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La verdad sospechosa

Chapter 44: ESCENA X.
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About This Book

A comedy follows a man whose habit of inventing stories produces escalating misunderstandings that complicate courtship, friendships, and claims of honor. His lies spread through a circle of rivals, elders, and love interests, producing comic confrontations and near-disasters that expose how social esteem depends on appearances. Through economical dialogue and staged situations, the piece satirizes mendacity and moral pretension while tracing the practical consequences of habitual falsehood, leading characters toward confession, correction, and a restoration of credibility.

ESCENA IX.

DON BELTRÁN, DON GARCÍA, TRISTÁN.

Beltrán.

(Aparte.)

¡Válgame Dios! ¿Es posible

que a mí no me perdonaran

las costumbres deste mozo?

¿Que aun a mí, en mis propias canas

me mintiese, al mismo tiempo

que riñéndoselo estaba?

¿Y que lo creyese yo

en cosa tan de importancia

tan presto, habiendo ya oido

de sus engaños la fama?

Mas ¿quién creyera que a mí

me mintiera, cuando estaba

reprendiéndole eso mismo?

Y ¿qué juez se recelara

que el mismo ladrón le robe,

de cuyo castigo trata?

Tristán.

¿Determinaste a llegar?

García.

Sí, Tristán.

Tristán.

Pues Dios te valga.

García.

Padre...

Beltrán.

No me llames padre,

vil; enemigo, me llama;

que no tiene sangre mía

quien no me parece en nada.

Quítate de ante mis ojos;

que, por Dios, si no mirara...

Tristán.

(Ap. a don García.)

El mar está por el cielo.

Mejor ocasión aguarda.

Beltrán.

¡Cielos! ¿Qué castigo es este?

¿Es posible que a quien ama

la verdad como yo, un hijo

de condición tan contraria

le diésedes? ¿Es posible

que quien tanto su honor guarda

como yo, engendrase un hijo

de inclinaciones tan bajas;

y a Gabriel, que honor y vida

daba a mi sangre y mis canas,

llevásedes tan en flor?

Cosas son, que a no mirarlas

como cristiano...

García.

(Aparte.)¿Qué es esto?

Tristán.

(Aparte a su amo.)

Quítate de aquí. ¿Qué aguardas?

Beltrán.

Déjanos solos, Tristán...

Pero vuelve, no te vayas;

por ventura la vergüenza,

de que sepas tú su infamia

podrá en él lo que no pudo

el respeto de mis canas.

Y cuando ni esta vergüenza

le obligue a enmendar sus faltas,

servirále por lo menos

de castigo el publicallas.

Dí, liviano, ¿qué fin llevas,

loco, dí, qué gusto sacas

de mentir tan sin recato?

Y cuando con todos vayas

tras tu inclinación, ¿conmigo

siquiera no te enfrenaras?

¿Con qué intento el matrimonio

fingistes de Salamanca,

para quitarles también

el crédito a mis palabras?

¿Con qué cara hablaré yo

a los que dije que estabas

con doña Sancha de Herrera

desposado? ¿Con qué cara,

cuando sabiendo que fué

fingida esta doña Sancha,

por cómplices del embuste

infamen mis nobles canas?

¿Qué medio tomaré yo

que saque bien esta mancha;

pues a mejor negociar,

si de mí quiero quitarla,

he de ponerla en mi hijo,

y diciendo que la causa

fuiste tú, he de ser yo mismo

pregonero de la infamia?

Si algún cuidado amoroso

te obligó a que me engañaras,

¿qué enemigo te oprimía?

¿qué puñal te amenazaba?

sino un padre, padre al fin:

que este nombre sólo basta

para saber de qué modo

le enternecieran tus ansias.

¡Un viejo que fué mancebo,

y sabe bien la pujanza

con que en pechos juveniles

prenden amorosas llamas!

García.

Pues si lo sabes, y entonces

para excusarme bastara;

para que mi error perdones

agora, padre, me valga.

Parecerme que sería

respetar poco tus canas

no obedecerte pudiendo,

me obligó a que te engañara.

Error fué, no fué delito;

no fué culpa; fué ignorancia;

la causa amor, tú mi padre,

pues tú dices que esto basta.

Y ya que el daño supiste,

escucha la hermosa causa,

porque el mismo dañador

el daño te satisfaga.

