Cap. V.—Simulación de estados patológicos
I. Su utilidad en la lucha por la vida.—II. Difusión de estas simulaciones.—III. Objetivo uniforme de sus diversas formas médico legales.—IV. Principales aspectos clínicos: eludir el servicio militar, explotación de la beneficencia, simulación de la locura.—V. Enfermedades que pueden simularse.—VI. Simulación de la salud (enfermedades disimuladas).—VII. Conclusiones.
I.—SU UTILIDAD EN LA LUCHA POR LA VIDA
Siendo este ensayo una introducción al estudio particular de la simulación de la locura, justo será examinar con diligencia cierto grupo de simulaciones que conexiona el tema general con el asunto especial de la parte siguiente.
Slocker, autor de la mejor monografía sobre enfermedades simuladas, ve el asunto al través de su preocupación personal y descubre en las enfermedades simuladas los problemas de mayor importancia que se presentan a la consideración del médico. En verdad, no puede compartirse tal opinión; al médico le interesan más, sin duda, las enfermedades verdaderas.
Hacemos esa pueril salvedad para agregar que no es nuestro propósito abordar el tema siguiendo la vía trazada por los profesionales que han visto la cuestión médica, desconociendo la cuestión humana. No han sospechado que una amplia ley biosociológica encuadra esos fenómenos en un marco general, abarcando todos los fenómenos de simulación en la vida biológica y social. Se ha estudiado en las enfermedades simuladas el hecho clínico y médico-legal, ignorándose su aspecto psico-sociológico. Para lo primero basta ser médico; para lo segundo requiérense otros conocimientos científicos, ajenos al bagaje mental de los profesionales de la medicina.
Léese en todos los autores que Hipócrates, Galeno, Ambrosio Pareo, Silvaticus, Fidelis, Zacchia, Steurlín, y otros, hacen referencia especial a la simulación de enfermedades. Fodéré , Belloc, Marc, Dehauss, Robecourt, Setier, Gilbert, se ocuparon de ella en el siglo XIX. Respecto de simulaciones especiales en el ejército, escribieron Souville, Borié, Moricheau-Beaupré, Percy y Laurent, Coche, Fallot, Hennem, Hutchinson, Chegue, Marshall, Kirchkof, Isfordink, en la primera mitad del siglo; en los últimos cincuenta años la bibliografía es muy vasta. Permanece clásico el tratado de Boisseau, siendo realmente estimables los de Duponchel, Devergie, Derblich, Slocker y pocos más.
Estudiaremos el asunto de distinta manera; elevando el punto de observación ensancharemos nuestro horizonte.
En los capítulos precedentes hemos visto que el hombre, como todos los seres vivos, lucha por la vida; para ello posee medios de diversa índole, que se adaptan a las condiciones de la lucha; entre los medios fraudulentos la simulación es de los más generalizados y asume numerosas formas adaptadas al ambiente.
Los medios de lucha por la vida se transforman tendiendo a obtener la mejor adaptación con el menor esfuerzo, es decir, en el sentido de la menor resistencia.
En las sociedades humanas el principio de la lucha por la vida se atenúa progresivamente, desarrollándose otro principio, el de asociación, que tiende a modificar radicalmente las condiciones de la lucha misma; al antagonismo absoluto entre los individuos, al mors tua vita mea, se oponen numerosas y complicadas formas de solidaridad social.
Esa evolución se caracteriza por fenómenos paralelos, producidos en la mente humana y en la organización social. Psíquicamente, tenemos el desarrollo progresivo de los sentimientos llamados altruístas, que en la evolución mental de la humanidad tiende a extender la solidaridad del individuo a la familia, de ésta a la tribu, de ésta a la raza o a la nación, y de ésta a la humanidad. Sociológicamente, se caracteriza por la formación de instituciones que, en su conjunto, constituyen la beneficencia, evolucionando de formas primitivamente utilitarias, (beneficencia positiva) hacia formas cuyo utilitarismo es cada vez más indirecto, (beneficencia negativa); ambas bien estudiadas por Spencer. Estas instituciones sociales resultan de la evolución mental indicada.
La evolución altruísta de los sentimientos humanos se inicia en presencia del dolor ajeno. El débil y el inferior han podido ser objeto de desprecio; no lo fué nunca el enfermo. El hombre, que busca rehuir el dolor y encontrar el placer (nosotros diríamos que trata de seguir su evolución por el camino de las menores resistencias), debe, necesariamente, conmoverse ante el dolor de sus semejantes. En el salvaje y en el niño ya se encuentra ese fundamental sentimiento de piedad, inherente al hombre considerado como animal sociable; cuando falta, lo mismo que el sentimiento de probidad, el hombre es un ser antisocial, es decir, un delincuente. Confirma nuestras ideas la clásica definición de Garófalo.
Considerado el hombre como unidad social, en lucha contra sus propios semejantes, su locus minoris resistentiae para los enemigos debe ser siempre el sentimiento de piedad, punto de arranque del altruísmo; las instituciones de beneficencia son su expresión social. Por esto, dentro de nuestro concepto funcional de la simulación, debemos encontrar aquí una forma especial perfectamente adaptada a ese lado vulnerable; la simulación explota el sentimiento de solidaridad social, en su forma de piedad por el dolor, y determina la simulación de estados patológicos.
No discutiremos las desventajas que el incremento de la solidaridad social puede tener para la selección humana; mientras multitudes laboriosas y fecundas carecen de lo necesario, duele ver que los manicomios, las cárceles y los asilos entretienen la cómoda holgazanería de seres improductivos, cuando no perjudiciales. Es el eterno problema de la lucha contra el parasitismo social de los degenerados, frente al de la justa protección a las clases trabajadoras; un cultor de la frase podría decir que se degenera a las masas mediante la miseria, para darse luego el lujo de mantenerlas en ocioso parasitismo. Sergi, en "Las degeneraciones humanas", ha dedicado un bello capítulo al estudio de la supervivencia de los débiles y de los inferiores; Nietzsche la fustigó acremente, invocando contra ella el mejoramiento selectivo de la especie humana.
También pasaremos por alto la dilucidación de otro problema que, si debiera ser cuidadosa, requeriría, como la anterior, un volumen aparte. La piedad y la solidaridad con los enfermos, traducidas en ventajas reales que la sociedad les brinda en la lucha por la vida, expresan nuevas formas evolutivas del utilitarismo individual; la máxima galilea "haz a otros lo que quisieras fuera hecho contigo mismo" es altamente utilitaria; aunque atenúa la lucha por la vida, no está en contradicción con ella, pues representa la mejor forma de asociación para la lucha. Comprobaríase, una vez más, que el altruísmo, lejos de ser antagonista del individualismo, es su forma superior y más socializada; corresponde a formas asociativas de lucha por la vida, que, en definitiva, son las más ventajosas para los individuos.
