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La Tierra de Todos

Chapter 10: #VIII#
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About This Book

La novela retrata la vida de un marqués que, instalado en la vida mondana de París con su esposa Elena, enfrenta deudas crecientes y el peso del honor familiar. Mientras la esposa mantiene apariencias y fiestas, la madre en la tierra natal vende los últimos bienes del linaje para sostenerlos. El relato mezcla episodios domésticos y sociales para mostrar la tensión entre la vanidad, la necesidad económica y la nostalgia por un pasado aristocrático en descomposición.

Sus ojos pasaron por varios renglones, sin comprenderlos.

«Una docena de frascos de «Jardín Encantado».

«Idem ídem de «Ninfas y Ondinas».

«Seis docenas de cajas de jabón «Claro de Luna».

El capataz continuó la lectura de las diversas hojas que componían el cuaderno. Al fin empezó á entender su texto, y esta comprensión sirvió para aumentar su asombro, ¡Y para eso le enviaban á Buenos Aires, con orden de volver inmediatamente!…

—¡Padre San Francisco!—murmuró—. Esto no puede ser para una sola hembra. Esto es para todo el harén del Gran Turco.

Pero como le placía el viaje á Buenos Aires, aunque sólo quedase allá unas horas, montó á caballo alegremente, saliendo á todo galope para no llegar tarde á la estación.

De todos los que visitaban por la noche á la marquesa de Torrebianca, el más tranquilo en apariencia era Moreno. Como sus trabajos administrativos sólo le ocupaban verdaderamente una vez por semana, pasaba el resto de ella leyendo en la casita de madera donde tenía su oficina. Era un lector ávido é incansable, capaz de tragarse una novela cada veinticuatro horas, y á veces dos. Su afición á los relatos novelescos de todas clases era antigua; pero se había exacerbado en la Presa á causa de las largas horas de soledad. Todos se iban á trabajar en las inmediaciones del pueblo, dejándolo solo en su rústico despacho.

Después de la llegada de los marqueses de Torrebianca sus predilecciones literarias, indeterminadas hasta entonces, se concretaron en pro de las fábulas que se desarrollan en un ambiente aristocrático, teniendo por héroes á personajes del llamado gran mundo.

Él podía juzgar ahora idóneamente de la verosimilitud de tales historias, pues se rozaba con personas de la más alta sociedad de París.

Algunas veces cesaba de leer y ponía su mirada en el techo con una expresión de éxtasis. El deseo parecía cantar dentro de su cráneo:

«¡Ser héroe de novela!… ¡Verse amado por una gran señora!»

Una tarde, cuando menos lo esperaba, Moreno vió llegar frente á su casa al ingeniero Canterac montado á caballo. A tales horas estaba siempre vigilando las obras del dique. Algo muy importante debía ocurrir para que el capitán viniera á buscarle.

Se acercó el jinete á la ventana junto á la cual leía el oficinista y dió la mano á éste inclinándose sobre su montura. Teniendo por inútiles los preámbulos, dijo inmediatamente, con una sequedad militar:

-He venido á verle cuanto antes para que pueda aprovechar el correo de hoy… Quiero hacer un obsequio á la marquesa. La pobre carece de todo en este desierto, y como usted recordará, nos habló hace poco de lo qué sufre por no tener aquí perfumería de París.

El ingeniero sacó de un bolsillo varios papeles para dárselos á
Moreno.

—Es un extracto de todos los catálogos de Buenos Aires que ha podido proporcionarme el gallego del boliche. Por cierto que tardó mucho en encontrarlos. Debía habérmelos entregado hace tres días, para que usted aprovechase el otro tren… Pero, en fin, vamos á lo que importa. Como usted tiene tantas amistades en Buenos Aires, escriba allá para que envíen todo eso, y descuénteme su importe de mi sueldo de este mes.

Moreno tomó los papeles, haciendo signos afirmativos.

—Creo—siguió diciendo el ingeniero—que no se me adelantará en este obsequio el tal Pirovani, que cada vez resulta más insufrible.

Al marcharse Canterac hacia las obras del dique, Moreno empezó á examinar los papeles. Sus ojos se dilataron de asombro, tomando casi la misma forma circular de las gafas con montura de concha que los cubrían.

Era una larguísima lista, no sólo de perfumes y jabones, sino de toda clase de objetos de tocador. El capitán había entrado por las páginas de los catálogos como en tierra recién descubierta, haciendo suyo lo que encontraba al paso.

—Hay aquí por valor de más de mil pesos—se dijo el oficinista—, y el ingeniero sólo cobra seiscientos al mes.

Su austeridad de hombre de números, metódico y prudente, le hizo indignarse contra esta falta de equilibrio entre los ingresos y los gastos. Pero acabó por sonreir, encontrando natural el despilfarro. ¡La marquesa era tan interesante!… Además, una señora de su alcurnia no podía llevar la misma vida de privaciones de las mujeres del vulgo.

Pasó Moreno el resto de la tarde inquieto y pensativo. Varias veces intentó reanudar la lectura de la novela que traía entre manos, pero el volumen acababa siempre por caer sobre su mesa, cubierta de papeles administrativos. Al fin buscó entre estos papeles un pliego de carta, y frunciendo el ceño con la expresión recelosa de un niño que teme ser cogido en plena mentira, empezó á escribir:

«Mi morocha linda: Envíame lo antes posible, en un paquete, el traje de fraque que me hice cuando nos casamos. La vida ha cambiado aquí completamente. Grandes personajes nos visitan con frecuencia, hay muchas fiestas, y yo deseo presentarme con un aspecto bien como el que más. Esto puede ayudarme en mi carrera y…»

Se detuvo Moreno para rascarse la cabeza con el mango de la pluma. Luego siguió escribiendo, con el mismo gesto infantil de inquietud y remordimiento, hasta llenar las cuatro páginas de la carta.

Todas las noches, en la tertulia de la marquesa, mostraba ahora Pirovani el gesto preocupado del que desea proponer algo y cuando va á hablar se siente enmudecido por la emoción.

Después de una semana de dudas se decidió á formular su deseo, precisamente la noche en que el oficinista esperaba conseguir el mayor éxito de su vida.

Elena llevaba uno de sus trajes descotados, á los que agregaba ó quitaba adornos para que diesen diariamente una impresión de novedad. El ingeniero francés y Torrebianca iban puestos de smoking y Pirovani seguía ostentando su majestuoso frac… Pero ya no era el único en lucir esta prenda. Moreno se había presentado á última hora con el frac enviado por su mujer, pieza modesta que revelaba tener algunos años de vida. Pero de todos modos era un frac, y el del contratista había perdido el privilegio de ser único, lo que puso nervioso á su poseedor, dándole nuevos ánimos para expresar sus deseos.

Watson y Robledo vestían trajes obscuros. Los dos se habían visto obligados á cambiar de ropa todas las noches, para no parecer «inarmónicos»—como decía el español—en medio de esta elegancia absurda creada por la presencia de Elena.

Como el norteamericano estaba fatigado de su trabajo en los canales, tuvo que sofocar numerosos bostezos, y al fin se levantó para retirarse á su dormitorio. Elena le miraba ahora con interés, y no ocultó su despecho al ver que desaparecía, saludándola fríamente, como si nada le importase alejarse de ella.

El aquel momento Canterac estaba retenido por su conversación con el marqués, Moreno hablaba con Robledo, y á Pirovani le pareció oportuno no dejar que transcurriese más tiempo sin exponer á Elena lo que pensaba.

—Temía hablar, señora marquesa; pero al fin me decido, y ¡allá va!…
Este marco es indigno de su hermosura y su elegancia.

Y el contratista abarcó con una mirada de desprecio la habitación y todos sus muebles.

—Si usted quiere, desde mañana puede instalarse en mi casa. Suya es.
Yo me alojaré en la vivienda de uno de mis empleados.

No mostró Elena gran asombro. Parecía que esperase desde mucho antes esta proposición, como si ella misma se la hubiese sugerido lentamente al contratista. Pero no por ello dejó de hacer gestos de protesta, al mismo tiempo que sonreía y acariciaba con sus ojos á Pirovani.

Finalmente pareció ablandarse, y prometió que estudiaría la proposición, consultando á su esposo antes de decidirse.

