Veamos las modalidades psicológicas de cada uno de estos complejos caracteres, nacidos sobre el tronco común de los fraudulentos; los pondremos en mayor relieve recordando casos típicos ilustrativos. Se sobreentiende que los tipos esbozados serán característicos, es decir, sujetos cuya tendencia a la simulación es acentuada. Además, los caracteres humanos suelen ser complejos; veremos cuáles combinaciones favorecen más la simulación.
Digamos dos palabras sobre los artistas dramáticos en sus relaciones con el tema que estudiamos. Podría considerárseles como simuladores profesionales, y, por ende, conferirles un sitio en el estudio de la psicología de los simuladores. Pero en realidad, no hay simulación en este caso; por un acuerdo previo entre el artista y su público, está suprimido el objetivo de provocar una confusión entre el simulador y el personaje cuyos caracteres el artista finge. Esta simulación es convencional y sólo tiene finalidades estéticas, ajenas a todo engaño utilitario. Esta forma profesional es educable; la carrera artística es un perfeccionamiento educativo de la aptitud para simular. No olvidemos, sin embargo, que en los artistas dramáticos es frecuente la autosugestión del personaje; pero ésta es una deficiencia en arte verdadero, pues el ideal del intérprete es conservar la autocrítica de su rol, midiendo su palabra, su gesto y su emotividad. La autosugestión facilita el desempeño de un papel y transmite más intensamente al público la emoción del personaje interpretado; pero también expone a yerros graves, por la pérdida del contralor propio en el momento en que más se lo necesita.
Excluidos, pues, estos simuladores profesionales, entremos al análisis de los grupos señalados.
VII.—LOS SIMULADORES POR ADAPTACIÓN AL MEDIO
Llamamos simuladores mesológicos a aquéllos cuya aptitud para simular en la lucha por la vida es determinada o acentuada por las influencias del medio sobre el individuo.
Son los más numerosos y su simulación es siempre utilitaria. En la imposibilidad de vivir inadaptados a su medio social, prerrogativa reservada a pocos caracteres superiores, consiguen vencer las resistencias que se oponen a la afirmación de su personalidad simulando las cualidades útiles y disimulando las perniciosas.
Los simuladores de este grupo son exponentes del ambiente social. Para no ser vencidos en la lucha por la vida, los individuos pueden simular y disimular los sentimientos[6] de amor y de odio, de respeto y de repugnancia, de cortesía y de indignación; suelen reducirse a una hábil simulación y disimulación de los sentimientos.
Entre estos simuladores utilitarios, que se enmascaran para adaptarse más provechosamente al medio en que viven, señalaremos dos grupos bien caracterizados: los astutos y los serviles.
1.º. El simulador astuto sabe adaptarse hábilmente; es la encarnación del "vividor", en la acepción más corriente del vocablo.
Todos los hombres dotados de alguna astucia suelen simular; pudiendo ser alguna vez el fraude condición de éxito en la lucha por la vida, fuera ineptitud desdeñarlo sistemáticamente. En su canto XI del Infierno, donde contempla a los violentos, los fraudulentos y los traidores, escalonados en tres círculos, Dante puede exclamar sin exageración:
La frode and'ogni coscienza é morsa,
porque todos, poco o mucho, tienen sobre la conciencia algún pecadillo fraudulento.
Pero sólo en pocos individuos la simulación astuta asume proporciones predominantes, constituyendo el tono principal del carácter. La personalidad de estos sujetos se afirma en terreno moralmente resbaladizo. Dado el propósito utilitario de la simulación, llegan a las zonas linderas de la delincuencia, engendrando un tipo mixto de "simulador-delincuente".
Analizando la psicología del astuto, Ferriani dice que sólo puede concebirse una astucia honesta: la usada para defenderse de las simulaciones ajenas o para impedir que los astutos deshonestos realicen actos perjudiciales a los demás. Es la astucia defensiva contra la astucia ofensiva.
En estos simuladores la mímica siempre está preparada para la simulación; la fisonomía no denuncia el estado interior del sujeto. Si se pretendiera conocer sus estados de alma por la observación de su fisonomía, resultarían pueriles aquellas sentencias de Schopenhauer: "todo rostro humano es un jeroglífico que puede ser descifrado y cuyo alfabeto llevamos en nosotros mismos. La fisonomía dice más sobre un hombre que sus palabras: es el compendio de todo lo que seguirá en los pensamientos o en las acciones del hombre. La palabra no reproduce más que el pensamiento del hombre; el rostro reproduce el pensamiento de la naturaleza". (De la fisonomía).
Y fracasarían todos los que han estudiado las reacciones de la fisonomía y la mímica, desde Darwin y Spencer hasta Meynert, Wundt, Mantegazza y Cuyer. El simulador logra su objeto porque los demás hombres lo juzgan conforme a un prejuicio que el mismo Schopenhauer recoge: "cada uno parte tácitamente del prejuicio que un hombre es lo que parece"; pero, en verdad, el barbero Fígaro tiene con frecuencia razón contra el filósofo.
La característica del simulador astuto es precisamente educar sus reacciones emotivas de tal manera que jamás se traduzcan en signos fisionómicos exteriores: evita parecer lo que es. La cara no es el espejo de su alma; el estudio y el hábito obtienen resultados prodigiosos. Cuando alguien le narra una desgracia para pedirle consejo, el simulador astuto, husmeando para más tarde un beneficio, se conmueve, palidece, llora, hace llorar al narrador mismo: éste se admira de que aún exista sobre la tierra un hombre de tan virtuoso corazón, y cae fácilmente en las redes que luego aquél le tiende. Es el príncipe de la simulación; dispone a su antojo de los resortes fisiológicos para simular un estado de alma, haciendo creer a su interlocutor lo que está simulando. Aquí aparece otro característico mixto: el "simulador-mentiroso".
El mentiroso puro es un tipo diverso del simulador. La mentira es una afirmación que contrasta con la verdad; la simulación es un hecho. Un niño que afirme tener cien años, miente simplemente, sin simular. Un niño que se disfrace de viejo, simula, no miente. La psicología del mentiroso ha sido ya muy bien estudiada en monografías de Venturi, Melinand y Duprat.