En rigor podríamos ver que la simulación de enfermedades es paralela a la evolución de la lucha por la vida entre los hombres. A medida que esta lucha se atenúa, por el desarrollo de los sentimientos altruístas de piedad, la simulación de estados patológicos presenta mayor ventaja y tiende a generalizarse.
El estudio de la cuestión bajo esta nueva fase merece tentar a los que han acumulado datos clínicos y médico-legales sobre las enfermedades simuladas; hay una rica veta de observaciones psicológicas y sociales que no han sabido descubrir los autores, demasiado médicos, que han tratado esa materia. Diríase que el hábito ha restringido su campo visual al círculo estrecho de las preocupaciones clínicas.
Antes de terminar digamos dos palabras sobre otra cuestión, nacida también del sentimiento de piedad, cuyo protagonista suele ser el médico. Hay formas de rutina profesional que perjudican seriamente a la sociedad. Cuando el médico, llevado por su piedad, prolonga por días o minutos el dolor de un enfermo incurable, realiza una crueldad nociva; procede en armonía con sus sentimientos, propios del ambiente, recibidos por la herencia y disciplinados por la educación; pero en realidad cumple una misión inhumanitaria. La función social de la medicina debiera ser la defensa biológica de la especie humana, orientada con fines selectivos, tendiendo a la conservación de los caracteres superiores de la especie y a la extinción agradable de los incurables y los degenerados; se evitaría con ello el desperdicio de fuerzas requerido por el parasitismo social de los inferiores, alejando, a la vez, la posible transmisión hereditaria de caracteres inútiles o perjudiciales para la evolución de la especie. Pero este problema sólo puede señalarse, por ahora, en el orden teórico. Acaso los hombres del porvenir, educando sus sentimientos dentro de una moral que refleje los verdaderos intereses de la especie, puedan tender hacia una medicina superior, selectiva; el sereno cálculo desvanecería una falsa educación sentimental, que contribuye a la conservación de los degenerados con serios perjuicios para la especie[10].
II.—DIFUSIÓN DE ESTAS SIMULACIONES
Las simulaciones de estados patológicos ofrecen vasto campo de observación y de estudio. Así como es fácil encontrar en el mundo biológico los primeros ejemplos de simulación en general, también se encuentran los de enfermedades simuladas. El hecho se explica, puesto que entre las especies animales aparece el principio de asociación para la lucha, originando el sentimiento de solidaridad; por eso, en los animales que se asocian pueden encontrarse enfermedades simuladas.
Los animales asociados con el hombre, adaptados a la domesticidad, simulan con frecuencia estados patológicos. Poseímos un perrito muy inteligente que recurría con frecuencia a la astucia. Enfermó en cierta ocasión y le regalamos de golosinas; curado de su pasajera dolencia, dos meses más tarde, viendo un plato con dulce de leche, el astuto animal simuló estar enfermo; echóse en un rincón llorando enternecedoramente. Nadie sospechaba el motivo de su repentina enfermedad; el dulce fué comido sin darle participación alguna. Pocos momentos después el animal curó de su fingida dolencia, resignándose, apresuradamente, a lamer los platos pringosos de dulce.
Entre los hombres de campo los hay muy hábiles para reconocer las enfermedades simuladas por los animales. Todos hemos visto caballos que se fingen enfermos antes de ser atados; después de estarlo desisten de su simulación, trabajando sin inconvenientes.
Es harto conocido el ejemplo del pato que arrastra el ala al volar, simulando estar herido, con el propósito de defender su nido mediante esa estratagema. Al estudiar las simulaciones en el mundo biológico, hemos recordado que muchos insectos, viéndose amenazados, fingen estar muertos. Cuando niños, todos pasamos emocionantes momentos contemplando las luchas entre el gato y el ratón; este último suele simular estar mal herido o moribundo para intentar la fuga en momento inesperado. Recorriendo los libros de Romanes, Wallace, Cuénot y otros, podría coleccionarse una larga serie de ejemplos de simulación de enfermedades en los animales.
En los hombres son frecuentísimas; en todos los idiomas y dialectos existen modismos o vocablos especiales para expresarlas. En la jerga popular mil frases lo revelan, y algunas de ellas están generalizadas entre las personas cultas.
No se crea que el fenómeno es moderno. Basta abrir el Génesis para encontrar a Raquel simulando estar indispuesta para no levantarse de la cama donde tiene escondidos ciertos ídolos robados; en otra parte, en el Libro de los Reyes, encontramos a David simulando haber perdido la razón para sustraerse a las iras de Saúl; y en otro pasaje de ese libro pornográfico que se llama la Santa Biblia, Amnón, hijo de David, simula estar enfermo para guardar cama y desahogar su amor incestuoso con su propia hermana Tamar.
Es seguro que antes de los tiempos a que la Biblia se refiere existían enfermedades simuladas. Como observa Tomellini, el hombre debió concebir esta forma de simulación al observar por vez primera que ante el quejumbroso ¡ay! del enfermo sus semejantes le rodeaban de atenciones cuidadosas, eximiéndole de ciertos deberes fundamentales que la lucha por la vida impone. Sin engolfarnos en el análisis de las formas que debió revestir este fenómeno a través de la historia, limitémonos a decir que donde hay asociación en la lucha y sentimientos de solidaridad social, algunos sujetos astutos simulan estar enfermos para explotar esos sentimientos.
En un epigrama de Marcial encontramos la historia picaresca de Celio, que simulaba estar enfermo de gota para no cumplir ciertas obligaciones de la vida cortesana; pero con tan mala suerte que a fuerza de fingir la enfermedad acabó por contraerla de veras. Apiano cuenta de un tal que para esquivar persecuciones se fingía ciego, no sospechando que al quitarse el emplasto se encontraría realmente privado de la vista; y Plinio, para probar la fuerza de la imaginación, refiere de un sujeto que soñó estar ciego y despertó privado de la vista. No son raros los hechos de este género; Montaigne, en sus ensayos (Libro II, Cap. XXV), aconsejó "de ne contrefaire le malade", por ser peligroso para el simulador.
Es seguro que en ciertas épocas de mayor relajación moral se ha difundido extraordinariamente la costumbre de simular enfermedades. Casos hay de ella en la mitología y Ulises se valió muchas veces de este recurso para salir de aprietos. En la edad media esta clase de superchería llegó a ser epidémica; bástenos recordar la famosa "Cour des Miracles", donde se reunían todos los mendigos, pícaros y trapizondistas del viejo París. La novela picaresca española es una verdadera enciclopedia de simulaciones y difícil es encontrar un sólo relato en que no aparezca un falso mendigo que simule enfermedades para explotar la credulidad del prójimo.
