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La verdad sospechosa

Chapter 26: ESCENA IX.
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About This Book

A comedy follows a man whose habit of inventing stories produces escalating misunderstandings that complicate courtship, friendships, and claims of honor. His lies spread through a circle of rivals, elders, and love interests, producing comic confrontations and near-disasters that expose how social esteem depends on appearances. Through economical dialogue and staged situations, the piece satirizes mendacity and moral pretension while tracing the practical consequences of habitual falsehood, leading characters toward confession, correction, and a restoration of credibility.

ACTO SEGUNDO.

Sala en casa de don Beltrán.

ESCENA PRIMERA.

Salen DON GARCÍA (en cuerpo) leyendo un papel; TRISTÁN y CAMINO.

García.

(Lee.)

«La fuerza de una ocasión me hace exceder del órden de mi estado. Sabrála vuestra merced esta noche por un balcón que le enseñará el portador, con lo demás, que no es para escrito; y guarde nuestro Señor, etc.»

¿Quién este papel me escribe?

Camino.

Doña Lucrecia de Luna.

García.

El alma sin duda alguna

que dentro en mi pecho vive.

¿No es esta una dama hermosa,

que hoy antes de mediodía

estaba en la Platería?

Camino.

Sí, señor.

García.

¡Suerte dichosa!

Informadme, por mi vida,

de las partes desta dama.

Camino.

Mucho admiro que su fama

esté de vos escondida.

Porque la habeis visto, dejo

de encarecer que es hermosa;

es discreta y virtuosa,

su padre es viudo y es viejo;

dos mil ducados de renta

los que ha de heredar serán,

bien hechos.

García.

¿Oyes, Tristán?

Tristán.

Oigo y no me descontenta.

Camino.

En cuanto a ser principal,

no hay que hablar. Luna es su padre,

y fué Mendoza su madre,

tan finos como un coral.

Doña Lucrecia, en efeto,

merece un rey por marido.

García.

¡Amor, tus alas te pido

para tan alto sujeto!

¿Dónde vive?

Camino.

A la Vitoria.

García.

Cierto es mi bien. Que seréis,

dice aquí, quien me guiéis

al cielo de tanta gloria.

Camino.

Serviros pienso a los dos.

García.

Y yo lo agradeceré.

Camino.

Esta noche volveré

en dando las diez, por vos.

García.

Eso le dad por respuesta

a Lucrecia.

Camino.

Adios quedad.

(Vase.)

ESCENA II.

DON GARCÍA, TRISTÁN.

García.

¡Cielos! ¿qué felicidad,

amor, qué ventura es esta?

¿Ves, Tristán, cómo llamó

la más hermosa el cochero

a Lucrecia, a quien yo quiero?

Que es cierto que quien me habló

es la que el papel envía.

Tristán.

Evidente presunción.

García.

Que la otra ¿qué ocasión

para escribirme tenía?

Tristán.

Y a todo mal suceder,

presto de dudas saldrás;

que esta noche la podrás

en el habla conocer.

García.

Y que no me engañe es cierto,

según dejó en mi sentido

impreso el dulce sonido

de la voz con que me ha muerto.

ESCENA III.

Un PAJE con un papel.—Dichos.

Paje.

Éste, señor don García,

es para vos.

García.

No esté así.

Paje.

Criado vuestro nací.

García.

Cúbrase, por vida mía.

(Lee a solas.)

«Averiguar cierta cosa

importante a solas quiero

con vos: a las siete espero

en San Blas.—Don Juan de Sosa.»

(Ap. ¡Válame Dios! ¡Desafío!

¿Qué causa puede tener

don Juan, si yo vine ayer,

y él es tan amigo mío?)

Decid al señor don Juan

que esto será así.

(Vase el Paje.)

Tristán.

Señor,

mudado estás de color.

¿Qué ha sido?

García.

Nada, Tristán.

Tristán.

¿No puedo saberlo?

García.

No.

Tristán.

(Aparte.)

Sin duda es cosa pesada.

García.

Dame la capa y espada.

(Vase Tristán.)

¿Qué causa le he dado yo?

ESCENA IV.

DON BELTRÁN, DON GARCÍA; después TRISTÁN.

Beltrán.

García...

García.

