacional. El "nacionalismo", esa forma mórbida colectiva del patriotismo, es en muchos casos una simulación de politiqueros hábiles y ambiciosos, que saben encontrar los resortes de la popularidad en la excitación de las más atrasadas pasiones de las turbas. Doctores no menos audaces saben que, en política internacional, la astucia, una de cuyas formas es la simulación, suele ser la clave de éxitos lisonjeros; por algo es tan admirado Maquiavelo; Nordau, en sus "Paradojas psicológicas", demostró que las virtudes esenciales de la diplomacia son el engaño y la mentira, que suelen involucrar la simulación o la disimulación.

En las sociedades evolucionadas, la primitiva división del trabajo llega a revestir tales formas y caracteres que el agregado social se divide en clases, caracterizadas por intereses heterogéneos, cuando no netamente antagonistas. La lucha entre las clases, que Marx y su escuela miran como la causa íntima de las transformaciones sociales, determina numerosos fenómenos de adaptación para la lucha, entre los cuales es fácil encontrar diversas formas de simulación. Comenzando por las leyes fundamentales de los Estados, la simulación aparece dominando el vasto escenario de la lucha de clases. Constituciones, Códigos, Ordenanzas, etc., todo el engranaje jurídico de cada país, suele estar destinado a apuntalar y defender el privilegio de las clases gobernantes; sin embargo, simula propender al beneficio de todo el pueblo, cuya mayoría suele ser perjudicada por esas mismas instituciones. Como casos especiales podrían citarse las leyes contra los obreros que existen en muchos países, disfrazadas de leyes bienhechoras y dictadas simulando el propósito de favorecer a las mismas víctimas. Es también una simulación de clase todo el sistema tributario indirecto, que hace recaer sobre las masas menesterosas el peso de los servicios públicos aunque se simula haberlo establecido en bien de quien sufre sus efectos.

Mil veces en la historia las clases privilegiadas han simulado encontrarse en la pobreza para no ceder a las exigencias del pueblo hambriento; no podrían contarse las veces que el pueblo ha saqueado graneros disimulados por las autoridades. La institución del trabajo a destajo, inventada por la astucia capitalista para aprovecharse de la avaricia obrera, arruina a los obreros simulando serles ventajosa. Esa medalla tiene, naturalmente, su reverso, pues no hemos de creer que la simulación es un privilegio de los poderosos. El obrero que finge trabajar apresurado, sin terminar jamás la tarea confiada a su actividad, es un simulador vulgarísimo, parásito de todos los talleres. Y en muchos casos, las Ligas de Resistencia que los obreros organizan para la lucha de clases son simples simulaciones colectivas, destinadas a atemorizar a los patrones; conocimos una que mantuvo en jaque a los de un gremio importante, hasta descubrirse que, en realidad, sólo la constituían dos o tres sujetos, que actuaban como si representasen un poderoso sindicato.

La lucha entre los sexos presenta fecundísima cosecha de fenómenos de simulación. No hablamos aquí de la tendencia general de la mujer a la simulación, como una de tantas manifestaciones del fraude y de la astucia; nos ocupamos de las simulaciones relacionadas con la lucha entre los sexos. De su tendencia al fraude, sólo diremos que estando la mujer excluida por la naturaleza del uso de algunos medios violentos de lucha, encuéntrase obligada a perfeccionarse en los medios fraudulentos. El hombre dispone de la fuerza; la mujer de la astucia.

No falta quien afirme que el amor femenino, en todas sus manifestaciones, es una persistente simulación, fundándose en la teoría de la pretendida insensibilidad amorosa de la mujer, muy repetida, antes y después de Schopenhauer, por los galanes inexpertos; es seguramente inaceptable, no siendo común el hecho y debiéndose con frecuencia a ineptitud del hombre para despertar la sensibilidad femenina. Esto no importa desconocer que la sensibilidad amorosa es, en muchas mujeres, una condescendiente simulación. Su moralidad también lo es, en gran parte, y tiende a hacer deseables ciertas partes del cuerpo femenino, más directamente relacionadas con la satisfacción amorosa; el mismo pudor—como escribimos hace varios años, criticando un interesante libro de Viazzi,—ha sido, primitivamente, una simulación selectiva voluntaria que mediante la herencia psicológica se ha convertido en un reflejo instintivo. La simulación femenina aparece convertida en un verdadero arte para luchar contra el hombre, en la coquetería. Consiste, propiamente, en fingir todo lo que interesa o apasiona al hombre, estimulando sus deseos. Su eficacia depende de un uso discreto; las grandes coquetas no encienden nunca pasiones intensas, porque su juego es demasiado visible; solamente los tontos suelen enamorarse de ellas y lo son generalmente los maridos que al fin conquistan.

