Gustaba también el dueño del boliche de hacer preguntas á sus parroquianos más viejos sobre ciertos hombres misteriosos que habían pasado por esta tierra años antes, cuando acababan de ser expulsados los indios y se iniciaba la colonización. Eran personajes de vida novelesca, nacidos en palacios reales, y que, á semejanza de muchos santos que abandonaron la casa rica de sus padres para sufrir privaciones, renunciaban á todas las comodidades de su origen, despojándose de su nombre para ser un vagabundo más y conocer el áspero placer de la libertad salvaje. El nombre de Juan Ort lo repetían familiarmente los habitantes más antiguos del territorio.
Había leído el Gallego su historia en libros y periódicos. Este Juan Ort era un archiduque de Austria que abandonaba su alto grado en la marina de guerra y sus honores en la corte, bajo la influencia de una misantropía poética y vagabunda, hereditaria en su familia. Luego de renunciar al título de archiduque, para llamarse simplemente Juan Ort, corría los mares en un lujoso yate, acompañado de hermosas mujeres y de músicos.
Un día circulaba la noticia de que el buque se había perdido, con todos sus tripulantes, en el cabo de Hornos, al pasar de una costa á otra de la América del Sur. Pero Juan Ort no había muerto; este naufragio fingido ó real iba á servirle para descender aún más á través de las capas sociales, conviviendo con los que estaban en lo más hondo.
—Yo lo conocí—decía otro viejo de la Presa—. Era ni más ni menos que vos ó que yo: un hombre como todos los que llegan con su lingera al hombro en busca de trabajo. Este gringo, alto y rubio, siempre estaba serio y bebía sin compañeros. A nadie dijo que se llamaba Juan Ort, pero todos lo sabíamos. Además, llevaba en su lingera un vaso de plata con unos escudos de su familia real, y le gustaba beber en él á solas en su ranchito, porque era el vaso de cuando iba á la escuela.
De pronto este vagabundo había desaparecido. Algunos lo supusieron oculto en los peores barrios de Buenos Aires; otros aseguraban haberlo encontrado de fotógrafo en Paysandú. Nadie sabía dónde había muerto.
—¡Macanas!—decían los incrédulos al escuchar tales relatos—. Todos los gringos que vienen por acá y no quieren trabajar la echan de Juan Ort, para que les admiren los zonzos.
Antonio González, lector incansable de novelas en varios tomos, creía en Juan Ort y otros personajes igualmente interesantes que venían á acabar su existencia en una tierra donde á nadie le preguntan su pasado. Mientras los parroquianos no se escapasen sin pagar, el Gallego estaba dispuesto á reconocerles una historia maravillosa, viendo en todos ellos á un hijo ó sobrino de emperador descontento de su origen y ganoso de cambiar de postura.
Otros tertulianos, los de aspecto más acomodado, se ocupaban del porvenir de este pueblo naciente. La suerte de él iba unida á la de González. Ahora estaba con el peludo pecho al aire, despeinado, sucio de polvo, y unos redondeles elásticos sujetaban las mangas de su camisa para dejar más libres sus manos. Su camarero ofrecía mejor aspecto; pero él guardaba ahorrados algunos miles de pesos en el Banco Español de Bahía Blanca, y además era dueño de mil hectáreas de tierra cerca del pueblo. Lo único que le traía disgustado era la mala educación y la ignorancia de su clientela, que se empeñaba en llamar á su establecimiento «boliche», como en los primeros días de su fundación, sin querer reconocer los engrandecimientos importantes realizados por su dueño, ni el rótulo de «almacén» que figuraba sobre la puerta.
Pero… ¿qué valía su prosperidad actual comparada con los millones de pesos que iban á caer en sus manos el día que la Presa, simple campamento de trabajadores en la actualidad, se convirtiese en una población importante, y su almacén en un establecimiento rico como los de Buenos Aires, y las tierras polvorientas que él había adquirido en un sinnúmero de «chacras», por las que le pagarían importantes arrendamientos colonos españoles é italianos?… Podría volver entonces á su patria, para instalarse en Madrid, circulando por sus calles y paseos en el automóvil más lujoso y más grande que pudiera encontrar; y las gentes de su pueblo natal, agradecidas á sus donativos, tal vez le hiciesen diputado ó senador; y un ministro lo presentaría al rey de España, cuyo retrato en colores estaba clavado sobre un tabique de madera debajo de un cocodrilo… ¡Quién sabe si hasta lo harían vizconde ó marqués, como otros tantos «bolicheros» enriquecidos en América!…
Luego cortaba el curso de sus ambiciosos pensamientos para volver á la áspera realidad en que aún vivía. Con otros parroquianos interesados en el regadío de esta tierra, iba describiendo su aspecto presente, para hacer más violento el contraste con su futura prosperidad.
—¿Qué hay aquí ahora, aparte de las personas que vivimos en la
Presa?… Avestruces y pumas nada más.
Sus oyentes sonreían al acordarse de las bandas de avestruces que bajaban de la altiplanicie á la cuenca del río, atraídos, sin duda, por la novedad de los trabajos que iban realizando los hombres junto al agua. La señorita de la estancia de Rojas se divertía acosando á estos rebaños zancudos, que escapaban, abriendo el compás de sus rudas patas, y eran alcanzados algunas veces por el lazo de la amazona.
El puma, con el empujón del hambre, también descendía en invierno de las alturas para rondar en torno á los ranchos y casitas de la Presa.
Al ser mencionado el puma, algunos volvían á sonreir torciendo sus ojos hacia Friterini. Un amanecer, al salir el camarero al corral del boliche, había visto saltar del fondo de un tonel vacío á una especie de tigre con la piel á redondeles y del tamaño de un perro. Era un puma que se había encogido para dormir en este refugio, dando una sorpresa formidable al nostálgico evocador de las serenatas de Brescia.
—Cuando tengamos agua y las tierras se rieguen—continuaba
González—vivirán aquí miles y miles de familias.
Él y sus rústicos parroquianos tomaban espontáneamente una entonación casi lírica al hablar de los prodigios del agua. Más allá de la Presa estaba Fuerte Sarmiento, adonde iban todos para tomar el tren. Este pueblo se había formado junto á un fortín, en la época de la expulsión de los indios. El ejército de ocupación pudo abrir fácilmente un pequeño canal, aprovechando el declive del río, y este curso líquido hacía del pueblo un oasis prodigioso en medio de las secas tierras colindantes. Álamos enormes formaban murallas defensivas de las huertas. La viña, toda clase de hortalizas y de árboles frutales crecían con la prodigalidad de una tierra vigorosa que empieza á procrear después de miles y miles de años de inacción. Su riqueza aún resultaba más sorprendente por contraste con el desierto que se extendía más allá de los tentáculos de sus últimas acequias.
Pero los tertulianos admiraban más otro oasis, á varias leguas de distancia, aguas abajo, en un lugar donde el río, por tener un desnivel natural, podía ser sangrado para el riego.
Un vasco había abierto fácilmente canales, regando leguas y leguas plantadas de alfalfa. Las excelencias de este pasto eran un motivo de admiración en el boliche. Todos adoraban, con el fervor del creyente, los milagros de la alfalfa con riego. En el territorio de Río Negro esta planta de origen asiático sólo necesitaba ser sembrada una vez. Los alfalfares, cuando tenían agua, resultaban perpetuos. En Fuerte Sarmiento los había que databan de poco después de la expulsión de los indios, y con treinta y tantos años de existencia estaban mejor que el día en que los sembraron. Según los cortaban crecían más fuertes y lozanos.
—Si el hombre pudiese comer alfalfa—declaraba sentenciosamente el Gallego—quedaría resuelto para siempre el problema social, al haber en el mundo comida de sobra para todos.
Por desgracia, sólo los animales podían asimilarse este alimento maravilloso. Las ovejas que el vasco apacentaba en sus alfalfares eran como bestias de otro planeta, donde una nutrición maravillosa diese á los seres proporciones exageradas.
—Parecen animales vistos con anteojos de aumento—decía el bolichero.
Su rico compatriota el vasco, orgulloso de sus prados infinitos y de sus ovejas enormes como mastines, se complacía en decir á algún vagabundo que pasaba junto á su propiedad:
—Si llegas á cargarte esa oveja, te la regalo.
