ACTO TERCERO.
Sala en la casa de don Sancho.
ESCENA PRIMERA.
CAMINO con un papel.—LUCRECIA.
Camino.
Éste me dió para tí,
Tristán, de quien don García
con justa causa confía
lo mismo que tú de mí;
que aunque su dicha es tan corta
que sirve, es muy bien nacido:
y de suerte ha encarecido
lo que tu respuesta importa,
que jura que don García
está loco.
Lucrecia.
¡Cosa extraña!
¿Es posible que me engaña
quien de esta suerte porfía?
El más firme enamorado
se cansa, si no es querido,
¿y este puede ser fingido,
tan constante y desdeñado?
Camino.
Yo al menos, si en las señales
se conoce el corazón,
ciertos juraré que son,
por las que he visto, sus males;
que quien tu calle pasea
tan constante noche y día,
quien tu espesa celosía
tan atento brujulea,
quien ve que de tu balcón,
cuando él viene, te retiras,
y ni te ve ni le miras,
y está firme en tu afición;
quien llora, quien desespera,
quien porque contigo estoy
me da dineros, que es hoy
la señal más verdadera,
yo me afirmo en que decir
que miente, es gran desatino.
Lucrecia.
Bien se echa de ver,
que no le has visto mentir.
¡Pluguiera a Dios, fuera cierto
su amor! que, a decir verdad,
no tarde en mi voluntad
hallaran sus ansias puerto,
que sus encarecimientos,
aunque no los he creído,
por lo menos han podido
despertar mis pensamientos;
que dado que es necedad
dar crédito al mentiroso,
como el mentir no es forzoso,
y puede decir verdad,
oblígame la esperanza
y el propio amor a creer
que conmigo puede hacer
en sus costumbres mudanza.
Y así, por guardar mi honor
si me engaña lisonjero,
y si es su amor verdadero,
porque es digno de mi amor,
quiero andar tan advertida
a los bienes y a los daños,
que ni admita sus engaños,
ni sus verdades despida.
Camino.
Dese parecer estoy.
Lucrecia.
Pues dirásle que cruel
rompí, sin vello, el papel;
que esta respuesta le doy.
Y luego tú de tu aljaba
le dí que no desespere,
y que si verme quisiere
vaya esta tarde a la otava
de la Madalena.
Camino.
Voy.
Lucrecia.
Mi esperanza fundo en tí.
Camino.
No se perderá por mí,
pues ves que Camino soy.
(Vase.)
Sala en casa de don Beltrán.
ESCENA II.
DON BELTRÁN, DON GARCÍA, TRISTÁN.
(Don Beltrán saca una carta abierta y se la da a don García.)
Beltrán.
¿Habéis escrito, García?
García.
Esta noche escribiré.
Beltrán.
Pues abierta os la daré,
porque leyendo la mía,
conforme a mi parecer
a vuestro suegro escribáis;
que determino que vais
vos en persona a traer
vuestra esposa, que es razón;
porque pudiendo traella
vos mismo, enviar por ella
fuera poca estimación.
García.
Es verdad; mas sin efeto
será agora mi jornada.
Beltrán.
¿Por qué?
García.
Porque está preñada;
y hasta que un dichoso nieto
te dé, no es bien arriesgar
su persona en el camino.
Beltrán.
¡Jesús! Fuera desatino,
estando así, caminar.
Mas dime, ¿cómo hasta aquí
no me lo has dicho, García?
García.
Porque yo no lo sabía;
y en la que ayer recebí
de doña Sancha, me dice
que es cierto el preñado ya.
Beltrán.
Si un nieto varón me da,
hará mi vejez felice.
Muestra, que añadir es bien
(Tómale la carta que le había dado)
cuánto con esto me alegro.
Mas dí, ¿cuál es de tu suegro
el propio nombre?
García.
¿De quién?
Beltrán.
De tu suegro.
García.
(Aparte.)(Aquí me pierdo.)
Don Diego.
Beltrán.
O yo me he engañado,
u otras veces le has nombrado
don Pedro.
García.
También me acuerdo
deso mismo; pero son
suyos, señor, ambos nombres.
Beltrán.
¡Diego y Pedro!
García.
No te asombres:
que por una condición
don Diego se ha de llamar
de su casa el sucesor.