Esta consulta fué al día siguiente, mientras Robledo y Watson se hallaban en las obras de los canales.

Torrebianca, á pesar de la sumisión con que acogía ordinariamente las proposiciones de su mujer, se mostró escandalizado. Le era imposible aceptar la generosidad de Pirovani.

—¿Qué pensará la gente al ver que nos cede una casa que es su orgullo?…

Y movía su cabeza con enérgicas negativas. Surgió en su interior una repulsión de casta, al pensar que pudiera protegerle aquel compatriota de gustos ordinarios. No le era antipático; pero nunca le admitiría como un igual.

Elena acabó por irritarse, cansada de sus protestas.

—Tu amigo Robledo nos protege, y sin embargo no se te ocurre por eso que pueda murmurar la gente… ¿Qué tiene de extraordinario que un amigo nuevo nos demuestre su simpatía cediéndonos su casa?

Estaba tan acostumbrado Torrebianca á obedecer á su esposa, que bastaron las últimas palabras de ella para quebrantar su resistencia. Sin embargo, aún insistió en sus negativas, y Elena añadió para convencerle:

—Comprendo tus escrúpulos, si la casa fuese regalada; pero es simplemente alquilada. Así se lo he dicho á Pirovani. Tú le pagarás el alquiler cuando la empresa dirigida por Robledo retribuya tus trabajos.

El marqués lo aceptó todo al fin, con un gesto de resignación. Parecía más viejo y más desalentado, como si le royese lentamente una dolencia moral.

—Hágase lo que tú quieras. Mi único deseo es verte feliz.

Al día siguiente visitó su esposa la casa de Pirovani, para conocerla por entero antes de proceder á su instalación en ella.

La recibió el contratista en lo alto de la escalinata, acompañándola después por las diversas habitaciones, pálido de emoción al verse á solas con la «señora marquesa». Ésta, para darse aires de dueña, ordenó inmediatamente á la servidumbre que cambiase algunos muebles de sitio. El italiano elogió su buen gusto de gran dama, guiñando un ojo á la mestiza, su ama de llaves, para que se uniese á esta admiración.

Llegaron al dormitorio que había sido del italiano y en adelante sería de ella. Encima de todos los muebles había grandes paquetes en papel fino, atados y sellados de los que se desprendían gratos olores. Los fué abriendo el contratista, y quedaron visibles docenas de frascos de esencias y de cajas de jabón, así como otros artículos de tocador; todo el encargo enorme hecho á Buenos Aires, que parecía acariciar los ojos con el brillo de sus botellitas de cristal tallado, de sus estuches con forros de seda y pieles finas, de sus etiquetas de oro, al mismo tiempo que cosquilleaban el olfato unos perfumes de jardín sobrenatural.

Ella iba de asombro en asombro, y acabó por reir, lanzando exclamaciones alegres é irónicas.

—¡Qué generosidad!… Hay para poner una tienda de perfumista.

Pirovani, cada vez más pálido, enardecido por esta sonrisa y por la soledad, intentó aproximar su boca á la de ella, besándola. Pero como Elena esperaba desde mucho antes este ataque, le fué fácil repelerlo avanzando sus dos manos enérgicamente, á la vez que decía:

—Eso equivale á quererme hacer pagar el alquiler de la casa, como un vil comerciante. En tal caso, ya no hay regalo. ¡Y yo que le creía á usted un gentleman!…

Sintió cierta lástima al darse cuenta de la confusión de Pirovani. El pobre temía no haber procedido con el tacto de un hombre elegante. Para consolarlo puso su mano derecha junto á la boca de él.

—Conténtese con esto—dijo.

El italiano besó la mano con entusiasmo, y fueron tan repetidos sus besos, que al fin tuvo ella que retirarla, amenazándole con un dedo para que guardase prudencia.

Luego continuó la visita de la casa, llevando al contratista tras de sus pasos. Parecía arrepentido de su audacia y arrepentido al mismo tiempo de la docilidad con que había obedecido á aquella mujer.

Pero por encima de tan opuestos sentimientos paladeaba una sensación de triunfo al recordar el contacto de aquella mano fina y olorosa. Esto le hizo persistir mentalmente en su opinión:

«¡Oh, las grandes señoras!… No hay mujeres como ellas.»

* * * * *

#VIII#

El aspecto de la casa de Pirovani cambió mucho al instalarse en ella los Torrebianca.

Las ventanas lucían ahora, á través de sus vidrios, unas cortinas flamantes. Ya no se mostraban en las galerías exteriores las domésticas mal vestidas y realizando al aire libre ciertos trabajos de limpieza. La presencia de aquella señora tan hermosa y elegante había impuesto á la servidumbre nuevos cuidados personales. Hasta la gorda Sebastiana iba vestida todos los días «de domingo», como decían sus amigas.

Otra novedad conoció el vecindario de la Presa con la instalación de Elena en la casa del contratista. El salón de Pirovani tenía un piano de media cola, que había permanecido cerrado hasta entonces. Lo compró el italiano en Buenos Aires por complacer á un compatriota suyo, dueño de un almacén de instrumentos de música. Además le habían dicho que un salón «distinguido» no está completo si carece de un piano, pero con cuerdas horizontales y la tapa á medio levantar. Y compró el valioso instrumento, sin esperanza de que llegase á la Presa un visitante capaz de utilizarlo.

Elena, que en sus horas de soledad era una fumadora insaciable, cuando se cansaba de ir con el cigarrillo en la boca de una á otra pieza examinando los adornos y comodidades de su nueva casa, abría el piano, dejando que sus dedos corriesen sobre las teclas. Así pasaba las horas, recordando romanzas de su juventud, casi ignoradas por la generación que había seguido á la suya, ó repitiendo la música que era de moda cuando ella huyó de París.

Muchas veces, entusiasmada por estas evocaciones del pasado, sentía la necesidad de unir su voz á la del instrumento. Sus cantos hacían que Sebastiana y las otras criadas abandonasen los trabajos en el corral, avanzando lentamente hacia el interior de la casa con la expresión de amansamiento de las bestias subyugadas por la voz y la lira de Orfeo.

Una parte del vecindario sentía igualmente esta atracción. Apenas cerrada la noche, cuando los trabajadores habían terminado su cena, muchos chiquillos y mujeres se encaminaban á la casa de Pirovani, sentándose en el suelo á alguna distancia de ella, para contemplar las ventanas, levemente teñidas de rojo. Si algunos niños impacientes empezaban á perseguirse en sus juegos, las madres les imponían silencio:

—¡Callad, malditos, que la señora va á cantar!…

Y se estremecían con una emoción religiosa al oir los sonidos del piano y la voz de Elena. Era como la melodía de un mundo lejanísimo que iba llegando á través de las paredes de madera hasta esta muchedumbre simple de gustos, que en punto á música llevaba varios años sin oir otra que la de las guitarras del boliche.

Algunos hombres venían á unirse al público rudo, enardecidos por un sentimiento en el que se mezclaban la admiración y el deseo. Los mismos que habían mirado con indiferencia á la niña de la estancia de Rojas por parecerles un muchacho, se entusiasmaban viendo pasar á caballo, con falda de amazona, á la marquesa de Torrebianca.

—Eso es una mujer… ¡Vaya unas curvas!

Y al oir su canto, quedaban como embobados por una delicia voluptuosa.
Según ellos, sólo una mujer de gran hermosura podía cantar así.

Una semana después de haberse instalado los Torrebianca en la nueva vivienda anunció Sebastiana á sus amigas que la señorona, á partir de aquella noche, iba á recibir diariamente á sus amistades, lo mismo que hacían las damas ricas de Buenos Aires. Este anuncio sirvió para que las comadres de la Presa se imaginasen algo nunca visto; y después de la cena empezaron á formarse grupos de curiosos frente á las ventanas iluminadas. Algunas mujeres se ponían una mano junto al oído pura escuchar mejor, imponiendo silencio á las compañeras con sus codazos. Elena, sentada al piano, cantaba romanzas sentimentales mientras iban llegando sus invitados.