En las formas astutas de lucha por la vida, la mujer suele sobrepujar al hombre; algunas llegan a ser simuladoras profesionales en la lucha sexual. Sin remontarnos a Schopenhauer, podemos comprobarlo en los estudios de Viazzi sobre la lucha entre los sexos; y es notorio que en el más expresivo de los poemas gauchescos, el hijo de Martín Fierro parece haberlo aprendido del "Viejo Vizcacha": "Y menudeando los tragos—aquel viejo como cerro,—no olvidés, me decía, Fierro,—que el hombre nunca ha de creer—en lágrimas de mujer—ni en la renquera del perro."
Como en la lucha por la vida carece la mujer de medios violentos eficaces, ha debido refinarse en los fraudulentos, alcanzando superioridades que equilibran las del hombre.
En general, el astuto—observa Ferriani—rehuye de la lucha abierta y declarada, recurre a medios anómalos y marcha por senderos tortuosos; carece de coraje para luchar a cara descubierta. Esa opinión implica un juicio infundado; cuando el simulador se limita a aprovechar ciertos medios de lucha no sospechados por los que le rodean, abusa de su superioridad de la mismísima manera que el general, mediante una estrategia, consigue derrotar al ejército enemigo. Y si a esto se llama superioridad en la guerra entre los pueblos, dudoso es el derecho de afirmar que es inferioridad en la lucha entre los individuos. El astuto tiene muy presente aquel consejo de Tailleyrand a los jóvenes: "desconfiad del primer impulso porque siempre es generoso"; es un estratega consumado en la lucha por la vida y ha aprendido a inhibir todos sus impulsos, dirigiéndose por los consejos de la inteligencia. No procede espontáneamente. Su conducta es siempre estudiada.
El simulador solemne es clásico; todos lo alaban y nadie podría decir por qué; tiene cierto aire de suficiencia que impone; nunca se desmiente soltando una carcajada; se ha declarado respetable y todos lo respetan, aunque no se podrían describir sus méritos ocultos. Para defenderse es ceñudo y poco amigo de tener confianzas; por eso es necio, rematadamente, y de él parece hablar Quevedo cuando analiza el origen y definiciones de la necedad: "Se declara por necio con felpas y plumas de papagayo al que tirando de la gravedad como el zapatero del cordobán, habla en tono tan bajo y pausado y a lo ministro, que parece saludador, en cuya presencia, en vez de despacho y alivio, es confusión y desorden; buscando retazos de razones imperfectas, pega unas con otras con más sentidos y dificultades que un algebrista huesos de pierna a brazo quebrado". (Discursos festivos). Los hombres solemnes son los más despreciables simuladores, pues viven temiendo que a la menor imprudencia se les caiga el antifaz.
Tan famosos como los simuladores silenciosos son los multiparlantes. Ya Montesquieu decía, en las "Cartas Persianas" (LXXXIII), que si hay algo más singular que las personas taciturnas y de gran talento, "son las que saben hablar sin decir nada y que divierten una conversación durante dos horas sin que podamos recordar una palabra de las que han pronunciado". Son los parlanchines, que por acá llamamos "macaneadores".
De estos últimos, algunos son pacíficos y si molestan no hacen daño; en diez minutos pueden contradecirse veinte veces y tienen el tacto de no aferrarse a ninguna de sus palabras, pues no expresan con ellas opiniones. Otros son más incómodos, pues ofende su tenaz adhesión a los disparates que por casualidad enuncian; ignoran que la más grave falta de respeto consiste en discutir por testarudez o por espíritu de contradicción.
Los simuladores astutos encuéntranse en todos los medios sociales y adaptan su simulación a todas las formas de la actividad humana; los hay en los bajos fondos sociales lo mismo que en las altas clases; simulan la afectividad o la cultura intelectual[7]; escalan una posición política, huyen de la cárcel, conquistan una dote, estafan a un imbécil, consiguen honores, seducen a una joven o sugestionan a una turba de electores. Su fin es siempre el mismo: triunfar en la lucha por la vida; el medio no varía: fingir, siempre fingir.
Muchos de los caracteres que suelen atribuirse al simulador astuto, pertenecen, como veremos, al simulador servil; entre ambos debe evitarse confusión.
Para señalar algunos casos de simuladores astutos, a fin de ilustrar estas páginas con ejemplos concretos, no habría más dificultad que la elección.
¿Quién no recuerda, poco tiempo ha, el rapto de Gip, la escritora francesa, simulado con fines de reclamo? Su digno pendant debía ser, naturalmente, la simulación del otro sujeto que se presentó—con fines idénticos—a la policía de París, denunciándose raptor de la misma Gip... que no había sido raptada.
Frecuentísimas son, por otra parte, las simulaciones de originalidad en la vida intelectual, los plagios; y las disimulaciones del autor: los pseudónimos. No podemos detenernos en su análisis.
Un caso típico de simulador astuto, con fines de utilidad inmediata en la lucha por la vida, nos refirió el profesor Ramos Mejía. Siendo él estudiante, un enfermo ingresó en el viejo hospital de Buenos Aires, situado en la calle de Independencia, con úlcera varicosa en una pierna. La curación se prolongó y el individuo se fué adaptando muy bien a la vida holgazana del hospital. Cuando sanó de su úlcera comenzaron a notarse en él los síntomas de la ataxia, que fueron acentuándose hasta completar el cuadro clínico. Ese enfermo sirvió durante varios cursos para la enseñanza de dicha enfermedad a los alumnos. Sólo después de utilizarlo algunos años como caso clínico, se descubrió que el sujeto no era atáxico; había simulado serlo, imitando los síntomas de un vecino de cama, para no perder las comodidades gratuitas que el hospital le proporcionaba.