Llamábase mi señor
don Pedro antes de heredar,
y como se puso luego
don Diego, porque heredó,
después acá se llamó
ya don Pedro, ya don Diego.
Beltrán.
No es nueva esa condición
en muchas casas de España.
A escribirle voy.
(Vase.)
ESCENA III.
DON GARCÍA, TRISTÁN.
Tristán.
Extraña
fué esta vez tu confusion.
García.
¿Has entendido la historia?
Tristán.
Y hubo bien en qué entender.
El que miente ha menester
gran ingenio y gran memoria.
García.
Perdido me ví.
Tristán.
Y en eso
pararás al fin; señor.
García.
Entretanto, de mi amor
veré el bueno o mal suceso.
¿Qué hay de Lucrecia?
Tristán.
Imagino,
aunque de dura se precia;
que has de vencer a Lucrecia
sin la fuerza de Tarquino.
García.
¿Recibió el billete?
Tristán.
Sí,
aunque a Camino mandó
que diga que lo rompió;
que él lo ha fiado de mí.
Y pues lo admitió, no mal
se negocia tu deseo,
si aquel epigrama creo
que a Nevia escribió Marcial.
«Escribí, no respondió
Nevia: luego dura está;
mas ella se ablandará,
pues lo que escribí leyó.»
García.
Que dice verdad sospecho.
Tristán.
Camino está de tu parte,
y promete revelarte
los secretos de su pecho;
y que ha de cumplillo espero,
si andas tú cumplido en dar;
que para hacer confesar
no hay cordel como el dinero.
Y aun fuera bueno, señor,
que conquistaras tu ingrata
con dádivas, pues que mata
con flechas de oro el amor.
García.
Nunca te he visto grosero
sino aquí en tus pareceres.
¿Es esta de las mujeres
que se rinden por dinero?
Tristán.
Virgilio dice que Dido
fué del troyano abrasada,
a sus dones obligada
tanto como de Cupido.
¡Y era reina! No te espantes
de mis pareceres rudos,
que escudos vencen escudos,
y amantes labran diamantes.
García.
¿No viste que la ofendió
mi oferta en la Platería?
Tristán.
Tu oferta la ofendería,
señor, que tus joyas no.
Por el uso te gobierna;
que a nadie en este lugar,
por desvergonzado en dar
le quebraron brazo o pierna.
García.
Dame tú que ella lo quiera.
Que darle un mundo imagino.
Tristán.
Camino dará camino,
que es el polo de esta esfera.
Y porque sepas que está
en buen estado tu amor,
ella le mandó, señor,
que te dijese que hoy va
Lucrecia a la Madalena
a la fiesta de la otava,
como que él te lo avisaba.
García.
¡Dulce alivio de mi pena!
¿Con ese espacio me das
nuevas que me vuelven loco?
Tristán.
Dóytelas tan poco a poco
porque dure el gusto más.
(Vanse.)
Claustro en el convento de la Magdalena con puerta a la iglesia.
ESCENA IV.
JACINTA y LUCRECIA con mantos.
Jacinta.
Qué, ¿prosigue don García?
Lucrecia.
De modo, que con saber
su engañoso proceder,
como tan firme porfía,
casi me tiene dudosa.
Jacinta.
Quizá no eres engañada;
que la verdad no es vedada
a la boca mentirosa.
Quizá es verdad que te quiere,
y más donde tu beldad
asegura esa verdad
en cualquiera que te viere.
Lucrecia.
Siempre tú me favoreces;
mas yo lo creyera así,
a no haberte visto a tí,
que al mismo sol obscureces.
Jacinta.
Bien sabes tú lo que vales,
y que en esta competencia
nunca ha salido sentencia,
por tener votos iguales.
Y no es sola la hermosura
quien causa amoroso ardor,
que también tiene el amor
su pedazo de ventura.
Yo me holgaré que por tí,
amiga, me haya trocado,
y que tú hayas alcanzado
lo que yo no merecí;
porque ni tú tienes culpa,
ni él me tiene obligación.
Pero ve con prevención
que no te queda disculpa
si te arrojas en amar,
y al fin quedas engañada,
de quien estás ya avisada,
que sólo sabe engañar.
Lucrecia.
Gracias, Jacinta, te doy;
mas tu sospecha corrige.
Que estoy por creerle, dije;
no que por quererle estoy.
Jacinta.