Doña Lucrecia, la hija

de don Juan de Luna, es alma

desta vida: es principal

y heredera de su casa;

y para hacerme dichoso

con su hermosa mano, falta

solo que tú lo consientas,

y declares que la fama

de ser yo casado, tuvo

ese principio, y es falsa.

Beltrán.

No, no. ¡Jesús! Calla. ¿En otra

habías de meterme? Basta.

Ya si dices que esta es luz,

he de pensar que me engañas.

García.

No, señor: lo que a las obras

se remite, es verdad clara;

y Tristán, de quien te fías,

es testigo de mis ansias.

Dílo, Tristán.

Tristán.

Sí, señor,

lo que dice es lo que pasa.

Beltrán.

¿No te corres desto? Dí:

¿no te avergüenzas que hayas

menester que tu criado

acredite lo que hablas?

Ahora bien, yo quiero hablar

a don Juan, y el cielo haga

que te dé a Lucrecia; que eres

tal, que ella es la engañada.

Mas primero he de informarme

en esto de Salamanca;

que ya temo que en decirme

que me engañaste, me engañas.

Que aunque la verdad sabía

antes que a hablarte llegara,

la has hecho ya sospechosa

tú con sólo confesarla.

(Vase.)

García.

Bien se ha hecho.

Tristán.

¡Y cómo bien!

que yo pensé que hoy probabas

en tí aquel ensalmo hebreo,

que brazos cortados sana.


Sala con vistas a un jardín en la casa de don Juan de Luna.

ESCENA X.

DON JUAN DE LUNA, DON SANCHO.

Juan de Luna.

Parece que la noche ha refrescado.

Sancho.

Señor don Juan de Luna, para el río

este fresco en mi edad es demasiado.

Juan de Luna.

Mejor será que en ese jardín mío

se nos ponga la mesa, y que gocemos

la cena con sazón, templado el frío.

Sancho.

Discreto parecer. Noche tendremos

que dar a Manzanares más templada;

que ofenden la salud estos extremos.

Juan de Luna.

(Dirigiéndose adentro.)

Gozad de vuestra hermosa convidada

por esta noche en el jardín, Lucrecia.

Sancho.

Veáisla, quiera Dios, bien empleada;

que es un ángel.

Juan de Luna.

Demás de que no es necia

y ser cual veis, Don Sancho, tan hermosa,

menos que la virtud la vida precia.

ESCENA XI.

UN CRIADO.—Dichos.

Criado.

(A don Sancho.)

Preguntando por vos don Juan de Sosa,

a la puerta llegó, y pide licencia.

Sancho.

¡A tal hora!

Juan de Luna.

Será ocasión forzosa.

Sancho.

Entre el señor don Juan.

(Va el criado a avisar.)

ESCENA XII.

DON JUAN, con un papel.—DON JUAN DE LUNA, DON SANCHO.

Juan.

(A don Sancho.)A esa presencia

sin el papel que veis, nunca llegara.

Mas ya con él faltaba la paciencia;

que no quiso el amor que dilatara

la nueva un punto, si alcanzar la gloria

consiste en eso de mi prenda cara

ya el hábito salió: si en la memoria

la palabra tenéis que me habeis dado,

colmaréis con cumplirla mi victoria.

Sancho.

Mi fe, señor don Juan, habeis premiado,

con no haber esta nueva tan dichosa

por un momento sólo dilatado.

A darla voy a mi Jacinta hermosa,

y perdonad; que por estar desnuda,

no la mando salir.

(Vase.)

Juan de Luna.

Por cierta cosa

tuve siempre el vencer, que el cielo ayuda

la verdad más oculta. En ser premiada

dilación pudo haber, pero no duda.

ESCENA XIII.

DON GARCÍA, DON BELTRÁN, TRISTÁN, DON JUAN DE LUNA, DON JUAN.

Beltrán.

Esta no es ocasión acomodada

de hablarle; que hay visita, y una cosa

tan grave a solas ha de ser tratada.

García.

Antes nos servirá don Juan de Sosa

en lo de Salamanca por testigo.

Beltrán.

¡Que lo hayais menester! ¡Qué infame cosa!

En tanto que a don Juan de Luna digo

nuestra intención, podéis entretenello.

Juan de Luna.

¡Amigo don Beltrán!...

Beltrán.

¡Don Juan amigo!...

