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La simulación en la lucha por la vida

Chapter 9: V.—CONCLUSIONES
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El ensayo analiza la simulación como estrategia de supervivencia, describiendo su origen y manifestaciones en la naturaleza —homocromía, mimetismo y otras adaptaciones— y su traslación a las sociedades humanas en formas colectivas e individuales. Ofrece una tipología psicológica de los simuladores, distingue variantes por adaptación, temperamento y patología, y examina la simulación de estados médicos y legales, incluyendo la falsificación de enfermedades. Concluye con un estudio sobre la evolución histórica de estos recursos fraudulentos, valorando su utilidad práctica y señalando límites éticos y sociales que condicionan su persistencia.

Cap. I.—Simulación y lucha por la vida

I. La lucha por la vida.—II. Medios ofensivos y defensivos en la lucha por la vida.—III. Aspectos accidentales, instintivos y voluntarios de los fenómenos de simulación.—IV. Su valor como medio de lucha por la vida.—V. Conclusiones.

I.—LA LUCHA POR LA VIDA

En el progresivo desarrollo del pensamiento humano pocas nociones han sido tan fecundas para el conocimiento del hombre y de la sociedad como las derivadas de las ciencias naturales. De crasos errores primitivos, fundados sobre una observación superficial o una escasa experiencia, se ha marchado, gradualmente, a través de errores cada vez más cercanos de la verdad, hacia una comprensión, lenta pero inevitable, de la realidad que impresiona nuestros sentidos. Así lo observamos en todas las ciencias.

Ocurre eso mismo en biología. Cuando Linneo osa afirmar: Nulla species novae, species tot sunt diversae quot diversas formas ab initio creavit infinitum ens, encuentra favorable acogida entre los naturalistas, surgiendo en apoyo de su doctrina los trabajos respetables de Cuvier y de Agassiz. No se podría, ante la doctrina linneana, negar o desconocer que ella señaló una etapa de aproximación a la verdad; baste pensar en las absurdas divagaciones de los antiguos naturalistas, cuya concepción del origen de los seres orgánicos reducíase a la generatio ex-putredini, y cuyas nociones sobre la diversidad de las formas se exteriorizaban en la suposición de incongruentes metamorfosis.

Mas las ciencias naturales, después de la teoría linneana, tenían un largo sendero que recorrer, antes que el conocimiento del mundo biológico alcanzase la comprensión exacta de la evolución de las formas vivas. Lamarck formuló, por vez primera, la doctrina de la variabilidad de las especies, mostrando la influencia del medio sobre la variación de las formas. Medio siglo más tarde, Darwin cimentó la teoría, incorporándole el fundamental concepto de la lucha por la vida y la consiguiente selección natural. Las obras del segundo, por ser más documentadas, lograron despertar ardientes discusiones entre los estudiosos, y el resultado final fué, en breve transcurso de años, la aceptación del núcleo fundamental de la teoría. De entonces acá, la doctrina de la variabilidad de las especies, o transformismo, ha sido confirmada por todas las ciencias biológicas, sin que la afecten en lo fundamental todas las disputas que le han promovido sus adversarios sobre cuestiones de detalle.

Limitándonos a consignar los hechos e ideas que reputamos base indispensable para nuestra teoría de la simulación, considerada como medio fraudulento de lucha por la vida, diremos, brevemente, las líneas generales de la doctrina darwiniana en lo que a esta última se refiere. Siendo ella la premisa que sustenta todo el desenvolvimiento de este ensayo, no será superfluo sintetizarla con claridad, definiendo de manera precisa el punto de partida de nuestras aplicaciones ulteriores.

Los naturalistas admiten, concordemente, que las causas principales de la evolución son tres: la variación, la selección y la herencia. La variación es un resultado de la adaptación al medio, que varía a su vez más o menos lentamente; la selección natural es un resultado de la lucha por la vida y determina la supervivencia de los mejor adaptados; la herencia transmite los caracteres adquiridos y sin ella es inconcebible la evolución de las especies. Aunque sería fácil repetir, de segunda mano, los fundamentos de la teoría de Darwin sobre la lucha por la vida y la selección natural, conviene, para mayor fidelidad, remontar a la fuente de origen, resumiendo en un párrafo las propias expresiones del gran naturalista.

