ESCENA IX.
DON BELTRÁN, DON GARCÍA, TRISTÁN.
Beltrán.
(Aparte.)
¡Válgame Dios! ¿Es posible
que a mí no me perdonaran
las costumbres deste mozo?
¿Que aun a mí, en mis propias canas
me mintiese, al mismo tiempo
que riñéndoselo estaba?
¿Y que lo creyese yo
en cosa tan de importancia
tan presto, habiendo ya oido
de sus engaños la fama?
Mas ¿quién creyera que a mí
me mintiera, cuando estaba
reprendiéndole eso mismo?
Y ¿qué juez se recelara
que el mismo ladrón le robe,
de cuyo castigo trata?
Tristán.
¿Determinaste a llegar?
García.
Sí, Tristán.
Tristán.
Pues Dios te valga.
García.
Padre...
Beltrán.
No me llames padre,
vil; enemigo, me llama;
que no tiene sangre mía
quien no me parece en nada.
Quítate de ante mis ojos;
que, por Dios, si no mirara...
Tristán.
(Ap. a don García.)
El mar está por el cielo.
Mejor ocasión aguarda.
Beltrán.
¡Cielos! ¿Qué castigo es este?
¿Es posible que a quien ama
la verdad como yo, un hijo
de condición tan contraria
le diésedes? ¿Es posible
que quien tanto su honor guarda
como yo, engendrase un hijo
de inclinaciones tan bajas;
y a Gabriel, que honor y vida
daba a mi sangre y mis canas,
llevásedes tan en flor?
Cosas son, que a no mirarlas
como cristiano...
García.
(Aparte.)¿Qué es esto?
Tristán.
(Aparte a su amo.)
Quítate de aquí. ¿Qué aguardas?
Beltrán.
Déjanos solos, Tristán...
Pero vuelve, no te vayas;
por ventura la vergüenza,
de que sepas tú su infamia
podrá en él lo que no pudo
el respeto de mis canas.
Y cuando ni esta vergüenza
le obligue a enmendar sus faltas,
servirále por lo menos
de castigo el publicallas.
Dí, liviano, ¿qué fin llevas,
loco, dí, qué gusto sacas
de mentir tan sin recato?
Y cuando con todos vayas
tras tu inclinación, ¿conmigo
siquiera no te enfrenaras?
¿Con qué intento el matrimonio
fingistes de Salamanca,
para quitarles también
el crédito a mis palabras?
¿Con qué cara hablaré yo
a los que dije que estabas
con doña Sancha de Herrera
desposado? ¿Con qué cara,
cuando sabiendo que fué
fingida esta doña Sancha,
por cómplices del embuste
infamen mis nobles canas?
¿Qué medio tomaré yo
que saque bien esta mancha;
pues a mejor negociar,
si de mí quiero quitarla,
he de ponerla en mi hijo,
y diciendo que la causa
fuiste tú, he de ser yo mismo
pregonero de la infamia?
Si algún cuidado amoroso
te obligó a que me engañaras,
¿qué enemigo te oprimía?
¿qué puñal te amenazaba?
sino un padre, padre al fin:
que este nombre sólo basta
para saber de qué modo
le enternecieran tus ansias.
¡Un viejo que fué mancebo,
y sabe bien la pujanza
con que en pechos juveniles
prenden amorosas llamas!
García.
Pues si lo sabes, y entonces
para excusarme bastara;
para que mi error perdones
agora, padre, me valga.
Parecerme que sería
respetar poco tus canas
no obedecerte pudiendo,
me obligó a que te engañara.
Error fué, no fué delito;
no fué culpa; fué ignorancia;
la causa amor, tú mi padre,
pues tú dices que esto basta.
Y ya que el daño supiste,
escucha la hermosa causa,
porque el mismo dañador
el daño te satisfaga.
Doña Lucrecia, la hija
de don Juan de Luna, es alma
desta vida: es principal
y heredera de su casa;
y para hacerme dichoso
con su hermosa mano, falta
solo que tú lo consientas,
y declares que la fama
de ser yo casado, tuvo
ese principio, y es falsa.
Beltrán.
No, no. ¡Jesús! Calla. ¿En otra
habías de meterme? Basta.
