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La Tosca: Drama trágico en cuatro actos divididos en cinco cuadros cover

La Tosca: Drama trágico en cuatro actos divididos en cinco cuadros

Chapter 23: ESCENA II
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About This Book

The drama unfolds in Rome amid political turmoil and traces a sequence of betrayals and moral dilemmas across four acts. A political fugitive shelters with a compassionate painter; a ruthless chief of police seeks the fugitive while pursuing the painter's beloved, a celebrated singer. The chief exploits authority, surveillance and torture to force a brutal choice, manipulating the singer into sacrificing trust to protect life. The painter is subjected to a mock execution and the ensuing revelations of betrayal precipitate a desperate, fatal act by the singer, closing the play on a note of tragic inevitability.

ACTO TERCERO


Habitación octógona en el castillo de Santángelo. A la izquierda, en la parte transversal, una alcoba, ricamente amueblada, con un lecho, también lujosamente colgado, al fondo. En la correspondiente pared, a la derecha, un amplio hueco con vidrieras que da sobre un balcón practicable. Al fondo, la puerta de entrada. En la primera caja, a la derecha, una mesa con enseres de escribir, y a la izquierda, en frente de la mesa, una rica consola, y sobre ella un espejo. Al pie de la cama un reclinatorio, sobre el cual se ve un crucifijo de ébano. En la escena, hacia la izquierda, una mesa cubierta con un mantel, donde está servida una suculenta comida, y a la derecha de la mesa un sofá. Es todavía de noche, y la escena solo está iluminada por un candelabro con bujías, puesto sobre la mesa. Al levantarse el telón, un jefe de comedor y dos criados sirven la comida a Scarpia, el cual está sentado entre la mesa y la consola, vuelto de espaldas a esta.

ESCENA PRIMERA

SCARPIA, SCHIARRONE, el JEFE DE COMEDOR y los DOS CRIADOS

Scarpia

(A uno de los criados.) Abre esas vidrieras... Aquí dentro hace un calor sofocante. (A Schiarrone.) ¿Qué hora es, Schiarrone?

Schiarrone

Las tres de la mañana, excelencia.

Scarpia

¿La ciudad me parece que está tranquila?

Schiarrone

Completamente tranquila, excelencia. Sin embargo el gobernador ha hecho reforzar los cuerpos de guardia, y toda la guarnición está sobre las armas.

Scarpia

¿El preso está en la capilla?

Schiarrone

Sí, excelencia, acaba de entrar en ella, acompañado de los hermanos dominicos, pero a sus piadosas exhortaciones para que encomiende su alma a la divina misericordia, contesta el reo que no tiene necesidad de pedir perdón a nadie por haber cumplido con su deber de hombre honrado, tratando de salvar a un inocente de las persecuciones de la tiranía más desenfrenada.

Scarpia

(Sirviéndose vianda en el plato.) Excelente máxima digna de un jacobino.

Schiarrone

Y que si el cielo consintiera tales infamias, el propio cielo se haría cómplice de los malvados.

Scarpia

¡Blasfemia horrible! ¿Y qué más?

Schiarrone

Los santos religiosos han concluido por perder la paciencia ante un pecador tan empedernido y acaban de abandonarle.

Scarpia

¿Y él?

Schiarrone

Pues se ha echado a dormir tranquilamente.

Scarpia

¡Vaya una manera ejemplar de prepararse para entrar en la vida eterna!

ESCENA II

SCARPIA, SCHIARRONE y COLOMETTI

Colometti

¿Se puede pasar?

Scarpia

Adelante. ¿Y el gobernador?

Colometti

Volvía del palacio de Farnesio cuando yo llegué. Le ha complacido mucho la noticia de la captura de Angelotti y sus cómplices y me ha entregado esta orden, escrita de su puño y letra.

Scarpia

Trae. (Lee la orden.) El caballero Cavaradossi, como cómplice del delito de alta traición, será ejecutado antes de salir el sol. (Dobla la orden y la coloca sobre la mesa.) Acabo de reflexionar sobre ciertos asuntos y he cambiado de parecer. Aunque Angelotti se haya dado la muerte con un veneno para librarse de la pena infamante que le aguardaba, no por eso debe dejar de ejecutarse la sentencia. Los suicidios son de un efecto deplorable y es preciso que la ley se cumpla... Por lo tanto, he resuelto que Angelotti sea ajusticiado por mano del verdugo. Si no se puede ahorcar a un vivo, se ahorcará un muerto. Es inútil que nadie, a excepción de nosotros, conozca la verdad de lo ocurrido. ¿Está preparada la horca?