Pero el hombre, después de grandes esfuerzos, no lograba echarse á la espalda el pesado animal. Cuando recibía á algún huésped, lo obsequiaba con un pavo puesto en el asador. Y el invitado se confundía al verlo sobre la mesa, creyendo que esta ave, nutrida con alfalfa, era un corderillo asado.
La abundancia que rodeaba al tal español le permitía ser tolerante con la miseria ajena y perdonar el robo. No podía transigir con Manos Duras y otros aficionados al cuatrerismo, porque se llevaban los animales enteros.
—Que me roben toda la carne que quieran—decía—; yo he sido pobre y sé lo que es el hambre. Pero á lo menos, ¡pucha! que me dejen los cueros.
Más de una vez, al recorrer á caballo su enorme propiedad, prorrumpia en maldiciones viendo junto á un canal las entrañas y otros restos de una oveja. Pero algunos pasos más allá encontraba la piel todavía fresca puesta sobre una alambrada, y esto le hacía sonreir.
—Así me gusta; que haya decencia y sólo se lleven lo que sirve para matar el hambre.
El dueño del boliche soñaba con alcanzar algún día la riqueza de su compatriota, poseyendo inmensos alfalfares. Y hablando del célebre pasto con otros que eran dueños igualmente de tierras yermas y esperaban el momento del riego, no sentían el paso de las horas nocturnas. Experimentaban las mismas emociones de los niños mientras escuchan en la velada el relato de un cuento prodigioso.
—¡Cuándo llegará el día que veamos la tierra de nuestros campos roja y cubierta de agua, lo mismo que si fuesemos á hacer ladrillos con ella!
Quedaban como extáticos al pensar en esto. Después miraban el reloj. Era tarde, y había que ir á la cama para levantarse con el alba. Todos al abandonar el boliche volvían sus ojos instintivamente hacia el río obscuro que se deslizaba sordamente, durante miles y miles de años, entre tierras yermas, negándolas su caricia gestadora de tantas maravillas.
Mientras llegaba la hora de ser millonario gracias á la irrigación, una de las mejores ganancias del dueño del boliche consistía en organizar los domingos corridas de caballos. Para esto necesitaba el permiso de don Roque, y no le era fácil conseguirlo.
El comisario tenía miedo á sus superiores. El gobierno federal había prohibido esta fiesta en los territorios de vida primitiva, por ser causa de borracheras y peleas. Pero el antiguo vecino de Buenos Aires, para vivir resignadamente en la Patagonia, necesitaba una compensación mayor que el sueldo dado por el gobierno; y á causa de esto, siempre que el dueño del boliche le hablaba á solas, conseguía vencer sus escrúpulos.
—Por Dios, no anuncies mucho, Gallego, que va á haber corridas—suplicaba el comisario—. No haga el demonio, ché, que tengamos una desgracia y lo sepan allá en Buenos Aires… Que sea únicamente para los que habitan el campamento.
Pero el negocio exigía, por el contrario, una gran publicidad, y de muchas leguas á la redonda iban llegando, á partir del sábado por la tarde, numerosos jinetes.
En el país no abundaban las fiestas, y había que aprovechar las corridas de la Presa. La población del campamento parecía triplicarse. El boliche expendía en veinticuatro horas la provisión de bebidas hecha para un mes.
Manos Duras saludaba á numerosos jinetes que vivían en ranchos lejanísimos y le habían ayudado algunas veces en sus negocios. Todos iban montados en sus mejores caballos, á los que llamaban «fletes», para tomar parte en las carreras.
Los premios dados por el Gallego no eran gran cosa: un billete de veinte pesos, pañuelos de vistosos colores, un tarro de ginebra; pero los gauchos, orgullosos de sus espuelas, de su cinturón y de su cuchillo con mango de plata, venían á triunfar por el honor y la gloria, regresando á sus ranchos satisfechos de haber demostrado su guapeza ante los gringos trabajadores, incapaces de montar un caballo bravo.
Rara vez se volvían en la misma tarde. Consideraban necesario quedarse para celebrar el triunfo, y las primeras horas nocturnas del domingo eran las de mayor ganancia para el boliche. También resultaban las más temibles para don Roque, y su recuerdo lo hacía vacilar en la concesión de nuevos permisos, aún á riesgo de perder lo que le daba en cambio el Gallego.
Como el público no cabía dentro del establecimiento, formaba corros fuera de él; y Friterini, ayudado por las mujeres, entraba y salía incesantemente con botellas y vasos. Sonaban las guitarras, acompañando los gritos y los palmoteos de la gente amontonada en torno á los bailarines. El comisario se mantenía á distancia con sus cuatro soldados de largos sables, sabiendo que su presencia, las más de las veces, servía para excitar los ánimos en vez de calmarlos.
Los que más le preocupaban eran los peones chilenos. En las fiestas ordinarias, cuando estaban con sus camaradas de trabajo, su embriaguez resultaba metódica y su humor no sufría sobresaltos. Acostumbrados al trato con los peones europeos, cantaban y bailaban la cueca sin que se turbase la paz. Únicamente su patriotismo agresivo iba creciendo según aumentaba la cantidad de bebida consumida.
—¡Viva Chile!—gritaban á coro entre una cueca y otra.
Alguno, más entusiasta, completaba la aclamación, lanzándola con toda su pureza clásica, como lo hacen los rotos en las fiestas patrióticas ó en la guerra al cargar á la bayoneta: «¡Viva Chile, m…!»
Mas en las tardes de carreras, la presencia de gentes extrañas, y especialmente á aquellos jinetes de aire arrogante, orgullosos de sus sillas chapeadas de plata, de sus armas y de los adornos metálicos de sus trajes, parecía esparcir un malestar provocativo, mezcla de odio y de envidia, entre los rotos que iban á pie.
De pronto cesaban de sonar las guitarras y había un rumor de disputa. Chillaban las mujeres; sobre sus chillidos se destacaba un grito mortal; luego venía un silencio profundo. Y la gente se apartaba, dejando sitio á un hombre con ojos de loco y la diestra roja de sangre.
—¡Abran cancha, hermanos, que me he desgraciao!…
Todos le abrían paso; nadie pretendía detenerle, ni aún el comisario, que procuraba estar lejos.
Hubiera sido un atentado contra las leyes establecidas por los antiguos, más conocedores de la vida que los hombres del presente. El hermano del herido ó del muerto sólo atendía al que estaba en el suelo, sin preocuparse de atajar á su agresor. Tiempo le quedaba de ir en busca del que se había «desgraciado», allá donde estuviese, para «desgraciarse» á su vez, ejerciendo el derecho de la venganza.
Cuando ocurría uno de estos incidentes, don Roque, olvidando las larguezas de González, se mostraba indignado.
—¿No te decía yo que esto acabaría mal, Gallego?… Ahora veremos lo que dicen de Buenos Aires. En una de éstas, ché, voy á perder mi puesto.
Pero ni de Buenos Aires hablaban, ni don Roque perdía su cargo. Como era la única autoridad y estaba de acuerdo con su colega de Fuerte Sarmiento, se procedía al entierro del difunto, cuando lo había, y si solamente era un herido, éste se dejaba curar, asegurando no haber visto jamás al que le dió la cuchillada y añadiendo que no le reconocería aunque se lo pusieran delante.
Transcurrían algunos meses sin que don Roque se ablandase. «¡Ché, Gallego: no me pillarás otra vez!…» Pero la generosidad del bolichero acababa con sus temores, y de nuevo se anunciaba una corrida de caballos.
Si la fiesta había terminado sin peleas, González, triunfante, reñía al comisario.
—¿Lo ve usted?… Este es un pueblo que progresa, y puede uno tener confianza en su decencia. Lo de la otra vez fué un pequeño incidente.
Para no verse el bolichero desmentido por los hechos, ensanchaba su largueza hasta Manos Duras, dándole algún billete de Banco á cambio de que mantuviese la paz, valiéndose de sus amistades con unos y del temor que inspiraba á otros.
Un sábado, al anochecer, entró Robledo por la calle central, de vuelta de sus canales. Al pasar ante la casa de Pirovani miró al lado opuesto y aceleró la marcha de su caballo, por temor á que Elena abriese una ventana, llamándole. Iban transcurridos muchos días sin que él hubiese vuelto á visitarla. Sentía esos temores vagos que anuncian la cercanía del peligro, pero sin dejar adivinar de qué parte viene.