La lucha por la existencia resulta inevitablemente de la rapidez con que todos los seres vivos tienden a multiplicarse. Nace un número de individuos mayor del que puede vivir, y de ello proviene, en cada caso, la lucha por la existencia, ya sea con los individuos de la misma especie, ya con los de especies diferentes, y sometida, en ambos casos, a las condiciones físicas del medio ambiente en que ellos viven. Es la doctrina de Malthus aplicada, en toda su intensidad, a los seres de los reinos animal y vegetal, por no existir entre ellos la aptitud de producir a voluntad los medios de subsistencia, ni otros factores éticos que pueden atenuarla entre los hombres. Obsérvese que la frase "lucha por la existencia" está empleada en sentido general y metafórico, involucrando las relaciones de recíproca dependencia entre los seres organizados, y dos hechos, aun más importantes: la supervivencia de los individuos mejor adaptados y su capacidad para dejar descendientes. Puede afirmarse con seguridad que los animales carnívoros, en tiempo de escasez, luchan entre sí, disputándose los alimentos necesarios para su existencia; también podrá decirse que una planta, en el borde del desierto, lucha por la existencia contra la sequedad, aun cuando fuera más exacto decir que su existencia depende de la humedad; con mayor exactitud diríamos que una planta, al producir anualmente un millón de semillas, de las cuales solamente una consigue desarrollarse y madurar a su vez, lucha con las plantas de la misma especie, o de otras, que ya cubren el suelo. El musgo depende del manzano y de algunos otros árboles; solamente de una manera figurada podrá decirse en este caso que el manzano lucha contra los otros árboles, por hospedar al musgo, pues si un gran número de parásitos se radican sobre un mismo árbol, éste languidece y acaba por morir; pero de muchos musgos que crecen juntos sobre una misma rama y producen semillas, puede decirse que luchan el uno contra el otro. Siendo los pájaros los diseminadores de las semillas de un árbol dado, la existencia de esta especie depende de ellos, y, figuradamente, puede decirse que ese árbol lucha con los demás frutales, pues interesa a cada uno de ellos atraer los pájaros para que coman sus frutos y diseminen de esa manera sus semillas. Empléase, pues, para mayor comodidad, el término "lucha por la existencia" en los diferentes sentidos apuntados, confundiéndose los unos con los otros. ("El Origen de las Especies", cap. III). En esa lucha por la vida, en que se multiplican y se destruyen las más diversas manifestaciones de la existencia orgánica, desde el bacterio y la amiba hasta la encina y el hombre, sucumbe la inmensa mayoría de los gérmenes capaces de generar nuevos individuos. A pocos reserva la Naturaleza el derecho de alcanzar la plenitud del desenvolvimiento biológico y de transmitir sus caracteres a sus descendientes.

Para completar el concepto expuesto por Darwin, acudamos a Wallace, que es fuente autorizada, para comprender de qué manera las diferencias individuales determinan la selección de la especie y la supervivencia de los más aptos, o mejor adaptados. Si todos los individuos de cada especie—dice—fueran completamente semejantes entre sí, podríamos afirmar que la supervivencia sería una cuestión de azar; pero esos individuos no son semejantes. Los vemos diferenciarse, distinguirse de muchas maneras. Algunos son más fuertes, otros más rápidos, otros más astutos, otros de constitución más robusta. Un color obscuro permite a algunos ocultarse fácilmente; una vista penetrante permite a otros descubrir su presa a mayor distancia, o escapar de sus enemigos con más facilidad que sus compañeros. Entre las plantas, las más pequeñas diferencias pueden ser útiles o perjudiciales. No podemos dudar de que, tomando en cuenta lo apuntado, cualquiera variación bienhechora dará a quienes la poseen mayor probabilidad de sobrevivir a la terrible prueba por que deben pasar; alguna parte puede quedar en manos del azar, pero al fin y al cabo, el más apto sobrevivirá. ("El Darwinismo", cap. I.)

La selección natural se continúa en la especie por la conservación y la transmisión de los caracteres útiles a cada individuo, según las condiciones del medio que actúa sobre él en los varios períodos de la vida. Todo ser—y éste es el sentido natural de lo que podemos llamar progreso biológico—tiende a perfeccionarse en su adaptación al medio; este perfeccionamiento conduce de una manera natural al progreso de la organización del mayor número de los seres vivientes en el mundo entero. (Darwin, ob. cit., cap. IV).

El origen de las variaciones individuales que permiten la mejor adaptación ha sido objeto de explicaciones diversas, así como el mecanismo de su transmisión hereditaria. La reseña crítica de las doctrinas respectivas sería, por cierto, interesante; mas no son estas páginas la oportunidad para hacerla, no siendo ello indispensable para el objeto especial de nuestra investigación. Baste mencionar, entre otras hipótesis dignas de consideración, las formuladas por los propios Lamarck y Darwin, por Kolliker, Wagner, Naegeli, Weissmann, Mantegazza, y por otros defensores de las modernas escuelas neolamarckiana y neodarwiniana.

En la naturaleza, la variabilidad individual, la herencia de las variaciones mejor adaptadas y la selección en la lucha por la vida, se combinan para determinar la evolución de las especies vivas, según la mayor o menor adaptación de sus caracteres al medio en que viven.

La variación fué certeramente definida como el elemento "activo" de la evolución, en cualquier época de la vida actúe, embrión o ser vivo, y de cualquier causa dependa, cósmica o fisiológica. La herencia, en cambio, es el elemento "conservador", que permite la acumulación de las variaciones útiles, transmitiendo los caracteres ya probados en la lucha por la vida de individuos que decaen a otros individuos nuevos. La vida de una especie podría compararse a la de un individuo perpetuamente joven, como si el desgaste orgánico por la incesante actividad de la vida se compensara por un proceso de renovación total, que le mantuviese capaz de sostener nuevas luchas y de adquirir nuevas variaciones útiles. La selección, elemento "perfeccionador", es un principio de primordial importancia por su universalidad; actúa, de manera constante, para la conservación de las formas y funciones útiles, sean cuales fueren las causas a que se atribuyan las variaciones. Se ha insistido, justamente, en que es erróneo considerar a la selección como causa determinante de la variación; ella sería "el timón de la evolución, mas no su fuerza propulsora".