Schiarrone

La están levantando debajo de ese balcón, a la entrada del puente.

Scarpia

Pues dejaréis el cuerpo de Angelotti pendiente de ella hasta que termine la misa mayor, para que todo el mundo pueda verlo. Después enterraréis el cadáver en un hoyo cualquiera, no en tierra sagrada, por supuesto... Los suicidas no tienen derecho a recibir sepultura cristiana.

Schiarrone

Así se hará. ¿Y el otro?

Scarpia

De Cavaradossi trataremos después. ¿Dónde está la Tosca?

Colometti

Aquí al lado, en el cuarto inmediato a las habitaciones de su excelencia... Pero la tengo bien vigilada.

Scarpia

Sigue furiosa, ¿eh?

Colometti

Menos que antes... En cambio está muy inquieta; en primer lugar, por el caballero Cavaradossi, y en segundo lugar, por conocer el sitio adonde la hemos conducido desmayada. Nosotros, no habiendo recibido instrucción de ningún género, no hemos considerado oportuno decirle nada.

Scarpia

(A Schiarrone.) Ve a buscarla y condúcela aquí. (Schiarrone se va.) Y tú, Colometti, vigila bien la ejecución del muerto, y cuando hayas concluido, yo te llamaré desde el balcón. (Colometti se inclina y sale. En este mismo momento entra Schiarrone acompañando a Floria. A los criados.) ¡Retiraos! (Salen los criados y Schiarrone.)

ESCENA III

FLORIA y SCARPIA. Floria entra silenciosa, pálida y vacilante, con los cabellos en desorden. Para andar se apoya en el respaldo del sofá y mira en torno suyo con inquietud y curiosidad. Un momento de pausa.

Scarpia

¿Deseáis conocer el lugar a dónde os hemos conducido, no es cierto? Pues bien, señora mía, vos, lo mismo que el caballero Cavaradossi, os encontráis en el castillo de Santángelo, en mis habitaciones particulares. Ahora yo me imagino que, después de haber pasado una noche tan agitada, tan llena de emociones, tendréis necesidad de algún reposo, y por lo mismo os ofrezco de muy buena voluntad este humilde albergue y una parte en esta cena, que hubiera sido mucho más exquisita si yo hubiese podido figurarme siquiera que iba a tener una convidada tan ilustre. (Floria, sin mirarlo siquiera, hace un expresivo gesto de negativa y de disgusto. Scarpia se ríe.) ¿Quizá sospecháis que os ofrezco un festín nocturno, a lo Borgia, aderezado con veneno? Esas fueron costumbres de otras épocas, costumbres ya en desuso, por fortuna. Nosotros no empleamos el veneno.

Floria

Pero asesináis siempre.

Scarpia

(Fríamente.) Los asesinatos no son hoy frecuentes... A Travelli y sus cómplices les puedo hacer fusilar, ahorcar, empalar o descuartizar, según me plazca. (Movimiento de Floria.) ¿Os asombráis acaso? ¿Sospechasteis por ventura que el señor Cavaradossi sería sometido a un proceso?

Floria

¿No será juzgado?

Scarpia

(Con el mismo tono.) ¡Qué locura! Un interrogatorio, testigos, fiscales, jueces, defensores... nada de eso. No podemos perder el tiempo en semejantes fruslerías... Su majestad católica ha simplificado mucho el procedimiento. Tened la bondad de asomaros a ese balcón y podréis ver a la luz de las antorchas que agita ligeramente la fresca brisa de la madrugada unos cuantos hombres que trabajan a la entrada del puente. ¿Queréis saber qué es lo que hacen? Pues están plantando una horca, una sólida horca de dos brazos... En uno de ellos se colgará dentro de un poco un muerto, Angelotti, y en el otro, un vivo...

Floria

¿Mario? (Con espanto.)