Igualmente difundida está otra simulación. No se trata ya de actitudes, como en el gato que se agazapa acechando la presa, sino de apariencias exteriores, como en el verdadero mimetismo. Existen caracteres de superioridad femenina consagrados por los cánones artísticos y que en su conjunto constituyen la belleza; las mujeres privadas de esos caracteres, suplen su natural inferioridad simulándolos. La estatura, el firme busto, la cadera torneada, el frescor juvenil, la mejilla rosada, la dentadura armoniosa, el labio vivo, la pupila brillante, son verdaderos índices de ingenuidad femenina y de aptitud para la maternidad. Cuando la naturaleza ha sido avara de esos atributos, o cuando la edad empieza a borrarlos, todos ellos son simulados por las mujeres, con el vestido, el calzado, las pelucas, los mil afeites y composiciones que disimulan la imperfección y la vejez; en las grandes ciudades prosperan establecimientos especiales para la simulación de la belleza fisionómica, verdaderos purgatorios donde las mujeres feas compran las indulgencias necesarias para ser amadas. No es menos frecuente la simulación de los sentimientos; cientos de mujeres están dispuestas a simular cariño intenso por cualquier desconocido que les haga vislumbrar la esperanza de un matrimonio ventajoso. Esta simulación, justo es decirlo, no es patrimonio exclusivo de la mujer; se la encuentra con frecuencia en muchos hombres que, careciendo de otras aptitudes en la lucha por la vida, explotan sus condiciones físicas para la lucha sexual. La vida común entre cónyuges que se engañan es una sucesión de astucias, que constituyen el estado habitual de las relaciones domésticas; baste leer la "fisiología del matrimonio" o "la mujer de treinta años", de Balzac. Lo mismo ocurre en los matrimonios de conveniencia, donde los cónyuges viven simulando sentimientos que no sienten. El hombre incurre en muchas otras simulaciones; son innumerables y cualquiera podría encontrar más de una en sus recuerdos. Un joven singularmente favorecido en el amor, veíase con frecuencia obligado a simular enfermedades diversas para eludir compromisos contraídos con sus amigas; otro solicitó con ese objeto un certificado médico y simuló haber contraído una enfermedad vergonzosa para privar de su amistad a una Dulcinea insaciable. En su pertinaz obsesión de conquista, el hombre y la mujer simulan sin cesar, a todo propósito, en todo momento. La mirada, la palabra, la voz, el gesto, son los instrumentos sutiles del dulce engaño recíproco; nadie los ignora y todos los creen. Es la forma de engaño a que todos recurren y de que nadie intenta defenderse. En que la víctima sea siempre Doña Inés debe verse un buen error para hilvanar novelas; ella es más artista, casi siempre, que Don Juan. Los engaños de amor no son pecados.

En la lucha por la vida dentro de la sociedad tienen funciones importantes los grupos profesionales; la solidaridad de intereses comunes manifiéstase generalmente por el espíritu de cuerpo: una de las formas del "espíritu gregario", señalado por Nietzsche y recientemente criticado por Palante. Esa lucha de cada grupo profesional contra el resto de la sociedad presenta caracteres bien definidos; los medios fraudulentos y la simulación, tienen allí lugar de preferencia. En cada profesión existen simulaciones específicas. Recuérdese el precioso cuadro, trazado por Quevedo, de las cosas que debe fingir un médico que aspire a la estimación pública y a la riqueza; y, por lógica asociación de ideas, recordemos a tal eximio profesor de clínica médica que terminaba sus lecciones dando consejos sobre lo que conviene simular cuando la vida del enfermo es independiente de la intervención del médico, debiendo la sanación esperarse de la simple vis medicatrix naturae. Otra simulación, general entre los médicos delicados, nace del espíritu de cuerpo; mil veces, ante un enfermo cuyo mal agravóse por la impericia del médico a quien confiara su salud, simúlase estar plenamente conformes con el tratamiento seguido, reemplazándolo, sin embargo, por otro, elogiando al mismo tiempo ante el enfermo al colega ignorante. En todos los oficios la lucha profesional involucra fenómenos de simulación. Los joyeros han inventado sucesivamente el enchapado, el dorado, y otros progresivos refinamientos de simulación, que en el impreciso lenguaje usual son llamados imitaciones; las esferitas de cristal simulando perlas son ya indistinguibles de la preciosa enfermedad de la concha. El carpintero, para aumentar sus utilidades, reviste de una tenue capa de maderas finas sus malos muebles de tabla ordinaria. El tejedor mezcla pocas hebras de seda a sus toscos tejidos de algodón, para simular que ellos son de la primera substancia. El abogado simula en vastos escritos apasionarse por los intereses de sus clientes, sea éste el ladrón o la víctima, mientras sólo preocúpale asegurarse más lautos honorarios. El pupilo simula estudiar sus lecciones, cuando en realidad lee libros de Boccacio o de Brantôme, que ha disfrazado previamente con tapas de aritmética o de geografía. Los tenores y las tiples simulan estar resfriados cuando se les invita a cantar, para aumentar el éxito o atenuar el fracaso de su ejecución. En cada actividad u oficio, como se ve, las condiciones especiales de lucha por la vida han engendrado formas apropiadas de simulación, confirmándose el paralelismo que venimos observando.