Los primeros en presentarse fueron el ingeniero francés y Moreno. Este último, para completar el frac, oculto bajo su gabán, había creído necesario ponerse un sombrero de copa. Él no era como Pirovani, que se presentaba vistiendo traje de etiqueta y tocado con un sombrero flexible. La señora marquesa, por ser dama del gran mundo, debía haberse fijado, indudablemente, en estas faltas de elegancia.

Canterac, al pisar el primer peldaño de madera, se detuvo para decir á su compañero:

—No debía entrar. Esta casa pertenece al intrigante Pirovani, hombre que aborrezco… Pero temo que la marquesa se queje si no me ve en su reunión.

Moreno, que era amigo de todos y no llegaba á enfadarse verdaderamente con nadie, creyó necesario defender al ausente.

—¡Si ese italiano es una buena persona!… Tengo la certeza de que le quiere á usted mucho.

Pero Canterac no podía admitir palabras conciliadoras.

—Es un hombre falto de tacto, que se empeña en atravesarse en mi camino… Esto acabará mal para él.

Entraron en la casa, y el marqués vino á saludarles en el recibimiento. Luego pasaron al salón, quedando los tres inmóviles, mientras Elena continuaba su canto como si no los hubiese oído llegar.

Otros dos invitados se encontraron frente á la casa: Robledo y Pirovani. Éste llevaba un gabán de pieles nuevo sobre el frac y se cubría con un sombrero de copa no menos flamante, pedido á Bahía Blanca por telégrafo, como si un duende familiar le hubiese avisado los malos comentarios de su amigo Moreno.

De los grupos de curiosos, medio ocultos en la sombra, partieron risas y cuchicheos. Unos se burlaban del tubo de seda brillante que el contratista se había puesto en la cabeza; otros lo admiraban con orgullo egoísta, como si el tal sombrero aumentase la importancia de la vida en el desierto.

—Vengo de visita á mi propia casa—dijo Pirovani con el deseo de que el otro admirase su generosidad.

—Ha hecho usted mal en cederla—se limitó á contestar Robledo.

El italiano tomó un aire de hombre superior.

—Convendrá usted en que su casa no era la más adecuada para que viviese en ella tan gran señora. Yo, aunque no he estudiado, conozco los deberes de un hombre de buena educación, y por eso…

Robledo levantó los hombros y siguió adelante, como si no quisiera escucharlo. El contratista marchó detrás de él, y, señalando una de las ventanas iluminadas, dijo con entusiasmo:

—¡Qué voz de ángel!… ¡Qué alma de artista!

Volvió Robledo á levantar los hombros, y los dos entraron en la casa.

Al llegar al salón se unieron á los tres varones que escuchaban inmóviles y apenas Elena hubo lanzado la última nota de su romanza, el italiano empezó á aplaudir y á dar gritos de entusiasmo. Canterac y el oficinista, por no ser menos, prorrumpieron igualmente en manifestaciones de admiración, expresándolas cada uno con arreglo á su carácter.

En la nueva casa las reuniones iban á ser menos simples y austeras que en el alojamiento de Robledo. Sebastiana, que sólo creía en el mate, remedio, según ella, de toda clase de enfermedades y suprema delicia del paladar tuvo que servir á los invitados, ayudada por dos criaditas mestizas, varias tazas de agua caliente con una cosa llamada té.

Fingiendo ocuparse de la buena marcha del servicio, evolucionó Elena entre aquellos tres hombres que la seguían ávidamente con los ojos, mientras vacilaban las tazas en sus manos, derramando á veces su contenido sobre los platillos. Los tres admiradores intentaron repetidas veces conversar con ella; pero era tan hábil para repelerlos dulcemente, que acababan por dialogar con su marido. En cambio, la marquesa buscaba al único hombre que no había mostrado interés en hablarla. Al fin consiguió en una de sus evoluciones sentarse á un extremo del salón, con Robledo al lado de ella.

—Indudablemente, Watson no ha querido venir—dijo al español—. Cada vez estoy mas convencida de que no le soy simpática á él… ni tampoco á usted.

Robledo se defendió de esta acusación con gestos más que con palabras; pero como ella insistiese en presentarse cual una víctima de la injusta antipatía de los dos asociados, el ingeniero acabó por contestar:

—Watson y yo somos amigos de su marido, y nos da miedo ver la ligereza con que hace concebir usted ciertas esperanzas, tal vez equivocadas, á los que la visitan.

Elena empezó á reir, como si la regocijasen las palabras de Robledo y el tono de gravedad con que las había dicho.

—No tema usted. Una mujer que no ha nacido ayer y conoce el mundo, como yo lo conozco, no va á comprometerse y á hacer locuras por esos.

Y abarcó en una mirada irónica á sus tres pretendientes, que seguían al lado del marqués.

—Yo no supongo nada—dijo Robledo en el mismo tono—. Veo lo presente, como vi otras cosas en París… y me da miedo el porvenir.

Quedó indecisa Elena mirando á su interlocutor, como si dudase entre continuar riendo ó mostrarse enfadada. Al fin habló con el tono grave de una persona ofendida:

—No me considero mejor ni peor que otras. Soy simplemente una mujer que nació para vivir en la abundancia y en el lujo, y jamás ha encontrado un compañero capaz de darle lo que le corresponde.

Se miraron en silencio largo rato, y ella añadió:

—Los que me desearon no pudieron proporcionarme cuanto necesito para mi vida, y los que hubieran podido satisfacer mis deseos nunca se fijaron en mí.

Bajó la cabeza como desalentada, murmurando contra su destino.

—Usted no sabe qué vida ha sido la mía. Necesito la riqueza; es algo indispensable para mi existencia, y he pasado lo mejor de mi juventud corriendo inútilmente tras de ella. Cuando imaginé tenerla entre mis manos, la vi desvanecerse, para reaparecer más lejos, obligándome á una nueva carrera… ¡Y así ha sido siempre!

Calló un instante, concentrando su pensamiento, para añadir con el mismo tono que si hiciera una confesión:

—Los hombres no pueden comprender las angustias y las ambiciones de las mujeres de ahora. Necesitamos para vivir muchísimo mas que las hembras de otros tiempos. El automóvil y el collar de perlas son el uniforme de la mujer moderna. Sin ellos, toda la que reflexiona un poco y puede darse cuenta de su situación se siente infeliz… Yo los tuve algunas veces, pero sin tranquilidad, «sin solidez», temiendo perderlos al día siguiente. Como todos necesitamos escuchar, para seguir viviendo, la canción de la esperanza, espero ahora que mi marido ganará aquí una fortuna, ¡no sé cuándo!… y esto me hace soportar el horrible destierro.

Luego continuó con tristeza:

—¿Y qué ganará?… Centavos tal vez, cuando usted lleve ya ganados miles y miles de pesos… ¡Ay! Yo merecía otro hombre.

Volvió á levantar la cabeza para sonreir melancólicamente mirando al español.

—Tal vez mi felicidad hubiese sido encontrar un compañero como usted: animoso, enérgico, capaz de domar á la fortuna rebelde… Y á usted, para ser un verdadero triunfador, le ha faltado una mujer que le inspirase entusiasmo.

Robledo sonrió á su vez con aire bonachón.

—Ya es tarde para hablar de esas cosas…

Pero ella le miró fijamente, al mismo tiempo que protestaba de su desaliento. Nunca es tarde en la vida para nada. Los hombres enérgicos son como ciertas tierras exuberantes del trópico, en las que se conoce la muerte pero no la vejez, renovándose sobre ellas una primavera incansable. Disponen de la voluntad que manda á la imaginación, y la imaginación es un pintor loco que anima con los colores de su paleta el lienzo gris de la realidad.

Elena, al hablar así, había aproximado su rostro al de él. Sus ojos parecían querer penetrar en los ojos de Robledo. Éste, por un momento, sintió cierta turbación; pero se repuso en seguida, haciendo un gesto negativo.

—Muy interesante lo que usted dice, amiga mía, pero los hombres verdaderamente enérgicos no gustan de resucitar falsas primaveras, por las complicaciones que esto trae.

Continuaron hablando. Ella quiso recordar otra vez su pasado.

—¡Si yo le contase mi historia!… Todas las mujeres tienen la pretensión de que su vida ha sido una novela, que sólo necesita ser contada con cierta habilidad para que interese al mundo entero. Yo no aspiro á que mi pasado sea interesante; únicamente lo creo triste, por la desproporción que siempre hubo en él, entre lo que yo creo merecer y lo que la vida ha querido darme.

