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La simulación en la lucha por la vida

Chapter 46: I.—CRITERIO PARA ABORDAR SU ESTUDIO
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El ensayo analiza la simulación como estrategia de supervivencia, describiendo su origen y manifestaciones en la naturaleza —homocromía, mimetismo y otras adaptaciones— y su traslación a las sociedades humanas en formas colectivas e individuales. Ofrece una tipología psicológica de los simuladores, distingue variantes por adaptación, temperamento y patología, y examina la simulación de estados médicos y legales, incluyendo la falsificación de enfermedades. Concluye con un estudio sobre la evolución histórica de estos recursos fraudulentos, valorando su utilidad práctica y señalando límites éticos y sociales que condicionan su persistencia.

Cap. VI.—Evolución de la simulación en las sociedades humanas

I. Criterio sociológico para abordar su estudio.—II. Evolución de la lucha por la vida entre los hombres.—III. Evolución de los medios violentos y fraudulentos en la lucha por la vida.—IV. Disminución regresiva de la simulación en las sociedades humanas.

I.—CRITERIO PARA ABORDAR SU ESTUDIO

Partimos de esta base, ya cuidadosamente cimentada: la simulación es un medio fraudulento de lucha por la vida. En este capítulo determinaremos su evolución, estudiándola entre los medios fraudulentos en general, como forma de lucha opuesta a los medios violentos. Para ello comenzaremos examinando brevemente la evolución de la lucha por la vida entre los hombres; y ésto nos impone fijar previamente el criterio sociológico con que entraremos a ese examen.

La sociología es una de las disciplinas científicas más tardíamente desarrolladas; correspondiéndole estudiar fenómenos muy complicados, su constitución ha sido posterior a otras que se ocupan de problemas menos complejos. No se ha llegado todavía a fijar definitivamente el pensamiento de los estudiosos acerca de sus criterios fundamentales. Como observara, con su habitual clarividencia, A. Loria, (en la "Rivista di Sociología"), esta ciencia necesita cierta unidad de criterio que sirva de espina dorsal a las investigaciones que se realicen; sólo así evitará el error cometido por las ciencias que estudiaron determinados grupos de fenómenos sociales: partiendo de puntos de vista previos, han producido conclusiones unilaterales. Por esto mismo, Kidd considera llegada la hora de que las ciencias sociales busquen el "substratum" común de todas, sobre el cual deben desenvolverse sinérgicamente.

Las doctrinas de Juan Jacobo han caído definitivamente; el "Contrato social" está amortajado. De nada sirven las amalgamas de Fouillée, pretendiendo armonizar el contractualismo de Rousseau con el organicismo de Spencer. Éste, por su parte, ha trazado el camino a la escuela biosociológica, mediante su seductora síntesis, encaminada a establecer la concordancia entre la constitución y las leyes de los agregados sociales y las de los agregados orgánicos en general. Se le ha objetado, fundadamente, que si fuera exacta la concepción de la sociedad como organismo, la sociología no tendría motivos para existir como ciencia autónoma; los fenómenos sociales, aun los más complejos, deberían explicarse mediante simples aplicaciones de las leyes biológicas fundamentales.

Sin duda, la teoría orgánica es cómoda y seductora; pero la observación del conjunto de los fenómenos sociales la revela insuficiente, pues se observan en ellos caracteres propios que los diferencian con claridad de los biológicos. Es innegable que el factor biológico entra, en vasta proporción, en todo fenómeno social; pero también lo es que éste posee caracteres específicos, no encontrados en el mundo biológico. En la vida social existe un nuevo elemento, propio y exclusivo de la especie humana; un hecho fundamental diferencia al hombre de las demás especies animales: mientras éstas, en general, viven subordinadas a los medios de existencia que les ofrece, espontáneamente, la naturaleza, el hombre puede producir, artificialmente, sus medios de vida. La evolución y prosperidad de los grupos sociales depende, en mucha parte, del grado de desenvolvimiento de su capacidad productiva.

