ACTO SEGUNDO
Piso bajo del interior de una casa de campo en las inmediaciones de Roma. A la izquierda, bien expuesta a la vista del público, hacia la primera caja, una puerta de dos hojas. En el mismo lado, caballete, maniquí, paletas, pinceles y demás objetos propios de un pintor. En el fondo, grandes arcos al través de los cuales se descubre un jardín iluminado por la luz de la luna. Puerta de entrada a la derecha. Una mesa en el mismo lado, sillas, sillones, cuadros, etc., etc.
ESCENA PRIMERA
MARIO, ANGELOTTI y CECCO. Al levantarse el telón la escena está sola. Después aparece Cecco con una bujía encendida que deja sobre la mesa, seguido de Mario y Angelotti que lleva al brazo un vestido de mujer.
Mario
Por fin. Aquí podemos respirar con entera libertad. Estáis en sitio seguro.
Angelotti
Gracias a vos. (Deja el vestido en una silla al fondo.)
Mario
Y que no era cosa fácil recorrer casi toda la ciudad disfrazado de ese modo sin despertar sospechas. Ahora mi fiel Cecco, diligente guardián de la casa, que además de ser un servidor leal posee grandes conocimientos en el arte culinario, nos improvisará una excelente cena en un santiamén. En seguida de reforzar el estómago, examinaremos con entera tranquilidad lo que haya de hacerse. (A Cecco.) ¿Está en casa tu hijo?
Cecco
Sí, señor.
Mario
Pues dile que cierre bien todas las puertas y que esté alerta. (Cecco se va.)
ESCENA II
MARIO y ANGELOTTI
Mario
Nos encontramos, como habréis podido ver al resplandor de la luna, entre las termas de Caracalla y la tumba de Escipión, rodeados de ruinas y en la soledad más absoluta.
Angelotti
¿Vivís aquí?
Mario
Ordinariamente no. Mi habitación está situada en el centro de Roma. Esta es mi casa de campo, mi villa, como decimos los romanos. Fue edificada por uno de mis antepasados, Luis Cavaradossi. Solo Floria me ha acompañado algunas veces, de manera que a ninguna otra persona se le puede ocurrir la idea de venir a buscarme aquí y mucho menos a vos. ¿Quién habrá de sospechar siquiera que yo os conozco? En la iglesia nadie nos ha podido ver, en la calle nadie nos ha observado tampoco, de manera que podemos estar tranquilos, absolutamente tranquilos. Y en último término, aunque vinieran, aunque rodearan la casa los más finos sabuesos de Scarpia, aún tendría medio de salvaros.
Angelotti
¿Cómo?
Mario
En esta casa, fabricada sobre las ruinas de una antigua aldea romana, hay un refugio secreto del cual solo las personas de mi familia y el honrado Cecco tienen noticia. (Se dirige hacia el arco del fondo.) ¿Veis allí, iluminadas por el resplandor de la luna aquellas dos columnas de mármol blanco?
Angelotti
¿Unidas por un travesaño del cual pende una polea?
Mario
Precisamente.
Angelotti
¿Es un pozo?
Mario
Un viejo pozo, de la antigua aldea. Mi antepasado, tratando de cegarle, encontró a doce pies del suelo, entre la pared, una especie de covacha en la cual no se podía entrar sino arrastrándose, pero después el agujero se ensanchaba bastante hasta el punto de poder estar en él un hombre cómodamente sentado. Cavaradossi se guardó bien de destruir esta galería subterránea; al contrario, la hizo limpiar, porque en un país como el nuestro siempre es conveniente tener un sitio secreto donde refugiarse. Yo lo he visitado muchas veces deslizándome por el pozo que está oculto por la maleza, y por los cipreses. Ya veis, amigo mío, que aún puedo ofreceros asilo más seguro que mi casa.
Angelotti
No sé como expresaros mi gratitud. Hace aún pocas horas, no me conocíais siquiera y ahora encuentro en vos la ayuda y la protección que pudiera esperar de un hermano.
Mario
Tengo en ello mucho gusto... Además, soy por naturaleza arriesgado y las aventuras peligrosas me divierten.
Angelotti
¡Corazón generoso! (Dándole la mano.) Demasiado sabéis que al protegerme y ampararme en mi huida, arriesgáis vuestra propia existencia.
Mario
¡Bah, bah! ¿Quién se acuerda de eso? La partida está empeñada y hay que jugarla hasta el fin. Pensemos, pues, en los recursos que hay que poner en práctica para libraros de las garras de vuestros perseguidores. Scarpia habrá mandado a estas horas a todos sus sabuesos en persecución vuestra, las puertas de la ciudad estarán también muy vigiladas, de manera que no se me ocurre más que un solo medio de salvación. ¿Sois buen nadador?
