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La Tierra de Todos

Chapter 17: #XV#
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About This Book

La novela retrata la vida de un marqués que, instalado en la vida mondana de París con su esposa Elena, enfrenta deudas crecientes y el peso del honor familiar. Mientras la esposa mantiene apariencias y fiestas, la madre en la tierra natal vende los últimos bienes del linaje para sostenerlos. El relato mezcla episodios domésticos y sociales para mostrar la tensión entre la vanidad, la necesidad económica y la nostalgia por un pasado aristocrático en descomposición.

Robledo paseaba por las cortas avenidas de este parque admirando irónicamente la absurda creación de Canterac. Moreno le iba mostrando con cierto orgullo todas las particularidades de la obra dirigida por él.

—Lo mas notable es una especie de cenador, ó mejor dicho, de santuario de verdura que hay al final de la arboleda. Seguramente que el capitán querrá llevar allí á la marquesa. Pero ella es lista y sabe escurrirse.

Guiñaba un ojo maliciosamente al hablar de los propósitos de Canterac, y á continuación se mostraba grave para afirmar la cordura de la marquesa, que «no era la mujer que se imaginaban muchos».

Se disponía á mostrar al español el famoso «santuario de verdura», cuando le abandonó repentinamente, mascullando excusas, para correr hacia la entrada del parque. Elena acababa de llegar. Lo mismo que Moreno, corrieron á su encuentro los otros solicitantes; pero ella, después de saludar á los tres, mostró su predilección por Watson, que también había salido á recibirla. Conversó con los demás, pero sin apartar de Ricardo sus ojos acariciadores. Robledo, que examinaba al grupo desde lejos, se enteró inmediatamente de esta predilección.

Contrariado por su descubrimiento, fué aproximándose para saludar á la Torrebianca. Luego invitó á Watson, con ademanes y palabras en voz baja, á que se fuese con él; pero el joven fingía no entenderle. Al fin, el ingeniero francés, que por ser el autor de la fiesta mostraba una superioridad absorbente, se interpuso entre Elena y los demás hombres, ofreciéndola el brazo para enseñarle todas las bellezas de su invención forestal. Robledo aprovechó esto para tocar á Ricardo en la espalda, invitándole á dar un paseo por la arboleda. Apenas quedaron solos, el español se expresó con un tono bondadoso, señalando á la mujer que se alejaba apoyada en un brazo de Canterac.

—Tenga usted cuidado, Ricardo. Creo que esa Circe también desea someterlo á sus encantamientos.

Watson, que siempre le había escuchado con deferencia, le miró ahora altivamente.

—Tengo bastantes años para marchar solo—contestó con sequedad—; y en cuanto á consejos, démelos cuando yo se los pida.

Y murmurando otras palabras ininteligibles, le volvió la espalda para ir en busca de Elena.

Quedó el español asombrado por la brusca respuesta de su socio.
Después sintió indignación.

«¡Esa mujer!—pensó—. ¡Hasta va á quitarme el mejor de mis amigos!…»

Empezaba la parte más interesante de la fiesta para muchos de los invitados. Friterini dió voces, dirigiendo á las mestizas encargadas del servicio. Sobre las mesas, hechas con tablas y caballetes y que tenían por manteles sábanas recién lavadas, fueron apareciendo los manjares más ricos y extraordinarios del «Almacén del Gallego» y otros despachos de bebidas y alberguerías existentes en las colonias inmediatas al río Negro. Eran manjares de Europa y de la América del Norte, que tenían un sabor á largo encierro, á estaño y á hojalata: carnes de cerdo de Chicago, salchichas de Francfort, foie gras francés, sardinas de Galicia, pimientos de la Rioja, aceitunas de Sevilla, todo venido, á través del Océano, en botes metálicos ó cubiletes de madera.

Lo más extraordinario eran las bebidas. Sólo algunos gringos procedentes de los llamados «países latinos» buscaban las botellas de vino tinto. Los demás, especialmente los hijos del país, consideraban los líquidos de color de sangre como una bebida ordinaria, apreciando la claridad y el tono blanco de los vinos como signo de aristocracia. Resonaban continuamente los taponazos del champaña. Algunos bebían el vino espumoso como si fuese agua del río.

—Esto es caro en Europa—decía un ruso de pelo largo y grasiento—; pero aquí, ¡con la diferencia del cambio!…

Moreno, hombre de orden, consideraba con inquietud la sed creciente de los invitados. Al mismo tiempo hacía recomendaciones de parquedad y prudencia en el servicio al entusiasta Friterini con palabras deslizadas al paso y misteriosos ademanes.

«¡Con tal que alcancen los pesos de Canterac!—pensaba—.Empiezo á creer que no tendremos bastante para pagarlo todo.»

Mientras tanto, el ingeniero francés avanzaba entre los árboles con
Elena ó se detenía para mostrarle los ejemplares más corpulentos.

—Esto no es el parque de Versalles, bella marquesa—dijo imitando los ademanes galantes de otros siglos—, pero representa, á pesar de su modestia, el gran interés que tiene un hombre en serle agradable.

Pirovani, fingiéndose distraído, iba detrás de ellos á cierta distancia. Le era imposible ocultar el despecho que le producía esta fiesta ideada por su adversario. Reconocía que nunca hubiera sabido inventar él algo semejante, ¡Lo mucho que sirve haber estudiado!…

Según iba avanzando por el bosque artificial, procuraba empujar disimuladamente los árboles más próximos para hacerlos caer. Pero este mal deseo resultaba inútil. Todos se mantenían firmes. Aquel imbécil de Moreno había hecho bien las cosas al ayudar á Canterac.

Sintió frío en sus extremidades y que toda la sangre se le agolpaba al corazón viendo cómo se ocultaba la pareja en un tupido cenador de ramaje, al final de una avenida. Era el famoso «santuario» del oficinista.

—La reina puede sentarse en su trono—dijo Canterac.

Y mostró á Elena un banco rústico rematado por una especie de doselete hecho con guirnaldas de follaje y flores de papel.

Excitado el francés por la soledad, habló con gran vehemencia de su amor y de los grandes sacrificios que estaba dispuesto á hacer por Elena. Muchas veces había dicho lo mismo, pero ahora estaban solos y aquella fiesta parecía haber aumentado su agresividad pasional.

Ella, que se había sentado en el banco rústico, teniendo cerca al ingeniero, mostró cierta inquietud, aunque sin perder por esto su sonrisa tentadora. Canterac le cogió ambas manos é inmediatamente quiso besarla en la boca. Como la Torrebianca esperaba la agresión, se defendió á tiempo, haciendo esfuerzos por repelerle.

Se hallaban en esta lucha, cuando apareció el contratista en la entrada del cenador. Pero ninguno de los dos pudo verle. Canterac seguía ocupado en su tenaz propósito de besarla; y ella, olvidando sus remilgos de coqueta, lo repelía violentamente.

—Esto no es leal—dijo con voz jadeante—. Debo estar despeinada… Va usted á romper mi sombrero… ¡Estese quieto! Si insiste usted, le abandono.

Vióse al fin obligada á defenderse con tal brusquedad, que Pirovani creyó llegado el momento de intervenir, avanzando resueltamente dentro del cenador. El ingeniero, al verle, abandonó á Elena, poniéndose de pie, mientras la mujer reparaba el desorden de su peinado y sus ropas. Los dos hombres se miraron fijamente, y el italiano consideró necesario hablar.

—Muestra usted mucha prisa—dijo con ironía—en cobrarse los gastos de su fiesta.

Resultaba tan inaudito para Canterac que un simple contratista se atreviese á insultarle allí mismo, en el costoso parque inventado por él, que permaneció algunos momentos sin poder hablar. Luego, su cólera de hombre autoritario estalló con fría llamarada.

—¿Con qué derecho me habla usted?… Debí abstenerme de invitar á un emigrante sin educación, que ha hecho su dinero nadie sabe cómo.

