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La verdad sospechosa

Chapter 5: ACTO PRIMERO.
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About This Book

A comedy follows a man whose habit of inventing stories produces escalating misunderstandings that complicate courtship, friendships, and claims of honor. His lies spread through a circle of rivals, elders, and love interests, producing comic confrontations and near-disasters that expose how social esteem depends on appearances. Through economical dialogue and staged situations, the piece satirizes mendacity and moral pretension while tracing the practical consequences of habitual falsehood, leading characters toward confession, correction, and a restoration of credibility.

ACTO PRIMERO.

Sala en casa de don Beltrán.

ESCENA PRIMERA.

Salen por una puerta DON GARCÍA, de estudiante, y un LETRADO viejo, de camino; y por otra, DON BELTRÁN y TRISTÁN.

Beltrán.

Con bien vengas, hijo mío.

García.

Dame la mano, señor.

Beltrán.

¿Cómo vienes?

García.

El calor

del ardiente y seco estío

me ha afligido de tal suerte,

que no pudiera llevallo,

señor, a no mitigallo

con la esperanza de verte.

Beltrán.

Entra, pues, a descansar.

Dios te guarde. ¡Qué hombre viene!

—Tristán...

Tristán.

Señor...

Beltrán.

Dueño tienes

nuevo ya de quien cuidar.

Sirve desde hoy a García;

que tú eres diestro en la corte,

y él bisoño.

Tristán.

En lo que importe

yo le serviré de guía.

Beltrán.

No es criado el que te doy,

más consejero y amigo.

García.

Tendrá ese lugar conmigo.

(Vase.)

Tristán.

Vuestro humilde esclavo soy.

(Vase.)

ESCENA II.

DON BELTRÁN, EL LETRADO.

Beltrán.

Déme, señor licenciado,

los brazos.

Letrado.

Los pies os pido.

Beltrán.

Alce ya. ¿Cómo ha venido?

Letrado.

Bueno, contento y honrado

de mi señor don García,

a quien tanto amor cobré,

que no sé cómo podré

vivir sin su compañía.

Beltrán.

Dios le guarde, que en efecto

siempre el señor licenciado

claros indicios ha dado

de agradecido y discreto.

Tan precisa obligación

me huelgo que haya cumplido

García, y que haya acudido

a lo que es tanta razón.

Porque le aseguro yo

que es tal mi agradecimiento,

que como un corregimiento

mi intercesión le alcanzó

(según mi amor, desigual),

de la misma suerte hiciera

darle también, si pudiera,

plaza en el Consejo Real.

Letrado.

De vuestro valor lo fío.

Beltrán.

Sí, bien lo puedo creer;

mas yo me doy a entender

que si con el favor mío

en ese escalón primero

se ha podido poner ya,

sin mi ayuda subirá

con su virtud al postrero.

Letrado.

En cualquier tiempo y lugar

he de ser vuestro criado.

Beltrán.

Ya pues, señor licenciado,

que el timón ha de dejar

de la nave de García

y yo he de encargarme de él,

que hiciese por mí y por él

sola una cosa querría.

Letrado.

Ya, señor, alegre espero

lo que me queréis mandar.

Beltrán.

La palabra me ha de dar

de que lo ha de hacer, primero.

Letrado.

Por Dios juro de cumplir,

señor, vuestra voluntad.

Beltrán.

Que me diga una verdad

le quiero solo pedir.

Ya sabe que fué mi intento

que el camino que seguía

de las letras don García

fuese su acrecentamiento;

que para un hijo segundo

como él era, es cosa cierta

que es esa la mejor puerta

para las honras del mundo.

Pues como Dios se sirvió

de llevarse a don Gabriel,

mi hijo mayor, con que en él

mi mayorazgo quedó,

determiné que, dejada

esa profesión, viniese

a Madrid donde estuviese,

como es cosa acostumbrada

entre ilustres caballeros

en España; porque es bien

que las nobles casas den

a su rey sus herederos.

Pues como es ya don García

hombre que no ha de tener

maestro, y ha de correr

su gobierno a cuenta mía,

y mi paternal amor

con justa razón desea

que, ya que el mejor no sea,

no le noten por peor,

quiero, señor licenciado,

que me diga claramente,

sin lisonja, lo que siente

(supuesto que le ha criado)

de su modo y condición,

de su trato y ejercicio,

y a qué género de vicio

muestra más inclinación.

Si tiene alguna costumbre

que yo cuide de enmendar,

no piense que me ha de dar,

con decirlo, pesadumbre.