Son muchísimos, sin duda, los acontecimientos históricos de importancia en que la simulación por parte de altos personajes juega un papel principal; Boisseau indica varios; otros son recordados en el diccionario de medicina de Dechambre y algunos en los demás autores. Pero no es nuestra tarea repetir sus datos ni investigar otros nuevos; Ésa es obra paciente de cronistas.
Sólo agregaremos que la disimulación de las enfermedades responde siempre al propósito general de todas las simulaciones: el fin es adaptarse en el sentido de las menores resistencias. La simulación de la enfermedad es, precisamente, una disimulación de la salud, y viceversa. Simúlase la enfermedad cuando ella ofrece ventaja sobre la salud; se simula ésta cuando la enfermedad coloca al sujeto en condiciones desfavorables que conviene ocultar.
III.—OBJETIVO UNIFORME DE SUS DIVERSAS FORMAS
Desde el punto de vista médico-legal la simulación de enfermedades comprende fenómenos muy diversos. Slocker los especifica como sigue: Simular una enfermedad es fingir las manifestaciones comunes del proceso simulado; disimularla es ocultar las manifestaciones sintomáticas con que la enfermedad real perturba las funciones biológicas; pretextarla es referir las manifestaciones patológicas, procurando demostrarlas incompatibles con determinadas funciones; provocarla es ponerse en las condiciones necesarias para alterar una o varias funciones normales; exagerarla es presentar con mayor intensidad los síntomas clínicos de la enfermedad existente. Así fijados esos conceptos parciales, dedúcese claramente que todos entran en el concepto genérico de la simulación. Disimular es simular el estado fisiológico; pretextar es simular la incompatibilidad entre una enfermedad y el cumplimiento de una obligación; provocar es simular que han sido espontáneas las condiciones determinantes de la enfermedad; y, finalmente, exagerar es simular manifestaciones patológicas mayores que las existentes.
Por lo dicho, agrega el mismo Slocker, desde el punto de vista médico-legal, las determinaciones periciales o simplemente diagnósticas han de referirse a cada uno de esos distintos aspectos de la simulación de enfermedades. Su estudio debe proponerse: 1.º. Determinar si un individuo está enfermo o finge estarlo, o bien si es verdadero el defecto físico que presenta; 2.º. Determinar si un individuo, que dice estar sano, oculta alguna enfermedad o defecto físico; 3.º. Determinar el fondo de incompatibilidad que la enfermedad alegada puede tener para las funciones que debe desempeñar el individuo afectado; 4.º. Determinar si una enfermedad, lesión o defecto físico, han sido provocados.
En la práctica médico-legal algunas simulaciones de estados patológicos tienen interés especial. Fuera de la simulación de la locura, que dilucidaremos extensamente, el médico legista suele encontrar simulación de lesiones, de embarazo, de neurosis traumáticas, de estupro, de impotencia, de suicidio, etc., etc. Todos esos casos pueden revestir un alto interés penal o civil, habiéndose determinado para cada uno de ellos normas especiales que permiten, casi siempre, desenmascarar a los simuladores.
IV.—PRINCIPALES ASPECTOS CLÍNICOS
Pertenece a los tratados especiales el estudio clínico de las enfermedades simuladas; muchos autores lo han realizado satisfactoriamente. Nuestras observaciones personales poco pueden agregar y su interés sería muy relativo.
En cambio, procuraremos encuadrarla dentro de principios generales, encarando el estudio de sus factores determinantes para hacer resaltar que su objetivo es obtener una ventaja en la lucha por la vida; señalaremos cuál es, en nuestro concepto, su evolución y cuál la profilaxia que puede suprimirlas.
Boisseau afirma que la realización de cualquier acto útil o de interés puede determinar un hecho de esta índole. Esta verdad general, concordante con nuestra ley, no debe interpretarse en un sentido absoluto, pues ciertos sujetos simulan, por causas patológicas o por temperamento, como vimos al analizar la psicología de los simuladores.
La simulación de enfermedades es frecuente entre los neurópatas, especialmente entre los histéricos; la imitación y la sugestión tienen en ellos primordial importancia. Hemos conocido un histérico cuyo anhelo supremo era que el médico se preocupara diariamente de él; vecino de cama de un sujeto afectado de parálisis espinal de Brown-Séquard, observó que este enfermo era objeto de cuidadoso examen diario; un día le vimos pasear por la sala arrastrando la pierna derecha, y al interrogarle nos manifestó que tenía insensible la pierna izquierda; observamos cuidadosamente su injustificada sintomatología, comprobando que el histérico simulaba las dolencias de su vecino para atraer la atención de los médicos. Un neurasténico simulaba vómitos y dificultades digestivas para obtener una dieta especial que se daba a otros pacientes.
Las causas varían al infinito. Una joven señora, a la que nada faltaba en su hogar, sentía necesidad de ser infiel a su marido; celoso éste, no la dejaba satisfacer sus inclinaciones. Ella, entonces, simuló estar afectada de histeria; el esposo, en presencia de sus ataques, cada vez más intensos, le permitió recorrer varios consultorios médicos, donde ella obtenía de los facultativos el único remedio compatible con su enfermedad. Otro falso enfermo ofreció el reverso de la medalla; era un joven ligado por vínculos de convivencia a una mujer que no amaba; faltándole valor para abandonarla sin justificación, fingióse enfermo, consultó al médico y le refirió ciertos datos que imponían el diagnóstico de una enfermedad vergonzosa. Provisto de las correspondientes recetas, inició un tratamiento de fricciones mercuriales y yoduro; la víctima del engaño se apresuró a averiguar para qué servía ese tratamiento y cuando lo supo le abandonó indignada. El simulador obtuvo así el éxito más completo.
En la forma parcial de agravación de los síntomas, la simulación de enfermedades es frecuentísima en los hospitales, donde los huéspedes quieren evitar que se les despida para no perder la pensión de la beneficencia pública. Enfermos curados, al despedírseles, simulan ser nuevamente atacados por la enfermedad o acusan la simple exageración de alguno de los síntomas. Quien haya asistido a una sala de hospital conoce la frecuencia de esos casos.
Otro falso enfermo recorría consultorios particulares exponiendo sus lamentaciones por imaginarias dolencias; cuando el médico había formulado la receta, el presunto enfermo se echaba a llorar y confesaba, con voz entrecortada por sollozos, que faltábale dinero para adquirir los medicamentos. El médico, por verdadera generosidad o por librarse del importuno, dábale la suma necesaria para la adquisición de los remedios. El dinero no terminaba en la farmacia, sino en la taberna, donde el simulador bebía a la salud de la credulidad médica.
