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La Veleta de Gastizar

Chapter 23: VIII. LOS JEFES
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About This Book

A prologue personifies a weather-vane atop a rural manor as an ambivalent, quasi-animated creature whose motions and Christian inscription suggest a tension between worldly malice and piety. The narrative then follows three mounted travelers leaving Bayonne and introduces the Aristy family, moving through episodic scenes of journeying, recollection, and social interaction. Through vivid local description and satirical portraiture, the work interweaves personal memories, political echoes, and everyday rural life to examine generational tensions, shifting fortunes, and the ways public events shape intimate destinies.

Con la protección de Luis Felipe y del Gobierno, los españoles creyeron que el triunfo estaba asegurado. Todos los días grupos de treinta, de cuarenta, de cincuenta hombres iban hacia la frontera. Hojas de ruta autorizadas por el prefecto de policía favorecían los viajes. Había depósitos de armas con el consentimiento expreso de Montalivet y de Guizot.

La imperial de las diligencias de Burdeos a Bayona estaban siempre retenidas por los agentes españoles para los emigrados. Estos subían a sus asientos y hablaban, reían y a veces gritaban:

—¡Viva España! ¡Viva la libertad!

—Pronuncian Biba—decía algún francés con asombro.

Y el señor culto y erudito recordaba la frase de Escaligero sobre los españoles que parece de algún gran aficionado al vino: Felices populi quibus vivere est bibere.


VII.
UNA CARTA DE TILLY

Estaba Lacy olvidado de Tilly cuando de la fonda de San Esteban donde vivía la inglesa Lady Russell le enviaron una carta de Lacy con anotaciones y entre paréntesis puestos después con otra letra. Era la carta de una ingeniosidad un tanto pueril como muchas de las cosas pensadas por Tilly. Estaba redactada en estos términos:

"Querido Lacy: Te escribo como te prometí para darte noticias de lo que pasa en la corte celestial. Mis informes son malos para vosotros. Ahí no lo creerán, pero yo veo que en esta comedia el Matemático (Luis Felipe) se entiende con Calígula (Fernando VII) que se ha asustado con los preparativos de los ilusos (los liberales). Era lo que buscaba la gente del Palacio Real de Babilonia (París). El Gobierno babilónico (el Gobierno francés) va a prohibir de un momento a otro la salida de los ilusos (liberales) de sus puntos de acantonamiento, impedirá las reuniones y decomisará los instrumentos de trabajo (las armas). Los agentes del Matemático (Luis Felipe) hacen creer a los ilusos (liberales) que estas medidas son para cubrir el expediente, pero no hay nada de eso.

Calígula y su Caballo (Fernando VII y Calomarde) al saber por sus hurones (espías) que se estaban organizando grandes mascaradas (juntas de insurrección) en Babilonia y en Nínive (en París y en Londres) reunieron el Consejo de familia (Consejo de Estado) para deliberar con los familiares (los ministros).

Hubo grandes disentimientos en la opinión de los consejeros.

Un partido aconsejó reunir el Agora de Esparta (las Cortes de España) publicar una amnistía y dar una carta biagórica (constitución de dos Cámaras) para neutralizar la acción de los ilusos (liberales), el otro quería la represión a todo trance aumentando el efectivo de los mamelucos (voluntarios realistas) y dejando Esparta (España) como hace siete años.

El Caballo de Calígula (Calomarde) tiene hurones (espías) entre los ilusos (liberales) y sabe día por día lo que ocurre entre ellos.

De estos hurones (espías) uno es el comandante don Antonio Oro. No es oro todo lo que reluce. Los otros son el francés que andaba conmigo, Husson de Jour, que no sé si seguirá aún en Villa-aburrida (Bayona) y un español, don Manuel Ruiz, que ha recorrido con fines de lince (de policía) la frontera babilónico-espartana (franco-española).

El Caballo de Calígula (Calomarde) tiene hormigas leones (agentes procuradores) en el campo iluso (liberal).

Los tres bajás de la frontera babilónico-espartana (los capitanes generales de la frontera) han remitido órdenes de vigilarla estrechamente.

Los jefes de los perros de presa (los tercios) y los mamelucos (voluntarios realistas) quedarán a las órdenes de los bajás (capitanes generales).

Va a publicarse un Iradé (Real decreto) poniendo en vigor otro de 1825 contra los ilusos (liberales) cogidos con los instrumentos entre los dedos (las armas en la mano) y contra los que les presten socorro, un asilo, o tenga con ellos correspondencia.

La pena de empalamiento (muerte) alcanzará por la menor cosa, la sospecha de complicidad bastará para gozar de la hospitalidad económica (ir a presidio).

Al mismo tiempo que el Caballo (Calomarde) toma estas medidas, hace reclamaciones enérgicas al Matemático (Luis Felipe), a quien no quiere reconocer, amenazándole con represalias y con formar cuerpos de camellos babilónicos (realistas franceses) que ataquen a Babel (Francia) por el mediodía.

El bajá general de la Marca (el capitán general de Cataluña) y el de Vardulia (Guipúzcoa), los dos babilónicos (franceses) y los dos elefantinos (absolutistas) trabajan en el reclutamiento de los emigrados babilónicos (franceses).

Estas medidas según se dice han hecho mella en el Gobierno babilónico (francés) que os empezará a poner trabas dentro de poco.

El acuerdo debe estar hecho. Esparta (España) reconocerá al Matemático (Luis Felipe) y no favorecerá a los elefantinos babilónicos (absolutistas franceses) y Babel (Francia) dificultará en cambio los trabajos de los ilusos espartanos (liberales españoles).

Tu amigo

El Esqueleto"

Eusebio Lacy quedó asombrado al leer esta carta que tenía entre ingeniosidades infantiles datos que parecían ciertos. La copió, poniendo los verdaderos nombres y fué a leérsela a sus amigos entre ellos a Valdés y a Milans del Bosch.

Las noticias de la carta alarmaron a los liberales. Se buscó al comandante Oro para pedirle explicaciones, pero Oro había desaparecido. Husson de Jour había salido también de Bayona.

Los de Valdés dijeron que respecto de Oro no les chocaba nada que fuese traidor, porque era amigo de Mina. Los ministas, en cambio, dijeron que hacía tiempo que Oro no se trataba con su jefe.


VIII.
LOS JEFES

Con motivo de la carta de Tilly y de sus denuncias, Lacy habló con los principales jefes de la emigración largamente y tuvo ocasión de conocerlos.

Los encontró muy distintos de lo que él suponía.

Eran todos ellos gente de una ambición fuerte y exaltada, poco inteligentes, nada razonadores, fanáticos, arbitrarios y devorados por la ambición del mando; tenían en general la actitud orgullosa de los virreyes de América.

La mayoría eran hombres de poca lectura y de menos reflexión, aceptaban la ideología liberal porque era la del momento y la del posible éxito, quizás no la sentían fuertemente ni les importaba gran cosa el fondo humano encerrado en ella. En su vida eran austeros; no había entre ellos epicúreos, ni comilones, ni borrachos, su mayor vicio era el juego. No tenían tampoco efusiones, ni recuerdos sentimentales, ni recitaban versos, ni cantaban canciones patrióticas.

Había entre esta gente pocas amistades sinceras, porque cada uno lo quería todo para sí, de ahí las rivalidades, los odios, la envidia y la eterna suspicacia.

