ACTO PRIMERO
Iglesia de San Andrés en el Quirinal en Roma. Arcos a todo foro sobre pilastras de mármol. El espectador solo ve la nave derecha. Entre sombras distínguese el coro. En primer término derecha, una puerta practicable con ventanillo y llamador y cerca de ella una pila de agua bendita. La parte de la izquierda está ocupada por un andamio colocado cerca de un altar. Sobre el andamio un gran lienzo para pintar, en el cual hay algunas figuras abocetadas, y útiles de pintor, pinceles, paleta, paños, etc., etc. Se sube al andamio por una escalera de tres peldaños y en uno de ellos hay una cesta con el almuerzo de Cavaradossi. En medio de la escena y en un pedestal dorado la imagen de la Virgen, y al pie de la imagen flores y un candelabro con velas.
ESCENA PRIMERA
GENARINO y el PADRE EUSEBIO. El primero está dormido sobre el andamio y el segundo le despierta haciendo ruido con el manojo de llaves que trae en la mano.
P. Eusebio
¡Eh! ¡Genarino, Genarino!
Genarino
(Despertándose sobresaltado.) ¿Qué ocurre?
P. Eusebio
¡Durmiendo!
Genarino
(Frotándose los ojos.) Sí, me quedé traspuesto.
P. Eusebio
¡Holgazán!... Por de contado que yo voy a hacer lo mismo en seguida. Han dado las doce y es hora de cerrar las puertas; y el maestro ¿dónde está?
Genarino
Ha ido a buscar una tela que le hace falta para el cuadro.
P. Eusebio
Sí; el cuadro del francés.
Genarino
(Bajando.) El señor Mario Cavaradossi no es francés, padre Eusebio, sino romano como nosotros y de antigua familia patricia.
P. Eusebio
Su padre era romano, verdad, pero la madre nació en Francia y al cabo y al fin el carácter de la madre se adquiere. Si fuera romano de pura sangre no trabajaría a la hora de la siesta, que es hora de descanso.
Genarino
(Preparando la mesa.) Dice el maestro que las horas mejores para pintar son, en este tiempo, las del centro del día. Cerrada la iglesia no pueden distraerle ni curiosos ni visitantes, y el templo solitario excita su inspiración y acrecienta su fantasía.
P. Eusebio
(Con malicia.) Y además a solas puede recibir la visita de alguna señora.
Genarino
¿Qué decís?
P. Eusebio
Nada, cosas mías... pero, en fin, lo que yo siento es que tu maestro sea poco religioso.
Genarino
¿Poco? Nada.
P. Eusebio
No se le ha visto asistir a las ceremonias del culto. En París frecuentaba el trato de los impíos revolucionarios. Cuida, hijo mío, de que la compañía de tu maestro no te lleve derechamente al infierno.
Genarino
¿Se duerme en el infierno?
P. Eusebio
No lo sé a punto fijo; pero me imagino que uno de los mayores tormentos de los condenados ha de ser el del insomnio.
Genarino
¡Tal creo!
P. Eusebio
Y por si acaso, procura conducir a tu maestro por el buen camino; sugiérele ideas santas y hasta si es posible inclínale a que nos ofrezca para el culto de la misa una de esas botellas de Marsala que veo sobre la mesa.
Genarino
No es Marsala, es Gargnano, padre Eusebio.
P. Eusebio
(Cogiendo la botella y mirándola.) ¡A ver! Por el color apostaría a que es Marsala.
Genarino
Pues perderíais si apostaseis.
P. Eusebio
(Escanciando un vaso y bebiéndoselo con delicia.) Por mi salud que he de convencerme.
Genarino
(Quitándole la botella.) ¡Padre Eusebio!
P. Eusebio
(Paladeando el vino.) Es Gargnano y del más exquisito.
Genarino
No veis que el maestro creerá...
P. Eusebio
Quita, tonto. El maestro no se entera de nada y además de algún modo he de cobrarme su tardanza.
Genarino
Le retendrán los preparativos de la fiesta que ha de celebrarse en el palacio de Farnesio, esta misma noche.
P. Eusebio
Pues poco ha de agradarle porque se celebra en honor del nuevo triunfo que han conseguido las armas austriacas sobre las francesas. Oye lo que dice la Gaceta: (Saca un impreso y lee.) «Recibimos nuevas noticias acerca de la lucha sostenida en Génova. El general Masena ha huido de la ciudad, Soult está prisionero y gravemente herido. El desastre es tremendo para las indisciplinadas fuerzas que pomposamente se llaman el ejército francés.» Y más adelante añade: «S. M. María Carolina ha dispuesto que se celebre una gran fiesta para honrar la victoria de las tropas austriacas.» Ya lo ves, Genarino; la cosa marcha y el general Melas dará buena cuenta de Bonaparte el falso.
Genarino
¿El falso?
P. Eusebio
¡Del falso, sí! (Con misterio.) Sé de muy buena tinta que el auténtico general Bonaparte murió en Egipto, ahogado en el mar Rojo como Faraón. Ahora le suplanta su hermano José. ¿Verdad que da risa?