Señor...

Beltrán.

Los dos

a caballo hemos de andar

juntos hoy; que he de tratar

cierto negocio con vos.

García.

¿Mandas otra cosa?

(Sale Tristán y dale de vestir a D. García.)

Beltrán.

¿A dónde

vais cuando el sol echa fuego?

García.

Aquí a los trucos me llego

de nuestro vecino el conde.

Beltrán.

No apruebo que os arrojéis

siendo venido de ayer,

a daros a conocer

a mil que no conocéis,

si no es que dos condiciones

guardéis con mucho cuidado,

y son, que jugueis contado,

y habléis contadas razones.

Puesto que mi parecer

es este, haced vuestro gusto.

García.

Seguir tu consejo es justo.

Beltrán.

Haced que a vuestro placer

aderezo se prevenga

a un caballo para vos.

García.

A ordenallo voy. (Vase.)

Beltrán.

Adios.

ESCENA V.

DON BELTRÁN, TRISTÁN.

Beltrán.

(Aparte. ¡Qué tan sin gusto me tenga

lo que su ayo me dijo!)

¿Has andado con García,

Tristán?

Tristán.

Señor, todo el día.

Beltrán.

Sin mirar en que es mi hijo,

si es que el ánimo fiel,

que siempre en tu pecho he hallado

agora no te ha faltado,

me dí lo que sientes dél.

Tristán.

¿Qué puedo yo haber sentido

en un término tan breve?

Beltrán.

Tu lengua es quien no se atreve;

que el tiempo bastante ha sido,

y más a tu entendimiento.

Dímelo, por vida mía,

sin lisonja.

Tristán.

Don García,

mi señor, a lo que siento,

que he de decirte verdad,

pues que tu vida has jurado...

Beltrán.

Desa suerte has obligado

siempre a tí mi voluntad.

Tristán.

Tiene un ingenio excelente

con pensamientos sutiles;

mas caprichos juveniles

con arrogancia imprudente.

De Salamanca reboza

la leche, y tiene en los labios

los contagiosos resabios

de aquella caterva moza:

aquel hablar arrojado,

mentir sin recato y modo,

aquel jactarse de todo,

y hacerse en todo extremado.

Hoy en término de una hora

echó cinco o seis mentiras.

Beltrán.

¡Válgame Dios!

Tristán.

¿Qué te admiras?

Pues lo peor falta agora;

que son tales, que podrá

cogerle en ellas cualquiera.

Beltrán.

¡Ay Dios!

Tristán.

Yo no te dijera

lo que tal pena te da,

a no ser de tí forzado.

Beltrán.

Tu fe conozco y tu amor.

Tristán.

A tu prudencia, señor,

advertir será excusado

el riesgo que correr puedo,

si esto sabe don García,

mi señor.

Beltrán.

De mí confía:

pierde, Tristán, todo el miedo.

Manda luego aderezar

los caballos.

(Vase Tristán.)

ESCENA VI.

DON BELTRÁN.

Santo Dios,

pues esto permitís vos,

esto debe de importar.

¡A un hijo sólo, a un consuelo

que en la tierra le quedó

a mi vejez triste, dió

tan gran contrapeso el cielo!

Ahora bien, siempre tuvieron

los padres digustos tales;

siempre vieron muchos males

los que mucha edad vivieron.

Paciencia: hoy he de acabar,

si puedo, su casamiento:

con la brevedad intento

este daño remediar,

antes que su liviandad

en la corte conocida,

los casamientos le impida

que pide su calidad.

Por dicha, con el cuidado

que tal estado acarrea,

de una costumbre tan fea

se vendrá a ver enmendado,

que es vano pensar que son

el reñir y aconsejar

bastantes para quitar

una fuerte inclinación.

ESCENA VII.

TRISTÁN, DON BELTRÁN.

Tristán.

Ya los caballos están,

viendo que salir procuras,

probando las herraduras

en las guijas del zaguán;

porque con las esperanzas

de tan gran fiesta, el overo

a solas está primero

ensayando sus mudanzas,

y el bayo, que ser procura

émulo al dueño que lleva,

estudia con alma nueva

movimiento y compostura.

Beltrán.

Avisa, pues, a García.

Tristán.