Si se encara la cuestión desde otro punto de vista, es fácil reconocer que todos los miembros de cada profesión, y más especialmente los funcionarios públicos que no gustan del mucho trabajar, viven en tácito acuerdo simulando la excesiva importancia y fatiga de sus tareas; algunos llegan, por autosugestión, a engañarse a sí mismos. A esto no escapan algunos hombres de ciencia que miran el universo a través del lente opaco de su especialidad; quizás sea ésta una forma de disimular su ignorancia crasa en materias ajenas a sus respectivas cartillas. En todas esas simulaciones debemos ver medios útiles de lucha por la vida; simulando una gran importancia de la profesión o especialidad que se practica, gánase en mérito individual.

Simuladores por excelencia son todos los políticos de profesión. Es fácil verlos, en todo momento, fingiendo preocuparse del bien de su patria y de sus conciudadanos, mientras en realidad su única preocupación es obtener ventajas personales en la lucha por la vida. Cualquier mandatario simula sacrificarse por su país al aceptar el nombramiento, pero guárdase de confesar que espera sacar de su sacrificio honra y provecho. En una escala subalterna encontramos al falso elector, que simula ser la encarnación de un difunto o de un ausente; al orador de club que finge entusiasmarse para adular pasiones que no siente; al esclavo de la popularidad, forzado a seguir las variaciones sentimentales de la multitud cuyo aplauso busca. Es en la política, por fin, donde florece el hombre-camaleón, el arquetipo de los simuladores, el cortesano adulador que sirve con igual celo a todos los que pueden colmarle de favores, lacayo de todos los amos, unidad de todas las mayorías, instrumento de todos los despotismos.

Sólo una casta disputa a los políticos el cetro de la simulación: los sacerdotes de todos los cultos, antiguos y modernos. Es necesario leer la "historia de los oráculos", de Fontenelle, pues nunca ha visto la humanidad farsantes más empedernidos que los explotadores del sentimiento religioso; no exageraba Eusebio, el biógrafo de Constantino, diciendo que al derribar el templo de Esculapio no había expulsado de él a un dios ni a un demonio, sino al pícaro simulador que por tanto tiempo había vivido de la credulidad de los ignorantes. Cuéntase que los augures no podían encontrarse sin soltar la risa; sabemos que los obispos medioevales invocaban el nombre de la divinidad para atesorar bienes temporales; en tiempos modernos los inquisidores católicos quemaban herejes para heredarlos, en nombre de Cristo; en nuestra América colonial la pretendida evangelización fué una formidable industria cuyos beneficios el brazo espiritual disputó a cuchillo con el brazo temporal. No diremos por esto que no hay sacerdotes creyentes, ya que los de cada religión son educados para creer en los dogmas que le son propios y es verosímil que se entreguen de buena fe al servicio de su culto. Pero es indudable que muchos de ellos, por el amor al estudio y por su amplitud de miras intelectuales, han conseguido comprender la falacia de los dogmas inherentes a su doctrina, viéndose obligados a luchar por la vida simulando creer lo que ya no creen. Innumerables simulaciones de castidad, de continencia, de frugalidad, son reglamentarias en esta profesión. Las ceremonias de ciertos cultos, destinadas a mantener el celo de los creyentes, consisten por lo general en simulaciones más o menos simbólicas, cuya práctica convierte a los sacerdotes en consumados actores de pantomima.

A este propósito merece recordarse la obra de Spencer sobre las "Instituciones Ceremoniales", donde se encuentra un cuadro interesante del origen y evolución de las simulaciones sociales, cuya sorprendente complejidad sugiere una idea aproximada del refinamiento a que el hombre puede llevar sus simulaciones, en su afán de adaptarse a las costumbres del medio en que lucha por la vida.

La necesidad de limitar este ensayo general, escrito como simple introducción al estudio de la simulación de la locura, nos detiene en el examen de las formas colectivas de la simulación. Pero antes de pasar a las formas individuales, debemos advertir que podrían analizarse cientos de formas distintas, enriqueciendo con infinitas observaciones estas breves notas, suficientes para nuestro objeto: establecer que a toda forma colectiva de lucha los hombres han adaptado formas comunes de simulación.

III.—FORMAS INDIVIDUALES DE LUCHA Y DE SIMULACIÓN

En la breve reseña precedente hemos visto que cuando existen formas colectivas de lucha por la vida, o condiciones de lucha comunes a varios individuos, se observan formas de simulación que les son correlativas. Pero, aparte de esas formas o condiciones comunes de lucha, cada individuo, por su particular constitución fisiopsíquica y por sus relaciones especiales con el ambiente, encuéntrase en circunstancias distintas; por ese motivo los modos de lucha revisten caracteres personales, inclusive los fraudulentos. Siempre, sin embargo, vemos persistir el paralelismo entre cada una de aquéllas y una forma de simulación empleada como medio ofensivo y defensivo. Podría, pues, formularse esta premisa general: todos los hombres son más o menos simuladores, aunque sólo en algunos la simulación es el medio habitual y preferente de lucha por la vida.