En las prácticas de la justicia menuda es harto conocido y explotado el expediente de las enfermedades simuladas, ya para eludir citaciones del juez, ya para evitar un desalojo forzoso del domicilio. En algunos casos hay simple pretextación o alegación de enfermedad; otras veces, cuando el juez puede ordenar se verifique la verdad del padecimiento alegado, el supuesto enfermo se mete en cama, simulando ante el físico los síntomas de la enfermedad certificada por un médico amigo.
Una menor de edad presentóse ante la justicia de Buenos Aires exhibiendo lesiones que decía le causara su padre, para disuadirla de un noviazgo sentimental e inducirla a un matrimonio de conveniencia; el juez quitó al padre su patria potestad y autorizó el casamiento de la menor. Por vía extrajudicial se supo que las lesiones no se las había inferido el padre sino la misma menor, por consejo del novio. Pero ya estaban casados.
En la clínica de criminología del profesor De Veyga es frecuente ver individuos que se presentan a los médicos simulando enfermedades diversas; su propósito es ser enviados a un hospital para sanar allí en seguida y recuperar inmediatamente la libertad. Otros, afectados por enfermedades crónicas, reumatismos, gota militar, tuberculosis, se limitan a simular una exacerbación de los síntomas o una crisis aguda de su mal.
Los casos enunciados dan una idea de la innumerable diversidad de causas que pueden motivar la simulación de estados patológicos y del variado aspecto clínico que ella puede revestir. Pero tres son las formas notables, abarcando por sí solas la mayor parte de las cuestiones médico-legales.
La primera encuentra su origen en la aversión al servicio militar y es usual en los conscriptos que pretenden eludirlo; cuenta una bibliografía muy vasta y ofrece buen número de casos en la observación diaria. La segunda es la explotación de la beneficencia por falsos mendigos; aunque su aparición es antigua como la caridad misma, su bibliografía es corta y no sistemática. La tercera consiste en la simulación de enfermedades mentales con el propósito de eludir la acción de la justicia penal, siendo privilegio de los delincuentes que se encuentran procesados.
Analizaremos brevemente las dos primeras, limitándonos a dar su interpretación general mediante un criterio sociológico; lo único original que cabe a su respecto. De la tercera nos ocuparemos en la parte especial.
1.º. Eludir el servicio militar.—Los estudios sociológicos demuestran que la fuerza brutal, colectivamente organizada, fué en los siglos pasados el medio más común de lucha por la vida entre las tribus, las naciones o las razas. En este hecho encuentra su origen el sentimiento patriótico: es la representación psicológica colectiva del sentimiento de solidaridad entre los miembros de un estado.
La organización progresiva de las instituciones militares tiene por objeto hacerlas más eficaces para sus fines. En esas condiciones es lógico que todos los miembros de una sociedad cooperen a la tarea colectiva de la guerra, cuando los intereses comunes lo exigen. Consecuencia de ello es el derecho de la sociedad para imponer a los individuos la obligación del servicio militar; se considera como un verdadero delito el acto antisocial de simular una enfermedad para eludir ese deber.
Así han nacido las disposiciones legales que castigan a los simuladores de estados patológicos, siendo su consecuencia el refinamiento de los medios empleados para descubrirlos.
Pero todas las instituciones evolucionan. A medida que los pueblos se civilizan, las formas de lucha por la vida se mortifican y los medios empleados en ella se transforman. Las nuevas formas de organización económica han elevado la capacidad productiva de los pueblos; la guerra militar para la conquista de las fuentes naturales de riqueza tiende a ser substituida por otra guerra económica que conquiste mercados para los excesos de producción. Por eso entre pueblos civilizados la guerra tenderá, cada día más, a ser una contradicción con la civilización misma; si aún es posible,—lo es, pues se produce,—débese a que las instituciones políticas no han evolucionado en armonía con el desenvolvimiento de la capacidad económica de la humanidad. Pero ya, al concepto de patria, como forma límite del sentimiento de solidaridad, los espíritus que escrutan el porvenir tienden a substituir el concepto de la solidaridad entre todos los países homogéneamente civilizados, ampliando el sentimiento patriótico con el de humanitarismo.
La difusión de esas ideas impone modificar el criterio médico-legal con que hasta nuestros días se ha encarado el problema de la simulación de enfermedades para eludir el servicio militar. Es justo, ciertamente, castigar esos hechos si se los considera como la transgresión de un deber social; pero no lo es menos que ese deber deja de serlo en algunos individuos, convencidos del carácter pernicioso de la guerra entre naciones civilizadas. No es sorprendente, pues, que viendo en el militarismo una causa de guerra y de despotismo, algunos hombres traten de eludir el servicio de las armas que riñe con sus más íntimos sentimientos. Hay factores altamente morales que justifican esa repulsión; el militarismo ha sido señalado como causa de injusticia y de opresión, contrario a toda justicia y derecho. Se ha dicho que es una escuela de asesinato colectivo e irresponsable; las investigaciones de A. Hamon sobre la "psicología del militar profesional" tienden a probar que en el ambiente del cuartel domina una moralidad baja y antisocial. Frente a la sociedad, que obliga legalmente al ciudadano a ser soldado, el hombre bueno y humanitario puede tener horror al cumplimiento de lo que no considera un deber, sino una coacción.
Esas razones morales inducen a pensar que la simulación de enfermedades en los conscriptos no cederá a los pobres recursos de los médicos militares, ni será eficazmente combatida por la coerción de leyes especiales. Los artificios inventados para descubrir a los simuladores son recursos explicables por la necesidad de servir a la ley; pero revelan desconocimiento de otros factores que mueven los sentimientos humanos y transforman las instituciones sociales.
No haremos inventario del arsenal de los médicos militares contra las enfermedades simuladas; ellos están expuestos a errores inhumanos y no evitan la injusticia de imponer el servicio militar, a quien lo considera inmoral. Por referencia de alguien que lo presenció, conocemos el caso siguiente: en una Sanidad Militar se aplicaron a un sordo-mudo verdadero ciento ochenta puntas de fuego, en varias sesiones, por sospecharse que fuera simulador.
Nosotros vemos la cuestión de otra manera. El militarismo, cumplida su evolución histórica, debe tender a atenuarse entre los pueblos civilizados, cuestión de años o de siglos. Esa atenuación será progresiva, restringiéndose el tiempo del servicio militar; de sus actuales formas permanentes pasará al fin a ser un agradable deporte cívico, como es ya en Suiza. De esa manera desaparecería la necesidad de simular enfermedades para eludirlo.