El campamento de la Presa le parecía ahora distinto al de algunas semanas antes. Su aspecto exterior era el mismo, pero su vida interna se transformaba de un modo inquietante. Iban perdiéndose la dulzura monótona y la confianza algo grosera con que se trataban todos siempre.
«Gualicho», el terrible demonio de la Pampa expulsado al mismo tiempo que los indígenas, había vuelto á estas tierras que fueron suyas, reconquistándolas. Robledo se acordó de cómo los indios solían combatir á dicho genio del mal apenas iban notando su presencia entre ellos.
Cuando sus expediciones para robar ganado ó sorprender á las tribus vecinas empezaban á fracasar; cuando iban en aumento las enfermedades en sus tolderías y las amenazas de hambre, todos los jinetes se armaban y salían al campo para vencer al maldito Gualicho. Esgrimían contra el enemigo invisible sus lanzas y sus mazas llamadas «macanas», arrojaban sus boleadoras, correas terminadas por dos esferas de piedra que volteaban en el aire para envolver al adversario, acompañaban con aullidos sus botes, tajos y estocadas, y las mujeres y los pequeñuelos, marchando á pie, se unían á esta ofensiva general dando palos y puñetazos al aire. Alguno de sus innumerables golpes había de tocar forzosamente al mal espíritu, obligándolo á huir; y cuando, al fin, caían todos en tierra extenuados, la tranquilidad volvía á ellos, convencidos de que el enemigo estaba ya lejos de su campamento.
El español creía notar ahora en la Presa la presencia de Gualicho, el diablo pampero, maligno y enredador. Empujaba á los hombres unos contra otros. Todos se miraban con hostilidad, como si se viesen diferentes á como eran antes… ¿Tendría, al fin, que juntarse el pueblo en masa para ahuyentar á golpes al oculto enemigo?…
Iba pensando en esto, cuando su caballo se estremeció, deteniéndose con tal brusquedad que casi le hizo salir disparado por encima de sus orejas. En el mismo instante sonaron varios tiros de revólver y vió cómo saltaban hechos pedazos los vidrios de las ventanas y de las dos puertas del boliche.
Surgieron por estas aberturas, lo mismo que proyectiles, botellas, vasos, y hasta un cráneo de caballo. A continuación aparecieron algunos gauchos amigos de Manos Duras, que marchaban de espaldas disparando sus revólveres. Varios trabajadores del pueblo salieron á su vez del establecimiento, atacándolos igualmente á tiros. Otros que ya habían agotado sus cartuchos avanzaban cuchillo en mano.
Cayó un herido y empezó á arrastrarse por el polvo. Luego el ingeniero vió desplomarse á otro hombre. González apareció en mangas de camisa, como siempre, con dos elásticos sobre los bíceps. Elevaba los brazos, profiriendo súplicas, voces de mando y maldiciones, todo mezclado. Las mestizas anexas al boliche, que completaban la venta del alcohol con el ofrecimiento de sus gracias, salieron también, asustadas y dando gritos, para huir hacia los extremos de la calle.
Robledo sacó su revólver, y espoleando á su caballo se fué metiendo entre los contendientes, apuntando á unos y á otros, al mismo tiempo que gritaba, exigiendo orden. Ayudado por los vecinos que iban llegando, muchos de ellos con rifles, pudo restablecer una paz momentánea. Huyeron los gauchos, perseguidos por los obreros del dique, y acudieron las mujeres, lo mismo las danzarinas del establecimiento que las pertenecientes á las familias del pueblo, para rodear á los dos heridos y levantarlos.
González, que protestaba á gritos, sin que nadie le escuchase, hizo un gesto de alegría al reconocer á Robledo, como si éste pudiera arreglarlo todo.
—Son los amigos de Manos Duras—dijo—, que vienen á armar bochinche porque á ese gaucho malo le quitan el suministro de la carne y le impiden hacer otros negocios. Como mañana teníamos carreras de caballos, Manos Duras me ha querido perjudicar, provocando esta batalla. Parece como que el demonio ande suelto ahora, don Manuel. ¡Tan en paz que vivíamos antes!…
Sudoroso y emocionado aún por el combate, siguió balbuciendo explicaciones. Reconocía que los chilenos provocaban peleas algunas veces; pero era de tarde en tarde y á consecuencia de excesos en la bebida. Ahora no había que imputarles ninguna responsabilidad. ¡Pobres rotos!… Eran los del país los que habían procedido insolentemente, como si obedeciesen una orden, provocando á los trabajadores para perturbar la tranquilidad del pueblo.
—Y esto va á durar, don Manuel; conozco á Manos Duras. Si quisiera dinero, habría venido á pedírmelo, y no sería la primera vez… Pero debe haber de por medio algo que no adivino, y que le hace buscar el escándalo, sea como sea.
Acababan de ser recogidos los heridos, y la gente los metía en el boliche. Un hombre á caballo salió en busca del médico de Fuerte Sarmiento, que sólo visitaba la Presa dos veces por semana. Varias mujeres corrieron para traer antes á cierto peón siciliano que gozaba fama de gran curandero. Los curiosos entraban en el almacén para enterarse de la gravedad de las heridas. En medio de la calle, unas comadres hablaban á gritos contra Manos Duras y sus camaradas.
Robledo volvió á emprender la marcha hacia su casa, con aire pensativo. González tenía razón: el demonio andaba suelto. Alguien había trastornado profundamente la vida de la Presa.
Al otro día notó también un gran cambio en los grupos que trabajaban junto al río. Los obreros dependientes del contratista estaban sentados en el suelo, fumando ó dormitando. Algunos de origen español canturreaban, tocando palmas y mirando á lo lejos, como si contemplasen la patria lejana.
El contramaestre chileno apodado el Fraile iba de un grupo á otro protestando de esta inercia, pero sólo conseguía que los trabajadores riesen de él. Uno de los más viejos le contestó insolentemente:
—Tú no esperarás heredar al italiano… ¿por qué tienes, entonces, más interés que él en obligarnos á trabajar? Hace muchos días que no viene por aquí.
Otro jornalero más joven añadió, con una risa bestial:
—Anda como un perro detrás de esa gringa hermosota que huele tan bien y á la que llaman «la marquesa». Yo también, si pudiera…
Y añadió algunas palabrotas que hicieron reir á muchos con expresión salvaje de deseo. De pronto, un muchacho, un aprendiz, que estaba sobre una pequeña altura vigilando los alrededores, lanzó el grito de alarma:
—¡Un ingeniero!
Inmediatamente todos dieron un salto, buscando sus herramientas, y empezaron á simular un trabajo ardoroso, mientras el español iba avanzando entre los grupos al paso lento de su caballo.
Miraban de reojo á Robledo, y según éste se iba alejando, dejaban caer sus herramientas, sentándose otra vez. Volvió repetidas veces su cabeza el ingeniero, y se dijo, como el día anterior, que un poder oculto había trastornado la vida de la colonia. Gualicho andaba realmente por todas partes, y hasta hacía sentir su influencia fuera del pueblo, desorganizando el trabajo de los hombres.
Dejó á sus espaldas los numerosos peones de Pirovani, llegando al lugar donde sus propios obreros abrían los canales.
Estos trabajadores no permanecían en perezoso descanso. Torrebianca los dirigía y vigilaba, dándoles ejemplo con su actividad. Al ver á Robledo lo llevó aparte, como si tuviera que comunicarle una mala noticia.
—El perverso ejemplo de los obreros del dique empieza á perturbar á los demás. Nuestra gente quiere menos horas de trabajo, como los otros… No comprendo en qué piensa ese pobre Pirovani. Tiene completamente abandonadas sus obras.
Le miró fijamente Robledo, guardando silencio, mientras Torrebianca continuaba dándole noticias.
—Anoche me dijo Moreno que Pirovani y Canterac empiezan á hacerse la guerra. El uno se resiste á aprobar como ingeniero los trabajos que hace el otro como contratista. Desea perjudicarle, retardando de este modo los pagos del gobierno… Pirovani dice que suspenderá las obras y se irá á Buenos Aires, donde tiene muchos amigos, á quejarse del ingeniero.
