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La Veleta de Gastizar

Chapter 8: V. LA TERTULIA DE GASTIZAR
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About This Book

A prologue personifies a weather-vane atop a rural manor as an ambivalent, quasi-animated creature whose motions and Christian inscription suggest a tension between worldly malice and piety. The narrative then follows three mounted travelers leaving Bayonne and introduces the Aristy family, moving through episodic scenes of journeying, recollection, and social interaction. Through vivid local description and satirical portraiture, the work interweaves personal memories, political echoes, and everyday rural life to examine generational tensions, shifting fortunes, and the ways public events shape intimate destinies.

Mendian zori eder
Eper zango gorri.

(¡Qué bonita es la perdiz de patas rojas en el monte!)

Domingo Garat, el menor, hombre débil, brillante y versátil, había pasado por los momentos más terribles de la Revolución francesa, intentando dejar una amable sonrisa allí donde los demás dejaban una mueca de furor y de amenaza.

No le valió su amabilidad, y en los momentos trágicos tomó un carácter sombrío. Estuvo también preso y a punto de ser guillotinado. Garat cumplió la triste misión, siendo ministro de Justicia, de comunicar a Luis XVI su sentencia de muerte.

El sino del vasco Garat fué parecido al del bearnés Barere de Vieuzac; las circunstancias hicieron de estos ruiseñores meridionales tipos odiosos y odiados por la mayoría.

Los periodistas monárquicos que redactaban el periódico Las Actas de los Apóstoles agrupaban tres nombres como sinónimos: Carra-Garat-Marat, uniendo por la fuerza del consonante a hombres tan distintos como Marat el sanguinario, Carra el jacobino sospechoso, y Garat el ideólogo de las frases brillantes.

Garat toujours rempli de frayeur et d'espoir
A toujours le secret de dire blanc et noir.
S'exprimer franchement lui semble par trop bête
Et sauvent son pays il veut sauver sa tête.

(Garat, siempre lleno de miedo y de esperanza, tiene siempre el secreto de decir blanco y negro; expresarse francamente le parece muy tonto, y salvando el país quiere salvar su cabeza). Garat, a quien los monárquicos intentaban pintar como uno de tantos ogros de la Revolución, no era más que un hombre que había errado el camino. Garat era un hombre ligero y versátil, retórico y conceptista. Amaba a su pueblo y a su país, era vascófilo, meridionalista e hispanófilo, y firmaba a veces sus trabajos con el seudónimo de José de Ustariz.

Era Garat hombre amigo de novedades, y fué uno de los primeros franceses que antes de la Revolución quiso hacer trabajos para propagar en Francia la filosofía de Kant. El poeta danés Baggesen durante su estancia en París le comunicó el entusiasmo por el filósofo de Koenigsberg.

A medida que la Revolución francesa evolucionaba, Garat evolucionó con ella; fué alternativamente dantoniano, thermidoriano, bonapartista, imperialista, después abandonó la barca de la Revolución, que naufragaba, y se hizo partidario de los Borbones y devoto.

Messieurs, n'acusez pas Garat
De changer de doctrine.

(Señores, no acuséis a Garat de cambiar de doctrina) así comenzaba una poesía satírica dedicada a él.

En el Diccionario de las Veletas, publicado en París en 1814, Garat estaba en el número de las primeras veletas de Francia.

Hasta en Ustariz, su pueblo, donde todo el mundo le quería, se le motejaba de versátil, y durante la Restauración uno de los versolaris labortanos le dirigió estos versos:

Gastizarco veleta
Ez du ibiltzen aicea
Ez ifarra, ez igoa
Ez da Garat bezala
Uztaritzco lagun zarra
Bere borondatez eramana
Beti turnatzen al da
Alde guztiyetara

(A la veleta de Gastizar ya no la mueve el viento, ni el Norte ni el Mediodía. No se parece a Garat, nuestro viejo amigo de Ustariz, que llevado por su buena intención siempre anda dando vueltas en todos sentidos.)

Como el abate Swift gritaba en sus ratos de alegría: ¡Viva la bagatela!, Garat podía decir: ¡Viva la versatilidad!

Su versatilidad le había conservado joven y de buen corazón y tenía derecho a vitorearla.

Como se ve por estas explicaciones, Ustariz era un pueblo en 1830 que podía vanagloriarse de sus veletas. La de Gastizar y la de Urdains tenían fama en muchas leguas a la redonda.


IV.
GASTIZAR Y CHIMISTA

Si van ustedes a Chimista—dijo Esteban el posadero a sus huéspedes—irán ustedes mejor a pie que a caballo: al dejar la carretera el camino que hay que tomar estará húmedo y resbaladizo con la lluvia de esta noche.

—Nos vamos a poner perdidos—dijo Campillo.

—Si usted quiere ir a caballo—observó Ochoa—nosotros le seguiremos a pie.

—No; iré también a pie.

—Yo les acompañaré hasta dejarles en el camino de Chimista—indicó Esteban.

Los españoles, precedidos por Esteban, salieron de la posada y marcharon por la carretera. Al pasar por Gastizar, la casa de la misteriosa veleta, se detuvieron a contemplarla.

Era Gastizar un caserón grande colocado entre la carretera y el río, con las paredes de un color amarillento negruzco, las persianas verdes y el tejado de un tono rojo oscuro herrumbroso. Una de sus fachadas laterales tenía en un ángulo una ancha torre cuadrada, centinela en guardia que vigilaba la carretera.

En el país, Gastizar podía llamarse palacio. Eran sus paredes de mampostería y en las aristas de todo el edificio, como en las de la torre, ostentaba cintas de piedra rojiza tallada.

Las ventanas y balcones tenían grandes marcos de arenisca blanca.

Las persianas y puertas verdes estaban ya muy desteñidas; el alero, artesonado de cerca dos metros de saliente, se hallaba pintado de manera un tanto bárbara, con las zapatas que le sostenían azules y los entablamentos amarillos.

Un camino transversal que partía de la carretera pasaba por delante de Gastizar, cruzaba el río por un puente y seguía hacia Chimista. A este camino daba la fachada principal del palacio.

Tenía ésta un jardín delante circundado por una tapia baja, con dos grandes tilos y unos macizos de hierba.

Pasando la avenida se entraba por una portalada por encima de la cual avanzaba un gran balcón con los barrotes labrados y cuyo barandado estaba sujeto a la pared por arcos de hierro.

Enredándose en ellos se veía una glicina nudosa.

En el segundo piso había cinco balcones sin saliente con los cristales pequeños y verdosos y en medio del tejado cortando el alero una mansarda.

Los viajeros contemplaron un momento Gastizar.

Entre la casa y el río se extendía la huerta orientada al levante con dalias, rosas de todos colores y crisantemos de la India que hacía poco tiempo se habían introducido en el país y que en aquellos días de Octubre estaban aún en todo su esplendor.

Gastizar ofrecía distinto aspecto según del lado desde donde se le mirase.

Por la fachada, orientada al Norte, tenía un aire sombrío; los musgos verdosos nacían entre sus piedras y los hierbajos crecían sobre la cornisa de los balcones y en el alero.

Los otros tres lados eran más sonrientes y alegres y estaban rodeados de jardines; la parte que daba a la carretera con su torrecilla cuadrada se perfilaba con cierto aire feudal. Esta torrecilla tenía dos miradores y un tejado plano sobre el cual se erguía la misteriosa veleta de Gastizar con su dragón con la boca abierta, sujeto en un vástago de ocho o diez pies de alto terminado en una punta de lanza.