Equivocado sería considerar las formas individuales de fraudulencia como producto puramente instintivo, como si el hombre fuese naturalmente perverso o mentiroso, egoísta o hipócrita. La organización social presente impone al individuo esas cualidades, en mayor o menor grado, si quiere atenuar la ruda lucha a que el medio le somete; muy pocos han sido de tal manera dotados por la naturaleza, que puedan atreverse a luchar en plena disconformidad con su ambiente.

Un escritor rebelde, S. Faure, sintetiza en el siguiente párrafo de "El Dolor universal" las razones que obligan al hombre a ser egoísta y a luchar encarnizadamente contra sus propios semejantes: "Las condiciones de la lucha nos hacen ver en cada hombre un rival presente o futuro, directo o indirecto, voluntario o involuntario. El antagonismo de intereses es la base principal del sistema económico contemporáneo. El interés del gobernante es contrario al del gobernado, el interés del patrón contrario al del obrero, el interés del vendedor al del comprador. Hay dualismo constante entre el bien del rico y el bien del pobre. Y no es todo: hay conflicto permanente y forzado entre gobernante y gobernante, entre patrón y patrón, entre obrero y obrero, entre vendedor y vendedor, entre rico y rico, entre pobre y pobre. En todas partes la lucha es encarnizada, por un mendrugo lo mismo que por una embajada, por un empleo de guardián de plaza como por una dirección de establecimiento científico, por la dote de una joven burguesa como por la conquista de una herencia, por un buen local en una feria lo mismo que por una ventajosa expropiación".

Esa multiplicidad de antagonismos determina un refinamiento de los medios astutos de lucha por la vida, y, por consiguiente, de la simulación. El individuo menos apto para simular ciertas adaptaciones al medio, que son de primera necesidad, es candidato a ser vencido en la lucha, produciéndose entonces aquellas falsas selecciones de que ya hablamos, inevitables en un ambiente social cuya organización suele ser perniciosa para la expansión del individuo.

Como no hay esfera de la actividad individual exenta de lucha, tampoco la hay donde no se observen fenómenos de simulación para adaptarse a ella; muchas veces no es posible fijar la línea divisoria entre las simulaciones individuales y las colectivas.

Surge esta observación lógica: la edad, el sexo, la clase social, etc., influyen sobre la mayor o menor frecuencia de la simulación, lo mismo que sobre los otros medios fraudulentos, precisamente porque esas circunstancias actúan sobre los dos factores que determinan la simulación: el coeficiente fisiopsíquico de los sujetos y las condiciones del ambiente donde se lucha por la existencia.

A medida que el niño va formando su personalidad y conociendo las personas que le rodean, observa, si no es tonto, que la conducta de las más es puro fingimiento. Fingimiento es todo lo que le enseñan como discreción y fingimiento la cortesía; fingimiento las buenas maneras y fingimiento la galantería. Finge éste para ascender, y el otro para pedir, y todos para medrar; finge el necio, finge el sabio, finge el pícaro, el lacayo, el príncipe, el cortesano. Cada uno finge lo que no es y quisiera parecer en el momento de enmascararse para engañar a su semejante.

Habría que repetir el cuadro que en pocas líneas de "El Criticón" (Crisi VII) trazó Baltasar Gracián: "Cuando vieres un presumido de sabio, cree que es un necio. Ten al rico por pobre de los verdaderos bienes. El que a todos manda es esclavo común. El grande de cuerpo no es muy hombre; el grueso, tiene poca sustancia. El que hace el sordo oye más de lo que querría. El que mira lindamente es ciego o cegará. El que huele mucho huele mal a todos. El hablador no dice cosa. El que ríe regaña. El que murmura se condena. El que come más come menos. El que se burla tal vez se confiesa. El que dice mal de la mercadería la quiere. El que hace el simple sabe más. Al que nada le falta él se falta a sí mismo. El avaro, tanto le sirve lo que tiene como lo que no tiene. El que gasta más razones tiene menos. El más sabio suele ser menos entendido. Darse buena vida es acabar. El que la ama la aborrece. El que te unta los cascos, ése te los quiebra; el que te hace fiestas, te ayuda. La necedad la hallarás de ordinario en los buenos pareceres. El muy derecho es tuerto. El mucho bien hace mal. El que excusa pasos da más. Por no perder un bocado se pierden ciento. El que gasta poco gasta doblado. El que te hace llorar te quiere bien. Y al fin, lo que uno afecta y quiere parecer, eso es menos". Ése es el espectáculo que el hábito de simular ha difundido entre los hombres, poniendo en todo el fraude y el fingimiento hasta convertir la sociedad en una inmensa tertulia de enmascarados que procuran engañarse recíprocamente, como en la escena que describe el mismo Gracián: "No hubo hombre ni mujer que no saliese con su máscara y todas eran ajenas. Había de todos modos, no sólo de diablura, pero de santidad y de virtud, con que engañaban a muchos simples, que los sabios claramente les decían se las quitasen. Y es cosa notable que todos tomaban las ajenas y aun contrarias. Porque la vulpeja salía con máscara de cordero, la serpiente de paloma, el usurero de limosnero, la ramera de rezadora y siempre en romerías. El adúltero de amigo del marido, la tercera de saludadora, el lobo del que ayuna, el león de cordero, el gato con barba a lo romano, con hechos de tal. El asno de león, mientras calla; el perro rabioso de risa, por tener falda, y todos de burla y engaño".

