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La verdad sospechosa

Chapter 15: ESCENA X.
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About This Book

A comedy follows a man whose habit of inventing stories produces escalating misunderstandings that complicate courtship, friendships, and claims of honor. His lies spread through a circle of rivals, elders, and love interests, producing comic confrontations and near-disasters that expose how social esteem depends on appearances. Through economical dialogue and staged situations, the piece satirizes mendacity and moral pretension while tracing the practical consequences of habitual falsehood, leading characters toward confession, correction, and a restoration of credibility.

ESCENA VIII.

DON GARCÍA, TRISTÁN.

Tristán.

No ví jamás despedida

tan conforme y tan resuelta.

García.

Aquel cielo, primer móvil

de mis acciones, me lleva

arrebatado tras sí.

Tristán.

Disimula y ten paciencia;

que el mostrarse muy amante

antes daña que aprovecha,

y siempre he visto que son

venturosas las tibiezas.

Las mujeres y los diablos

caminan por una senda:

que a las almas rematadas

ni las siguen ni las tientan;

que el tenellas ya seguras

les hace olvidarse dellas,

y sólo de las que pueden

escapárseles, se acuerdan.

García.

Es verdad; mas no soy dueño

de mí mismo.

Tristán.

Hasta que sepas

extensamente su estado,

no te entregues tan de veras;

que suele dar quien se arroja

creyendo las apariencias,

en un pantano cubierto

de verde, engañosa yerba.

García.

Pues hoy te informa de todo.

Tristán.

Eso queda por mi cuenta.

Y agora, antes que reviente,

dime por Dios, ¿qué fin llevas

en las ficciones que he oido?

siquiera para que pueda

ayudarte; que cogernos

en mentira será afrenta.

Perulero te fingiste

con las damas.

García.

Cosa es cierta,

Tristán, que los forasteros

tienen más dicha con ellas;

y más si son de las Indias,

información de riqueza.

Tristán.

Ese fin está entendido;

mas pienso que el medio yerras,

pues han de saber al fin

quién eres.

García.

Cuando lo sepan

habré ganado en su casa

o en su pecho ya las puertas

con este medio, y después

yo me entenderé con ellas.

Tristán.

Digo que me has convencido,

señor. Mas agora venga

lo de haber un mes que estás

en la corte. ¿Qué fin llevas,

habiendo llegado ayer?

García.

Ya sabes tú que es grandeza

esto de estar encubierto,

o retirado en su aldea,

o en su casa descansando.

Tristán.

Vaya muy enhorabuena.

Lo del convite entra agora.

García.

Fingílo, porque me pesa

que piense nadie que hay cosa

que mover mi pecho pueda

a envidia o admiración,

pasiones que al hombre afrentan;

que admirarse es ignorancia,

como envidiar es bajeza.

Tú no sabes a qué sabe,

cuando llega un portanuevas

muy orgulloso a contar

una hazaña o una fiesta,

taparle la boca yo

con otra tal, que se vuelva

con sus nuevas en el cuerpo.

Y que reviente con ellas.

Tristán.

¡Caprichosa prevención

si bien peligrosa treta!

La fábula de la corte

serás, si la flor te entrevan.

García.

Quien vive sin ser sentido,

quien sólo el número aumenta

y hace lo que todos hacen

¿en qué difiere de bestia?

Ser famosos es gran cosa:

el medio cual fuere sea.

Nómbrenme a mí en todas partes

y murmúrenme siquiera,

pues uno por ganar nombre

abrasó el templo de Efesia;

y al fin, es este mi gusto,

que es la razón de más fuerza.

Tristán.

Juveniles opiniones.

Sigue tu ambiciosa idea,

y cerrar has menester

en la corte la mollera.

(Vanse.)


Sala en casa de don Sancho.

ESCENA IX.

JACINTA e ISABEL con mantos, DON BELTRÁN y DON SANCHO.

Jacinta.

¡Tan grande merced!

Beltrán.

No ha sido

amistad de sólo un día

la que esta casa y la mía,

si os acordais, se han tenido:

y así no es bien que extrañeis

mi visita.

Jacinta.

Si me espanto,

es, señor, por haber tanto

que merced no nos hacéis.