Esteban el posadero que mostró a sus huéspedes Gastizar y sus curiosidades dijo que algunos que se tenían por inteligentes aseguraban que esta veleta debió haber sido traída de otra parte porque parecía del siglo XV y la construcción de la casa databa del siglo XVI. Esteban añadió que un viejo del pueblo aseguraba que esta veleta la había visto él en un torreón de Larresore antes de la época revolucionaria y agregó que un señor condecorado que había estado en el pueblo dijo que antiguamente la importancia y nobleza de un castillo se podía medir por el número de veletas. Cuantas más tenía más noble y más importante era. Durante mucho tiempo los plebeyos no podían tener estos pequeños aparatos sobre el tejado de sus casas lo que a Esteban, que era un buen liberal, le parecía el colmo del abuso y una de las más abominables señales del despotismo del Antiguo Régimen.

Después de hacer gala de sus conocimientos, el posadero, indicando uno de los dos caminos en que se dividía el que iban siguiendo, dijo:

—Por ahí en media hora estarán ustedes en Chimista.

Marcharon los viajeros adelante, preguntaron en dos caseríos hasta detenerse en una casita pequeña y blanca que aparecía en medio de un robledal, rodeada de campos y a poca distancia del río. Era Chimista.

Tenía la casa que llevaba este nombre dos pisos con entramado de madera. Era del tipo clásico del país, el primer piso avanzaba un poco sobre el bajo y el segundo sobre el primero. Se abrían a un lado dos ventanas góticas del gótico conopial y una puerta en arco apuntado.

La puerta estaba abierta. Entraron en el zaguán y llamaron dando palmadas. No apareció nadie.

—Ahí al lado había unas mujeres. Voy a preguntarles si hay alguien en la casa—dijo Ochoa.

Acababa de salir el muchacho navarro cuando se presentó en el portal una mujer joven con un niño en brazos.

—¿Está don Valentín Malpica?—preguntó Campillo en castellano.

—¡Mi padre!... Sí...—balbuceó la mujer.—¿Qué le querían ustedes?

—Queríamos hablarle. Somos amigos suyos.

—Ah, entonces... pasen ustedes, está en la huerta.

Campillo y Lacy cruzaron el zaguán y un establo y salieron a la huerta.

Contemplando unos árboles frutales había dos hombres; un viejo canoso y un señor de unos cuarenta años, tipo entre ciudadano y campesino que llevaba una boina grande. Este señor era el mismo que habían visto en el zaguán de la fonda de la Veleta al llegar a Ustariz en un tilburí.

Campillo se acercó al viejo.

—¡Malpica!—exclamó.

El viejo se volvió rápidamente y puso la mano derecha sobre los ojos como pantalla y preguntó en francés a su compañero:

—¿Quién es?

—No sé, no le conozco—dijo el de la boina.

—Soy Campillo, tu camarada. ¿No te acuerdas de mí?

Malpica se acercó al forastero y le estrechó la mano.

Era don Valentín Malpica un viejo derecho con la cara sonrosada y los ojos grises. Tenía la tiesura y la rigidez de un militar.

—Venimos a hablarte—dijo Campillo.—Este muchacho que me acompaña es Eusebio de Lacy, hijo del general.

—¡Es el hijo de Lacy! perdone usted joven que le abrace.—Malpica le estrechó entre sus brazos.—Le conocí mucho a su padre de usted, y peleé con él—siguió diciendo.—Era un militar valiente y un liberal de verdad. Espérenme ustedes un momento. Les presentaré a ustedes... mi hija..., Miguel Aristy..., el coronel Campillo... Lacy.

Se dieron la mano. Miguel Aristy era el señor de la boina grande que acompañaba a Malpica.

La hija del coronel invitó a sentarse a los forasteros en el jardín en un cenador cubierto de enredaderas, entre las que se destacaban clemátides blancas y azules, campanillas rojizas y rosas tardías.

Un niño de tres a cuatro años salió corriendo de la casa y se echó en brazos de la hija de Malpica.

—¿Es hijo de usted?—le preguntó Lacy señalando al niño.

—Sí.

—¡Qué guapo es!

—Lo que es, es muy desobediente.

—¡No!—dijo el chico levantando el dedo en el aire.

—Sí, sí. Su hermanita es mucho mejor que él.

—¿Vive usted todo el año aquí en el campo?—preguntó Lacy.

—Sí, todo el año, con mi padre y mi marido.

—¿Su marido de usted es este señor?—dijo indicando al de la boina.

—No, este señor es mi cuñado. Yo estoy casada con su hermano.

—¡Qué casa más simpática tiene usted!—exclamó Lacy—aquí parece que debe ser muy fácil ser feliz.

—Yo creo que en todas partes se puede ser feliz si se contenta uno con poco.

—Sí, quizás sea cierto, pero eso no lo puede saber usted por experiencia.

—¿Por qué?

—Porque lo tiene usted todo: unos niños tan bonitos, su padre, el marido, el buen carácter...

—Usted también lo tendrá...

—Será difícil.

—¿No tiene usted familia?

—Sí, mi madre. Mi padre fué el general Lacy fusilado en Mallorca por liberal.

—He oído hablar mucho de él.

—Mi padre estaba reñido con mi madre. Yo he sido educado en colegios, siempre separado de la familia.

—¡Qué pena!

—Sí, mi infancia ha sido bastante triste. Mi juventud tampoco es muy alegre. Estoy enfermo.

—Curará usted.

—No sé; ya veremos.

—Buenos señores—dijo Malpica acercándose al cenador.—Puesto que tenemos que hablar de asuntos reservados vamos a mi cuarto.

Campillo y Lacy se dispusieron a marcharse de la huerta y se despidieron del señor de la boina.

—Adiós, señor de Lacy—dijo la hija de Malpica dando la mano al joven—y no arrastren ustedes a mi padre a ninguna empresa peligrosa.

Abandonaron los dos españoles la huerta y por la cuadra pasaron al zaguán en donde vieron a Ochoa que hablaba en vascuence con unas muchachas que al oirle se reían a carcajadas.

Ochoa se unió con sus amigos y los tres subieron por una escalera al rellano del primer piso. Malpica, que les esperaba, les condujo a un cuartito pequeño empapelado, adornado con unas estampas de generales y de guerrilleros de la Independencia puestos en marcos en las paredes, una mesa, un estante con una docena de libros y dos sillones.

—Aquí que nadie nos oye—dijo Malpica dirigiéndose a Campillo.—Puedes hablar a tus anchas.

Campillo que no era hombre de buenas explicaderas comenzó a embarullarse y a perderse en comentarios y en detalles de tal modo, que dijo dirigiéndose al joven Lacy:

—Hable usted, porque yo no sé explicarme rápidamente.

Eusebio Lacy tomó la palabra.

—Ya le ha indicado el coronel Campillo—dijo—que los liberales españoles han pensado hacer un intento serio para establecer la Constitución en España. Supongo que estará usted enterado de la marcha en general de este asunto.

—No, no lo estoy. Vivo aquí apartado y sin enterarme de nada.

—Entonces haré un resumen de lo que ocurre. Después de la Revolución de Julio de París, todos los caudillos españoles liberales se han reunido para hacer un intento en la frontera. El gobierno francés favorece la empresa y el mismo Luis Felipe ha dado dinero para ella. Entre los jefes están Mina, Gurrea, Chapalangarra, Méndez Vigo, Jáuregui, López Baños, San Miguel, Milans del Bosch, Valdés... En fin, todos.