Genarino
¡El maestro! (Viendo a Cavaradossi que viene por la puerta de la derecha trayendo un rollo de tela en la mano.)
ESCENA II
DICHOS y MARIO CAVARADOSSI
Mario
Perdonad, padre Eusebio; me he retrasado un poco.
P. Eusebio
Le estaba contando a Genarino las últimas noticias de la guerra. Todo está ya cerrado. ¿Puedo marcharme?
Mario
Sí, y tú también, Genarino, puedes irte. Hasta que se abran las puertas de la iglesia no me haces falta.
Genarino
Hasta luego, maestro. (Vanse los dos.)
ESCENA III
MARIO y ANGELOTTI
Mario
(Después de colocar la tela coge la paleta y se pone a pintar, poniéndose una blusa larga. En este momento aparece Angelotti por la izquierda, mira a todas partes con desconfianza y va hacia la puerta de la derecha para escuchar. El pintor se vuelve y le ve.) ¿Un hombre?
Angelotti
Os suplico que no alcéis la voz. ¿Estamos solos?
Mario
Solos estamos.
Angelotti
¿No vendrá nadie?
Mario
¡Cuántas precauciones! ¿Sois algún malhechor?
Angelotti
¡Para algunos, sí! Para vos, espero que no.
Mario
(Bajando del andamio.) Ahorremos palabras inútiles ¿Quién sois?
Angelotti
A vos me confío. Soy un prisionero fugado del castillo de Santángelo.
Mario
¿Un fugitivo?
Angelotti
Y quizá no desconocido para vos. Fui en Nápoles uno de los más ardientes defensores de la vencida república partenopea. Mi nombre está en las listas de los proscritos. Me llamo César...
Mario
(Interrumpiéndole.) ¿Angelotti?
Angelotti
El mismo.
Mario
(Corriendo hacia la puerta de la derecha y echando el candado.) ¡Qué imprudencia! ¿Por qué no os habéis apresurado a declarar vuestro nombre? ¿Cómo os habéis refugiado en esta iglesia?
Angelotti
Os lo explicaré todo. Pero antes, caballero, dadme algo con que reponga mis abatidas fuerzas. La sed y el hambre me agobian.
Mario
(Escanciándole un vaso de vino.) Tomad; este licor os confortará.
Angelotti
(Bebiendo con ansia.) ¡Gracias a Dios que hallo una mano generosa que me socorra! ¡He pasado tantos días luchando con esbirros y carceleros!
Mario
Comed. (Le acerca las viandas.) ¿Cómo lograsteis evadiros?
Angelotti
Nada hice para conseguirlo. (Mirando hacia la puerta.) Pero ¿estáis seguro de nuestra soledad?
Mario
Segurísimo. Todas las puertas están cerradas. (Angelotti se pone a comer ansiosamente.) Podemos disponer de una hora para que repongáis vuestras fuerzas. ¿Y decís que en la evasión nada habéis puesto de vuestra parte?...
Angelotti
Absolutamente nada. Mi fuga la preparó mi hermana la marquesa de Atavantti. ¿La conocéis?
Mario
De vista.
Angelotti
Ella me proporcionó este vestido para disfrazarme; ella me franqueó la salida de mi prisión. Conseguido esto, advertí con espanto que las puertas de la ciudad estaban cerradas. ¿Dónde refugiarme? En casa de mi hermana era imposible, porque su marido es un defensor fanático del altar y del trono. Entonces pensamos en esta capilla, que es propiedad de mis antepasados, y aquí permanecí, esperando a Travelli, el único de mis amigos que conoce el lugar donde me he refugiado, y que debía auxiliarme hasta salir fuera de los Estados romanos. Pero Travelli no llega; y ya angustiado me decido a salir de mi escondite. ¿Se habrá descubierto mi fuga? ¿Estará preso Travelli?
Mario
Si hubiesen descubierto la fuga, se habría anunciado a la ciudad con un cañonazo.
Angelotti
Cierto.
Mario
La tardanza de vuestro amigo estará motivada por un accidente cualquiera. Tranquilizaos; si él no viene yo me encargo de poneros en salvo.
Angelotti
¡Gracias con toda mi alma, caballero! Pero mi hermana estará impaciente.
Mario
No hay medio de avisarla. Y por cierto que ahora me explico la visita que hizo ayer a esta capilla la Marquesa.
Angelotti
¿La visteis?
Mario
La vi y la contemplé el tiempo suficiente para dejar sobre la tela recuerdos de su peregrina belleza. (Señalando el cuadro.) ¡Mirad!
Angelotti
(Acercándose para mirarlo.) Admirable parecido.
Mario
No es más que un boceto.
Angelotti
¡Qué bien han copiado vuestros pinceles la dulce expresión de los ojos azules de mi hermana! ¡Pobre Julia! ¡Cuánto se esfuerza por salvarme! Pero, ¡ay de mí!, que el cariño de una mujer es menos poderoso que el odio de otra.
Mario
¡El odio de una mujer!