Ya te espera tan galán,

que en la corte pensarán

que a estas horas sale el día.

(Vanse.)


Sala en casa de don Sancho.

ESCENA VIII.

ISABEL, JACINTA.

Isabel.

La pluma tomó al momento

Lucrecia, en ejecución

de tu agudo pensamiento,

y esta noche en su balcón

para tratar este intento

le escribió que aguardaría,

para que puedas en él

platicar con don García.

Camino llevó el papel,

persona de quien se fía.

Jacinta.

Mucho Lucrecia me obliga.

Isabel.

Muestra en cualquiera ocasión

ser tu verdadera amiga.

Jacinta.

¿Es tarde?

Isabel.

Las cinco son.

Jacinta.

Aun durmiendo me fatiga

la memoria de don Juan;

que esta siesta le he soñado

celoso de otro galán.

(Miran adentro.)

Isabel.

¡Ay, señora! Don Beltrán,

y el perulero a su lado!

Jacinta.

¿Qué dices?

Isabel.

Digo que aquel

que hoy te habló en la Platería,

viene a caballo con él.

Mírale.

Jacinta.

Por vida mía,

que dices verdad que es él.

¡Hay tal! ¿Cómo el embustero

se nos fingió perulero,

si es hijo de don Beltrán?

Isabel.

Los que intentan, siempre dan

gran presunción al dinero,

y con ese medio hallar

entrada en tu pecho quiso:

que debió de imaginar

que aquí le ha de aprovechar

más ser Midas que Narciso.

Jacinta.

En decir que ha que me vió

un año, también mintió,

porque don Beltrán me dijo

que ayer a Madrid su hijo

de Salamanca llegó.

Isabel.

Si bien lo miras, señora,

todo verdad puede ser:

que entonces te pudo ver,

irse de Madrid, y agora

de Salamanca volver.

Y cuando no, ¿qué le admira

que quien a obligar aspira

prendas de tanto valor,

para acreditar su amor

se valga de una mentira?

Demás que tengo por llano,

si no miente mi sospecha,

que no le encarece en vano;

que hablarte hoy su padre es flecha

que ha salido de su mano.

No ha sido, señora mía,

acaso que el mismo día

que él te vió y mostró quererte,

venga su padre a ofrecerte

por esposo a don García.

Jacinta.

Dices bien; mas imagino

que el término que pasó

desde que el hijo me habló

hasta que su padre vino,

fué muy breve.

Isabel.

Él conoció

quién eres, encontraría

su padre en la Platería,

hablóle, y él, que no ignora

tus cualidades, y adora

justamente a don García,

vino a tratarlo al momento.

Jacinta.

Al fin, como fuere sea.

De sus partes me contento,

quiere el padre, él me desea:

da por hecho el casamiento.

(Vanse.)


Paseo de Atocha.

ESCENA IX.

DON BELTRÁN, DON GARCÍA.

Beltrán.

¿Qué os parece?

García.

Que animal

no ví mejor en mi vida.

Beltrán.

¡Linda bestia!

García.

Corregida,

de espíritu racional,

¡Qué contento y bizarría!

Beltrán.

Vuestro hermano don Gabriel,

que perdone Dios, en él

todo su gusto tenía.

García.

Ya que convida, señor,

de Atocha la soledad,

declara tu voluntad.

Beltrán.

Mi pena diréis mejor.

¿Sois caballero, García?

García.

Téngome por hijo vuestro.

Beltrán.

¿Y basta ser hijo mío

para ser vos caballero?

García.

Yo pienso, señor, que sí.

Beltrán.

¡Qué engañado pensamiento!

Sólo consiste en obrar

como caballero, el serlo.

¿Quién dió principio a las casas

nobles? Los ilustres hechos

de sus primeros autores,

sin mirar sus nacimientos,

hazañas de hombres humildes

honraron sus herederos.

Luego en obrar mal o bien

está el ser malo o ser bueno.

¿Es así?

García.

Que las hazañas

den nobleza, no lo niego;

mas no neguéis que sin ellas

también la da el nacimiento.

Beltrán.

Pues si honor puede ganar

quien nació sin él, ¿no es cierto

que por el contrario puede,

quien con él nació, perdello?

García.

Es verdad.

Beltrán.