Angelotti
Excelente.
Mario
Entonces podréis atravesar el Tíber.
Angelotti
Sin duda.
Mario
Corriente. Hablaremos de eso cenando. Entretanto venid conmigo a ver el pozo.
Angelotti
Vamos. (En el momento de salir Mario oye un ruido.)
Mario
¡Silencio! (Angelotti se para cerca de los arcos del fondo.)
Angelotti
¿Qué sucede?
Mario
(Atraviesa la escena y escucha por el ventanillo de la derecha.) He oído abrir una puerta de la cual solo Floria tiene la llave.
Angelotti
¿Luego es ella?
Mario
Indudablemente.
Angelotti
¿Qué hacemos?
Mario
Tened la bondad de ir solo. Veré qué es lo que la trae. Si ocurre algo imprevisto yo os llamaré. (Angelotti desaparece en el jardín por la derecha. Mario vuelve a acercarse al ventanillo.)
ESCENA III
FLORIA y MARIO. Floria penetra impetuosamente en la escena, observándolo todo con mirada recelosa.
Mario
(Acercándose a ella y cogiéndole la mano con ternura.) ¿Eres tú?
Floria
(Mirándolo fijamente.) Sí, yo... ¿Te disgusta acaso?
Mario
No, me inquieta... ¿Por qué has venido?
Floria
Por curiosidad... Quiero verla.
Mario
¿A quién?
Floria
A tu querida.
Mario ¿A mi...? (Riéndose.) ¿Conque era eso? ¿Un arrebato de celos, nada más? ¡Me has dado un susto!
Floria
No te hagas el desentendido. ¿Dónde está? Porque ella está aquí, no me cabe duda.
Mario
¿Pero, quién es ella?
Floria
Ya te lo he dicho... Tu Marquesa.
Mario
(Bromeándose.) Y vuelta con la Marquesa.
Floria
Si yo sé que está aquí escondida. (Viendo los vestidos que dejó Angelotti sobre una silla.) ¡Ah!... Bien decía yo.
Mario
¿Qué? ¿La encontraste al fin?
Floria
(Mostrándole el vestido.) ¿Y esto? ¿De quién es? ¿Es un traje tuyo, por ventura?
Mario
(Siempre en tono de broma.) Vamos, ven acá... Yo te explicaré.
Floria
No, me engañas... Estaba aquí contigo. Sirviéndote de modelo quizá... ¡Miren la inocente!
Mario
(Cogiéndole las manos.) Déjame hablar.
Floria
(Separándose de él.) Aparta... No te acerques a mí. (Acercándose a la puerta de la izquierda.) Tened la bondad de salir, señora Marquesa... Vamos... No os dé rubor de presentaros en ese traje.
Mario
Escucha, Floria.
Floria
(Siguiendo sin hacerte caso y arrojando el abanico sobre la mesa.) Devuelve su abanico a ese portento de virtud, para que tenga, al menos, algún objeto con que cubrir sus formas.
Mario
¿Pero te has vuelto loca? Loca de remate.
Floria
Sí, lo estoy. Es una verdadera locura el amar a un hombre que no me quiere, que me engaña, que me traiciona, que pasa de los brazos de esa infame a los míos.
Mario
Pero, ¡óyeme, por favor!
Floria
(Rompiendo a llorar.) ¡Ah! el miserable... el inicuo... Y yo le adoro con toda mi alma, y no vivo más que por él y para él... Sí, soy tan cobarde que le amo, le llevo en el corazón, en la sangre, en todo mi ser... Y la primera desvergonzada que llega me lo roba, y yo continúo siendo tan vil que aun sabiéndolo, todavía le quiero, le quiero más que nunca, y siento que, cuanto más me esfuerzo en aborrecerlo, le quiero con mayor ímpetu. ¿Hay en el mundo mayor infelicidad que la mía? (Cae sentada en un silla, esconde la cabeza entre sus manos y llora apoyada en la mesa.)
Mario
(Acercándose a ella amorosamente.) ¿Has acabado ya? ¿Pasó el acceso? ¿Me permites ahora que te diga una palabra? ¿Una sola? (Le coge una mano que ella le abandona, mientras se enjuga el llanto con la otra.)
Floria
(Sin mirarlo, pero con amorosa reconvención.) ¡Infame! ¡Infame! ¡Engañarme así!
Mario
Pues bien, no lo niego, aquel vestido es de la Marquesa.
Floria
(Poniéndose en pie.) ¡Ah! ¿Y lo confiesas?