Tenían todos ellos con la fraseología de la Revolución el instinto del soldado español del siglo XVI. En ellos lo nuevo con relación a los militares españoles antiguos era el anhelo de pasar a la historia, de quedar erguidos ante la posteridad. En los antiguos soldados, el summun era el mandar y el enriquecerse, en éstos el ideal era el mandar y el pasar a la Historia, pero como buenos españoles no querían pasar a la Historia por un trabajo largo y persistente, sino por un golpe de mano, por una aventura de suerte en que se ganase la gloria o se perdiera la vida. El ejemplo de la fortuna de Napoleón, el teniente de artillería transformado en Emperador había trastornado el juicio a los militares de la época.

Con la esperanza del momento de fortuna estaban todos llenos de ansia; la presencia del rival que se encontraba en la misma actitud les molestaba.

Eran casi todos ellos gente orgullosa, individualista, que en vez de ir arrastrados por el pueblo tenían que suponer que éste les buscaba, lo que no pasaba de ser una ilusión. Eran conspiradores más que revolucionarios muchos de gustos aristocráticos. Se hubieran reunido mejor con Catilina que con Danton. No veían posible en España más que el pronunciamiento y cada uno quería hacer el papel de Riego en 1820 aunque tuvieran que sufrir el de Riego en 1823.

Como casi toda la gente que toma parte en movimientos revolucionarios, procedían de distintos campos, venían de los cuatro puntos cardinales. En una época en que se viajaba poco, el que más y el que menos había estado en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en América, en Africa y en Oceanía.

Las mujeres de estos militares no intervenían jamás en las cuestiones políticas; en general la casa de cada uno estaba cerrada para los amigos de la calle y del café.

Las amistades no eran muy profundas. El exceso de personalismo les hacía con facilidad hostiles unos para otros. Suponían quizás que había una cantidad de gloria común y que si uno cogía mucha a los demás les debía quedar poca o nada.

No había posibilidad entre ellos de diálogos, sino de una serie de monólogos, cada cual recitaba el suyo con un aire desafiador, con la mano puesta en el puño de la espada y no quería oir ni enterarse de lo que los otros decían. De aquí que la Revolución española tuviera tan poco seso. Era una Revolución de Don Juanes y de Don Juanes sin éxito.

Al irlos tratando a cada uno de ellos, Lacy quedó un poco asombrado y desencantado. ¿Qué esperan estos hombres?—se preguntó él—. ¿Qué quieren?

La mayoría eran soldados de la guerra de la Independencia y soñaban con triunfos de espada y aventuras. Algunos habían absorbido las ideas liberales de Francia y de Inglaterra que no les habían modificado los instintos ancestrales, en general aceptaban como un dogma el valor del papel impreso.

Para ellos lo escrito con letras de molde tenía siempre una virtualidad misteriosa y estaban dispuestos a escribir en los periódicos protestas, contra-protestas, rectificaciones y vindicaciones.

Ninguno se manifestaba verdaderamente liberal capaz de benevolencia, de transigencia, todos eran militaristas y ordenancistas.

El mismo Espoz y Mina, valiente como un león y prudente como un zorro en sus empresas políticas, hombre que sabía disimular la violencia de su carácter con frases ambiguas, era, tratándose de cuestiones personales, de un arrebato impulsivo; a la menor ofensa ardía su alma con una cólera desesperada y furiosa.

Gaspar de Jáuregui, el Pastor, otro de los jefes, era un guipuzcoano que unía el valor con la astucia. Zumalacárregui, segundo de su partida en la guerra de la Independencia, le había enseñado a leer y a escribir. Jáuregui consciente de su ignorancia no había pretendido salir de ella y su conformidad de campesino con su incultura le había dejado siempre en un segundo plano.

Chapalangarra era un solitario, un místico que tenía la fiebre de la fama y del martirio; San Miguel un retórico, un escritor mediocre y difuso.

Respecto a López Campillo y a Leguía, los dos valientes guerrilleros, no tenían condiciones para ser primeras figuras.

Los únicos hombres que podían ponerse frente a Mina, por su influencia entre los demás, eran don Manuel Gurrea y don Francisco Valdés.

Méndez Vigo, que pretendía ser jefe, no arrastraba a nadie y era un motivo de discordia por su radicalismo inoportuno.

Don Pedro Méndez Vigo estaba acusado de haber mandado dar muerte a los prisioneros realistas de la Coruña en 1823, haciéndolos naufragar por un procedimiento a lo Carrier. Méndez Vigo era de ideas audaces y de muchas pretensiones. No servía ni para mandar ni para obedecer.

Gurrea, el otro rival de Mina, no le había declarado la guerra y esperaba el momento. No así don Francisco Valdés. El coronel Valdés había roto las hostilidades con Mina y lo trataba como a un enemigo.

Valdés pretendía haber tenido la prioridad en la idea de la expedición a la frontera después de la Revolución de Julio y consideraba la intervención de Mina como una usurpación.

Valdés era hombre altivo, soberbio, con una exaltación personal grande, ambicioso, poco inteligente y lleno de desconfianza.

Valdés era castellano, de Móstoles. En su juventud había estado en Dinamarca con el marqués de la Romana, había hecho la guerra de la Independencia y la campaña de 1823 y dirigido el golpe de mano de Tarifa de 1824.

La hostilidad de Valdés contra Mina y de Mina contra Valdés, procedía de una porción de causas y principalmente de los respectivos caracteres. Como militar de carrera, Valdés era poco amigo de los guerrilleros, como hombre que se había distinguido en el Mediodía nada afecto a la gente del Norte. A Mina le pasaba lo contrario, era guerrillero y nordista.

En los dos caudillos existía un fondo de patriotismo y un deseo de mando. La comunidad sola de estos sentimientos y el afán subsiguiente de defender y realzar su figura histórica en Mina y de buscar el medio de destacarla en Valdés debía hacerlos enemigos y ponerlos frente a frente.

Tanto el uno como el otro eran valientes, atrevidos y ambiciosos, pero Mina tenía el valor lleno de audacia y de prudencia; en cambio Valdés era más rectilíneo y de menos recursos. Mina sabía a las veces ser soldado y diplomático, Valdés no sabía más que ser soldado y soldado de filas. Mina tenía un conocimiento innato de la psicología de los hombres, sobre todo de los suyos, sabía por lo tanto arrastrar y convencer, Valdés no sabía ni lo uno ni lo otro.

Además de estos motivos hondos y personales existían otros políticos e ideológicos para el divorcio de ambos jefes.

Mina tenía el entusiasmo por la Constitución de Cádiz y por los hombres de aquella época, era anglómano, partidario de guardar las formas y consideraba necesario que hubiera en España una clase directora. Le quedaba también respeto por Fernando que al fin y al cabo era el Rey y no quería oir hablar ni en broma de la República.

Valdés creía que el liberalismo de Cádiz había pasado ya, que era necesario sustituirlo por otro más activo; tenía admiración por la Francia revolucionaria, era militarista y demagogo, odiaba a Fernando VII y creía que debía prepararse la posibilidad de la República. Valdés había llegado tarde a la lucha. Se encontraba entre soldados que representaban más que él y quería ponerse a su altura.

Los dos jefes, ásperos y orgullosos, no podían venir a un acuerdo. Valdés veía en Mina un caudillo a la antigua que mandaba despóticamente como un pater familias romano, le molestaba también verle en la práctica regionalista, siempre con sus navarros y sus vascos.

