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La Veleta de Gastizar

Chapter 16: I. DOS AMIGOS
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About This Book

A prologue personifies a weather-vane atop a rural manor as an ambivalent, quasi-animated creature whose motions and Christian inscription suggest a tension between worldly malice and piety. The narrative then follows three mounted travelers leaving Bayonne and introduces the Aristy family, moving through episodic scenes of journeying, recollection, and social interaction. Through vivid local description and satirical portraiture, the work interweaves personal memories, political echoes, and everyday rural life to examine generational tensions, shifting fortunes, and the ways public events shape intimate destinies.

Es necesario tener el espíritu saturado de egoismo para reconocerlo al momento en los demás y en sus más pequeñas partículas. Larresore lo reconocía en seguida, lo olfateaba.

El tenía la costumbre de decir cuatro o cinco frases de cajón cuando ocurría una desgracia; creía a la gente dura y seca de espíritu sin efusiones ni poesías.

Ya no se sabía ser galante con las damas; no se amaba el campo. El caballero de Larresore no había sido muy platónico, ni era capaz de mirar un paisaje un momento.

Larresore se lamentaba de las transformaciones de la época. Contaba su vida de cuando había ido a París antes de la Revolución recomendado a Garat.

—¡Qué sociedad aquella!—exclamaba.—Alegre, social, cortés. Como ha dicho mi ilustre amigo monsieur de Talleyrand, el que no ha vivido antes de la Revolución no sabe lo que es la dulzura de vivir.

Y contaba anécdotas de su tiempo parecidas a las de todos los tiempos, y recitaba los madrigales enviados por él a las cómicas, que firmaba con notas musicales La... re... sol... re.

El caballero creía que estos rasgos de ingenio no podían volver a darse.

Larresore hablaba de Garat el menor, su amigo, con mucha lástima, por haber tenido que convivir con los tigres de la Revolución.

—Hoy, el hombre en Francia—decía el caballero—está descontento de sí mismo y de la sociedad. He aquí a mis dos sobrinos León y Miguel. León quiere ser pintor, pero no se contenta con ser un pintor como hubiera sido un gentil hombre de mi tiempo, pintor para mostrar sus cuadros entre sus amigos, no; quiere ser un gran pintor, y que hablen de él los periódicos. El papel impreso... ¡Qué cosa más lamentable! Respecto a Miguel, está perdiendo en absoluto sus condiciones físicas de caballero; se ha dejado la barba, se corta el pelo al rape.

—Es más cómodo, tío. Va uno siendo viejo.

—¡Viejo a los cuarenta años! En mi tiempo no había viejos.

—¿Habían encontrado ustedes la fuente de Juvencio?

—No; es que nadie se retiraba voluntariamente. Se vivía para la sociedad. Entonces había verdadera fraternidad.

—Sí, entre ustedes; pero no entre ustedes y la gente pobre.

—¿Y ahora la hay de esa?

—No, es verdad; ahora tampoco la hay.

—Entonces reinaban las mujeres. El hombre estaba educado por ellas. Se sabía ser amable, galante. La Revolución ha acabado con todo esto.

Madama de Aristy y las dos señoritas de Belsunce cuando le oían daban la razón a Larresore; el ex intendente Darracq movía la cabeza como indicando que habría que pesar el pro y el contra de la cuestión, y Miguel se reía.

Todas las formas de vivir exclusivamente sociales hacen del hombre un cómico que representa un papel, y Larresore era un comediante completo. Eso sí. El quería el teatro adornado y los actores caracterizados con perfección.

Muchas veces en confianza decía de la vieja señorita de Belsunce: Yo comprendo que se pinte, pero que se pinte bien.

Además de los parientes solían ir amigos a pasar temporadas a Gastizar.

De los contertulios del pueblo, los más asiduos eran madama Luxe con su hija, las señoras de Darneguy, el vicario Dostabat y el organista de la iglesia, Harismendy.

Algunos suponían que a madama de Aristy no le hubiese disgustado casar a su hijo con madama Luxe, que era rica; otros decían que era la viuda la que miraba con buenos ojos a Miguel, y otros que era a Miguel a quien le gustaba la viuda.

También solían ir a Gastizar con frecuencia la señora Darneguy y su sobrina. Madama de Aristy las estimaba mucho. La señora Darneguy vivía con una pequeña pensión, y era muy severa; la sobrina Carolina, ya de cierta edad y con algunos cabellos de plata, trabajaba haciendo bordados. Madama de Aristy las enviaba con frecuencia regalos; pollos y frutos de la huerta.

El vicario Dostabat iba a Gastizar todas las semanas un día. Era Dostabat un hombre alto, de vientre abultado, la cara roja, los ojos pequeños y claros y la nariz larga. Tenía de cincuenta a sesenta años. Era tipo de cura del antiguo régimen; muy aficionado a las buenas comidas y a los vinos excelentes.

Los vinos de mesa eran su especialidad; los miraba, los olía, los cataba como un verdadero conocedor. También le gustaban las cartas y era maestro en todos los juegos. El padre Dostabat era cura de manga ancha, y creía que la mayoría eran pecadillos que Dios perdona sin esfuerzo.

El organista de la iglesia, el abate Harismendy era un hombre de unos cuarenta años, moreno, los ojos negros, muy vivos. Harismendy tenía gran afición a la música y enseñaba solfeo a los chicos del pueblo.

En Gastizar solía acompañar a Alicia al piano.

A veces había concierto; Alicia cantaba, el joven Larralde-Mauleón tocaba el violín. Harismendy el piano y Miguel el violonchelo.

Larresore, que no era muy aficionado a la música, intentaba siempre monopolizar a Miguel y llevarlo al campo de sus discusiones. Los dos rompían la frialdad y el aire ceremonioso de la tertulia de Gastizar con sus observaciones, a veces de un atrevimiento chocante.


IX.
CHORIBIDE EL VERSÁTIL

Al contemplar el paisaje de Ustariz, al ver sus casitas blancas con sus enredaderas y sus parras, el río con sus meandros bordeados por arboledas, se pensaba involuntariamente en la vida idílica y pastoril.

Parecía que los habitantes del pueblo debían vivir al estilo de los héroes de Teócrito y de Virgilio; pero por debajo de esta bucólica apariencia aparecía, como no podía menos, el fondo de pasiones y deformidades de todo núcleo de población humana.

Ustariz estaba dividido en pequeños grupos; unos indiferentes, otros enemigos. Era el primer grupo el de Garat.

Garat había hecho muchos favores en el pueblo y tenía grandes amigos. En sus últimos años el viejo convencional enfermo, y retirado no quería intervenir en los asuntos de la villa, aunque la Revolución de Julio le dejaba en condiciones para tomar parte en la política. Garat estaba cansado y tenía bastante con sus recuerdos.

Otro grupo se reunía en el barrio de Eroritz en la casa de los Darralde llamada Jaureguia. La tertulia de Gastizar no era enemiga de la de Jaureguia aunque había entre ellas cierta disimulada hostilidad.

Los Darraldes eran ricos, pero tenían aire de advenedizos.

Su riqueza trascendía a especulaciones recientes. Darralde, el viejo, había comenzado a enriquecerse en tiempo de la Revolución. Guardaba en su casa muebles, tapices y alfombras que había comprado por casi nada en Dax, Auch y Bayona a los agentes de Barere, Cavaignac y Dartigoite.

Darralde, después de negociar durante el Imperio por toda Francia, había formado parte de una sociedad que compraba las grandes propiedades de los castillos antiguos para venderlas en parcelas y derribar las ruinas.

Esta banda negra, como la llamaban los arqueólogos, los artistas y los poetas, había operado en el mediodía a la par que otras hacían sus negocios en el centro y en el norte.

Uno de los Darraldes había casado con una señorita de la familia de Mauleón, lo que le había hecho subir en categoría social.