La verdadera profilaxia consistirá en el advenimiento de formas superiores de civilización, donde las luchas violentas sean reemplazadas por la competencia en el mercado de la producción y por nuevas normas jurídicas de las relaciones internacionales. Ésa es la única profilaxia; obra de lustros, de siglos, poco importa: los siglos son ínfimos espacios de tiempo en la evolución de la humanidad.
2.º. Explotación de la beneficencia.—Diversas monografías, curiosas algunas, novelescas otras, han ilustrado este grupo de simulaciones, cuyo fin es la explotación de la caridad pública y privada. Víctor Hugo le dedica párrafos hermosos en su imperecedera "Notre-Dame de París".
Es de Puisbarand la conocida frase: "los peores enemigos de los pobres son los mendigos"; podría completarse agregando que los peores enemigos de los mendigos son los falsos mendigos. Pero Puisbarand no nos dijo por qué hay hombres que viven simulando estar enfermos. Esas causas son principalmente sociales. Desde que la sociedad no asegura a todos sus miembros una educación integral, capaz de adaptarlos a las condiciones de lucha por la vida, muchos sujetos carecen de inclinación por el trabajo, único medio honesto de vivir. Por otra parte, este parasitismo social es debido a que no siempre los individuos están en condiciones de poderse dedicar a un trabajo elegido en armonía con sus tendencias; muchos que se ven obligados a aceptarlo en condiciones inhumanas, por su cantidad y por su calidad, se sienten inclinados a odiarlo. Bien ha demostrado Ferriani que las condiciones antisociales del trabajo industrial convierten al niño en vago y después en ladronzuelo, por odio al taller, que, en lugar de ser una escuela donde se enseñe a trabajar, es una cárcel donde se le explota sin consideración; las condiciones sociales determinan la delincuencia ocasional, en sus formas de fraudulencia y vagancia, combinadas en los mendigos profesionales que simulan estados patológicos.
En estos sujetos la mise en scéne suele ser aparatosa y refinada. En Chicago, según refirió la prensa, la policía descubrió un club de mendigos, hace algunos años, en West Adam Street. Encontróse allí una comitiva de sujetos sanísimos y alegres, que comían, bebían, jugaban, fumaban y poseían una biblioteca de filósofos clásicos para recrear sus ratos de ocio. Todos ellos, durante el día, simulaban ser cojos, ciegos, mudos, idiotas, sordos, y mendigaban por las calles de la ciudad; por la noche reuníanse en su club para gozar tranquilamente las ganancias de su "trabajo" diario. La policía encontró, en una de las habitaciones, gran cantidad de carretelas para tullidos, muletas, piernas de palo, zapatos simulando pies deformes, anteojeras y vendas para los ojos, bastones para ancianos débiles, barbas postizas, cajas de pintura destinadas a simular sobre la piel toda clase de llagas y pústulas, ocupándose en esta especialidad dos miembros del club, verdaderos artistas del pincel. Había numerosos carteles con inscripciones apropiadas: "soy ciego de nacimiento", "soy sordo-mudo por un susto", "inválido de la guerra civil", "ha adquirido su lepra prestando servicios a otros enfermos", etc. Arrestados, se comprobó su excelente estado de salud y sus aptitudes para el trabajo; desde largo tiempo habíanse asociado para explotar la caridad de los filántropos, en perjuicio de los verdaderos pobres.
Casos como el anterior—que por su magnitud alcanzó cierta celebridad—ocurren en todas las grandes ciudades. En Buenos Aires la mendicidad fraudulenta aún no ha alcanzado vastas proporciones. Conocimos, sin embargo, un ladrón profesional que nos refirió haber sido ciego de profesión durante cinco años; ejerció "honradamente" su trabajo con discretas ganancias, hasta que la policía descubrió su fraude y le arrestó. En la prisión conoció a varios ladrones profesionales; al ser puesto en libertad no pudo volver a su antiguo oficio de ciego, y se dedicó al robo profesional con sus nuevos amigos.
En las puertas de las iglesias no es raro ver sujetos tullidos que, terminada su tarea, se retiran tranquilamente a sus casas, muy mejorados de su enfermedad. Un enfermo de la Sala de nerviosos del hospital San Roque ejercía la mendicidad fraudulenta; era un antiguo hemiplégico, cuya pierna funcionaba casi normalmente, presentando impotencia del brazo; este sujeto solía pedir permiso para salir uno o dos días por semana, regresando al hospital provisto de dinero para tabaco y otras pequeñeces. Supimos que en esas salidas mendigaba, exagerando su hemiplegia y simulando la afasia observada en otros enfermos de la sala.
Estos fraudes han motivado la organización de la caridad social, en sentido de proporcionar trabajo apropiado a todos los mendigos en institutos ad hoc, encargándose la policía de perseguir a todos los pícaros que no tienen cabida en ellos; son buenos modelos los institutos existentes en Londres y en Bruselas.
En suma, sea como fuere, la terapéutica de las simulaciones usadas para explotar la filantropía debe convertirse en profilaxia; si el mal tiene hondas raíces sociales, es necesario llevar a cabo una serie de reformas que hagan del trabajo un agradable deber para todos, y no como es hoy un yugo penoso para algunos. Impónese infundir a cada individuo la noción de los deberes impuestos por la solidaridad social, que a todos beneficia. Y, por fin, deben desaparecer esas formas agudas de la miseria que deprimen el espíritu, degradándolo hasta formas inferiores de lucha por la vida que simulan lo más desagradable en la vida humana: la enfermedad.
Ésa será la profilaxia eficaz contra tales simulaciones; será obra de mucho tiempo, pues aún son pocos los países civilizados que pueden pensar en tales reformas. En algunos está ya suprimida la mendicidad y todo inválido tiene derecho a ser asistido por el Estado.
Recorridos esos dos grandes grupos de causas de la simulación de estados patológicos, no insistiremos sobre las demás, menos frecuentes y sumamente variables. Tendrían su sitio en un tratado especial que no sabríamos escribir. Réstanos citar las conclusiones de nuestros estudios sobre el grupo más importante.