Mario
(Con dulzura y obligándole a sentarse.) Pero la Marquesa no lo ha traído aquí. Fue un desgraciado a quien le sirvió de disfraz, un pobre fugitivo...
Floria
¿Su hermano?
Mario
Sí, su hermano, que está allí, en el jardín.
Floria
(Con gran alegría.) ¿Conque no es ella? (Abrazándole.) ¡Cómo te quiero!
Mario
¡Así me gusta!
Floria
¡Mario mío! ¡Amor mío!... ¡Vida mía! (Besándole la mano con efusión.) ¡Tesoro mío! (Interrumpiéndose de pronto.) Pero, ¿y si mientes?
Mario
¿Volvemos a empezar?
Floria
(Vivamente, tapándole la boca.) No... ni una palabra más, te creo.
Mario
¿Quieres verlo?
Floria
No, de ningún modo, me basta tu palabra.
Mario
(Siempre sentado.) Está allí, míralo.
Floria
Si te digo que no quiero verlo. Repito que lo creo bajo tu palabra... ¡Así te haré olvidar mis estúpidos celos!... Quiero probarte que tengo plena confianza en ti y que no me queda ni la más leve sospecha... Nada, no hay nada en mí, más que un amor infinito. (Mira en rededor suyo, mientras dice estas palabras.) ¡Ah! sí, es verdad, acabo... acabo de verlo.
Mario
(Riendo.) ¡Ja! Tú eres como Santo Tomás... cuando ves las cosas... ¿Y ahora, me perdonas?
Floria
(Con seriedad.) Te perdono.
Mario
(Levantándose.) ¿Las injurias que me has dirigido? Muchas gracias.
Floria
(Levantándose y siguiendo detrás de él.) Tienes razón. No eres tú, sino yo, quien debe pedir perdón... Tú arriesgas la vida por salvar a un infeliz, ¡Qué bueno y qué generoso eres!... ¡Mejor que yo... mucho mejor!... Por eso debes ser indulgente con esta cabeza loca, loca por culpa tuya... Sí, te amo de tal modo, que he perdido la razón. ¡Tú no sabes cuánto te quiero y de cuántos sacrificios sería capaz! ¡Ah! ¡si tú me quisieras de igual manera!
Mario
(Cogiéndole las manos.) Yo te quiero con toda el alma. Pero ahora, es preciso que me dejes.
Floria
¿Dejarte ahora? ¡Soy tan feliz en este momento! (Pausa.) ¿Se quedará aquí ese hombre?
Mario
¿Angelotti? Naturalmente. Toda la noche, por lo menos; al amanecer procuraré que salga fuera de la ciudad por el río.
Floria
Pues entonces también me quedo yo. Te ayudaré en la empresa.
Mario
Eso no, de ninguna manera. Tú no debes mezclarte en una aventura tan peligrosa.
Floria
¡Qué importa!
Mario
¡No, no!... ¡vete a casa!
Floria
¡Sola!
Mario
Sí... Es preciso. ¿Has dejado tu coche a la puerta?
Floria
No... un poco más lejos... Ya ves, quería sorprenderte.
Mario
El hijo de Cecco te acompañará.
Floria
¿Cuándo volveré a verte?
Mario
Mañana temprano, en cuanto Angelotti haya huido.
Floria
¡Dios mío! ¡Si os prendieran a los dos!
Mario
(Ayudándola a ponerse el abrigo.) ¡Qué idea! No temas. Procederé con mucha precaución... Espérame por la mañana.
Floria
¡Oh, sí, ven pronto, estaré muy inquieta!
Mario
(Cogiendo el abanico que está sobre la mesa.) ¿No te llevas este abanico que despertó tus recelos?
Floria
¿Acaso no había motivo para ello?
Mario
Era para Angelotti, lo mismo que ese vestido.
Floria
¿Y quién podía adivinarlo? ¿Puedo hablar al hermano de la Marquesa?
Mario
Si tienes empeño en ello... (Va hacia el fondo.) Está allí examinando el pozo, donde debe esconderse, en caso de sorpresa. (Volviéndose a Floria.) ¿De manera que volviste a San Andrés, después que yo me marché?
Floria
Sí.
Mario
¿Y encontraste este abanico?
Floria
No.
Mario
¿Entonces cómo ha llegado a tus manos?
Floria
(Como quien siente despertar una idea terrible en su cerebro.) ¡Ah!... él es... (Interrumpiéndose.) Sí.
Mario
¿Qué? Acaba.
Floria
¡Ah! ¡Dios mío!... ¿La policía busca a Angelotti?
Mario
¡Claro que sí!
Floria
¿Scarpia?
Mario
Por supuesto.