Scarpia

Exacto... Y no depende más que de mí, de mi voluntad exclusivamente el embellecer ese famoso grupo añadiéndole una nueva figura... ¡la vuestra! (Floria levanta los hombros despreciativamente.) Pero no lo haré. No soy tan insensato que pretenda privar a los romanos de su ídolo, al cual también profeso yo un verdadero culto... El dilettante Scarpia no perdonaría nunca al director de policía semejante atentado de leso arte... Ah, no, de ningún modo. Vos, señora mía, no honraréis con vuestro concurso personal tan lúgubre representación... Vuestro coche, por orden mía, os aguarda abajo; las puertas del castillo las tenéis abiertas de par en par... Estáis libre, completamente libre.

Floria

(Al oír estas palabras lanza una exclamación de alegría y corre hacia la puerta de salida.) ¡Ah!...

Scarpia

(Sentándose de nuevo a la mesa.) Esperad... Creo adivinar el verdadero significado de ese grito. (Floria se para.) De seguro no es la noticia de vuestra libertad la que acaba de haceros prorrumpir en esa espontánea exclamación de alegría. Es sin duda este pensamiento que ha surgido al propio tiempo en vuestro cerebro: «Corro ahora mismo al palacio de Farnesio, penetro de cualquier modo en la cámara de la reina, que siempre me ha profesado mucho afecto, y la arranco con súplicas y con lágrimas el indulto de mi amante...» ¿Acerté?

Floria

Si... Eso haré...

Scarpia

Por desgracia tengo aquí una orden terminante que debo cumplir. (Desdobla el papel que está sobre la mesa.) «El caballero Cavaradossi será ejecutado antes de salir el sol.» Leedla. Cuando llegue a mi poder la gracia de indulto, el reo habrá sufrido ya la última pena.

Floria

¿Pero vos no haréis eso?

Scarpia

¿Que no? Sois injusta conmigo. Que yo lleve mi filantropía hasta el punto de salvaros y de poneros en libertad, es natural y además lo realizo con el mayor gusto; pero que haga lo propio con él... eso no... eso no lo haré nunca.

Floria

(Fuera de sí.) Pero entonces, miserable, ¿eres un asesino?

Scarpia

(Tranquilamente.) Lo que yo soy y lo que haya de ser, dependerá de vos, de vos exclusivamente.

Floria

(Sin comprender.) ¿De mí?

Scarpia

Sí; pero, pronto, sentaos... Estáis a punto de caer desfallecida y yo no puedo seguir cenando con tranquilidad mientras vos continuáis en pie... Vamos, hacedme el favor de tomar asiento y aceptad siquiera dos dedos de este excelente vino de España. (Se lo sirve.) Y aquí, con los codos apoyados sobre la mesa, hablaremos con más intimidad y más cómodamente acerca de los medios de aliviar en lo posible, la triste situación por la que atraviesa Cavaradossi.

Floria

No tengo hambre ni sed más que de su libertad. (Se sienta resueltamente enfrente de él, retira el vaso de vino y coloca los codos sobre la mesa.) ¡Concluyamos!... ¿Cuánto?

Scarpia

(Dejando de beber.) ¿Cómo cuánto?

Floria

Sí; ¿qué suma queréis?

Scarpia

¿Dinero? ¿Por quién me habéis tomado? ¡Quién piensa en eso! Porque hace pocas horas estuve implacable, hasta feroz quizá, en el cumplimiento de mis deberes, ¿suponéis que soy capaz de venderme? ¡Qué mal, que mal me conocéis! Si yo extremaba mi celo en la persecución de Angelotti, era porque su fuga constituía mi perdición... Pero una vez realizada mi tarea, soy como el soldado que depone la cólera al cesar el combate... Ahora ya no encontraréis en mí más que al barón Scarpia, uno de vuestros más fanáticos admiradores. (Se levanta y se acerca a ella, que, siempre sentada, le mira con inquietud.) Y esta ferviente adoración mía ha adquirido esta noche mayor intensidad... Sí, Floria, hasta hoy yo solo había visto en vos a la inimitable intérprete de las dulcísimas melodías de Cimarrosa y de Paisiello; pero de pronto se me ha revelado la mujer... la mujer más apasionada y mil veces más admirable en la realidad de la pasión y del dolor que en las ficciones de la escena... ¡Qué acentos tan patéticos acabo de oíros!... ¡qué gestos tan conmovedores!... ¡qué gritos tan sublimes!... Cuando yo he visto todo esto, verdaderamente maravillado, estuve a punto de olvidar mi papel en aquella terrible tragedia, para aclamaros como un espectador entusiasmado, y declararme vencido ante tan prodigiosas seducciones.