—Los conozco—dijo Malpica.—A unos personalmente, a otros de nombre.

—Por desgracia—añadió Lacy—hay diferencias entre los nuestros y se han formado varios bandos capitaneados por Mina, Valdés, Chapalangarra, Méndez Vigo y Gurrea.

—¡Mal negocio!

—Sí, es defecto de nosotros los españoles, pero en fin, yo creo que las diferencias se borrarán con el éxito.

—Es de esperar.

—Pues bien, en esto nuestro amigo el coronel Campillo que es uno de los jefes de la fuerza constitucional, supo por conducto de algunos agentes liberales que su compañero don Valentín Malpica vivía ignorado en Ustariz. El coronel Campillo puso la noticia en conocimiento de la Junta y la Junta comprendiendo la importancia que tendría su valioso concurso nos designó a nosotros tres para visitarle a usted y para proponerle tomar parte en la expedición militar que vamos a hacer sobre la frontera española. Este es nuestro objeto al visitarle.

—Le he oído a usted atentamente, señor de Lacy—contestó Malpica—me honra mucho que se hayan acordado de mí y estoy dispuesto a dar mi vida por la libertad y por la patria. No tengo más que decir con relación a este punto; estaré allí donde me manden: en el sitio del peligro.

—Lo esperábamos de usted—dijo Lacy.

—Gracias. Ahora sí, tengo que advertir que soy el coronel más viejo de mi cuerpo y que no aceptaría un destino subalterno.

—Ni nosotros hemos pensado en tal cosa—repuso Lacy.

Campillo replicó con disimulada acritud que él como todos ocuparía el lugar que le correspondiera en la escala según su antigüedad y como todos ascendería un grado en el caso de triunfar. Puestos de acuerdo en este punto, Campillo dijo que avisaría a Malpica cuándo debía presentarse en Bayona.

Terminada la conferencia los tres viajeros bajaron al portal y se despidieron de Malpica. Ya iban a salir cuando se presentó la hija del coronel con sus dos niños. Lacy le dió la mano y ella murmuró en voz baja:

—Dios quiera que no me traigan ustedes alguna desgracia.

—Por Dios, señora... no..., balbuceó Lacy.

Unas horas después, los tres viajeros llegaban a la Veleta de Ustariz, almorzaban, montaban a caballo y se dirigían al trote largo camino de Bayona.


V.
LA TERTULIA DE GASTIZAR

El mismo día en que Lacy, Campillo y Ochoa visitaban al coronel Malpica, estaban de tertulia al anochecer, varias personas en el salón de Gastizar.

Una gran lámpara de aceite, con una pantalla verde, colgada del centro de la habitación difundía una luz fija y clara, y seis velas ardían en el piano sobre arandelas de cristal tallado.

El salón de Gastizar era grande y decorativo, con vigas en el techo negras sobre fondo rojo, suelo de nogal muy oscuro y lustroso y las paredes tapizadas de terciopelo escarlata.

Este salón tenía dos balcones muy espaciados y una ventana, ocultos en aquel momento por cortinas espesas, en frente de uno de los balcones había una gran chimenea en cuyo hogar ardían unos gruesos troncos de roble.

Los muebles de este salón eran antiguos; arcas vascas talladas, espejos biselados, sillones estilo Luis XV. Un reloj alto, negro, de estos ingleses, de esfera de cobre, colocado entre los dos balcones parecía presidir la sala.

En algunos espejos, cuadros y en el respaldo de los sillones se veía esculpido y pintado un escudo con cuatro cuarteles, en los dos de arriba dos vacas rojas y un roble y en el de abajo otras dos vacas rojas y una hidra de tres cabezas.

Este escudo era de la casa vasco-francesa de los Belsunce, familia ilustre en el país, que tenía en Mearin un antiguo castillo cubierto de hiedras.

Entre los Belsunces había habido un obispo de Marsella que se hizo célebre en la peste que desoló esta ciudad a principio del siglo XVIII, un general que se distinguió en el sitio de Maestrich, y el mayor Belsunce que en tiempo de la Revolución fué muerto en Caen por la plebe y luego destrozado y despedazado de una manera trágica, llegando una mujer a arrancarle el corazón y a comérselo.

Cuando Carlota Corday mató a Marat se aseguró por algunos que la heroica homicida había sido la novia del mayor Belsunce y que había querido vengarle.

Además de estos Belsunces conocidos en la historia había otro personaje legendario del mismo apellido: Gastón de Belsunce que a principios del siglo XV peleó con un monstruo que se escondía en una cueva de San Pedro de Irube y murió en la lucha después de matar a la fiera. De aquí procedía en el escudo de la familia la hidra de las tres cabezas.

Entre los vascos, que no ha habido nunca grandes propietarios ni aristocracia cortesana, la familia de Belsunce era la excepción por su riqueza.

La dueña de la casa de Gastizar era de la familia de Belsunce y tenía este apellido del cual estaba orgullosa, así que le agradaba que le escribieran madame d'Aristy (neé Belsunce).

En la sala de Gastizar había en aquel momento varias personas; alrededor del velador del centro estaban tres señoras, madama de Aristy, su prima la vieja señorita de Belsunce y madama de Luxe viuda de un coronel del Imperio.

Madama Aristy era una señora alta, de nariz corva y ojos claros, el pelo blanco. Madama de Aristy hacía media y tenía entre ella y el fuego un pequeño biombo porque no le gustaba el calor de la lumbre.

A su lado leía un número de La Moda, la vieja señorita de Belsunce. La señorita de Belsunce estaba empeñada en parecer joven a fuerza de afeites y su sistema pictórico daba a su rostro un aspecto lamentable.

Su única discreción era buscar los sitios que estuvieran a la sombra o en la penumbra donde no se le pudiese ver a la luz plena.

A pesar de su manía de pintarse y de pintarse mal que parecía denotar cierta falta de sentido, en otras cuestiones la señorita de Belsunce discurría con una gran claridad.

Esta vieja señorita era romántica, no del romanticismo entronizado por los escritores y poetas del año 1830 sino del anterior. Tenía una traducción de Ossian que leía con tanto entusiasmo como Napoleón, tocaba el arpa y libaba el monarquismo y la melancolía en las obras llenas de catacumbas y de pompas fúnebres del Vizconde de Chateaubriand.

La otra señora que estaba en el salón, madama Luxe, viuda de un coronel del Imperio, era una mujer rubia, corpulenta, de unos treinta y cinco a cuarenta años, de ojos claros, vestida de una manera vistosa.

Madama Luxe había sido poco feliz en su matrimonio y como todavía se consideraba joven esperaba casarse en segundas nupcias. Algunos pensaban que no le hubiera disgustado Miguel Aristy como marido.

Al lado del piano había dos muchachas y un joven.

De ellas, la mayor era Alicia de Belsunce, la otra Fernanda Luxe. Alicia tendría unos diez y ocho años, el pelo rubio y unos colores de manzana. Fernanda era pálida, morena y melancólica y estaba todavía de corto.

Alicia, en aquel momento sentada al piano tocaba y cantaba mientras un joven, Luis Larralde-Mauleón, pasaba las hojas de la partitura del "Barbero de Sevilla".