Floria
Él fue quien despertó mis sospechas... Ahora comprendo... Ha sido una emboscada.
Mario
(Sin comprender.) ¿Una emboscada?
Floria
Él me inspiró la desconfianza hacia ti. Él me dio este abanico.
Mario
(Empezando a comprender.) ¿Scarpia?
Floria
Se sirve de mis celos como de sus esbirros el infame.
Mario
¿Te ha visto venir? (Aterrorizado.)
Floria
Y me habrá seguido, no hay duda.
Mario
¿Qué has hecho? ¡Desgraciada!
Floria
Silencio... ¿oyes?
Mario
Rumor de voces.
Floria
(Espantada.) ¡Ahí están! ¡Son ellos!
ESCENA IV
LOS MISMOS, CECCO y después ANGELOTTI
Cecco
(Entrando.) Señor... La casa está rodeada por una infinidad de polizontes... Llaman a la puerta.
Mario
Entretenlos todo el tiempo que puedas. (Cecco sale. Mario va al fondo y llama.) ¡Angelotti! (Este se presenta.) Estamos descubiertos... Ahí está la policía. (Floria escucha con ansiedad en la puerta derecha.)
Angelotti
Pues salto las tapias y me oculto en el campo entre las ruinas.
Mario
No, es demasiado tarde. El jardín y la casa están rodeados, al escondite pronto... pronto.
Angelotti
Por el santo de mi nombre, si me descubren, yo os juro que no me cogerán vivo. (Se va rápidamente por el fondo.)
Mario
Y ahora (A Floria.) sangre fría, mucha sangre fría, si no quieres perderme a mí con él.
Floria
¡Oh! Infortunada de mí... ¡Y soy yo la causa de todo esto! (Se oye ruido de voces y se ven aparecer varios polizontes por diferentes sitios del jardín.)
ESCENA V
LOS MISMOS, SCARPIA, COLOMETTI, AGENTES DE POLICÍA, UN ESCRIBANO, UN ALGUACIL y SOLDADOS. Scarpia entra por el fondo lo mismo que sus secuaces y baja lentamente.
Mario
(Yendo a su encuentro.) ¿Me permitirá el señor barón de Scarpia preguntarle a qué debo el honor de su visita en una hora tan intempestiva como esta?
Scarpia
(Con gran frialdad.) Una penosa obligación de mi cargo, caballero... Aquí dentro debe de hallarse oculto un reo político fugado del castillo de Santángelo.
Mario
Se equivoca el señor barón. Aquí no hay nadie.
Scarpia
Ahora lo veremos.
Mario
Es decir que venís a practicar un registro.
Scarpia
Y además un interrogatorio.
Floria
Yo os aseguro, barón, que no hay nadie. Ya he registrado yo toda la casa inútilmente y bien sabéis que nada se oculta a los ojos de una mujer celosa.
Scarpia
Es posible que vean más claro los ojos de un Director de policía. (Con la misma frialdad.)
ESCENA VI
LOS MISMOS y SCHIARRONE
Scarpia
Aquí está Schiarrone, a quien he encargado que haga un examen previo. ¿Has registrado toda la casa?
Schiarrone
Sí, excelencia y no hemos encontrado a nadie.
Scarpia
¿Y en el jardín?
Schiarrone
Tampoco.
Scarpia
Pues escaparse no ha podido escaparse... La casa y el jardín están bien vigilados... Sin duda se esconde aquí dentro en algún sitio secreto.
Schiarrone
Examinaremos todas las paredes, habitación por habitación hasta dar con él.
Scarpia
Esa es tarea demasiado larga y es ya tarde. Más breve será que el caballero Cavaradossi se tome la molestia de decirnos donde está.
Mario
¿Yo?
Scarpia
Sin duda.
Mario
Pues yo no puedo decir más que una cosa. El señor Angelotti no está en mi casa.
Scarpia
Y yo tengo la seguridad de que el caballero variará de opinión y acabará él mismo por decirnos dónde se encuentra la persona a quien buscamos... ¿Tenéis la bondad de pasar a la habitación inmediata y de responder a un ligero interrogatorio que se os va a hacer?
Mario
¿Y por qué no en esta?
Scarpia
Podría contestar: porque así me parece conveniente. Pero quiero ser cortés y comedido hasta el fin y os diré que al rogaros que tengáis la bondad de pasar a la habitación inmediata es por la sencilla razón de que la señora (Señalando a Floria.) no debe asistir a vuestro interrogatorio puesto que el suyo vendrá después.
Mario
(Vivamente.) La señora no puede saber más que yo.