Educados entre esa simulación general, impuesta a todos por la hipocresía organizada como base de la vida en sociedad, los niños aprenden precozmente a disimular sus intenciones y sus deseos; a ello contribuye el juego, que suele ser una disciplina de la ficción. La aptitud se perfecciona a medida que el niño reconoce la utilidad de la simulación, hasta que al fin la aplica a fines de provecho. El hecho es banal; todos, en la niñez, hemos simulado estar indispuestos o enfermos para eludir un deber o para satisfacer un capricho.

Fácilmente se explica la tendencia de los niños a la simulación. La debilidad resta eficacia al uso de los medios violentos y aparta de ellos; por compensación el débil refina los medios fraudulentos, únicos de que dispone. Fuera pedante recurrir a la inmensa bibliografía moderna para demostrar que todas sus formas campean soberanas en la psicología infantil; la inocente bondad de los niños es una leyenda caída en desuso. Hemos tenido ocasión de estudiar a un degenerado incorregible: cada vez que se le castigaba, o cuando deseaba realizar un capricho, simulaba un gran ataque epiléptico, acompañado de gritos ensordecedores; otro, con toda oportunidad, simulaba enfermarse para eludir el cumplimiento de deberes que le eran desagradables. Los que se sorprendan de que los niños simulen tan frecuentemente, podrían recordar que han simulado, muchísimas veces, las más extravagantes dolencias con el modesto objeto de faltar a la escuela.

En los exámenes la simulación es frecuentísima. Tuvimos un condiscípulo que sabía fingir admirablemente un estado febril cada vez que debía superar un examen difícil; gran expediente para quebrantar la severidad de los examinadores. Generalmente los alumnos simulan poseer conocimientos que en realidad no tienen. Otros fingen no oir las interrupciones de los examinadores, cuando ellas pudieran ser causa de fracaso. Algunos simulan una amnesia transitoria, aparentando escarbar en el fondo de su memoria conocimientos que jamás han adquirido.

El niño, llegado a la juventud, se encuentra rodeado por gentes que quieren imponerle opiniones, creencias, gustos, que no son los suyos. Si se aviene a simularlos, todos a una repetirán que es un joven de porvenir, que hará carrera, que será un hombre de mundo, es decir: un ser convencional cuyas apariencias están de acuerdo con la mentira organizada. En otra época ese joven hacía su carrera en las cortes; hoy se hace burócrata, generalmente.

En la burocracia hay un inmenso campo para el ejercicio de la simulación individual. Junto a los empleados verdaderamente útiles y productivos, hay legiones enteras de parásitos y serviles que viven simulando "trabajar", como si fuera creíble que consagran su actividad física e intelectual a producir algo útil para la sociedad; nadie ignora, a fe, que el parásito de oficina limítase a usufructuar los beneficios que ha sabido conquistar con la flexibilidad de su espinazo o con las recomendaciones que le empujan. Ésta es la "selección servil" descrita por Sergi; de ella hizo Turati un breve pero ingenioso análisis aplicado a la vida política y social.

Es una de las simulaciones más perjudiciales a la sociedad: la del que nunca ha hecho cosa útil alguna y vive simulando el trabajo para justificar la prebenda que percibe. Las simulaciones de estos parásitos sociales tienen los mismos efectos que las simulaciones del parasitismo animal. Sus actores, sin embargo, minan las bases de todo sentimiento de justicia; Novicow, mejor que otros, lo ha demostrado hasta la evidencia.

En el orden de las creencias la ficción es tan corriente como en el de la actividad. Es común que los hombres sin ideas propias se dejen llevar por la corriente de la moda; teósofos ayer, anarquistas hoy, modernistas mañana, adhieren siempre a las doctrinas de que se habla más, fingiendo así que son hombres ilustrados: eso, que suele llamarse "dilettantismo", es una simulación de la sabiduría y es frecuente en los individuos que por su misma ignorancia son más sugestionables.