3.º. Simulación de la locura.—Es necesario considerarla desde tres puntos de vista diversos.
a)—en general. Las condiciones en que se desenvuelve la lucha por la vida en el ambiente social civilizado pueden hacer individualmente provechosa la simulación de la locura, como forma de mejor adaptación a las condiciones de lucha; ya sea directamente, favoreciendo al simulador, ya indirectamente, disminuyendo las resistencias que el ambiente opone al desarrollo y expansión de su personalidad.
b)—por alienados verdaderos. La persistencia de la razón en los alienados y la inconsciencia de su verdadero estado mental mórbido, les permite comprender las ventajas que reporta la simulación de la locura en diversas circunstancias de la lucha por la vida, determinando el fenómeno de la "sobresimulación", o simulación de la locura por alienados verdaderos. En cambio, toda vez que el alienado es consciente de su locura o comprende las desventajas que ésta le produce en la lucha por la vida, "disimula" su alienación, equivaliendo este fenómeno a una simulación de la salud, subordinada al mismo criterio utilitario.
c)—por los delincuentes. La simulación de la locura por los delincuentes está subordinada a circunstancias propias de la legislación penal contemporánea.—Los delincuentes, además de luchar por la vida como los demás hombres, luchan contra el ambiente jurídico-penal de la sociedad en que viven.—Ese ambiente jurídico, concretado en leyes penales, condena al delincuente castigándole por la ejecución del acto cuya responsabilidad le imputa; en cambio, no condena al delincuente alienado, considerándole irresponsable de su delito.—El delincuente, en su lucha por la vida contra el ambiente jurídico, simula ser alienado para eludir la responsabilidad del acto delictuoso y ser eximido de pena.
La falta de criterio uniforme en el estudio de la simulación de la locura, explica las opiniones divergentes de los autores acerca de su frecuencia y de su interpretación clínica. Las estadísticas publicadas no pueden compararse entre sí; carecen de valor científico por estar levantadas en condiciones heterogéneas y por haberse apreciado de diversos modos las relaciones entre las verdaderas anomalías psicológicas de los delincuentes simuladores y la locura simulada.—Subordinándose la simulación de la locura por los delincuentes a circunstancias propias de la legislación penal contemporánea, el verdadero criterio para su interpretación debe ser "clínico-jurídico". La locura en el concepto de la ley penal, está representada por formas clínicas definidas que confieren la irresponsabilidad; las anomalías psíquicas de los simuladores no corresponden al concepto clínico y jurídico de la locura como causa eximente de pena. El delincuente simulador no simula porque tiene anomalías psíquicas verdaderas, sino a pesar de tenerlas, contra lo afirmado hasta ahora por los autores que se ocuparon de esta materia.—Los delincuentes simuladores presentan las anomalías propias de las diversas categorías de delincuentes; pero como ellas no confieren irresponsabilidad, simulan formas "clínico-jurídicas" de locura, siendo éstas las únicas que eximen legalmente de la responsabilidad.
En las diversas categorías de delincuentes las anormalidades psicológicas se presentan con desigual intensidad y con modalidades diversas. Contra las ideas predominantes en la actualidad, debe considerarse que la posibilidad de simular la locura para eludir la represión penal es en absoluto independiente de esas anormalidades psicológicas; los delincuentes más anormales son los menos aptos para usar de este medio defensivo en su lucha por la vida. La posibilidad de la simulación está en razón inversa del grado de degeneración psíquica del delincuente.
Los delincuentes que intentan eludir la represión penal simulan formas "clínico-jurídicas" de alienación y no simples anormalidades atípicas, pues sólo las primeras confieren la irresponsabilidad penal.—Las formas simuladas pueden referirse a cinco grupos de síndromes: maníacos, depresivos, delirantes o paranoicos, episodios psicopáticos y estados confuso-demenciales. Por orden de frecuencia, encuéntranse los fenómenos delirantes o paranoicos, los síndromes maníacos, los síndromes depresivos, los estados confuso-demenciales y los episodios psicopáticos.—Suele, excepcionalmente, observarse la simulación de la locura en ex alienados, como también el enloquecimiento de los simuladores.—Las locuras simuladas carecen, generalmente, de unidad nosológica.
El estudio de las locuras simuladas con relación a la herencia, antecedentes patológicos individuales, raza, edad, instrucción, sexo, educación, estado civil, profesión, ambiente social y carácter individual de los simuladores, revela algunas particularidades especiales, aunque no de significación clínica muy característica.—Sobre las modalidades clínicas de las locuras simuladas influyen la tendencia al menor esfuerzo, el carácter, la vulgarización de las formas simuladas, la imitación, la sugestión y otros factores de menor importancia.—Los delincuentes simuladores pertenecen, en su gran mayoría, a las categorías en que predominan los factores externos o sociales en la determinación del delito; los delincuentes natos dan una reducida minoría de simuladores y no tienen tendencias espontáneas a la simulación.
Actualmente llámase "alienados delincuentes" a individuos psicológicamente heterogéneos, unificándolos jurídicamente por su irresponsabilidad penal; los verdaderos "alienados delincuentes" son aquéllos cuyo delito es una resultante de su locura.—La mayoría de los alienados comunes ha cometido actos delictuosos; en los estudios sobre "alienados delincuentes" sólo figuran los procesados, sean más o menos delincuentes que los alienados comunes no procesados.—El delito de los locos suele presentar caracteres especiales, que permiten una relativa presunción diagnóstica sobre el estado mental del agente; pero ningún signo diferencial posee valor absoluto que permita afirmar la simulación.—El delito de algunos alienados tiene caracteres bien definidos según la forma clínica de locura; en los simuladores esa relación es muy excepcional.—Por el simple estudio de los caracteres del acto delictuoso es posible descubrir la simulación de la locura en algunos delincuentes; pero esa posibilidad no implica una certidumbre, ni es generalizable a todos los casos observables en la práctica de la medicina forense.
Los numerosos elementos que ofrece la clínica psiquiátrica para establecer el diagnóstico diferencial entre los delincuentes simuladores y los alienados delincuentes, agréganse a los datos obtenidos estudiando el delito en sus relaciones con la locura o la simulación y constituyen un conjunto de factores útiles para llegar al diagnóstico; pero su valor es siempre relativo, no absoluto. Por eso el perito puede verse precisado a recurrir a medios especiales, dirigidos directamente a desenmascarar la simulación.
Los recursos especiales de índole astuta empleados para descubrir a los simuladores son variables en cada caso y pueden ser útiles. Los medios coercitivos y tóxicos no deben emplearse jamás. La pletismografía no es aplicable al diagnóstico diferencial entre la locura y la simulación. Cada día es más difícil el éxito de los simuladores; pero no puede afirmarse su imposibilidad, dada la relatividad de nuestros elementos de investigación y la falta de un solo carácter "patognomónico".
Las dificultades médico-legales que presentan los casos de simulación de la locura por los delincuentes, son determinadas por las deficiencias de concepto y de procedimiento inherentes a los sistemas penales contemporáneos. En la práctica de la psicopatología forense son indispensables tres reformas: 1.ª. A todo delincuente supuesto alienado debe observársele en una clínica psiquiátrica debidamente organizada; 2.ª. Deben ser peritos los médicos de la clínica; 3.ª. El plazo para la observación será indeterminado.—La presente posición jurídica de los simuladores es la de los delincuentes comunes, no atenuada ni agravada por la simulación.