Se detuvo un momento, como si acabara de ocurrírsele una idea penosa.

—No crea usted que soy una de esas advenedizas hambrientas de goces y comodidades, por lo mismo que no los conocieron nunca. En mí ocurre lo contrario: necesito el lujo y el dinero para vivir porque me rodearon al nacer. Fui rica en mi infancia y pobre en mi juventud. ¡Lo que he luchado para ocupar otra vez mi antiguo rango y vivir de acuerdo con mi primera educación!… Y la lucha continúa… y las catástrofes se repiten… y cada vez me veo más lejos del punto de donde partí. Ahora estoy en uno de los rincones más olvidados de la tierra, llevando una existencia casi igual á la de las gentes que vivieron en los primeros tiempos de la Historia. ¡Y todavía me censura usted!…

Robledo se excusó.

—Yo soy su amigo, el amigo de su marido, y lo único que hago es avisarla al verla marchar en mala dirección. Considero peligroso el juego que se permite usted con esos hombres.

Y señaló á los tres personajes de la Presa, que seguían hablando con
Torrebianca.

—Además, antes de su llegada, la vida era aquí un poco monótona, pero tranquila y fraternal. Ahora, con su presencia, los hombres parecen haber cambiado; se miran hostilmente, y temo que sus rivalidades, hasta el presente algo pueriles, terminen de un modo trágico. Usted olvida que vivimos lejos de los demás grupos humanos, y este aislamiento nos hace retroceder poco á poco á la vida bárbara. Nuestras pasiones, domesticadas por la existencia en las ciudades, pierden aquí su educación y saltan en libertad. Mucho cuidado con ellas; es peligroso tomarlas con motivo de juego.

Elena rió de sus temores, y hubo en su risa cierto desprecio, no pudiendo comprender tal pusilanimidad en un hombre fuerte.

—Déjeme que tenga mi corte. Necesito estar rodeada de admiradores, como les ocurre á los grandes artistas vanidosos. ¿Qué sería de mí si me faltase el placer de la coquetería?…

Luego añadió, frunciendo el ceño y con voz irritada:

—¿Qué otra cosa puedo hacer aquí? Ustedes tienen el trabajo que les distrae, sus luchas con el río, las exigencias de los obreros. Yo me aburro durante el día; hay tardes que pienso en la posibilidad de matarme; y únicamente cuando llega la noche y se presentan mis admiradores encuentro un poco tolerable mi destierro… En otro sitio tal vez me hiciesen reir esos hombres; pero aquí me interesan. Resultan un verdadero hallazgo en esta soledad.

Miró con una ironía risueña hacia donde estaban sus tres solicitantes, y continuó:

—No tema usted, Robledo, que pierda la cabeza por ellos. Me doy cuenta de mi situación.

Se comparaba con un viajero de la altiplanicie patagónica que no llevase mas que un cartucho en su revólver y se viera atacado por un grupo de vagabundos de los que merodean cerca de la Cordillera. De hacer fuego, sólo podía derribar á un enemigo, arrojándose los otros sobre él al verle indefenso. Era preferible prolongar la situación amenazándolos á todos, pero sin disparar.

—Me causa risa el pensamiento de que yo pudiera decidirme por uno de ellos. No son estos hombres los que me harán perder la cabeza. Pero aunque alguno de los tres me interesase, guardaría mi prudencia, temiendo lo que harían ó dirían los demás al verse desahuciados. Es mejor mantenerlos á todos en la inquieta felicidad de la esperanza.

Y notando que su larga conversación con el español producía malestar y escándalo en los otros visitantes, se levantó para ir hacia ellos.

—¿Quién de ustedes me da un cigarrillo?…

Los tres salieron á su encuentro á la vez, ofreciendo sus pitilleras, y la rodearon como si quisieran disputarse á golpes sus palabras y sus gestos.

La primera tertulia de la marquesa de Torrebianca terminó después de media noche, hora inusitada en aquel destierro. Solamente ciertos sábados, en que los trabajadores recibían la paga de medio mes, llegaban á horas tan avanzadas las fiestas en el boliche del Gallego.

Toda la mañana siguiente anduvo Sebastiana adormecida y con los pies torpes por haberse levantado al amanecer, como era su costumbre, después de mantenerse despierta hasta que se marcharon los invitados.

Estaba en una de las galerías exteriores, riñendo con voz queda á las criaditas mestizas para que no despertasen con los ruidos de la limpieza á la dueña de la casa, cuando repentinamente pareció olvidar su cólera, poniéndose una mano sobre los ojos para ver mejor. Un jinete encabritaba su caballo en mitad de la calle, agitando al mismo tiempo un brazo para saludarla.

—¡Mi señorita linda!… Siempre me cuesta el conocerla con su traje de varoncito. ¿Cómo le va?…

Y bajó apresuradamente los escalones de madera, atravesando la calle para ir al encuentro de Celinda Rojas.

No se habían visto desde el día que Sebastiana abandonó la estancia; y ahora, por odio á don Carlos, creyó conveniente la mestiza enumerar las magnificencias de su nueva situación.

—Una gran casa, señorita, sea dicho sin ofender á la suya. La plata corre como agua de acequia. Además, la patrona, una gringa bien, nació, según dicen, marquesa allá en su tierra. El italiano, que es un demonio para roerles la plata á los trabajadores, en cuanto se trata de esta señorona parece medio zonzo, y se cuida de que no la falte nada. Anoche hubo reunión con música. Yo pensé en usted, niña linda, y me dije: «¡Cómo le gustaría á mi patroncita oir cantar á esta marquesa!»

La amazona escuchaba haciendo signos afirmativos, como si su curiosidad se excitase al oir este relato.

Para aumentar su admiración, fué Sebastiana enumerando todas las personas que habían estado en la fiesta.

—¿Y no te olvidas de alguno más?—preguntó Celinda al terminar ella su lista—. ¿No estuvo don Ricardo, ese que trabaja con don Manuel, el de los canales?

Movió su cabeza la mestiza negativamente.

—En toda la noche vi á ese gringo.

Luego empezó á reir, dándose sonoras palmadas en uno de sus muslos de relieve elefantíaco, lo que marcó su enorme redondez bajo la ligera faldamenta.

—Ya lo sé, mi niña, ya lo sé… Me han hablado de que usted y el gringo van siempre juntos á caballo por esos pagos, y no pasa día sin que se encuentren… Si alguna vez se dan un beso, busquen un lugar donde nadie los vea. Mire que la gente de aquí es muy habladora y no quiere otra cosa. Además, los que mandan en eso de las obras del río tienen unos anteojos muy largos que lo descubren todo de lejos…

Celinda se ruborizó, al mismo tiempo que intentaba protestar.

—¡Si me parece muy bien!—siguió diciendo la mestiza—. Ese don Ricardo es un buen mozo y excelente persona. Un gran marido para usted, si es que don Carlos, con el geniazo que Dios le ha dado, no se opone. Los gringos de América, cuando no beben, son buenazos. Yo tengo una amiga que se casó con uno que es maquinista, y lo lleva de la nariz adonde quiere. Conozco otra que…

Pero la amazona no sentía interés por tales historias, y la interrumpió:

—Entonces, don Ricardo no vino anoche.

—Ni anoche ni las otras noches. Entoavía no ha aparecido por aquí.

La miró Sebastiana con malicia, al mismo tiempo que una sonrisa bondadosa dilataba su rostro carrilludo y cobrizo.

—¿Ya tiene celos, niña?… No se ponga colorada por eso. A todas nos pasa lo mismo cuando queremos á un hombre. Lo primero que pensamos es que alguna nos lo va á quitar… Pero aquí no hay motivo. Usted es una perla, patroncita. Esa señorona también es hermosa, principalmente cuando acaba de peinarse y se ha puesto en la cara tantas cosas que huelen bien, traidas de la capital. Pero comparada con usted… ¡qué esperanza!… A mi niña casi la he visto yo nacer, y la marquesa no debe acordarse ya de cuándo vino al mundo.

Luego, pensando en sí misma, creyó necesario añadir:

—A decir verdad, la marquesa no debe tener muchos años… Pero ¿quién no resulta vieja al lado de usted, preciosura?… No todas podemos ser un botón de rosa.