Luego si vos

obráis afrentosos hechos,

aunque séais hijo mío,

dejáis de ser caballero;

luego si vuestras costumbres

os infaman en el pueblo,

no importan paternas armas,

no sirven altos abuelos.

¿Qué cosa es que la fama

diga a mis oídos mesmos

que a Salamanca admiraron

vuestras mentiras y enredos?

¡Qué caballero, y qué nada!

Si afrenta al noble y plebeyo

sólo el decirle que miente,

decid, ¿qué será el hacerlo,

si vivo sin honra yo,

según los humanos fueros,

mientras de aquel que me dijo

que mentía no me vengo?

¿Tan larga tenéis la espada,

tan duro tenéis el pecho,

que pensáis poder vengaros,

diciéndolo todo el pueblo?

¿Posible es que tenga un hombre

tan humildes pensamientos,

que viva sujeto al vicio

mas sin gusto y sin provecho?

El deleite natural

tiene a los lascivos presos:

obliga a los codiciosos

el poder que da el dinero;

el gusto de los manjares

al glotón; el pasatiempo

y el cebo de la ganancia

a los que cursan el juego;

su venganza al homicida,

al robador su remedio;

la fama y la presunción

al que es por la espada inquieto:

todos los vicios, al fin,

o dan gusto o dan provecho;

mas de mentir, ¿qué se saca

sino infamia y menosprecio?

García.

Quien dice que miento yo

ha mentido.

Beltrán.

También eso

es mentir; que aun desmentir

no sabeis, sino mintiendo.

García.

Pues si dais en no creerme.

Beltrán.

¿No seré necio si creo

que vos decís verdad solo,

y miente el lugar entero?

Lo que importa es desmentir

esta fama con los hechos,

pensar que este es otro mundo,

hablar poco y verdadero.

Mirad que estáis a la vista

de un rey tan santo y perfeto,

que vuestros yerros no pueden

hallar disculpa en sus yerros;

que tratáis aquí con grandes,

títulos y caballeros,

que si os saben la flaqueza

os perderán el respeto;

que tenéis barba en el rostro,

que al lado ceñís acero,

que nacístes noble al fin,

y que yo soy padre vuestro:

y no he de deciros más;

que esta sofrenada espero

que baste para quien tiene

calidad y entendimiento.

Y agora, porque entendáis

que en vuestro bien me desvelo,

sabed que os tengo, García,

tratado un gran casamiento.

García.

(Aparte.)

¡Ay mi Lucrecia!

Beltrán.

Jamás

pusieron, hijo, los cielos

tantas, tan divinas partes

en un humano sujeto

como en Jacinta, la hija

de don Fernando Pacheco,

de quien mi vejez pretende

tener regalados nietos.

García.

(Aparte.)

¡Ay Lucrecia! Si es posible

tú sola has de ser mi dueño.

Beltrán.

¿Qué es esto? ¿No respondéis?

García.

(Aparte.)

Tuyo he de ser, vive el cielo.

Beltrán.

¿Qué os entristecéis? Hablad;

no me tengáis más suspenso.

García.

Entristézcome, porque es

imposible obedeceros.

Beltrán.

¿Por qué?

García.

Porque soy casado.

Beltrán.

¡Casado! ¡Cielos! ¿Qué es esto?

¿Cómo sin saberlo yo?

García.

Fué fuerza, y está secreto.

Beltrán.

¡Hay padre más desdichado!

García.

No os aflijáis; que en sabiendo

la causa, señor, tendréis

por venturoso el efeto.

Beltrán.

Acabad, pues; que mi vida

pende sólo de un cabello.

García.

(Aparte. Agora os he menester,

sutilezas de mi ingenio.)

En Salamanca, señor,

hay un caballero noble

de quien es la alcuña Herrera

y don Pedro el propio nombre.

A este dió el cielo otro cielo

por hija, pues con dos soles

sus dos purpúreas mejillas

hace claros horizontes.

Abrevio, por ir al caso,

con decir que cuantas dotes

pudo dar naturaleza

en tierna edad, la componen.

Mas la enemiga fortuna

observante en su desórden,

a sus méritos opuesta,

de sus bienes la hizo pobre;

que demás de que su casa

no es tan rica como noble,

al mayorazgo nacieron

antes que ella dos varones.