Otro caso, igualmente típico, observamos personalmente hace poco tiempo. Un sujeto de buen humor, ya entrado en años, pero que aún conservaba en vigorosa plenitud sus tendencias galantes, fué operado de un afección sin importancia. Dos días después, le oímos comunicar a un vecino su propia desesperación; decía que le habían inutilizado para siempre y amoldaba su fisonomía al estado de ánimo que es de imaginar. Supimos más tarde que el enfermo simulaba haber sido castrado para ganarse la confianza del incauto vecino y continuar impunemente sus amoríos con la sobrina del mismo.
Astutos simuladores profesionales eran aquellos augures clásicos, que no podían encontrarse sin reir. Y también lo fué aquel Pisístrato de quien dícenos Herodoto que, para satisfacer sus ambiciones políticas, hirióse en varias partes del cuerpo y se presentó al pueblo diciendo que le habían asaltado sus enemigos.
Fácil sería complementar el examen de las simulaciones con el de las disimulaciones astutas[8]; según hemos demostrado, ambos fenómenos son el anverso y el reverso de una sola medalla, teniendo una finalidad y un mecanismo idénticos: todas las cualidades morales se simulan si son útiles y se disimulan si son nocivas.
Simulando la bondad y la virtud medran en la sociedad innumerables pícaros y viciosos; de esa manera parecen menos temibles y burlan la confianza de los que creen en sus falsas cualidades. Hay quien simula la lealtad, para traicionar más eficazmente; hay quien simula la modestia, para que se le confunda con los grandes hombres que generalmente procuran no estorbar a los torpes con su excesivo ingenio; hay quien simula la generosidad, y todos conocemos esos falsos protectores que maniatan a sus protegidos; hay quien simula la ecuanimidad, para herir mejor a las víctimas de su envidia; hay quien simula la caballerosidad, ocultando el abajamiento de sus costumbres. Toda virtud puede ser simulada, desde la caridad por el usurero hasta la ilustración por el charlatán. En el "cuento del tío"—cuyas formas son muchas más de las que persiguen las policías—todo el éxito depende de la habilidad con que un "compadre" simula la candidez, haciéndose, como aquí suele decirse, el "otario".
La simulación de la estupidez es una de las más generalizadas y provechosas. Dado el enorme porcentaje de personas que odian cordialmente todo lo que difiere de ellas mismas, "hacerse el zonzo" es un recurso incomparable en la lucha por la vida y factor seguro de éxito en el trato con personas que son tontas de verdad. Quien necesitando empleo demostrara a su futuro jefe aventajarle en inteligencia o ilustración, sería substituido en la elección por otro que no pudiera constituir con el tiempo un temible rival en la lucha por la vida, sostenida también por el superior. Las mujeres de poco talento suelen temer a los hombres "demasiado corridos". Los profesores mediocres tiemblan de que ingrese al cuerpo docente un profesor brillante; prefieren a los que no pueden echarles sombra, similia similibus. Y en todas partes, poco más o menos, la banal tontería es preferida a la agudeza de ingenio.
Por eso es frecuente que los hombres de mucho talento y de virtudes severas disimulen esas cualidades en su trato diario con personas de mente obtusa o de moralidad equívoca. La sociedad quiere iguales, no tolera diferencias. Al que es evidentemente superior, sólo puede tolerarlo si presenta defectos o fallas que hagan soportables sus cualidades; el que no tiene los defectos, debe simularlos, para ser tolerado; la prudencia lo exige. Si naciera un hombre perfecto no se le permitiría vivir, nadie lo perdonaría; sería indispensable que simulara algunos vicios o tonterías para calmar la alarma o la envidia de los demás. Cuando Eneas descendió a los infiernos, para ablandar al monstruo que vigila sus puertas, llevó una torta y la arrojó al gaznate de Cerbero: "el mérito—comentó Helvecio—para calmar el rencor de sus contemporáneos, debe echar la torta de algún ridículo en la garganta de la envidia". Parecer tonto y tolerante de la tontería ajena, parecer condescendiente con la ajena picardía, es el tributo de simulación que la sociedad exige al ingenio y a la virtud.
Y, repetimos, a cada instante presenciamos estas simulaciones y disimulaciones astutas; en el hogar y en el club, en el comercio y en las artes, en la iglesia y en los parlamentos.
2.º. Para discurrir serenamente del simulador servil, fuera menester librarse de la antipatía que provoca en todo espíritu honesto. Servil es antítesis de hombre. Se es siervo por necesidad y servil por elección. El primero despierta lástima o simpatía; el segundo sólo engendra repugnancia. La vida del hombre servil es un eslabonamiento infinito de simulaciones. Se ha observado que las clases dominantes, de todas las épocas y en todos los pueblos, han cultivado el servilismo de las masas mediante la educación, para asegurar mejor la perennidad de su dominio; así adquiere el hombre servil una moral propia, según la cual sus más íntimas tendencias y deseos son disimulados y sustituidos por otros que son del amo o señor. "Serviles—dice Sergi—son todos los que sirven y están dispuestos a servir a los poderosos: los que se prestan voluntariamente, con la fuerza física o con otros medios, a vencer o castigar a las personas consideradas como rebeldes o contrarias a la voluntad de un dominador, aunque sea del momento; son los que se oponen a toda manifestación de sentimientos independientes o libres, ya sea por la palabra, ya por medio de escritos; también lo son quienes quisieran que todas las personas adorasen a los gobernantes, aprobaran siempre sus actos y se dejasen manejar como carneros, seres inferiores entregados al capricho del amo". (Le degenerazioni umane).
En la genealogía de los simuladores serviles encontramos dos ramas diferentes. Algunas veces trátase de individuos que, después de haber sido espontáneos y sinceros en extremo, sucumben en la lucha por la vida, viéndose obligados a amainar su penacho, a disimular su verdadero carácter y simular el requerido para recuperar posiciones perdidas en la lucha por la existencia; este simulador es, en realidad, un sincero derrotado, que se resigna a fingir. Otras veces se trata de sujetos débiles e inferiores, que tienen suficiente flexibilidad para seguir sistemáticamente en la vida el camino de las menores resistencias; viven sin personalidad propia, ocultando todo cuanto pudiera ser una traba en su carrera y fingiendo todo lo que puede captar favores, simpatías, benevolencias. Ese tipo psicológico es perjudicial a la sociedad; además de ser conservador es reaccionario y se opone a todas las iniciativas de los innovadores.