De lo expuesto recogemos un concepto fundamental: todos los seres vivos luchan por la vida. El hombre, lo mismo que las otras especies, está sometido a ella; las sociedades humanas, lo mismo que las otras sociedades animales. Individuos y naciones, partidos y razas, sectas y escuelas, luchan por la vida entre sí, para conservarse y crecer, para amenguarse y morir. La lucha por la existencia en las sociedades humanas es un hecho innegado, manifestándose con caracteres semejantes a los que reviste en el mundo biológico; tal verdad es igualmente admisible por los creyentes de la doctrina biosociológica de Spencer, para quienes las sociedades humanas son simples superorganismos, como por los que aceptan la primacía de los fenómenos económicos en la constitución social, con o sin la teoría de la lucha de clases, que es uno de los fundamentos del mal llamado "materialismo histórico". En verdad—y oportunamente volveremos sobre ello—la lucha por la vida en la especie humana se modifica, porque ella tiene la posibilidad de producir sus propios medios de subsistencia, subordinando la lucha al incremento de su capacidad productiva; aptitud que, en última instancia, determinará la transformación o atenuación de ciertas formas de lucha por la vida en el porvenir.

No comentaremos, por ahora, la extensión que ha dado De Lanessan al concepto darwiniano de la lucha por la existencia; en el mundo inorgánico, entre los minerales, encuentra que esa lucha existe, entendida, naturalmente, en el sentido figurado, atribuídole por el mismo Darwin. Bástenos señalar la evidencia del hecho en el mundo orgánico, en los reinos vegetal y animal.

Sintetizados así, rápidamente, los principios del evolucionismo biológico, dejamos planteado el que nos servirá como punto de partida para el desarrollo de nuestras observaciones: La lucha por la vida es un fenómeno general en todos los seres vivos.

II.—MEDIOS OFENSIVOS Y DEFENSIVOS EN LA LUCHA POR LA VIDA

Donde hay vida, hay lucha por la vida. En todos los casos la Naturaleza ha provisto a los seres vivos de medios ofensivos y defensivos útiles para la supervivencia de los mejor adaptados a las condiciones del medio; no siempre son los más fuertes, considerada la fuerza en un sentido mecánico o cuantitativo, sino los más diestros o astutos para substraerse a las infinitas causas destructivas que gravitan sobre los seres vivos, o los más hábiles para proveer a la propia alimentación. En esa lucha, directa o indirectamente combatida, los seres vivos emplean recursos de índole variadísima. Recorriendo la serie evolutiva de las especies animales y vegetales, se ven dos grandes categorías de recursos: los unos a base de fraude, los otros fundados en la violencia.

La intensificación de la lucha por la vida, por el aumento numérico de los individuos que tienen análogas necesidades, estimula el perfeccionamiento y desarrollo de los medios de lucha. La adquisición de un carácter ventajoso, ofensivo o defensivo, coloca a su poseedor en condiciones favorables para el éxito, asegurando su vida y su reproducción, y transmitiendo, mediante esta última, el nuevo carácter adquirido, que será igualmente provechoso a su descendencia. Y, en efecto, en toda especie viva, los individuos más robustos, más ágiles, más astutos, más prudentes, según las circunstancias especiales en que luchan por la vida, tienen más probabilidades de sobrevivir.

De todos esos medios, usados para la adaptación, algunos son verdaderas armas punzantes, lacerantes, cortantes o contundentes: aguijones, sierras, dientes, probóscides, aparatos eléctricos, etc. En otros casos trátase de recursos defensivos: autotomía evasiva, posiciones o actitudes especiales, defensas químicas, aparatos venenosos, secreciones urticantes o tóxicas. Otras veces es utilísima la fuerza muscular; la agilidad en el ataque y la defensa pueden ser decisivos para el triunfo en la lucha por la vida. Otros seres vivos, animales y vegetales, se asocian con individuos de la misma o de otras especies diferentes, para luchar mancomunados contra peligros comunes; etcétera, etcétera.

El uso de estos medios de lucha tórnase cada vez más complejo a medida que las especies adquieren una estructura orgánica complicada. En el reino animal, las funciones biofilácticas, o defensivas de la vida, se acompañan de un desenvolvimiento psíquico progresivo, mejor acentuado desde que aparece un sistema nervioso encargado de regir la unidad del ser vivo, su individualidad. Culmina este desenvolvimiento en la especie humana, que por su estructura cerebral y sus funciones mentales está colocada en el término del phylum más evolucionado de los vertebrados; esa circunstancia hace que en el hombre los medios de lucha por la vida sean más complejos que en las demás especies animales, pues su inteligencia le ha permitido reforzar los deficientes, suplir los ineficaces e imaginar medios artificiales de aumentar su propia capacidad ofensiva y defensiva. Limitados sus medios físicos de lucha por la dimensión de su organismo, por su sistema óseo y muscular, por su resistencia a la fatiga, ha centuplicado su fuerza oponiendo la inteligencia a los seres enemigos que pueblan el ambiente; pero al mismo tiempo, en la lucha entre hombre y hombre, entre sociedad y sociedad, ha perfeccionado casi ilimitadamente sus medios de lucha mediante la mentira y el fraude, la astucia y la simulación.