Ése es el fenómeno verdaderamente humano, verdaderamente social; ese factor, integrándose progresivamente, determina diferencias entre los fenómenos biológicos y los sociales. El análisis genético y evolutivo de la vida social, revela que las condiciones económicas de los agregados humanos, representadas por su capacidad de producción, constituyen el substratum, buscado en vano por Kidd, sobre el cual se desenvuelven los fenómenos que estudia la sociología. Este concepto, entrevisto por varios historiadores y sociólogos, fué concretamente formulado por Marx, que ensayó algunas aplicaciones históricas; recientemente, numerosos escritores han seguido análogos rumbos, el economista liberal De Molinari entre otros. En Italia, por obra de Loria, esta concepción ha adquirido unidad y método, fijándose en vigorosos estudios sobre "las bases económicas de la constitución social". Sintéticamente podría enunciarse así: Las instituciones que constituyen la superestructura social se arraigan, florecen y evolucionan sobre las instituciones económicas, cuya evolución es la causa principal (no siempre directa ni exclusiva) de las transformaciones sociales.

Espíritus estrechos pretenden que esta concepción tiende a identificar la sociología con la economía política. Pero se ha observado, con razón, que esta última es una ciencia particular, y analiza los fenómenos e instituciones económicas en sí mismas, estática y dinámicamente; la sociología sobre base económica es, en cambio, una ciencia general que observa los fenómenos e instituciones económicas en sus relaciones con el conjunto de la vida social, abarcando otros fenómenos e instituciones que son, por su parte, objeto de estudio para ciencias particulares. Entre ambas existe la relación de la parte al todo, relación que también existe con cada una de las otras ciencias sociales. En la determinación de la resultante final la economía política entra en proporción importante; pero ello no implica confusión, como no la hay entre la osteología y la anatomía cuando se afirma que el esqueleto es el sostén fundamental del organismo.

Vemos, pues, frente a la teoría biosociológica, al organicismo spenceriano, extremado por los antropo-sociólogos y los partidarios del "darwinismo social", esta nueva concepción, más científica: la económico-sociológica. Llamada, impropiamente, por algunos, "materialismo histórico" o "materialismo económico", "economismo histórico", "teoría económica de la historia", etc., esta doctrina es compartida actualmente por un núcleo selectísimo de sociólogos. Lo más importante es que ella es aceptada de hecho por casi todos los que se proponen contradecirla.

Aunque este es nuestro criterio, las conclusiones a que llegaremos pueden aceptarse por cuantos observan bajo distinto prisma la vida social, pues no se oponen a las demás teorías sociológicas.

II.—EVOLUCIÓN DE LA LUCHA POR LA VIDA ENTRE LOS HOMBRES

El principio de la lucha por la vida, y la consiguiente selección de los mejor adaptados, domina soberano en la evolución del mundo biológico; las justas atenuaciones que está sufriendo ese concepto por los estudios de la escuela neo-lamarckista, no conmueven, en lo fundamental, el sólido esqueleto de la doctrina de Darwin.

Pero en la evolución del mundo social, las condiciones de la lucha por la vida son modificadas por el incremento de un factor propio de la especie humana; la capacidad de producir medios de subsistencia determina la formación de un ambiente artificial (económico) dentro del ambiente natural (cósmico) y modifica sensiblemente las condiciones de lucha por la vida entre los hombres.

Esta idea, clara y definida, es, sin embargo, combatida por exagerados discípulos de Darwin; la culpa no es del genial naturalista de Schrewbury, sino de los que complican en esto su nombre. Pocas doctrinas han logrado imponerse tan rápidamente como las darwinistas; pero pocas han sido objeto de más torcidas interpretaciones por parte de sus enemigos, y aun de algunos de sus partidarios.

Las aplicaciones que de ellas pretende hacer la escuela sociológica llamada "darwinismo social", son exageradas; se olvida que el fenómeno biológico entra en la determinación del fenómeno social, pero no lo constituye por completo, pues éste es más complejo. Sus partidarios constituyen la extrema izquierda del organicismo. Algunos sociólogos—Novicow, Lilienfeld y otros—han llegado a convencerse de la identidad absoluta entre los agregados orgánicos y los agregados sociales, entre organismo y sociedad; han excedido a Spencer, no concediendo siquiera que las sociedades sean superorganismos.

Consecuentes con sus premisas, los sociólogos representantes de esa tendencia sostienen que la lucha por la vida es la ley superior de la evolución en los agregados sociales, en la misma forma que en la evolución de los agregados orgánicos. El progreso de la especie vendría a ser un resultado del conflicto permanente en que viven los individuos entre sí, los individuos y los agregados sociales, los agregados entre sí.