Floria

(A media voz, pero siempre inquieta.) ¡Ojalá lo hubieseis hecho!

Scarpia

(Dejando el vaso sobre la mesa y sentándose en el sofá cerca de ella.) ¿Queréis saber por qué no lo hice? Pues porque al mismo tiempo que experimentaba este entusiasmo súbito por la mujer fascinadora, tan diferente de aquellas que había conocido hasta entonces, surgieron en mi alma unos celos horribles... unos celos espantosos que me roían las entrañas. ¿Cómo —me decía yo— esta cólera que enrojece su semblante, estos gritos de angustia que ella lanza, son por un individuo cualquiera, por un miserable pintor que no vale ni una sola de sus lágrimas? Y cuanto mayores y más sentidas eran vuestras súplicas por él, más se aferraba en mí el ansia de tenerlo en mi poder para hacerle sufrir todo lo que yo sufría, para hacerle pagar con la vida tanto amor, y castigarle, sí, sí, castigarle sin compasión y sin tregua... ¡Oh! le odio de tal modo por esa felicidad inmerecida que ha conseguido, le envidio de tal suerte por poseer una criatura tan angelical como vos, que no podré perdonarlo nunca... nunca, sino con una condición... una sola... La de tener yo también mi parte en esa dicha.

Floria

(Levantándose.) ¿Tú?

Scarpia

Y la tendré. (Sentado y tratando de retenerla por un brazo.)

Floria

(Separándose de él violentamente y lanzando una carcajada de burla.) ¿Tú?... Antes me arrojaría por ese balcón.

Scarpia

Hazlo y dentro de poco estará detrás de él el cadáver de tu amante, (Con mucha frialdad y sin moverse.)

Floria

¿Conque ese era el precio de tu infamia?

Scarpia

Por fin lo entendiste. (Sonriéndose.) Pronuncia un sí y lo salvo... un no y lo asesino.

Floria

(Retrocediendo asustada.) ¿Serás capaz de emplear hasta la violencia?

Scarpia

(Aproximándose tranquilamente a la mesa y echando azúcar al café.) La violencia no, de ningún modo... Eso no entra en mis hábitos... Si la proposición no te agrada puedes irte tranquilamente; ya te lo he dicho... (Agita el café con una cucharilla.) Todas las salidas las encontrarás abiertas. Pero te desafío a que lo realices... Ahora, si piensas entretenerte en insultarme, en suplicarme, te aconsejo que desistas de hacerlo, porque vas a perder el tiempo de una manera lastimosa. De modo que la mejor resolución que puedes tomar es decir sí desde luego.

Floria

¡Nunca! Voy a despertar a todo el mundo para pregonar tu infamia. (Se dirige de nuevo hacia la puerta.)

Scarpia

(Tomando un sorbo de café.) Pero no podrás despertar al muerto. (Al oír estas palabras se vuelve Floria con un gesto de desprecio. Scarpia continúa sonriendo.) Me odias mucho, ¿no es cierto?

Floria

¡Que si te odio!

Scarpia

Muy bien... así te quiero yo. (Concluye de tomar el café y deja la taza sobre la mesa.) De las mujeres que se rinden sin lucha estaba ya cansado; más que cansado, ahíto. Lo que me seduce es tu desprecio, lo que ansío es vencer tu repugnancia, domar tu cólera y humillar tu orgullo.

Floria

¡Demonio!

Scarpia

¿Demonio? Sea... Acepto el calificativo... Por lo mismo que soy un demonio tengo impulsos satánicos y goces infernales. Sí, quiero saborear el supremo placer de sentir tu alma indignada doblegarse ante mí, hasta quedar rendida... ¿Qué venganza mejor puedo tomar de tus ultrajes? ¿Qué refinamiento más delicado para un demonio que verte batallar inútilmente entre el dolor y la cólera, hasta caer vencida? ¿Y dices que me odias? Eso es lo que yo esperaba de ti, un odio mortal, implacable, feroz, y me prometo una alegría diabólica, al mirarte a mis pies, suplicante, entre los últimos espasmos de tu rencor impotente.