Perdonadme; que ignorando

el bien que en casa tenía,

me tardé en la Platería,

ciertas joyas concertando.

Beltrán.

Feliz pronóstico dais

al pensamiento que tengo,

pues cuando a casaros vengo,

comprando joyas estáis.

Con don Sancho vuestro tío

tengo tratado, señora,

hacer parentesco agora

nuestra amistad; y confío

(puesto que como discreto

dice don Sancho que es justo

remitirse a vuestro gusto)

que esto ha de tener efeto.

Que pues es la hacienda mía

y calidad tan patente,

sólo falta que os contente

la persona de García;

y aunque ayer a Madrid vino

de Salamanca el mancebo,

y de envidia el rubio Febo

le ha abrasado en el camino,

bien me atreveré a ponello

ante vuestros ojos claros,

fiando que ha de agradaros

desde la planta al cabello,

si licencia le otorgáis

para que os bese la mano.

Jacinta.

Encarecer lo que gano

en la mano que me dais,

si es notorio, es vano intento;

que estimo de tal manera

las prendas vuestras, que diera

luego mi consentimiento,

a no haber de parecer

(por mucho que en ello gano)

arrojamiento liviano

en una honrada mujer;

que el breve determinarse

en cosas de tanto peso,

o es tener muy poco seso

o gran gana de casarse.

Y en cuanto a que yo le vea,

me parece, si os agrada,

que para no arriesgar nada,

pasando la calle sea.

Que si como puede ser

y sucede a cada paso,

después de tratallo, acaso

se viniese a deshacer,

¿de qué me hubiera servido,

o qué opinión me darán

las visitas de un galán

con licencia de marido?

Beltrán.

Ya por vuestra gran cordura,

si es mi hijo vuestro esposo,

le tendré por tan dichoso

como por vuestra hermosura.

Sancho.

De prudencia puede ser

un espejo la que oís.

Beltrán.

No sin causa os remitís,

Don Sancho, a su parecer.

Esta tarde con García

a caballo pasaré

vuestra calle.

Jacinta.

Yo estaré

detrás desa celosía.

Beltrán.

Que le miréis bien os pido;

que esta noche he de volver,

Jacinta hermosa, a saber

cómo os haya parecido.

Jacinta.

¿Tan apriesa?

Beltrán.

Este cuidado

No admireis: que ya es forzoso;

pues si vine deseoso,

vuelvo agora enamorado.

Y adios.

Jacinta.

Adios.

Beltrán.

¿Dónde vais?

Sancho.

A serviros.

Beltrán.

No saldré.

Sancho.

Al corredor llegaré

con vos, si licencia dais.

(Vanse don Sancho y don Beltrán.)

ESCENA X.

JACINTA, ISABEL.

Isabel.

Mucha priesa te da el viejo.

Jacinta.

Yo se la diera mayor,

pues también le está a mi honor,

si a diferente consejo

no me obligara el amor:

que aunque los impedimentos

del hábito de don Juan,

dueño de mis pensamientos,

forzosa causa me dan

de admitir otros intentos,

como su amor no despido,

por mucho que lo deseo,

que vive en el alma asido,

tiemblo, Isabel, cuando creo

que otro ha de ser mi marido.

Isabel.

Yo pensé que ya olvidabas

a don Juan, viendo que dabas

lugar a otras pretensiones.

Jacinta.

Cáusanlo estas ocasiones,

Isabel: no te engañabas;

que como há tanto que está

el hábito detenido,

y no ha de ser mi marido

si no sale, tengo ya

este intento por perdido.

Y así para no morirme,

quiero hablar y divertirme,

pues en vano me atormento;

que en un imposible intento

no apruebo el morir de firme.

Por ventura encontraré

alguno tal, que merezca

que mano y alma le dé.

Isabel.

No dudo que el tiempo ofrezca

sujeto digno a tu fe;

y si no me engaño yo,

hoy no te desagradó

el galán indiano.

Jacinta.

Amiga,

¿quieres que verdad te diga?

Pues muy bien me pareció,

y tanto, que te prometo

que si fuera tan discreto,

tan gentil hombre y galán

el hijo de don Beltrán,

tuviera la boda efeto.

Isabel.