Otro punto de cita menos distinguido que las casas de los Aristy y de los Darralde era el Bazar de París, tienda que tenían dos hermanas, las señoritas de La Bastide con su abuela. Estas dos hermanas, Delfina y Martina, daban mucho que hablar al pueblo por sus amores.

—Las señoritas de La Bastide no llevan una vida honorable—decía madama de Aristy de una manera dogmática.

La abuela, por lo que aseguraban algunos viejos había sido igual. Después de dar varios escándalos en el pueblo, marchó a Bayona y luego a Auch en la época del Terror, donde fué una de las favoritas de Dartigoite, este dictador que predicaba la inmoralidad por las calles y terminaba sus discursos poniéndose desnudo ante el público. Se aseguraba que se le había visto a la abuela del Bazar de París, en su juventud, vestida de Diosa Razón, y algunos la llamaban así en broma.

La Diosa Razón del Bazar de París tenía una cara del siglo XVIII, una cara de enciclopedista, la frente despejada, la nariz respingona y corta que sostenía unas antiparras, los ojos claros. Un señor del pueblo afirmaba que la hubiera tomado por el mismo Diderot.

Las dos señoritas del Bazar, Martina y Delfina eran unas mujeres guapas. La mayor, Martina, era alta, de ojos negros hermosos, de aire arrogante y un poco desdeñoso. La pequeña era morena, pálida, de una palidez mate con los ojos lánguidos y tristes, y muchos lunares y muchos rizos.

Martina, por lo que se decía, tenía como amante al ingeniero de montes; la Delfina, que siempre caía más bajo, estaba enredada con un perdido que trabajaba en un molino a quien llamaban Marcos el gascón, pero no le guardaba fidelidad ninguna y tenía citas con algunos muchachos que entraban de noche en su casa por la huerta.

Estas dos muchachas, Martina y Delfina, atendían la tienda y llevaban las cuentas; la una siempre altiva y orgullosa, la otra como una pálida flor de lujuria viviendo en una somnolencia erótica.

Antigua rival de la Diosa Razón era una vieja a quien llamaban la Estéfana y que tenía otra tiendecita. La Estéfana era una vieja sonrosada y sin dientes, con los ojos claros y vivos, que murmuraba de todo el mundo. Solía estar detrás del mostrador, envuelta en un chal y ganaba explotando la afición de las viejas borrachas del pueblo al aguardiente, pues a cambio de la copita les tomaba huevos y maíz a muy bajo precio.

La Estéfana salía poco de casa y cuando salía se ponía un traje negro muy elegante, de tafetán, que por la humedad olía como las telas de los paraguas.

En casa de la Estéfana jugaban a las cartas tres o cuatro viejas y reñían y se insultaban cuando perdían algunos suses.

Tras de la reunión del Bazar de París y de la tienda de la Estéfana venían ya las tabernas y reuniones de la gente campesina.

Había un señor que frecuentaba todas las tertulias del pueblo las altas y las bajas. Este señor era monsieur Choribide a quien llamaban en Ustariz el Muscadin.

Choribide era un viejecito flaco, canoso, con unos ojillos claros, una cara afilada, alegre y burlona. Choribide había vivido durante mucho tiempo entre la canalla de París; tenía el acento del pueblo bajo parisiense cuando hablaba francés, y cuando hablaba vascuence parecía un campesino vasco.

Ya el uso de un idioma u otro le daba una personalidad distinta. Si hablaba el francés era el hombre de la gran ciudad depravado y corrompido, en cambio si se expresaba en vasco era el campesino de una malicia inocente.

Choribide, viejo currutaco, vestía como en su juventud. Llevaba casaca oscura, medias de seda blancas, grandes botas, pantalón de paño de color de canela, chaleco a lo Robespierre y corbata de muchas vueltas. Usaba en los días de gala peluca que tiraba a roja, sombrero de copa y varios dijes en el chaleco.

El nombre de Choribide, en vasco camino de pájaros, se había prestado entre los vascófilos a algunas disquisiciones y a algunos chistes.

Garat había dicho que el apellido verdadero no era Choribide con b, sino Chorivide con v, palabra híbrida de chori, en vascuence pájaro, y de vide en francés vacío, lo que valdría tanto como pájaro vacío, pero si Choribide tenía algo de pájaro no tenía nada de vacío.

Choribide y Garat solían soltarse pullas. Una vez un amigo común dijo a Garat:

—Este Choribide es un granuja. Vendería su alma por dos pesetas.

—Claro que sí—contestó Garat—y saldría ganando.

La historia de Choribide el Muscadin era una historia curiosa.

Había salido de un caserío de Ustariz a estudiar para cura en el seminario de Larresore, pero en el camino se le había pesado y no atreviéndose a volverse a su casa se fué a Bayona. Allí entró en una tienda de dependiente, y como el oficio no le gustaba tomó el camino y se marchó a París a pie.

Choribide que tenía mucha afición al teatro hizo amistades entre cómicos y cómicas y vivió medio de agente y medio de criado.

Durante algún tiempo fué el parásito del tenor Garat, de este trovador del Directorio y rey de los Muscadines.

Choribide lo había hecho todo. Había comenzado su carrera histriónica tomando parte en las representaciones patrióticas de la época del Terror y había figurado como comparsa en la Sansculotide haciendo de ciego.

Choribide había vagado por París durante los tumultos y las matanzas terroristas.

Al iniciarse la reacción de Thermidor se había convertido en Muscadin, en elegante enemigo de los revolucionarios violentos y astrosos. De esta época le venía el apodo.

Después fué especialista de muchos oficios innobles, hizo el agiotaje de los asignados, sirvió de gancho en las casas de juego, y durante algún tiempo fué agente de la policía diplomática organizada por el ministro Tondu-Lebrun. En las malas épocas estuvo asociado con una banda de monederos falsos.

No ocultaba que parte de su vida había vivido haciendo delaciones que las cobró bien.

Choribide estaba acostumbrado a la caza del político y a la caza del incauto.

La intriga era uno de sus elementos. Para él no había moral, ni derecho, ni nada, sólo había necesidades que engendraban combinaciones en que se salía ganando o perdiendo. La moral no contaba en sus cálculos.

Ya machucho Choribide llegó a Ustariz con un pequeño retiro a cobrar una herencia. Allí conoció a una solterona muy religiosa, sobrina del antiguo párroco y dueña de una finca que se llamaba Archa-baita, y se casó con ella.

El ex terrorista iba todos los domingos a la iglesia con su mujer.

—¿Es usted religioso?—le preguntaron alguna vez.

—No—replicó él—pero hay que contentar al pueblo. Hago como su excelencia el duque de Otranto en otro tiempo el ciudadano Fouché—añadía.—Yo le he visto a Fouché cuando se inauguró el busto de Lepelletier Saint-Fargeau hablar de que había que destruir las cruces y signos religiosos y poner en los cementerios un letrero que dijese: la Muerte es el sueño eterno. Años después pasamos por sus tierras unos cuantos cómicos en coche y vimos a un señor que se descubría con gran respeto al pasar delante de unas cruces. ¿Quién es? preguntamos. Es Su Excelencia el duque de Otranto.

Choribide era un cínico.

—Dicen que mi mujer ha sido durante quince años la querida de su tío el párroco—solía decir con indiferencia—es posible, pero no es nada clerical.

Choribide tenía entusiasmo por su versatilidad.

—El pobre Garat y yo—decía frotándose las manos—hemos estado en todos los partidos. No podemos echarnos nada en cara. Hemos salido un poco prostitutas.

Añadía también medio en serio, medio en broma que sentía ser viejo y vivir en una aldea, pues le hubiera gustado probar el sansimonismo.