Al lado del fuego, dentro de la campana de la chimenea se encontraban Miguel de Aristy, el hijo mayor de la casa, hundido en una butaca, el caballero de Larresore, anciano muy estirado y peripuesto, y el ex intendente Darracq, pariente del marido de madama Aristy.

Miguel y Larresore hablaban en aquel momento de don Valentín Malpica, Darracq escuchaba y arreglaba a cada paso el fuego con las tenazas.

—Es un hombre tosco, sin formas corteses—decía Larresore—la primera vez que me vió me dijo: nosotros los viejos...

—Ja... ja...—rió Miguel—la verdad es que no podrán ustedes hacer buenas migas los dos.

El señor Darracq rió también aunque silenciosamente.

—Otro día—siguió diciendo Larresore—le vi llevando un haz de leña al hombro. Coronel, le dije: ¡Por Dios! ya le enviaremos a usted un mozo para que le acarree la leña.

—¿Y qué le contestó a usted?

—Me dijo que el soldado debe bastarse a sí mismo.

—Sí, es una de sus grandes razones. Don Valentín es un buen hombre sencillo y honrado. Es el militar sin cultura. Como fanático que es, ha exagerado los beneficios de la disciplina y cree que el hombre debe ser una máquina que marche al paso. Para don Valentín las dos normas superiores de la vida son la disciplina y el honor. La disciplina tiene sus ordenanzas militares, respecto al honor él supone que sus leyes son tan exactas como las de la gravedad. Yo no creo en nada de esto, pero reconozco que es un excelente corazón franco y noble.

—Cierto, cierto—repuso Larresore—pero es de una insociabilidad horrible. Estando en su compañía yo no puedo encontrar un motivo de conversación. Le pregunté una vez por su familia y sus antepasados y me dijo que él no había conocido más que a su padre, y añadió que había encontrado en su casa un árbol genealógico en pergamino pero que lo había echado al fuego porque el soldado no debe de pensar en estas tonterías; para él todo lo que es lujoso es inútil. ¡Qué espíritu más lamentable!

—Sí, hay esa misma idea en todos estos militares españoles que andan por aquí. Son gentes sencillas.

—Es falta de civilización—exclamó Larresore—poca sensibilidad. ¿Y estos tres españoles que han estado a ver al coronel Malpica, quiénes son? ¿Algunos revolucionarios?

—Sí.

—¿Y a qué han venido? ¿Quizás a proponerle que se una a ellos?

—Sí.

—¿Y él habrá aceptado?

—Seguramente.

—¿Es tan liberal?

—No, liberal no es; pero las circunstancias le han puesto más cerca del campo de los liberales y con poco que halaguen su amor propio irá.

—¿Tú conoces bien su historia, Miguel?

—Sí.

—¿Qué hay de cierto en eso que se ha dicho de que mató al amante de su mujer?

—Lo que hay de cierto es que tuvo un duelo con un amigo suyo y que le mató.

—¿Y no era el amante de su mujer?

—No, no. Parece que había otra mujer entre ellos.

En esto Alicia se levantó y dirigiéndose a madama de Aristy dijo:

—Tía, no tocaré más. Miguel y el caballero de Larresore están hablando entretenidos y no hacen caso de mi música.

—No, hija mía—dijo Larresore siempre amable—estábamos haciendo comentarios sobre tu música.

—¡Bah, bah!, no me engaña usted, siempre están ustedes hablando.

—Tienes razón, hija mía—saltó madama de Aristy con enfado—yo no sé de qué hablan. Esta noche pasada—y se dirigió a madama Luxe—han estado hasta las dos dale que dale hablando. ¡No se cansarán! pensaba yo.

—Los hombres...—comenzó a decir madama Luxe, pero sin duda no se le ocurrió nada y se calló.

—Es que tienes un hijo muy inteligente, prima mía—repuso Larresore—y a mí me gusta oir sus opiniones.

—Miguel es inteligente para todo menos para mi música—saltó Alicia.—Ayer que no estaba el señor de Larresore para hablar con él se sentó en la butaca y se quedó dormido.

—No, no; estaba soñando.

—Ya, ya. Bueno, ¿y de qué estaban ustedes hablando?—dijo Alicia tomando una silla pequeña y sentándose con los piececitos al fuego.

—Estábamos hablando de estos españoles que han venido al pueblo a visitar al suegro de mi hermano León—dijo Miguel.

—Los he visto—agregó Alicia—uno de ellos un joven moreno con un aire muy enérgico. Muy buen tipo.

—A mí me ha parecido mejor el rubio—saltó Fernanda.

—Yo no les he encontrado nada de particular a ninguno de los dos—dijo el joven Larralde-Mauleón despechado.

—Ya tenemos la eterna discrepancia—exclamó Miguel con su seriedad burlona.—Alicia dice que el moreno, Fernanda que el rubio y el joven Larralde que ninguno de los dos. ¿Quién tiene razón?

—Déjese usted de bromas. ¿Quiénes son?—preguntó Alicia.

—El viejo es un guerrillero español...

—¿Y los jóvenes?

—El rubio es el hijo del general español Lacy que fué fusilado en la isla de Mallorca por liberal. El otro es un muchacho que se llama Ochoa.

—¿Y qué venían a hacer aquí?

—Venían, sin duda, a invitar a este viejo coronel, suegro de mi hermano, a alguna empresa revolucionaria.

—Y ese Ochoa, ¿quién es?—dijo Alicia.

—No sé de él más que lo que tú sabes, que es un muchacho guapo y al parecer revolucionario, pero si te interesa tomaremos informes.

—Entonces tome usted también informes del rubio—dijo Fernanda.

Vous êtes mon lion superbe et genereux—recitó Alicia con énfasis.

Esta frase de doña Sol de "Hernani" en aquel momento produjo marcada molestia en el joven Larralde-Mauleón que se acercó a las señoras y se puso a hablar con ellas.

Poco después, madama de Luxe se levantó y se despidió de madama de Aristy y de la señorita de Belsunce, el joven Larralde-Mauleón saludó inclinándose ceremoniosamente y besó la mano a las señoras.

Madama de Aristy llamó a la campanilla y preguntó si estaba la cena, la criada que apareció en la puerta dijo que sí, y las tres señoras y los tres caballeros pasaron al comedor.

Después de cenar charlaron un rato, las señoras se retiraron, y Miguel y el caballero de Larresore volvieron a la chimenea al lado del fuego, apagaron la luz y estuvieron largo tiempo hablando.


VI.
DON VALENTIN DE MALPICA

Al quedarse solos Larresore y Miguel, el anciano caballero pidió a su sobrino le contara con detalles la historia del viejo coronel español que vivía en Chimista. Miguel la contó pero como no era el Mayorazgo de Gastizar hombre a quien interesaran sólo los hechos, sino que le gustaba bucear en la psicología de los tipos, investigar el origen de los motivos y las características del temperamento, se hundió en un mar de comentarios y de consideraciones filosóficas.

La historia escueta que contó Miguel a su tío fué la siguiente:

Don Valentín de Malpica nació en un pueblo de la Rioja.

Escapado de su casa sentó plaza y comenzó a servir de soldado en la guerra de España con la República francesa en 1793. Estuvo en Navarra a las órdenes de don Juan Ventura Caro y del conde de Colomera, y después fué trasladado a Cataluña donde ascendió a sargento.

En la primavera de 1807, Malpica con el grado de teniente en el regimiento de Asturias, salió de España con la división del marqués de la Romana camino de Hamburgo.