Calló un momento para mirar á un lado y á otro; y después, bajando la voz y empinándose sobre las puntas de los pies para estar más cerca del rostro de Celinda, dijo con la alegría de una comadre que puede chismorrear libremente:

—Sepa, lindura, que muchos van detrás de ella; pero ninguno es don Ricardo. Al pobre gringo le basta con quererla á usted, ramito de jazmín. Los otros andan como avestruces detrás de la marquesa: el capitán, el italiano, el empleado del gobierno que lleva los papeles; ¡todos locos, y mirándose como perros!… Y el marido no ve nada; y ella se ríe de ellos y se divierte en hacerlos sufrir… Yo creo que ningún hombre de los que vienen á la casa le gusta.

Celinda no parecía tranquilizarse con tales palabras. Antes bien, protestó de ellas mentalmente, pensando: «Watson no puede ser comparado con los otros.»

Necesitó exteriorizar su pensamiento, y dijo á Sebastiana:

—Será verdad que no le gustan los demás; pero don Ricardo es más joven que todos ellos; y estas mujeres que han corrido el mundo y empiezan á ponerse viejas, ¡resultan á veces tan… caprichosas!

* * * * *

#IX#

El famoso Manos Duras vivía al borde de la altiplanicie, del lado de la Pampa, viendo enfrente el límite de la Patagonia, y á sus pies la amplia y tortuosa cortadura del río y un extremo de la estancia de Rojas.

Su casa, hecha de adobes, tenía alrededor otras construcciones aún más míseras y unos corrales de viejos maderos hincados en el suelo, que sólo de tarde en tarde guardaban algún animal.

Todos en el país conocían la situación del llamado «rancho de Manos Duras»; pero pocos iban á él, por ser lugar de mala fama. Algunas veces, los que pasaban con cierta inquietud por sus inmediaciones sólo conseguían tranquilizarse al notar su soledad. No ladraban ni salían al camino los perros de hirsuto pelaje, ojos sangrientos y agudos colmillos acompañantes del gaucho. Tampoco se veían sus caballos pastando la hierba rala de los alrededores.

Manos Duras se había ido. Tal vez merodeaba por las orillas del río Colorado, donde era más abundante la ganadería que en el río Negro; tal vez vagaba por las estribaciones de los Andes, para visitar á sus amigos del valle del Bolsón—poblado en gran parte por aventureros chilenos—, ó á los que habitaban las riberas de los lagos andinos. Estas excursiones á la Cordillera eran, según afirmaban muchos, para vender en Chile animales robados en la Argentina.

En otras ocasiones, el rancho de Manos Duras aparecía extraordinariamente poblado. Gauchos errantes se instalaban en las chozas de adobes durante unas semanas, sin que nadie supiese con certeza cuál era su procedencia ni adonde irían al marcharse de allí.

El comisario de la Presa empezaba á sentirse inquieto por estas visitas y á vivir mal, temiendo todas las mañanas la denuncia de algún robo… Pero transcurrían los días sin que se alterase la paz del pueblo y sus alrededores. En el rancho de Manos Duras se mataban y desollaban reses, vendiendo carne el gaucho á toda la comarca. Y como no llegaba ninguna queja, don Roque se abstenía de averiguar la lejana procedencia de aquellos animales.

Luego huían de pronto los compañeros de Manos Duras, y éste continuaba su vida solitaria, ó desaparecía igualmente de su rancho por algún tiempo, con gran satisfacción del comisario.

Ahora vivía con tres compañeros malcarados y parcos en palabras, que, según se murmuraba en el boliche del Gallego, procedían de un valle de la Cordillera.

—Tres hombres de bien que se han desgraciado—dijo el gaucho hablando de ellos—; tres compadres que han venido á vivir á mi rancho hasta que las gentes malas se cansen de calumniarlos.

Un día de gran calor, Manos Duras montó á caballo para ir al pueblo á hacer unas compras. Era en las primeras horas de la tarde.

Los habitantes europeos de la Presa, al mirar el almanaque, pensaban en la nieve y los fríos huracanes de sus países, que estaban todavía en pleno invierno. Aquí reinaba el verano, un verano patagónico, violento y ardoroso, sobre una tierra que rara vez conoce las lluvias y en la cual todas las estaciones son extremadas, descendiendo el termómetro durante el invierno muchas unidades por debajo de cero.

La tierra yerma parecía temblar bajo el sol. Era una reverberación que ondulaba las líneas rectas, cambiando los contornos de colinas, edificios y personas. Estos caprichos de la luz hacían ver también los objetos dobles é invertidos, como si estuviesen al margen del agua, fingiendo lagos inmensos en un país extremadamente seco. Eran los espejismos del desierto que por sus formas variables é inesperadas llamaban la atención harta de los hijos del país, acostumbrados á toda clase de ilusiones ópticas.

En el último término de la gigantesca cortadura abierta por el río, casi al ras de la línea del horizonte, se deslizaba un largo gusano negro con una pequeña vedija de algodón en la cabeza.

Manos Duras se detuvo para ver mejor. Aquel día no era de correo de
Buenos Aires.

«Debe ser un tren de carga que viene de Bahía Blanca», se dijo.

Resultaba visible estando aún á muchos kilómetros de la Presa, y pasaría otros tantos kilómetros más allá, para no detenerse hasta Fuerte Sarmiento. En esta tierra los ojos adquirían un poder visual más grande; la retina abarcaba mayores extensiones; las distancias parecían valer menos que en otros países.

El gaucho, después de contemplar unos momentos el remoto avance del tren, continuó su galope. Para ganar terreno solía meterse por la estancia de Rojas, atravesando una parte avanzada de dicha propiedad interpuesta entre su rancho y el lejano pueblo. Con la indiferencia de la costumbre, dejó que su caballo avanzase por un tortuoso sendero marcado apenas entre los ásperos matorrales.

Al poco rato tuvo un mal encuentro. Don Carlos Rojas iba también á aquella hora visitando su estancia y haciendo cálculos sobre el porvenir.

Continuarían siempre sus tierras altas en la pobreza actual, no pudiendo dar alimento mas que á un número reducido de animales. Sus novillos eran «criollos», como él decía con cierto tono de desprecio; bestias de mucho hueso, pezuña dura, grandes cuernos y enjutas de carnes; aptas para nutrirse con un pasto silvestre y poco abundante; herederos degenerados del ganado que aclimataron siglos antes los colonizadores españoles, trayéndolo en sus pequeños buques á través del Atlántico.

Recordaba con remordimiento los animales de lujo de la estancia de su padre, novillos enormes, con el lomo plano como una mesa, casi sin cuernos, de reducido esqueleto y exuberantes carnes, verdaderas «montañas de biftecs», como él decía… Luego pensaba en los milagros de la irrigación, cuando las tierras bajas de su estancia quedasen fecundadas por las aguas del río. Crecería en ellas la alfalfa con una prodigalidad semejante á la de la tierra de Canaán, y le sería posible repetir al borde del río Negro las milagrosas crianzas de los estancieros vecinos á Buenos Aires, sustituyendo el áspero y flaco ganado criollo con animales valiosos, producto del cruzamiento de las mejores razas de la tierra.

Iba don Carlos imaginándose esta maravillosa transformación, con el deleite de un artista que pule en su mente la obra futura, cuando vió venir un jinete hacia él.

Se puso una mano sobre los ojos para examinarlo mejor, y no pudo contener la indignación que le produjo este encuentro.

—¡Hijo de la gran… tal!… ¡Es el ladrón de Manos Duras!

Al pasar el gaucho junto á él, se llevó una mano al sombrero para saludarle, espoleando luego su cabalgadura.

Don Carlos, después de breve indecisión, salió también al galope, hasta que puso su caballo delante del de Manos Duras, cortándole el paso y obligándole á detenerse.

—¿Con licencia de quién atravesás vos mi campo?—preguntó con voz temblona y aflautada por la cólera.