Estas palabras hicieron salir al español de su indiferencia silenciosa.
—Y mientras discuten—dijo con ira—llegará el invierno, crecerá el río antes de que el dique esté terminado, las aguas destruirán y arrastrarán el trabajo de varios años, y todo habrá que volverlo á empezar.
El marqués, que parecía pensativo, exclamó de pronto:
—¡Esos dos hombres eran antes tan amigos!… Algo, indudablemente, debe haberse interpuesto entre ellos…
Robledo hizo un esfuerzo para que sus ojos no transparentasen lástima ni asombro, y movió la cabeza afirmativamente.
* * * * *
#XI#
Poco después de la salida del sol abandonó Moreno su casa, por haberle llamado Canterac urgentemente.
Al entrar en el alojamiento del ingeniero encontró á éste paseando con impaciencia. Se había puesto ya las botas altas y el pantalón de montar. Un cinturón con revólver y su blusa estaban sobre una silla.
Con las mangas de la camisa recogidas y la pechera abierta, mostraba aún las frescas señales de su ablución matinal. Su rostro era más duro y autoritario que otros días. Una idea tenaz y molesta parecía colgar de su fruncido entrecejo. Sobre los muebles y en los rincones había numerosos paquetes envueltos en papel fino, atados y sellados elegantemente.
Se adivinaba que el ingeniero había dormido mal, por culpa de aquella idea que deseaba exponer á Moreno. Éste tomó asiento, preparándose á oir. Canterac se mantuvo de pie para seguir paseando, y dijo al oficinista:
-Ese Pirovani, á pesar de su ordinariez, me vence siempre. ¡Como es rico!…
Luego señaló los numerosos paquetes que ocupaban una parte de la habitación.
—Ahí tiene todos los perfumes que encargamos á Buenos Aires ¡Compra inútil! Los del italiano llegaron antes.
Moreno se apresuró á disculparse. Había hecho lo necesario para que el encargo viniese con rapidez; pero el otro, en vez de hacer el pedido por carta, enviaba un mensajero á la capital.
Canterac quiso mostrarse bondadoso y aceptó las excusas del oficinista, dándole unas palmaditas en la espalda.
—No he podido dormir en toda la noche, querido Moreno. Tengo un proyecto y quiero consultarlo con usted. Necesito aplastar á ese intrigante que se atreve á medirse conmigo… Aquí todos se consideran iguales, como si se hubiesen suprimido en el mundo las jerarquías. Hasta es posible que ese contratista se crea superior á mí, que soy su jefe; todo porque tiene más plata.
Sonrió Canterac con una expresión cruel, y siguió hablando.
—Yo haré que tenga menos. Hasta ahora le había tolerado ciertas cosas al aprobar sus obras. En adelante perderá muchos miles de pesos y se verá obligado á rescindir su contrato, yéndose de aquí.
Luego se aproximó á Moreno para hablar en voz baja, como si temiese ser oído.
—Quiero hacer algo extraordinario, algo que ese emigrante sin educación no pueda discurrir. Anoche lo he pensado. En el primer momento creí que era un disparate, pero después de reflexionar largas horas reconozco que es algo original y digno de realizarse, si resulta posible… Pirovani ha ofrecido una casa á la marquesa. Yo la ofreceré un parque… un parque que haré surgir en pleno desierto patagónico. ¿Qué le parece mi idea, amigo Moreno?
El oficinista le escuchaba con interés y asombro, pero no supo qué contestar. Necesitaba más explicaciones, y el otro siguió hablando.
—En ese parque daré una fiesta, una garden-party, en honor de nuestra amiga la marquesa, y hasta me proporcionaré la venganza de invitar á ese rústico enriquecido, para que se muera de envidia. Usted me hará el favor de dirigirlo todo. Aquí tiene las instrucciones; las escribí anoche, aprovechando mi falta de sueño.
Tomó el argentino el papel que le ofrecía Canterac, y luego de leerlo miró al ingeniero con extrañeza, como si dudase de su razón.
—Comprendo su asombro… Resultará caro, lo sé; pero no importa. Gaste sin miedo. Acabo de cobrar unos cuantos miles de pesos que pensaba remitir á París. Prefiero asombrar á la marquesa con mi parque. Ya ganaré otra plata más adelante: tengo confianza en el porvenir.
Y dijo esto de buena fe, con el dulce optimismo de los que se sienten enamorados.
Al día siguiente era domingo, y Watson fué por la mañana á la antigua casa de Pirovani para ver á Torrebianca. Necesitaba hablarle de un asunto relacionado con los trabajos de los canales. Robledo se había marchado dos días antes á Buenos Aires para pedir á los Bancos un nuevo crédito que le permitiese continuar sus obras, y también para vender ciertos terrenos que poseía en la Pampa central.
Subió el joven con cierta inquietud la escalinata de madera, después de mirar disimuladamente á las ventanas. Llamó á la puerta con recato, como si no quisiera ser oído por todos los habitantes de la casa, y sonrió al ver que era Sebastiana la que salía á abrirle.
—El señor no está: se fué con don Canterac á Fuerte Sarmiento esta mañana. ¿Y don Robledo, está bueno?…
La mestiza, como muchas gentes del país, aplicaba el don indistintamente á los nombres y los apellidos.
Iba Watson á retirarse, cuando se levantó un portier del recibimiento, dejando visible una mano blanca rematada por una pulsera de reloj. Esta mano le hacía señas cual si pretendiese atraerlo. Después apareció Elena por entero, invitándole con palabras y sonrisas á pasar adelante. Cohibido por su presencia, no tuvo fuerzas Ricardo para negarse, y la siguió al salón, bajando los ojos al tomar asiento.
—Al fin le veo en mi casa… Debo serle muy antipática, pues nunca quiere visitarme.
Watson se excusó. Había estado dos veces por la noche en compañía de Robledo. No podía asistir diariamente á su tertulia, como los otros visitantes: se levantaba más pronto que todos ellos. Por ser de menos edad que su asociado, debía encargarse de los trabajos más penosos.
Ella fingió no escuchar estas explicaciones que desviaban el curso de la conversación. Quería decir algo y necesitaba decirlo cuanto antes.
—Tal vez le han hablado mal de mí. No se esfuerce en negarlo: nada tiene de raro que me traten de ese modo… ¡Las mujeres estamos tan expuestas á la calumnia!… ¡Nos creamos tantos enemigos al no querer acceder á ciertos deseos!
Elena había tomado un tono de dulce ingenuidad al formular sus quejas, como si estuviese bajo el peso de las más injustas persecuciones. Se aproximó á Ricardo, hablándole sin ningún recato femenil, como si fuese un compañero de su infancia; y el joven empezó á sentir la turbación que esparce el perfume de una carne sana y bien cuidada, la proximidad de una mujer hermosa.
—Soy muy infeliz, Watson—siguió diciendo—. Deseaba una ocasión oportuna para manifestárselo, y aprovecho este raro momento en que podemos hablar á solas y tal vez no volverá á repetirse nunca… Me ve usted rodeada de hombres que me hacen la corte y yo parece que coqueteo con ellos. ¡Error!… Es únicamente por aturdirme, por olvidar el vacío de mi vida. Hace años que me siento sola, como si no existiese en el mundo otro ser que yo.
Ricardo había olvidado su inquietud de momentos antes, para escucharla con un interés crédulo, aceptando todas sus palabras.
—Pero ¿y su marido?…
Una lucecita irónica pareció temblar en los ojos de ella al oir esta pregunta inocente. Pero contuvo su burlona admiración, para contestar con tristeza:
—No hablemos de él. Es un hombre buenísimo, pero no el esposo que necesita una mujer como yo. Nunca ha sabido comprenderme. Además, es un débil en la batalla de la vida; y yo, que he nacido para altos destinos, estoy donde estoy por su falta de condiciones, habiendo venido á parar á una tierra casi salvaje.
Miró intensamente á Ricardo, que bajaba los ojos, no sabiendo qué decir, y añadió con expresión pensativa:
—Crea usted que un hombre joven y enérgico hubiera ido muy lejos teniendo á su lado una mujer como yo.
Sorprendido Watson por estas palabras, levantó su mirada, pero volvió á fijarla en sus pies, cual si temiera seguir viendo los ojos de ella. Sonrió Elena levemente de su temor, al mismo tiempo que susurraba con una vocecita melancólica:
—La vida es así; se fijan en nosotras los hombres que no deseamos, y en cambio aquellos que nos interesan huyen casi siempre.