Cuando se acentúa en una sociedad el gusto por las letras, las artes y las ciencias, los que carecen de él lo simulan: leen novelas de autores cuyos nombres suenan, frecuentan exposiciones de pintura o discuten la pluralidad de los mundos habitados, no porque ello les interese sino para simular los gustos que están de moda.

Las simulaciones en el ambiente intelectual son interesantes y difundidas. Tal escritor finge estar apasionado por un asunto que no le interesa, pero que apasiona a su público; tal otro simulará creer en una hipótesis, que sabe absurda, si ella le sirve para confirmar o consolidar las opiniones que sostiene. Las circunstancias infinitas de la lucha hacen innumerables las formas posibles de simulación. Recordamos dos casos originales, cuyos autores conocimos personalmente. Un joven anónimo consiguió publicar versos suyos en un diario muy importante, simulando que pertenecían a un autor muy estimado. Otro propúsose colaborar en una revista bien conceptuada, salvando el doble obstáculo de su juventud y sus ideas revolucionarias; envió su artículo al director con una carta simulando atravesar por circunstancias críticas que le inducían a ofrecer en venta su trabajo, que el director encontró aceptable, y creyó justo ayudar al autor. En ambos casos el éxito fué debido a la simulación; en el primero de persona, en el segundo de indigencia.

El literato que no tiene aptitudes originales para luchar en el ambiente intelectual, simula maneras de pensar y de sentir adaptadas al gusto dominante de los lectores; eso, combinado con la sugestión, caracteriza al "snobismo". Será clásico, romántico, parnasiano, modernista, esteta o decadente; pero en lugar de ser "él mismo" vivirá simulando lo que no es. Para adaptarse a la corriente seguirá el modelo favorito y cuando sea gustado el buen estilo se convertirá en sastre de trajes verbales que no visten idea alguna; de esa manera se forman ciertas "escuelas literarias" en que una cohorte de tontos simula poseer las cualidades que han determinado el triunfo de un maestro. Otros hay que en sus poesías simulan estar locos de amor, indignados, entusiasmados, ebrios, enfermos; no teniendo nada real que decir ni que pensar, procuran disimular tras vaporoso celaje de idealismo sus ficciones anodinas. En estos últimos años todos los poetas principiantes parecen incapaces de escribir versos si no simulan tener una amada, que debe ser princesa o duquesa, y revestida de cualidades suprasensibles. A Dante le bastó una Beatriz y a Petrarca una Laura, que eran, simplemente, bellas mujeres.

Hay simuladores de más bulto. Sin haber estudiado son tenidos por doctos y sin haberse quemado las cejas disfrutan de buena fama; nunca se ríen, hablan con solemnidad, juzgan con prudencia, midiéndose en todo para no descubrir su ignorancia. Uno de nuestros profesores simulaba mucha ciencia estudiando en revistas novedades raras para cuestionar sobre ellas a los alumnos, que se boquiabrían de sorpresa ante su originalidad siempre renovada.

Pocos individuos se ven tan obligados a simular como los periodistas de profesión; escriben simulando profesar las ideas del director del diario que los paga o la opinión del público que los lee. Su personalidad real desaparece en un mundo interior que están constreñidos a disimular. Su mimetismo mental excede al del camaleón; si cambian de diario, cambian de aspecto: ayer conservador, mañana liberal, después clerical o anarquista, según las circunstancias. Pero nos es fuerza abreviar; sobran los ejemplos enunciados para evidenciar la difusión de estos hechos en la lucha por la vida intelectual.

En otros campos de observación, aparecen ejemplos variados, siempre interesantes. Numerosos simuladores hay entre los individuos dedicados profesionalmente a la propaganda de ideas políticas, religiosas, sociales, etcétera. En ellos existe, modus vivendi, la obligación de simular a hora fija, y ante públicos variados, pasiones y entusiasmos que en algunos casos riñen con su estado del momento; si no fuesen oportunamente simuladores comprometerían, junto con su prestigio, el pan cotidiano que ganan mediante la simulación. Ellos constituyen la triste antítesis del apóstol lleno de fe y de convicción que se sacrifica en la propaganda de una idea, noble o absurda, pero que, sinceramente, considera buena o justa.

Un conocido industrial, ardiente volteriano y sindicado por sus ideas liberales, acabó por afiliarse, en calidad de socio protector, a un círculo católico de obreros. Preguntado por qué simulaba una religiosidad que no sentía, nos dijo que su objeto era inducir a los obreros a que ingresasen a dichos círculos, para sustraerlos a la influencia de otras sociedades que difunden ideas nocivas a los intereses de los capitalistas.