Malpica asistió con su regimiento al sitio de Stralsund que se terminó felizmente y donde fué ascendido a capitán.

Poco después Napoleón al entrar en España temiendo que las tropas españolas del marqués de la Romana se le sublevasen al tener conocimiento de la invasión de la península Ibérica, las acantonó en las islas de Fionia, Langeland y en Jutlandia donde quedaron vigiladas por las fuerzas de Bernardotte.

De los regimientos mandados por la Romana, los de Asturias y Guadalajara intentaron la fuga antes que los demás, y en varios barcos pesqueros se embarcaron, tomaron por el estrecho del Gran Belt, dieron la vuelta a Dinamarca y desembarcaron en las islas de Holanda. Al bajar a tierra amotinados dieron los gritos de ¡Viva España! y ¡Muera Napoleón! Algunos oficiales franceses marcharon a contenerlos y fué muerto un ayudante del general Fririon. Las tropas danesas rodearon a los amotinados y les hicieron rendirse.

Malpica que estaba reunido con los oficiales de su regimiento no quiso quedarse en la isla de Walcheren y en una lancha pesquera pasó a Inglaterra desde donde le trasladaron a la Península. Destinado a la guarnición de Zaragoza tomó parte en el segundo sitio de esta ciudad. Luchó con su amigo el coronel Renovales, y rivalizó con él en valor y en audacia. Renovales y Malpica, éste herido gravemente, cayeron prisioneros de los franceses. Renovales se escapó y Malpica fué llevado al castillo Viejo de Bayona. En esta ciudad estuvo recomendado a una familia vasco-francesa, acomodada, los Doyambere y acabó casándose con la hija de la casa.

Al terminar la guerra, Malpica con su mujer entró en España. Como los militares que volvían de la emigración, en vez de ser considerados en su país eran por el contrario mal mirados y tenidos por levantiscos, Malpica, que había heredado algún dinero, compró una finca a orillas del Ebro y se fué a vivir allí con su mujer y su hija. Pronto se cansó de la vida del campo y dijo a su mujer que iba a solicitar la entrada en el servicio activo e ir a América. La mujer quiso convencerle de que no fuera, pero Malpica no era de los que se avienen a razones.

Malpica recomendó a uno de sus amigos, a un tal Ramón Lanuza a su mujer y a su hija, y él pasó siete años en América luchando a las órdenes del general Morillo y alcanzó el grado de coronel.

En 1822 Malpica volvió a España y a su finca. Le dijeron al llegar y notó también él que su amigo Ramón tenía mucha confianza con su mujer, cosa nada rara, pues que el amigo llevaba siete años visitando asiduamente la casa.

El coronel que había traído costumbres y hábitos de factoría de su vida americana, estaba fuera de su centro en el círculo de su mujer y de sus amistades, y para encontrarse entre los suyos iba de caza, andaba entre los jayanes, y se enamoró de una muchacha zafia hija de un labrador.

Las relaciones fueron públicas y produjeron la indignación de la mujer de Malpica que reprochó a su marido su conducta.

—No hay que hacer caso de lo que hablan las malas lenguas—parece que dijo Malpica sentenciosamente a su mujer—también dicen de ti que estás enredada con mi amigo Ramón y yo no lo creo.

La mujer contó esto a Lanuza quien pidió cuentas a Malpica.

Riñeron los dos violentamente y Lanuza le dijo:

—Todo el mundo sabe que yo no tengo nada que ver con tu mujer. Es una calumnia que repites de una manera innoble, en cambio todo el mundo sabe que tú tienes relaciones con esa muchacha hija de un aperador.

—Es falso también.

—No, no es falso—y Lanuza añadió con sorna.—Esa muchacha es la querida de tu asistente y el dinero que tú le das a ella, ella se lo entrega a él.

—¡Mientes!

—Esta noche lo podremos ver si quieres. Ella irá a buscar al asistente al cuarto próximo a la cuadra donde duerme él como todas las noches.

Se apostó Malpica para ver si era verdad lo dicho por su amigo y pudo comprobar que la cosa era cierta.

Lanuza le acompañaba.

Malpica exasperado y loco de furor dijo a su amigo que uno de los dos sobraba.

—Nos batiremos cuando quieras—le contestó Lanuza con frialdad.

Malpica entró furtivamente en su casa, tomó dos pistolas, una botella con pólvora y balas y salió al campo.

—¿Adónde vamos?

—Vamos a la isla del río.

En el río había una isla de arena que tendría treinta o cuarenta varas de largo. Llegaron a la orilla, entraron en la barca y bajaron en la isla. Era al amanecer.

Cargaron las pistolas y jugaron a cara y cruz la pistola que correspondería a cada uno y quién daría la voz de mando. Le tocó a Lanuza. Se colocaron en sus puestos, en los dos extremos de la isla al borde del río. En este momento Malpica gritó:

—¡Lanuza!

—¿Qué?

—Confieso que no tengo razón.

Lanuza contestó con una carcajada irónica.

—¿Eres cobarde también? No lo creía.

—No, no soy cobarde, pero comprendo que te he ofendido sin razón. Te daré las explicaciones que quieras.

—No hay explicaciones que valgan. ¡Prepárate! Sino disparo.

—¿Qué más pretendes de mí?—gritó Malpica. ¿No te confieso que no tengo razón?

—No me basta. Quiero tu sangre. Quiero verte ahí muerto.

—¡Ah, quieres matarme! ¿Quieres quitarme de en medio para casarte con mi mujer?

—Tú lo has dicho.

—Bien. Veremos si lo consigues. De todas maneras ten en cuenta que te he ofrecido la paz.

—No hay paz. ¿Estás en guardia?

—Sí.

—Una... dos... tres.

Una bala pasó silbando por encima de la cabeza de Malpica.

Lanuza cayó. Malpica se acercó de prisa al otro extremo de la isla. La pistola estaba en el suelo al borde mismo del agua cerca de un reguero de sangre.

Lanuza había desaparecido. Malpica entró en la barca y fué por el río mirando por sí aparecía el cuerpo de su amigo. Sin duda había caído para atrás y la corriente le había arrastrado.

Malpica volvió a la orilla, entró en su casa, montó a caballo y unos días después llegaba a Barcelona.

En tanto los franceses de Angulema habían entrado en Cataluña. Malpica se incorporó a las fuerzas de Mina.

Peleó con gran valor durante tres meses y poco antes de la capitulación de Mina, cayó herido de un tiro en el pecho cerca de Figueras.

Los franceses le dejaron por muerto en el campo.

De noche un merodeador fué a quitarle la ropa y al moverle, Malpica comenzó a quejarse. El ladrón iba a huir, Malpica le dijo que tenía dinero guardado y que se lo daría si le salvaba.

El merodeador le llevó al hombro a una cueva y el coronel pasó días entre la vida y la muerte hasta que se curó.

Cuando ya se encontró bueno y con fuerzas para andar se dirigió a la frontera, la atravesó y entró en Francia.

En Perpiñán pidió informes del coronel Malpica de quien dijo era amigo y le mostraron un boletín francés en donde se citaba su muerte.

No podía decir que era él Malpica a trueque de ser tomado por un falsario.

Decidió cambiar de nombre y trabajar. Al principio su vida fué miserable, tenía que dedicarse a faenas humildes, pero como era duro y fuerte no le molestaban.

Lo que sí le preocupaba era encontrarse con antiguos compañeros que le conocían.