Se enfureció Pirovani, pero con una cólera ardiente, al recibir tal insulto en presencia de Elena. Y como su violencia de sanguíneo necesitaba pasar á la acción, por toda respuesta se arrojó sobre el ingeniero, abofeteándole. Inmediatamente los dos hombres se agarraron, luchando á brazo partido, mientras la Torrebianca, perdida la serenidad, empezaba á dar voces de espanto.

Acudieron los invitados, siendo de los primeros en presentarse Robledo y Watson, cada cual por un lado distinto. El ingeniero y el contratista, estrechamente agarrados, rodaban por el suelo, derribando gran parte del «santuario de verdura».

Pirovani, más carnudo y vigoroso que Canterac, lo sofocaba con su peso. La cólera le hacía olvidar todo lo que sabía de español, y lanzaba blasfemias en italiano, aludiendo á la Virgen y á la mayor parte de los habitantes del cielo. Además, pedía á los que intentaban separarlos que le dejasen comerse tranquilamente los hígados de su rival. Había vuelto en unos segundos los años de su adolescencia, cuando se aporreaba con los compañeros de pobreza en alguna trattoria del puerto de Génova.

A fuerza de tirones y algún que otro puñetazo, varios hombres de buena voluntad consiguieron separar á sus dos jefes. Watson, despreciando á los combatientes, había corrido hacia la marquesa, colocándose delante de ella en actitud defensiva, como si le amenazase algún peligro.

Robledo miró á los dos adversarios. Contenido cada uno de ellos por un grupo, se insultaban de lejos, con los ojos inyectados de sangre y la lengua estropajosa. Ambos habían olvidado de repente el español, y cada uno barboteaba las peores palabras de su respectivo idioma.

Luego contempló á la marquesa de Torrebianca, que suspiraba como una niña, apoyándose en Watson.

«¡Sólo nos faltaba semejante escándalo!—se dijo—. Temo que alguien va á morir por culpa de esta mujer.»

* * * * *

#XIII#

Acabaron su cena silenciosamente Watson y Robledo, preocupados por lo que había ocurrido horas antes en el parque inventado por Canterac.

Un obstáculo invencible parecía haberse levantado entre los dos. Watson tenía el rostro sombrío y evitaba mirar á Robledo. Éste, al poner de vez en cuando los ojos en su asociado, sonreía con una expresión amarga. Pensaba en Elena, dominadora y malvada, que tal vez había aconsejado á Ricardo contra él.

Se levantó el joven de la mesa, saludando con algunas palabras confusas, y tomó el sombrero para salir.

«Va á verla—se dijo el español—. Ya no vive tranquilo si no está á su lado.»

En la calle central encontró Watson muchos grupos discutiendo acaloradamente. Los rectángulos rojos que proyectaban sobre el suelo las puertas del boliche eran eclipsados con frecuencia por las sombras de los que entraban y salían. Adivinó que todos disputaban sobre lo ocurrido aquella tarde, tomando partido por el ingeniero ó por el contratista.

Al llegar á la casa de Elena, salió á recibirle Sebastiana en lo alto de la escalinata. La mestiza también se mostraba preocupada por los sucesos de la tarde.

Miró á Ricardo con severidad, pensando sin duda en la niña de la estancia. ¡Ay, los hombres! Hasta este gringo que ella creía buenazo resultaba tan perverso como los otros.

Pasó adelante el joven, sin fijarse en tal mirada, y encontró en el salón á Elena que parecía esperarle.

Quiso ocupar una butaca, pero la marquesa se opuso.

—No; aquí, á mi lado. Así nadie podrá oirnos.

Y lo obligó á sentarse en el sofá, junto á ella.

Tenía el rostro pálido y la mirada dura, como si aún estuviese conmovida por recientes y desagradables impresiones. La pelea de Pirovani y Canterac había pasado á segundo término en su memoria. Le molestaba más, haciéndola estremecerse de cólera, la imagen de Celinda con el látigo levantado.

Pero olvidó su rencor al ver que Ricardo acudía puntualmente, atendiendo el ruego que ella le había hecho al anochecer para que pasase la velada en su casa. Al notar que Watson miraba con inquietud las puertas del salón, creyó oportuno tranquilizarlo.

—Nadie vendrá. Mi marido está en su cuarto, quebrantado por una mala noticia que ha recibido de Europa… Una desgracia de familia que esperábamos hace tiempo; algo que en realidad no me interesa mucho.

Luego cambió de gesto y de voz, para continuar hablando.

—¡Cuánto agradezco que haya usted venido!… Temblaba ante la idea de pasar sola estas horas de la noche. ¡Me aburro tanto aquí!… Por eso le supliqué hoy, cuando nos separamos, que no me abandonase…

Y al decir esto tomó una mano de Watson, contemplándole al mismo tiempo con ojos acariciadores.

El joven se sintió halagado en su vanidad masculina por esta mirada, pero surgió en su memoria inmediatamente el recuerdo de lo ocurrido aquella tarde.

—¿Por qué han reñido esos dos hombres?… ¿Fué por usted?…

Quedó ella indecisa; y al fin, entornando los ojos, contestó con cierto abandono:

—Tal vez; pero yo los desprecio á los dos. Para mí sólo existe usted,
Ricardo.

Puso sus manos en los hombros de él, y al hacer esto, pareció estirarse con felina ondulación, aproximando su rostro.

—Sospecho—murmuró—que vamos á ir tal vez más allá de los límites de una simpatía amistosa. ¡Me interesa usted tanto!…

Excitados por la soledad, sentían ambos en su interior la audacia de un deseo vehemente. Iban á correr en breves minutos un camino que á él, en su inexperiencia, le había parecido siempre que exigiría larguísimas jornadas. Elena pensó en la amazona juvenil que había querido golpearla. Su vanidad ultrajada y el deseo de vengarse le hicieron adoptar mentalmente cínicas resoluciones, celebrándolas con una risa oculta que pareció reflejarse en sus ojos.

«Ya que eres celosa—pensaba—, debes serlo con motivo. Yo te devolveré el latigazo.»

Además, al recordar cómo aquellos dos hombres se habían golpeado en su presencia, sin que esto le causase profunda emoción, creyó, con un ilogismo propio de su cerebro desordenado, que el medio más seguro para restablecer la paz entre ambos era que ella se entregase á un tercero, más digno de su interés.

Watson, por su parte, consideraba á esta mujer más hermosa y apetecible después que dos hombres habían intentado matarse á causa de ella. Una sensación de orgullo varonil, de vanidad sexual, se mezclaba con las emociones que iban despertando en su interior las palabras de la Torrebianca y el contacto de su cuerpo.

Al descansar ella las manos sobre sus hombros, había acabado por juntarlas, y poco á poco el joven se sintió aprisionado por unos brazos adorables. Algo se reanimó en su pensamiento, como una llama moribunda que resucita. Creyó ver el rostro noble y triste de su compañero Torrebianca, é inmediatamente quiso hacer un movimiento negativo y echarse atrás, repeliendo á Elena… No podía traicionar á un camarada. Era innoble proceder así, estando bajo el mismo techo que el otro y separado de él solamente por unos tabiques. Luego se vió á sí mismo y vió á Celinda, cuando marchaban los dos alegremente por el campo. Quiso mover otra vez su cabeza negativamente y parpadeó con una expresión angustiosa, pretendiendo defenderse y teniendo al mismo tiempo la certidumbre de que le sería imposible.

«¡Pobrecita Flor de Río Negro!», pensó.

Los brazos que rodeaban su cuello le oprimieron dulcemente y tiraron de su cabeza, inclinándola poco á poco hacia el rostro femenil que avanzaba unos labios ávidos y audaces. Las dos bocas acabaron por unirse, y Ricardo pensó que ese beso iba á ser interminable.