Scarpia
Ya veremos... Pero hay necesidad de concluir. (A los polizontes.) Pronto... conducid al caballero a aquella estancia. (Los polizontes hacen un movimiento para acercarse a Mario.)
Mario
¡Atrás! ¡Nadie se acerque!... Iré yo solo. (Entra por la izquierda seguido por varios polizontes.)
Scarpia
(Al canciller.) Vos, Roberti, interrogaréis al caballero empleando las fórmulas de costumbre, si persiste en sus negativas.
Roberti
Está bien.
Scarpia
Y suspenderéis o reanudaréis el interrogatorio, según las órdenes que yo os daré desde esta habitación, y que dependerán de las respuestas de la señora, naturalmente... (Roberti se inclina y sale acompañado de su ayudante.)
ESCENA VII
FLORIA, SCARPIA, SCHIARRONE, COLOMETTI, SOLDADOS, que vigilan al fondo y dos POLIZONTES que guardan la puerta de la izquierda.
Floria
(Sentada cerca de la mesa, a la derecha y jugando con el abanico.) ¿De mis respuestas? ¿Qué puedo contestar?
Scarpia
(Acercándose.) Lo preciso, nada más que lo preciso.
Floria
¿Cómo voy a responder a lo que me preguntáis si no sé ni siquiera de qué se trata?
Scarpia
(Sonriéndose y con tono amistoso.) Vamos a hablar como dos buenos amigos. ¿No es cierto? (Coge una silla.) Y comenzaremos nuestro coloquio en el mismo punto en que lo interrumpimos, hace pocas horas, en la capilla de San Andrés. (Se sientan.) ¿Conque los celos y las sospechas que despertó en vos ese lindo abanico no tenían fundamento alguno?
Floria
(Con mucho aplomo.) Vos lo sabréis mejor que yo, señor barón.
Scarpia
Por lo visto confundí las personas. ¿No es eso? El caballero Cavaradossi no estaba aquí con la marquesa de Atavantti, pero sí con su hermano.
Floria
Ni con ella ni con él... Estaba solo, completamente solo.
Scarpia
(Burlándose.) ¿De veras?
Floria
(Un poco impaciente.) Sí.
Scarpia
¿Vos lo afirmáis bajo vuestra palabra?
Floria
(Nerviosa.) Sí... yo lo afirmo... Nadie tiene el derecho de poner en duda lo que yo digo. Nadie, ¿entendéis?, nadie.
Scarpia
Vamos, calma. (Volviéndose en la silla.) ¡Schiarrone!
Schiarrone
(Desde la puerta izquierda.) ¡Excelencia!
Scarpia
¿Qué dice el caballero?
Schiarrone
Nada.
Scarpia
¿Se obstina en negar?
Schiarrone
Con más terquedad que antes.
Scarpia
(Levantando la voz.) En tal caso, insistid. Roberti, insistid.
Floria
(Vivamente.) Esa insistencia será inútil. Nadie le obligará a decir lo que no sabe. Lo que no es cierto.
Scarpia
El silencio del señor Cavaradossi no me sorprende. A primera vista he juzgado su fortaleza de ánimo y he previsto su obstinación... Lo único que me extraña es que imitéis su ejemplo... Esperaba que fueseis mucho más razonable que él.
Floria
¿Y por qué suponíais que iba a ser razonable, señor barón? ¿Acaso pretendéis que yo mienta?
Scarpia
(Sonriendo.) De ningún modo. ¿Mentir? ¿Quién piensa en eso? Lo que yo deseaba es que dijeseis la verdad, aunque no fuera más que por ahorrar al caballero un mal cuarto de hora.
Floria
(Levantándose asustada.) ¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué queréis decir? ¿Qué es lo que sucede en esa habitación?
Scarpia
Una cosa sencillísima. Se interroga al caballero Cavaradossi con las formalidades y por los procedimientos establecidos en las leyes.
Floria
(Empezando a comprender.) Quiero entrar.
Scarpia
(Deteniéndola.) Es inútil, yo mismo os explicaré lo que ocurre. El caballero está cómodamente sentado en un sillón sujeto de pies y manos y con un hermoso casco de acero en la cabeza, que hace desatar la lengua a la persona más taciturna. Este célebre casco de invención reciente, tiene tres puntas afiladas, una que se ajusta sobre la nuca y las otras dos sobre las sienes.
Floria
(Con terror.) ¡Ah!
Scarpia
(Levantándose.) A cada negativa del caballero se hace girar un tornillo de rosca y la base del casco se aprieta suavemente.
Floria
(Tratando de escaparse de Scarpia, que la tiene sujeta por un brazo.) ¡Ah! ¡Malditos! Basta... Por Dios... basta... (Mirando con espanto a la habitación inmediata.)