Al oir esto volvió el joven á levantar su cabeza, mirándola sin miedo alguno, con una expresión interrogante… ¿Qué es lo que intentaba decir aquella mujer?
Él no conocía la vida directamente; además, como hombre de acción, amaba poco la lectura, y le había sido imposible adivinar la existencia á través de los libros; pero guardaba en el fondo de su memoria ciertos recuerdos de novelas simplistas é ingenuas, abundantes en aventuras, leídas para combatir el aburrimiento durante los viajes en ferrocarril ó las travesías marítimas. También llevaba vistas un centenar de historias cinematográficas, y lo mismo en las páginas de los libros que sobre las pantallas de los cinemas había conocido el tipo de la «mujer fatal», la mujer hermosa de cuerpo y enrevesada y maligna de espíritu, que tienta á los hombres, consiguiendo hacerlos salir del camino del honor, y acaba perturbando la felicidad tranquila y dulcemente monótona que debe proporcionarse todo joven, casándose y formando una familia. ¿Si sería esta marquesa su mujer fatal? Robledo no mostraba mucha simpatía por ella…
Pero á continuación pensó en todas las protagonistas calumniadas y perseguidas que había encontrado igualmente en los libros y las aventuras cinematográficas, siendo tan enormes sus tormentos, que él, á pesar de su fortaleza viril, sentía humedecerse sus ojos. En el mundo abundaban tal vez las víctimas de dicha especie. Únicamente de este modo podía él explicarse la frecuencia con que aparecen en las novelas.
Siguió mirando á la Torrebianca para darse cuenta de si era una mujer fatal ó una mujer perseguida injustamente; pero ella había bajado los ojos, diciendo con triste modestia:
—He sufrido mucho al ver que usted huía de mí. Rodeada de hombres egoístas y de un grosero materialismo, necesito una amistad noble y pura, un amigo desinteresado, un compañero que me aprecie por mi alma y no por mis atractivos corporales.
Watson movió la cabeza instintivamente. Este movimiento era un reflejo de la aprobación que daba en su interior á tales palabras. Iba formándose ya una opinión sobre aquella mujer.
—Siempre creí—continuó ella—que este amigo ideal podía serlo usted, que parece tan bueno… Pero ¡ay! usted me detesta, usted huye de mí, creyéndome tal vez una mujer temible, como hay tantas en el mundo, cuando en realidad no soy mas que una infeliz.
Para expresar Ricardo con más vehemencia su protesta, se puso de pie, llevándose una mano al pecho. Él no había sentido nunca antipatía por ella, ni deseaba huir de su trato. Era un gentleman que pensaba siempre con el mayor respeto de la esposa de su compañero Torrebianca. Pero confesaba que hasta ahora no la había conocido bien.
—Esto no es extraordinario. A veces las personas se hablan años y años y creen conocerse, hasta que un día, de pronto, se conocen en realidad y se ven muy distintas de como se habían imaginado. Yo, después de lo que acabo de oir…
No dijo más, pero su silencio y sus ojos dieron á entender la emoción que habían producido en él las palabras de Elena…
Ésta se levantó igualmente, aproximándose á Watson para tenderle una mano.
—Entonces, ¿acepta usted ser ese amigo que tanto necesito para continuar mi existencia?… ¿Quiere servirme de apoyo y de guía?…
Turbado por la mirada de ella, balbuceó el joven palabras truncadas, estrechando al mismo tiempo la mano femenina que se mantenía dentro de la suya. La marquesa acogió esta vaga aceptación con un regocijo infantil.
—¡Qué felicidad! Me visitará usted todos los días, me acompañará en mis paseos á caballo, y ya no me veré seguida por esos suspirantes pegajosos que me molestan continuamente.
Mostróse sorprendido Ricardo por la alegría de la Torrebianca. Él no había prometido nada de esto; pero no se atrevió á protestar.
Como si no tuviese ya duda de que el joven iba á ser su acompañante,
Elena empezó á reir con una risa algo maliciosa.
—Además, en nuestros paseos me enseñará usted á tirar el lazo. ¡Cómo deseo poseer esa habilidad!…
Se dió cuenta inmediatamente de lo inoportunas que resultaban sus palabras. Watson había entornado los ojos, al mismo tiempo que su frente parecía obscurecerse, pasando por ella la sombra de un desfile de lejanas imágenes. Recordó la tarde en que Elena los había sorprendido cerca del río, á él y á Celinda, mientras ésta le enseñaba á tirar el lazo.
Elena, para repeler tal recuerdo, se aproximó más al joven, apoyando sus manos en las solapas de su blusa. Parecía querer mirarse en sus pupilas, al mismo tiempo que concentraba en los propios ojos todo su poder de seducción.
—¿Amigos de veras?…—preguntó con una voz susurrante—. ¿Amigos para siempre?… ¿Amigos por encima de la calumnia y de la envidia?
El joven se sintió vencido por el contacto y los perfumes de aquella mujer. El recuerdo de la ribera del río y las alegres lecciones de Celinda fué desvaneciéndose. Hubo algo dentro de él que intentó resistirse todavía á esta influencia. Pasó por su memoria el recuerdo de las heroínas fatales de los libros. Hizo un movimiento como si fuese á decir «no», y llevó sus manos á las manos de ella para despegarlas de su pecho. Pero sus dedos, al sentir el contacto de la epidermis femenina, se inmovilizaron en voluptuoso desmayo para oprimir después, acariciadores, las manos de ella. Y como los ojos de Elena parecían implorar una respuesta á sus recientes preguntas, él hizo un movimiento con su cabeza: «Sí».
A partir de este día Watson fué el único acompañante de la esposa de Torrebianca en sus paseos á caballo. Frente á la antigua casa de Pirovani se situaba un mestizo encargado de la caballeriza del contratista, teniendo de las riendas á una yegua blanca con silla femenil.
Llegaba Ricardo á caballo, aparecía en lo alto de la escalinata Elena, vestida de amazona, y en el mismo instante se presentaba en la calle el contratista, como si hubiese estado oculto esperando una oportunidad para mostrarse. También iba á caballo, pero la «señora marquesa» se negaba á aceptar su compañía.
—Vaya usted á sus negocios, señor Pirovani. Mi marido dice que los descuida usted mucho, y eso me entristece… El señor Watson está más libre ahora y me acompañará.
Acababa el italiano por aceptar tales palabras, con cierto agradecimiento. ¡Cómo se interesaba por sus negocios esta mujer! No podía mostrar con más claridad la simpatía por todo lo referente á su persona. Además, el acompañamiento de Watson no podía inspirarle celos. Todos le tenían en el país por novio de la niña de Rojas… Y finalmente se retiraba, aunque de mal talante, para ir á visitar las obras del dique.
Otras veces, cuando ya estaba Elena en la silla, se presentaba Canterac, también á caballo, con el deseo de acompañarla. Pero Elena le acogía con signos negativos de su latiguillo.
—Ya le he dicho varias veces que no quiero más acompañante que mister Watson—le contestó ella una mañana—. Usted, capitán, váyase á trabajar en esa misteriosa y enorme sorpresa que me está preparando.
También Canterac aceptaba al ingeniero norteamericano como acompañante de la marquesa. Le parecía más tolerable que el odiado Pirovani.
Vió cómo se alejaban los dos jinetes, y aunque sentía un enojo sombrío, como siempre que le rechazaba Elena, procuró disimularlo, encaminándose después á la casa de Moreno.
Estaba el oficinista leyendo una novela junto á su ventana, y al ver á Canterac se acodó en el alféizar para hablarle de los trabajos realizados.
—Hay cerca de doscientos hombres y cuarenta carretas que ganan plata en lo del parque.
El ingeniero, siempre á caballo, escuchó las explicaciones que le fué dando Moreno desde su ventana.
—Le he quitado estos hombres á Pirovani ofreciéndoles doble jornal. Además, me he llevado todas las carretas que el italiano tiene contratadas y las que hay en Fuerte Sarmiento. Esto va á retrasar un poco los trabajos del dique; pero luego, usted por una parte y el contratista por otra, procurarán ganar el tiempo perdido.