Obligaráte el creer,
y querrás, siendo obligada:
y así es corta la jornada
que hay de creer a querer.
Lucrecia.
Pues ¿qué dirás si supieres
que un papel he recibido?
Jacinta.
Diré que ya le has creído,
y aun diré que ya le quieres.
Lucrecia.
Erráraste: y considera
que tal vez la voluntad
hace por curiosidad
lo que por amor no hiciera.
¿Tú no le hablaste gustosa
en la Platería?
Jacinta.
Sí.
Lucrecia.
¿Y fuiste en oírle allí
enamorada, o curiosa?
Jacinta.
Curiosa.
Lucrecia.
Pues yo con él
curiosa también he sido,
como tú en haberle oido,
en recibir su papel.
Jacinta.
Notorio verás tu error,
si adviertes que es el oír
cortesía; y admitir
un papel, claro favor.
Lucrecia.
Eso fuera a saber él
que su papel recibí;
mas él piensa que rompí
sin leello su papel.
Jacinta.
Pues con eso es cosa cierta
que curiosidad ha sido.
Lucrecia.
En mi vida me ha valido
tanto gusto el ser curiosa.
Y porque su falsedad
conozcas, escucha y mira
si es mentira la mentira
que más parece verdad.
(Saca un papel y le abre.)
ESCENA V.
CAMINO, DON GARCÍA y TRISTÁN.—Dichas.
Camino.
(Aparte a don García.)
¿Veis la que tiene en la mano
un papel?
García.
Sí.
Camino.
Pues aquella
es Lucrecia.
García.
(Aparte. ¡Oh causa bella
de dolor tan inhumano!
Ya me abraso de celoso.)
¡Oh Camino, cuánto os debo!
Tristán.
(A Camino.)
Mañana os vestís de nuevo.
Camino.
Por vos he de ser dichoso.
García.
Llegarme, Tristán, pretendo
adonde, sin que me vea,
si posible fuere, lea
el papel que está leyendo.
Tristán.
No es difícil; que si vas
a esta capilla arrimado,
saliendo por aquel lado,
de espaldas la cogerás.
García.
Bien dices. Ven por aquí.
(Vanse don García, Tristán y Camino.)
Jacinta.
Lee bajo; que darás
mal ejemplo.
Lucrecia.
No me oirás.
Toma y lee para tí.
(Da el papel a Jacinta.)
Jacinta.
Ese es mejor parecer.
ESCENA VI.
DON GARCÍA y TRISTÁN, por otra puerta, cogen de espaldas a JACINTA y LUCRECIA.
Tristán.
Bien el fin se consiguió.
García.
Tú, si ves mejor que yo,
procura, Tristán, leer.
Jacinta.
(Lee.) «Ya que mal crédito cobras
de mis palabras sentidas,
dime si serán creídas,
pues nunca mienten, las obras.
Que si consiste el creerme,
señora, en ser tu marido,
y ha de dar el ser creído
materia al favorecerme,
por este, Lucrecia mía,
que de mi mano te doy
firmado, digo que soy
ya tu esposo don García.»
García.
(Aparte a Tristán.)
¡Vive Dios, que es mi papel!
Tristán.
¡Pues qué! ¿no lo vió en su casa?
García.
Por ventura lo repasa,
regalándose con él.
Tristán.
Como quiera, te está bien.
García.
Como quiera, soy dichoso.
Jacinta.
Él es breve y compendioso.
O bien siente, o miente bien.
García.
(A Jacinta.)
Volved los ojos, señora,
cuyos rayos no resisto.
Jacinta.
(Aparte a Lucrecia.)
Cúbrete, pues no te ha visto,
y desengáñate agora.
(Tápanse Lucrecia y Jacinta.)
Lucrecia.
(Aparte a Jacinta.)
Disimula y no me nombres.
García.
Corred los delgados velos
a ese asombro de los cielos,
a ese cielo de los hombres.
¿Posible es que os llego a ver,
homicida de mi vida?
Mas como sois mi homicida,
en la iglesia hubo de ser.
Si os obliga a retraer
mi muerte, no hayais temor;
que de las leyes de amor
es tan grande el desconcierto,
que dejan preso al que es muerto,
y libre al que es matador.
Ya espero que de mi pena
estáis, mi bien, condolida,
si el estar arrepentida
os trajo a la Madalena.