Choribide tenía influencia y conseguía cosas que otros con más representación no podían conseguir. A cambio de estos favores aceptaba lo que le dieran.

—Yo diré como Caillot—decía una vez en la tertulia del Bazar de París.

Como nadie sabía allá quién era Caillot, la gente se encogió de hombros hasta que uno preguntó: ¿Y qué decía Caillot?

—Pues Caillot—explicó él—era un cómico excelente y muy viejo en mi tiempo a quien yo no vi representar. Caillot vivía en Saint Germain y era muy amigo de Juan Jacobo Rousseau. Un día Juan Jacobo vió a Caillot con un cuchillo de caza admirable y le dijo que le chocaba que se permitiera gastos tan excesivos.—No, no lo he comprado yo—contestó Caillot—me lo ha regalado Su Excelencia, el príncipe de Conti.—¿Es que usted acepta los regalos de los príncipes?—preguntó Rousseau.—¡Y yo que le tenía a usted por un filósofo!—Lo soy, dijo Caillot. Usted es un filósofo que rehusa y yo soy un filósofo que acepta. Yo—terminaba Choribide—soy como Caillot un filósofo que acepta.

Choribide era inagotable contando anécdotas.

El caballero de Larresore que algunas veces lo encontraba en el Bazar de las señoritas de La Bastide hubiera querido despreciarlo, pero la verdad era que le admiraba e iba muchas veces a oirle.

Choribide contaba la vida de París durante el Terror, la gente marchando por las calles con la mirada baja espiándose con el rabillo del ojo, y por las noches las familias que se encerraban en las casas temiendo las visitas domiciliarias.

Choribide explicaba cómo funcionaban los garitos del Palais Royal, cómo se jugaba, quiénes eran los puntos más fuertes y quiénes las cortesanas más célebres de aquellos lugares. Un día llegaba y decía:

—Hoy hace cuarenta años estaba yo en el teatro en París, viendo representar una comedia Los acontecimientos imprevistos. En aquella noche estuvo a punto de ser presa madama Dugazon por decir unos versos entusiastas mirando al palco en donde estaba María Antonieta. ¡A la cárcel! ¡A la cárcel! gritábamos los jacobinos. La cómica no se intimidó, se acercó más al palco de la reina y recitó con mayor energía los mismos versos. ¡A la cárcel! ¡A la cárcel! seguíamos gritando nosotros mientras otra parte del público aplaudía con entusiasmo.

A este viejo currutaco le gustaba contar horrores vistos por él en la Revolución y hacía temblar a sus oyentes hablándoles del suplicio de los reyes, de los girondinos y de los dantonianos que había presenciado. Sobre todo en los detalles era donde el viejo Choribide estaba extraordinario; cuando hablaba, por ejemplo, del negro Delorme, uno de los exterminadores de los presos en las matanzas de Septiembre, llegaba a lo trágico, Choribide describía a este negrazo medio desnudo, con el cuerpo manchado de sangre, degollando hombres y mujeres entre risas y carcajadas.

Después pintaba el contraste del negro velludo teniendo en brazos el cuerpo decapitado de la princesa de Lamballe, al que pasaba un trapo húmedo para quitarle la sangre, mientras la cabeza de la infortunada princesa estaba en una taberna próxima y un peluquero le rizaba el pelo. ¡Qué blanca es!—decía la gente al ver el cuerpo de la princesa. Y esta idea de la blancura de la víctima exasperaba a la plebe, y un bárbaro arrancó al cadáver el corazón y otro el sexo y las entrañas.

—¿Y era una mujer hermosa?—le preguntaron dos o tres a Choribide cuando contó esta escena.

—No, tenía más de cuarenta años y el vientre arrugado.

—¿Y cómo aceptaban ustedes esto?—decía Larresore.

—¿Y qué íbamos a hacer mi querido caballero? ¿Ibamos a decir que éramos moderados cuando al peluquero Basset se le guillotinó por haber hecho pelucas de aristócratas? Había que ser rojo para vivir; si no estaba uno perdido. No había más remedio. Fué moda ser filósofo, fuímos filósofos, luego republicanos, fuímos republicanos, después terroristas, luego thermidorianos, después bonapartistas, hemos sido realistas y ultramontanos; ahora aparecemos como liberales. Garat y yo lo hemos sido todo. Nos acusaran de versátiles, ¡qué tontería! De veletas. Por lo menos no dirán que somos veletas enmohecidas ni roñosas.

Y Choribide se frotaba las manos riendo.

Le gustaba a este viejo contar casos de apostasía y de cambios de opinión. Le gustaba también explicar las intrigas de su tiempo y descubrir las causas bajas y ridículas que habían dado origen a acontecimientos que se tenían por grandes.

El cínico y extraño personaje era hombre de gran instinto social; entraba en todas las casas de Ustariz y entre ellas en Gastizar. ¿Cómo le aceptaba madama de Aristy? Era difícil comprenderlo.

Choribide visitaba a lo mejor y a lo peor del pueblo; solía estar en la cabecera de la cama de Garat haciendo compañía al viejo político y en el salón de madama de Aristy; otras veces convidaba en la Veleta de Ustariz a un veterano de la Revolución que estaba en el asilo, a quien los chicos llamaban Cucú el rojo y cantaban los dos la Carmañola, el Ça, ira y otras canciones desvergonzadas y terribles, algunas dedicadas a la Sainte guillotinette.

Choribide de tres en tres años iba a París, solía visitar a sus amigos realistas y a los republicanos que aún vivían. Visitaba también a los cómicos y cómicas viejas en sus guardillas y se enteraba de todo y hasta se enternecía, al parecer, aunque para él todo no era más que un dato y un motivo de conversación.

Desde las jornadas de Julio, Choribide tenía en su casa un teniente de infantería de la Guardia real que había sido licenciado y era sobrino de su mujer.

El teniente Rontignon era un tipo de militar de café, punto fuerte para jugar al billar y al dominó. Choribide se había propuesto casarle con alguna rica y había echado el ojo a madama Luxe, pero Rontignon además de haragán era hombre tímido y no se atrevía a dirigirse a una señorona tan elegante y tan distinguida.


X.
UN SOLITARIO

Además de Garat, de Choribide y de Cucú el rojo, había otro representante de la Revolución en un guarda del bosque de Ustariz que vivía completamente aislado en una cabaña rodeada de robles. Llamaban a este solitario el tío Juan.

El tío Juan era hombre de unos sesenta años, todavía fuerte, calvo, con la cara inteligente y llena de arrugas y los ojos brillantes. Solía vérsele rara vez en el pueblo; iba vestido con una casaca de color castaña, con cuello de terciopelo, medias de lana blancas y zapatones.

Los que le conocían aseguraban que el tío Juan tenía un entusiasmo fanático por la Revolución, un entusiasmo que huía del análisis y que prefería en los hombres el odio a sus ideas que la aceptación de ellas a medias.

Al parecer, el tío Juan era de esos hombres que quieren cuadricular la vida y someterla a una norma lógica y fiera.

El tío Juan tenía el espíritu del fanático que se da lo mismo en las ideas religiosas que en las humanitarias. El no podía aceptar lo irregular, lo laxo, no podía comprender que las sociedades necesitan un margen de benevolencia y de inmoralidad que es muchas veces el refugio de la libertad y del buen sentido.

Durante la Restauración la policía vigiló varias veces al tío Juan. Se aseguraba que había sido uno de los más feroces jacobinos de Burdeos y que había estado en Cayena con Collot d'Herbois y Billaud Varennes, pues habló una vez del ex cómico Collot que bebía el ron como si fuera agua, y del ex congregacionista Billaud que mataba su aburrimiento en la deportación domesticando loros.

Acogido a un indulto y vuelto a Francia el tío Juan había sido protegido por Basterreche en Bayona, pero deseando vivir en el campo y en la soledad se dirigió a Garat y por influencia de éste le hicieron guardabosque.