Los hombres trabajaban á cinco leguas de allí, río abajo, en un lugar algo pantanoso, donde las crecidas habían hecho surgir un bosque de álamos y otros árboles. Apartaban los peones la tierra inmediata á los troncos, dejando al descubierto sus raíces. Luego cortaban éstas é inclinaban el árbol, haciéndole caer en una carreta de bueyes, que emprendía lentamente su marcha á lo largo de la ribera, necesitando toda una jornada para llevar su carga hasta la Presa.
—Un trabajo largo y difícil—siguió diciendo Moreno—. Ayer estuve allá para verlo todo por mis ojos, y crea usted que la gente gana bien su plata.
Cerca de la Presa, en una planicie vecina al río, limpia de vegetación, otros peones abrían hoyos en el suelo. Al llegar las carretas con los árboles, levantaban éstos y los metían en los hoyos, amontonando tierra en torno para que se mantuviesen erguidos.
—Son árboles de algunos metros nada más, pero resultarán extraordinarios en este desierto donde no hay otros que puedan servir de comparación. Tengo la seguridad, capitán, de que la sorpresa va á ser enorme. Eso no lo puede discurrir el italiano.
Canterac aprobó con un sonrisa de satisfacción las últimas palabras.
—Va usted á gastar toditos sus miles de pesos—continuó Moreno—, y hasta puede ocurrir que al final falte algo de plata; pero tendrá usted su parque… Es verdad que el tal parque no le producirá nuevos gastos, pues al día siguiente de la fiesta los árboles tal vez estén secos y muertos.
Y el oficinista rió de la inutilidad de un gasto tan enorme, admirando y compadeciendo á la vez al ingeniero.
Mientras tanto, Elena y Watson marchaban lentamente á caballo por la orilla del río. Ella mantenía cogida una mano de él, hablándole afectuosamente, con una expresión maternal.
—Veo, Ricardo, por lo que me cuenta, que Robledo lo dirige todo y usted es á modo de un empleado suyo… No debía mezclarme en sus asuntos, pero todo lo que se refiere á usted ¡me inspira tanto interés!… Yo no digo que el español cometa indelicadezas al repartir las ganancias del negocio; eso no. Robledo es hombre correcto, pero abusa un poco de la condición de tener más años. Debe emanciparse usted de esa tutela, ó no hará el camino que le corresponde hacer por sí mismo, sin necesidad de tutores.
Ricardo había defendido la persona de su asociado desde las primeras insinuaciones; pero acabó por acoger, pensativo y ceñudo, sin una palabra de protesta, el último consejo de Elena.
Mientras los dos conversaban, balanceándose ligeramente con el paso lento de sus caballos, un jinete apareció y se ocultó repetidas veces en el fondo del paisaje, pasando de la orilla del río á las dunas de arena que las inundaciones habían dejado tierra adentro. Este jinete que se aproximaba ó se alejaba en un galope caprichoso era Celinda Rojas.
Elena fué la primera en darse cuenta de sus evoluciones, y sonrió malignamente.
—Creo que alguien le busca—dijo á Ricardo.
Éste miró hacia donde ella señalaba, y al reconocer á la amazona, no pudo disimular cierta turbación.
—Es la señorita de Rojas—contestó, ruborizándose ligeramente—; una niña todavía, con la que tengo alguna amistad. Es como una hermana menor; mejor dicho, un compañero. No vaya usted á imaginarse…
La Torrebianca sonreía irónicamente, como si no creyese en sus protestas, y acabó por decir, con una frialdad que apenó al joven:
—Vaya usted á saludarla, para que no nos moleste más con su vigilancia, y venga luego á juntarse conmigo.
Después de estas palabras, dichas con el tono de una orden, hizo trotar á su caballo tierra adentro, por entre los ásperos matorrales, que se rompieron lanzando crujidos de leña seca. Inmediatamente, Celinda dejó de evolucionar á lo lejos, llegando á todo galope al encuentro de Ricardo. Cuando estuvo junto á él le amenazó con un dedo, pretendiendo imitar la expresión ceñuda de un maestro que riñe á su discípulo. Luego habló con una gravedad cómica:
—¿No le he dicho más de cien veces, mister Watson, que no quiero verle con esa… mujer? Paso ahora los días enteros corriendo el campo inútilmente, y cuando al fin consigo tropezarme con el señor, lo veo siempre en mala compañía.
Pero Watson era ahora otro hombre y no acogió con risas su fingido enfado. Muy al contrario, pareció ofenderse por el tono de broma con que hablaba ella, y repuso secamente.
—Puedo ir con quien quiera, señorita. Sólo hay entre nosotros una buena amistad, á pesar de lo que algunos suponen equivocadamente. Ni usted es mi prometida, ni yo tengo obligación de privarme de mis relaciones para obedecer sus caprichos.
Celinda quedó absorta por la sorpresa y él se aprovechó de esto para saludarla con brusquedad, alejándose después en la misma dirección que había seguido Elena. La niña de Rojas, al convencerse de que el norteamericano huía verdaderamente, hizo un gesto de cólera, al mismo tiempo que lanzaba palabras suplicantes:
—¡No se vaya, gringuito!… Oiga, don Ricardo; no se ofenda… Mire que esto sólo ha sido para reir, lo mismo que otras veces.
Como Watson fingía no oírla y continuaba su trote, acabó ella por echar mano al lazo que guardaba en el delantero de la silla, y lo deslió para arrojarlo sobre el fugitivo.
—¡Venga usted aquí, desobediente!
El lazo cayó sobre Ricardo con exacta precisión, aprisionándolo, pero cuando Celinda empezaba á tirar de él, sacó el ingeniero un pequeño cuchillo, cortando la cuerda. Tan rápido fué este acto, que la joven, preocupada únicamente en tirar de su lazo, casi cayó del caballo al faltarle de pronto el apoyo de la resistencia.
Watson se alejó, sacándose el fragmento de cuerda que envolvía aún sus hombros. Luego la arrojó, sin volver la vista atrás. Mientras tanto, la niña de Rojas seguía recogiendo su lazo, que se arrastraba blandamente por el suelo.
Al llegar á sus manos el final de la cuerda, contempló tristemente su extremo cortado. Las lágrimas enturbiaron su visión. Luego, la hija de la estancia palideció de cólera mirando hacia las dunas, detrás de las cuales había desaparecido el norteamericano.
—¡Que el demonio te lleve, gringo desagradecido! No quiero verte más… Ya no te echaré mi lazo, y si alguna vez deseas verme, serás tú el que tengas que echármelo á mí… ¡si es que sabes!
Y no pudiendo resistirse más tiempo á la crueldad de su decepción, la niña de Rojas hundió la cara entre las manos, para que aquella tierra arenisca y aquel río impetuoso y solitario que tantas veces la habían visto reir no la viesen ahora llorar.
* * * * *
#XII#
Llegó el día de la gran sorpresa preparada por Canterac. Los trabajadores, bajo la dirección de Moreno, colocaron los últimos árboles en la llanura inmediata al río.
Grupos de curiosos admiraban desde lejos este bosque improvisado. De Fuerte Sarmiento y hasta de la capital del territorio de Neuquen iban llegando gentes atraídas por la novedad de tal fiesta. Algunos obreros tendían de tronco á tronco guirnaldas de follaje y clavaban grupos de banderolas.
Friterini, elevado á la categoría de maître d'hôtel, había sacado de su maleta un frac algo apolillado, recuerdo de los tiempos en que prestaba servicio como camarero auxiliar en hoteles de Europa y de Buenos Aires. Preocupándose de la integridad de su pechera dura y su corbata blanca, daba órdenes á una tropa de mestizas del boliche que se habían convertido en servidoras y preparaban las mesas para la fiesta de la tarde.
Don Antonio «el Gallego» también se había transformado exteriormente. Iba vestido de negro, con una gruesa cadena de oro de bolsillo á bolsillo de su chaleco. Él era de los invitados, tenía derecho á figurar entre los vecinos más notables de la Presa representando al alto comercio; pero como la merienda había sido encargada á su establecimiento, creyó del caso trasladarse al lugar de la fiesta desde las primeras horas de la tarde, para convencerse de que todos los preparativos se desenvolvían con regularidad.