Psicológicamente, ambos tienen una textura compleja. En la del primero se fusionan el ambicioso, el cobarde y el prudente; en la del segundo el apático, el tímido y el impotente.
Muchos espíritus hermosamente originales, rebosantes de jactanciosa independencia, caen al fin en la simulación servil, adaptándose a las imposiciones del ambiente social que ha neutralizado su personalidad hasta confundirlos con la masa de los amorfos; otros, más hábiles en su docilidad adaptativa, llegan hasta fingir el aplauso al enemigo de ayer, resignándose a servir al que no pueden vencer. Y del segundo tipo conocemos un colega, cuya evolución mental y social hemos seguido paso a paso; la naturaleza fué avara con él de dones intelectuales, pero pudo cursar su carrera constituyéndose en puntual discípulo y servil admirador de todos los profesores. Jamás aparentó dudar de sus palabras, ni atrevióse a faltar a sus lecciones, ni olvidó clasificarlas de insuperables; con ese entrenamiento salvó examen tras examen, sin perder un solo año. Y cada vez que aprobaba una materia, frotábase las manos satisfecho, aconsejando a los reprobados: "con fingir admiración a los profesores, no hay necesidad de leer un solo libro".
Si persistiésemos en esbozar las principales figuras de simuladores serviles encontrados en la vida, nos expondríamos a llenar infinitas carillas que evocarían siluetas harto conocidas. Podríamos recorrer la escala que va del cortesano—por temperamento o por hábito—hasta el esbirro, dispuesto a perseguir mañana a sus amos de hoy; y también encontraríamos a los "meneurs" y caudillos, siempre esclavos de las muchedumbres que creen dirigir.
Sólo citaremos un caso curioso que, por muy conocido, no deja de ser interesante. Dos españoles, pertenecientes a la Masonería, vivían de la propaganda anticlerical, publicando pasquines y panfletos virulentos contra el catolicismo. El negocio comenzó a declinar; entonces los sujetos se presentaron a la iglesia del Salvador de Buenos Aires, abjuraron de su fe masónica y entregaron sus invendibles ediciones de panfletos anticlericales, con los que se hizo público auto de la fe en la nave principal de dicha iglesia. En seguida hiciéronse propagandistas de los Círculos de Obreros Católicos, redactando su órgano oficial y dando a luz numerosos panfletos contra la Masonería. Por supuesto, la conversión era simulada, como todos sus nuevos escritos y discursos; ello no obstó para que durante mucho tiempo, explotaran la interesada credulidad de los católicos mediante esa grotesca simulación.
También podríamos citar muchos políticos, reputados por su elocuente retórica electoral, cuya característica es defender siempre los candidatos del partido que está en el gobierno; si llegan a turnarse diversos partidos, ellos simulan en los diversos casos la misma sinceridad y ardoroso entusiasmo, lo que les vale magníficos triunfos en la lucha por la existencia.
Abreviaremos esta página poco simpática; la pluma no encuentra en ella inspiraciones, ni el carácter ejemplos. Estos simuladores serviles producen nefastos efectos sociales; quien quiera medir la perniciosa acción de los que así sobreviven y triunfan en la concurrencia social, lea las páginas brillantes que Sergi les dedica en el capítulo "Siervos y Serviles" de sus estudios sobre las degeneraciones humanas.
VIII.—LOS SIMULADORES POR TEMPERAMENTO
Hemos dicho que existen dos grupos de factores esenciales. Los mesológicos, propios del ambiente, producen el simulador adquirido; los orgánicos, propios del temperamento individual, caracterizan al simulador congénito. Así como hay mentirosos, valientes, avaros, ambiciosos, que lo son por temperamento y a pesar de todos los obstáculos que el medio puede oponer a su peculiaridad psicológica, así hay también simuladores-natos, en quienes predomina el factor orgánico en la determinación de la tendencia a simular.
En los de este grupo puede no existir un propósito socialmente utilitario; así como el mentiroso-nato miente para satisfacer un impulso de su cerebro, como el pródigo-nato derrocha su fortuna sin medir las desventajas que ello le reporta, como el delincuente-nato se ensaña en la víctima por carecer de sentido moral y no porque en ello tenga lucro, el simulador-nato simula desinteresadamente; la simulación es el fin de su conducta y no un medio para obtener ventajas de otra índole. En este sentido puede considerarse como un juego; y es sabido que el valor biológico de este último consiste en que tiende siempre a adoptar formas de actividad específicamente útiles para la mente y para el cuerpo.
Todo lo dicho puede generalizarse a los disimuladores de esta misma categoría. Estudiaremos aquí los tipos mejor caracterizados del grupo: el simulador fisgón y el simulador refractario.
1.º. Hemos conocido algunos simuladores fisgones. Sujetos mentalmente superiores, hiperestésicos e hiperactivos a la vez, exuberantes de vida y de alegría, su ocupación característica es deleitarse en "tomar el pelo" a los tontivanos, haciendo un verdadero deporte de la fisga: "burla que se hace de una persona, con arte, usando de palabras irónicas o de acciones disimuladas", según la define el Diccionario de la Academia. Esa forma de juego, a puro ingenio, suele llevarlos a simulaciones extraordinarias, elevándolos de muchos codos sobre los demás simuladores.
El fisgón, "que tiene por costumbre fisgar o hacer burla", según la Academia, (la palabra francesa equivalente es fumiste) no simula para adaptarse a las condiciones de lucha por la vida, sino por tendencia natural, expresión, acaso, de simulaciones utilitarias de sus antepasados, transmitidas hereditariamente como tendencia psicológica. El objetivo del simulador fisgón está en la simulación misma y en el placer intelectual que le reporta realizar su propósito. Es, a menudo, un artista de la simulación: trabaja, apasionadamente, por amor a su arte.