Experimentaba la sorpresa del que al entrar en un palacio maravilloso ve francas las puertas de un segundo salón todavía más admirable, y luego penetra en un tercero que le parece superior, perdiéndose en lontananza la sucesión de habitaciones deslumbradoras abiertas ante él. Cuando se imaginaba haber poseído por entero aquella boca, los labios se entreabrían con un bostezo de fiera, dejándole avanzar para revelarle inéditos contactos de estremecedora voluptuosidad. Creía ya agotadas todas las sensaciones ocultas entre aquellas dos valvas carnosas, suaves y húmedas, y nuevos escalofríos de placer bajaban verticalmente por el dorso de su cuerpo.

Pensó confusamente, en aquel momento, lo mismo que todos los personajes simples de la Presa que corrían enloquecidos detrás de la Torrebianca: «Esta es la verdadera mujer. Sólo merecen admiración las hembras que han conocido la vida elegante.»

Vagaron las manos de él sobre los relieves del cuerpo adorable, intentando libertarlos del encierro de las ropas…

De pronto se repelieron los dos con el empellón de la sorpresa, procurando al mismo tiempo reparar el desorden externo de sus personas. Al otro lado de la puerta, Sebastiana golpeaba la madera con los nudillos, pidiendo licencia para entrar. La mestiza era demasiado bien criada para abrir una puerta sin permiso; pero antes de solicitarlo, creía oportuno siempre mirar un poco por el ojo de la cerradura. Cuando asomó al fin la cabeza entre las dos hojas de madera, dijo bajando sus ojos maliciosos:

—Mi antiguo patrón don Pirovani quiere ver á la señora. Parece que trae prisa.

Ricardo se levantó para irse y Elena le rogó que se quedase, prometiendo despedir en un momento al intruso. Pero el joven se había serenado, dándose cuenta del peligro que acababa de correr, y quiso aprovechar esta ocasión para marcharse, antes de quedar otra vez á solas con ella. Casi tropezó en la puerta con el contratista, que entraba saludando desde lejos á la «señora marquesa». Estrechó su mano y desapareció inmediatamente.

Elena no quiso ocultar la cólera que le había producido esta visita inoportuna, y recibió al italiano con visible mal humor.

Se mantuvo de pie para hacerle comprender que su entrevista debía ser corta; pero el otro, distraído por sus preocupaciones, pidió permiso para sentarse, y antes de que ella respondiese ocupó un sillón. La Torrebianca se limitó á apoyar su cuerpo en el borde de una mesa.

—Mi marido está algo enfermo—dijo—, y necesito atenderle… No es cosa de cuidado: la emoción por una desgracia de familia. Pero hablemos de usted: ¿qué le trae aquí á estas horas?…

Tardó Pirovani en contestar, para que de este modo sus palabras resultasen más solemnes.

—El señor de Canterac cree que debamos batirnos á muerte después de lo de esta tarde.

Ella, que sólo pensaba en Watson y estaba nerviosa por la presencia del hombre que lo había ahuyentado, hizo un leve gesto revelador de que la noticia no le interesaba. Luego procuró disimular su indiferencia, diciendo:

—No encuentro extraordinaria la proposición. Si yo fuese hombre, haría lo mismo que él.

Pirovani, que vacilaba hasta poco antes por creer disparatado el reto de Canterac, se levantó de su sillón con aire resuelto.

—Entonces—dijo—, si á usted le parece bien, no hay más que hablar. Me batiré con el francés y me batiré si es preciso con medio mundo, para que usted se convenza de que soy digno de su estimación.

Al hablar así había tomado una mano de Elena, pero esta mano le pareció tan blanda y muerta, que tuvo que soltarla, descorazonado. Ella hizo un gesto de cansancio mirando hacia el interior de la casa, donde estaba su marido. Este gesto indicó á Pirovani que debía marcharse, y el contratista se apresuró á obedecerla; pero mientras se dirigía hacia la puerta todavía la atormentó con palabras y gestos de enamorado que desea inspirar admiración por su heroísmo.

Cuando Elena se vió sola, llamó á gritos á Sebastiana. La mestiza tardó en presentarse. Había tenido que ir hasta la puerta de la calle, acompañando á su antiguo patrón.

—Vea si puede alcanzar al señor Watson—ordenó Elena apresuradamente—. No debe estar lejos; dígale que vuelva.

La mestiza sonrió, bajando sus ojos para decir con fingida simplicidad:

—No es fácil alcanzarlo. Salió disparado, como si huyese del demonio.

Al abandonar su antigua casa, se dirigió Pirovani á la de Robledo. Éste leía un libro apoyándolo en la lámpara de petróleo que ocupaba el centro de su mesa. Al ver entrar al contratista, le saludó con gestos y exclamaciones de reproche.

—Pero ¿qué ha sido eso?… Un hombre de su edad y de su carácter… ¡Ni que fuese usted un muchacho de quince años que se pelea por la novia!…

El italiano repelió con altivo ademán esta admonición, juzgándola tardía, y dijo solemnemente, como si le enorgulleciesen sus propias palabras:

—Me bato á muerte con el capitán Canterac, y vengo á buscarle para que usted y Moreno sean mis padrinos.

Prorrumpió Robledo en exclamaciones de escándalo, al mismo tiempo que levantaba las manos para hacer más patente su protesta.

—¿Usted cree que yo voy á mezclarme en sus disparates y á parecer tan falto de juicio como usted ó como el otro?…

Y siguió hablando contra la absurda petición de Pirovani, pero éste movía la cabeza con tenacidad haciendo signos negativos. Estaba resuelto á todo después de haber oído á Elena.

—Yo soy un hombre de origen humilde—dijo—, un hombre que sólo conoce el trabajo, y necesito demostrar que no le tengo miedo á ese señor acostumbrado al manejo de las armas.

Robledo se encogió de hombros al oir unas palabras que consideraba absurdas. Al fin se cansó de protestar en vano.

—Veo que es inútil querer infundirle un poco de sentido común… Bueno; accedo á representarle, pero con la condición de que será para arreglar el asunto lógicamente, evitando el duelo.

El contratista tomo una actitud caballeresca, como si acabase de recibir una ofensa.

—No; el duelo lo quiero á muerte. Yo no soy un cobarde ni he venido en busca de arreglos.

Luego expresó lo que verdaderamente pensaba.

—Aunque no he recibido una educación brillante, sé lo que hay que hacer en casos como el presente. Conozco, además, la opinión de personas muy altamente colocadas. Debo batirme, y me batiré.

Dijo esto con tal sinceridad, que Robledo pensó en Elena al oírle mencionar las «altas personas» que le habían aconsejado. Le miró con lástima, manifestando á continuación, de un modo brusco, que se negaba á apadrinarle.

Convencido Pirovani de que nada conseguiría, se despidió de él, dirigiéndose á la casa de Moreno.

Al día siguiente, en las primeras horas de la mañana, don Carlos Rojas recibió una visita. Estaba en la puerta del edificio principal de su estancia, cuando vió llegar á un jinete vestido como es de uso en las ciudades y sobre un caballejo que le hizo sonreir. Era el oficinista.

—¿Adónde va montado en ese mancarrón?… Eche pie á tierra. ¿No le parece que tomemos un mate, amigazo?…

Entraron los dos en aquella pieza que servía de salón y despacho á don Carlos, y mientras una criadita preparaba el mate, vió el oficinista por una puerta entreabierta á la hija de Rojas sentada en una butaca de mimbres, con aire pensativo y triste. Llevaba traje femenil, y al abandonar las ropas masculinas parecía haber perdido su audacia alegre de muchacho revoltoso.

La saludó Moreno desde el otro lado de la puerta, y ella contestó á su saludo melancólicamente.

—Ahí la tiene usted—dijo el padre—; parece otra. Cualquiera creería que está enferma. Son cosas de los pocos años.

Sonrió Celinda con indolencia, haciendo un signo negativo al oir la suposición de su enfermedad. Después abandonó aquella habitación, demasiado inmediata al despacho, para que los dos hombres pudieran hablar libremente.

Cuando hubieron tomado el primer mate, Rojas ofició un cigarro á
Moreno para que «pitase», y encendiendo el suyo se preparó á escuchar.

—¿Qué le trae por estos pagos, tinterillo?… Porque usted no es hombre de á caballo, y cuando echa una galopada debe ser por algo.