Fácilmente encuéntranse mujeres que simulan desmayos o enfermedades para obtener una ventaja cualquiera en ciertas circunstancias especiales. Conocimos una joven señora que simulaba ataques histéricos frecuentes, esperando, de esa manera, aumentar el cariño de su esposo; la simuladora ignoraba que éste se quejaba con el médico por su desgraciada elección conyugal, aunque, a su vez, simulaba a la falsa histérica un aumento de cariño por piadosa condescendencia. Sabemos de un hombre a quien su esposa martirizaba con sus celos e histerismos; de pronto creyó que algún milagro había devuelto la felicidad a su hogar, trocándose las precedentes reconvenciones en cariñosas amabilidades: simuladas por la infiel, desde que lo fué. Mujeres que temen ser abandonadas por sus amigos simulan frecuentemente estar encinta, y aun sus consecuencias; ello sirve admirablemente para evitar una separación o asegurarse subsidios especiales.

La situación económica de los individuos lleva con frecuencia a simulaciones que ayudan a luchar por la vida. El pobre suele simular una situación mejor de aquélla en que realmente se encuentra; su traje y sus palabras son a menudo un disfraz de su miseria.

También el rico puede verse en el caso de simular que es pobre; indudablemente lo hacen todos los Harpagones del mundo, para evitar que la caridad llame a sus puertas, obligándoles a aflojar el lazo ceñido al cuello de su bolsa por la mano de la avaricia. Ninguno de esos tipos aventaja en simulaciones a los sablistas, que por acá llamamos "pechadores"; el uno, sencillo y humilde, se bebe de inmediato lo que pidió para comer; otro teje novelas epistolares describiendo tragedias del hogar; los hay copetudos y aristocráticos, que pechan ofreciendo servir a la víctima con sus influencias mundanas o políticas; y hay, por fin, pechadores intrépidos que encuentran en todo hombre un candidato y en todo momento una oportunidad. Una de sus características es que creen que el uso crea verdaderos derechos, ofendiéndose el día que una víctima descubre sus patrañas y se resiste a pagar ese impuesto al parasitismo.

El comercio es complicado engranaje de simulaciones; preocúpase el comerciante de fingir tal interés por su cliente, que, si en realidad lo tuviera, sería causa de su propia ruina. La etiqueta suele ser una simulación aplicada a la calidad del artículo. Hay casa de comercio cuya fundación es simulada con el único propósito de estafar a los fabricantes o al público. La falsificación no es más que un refinamiento comercial de la simulación, teniendo en su desfavor la circunstancia de perjudicar directamente al falsificado. La ceremoniosidad con el cliente, desarrollada en los que atienden despachos comerciales de toda índole, importa una verdadera educación de las aptitudes para simular.

Aunque en los centros civilizados no se cree ya en augures y oráculos, subsiste en las gentes cierto fondo supersticioso que las hace entregarse a otros simuladores del mismo género: las adivinas y los curanderos. Hemos conocido a uno de estos últimos que recibía a sus víctimas envuelto en una larga túnica negra, sentaba al enfermo, le tocaba el occipucio y trazaba en el aire misteriosos signos con una espada; al terminar simulaba un ataque de nervios, durante el cual, según decía, penetraban a su cuerpo, ignorábase por dónde, varios espíritus que le comunicaban el diagnóstico del paciente y las indicaciones terapéuticas. En amable coloquio nos refirió su ficción, que le resultaba un medio fácil de ganarse la vida.

Sin que por ello creamos que del comercio a la delincuencia hay breve trecho, recordaremos que en el mundo de los negocios y en la alta banca la simulación con fines delictuosos y usurarios es frecuente; el "Sylock" de Shakespeare, el "Robert Macaire" de Lemaître, el "Mercadet" de Balzac, el "Saccard" de Zola, son arquetipos del fraude, vivientes en todas las grandes urbes. Laschi los estudió según la antropología criminal. Disimulan sus delitos en la complicación financiera y eluden hábilmente las débiles redes del código penal, que parecen tejidas para atrapar tan sólo a los pequeños delincuentes; alguno conocemos que simula ser contratista de obras públicas cuando realiza sus fraudes gigantescos, escudado por la complicidad de algún alto funcionario que simula firmar contratos para beneficiar al pueblo y embolsa silenciosamente su coima.

Entre los ladrones que hemos estudiado en la clínica criminológica establecida en la Policía de Buenos Aires por el profesor Francisco De Veyga, muchísimos son los que simulan haberse dedicado al robo porque son partidarios de las ideas filosóficas de Proudhon, que dijo: "la propiedad es un robo"; en realidad su único objetivo es justificar con esas ideas los actos antisociales que constituyen su método de lucha por la vida.

En otras formas de delincuencia profesional la simulación es llevada a sus extremos. Los parásitos sociales, cuyas formas típicas estudiaron Massart y Vandervelde, suelen simular el desempeño de alguna función útil, que en realidad no efectúan. Típico es el caften, repugnante entre todos los parásitos, especialista en la trata de blancas; sabido es que simula ser un protector de sus víctimas, haciendo creer a las más incautas que gracias a él se ven libres de presuntas persecuciones de la autoridad.