En ninguna otra especie animal se presenta bajo más múltiples aspectos la lucha por la vida; sólo en el hombre los medios de lucha llegan a ser un producto casi puramente intelectual. Y, como es fácil de comprender, la violencia física personal sigue siendo lo esencial en la lucha entre los salvajes, entre los niños y entre las personas incultas, a la vez que los medios de lucha se tornan más intelectuales en las sociedades civilizadas, en los adultos y en las personas cultas. Se produce, en otras palabras, una evolución que tiende a hacer primar las aptitudes mentales sobre las aptitudes físicas.

Cerremos este parágrafo, cuyo minucioso análisis pudiera prolongarse indefinidamente, afirmando que: todos los seres que luchan por la vida poseen medios ofensivos y defensivos adaptados a las contingencias habituales de la lucha.

III.—ASPECTOS ACCIDENTALES, INSTINTIVOS Y VOLUNTARIOS DE LOS FENÓMENOS DE SIMULACIÓN

Cada medio de lucha alcanza desigual difusión en las diversas especies vivas; algunos están generalizados, otros son patrimonio de pocas especies. Aquí predominan los medios fundados en la violencia; allá los que se asemejan al fraude. La posibilidad de este último implica cierto desenvolvimiento mental y aumenta en proporción a él; por eso lo observamos especialmente en el hombre, y al apreciarlo en otras especies animales usamos palabras cuyo valor originario es esencialmente humano.

Dentro del fraude, que es un término genérico, podemos distinguir diversas formas fundamentales, diferenciadas, aunque vinculadas entre sí por formas intermediarias. La simulación y la mentira son ramas nacidas del tronco común del engaño, de la astucia, en abierta oposición con la violencia. Sin embargo, pueden diferenciarse sus manifestaciones.

La mentira—estudiada en sus grandes manifestaciones sociales por Nordau—es una forma de fraude exteriorizado mediante el lenguaje; la mentira se dice, no se hace. Los diccionarios académicos definen la mentira: "expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, cree o piensa"; y el verbo mentir: "decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa". Indúcese, claramente, y así el uso lo consagra, que la mentira es, en suma, una forma de fraude exteriorizada mediante las diversas formas del lenguaje, hablado o escrito.

Antes de definir la simulación conviene que la distingamos también de la imitación, cuya importancia en la evolución de los agregados sociales estudió agudamente Tarde. Ella consiste en hacer algo a semejanza de lo imitado, que sirve de modelo. Las mismas Academias dicen textualmente del verbo imitar: "ejecutar una cosa a ejemplo o semejanza de otra". La imitación se refiere al hecho en sí mismo, en su realidad: imitar una buena o mala acción significa hacer otra realmente buena o mala.

Cuando no se ejecuta a semejanza de otra, pero se finge hacerlo, hay simulación, fenómeno cuyas manifestaciones estudiaremos en este ensayo. El diccionario académico explica con demasiada pobreza este vocablo: "acción de simular". De este verbo solamente dice: "representar una cosa, fingiendo o imitando lo que no es". En la voz "fingimiento" léese: "simulación, engaño o apariencia con que se intenta hacer que una cosa parezca diversa de lo que es". Definiciones imperfectas, todas ellas. Convendría decir, de manera general, que en la simulación: las apariencias exteriores de una cosa o acción, hacen confundirla con otra, sin que efectivamente le equivalga. El actor dramático que desempeña en la escena un papel de homicida—Otelo, pongamos por caso,—no imita a Otelo, pues ello significaría dar muerte a la actriz que hace de Desdémona; el actor simula matar. Sólo si matara de verdad, sería imitador del personaje que representa; el que imita una acción ajena, buena o mala, no simula; no aparenta hacerla, la hace en realidad.

Creemos que ese breve ejemplo, sencillo para mayor claridad, basta para poner de relieve la diferencia entre imitación y simulación, entre el hecho real de la una y la simple apariencia de la otra. Pero en la observación corriente suelen transgredirse esas distinciones, por no existir una línea divisoria que separe de manera absoluta lo uno de lo otro.

Partiendo de esta definición entremos a nuestro tema.

Las múltiples formas de simulación pueden escalonarse en diversos grupos, según se las estudie en sus diversas fases, de las más sencillas hasta las más complicadas; fácil es advertir sus cambios a través de lo que podríamos llamar su "filogenia". En sus manifestaciones simples y primitivas preséntase como un fenómeno accidental: una apariencia útil, un parecido benéfico; la vemos, después, revestirse de formas progresivamente complejas: una apariencia que protege de manera estable y general; y ser, por fin, voluntaria y consciente: deliberadamente ejecutada para beneficiarse en la lucha por la vida.

En los fenómenos del mundo inorgánico las simulaciones son casuales, careciendo de valor selectivo. La lucha por la vida sólo existe allí por la analogía con la lucha propia de los seres organizados, y en sentido metafórico; la simulación no puede ser, en manera alguna, un medio habitual de lucha por la vida. En esas manifestaciones inferiores, la simulación es un accidente y la palabra que lo denomina pierde todo sentido psicológico, pues el hecho es involuntario e inconsciente; no podría ser de otro modo, produciéndose en cosas que carecen de conciencia y de voluntad. Inútil sería insistir sobre la verosimilitud de las diversas hipótesis panpsiquistas y los ensayos de psicología atomística que pretenderían dar psiquis y conciencia a todo lo existente; esos juegos de palabras son posibles llamando psiquis y conciencia a cosas que no lo son, y quitando a esos vocablos su significación psicológica, perfectamente determinada; los bonitos poemas filosóficos a que nos referimos carecen de fundamentos que permitan elevarlos a la dignidad de teorías científicas.