A esta, pues, saliendo al río

la ví una tarde en su coche,

que juzgara el de Faeton

si fuese Erídano el Tormes.

No sé quién los atributos

del fuego en Cupido pone,

que yo de un súbito hielo

me sentí ocupar entonces.

¿Qué tienen que ver del fuego

las inquietudes y ardores,

con quedar absorta un alma,

con quedar un cuerpo inmóvil?

Caso fué verla forzoso;

viéndola, cegar de amores;

pues abrasado seguirla,

júzguelo un pecho de bronce.

Pasé su calle de día,

rondé su calle de noche,

con terceros y papeles

le encarecí mis pasiones,

hasta que al fin condolida

o enamorada, responde,

porque también tiene amor

jurisdicción en los dioses.

Fuí acrecentando finezas

y ella aumentando favores,

hasta ponerme en el cielo

de su aposento una noche.

Y cuando solicitaban

el fin de mi pena enorme,

conquistando honestidades,

mis ardientes pretensiones,

siento que su padre viene

a su aposento: llamóle,

porque jamás tal hacía,

mi fortuna aquella noche.

Ella turbada, animosa

(mujer al fin) a empellones

mi casi difunto cuerpo

detrás de su lecho esconde.

Llegó don Pedro, y su hija

fingiendo gusto, abrazóle

por negarle el rostro, en tanto

que cobraba sus colores.

Asentáronse los dos,

y él con prudentes razones

le propuso un casamiento

con uno de los Monroyes.

Ella, honesta como cauta,

de tal suerte le responde,

que ni a su padre resista,

ni a mí, que la escucho, enoje.

Despidiéronse con esto;

y cuando ya casi pone

en el umbral de la puerta

el viejo los pies, entonces...

¡Mal haya, amén, el primero

que fué inventor de relojes!

Uno que llevaba yo,

a dar comenzó las doce.

Oyólo don Pedro, y vuelto

hácia su hija: «¿de dónde

vino ese reloj?» le dijo.

Ella respondió: «envióle

para que se le aderecen,

mi primo, don Diego Ponce,

por no haber en su lugar

relojero ni relojes.»

«Dádmele, dijo su padre,

porque yo ese cargo tome.»

Pues entonces, doña Sancha,

que este es de la dama el nombre,

a quitármele del pecho

cauta y prevenida corre,

antes que llegar él mismo

a su padre se le antoje.

Quitémele yo, y al darle,

quiso la suerte que toquen

a una pistola que tengo

en la mano, los cordones.

Cayó el gatillo, dió fuego,

al tronido desmayose

doña Sancha. Alborotado

el viejo empezó a dar voces.

Yo, viendo el cielo en el suelo,

y eclipsados sus dos soles,

juzgué sin duda por muerta

la vida de mis acciones,

pensando que cometieron

sacrilegio tan enorme

del plomo de mi pistola

los breves volantes orbes.

Con esto, pues, despechado,

saqué rabioso el estoque:

fueran pocos para mí

en tal ocasión mil hombres.

A impedirme la salida

como dos bravos leones,

con sus armas sus hermanos

y sus criados se oponen;

mas, aunque fácil, por todos

mi espada y mi furia rompen,

no hay fuerza humana que impida

fatales disposiciones;

pues al salir por la puerta,

como iba arrimado, asióme

la alcayata de la aldaba

por los tiros del estoque.

Aquí para desasirme,

fué fuerza que atrás me torne,

y entretanto mis contrarios

muros de espadas me oponen.

En esto cobró su acuerdo

Sancha; y para que se estorbe

el triste fin que prometen

estos sucesos atroces,

la puerta cerró animosa

del aposento, y dejóme

a mí con ella encerrado,

y fuera a mis agresores.

Arrimamos a la puerta

baúles, arcas y cofres;

que al fin son de ardientes iras

remedio las dilaciones.

Quisimos hacernos fuertes;

mas mis contrarios feroces

ya la pared me derriban,

y ya la puerta me rompen.