Entre los mirones situados al otro lado de una cerca de alambre se veían algunos gauchos, siendo uno de ellos el famoso Manos Duras. Después de la batalla ocurrida en el boliche, había vuelto tranquilamente al campamento para dar explicaciones. No negaba que algunos de los provocantes fuesen amigos suyos, pero todos eran mayores de edad y no iba á responder de sus actos, como si fuese su padre. Él estaba lejos del campamento al ocurrir el choque; ¿por qué intentaban mezclarlo en hechos de los que no tenía culpa alguna?…
El comisario hubo de conformarse con estas justificaciones; el dueño del boliche las aceptó igualmente, creyendo que era mejor tenerlo por amigo que por adversario, y allí estaba Manos Duras contemplando con una atención algo burlona los preparativos de la fiesta. Los otros gauchos, igualmente silenciosos, parecían reir interiormente de tales labores. Los gringos trasladaban los árboles del sitio donde los había hecho nacer Dios: ¡y todo por una mujer!…
Las gentes del pueblo eran más atrevidas en sus juicios, formulándolos á gritos. Algunas mujeres, las mejor vestidas, censuraban á la marquesa:
—¡La grandísima… tal! ¡Las cosas que los hombres hacen por ella!
Enumeraban los regalos del contratista Pirovani, tan regateador y duro para los trabajadores. Todos los días de tren le llegaban á la marquesa paquetes de Buenos Aires ó Bahía Blanca, pagados por el italiano. Además, un carro con tonel no hacía otro trabajo que llevar agua del río á la casa. Aquella señorona necesitaba bañarse cada veinticuatro horas.
—Eso no es natural. Debe tener en la carne algo que no quiere irse—afirmaban sentenciosamente algunas mujeres.
Para todas ellas, obligadas á ir varias veces al día con un cántaro á cuestas de su vivienda al río, el carro del tonel representaba el más inaudito de los lujos. ¡Un baño diario en aquel país, donde el menor soplo de viento levantaba columnas de tierra suelta, tan enormes y violentas, que obligaban á encorvarse para resistir mejor su empuje!… Como muchas de estas mujeres llevaban aún en sus cabelleras y en los dobleces de sus ropas el polvo de semanas antes, las enfurecía tal derroche de agua, como una injusticia social.
Una, para consolarse, recordó malignamente al ingeniero Torrebianca.
—¡Y será capaz de venir esta tarde con los queridos de su mujer!… Parece imposible que un hombre sea tan… ciego. Deben marchar de acuerdo los dos.
Todos los que no estaban invitados á la fiesta y pretendían verla de lejos, apoyados en la alambrada, se consolaban de su preterición hablando contra la Torrebianca, sus amigos y su marido.
Pasó Celinda á caballo, entre los grupos, lentamente y mirando con hostilidad el parque improvisado. Luego, para no oir los escandalosos comentarios de aquellas mujeres, se alejó hacia el pueblo.
González, sin perder de vista la preparación de las mesas, hablaba á unos parroquianos de su establecimiento, mostrándoles el río. Era propicia la ocasión para repetir, con una gravedad doctoral, muchas cosas oídas á su compatriota Robledo.
Los indios habían dado á este río su nombre de Negro por los sufrimientos que les costaba remontarlo, á causa de su rápida corriente. Los descubridores españoles lo titularon río de los Sauces, por la gran cantidad de árboles de esta especie que cubría sus orillas. Habían disminuido mucho ahora, pero aún representaban el mayor obstáculo para su navegación, pues los troncos y raigones impulsados por la corriente batían como arietes á los barcos, quebrantándolos. Durante dos siglos había permanecido inexplorado, creyendo los descubridores españoles—á causa de los informes de los indígenas—en la posibilidad de navegar por él hasta Chile, lo que haría del río de los Sauces un canal entre el Atlántico y el Pacífico menos lejano que el estrecho de Magallanes.
Un misionero inglés intentaba su exploración para que su patria se apoderase de este paso, lo que la permitiría atacar cómodamente las colonias de España situadas al borde del Pacífico.
—Entonces fué cuando los españoles, que habían tenido tantas cosas en qué ocuparse, por ser dueños de la mayor parte de América, creyeron necesario explorar el río.
Era un alférez de la Armada, llamado Villarino, el que acometía esta empresa difícil y de escasa resonancia en el último tercio del siglo XVIII, cuando ya casi toda la tierra de América estaba descubierta y colonizada.
—Don Manuel—siguió diciendo el dueño del boliche—llama á Villarino el último representante del heroísmo descubridor de los españoles.
Con cuatro barcas pesadísimas é inadecuadas para tal viaje, había salido de Carmen de Patagones, en la costa atlántica, llevando por tripulación unos sesenta hombres. Este puñado de marineros se internaban en un país totalmente inexplorado, en el que vivían los indios más irreductibles y feroces. De las márgenes del río Negro partían las invasiones indígenas contra las tierras civilizadas del virreinato de la Plata: los malones de jinetes cobrizos ansiosos de robar ganados á los estancieros de Buenos Aires. Los cuatro barcos de uno ó dos palos iban á navegar centenares de leguas entre orillas donde les esperaban en acecho los Aucas, tenidos por los indios más sanguinarios é indomables.
—Sólo los que conocemos la corriente de este río podemos comprender lo que representó aquella expedición, curso arriba y con buques de vela. Llevaban quince caballos para sirgar los barcos por la orilla en los pasos difíciles. Cuatro veces los huracanes rompieron las arboladuras de las embarcaciones. Con Villarino brilló por última vez, como dice don Manuel, la gloria de los conquistadores españoles. La expedición duró muchos meses, y como no tenía baquiano del país que la guiase, se extravió con frecuencia, metiéndose en ríos afluentes para retroceder después… Buscaban el mar que los indios aseguraban haber visto con sus ojos, y efectivamente, al final del Limay, continuación del río Negro, se desemboca en un mar que es simplemente el lago Nahuel Huapi… Lo cierto es que ahora nadie navega por este río mientras no lo limpien, y ninguno de los exploradores actuales, aún contando con las embarcaciones modernas, ha querido repetir el viaje del alférez Villarino hace siglo y medio.
Llevado por su entusiasmo patriótico, seguía González mencionando todo lo que había oído á Robledo, pero sus oyentes eran cada vez más escasos. Se alejaban, atraídos por los preparativos de la merienda, prefiriendo la contemplación de las mesas á la del antiguo río de los Sauces y á escuchar el relato de las hazañas del joven oficial de la marina española.
Iban aumentando considerablemente los grupos. Una banda de música, compuesta de unos cuantos italianos vecinos de Nenquen, empezó á rasgar el aire con las estridencias de sus instrumentos de metal. Inmediatamente se lanzaron á danzar algunas parejas. Don Antonio vió en esto una falta de respeto al organizador de la fiesta.
—No los dejes bailar mientras no llegue la marquesa—ordenó á Friterini—. La ceremonia es para ella, y de seguro que le parecerá muy mal al señor de Canterac que empiece antes de tiempo.
Pero músicos y bailarines no hicieron caso alguno de sus escrúpulos y continuó el baile.
Elena estaba mientras tanto en el salón de su casa, lujosamente vestida para asistir á la fiesta. Tenía el rostro obscurecido por un gesto de enfado.
«Esto sólo me ocurre á mí—pensaba—. Llegar esta noticia precisamente hoy… ¡Y aún hay quien niega los caprichos de la fatalidad!»
Aquel día era de tren, y al empezar la tarde llegó el correo, recogido en Fuerte Sarmiento.
Torrebianca, con el rostro consternado, fué en busca de su mujer para mostrarle una carta.
—Lee lo que acabo de recibir. Es del notario de mi familia.
Esta carta, llegada de Italia, le daba cuenta de la muerte de su madre. «Desde que usted se marchó á América, la salud de la señora marquesa quedó tan profundamente quebrantada, que todos esperábamos tal desgracia de un momento á otro. Ha muerto pensando en usted. Su nombre fué lo último que balbuceó en su agonía. Adjunto le envío algunos datos sobre su herencia, que desgraciadamente no es…»
Suspendió Elena tal lectura para mirar á su marido con ojos interrogantes; pero éste tenía la cabeza inclinada, como anonadado por la noticia. Dudó ella en hablar, y como transcurría el tiempo sin que el otro saliese de su actitud silenciosa, dijo lentamente:
—Supongo que este suceso, que nada tiene de inesperado, pues tú mismo lo has presentido muchas veces, no va á privarnos de asistir á la fiesta.