Angelotti
Es el origen de mis infortunios. Hace veinte años conocí en Londres a una de esas desdichadas que venden sus encantos al mejor postor. Me cautivó su belleza y seguí la aventura unos cuantos días, los precisos para que se extinguiera el capricho. Pasó el tiempo, y hallándome de regreso en Nápoles, me presentaron en la Embajada de Inglaterra, donde se celebraba un baile. ¡La esposa del embajador era la misma mujer con quien había trabado amores pasajeros en Londres!
Mario
Conozco la historia de Lady Hamilton, la famosa Emma Liona, chicuela abandonada, criada de una fonda, que pasó por todos los lugares de la degradación para concluir en embajadora del Reino Unido de Inglaterra.
Angelotti
No supe disimular mi sorpresa. Lady Hamilton comprendió que la había reconocido. En la mesa, senteme a su lado; pero entre ambos hubo un invitado más, el odio. Ya sabéis que la Hamilton ejerce un verdadero imperio sobre la reina y sobre el almirante Nelson, y que todos juntos persiguen a los partidarios de la revolución. Molestado por la hostilidad de la embajadora, cometí la imprudencia de revelar el secreto de nuestros amores, y dos días después los esbirros asaltaron mi casa, acusándome de auxiliar a los republicanos. Me encerraron en una prisión donde cumplí dos años de condena en Nápoles, y después me trasladaron a Roma. En este tiempo fueron confiscadas mis propiedades, y para colmo de males la corte envía aquí como Regente de policía a un italiano, a un miserable que se rodea de una legión feroz de verdugos.
Mario
El barón Scarpia.
Angelotti
Sí, un hombre implacable que de seguro no me olvida.
Mario
¡Infame! ¡Cubre con apariencias de cortesía y de ferviente devoción instintos perversos! ¡Cuántas esposas, hijas o hermanas de infelices acusados pueden ser testigos de la crueldad lasciva de Scarpia!
Angelotti
¿Quién mejor que yo para corroborar lo que decís? Mi hermana tuvo que huir horrorizada de tal monstruo de corrupción. De no haberme fugado, Scarpia me habría enviado a Nápoles para entregarme a Lady Hamilton, mi antigua amante. Pero ni ella ni él gozarán con el espectáculo de mi suplicio. En este anillo puedo encontrar el remedio para eludir los tormentos.
Mario
(Escuchando.) ¡Silencio!
Angelotti
¿Llaman?
Mario
No... Alguien que habrá pasado... No hay peligro.
Angelotti
¡Cuánto me apena mezclaros en mis inquietudes! Nunca os pagaré el favor que reciba de vos, cuyo nombre aún no conozco.
Mario
Mario Cavaradossi, romano como vos.
Angelotti
Creí que vuestra familia se había extinguido.
Mario
Estuvo alejada de Roma. Mi padre se casó con una francesa y yo estudié en París con el famoso pintor David, durante el período de la revolución.
Angelotti
¿Y habéis vuelto a Roma?
Mario
Por azar. Tengo que resolver algunos asuntos en esta ciudad, y además encuentro en ella un ambiente muy a propósito para mi profesión de artista.
Angelotti
¿Solo por el arte?
Mario
No quiero engañaros. Lo que principalmente me retiene en Roma es el cariño de una mujer.
Angelotti
Siempre fue privilegio de la hermosura el de encadenar la voluntad de los hombres. ¿Y se puede saber?
Mario
¿Su nombre? Floria Tosca.
Angelotti
¿La Tosca? ¿La célebre cantante?
Mario
Sí. ¿La conocéis?
Angelotti
Por su fama, solamente.
Mario
¡Su fama de cantante! Es grande, incomparable. ¡Pero la mujer vale más, mucho más que la artista!... ¡Quién creería que la que hoy escucha aclamaciones y recibe tributos del más ardiente entusiasmo fuese hace pocos años una pobre muchacha sin educación, recogida por las monjas de un convento! El organista que la enseñó el solfeo se quedó maravillado al notar sus adelantos y a los diez y seis años iba la gente al templo para extasiarse oyéndola cantar. Cimarrosa, atraído por la celebridad de su nombre, quiso oírla, y después de una lucha empeñada con las religiosas, consiguió llevarla al teatro. A los cuatro años los triunfos de la Tosca ensordecían a Roma, y desde aquel instante fue la artista más celebrada del mundo y en Milán, en Venecia, en Viena, se aclamaba su nombre. En este último punto conocí a la Tosca.
Angelotti
¿Y ella os ama?
Mario
Sí, me ama. Llena mi nombre su corazón y solo me disputan su albedrío dos cosas: los celos y el fervor religioso. Por ella permanezco en Roma, expuesto a grandes peligros, pues mi traje despierta sospechas, mi barba es revolucionaria y de fijo que Scarpia habría dado buena cuenta de mi persona si yo no me hubiese valido de una estratagema.
Angelotti
¿Cuál?