Demostrado que la simulación de la locura por los delincuentes nace del criterio jurídico que aplica la pena según la responsabilidad e irresponsabilidad del sujeto, su profilaxia debe consistir en una reforma jurídica que la convierta en nociva para el simulador. Reemplazado el criterio de la irresponsabilidad del delincuente por la aplicación de la defensa social proporcionalmente a su temibilidad, la simulación de la locura tórnase perjudicial para los simuladores, desapareciendo de la psicopatología forense.
Las leyes de la simulación en el mundo biológico (mimetismo) se comprueban también en la simulación de la locura por los delincuentes.—Existe un estrecho paralelismo entre las transformaciones del ambiente jurídico y la evolución de la simulación de la locura.—Fué desventajosa cuando la posición de los alienados ante la ley penal era más grave que la de los delincuentes; pasó a ser ventajosa cuando se reconoció la irresponsabilidad penal de los alienados delincuentes; será nuevamente desventajosa cuando se reconozca su mayor temibilidad y sobre ésta se funde la represión penal.
V.—ENFERMEDADES QUE PUEDEN SIMULARSE
El número de enfermedades que pueden simularse aumenta proporcionalmente a la difusión de los conocimientos médicos, entre los profanos; sus probabilidades de éxito disminuyen en razón directa de los adelantos científicos del diagnóstico médico. Cuando los médicos sabían menos, la simulación era fácil; actualmente es cada día más difícil.
Recorriendo numerosos tratados de medicina militar y obras especiales sobre enfermedades simuladas, encontramos en número enorme las que se ha intentado simular. Para dar una idea de ello no bastaría su simple enumeración, y sería imposible tratar de cada una en particular[11].
Como puede suponerse, muchas de esas simulaciones son muy hábiles y podrían despistar a más de un médico inexperto. No se trata simplemente de síntomas subjetivos, artificialmente provocados, cuyo origen escapa a la perspicacia del perito. Algunos simuladores se provocan una aceleración del pulso, acompañada de ligera excitación y elevación de la temperatura cutánea, mediante la permanencia en el recto de supositorios irritantes, o bien de ajo y tabaco, provocando su contacto una hiperemia rectal intensa acompañada de los fenómenos indicados. Más conocido es el recurso empleado para simular la fiebre; el simulador frota la cubeta del termómetro en un pliegue de la camisa y le imprime un movimiento de rotación sobre su propio eje; el inconveniente del sistema consiste en que el sujeto no puede graduar su fraude y de pronto tiene 45 grados que contrastan con su excelente estado general. Nunca olvidaremos un caso de "fiebre histérica" observada por dos colegas distinguidos, que demostramos ser una burda simulación.
Un médico francés, Benoit, refiere los medios empleados por los presidiarios franceses de Nueva Caledonia para simular las manifestaciones del escorbuto. Se frotan los miembros inferiores con corteza de caoba; ésta contiene una savia ligeramente cáustica que toma un ligero tinte vinoso al ser expuesta al aire. Se producen los edemas mediante ligaduras aplicadas en los miembros y sobre las partes así edematizadas provocan la aparición de manchas equimóticas, golpeándose con una muñeca de lienzo llena de sal o arena mojada; frótanse fuertemente las encías con la misma corteza y las hacen sangrar pinchándolas con una aguja. (Slocker).
La midriasis suele ser frecuentemente simulada mediante instilaciones de atropina; la simulación de la miosis, por la eserina y otros constrictores pupilares, es muy rara. Las conjuntivitis suelen ser provocadas o mantenidas mediante la irritación artificial de la conjuntiva; algunas veces se emplean substancias que obran física o químicamente.
Es conocidísimo el caso de un simulador cuya conjuntivitis no cedía a ningún tratamiento; habiéndole aislado y maniatado para evitar su fraude, descubrióse que mantenía su afección aplicando el ojo durante horas junto al agujero de la cerradura, donde la corriente de aire frío se encargaba de satisfacer su propósito. Mencionan todos los autores la provocación de conjuntivitis mediante el contagio voluntario del pus blenorrágico. Marshall observó una verdadera epidemia de estos casos en soldados ingleses que deseaban obtener su licencia. Se refieren casos de cataratas provocadas mediante la introducción de agujas muy finas hasta el cristalino; Gavin observó nueve casos en un mismo cuerpo de lanceros. Las otorreas suelen simularse introduciendo miel, queso blando, jugos animales o vegetales, sangre, etc., en el conducto auditivo externo; otras veces son provocadas introduciendo cuerpos extraños.
Las hemoptisis y las hematemesis suelen ser simuladas, especialmente por neurópatas que desean preocupar a sus médicos. Conocimos una enferma que se mordía la mucosa interior de los labios y mejillas, acumulaba sangre en la boca, y luego, mezclada con mucosidades, la esputaba, simulando violentos accesos de tos; bastó indicarle que su fraude era conocido para suprimir los esputos de sangre. La hematemesis simúlase por análogos procedimientos, tragando la sangre y vomitándola en seguida. Muchos enfermos consiguen fácilmente hacer sangrar sus encías o muelas cariadas, pretendiendo que la sangre viene de la garganta.
Las simulaciones de la ictericia son conocidas de antigua fecha. Las más burdas consisten en mojar el cuerpo con soluciones colorantes. Fumando tabaco macerado en aceite de coco al que se añade el fósforo de una cerilla se obtienen perturbaciones generales, color ictérico de la piel y de las conjuntivas; este ardid, recordado por Benoit, es un verdadero envenenamiento por el fósforo. Más ingenioso es el que describe Slocker; consiste en colocar en la axila una compresa de algodón empapada en vinagre y espolvoreada con azafrán, previamente sumergido en aquel líquido durante algunas horas; hecha la aplicación, el individuo se acuesta, provoca una abundante transpiración, apareciendo pronto un color amarillento en todo el cuerpo, inclusive en las conjuntivas. Un médico nos refiere haber observado, durante mucho tiempo, un sujeto que se quejaba de tener las manos amarillentas; para curar de su inexplicable enfermedad visitó sucesivamente a numerosos médicos, siguiendo sus prescripciones con puntualidad. Súpose después que se teñía las manos con solución muy diluida de ácido pícrico, ignorándose el motivo que pudiera inducirle a persistir en tan original simulación.
La introducción de riñones u otros órganos de animales pequeños en la nariz, ha servido para simular pólipos nasales; el ozena simúlase introduciendo algodones embebidos en substancias fétidas o fragmentos de substancias orgánicas en putrefacción.