Ya si dices que esta es luz,
he de pensar que me engañas.
García.
No, señor: lo que a las obras
se remite, es verdad clara;
y Tristán, de quien te fías,
es testigo de mis ansias.
Dílo, Tristán.
Tristán.
Sí, señor,
lo que dice es lo que pasa.
Beltrán.
¿No te corres desto? Dí:
¿no te avergüenzas que hayas
menester que tu criado
acredite lo que hablas?
Ahora bien, yo quiero hablar
a don Juan, y el cielo haga
que te dé a Lucrecia; que eres
tal, que ella es la engañada.
Mas primero he de informarme
en esto de Salamanca;
que ya temo que en decirme
que me engañaste, me engañas.
Que aunque la verdad sabía
antes que a hablarte llegara,
la has hecho ya sospechosa
tú con sólo confesarla.
(Vase.)
García.
Bien se ha hecho.
Tristán.
¡Y cómo bien!
que yo pensé que hoy probabas
en tí aquel ensalmo hebreo,
que brazos cortados sana.
Sala con vistas a un jardín en la casa de don Juan de Luna.
ESCENA X.
DON JUAN DE LUNA, DON SANCHO.
Juan de Luna.
Parece que la noche ha refrescado.
Sancho.
Señor don Juan de Luna, para el río
este fresco en mi edad es demasiado.
Juan de Luna.
Mejor será que en ese jardín mío
se nos ponga la mesa, y que gocemos
la cena con sazón, templado el frío.
Sancho.
Discreto parecer. Noche tendremos
que dar a Manzanares más templada;
que ofenden la salud estos extremos.
Juan de Luna.
(Dirigiéndose adentro.)
Gozad de vuestra hermosa convidada
por esta noche en el jardín, Lucrecia.
Sancho.
Veáisla, quiera Dios, bien empleada;
que es un ángel.
Juan de Luna.
Demás de que no es necia
y ser cual veis, Don Sancho, tan hermosa,
menos que la virtud la vida precia.
ESCENA XI.
UN CRIADO.—Dichos.
Criado.
(A don Sancho.)
Preguntando por vos don Juan de Sosa,
a la puerta llegó, y pide licencia.
Sancho.
¡A tal hora!
Juan de Luna.
Será ocasión forzosa.
Sancho.
Entre el señor don Juan.
(Va el criado a avisar.)
ESCENA XII.
DON JUAN, con un papel.—DON JUAN DE LUNA, DON SANCHO.
Juan.
(A don Sancho.)A esa presencia
sin el papel que veis, nunca llegara.
Mas ya con él faltaba la paciencia;
que no quiso el amor que dilatara
la nueva un punto, si alcanzar la gloria
consiste en eso de mi prenda cara
ya el hábito salió: si en la memoria
la palabra tenéis que me habeis dado,
colmaréis con cumplirla mi victoria.
Sancho.
Mi fe, señor don Juan, habeis premiado,
con no haber esta nueva tan dichosa
por un momento sólo dilatado.
A darla voy a mi Jacinta hermosa,
y perdonad; que por estar desnuda,
no la mando salir.
(Vase.)
Juan de Luna.
Por cierta cosa
tuve siempre el vencer, que el cielo ayuda
la verdad más oculta. En ser premiada
dilación pudo haber, pero no duda.
ESCENA XIII.
DON GARCÍA, DON BELTRÁN, TRISTÁN, DON JUAN DE LUNA, DON JUAN.
Beltrán.
Esta no es ocasión acomodada
de hablarle; que hay visita, y una cosa
tan grave a solas ha de ser tratada.
García.
Antes nos servirá don Juan de Sosa
en lo de Salamanca por testigo.
Beltrán.
¡Que lo hayais menester! ¡Qué infame cosa!
En tanto que a don Juan de Luna digo
nuestra intención, podéis entretenello.
Juan de Luna.
¡Amigo don Beltrán!...
Beltrán.
¡Don Juan amigo!...
Juan de Luna.
¿A tales horas tal exceso?
Beltrán.
En ello
conoceréis que estoy enamorado.
Juan de Luna.
Dichosa la que puede merecello.