Ved cómo el amor ordena
recompensa al mal que siento;
pues si yo llevé el tormento
de vuestra crueldad, señora,
la gloria me llevo agora
de vuestro arrepentimiento.
¿No me habláis, dueño querido?
¿No os obliga el mal que paso?
¿Arrepentisos acaso
de haberos arrepentido?
Que advirtáis, señora, os pido
que otra vez me mataréis:
si porque en la iglesia os veis
probáis en mí los aceros,
mirad que no ha de valeros
si en ella el delito hacéis.
Jacinta.
¿Conocéisme?
García.
¡Y bien, por Dios!
Tanto que desde aquel día
que os hablé en la Platería,
no me conozco por vos;
de suerte que de los dos
vivo más en vos que en mí;
que tanto desde que os ví,
en vos trasformado estoy,
que ni conozco el que soy,
ni me acuerdo del que fuí.
Jacinta.
Bien se echa de ver que estáis
del que fuisteis olvidado,
pues sin ver que sois casado
nuevo amor solicitáis.
García.
¡Yo casado! ¿En eso dais?
Jacinta.
¿Pues no?
García.
¡Qué vana porfía!
Fué, por Dios, invención mía,
por ser vuestro.
Jacinta.
O por no sello;
y si os vuelven a hablar dello,
seréis casado en Turquía.
García.
Y vuelvo a jurar, por Dios,
que en este amoroso estado
para todas soy casado,
y soltero para vos.
Jacinta.
(Aparte a Lucrecia.)
¿Ves tu desengaño?
Lucrecia.
(Aparte.)¡Ah cielos!
Apenas una centella
siento de amor, y ya della
nacen volcanes de celos.
García.
Aquella noche, señora,
que en el balcón os hablé,
¿todo el caso no os conté?
Jacinta.
¡A mí en balcón!
Lucrecia.
(Aparte.)¡Ah traidora!
Jacinta.
Advertid que os engañáis.
¿Vos me hablasteis?
García.
¡Bien por Dios!
Lucrecia.
(Aparte.) ¡Hablaisle de noche vos,
y a mí consejos me dais!
García.
Y el papel que recibisteis,
¿negareislo?
Jacinta.
¡Yo papel!
Lucrecia.
(Aparte.) ¡Ved qué amiga tan fiel!
García.
Y sé yo que lo leisteis.
Jacinta.
Pasar por donaire puede,
cuando no daña el mentir;
mas no se puede sufrir
cuando ese límite excede.
García.
¿No os hablé en vuestro balcón,
Lucrecia, tres noches ha?
Jacinta.
(Aparte.)
(¡Yo, Lucrecia! Bueno va.
Toro nuevo, otra invención.
A Lucrecia ha conocido;
y es muy cierto el adoralla,
pues finge, por no enojalla,
que por ella me ha tenido.)
Lucrecia.
(Aparte.)
(Todo lo entiendo. ¡Ah traidora!
Sin duda que le avisó
que la tapada fuí yo,
y quiere enmendallo agora
con fingir que fué el tenella
por mí, la causa de hablalla.)
Tristán.
(A don García.)
Negar debe de importalla
por la que está junto della,
ser Lucrecia.
García.
Así lo entiendo;
que si por mí lo negara,
encubriera ya la cara.
Pero no se conociendo,
¿se hablaran las dos?
Tristán.
Por puntos
suele en las iglesias verse
que parlan sin conocerse
los que aciertan a estar juntos.
García.
Dices bien.
Tristán.
Fingiendo agora
que se engañaron tus ojos,
lo enmendarás.
García.
Los antojos
de un ardiente amor, señora,
me tienen tan deslumbrado,
que por otra os he tenido.
Perdonad; que yerro ha sido
desa cortina causada;
que como a la fantasía
fácil engaña el deseo,
cualquiera dama que veo
se me figura la mía.
Jacinta.
(Aparte.) Entendíle la intención.
Lucrecia.
(Aparte.) Avisóle la taimada.
Jacinta.
Según eso, la adorada
es Lucrecia.
García.
El corazón,
desde el punto que la ví,
la hizo dueño de mi fe.
Jacinta.
(Aparte)
¡Bueno es esto!
Lucrecia.
(Aparte.)¡Que esta esté
haciendo burla de mí!
No me doy por entendida,
por no hacer aquí un exceso.