Manos Duras no intentó contestar mirándole con una insolencia silenciosa y amenazadora, como hacía con los demás. Sus ojos atrevidos evitaron cruzarse con los del estanciero, y respondió en voz baja, como excusándose. No ignoraba que carecía de derecho para pasar por allí sin permiso del dueño del campo; pero de este modo acortaba camino, evitándose un largo rodeo para llegar á la Presa. Luego añadió, como si emplease un argumento supremo:

—Usted, don Carlos, deja pasar á todos.

—A todos menos á ti—contestó Rojas agresivamente—. Si te encuentro otra vez en mi estancia, te saludaré á balazos.

Esta amenaza acabó con el hipócrita respeto del gaucho. Miró á Rojas despectivamente, y dijo con lentitud:

—Es usted un viejo, y por eso me habla así.

Don Carlos sacó de su cintura un revólver, apuntándolo contra el pecho de Manos Duras.

—Y tu un ladrón de novillos, al que todos tienen miedo no sé por qué. Pero si vuelves á robarme uno de mis animales, este viejo se encargará de hacerte justicia.

Como el estanciero le seguía apuntando con el revólver y la expresión de su rostro no permitía duda sobre la posibilidad del cumplimiento de sus amenazas, el gaucho no osó echar mano á sus armas. Estaba seguro de recibir un balazo apenas intentase un movimiento agresivo. Después de mirarle con ojos rencorosos, se limitó á decir:

—Volveremos á encontrarnos, patrón, y hablaremos más despacito.

Y tras esta amenaza dió con las espuelas á su caballo y salió al galope, sin volver la cabeza, mientras don Carlos permanecía con el revólver en su diestra.

Cerca del río tuvo el gaucho un encuentro más agradable. Vió venir hacia él un grupo de tres jinetes, é hizo alto para reconocerlos. Era la marquesa de Torrebianca, vestida de amazona y escoltada por Canterac y Moreno.

Había tenido ella que aceptar una nueva invitación para ver los adelantos realizados en las obras del dique. Le era imposible negarse á este paseo. Necesitaba para su tranquilidad restablecer el equilibrio entre Pirovani y el ingeniero francés. Éste, ya que no podía regalar una casa, deseaba hacer ver á Elena una vez más la superioridad que tenía como ingeniero director de las obras sobre aquel italiano, sometido muchas veces á sus decisiones.

El oficinista, contento de la invitación y molestado al mismo tiempo por el carácter de hombre tranquilo que le atribuían, marchaba á caballo detrás de Elena, sin que ésta hiciese caso de su persona. Únicamente parecía acordarse de él cuando Canterac se mostraba demasiado vehemente en sus ademanes, tendiendo una mano de caballo á caballo para estrechar la suya ó permitirse otras osadías disimuladas.

—Moreno—ordenaba la marquesa—, avance y póngase á mi izquierda, para que el capitán quede lejos. No me gustan los militares; son muy atrevidos.

Los tres cesaron de conversar para fijarse en Manos Duras, que permanecía inmóvil á un lado del camino. Moreno dió el nombre del gaucho, y Elena mostró tal interés al saber quién era, que acabó por hablarle.

—¿Usted es el famoso Manos Duras, de quien tantas cosas he oído decir?…

El rústico jinete se mostraba turbado por las palabras y la sonrisa de aquella dama. Primeramente se quitó el sombrero con reverencia, «como si estuviese delante de una imagen milagrosa», pensó Moreno. Luego dijo, con cierta expresión teatral que en él era espontánea:

—Yo soy ese desgraciado, señora, y este es el momento mejor de mi vida.

La miraba el gaucho con ojos ardientes de adoración y deseo, y ella sonrió, satisfecha del bárbaro homenaje. Canterac, que encontraba ridicula esta conversación, hizo ademanes de impaciencia y murmuró protestas para reanudar la marcha; pero ella no quiso escucharle y continuó hablando al gaucho con sonriente interés.

—Dicen de usted cosas terribles. ¿Son verdaderamente ciertas?…
¿Cuántas muertes lleva usted hechas?

—¡Calumnias, señora!—contestó Manos Duras, mirándola fijamente—.
Pero si usted me lo pide, haré cuantas muertes quiera.

Elena se mostró complacida por esta respuesta, y dijo, mirando á
Canterac:

—¡Qué hombre tan galante… á su modo! No me negará usted que es grato oir tales ofrecimientos.

Pero el ingeniero parecía cada vez más irritado por este diálogo familiar de Elena y el cuatrero. Varias veces intentó introducir su caballo entre las cabalgaduras de los dos, dando fin de tal modo al diálogo; pero Elena le detenía siempre con un gesto de contrariedad.

Al ver que ella continuaba su conversación con Manos Duras, se volvió hacia Moreno, necesitando manifestar á alguien su enfado.

—Ese gaucho es un atrevido, y habrá que darle una lección.

El oficinista aceptó sin reserva lo referente al atrevimiento, pero levantó los hombros al oir hablar de lección. ¿Qué podían hacer ellos contra este vagabundo temible, si hasta el comisario de policía mostraba por él cierto respeto?…

—Debe usted conseguir—continuó el ingeniero—que no le compren más carne en el campamento ni acepten nada de lo que ofrezca.

Moreno contestó con signos afirmativos. Si no era mas que eso lo que deseaba, fácilmente podía hacerse.

Al fin Elena reanudó su marcha después de saludar al gaucho con cierta coquetería, satisfecha de su emoción y del deseo hambriento que reflejaban sus ojos.

—¡Pobre hombre!… ¡Un tipo interesante!

Mientras los tres jinetes se alejaban, Manos Duras siguió inmóvil junto al camino. Deseaba ver algunos momentos más á aquella mujer. Tenía en su rostro una expresión grave y pensativa, como si presintiese que este encuentro iba á influir en su existencia. Pero al desaparecer Elena con sus acompañantes detrás de un montículo arenoso, el gaucho, no sintiendo ya el deslumbramiento de su presencia, sonrió con cinismo. Varias imágenes salaces desfilaron por su pensamiento, desvaneciendo sus dudas y devolviéndole su antigua audacia.

«¿Por qué no?—se dijo—. Lo mismo es ésta que las que bailan en el boliche del Gallego. ¡Todas mujeres!»

Continuaron su paseo por la orilla del río la marquesa y sus dos acompañantes. De pronto, ella se levantó un poco sobre la silla para ver más lejos.

En una pradera orlada de pequeños sauces por la parte del río había dos caballos sueltos y ensillados. Un hombre y un muchacho habían descendido de ellos y parecían divertirse tirando un lazo por el aire. Era un lazo de cuerda, ligero y fácil de manejar, aunque de menos resistencia que los verdaderos lazos de cuero usados por los jinetes del país.

Reconoció Elena al muchacho, con su instinto de mujer más que con sus ojos. Era Flor de Río Negro, que enseñaba á tirar el lazo á Watson, riendo de la torpeza del gringo. Como Torrebianca iba todos los días puntualmente á dirigir les trabajos de los canales, Ricardo gozaba de más libertad, empleándola en seguir á la niña de Rojas en sus correrías.

Haciendo un signo á sus acompañantes para que no la siguiesen, se fué aproximando Elena á la pradera donde estaban los dos jóvenes.

Celinda la vió llegar antes que el ingeniero, y haciendo un gesto hostil volvió la espalda. Al mismo tiempo ordenó á Watson que le ajustase al pie una de sus espuelas, que pretendía llevar suelta.

El joven, después de haberse arrodillado, quiso levantarse, convencido de la inutilidad de esta orden. Celinda tenía bien sujeta esa espuela. Pero ella insistió para mantenerlo en dicha posición.

—¿No le digo, gringuito, que voy á perderla?… Fíjese bien.

Y sólo accedió á reconocer su error y á permitir que se levantase cuando la otra hizo volver grupas á su caballo. Elena se alejaba ofendida, dándose cuenta de su estratagema y de sus gestos hostiles.

Poco antes de la puesta del sol llegaron los tres jinetes á la calle central del pueblo. Frente á la casa de Pirovani, considerada ya por la marquesa como suya, bajó ésta del caballo, apoyándose en Moreno, que se había anticipado al otro para gozar de agradables contactos.

Saludó el francés con una brusquedad militar, alejándose, mientras Elena entraba en su casa. ¡Un día perdido!… Estaba furioso contra él mismo y contra los demás.