Floria

(Atónita y mirándole con horror.) ¿Pero qué especie de monstruo eres tú? ¿De qué lodo infecto te han hecho? ¿Qué fiera te ha engendrado?

Scarpia

Sigue... sigue... Más... más... ¡aún más!... Continúa escarneciéndome... ¡Nunca me parecerán bastantes tus insultos!... Vamos, no te detengas... Amontona contra mí las injurias más expresivas, abofetéame el rostro con los dicterios más repugnantes, escúpeme a la cara los insultos más soeces... Todo eso no servirá más que para encender la hoguera de la pasión que arde en mi pecho. (Trata de abrazarla.)

Floria

(Retrocediendo espantada.) ¡Atrás! ¡No te acerques! ¡Socorro! ¡A mi! ¡A mí!

Scarpia

No acudirá nadie. Te cansas en vano. (Acercándose al balcón.) Mira... Los primeros fulgores de la mañana empiezan a colorear el horizonte. Tu Mario, tu idolatrado Mario, solo tiene ya un cuarto de hora de vida.

Floria

(Levantando las manos al cielo.) ¡Señor!... ¡Dios justo!... ¡Dios omnipotente!... ¿pero no ves esto? ¿Cómo consientes tanta infamia? ¡Dios mío, socórreme!... Ven en mi ayuda.

Scarpia

(Burlándose.) ¡Si no cuentas con otro auxilio! (Mirando desde el balcón.) Ya está en la horca el cadáver de Angelotti... ¿Le ves? (Floria retrocede horrorizada cubriéndose los ojos con las manos.) Ahora le toca al vivo. (Llamando.) ¡Colometti!

Floria

(Lanzándose desesperada hacia el balcón.) ¡No, no!... ¡Eso no!... ¡salvadle!...

Scarpia

(Abrazándola.) ¿Entonces?

Floria

(Dejándose caer a sus pies.) ¡Piedad!... ¡Tened piedad de mí! ¡Ya os habéis vengado bastante!... Vedme aquí, a vuestros pies, castigada, vencida, suplicante, casi moribunda, implorando vuestro perdón por todo lo que haya podido ofenderos...

Scarpia

(Levantándola y abrazándola estrechamente.) Es decir, que estamos de acuerdo, ¿no es verdad?

Floria

(Separándose de él y lanzando un grito de repugnancia invencible.) ¡Ah!... ¡no!... ¡Nunca!... ¡nunca!... ¡Antes la muerte!... (Huye hacia la derecha, crispada de terror. En este momento se abre la puerta de entrada y aparece Colometti.)

ESCENA IV

LOS MISMOS, COLOMETTI y algunos soldados que están agrupados detrás de él.

Colometti

¿Debo ir a buscar al reo, excelencia?

Floria

¡Oh!

Scarpia

Espera. (En voz baja a Floria, que está apoyada en el respaldo del sofá.) Te doy un minuto para reflexionar.

Floria

(Con angustia infinita.) ¡No puedo más!... ¡No puedo más! ¡Todo ha concluido en mí!

Scarpia

(En voz baja.) Responde.

Floria

(Después de una pausa y haciendo un violento esfuerzo.) Sí... (Al decir este monosílabo se deja caer en el sofá, anegada en lágrimas, con el rostro sobre los almohadones y sollozando desesperadamente.)

Scarpia

(Sonriendo.) He cambiado de opinión, Colometti. El verdugo puede retirarse a descansar... Por ahora su faena ha concluido. (Colometti da una orden a los soldados y estos se retiran.)

Floria

(Incorporándose penosamente y en voz baja, ahogada por los sollozos.) Quiero la libertad de Mario, pero ahora, en este mismo instante.

Scarpia

(También en voz baja.) Poco a poco, amiga mía. No se puede andar tan deprisa. Aquí está la orden formal del gobernador a quien debo obedecer. (Se la enseña.) «Cavaradossi será ejecutado antes de salir el sol.» El caballero debe, pues, sufrir la pena impuesta por las leyes o por lo menos, debe creer todo el mundo que la ha sufrido. La estratagema que voy a emplear para librarle de la muerte, solo la conoceremos el caballero Cavaradossi, Colometti y nosotros dos.

Floria

¿Y quién me garantiza que cumpliréis vuestra palabra?