Mario
La de brindarme al Capítulo de esta iglesia para restaurar varios cuadros sin pedir retribución alguna por mi trabajo. Mis pinceles conjuran el peligro que me amenazaba y en Roma estaré, mientras en ella permanezca Floria, y con Floria partiré para Venecia, donde podremos amarnos sin sobresalto.
Angelotti
Y con entera libertad.
Mario
Yo no oculto mi amor. Al palacio Cavaradossi va la Tosca y aun a este templo viene a buscarme. De no retenerla el ensayo para la fiesta de esta noche, la habríais encontrado aquí y por cierto que lo hubiera sentido.
Angelotti
¿Por qué? A ella como a vos le hubiese confiado mi secreto.
Mario
Por lo mismo. No quiero mezclar en estas aventuras a ninguna mujer.
Angelotti
¿Ni siquiera a la que os ama?
Mario
A esa menos que a las demás. El concurso de Floria no nos es necesario, y con solo mezclarla en este asunto podríamos exponerla a peligros ciertos.
Floria
(Desde la puerta.) ¡Mario! (Llamando.)
Mario
¡Ella! (Alto y dirigiéndose a la puerta.) ¿Eres tú? (A Angelotti.) Pronto, escondeos. Procuraré que la visita sea breve.
Floria
(Llamando más fuerte.) ¿Pero no abres?
Mario
(Oculta a Angelotti, después coge los pinceles y la paleta y descorre el candado.) Aguarda. Ya voy... Pasa.
ESCENA IV
MARIO y FLORIA, esta entra elegantemente vestida y con un ramo de flores en la mano.
Floria
¡Cuánto has tardado en abrirme!
Mario
El tiempo indispensable para bajar del andamio.
Floria
(Mirando alrededor con desconfianza.) ¿Por qué corres el candado de la puerta?
Mario
Es el Padre Eusebio quien lo echa.
Floria
¿No está Genarino?
Mario
Le di permiso para que se fuera. Pero, ¿qué pasa? ¿Parece que estás inquieta?
Floria
¿Con quién hablabas?
Mario
No hablaba; cantaba.
Floria
¡No es cierto! Yo te oí hablar en voz baja.
Mario
¡Qué disparate! ¿Quién podía estar aquí?
Floria
Acaso alguna devota.
Mario
¿Celos? ¿Una escena de celos en este sitio? ¡Bah, no seas tonta! (Cogiéndole las manos.) ¿Un ramo de flores?
Floria
Para la Virgen. Tengo que implorar su perdón.
Mario
¿Por qué?
Floria
Por lo que tú haces.
Mario
Nada de malo hago.
Floria
¿Que no? ¿Y tus ideas? (Mario va a cogerla la mano y ella la retira.) No, permíteme que antes salude a Nuestra Señora.
Mario
¡Como gustes!
Floria
(Se dirige a la imagen que está en la columna central y pone las flores en un búcaro. Se arrodilla y reza. Entretanto Cavaradossi hace señas a Angelotti que asoma la cabeza para que se retire.) Cumplí mi deber con la Santísima Virgen.
Mario
(Besándole las manos apasionadamente.) ¡Y ahora yo!
Floria
¡Si vieras qué disgusto tan grande tengo!
Mario
¿Qué ocurre?
Floria
Que hasta mañana no podemos vernos.
Mario
¿La fiesta?
Floria
Sí, tendré que pasar la noche en el palacio de Farnesio. Hay concierto y tomo en él mucha parte.
Mario
Bueno, pero después...
Floria
Después se celebra un baile.
Mario
¿Y asistirás a él?
Floria
La reina me ha invitado.
Mario
¡Gran honor!
Floria
Su Majestad es muy buena para mí. Me colma de atenciones, pero las de esta noche me entristecen, porque hasta mañana no volveré a verte.
Mario
¡Qué le hemos de hacer! ¡Habrá que resignarse!
Floria
¡Con qué calma lo dices! ¿No te contraría? ¿Verdad?
Mario
Yo no he dicho eso.
Floria
Los hombres amáis con demasiada filosofía. La mujer se entrega a la pasión con el alma entera. Para nosotras no hay más que este sentimiento en nuestra vida. (Mirando al cuadro.) ¿Quién es aquella mujer?
Mario
(Mirando a su alrededor.) ¿Cuál mujer?
Floria
La del cuadro.
Mario
¡Ah! ¿Esa rubia? Pues es una María Magdalena. ¿Qué te parece?
Floria
Demasiado hermosa.
Mario
¿Demasiado?
Floria
No me gusta que pintes mujeres tan bellas.
Mario
(Riéndose.) ¿Vas a tener celos de las mujeres que dibujo en los cuadros como si fueran de carne y hueso?
Floria
¿Y por qué no? ¿Crees que no sé lo que ocurre entre el artista y las figuras que traza con sus pinceles? Cuando pintas unos ojos hermosos, te extasías contemplándolos; cuando dibujas unos labios que incitan al beso, gozas, admirándolos, y te recreas en la hermosura del rostro trazado por tu misma mano, en un momento de inspiración.
Mario
(Riéndose.) Es gracioso. Graciosísimo. (Poniéndose a trabajar.)