Que él tenga vicio es forzoso;

que me pese, claro está;

mas saberlo me será

útil, cuando no gustoso.

Antes en nada a fe mía,

hacerme puede mayor

placer, o mostrar mejor

lo bien que quiere a García,

que en darme este desengaño

cuando provechoso es,

si he de saberlo después

que haya sucedido un daño.

Letrado.

Tan estrecha prevención,

señor, no era menester

para reducirme a hacer

lo que tengo obligación;

pues es caso averiguado

que cuando entrega al señor

un caballo el picador,

que lo ha impuesto y enseñado,

si no le informa del modo

y los resabios que tiene,

un mal suceso previene

al caballo y dueño y todo.

Deciros verdad es bien;

que, demás del juramento,

daros una purga intento,

que os sepa mal y haga bien.

—De mi señor don García

todas las acciones tienen

cierto acento, en que convienen

con su alta genealogía.

Es magnánimo y valiente,

es sagaz y es ingenioso,

es liberal y piadoso,

si repentino, impaciente.

No trato de las pasiones

propias de la mocedad,

porque en esas con la edad

se mudan las condiciones.

Mas una falta no más

es la que le he conocido,

que por más que le he reñido,

no se ha enmendado jamás.

Beltrán.

¿Cosa que a su calidad

será dañosa en Madrid?

Letrado.

Puede ser.

Beltrán.

¿Cuál es? Decid.

Letrado.

No decir siempre verdad.

Beltrán.

¡Jesús! ¡qué cosa tan fea

en hombre de obligación!

Letrado.

Yo pienso que o condición

o mala costumbre sea,

con la mucha autoridad

que con él tenéis, señor,

junto con que ya es mayor

su cordura con la edad,

ese vicio perderá.

Beltrán.

Si la vara no ha podido,

en tiempo que tierna ha sido,

enderezarse, ¿qué hará

siendo ya tronco robusto?

Letrado.

En Salamanca, señor,

son mozos, gastan humor,

sigue cada cual su gusto,

hacen donaire del vicio,

gala de la travesura,

grandeza de la locura;

hace al fin la edad su oficio.

Mas en la corte mejor

su enmienda esperar podemos,

donde tan validas vemos

las escuelas del honor.

Beltrán.

Casi me mueve a reír

ver cuán ignorante está

de la corte. ¿Luego acá

no hay quien le enseñe a mentir?

En la corte, aunque haya sido

un extremo don García,

hay quien le dé cada día

mil mentiras de partido.

Y si aquí miente el que está

en un puesto levantado

en cosa en que al engañado

la hacienda u honor le va,

¿no es mayor inconveniente

quien por espejo está puesto

al reino? Dejemos esto;

que me voy a maldiciente.

Como el toro, a quien tiró

la vara una diestra mano,

arremete al más cercano

sin mirar a quien hirió;

así yo, con el dolor

que esta nueva me ha causado,

en quien primero he encontrado

ejecuté mi furor.

Créame, que si García

mi hacienda, de amores ciego,

disipara, o en el juego

consumiera noche y día,

si fuera de ánimo inquieto

y a pendencias inclinado,

si mal se hubiera casado,

si se muriera en efecto,

no lo llevara tan mal

como que su falta sea

mentir. ¡Qué cosa tan fea!

¡qué opuesta a mi natural!

Ahora bien: lo que he de hacer

es casarle brevemente,

antes que este inconveniente

conocido venga a ser.—

Yo quedo muy satisfecho

de su buen celo y cuidado,

y me confieso obligado

del bien que en esto me ha hecho.

¿Cuándo ha de partir?

Letrado.

Querría

luego.

Beltrán.

¿No descansará

algún tiempo, y gozará

de la corte?

Letrado.

Dicha mía

fuera quedarme con vos,

pero mi oficio me espera.

Beltrán.

Ya entiendo: volar quisiera,

porque va a mandar. Adios.

(Vase.)

Letrado.

Guárdeos Dios.—Dolor extraño

le dió al buen viejo la nueva

Al fin, el más sabio lleva

agriamente un desengaño.

(Vase.)


Las Platerías.

ESCENA III.

DON GARCÍA, de galán; TRISTÁN.

García.

¿Díceme bien este traje?

Tristán.

Divinamente, señor.

¡Bien hubiese el inventor

deste holandesco follaje!

Con un cuello acanalado,

¿qué fealdad no se enmendó?