Los autores de dermatología recuerdan que la tiña favosa suele ser simulada quemando con ácido nítrico una zona de cuero cabelludo. Un profesor nos dijo conocer a un joven que por ese procedimiento eludió un compromiso de matrimonio.
Podríamos continuar indefinidamente, si quisiéramos detallar todas las formas de fraude empleadas por el hombre para obtener las facilidades concedidas al enfermo en los pueblos civilizados. Es indudable que las enfermedades simuladas se desconocían y se desconocen en aquellos pueblos donde, con fines selectivos, se mata a los enfermos; allí sólo se concibe con fines de suicidio.
Como complemento de esta reseña de la simulación de estados patológicos, sólo puede agregarse que el hombre, en la lucha por la vida, puede verse obligado a simular la muerte, negación de la vida misma. Esa simulación puede ser física; otras veces la muerte es simulada, desde el punto de vista legal solamente, gracias a la ocultación o desaparición del supuesto muerto; estos casos no son raros en derecho civil y su importancia es grande. En la literatura este recurso suele ser empleado con frecuencia para crear posiciones inesperadas e interesantes; "La muerte civil" ha dado tema a un drama harto conocido.
V.—SIMULACIÓN DE LA SALUD
Complemento indispensable del estudio de las enfermedades simuladas es el de la simulación de la salud, por sujetos verdaderamente enfermos, o sea la disimulación de la enfermedad. Su objetivo se comprende fácilmente: cuando el estar enfermo determina una situación de inferioridad en la lucha por la vida, el sujeto recurre a la simulación de la salud.
En la vida ordinaria es frecuentísima. Las reglas de la más simple urbanidad la imponen en el trato de gentes; pocas personas habrá que nunca hayan disimulado una dolencia de poca monta, para recibir con la sonrisa en los labios a un amigo o amiga estimada. Se asiste a tertulias disimulando una cefalalgia, a un banquete disimulando una dispepsia o una colitis, a una cita amorosa disimulando una cistitis o una uretralgia. Muchos lectores habrán disimulado en su juventud alguna enfermedad que reputaban vergonzosa, hasta que la intensidad de los síntomas los obligó a denunciarse al médico y a su propia familia.
Hemos visto un caso de impotencia psíquica que involucraba una doble simulación. Un joven contrajo matrimonio con una señorita casi interesante; sufrió durante varias semanas de impotencia psíquica, siéndole imposible cumplir sus deberes de marido. En los primeros días la esposa simuló, ante la familia, dolores y molestias que atribuía a las contingencias de su nuevo estado; el esposo, por su parte, disimuló su flaqueza haciendo picarescas alusiones a sus transportes conyugales. Pero al cabo de cierto tiempo consideraron improrrogables ciertos deberes, consultando a un médico. El pobre esposo trató de simular una neurastenia, atribuyéndole su impotencia; fácilmente se le hizo desistir de su irrisoria simulación, demostrándole tratarse de una simple inhibición psíquica, curada tras breve tratamiento, con visible regocijo de los cónyuges.
En la lucha entre los sexos, son frecuentes las disimulaciones de enfermedades. Hombres y mujeres, en vísperas del matrimonio, suelen disimular cuidadosamente sus enfermedades, temerosos de perder un buen partido. Muchas veces el médico se ve precisado a ser cómplice de esas disimulaciones, pues consultado sobre el estado de salud de los novios el secreto profesional le obliga a no revelar los males de que los asiste. Una joven, durante las primeras visitas de su prometido, padecía de terribles cefalalgias; durante horas la joven sufría en silencio sus dolores, simulando una jovialidad que, de rato en rato, desaparecía para dar lugar a muecas irreprimibles y a alguna lágrima. Más tarde, cuando la confianza sobrepúsose a la tiranía de la etiqueta, confesó sus simulaciones, agregando que obedecían al temor de ser abandonada si la hubiesen sospechado portadora de males mayores que los verdaderos.
Todo médico ha visto enfermos disimulando sus dolencias para abandonar la cama o conseguir la supresión de una dieta desagradable. Otros se dicen convalecientes para volver a tareas habituales que la enfermedad les obliga a descuidar. Entre los enfermos cuya asistencia impone el aislamiento o la reclusión, suelen observarse disimulaciones para apresurar la vuelta al seno de la familia y de la sociedad.
Disimulan sus enfermedades cuantos están obligados a probar que gozan de perfecta salud para ser admitidos en un establecimiento o corporación, o para aspirar a ciertos empleos; nunca faltarán médicos complacientes que se hagan cómplices activos de estas disimulaciones, expidiendo certificados falsos. Entre esas simulaciones de la salud existe un grupo especial que recientemente ha alcanzado extraordinaria importancia en medicina forense.
El desarrollo de las instituciones de seguros sobre la vida ha producido formas especiales de simulación para explotarlas fraudulentamente. Sujetos poco escrupulosos aseguran en su favor la vida de parientes enfermos; rara manifestación de la lucha por la existencia, cuyo estudio agregaría un capítulo interesante a la psicopatología de los parásitos sociales.
El número de estas disimulaciones para explotar el seguro es alarmante; han sido objeto de estudio especial en el "Primer Congreso de los médicos de las Sociedades de seguros", celebrado en Bruselas en Septiembre de 1899. Fundándose en estadísticas precisas, Weir Manton demostró el aumento de las disimulaciones por estos dos hechos: 1.º. La mortalidad de los asegurados durante los dos o tres primeros años siguientes a la celebración del contrato es mucho mayor que en los seis o siete años posteriores; 2.º. La mortalidad en las diversas formas de seguro es inversamente proporcional al monto de las primas; los seguros con primas menores son, proporcionalmente, más nefastos que los seguros con primas que aumentan con el transcurso del tiempo.
Desde el punto de vista médico legal, en esos casos sólo hay verdadera simulación de la salud cuando el sujeto conoce su enfermedad; si la ignora no hay disimulación de enfermedad, sino simple desconocimiento, y su fraude involuntario no podría legalmente considerarse como delito. En tales casos suele tratarse de una víctima de la avaricia de sus parientes o amigos, informados por el médico de un pronóstico desconocido por el enfermo.
VII.—CONCLUSIONES
Las simulaciones de estados patológicos se encuadran en el principio común a los demás fenómenos de simulación, siendo, como todos ellos, simples medios adaptativos a las condiciones de la lucha por la vida. Sus móviles más comunes son tres: la explotación de la beneficencia, eludir el servicio militar y la simulación de la locura para obtener la irresponsabilidad penal. Son casos particulares de la ley general que comprende a todos los fenómenos de simulación.