También suelen ser inconscientes e involuntarios los fenómenos de simulación observables en los seres vivos menos evolucionados; así se la encuentra en los vegetales. Conviene, sin embargo, señalar que ese mimetismo vegetal puede tener una influencia selectiva en la supervivencia de los mejor adaptados a las condiciones de la lucha por la existencia. No admitimos que la simulación pueda ser consciente y voluntaria en los vegetales, por no observarse en ellos fenómenos revestidos de esos caracteres, aunque teóricamente el hecho pudiera admitirse como posibilidad. Son conocidas las importantes discusiones sobre la sensibilidad e inteligencia de los vegetales, fundadas en observaciones del mismo Darwin, que concedía a la radícula de los vegetales la propiedad de sentir, discernir y elegir.

En principio, si las funciones psíquicas existen ya, aunque en forma elemental, en los más ínfimos organismos vivientes, como funciones propias de la sustancia viva elemental, del protoplasma, no hay motivo para negar a los vegetales—evolucionados desde formas simples, en que los protofitos y los protozoos tuvieron probablemente un origen común—funciones psíquicas elementales, no desarrolladas por ser innecesarias a la forma especial de evolución que caracteriza al reino vegetal. Y es bien claro que "funciones psíquicas" no equivale a funciones conscientes o voluntarias.

Se explica que, arrancando de estas ideas, seriamente discutibles, un gran imaginativo, Augusto Strindberg, formulara sus experimentos destinados a establecer la existencia de funciones nerviosas y psíquicas en los vegetales.

La simulación determina en el reino animal importantísimas selecciones, realizadas mediante fenómenos de homocromía (semejanzas de color) y de homotipía (semejanzas de forma), que en conjunto constituyen el mimetismo. Muchas veces éstos tienen carácter consciente, aun siendo involuntarios. Solamente en pocos casos pueden calificarse de conscientes y voluntarios; entonces representan un medio de lucha por la vida elegido por el animal, que lo considera el más ventajoso de cuantos puede utilizar.

Entre los hombres agregados en grupos sociales, vivientes en sociedad, la simulación es frecuentísima como fenómeno consciente y voluntario.

Este doble carácter permite simulaciones cuyos resultados pueden invertir la selección natural; gracias a ésa y a otras formas de fraude, tórnase posible la supervivencia de individuos inferiores, débiles y degenerados de toda clase, supervivencia bien descrita por Sergi; es el fenómeno que, actualmente, en sociología, suele llamarse de selección invertida, "à rebours".

Las simulaciones en la sociedad humana y la psicología de los hombres simuladores, constituyen el tema propio de este ensayo; insistir sobre ellas sería anticiparnos.

Antes de penetrar a ese mundo de ficción y de mentira, en que todos, buenos y malos, se ven obligados a simular, aunque más los malos que los buenos, detengámonos en una explicación no superflua. Al exponer la doctrina de la "lucha por la vida", dijimos que debía entenderse en sentido figurado, como expresamente lo manifestó Darwin al enunciarla. De igual manera hablando de simulación como medio de lucha por la vida, conservamos a la frase su originario sentido figurado; de otra manera, en sentido literal, sólo podría hablarse de lucha y de simulación al referirse a fenómenos humanos, que fuesen conscientes y voluntarios. Lucha y simulación son, en efecto, palabras que se refieren a la conducta humana; por extensión aplica Darwin la una, y por extensión aplicaremos aquí la otra, sin pretender que todas las formas de simulación deban ser iguales a las usadas por el hombre fraudulento que engaña a sus semejantes.

Los fenómenos de simulación solamente revisten caracteres de conciencia y voluntariedad cuando la lucha por la vida llega a ser consciente y voluntaria. Existe, pues, cierto paralelismo entre los caracteres de la lucha y los medios en ella usados; hay una creciente complejidad en los fenómenos de simulación, partiendo de los accidentales hasta llegar a los voluntarios.

Conviene antes de terminar decir dos palabras sobre una cuestión accesoria a primera vista, pero de indudable utilidad antes de entrar al análisis de la simulación en la lucha por la vida, pues nos permitirá reforzar la serie de fenómenos que estudiamos, evidenciando más su difusión en la naturaleza y en la vida social.

Entre simular y disimular no existe, en realidad, ninguna diferencia[2], y menos el antagonismo que podría sospechar quien se atuviera a la forma aparente de ambas palabras. Y decimos aparente, pues en casi todos los léxicos disimular corresponde aproximadamente a simular, aun haciéndose entre ambos vocablos algún distingo de poco valor. Simular: "arte usada con astucia por el hombre a fin de mostrar, en los actos y en las palabras, todo lo contrario de lo que se tiene en el espíritu, sea en bien o en mal". Disimular: "arte, estudio de esconder el pensamiento propio o algún propósito. Simular. Ficción".

No existe, pues, diferencia ni contradicción alguna entre esos términos; a lo sumo, podrá especificarse que el individuo simula lo que no es, no tiene o no hace, y disimula lo que es, tiene o hace.

Pero considerándolos en relación con la lucha por la existencia, su significado es el mismo: el que simula y el que disimula tratan de ponerse en las mejores condiciones de lucha por la vida, dado el ambiente en que actúan.