La base fisiológica de este tipo suele ser una exuberante salud física, moral e intelectual; sin ella el organismo no tiene el exceso de energías que el fisgón derrocha sin propósito útil, por simple satisfacción de su temperamento. La risa, como fenómeno psicológico—no como expresión mímica, que puede ser inconsciente y muequear sobre el rostro de los idiotas—es un privilegio de la salud y de la superioridad intelectual; entra abundantemente en la psicología de este tipo. Diríanse escritas por un superhombre fisgón las palabras de Nietzsche: "¡De esta corona de risa, de esta corona de rosas rientes me he coronado; he proclamado sagrada mi risa!... Esta corona de risa, esta corona de rosas rientes, a vosotros, hermanos, os la arrojo! ¡He proclamado sagrada la risa. Hombres superiores: aprended, pues, a reir!". (Zarathustra).
Su derroche de actividad prueba que el fisgón posee energías sobrantes en la lucha por la vida. El hombre inferior limítase a economizar, aprovechando útilmente lo que posee para no ser vencido; el juego desinteresado es un derroche y revela superioridad.
Esta última condición le permite fisgarse de los individuos que, no encontrándose en igual caso, luchan ineptamente por la vida. No le guía el propósito malsano de perjudicar a las víctimas de la simulación: sólo busca el deleite de precipitar a otros espíritus en los despeñaderos de sus ficciones. Los candidatos para la práctica de la fisga no son siempre el tonto y el ignorante; el éxito sobre ellos no reportaría al fisgón grandes satisfacciones intelectuales. Cuanto más ilustradas e inteligentes sean las víctimas, tanto mayor es el éxito; el fisgón tiene, casi siempre, cierto orgullo de la propia superioridad; eso, en ciertos casos, le hace cruel para con los vanidosos y solemnes, que prefiere como víctimas de su fisga.
La psicología del simulador-fisgón es compleja; entran en su composición el ironista, el pícaro y el impertinente. Pero todos esos rasgos están convergiendo hacia el objetivo principal: la simulación.
Como casos clásicos de simuladores-fisgones son dignos de recordarse los de "Lemice Terrieux" y "Leo Taxil", ambos franceses, que alcanzaron renombre universal.
"Lemice Terrieux"—nombre que suena Le Mystérieux: el misterioso—es un distinguido escritor francés, colaborador de revistas literarias ultramodernas. Este fisgón simuló, durante muchos años, una serie de inventos y sucesos que descansaban sobre un absurdo, disimulado siempre tras apariencias lógicas; la prensa, las sociedades científicas y el mismo gobierno les prestaron su atención, estudiándolos detenidamente. Llegó, según refieren las crónicas, a engañar a la misma Academia de Ciencias. Con motivo de un accidente ferroviario presentó una memoria a la Academia exponiendo la manera de evitar los accidentes; esa corporación científica la tomó en consideración, apercibiéndose después que se trataba de una colosal simulación científica, la más absurda que imaginarse pueda.
"Leo Taxil"—de pila: Gabriel Jogand Pagés—ha realizado el record de la fisga. Durante doce años simuló ser ardiente católico, dedicándose a combatir la Masonería. Inventó un Rito Paládico o culto de Satanás, para combatirla; una querida suya, también fisgona, simuló ser gran sacerdotisa del Paladismo, convertida por Taxil. La cosa llegó hasta engañar al mismo papa León XIII, quien recibió en audiencia particular al gran fisgón Taxil y mandó su apostólica bendición a la sacerdotisa convertida. Por fin, el formidable fisgón, ante el público más selecto de París, reunido en los salones de la Sociedad Geográfica, describió personalmente todos los detalles de su memorable farsa, declarando que la había organizado por puro placer y porque era "fumista" nato...
En Francia, parecen abundar los grandes simuladores fisgones. Entre sus literatos contemporáneos son numerosísimos los que, aparte de sus méritos literarios, poseen el talento de esta simulación. Mallarmé tiene en sus libros páginas llenas de puntos suspensivos, que el lector debe interpretar subjetivamente. Peladan simula ser gran sacerdote de ritos que no existen y dice profesar el culto del androginismo. D'Annunzio (italiano que ha sufrido contagios franceses) ha simulado, en sus primeros libros, ser partidario del amor sororal y pueden considerarse como simples ficciones los más de sus "refinamientos" amorosos. Se comprende que el primero no ha creído que significaran algo sus puntos suspensivos, ni el segundo aspiró a convertirse en andrógino, ni el tercero amó a sus hermanas: son, simplemente, estetas de la fisga. En verdad, Nordau ha incurrido en error interpretando como signos degenerativos algunos hechos simulados, simple producto de una fisga complicada de estetismo.
2.º. En la vida social desfilan sujetos inadaptados o inadaptables a su ambiente; algunos son pasivos y quedan derrotados en la lucha; otros reaccionan contra las condiciones del medio, convirtiéndose frecuentemente en simuladores. Estos simuladores refractarios son el producto de importantes factores orgánicos, pero sólo se exteriorizan bajo especiales influencias del medio.
En ellos la simulación no es, como en los fisgones, el fin de sí misma. Lo que les lleva a simular es el deseo de disonar con su ambiente, disgregando las ideas de los individuos entre quienes viven y luchan; son sujetos cuya finalidad es negativa y cuya simulación suele serles perjudicial.
Hacen el efecto de aquellos individuos que se disfrazan de fantasmas para asustar a los demás, y acaban por recibir una bala enviada por alguno de los que debían asustarse. Suelen considerar malo su ambiente, al cual no saben o no pueden adaptarse. Sus actos son contradictorios con los ajenos; pero no son espontáneos, sino simulados. Son divergentes, intencionalmente dispuestos para hacer resaltar lo que consideran malo, injusto o inútil en su medio.