Se decía que Garat le puso como condición para estar en Ustariz el que no se hablara de él.

El guardabosque lo prometió y cumplió su promesa. No tenía amistad ni relaciones con nadie, y si alguna vez le excitaban a discutir lo rehuía.

El mismo cuidado del tío Juan de no ser advertido hizo en ciertas épocas de la Restauración el que la policía le siguiera los pasos y el pueblo se fijara en él.

Se decía que Ali, el asistente de Víctor Darracq iba con frecuencia a visitarle a su cabaña del bosque y que el solitario se comunicaba con Garat. Se decía también que algunas veces se habían encontrado de noche a un jinete que se apeaba cerca de Gastizar y que este jinete era el guardabosque.


XI.
LOS LOCOS DEL PUEBLO

Para completar el cuadro de Ustariz, en 1830 habría que hablar de los locos y de los excéntricos del pueblo, que abundaban allí como en todos los pueblos vascos.

Uno de ellos, el más curioso era Muchico.

Muchico tenía los ojos brillantes, unas largas barbas y llevaba blusa negra. A pesar de su aspecto siniestro de su mirada fija no tenía nada de agresivo. Los chicos se burlaban de él y le gritaban y le tiraban piedras. El les amenazaba con el puño y tenía que esconderse en los portales. A Muchico le entusiasmaban los caballos y los coches, y le asustaban los perros. El viento sur le intranquilizaba y le ponía exaltado y de mal humor. Cuando la veleta de Gastizar miraba hacia España era mala señal para Muchico. Este andaba más excitado y nervioso que de ordinario.

Otro medio loco que aparecía en el pueblo con frecuencia era el hermano Ventura.

El hermano Ventura era un viejo místico recogido por los jesuítas de Bayona, que le pasaban una pequeña pensión. El hermano Ventura era chiquito, vivo, de más de setenta años. Tenía un ojo con una nube, la boca torcida, las barbas blancas, el cráneo calvo y la frente deprimida. Vestía un gaban largo y un sombrero de copa. Después de las jornadas de Julio el hermano Ventura se presentaba más derrotado que en los años anteriores.

El hermano Ventura echaba largos discursos llenos de fuego, cuando pronunciaba la palabra Dios se quitaba el sombrero y a veces se arrodillaba.

En sus discursos hablaba de los castigos del infierno con tal ardor que asustaba a las mujeres y les quitaba el dinero para misas.

Algunos decían que el hermano Ventura era sólo un pillastre, pero había en él mucho de perturbado.

Otro de los tipos del pueblo era Cucú el rojo, o Cucú gorro rojo como le llamaban los chicos.

Cucú el rojo era un soldado de la República, gascón de nacimiento que había ido a parar de viejo a un asilo de Ustariz.

Cucú había tomado en los años que llevaba recogido, las costumbres y las frases de las monjas que cuidaban a los asilados, pero en ciertos días que le dejaban libre y bebía de más, sacaba un gorro frigio sucio y lleno de agujeros y comenzaba a perorar en las tabernas.

—Ciudadanos—gritaba con la cara inyectada.—La patria está en peligro. Los aristócratas de Coblentza nos amenazan. Los espías de Pitt y de Coburgo nos acechan. ¡A las armas! ¡A las armas!—y cogía el bastón y se ponía como un soldado en guardia.

Después cantaba con voz ronca el Ca, ira y bailaba la Carmagnola.

A los realistas del pueblo, que eran casi todas las personas pudientes, no les molestaba esto del todo, porque veían en ello una prueba de la plebeyez y de la grosería de las tendencias revolucionarias.

Para ellos la República con sus glorias no podía servir más que para hacer vociferar a hombres, como Cucú el rojo en las tabernas o en los caminos.

Algunas veces Choribide había puesto frente a frente al hermano Ventura y a Cucú el rojo.

Cucú el rojo decía su repertorio, y el hermano Ventura vociferaba como si estuviera en un bosque:

—¡Vete a confesar desdichado!—le decía—¡Estás en pecado mortal! El diablo está detrás de ti, ahora mismo dictándote estas palabras, el diablo que está lleno de ciencia y de razones. Sí... sí... no hables. Vete a confesar ahora mismo desdichado.

Choribide se reía a carcajadas. El hermano Ventura quiso llevar un día a Cucú el rojo y a Muchico a la iglesia, pero al acercarse a la puerta los dos se le escaparon.

Una loca del pueblo, que andaba por los alrededores y no entraba en las calles, era Grashi Erua.

Grashi Erua era alta, delgada, rubia, envejecida, con la cara llena de arrugas. Vestía con andrajos de todos colores y como los chicos la tiraban piedras no quería ir al pueblo.

Muchas veces se la veía en medio del bosque con el pelo suelto y una corona de flores silvestres, también se le había visto al lado de un arroyo que formaba un remanso, sentada con un manojo de harapos y cantando como si tuviera un niño en brazos.

Se decía que Grashi Erua era la hija de una señorita extranjera que la abandonó. La habían dejado de niña en un caserío y desde entonces los dueños del caserío eran ricos. Por lo que se contaba, estas gentes del caserío habían despojado a la loca en vista de que su madre no aparecía; y no la habían puesto a trabajar porque era indómita y salvaje.


LIBRO SEGUNDO
LOS EMIGRADOS DE BAYONA EN 1830


I.
DOS AMIGOS

Ignacio Iturri, liberal emigrado en Francia desde los sucesos de 1823, era hijo de un comerciante de buena posición de Pamplona. Se había visto Iturri al llegar a Bayona sin medios de fortuna, y como estaba medio enamorado de una muchacha, que servía de cocinera en una casa rica de la plaza Grammont, se casó con ella y puso una posada en la calle de los Vascos, a donde fué atrayendo a todos sus paisanos que iban a Bayona por algún negocio.

La posada de Iturri ocupaba toda una casa de piedra y ladrillo rojo, con entramado de vigas negras y el tejado de piñón. Esta casa tenía dos pisos, y en el principal en el balcón muy saliente colgaba una muestra con un letrero en francés y otro en castellano.

La posada de Iturri era limpia y decente, los cuartos grandes con el suelo encerado y las ventanas de guillotina, los muebles modernos; además de esto, tenía el atractivo de ser uno de los sitios en donde se guisaba mejor en Bayona, pueblo en donde se guisa bien en todas partes.

Un inconveniente tenía la posada de Iturri y era el olor a bacalao que salía de los almacenes de la calle de los Vascos. A tal perfume había que acostumbrarse quieras que no; habituándose a ello la posada de Iturri podía considerarse casi como un lugar de delicias.

Iturri era hombre de unos cincuenta años, fuerte, rechoncho, de ojos negros, de cara redonda y rasurada de tono azul y expresión melancólica. Hablaba con mucha calma y circunspección. Cualquiera le hubiera tomado por un cura o por un exclaustrado, sin embargo, a pesar de su aire clerical, de su cara dulce y de sus manos blancas y regordetas era hombre de arrestos.

Su mujer Graciosa, era una vasca de aire de grulla, de nariz afilada y mejillas sonrosadas, que trabajaba, hablaba y reñía todo al mismo tiempo sin parar.

Iturri el posadero que no tenía hijos, aceptó en su casa a un sobrino suyo ex seminarista escapado de Pamplona, llamado Manuel Ochoa.

Manuel Ochoa era un muchacho hijo de unos labradores del valle de Ulzama. Considerándolo como chico listo sus padres le habían puesto a estudiar para cura. Al principio Ochoa marchó bien en el Seminario, pero luego comenzó a averiguarse que cortejaba a las mozas, después se supo que se manifestaba liberal y al último que había asistido a una reunión de militares masones. Ochoa buscado por la policía se metió en Francia y fué a acogerse a la fonda de su tío. Iturri le trató bien, y como tenía grandes conocimientos entre los emigrados le presentó a Don Sebastián Miñano que estaba por entonces trabajando en varias obras y que publicaba desde 1825 la Gaceta de Bayona.