Valdés era castellano y por lo tanto más universal, menos regionalista. Le indignaba y le sorprendía la suerte de Mina y el éxito que éste había conseguido en Inglaterra. Valdés era un radical, todos los radicales se unían a él encontrando tibio a Mina. Algunos de los antiguos ministas como Fermín Leguía se habían pasado a su bando.

El caso de Chapalangarra y su enemistad contra Mina era de otra clase. Chapalangarra discurría y sentía como Mina, pero creía vivamente que tenía motivos serios personales de odio contra el general.

Al lado de los militares y oscurecidos ante ellos estaban los paisanos adictos a la Revolución. Sin tribuna donde perorar y en el extranjero no tenían prestigio alguno.

Eran en su mayoría literatos, jurisconsultos, oradores, no bastante fuertes para ser conocidos fuera de España. Entre ellos había algunos hombres de mérito como Flores Estrada y algunos políticos de talento como Mendizábal, pero la mayoría era gente sólo brillante, incapaz de una obra profunda e incapaz también de dominar y de arrastrar a los hombres.


IX.
GESTIONES DE LACY

Unos días después de recibir la carta de Tilly y de leerla a los amigos y jefes, iba Lacy enviado por la Junta de Francia a Cambó a ver a Chapalangarra.

Se quería que Chapalangarra se aviniera a razones y no intentara hacer un movimiento solo y sin contar con los demás jefes. Se había escogido a Lacy para esta comisión por su juventud y por el prestigio de su apellido entre los liberales.

Lacy salió de la posada de Iturri y fué a la parada de la diligencia La Bayonesa que salía para San Juan Pie de Puerto y pasaba por Ustariz y Cambó.

—El interior está lleno—le dijo el empleado—la berlina ídem. Tiene usted un puesto en la imperial.

—Bueno.

Lacy subió en la imperial de la diligencia en donde iban una mujer gruesa, un campesino y dos emigrados españoles. La baca estaba llena de fardos, de bultos y de cestas.

Pasó el coche por la puerta de Mousserolles, y comenzó a marchar por la carretera.

El tiempo era de otoño, con un sol claro y brillante.

El mayoral de La Bayonesa iba magnífico de seguridad y de petulancia. Era corpulento, rojo, de patillas grises.

Manejaba sus cuatro caballos con una seguridad y un aplomo dignos del mismo Nerón. Vestía irreprochablemente gran redingot gris, corbata roja y guantes amarillos.

—¡Eh, Lajeunesse!—le decían. Se llamaba así.—A ver esa caja, esa sombrerera. Y Lajeunesse cogía los paquetes de la baca, los lanzaba a los mozos, agarraba los que le enviaban al aire, silbaba, hablaba a sus caballos, cruzaba las aldeas por callejuelas estrechas, torciendo rápidamente, siempre grave y solemne hasta detenerse en la posta. Allí hablaba, bebía y decía: Eh, señores, arriba y se lanzaba de nuevo a la carretera a correr al compás del estrépito de las campanillas.

Cuando Lacy, después de contemplar el campo, miró a sus compañeros de viaje de la imperial vió que uno de ellos era un señor grueso que acababa de conocer días antes y llegaba de Bruselas. Se llamaba don Juan Olavarría. El otro español Eusebio Lacy sabía que era emigrado, pero no lo conocía de nombre.

Olavarría entabló conversación con Lacy y se manifestó muy pesimista acerca de la empresa liberal.

—Para mí no cabe duda—dijo—que hay un acuerdo entre el Gobierno francés y el español. Por eso nuestra situación empeora.

—Yo no lo veo así—dijo Lacy.

—Pues no cabe duda. Luego nuestros recursos van mal. El empréstito negociado por las casas Ardouin y Calvo que había comenzado tan brillantemente se agota. Los reclutamientos, los envíos de armas y de municiones se dificultan y son detenidos por la policía francesa, las hojas de ruta y los pasaportes que se habían acordado a los refugiados españoles y a los voluntarios extranjeros se han suprimido. Muchos al verse así abandonados por unos y vigilados por el Gobierno comienzan a maldecir de Francia y a volverse a sus casas.

—Yo no veo que esto vaya tan mal—dijo Lacy.

—No le quepa a usted duda. Va muy mal—replicó Olavarría—la unión que produjo entre los emigrados el entusiasmo y la esperanza se ha roto. Esto toma ya mal aspecto, el aspecto de la descomposición.

Después de exponer las mil dudas que le sugería la expedición liberal, el señor Olavarría habló de sus proyectos. Era el buen señor un arbitrista; quería transformar el comercio, la economía, la raza y hasta la geografía de España. Para todas sus utopías tenía un precedente.

—No crea usted que esto es un absurdo. Esto se ha intentado en Escocia, en el Canadá, en Bélgica y en Australia, y lo han preconizado hombres tan ilustres como tal, cual (y aquí citaba ocho o diez nombres extranjeros).

El español desconocido que al principio de la conversación iba muy fosco, miraba después sonriendo al arbitrista.

Al llegar la diligencia a una venta del camino de Villefranque, el señor Olavarría y el campesino francés bajaron a tierra.

El coche echó a andar y quedaron en la imperial el emigrado desconocido y Lacy.

—Conserve usted el entusiasmo con gente así—exclamó el emigrado y soltó después un par de ternos.

—¿Es usted de los nuestros?—le preguntó Lacy.

—Yo soy Fermín Leguía.

—¡Ah! Le conozco a usted de nombre. Yo soy Lacy.

Se dieron la mano.

—¿Va usted a Cambó?—preguntó Lacy.

—No; voy a San Juan Pie de Puerto, a ver a Jáuregui y a Fermín Sarasa que están allá. A la vuelta me detendré en Cambó a hablar con Chapalangarra.

—¿Tiene usted buenas impresiones, señor Leguía?

—Buenas, sí. Hay que seguir adelante. De otra manera no se puede hacer nada. Lo malo es la vacilación. Hay que elegir un plan, y a él con los ojos cerrados.

Esto lo dijo Leguía asociándolo con toda clase de ternos y de interjecciones.

—¿Usted no es ahora amigo de Mina, don Fermín?

—No. Me ha abandonado de mala manera. A pesar de eso, yo le tengo cariño al general; pero es demasiado absolutista. ¿Que riñe con Chapalangarra o con Valdés? Pues ya no se puede hablar de Chapalangarra o de Valdés. Son unos necios, soberbios y ridículos. No tanto. Todos tenemos un poco de culpa en lo que pasa.

—Mina debe ser muy exclusivista...

—Sí, mucho; pero aquí lo malo no es que sea exclusivista, sino que no se decide. Hay unos que dicen que basta acercarse a la frontera para que todos los españoles de nuestras ideas se levanten; otros dicen que no, que es necesario tener apoyo en la península. De éstos es Mina. Pero si lo creía así, ¿para qué ha aceptado el proyecto de la expedición si no le gustaba? Valdés, Gurrea, Chapalangarra, Jáuregui y yo con ellos, tomamos en París la iniciativa esta. Si no le gustaba a Mina, ¿para qué tomó parte en ella? Podía habernos dejado a nosotros la responsabilidad y la dirección.

—Es que le escribieron, le instaron...

—Ya lo sé; pero podía no haber aceptado.