El oficinista, al que apodaba «tinterillo» el estanciero, siguió fumando con la calma de un oriental que considera conveniente excitar la curiosidad de su interlocutor antes de emprender la conversación.

—Usted, don Carlos—dijo al fin—, fué en su juventud hombre de armas. Me han contado que cuando vivía en Buenos Aires tuvo varios duelos por asuntos de hembras.

Miró Rojas á un lado y á otro, por si la niña andaba cerca y podía oírle. Luego sonrió con la vanidad que sienten los hombres entrados en años al recordar las audacias y desafueros de su juventud, y dijo con una falsa modestia:

—¡Bah! ¡Quién se acuerda de eso! Muchachadas, ché; cosas que se usaban entonces.

Creyó necesario Moreno hacer una larga pausa, y añadió:

—El ingeniero Canterac y el contratista Pirovani se batirán mañana en duelo… Pero el duelo es á muerte.

Don Carlos mostró sinceramente su estrañeza.

—¿Pero aún están de moda esas cosas?… ¡Y aquí! ¡en pleno desierto!

Moreno hizo gestos afirmativos y quedó silencioso. Calló también el estanciero, mirándolo interrogativamente. ¿Y qué tenía que ver él con todo esto?… ¿Acaso había hecho el viaje por el simple placer de darle tal noticia?…

—Canterac—dijo el oficinista—tiene por padrinos al marqués de Torrebianca y al gringo Watson. Como los dos son ingenieros, no pueden negar un servicio tan importante á un camarada.

A Rojas le pareció esto muy natural. Pero ¿qué podía importarle á él que los padrinos fuesen unos ó fuesen otros?

—Pirovani sólo cuenta conmigo—siguió diciendo Moreno—, y yo vengo á buscarle, don Carlos, para que me saque del apuro como hombre de armas, y sea también padrino del italiano.

Protestó el estanciero con vehemencia.

—¡Déjese de macanas, ché!… ¿Por qué voy á mezclarme en esos entreveros de las gentes del campamento, cuando todos son amigos míos? Además, ya estoy viejo para meterme en tales cosas y no quiero hacer un papelón.

Insistió Moreno, y durante algunos minutos discutieron los dos hombres. Al fin don Carlos pareció ablandarse seducido por el misterio que creía entrever en este duelo inesperado. Valiéndose de su condición de padrino, tal vez averiguaría cosas muy graciosas é interesantes.

—Bueno, ché; será como usted quiere. ¡Qué no me hará hacer este tinterillo!

Luego sonrió picarescamente, golpeando al oficinista en una pierna, al mismo tiempo que le preguntaba bajando la voz:

—¿Y por qué quieren matarse? ¿Cuestión de mujeres?… De seguro que anda de por medio esa marquesa que á toditos los trae locos.

Tomó Moreno una actitud misteriosa, al mismo tiempo que se llevaba un dedo á los labios para imponerle silencio.

—Prudencia, don Carlos. Piense que el marqués tratará con nosotros como padrino, y por ser experto en esto de los duelos tal vez dirija el combate.

El estanciero empezó á reir, dando nuevos golpes en las piernas de su amigo. Fué tal su risa, que en ciertos momentos se llevó una mano á la garganta como si temiera ahogarse.

—Pero ¡qué lindo, ché!… Y es el marido el que va á dirigir el desafio… Y los otros dos se pelean por su mujer… Pero ¡qué gringos tan sabrosos! Me gustará ver eso… ¡Cosa bárbara!

Luego añadió, serenándose:

—Sí que acepto el ser padrino. Eso vale más que una comedia en Buenos
Aires ó una de esas historias del biógrafo que traen loca á mi niña.

A media tarde, luego de haber almorzado en la estancia de Rojas, volvió Moreno á la Presa y echó pie á tierra frente á la antigua casa de Pirovani.

Torrebianca se paseaba por la habitación que le servía de despacho. Iba vestido de luto y su aspecto era aún más triste y desalentado que en los días anteriores. Al pasearse se detenía algunas veces junto á su mesa, donde estaba abierta una caja de pistolas. Había pasado una parte de la tarde limpiando estas armas ó contemplándolas pensativo, como si su vista evocase lejanos recuerdos. Cuando olvidaba las pistolas miraba una fotografía puesta sobre la misma mesa y que era la de su madre. Esta contemplación humedecía sus ojos.

Moreno, después de saludarle, se apresuró á decir que ya había encontrado compañero y venía autorizado plenamente por él para la discusión de los preparativos del combate. El marqués aprobó con un saludo ceremonioso y luego le fué mostrando sus pistolas.

—Las traje de Europa, y han servido varias veces en lances tan graves como el nuestro. Examínelas bien; no tenemos otras, y deben ser aceptadas por las dos partes.

El oficinista manifestó que tenía por inútil este examen, aceptando todo lo que hiciese el otro.

Siguió hablando el marqués con una dignidad caballeresca que impresionaba á Moreno.

«Este pobre señor—pensó—no conoce su verdadera situación. Y es un hombre bueno y pundonoroso: un caballero que ignora los actos de su mujer y el triste papel que va á representar.»

Mientras el argentino le miraba con simpática conmiseración,
Torrebianca siguió hablando.

—Como ninguno de los dos quiere dar explicaciones, y las injurias son de indiscutible gravedad, el duelo lo concertaremos á muerte. ¿No opina usted así, señor?…

El oficinista, que se había puesto muy serio al darse cuenta de la importancia de esta conversación, aprobó silenciosamente con movimientos de cabeza.

—Mi representado—continuo el marqués—no se contenta con menos de tres tiros á veinte pasos, pudiendo apuntar durante cinco segundos.

Parpadeó Moreno para expresar el asombro que le producían tales condiciones, y quiso negarse á admitirlas; pero se acordó de una segunda conversación que había tenido con Pirovani aquella mañana, antes de ir á la estancia de Rojas.

Parecía transfigurado el italiano por un entusiasmo belicoso. Celebraba esta ocasión que le iba á permitir mostrarse ante la «señora marquesa» en la misma actitud de un héroe de novela.

«Acepto todas las condiciones—había dicho á Moreno—por terribles que sean. Quiero hacer ver que, aunque empecé como un simple trabajador, soy más valiente y más caballero que ese capitán.»

Acabó el oficinista por mover otra vez su cabeza afirmativamente.

—Esta noche—continuó el marqués—nos reuniremos los cuatro padrinos en casa de Watson para fijar por escrito las condiciones, y mañana á primera hora será el encuentro.

Manifestó el representante de Pirovani que don Carlos Rojas no podría asistir á tal reunión, por haber ido á Fuerte Sarmiento en busca de un médico que presenciase el duelo; pero él suscribiría todos los documentos necesarios en nombre de su amigo. Y los dos padrinos dieron por terminada su entrevista.

Al salir Moreno de la casa vió al comisario de policía junto á la escalinata, como si estuviera esperándole. Don Roque se expresó con indignación.

—Ustedes se figuran que pueden hacer lo que quieran, como si en esta tierra no hubiese autoridad, ni ley, ni nada, y aún mandasen en ella los indios. Yo soy el comisario de policía, ¿sabe, ché? y mi obligación es impedir que los demás hagan locuras. Dígame cuándo será eso del duelo… Necesito saberlo.

Moreno se resistió á hacer tal revelación, y el comisario, en vista de su rebeldía, fué dulcificando el tono de su voz.

—Dígamelo y no sea cachafaz. Piensen todos ustedes que no está bien que ocurran aquí tales cosas hallándome yo presente. Dígame cuándo será eso… para marcharme antes.

Le habló al oído el padrino, y él estrechó su mano agradeciendo la confidencia. Luego fué en busca de su caballo, que estaba cerca, y al poner el pie en el estribo, dijo en voz baja:

—Voy á pasar la noche en Fuerte Sarmiento, y no volveré hasta mañana por la tarde… Hagan lo que quieran. Yo lo ignoro todo.