La mujer que vivía con el abate Miñano, y de la que tenía varios hijos, era algo pariente de Ochoa así que éste fué protegido por el abate.

Ochoa era muchacho violento, capaz de trabajar con entusiasmo. En los ratos de ocio se dedicaba a jugar a la pelota, lo que era para él como un sucedáneo de la acción.

Pronto le disgustó a Ochoa la colaboración con Don Sebastián Miñano.

Entre los liberales emigrados se decía que la redacción de la Gaceta de Bayona que estaba en la calle del Pont Neuf bajo los arcos, en casa de Barandiaran, era un punto de espionaje de Calomarde.

Manuel Ochoa riñó varias veces con Miñano. Ochoa era de estos hombres tempestuosos, que saltan al menor roce, que arrastran a la gente y tienen siempre entusiastas por su valor y su energía.

Una señora de Bayona, casada con un propietario rico, se enamoró de Ochoa y el seminarista tuvo un momento de éxito y de orgullo. Esta señora que no tenía mucho miedo ni a la opinión ni a su marido, fué varias veces a cenar con el estudiante a un gabinete reservado de la fonda del Comercio.

Iturri el fondista, que temía el escándalo, fué a ver a Miñano y a contarle lo que pasaba, y entre los dos decidieron mandar a Ochoa con un pretexto a París. Ochoa copiaría documentos en la Biblioteca Nacional para el abate.

En aquella época, Ochoa hubiera preferido quedar en Bayona, pero como no encontraba la menor apariencia de pretexto que oponer tuvo que marcharse.

Ochoa fué a París, conoció a algunos emigrados españoles y tomó parte en la sublevación de Julio.

Cuando Leguía y Chacón, comisionados por los liberales de Londres, llegaron a París, Ochoa se unió a ellos en sus visitas y diligencias. Luego al ir presentándose los emigrados se hizo definitivamente de su grupo.

Conoció a Mina, a Chapalangarra, a Jáuregui. Como no tenía ya carrera ni oficio pensó que lo mejor sería unir su suerte a la de aquellos hombres. Más culto que estos militares, pudiendo hermanar las letras y las armas, pensó le sería fácil conseguir un éxito con poco que le ayudara la suerte.

En París trabó amistad con Eusebio de Lacy, con quien vivió durante algún tiempo.

Eusebio de Lacy era un joven de ojos azules, pelo rubio y aspecto poco fuerte, aunque tranquilo y noble.

Eusebio había nacido en Holanda, en la isla de Walcheren, adonde su madre había seguido a Luis de Lacy, que entonces era capitán en la legión irlandesa que mandaba Arturo O'Connor y que estaba al servicio de Napoleón.

Eusebio pasó su infancia en Quimper, pueblo de su madre, que de soltera se llamó la señorita de Guermeur.

Durante la guerra de la Independencia y mientras su padre don Luis se batía contra los franceses, Eusebio estuvo en un colegio; terminada la guerra, Lacy, que había sido teniente general del ejército de Galicia y de Cataluña, fué destituído por Fernando VII, que tenía esta manera de pagar a los que se sacrificaban por su persona mientras él adulaba de una manera baja a Napoleón.

Destituído el general Lacy fué a vivir a Vinaroz y desde allí escribió a su mujer para que viniera con su hijo a reunirse con él, pero la francesa tenía resentimientos con su marido y no quiso ir a su encuentro. Entonces se cruzaron entre los dos cartas agrias y recriminaciones violentas.

El general Lacy era de estos tipos extraños que aparecen en las naciones en épocas de turbulencia. Su padre era de origen irlandés; su madre, francesa; él, andaluz de San Roque. Su destino había sido tan contradictorio y su carácter tan arrebatado, que muchas veces llegaron a considerarle como loco.

Durante la juventud de Lacy luchó al lado de los franceses, más tarde peleó contra ellos.

El día 2 de Mayo estuvo a punto de ser muerto por su uniforme de francés. Lacy era hombre exaltado, atrevido, y pertenecía a la masonería. Muerto Porlier, todas las esperanzas del partido liberal estaban puestas en él.

Lacy, con Milans del Bosch, en combinación con La Bisbal y algunos otros, preparó de una manera aturdida el pronunciamiento que le perdió. Dejando Vinaroz se presentó en Caldetas con el pretexto de tomar las aguas y con el fin de ponerse al frente de la sublevación. Al fracasar ésta, el capitán general de Cataluña, don Francisco Javier Castaños, que estaba en el secreto de la conspiración y que había dado el permiso a Lacy para trasladarse de Valencia a Cataluña, sabiendo a lo que iba, mandó en persecución suya al brigadier Llauder, a Llauder que era masón y había estado protegido por Lacy.

Tanto Castaños como Llauder eran hombres de pocos escrúpulos, capaces de unirse a Lacy si vencía y de fusilarlo si fracasaba.

Llauder salió en busca de los sublevados camino de Mataró. Milans del Bosch alcanzó la frontera; Lacy, no se sabe por qué, en vez de apresurarse a huir, para lo que tenía tiempo sobrado, se detuvo y cayó preso.

Una Comisión militar le juzgó y le condenó a muerte; el Gobierno y Castaños, que en este asunto representó un papel muy ambiguo, ordenaron que Lacy fuera trasladado a Mallorca; hicieron creer al pueblo que era con el objeto de encerrarlo solamente y al llegar al castillo de Bellver lo fusilaron.

Al triunfar el movimiento liberal de 1820, los amigos de Lacy, entre ellos Milans de Bosch, escribieron a la viuda para que enviara a su hijo a educarse a España; un ayudante fué a buscar a Eusebio a Quimper y lo acompañó a Barcelona.

Poco después el muchacho asistió en Palma de Mallorca a la exhumación del cadáver de su padre enterrado en la iglesia de Santo Domingo, que fué transportado con gran pompa a Barcelona.

Las Cortes, para honrar su memoria nombraron a Eusebio primer granadero del Ejército español.

Eusebio siguió en el colegio de Barcelona, siendo un motivo de orgullo para todos, y estuvo viviendo una temporada en Madrid. Los amigos y camaradas de su padre le hablaban de él con entusiasmo; le contaban sus proezas y sus rasgos de energía y de valor.

Eusebio llegó a tener por su padre una adoración ciega, que le llevó a ver con disgusto el comportamiento de su madre.

Al acabar su existencia de tres años el Gobierno constitucional, Eusebio volvió a Quimper y vivió soñando con España y con los liberales amigos de su padre, hombres todos que le parecían de un romanticismo exaltado, de una generosidad extraordinaria.

Creía que en España todos los hombres eran valientes como el Cid y todas las mujeres seres poéticos e ideales; en cambio, tenía una profunda antipatía por los parientes y amigos de su madre, que querían hacerle comerciante y francés.

A los veinte años Eusebio fué a París y poco después a Londres. Allí se hizo amigo del hijo de Milans del Bosch, conoció a los emigrados españoles y fué a las tertulias elegantes, en donde se distinguía por su belleza Teresa Mancha, la hija del coronel don Epifanio.

Lacy llevaba en Londres una vida muy distinta a la de los demás emigrados; paseaba, leía, escribía un diario. Eusebio era un joven de espíritu claro y sereno; quería ver las cosas sin apasionamiento, empresa difícil, intentando al mismo tiempo conservar el entusiasmo.

Estaba enamorado de las cosas grandes y nobles, y hubiera querido que éstas se hicieran sin trabajo, sólo con abnegación y sacrificio.