En su compleja psicología se combinan elementos aparentemente heterogéneos. Hay algo de místico, de orgulloso, de esteta y de descortés, engarzado en el mosaico de la simulación. Ofrece este tipo dos ramificaciones compuestas, con fisonomía propia, el poseur y el épateur. El primero es un refractario combinado con un vanidoso y un esteta; el segundo resulta de la anastomosis del refractario con el exhibicionista y el paradojal.
Es refractario el niño que en la escuela simula no poder aprender sus lecciones, cuando ya las sabe, por espíritu de indisciplina y como protesta contra las exigencias de un maestro inepto; la joven que simula odiar un candidato a esposo, rico y joven, aunque en realidad lo anhela; el creyente que simula ser ateo para enfrenar los excesos de su familia compuesta de beatos; el sabio que se finge ignorante para mortificar a un grupo de pedantes; el bueno que simula ser malo, para protestar contra la hipocresía de los tartufos; etc., etc.
Hemos conocido un caso típico digno de recordarse: un joven estudiante de ingeniería, de inteligencia clara e ilustración estimable, aunque neurópata. El medio familiar y el ambiente social en que vivía no eran de su agrado; los frenos domésticos y las conveniencias sociales le torturaban insufriblemente. En esas condiciones leyó libros anarquistas, encontrando exacta su parte negativa, la crítica de las costumbres e instituciones sociales, aunque no se convenció de la eficacia de la violencia para reformar la sociedad. No obstante su disconformidad con las ideas del anarquismo, simuló pertenecer a esa secta y, especialmente, a su grupo más exaltado: el de los individualistas dinamiteros. Su objetivo era mostrar a los individuos del medio en que vivía cuán absurdas eran sus mentiras convencionales. A esta fundamental simulación del anarquismo agregó otras secundarias, no menos curiosas. Así, por ejemplo, frente a la indiferencia de los demás ante su anarquismo, orientó su conducta por un sendero de simulación habitual; todos sus actos, uno por uno, eran lo inverso de lo que en igualdad de circunstancias hubiera hecho otro individuo. Vestía en pugna con la estética más elemental, pudiendo engalanarse con rica indumentaria; vivió varios años en los más plebeyos conventillos; simplificó sus comidas hasta desbordar los límites fisiológicos de la nutrición mínima; en el orden moral simuló adoptar las doctrinas de resistencia pasiva predicadas por Tolstoy, a fin de mostrar cuán despreciables son los hombres violentos.
Entre sus simulaciones secundarias la más interesante fué la de su propia temibilidad. Siendo el sujeto más inofensivo simulaba ser peligroso, para que las autoridades se preocupasen de las doctrinas que fingía profesar; hízose arrestar en un meeting obrero, con el único propósito de exhibir un enorme cuchillo al ser revisado por la policía; de esa manera—pensaba—las autoridades y la burguesía, espantadas por el anarquismo, procurarían corregir los males que minan la sociedad contemporánea.
Este simulador desistió al fin de sus curiosas ficciones; dejó el anarquismo, resignándose a distanciarse del medio social a cuyos prejuicios e hipocresías no sabía adaptarse.
IX.—LOS SIMULADORES PATOLÓGICOS
Quien haya frecuentado por algún tiempo una clínica de patología mental, sabe cuán frecuente es la tendencia mórbida a la simulación, a veces subconsciente o automática. Krafft-Ebing ha señalado los trastornos de la fantasía, determinados en los locos por asociaciones mentales mórbidas, llevándolos tan pronto a la mentira como a la simulación. Hemos visto docenas de enfermos que han fingido síntomas aislados o cuadros clínicos completos, ora con el propósito de interesar al médico por su salud, ora engañándole sin un propósito especial bien definido. Fuera de los consultorios y de las salas de hospital, el hecho se presenta a los médicos con igual frecuencia, aunque bajo aspectos muy variables. En numerosos desequilibrados y anormales suele existir una marcadísima tendencia a la simulación, que se manifiesta en cualquier circunstancia, de manera irresistible para el simulador, como si el hábito mismo la convirtiera en un fenómeno automático. Estos sujetos son los que llamamos simuladores-patológicos.
El contralor de la conducta está en ellos perturbado por una anomalía del funcionamiento mental; resulta de ello una pérdida del "sentido de la adaptación al medio", de que el sujeto tiene conciencia o subconciencia, procurando compensarla mediante simulaciones complicadas.
En algunos de estos sujetos la simulación es un resultado directo de la anormalidad mental: son los psicópatas. En otros es un producto indirecto, pues el desequilibrio psíquico exagera la sugestibilidad del individuo y lo predispone a simular bajo la influencia de otros sujetos: son los sugestionados.
1.º. La tendencia a la simulación en los degenerados, no escapó a la aguda perspicacia de Morselli. "La falsedad del carácter es también anomalía frecuente en los degenerados; ofrecen una tendencia irresistible a mentir, a fingir, a disimular, a calumniar. Muchos se tejen una vida de embustes, y no siempre porque ello les convenga. Típico del desequilibrio del carácter es afirmar distraídamente una cosa, un hecho, sin reparar en las consecuencias de la afirmación; después se la sostiene con el empecinamiento habitual en los espíritus pequeños, hasta que, a fuerza de repetirla, transfórmase por autosugestión en una creencia sincera (falsificación de los recuerdos, ilusiones de la memoria)". Aquí reside el origen de la simulación inconsciente que se observa en tantos degenerados, llegando al colmo en los histéricos. Y definiendo algunas modificaciones del carácter de los alienados, debidas a la exageración de los sentimientos egotistas, dice: "carácter falso (astucia, complacencia en la mentira y fecundidad de invención para calumniar, propias de la histérica, del querulante, del loco razonante; mendacidad desvergonzada del alcoholista, el morfinómano, el ebefrénico masturbador; obsequiosidad hipócrita del epiléptico; picardía y tenaz premeditación de todos los alienados movidos por alguna idea impulsiva a cometer actos perjudiciales o criminosos, por ejemplo, el incendio o el suicidio; disimulación del paranoico delirante y alucinado; etcétera)".