—Hubieran dicho que era una cobardía.

—Sí, es verdad. En fin, veremos a ver qué sale de esto.

Al llegar a Cambó, Lacy se despidió de Leguía y bajó de la imperial.

Chapalangarra vivía en una posada del barrio bajo de Cambó. El bajo Cambó era entonces una pequeña aldea escondida entre árboles, al pie de una colina poblada de robles; sus casas, antiguas y negras, estaban en parte ocultas por emparrados verdes.

Lacy preguntó por la posada que le habían indicado y entró en ella. Era un fonducho solitario, con un comedor en la parte baja y una taberna.

En el comedor de este fonducho paseaba Chapalangarra de arriba a abajo, mirando al suelo, con las manos en la espalda.

En un rincón de la mesa jugaban a las cartas cuatro muchachos, y un joven melenudo, el poeta Espronceda, leía sentado en un sofá.

Al presentarse Lacy, Chapalangarra le invitó a salir para hablar libremente. Tenía miedo de los espías y no confiaba gran cosa en los jóvenes que le acompañaban.

Chapalangarra era hombre serio, fuerte, grave, de unos cincuenta años; un tipo oscuro, ceñudo y sombrío. Tenía la piel ennegrecida por el sol, los ojos grandes, negros; iba afeitado, con tufos sobre las orejas. Se le hubiera podido tomar por un cura. Hablaba a trompicones y era desaliñado en el vestir.

Durante más de una hora fué Chapalangarra hablando, accionando, quejándose de la frialdad y de la falta de entusiasmo de la gente...

La tarde de otoño estaba tan espléndida, el campo tan lleno de aromas, de colores, de pájaros, que Lacy miraba a veces al guerrillero preguntándose si no dejaría un momento sus resquemores para echar una mirada a las maravillas de la Naturaleza; pero Chapalangarra no veía más que su mundo interior de violencias y de pasiones.

Era el coronel de Pablo, apodado Chapalangarra, de la Ribera de Navarra, de Lodosa, tierra áspera, fea y caliente.

Había peleado en la guerra de la Independencia a las órdenes de Mina; después, en los años de 1820 al 1823, concluyó su campaña defendiendo como gobernador militar, la ciudad de Alicante hasta lo último.

En la época de su emigración en Londres, de Pablo se presentó a Mina, y en la primera entrevista riñó con él. Chapalangarra quería ir a España inmediatamente a levantar partidas liberales para restablecer la Constitución.

Mina intentó convencerle de que era imposible, de que faltaba dinero y medios de todas clases. Chapalangarra se indignó y acusó a Mina de tibio y de indiferente.

Ya para aquella época Torrijos había formado su partido radical entre los emigrados, en contra del de Mina que era más conservador. Chapalangarra fué invitado por los amigos de Torrijos a entrar en él; pero no quiso y se decidió a vivir solo, separado de todo el mundo, sin amigos ni partidarios.

Chapalangarra tenía la preocupación de Mina y hablaba constantemente de él.

Por entonces, en un periódico inglés, salió un artículo en el que se acusaba a Chapalangarra de actos de tiranía y de rapiña cometidos en el año 1823 cuando gobernaba Alicante.

Chapalangarra denunció ante los tribunales al autor del artículo, y éste, temeroso de ser condenado, propuso retractarse en el periódico y darle al guerrillero una cantidad como indemnización.

Aceptó Chapalangarra el trato, cogió el dinero e inmediatamente fué a casa de Mina.

—Ya hay dinero para la Revolución—le dijo, y le entregó todo lo que le habían dado.

Mina aceptó la cantidad por no defraudar las esperanzas de su paisano; pero éste al ver que pasaban los días y no le avisaban sintió redoblar su furor contra el caudillo, a quien acusaba de egoismo, de frialdad y de falta de entusiasmo.

Chapalangarra entonces pensó formar rancho aparte con Gaspar de Jáuregui (el Pastor) y que éste rompiera con Mina; pero Jáuregui creía en la estrella de Mina y no quería abandonarle por ningún motivo.

Era muy monorrima la reconvención de Chapalangarra contra los políticos para un hombre como Lacy, que creía que en el mundo había algo más que guerras y revoluciones. Lacy se cansó pronto de las quejas del guerrillero y pretextó tener prisa.

Volvieron los dos a Cambó, y al llegar cerca del puente Lacy vió que un señor le saludaba. Era Miguel Aristy que iba a montar en un tilburí.

—¿Quiere usted venir a Ustariz?—le dijo.

—Muchas gracias, señor Aristy.

—Si no ha traído usted coche, tiene usted que esperar hasta mañana.

—¿No le estorbaré a usted?

—No, no; de ninguna manera. Contentísimo en tener compañía.

Lacy se despidió de Chapalangarra y montó en el cochecito de Aristy.

—Me han dado dos horas de política aburridísimas—exclamó Lacy.—Tenía ganas de mirar el campo. ¡Qué tarde más espléndida!

—Mal político—exclamó Miguel Aristy dando una palmada a Lacy.—¡Un político que quiere mirar los montes y las flores! No será usted un Richelieu, ni un Pitt.

—Pse. No me importa.

Y Miguel Aristy y Eusebio Lacy dejaron el bajo Cambó, y al trotecillo del caballo fueron bordeando el río hasta llegar a Ustariz.


LIBRO TERCERO
LAS DAMAS DEL CHALET DE LAS HIEDRAS


I.
VELADA EN GASTIZAR

¿Va usted a quedarse en Ustariz?—preguntó Miguel.

—Sí, iré a la Veleta.

—No, no; si se queda usted en Ustariz, tiene usted que parar en mi casa.

—No me gusta molestar.

—¡Molestar! ¡Ya se conoce que no vive usted en el campo! Si viviera usted aquí, ni en broma diría usted eso.

—¿Por qué?

—Una persona nueva, cualquiera, en uno de estos pueblos vascos, tan quietos, tan inmóviles, es un acontecimiento; y cuando no se trata de un cualquiera, sino de un joven distinguido como usted, es un motivo de conversación para un par de semanas.

—Creo que exagera usted.

—No. Ciertamente que no. Quédese usted esta noche.

—Bueno; me quedaré.

Al parar delante de Gastizar y bajar del tilburí pasaron dos señoras, a quienes saludaron Aristy y Lacy.

—Son dos damas españolas—dijo Lacy.

—Sí. ¿Las conoce usted?—preguntó Aristy con viveza.

—No. El otro día, cuando vinimos aquí a ver al coronel Malpica, las encontramos en la posada, que se habían refugiado por la lluvia, y el posadero nos dijo quiénes eran.

—¡Ah!

Miguel Aristy dejó el coche y el caballo al cuidado de Ichteben, a quien preguntó:

—¿Dónde están las señoras?

—Ahí, en el prado.

—Bueno. Entonces vamos por aquí, amigo Lacy. Tú desengancha el coche.

—No—replicó Ichteben.

—¿No? ¿Pues qué hay?

—Está la mujer de tu hermano, y la tengo que llevar a Chimista.

—Bien. Está bien.

Miguel y Lacy cruzaron la huerta y subieron a un prado en cuesta con un manzanal. En lo más alto había un bosquecillo de robles y a su sombra estaban madama Aristy, madama Luxe y su hija Fernanda, las dos señoritas de Belsunce y Dolores Malpica, con los chicos.