Por otra parte, observando los hechos, fácil es advertir que muchas de las llamadas disimulaciones son simples simulaciones de las cualidades contrarias a las disimuladas, y viceversa. El enfermo que disimula su enfermedad para obtener una póliza de seguro sobre la vida, simula en realidad un estado de salud. El zorro que finge dormir para sorprender mejor a su presa, disimula su expectativa y simula el sueño. La libélula que cierra las alas y se posa sobre el verde tallo de una planta, confundida con una hoja cuya forma y color se parecen a los de su cuerpo, buscando no ser vista por sus enemigos, simula ser hoja al mismo tiempo que disimula ser mariposa. El político oportunista que se entusiasma ante los electores, defendiendo doctrinas que en lo íntimo de su caletre considera absurdas, simula las opiniones defendidas y disimula las que profesa.

Para evitar mayor tedio, no proseguimos la enumeración de casos análogos a los citados; ello sería ya innecesario, dada la evidencia del hecho que prueban: la identidad de objeto y de significado entre la simulación y la disimulación como medios de lucha por la vida.

IV.—SU VALOR COMO MEDIO DE LUCHA POR LA VIDA

Los fenómenos de simulación han sido cuidadosamente observados en los animales, gracias a su misma difusión; sin embargo, no han sido todavía bien coordinados, ni se ha dado de ellos una clasificación definitiva.

Si se para mientes en que los diversos aspectos de la actividad humana se encuentran como funciones elementales en la evolución de las especies vivas más simples que el hombre, se comprenderá la importancia que tiene para nosotros el estudio del mimetismo, en sus diversas formas. Ellas nos muestran los primeros esbozos del fenómeno que en el hombre es ya complejo, permitiéndonos rastrear los orígenes y reconstruir la filogenia de la simulación en general.

Los naturalistas que estudiaron el valor de los caracteres cromáticos de los animales para la conservación de la especie, han observado la frecuente homogeneidad de su color con el del ambiente en que viven. Algunos crustáceos, por ejemplo, son rojos cuando viven sobre un alga roja y verdes si el alga es de este color. Los gusanos que frecuentan las hojas verdes tienen este mismo color, circunstancia que los hace difícilmente visibles.

¿Quién no ha descubierto, y acaso aplastado en su niñez, algunas de las orugas que suelen visitar nuestras vides? Otros insectos, por su forma, parécense a los objetos del ambiente en que viven. Entre las mariposas, el hecho va más lejos: algunas especies comestibles poseen los colores y dibujos característicos de otras, protegidas de la gula ornitológica por su mal gusto y olor. Un animal que simula las formas y el color de otro muy temido, encuentra en ello una defensa; otro simula el aspecto de animales notoriamente inofensivos, para ir—lobo bajo piel de cordero—hacia su presa, sin espantarla al mover la ofensiva. Otros, reconocidamente nocivos para los insectívoros, están protegidos por colores vistosos, llamados "premonitorios", que alejan a cuantos enemigos pudieran, por error, perjudicarlos, si no les reconocieran a tiempo. Los hay, por fin, que enmascaran su cuerpo, cubriéndose de objetos o substancias que los disimulan a las miradas de sus enemigos.

Este conjunto de fenómenos, estudiado y subdividido por los naturalistas en varias categorías, es objeto de controversia en cuanto a su origen. Pero hay en ellos algo común que ya nadie discute; es su función misma; siempre se trata de un hecho que es útil al disimulador en la lucha por la vida. Éste es el rasgo indiscutido, designándose el conjunto de estos hechos con el nombre de mimetismo. Algunos naturalistas reservan este nombre para las simulaciones combinadas, de forma y color al mismo tiempo, dando el nombre de homocromía a los fenómenos de simple adaptación al color del ambiente; en ese caso, sería más exacto llamar homotipía al mimetismo propiamente dicho.

Dejando para el capítulo siguiente el examen de la simulación en el mundo biológico, nos limitaremos a fijar un criterio, surgido de la observación, cuya importancia consideramos decisiva, aunque hasta ahora no se haya señalado debidamente: la utilidad de la simulación para el simulador, ya se trate de un fenómeno instintivo (de la especie) o consciente y voluntario (del individuo).

Conviene advertir que la utilidad de la simulación, como medio de lucha por la vida, no es exclusiva de los animales, ni siquiera de los seres vivos.

Supuesto que se admite en el mundo inorgánico la lucha por la existencia—en el sentido metafórico de Darwin, ampliamente aplicado por De Lanessan,—podemos inducir que allí también se encuentran medios de lucha que implican lo que en lenguaje humano se llama fraude.

A primera vista, una observación superficial podría encontrar absurda la pretensión de rastrear el mimetismo en la lucha por la existencia del mundo inorgánico. Esto débese, máximamente, a que se tiene la idea de que sólo podemos referirnos a una simulación o un mimetismo consciente y voluntario, tal como en el hombre se presenta; bastarán, empero, un par de ejemplos para evidenciar la exactitud de nuestra inducción analógica.