Yo sé una dama a quien dió

cierto amigo gran cuidado

mientras con cuello le vía,

y una vez que llegó a verle

sin él, la obligó a perderle

cuanta afición le tenía.

Porque ciertos costurones

en la garganta cetrina

publicaban la ruina

de pasados lamparones.

Las narices le crecieron,

mostró un gran palmo de oreja,

y las quijadas, de vieja,

en lo enjuto parecieron.

Al fin, el galán quedó

tan otro del que solía,

que no le conocería

la madre que le parió.

García.

Por esa y otras razones

me holgara de que saliera

premática que impidiera

esos vanos cangilones.

Que demás desos engaños,

con su holanda el extranjero

saca de España el dinero

para nuestros propios daños.

Una valoncilla angosta,

usándose le estuviera

bien al rostro, y se anduviera

más a gusto a menos costa.

Y no que con tal cuidado

sirve un galán a su cuello,

que por no descomponello,

se obliga a andar empalado.

Tristán.

Yo sé quien tuvo ocasión

de gozar su amada bella,

y no osó llegarse a ella

por no ajar un cangilón.

Y esto me tiene confuso:

todos dicen que se holgaran

de que valonas se usaran,

y nadie comienza el uso.

García.

De gobernar nos dejemos

El mundo. ¿Qué hay de mujeres?

Tristán.

El mundo dejas, ¡y quieres

que la carne gobernemos!

¿Es más fácil?

García.

Más gustoso.

Tristán.

¿Eres tierno?

García.

Mozo soy.

Tristán.

Pues en lugar entras hoy

donde amor no vive ocioso.

Resplandecen damas bellas

en el cortesano suelo

de la suerte que en el cielo

brillan lucientes estrellas.

En el vicio y la virtud

y el estado hay diferencia,

como es varia su influencia,

resplandor y magnitud.

Las señoras, no es mi intento

que en este número estén;

que son ángeles a quien

no se atreve el pensamiento.

Sólo te diré de aquellas

que son, con almas livianas,

siendo divinas, humanas,

corruptibles, siendo estrellas.

Bellas casadas verás

conversables y discretas,

que las llamo yo planetas

porque resplandecen más.

Estas, con la conjunción

de maridos placenteros,

influyen en extranjeros

dadivosa condición.

Otras hay cuyos maridos

a comisiones se van,

o que en las Indias están

o en Italia entretenidos.

No todas dicen verdad

en esto; que mil taimadas

suelen fingirse casadas

por vivir con libertad.

Verás de cautas pasantes

hermosas recientes hijas;

estas son estrellas fijas,

y sus madres son errantes.

Hay una gran multitud

de señoras del tusón,

que entre cortesanas, son

de la mayor magnitud.

Síguense tras las tusonas,

otras que serlo desean;

y aunque tan buenas no sean,

son mejores que busconas.

Estas son unas estrellas

que dan menor claridad;

mas en la necesidad

te habrás de alumbrar con ellas.

La buscona no la cuento

por estrella, que es cometa,

pues ni su luz es perfeta

ni conocido su asiento.

Por las mañanas se ofrece

amenazando al dinero,

y en cumpliéndose el agüero,

al punto desaparece.

Niñas salen, que procuran

gozar todas ocasiones:

estas son exhalaciones

que mientras se queman, duran.

Pero que adviertas es bien,

si en estas estrellas locas,

que son estables muy pocas,

por más que un Perú les den.

No ignores, pues yo no ignoro,

que un signo el de Virgo es,

y los de cuernos son tres,

Aries, Capricornio y Toro;

y así, sin fiar en ellas

lleva un presupuesto sólo,

y es que el dinero es el polo

de todas estas estrellas.

García.

¿Eres astrólogo?

Tristán.

el tiempo que pretendía

en palacio, astrología.

García.

¿Luego has pretendido?

Tristán.

Fuí

pretendiente, por mi mal.

García.

¿Cómo en servir has parado?

Tristán.

Señor, porque me han faltado

la fortuna y el caudal;

aunque quien te sirve, en vano

por mejor suerte suspira.

García.

Deja lisonjas, y mira

el marfil de aquella mano,

el divino resplandor

de aquellos ojos, que juntas

despiden entre las puntas

flechas de muerte y de amor.

Tristán.

¿Dices de aquella señora

que va en el coche?

García.

¿Pues cuál

merece alabanza igual?

Tristán.

¡Qué bien encajaba agora

eso de coche del sol,

con todos sus adherentes

de rayos de fuego ardientes

y deslumbrante arrebol!

García.