Apareció Pirovani en una bocacalle, y al ver que Moreno se dirigía á su alojamiento, corrió á encontrarse con él. Ansiaba conocer los episodios de una excursión á la que no había sido invitado. Temía, con la credulidad del celoso, que Canterac hubiese conseguido un gran avance sobre él durante el corto paseo.

Sonrió con una alegría pueril al contarle el oficinista cómo varias veces la «señora marquesa» le había pedido que se colocase entre ella y el ingeniero francés para mantenerlo á gran distancia.

—¡Si yo sé que no lo puede sufrir!—dijo el italiano—. Me consta…
Pero como es el jefe de los trabajos y ayuda en ciertas ocasiones á
Robledo y á su marido, no se atreve á decir lo que piensa de él.

Luego su alegría se nubló, según le fué contando el oficinista el encuentro con Manos Duras y la confianza del gaucho al hablar á la señora marquesa.

Esto último fué lo que indignó más al contratista.

—Aquí todos nos creemos iguales, porque vivimos juntos en el desierto—dijo, escandalizado—. Cualquier día, ese gaucho cuatrero pretenderá ir por la noche á las reuniones de la marquesa, lo mismo que uno de nosotros… ¡Cosa bárbara!

—El capitán—añadió Moreno—quiere que no se le compre más carne á Manos Duras ni se acepte ningún negocio propuesto por él, eso usted puede hacerlo mejor que Canterac.

Pirovani contestó con vehementes signos de asentimiento

—Así se hará; dice muy bien ese hombre. Es la primera vez, en mucho tiempo, que estoy de acuerdo con él.

* * * * *

#X#

Pocos meses después de haber empezado los trabajos en el campamento de la Presa, los habitantes de las diversas colonias establecidas á orillas del río Negro hablaron con admiración del nuevo boliche del Gallego, apreciándolo como el establecimiento más hermoso de la comarca. El dueño había embellecido su interior con una novedad tan instructiva como interesante.

Uno de los primeros que acudieron al campamento en busca de trabajo fué un inglés que llevaba muchos años vagando de un extremo á otro de la América del Sur. La última etapa de su existencia aventurera había sido en el corazón del Paraguay, comerciando con las tribus salvajes; tráfico que no parecía haberle hecho rico. Como recuerdo de su vida en las selvas, llevó á Buenos Aires cuatro cocodrilos del gran río Paraguay, llamados yacarés con el caparazón relleno de paja, y una serpiente boa de varios metros de lorgitud, cuyo vientre había sido atiborrado de hierbas por los disectores indígenas.

En la capital de la Argentina le hablaron de los grandes trabajos que se realizaban junto al río Negro, haciendo necesario el enganche de numerosos jornaleros, y allá se fué con toda su colección de animales empajados, saltando de la temperatura tórrida del Paraguay y el Brasil inferior al invierno rudo de la Patagonia.

A las pocas semanas murió de delirium tremens, por haber abierto un crédito demasiado amplio el dueño del boliche del Gallego; y como este honrado industrial creía firmemente en el santo derecho de cobrar las deudas y poseía además cierto instinto de la decoración oportuna para atraer á los parroquianos, se apropió los cuatro yacarés y la boa, adornando con ellos el techo de su tienda.

En realidad, Antonio González, que era andaluz de nacimiento, aunque lo apodaban todos el Gallego, no podía mirar sin cierta aprensión hereditaria el enorme reptil que, semejante á una maroma de barco, pendía formando curvas de los cuchillos de la techumbre. Pero á los ebrios más consecuentes del establecimiento les placía beber debajo de este adorno extraordinario, y un comerciante debe sacrificar sus preocupaciones y sus miedos para mejor servicio del público.

El ofidio de pellejo arrugado, cubierto de moscas, que formaban sobre él un forro negro inquieto y rumoroso, se extendía por la mitad del techo, de punta á punta, agitándose como si reviviese cada vez que se abría la puerta y entraba un chorro de aire. Esta corriente atmosférica hacía caer á veces en los vasos de los parroquianos moscas secas procedentes del verano anterior, escamas de pellejo del culebrón y un polvillo sutil, mezcla de su relleno vegetal y del arsénico empleado por sus preparadores para impedir que se pudriese. En los ángulos del techo se balanceaban, pendientes de cuerdas, los cuatro cocodrilos, negros y rugosos por el dorso, y mostrando al público el color amarillo de sus vientres y las plantas de sus patas.

Las gentes del país, cuando pasaban por la Presa, creían necesario detenerse á beber un vaso en el boliche para admirar tales novedades. Las aguas del río Negro jamás habían conocido cocodrilos, y en cuanto á reptiles, no había en toda la Patagonia mas que ciertas víboras de mordedura mortal, cabezudas, cortas y gruesas, como el signo ortográfico llamado coma.

El dueño del boliche, con la autoridad de un hombre que ha visto lo que cuenta, explicaba á sus parroquianos las costumbres de los fieros animales que se balanceaban sobre sus cabezas, y hasta daba á entender que había tomado cierta parte en tan peligrosa caza. Pero al poco tiempo notó que estos adornos, gloria del establecimiento, si enorgullecían á muchos de los habitantes de la colonia, contribuían igualmente al alejamiento de otros. Los había que eran andaluces como el Gallego y no tenían las mismas razones utilitarias de ésta para sobreponerse á sus preocupaciones. También los había italianos ó de otras tierras, que, reconociendo la excelencia de los géneros expendidos en el boliche, no osaban, sin embargo, penetrar en su interior. Beber bajo la panza amarilla y las cuatro patas extendidas de un cocodrilo, ¡pase!… Pero levantar los ojos al empinar el vaso y ver aquel serpentón que expelía moscas, mostrando á trechos el cuadriculado repelente de su piel, ¡eso nunca!

Los más atrevidos sólo se decidían á entrar con la diestra cerrada y avanzando el dedo índice y el meñique en forma de cuernos, para conjurar la mala suerte.

—¡Lagarto! ¡lagarto!—murmuraban, entornando los ojos para no ver lo que estaba sobre sus cabezas.

Otros, ni aún valiéndose de este conjuro se atrevían á pasar adelante, y en pleno invierno, con las manos en la faja y echando chorros de vapor por la boca, preferían mantenerse fuera, esperando que Friterini, el criado del boliche, les sacase los vasos.

Se sacrificó el dueño una vez más, ganoso de evitar molestias á su público. La boa fué descolgada para ser vendida á una taberna de La Boca, en el puerto de Buenos Aires, frecuentada por marineros, y quedaron por único adorno los cuatro yacarés, que se balanceaban en el techo como lámparas funerarias apagadas.

Otro atractivo del establecimiento eran las banderas que en días de fiesta patriótica ondeaban sobre su techumbre y el resto del año adornaban su interior. Todos los rectángulos de colores inventados por los hombres ansiosos de formar grupo aparte para distanciarse de sus semejantes figuraban en este rincón de la Patagonia: banderas de naciones existentes; banderas de naciones que habían muerto y deseaban revivir; banderas de naciones que no habían existido nunca y pugnaban por nacer. No quedaba un trabajador en esta «tierra de todos» que no tuviese un trapo patriótico en el boliche. Antonio González había conocido antes que las cancillerías de Europa las banderas que años después iban á ser consagradas por los trastornos de la gran guerra. Todas las admitía: desde la de Irlanda libre á la de la República sionista que debía establecerse en Jerusalén. Solamente se había disputado una vez con ciertos compatriotas, procedentes de Barcelona, que pretendían imponerle la bandera catalana.

—Yo la admito—dijo con solemnidad diplomática—. Lo único que discuto es sus dimensiones.

Y acabó por aceptarla en su «museo banderístico», como él decía, pero exigiendo que su tamaño no pasase de la cuarta parte de la bandera española.

En días de fiesta patriótica, ayudado por Friterini, procedía al embanderamiento de la techumbre, dando explicaciones al comisario, único representante de la autoridad. Se expresaba como un jefe de protocolo llamado á consulta por el presidente del gobierno.