Jacinta.
Pues yo pienso que a estar de eso
cierta, os fuera agradecida
Lucrecia.
García.
¿Tratáis con ella?
Jacinta.
Trato, y es amiga mía,
tanto que me atrevería
a afirmar que en mí y en ella
vive un solo corazón.
García.
(Aparte. ¡Si eres tú, bien claro está.
¡Qué bien a entender me da
su recato y su intención!)
Pues ya que mi dicha ordena
tan buena ocasión, señora,
pues sois ángel, sed agora
mensajera de mi pena.
Mi firmeza le decid,
y perdonadme si os doy
este oficio.
Tristán.
(Aparte.)Oficio es hoy
de las mozas de Madrid.
García.
Persuadidla que a tan grande
amor ingrata no sea.
Jacinta.
Hacedle vos que lo crea,
que yo la haré que se ablande.
García.
¿Por qué no creerá que muero,
pues he visto su beldad?
Jacinta.
Porque, si os digo verdad,
no os tiene por verdadero.
García.
Esta es verdad, vive Dios:
hacedle vos que lo crea.
Jacinta.
¿Qué importa que verdad sea
si el que la dice sois vos?
Que la boca mentirosa
incurre en tan torpe mengua,
que solamente en su lengua
es la verdad sospechosa.
García.
Señora...
Jacinta.
Basta: mirad
que dais nota.
García.
Yo obedezco.
Jacinta.
¿Vas contenta?
Lucrecia.
Yo agradezco,
Jacinta, tu voluntad.
(Vanse las dos.)
ESCENA VII.
DON GARCÍA.—TRISTÁN.
García.
¿No ha estado aguda Lucrecia?
¡Con qué astucia dió a entender
que le importaba no ser
Lucrecia!
Tristán.
A fe que no es necia.
García.
Sin duda que no quería
que la conociese aquella
que estaba hablando con ella.
Tristán.
Claro está que no podía
obligalla otra ocasión
a negar cosa tan clara
porque a tí no te negara
que te habló por su balcón,
pues ella misma tocó
los puntos de que tratastes
cuando por él os hablastes.
García.
En eso bien me mostró
que de mí no se encubría.
Tristán.
Y por eso dijo aquello:
“Y si os vuelven a hablar dello,
seréis casado en Turquía.”
Y esta conjetura abona
más claramente el negar
que era Lucrecia, y tratar
luego en tercera persona
de sus propios pensamientos,
diciéndole que sabía
que Lucrecia pagaría
tus amorosos intentos,
con que tú hicieses, señor,
que los llegase a creer.
García.
¡Ay, Tristán! ¿qué puedo hacer,
para acreditar mi amor?
Tristán.
¿Tú quieres casarte?
García.
Sí.
Tristán.
Pues pídela.
García.
¿Y si resiste?
Tristán.
Parece que no la oiste
lo que dijo agora aquí:
«Hacedle vos que lo crea;
que yo la haré que se ablande.»
¿Qué indicio quieres más grande
de que ser tuya desea?
Quien tus papeles recibe,
quien te habla en sus ventanas,
muestras ha dado bien llanas
de la afición con que vive.
El pensar que eres casado
la refrena solamente,
y queda ese inconveniente
con casarte remediado;
pues es el mismo casarte,
siendo tan gran caballero,
información de soltero;
y cuando quiera obligarte
a que des información,
por el temor con que va
de tus engaños, no está
Salamanca en el Japón.
García.
Sí está para quien desea;
que son ya siglos en mí
los instantes.
Tristán.
Pues aquí,
¿no habrá quien testigo sea?
García.
Puede ser.
Tristán.
Es fácil cosa.
García.
Al punto los buscaré.
Tristán.
Uno yo te lo daré.
García.
Y ¿quién es?
Tristán.
Don Juan de Sosa.
García.
¿Quién? ¿don Juan de Sosa?
Tristán.
Sí.
García.
Bien lo sabe.
Tristán.
Desde el día
que te habló en la Platería
no le he visto, ni él a tí.
Y aunque siempre he deseado
saber qué pesar te dió
el papel que te escribió,
nunca te lo he preguntado,
viendo que entonces severo
negaste y descolorido;
mas agora que ha venido
tan apropósito, quiero
pensar, que puedo, señor,
pues secretario me has hecho
del archivo de tu pecho,
y se pasó aquel furor.