Todo lo que existe en el universo lucha por la existencia, en el sentido de estar expuesto a un número mayor o menor de causas destructivas, y poseer más o menos condiciones de resistencia a esas causas. (Sobre esto ilustran, especialmente, De Lanessan y Thoulet, en sus originales estudios). Cada piedra, cada capa geológica, cada roca, encuéntrase en lucha contra mil causas destructivas; si triunfa de ellas, sobreviviendo a su acción destructora, puede decírsela triunfante en la lucha, precisamente porque es mayor su adaptación y su resistencia a las condiciones del medio. Inferiores a ella son aquellas rocas o piedras que no pueden resistir a las causas destructivas y desaparecen; éstas, en el metafórico lenguaje adoptado, son vencidas en la lucha por la existencia.

Entendida así la lucha, que es verdaderamente "universal" en la acepción más rigurosa del término, es fácil observar casos de falsa apariencia que equivalen a simulaciones útiles en la lucha por la existencia; veamos dos ejemplos, fáciles de multiplicar, sin duda.

Remontémonos a la edad de la piedra. Un hombre busca una piedra para convertirla en mazo o en hacha; la encuentra, recógela y acto continuo la transforma en objeto de uso personal; podemos decir, perfectamente, en el sentido adoptado, que esa piedra es vencida en la lucha por la existencia, habiendo terminado su estado natural como producto geológico, individualizado por una forma y un volumen determinados.—Supongamos por un instante que esa piedra, por uno de mil accidentes posibles, encontrárase cubierta de limo, o hubiese germinado sobre su superficie una capa de musgo; el hombre habría seguido su camino, no reconociendo bajo el disfraz del limo o del musgo la piedra buscada. Diríamos, en tal caso, que la piedra ha triunfado en la lucha por la existencia, gracias a una apariencia exterior que le ha servido como medio defensivo contra el instinto utilitario del hombre.

Transportémonos en pleno siglo veinte. Un campesino se interesa por cavar un pozo artesiano. Sabe que cierta capa de tierra, X, es fácilmente perforable, no ignorando las dificultades que rodean la excavación de cierta roca, Z.—Encuentra junto a su casa una capa de tierra X y cava su pozo; la capa ha perdido su integridad geológica y, en sentido metafórico, ha sido vencida en la lucha por la existencia. Mas si por una de tantas causas posibles, el aspecto exterior y visible de la capa de tierra X fuese igual al de la roca Z, el campesino respetaría su integridad, buscando en otro sitio la vía de menor resistencia para cavar su pozo. En tal caso, diríamos que la capa de tierra X ha triunfado en la lucha: su existencia ha sido protegida por un fenómeno de simulación.

Debemos repetir, en verdad, que está muy lejos de nuestra intención el propósito de atribuir a estas apariencias útiles, propias del mundo inorgánico, ningún valor selectivo; sería una exageración no disculpable por el deseo de aquilatar la tesis sostenida. Queremos, tan sólo, establecer las dos proposiciones siguientes: admitida en sentido metafórico una lucha por la existencia entre los inorgánicos, puede encontrarse entre ellos fenómenos que, en el mismo sentido, podemos asimilarlos a los que constituyen la simulación; y cuando existen, pueden ser un medio de lucha por la existencia e influir sobre sus resultados próximos o remotos.

Pasando al reino vegetal, encontramos un panorama diverso; aquí la lucha y la selección obedecen a condiciones más similares a las que dominan en el mundo animal, además de estar recíprocamente condicionada la vida de las faunas y de las floras. Encuéntranse, en efecto, coloraciones de protección y mimetismos de formas de otras especies mejor protegidas, etc.

Las plantas luchan contra el ambiente físico en que viven. Luchan con el reino mineral, sustrayendo al suelo una parte de sus propios elementos; luchan contra los animales que se nutren de ellas y algunas veces les sirven de alimento, como enseña Darwin en su magnífica monografía sobre las plantas carnívoras; y, por fin, luchan entre sí, como resultado de la desproporción entre el excesivo número de gérmenes y los limitados medios de desarrollo y nutrición.

Para esas luchas, la naturaleza ha dotado a las plantas de numerosos medios defensivos: espinas, venenos, aguijones, olores pestilenciales, y más que todo—compensando la deficiencia de los otros medios defensivos—su extraordinaria fecundidad reproductora. No deberá, por eso, creerse que las plantas carecen en absoluto de medios ofensivos análogos a los que en los animales llamamos astutos: muchos podrían catalogarse, a no mediar el ejemplo significativo de las plantas carnívoras, trampas no superadas, en perfección y delicadeza, por el engaño humano.

Limitándonos a las observaciones más significativas, determinaremos el valor de los fenómenos de simulación en la lucha por la vida del reino vegetal.

Numerosas plantas son respetadas por sus enemigos, los animales, porque sus caracteres externos se asemejan a los de otras especies no comestibles. En algunas, cuyas semillas prodúcense en corto número, la superficie de éstas es verdosa, por cuyo motivo los pájaros no pueden verlas cuando yacen caídas entre el césped; de esa disimulación depende la vida de la especie. Hay, en cambio, otras semillas, y no pocas, cuya actividad germinativa aumenta atravesando el tubo digestivo de los pájaros que las ingieren, pues disuelven su cutícula en las secreciones propias del aparato digestivo; estas semillas poseen exterioridades atrayentes, colores vivos, equivalentes a la coloración protectora de los animales. Pero en la naturaleza van más lejos estas formas de homocromía útil, semejantes al mimetismo propiamente dicho. Algunas plantas, cuya vida peligraría si inoportunos insectos vinieran a visitar sus flores, salvan ese peligro porque la forma y el color de sus corolas es semejante al de otras flores desagradables o nocivas para los insectos; es un mimetismo de especie a especie, tan protectivo como el que se observa entre los animales.