La Revolución de Julio, sorprendió a Lacy en Londres. Como la mayoría de los liberales, al saber su resultado marchó a París, donde conoció a Ochoa, de quien se hizo gran amigo.

Al enterarse los dos del proyecto de intervención por la frontera de los constitucionales se trasladaron a Bayona, y como Lacy no tenía mucho dinero, fué a vivir con Ochoa a la fonda de Iturri de la calle de los Vascos.

Mientras llegaba el momento de batirse, Lacy vivía con mucho método; tenía las horas del día distribuídas y seguía sus costumbres formadas en el colegio.

En cambio Ochoa se exhibía ante el público, tenía el prestigio de ser un héroe de la Revolución, había presenciado la muerte de dos bayoneses en las calles de París, a los cuales se levantó después un monumento cerca de la Catedral; conocía el francés casi tan bien como el castellano y hablaba elocuentemente emborrachándose con su oratoria y con los licores con que le obsequiaban los entusiastas del nuevo régimen.


II.
ESTAMPA DE BAYONA EN 1830

Bayona, como siempre que ha habido trastornos en la península, estaba en 1830 llena de españoles. Era en esta época la ciudad del Adour, un pueblo variado, pintoresco y un tanto indefinido. Los franceses del Norte lo consideraban como una ciudad de aspecto español, para los españoles del mediodía tenía un carácter completamente francés, para los vascos era un pueblo poco vasco y para los gascones poco gascón. Las cuatro lenguas, el francés, el español, el vasco y el patois se oían por las calles de la ciudad constantemente.

Bayona tenía, como ahora, tres barrios separados por sus dos ríos; la Gran Bayona, la Pequeña Bayona y Saint Esprit.

Este último barrio era entonces, no solamente un pueblo separado de Bayona, sino que hasta 1827 formaba parte de otro departamento.

Los tres barrios tenían sus fortificaciones; la Gran Bayona el castillo Antiguo, la Pequeña Bayona el castillo Nuevo y Saint Esprit la Ciudadela.

La grande y la pequeña Bayona, separadas por el río Nive, estaban encerradas por la misma muralla abierta en cuatro puertas, de las cuales la más monumental era la puerta de Francia, con sus baluartes, sus fosos y su puente levadizo.

El barrio de Saint Esprit era un pueblo pobre habitado por judíos.

Uniendo Bayona con ese barrio había por entonces un puente de barcas, que ondulaba, se balanceaba y crugía cuando el mar agitaba las aguas de la ría o cuando el Adour y el Nive venían hinchados por las lluvias. Este puente tenía dos andenes para los coches, uno de ida y otro de vuelta, y otro central para los peatones.

El puente sobre el Adour era la galería de todos los tipos de la vida bayonesa, la calle más concurrida de la ciudad.

Los aguadores iban a llenar sus cubas a una fuente de Saint Esprit que se consideraba la mejor de los contornos; filas de judíos de perfil aguileño y de voces graves o agrias cruzaban el puente para correr sus géneros; muchachas jóvenes artesanas vascas y gasconas pasaban riendo; alguna dama con miriñaque y crinolina iba a hacer compras, algún lion lucía su frac y sus melenas, y algún refugiado español marchaba sombrío embozado en la capa y con el cigarrillo entre los dedos.

Por las tardes con el buen tiempo los bayoneses paseaban en la plaza de Armas mientras tocaba la banda militar, los jóvenes tenientes arrastraban su sable con indolencia y las nodrizas hacían bailar a los niños en sus brazos.

Cuando llovía se paseaba en las Arcadas.

Al llegar el verano la gente salía al campo, iba hacia el mar, visitaba el lago de Mouriscot y la Chambre d'Amour, y miraba a lo lejos las crestas agudas del monte Larrun, en el cielo radiante.


III.
LAS AMISTADES DE LACY

Varias visitas de amigos suyos y de algunos de su padre tuvo Lacy en su estancia en Bayona. La que más le extrañó fué la de un antiguo condiscípulo suyo en un colegio de Rennes, que se llamaba Jorge Tilly.

Tilly llegó con una señora inglesa y un abate y fueron los tres a hospedarse a la fonda de San Esteban.

Tilly fué a visitar a Lacy y estuvieron los dos charlando largo rato. Tilly hablaba muy mal el castellano.

Lacy se manifestó en el curso de la conversación como lo que era, un liberal entusiasta; en cambio Tilly estuvo muy reservado; para él las teorías no tenían importancia, sino los hechos; él creía que se podía encontrar una posición en que se elogiara a Felipe II y a Robespierre.

—Dado el papel que un tipo se haya propuesto ver cómo la cumple.—Esta era la cuestión según Tilly.

—¿Yo cómo voy a medir con la misma medida al que quiere ser fraile y al que quiere ser un Don Juan?

Como Eusebio Lacy siempre había tenido a Tilly por un extravagante no quiso discutir con él. Le preguntó por sus proyectos.

Tilly dijo que pensaba ir a España, en viaje de exploración. Desde allí le comunicaría a Lacy noticias de cómo iba aquello. Tilly era un joven alto, rubio, de aire cansado, con la cara un poco flácida, el labio inferior belfo, los ojos claros; tenía un tipo de príncipe degenerado de la Casa de Austria.

Lacy recordaba a Tilly de su época de colegial, como un chico algo místico que quería ser fraile. Tilly se mostraba siempre muy misterioso y no le gustaba hablar de sí mismo y menos de su familia.

—Aquí te tienen por aristócrata—le decía Lacy en el colegio.

—Sí—contestaba él—; dicen que nosotros descendemos de los Tilly de Normandía que tenían un castillo cerca de Caen; pero los Tilly se han dividido en tantas ramas, que la mayoría de los que llevan este apellido no tienen entre sí parentesco. Hoy hay Tillys ricos y pobres. Yo soy de los pobres y he nacido en Jersey donde vive mi familia. Mi padre era español y yo lo soy también, por lo tanto.

Tilly, a quien Lacy hacía diez años que no veía, se le reveló en Bayona como un muchacho cínico y atrevido, cansado de todo y con un gran desprecio por los hombres. Pretendía ir a España a hacerse una posición, y como creía que la tendencia liberal había de triunfar más pronto o más tarde, quería ponerse de acuerdo con los liberales.

Lacy quedó un poco asombrado de la audacia y del cinismo con que su condiscípulo se explicaba, y prometió relacionarle con los emigrados.

Consultó con Milans del Bosch, con Ochoa y otros amigos, y se tomaron informes de Tilly.

Tilly se había convertido en un muchacho crapuloso, jugador, de una moral incomprensible para Lacy. Al parecer tenía éxito con las mujeres, a las que no trataba bien. Su cara pálida, fría e impasible, su aire elegante y de aburrimiento le hacían un verdadero lion.

Tilly tenía unas tarjetas en donde se llamaba vizconde, en otras caballero y en otras se anunciaba como viajante de comercio.

A pesar de que quería demostrarlo no tenía seguridad en sus ideas, y muchas veces caía en unas preguntas candorosas y absurdas.

—¿Tú no crees en las cartas?—le preguntó una vez a Lacy.

—No, hombre, no; eso es una tontería.

Tilly tenía también unos proyectos tan poco lógicos, de una ingeniosidad tan pueril, que dejaban estupefacto a su amigo.

Tilly, en el tiempo que estuvo en Bayona anduvo en tratos con los judíos de Saint Esprit, a quienes vendió algunas joyas para jugar o para vivir.

La señora que le protegía y a quien llamaba su prima en público, era una señora inglesa de unos cuarenta años, que se hacía llamar Lady Russell. Tilly se la presentó a Lacy. A Eusebio le pareció que esta dama, por debajo de su máscara indiferente y sonriente, tenía un gran entusiasmo amoroso por Tilly y al mismo tiempo una profunda desolación.