Beltrán.
Perdón me habeis de dar; que haber hallado
la puerta abierta, y la amistad que os tengo,
para entrar sin licencia me la han dado.
Juan de Luna.
Cumplimientos dejad, cuando prevengo
el pecho a la ocasión desta venida.
Beltrán.
Quiero deciros, pues, a lo que vengo.
García.
(A don Juan de Sosa.)
Pudo, señor don Juan, ser oprimida
de algún pecho de envidia emponzoñado
verdad tan clara, pero no vencida.
Podéis, por Dios, creer que me ha alegrado
vuestra vitoria.
Juan.
De quien sois lo creo.
García.
Del hábito gocéis enconmendado
como vos merecéis, y yo deseo.
Juan de Luna.
Es en eso Lucrecia tan dichosa,
que pienso que es soñado el bien que veo.
Con perdón del señor don Juan de Sosa,
oíd una palabra, don García.
Que a Lucrecia queréis por vuestra esposa
me ha dicho don Beltrán.
García.
El alma mía,
mi dicha, honor y vida está en su mano.
Juan de Luna.
Yo desde aquí por ella os doy la mía,
(Se dan las manos.)
que como yo sé en eso lo que gano,
lo sabe ella también, según la he oido
hablar de vos.
García.
Por bien tan soberano
los pies, señor don Juan de Luna, os pido.
ESCENA XIV.
DON SANCHO, JACINTA, LUCRECIA.—Dichos.
Lucrecia.
Al fin tras tantos contrastes,
tu dulce esperanza logras.
Jacinta.
Con que tú logres la tuya
seré del todo dichosa.
Juan de Luna.
Ella sale con Jacinta
ajena de tanta gloria,
más de calor descompuesta
que aderezada de boda.
Dejad que albricias le pida
de una nueva tan dichosa.
Beltrán.
(A don García.)
Acá está don Sancho. ¡Mira
en qué vengo a verme agora!
García.
Yerros causados de amor,
quien es cuerdo los perdona.
Lucrecia.
¿No es casado en Salamanca?
Juan de Luna.
Fué invención suya engañosa,
procurando que su padre
no le casase con otra.
Lucrecia.
Siendo así, mi voluntad
es la tuya, y soy dichosa.
Sancho.
Llegad, ilustres mancebos,
a vuestras alegres novias,
que dichosas se confiesan
y os aguardan amorosas.
García.
Agora de mis verdades
darán probanza las obras.
(Vanse don García y don Juan a Jacinta.)
Juan.
¿A dónde vais, don García?
Veis allí a Lucrecia hermosa.
García.
¡Cómo Lucrecia!
Beltrán.
¿Qué es esto?
García.
(A Jacinta.)
Vos sois mi dueño, señora.
Beltrán.
¿Otra tenemos?
García.
Si el nombre
erré, no erré la persona.
Vos sois a quien yo he pedido,
y vos, la que el alma adora.
Lucrecia.
Y este papel, engañoso,
(Saca un papel.)
que es de vuestra mano propria,
¿lo que decís, no desdice?
Beltrán.
¡Que en tal afrenta me pongas!
Juan.
Dadme, Jacinta, la mano,
y daréis fin a estas cosas.
Sancho.
Dale la mano a don Juan.
Jacinta.
Vuestra soy. (A don Juan.)
García.
(Aparte.)Perdí mi gloria.
Beltrán.
¡Vive Dios, si no recibes
a Lucrecia por esposa,
que te he de quitar la vida!
Juan de Luna.
La mano os he dado agora
por Lucrecia, y me la distes;
si vuestra inconstancia loca
os ha mudado tan presto,
yo lavaré mi deshonra
con sangre de vuestras venas.
Tristán.
Tú tienes la culpa toda,
que si al principio dijeras
la verdad, esta es la hora
que de Jacinta gozabas.
Ya no hay remedio: perdona,
y da la mano a Lucrecia,
que también es buena moza.
García.
La mano doy, pues es fuerza.
Tristán.
Y aquí verás cuán dañosa
es la mentira, y verá
el Senado que en la boca
del que mentir acostumbra,
es la verdad sospechosa.
FIN.