—Usted, don Roque, conoce muchas cosas; pero en esto de las banderas yo sé mejor con qué bueyes aro. Primeramente hay que colocar la bandera argentina, más alta que todas. Luego, á su derecha, la de España. ¡Que nadie me lo discuta! En esta tierra, después de los argentinos, somos nosotros. Ya sabe usted… Isabel la Católica… Solís… don Pedro de Mendoza… don Juan de Garay…

Iba lanzando nombres de navegantes y descubridores, á su capricho, mientras examinaba desde abajo el método con que el camarero italiano colocaba las banderas.

¿Ya estaba puesta la de la Argentina, y á su derecha, bien clavada, la de España?… ¡Muy bien!…

—Ahora, Friterini, mio caro, ve colocando banderas á tu gusto… ¡á lo que salga! pues todos somos iguales, y ésta es «la tierra de todos», como dice don Manuel.

En verano las moscas invadían en proporciones inauditas el interior algo lóbrego del boliche, huyendo de la atmósfera ardorosa de una tierra siempre sedienta. De noche, la luz rojiza de los quinqués mantenía en agresivo insomnio á estas nubes de insectos. Eran moscas lentas, tenaces, de una torpeza pegajosa. Caían en los platos y en los vasos, nadaban en las salsas y las bebidas alcohólicas. Al abrirse las bocas, se metían inmediatamente en sus cavidades; cosquilleaban las orejas, se introducían por los orificios de las narices. Toda cuchara, al ir del plato á los labios, veía inmediatamente, en tan corto viaje, posarse sobre sus bordes algunas de estas intrusas, que se estiraban, alargando las patas y agitando las alas.

Se dejaban matar; pero eran tantas, ¡tantas! que los hombres desistían de atacarlas, transigiendo con ellas por cansancio, y únicamente las repelían con el aliento ó escupiéndolas cuando se colaban en su boca y sus narices.

Otros parásitos asaltaban igualmente las viviendas de este pueblo perdido en la soledad. En el boliche, por ser mayor la concurrencia, parecían más numerosas las plagas. Del techo y las paredes de madera se desprendían insectos sanguinarios sobre las curtidas epidermis, para perforarlas y chupar su jugo. Otras veces surgían del suelo, remontándose por las gruesas botas. En invierno, el boliche, por estar con las puertas cerradas, conservaba una atmósfera densa de humo de tabaco, que olía á ginebra, á vino agrio, á ropa mojada y á cuero de zapato. El criterio más absurdo, falto completamente de economía y de lógica, parecía guiar la marcha comercial del establecimiento. Apenas había sillas en él. Los guitarristas colocaban sus posaderas en cráneos de caballo; una parte del público se dejaba caer en el suelo al sentir cansancio, y al mismo tiempo, en la anaquelería, detrás del mostrador, se renovaban todas las semanas las filas de botellas de champaña. Cuando los jornaleros cobraban su quincena, el Gallego tenía que atender á las más disparatadas orgías. Los que, faltos de familia, podían gastar todo el dinero ganado en su propia persona, imaginaban banquetes babilónicos, pidiendo latas de sardinas de España para remojarlas con varias botellas de Pomery Greno. Muchas veces escaseaba el pan en la Presa; pero el parroquiano, obligado á comer galleta dura, conocía el gusto del foie gras y cuánto cuesta una botella de Möet-Chandon. En las noches transcurridas entre dos pagas, el whisky y la ginebra apagaban la sed silenciosa de unos y daban nuevas fuerzas á otros para seguir hablando.

El principal tema de conversación era adivinar cuándo se detendría el tren en la Presa regularmente. Las locomotoras sólo hacían alto allí cuando descargaban maquinaria para las obras del dique.

A los del campamento les parecía una injusticia que pasasen los vagones de largo hasta la estación de Fuerte Sarmiento, con el pretexto de que aún no habían terminado las obras en el río ni las tierras inmediatas estaban regadas, sin lo cual era imposible su colonización.

En el viejo mundo se creaban al principio las poblaciones, y después se construían para ellas los ferrocarriles. En esta tierra nueva ocurría lo contrario. Primeramente se habían tendido los rieles á través del desierto; después, de cincuenta en cincuenta kilómetros, se creaba una estación, formándose un pueblo en torno á ella.

—¿Por qué no ha de existir una estación aquí, en la Presa, donde vivimos cerca de mil personas?—clamaba Antonio González, el dueño del boliche—. En cambio, el tren se detiene en muchos sitios donde sólo hay un caballo atado á un poste para llevarse la correspondencia. Debíamos enviar una comisión á Buenos Aires.

Mientras tanto, los concurrentes se limitaban á hacer suposiciones sobre la fecha en que el tren empezaría á detenerse allí con regularidad, apostando cajones de botellas de champaña á favor de un mes ó de otro.

Ciertos grupos conversaban aparte, sin sentirse atraídos por el baile ni por las mujeres agregadas al establecimiento del Gallego, en el que se vendían lo mismo el alcohol y el amor. Iban hablando con arreglo á sus gustos y á los azares de su profesión.

Los roturadores de tierras mencionaban el alpataco, odioso arbusto del país, que yergue sobre el suelo una cabellera vegetal de escasa altura, y en cambio avanza sus raíces hasta una distancia de treinta metros. Su madera era dura como el bronce y hacía rebotar las hachas, rompiéndolas muchas veces. Uno de estos arbustos exigía varios hombres y un día entero para ser arrancado, y cuando los roturadores á destajo lo encontraban, prorrumpían en lamentaciones y juramentos.

El camarero apodado Friterini, joven pálido, de cabellera echada atrás, ojos febriles y brazos arremangados, cuando dejaba de servir á los concurrentes iba á una mesa ocupada por varios trabajadores españoles, á los que describía la belleza de su ciudad natal en un lenguaje de italiano llegado dos años antes al país.

—Yo non dico que Brescia sia una grande citá: questo no; ma cuando llega la noche los cóvenes salen con mandolinos á hacer serenatas, y cada uno tiene su amor… Algo más hermoso que aquí… ¡Ah, Brescia!…

Acodado el Gallego en el mostrador escuchaba á los parroquianos más viejos, jinetes del país que habían cabalgado de los Andes al Atlántico y del río Colorado al estrecho de Magallanes como guías de los compradores de «hacienda» ó explorando el desierto para descubrir aguadas y nuevos pastos. Su paciencia desafiaba al tiempo, apreciando las semanas y los meses de viaje como si fuesen simples días.

Uno de ellos gustaba de relatar su última excursión por las estribaciones de los Andes del Sur, visitando los lagos más solitarios. En este viaje había servido de guía ó «baquiano» á un sabio de Europa, recomendado por otro sabio al que prestó el mismo servicio veinte años antes. Durante la primera expedición, fueron encontrando restos de animales monstruosos pertenecientes á los períodos prehistóricos; esqueletos gigantescos que eran etiquetados y encajonados para que los reconstituyesen después en los museos del viejo mundo.

Su último viaje había sido más original. Este segundo sabio buscaba los animales de la época prehistórica, pero vivos. Entre los escasos habitantes acampados al pie de la Cordillera, se heredaba la convicción de que existen aún en ciertos lugares del desierto patagónico bestias enormes y de formas nunca vistas, últimos vestigios de la fauna que surgió al principiar la vida en el planeta.

Algunos juraban sinceramente haber visto de muy lejos al plesiosaurio hundiéndose en el muerto cristal de los lagos andinos ó pastando en la vegetación de sus riberas. Pero veían esto al anochecer, cuando la Cordillera extendía su inmensa sombra violeta sobre la llanura. Los incrédulos afirmaban que la tal visión surgía siempre cuando el observador regresaba de algún boliche lejanísimo llevando muchas copas en el cuerpo.

Después de exponer el pro y el contra del asunto, el viejo «baquiano» terminaba así:

—En un año no tropezamos con ninguno de esos animales, y fuimos de lago en lago desde el Nahuel Huapi hasta cerca de Magallanes. Pero yo he visto con mis ojos huellas en la tierra más grandes que patas de elefante, que nos enseñaban las gentes del país. He visto también, junto á un lago, unos montones de excremento seco tan altos como mi persona, que no podían ser de ningún animal conocido… Y mi sabio callaba cuando yo le hacía preguntas, como un hombre que no se decide ni por unos ni por otros. ¡Quién sabe lo que hubiéramos visto si seguimos allá más tiempo! Tal vez cuando aumente la gente en aquellos lagos será descubierta alguna de esas bestias solitarias.