Dos mozos, con la cabeza cubierta por grandes sombreros de paja, estaban segando hierba con la guadaña.

Miguel presentó a Lacy, que fué muy bien acogido por las damas. Madama Aristy le trató con gran amabilidad, y Alicia Belsunce y Fernanda Luxe quisieron averiguar poco después si el muchacho presentado a ellas estaba enamorado o no.

Lacy tenía deseos de hablar con la hija de Malpica, y le preguntó por el coronel. Ella le contestó que le inquietaba su llegada; temía que viniera a llevarle a su padre.

Miguel, que se había tendido en la hierba, dijo:

—Oiga usted, Lacy; si quiere usted le traerán aquí algo para beber: vino, sidra o leche.

—Tomaré un vaso de leche.

—¿La quiere usted cocida o recién ordeñada?—preguntó madama Aristy.

—Es igual.

Madama Aristy llamó a uno de los mozos que cortaba la hierba, que vino al poco tiempo con dos vacas, una de ellas seguida de un ternero recental que corría dando saltos y enroscando la cola.

Alicia Belsunce se levantó y ordeñó a la vaca en una jarra de madera que dejó en la hierba.

—¡Oh, Bucólicas de Teócrito! ¡Geórgicas de Virgilio! ¡pastorales de Longus! ¡Bergeries de Racan!—exclamó Miguel—. Alicia, al mirarte me figuro a María Antonieta en el Petit Trianon. El mejor día querrán cortarnos a nosotros la cabeza, y lo más triste es que tendrán razón.

—¡Qué tonterías!—dijo madama de Aristy haciendo un gesto de impaciencia.—Parece mentira que mi hijo diga estas tonterías.

—Y eso que tiene tanto talento—exclamó Fernanda.

—¡Gracias, hija mía!—exclamó Miguel.

—El talento de Miguel es como los fantasmas, no se presenta más que a los que los temen—dijo Alicia.

—Alicia se nos va a convertir en la señorita La Rochefoucault.

Alicia hizo un gesto de desdén. Bebieron leche Lacy y Fernanda Luxe. Miguel dijo que prefería fumar una pipa. Efectivamente, la encendió; de pronto, señalando el torreón de Gastizar, dijo:

—Nuestra veleta está terrible estos días; se agita con nerviosidad. ¿Sabe usted, Lacy que tenemos una veleta misteriosa?

—Sí; ya he oído hablar de ella.

—¿Ha llegado su fama hasta España?

—No, todavía no.

—¿Pero usted cree que llegará?

—Es posible.

—La verdad es que ese viejo dragón tiene actitudes cómicas. Luego, como está desnivelado, eso le hace más gracioso.

—Meterá mucho ruido al girar.

—Sí, bastante.

—Van ustedes a llegar a tenerle miedo.

—Sí, sí, es muy posible.

Dolores, la hija de Malpica, tenía que marcharse con sus chicos y se despidió de todos. Los demás decidieron volver a casa y fueron despacio hacia Gastizar.

Gastizar en el interior estaba restaurado en tiempo del Imperio. Casi todas las habitaciones se hallaban tapizadas con papeles con figuras pseudoclásicas. Los muebles eran de caoba, y se veían en las paredes cuadros medianos de la escuela de David y de Gerard.

Algunas habitaciones, como el salón, las había arreglado Miguel Aristy, más severamente, al gusto antiguo, con muebles de su madre y cuadros oscuros de la escuela de Claudio Lorena. El zaguán amplio de la casa, enlosado de piedra, tenía unas estatuas toscas que debían de haber salido de alguna iglesia o convento desmantelado en 1793.

Además de los campos tenía Gastizar una huerta muy grande y un jardín. Cruzando esta huerta, desde la parte de atrás de la casa iba hacia el río, una calle de perales en arco que terminaba en un cenador con una mesa y unos bancos rústicos. De esta plazoleta del cenador se bajaba al Nive, a cuya orilla había un árbol donde solía estar atado un bote.

La señora de Aristy no quería ir al cenador, porque encontraba que era sitio húmedo y malsano. Miguel, en cambio, solía pasar muchas horas en aquel rincón y pescaba barbos y anguilas.

Después de pasear por la huerta fueron al salón, en donde Alicia tocó el piano. Habían llegado el caballero de Larresore, el padre Dostabat y el joven Darralde Mauleón, a quienes presentó Miguel a Lacy.

Madama Luxe y su hija, Larresore y el padre Dostabat se quedaron a cenar y fueron en la mesa diez personas.

Se habló largo rato, y después de las diez se retiraron madama Luxe y su hija con Darralde Mauleón y el padre Dostabat.

—¿Usted se acuesta temprano, Lacy?—preguntó Miguel.

—No; porque me suelo dormir tarde.

—Entonces quédese usted. Charlaremos al lado del fuego.

Quedaron, cerca de la chimenea, Miguel, Lacy, Darracq y el caballero de Larresore.

Hicieron Miguel y el caballero varias preguntas acerca del propósito de los emigrados españoles, y en el curso de la conversación hablaron de las dos señoras del chalet de las Hiedras, a quien había visto Lacy por primera vez en la posada de la Veleta.

—Yo tengo mis dudas acerca de estas damas—dijo Miguel—. Sería desagradable que tuviéramos aquí dos intrigantes.

—¿Qué título llevan esas damas?—preguntó Lacy.

—La tía se hace llamar condesa de Vejer.

—¿Y de dónde es?

—Del mismo Vejer, que debe ser un pueblo de la provincia de Cádiz.

—Yo preguntaré en Bayona a algún gaditano—dijo Lacy.—¿Y qué vida hacen?

—Las dos son muy devotas; van todos los días a misa con un aire muy compungido. En su casa tienen muchas imágenes religiosas; pero nada de esto me convence. Hay en ellas algo sospechoso. Son unas españolas que no hablan nunca español. Luego, un criado de aquí de casa dice que un día las oyó discutir a tía y sobrina insultándose con palabrotas. Es un poco extraño.

—Sí, muy raro es. ¿Y ustedes no las conocían de antes?

—No.

—Estuvisteis bastante torpes en aceptarlas en la casa—indicó Larresore.

—Yo no estaba aquí—dijo Miguel—cuando mi madre les alquiló el chalet de las Hiedras. Si yo estoy, no les alquilo. Parece que traían una recomendación de Bayona. Al principio, mi madre parecía contenta; luego estuvo diciendo que las iba a echar, que debían ser dos intrigantes, y después de repente ha cambiado y no quiere oir hablar de despedirlas. Yo estoy convencido de que es mala gente. La vieja, la que se hace llamar condesa, tiene todo el aire de una cortesana, aduladora, con gran tendencia a la tercería; la joven es de mala índole.

—¿Y usted no ha preguntado a nadie quiénes son?—dijo Lacy.

—Sí; he preguntado a los amigos de Bayona, pero no las conocen. Algunos han oído hablar de ellas como de unas señoras españolas, y nada más.

—¿Tienen acento español?

—Ninguno. Pero eso no significa nada; usted tampoco tiene acento español.

—Es que yo me he educado en Bretaña, lo que no es corriente en un español. ¿Y tienen relaciones esas señoras?

—Aquí tienen las relaciones que han hecho por mediación de mi madre. Mi madre tiene fama de severa; las ha aceptado a las dos, y todos los conocidos las han aceptado también.

—¿Y qué vida hacen?