Creemos suficientemente demostrado nuestro principio general: a cada modalidad de lucha por la vida la astucia humana adapta una forma especial de simulación. Sería interminable la lista si quisiéramos presentar un ejemplo de cada una de esas formas; siendo numerosísimas las condiciones individuales de la lucha, también deben serlo las estrategias que el hombre utiliza para ofender y defenderse.

IV.—UTILIDAD DE LA SIMULACIÓN EN LA LUCHA POR LA VIDA

Fácil sería volver la oración por pasiva, reuniendo en un solo golpe de vista todos los fenómenos inversos a los que hemos observado. Llegaríamos a formular esta regla: el hombre menos apto para simular está más expuesto a sucumbir en la lucha por la vida.

En verdad, escapan a ella algunos tipos especiales; pero las reglas no se formulan para las excepciones. El hombre superior, el que puede imponerse a su ambiente sin necesidad de adaptarse a él, constituye en efecto, una excepción; acaso no sea la única. Pero esa excepción, y otras que hubiera, no invalidan la regla general, que está de acuerdo con otras nociones similares. La lucha por la vida entre los hombres evoluciona de las formas violentas a las formas fraudulentas; esto determina el desarrollo de medios de lucha fundados en el fraude. El hombre primitivo vence a golpes de maza o de hacha; el civilizado domina con la fuerza de la astucia. El ambiente impone la fraudulencia; vivir, para el común de los mortales, es someterse a esa imposición, adaptarse a ella.

Quien lo dude, imagínese por un momento que el astuto especulador no simule honestidad financiera; que el funcionario no simule defender los intereses del pueblo; que el literato adocenado no simule las cualidades de los que triunfan; que el comerciante no simule interesarse por sus clientes; que el examinado no simule conocimientos de que carece y el profesor una profundidad inconmensurable; que el parásito no simule ser útil a su huésped y la barragana ser madre; el bruto inteligente y el inteligente bruto, según las circunstancias; que la adivina y el curandero no aparenten facultades sobrenaturales, para sugestionar a su clientela; que el pícaro no simule la tontería y el superior la inferioridad, según los casos; el niño una enfermedad, el maricón el afeminamiento, el propagandista la pasión, la esposa astuta el histerismo y el marido desgraciado el amor; que el patrón no finja ser católico y el ladrón ser anarquista; que el periodista no simule pensar lo mismo que su director o su público: se tendrá una falange de probables vencidos, casi seguramente vencidos, en la lucha por la vida. Ésa es la regla, sin que desconozcamos la excepción.

"Existen, dice S. Faure, naturalezas intrépidas y leales, demasiado saturadas de verdad y de franqueza para plegarse a las exigencias de la vil estrategia que obliga a ser mentirosos e hipócritas para no ser vencidos en la lucha por la vida. Lo que piensan esos caracteres fuertemente templados, salta a sus labios; gritan sus desagrados, sus rebeldías, sus indignaciones, de la misma manera que afirman sus aspiraciones y sus ideales. Si son obreros, se les arroja de los talleres como ovejas sarnosas que podrían contagiar la majada; si comerciantes, pierden su clientela y su crédito; si funcionarios, son destituidos; si escritores, se les quiebra la pluma; si hablan, se les condena al silencio de la prisión; sus mejores amigos los encuentran comprometedores; sus parientes los reniegan; su propia familia no les perdona que hayan levantado la voz indignada contra la mentira socialmente organizada; y la multitud, si es feroz, los tratará como a malhechores, si es indulgente los llamará locos. Tartufo es el rey; suyo es el triunfo. Decid a vuestro auditorio las necedades más viles, las más bajas adulaciones, y os aclamará; decidle la verdad, le será desagradable y os execrará." ¡Y alguien se asombra de que frente a la hipocresía social el individuo se incline a ser astuto y mentiroso, simulador y fraudulento, diplomata y estratega, táctico y disimulado! Sorprenderse de ello sería llegar al colmo de la ficción. Un mundo de farsantes y de hipócritas empuja al individuo a engañar a sus semejantes. Todo le dice: ¡Miente y simula!; él simula y miente. La culpa es de una moral social que tiene sus bases en la mentira; la educación está envenenada por ella; la tolerancia general agrava en cada uno esta triste aptitud de engañar para vivir.

V.—CONCLUSIONES

En las sociedades humanas, la lucha por la vida reviste múltiples aspectos individuales y colectivos; a cada forma de lucha el hombre adapta maneras especiales de simulación y disimulación. Existe un franco paralelismo entre las formas de lucha y las simulaciones correspondientes. Para el común de los hombres, "saber vivir" equivale a "saber simular"; sólo algunos individuos superiores, dotados de especiales condiciones para la lucha por la vida, pueden imponer su personalidad al ambiente, sin someterse a simular o disimular para adaptarse. Los hombres, en general, adáptanse tanto mejor al medio en que luchan por la vida, cuanto más desarrollada tienen la aptitud para simular.