Juan de Luna.

¿A tales horas tal exceso?

Beltrán.

En ello

conoceréis que estoy enamorado.

Juan de Luna.

Dichosa la que puede merecello.

Beltrán.

Perdón me habeis de dar; que haber hallado

la puerta abierta, y la amistad que os tengo,

para entrar sin licencia me la han dado.

Juan de Luna.

Cumplimientos dejad, cuando prevengo

el pecho a la ocasión desta venida.

Beltrán.

Quiero deciros, pues, a lo que vengo.

García.

(A don Juan de Sosa.)

Pudo, señor don Juan, ser oprimida

de algún pecho de envidia emponzoñado

verdad tan clara, pero no vencida.

Podéis, por Dios, creer que me ha alegrado

vuestra vitoria.

Juan.

De quien sois lo creo.

García.

Del hábito gocéis enconmendado

como vos merecéis, y yo deseo.

Juan de Luna.

Es en eso Lucrecia tan dichosa,

que pienso que es soñado el bien que veo.

Con perdón del señor don Juan de Sosa,

oíd una palabra, don García.

Que a Lucrecia queréis por vuestra esposa

me ha dicho don Beltrán.

García.

El alma mía,

mi dicha, honor y vida está en su mano.

Juan de Luna.

Yo desde aquí por ella os doy la mía,

(Se dan las manos.)

que como yo sé en eso lo que gano,

lo sabe ella también, según la he oido

hablar de vos.

García.

Por bien tan soberano

los pies, señor don Juan de Luna, os pido.

ESCENA XIV.

DON SANCHO, JACINTA, LUCRECIA.—Dichos.

Lucrecia.

Al fin tras tantos contrastes,

tu dulce esperanza logras.

Jacinta.

Con que tú logres la tuya

seré del todo dichosa.

Juan de Luna.

Ella sale con Jacinta

ajena de tanta gloria,

más de calor descompuesta

que aderezada de boda.

Dejad que albricias le pida

de una nueva tan dichosa.

Beltrán.

(A don García.)

Acá está don Sancho. ¡Mira

en qué vengo a verme agora!

García.

Yerros causados de amor,

quien es cuerdo los perdona.

Lucrecia.

¿No es casado en Salamanca?

Juan de Luna.

Fué invención suya engañosa,

procurando que su padre

no le casase con otra.

Lucrecia.

Siendo así, mi voluntad

es la tuya, y soy dichosa.

Sancho.

Llegad, ilustres mancebos,

a vuestras alegres novias,

que dichosas se confiesan

y os aguardan amorosas.

García.

Agora de mis verdades

darán probanza las obras.

(Vanse don García y don Juan a Jacinta.)

Juan.

¿A dónde vais, don García?

Veis allí a Lucrecia hermosa.

García.

¡Cómo Lucrecia!

Beltrán.

¿Qué es esto?

García.

(A Jacinta.)

Vos sois mi dueño, señora.

Beltrán.

¿Otra tenemos?

García.

Si el nombre

erré, no erré la persona.

Vos sois a quien yo he pedido,

y vos, la que el alma adora.

Lucrecia.

Y este papel, engañoso,

(Saca un papel.)

que es de vuestra mano propria,

¿lo que decís, no desdice?

Beltrán.

¡Que en tal afrenta me pongas!

Juan.

Dadme, Jacinta, la mano,

y daréis fin a estas cosas.

Sancho.

Dale la mano a don Juan.

Jacinta.

Vuestra soy. (A don Juan.)

García.

(Aparte.)Perdí mi gloria.

Beltrán.

¡Vive Dios, si no recibes

a Lucrecia por esposa,

que te he de quitar la vida!

Juan de Luna.

La mano os he dado agora

por Lucrecia, y me la distes;

si vuestra inconstancia loca

os ha mudado tan presto,

yo lavaré mi deshonra

con sangre de vuestras venas.

Tristán.

Tú tienes la culpa toda,

que si al principio dijeras

la verdad, esta es la hora

que de Jacinta gozabas.

Ya no hay remedio: perdona,

y da la mano a Lucrecia,

que también es buena moza.

García.

La mano doy, pues es fuerza.

Tristán.

Y aquí verás cuán dañosa

es la mentira, y verá

el Senado que en la boca

del que mentir acostumbra,

es la verdad sospechosa.

FIN.