No repetiremos las exageraciones tocantes a las relaciones entre la histeria y la simulación; los trabajos de clínicos distinguidos, principalmente de Gilles de la Tourette y Pierre Janet, han demostrado que muchos de los fenómenos que se creían simulados son esencialmente patológicos, ajenos a la voluntad del sujeto, debidos a fenómenos de subconciencia, automatismo, restricciones del campo de la conciencia, etcétera.
En este grupo se observan dos formas clínicas diversas. En un caso la enfermedad determina una tendencia mórbida a la simulación consciente; en el otro la enfermedad, mediante torcidos procesos psicológicos, arrastra al enfermo a simular inconscientemente. La anormalidad mental suele impedir una apreciación exacta de las condiciones en que se presenta la lucha por la vida; además, como observa Morselli, las mentiras y las simulaciones voluntarias, "frecuentísimas en los alienados, los degenerados y las histéricas, reiterándose, pueden terminar por ser creídas sinceramente": la mendacidad y la simulación tórnanse, con el tiempo, involuntarias.
Caben en este grupo algunos tipos intermedios entre la salud y la locura, ya recordados. Estos individuos, por su deficiencia mental, no consiguen armonizar su conducta con el medio en que viven; esa inadaptación real los induce a colocarse en terreno falso, simulando adaptaciones ficticias, creyendo que ellas facilitarán una lucha que no aciertan a plantear en condiciones normales. Otras veces la simulación es producida por la morbosidad psíquica y no tiene ningún propósito—real ni ilusorio—de lucha o adaptación.
Un caso extraordinario, clásico en la historia de la neuropatología, es el referido por Gilles de la Tourette, relativo a la célebre Sor Juana de los Ángeles. Aquella histérica creía ser poseída a menudo por un sujeto que la violaba vigorosamente, en complicidad con diablos y otros seres sobrenaturales; afirmó encontrarse en cinta, y como no faltaron algunos de los signos físicos de su embarazo simulado, el inocente sujeto que ella acusaba como autor de sus alucinaciones fué condenado.
Conocemos un caso singular de simulación en una histérica ansiosa de tener prole. A fuerza de desearlo, comenzó su abdomen a aumentar lentamente de volumen y se suprimieron ciertas funciones periódicas de su organismo. Consultó a varios médicos que no atinaban a complacer su pretensión de ser madre; hubo uno, por fin, más inepto o más complaciente, que le diagnosticó embarazo extrauterino, indicándole el nombre de un distinguido cirujano a fin de hacerse operar. Éste, sugestionado por el diagnóstico de su colega, encontró en realidad algunos síntomas de probabilidad, creyendo por autosugestión encontrar otros de certeza, sugestión contagiada a uno de sus practicantes que creyó "oir" latidos donde simplemente los sospechaba el otro. Se procedió a operar a la enferma y se encontró "peritonismo histérico", es decir, hinchazón producida por gases. La simuladora había transformado en convicción obsesiva su deseo de maternidad; las únicas víctimas fueron el operador y el agregado que "oyó los latidos".
Otro caso de neurópata simulador merece, por lo extraordinario, recordarse en pocas líneas. Se trata de un original literato, enfermo de neurastenia cerebral, con impulsos ambulatorios conscientes pero irresistibles; un caso de aquéllos que frecuentemente llegaban a la clínica de Charcot: sujetos que viajaban al azar, sin objetivo y sin rumbo, repitiendo en la vida real la leyenda de Ashavero. Este enfermo posee en grado sobresaliente varios caracteres psicológicos; sobre fondo enteramente psicopático es genialoide, simulador, mentiroso y generoso; todo en grado característico. Ha simulado los hechos más inverosímiles, sin tener en ello la menor utilidad, ni siquiera el deseo de ser creído. En un caso le vimos convertirse en cerebro y brazo de una terrible asociación secreta, cuyo nombre envidiárale cualquier delirante sistematizado: "Liga Americana de la Democracia pura"; consiguió iniciar a varios jóvenes en los misterios de la sociedad, consagrándolos reformadores sociales y profetas del americanismo. Sabiendo que sus viajes son el resultado de impulsos irresistibles de duración variable, llegó a simular que respondían al propósito de ejecutar misiones de la asociación creada por su fantasía. Realizó otras curiosas simulaciones, hostigado por sus anomalías mentales. Para eludir el modesto compromiso de un banquete ofrecido a varios amigos, simuló haber muerto, haciendo distribuir las esquelas de invitación a sus exequias fúnebres. Otra vez simuló intenciones homicidas contra un joven colombiano, cobohemio suyo; recorría las calles de Buenos Aires, anunciando a voz en cuello que le asesinaría; pero, al encontrarle, todo terminó en un caluroso abrazo de cofrade. Simuló diversos viajes a Montevideo, con el propósito imaginario de reñir con otro joven, desequilibrado como él, que había plagiado algunos de sus escritos; pero jamás realizó sus viajes, limitándose a no salir de su habitación por todo el tiempo que simulaba estar ausente. Por fin, ha simulado numerosos hurtos con el propósito de verse enredado en montepinescas aventuras policiales y, según nos ha manifestado, para estudiar el ambiente carcelario y la psicología de los delincuentes que—nuevo Dostoiewsky—deseaba utilizar como material para una novela naturalista.
Es un simulador-mentiroso, mixto, caso típico de los que Delbrück llama "pseudología fantástica", estudiados también por Koeppen y Kraepelin.
En la parte especial de esta obra ("La simulación de la locura") estudiamos con minuciosidad la psicología de los delincuentes en sus relaciones con la tendencia y la aptitud para simular, así como el estado mental de los simuladores de la locura, punto asaz controvertido, especialmente por los psiquiatras y criminologistas italianos; algunos de ellos—creyendo que puede ser un argumento en favor de las teorías de la Escuela—pretenden que la simulación de la locura es una característica del delincuente nato, opinión que no compartimos.
Es harto conocida la importancia que tienen en medicina legal las simulaciones de los neurópatas en general y particularmente de los histéricos. Para eludir cuestiones incidentales suprimimos cualquier consideración al respecto[9].