Floria
Y pienso, a veces, que tus contemplaciones más apasionadas, son para las figuras a las cuales das vida con tu arte. (Se sube al andamio y contempla el cuadro.) ¡A ver! Déjame contemplar a tu Magdalena. (Pausa.) Sí, no hay duda; esos cabellos rubios y esos ojos grises azulados, me recuerdan los de alguna mujer a quien conozco. Juraría haberlos visto muchas veces.
Mario
Es posible.
Floria
¡Ah, vamos! ¿Es un retrato? ¿Existe el original?
Mario
Existe. ¡Ea! esfuerza tu memoria a ver si recuerdas.
Floria
Espera. Es... ¡Ya caigo! La de Atavantti. No hay otra romana con cabellera igual a la de tu Magdalena.
Mario
Confieso que has adivinado.
Floria
¿Luego conoces a la Marquesa? ¿Luego la ves? ¿Dónde? ¿En su casa? ¿Aquí? ¿En tu estudio? Responde. Pronto, respóndeme sin mentir.
Mario
¡Pero, mujer!
Floria
Responde de una vez.
Mario
Si no me dejas hablar... Pues bien, declaro que he visto a la Marquesa, aquí, una sola vez y por casualidad.
Floria
¡Por casualidad! ¿eh?
Mario
Te repito que por casualidad. Mientras yo pintaba en este sitio, llegó ella hasta esa imagen y se puso a rezar, levantando sus ojos azules al cielo, con los cabellos rubios que caían, en bucles, sobre su frente.
Floria
Rubios no; rojos.
Mario
Que un rayo de sol convertía en hebras doradas y con la cara tranquila de quien se pone en comunicación con Dios. Pareciome ver en su rostro la imagen de la Magdalena y copié el modelo en unas cuantas pinceladas, sin que nadie lo advirtiera.
Floria
¿No te servía yo como modelo?
Mario
Tú no tienes el aspecto de santa... y sobre todo ahora, en que el enojo descompone tu semblante.
Floria
¿Y ella sí? ¿La marquesa de Atavantti puede servir de modelo para la Magdalena? Será antes del arrepentimiento, porque la tal señora engaña a su marido y tiene la desfachatez de presentarse en público con su amante.
Mario
Perdona, no es un amante; es un importuno.
Floria
Pues yo, que no tengo ni marido a quien engañar, ni importunos que me sigan a todas partes, no me cambio por ella, ¿entiendes?
Mario
(Con ternura.) ¡Si sabes que te adoro! ¡Si no pienso más que en ti, celosa incorregible!
Floria
¡Buscarte!
Mario
¡Ea, basta, dejemos en paz a la marquesa!
Floria
Mejor hiciera en convertir a su hermano.
Mario
¡Su hermano!
Floria
Sí, un perverso, un demagogo, un ateo como tú.
Mario
(Mirando hacia la capilla.) ¿Quieres convertirme a mí también?
Floria
No eches a broma mis palabras. ¡Tú no sabes el pesar que me produce esto! ¡Un hombre que lee a Voltaire! ¿Sabes lo que me ha dicho de ti el padre Carafa?
Mario
¿Tu confesor? ¿Acaso le confiesas mis pecados?
Floria
Le confieso los míos... ¡Son los mismos!
Mario
Pues de seguro habrá dicho que soy un desalmado.
Floria
Dice algo peor. Dice que eres un impío y y que te condenarás.
Mario
¿Contigo? Entonces no me importa. (Abrazándola.)
Floria
El padre Carafa me ha repetido muchas veces: «Hija mía, si queréis que Dios os perdone vuestros pecados, procurad por la salvación del hombre a quien amáis. El amor sagrado purificará el amor profano.» ¿A que no aciertas lo que me ha aconsejado que alcance de ti?
Mario
¡Quién lo sabe!
Floria
Que te quites la barba.
Mario
¿La barba? ¿Y por qué?
Floria
Porque es emblema revolucionario.
Mario
¡Vaya un capricho!
Floria
Por eso, porque es un capricho mío, habrás de complacerme. ¿Qué trabajo te cuesta? ¡Tus ideas me amargan el amor que te tengo! Mira, algunas veces no me atrevo a ponerme a los pies del confesor, por si me exige que te abandone, y otras veces me espanta el pensar en lo que me sucedería si, encontrándome en pecado mortal, muriese de repente.
Mario
Pues ya se sabe; al infierno los dos.
Floria
¿Morirías tú también?
Mario
Está claro... ¿Cómo iba yo a vivir sin ti, sin mi Tosca? (Llaman a la puerta.)
Floria
¡Silencio!
Mario
¿Qué?
Floria
Han llamado.
Luciana
(Desde fuera.) ¡Señora!... ¡Señora!
Floria
Es mi camarera. (Bajando del andamio.) Abre la puerta. (Mario descorre el cerrojo.)
ESCENA V
LOS MISMOS y LUCIANA
Floria
(A Luciana.) ¿Qué sucede?