Levantó Torrebianca el rostro para mirarla con ojos de asombro.
—¿Qué es lo que dices?… Piensa que es mi madre la que ha muerto.
Ella fingió cierta confusión, mientras decía bondadosamente:
—Siento mucho la muerte de la pobre señora. Era tu madre, y esto basta para que la llore… Pero piensa que en realidad no la vi nunca, y ella, por su parte, sólo me conoció por mis retratos. Ten serenidad y un poco de lógica… Por esa desgracia, ocurrida al otro lado de la tierra, no vamos á privarnos de asistir á una fiesta que representa enormes gastos para el amigo que la ha organizado.
Se aproximó á su esposo, diciéndole con voz insinuante, al mismo tiempo que le acariciaba el rostro con una mano:
—Hay que saber vivir. Nadie conoce esta desgracia. Figúrate que la carta no ha llegado hoy y sólo puedes recibirla en el correo de pasado mañana… Quedamos en eso; aún ignoras la noticia y me acompañas esta tarde. ¿Qué adelantas con acordarte ahora? Tiempo te queda para pensar en ese suceso triste.
El marqués hizo signos negativos. Luego se llevó una mano á los ojos, y apoyando sus codos en las rodillas gimió sordamente:
—Era mi madre… ¡Mi pobre mamá, que tanto me quería!
Hubo un largo silencio. Torrebianca, como si no quisiera mostrar su dolor en presencia de su mujer, se refugió en una habitación inmediata. Elena, ceñuda y malhumorada, le oyó gemir y pasearse al otro lado de la puerta.
Así transcurrió mucho tiempo. Ella miró el reloj: las tres. Había que decidirse. Hizo un gesto cruel y levantó los hombros. Luego fué hasta la puerta por donde había desaparecido su esposo:
—Quédate, Federico; no te ocupes de mí. Iré sola, é inventaré un pretexto para excusar tu ausencia. ¡Hasta luego, alma mía! Cree que si te dejo es únicamente por no molestar á nuestros amigos. ¡Ay, las exigencias sociales! ¡Qué tormento!…
Tomaba su voz inflexiones de piadoso cariño, al mismo tiempo que las comisuras de su boca se dilataban en un rictus de cólera.
Se puso el sombrero y salió. Desde lo alto de la escalinata pudo ver la calle enteramente solitaria.
Toda la gente del pueblo estaba en los alrededores del parque improvisado. Canterac y el contratista, cada uno por su parte, habían declarado festivo aquel día, imponiendo el descanso á sus obreros.
Frente á la casa había un carruajito de cuatro ruedas, cuidado por un mestizo. Éste dormía en el pescante, con un cigarro paraguayo entre sus labios gruesos y azules, mientras un enjambre de moscas zumbaba en torno al rostro sudoroso.
Elena pensó en sus admiradores, que estarían esperándola, impacientes. Se habían abstenido de venir á buscarla, porque el día anterior les manifestó su deseo de presentarse sin otro acompañamiento que el de su esposo. Una señora debe evitar que la maledicencia se cebe en sus actos.
Cuando se dirigía hacia el carruajito, dejando á sus espaldas la casa, oyó el ruido de un galope. Un jinete acababa de surgir de una callejuela inmediata. Era Flor de Río Negro.
Por una afinidad misteriosa que más bien era una repulsión, Elena adivinó su presencia antes de verla con sus ojos. Sin esperar á que el caballo hiciese alto, la intrépida amazona se deslizó de la silla. Luego fué aproximándose, con la torpeza del jinete que extraña el contacto del suelo:
—Señora, una palabra nada más.
Y se interpuso entre ella y la estribera del carruaje, cerrándola el paso.
A pesar de su arrogancia, Elena se sintió emocionada por los ojos hostiles de la muchacha. Fingió, sin embargo, altivez, y pareció preguntar con un gesto: «¿Es realmente á mí á quien busca?…»
Celinda la entendió, contestando con un movimiento afirmativo. La marquesa hizo otro ademán indicando que podía hablar, y la niña de Rojas dijo con expresión agresiva:
—¿No tiene usted bastante con todos esos hombres á los que trae locos?… ¿Todavía necesita robar los que pertenecen á otras mujeres?
La respuesta de Elena fué mirarla de pies á cabeza. Pretendía confundirla con sus gestos de superioridad.
—Joven, no la conozco—dijo—. Además, sospecho que existen entre nosotras grandes diferencias de categoría y educación, que nos impiden seguir hablando.
Intentó apartarla para que le dejase libre el paso; pero Celinda, irritada por su aire despectivo, levantó el rebenque que llevaba en la diestra.
—¡Ah, demonio con faldas!
Dirigió un golpe contra el rostro de Elena, pero ésta se puso en actitud defensiva, agarrando el brazo enemigo. Su cara quedó intensamente pálida, con los ojos agrandados por la sorpresa y un resplandor felino en las pupilas. Luego habló con una voz algo ronca:
—Muy bien, joven, no se moleste. Doy por recibido el golpe. Este regalo es de los que no se olvidan nunca, y corresponderé á él cuando lo considere oportuno.
Soltó el brazo de Celinda, y como ésta parecía haber desahogado ya toda su cólera, lo dejó caer, quedando inmóvil y como avergonzada de su agresión.
Aprovechó Elena este desaliento momentáneo para subir al cochecito, tocando en un hombro á su conductor. El mestizo había estado adormecido hasta entonces, con el cigarro en la boca, sin enterarse de lo que acababa de ocurrir junto á su vehículo.
Apenas salieron del pueblo, vió Elena á lo lejos el parque improvisado y la muchedumbre que rebullía en torno á él.
Un jinete pasó al trote en dirección contraria, regresando del lugar de la fiesta, y se quitó el sombrero para saludarla. Elena reconoció á Manos Duras, sonriendo maquinalmente á su respetuoso saludo. Luego, sin darse exacta cuenta de lo que hacía, le llamó con una mano. El gaucho hizo dar vuelta á su cabalgadura y se aproximó al carruaje, marchando junto á sus ruedas.
—¿Cómo le va, señora marquesa?… ¿Por qué está tan pálida?
Elena hizo un esfuerzo para serenarse. Debía guardar aún en su rostro las huellas de la reciente emoción, y ella necesitaba llegar á la fiesta tranquila y sonriente, de modo que nadie adivinase el insulto que había recibido.
Como si quisiera terminar cuanto antes su conversación con Manos
Duras, le preguntó con forzada alegría:
—Usted me dijo una vez que me aprecia mucho y está dispuesto á hacer lo que yo le mande, por terrible que sea.
Se llevó Manos Duras una mano al sombrero para saludar, y sonrió, mostrando sus dientes de lobo.
—Ordene lo que quiera, señora. ¿Desea que mate á alguien?
Y al mismo tiempo la miraba con ojos de deseo. Ella hizo un falso gesto de susto:
—Matar, no… ¡qué horror! ¿Por quién me toma?… El servicio que tal vez le pida será muy dulce para usted… Ya hablaremos.
Temiendo que el gaucho prolongase sus palabras de despedida, le indicó con un ademán enérgico que debía retirarse. Ya estaba cerca del sitio de la fiesta, y no era conveniente llegar sin su marido y con tal acompañamiento.
Manos Duras contuvo su caballo mientras se alejaba el carruaje, Durante algunos minutos siguió con los ojos á aquella mujer, la más extraordinaria que había encontrado en su vida; y al dejar de verla, su mirada de mastín sumiso volvió á recobrar una dureza agresiva.
Iban entrando los invitados en el parque artificial, bajo la curiosidad envidiosa del populacho, mantenido más allá de la alambrada por la vigilancia del comisario y sus cuatro hombres. Estos invitados eran comerciantes españoles é italianos establecidos en las poblaciones más cercanas y algunos venidos de la lejana isla de Choele-Choel, lugar hasta donde llegan los escasos barcos que pueden remontar el río Negro. También los capataces y mecánicos de las obras acudían con sus mujeres, que habían sacado á luz los vestidos de fiesta, usados únicamente cuando iban á Bahía Blanca ó á Buenos Aires.