* * * * *

#XIV#

Empezaban á retirarse los parroquianos más trasnochadores del boliche, cuando llegó Robledo ante la casa ocupada por Elena.

Subió con pasos quedos la escalinata, llamando discretamente á la puerta después de unos instantes de vacilación. La puerta se abrió al poco rato, asomando á ella Sebastiana, sorprendida por este llamamiento cuando iba á acostarse.

Llevaba la dura cabellera dividida en numerosas trenzas, cada una con un lacito en la punta, y procuraba taparse con la enorme redondez de sus brazos una parte del pecho cobrizo, no menos exuberante, puesto al descubierto por el desabrochado corpiño. Sus ojos iracundos y anunciadores del chaparrón de malas palabras con que pensaba acoger al importuno se dulcificaron viendo á Robledo, y antes de que éste hablase, dijo ella con amabilidad:

—La patrona está en su dormitorio y el marqués ha salido con su maldita caja de pistolas. Yo creía que estaba donde usted… Entre, don Robledo; voy á avisar á la señora.

El ingeniero sabía bien que Torrebianca estaba en su casa con los otros padrinos; pero necesitaba hablar á Elena urgentemente. A pesar de su deseo, retrocedió al ver que Sebastiana le abría toda la puerta invitándole á pasar adelante. Tuvo miedo de encontrarse á solas con la marquesa en el salón. Su entrevista debía ser breve. Además, podía llegar el marido y le sería difícil explicar su presencia allí, cuando momentos antes había hablado con él en su propia vivienda.

—Es poca cosa lo que quiero decir á tu patrona… Será mejor que se asome á la ventana de su dormitorio.

Cerró la mestiza la puerta, y Robledo avanzó por la galería exterior, pasando ante diversas ventanas. Al poco rato se abrió una de éstas y apareció en ella la marquesa con la cabellera suelta y una bata colocada negligentemente sobre sus hombros, dejando al descubierto gran parte de sus brazos y de su pecho.

Se había vestido precipitadamente, parecía asustada, y antes de que
Robledo la saludase, preguntó con ansiedad:

—¿Le ha ocurrido alguna desgracia á Watson?… ¿Por qué viene usted á estas horas?…

Sonrió Robledo irónicamente antes de contestar.

—Watson está bien; y si vengo á tales horas, es para hablarle de otro.

Luego la miró con severidad, añadiendo lentamente:

—Al salir el sol, dos hombres van á matarse. Esto es un horrible disparate que me quita el sueño, y he venido á decirle: «Elena, evite usted tal desgracia.»

Convencida ya de que no se trataba de Watson, respondió con mal humor:

—¿Qué quiere usted que haga? Pueden batirse, si es su gusto… Para eso nacieron hombres.

Acogió Robledo con un gesto de asombro estas palabras crueles.

—Aunque soy mujer—continuó ella—, no me asustan esos combates.
Federico se batió una vez por mí, cuando estábamos recién casados.
Allá en mi país, varios hombres expusieron su vida por serme
agradables, y jamás intervine para evitarlo.

Hizo una mueca de desprecio y añadió:

—¿Pretende usted que vaya á rogar á esos dos señores que no arriesguen sus preciosas vidas, para que después cada uno de ellos me exija algo á cambio de su obediencia?… Además, si intervengo en ese asunto, los dos van á creer, cada uno por su parte, que me inspiran gran interés, y ninguno de los dos me importa nada… Si se tratase de otro hombre, tal vez accedería á su ruego.

El español hizo un movimiento de cabeza al oir la palabra «otro», y vió por un instante la imagen de su asociado. Elena le miraba ahora con ojos compasivos.

—Duerma tranquilo, Robledo, como yo voy á dormir. Deje que esos dos vanidosos anuncien que se van á matar. Verá como no ocurre nada grave.

Intentó retirarse de la ventana por miedo á los «jejenes» y otros insectos sanguinarios que, atraídos por las apetitosas carnes, empezaron á zumbar en torno á sus hombros, obligándola á repelerlos con incesantes manotazos mientras hablaba.

—Si ve á Watson, dígale que le he estado esperando todo el día. Con esto del duelo es imposible hablarle… Hasta mañana, y pase usted una noche tranquila.

Cerró la ventana, fingiendo un miedo pueril á los mosquitos, y Robledo tuvo que retirarse desalentado.

A la misma hora el ingeniero Canterac escribía en su mesa de trabajo, terminando una larga carta con estas palabras:

«… y tal es mi última voluntad, que espero cumpliréis. ¡Adiós, esposa mía! ¡Adiós, hijos míos! Perdonadme.»

Dobló el pliego para meterlo en un sobre, y luego puso éste en el bolsillo interior de una levita colgada cerca de él.

«Si caigo mañana—pensó—, encontrarán esta carta sobre mi pecho. Encargaré á Watson, antes del duelo, que en caso de muerte la envíe á mi familia.»

Una hora después su adversario entraba en la casa de Moreno. El oficinista había vuelto, momentos antes, de su reunión con los padrinos de Canterac. Pirovani le habló lentamente, esforzándose por ocultar su emoción.

Acababa de dejar sobre la mesa de Moreno dos cartas, una de ellas muy abultada, con el sobre abierto, mostrando su interior repleto de papeles. Había estado escribiendo una parte de la noche en su alojamiento, para condensar en estas dos cartas todos sus asuntos. Señaló la más delgada y dijo:

—Ésta es para mi hija. Se la enviará usted, si es que muero.

El argentino quiso reir, como si dudase de la posibilidad de su muerte, acogiendo tales palabras con gestos alegres… Pero desistió de su fingido regocijo al ver que el contratista continuaba hablando con voz grave.

—En el sobre más abultado encontrará usted una autorización en regla para que pueda cobrar sin dificultades lo que me debe el gobierno, así como las sumas que tengo depositadas en los Bancos. A un hombre hábil como lo es usted, le será fácil enterarse, después de examinar estos papeles, del estado de mis negocios y del medio mejor de liquidarlos. También dejo un testamento en el que le nombro tutor de mi hija. Usted es el único que me inspira confianza. Aunque alguna vez se ha inclinado más del lado de mi adversario que del mío, eso no importa. Sé que es usted un joven «honesto», y le confío mi hija y mi fortuna: todo lo que poseo en la tierra.

Moreno se conmovió de tal modo por esta muestra de confianza, que hubo de llevarse una mano á los ojos. Luego se levantó para oprimir fuertemente la diestra del italiano y con palabras entrecortadas fué expresando su voluntad de cumplir fielmente todo lo que le encargase. Juraba dedicarse al cuidado de la hija y la fortuna de su amigo si éste moría al día siguiente.

—Pero usted no morirá—añadió golpeándose el pecho—. Me lo dice el corazón.

Poco después de salir el sol, varios hombres fueron reuniéndose en una pradera de hierba rala vecina al río. Tenía por límite unos sauces viejos y con las raíces medio descubiertas, que se inclinaban moribundos sobre la corriente, como si de un momento á otro fueran á dejarse caer en ella.

El lugar era triste. Como la luz se extendía á esta hora horizontalmente, casi al ras del suelo, las sombras de las personas y los árboles se prolongaban con un estiramiento irreal.

Primeramente llegó Pirovani escoltado por Moreno y don Carlos, todos vestidos de negro, pero el contratista se distinguía de sus acompañantes por una levita nueva y solemne. La había recibido de Buenos Aires la semana anterior, á gusto de un sastre famoso, á quien encargó un vestuario completo igual á los que poseyesen los millonarios más elegantes de la ciudad.

Detrás de este grupo avanzó un viejo alto, enjuto de carnes, con la nariz violácea y granujienta de los alcohólicos y una caja de cirugía bajo el brazo. Era el médico que Rojas había ido á buscar la noche anterior en el pueblo más próximo.

Pasados unos minutos llegaron á la pradera Canterac, Torrebianca y Watson. El capitán y el marqués vestían largas levitas, menos flamantes que la de Pirovani, y corbatas negras: lo mismo que si asistiesen á un entierro. Watson llevaba simplemente un traje obscuro.