A Tilly le acompañaba un abate que parecía ejercer el cargo de capellán de Lady Russell, pues esta dama era católica. El abate era un hombre de un aspecto selvático y al mismo tiempo inteligente; tenía el pelo rojo, la frente tempestuosa, las facciones toscas, groseras, de hombre de campo; el color encendido y los ojos claros y brillantes.

Tilly y el abate, en los días que estuvieron en Bayona, dejaron un rastro de desórdenes y de crápula.

Los dos en compañía de un aventurero francés que se las echaba de muy liberal y se llamaba Husson de Jour frecuentaban todos los lugares de perdición. Husson se daba por revolucionario y carbonario, que había peleado con Mina en España en 1823 en compañía de Armando Carrel, y era un tipo de hombre jactancioso y fanfarrón, de grandes bigotes y de grandes actitudes.

Al prepararse a marchar a España, Tilly se presentó a Lacy. Este, al verle pálido y desencajado, le dijo:

—¿Para qué haces esa vida de perdido?

—¡Pse! No sé, la verdad, porque ya me empieza a aburrir.

—Entonces no lo comprendo.

—Yo tampoco. ¿Que quieres? No hay hombre que no sea un enigma para los demás y para sí mismo. Unicamente los que tienen una tradición muy fija, como los judíos, saben lo que son y lo que quieren.

—Tú no tienes la tradición de ser un perdido.

—No; soy un perdido, como dices tú, por abandono y algo por curiosidad. En mi familia ha habido de todo: ricos, pobres, revolucionarios, realistas. En mí se han debido mezclar estas diversas tendencias, y me han hecho un tipo mixto y contradictorio.

—Pero en ti está escoger una línea y seguirla.

—Pienso hacerlo más tarde. Ahora me voy a España. Desde allí te enviaré algunas cartas con clave y cifra, que te las darán aquí descifradas.

—Bueno.

Tilly se despidió de Lacy y al día siguiente dejó Bayona.


IV.
LOS GRUPOS HOSTILES

En una ciudad pequeña como Bayona, que no pasaba de los quince a diez y seis mil habitantes, todo el mundo se conocía, y más, como era natural, la colonia española y los que estaban relacionados con ella.

Al establecerse Lacy en Bayona e intimar con sus compatriotas, vió con tristeza que no había entre ellos más que odios, rivalidades y desunión.

Ya durante su estancia en Londres notó las rencillas de los emigrados; pero, naturalmente, en una ciudad inmensa las divisiones no se notaban tanto como en un pueblo pequeño, en donde la gente se veía a cada paso.

En Londres, los constitucionales españoles habían formado grupos que tan pronto crecían como se achicaban, casi siempre por un motivo personal.

El primer grupo moderado y aristocrático estaba dirigido por hombres de cierta cultura, como Argüelles, Alava, etc. Este grupo se caracterizaba por ser eminentemente civil, y había rechazado, cuando se lo propusieron, las ofertas de militares como Morillo, Ballesteros y O'Donnell.

El segundo grupo era de los ministas o partidarios de Mina. Los enemigos les llamaban despectivamente los mineros. Este grupo, el más extenso y el más fuerte, contaba con elemento civil y militar, pero predominaban en él los militares. Estaban en él casi todos los oficiales de mérito refugiados en Inglaterra, Bélgica y América, excepto los que tenían algún motivo de queja, fundado o no, contra el caudillo navarro. El Gobierno inglés trataba a este grupo con gran consideración, y según se decía le proporcionaba fondos para pagar sus agentes.

En España casi todos los liberales esperaban, más que de ningún otro jefe, de Mina. Era el que tenía más partidarios incondicionales. Este entusiasmo ciego por Mina parecía odioso a sus rivales. Mina, según éstos, quería ser un ídolo, un santón a quien se le obedeciera ciegamente.

Torrijos, San Miguel, Valdés y otros habían roto con él por este motivo, porque no querían obedecer con pasividad. Es posible que por dentro hubiera en ellos un fondo de rivalidad próximo a la envidia.

Mina quería dirigir él, sin dar parte a nadie de lo que hacía, y afirmaba que gracias a su prudencia y a sus precauciones los espías del Gobierno español no podían averiguar sus manejos.

Mina, mientras estaba en Inglaterra fechaba sus cartas en Plymouth y vivía cerca de Londres en una casa de campo.

El general llevaba sus asuntos con una gran cautela; para cada empresa que se le presentaba buscaba el hombre a propósito. Se había servido varias veces de Sanz de Mendiondo, otras del teniente coronel Baiges, un gallardo ex guardia de Corps, que tenía fama de conquistador y de fatuo, y otras de su secretario Aldaz. Algunas cuestiones muy reservadas las llevaba dictando a su mujer, y otras más secretas aún las seguía él mismo, sin comunicárselas a nadie.

El zorro navarro ocultaba muy bien sus maniobras y consideraba el secreto necesario e imprescindible.

El segundo partido militar, colocado enfrente del de Mina, lo capitaneaba Torrijos y tenía como lugarteniente al coronel don Francisco Valdés. Estos no sentían gran entusiasmo por la Constitución de Cádiz, como los ministas y deseaban algo más radical. Méndez Vigo y sus partidarios pensaban en la República.

Otra facción liberal era la de los masones, a cuya cabeza estaba don Evaristo San Miguel, que no ocultaba su aversión por Mina.

Mina nunca había sido un masón entusiasta: todas las mascaradas simbólicas de esta secta le producían cierta repulsión y se había afiliado, como Torrijos, al carbonarismo más activo, más eficaz que la masonería, y al mismo tiempo, por entonces, más internacional.

Mina, además, había puesto el veto a mucha gente; según sus enemigos, por celos, según sus amigos, por su natural prudencia.

El partido de los masones tenía relaciones continuas con las logias de la península y empleaba para ello a los capitanes de buques mercantes y a los comisionistas.

Otro último grupo era el de los ex comuneros. Estos tenían como prestigio civil a Flores Estrada y como militares a Milans de Bosch y a López Pinto.

Los ex comuneros no podían ver a los masones, ni éstos a los ex comuneros; pero ambos grupos tenían como lazo común el odio a Mina. Milans el viejo lo detestaba. Había tenido el desencanto de salir de la isla de Jersey, donde estaba confinado, para avistarse con algunos capitalistas ingleses liberales, pidiéndoles dinero para una expedición contra la frontera española, y los capitalistas habían dicho que únicamente si Mina dirigía la expedición prestarían dinero.

El grupo ex comunero sintió el desdén de esta negativa, y el grotesco y envidioso Romero Alpuente escribió un folleto contra el caudillo navarro.

Además de estos núcleos formados en Londres había los liberales que no querían formar grupo alguno y se consideraban independientes; tales eran Méndez Vigo, Chapalangarra, Bertrand de Lys, el padre Asensio Nebot y otros varios.

Cada grupo de los constituídos deseaba el fracaso del grupo rival; cada hombre que se sentía importante hacía lo posible para aplastar al compañero y para erigirse él; tenían todos ellos, unos para otros, esa terrible ferocidad de los ambiciosos, para los cuales no hay amistad ni comunidad de ideas.

A veces se manifestaban, sobre todo en las cartas, un afecto entusiasta y efusivo que no pasaba de figura retórica.

Entre gente ambiciosa como aquélla, la amistad desinteresada era casi imposible...

El hombre de acción es el que cree que obra casi exclusivamente por sus propias inspiraciones, el que afirma más su albedrio, el que escoge lo que debe hacer y no debe hacer, y, sin embargo, es el que está más sujeto a la ley de la fatalidad, el que marcha más arrastrado por la fuerza de los acontecimientos.