Luciana
Traigo una carta urgente del maestro.
Floria
De Paisiello. ¿Qué querrá? (Busca Luciana la carta y Mario hace una seña a Angelotti que se asoma impaciente.)
Luciana
Aquí está. (Dándole la carta.)
Floria
(Leyendo.) «Divina Tosca. Su excelencia, el duque de Oseole, me comunica que la Reina ha recibido un mensaje del general Melas, participándole que el día 14 ganó una batalla decisiva contra Bonaparte en la llanura de Marengo, cerca de Alejandría...»
Mario
(Interrumpiéndole y cogiéndole el papel.) Perdona, me interesan estas noticias. (Lee alto para que le oiga Angelotti.) «Nuestras armas han alcanzado un triunfo completo.» Toma. (Se sienta apesadumbrado en el lado izquierdo.)
Floria
(Continuando la lectura.) «En vista de tan fausto acontecimiento, su majestad ha ordenado que se celebren grandes funciones en todas las iglesias y yo acabo de improvisar una canción dedicada a la victoria. Mi pobre trabajo no podrá brillar esta noche en la fiesta del palacio de Farnesio, sin el concurso de vuestro talento. La orquesta está ya reunida y os ruego que vengáis a ensayar.»
Mario
Pues vete en seguida.
Floria
¿Y tú que vas a hacer cuando yo te deje?
Mario
Trabajaré hasta la noche.
Floria
¿A qué hora nos veremos mañana?
Mario
A las doce.
Floria
¿Tan tarde?
Mario
Quiero que tengas tiempo de descansar.
Floria
No necesito dormir tanto. ¿Irás a despertarme?
Mario
Iré... Adiós.
Floria
Un momento.
Mario
¿Qué quieres?
Floria
(Señalándole el cuadro.) Convierte en negros los ojos de la Magdalena... Es un deseo mío.
Mario
Corriente.
Floria
(Abrazándole.) ¡Te adoro!
Mario
Delante de la Virgen.
Floria
Es tan buena que me perdonará... Adiós, Mario mío. Hasta mañana. Escucha. Que no olvides mi encargo.
Mario
¡Otra vez!
Floria
Sí, dices bien... Qué loca soy... qué loca... Hasta mañana... (Vanse Floria y Luciana.)
ESCENA VI
MARIO y ANGELOTTI. Este último sale de la capilla apenas se cierra la puerta.
Mario
Los franceses han sido derrotados.
Angelotti
Sí, estamos perdidos.
Mario
Nada de desalientos. Es necesario pensar en la manera de que salgáis de la ciudad antes que cierren las puertas.
Angelotti
¿Sin esperar a Travelli?
Mario
Sin dilaciones de ningún género. (En este momento se oye sonar un cañonazo lejano.)
Angelotti
¡Ah!
Mario
¡La señal! Vuestra fuga se ha descubierto.
Angelotti
Acaso sean salvas festejando la victoria. (Escucha con ansiedad.)
Mario
No... un solo cañonazo. Es el anuncio de vuestra evasión.
Angelotti
¡Habrán detenido a Travelli!
Mario
Hay necesidad de salir de aquí a toda costa. Vos os dirigiréis por la salida más oscura a la puerta principal; allí os aguardaré yo... Pronto, andad... El sacristán llega. (Angelotti entra en la capilla y Mario se sube al andamio.)
ESCENA VII
MARIO, el PADRE EUSEBIO y GENARINO
P. Eusebio
(Sale por la derecha con un manojo de llaves.) ¿Habéis oído?
Mario
¿Qué?
P. Eusebio
El cañonazo.
Mario
Sí, será para festejar la victoria.
P. Eusebio
No, es que se habrá escapado del castillo algún jacobino.
Mario
Quizás.
Genarino
(Entrando por la derecha precipitadamente.) ¿No saben lo que sucede? Angelotti se ha fugado.
P. Eusebio
¡Infame!
Genarino
Por las calles pregonan la fuga, ofreciendo mil piastras al que entregue al preso y la horca a quien le oculte.
P. Eusebio
¡Es poco!
Genarino
Un cómplice de Angelotti ha sido denunciado.
Mario
¿Y está preso?
Genarino
¡Claro!
Mario
(Bajando.) ¿Ha declarado?
Genarino
Naturalmente. Como que le han puesto en el tormento.
P. Eusebio
¡Y es poco!
Mario
¿Está fuera mi coche?
Genarino
Sí, señor, con Fabio.
Mario
Pues di al cochero que vaya a esperarme cerca de la puerta principal. Después vienes a arreglar todo esto... Pronto.
Genarino
En seguida. (Vase por la derecha. En el fondo se empiezan a ver velas encendidas y también se ven entrar algunos devotos.)
P. Eusebio
(Encendiendo las velas de la Virgen.) ¿De modo que habéis oído hablar de la victoria de Marengo?
Mario
Sí. (Con inquietud y mirando el sitio donde está oculto Angelotti, mientras se quita la blusa.)
P. Eusebio
(Riendo.) José ha llevado su merecido.