—Muy recogida. La condesa viene aquí algunas veces, y se muestra muy ceremoniosa y muy aduladora con mi madre. Su sobrina Simona dicen que es viuda; no sé. Conmigo comenzó a coquetear descaradamente, y supongo que ha tenido que ver algo con mi hermano.

—¿Y por qué viven en Francia?

—No sé. Esto me parece poco explicado; ellas dan a entender que por cuestiones políticas.

—¿Son liberales?

—No; por su conversación parecen lo contrario. ¿No hay un partido en España que se llama apostólico?

—Sí.

—Pues dan a entender que son de ese partido.

—Es posible. ¿Y suele venir alguien a verlas?

—Muy poca gente. Ahora, desde hace un mes o cosa así, viene con frecuencia un señor del pueblo, un tal Choribide, un cínico. Están tramando algo, no sé qué.

—¿Y ellas no salen de casa?

—Hasta hace poco, casi nada. Ahora, la sobrina va con frecuencia al Bazar de París, de dos muchachas del pueblo de una fama un tanto equívoca.

—¿Y viajan?

—Antes iban muy a menudo a Bayona y tenían mucha correspondencia; ahora van mucho menos.

—¿Y desde cuándo han dejado de ir?

—Desde Agosto.

—Es decir, desde la Revolución de Julio—dijo Lacy.

—Tiene usted razón. No me había fijado en esa coincidencia.

—El señor de Lacy haría un gran juez—dijo el caballero de Larresore.

—No, no—replicó Lacy—; como siempre ando entre políticos, tengo la costumbre de relacionarlo todo con la política, y esas señoras dan la impresión de que tienen algo que ver con la política.

—¡Cierto!—exclamó Miguel.—Es una idea que la llevaba dentro, pero de una manera oscura. Ahora me parece indudable. Cuando vaya usted a Bayona, pregunte usted a algún español por ellas. A ver si las conocen.

—Lo haré, no tenga usted cuidado.

Después de la larga charla ya cerca de la una, se levantó Lacy y Miguel de Aristy le acompañó hasta su cuarto.

—No se preocupe usted de la hora del coche. Si no lo coge usted, yo le llevaré en el tilburí.

—No, no; preferiría que me llamaran para la hora de la diligencia.

—Bueno, se le llamará. Adiós, querido Lacy—le dijo Miguel estrechándole la mano.

—Adiós.

Lacy se levantó por la mañana y salió a la carretera. El sol de un día de otoño comenzaba a dorar la tierra, cantaban los pájaros en las ramas, murmuraba el río en su cauce. La sierra de la serrería mecánica comenzaba a rezongar como un moscardón; el herrero martilleaba en el yunque; algunas mujeres pasaban en sus carruchos, y la panadera repartía el pan en las casas.

Lacy contempló con simpatía este comienzo de la vida de la aldea. Al llegar la diligencia subió a ella, que marchó al trote de sus cuatro caballos camino de Bayona.

Al día siguiente, al llegar Lacy a su fonda, por indicación del patrón, se dirigió a un italiano, empleado en la subprefectura, amigo de Iturri. A las primeras palabras el italiano sonrió maliciosamente.

—¿Por qué se sonríe usted?—preguntó Lacy.

—Esas dos mujeres que viven en Ustariz han sido hasta ahora de la Policía—contestó el italiano.

—¿De verdad?

—Y tan de verdad.

—¿Pero hay mujeres policías?

—Ya lo ve usted. No sólo hay misterios en los folletines y en los melodramas.

—¿Y éstas están reconocidas?

—Sí; están fichadas y se tienen que presentar todos los meses aquí. Se las conoce por la fille Carolina y la fille Simona.

—¿Y desde cuándo han dejado de ser de la Policía?

—Desde la Revolución de Julio.

—¿Y ahora qué hacen?

—Ahora creo que trabajan para el Gobierno español.

Lacy inmediatamente escribió a Miguel Aristy lo que le habían dicho, y contó a sus amigos de la Junta lo que ocurría en Ustariz.


II.
LA POLICÍA

Varias veces había corrido por Ustariz la noticia de que la condesa de Vejer y su sobrina eran dos espías.

De dónde pudo nacer el rumor, no se sabía; pero no cabía duda de que había algún dato, algún indicio más o menos claro para tal suposición.

Ya desde hacía tiempo se hablaba de mujeres que practicaban el espionaje en beneficio de los partidos.

La Policía de la Restauración fué la que comenzó a emplear a las mujeres en sus maquinaciones y sus intrigas. El Gobierno de Carlos X veía peligros en todas partes.

Por un fenómeno extraño, la Policía de Francia se había reclutado siempre entre los tránsfugas de los partidos vencidos. Así, el Poder tenía en la Policía su defensor y su enemigo.

En plena Revolución, gran parte de los jefes de la Policía de París eran monárquicos. Sometidos en el período del Terror trabajaron con los thermidorianos en dominar la Revolución. Durante el Imperio la Policía francesa estaba formada por ex revolucionarios y dirigida por Fouché, que se impuso a Napoleón como luego se impuso a Luis XVIII amenazándole con su ejército de agentes ex terroristas y ex bonapartistas.

En el Imperio, todas las autoridades civiles y militares eran policíacas. El ministro Fouché dió el tono a la política imperial; Napoleón tenía una policía particular, Fouché otra; al mismo tiempo el prefecto Dubois contaba con sus agentes especiales y Talleyrand con los suyos.

Las delaciones eran constantes. Al hundirse el Imperio el mundo policíaco sobrevivió a la ruina y se pasó al servicio de los triunfadores. Los gobiernos de la Restauración comprendieron que debajo de las cenizas quedaba aún fuego revolucionario, y para descubrirlo los hombres de la policía inventaron algo más perfecto y canallesco que los delatores del Imperio: los agentes provocadores.

Los agentes provocadores no se contentaban con traficar con las confidencias sorprendidas a las gentes de buena fe, o con las calumnias lanzadas contra los hombres proscritos por sus ideas liberales; los agentes provocadores urdían ellos mismos conspiraciones, excitaban a los locos, a los ilusos y los empujaban al cadalso o la prisión. Era llevar a la práctica la máxima jesuítica de que el fin justifica los medios. Así se hicieron la conspiración de Belfort y las algaradas de las calles de Saint Denis y de Saint Martín de París en 1827, en donde la tropa disparó contra la gente pacífica.

La Policía del Gobierno reaccionario de París se correspondía con la de Madrid, la de Roma, la de Nápoles y la de Viena.

Durante la Restauración, el partido clerical sirvió con su espionaje al Gobierno.

Las iglesias, los conventos, las Asociaciones jesuíticas eran agencias de noticias y de informes, que iban de acá para allá y terminaban en Roma.

Al acentuarse la política clerical con el Gobierno de Luis XVIII, sucedió al conde de Anglés como prefecto de Policía Mr. Guy Delavau, magistrado, hombre político que después fué del Consejo de Estado y que desapareció en la vida privada a raiz de la Revolución de Julio.

Con la dirección de Delavau, la Policía dirigida por gentes de chanchullo como Freret, Vidocq y otros jefes, algunos salidos de presidio, comenzó el espionaje en las familias y en los talleres.

Todo se hacía a fuerza de intrigas y de espías. Mucha gente se vengaba denunciando a la Policía a su amo, a quien odiaba, a un enemigo, o a un rival por amor.