V.
LAS ESTELAS SENTIMENTALES

Muchos de aquellos hombres sin haber repensado teoría alguna política o social, tenían no sólo la certidumbre de su realidad, sino el dogmatismo, el fanatismo y hasta la sed de martirio. ¿Quién podrá afirmar con más fuerza una cosa que el que no la comprende?

Estos hombres se dejaban llevar por la corriente sentimental del momento y eran capaces de hacer por ella el sacrificio de su vida.

En nuestro tiempo, más que en ningún otro, después de la Reforma y de la Revolución se da el caso de los pueblos y de los individuos que viven con un sentimentalismo distinto y a veces antagónico a sus ideas.

Las generaciones han ido moldeando nuestros instintos, lo consciente y lo inconsciente, les han dado una forma, un sentido; pero en este conglomerado de nuestra personalidad, la inteligencia se ha separado de sus viejos compañeros y ha comenzado a marchar sola.

Así, nuestra época ha dado, más que ninguna otra, santos sin ideas religiosas, ateos místicos, mujeres honradas con alma de cortesanas, y cortesanas con aspiraciones de monja.

Ante esta disociación de su personalidad, el hombre, que antes que nada quiere creer y poner un pie firme sobre la tierra, mira a su alrededor y cuando encuentra una ruta la va siguiendo.

Sus antepasados no escogían, se dejaban llevar; los hombres actuales escogen, de ahí su desgracia.

Unos escogen ciega y brutalmente—la mejor manera de escoger—, otros miran y remiran a derecha e izquierda, quieren pesar el pro y el contra ¡los ilusos!

Y cuando se deciden van como los demás a ciegas y siguen la estela que dejaron las grandes corrientes sentimentales pasadas.

En todas las esferas de la actividad humana, en la religión y en la política, en la literatura y en el arte quedan estas estelas sentimentales durante largas épocas históricas.

¡Cuántos espíritus religiosos, cuya vida ha sido una serie de esfuerzos heroicos para creer en el dogma que no creyeron, han marchado de desilusión en desilusión sugestionados por esa mágica estela! ¡Cuántos grandes revolucionarios marcharon adelante con un ademán gallardo enardeciendo a las masas, llevando el convencimiento íntimo de que dentro de sus ideas no había nada!

¡Cuántos millones de soldados muertos sabían únicamente que su patria era la que llevaba la bandera roja, la blanca o la azul, la que tenía este himno y nada más! Y, sin embargo, han ido arrastrados por la corriente sentimental y han hecho ante el caos ciego el sacrificio de la vida.

En todas las esferas de la actividad humana, en la religión y en la política, en la literatura y en el arte quedan estas estelas sentimentales. Todos los grandes hechos de la historia, todas las grandes corrientes han pasado por la inteligencia y por la sensibilidad de los pueblos dejando una estela.

Ahora, al notar esa estela que queda en el mar de las ideas; que es la nuestra, la que hemos escogido, quisiéramos avanzar por ella rápidamente y llegar a su más puro origen. Ya es tarde, el barco ha pasado para siempre y ya no volveremos a divisar sus velas.

Los astrónomos nos han hablado de que la distancia de algunos astros es tan grande, que su luz tarda en llegar a la tierra cincuenta, sesenta, ochenta años. Así puede muy bien suceder que una estrella haya desaparecido o se haya desplazado, y sin embargo nosotros la sigamos viendo en el cielo de las noches espléndidas.

¡Qué triste, qué melancólico resulta pensar que una de esas estrellas que parece que nos guía y nos contempla puede no existir ya y sin embargo, estarla viendo!

Así en la vida moral y en la vida sentimental cabe sospechar el carácter mítico de las ideas y de los dioses, y seguir en la corriente que produjeron ellos cuando todavía eran dioses e ideas.


VI.
LOS PREPARATIVOS

Estaba el partido liberal dividido en grupos en la emigración cuando llegaron los sucesos de Julio de París, con el destronamiento de Carlos X, y toda la grey constitucional se conmovió y fué llamada a Francia por intermedio de los agentes de la masonería y el carbonarismo.

El gabinete de Fernando VII publicó contra el Gobierno de Julio un manifiesto injurioso suscrito por Calomarde.

No pudiendo contestar a Calomarde, que en punto a la legitimidad tenía razón, el ministro de Luis Felipe, decidió asustar a Fernando VII ayudando a los liberales españoles.

El auxilio del Gobierno francés permitió a los constitucionales ir y venir por Francia y acercarse libremente a la frontera.

El primer punto de cita de los emigrados se estableció en París. Allí fueron acudiendo todos ellos desde Londres, desde Bruselas y de Suiza. Torrijos y algunos de sus partidarios, que tenían preparada una expedición por Gibraltar, quedaron en Londres dispuestos a embarcarse para la Península.

Leguía y Chacón, enviados por Mina antes de las Jornadas de Julio, habían cruzado el Canal de la Mancha en un falucho. Avanzaron los dos hasta la frontera española, pero fueron presos y llevados con escolta de gendarmes hasta Calais.

Al triunfar la Revolución los dejaron libres, Leguía sin recursos fué a París y presenció los acontecimientos de Julio.

En Agosto comenzaron a pasar el Canal de la Mancha los emigrados. El 11 bajaron en Calais, Bertrand de Lys, Mendizábal, Olegario Cueto, el brigadier Palarea y Juan Llupius. Pocos días después el coronel Valdés desembarcó en el Havre.

En París se reunieron Valdés, Leguía, Aldaz el secretario de Mina, Mendizábal y Chapalangarra. Habían pasado de Inglaterra a Francia con la idea de ejercer una acción común y no había manera de que se pusieran de acuerdo.

Leguía, Aldaz y Chapalangarra, los tres navarros estuvieron a punto de reñir y de pegarse. Chapalangarra se había separado de Mina, Leguía había hecho lo mismo y ambos creían tener motivos de queja contra el general. Leguía se creía olvidado y estaba ofendido. Aldaz defendía a su jefe viniera o no a cuento.

La reunión de los liberales en París no demostró más que sus divisiones. Se decidió formar una junta en Inglaterra, otra en Francia y para secundar los trabajos de esta última, los radicales franceses constituyeron una segunda junta con el nombre de Comité Español.

Se abrió una suscripción y las listas engrosaron rápidamente. Los banqueros Ardouin, Calvo y Bertrand de Lys aseguraron que pronto tendrían dinero. La Junta de Francia formada por españoles y dirigida por Mendizábal escribió a Mina y le preguntó si podía contar con él.

Mina contestó que sí, y desde este momento la Junta se trasladó a Bayona.

Con los primeros fondos del empréstito comenzaron a comprarse armas y empezó el alistamiento de los emigrados.

El Comité Español de París, formado por franceses, buscó el apoyo del Gobierno de Luis Felipe y del mismo rey.

Luis Viardot, uno de los miembros de aquel Comité, fué a visitar a Guizot y Guizot le dijo:

—Decid a los que os envían que Francia ha cometido en España un crimen político en 1823 y que le debe una reparación y que esta reparación se llevará a cabo.

Dupont, Marchais y Loëwe-Weimar, del mismo Comité, fueron a ver a Luis Felipe. Luis Felipe dijo que Fernando VII era el mayor bribón que había existido. El rey de los franceses indicó que la tentativa contra el Gobierno de Fernando le parecía muy bien y dió dinero de su bolsillo.

Algunos amigos de la familia de Orleans aconsejaron que se ayudara a destronar a Fernando VII y en ese caso se ofreciera la corona de España al duque de Nemours, hijo de Luis Felipe, a quien se casaría con la reina doña María de la Gloria de Portugal, con lo cual se reunirían en su cabeza las coronas de los dos reinos peninsulares.

El rey de los franceses comprendía muy bien que estas combinaciones no se hacen cuando se quieren y vió en el asunto de los emigrados españoles únicamente una manera de imponerse al Gobierno de Calomarde para que le reconociera como rey de Francia.