Yo, viendo que aunque dilate,

no es posible que revoque

la sentencia de enemigos

tan agraviados y nobles;

viendo a mi lado la hermosa

de mis desdichas consorte,

y que hurtaba a sus mejillas

el temor sus arreboles;

viendo cuán sin culpa suya

conmigo fortuna corre,

pues con industria deshace

cuanto los hados disponen;

por dar premio a sus lealtades,

por dar fin a sus temores,

por dar remedio a mi muerte

y dar muerte a mis pasiones,

hube de darme a partido,

y pedirles que conformen

con la unión de nuestras sangres

tan sangrientas disensiones.

Ellos, que ven el peligro

y mi calidad conocen,

lo acetan, después de estar

un rato entre sí discordes.

Partió a dar cuenta al Obispo

su padre, y volvió con órden

de que el desposorio pueda

hacer cualquier sacerdote.

Hízose, y en dulce paz

la mortal guerra trocóse,

dándote la mejor nuera

que nació del sur al norte.

Mas tú en que no lo sepas

quedamos todos conformes,

por no ser con gusto tuyo

y por ser mi esposa pobre;

pero ya que fué forzoso

saberlo, mira si escoges

por mejor tenerme muerto,

que vivo y con mujer noble.

Beltrán.

Las circunstancias del caso

son tales, que se conoce

que la fuerza de la suerte

te destinó esa consorte:

y así no te culpo en más

que en callármelo.

García.

Temores

de darte pesar, señor,

me obligaron.

Beltrán.

Si es tan noble,

¿qué importa que pobre sea?

¡Cuánto es peor que lo ignore,

para que habiendo empeñado

mi palabra, agora torne

con eso a doña Jacinta!

¡Mira en qué lance me pones!

Toma el caballo, y temprano

por mi vida, te recoge,

porque despacio tratemos

de tus cosas esta noche.

García.

Iré a obedecerte, al punto

que toquen las oraciones.

(Vase don Beltrán.)

ESCENA X.

DON GARCÍA.

Dichosamente se ha hecho;

persuadido el viejo va:

ya del mentir no dirá

que es sin gusto y sin provecho,

pues es tan notorio gusto

el ver que me haya creído,

y provecho haber huído

de casarme a mi disgusto.

¡Bueno fué reñir conmigo

porque en cuanto digo miento

y dar crédito al momento

a cuantas mentiras digo!

¡Qué fácil de persuadir,

quien tiene amor, suele ser!

Y ¡qué fácil en creer

el que no sabe mentir!

Mas ya me aguarda don Juan.

(A uno que está dentro.)

¡Hola! llevad el caballo.

Tan terribles cosas hallo

que sucediéndome van,

que pienso que desvarío.

Vine ayer, y en un momento

tengo amor y casamiento,

y causa de desafío.


La calleja de San Blas.

ESCENA XI.

DON JUAN.—DON GARCÍA.

Juan.

Como quien sois lo habeis hecho,

Don García.

García.

¿Quien podía,

sabiendo la sangre mía,

pensar menos de mi pecho?

Mas vamos, don Juan, al caso

porque llamado me habeis.

Decid, ¿qué causa tenéis,

que por sabella me abraso,

de hacer este desafío?

Juan.

Esta dama a quien hicistes,

conforme vos me dijistes,

anoche fiesta en el río,

es causa de mi tormento,

y es con quien dos años ha,

que, aunque se dilata, está

tratado mi casamiento.

Vos ha un mes que estáis aquí:

y deso, como de estar

encubierto en el lugar

todo ese tiempo de mí,

colijo que habiendo sido

tan público mi cuidado,

vos no lo habeis ignorado,

y así me habeis ofendido.

Con esto que he dicho digo

cuanto tengo que decir;

y es que o no habeis de seguir

el bien que ha tanto que sigo,

o si acaso os pareciere

mi petición mal fundada,

se remita aquí a la espada,

y la sirva el que venciere.

García.

Pésame que sin estar

del caso bien informado,

os hayais determinado

a sacarme de este lugar.

La dama, don Juan de Sosa,

de mi fiesta, vive Dios,

que ni la habeis visto vos,

ni puede ser vuestra esposa;

que es casada esta mujer,

y ha tan poco que llegó

a Madrid, que sólo yo

sé que la he podido ver.

Y cuando esa hubiera sido,

de no verla más os doy

palabra como quien soy,

o quedar por fementido.