Mario
(Cogiendo el sombrero.) ¿José?
P. Eusebio
El Bonaparte apócrifo, el Bonaparte falso. Tiene gracia, ¿verdad? (En este momento sale Angelotti con un velo de mujer y desaparece por el fondo.)
Mario
¡Por fin!
P. Eusebio
(Volviéndose.) ¿Qué decís?
Mario
Nada. (Procurando distraerle.) Tomad, Padre Eusebio (Le da unas monedas.) y buenas tardes. (Se va por la izquierda.)
P. Eusebio
Buenas tardes. ¡Qué prisa tiene el jacobino! Veamos. Tres piastras.. No es mucho, pero en fin, del enemigo... (Se oyen sonar el órgano y cantos y salmodias, lejanos.)
ESCENA VIII
EUSEBIO, EL BARÓN DE SCARPIA, SCHIARRONE, COLOMETTI, DOS POLICÍAS y GENARINO. Todos entran por la derecha, mientras se oyen los cánticos. Los dos policías se colocan en el fondo.
Schiarrone
(Toma agua Bendita de la pila y se la ofrece a Scarpia, el cual hace la señal de la cruz; después hace lo mismo con Colometti y los dos se persignan.)
Scarpia
(A Colometti en voz baja.) Ya que están bien guardadas todas las puertas, registrad hasta los últimos rincones de la Iglesia, pero con disimulo, ¿entiendes? (Colometti y uno de los agentes desaparecen por el fondo. El otro policía y Schiarrone quedan en la escena. El Padre Eusebio, al ver a Scarpia, hace una profunda reverencia.)
P. Eusebio
¡Señor barón!
Scarpia
Acercaos. ¿Sois vos el sacristán?
P. Eusebio
Y humilde servidor vuestro, excelencia.
Scarpia
Un fugado del castillo de Santángelo pasó la noche última en esta Iglesia y aún debe de encontrarse en ella.
P. Eusebio
¿Aquí? ¿Es posible?
Scarpia
Es indudable. ¿Cuál es la capilla de los Ángeles?
P. Eusebio
(Señalando el sitio donde estuvo oculto Angelotti.) Aquella es, señor barón.
Scarpia
(A Schiarrone y al polizonte.) Registradla. (Pausa; sigue oyéndose la plegaria. Después de breves momentos aparecen Schiarrone y el policía.) ¿Está ahí?
Schiarrone
No hay nadie.
Scarpia
Por lo visto llegamos tarde. ¿Y no ha dejado rastro?
Schiarrone
(Presentando varios objetos.) Sí, Señor. Un espejo, horquillas, dos navajas de afeitar y un abanico.
Scarpia
¡Un abanico! ¡A ver! (Examinándole.) Una corona de marquesa... De la de Atavantti. ¿Y no encontrasteis ninguna cosa más?
Schiarrone
Ninguna.
Scarpia
La delación era exacta. El fugitivo se ha disfrazado de mujer... Pero, ¿dónde se habrá escondido? ¿Quién le encubrirá? (A Eusebio.) ¿No habéis notado nada de particular en los alrededores de la capilla durante el día?
P. Eusebio
Nada, excelencia, ni antes ni después de haber cerrado las puertas.
Scarpia
¿Habéis cerrado vos todas las puertas de la iglesia?
P. Eusebio
Sí, excelencia; esa es mi obligación.
Scarpia
¿Con llave?
P. Eusebio
Con llave las cerré todas menos esta. (Señalando la de la izquierda.)
Scarpia
Y esta, ¿por qué no?
P. Eusebio
Porque aquí se queda siempre una persona.
Scarpia
¿Quién?
P. Eusebio
El pintor Mario Cavaradossi.
Scarpia
¡Ah! ¡El señor Cavaradossi! El demagogo, el francés. (Genarino, que durante el diálogo anterior, arregló todos los objetos del andamio, baja de este y atraviesa la escena con el cesto de la comida.) Y ese muchacho, ¿qué lleva en ese cesto?
Genarino
Es la cesta donde traigo la comida para el maestro.
Scarpia
(Mirando el cesto.) Restos de un pollo, jamón, pan... Por lo visto tu amo tiene buen apetito, ¿verdad?
Genarino
No siempre... Que lo diga el Padre Eusebio, que es quien acostumbra a escurrir la botella la mayor parte de los días.
P. Eusebio
(Protestando.) ¡Calumnia, señor barón!
Scarpia
Basta. (Despide a Genarino, que se marcha.) No cabe duda; aquí estaba. Cuando volvisteis, ¿aún se hallaba Cavaradossi en la capilla? (A Eusebio.)
P. Eusebio
Sí, señor. Acaba de salir hace un momento.
Scarpia
¿Estaba solo?
P. Eusebio
Como siempre. Cuando trabaja no quiere ver a nadie, excepto...
Scarpia
Excepto ¿a quién?
P. Eusebio
A una señora.
Scarpia
La Tosca.
P. Eusebio
La misma. Y sin duda le ha visitado hoy, porque veo un ramo de flores junto a la Virgen.