Scarpia
(Sujetándola siempre.) ¿Hablaréis? ¿No es cierto?
Floria
Pero antes decidles que cesen... Pronto, decídselo.
Scarpia
Roberti, aflojad un poco el tornillo. (Alto.)
Floria
No... no... más...
Scarpia
Bien. (Alto.) Roberti, aflojad del todo.
Schiarrone
(Desde la puerta.) Ya está, excelencia.
Scarpia
(A Floria.) Ya lo oís. Está hecho.
Floria
¡Oh! Dios mío... Someter a él, a mi Mario, a un suplicio tan espantoso... ¡Cobardes! ¡Cobardes! Quizá continúen todavía.
Scarpia
Mientras yo no lo mande, no.
Floria
(Separándose de él.) ¡Quiero verle! (Corre hacia la puerta, pero Schiarrone y los polizontes le impiden el paso.) ¡Dejadme pasar! ¡Dejadme pasar!
Scarpia
Schiarrone, cierra la puerta. (Schiarrone obedece.)
Floria
(Empujando furiosa la puerta.) ¡Mario, Mario! Respóndeme. ¿No me oyes? Dime una sola palabra, una sola. (Silencio.) ¡Me lo han asesinado esos infames!
Scarpia
(Sentándose de nuevo a la derecha y con mucha frialdad.) No... le dejan el tiempo preciso para tomar aliento.
Floria
¡Mario! ¡Mario! ¡Mario!
Mario
(Desde dentro y con voz ahogada.) ¡Floria!
Floria
¡Ah! Por fin le oigo
Mario
Nada temas... El valor no me faltará.
Floria
¿Te hacen daño? Dímelo, dímelo, vida mía.
Mario
En este momento no... Valor, Floria, valor.
Floria
(Separándose de la puerta.) ¡Oh, qué voz tan dolorida! ¡Cómo sabe sufrir! ¡Atormentarle de ese modo tan horrible a él, tan compasivo, tan generoso, tan bueno!... ¿Y le destrozan las sienes con puntas de acero? ¡Qué horror! ¿Y son seres humanos los que hacen tales infamias con un semejante suyo? ¿Y ese hombre lo ordena fríamente (Mirando a Scarpia.) y aspira con voluptuosidad de tigre el olor de la sangre?
Scarpia
(Sonriéndose de un modo siniestro.) Todos esos son acentos dramáticos, desplantes de trágica, buenos a lo sumo para las tablas de un escenario... Mi felicitación más sincera. (Acercándose a Floria.) Pero, hablemos en serio... Ya lo habéis oído... El caballero acaba de decirlo. «El valor no me faltará.» Eso significa que está decidido a no pronunciar una palabra, ni de grado ni por fuerza.
Floria
¡Antes le arrancarán el alma!
Scarpia
Supongo que no habrá necesidad de llegar hasta ese extremo.
Floria
Pues entonces, señor barón, disponed que le pongan en libertad ahora mismo. Porque no dirá nada. Yo lo afirmo. Ya se acabó... ¿no es cierto?
Scarpia
¡Concluir! Si apenas hemos comenzado...
Floria
¡Ah!
Scarpia
Vamos a continuar el interrogatorio.
Floria
¡Torturarle más! ¡Y para no saber nada!
Scarpia
Os equivocáis, amiga mía. Lo sabré todo... todo... Él sufrirá el interrogatorio y vos responderéis.
Floria
¿Yo?
Scarpia
Sí, vos. Y os prevengo que cada negativa vuestra será una vuelta más que daréis al tornillo y un nuevo riesgo para la vida de vuestro amante.
Floria
¡Verdugo!
Scarpia
No, yo no... En tal caso, el verdugo seréis vos, puesto que con una sola palabra podéis ahorrarle todo sufrimiento. (Llamando.) Preparado, Roberti. (Schiarrone abre la puerta.)
Floria
¡Asesino! (Gesto amenazador de Scarpia.) No, señor barón... piedad... piedad para él... Perdonadme, no sé lo que digo... Es horrible, horrible...
Scarpia
¿Dónde está escondido Angelotti?
Floria
(Con acento dolorido.) Pero si no sé nada, si no sé nada... ¡Cómo he de saberlo yo! (Scarpia hace una seña con la mano a Schiarrone que se vuelve hacia el interior de la estancia. Floria se dirige precipitadamente a Scarpia y le coge el brazo que tiene levantado.) No, esperad... un momento... ¡Dios mío! ¡Perder al uno por salvar al otro! Esto es inaudito, espantoso. (A Scarpia.) Aguardad, aguardad un instante... Ahora no se le atormenta de nuevo, ¿no es así?