La primer dama que ví

en la corte, me agradó.

Tristán.

¿La primera en tierra?

García.

No,

la primera en cielo sí;

que es divina esta mujer.

Tristán.

Por puntos las toparás

tan bellas, que no podrás

ser firme en tu parecer.

Yo nunca he tenido aquí

constante amor ni deseo;

que siempre por la que veo

me olvido de la que ví.

García.

¿Dónde ha de haber resplandores

que borren los destos ojos?

Tristán.

Míraslos ya con antojos,

que hacen las cosas mayores.

García.

¿Conoces, Tristán?...

Tristán.

No humanes

lo que por divino adoras:

porque tan altas señoras

no tocan a los Tristanes.

García.

Pues yo al fin, quien fuere sea,

la quiero, y he de servilla,

tú puedes, Tristán, seguilla.

Tristán.

Detente; que ella se apea

en la tienda.

García.

Llegar quiero.

¿Úsase en la corte?

Tristán.

Sí,

con la regla que te dí,

de que es el polo el dinero.

García.

Oro traigo.

Tristán.

¡Cierra España!

que a César llevas contigo.—

Mas mira si en lo que digo

mi pensamiento se engaña.

Advierte, señor, si aquella

que tras ella sale agora,

pueda ser sol de su aurora,

ser aurora de su estrella.

García.

Hermosa es también.

Tristán.

Pues mira

si la criada es peor.

García.

El coche es arco de amor,

y son flechas cuantas tira.

—Yo llego.

Tristán.

A lo dicho advierte.

García.

¿Y es?

Tristán.

Que a la mujer rogando,

y con el dinero dando.

García.

¡Consista en eso mi suerte!

Tristán.

Pues yo, mientras hablas, quiero

que me haga relación

el cochero, de quién son.

García.

¿Diralo?

Tristán.

Sí, que es cochero.

ESCENA IV.

JACINTA, LUCRECIA e ISABEL con mantos; cae JACINTA, y llega DON GARCÍA y dale la mano.

Jacinta.

¡Válame Dios!

García.

Esta mano

os servid de que os levante,

si merezco ser Atlante

de un cielo tan soberano.

Jacinta.

Atlante debeis de ser,

pues le llegais a tocar.

García.

Una cosa es alcanzar

y otra cosa es merecer.

¿Qué vitoria es la beldad

alcanzar, por quien me abraso,

si es favor que debo al caso,

y no a vuestra voluntad?

Con mi propia mano así

el cielo; mas ¿qué importó,

si ha sido porque él cayó,

y no porque yo subí?

Jacinta.

¿Para qué fin se procura

merecer?

García.

Para alcanzar.

Jacinta.

Llegar al fin sin pasar

por los medios, ¿no es ventura?

García.

Sí.

Jacinta.

Pues ¿cómo estáis quejoso

del bien que os ha sucedido,

si el no haberlo merecido

os hace más venturoso?

García.

Porque como las acciones

del agravio y el favor

reciben todo el valor

sólo de las intenciones,

por la mano que os toqué

no estoy yo favorecido,

si haberlo vos consentido

con esa intención no fué.

Y así sentirme dejad

que cuando tal dicha gano,

venga sin alma la mano

y el favor sin voluntad.

Jacinta.

Si la vuestra no sabía,

de que agora me informais,

injustamente culpais

los defectos de la mía.

ESCENA V.

TRISTÁN.—Dichos.

Tristán.

(Aparte.)

El cochero hizo su oficio.

Nuevas tengo de quién son.

García.

¿Qué hasta aquí de mi afición

nunca tuvisteis indicio?

Jacinta.

¿Cómo, si jamás os ví?

García.

¿Tan poco ha valido, ¡ay Dios!

más de un año, que por vos

he andado fuera de mí?

Tristán.

(Aparte.)

¡Un año! y ayer llegó

a la corte.

Jacinta.

¡Bueno, a fe!

¿Más de un año? Juraré

que no os ví en mi vida yo.

García.

Cuando del indiano suelo

por mi dicha llegué aquí,

la primer cosa que ví

fué la gloria de ese cielo;

y aunque os entregué al momento

el alma, habéislo ignorado,

porque ocasión me ha faltado

de deciros lo que siento.

Jacinta.

¿Sois indiano?

García.

Y tales son

mis riquezas, pues os ví,

que al minado Potosí

le quito la presunción.

Tristán.

(Aparte.)

¡Indiano!

Jacinta.

¿Y sois tan guardoso

como la fama los hace?

García.