Scarpia
La Tosca es leal a la Iglesia y al Trono. No se puede sospechar una traición de su parte. Sin embargo, ella podría ponernos sobre la verdadera pista. (A Colometti, que vuelve.) ¿Has encontrado algo?
Colometti
Nada, señor barón.
Scarpia
¿No has visto a ningún sospechoso?
Colometti
A ninguno.
P. Eusebio
¿Manda su excelencia algo más?
Scarpia
No, podéis retiraros. (El Padre Eusebio se va por el fondo.) Por ahora basta de pesquisas. Vamos. (Se dirige hacia el fondo, y en este momento entra La Tosca. Al oír el ruido de la puerta se vuelve Scarpia.) ¡Ella! (A los polizontes.) ¡Alejaos!
ESCENA VIII
FLORIA y SCARPIA en la escena. SCHIARRONE, COLOMETTI y los polizontes ocultos.
Floria
(Entrando alegremente.) ¡Concluyó el ensayo! ¡Mario! ¡Mario! (Mirando hacia el andamio.) ¿No está?
Scarpia
(Aparte desde el fondo.) ¡Ah! Sí. Los celos. (Adelantándose.) Buenas tardes, ilustre artista.
Floria
(Con disgusto.) ¿Vos aquí?
Scarpia
¡Os sorprende! ¿Buscáis acaso al caballero Cavaradossi?
Floria
¿Sabéis?
Scarpia
Yo lo sé todo. Es mi oficio.
Floria
En esta ocasión no hay mérito alguno. Yo no lo oculto.
Scarpia
¡Tanto se merece el pintor! ¿Cómo una mujer tan buena y tan religiosa puede querer a un hombre tan pervertido, a un ateo? ¿Cómo se atreve a cambiar con él dos palabras siquiera?
Floria
Es que las dos palabras son muy dulces... «¡Te quiero!»
Scarpia
¿Y no oirá de los mismos labios esas dos palabras ninguna otra mujer?
Floria
¡Oh, ninguna! Creo en su amor como en el Evangelio.
Scarpia
Muy impía es la comparación, y además de impía, aventurada; porque quien es descreído en religión, no suele tener fe en otras cosas.
Floria
Esa es cuestión mía. ¿Y sabéis dónde ha ido, señor barón?
Scarpia
No lo sé; pero quiero ahorrar a vuestro amante el trabajo de devolveros esto que sin duda olvidasteis. (Dándole el abanico.)
Floria
¿Un abanico?
Scarpia
Contemplando el cuadro de Cavaradossi, vi sobre la banqueta este abanico; lo recogí para que nadie se lo llevara, y como supongo que es vuestro, os lo devuelvo.
Floria
(Estallando.) ¡Este abanico no es mío!
Scarpia
(Fingiendo un gran asombro.) ¡No!
Floria
Pero, ¿de quién puede ser? Y tiene una corona de marquesa.
Scarpia
(Mirándolo.) ¡A ver! ¡Pues es verdad!... ¡No había reparado!
Floria
¡Es de la de Atavantti! ¡Oh!
Scarpia
¿Y por qué de ella?
Floria
Sí, de ella; estoy segura. Llegaría después que yo me marché. Pero, no; de fijo estaba aquí escondida... Por eso le oí cuchichear... Por eso tardó en abrirme la puerta... Por eso tenía ansia de que me marchara... No hay duda; estuvo oculta viéndome, oyéndome, y luego cuando le dejé solo, volvería a sus brazos para robarme su amor. ¡Ah, infame, infame! Ahora veo clara su traición; pero me vengaré, y de un modo terrible.
Scarpia
¿Y si os equivocáis?
Floria
¿Equivocarme? Pronto lo sabremos. Los sorprenderé esta misma noche después del concierto. Ya sé dónde están.
Scarpia
¿De veras?
Floria
Sí.
Scarpia
(Con gran ansiedad.) ¿Dónde?
Floria
No os lo diré; queréis saberlo para avisarlos, para que huyan de mí.
Scarpia
No es para eso, os lo juro.
Floria
Dejadme... La policía no entrará allí... Yo me basto. (En este momento empieza a escucharse el sonido del órgano y el canto del «Te Deum».)
Scarpia
¡El Te Deum, callad!
Floria
Ahora a buscarlos, a confundirlos, a vengarme. (Sale precipitadamente.)
Scarpia
(Sonriendo ferozmente.) ¡Ya son míos! (Llamando.) ¡Colometti! (Entran Colometti, Schiarrone y los polizontes.)
Colometti
¿Qué mandáis?
Scarpia
Sigue a esa mujer de lejos y procura que no te vea.
Colometti
Está bien, (Sale.)
Scarpia
Y nosotros demos gracias a Dios por la victoria de nuestras armas y pidamos a la Virgen que proteja nuestros trabajos para dar con los impíos revolucionarios, enemigos de la religión y del trono. (Se arrodillan todos al pie de la imagen de la Virgen mientras continúa oyéndose el canto del «Te Deum» y el sonido del órgano.)
TELÓN