Esta tarde le verás

con su padre por la calle.

Jacinta.

Veré solo el rostro y talle;

el alma, que importa más

quisiera ver con hablalle.

Isabel.

Háblale.

Jacinta.

Hase de ofender

Don Juan, si llega a sabello,

y no quiero, hasta saber

que de otro dueño he de ser,

determinarme a perdello.

Isabel.

Pues da algún medio, y advierte

que siglos pasas en vano,

y conviene resolverte;

que don Juan es desta suerte

el perro del hortelano.

Sin que lo sepa don Juan,

podrás hablar, si tú quieres,

al hijo de don Beltrán;

que, como en su centro, están

las trazas en las mujeres.

Jacinta.

Una pienso que podría

en este caso importar.

Lucrecia es amiga mía:

ella puede hacer llamar

de su parte a don García;

que como secreta esté

yo con ella en su ventana,

este fin conseguiré.

Isabel.

Industria tan soberana

solo de tu ingenio fué.

Jacinta.

Pues parte al punto, y mi intento

le dí a Lucrecia, Isabel.

Isabel.

Sus alas tomaré al viento.

Jacinta.

La dilación de un momento

le dí que es un siglo en él.

ESCENA XI.

DON JUAN, que encuentra a ISABEL al salir.—JACINTA.

Juan.

¿Puedo hablar a tu señora?

Isabel.

Sólo un momento ha de ser;

que de salir a comer

mi señor don Sancho es hora.

(Vase.)

Juan.

Ya, Jacinta, que te pierdo,

ya que yo me pierdo, ya...

Jacinta.

¿Estás loco?

Juan.

¿Quién podrá

estar con tus cosas cuerdo?

Jacinta.

Repórtate y habla paso:

que está en la cuadra mi tío.

Juan.

Cuando a cenar vas al río.

¿cómo haces dél poco caso?

Jacinta.

¿Qué dices? ¿Estás en tí?

Juan.

Cuando para trasnochar

con otro tienes lugar,

tienes tío para mí.

Jacinta.

¿Trasnochar con otro? Advierte

que aunque eso fuese verdad,

era mucha libertad

hablarme a mí desa suerte;

cuanto más que es desvarío

de tu loca fantasía.

Juan.

Ya sé que fué don García

el de la fiesta del río;

ya los fuegos que a tu coche,

Jacinta, la salva hicieron;

ya las antorchas que dieron

sol al Soto a media noche;

ya los cuatro aparadores

con vajillas variadas,

las cuatro tiendas pobladas

de instrumentos y cantores.

Todo lo sé, y sé que el día

le halló, enemiga, en el río.

Dí agora que es desvarío

de mi loca fantasía.

Dí agora que es libertad

el tratarte desta suerte,

cuando obligan a ofenderte

mi agravio y tu liviandad.

Jacinta.

¡Plega a Dios!...

Juan.

Deja invenciones;

calla, no me digas nada;

que en ofensa averiguada

no sirven satisfacciones.

Ya, falsa, ya sé mi daño;

no niegues que te he perdido;

tu mudanza me ha ofendido,

no me ofende el desengaño.

Y aunque niegues lo que oí,

lo que ví confesarás:

que hoy lo que negando estás,

en sus mismos ojos ví.

¿Y su padre? ¿Qué quería

agora aquí? ¿Qué te dijo?

¿De noche estás con el hijo,

y con el padre de día?

Yo lo ví; ya mi esperanza

en vano engañar dispones;

ya sé que tus dilaciones

son hijas de tu mudanza.

Mas, cruel, ¡viven los cielos,

que no has de vivir contenta!

Abrásete, pues revienta

este volcán de mis celos.

El que me hace desdichado,

te pierda, pues yo te pierdo.

Jacinta.

¿Tú eres cuerdo?

Juan.

¿Cómo cuerdo,

amante y desesperado?

Jacinta.

Vuelve, escucha: que si vale

la verdad, presto verás

cuán mal informado estás.

Juan.

Vóyme; que tu tío sale.

Jacinta.

No sale. Escucha; que fío

satisfacerte.

Juan.

Es en vano,

si aquí no me das la mano.

Jacinta.

¿La mano? Sale mi tío.