Scarpia
No, todavía no... esperaré... Pero abreviemos... ¿Qué es lo que respondéis?
Floria
¡Yo! ¿Cómo debo responder? Decídmelo... Yo no lo sé... Las ideas se confunden en mi cerebro... Diré todo lo que queráis. ¡Todo lo diré para salvarle!
Scarpia
Perfectamente. Cuando llegasteis a esta habitación, estaba en ella un hombre, ¿no es cierto?
Floria
No. (Movimiento de Scarpia.) Sí... sí... esperad... Dejadme al menos recoger las ideas... ¿Un hombre? Me parece que no. (Nuevo movimiento.) Sí... sí... creo que sí. (A Schiarrone que sigue en la puerta.) Pero siendo yo quien responde por él, ¡miserable, cierra esa puerta!
Scarpia
¿Y ese hombre era Angelotti?
Floria
De eso no estoy segura. (Rápidamente.) ¡Oh, no! no era él ciertamente... Yo juro...
Scarpia
(Burlándose.) Ese juramento equivale a decir que sí.
Floria
No... os digo... que no.
Scarpia
Pero lo negáis con tal energía que vale un sí.
Floria
¡Dios os pedirá cuenta de lo que hacéis conmigo en este momento! ¿Cómo he de saber yo si ese hombre era Angelotti? ¿Le conozco yo por ventura?
Scarpia
En suma, ese hombre, sea el que fuera, ¿está escondido?
Floria
¿Escondido? Dios sabe dónde se encontrará a estas horas.
Scarpia
No ha podido fugarse... La casa está bien vigilada.
Floria
Si no creéis lo que digo, ¿para qué he de continuar? (Escuchando con ansiedad.) ¿Un grito? ¡Han vuelto a torturarle!
Scarpia
No...
Floria
Sí... Yo lo he oído, (signe escuchando.)
Scarpia
Repito que no. (Pausa.) ¿Lo veis? Continuemos... Aquel hombre está escondido en algún lugar secreto, quizá en esta misma sala.
Floria
Ojalá que así fuese, porque entonces no consentiría que atormentasen tan cruelmente a su salvador.
Scarpia
¿De manera que es su salvador?
Floria
(Reponiéndose y tratando de enmendar su torpeza.) Yo no he dicho eso... ¡No lo he dicho!
Scarpia
Si acabáis de confesarlo.
Floria
¿Quién hace caso de mis respuestas? Me obligáis a hablar, empleando tan horrorosos procedimientos, que no sé lo que contesto, y digo lo primero que se me ocurre.
Scarpia
En una palabra: Angelotti está escondido. (Movimiento de Floria.) ¿Dónde? ¡Ea, acabemos!
Floria
No lo sé.
Scarpia
(Volviéndose hacia la puerta.) ¡Roberti!
Floria
Sí... sí... Lo está...
Scarpia
¿En qué sitio?
Floria
(Que en el primer momento estuvo a punto de indicar el jardín, se arrepiente.) ¡Pero es horrible entregar a ese desgraciado para que lo asesinen!
Scarpia
¿En qué sitio? (Con mayor violencia.)
Floria
(Prorrumpiendo en llanto.) Ved que no puedo hablar. Las palabras se ahogan en mi garganta. Estoy a punto de desfallecer. (Cae sentada en una silla retorciéndose las manos desesperadamente. Pausa.)
Scarpia
(Inclinándose hacia ella, y con voz que procura dulcificar.) Vamos, un poco de resolución, y vuestro amante estará libre.
Floria
(Sollozando.) ¡Oh! ¡Dios mío! Mario no me perdonará nunca, nunca...
Scarpia
Decídmelo a mí solo, en voz baja. Él no lo sabrá, yo os lo juro... vamos.
Floria
(Con voz sofocada.) Deseo hablar con él antes una palabra, una sola...
Scarpia
¿Para qué?
Floria
Concededme este favor. Después haré todo lo que queráis, pero antes quiero hablarle, quiero verle.
Scarpia
(Alto.) Roberti, cesad un momento. (A Schiarrone.) Abre esa puerta. (Schiarrone obedece, y se coloca con dos polizontes a ambos lados de la puerta. Scarpia está en el centro del escenario, y Floria a su derecha. Un momento de pausa. Floria se enjuga el sudor de la frente, se incorpora vacilante, y quiere aproximarse a la puerta, pero Scarpia se lo impide sujetándola por un brazo.)
Scarpia
No... Dispensad... Desde aquí únicamente...
Floria
¡Mario! ¡Mario mío!... ¿Me oyes, no es cierto?