Luego de saludar Canterac ceremoniosamente desde lejos á su adversario y á los padrinos de éste, empezó á pasearse por la orilla del río. Fingía divertirse siguiendo con sus ojos el revuelo de los pájaros matinales ó arrojando piedras á la corriente. El contratista, que deseaba no ser menos que él, imitándole en todo, se paseó también junto á los sauces, mirando al río. Y así continuaron ambos, yendo y viniendo cada uno por la parte de la orilla que se había asignado, como si fuesen dos autómatas.

Torrebianca, al que todos cedían el primer lugar por su experiencia en estos lances, empezó á disponer los preparativos del combate. Pidió á Watson dos bastones que éste llevaba á prevención, y clavó uno en el suelo. Luego miró hacia el sol con una mano sobre los ojos, para darse cuenta exacta de qué lado venía la luz, y empezó á marchar, contando sus pasos.

—Veinte—dijo clavando en el suelo el segundo bastón.

Al reunirse otra vez con los padrinos sacó una moneda, y luego de escuchar á Moreno la arrojó en alto. Cuando cayó la pieza, el oficinista dijo á Rojas:

—Hemos ganado, don Carlos, y podemos elegir el sitio.

El marqués, que había traído bajo un brazo su célebre caja de pistolas, la dejó abierta sobre la hierba. Cargó las dos armas con minuciosa lentitud, sacando á luz de nuevo la misma moneda para que el azar decidiese por segunda vez. Al caer la rodaja de metal, se inclinó el oficinista para verla y dijo al estanciero:

—La suerte está con nosotros. También podemos tomar la pistola que más nos guste.

Después los padrinos de Pirovani fueron en busca de éste para colocarlo junto á uno de los bastones escogido por ellos. El marqués y Watson condujeron á su apadrinado al lugar que marcaba el segundo bastón.

Mientras tanto, el médico procedía con cierto azoramiento á sus preparativos. Era la primera vez que presenciaba un duelo. Había abierto su caja de cirugía, y con una rodilla en tierra empezó á desenvolver vendajes, abrir frascos y examinar el buen funcionamiento de sus aparatos.

Quedaron frente á frente los adversarios. Canterac estaba rígido, con rostro grave pero inexpresivo, lo mismo que un soldado que espera la voz de mando. Pirovani tenía los ojos ardientes, miraba con agresividad, parecía furioso. Cuando se acercó Moreno con una pistola para entregársela, le dijo en voz baja:

—Va usted á ver como lo mato. Me lo avisa el corazón.

Pero olvidó su optimismo homicida, para añadir con cierta angustia:

—Lo que yo deseo es que me expliquen bien el tiempo de que puedo disponer para apuntar. No quiero equivocarme, y que me tomen luego por un ordinario, incapaz de comprender estas cosas.

Conservaron sus pistolas los dos enemigos, con el cañón en alto. Moreno se cuidó de abrochar los botones de la levita de Pirovani que estaban sueltos. Luego le subió el cuello, para que no se viese el blanco de su camisa. Torrebianca examinó por su parte á Canterac. Estaba correctamente abrochado como un militar, pero su padrino le subió también el cuello de la levita. Los dos, antes de tomar su arma, se habían quitado el sombrero, entregándolo á uno de los padrinos.

Colocándose el marqués entre ambos, sacó un papel y empezó á leerlo con grave lentitud.

«…Segundo. El director del combate dará tres palmadas, y los combatientes podrán apuntar y hacer fuego á voluntad entre la primera y la tercera palmada.»

«Tercero. Si alguno de los dos hace fuego después de la tercera palmada, será declarado felón y descalificado inmediatamente.»

Pirovani, con la pistola en alto, avanzaba la cabeza y entornaba los ojos para oir mejor, acogiendo con movimientos afirmativos cada palabra de Torrebianca. Canterac permanecía impasible, como un hombre que está escuchando algo que conoce sobradamente.

Siguió leyendo el marqués, y al fin guardó su papel, para hablar á los adversarios.

—Mi deber es dirigir á todos un llamamiento en pro de la concordia. ¿Es posible todavía una explicación entre caballeros?… ¿Quiere alguno de los dos presentar sus excusas al otro?…

Movió Pirovani con violencia su cabeza, haciendo signos negativos. El ingeniero permaneció inmóvil, sin que se alterase una línea de su rostro sombrío.

El marqués volvió á hablar, quitándose su sombrero con triste cortesía.

—Entonces, que empiece el lance y cada uno cumpla como caballero.

Retrocedió unos pasos, pero de espaldas, sin perder de vista á los combatientes. Luego levantó una mano, preguntando si estaban listos. Pirovani hizo un movimiento afirmativo. Su adversario continuaba mudo ó inmóvil. Separó el marqués sus manos para dar la primera palmada. Todo esto lo hizo con una lentitud que daba á sus movimientos cierta solemnidad trágica.

Los otros padrinos, colocados á alguna distancia de él, miraban con una emoción mal disimulada. El médico, que seguía arrodillado junto á su caja, levantó la cabeza con los ojos muy abiertos.

Torrebianca fué aproximando las manos y dijo lentamente:

—¡Fuego!… Una…

Los dos bajaron á un tiempo sus pistolas.

Pirovani, que sólo tenía en aquel momento la preocupación de no hacer fuego después de la tercera palmada, se apresuró á tirar. Su enemigo guiñó ligeramente un ojo y contrajo levemente la mejilla del mismo lado, como si hubiese sentido el roce del proyectil. Pero recobró inmediatamente su impasible fosquedad y siguió apuntando.

Volvió el marqués á dar una palmada, diciendo lentamente: «Dos.»

Al ver Pirovani que no había herido á su adversario y quedaba desarmado ante él, pasó por su rostro, como una nube veloz, la emoción del miedo; pero fué por un momento nada más. Luego, mirando á Canterac que le seguía apuntando, cruzó sus brazos, apoyó en el pecho la pistola inútil y presentó de frente todo su cuerpo, con loca jactancia, cual si desafiase á la muerte.

Moreno se agarró á un hombro de Rojas, obligado por su ansiedad á buscar un apoyo. El estanciero apretaba los labios.

—¡Pucha!… Lo va á matar—dijo entre dientes.

Dio otra palmada el director del combate. «Tres.» Un momento antes
Canterac había hecho fuego.

Todos corrieron en una misma dirección, menos el capitán, que permaneció inmóvil, con el brazo caído y la pistola todavía humeante en su diestra.

El contratista estaba de bruces en el suelo como una masa inerte. Los que corrían hacia él vieron en primer término la cúspide de su cabeza, y saliendo de ella un hilo de sangre que serpenteaba entre la hierba. Inmediatamente esta cabeza quedó invisible, pues todos se agolparon en torno al cuerpo caído, inclinándose para escuchar al médico, que lo examinaba con una rodilla en tierra.

Momentos después alzó éste su rostro para decir con balbuceos de emoción:

—Nada queda que hacer… ¡Muerto!

Viendo que Canterac se aproximaba al grupo para saber lo ocurrido, Torrebianca salió á su encuentro, cerrándole el paso. El gesto triste del marqués, antes que sus palabras, revelaron al ingeniero la verdad.

Su padrino juzgó necesario llevárselo de allí, y le dijo imperiosamente que le siguiese. Al otro lado de las dunas aguardaba un carruaje, el mismo que había llevado á Elena la tarde de la fiesta.

Cuando este vehículo los dejó frente á la antigua casa del muerto, los dos quedaron con los pies vacilantes. Torrebianca no podía invitar á Canterac á que entrase en un edificio que era de Pirovani. El otro tampoco osaba dar un paso.

Estaban los dos inmóviles, sin saber qué decirse, cuando apareció Robledo. Debía estar rondando desde mucho antes por las inmediaciones de la casa para adquirir noticias. Al reconocer á Canterac le miró con una expresión interrogante.

—¿Y el otro?…

Inclinó la cabeza Canterac y el marqués hizo un gesto doloroso que reveló á Robledo todo lo ocurrido.