Cualquier procedimiento era bueno. En 1821 la Policía quiso saber el paradero del general Bertón. Se intentó corromper hijos, parientes, amigos. En vista de que no se obtenían resultados se echó mano de otro recurso. Se averiguó que la hermana del ayudante del general tenía una criada algo ligera de cascos, y se pidió un agente de policía joven y guapo y de buen aspecto, para que intentara tener relaciones íntimas con la criada y arrancarla a ella las noticias que se deseaban.

En esta época de Mr. Delavau, la fille Carolina y la fille Simona, que se hacían llamar en Ustariz la condesa de Vejer y su sobrina, habían comenzado a practicar el espionaje. Era un momento en que las mujeres intervenían activamente en la Policía.

Al mismo tiempo que al Gobierno francés las dos mujeres servían a los apostólicos de España, con quienes tenían relaciones.

Al estallar la Revolución de Julio, los confidentes y espías del anterior Gobierno habían quedado la mayoría destituídos y vigilados.

La Carolina y la Simona, metidas en su rincón de Ustariz, sabiendo que les convenía no mostrarse en público, hicieron durante algún tiempo una vida muy retirada en su chalet de las Hiedras.


III.
CAROLINA Y SIMONA

Miguel Aristy, que había sabido por la carta de Lacy qué clase de mujeres eran las dos a quienes tenía su madre alquilado el chalet de las Hiedras, quiso cerciorarse y enterarse con mayores detalles y fué a Bayona. Se presentó en la fonda de Iturri a ver a Lacy, y éste le llevó al italiano empleado en la subprefectura.

El italiano no conocía en detalles la vida de las dos damas que vivían en Ustariz; únicamente sabía lo que había dicho ya, e indicó que el jefe de la Policía de Bayona podría dar una información más completa.

El jefe de la Policía de Bayona, el señor Fouquier, había llegado a la ciudad después de la Revolución de Julio y no estaba enterado de los hechos anteriores a la época de su cargo.

El señor Fouquier le dió a Miguel un buen consejo.

—Vea usted a Masson—le dijo—que ha sido el jefe anterior a mí. Masson le cobrará a usted la consulta, pero le dará datos.

El señor Masson vivía en una casita de campo a orillas del Adour, cultivando su huerta y sus frutales. Miguel Aristy lo encontró con una blusa azul larga y un sombrero de paja, podando frutales. Miguel Aristy le explicó un caso fingido, le dijo que un amigo suyo estaba enamorado de una tal Simona que vivía en Ustariz con una señora llamada Carolina, y que él desconfiando de ellas había tomado informes y que los informes eran malos.

El señor Masson era un hombre de una cara reluciente y carnosa, de color cetrino, los ojos chiquitos y brillantes, el pelo rizado y la cara picada de viruelas. Había sido militar durante el Imperio y un explotador de su cargo de policía en tiempo de la Restauración.

Masson escuchó las explicaciones de Aristy, y comenzó a reir con una risa sarcástica.

—¿De manera que la Carolina y la Simona hacen tan bien su papel de grandes damas que se las tiene por condesas auténticas? Ja... ja... ja... ¿Y hay un hidalguillo de Ustariz enamorado de una de ellas?... Ja... ja... ja... Es delicioso. Sí son buenas cómicas.

—¿De modo que son unas aventureras?—preguntó Miguel.

—¿Aventureras?... Dos prostitutas... Voy a ver sus fichas.

Masson cogió un legajo y lo desató.

—Vamos a ver la Carolina—dijo—y leyó luego: Carolina Michu, ha nacido en París, de familia obrera. Se casó en 1805 con un oficinista que era alcohólico completo. Cansada de su casa se marchó de ella con un amigo del marido. Después tuvo varios amantes, militares y empleados, y ya vieja se enredó con uno de la policía y se fué a Madrid. Allí se relacionó con la antigua querida del ministro Macanaz que vendía empleos. Se dedicó a negocios ilícitos de toda clase e intrigó a favor del general Bessieres. A consecuencia de esto fué expulsada de España y vino a Bayona empleada en la policía francesa y a sueldo de Calomarde para espiar a los liberales españoles. La Carolina Michu se hace pasar por la condesa de Vejer, dice que su marido el conde, murió de oidor en el Perú. Carolina en Bayona es muy religiosa, va a todas las fiestas de iglesia y tiene una reunión a la que suelen ir el abate Miñano y otros tipos igualmente sospechosos.

—¡Buena pieza!—exclamó Aristy.

—Sí, recomendable para la dirección de un colegio de señoritas. Vamos a ver la otra. Aquí está: Simona Busquet ha nacido en Perpiñán. Hija de padre desconocido. A los diez y siete años tuvo un amante de buena posición y quedó embarazada. Simona se presentó a los padres del amante dándose de víctima, e hizo que le entregaran dinero para la educación del niño, y se fué a París. Aquí dejó el niño en la Maternidad y vivió hoy con uno y mañana con otro. Es mujer áspera, sensual y de mal carácter. Sus amantes le cansan en seguida, y ella cansa a sus amantes con su genio violento. Un viejo, rico comerciante de Burdeos, le instaló en una casa de los alrededores de la ciudad, pero ella harta de esta vida sacó dinero al viejo con amenazas y se fué a Madrid, donde conoció a la Carolina. Ha tenido relaciones íntimas con el señor Regato, que es ahora agente del Rey de España para hacer jugadas de Bolsa.

Estos eran los antecedentes de aquellas dos mujeres que tenían fama en Ustariz de aristócratas y de piadosas.

Miguel Aristy pagó la consulta al señor Masson y se fué pensando que su madre se haría cruces al saber la clase de gente que eran las damas del chalet de las Hiedras.

Madama Aristy oyó la relación que le contó su hijo con marcado disgusto.

—¿Qué habrá que hacer?—preguntó ella.

—Tendremos que echarlas—dijo Miguel.

—Sí, pero es un escándalo y no conviene. ¡Si la gente se entera! Habrá que buscar una ocasión.

Miguel notó que su madre se hallaba muy preocupada con este asunto.

Una mañana que estaba Miguel pescando vió que Ichteben iba con una carta al Chalet de las Hiedras y que volvía al cabo de media hora a Gastizar con otra carta en la mano.

Al entrar en el portal Aristy vió dos o tres pedacitos de papel rotos, sin duda de la carta de las damas del Chalet. Los cogió por curiosidad. En un trozo ponía: No se atreverá usted a echarnos... en el otro: la mujer de un regicida...

—¡Qué novela habrán inventado estas mujeres!—pensó Miguel.

Pasaron unos días. Las damas del Chalet de las Hiedras no parecían dispuestas a marcharse.

—¿No se van esas mujeres?—preguntó Miguel a su madre.

—Me han pedido un plazo y habrá que esperar.


IV.
CHORIBIDE EN ACCIÓN

Una mañana poco antes de la hora de comer, el señor Gastón Choribide se presentó en el Chalet de las Hiedras. Llamó a la campanilla y al salir la criada le dijo:

—Señorita, quisiera saludar a la señora condesa de Vejer. Haga usted el favor de decirle que el caballero Gastón de Choribide pregunta por ella.

La criada indicó a Choribide que subiese una escalera y le hizo pasar a un saloncito. Choribide aprovechó el momento para arreglarse la corbata y echarse una mirada en el espejo y permaneció inmóvil apoyado en el bastón y con el sombrero de copa en la mano en una actitud estudiada.