Mario
(Dentro, con voz doliente.) Sí.
Floria
¡Mira, amor mío! Tú no puedes resistir más ni yo tampoco, te lo juro. ¿No es verdad que debo hablar? ¡Oh... dime que consientes en ello, dímelo por el amor de Dios!
Mario
¿Y qué vas a decir, desgraciada?
Floria
(Suplicante.) ¡Mario!
Mario
(Con acento enérgico.) Nada puedes decir, porque nada sabes.
Floria
(Vivamente en medio de la escena, y con las manos extendidas hacia el sitio donde se encuentra Mario.) Pero yo no puedo dejarte en tan horrible situación. ¡Sufres mucho, y yo sufro más que tú, mi tormento es aún más espantoso! Te pido de rodillas... Déjame hablar... Dime que consientes...
Mario
(Con energía.) No... no... no... Nada tienes que decir... Te lo prohíbo, ¿entiendes?
Floria
(Desesperada.) ¡Te matarán!
Mario
Te lo prohíbo.
Scarpia
(Con voz terrible.) Continuad, Roberti, y no ceséis ya.
Floria
(A los pies de Scarpia.) No... no... ¡Que no sigan! Yo hablaré, yo lo diré todo.
Mario
¡Calla, o te maldigo!
Floria
(Mirando al cielo.) ¡Señor! ¡Señor! ¡Dios justo! ¡Dios poderoso!
Scarpia
(A Roberti.) ¡Vamos!
Floria
(Abrazándose a sus rodillas.) ¡Que cesen!
Scarpia
(Inclinándose sobre ella.) ¿Dónde está?
Mario
(Se oye dentro un grito de dolor.) ¡Ah!
Floria
(Fuera de sí, y repitiendo el grito.) ¡Ah! ¡No puedo! ¡No puedo más! Lo diré todo...
Scarpia
Basta, Roberti.
Floria
Está allí. (Señalando al jardín.)
Scarpia
¿En el jardín?
Floria
Dentro del pozo.
Scarpia
(Volviéndose hacia los polizontes.) Ya lo habéis oído. (Los polizontes se van hacia el jardín y los soldados les siguen.)
Floria
(Levantándose del suelo.) Ahora, miserables, devolvedme a mi Mario.
Scarpia
(A Schiarrone.) Desatad al preso.
ESCENA VIII
MARIO aparece en la puerta, pálido, jadeante, casi desfallecido, apoyándose en el marco de la puerta para no caer. Se le ven dos manchas de sangre en las sienes. Floria corre hacia él; lo sostiene, lo conduce hasta el sillón, donde cae desfallecido. Schiarrone, después de cumplir la orden de Scarpia, se dirige hacia el jardín.
Floria
(Enjugándose el sudor de la frente.) ¡Amor mío! ¡Vida mía! ¡Respóndeme! ¡Mírame!
Mario
(Abre los ojos penosamente y después de una breve pausa.) Tú no has dicho nada... ni yo tampoco, ¿no es verdad?
Floria
No... No... Tú no has dicho nada. (Mario se desvanece de nuevo y Floria llora y le besa las manos. En este momento aparece Schiarrone en la arcada del fondo.)
Scarpia
(A Schiarrone.) ¿Le encontraste?
Schiarrone
Sí, señor. Muerto.
Scarpia
¡Muerto! (Los polizontes traen el cadáver de Angelotti, y lo depositan en el jardín, cerca de la entrada. La luna ilumina el cuerpo. En este mismo instante Mario abre los ojos y Floria se coloca delante de él para que no pueda ver el cadáver.)
Schiarrone
Sin duda se ha suicidado con un veneno. (A Scarpia.)
Mario
(Incorporándose.) ¿Eh? ¿Muerto? (A Floria, que trata de impedir a todo trance que pueda ver el cadáver.) ¿Quién ha muerto? ¿Quién? ¡Aparta! Déjame ver. ¡Él! ¡Ah! ¡Miserable! ¡Miserable!
Floria
¡Mario!
Mario
No te acerques. ¡Vete! Tú has sido su verdugo. ¡Infame!
Floria
Por salvarte.
Scarpia
(A los polizontes.) Ea, pronto. ¡Fuera! ¡Fuera! El muerto al depósito. Y el vivo... Su cómplice...
Floria
(Con terror.) ¿A dónde? (En este momento los polizontes rodean a Mario y se lo llevan.)
Scarpia
A la horca. (Floria da un grito.)
Floria
(Corre hacia Scarpia, intenta hablar, pero no lo consigue. Le mira con ojos asombrados y cae pesadamente en tierra.)
Schiarrone
¿Y la mujer también?
Scarpia
También.
TELÓN