Decidido a abandonar esta parte de Francia escribió a un hermano suyo diciéndole lo que le había ocurrido, cómo pasaba por muerto, pidiéndole una pequeña suma y encargándole que no dijera a nadie que vivía. El hermano le contestó enviándole la cantidad, le decía cómo se había encontrado a Lanuza muerto en una presa y que unos suponían que se había suicidado y otros que había sido víctima de un crimen.

El hermano de Malpica comunicó la noticia de que el coronel vivía a su mujer y a su hija.

La mujer vendió la finca próxima al Ebro y vino a establecerse a Bayona. La hija de Malpica, Dolores, trajo a su padre a vivir a Ustariz...


Al acabar de contar Miguel Aristy la historia del coronel, el caballero de Larresore movió la cabeza de un lado a otro.

—¡Qué mentalidad!—exclamó.—¡Qué cabeza! Ir así arrastrado por los acontecimientos sin pararse a reflexionar... es lastimoso.

—¿Qué quiere usted? Los hombres que han nacido para la acción son así. Cuando se comprende demasiado se ejecuta poco. Nosotros, usted y yo somos razonadores. El es un impulsivo, un español a la antigua. El se cree liberal y no lo es, se cree el colmo de la inteligencia y ya ve usted lo que da de sí.

—Es de una incomprensión y de una suficiencia cómicas.

—Pues se figura ser el hombre más discreto y más juicioso del mundo; en cambio no se tiene por valiente, y es valiente como un león.

—Es la barbarie.

—Todo lo que le sale de la cabeza le parece maravilloso. Lo que no comprende para él no existe, y si de una cosa comprende una parte supone que la parte que no comprende sobra. Al hombre le gustaría recortar todas las ideas hasta que entraran bien en las casillas de su cabeza.

—Tendría mucho que recortar.

—Sí; probablemente Malpica se cree infalible. Lo que ha juzgado ya no quiere volver a juzgarlo. Si se equivoca son las cosas las que se han equivocado, al no estar conformes con lo que él ha dicho de antemano.

—¡Oh! ¡Qué estupidez!

—El se considera el definidor de todo. El prototipo de todo. Cuando dice: El honor es lo primero después la patria, ya no hay necesidad de volver sobre esto.

—¡Lamentable, lamentable!—murmuró Larresore.

—Lleva la cabeza rapada, como habrá usted notado, y le parece que un melenudo es un insulto a sus ideas. Es uno de los motivos de odio que tiene contra su yerno, mi hermano León.

—¿De verdad?

—Sí. Los pelos largos le irritan. El soldado no necesita esos tufos, suele decir. No hay manera de convencerle de que un escritor o un artista no tiene la aspiración de ser soldado. Muchas veces a mi cuñada, su hija, le dice despóticamente: El soldado debe levantarse más temprano. Pero yo no soy soldado, papá, le contesta ella con gracia. No importa, replica él. En la vida todo es como el ejército.

—¡Qué vulgaridad! ¡Qué horror!—exclamaba el caballero de Larresore.—El soldadismo se ha metido por todas partes. ¡Esa Revolución! ¡Esa Revolución! ¡Qué pena! Destruir tan bellas cosas para dejar el mundo convertido en un cuartel.


VII.
RETRATOS DE FAMILIA

La familia de Aristy estaba formada en Ustariz por la madre y sus dos hijos Miguel y León. Madama Aristy tenía también una hija casada con un rico propietario de Bayona.

El marido de madama Aristy no había sido conocido en Ustariz ni vivido en Gastizar. Se decía de él que era un gascón que en tiempo del Terror tomó parte en las jornadas revolucionarias, y que después, deportado a Cayena, desapareció.

Madama Aristy era una señora de más de sesenta años, mujer enérgica, autoritaria y despótica; creía que todo el mundo tenía que pensar como ella, y no aceptaba otras opiniones. En su casa mandaba como un coronel.

Madama de Aristy era la severidad más completa; pensaba que todo lo que hacía lo hacía bien y que discurría con una cordura sin ejemplo.

Se creía el prototipo del buen sentido; pensaba que cuando a ella se le había ocurrido una cosa, el mundo entero debía aceptarla casi como un descubrimiento científico.

A veces levantaba la voz cuando se discutía algo, como diciendo: No admito la posibilidad de que nadie me contradiga.

Madama de Aristy estaba muy en desacuerdo en ideas con su hijo. Ella era aristócrata, él un demagogo.

A pesar de esto, la señora de Aristy trataba a Miguel de potencia a potencia, porque éste era el que dirigía en Gastizar las siembras, las podas, las demás labores campestres, y ella creía que en tales asuntos entendía mucho.

Miguel era un caballero de cuarenta años, solterón, escéptico, que estaba dispuesto a vivir oscuramente en Ustariz cultivando sus tierras sin ambiciones ni cuidados. Su madre le había querido casar con la señorita Angelina Girodot, la hija de un notario de Bayona, una señorita de alguna edad, rica y poco agraciada; pero Miguel dijo:

—No, no; prefiero no casarme. Estoy tan convencido de mis imperfecciones, que no me decido a buscar una compañera.

Algunos aseguraban que estaba enamorado de Alicia Belsunce, su prima, que podía ser hija suya; pero si lo estaba no se le notaba gran cosa.

Miguel era una buena persona; inteligente, amable, muy comprensivo; había pasado los cuarenta años y llegado a un período en que, por escepticismo no quería colocarse en ninguna cuestión en primera fila.

—Antes me dolía un poco no ser nada—solía decir.—Ahora, no. Me siento hermano de la glicina de Gastizar, me he enredado aquí, en estas piedras viejas, y aquí estoy viviendo como una col.

Aquella vida del campo, inmóvil, sin estímulo para la ambición que a muchos embrutece, a él le había convertido en un filósofo.

Miguel se consolaba leyendo y tocando el violonchelo. Se recordaba que una vez una señora de Bayona, que había venido a Gastizar con su hija con un plan matrimonial, al ver a Miguel poco admirado ante las gracias de la niña y más bien distraído y aburrido, había dicho a madama de Aristy en un momento de mal humor: Señora, su hijo de usted es un idiota. Este recuerdo regocijaba a Miguel y le hacía reir con malicia.

Miguel reconocía ingenuamente sus defectos; pero con la misma ingenuidad aseguraba que no tenía el menor deseo de corregirlos.

El caballero de Larresore reprochaba a Miguel lo poco que se cuidaba de la sociedad.

—Te abandonas, Miguel—le decía;—estás hecho un rústico.

—¡Pse! ¿Para qué preocuparse de la sociedad?—exclamaba él;—con la gente casi siempre sale uno perdiendo. Si a fuerza de molestias y preocupaciones llega uno a saber una cosa y la comunica a los demás, le contestan con un lugar común.

—La sociedad no puede estar regida por un libro de cuentas—decía Larresore, que era un hombre que nunca había dado nada a nadie.

—Sí, es cierto—contestaba Miguel sonriendo, porque tenía la idea de que su tío era uno de los hombres más egoistas del mundo;—pero no es cosa de perder siempre.

El segundo hijo de madama Aristy, León, estaba casado con Dolores, la hija de Malpica. León era pintor y se hallaba por entonces en París.

Su matrimonio, su profesión y su estancia en París se había llevado a cabo en contra de la voluntad de su madre.