Permanecieron los tres en silencio. Luego el francés dijo en voz baja:

—Mi carrera perdida; mi familia abandonada… ¡Y lo más horrible es que no siento odio alguno al pensar en ese infeliz!… ¿Qué será de mí?

Robledo era el único de los tres capaz de una resolución enérgica en aquel momento.

—Lo primero es huir, Canterac. Este asunto hará mucho ruido, y no puede taparse como una riña de boliche. Pase los Andes cuanto antes; al otro lado está Chile, y allí puede usted esperar… En el mundo todo se arregla, bien ó mal; pero todo se arregla.

El francés habló con desaliento. No tenía dinero; lo había gastado todo en aquella fiesta, que ahora le parecía un disparate. ¿Cómo vivir en Chile, donde no conocía á nadie?…

Le tomó un brazo el español para tirar de él afectuosamente, llevándoselo de allí.

—Lo primero es huir—dijo otra vez—. Yo le daré los medios de hacerlo. Vámonos.

Canterac se resistía á obedecerle, mirando al mismo tiempo á
Torrebianca.

—Quisiera antes de irme—murmuró—decir adiós á la marquesa.

Fué tan suplicante el tono con que hizo esta petición, que provocó en Robledo una sonrisa de lástima. Luego le fué empujando con una superioridad paternal.

—No perdamos tiempo—dijo—. Preocúpese de usted nada más. La marquesa tiene otras cosas en que pensar.

Y se lo llevó á su casa.

Durante todo el día el suceso mantuvo en continuo bullicio á los habitantes del pueblo. Muchos lo aprovecharon como un motivo para abandonar el trabajo. En la calle central se formaron numerosos grupos de hombres y mujeres, hablando acaloradamente, al mismo tiempo que miraban con hostilidad la casa que había sido de Pirovani. Los nombres de Torrebianca y su mujer sonaban tanto como los de los adversarios que se habían batido.

Entre las gentes del pueblo pasaron algunos gauchos amigos de Manos Duras, como si el reciente suceso hubiese extinguido completamente la hostilidad que existía entre ellos y los habitantes de la Presa.

A media tarde atravesó la calle central el mismo Manos Duras, mirando con interés hacia la casa. Algunas mestizas le hablaron, manifestando su indignación contra aquella señorona que perturbaba á los hombres. Pero el famoso gaucho encogió sus hombros, sonriendo despectivamente, y siguió adelante.

En el boliche le esperaban tres amigos suyos que vivían la mayor parte del año al pie de los Andes y habían venido á pasar unos días en su rancho. Don Roque, en otras circunstancias, se hubiese alarmado al conocer esta visita. Tal vez preparaban algún robo importante de «hacienda» para llevar las reses al otro lado de la Cordillera y venderlas en Chile. Pero ahora los personajes importantes de la Presa daban más que hacer al comisario que los gauchos dedicados al abigeato.

Al entrar Manos Duras en el «Almacén del Gallego», vió que el público era más numeroso que las otras tardes de trabajo, hablándose en todos los corros de la muerte del contratista. Mientras bebía de pie junto al mostrador, fué oyendo los comentarios de los parroquianos.

—Esa hembra—gritaba uno—es la que ha tenido la culpa de todo. ¡Qué mala p…!

Manos Duras se acordó de la tarde en que había visto á la marquesa por primera vez. Este recuerdo hizo que mirase con ojos agresivos al que acababa de hablar, lo mismo que si le hubiese dirigido una injuria.

—Dos hombres se han peleado á muerte por esa señora; ¿y qué?… Yo también estoy dispuesto á pelar mi facón y á matarme con el primero que la insulte. A ver si hay un guapo que quiera pisarme el poncho.

Esta invitación á «pisarle el poncho» era un reto á estilo gaucho para el combate; pero después de un corto silencio los parroquianos empezaron á hablar de otra cosa.

Se asomó Torrebianca, al atardecer, á una de las ventanas de su casa, mirando con extrañeza los grupos reunidos en la calle. Su número había aumentado. El comisario de policía, que acababa de regresar de Fuerte Sarmiento, iba entre ellos, hablando á unos y á otros para que se retirasen. Al ver al marqués en la ventana le saludó quitándose el sombrero.

Hombres y mujeres quedaron mirando al esposo de Elena fijamente, con una curiosidad hostil, pero nadie osó una demostración contra él.

Torrebianca no pudo ocultar su sorpresa ante la mirada inquietante de tantos ojos fijos en su persona. Luego se dió cuenta de una impopularidad que juzgaba inexplicable, y acabó cerrando las vidrieras con triste altivez.

Pasados algunos minutos abrió Sebastiana la puerta de la casa, apoyándose en una baranda de la galería exterior. Había sentido la atracción de aquella afluencia de grupos, en los que reconoció á muchas amigas antiguas. Pero al verla las mujeres que estaban en la calle, empezaron á gesticular y á insultarla á gritos.

Ella, irritada por tan incomprensible acogida, acabó por responder en el mismo tono; pero abrumada al fin por la superioridad numérica de sus adversarias y viendo además que muchos hombres las ayudaban con sus risas y palabrotas, tuvo que retirarse. Al reflexionar luego en la cocina, fué columbrando la verdad. Todas las mujeres del pueblo, sin exceptuar las que eran comadres suyas, irían contra ella porque estaba al servicio de la marquesa.

A la misma hora del anochecer entró Watson en el pueblo. Después del terrible suceso de la mañana había tenido que preocuparse del cadáver de Pirovani, acompañando á los padrinos de éste y al médico. Primeramente lo guardaron en un rancho ruinoso cercano al río. Luego resolvieron trasladarlo á Fuerte Sarmiento, ya que debía ser enterrado finalmente en el cementerio de dicho pueblo. Así evitaban las manifestaciones que podían surgir en la Presa si el cadáver era llevado allá.

Regresaba Watson de Fuerte Sarmiento y había dejado á sus espaldas las primeras casas del pueblo, cuando se encontró con Canterac.

Éste iba también á caballo, con sombrero y poncho iguales á los que usaban los jinetes del país, y llevando además un saco de ropa y de víveres en el delantero de la silla.

Al reconocerlo, el joven se detuvo para estrechar su mano. Adivinó que no le vería más, pues su aspecto era el de un viajero que se dispone á cruzar la desierta llanura patagónica.

Canterac, respondiendo á su pregunta, señaló el horizonte, en el que empezaban á brillar las primeras estrellas por la parte de los Andes invisibles. Luego le manifestó su propósito de pasar la noche en una estancia cerca de Fuerte Sarmiento, para continuar la marcha apenas apuntase el día.

—Adiós, Watson—dijo—. Habría sido un bien para todos nosotros que esa mujer no viniese nunca á esta tierra. Ahora veo las cosas bajo una nueva luz; pero ¡ay! ya es tarde.

Por unos momentos miró con indecisión á Ricardo, pero al fin dijo resueltamente:

—Oiga el consejo de un desgraciado, y no se ofenda porque se lo doy sin que usted me lo pida… No se separe nunca de Robledo: es un alma noble. Gracias á su bondad puedo marcharme… Todo lo que va conmigo le pertenece… Desconfíe de los que le hablen mal de él…

Sus ojos tristes miraron intencionadamente al joven mientras decía las últimas palabras. Antes de alejarse aún se atrevió á darle un nuevo consejo:

—Y no olvide por ninguna otra mujer á esa señorita que llaman Flor de
Río Negro.

Le apretó la diestra, hizo un signo de adiós, y bajando la cabeza espoleó á su caballo, perdiéndose en la noche, que empezaba á nacer.

* * * * *

#XV#

Marchó Watson hacia el pueblo, sintiendo en su interior la comezón de una conciencia que empieza á perder su tranquilidad.

Recordaba con remordimiento aquel breve diálogo en el parque improvisado, durante el cual habló duramente á Robledo. «¡Y por esa mujer—pensaba—que lleva los hombres á la muerte, he maltratado al mejor de mis amigos!»