Ese criterio, tomado en su expresión absoluta, no es verdadero, no corresponde a la realidad, tal como la observamos. Estudiando la evolución de los grupos sociales, se ve que frente al principio de antagonismo, encarnado aisladamente en la conocida máxima de Hobbes, aparece y se desarrolla progresivamente otro principio compensador, el principio de la solidaridad social, fundado en la utilidad de la asociación para la lucha por la vida.

En ninguna mente que ha llegado a comprender el hecho natural de la evolución de las especies, cabe la idea de suponer que la asociación y la solidaridad aparecen inesperadamente en la evolución de la especie humana, como si un fiat misterioso interviniera para modificar su curso; ellas tienen sus manifestaciones rudimentarias en el reino vegetal, se definen claramente en las especies animales llegadas a cierta etapa evolutiva, y, por fin, asumen importancia mayor en la evolución humana, influyendo sobre las condiciones de desenvolvimiento de la lucha por la vida, su principio antagonista.

Sin desconocer, pues, que la lucha por la vida preside la evolución biológica, sabemos que ella se atenúa y modifica toda vez que las especies animales adquieren la aptitud para vivir en sociedad; este fenómeno, representado en la esfera psicológica por el desarrollo del sentimiento de solidaridad social, determina una superioridad de la especie en que se produce. Houssay ha demostrado el hecho en la Revue Philosophique; aun negando que Ésa sea la causa determinante de la prosperidad de una especie, es fuerza reconocer que ambos hechos son paralelos y están íntimamente ligados. Una especie animal puede considerarse tanto más "civilizada" cuanto más complejas son las industrias que practica; esa intensificación de la actividad de la especie es la prerrogativa de los animales capaces de asociarse constituyendo una "sociedad", que Espinas define: la cooperación permanente que se prestan, para una misma acción, individuos separados. En la imposibilidad de extendernos sobre este punto, bástenos recordar, otra vez, los excelentes estudios de De Lanessan; ellos demuestran el desarrollo creciente, en la vida biológica, del principio de la asociación, fundado en la cooperación y la solidaridad, frente al principio de la lucha, fundado en el antagonismo. El hecho es claro para quien observe el conjunto general de los fenómenos, sin descender a sutilezas que aparentemente pueden contrariar, sin anularlas nunca, el valor de las leyes generales.

Si eso ocurre en otras especies, en la humana la asociación para lucha, con su correspondiente solidaridad social, alcanza un desarrollo aun más importante, modificando las manifestaciones de la lucha por la vida. Este principio, predominante en la evolución de muchas otras especies, atenúase gradualmente en la evolución de las sociedades humanas. Los datos de la biología pierden parte de su valor cuando son aplicados a los fenómenos sociales; y aun cuando se aceptara considerar a la sociedad como un organismo—por comodidad más bien que por rigurosa analogía—deberían evitarse algunos errores difundidos por los partidarios del "darwinismo social".

"Los discípulos del gran naturalista inglés,—dice Colajanni,—falseando o exagerando sus enseñanzas, no vacilaron en transportar la ley de lucha por la vida del terreno biológico al de la sociología; pero conviene agregar que la adulteración de los principios del maestro no se debe a los naturalistas, sino más bien a historiadores, economistas, filósofos y moralistas, que, si no deben calificarse de incompetentes, pueden, por lo menos, considerarse sospechosos. De esas extravagancias ultradarwinistas dan ejemplo los epígonos, que llegan hasta afirmar, con Hellwald, que todas las representaciones psicológicas del mundo y de la vida son igualmente exactas y justas, teniendo razón todo el mundo, pues todos luchan por la vida. Semejantes exageraciones, mezcladas por algunos con sofismas de Hegel, sobre la glorificación de la guerra y de la fuerza brutal, dan al moderno "darwinismo social" un carácter de sectarismo científico, que le ha valido críticas muy severas, especialmente de Tarde.

Se impone señalar frente al principio de la lucha por la vida, el desarrollo de ese otro que aparece ya en las especies animales más prósperas. Rudimentario en las primeras etapas de la asociación humana, por la escasez de los medios de subsistencia naturales y el insuficiente desarrollo de la producción artificial, tiende a adquirir cada vez mayor importancia y se acrecienta en las formas superiores de civilización.