Al ir a vivir a Bayona la mujer de Malpica y su hija, ésta en aquella época una muchachita de catorce a quince años, había impulsado al coronel su padre a que se instalase cerca de ella, y Malpica fué a parar a la casa de un guardabosque de Ustariz conocido por el tío Juan, viejo revolucionario recomendado por Garat y que vivía allí olvidado.

Dolores iba siempre que podía a visitar a su padre. La mujer del coronel Malpica sabía que su marido estaba oculto en Ustariz y que su hija le veía con frecuencia.

En uno de estos viajes Dolores conoció a León de Aristy, joven pintor, que se había hecho amigo de Malpica en sus excursiones de paisajista.

León habló varias veces a Dolores, y a poco de conocerla la hizo una fogosa declaración de amor.

Dolores era una mujer afectuosa, tierna, muy religiosa y de no mucha energía, que tenía siempre las lágrimas a punto.

León, muy romántico en sus ideas era de un egoismo perfecto; no pensaba más que en sí mismo y se preocupaba poco de la conveniencia de los demás.

León riñó con su madre para casarse con Dolores; fueron los casados a vivir a Chimista, y al año Dolores tuvo un niño.

El coronel Malpica al ver a su nietecillo se sintió emocionado y se trasladó también a Chimista. El trabajaría en la huerta para no ser gravoso a nadie, dijo.

El matrimonio hubiera podido ser feliz; pero pronto León se cansó del sosiego de la casita campestre y de los paisajes de los contornos, y decidió ir a pasar temporadas a París. Todos los años hacía un viaje a la capital, cada vez más largo, y volvía huraño y fosco lamentándose de que no se le considerase, creyéndose siempre postergado por las intrigas de los demás artistas.

Dolores no sabía qué hacer para contentar a su marido; el pintor era un hombre vanidoso y de poco carácter; había vivido dominado por la energía de su madre, y al dirigir él su vida se encontraba perdido.

Dolores era una mujer poco enérgica, pero buena y resignada. No comprendía lo que le pasaba a su marido. Veía que vivía con el espíritu en otra parte. Ella se consolaba jugando con sus hijos, arreglando sus flores. Iba también con frecuencia a ver a su madre a Bayona, y dejaba a sus hijos al cuidado de una vecina recién casada a quien llamaban Fanchon.

Dolores tenía amor por su padre y lo comprendía, a pesar de la tosquedad y de la rigidez del coronel. Malpica trabajaba por ella y la proporcionaba todas las comodidades posibles, fingiendo siempre estar malhumorado. Para el viejo militar, las mujeres eran como niños caprichosos que había que vigilar y atender.

Respecto a Julia de Aristy, la hermana de León y Miguel, casada con un propietario rico de Bayona, intentaba convencer a sus hermanos de que debían salir de aquel rincón de Ustariz.

León estaba camino de hacerlo, no así su madre ni su hermano mayor. Ambos vivían entusiasmados en Gastizar.

Esta casa la había comprado el abuelo materno de madama de Aristy, que era un bearnés, en tiempo de la Revolución. No se sabrá de quién era primitivamente ni se conocía su historia; únicamente le quedaba el nombre de Gastizar que en vascuence quiere decir castillo viejo.

Madama de Aristy y sus hijos habían ido a vivir a Gastizar al finalizar el Imperio.

El propietario anterior debía de haber sido hombre de cierta fantasía.

En un extremo de la huerta había pretendido instalar un jardín con plantas tropicales, tentativa que indicaba en él un entusiasmo por la Botánica, puesto en boga por Juan Jacobo Rouseau y por Bernardino de Saint Pierre. En medio del jardín tropical había un chalet rústico oculto entre árboles. Este chalet rústico, al que llamaban el chalet de las hiedras porque se hallaba tapizado y cubierto por ellas, estaba alquilado a dos señoras españolas.

Madama de Aristy al ocupar la casa mandó quitar las plantaciones tropicales y dejó los campos al modo del país.

Hubiera derribado el chalet de las hiedras, pero su hijo León lo quería para estudio y lo respetó.

Durante todo el año madama Aristy y su hijo mayor vivían en Ustariz. Algunas veces solían ir a Bayona, y el rigor del verano pasaban algunos días en Biarritz. Tenían un landó para sus viajes y Miguel solía usar un tilburí que él mismo dirigía.

Madama de Aristy era de estas personas que trabajan y hacen trabajar a los demás sin descanso.

Tenía a sus órdenes dos criadas, un muchacho y un hortelano.

Además de las dos criadas había un ama de llaves, algo pariente de madama Aristy, que era una solterona fea, desgarbada y torpe. Se llamaba Benedicta. La Benedicta siempre estaba distraída y hacía las cosas mal, pero si la reñían las hacía peor.

—Dejadle—decía Miguel,—no la riñáis.

Madama de Aristy no podía dejar el placer de refunfuñar y de echar largos discursos agrios a Benedicta. Las señoritas de Belsunce solían ir acompañadas de una doncella.

Un elemento importante de Gastizar era el criado y hortelano Ichteben, un tipo curioso; Ichteben tenía muchas ocupaciones, pero ninguna cumplía bien; poseía una nariz como un pico, roja, una expresión suspicaz; llevaba pantalones azules, blusa negra y un chaleco de Bayona en invierno como en verano.

Ichteben hacía lo que le encargaban bastante mal y además era un poco borracho, pero tenía una fidelidad a Gastizar a toda prueba.

Madama de Aristy decía muchas veces que lo iba a despachar, pero esto parecía tan difícil como cambiar el orden de los planetas.

Ichteben era muy malicioso, muy ladino; únicamente Miguel le inspiraba confianza para contarle sus cuitas. Miguel le escuchaba muy serio y después celebraba a carcajadas su malicia.


VIII.
LOS PARIENTES Y LOS AMIGOS DE LA CASA

Casi siempre había en Gastizar parientes de madama de Aristy que iban a Ustariz a pasar una temporada.

De los más constantes eran la señorita de Belsunce y su sobrina Alicia.

La señorita de Belsunce, una dama mustia que había tenido en su juventud amores contrariados y falta de ácido en el estómago, hubiera querido ser, como la mariscala de Luxemburgo, una autoridad en materias de elegancia y dar el placet a la gente con un ¡oh! o con un ¡ah! colocado a tiempo, como dió la mariscala a monsieur de Talleyrand.

La señorita de Belsunce se cansaba de la soledad de Gastizar, y muchas veces decía a su sobrina:

—No sé para qué estamos en este desierto.

Alicia tenía cariño por Gastizar. Era Alicia una linda muchacha, un poco pequeña de estatura, rubia, tirando a roja, con la boca chiquita, los ojos verdosos y la nariz un poco corva. Estaba orgullosa de su figura y de su familia.

Alicia era efusiva, cariñosa, muy económica y algo egoista. A pesar de esto sabía hermanar su egoismo con su tendencia romántica. Era de estas vírgenes prudentes que miran a su alrededor estudiando el hombre que les conviene.

Alicia adulaba un tanto a su tía madama Aristy, y esta señora consideraba mucho a su sobrina. Estaban siempre de acuerdo. Se creían las dos de distinta pasta que los demás y que lo hacían todo bien. Se consideraban casi siempre en el fiel de la balanza.

Alicia tenía un poco de desdén por su primo Miguel, a quien suponía que ella agradaba y que, sin embargo, no le hacía la menor indicación en este sentido considerándose sin duda como viejo.

Alicia vivía el invierno en Pau y hablaba el patois, cosa cómica para un vasco.