2.º. La vida en sociedad es intrincada red de sugestiones de toda índole. Se extiende desde la útil sugestión del maestro sobre el alumno, hasta la perniciosa de un condiscípulo perverso; desde la caricia bondadosamente sugestiva de la madre hasta el cáliz de voluptuosidad en que las biltroteras ofrecen tentadores refinamientos; desde el ejemplo educador del laboratorio hasta el veneno de una amistad perniciosa. Todo en la vida es fuente de sugestiones que pueden llevar al mal como al bien: se transforman, se adaptan a las exigencias de cada edad, de cada profesión, de cada temperamento, de cada ambiente.
En ese vaivén de sugestiones es lógico ver germinar un tipo frecuentemente observable; bajo la influencia de sugestiones diversas algunos individuos son arrastrados a hacer de la simulación un hábito irresistible.
Si la sugestión es fuerza omnipotente—pues así como arrastra al delito a un degenerado mental, lleva al heroísmo a un entusiasta y al martirio a un místico—lógico es que en circunstancias especiales induzca a la simulación, o encamine en este sentido las tendencias de un sujeto ya predispuesto al fraude.
En la psicología de este tipo suelen combinarse diversos caracteres convergentes, aunque derivados de grupos diversos; se suman la credulidad, el misticismo y el estetismo, mezclados con la vanidad, el exhibicionismo y la mentira. Algunas veces se descubre una simulación de audaces perversidades en sujetos ingenuos, inocentes; así en un literato inteligente, pero degenerado, comprobamos detrás de una irresistible tendencia al erotismo simulado, la castidad y el onanismo.
El simulador-sugestionado lo es de segunda mano. El impulso para simular le viene de otros individuos. En psicología colectiva se sabe que la sugestión de la masa sobre el individuo puede arrastrarle a simular cosas que en realidad no ha hecho ni es capaz de hacer; en una reunión de huelguistas la sugestión del ambiente era tan grande que muchos entusiastas simulaban haber apaleado a obreros que no se adherían a la huelga; uno de ellos, incapaz de ninguna acción mala, simuló lesiones que dijo recibir en la refriega con el apaleado, imitando, sin saberlo, el clásico ejemplo de Pisistrato. Más tarde se asombraba de la sugestión del medio, que le había inducido a simular la realización de actos contrarios a sus sentimientos.
Otras veces la sugestión es individual e indirecta. Conocemos un colega, sugestionado por otro, que para ser estimado y respetado cree debe parecérsele; simula su manera de hablar y sus gestos, y, por hábito, lo hace ya inconscientemente, con pleno automatismo. De sugestión indirecta nos dan abundante ejemplo los snobs, que simulan los gustos e ideas que están de moda. Entre los literatos novicios es frecuente encontrar sujetos que simulan poseer malas cualidades, creyéndolas verdaderas en los fisgones por quienes están sugestionados; el snob literario suele fingir todo lo que cree verdadero en sus modelos.
Un joven literato, sugestionado por los decadentes franceses, creyóse obligado a simular los refinamientos y vicios fingidos por éstos, conceptuándolos verdaderos. Simulaba ser maricón, haschichista, morfinómano y alcoholista; vestía trajes raros; trasnochaba en los cafés, simulando estar ebrio, aunque sentía repulsión orgánica por las bebidas alcohólicas. Simuló estar enamorado de una joven que decía víctima de la lujuria infamante de su propio padre; de esta simulación le nació la ocurrencia de simular un suicidio, después de haber simulado un pretendido envenenamiento de su supuesto suegro y confesarse arrepentido de ello. Todo era producto de sus pueriles sugestiones, fruto de las fisgas de los estetas y superhombres cuyas obras leía con predilección y bajo cuya influencia vivía.
Agregaremos que es común observar la autosugestión en muchos simuladores, que al fin realizan con sinceridad sus simulaciones. Igual fenómeno ocurre con los otros fraudulentos: algunos mentirosos acaban por creer sus propios embustes y muchos imitadores se convencen fácilmente de su originalidad. Por otra parte, conviene reconocer que muchas veces hay un fondo sincero en lo que se simula: el solo hecho de querer fingir algo significa que el individuo estima o desearía poseer la cualidad simulada.
X.—CONCLUSIONES
El carácter humano, como instrumento de adaptación de la conducta al medio, es una expresión sintética de la personalidad. El estudio de la psicología de los simuladores se refiere a una modalidad sintética del carácter, caracterizada por el predominio de la simulación.
En la composición del carácter intervienen diversos elementos de la personalidad; el predominio de algunos produce tipos que pueden clasificarse como sensitivos, intelectuales y volitivos. Sobre esos tipos las cualidades predominantes constituyen los diversos "caracteres humanos".
Los "hombres de carácter" luchan intensamente por la vida y están diferenciados de la masa compuesta por los "sin carácter". La mayor intensidad en la lucha por la vida implica una intensificación de los medios de lucha.
Todos los hombres son simuladores, en mayor o menor grado, siendo ello indispensable para la adaptación de la conducta a las condiciones del medio. Pero la simulación es la nota dominante en el "simulador característico", en quien la simulación es el medio preferido en la lucha por la vida.
Existen dos grupos de simuladores: los congénitos y los adquiridos. En los primeros predomina el temperamento individual; en los segundos la influencia del medio social. En otros casos la tendencia a simular surge sobre fondo patológico.
Por la combinación de su carácter fundamental con otros secundarios, los simuladores pueden clasificarse en tres grupos y seis tipos principales. Los simuladores mesológicos ("astutos" y "serviles"); los simuladores por temperamento ("fisgones" y "refractarios"); los simuladores patológicos ("psicópatas" y "sugestionados").
Los simuladores mesológicos, determinados por el ambiente, exageran una forma normal de lucha por la vida; los astutos y los serviles son harto numerosos.—Los simuladores por temperamento y los patológicos constituyen una minoría; la simulación no es, para éstos, un medio de adaptación a las condiciones de la lucha por la vida, sino el exponente de una modalidad psíquica especial.