Al cabo de unos minutos se abrió la puerta y apareció la condesa de Vejer.

—Señora—dijo Choribide juntando los pies para hacer la reverencia—perdone usted que sin tener el honor de conocerla tenga el atrevimiento de presentarme en su casa.

—Caballero—replicó la dama con aire altivo—usted dirá lo que le trae por aquí.

—Voy en seguida.

La condesa de Vejer era una mujer alta, pintada, voluminosa, de ojos grandes y sombreados. Vestía de negro, con cierto aire de dama de teatro, llevaba los dedos llenos de sortijas y el pelo empolvado de blanco.

—Es un poco largo lo que tengo que decir—dijo Choribide.

—Está bien. Le escucho a usted.

—Usted me perdonará que me siente—y Choribide levantó los faldones de la casaca y se sentó en un sillón que tenía los brazos terminados en dos cabezas de pato doradas.

La condesa se sentó en un canapé.

—Señora—dijo Choribide con el sombrero de copa en las rodillas—lo que tengo que decirle a usted es bastante reservado y no quisiera que nos interrumpieran.

—Cuántos preámbulos, caballero—exclamó la dama impacientada.

—Son necesarios, indispensables. Yo soy un hombre que no me ha gustado nunca mortificar a nadie. Mi viejo amigo Garat suele decir de mí: Quizás se pueda acusar a Choribide de tener una moral oscura y todavía inédita, pero nadie podrá dudar de su sensibilidad. Pues bien, señora condesa, para facilitar mis explicaciones le contaré a grandes rasgos mi vida.

—¿Es necesario, caballero?

—Es necesario hasta cierto punto. Yo, señora, de joven he sido una bala perdida. No he sido de esos hombres fríos, de esos moluscos sin sangre y sin nervios que pueden vivir en un rincón. Yo necesitaba dinero, necesitaba mujeres, un poco de lujo y de comodidad, y tomaba todo esto de donde podía; comprenderá usted que no con los procedimientos de los caballeros de la Tabla Redonda sino con los procedimientos de otros caballeros. Así que he sido jugador de ventaja, he estado asociado con gentes que hacían asignados falsos y he sido de la policía. Es lo más sucio que he sido en toda mi carrera. ¿Comprende usted señora condesa de Vejer por qué tiene algún interés que cuente mi vida?

—No, no lo comprendo—dijo con inquietud madama Carolina.

Choribide hizo un gesto de resignación irónico, dejó el sombrero y el bastón en un velador y cruzó una pierna sobre otra con abandono.

—Ya que no lo comprende usted fácilmente, voy a contarle la historia de una tal Carolina y de una tal Simona según aparecen en los registros de la policía.

—¿Y usted pretende?...

—Yo no pretendo nada. Es la policía que pretende que la tal Carolina se hace pasar en Ustariz por la condesa de Vejer. Ahora señora—y Choribide se levantó con aire de joven y tomó su sombrero y su bastón—le voy a plantear la siguiente disyuntiva: ¿Conoce usted a la tal Carolina? Espere usted. No me conteste usted todavía. Si me dice usted: Sí la conozco, habrá entre nosotros paz y será usted para mí la condesa de Vejer. Si me dice usted no, habrá entre nosotros guerra y yo me retiraré al momento.

La Carolina azorada por completo vaciló en decidirse.

—¿La conoce usted sí o no?—preguntó de nuevo Choribide con un acento sarcástico y duro.

—Sí la conozco—murmuró ella humildemente.

—Está bien, señora condesa. Tiene usted desde ahora en mí un servidor incondicional, un asociado. Conozco el país mejor que ustedes. Sé al dedillo la historia de las gentes. Mis conocimientos los pongo a la disposición de usted.

—¿Y qué pretende usted en cambio?

—Yo soy como he tenido el honor de decirle antes, señora condesa, un hombre de vida borrascosa. Al llegar aquí me casé con una mujer de algún capital. Dicen que había sido la querida de su tío el vicario. No sé, es cosa que no me preocupa. Mi mujer tiene un sobrino, el teniente Rontignon que es ex oficial de la Guardia Real. Rontignon es un hombre sin energía, un hombre de café, tonto y tímido a pesar de su jactancia; a mí en su estado actual me estorba y he pensado en casarlo con madama Luxe.

—Madama Luxe es una mujer riquísima—observó Carolina.

—Sí, es verdad. Mi sobrino no es rico, pero es joven, guapo, y lleva uniforme. Yo he pensado que usted que tiene buenas relaciones con el Gobierno español, podría conseguir para mi sobrino a cambio de los servicios que yo le prestaré, una condecoración, una gran cruz que en un realista como él vendrá muy bien.

—Sí, sí, se conseguirá. Escribiré a mi amigo el señor de Calomarde y no tendrá inconveniente en otorgarle una gran cruz. ¿Y a usted, Choribide, no le gustaría tener una condecoración?

—No, a mí no—dijo Choribide con una claridad irónica en sus ojillos grises—parecería lógico que yo que he sido un pillo sintiera la necesidad de tener algún prestigio social, pero no; soy un pillo filósofo.

—¡Qué bromista!

—No, no es broma, condesa. Lo que digo es el Evangelio.

—Y con la cruz ¿cree usted que su sobrino Rontignon convencerá a madama Luxe?

—Ya veremos.

—Hum ¡qué sé yo!

—La gran cruz es el adorno. Lo esencial es que Rontignon es joven, guapo y estúpido. ¿Qué más puede pedir una mujer?

—¡Qué opinión tiene usted de nuestro sexo!—dijo madama Carolina tomando un aire tierno y sentimental.

Choribide sonrió.

—No es una opinión. Es una convicción—dijo.

—¿Tan mal le han tratado las mujeres?

—Ha habido de todo—contestó el pillo filósofo.

—¿Y sus datos, Choribide?

—Cuando los necesite usted. Usted me manda una nota o un aviso de que venga, lo que usted prefiera. Para algunas investigaciones quizás se necesite algún dinero.

—Lo hay. El señor de Calomarde me ha escrito que gastemos el dinero necesario sin miedo. El asunto es de transcendencia y es indispensable que de cualquier modo la expedición liberal tenga un fracaso ruidoso.

—Lo tendrá.

—Muy bien. Ahora le voy a presentar a mi sobrina.

La condesa salió del salón seguida de Choribide, bajó hasta un cenador del huerto donde Simona estaba leyendo.

—Simona—dijo madama Carolina—el señor Choribide; un amigo y un aliado.

Choribide hizo la reverencia echando un pie hacia atrás a la moda antigua, una reverencia digna de un pisaverde del Palais Royal del tiempo de madama Tallien, y después de unas cuantas galanterías se despidió de las dos aventureras besándoles la mano.

Mientras cruzaba la huerta de la casa sus labios finos sonreían y en sus ojos había una claridad alegre y burlona.

Al llegar a la puerta del jardín, Choribide echó una mirada a la torrecilla de Gastizar. El viento andaba revuelto, el viejo dragón cambiaba de rumbo a cada paso y rechinaba agriamente. Aquel malvado basilisco, aquella furia super-terrestre estaba en un momento de inquietud. Sin duda, tenía que anunciar catástrofes y calamidades sin cuento.

La Caleta, Noviembre, 1917.

FIN DE LA VELETA DE GASTIZAR