Al que más avaro nace

hace el amor dadivoso.

Jacinta.

¿Luego, si decís verdad,

preciosas ferias espero?

García.

Si es que ha de dar el dinero

crédito a la voluntad,

serán pequeños empleos

para mostrar lo que adoro,

daros tantos mundos de oro

como vos me dais deseos.

Mas ya que ni al merecer

de esa divina beldad,

ni a mi inmensa voluntad

ha de igualar el poder,

por lo menos os servid

que esta tienda que os franqueo,

dé señal de mi deseo.

Jacinta.

(Aparte.)

(No ví tal hombre en Madrid.)

¿Lucrecia, qué te parece

(Aparte a ella.)

del indiano liberal?

Lucrecia.

Que no te parece mal,

Jacinta, y que lo merece.

García.

Las joyas que gusto os dan,

tomad deste aparador.

Tristán.

(Aparte a su amo.)

Mucho le arrojas, señor.

García.

Estoy perdido, Tristán.

Isabel.

(Aparte a las damas.)

Don Juan viene.

Jacinta.

Yo agradezco,

señor, lo que me ofreceis.

García.

Mirad que me agraviaréis

si no lográis lo que ofrezco.

Jacinta.

Yerran vuestros pensamientos,

caballero, en presumir

que puedo yo recibir

más que los ofrecimientos.

García.

Pues ¿qué ha alcanzado de vos

el corazón que os he dado?

Jacinta.

El haberos escuchado.

García.

Yo lo estimo.

Jacinta.

Adios.

García.

Adios.

Y para amaros, ¿me dad

licencia?

Jacinta.

Para querer,

no pienso que ha menester

licencia la voluntad.

(Vanse las mujeres.)

ESCENA VI.

DON GARCÍA, TRISTÁN.

García.

(A Tristán.)

Síguelas.

Tristán.

Si te fatigas,

señor, por saber la casa

de la que en amor te abrasa,

ya la sé.

García.

Pues no la sigas;

que suele ser enfadosa

la diligencia importuna.

Tristán.

“Doña Lucrecia de Luna

se llama la más hermosa,

que es mi dueño; y la otra dama

que acompañándola viene,

sé dónde la casa tiene,

más no sé cómo se llama.”

Esto respondió el cochero.

García.

Si es Lucrecia la más bella,

no hay más que saber, pues ella

es la que habló, y la que quiero,

que como el autor del día

las estrellas deja atrás,

de esa suerte a las demás

la que me cegó, vencía.

Tristán.

Pues a mí la que cazó

me pareció más hermosa.

García.

¡Qué buen gusto!

Tristán.

Es cierta cosa

que no tengo voto yo;

mas soy tan aficionado

a cualquier mujer que calla,

que bastó para juzgalla

más hermosa, haber callado.

Mas dado, señor, que estés,

errado tú, presto espero,

preguntándole al cochero

la casa, saber quién es.

García.

Y Lucrecia ¿dónde tiene

la suya?

Tristán.

Que a la Victoria

dijo, si tengo memoria.

García.

Siempre ese nombre conviene

a la esfera venturosa,

que da eclíptica a tal Luna.

ESCENA VII.

DON JUAN y DON FÉLIX.—Dichos.

Juan.

(A don Félix.)

¿Música y cena? ¡Ah fortuna!

García.

¿No es este don Juan de Sosa?

Tristán.

El mismo.

Juan.

¿Quién puede ser

el amante venturoso

que me tiene tan celoso?

Félix.

Que lo vendreis a saber

a pocos lances confío.

Juan.

¡Que otro amante le haya dado

a quien mía se ha nombrado,

música y cena en el río!

García.

¡Don Juan de Sosa!

Juan.

¿Quién es?

García.

¿Ya olvidais a don García?

Juan.

Veros en Madrid lo hacía,

y el nuevo traje.

García.

Después

que en Salamanca me vistes,

muy otro debe de estar.

Juan.

Más galán sois de seglar

que de estudiante lo fuistes.

¿Venís a Madrid de asiento?

García.

Sí.

Juan.

Bien venido seáis.

García.

Vos, don Félix, ¿cómo estáis?

Félix.

De veros, por Dios, contento.

Vengáis bueno enhorabuena.

García.

Para serviros. ¿Qué hacéis?

¿De qué habláis? ¿En qué entendéis?

Juan.

De cierta música y cena

que en el río dió un galán

esta noche a una señora,

era la plática agora.

García.

¿Música y cena, don Juan?

¿Y anoche?

Juan.