Ascendiendo a un orden de fenómenos en que es más compleja la manifestación de las luchas vitales, encontramos una riquísima serie de hechos en que la simulación desempeña un papel importante de defensa u ofensa para las plantas. A diario, verbigracia, muchos árboles fácilmente explotables, ya por la facilidad de cortarlos, ya por sus numerosas aplicaciones, son respetados por el hacha del leñador ignorante, sólo por simular sus exterioridades el color y las formas de otros árboles difícilmente explotables como materia prima: es un caso de mimetismo protector. Larga sería la serie de ejemplos que pudiera acumularse de mimetismo vegetal; sobran los enumerados para afirmar que esos fenómenos análogos a los de simulación son un medio de lucha por la vida, al que deben su defensa muchas especies vegetales.

Pasando por alto el mimetismo en las especies del reino animal—que estudiaremos en capítulo especial—vamos a señalar brevemente la posición del problema en el mundo social, en las sociedades humanas. También en ellas domina la lucha por la existencia, aunque se presente atenuada, como dijimos, por la capacidad de reproducir artificialmente sus propios medios de subsistencia.

Y a este propósito, podría enunciarse el siguiente principio: a cada perfeccionamiento de los medios de producción debería corresponder una atenuación de la lucha por la vida entre los hombres.

Es, precisamente, esa verdad la que determina la inexactitud de la ley de Malthus, cuando se la aplica a nuestra especie. Todo, en cambio, induce a creer que las sociedades humanas, en su desarrollo progresivo, irán acrecentando la solidaridad entre sus componentes. Si se abarca, en efecto, la evolución social en una mirada sintética, se advierte que la asociación para la lucha va sustituyendo entre los hombres al antagonismo en la lucha; al propio tiempo, la utilidad colectiva, representada por la "lucha contra la naturaleza", va elevando la capacidad productiva social, de manera que satisfaga las necesidades de un número cada vez mayor de individuos. Niveladas las condiciones sociales de lucha por la vida, la selección será verdaderamente natural, entre los hombres, sobreviviendo los realmente superiores y no los que, independientemente de sus aptitudes personales, se encuentran favorecidos de antemano en la lucha: tal selección, nefasta, es posible en la actualidad, con serio perjuicio para el porvenir de la especie.

Aunque se va operando esa progresiva atenuación, la lucha por la vida ha existido, existe y existirá entre los hombres. Las formas y los medios de la lucha modifícanse día a día, pues ellos no están excluidos de la evolución universal. La tendencia parece ya definida; los medios primitivos de lucha son, principalmente, violentos; se atenúan en los grupos sociales más organizados, en los que va dominando progresivamente la lucha de tipo fraudulento.

Profundizando esta cuestión, encuéntrase, en todas las formas de lucha por la vida, una estricta correlación entre el desarrollo ético y los medios predominantes en la lucha por la vida. A la mayor reacción instintiva del psiquismo inferior corresponde siempre una mayor violencia; a la mayor cerebralidad superior, interpuesta entre el excitante y la reacción, corresponden formas cada vez más complicadas de fraude. La astucia no es una característica de imbéciles o tontos, ni reina entre los escombros mentales del derrumbamiento demencial; florece más bien en las esferas políticas y en los conciliábulos doctorales, siendo un triste privilegio de las personas que por el simple hecho de ser más hipócritas se consideran mejor educadas.

Siendo la simulación un medio astuto de lucha por la vida, se comprende que ha debido seguir un desarrollo progresivo, ascendente, en los pueblos civilizados. Y la civilización—que Edward Charpenter considera, alegando sutiles razones, una verdadera enfermedad de la sociedad humana—preséntase al observador como un terreno fecundo para el desarrollo de las más variadas simulaciones.

La organización social presente no señala, empero, el término de la evolución social; el porvenir está lleno de nuevos progresos, pues ningún hecho impide creer en el advenimiento de otras formas sociales después del presente período de la civilización capitalista. Cuando nuevos regímenes de organización social, surgidos de la intensificación de la capacidad productiva del hombre, atenúen la lucha entre los grupos y entre los individuos, la simulación, como todos los medios de lucha, se atenuará progresivamente, perdiendo su utilidad. Con esta visión optimista del progreso social, creemos que los hombres se alejarán de la mentira y de la simulación a medida que el advenimiento de una moral experimental les permita acercarse a la veracidad y a la sinceridad...

Después de examinar la simulación entre los animales, estudiaremos en sus diversos aspectos la simulación entre los hombres como medio de lucha por la vida.

V.—CONCLUSIONES

Donde hay vida hay "lucha por la vida", concepto que debe entenderse en el sentido amplio y figurado que le atribuyó Darwin. Para esa lucha todas las especies vivientes poseen medios especiales de protección o de ofensa, que adquieren un valor psicológico cada vez más explícito desde las especies inferiores hasta el hombre. Los primitivos medios de lucha son violentos y se complementan progresivamente con medios fraudulentos; entre éstos, uno de los más importantes en la especie humana, es la simulación. En todas sus manifestaciones la simulación es útil en la lucha por la vida y se presenta como un resultado de la adaptación a condiciones propias del medio en que la lucha se desenvuelve.