Las doctrinas organicistas de Spencer y Schaffle no contradicen, en rigor, las nociones expuestas; si hay aparente contradicción entre ellas, basta un examen despreocupado para llegar a establecer su concordancia real. El error está en los discípulos, según esa ley fatal que lleva siempre a los secuaces más lejos de donde quieren los maestros; así encontramos a Lilienfeld, Worms[12], Ammond, Novicow y otros, empeñados en exageraciones insostenibles, que han dado más vigor a la tendencia contraria, representada por espíritus como Loria, Tarde, Krauz, Stein, Asturaro, Krusinsky, Colajanni, Ardigó, Vanni, Ferri, De Greef, Groppali y muchos más.

Por otra parte, no es nueva la doctrina que niega a la lucha por la vida el primado en la evolución de las sociedades humanas. El mismo Russell Wallace—el más darwinista de los darwinistas,—al estudiar la selección natural, reconocía que "al pasar el dintel de la humanidad, la ley de lucha por la existencia debe ceder el cetro a alguna otra ley superior"; esta opinión es recordada a menudo por los adversarios del darwinismo social. Si la solidaridad en la asociación para la lucha es el primer requisito de la prosperidad de una especie, es natural que la encontremos sumamente desarrollada en la especie más próspera, más evolucionada de toda la escala zoológica: el hombre. Todo lo que se sabe de prehistoria y etnografía autoriza a pensar que el hombre jamás vivió aislado de sus semejantes, o luchando permanentemente contra ellos; Robinson Crusoé es un símbolo novelesco del individualismo à outrance, pero no representa una forma posible de existencia humana. La autonomía absoluta, solamente posible en las condiciones de vida del personaje creado por Daniel de Föe, sobre ser un absurdo, sería la más insufrible de las desdichas para el hombre sano. En la soledad de su prisión, Silvio Pellico pudo establecer buena amistad con las arañas, pero le alentaba la esperanza de volver algún día a la sociedad de sus semejantes.

Sea como fuere, el estado normal del hombre es la vida en sociedad.

La organización de los primeros agregados sociales ha sido una espontánea adaptación colectiva a las condiciones del medio. Escaseando los medios de subsistencia, el agregado social los produjo artificialmente; ese aumento de capacidad productiva fomentó la asociación para la lucha, imponiendo las primeras divisiones del trabajo social y la escisión de la sociedad en clases. La lucha, atenuada gradualmente, ha persistido; se encuentra subordinada a la insuficiente capacidad productiva del hombre, que no permite la satisfacción ilimitada de las necesidades individuales.

Las condiciones actuales de lucha por la vida entre los hombres no son eternas. Todo induce a creer que la asociación de los individuos para luchar contra la naturaleza, haciéndola más productiva, es condición esencial para el incremento de los agregados humanos y tiende a aumentar la solidaridad entre los individuos del grupo, entre los grupos de la raza y entre las razas de la humanidad.

Este principio es tan natural como el otro. Nace de la conveniencia de asociar las fuerzas individuales para intensificar el trabajo social; es la tendencia a obtener un máximum de bienestar con el menor esfuerzo posible; y éste, en nuestro entender, es el objetivo supremo de todas las voliciones humanas.

A esta manera de pensar conduce la ley de evolución según la menor resistencia, ley que es universal. Preferimos este criterio al que subordina la atenuación de la lucha por la vida a causas morales metafísicas, como ser el crecimiento progresivo del "altruísmo", concebido como vaga antítesis del "individualismo" no obstante ser su forma más elevada y perfecta.

Podemos, en definitiva, afirmar: en las sociedades humanas se atenúa progresivamente la lucha por la vida, al mismo tiempo que se intensifican los resultados de la asociación para la lucha contra la naturaleza.

He aquí representadas en un sencillo cuadro gráfico las ideas que acabamos de exponer. (Diagrama 1.)

1.º. La estática social, en cada momento de la evolución de los agregados humanos, es la resultante de la combinación del antagonismo social (inherente a la lucha por la vida), y la solidaridad social (inherente a la asociación para la lucha).

2.º. La dinámica social, en el movimiento de la evolución, está representada por un desarrollo creciente de la asociación para la lucha, equilibrado por una atenuación progresiva de la lucha por la vida.

III.—EVOLUCIÓN DE LOS MEDIOS VIOLENTOS Y FRAUDULENTOS DE LUCHA POR LA VIDA

Establecido que la lucha por la vida entre los hombres se atenúa por el desarrollo de la asociación para la lucha, examinemos cómo se produce ese fenómeno.

La lucha por la vida resulta de la acción combinada de los medios violentos y fraudulentos usados por los hombres para luchar, aisladamente o en grupos.