García.
Yo te lo quiero contar;
que pues sé por experiencia
tu secreto y tu prudencia,
bien te lo puedo fiar.
A las siete de la tarde
me escribió que me aguardaba
en San Blas don Juan de Sosa
para un caso de importancia.
Callé, por ser desafío;
que quiere el que no lo calla,
que le estorben o le ayuden,
cobardes acciones ambas.
Llegué al aplazado sitio
donde don Juan me aguardaba
con su espada y con sus celos,
que son armas de ventaja.
Su sentimiento propuso;
satisfice a su demanda;
y por quedar bien, al fin
desnudamos las espadas.
Elegí mi medio al punto,
y haciéndole una ganancia
por los grados del perfil,
le dí una fuerte estocada.
Sagrado fué de su vida
un Agnus Dei que llevaba;
que topando en él la punta,
hizo dos partes mi espada.
Él sacó pies del gran golpe,
pero con ardiente rabia
vino tirando una punta;
mas yo por la parte flaca
cogí su espada, formando
un atajo. Él, presto, saca
(como la respiración
tan corta línea le tapa,
por faltarle los dos tercios
a mi poco fiel espada)
la suya, corriendo filos;
y como cerca me halla
(porque yo busqué el estrecho,
por la falta de mis armas),
a la cabeza furioso
me tiró una cuchillada.
Recibíla en el principio
de su formación, y baja,
matándole el movimiento
sobre la suya mi espada,
¡Aquí fué Troya! Saqué
un revés con tal pujanza,
que la falta de mi acero
hizo allí muy poca falta;
que abriéndole en la cabeza
un palmo de cuchillada,
vino sin sentido al suelo,
y aun sospecho que sin alma.
Dejéle así, y con secreto
me vine. Esto es lo que pasa,
y de no verle estos días,
Tristán, es esta la causa.
Tristán.
¡Qué suceso tan extraño!
¿Y se murió?
García.
Cosa es clara,
porque hasta los mismos sesos
esparció por la campaña.
Tristán.
¡Pobre don Juan!...
ESCENA VIII.
DON JUAN y DON BELTRÁN.—Dichos.
Tristán.
Mas ¿no es este
que viene aquí?
García.
¡Cosa extraña!
Tristán.
¿También a mí me la pegas?
¡Al secretario del alma!
(Aparte. Por Dios, que se lo creí,
con conocelle las mañas.
Mas ¿a quién no engañarán
mentiras tan bien trovadas?)
García.
Sin duda que le han curado
por ensalmo.
Tristán.
Cuchillada
que rompió los mismos sesos,
¿en tan breve tiempo sana?
García.
¿Es mucho? Ensalmo sé yo
con que un hombre en Salamanca,
a quien cortaron a cercén
un brazo con media espalda,
volviéndosele a pegar,
en menos de una semana
quedó tan sano y tan bueno
como primero.
Tristán.
¡Ya escampa!
García.
Esto no me lo contaron;
yo mismo lo ví.
Tristán.
Eso basta.
García.
De la verdad, por la vida,
no quitaré una palabra.
Tristán.
(Aparte. ¡Que ninguno se conozca!)
Señor, mis servicios paga
con enseñarme ese ensalmo.
García.
Está en dicciones hebraicas,
y si no sabes la lengua
no has de saber pronunciarlas.
Tristán.
Y tú, ¿sábesla?
García.
¡Qué bueno!
Mejor que la castellana:
hablo diez lenguas.
Tristán.
(Aparte.)(Y todas
para mentir no te bastan.)
Cuerpo de verdades lleno,
con razón el tuyo llaman,
pues ninguna sale de él...
(Aparte. Ni hay mentira que no salga.)
Beltrán.
(A don Juan.)
¿Qué decís?
Juan.
Esto es verdad:
ni caballero ni dama
tiene, si mal no me acuerdo,
desos nombres Salamanca.
Beltrán.
(Ap. Sin duda que fué invención
de García, cosa es clara.
Disimular me conviene.)
Gocéis por edades largas,
con una rica encomienda,
de la cruz de Calatrava.
Juan.
Creed que siempre he de ser
más vuestro, cuanto más valga.
Y perdonadme; que ahora
por andar dando las gracias
a esos señores, no os voy
sirviendo hasta vuestra casa.
(Vase.)