Luego, el rostro triste y lloroso de Celinda sucedía en su imaginación á la cara bondadosa de Robledo.

«¡Pobre Flor de Río Negro!—siguió diciéndose—. Debo ir mañana á implorar su perdón, si es que se digna escucharme.»

Entró en la Presa ensimismado, dejándose llevar por el instinto de su cabalgadura; pero de pronto notó que ésta quería detenerse, y al levantar su cabeza se dió cuenta de que estaba ante la casa de la Torrebianca.

El comisario de policía, ayudado por dos de sus hombres, empujaba con suavidad al último grupo de curiosos, llevándoselo por delante entre paternales exhortaciones.

Se alejó don Roque, é iba Ricardo á continuar su marcha, cuando notó que en la casa se entreabría una ventana, asomando á ella una mano de mujer, que le hacía señas para que se acercase. Watson permaneció insensible al llamamiento y la ventana se abrió completamente, apareciendo Elena vestida de negro, como si guardase luto, pero llevando estas ropas fúnebres con cierta coquetería.

Tuvo Ricardo que aproximarse á la casa, y se quitó el sombrero para responder á sus afectuosos ademanes.

—¡Tanto tiempo sin verle!… Entre en seguida.

Él hizo con la cabeza un signo negativo, mirándola con severa expresión.

—¿No me pregunta por quién voy de luto?—continuó ella—. Ha muerto la madre de mi esposo, una señora que yo amaba muchísimo. Estoy muy triste… ¡Cómo necesito en estos momentos la conversación de un buen amigo!…

Pretendía dar á sus palabras un tono doloroso y al mismo tiempo le invitaba á subir con ademanes de seducción. Pero Ricardo insistió en sus signos negativos y dijo al fin:

—Vendré á visitarla cuando viva en otra casa y esté presente su esposo. Ahora no puedo.

Y se alejó sin volver el rostro, mientras ella iba pasando de la sorpresa á la cólera, cerrando finalmente su ventana con violencia.

Cuando Watson, después de la cena, intentó disculparse con Robledo, pidiendo que le perdonase su rudeza, el español le hizo callar.

—No hablemos del pasado; tan amigos como antes: lo nuestro resulta un incidente sin importancia. Lo verdaderamente terrible es lo del pobre Pirovani y la situación en que se ve Canterac… Comprendo la impresión que han producido en usted sus palabras. ¡Pobre hombre! Únicamente quiso aceptar de mí lo más preciso para su viaje á través de la Cordillera. Dice que en Chile esperará mis noticias. Pienso buscarle algunas recomendaciones entre mis amigos de Buenos Aires… ¡Qué catástrofe! ¡Y todo por una mujer!

Robledo quedó pensativo, para afirmar después optimistamente:

—Yo no la creo mala por completo. Es una hembra impulsiva, con las pasiones sin educar, que siembra el mal ignorándolo muchas veces, pues toda su atención la pone en ella misma, creyéndose el centro de lo existente. Si fuese rica tal vez sería buena; pero no conoce la modestia y es incapaz de aceptar el sacrificio. ¡Desea tantas cosas y tiene tan pocas!…

Sonrió melancólicamente é hizo una pausa, para continuar diciendo:

—Por suerte, no todas las mujeres son iguales. Ella misma me dijo un día que, en nuestra época, la hembra que piensa un poco se considera infeliz y odia todo lo que la rodea si no posee un collar de perlas, que es como el uniforme de la mujer moderna… Hay un ser más temible, querido Ricardo, que la mujer que busca á todo trance el collar de perlas: es la que lo tuvo, lo perdió, y quiere volver á conquistarlo sea como sea.

El recuerdo de Gualicho, diablo enredador que perturbaba á los indios con sus tretas, obligándolos á montar á caballo para perseguirlo á lanzadas y golpes de boleadora, pasó por su memoria. De continuar Elena en el mundo viejo, hubiese sido una de tantas mujeres temibles que se ven refrenadas y neutralizadas por la vecindad de otras semejantes á ellas. Pero aquí, rodeada de hombres que la admiraban, y en un ambiente primitivo que la hacía resaltar como si fuese de esencia superior, había ejercido sin quererlo una influencia tan nefasta como la del demonio cobrizo temido en otros tiempos por los jinetes errantes de la Pampa.

Ella misma había sido víctima de este ambiente de soledad al enamorarse de Watson. Creía poder jugar con los hombres, despreciándoles. Así se lo había manifestado una noche á Robledo, mirando con lástima á sus solicitantes. Pero Ricardo era la juventud, la frescura varonil, el hombre adorado por el primer amor de una adolescente y que por esto mismo representa una tentación para la coqueta madura, ganosa de quitárselo á la otra mujer. Sentía la necesidad de convencerse á sí misma de que aún guardaba su antiguo poder de seducción, trastornando la existencia del joven ingeniero… Y ahora debía sufrir cruelmente en su vanidad, al verse despreciada por el único hombre que había llegado á interesarle en este desierto.

Robledo acabó por compadecer á la esposa de Torrebianca con una conmiseración algo despectiva.

—Cree haber nacido para vivir en lo más alto, y la desgracia se complace en hacerla caer… Nada tiene de extraño que sea mala, faltándole el consuelo de la modestia y la resignación.

Pareció asustarse el español al considerar lo que probablemente podía ocurrir en la Presa después del suceso de aquella mañana.

—El contratista muerto… el ingeniero director fugitivo… Habrá que suspender los trabajos… Van á retrasarse las obras del dique, y llegarán las crecidas sin que las tengamos terminadas. ¡Qué situación! Hay que ir á Buenos Aires en busca de remedio.

Y pasó gran parte de la noche sin poder dormir, desvelado por estas preocupaciones.

Watson montó á caballo la mañana siguiente, pero en vez de dirigirse al lugar donde se abrían los canales, se encaminó á la estancia de Rojas. Mientras el gobierno no enviase un nuevo director para la terminación del dique, los trabajos de la empresa ideada por Robledo resultarían inútiles y era prudente suspenderlos.

Al llegar cerca de la estancia quiso descender de su caballo para abrir una «tranquera», armazón de palos que servía de puerta, obstruyendo el camino; pero vió junto á ella un pequeño mestizo, de diez años, gordinflón, con ojos aterciopelados de antílope y una tez lustrosa de color chocolate claro, que le contemplaba sonriente, metiéndose un dedo en la nariz.

—Esta mañana—dijo—salió disparado el patrón… Anoche nos robaron una vaca.

Pero Ricardo le preguntó algo que consideraba más interesante.

—¿Dónde está tu patroncita, Cachafaz?

El llamado Cachafaz, á causa de sus diabluras, sacó el índice que tenía en la nariz para señalar á lo lejos.

—Ahorita mismo acaba de irse. La encontrará ahí cerquita no más.

Y con el dedo fué señalando toda la línea del horizonte.

Comprendió Watson que para el amigo Cachafaz, hijo del desierto, «ahorita mismo» significaba una hora, dos ó tal vez tres, y «ahí cerquita» algo así como un par de leguas. Pero necesitaba ver á Celinda, estaba resuelto á buscarla, y empezó á galopar por el campo, confiándose á su buena suerte.

Lo que el pequeño mestizo no quiso decir era que la patroncita estaba enferma, según opinión de su madre, india vieja que había venido á reemplazar á Sebastiana como primera criada de la estancia, pero sin tener su buen humor ni su garbo para el trabajo. Iba á todas horas con un cigarro paraguayo en un extremo de sus labios azulencos y chorreantes de nicotina, y cuando don Carlos no estaba presente, empleaba para tomar mate su misma calabacita de finas labores y su bombilla de plata.

Las gentes de la estancia miraban con un respeto supersticioso á la madre de Cachafaz, por creerla bruja y en oculto trato con los espíritus que aullan y giran dentro de las columnas de arena, altas como torres, levantadas por el huracán en la altiplanicie. Al ver la melancolía de Celinda y sorprenderla otras veces llorando, la india movía su cabeza, como si esto confirmase sus opiniones.