Scarpia

Las órdenes que voy a dar ahora mismo. (En voz alta.) Colometti, cierra esa puerta. (Colometti obedece.) Oye bien lo que tengo que decirte... El preso no será ahorcado, sino fusilado (Movimiento en Floria. Scarpia la tranquiliza con un gesto.) sobre la explanada del castillo, lo mismo, exactamente lo mismo, que el conde de Palmieri.

Colometti

¿Es decir que esa ejecución?...

Scarpia

No será más que simulada, ¿comprendes? Como lo fue la del conde.

Colometti

Entendido, excelencia.

Scarpia

Tú mismo elegirás entre los soldados de la compañía de guardias, doce hombres de tu confianza, cuyos fusiles también tendrás cuidado de cargar por ti mismo, con cartuchos sin bala.

Colometti

Así lo haré.

Scarpia

En seguida, advertirás al caballero Cavaradossi todo lo que debe de hacer para evitar sospechas... Cuando el reo oiga el ruido de la descarga, se dejará caer en tierra, como herido por el rayo... En este momento te acercarás a él como para convencerte de que está bien muerto y después de decir en alta voz que no necesita el tiro de gracia, ordenarás al piquete que se retire al castillo. Cuando los soldados hayan desaparecido, te aproximarás al caballero Cavaradossi y después de echarle la capa sobre los hombros, le acompañarás tú mismo, hasta la puerta del castillo, donde le esperará el coche de la señora. Entrarás con él en el carruaje y sin perder un momento le acompañarás hasta la puerta Angélica, que has de mandar abrir por orden mía. Cuando estéis fuera de las murallas, en lugar seguro, le dejarás continuar su viaje y tú vendrás a darme cuenta de todo y a descansar. ¿Has entendido bien?

Colometti

Perfectamente, excelencia. ¿Cumplo ahora lo mandado?

Scarpia

No. Deja solo al reo en la capilla y espera.

Floria

(A media voz.) Quiero verle... quiero decirle yo misma cuanto acabáis de ordenar.

Scarpia

Sea. (A Colometti.) La señora está en libertad y puede ir y venir a su antojo por el castillo. Deja a uno de tus compañeros al pie de la escalera, para que la acompañe hasta la capilla. Después de la entrevista y cuando la señora haya entrado en su coche ejecutarás fielmente todo lo que acabo de ordenarte.

Colometti

Está bien, excelencia. (Inclinándose.)

Scarpia

No te olvides de nada... Ordena, en nombre mío, que no entre nadie a molestarme... (Colometti sale cerrando la puerta. Scarpia echa el cerrojo por dentro.)

ESCENA V

FLORIA y SCARPIA

Floria

(Al ruido que hace el cerrojo, Floria se estremece y se levanta pálida y vacilante.)

Scarpia

(Acercándose a ella.) ¿Estás satisfecha?

Floria

(Con voz débil y temblando.) Aún no.

Scarpia

¿Tienes más que pedirme todavía?

Floria

(Haciendo un esfuerzo.) Quiero un salvoconducto, autorizándome para abandonar libremente los Estados Romanos.

Scarpia

Es muy justo. (Va hacia la escribanía y se pone a a escribir vuelto de espaldas. Floria se acerca a la mesa y toma el vaso en que Scarpia le sirvió vino al principio del acto. Al acercarlo a sus labios, se fija en el cuchillo de trinchar, de hoja muy afilada, que está sobre la mesa y se iluminan sus ojos con brillo siniestro, volviéndose en el acto a mirar a Scarpia que sigue escribiendo. Deja el vaso sobre la mesa y aproxima hacia sí el cuchillo. Después se quita, rápidamente, el guante de la mano derecha y lo coloca encima del cuchillo. Scarpia, que ha concluido de escribir, lee en alta voz.) «Se ordena a todas las autoridades civiles y militares, que dejen salir libremente de la ciudad de Roma y de todos los Estados romanos a la artista Floria, llamada La Tosca, y al caballero que la acompaña, encargándoles además que les presten protección y ayuda si la necesitasen. Tal es nuestra voluntad.— Roma, diez y ocho de junio de mil ochocientos.— Vitelio Scarpia, director general de Policía.— Por mandado de su majestad Católica el rey Fernando.» (Se acerca a Floria, la cual vuelve a coger el vaso, apurando de una vez su contenido.) Está bien así, ¿no es cierto? (Entrega el salvoconducto a Floria que lee en pie, rozando casi su espalda con el rostro de Scarpia, que está inclinado sobre ella, devorándola con los ojos. Floria, después de leer, coloca el vaso sobre la mesa, procurando que su mano esté casi encima del cuchillo.) Y ahora, ¿qué me darás tú en cambio? (La estrecha por la cintura con un brazo, mientras la besa ardientemente en la espalda.)