—No comprendo cómo se habla el patois—decía Miguel a su prima.

—¿Por qué no?

—Es como tener dos trajes para la ciudad. Nosotros los vascos no, tenemos el traje de pastor, de la aldea: el vascuence, y el de la ciudad, el francés.

—Nosotros no tenemos nada de pastores—replicaba ella;—somos más civilizados.

—Un idioma latino. ¡Pse! ¡Qué cosa más ridícula!—exclama Miguel.

—Ustedes han resuelto que hay una superioridad de los vascos sobre los bearneses y los gascones, y ya basta.

—¡Ah, claro! Es una superioridad que no necesita explicación.

—¿Es que han hecho más cosas los vascos?

—No.

—¿Es que han tenido más grandes hombres?

—No, tampoco. Nosotros los vascos formamos un pueblo pequeño, misterioso, con un concepto de la vida especial. ¿Cómo nos van a comparar con un provenzal o con un gascón?

—Pero los provenzales y los gascones tienen más historia, hay entre ellos familias más antiguas.

—Respecto a eso te diré, prima mía, lo que un vasco dijo al duque de Guisa. Discutían los dos acerca de su respectiva nobleza, y el duque de Guisa dijo: Sabed que los Guisas datan del siglo X, y el vasco le contestó: Nosotros los vascos no datamos.

—No comprendo, la verdad, este orgullo.

—No es orgullo. Cada cual tiene sus condiciones y desea conservarlas. ¿Por qué no? Yo no quiero vivir en comunidad con el vecino, aunque sea más fuerte o más rico que yo. Que estas comarcas que nos rodean, que han hablado dialectos latinos, tienen más cultura que nosotros por el uso de un idioma más civilizado que el nuestro. ¿Y eso qué importa? Nosotros queremos vivir en nuestro país, sin tener gran cosa que ver con los que hablan esas jergas latinas.

—¿Y por qué no?

—Nosotros somos otra clase de gentes; no nos parecemos en nada a ellos.

—¿Más serios?

—Claro.

—¿Más constantes?

—Sin duda alguna.

—Ahí está el grande hombre del pueblo, Garat, prodigio de consecuencia...; no ha sido más que de todos los partidos...

—Bueno; es posible que en la política...—decía Miguel riendo.

—Y en todo. Ustariz es un pueblo de veletas; ¿cuántas novias ha tenido usted, primo mío?

—¿Yo? De verdad... ninguna.

—¿No ha tenido usted bastante tiempo para enamorarse de ellas?

Alicia y Miguel solían discutir y pelear con frecuencia; ella terminaba sus reyertas con un gesto de altivez y desdén, y él se reía.

Otro de los huéspedes de Gastizar era Víctor Darracq, ex intendente del ejército de Napoleón y primo del marido de madama de Aristy. Víctor Darracq había sido de la Administración militar durante el Imperio y había llegado a general de brigada. Darracq no tenía espíritu militarista; en cambio era de estos hombres curiosos que allí por donde van recogen algo. No conservaba de la guerra más que un recuerdo de crímenes, de robos y de bestialidades.

El ex intendente había llegado hacía años a Gastizar con el objeto de pasar una temporada, y se había quedado allí.

El ex intendente era solterón, hombre servicial capaz de sacrificarse por sus amigos.

Tenía su centro de operaciones en la biblioteca de Gastizar.

Era de estos hombres ordenados y clasificadores, y todo lo que había reunido en su vida de intendente lo guardaba catalogado en sus armarios; tenía mucha afición a los pájaros y una canariera que cuidaba con todas las reglas del arte.

Al instalarse en Gastizar, el ex intendente vió que la biblioteca era bastante buena. El antiguo propietario había querido sin duda rivalizar con Garat, sobre todo en conocimientos vascos, y desde Oihenart a Astarloa, y desde Larramendi a Zamacola, no faltaba autor que se ocupara del país.

El ex intendente tenía mucho cariño por sus sobrinos, sobre todo por León el pintor.

No se explicaba la gente cómo madama de Aristy le había aceptado definitivamente en su casa, con la poca amistad que tenía por los parientes de su marido.

El tío Víctor era un hombre moreno de aspecto un poco sombrío, una cara de esas cetrinas y atormentadas; vestía redingot abotonado hasta arriba de aire militar y color oscuro, polainas y cuello de camisa alto y tieso, que dibujaba sobre la mejilla atezada un triángulo de tela blanca y almidonada que salía de la corbata.

Darracq vivía en el cuarto de la torrecilla que daba a la carretera, y solía allí trabajar haciendo barcos o esferas armilares. Estaba suscrito a varios periódicos extranjeros, y las noticias interesantes que encontraba en ellos las recortaba y las pegaba en un libro.

El tío Víctor tenía como asistente a un vasco aventurero que había rodado por el mundo, a quien llamaba Ali.

Ali había estado durante algunos años alistado entre los mamelucos de Egipto y había sido corsario. Ali al llegar a Ustariz tenía todas las trazas de un turco; usaba unos bigotes largos, gorra roja y pantalones bombachos.

Al querer instalarse Darracq en Gastizar madama de Aristy puso el veto a Ali; dijo que mientras usara aquellos bigotes y aquella indumentaria no estaría en su casa.

Ali, suspirando, se afeitó y se puso una blusa azul y pareció un aldeano como otro cualquiera, más moreno.

Ali era hombre con éxito en el pueblo; cuando contaba sus aventuras en Egipto y en Grecia tenía a todos pendientes de sus labios.

Otro de los huéspedes que solía pasar largas temporadas en Gastizar era el caballero de Larresore, constante compañero de charlas de Miguel.

Larresore era soltero, de más de sesenta años, muy atildado y elegante; tenía las mejillas sonrosadas, las melenas largas y bien peinadas, las patillas cortas. Vestía a la inglesa. Su traje ordinario era casaca de color pardo claro, chaleco blanco bordado, pantalón corto de piel de seda y polainas negras.

En el chaleco llevaba dos cadenas de reloj con algunos dijes.

Larresore vivía en invierno en Bayona, y cuando llegaba el buen tiempo iba a pasar temporadas a las casas de sus parientes y amigos.

Larresore era muy egoista, con una gran perfección maquiavélica en su egoismo. Preparaba las cosas que le convenían muy de antemano con todo detalle y daba mil rodeos para conseguir lo que se proponía.

Larresore había estado en Inglaterra durante la Revolución.

La Revolución vino a cogerle en un momento en que pensaba hacer un buen matrimonio y un buen negocio. Al caballero le quedó siempre el odio por este movimiento inoportuno que vino a estropear su porvenir.

Larresore se pintaba así mismo como un realista arruinado por la Revolución, cosa que a juzgar por los que le conocían no era cierta, porque, según éstos, el caballero nunca había tenido fortuna.

Larresore cultivaba su personalidad de realista; hacía valer sus amistades y escribía cartas a los hombres ilustres del partido, y si le contestaban exhibía sus respuestas por todo el pueblo.

Larresore en Inglaterra se había aficionado a las costumbres inglesas, al té y a los vinos de España.

En Londres conoció al vizconde de Chateaubriand, a quien consideró como un fatuo hasta que vió que se hacía célebre, y entonces hablaba constantemente del vizconde como de un amigo íntimo a quien había adivinado.

El caballero de Larresore encontraba la sociedad del siglo XIX egoista y desprovista en absoluto de sensibilidad.