Juan.

Con eso se aseguró

la sospecha de mi pecho,

y he quedado satisfecho.

García.

Falta que lo quede yo;

que haberme desafiado

no se ha de quedar así.

Libre fué el sacarme aquí;

mas habiéndome sacado

me obligastes, y es forzoso,

puesto que tengo de hacer

como quien soy, no volver

sino muerto o vitorioso.

Juan.

Pensad, aunque mis desvelos

hayais satisfecho así,

que aun deja cólera en mí

la memoria de mis celos.

(Sacan las espadas y acuchíllanse.)

ESCENA XII.

DON FÉLIX.—Dichos.

Félix.

Deténganse, caballeros;

que estoy aquí yo.

García.

¡Que venga

agora quien me detenga!

Félix.

Vestid los fuertes aceros;

que fué falsa la ocasión

desta pendencia.

Juan.

Ya había

dícholo así don García;

pero por la obligación

en que pone el desafío,

desnudó el valiente acero.

Félix.

Hizo como caballero

de tanto valor y brío;

y pues bien quedado habeis

con esto, merezco yo

que a quien de celoso erró,

perdón y la mano deis.

(Danse las manos.)

García.

Ello es justo, y lo mandais.

Mas mirad de aquí adelante,

en caso tan importante,

don Juan, cómo os arrojais.

Todo lo habeis de intentar

primero que el desafío;

que empezar es desvarío

por donde se ha de acabar.

(Vase.)

ESCENA XIII.

DON JUAN, DON FÉLIX.

Félix.

Extraña ventura ha sido

haber yo a tiempo llegado.

Juan.

¿Que en efeto me he engañado?

Félix.

Sí.

Juan.

¿De quién lo habeis sabido?

Félix.

Súpelo de un escudero

de Lucrecia.

Juan.

Decid, pues,

cómo fué.

Félix.

La verdad es

que fué el coche y el cochero

de doña Jacinta anoche

al Sotillo, y que tuvieron

gran fiesta las que en él fueron;

pero fué prestado el coche.

Y el caso fué que a las horas

que fué a ver Jacinta bella

a Lucrecia, ya con ella

estaban las matadoras,

las dos primas de la quinta.

Juan.

¿Las que en el Carmen vivieron?

Félix.

Sí, pues ellas le pidieron

el coche a doña Jacinta,

y en él con la obscura noche

fueron al río las dos.

Pues vuestro paje, a quien vos

dejastes siguiendo el coche,

como en él dos damas vió

entrar cuando anochecía,

y noticia no tenía

de otra visita, creyó

ser Jacinta la que entraba

y Lucrecia.

Juan.

Justamente.

Félix.

Siguió el coche diligente,

y cuando en el Soto estaba,

entre la música y cena

lo dejó y volvió a buscaros

a Madrid, y fué el no hallaros

ocasión de tanta pena;

porque yendo vos allá

se deshiciera el engaño.

Juan.

En eso estuvo mi daño;

mas tanto gusto me da

el saber que me engañé,

que doy por bien empleado

el disgusto que he pasado.

Félix.

Otra cosa averigüé,

que es bien graciosa.

Juan.

Decid.

Félix.

Es que el dicho don García

llegó ayer en aquel día

de Salamanca a Madrid,

y en llegando se acostó

y durmió la noche toda,

y fué embeleco la boda

y festín que nos contó.

Juan.

¡Qué decís!

Félix.

Esto es verdad.

Juan.

¿Embustero es don García?

Félix.

Eso un ciego lo vería;

porque tanta variedad

de tiendas, aparadores,

vajillas de plata y oro,

tanto plato, tanto coro

de instrumentos y cantores,

¿no era mentira patente?

Juan.

Lo que me tiene dudoso

es que sea mentiroso

un hombre que es tan valiente,

que de su espada el furor

diera a Alcides pesadumbre.

Félix.

Tendrá el mentir por costumbre,

y por herencia el valor.

Juan.

Vamos; que a Jacinta quiero

pedille, Félix, perdón,

y decille la ocasión

con que esforzó este embustero

mi sospecha.

Félix.

Desde aquí

nada le creo, don Juan.

Juan.

Y sus verdades serán

ya consejas para mí.

(Vanse.)