Floria

¡Esto! (Se vuelve rápidamente y le clava el cuchillo en el corazón.)

Scarpia

(Cayendo sobre el sofá.) ¡Ah... maldita!

Floria

(Prorrumpiendo en una carcajada de alegría salvaje.) ¡Por fin!... ¡por fin! ¡Estás en mi poder!

Scarpia

¡Socorro!... ¡A mí!...

Floria

¡Grita, grita si puedes! ¡Miserable!... ¡Ah!... ¡Dios ha oído mis súplicas! (Arroja el cuchillo sobre la mesa.) ¡Verdugo! ¡Me has torturado durante toda una noche! ¡Te has reído de mi desesperación y de mis lágrimas, has pisoteado sin piedad las fibras más delicadas de mi alma! ¿Y no había de tener yo mi desquite? (Se encorva y se acerca a él.) Mírame bien, infame... Mira el regocijo que siento ante tu agonía... mira el placer con que contemplo tu muerte... ¡Cobarde!... Y mueres por mano de una mujer, aborto del infierno. Sí, y mueres desesperado, blasfemando de rabia como los réprobos, ¡como lo que eres!... ¡Muere, demonio! ¡Muere, monstruo!... ¡Muere condenado por toda la eternidad!

Scarpia

(Tratando de incorporarse, sobre el respaldo del sofá.) ¡Favor!... ¡Yo muero!

Floria

(Va hacia la puerta de salida a escuchar, pero sin dejar de mirar a Scarpia.) ¡No llames en tu auxilio! ¡Nadie vendrá!... Tu propia sangre te ahoga la voz en la garganta, ¡miserable! (Scarpia, por un último y supremo esfuerzo, logra ponerse casi de pie y Floria, al verlo, va hacia la mesa, empuñando de nuevo el cuchillo. Ambos están, uno frente al otro, unos instantes; ella, amenazadora, y él, sofocado por el estertor de la agonía y sin poder hablar hasta que por fin, cae sobre el sofá lanzando un gemido, y del sofá vuelve a caer en tierra. Floria deja el cuchillo sobre la mesa y dice con frialdad.) ¡Más vale así! (Toma el candelero que está sobre la mesa y lo acerca al rostro de Scarpia que en este instante expira.) ¡Ahora estamos en paz! (Sin volver a mirar el cadáver, coloca el candelabro, en su sitio y se limpia, tranquilamente, la mano con el mantel. Después ve una mancha de sangre en el vestido y moja una punta de la servilleta en la botella de agua y se frota con ella el vestido, estruja la servilleta y la tira en la alcoba. Anda alrededor de la mesa y se va hacia el espejo, coge el candelabro que está sobre la consola y lo enciende y vuelve a dejarlo en su sitio. En seguida se arregla los cabellos, recoge el guante, se lo calza, y al abrochárselo, ve el cadáver.) ¿Y era eso lo que hacía temblar a toda una ciudad? (En este, instante empieza a oírse el redoble lejano de tambores.) ¡La diana! ¿Ya? (Sigue el ruido de los tambores que no cesa hasta que cae el telón. Floria toma, sobre la mesa, el salvoconducto y se lo guarda en el pecho. Escucha hacia la puerta, después se acuerda de que ha encendido el candelabro y se dirige a apagarlo, pero de pronto cambia de idea y vuelve a encenderlo con el que está sobre la mesa, colocando los dos candelabros a ambos lados del cadáver. Mira en torno suyo, ve el crucifijo que está sobre el reclinatorio, lo coge y lo pone sobre el pecho de Scarpia. Por último, se dirige a la puerta, descorre el cerrojo, la abre con precaución y mira hacia el corredor que está muy oscuro. Permanece un momento escuchando y sale, cerrando la puerta detrás de sí, mientras los tambores redoblan con mayor fuerza.)

TELÓN