Sí.

García.

¿Mucha cosa?

¿Grande fiesta?

Juan.

Así es la fama.

García.

¿Y muy hermosa la dama?

Juan.

Dícenme que es muy hermosa.

García.

¡Bien!

Juan.

¿Qué misterios hacéis?

García.

De que alabéis por tan buena

esa dama y esa cena,

si no es que alabando estéis

mi fiesta y mi dama así.

Juan.

¿Pues tuvistes también boda

anoche en el río?

García.

Toda,

en eso la consumí.

Tristán.

(Aparte.)

¿Qué fiesta o qué dama es esta,

si a la corte llegó ayer?

Juan.

¿Ya tenéis a quien hacer,

tan recien venido, fiesta?

Presto el amor dió con vos.

García.

No ha tan poco que he llegado,

que un mes no haya descansado.

Tristán.

(Aparte.)

Ayer llegó, voto a Dios.

Él lleva alguna intención.

Juan.

No lo he sabido a fe mía;

que al punto acudido habría

a cumplir mi obligación.

García.

He estado hasta aquí secreto.

Juan.

Esa la causa habrá sido

de no haberlo yo sabido.

Pero ¿la fiesta, en efeto,

fué famosa?

García.

Por ventura

no la vió mejor el río.

Juan.

(Aparte.)

Ya de celos desvarío.

¿Quién duda que la espesura

del Sotillo el sitio os dió?

García.

Tales señas me vais dando,

Don Juan, que voy sospechando

que la sabeis como yo.

Juan.

No estoy del todo ignorante,

aunque todo no lo sé.

Dijéronme no sé qué

confusamente, bastante

a tenerme deseoso

de escucharos la verdad:

forzosa curiosidad

en un cortesano ocioso...

(Aparte.)

(O en un amante con celos.)

Félix.

(A Don Juan aparte.)

Advertid cuán sin pensar

os han venido a mostrar

vuestro contrario los cielos.

García.

Pues a la fiesta atended;

contaréla, ya que veo

que os fatiga ese deseo.

Juan.

Haréisnos mucha merced.

García.

Entre las opacas sombras

y opacidades espesas

que el Soto formaba de olmos,

y la noche de tinieblas,

se ocultaba una cuadrada,

limpia y olorosa mesa,

a lo italiano curiosa,

a lo español opulenta.

En mil figuras prensados

manteles y servilletas

sólo envidiaban las almas

a las aves y a las fieras.

Cuatro aparadores, puestos

en cuadra correspondencia,

la plata blanca y dorada,

vidrios y barros ostentan.

Quedó con ramas un olmo

en todo el Sotillo apenas;

que dellas se edificaron

en varias partes seis tiendas.

Cuatro coros diferentes

ocultan las cuatro dellas,

otra principios y postres,

y las viandas la sexta.

Llegó en su coche mi dueño,

dando envidia a las estrellas,

a los aires suavidad,

y alegría a la ribera.

Apenas el pie que adoro

hizo esmeraldas la yerba,

hizo cristal la corriente,

las arenas hizo perlas,

cuando en copia disparados

cohetes, bombas y ruedas,

toda la región del fuego

bajó en un punto a la tierra.

Aun no las sulfúreas luces

se acabaron, cuando empiezan

las de veinte y cuatro antorchas

a obscurecer las estrellas.

Empezó primero el coro

de chirimías, tras ellas

el de las vihuelas de arco

sonó en la segunda tienda,

salieron con suavidad

las flautas de la tercera,

y en la cuarta cuatro voces

con guitarras y arpas suenan.

Entretanto se sirvieron

treinta y dos platos de cena,

sin los principios y postres,

que casi otros tantos eran.

Las frutas y las bebidas

en fuentes y tazas, hechas

del cristal que da el invierno

y el artificio conserva,

de tanta nieve se cubren,

que Manzanares sospecha,

cuando por el Soto pasa,

que camina por la Sierra.

El olfato no está ocioso

cuando el gusto se recrea;

que de espíritus suaves

de pomos y cazoletas,

y destilados sudores

de aromas, flores y yerbas,

en el Soto de Madrid

se vió la región sabea.

En un hombre de diamantes,

delicadas de oro flechas,

que mostrasen a mi dueño

su crueldad y mi firmeza,

al sauce, al junco y al mimbre

quitaron su preminencia;

que han de ser oro las pajas

cuando los dientes son perlas.

En esto juntos en folla

los cuatro coros comienzan

desde conformes distancias

a suspender las esferas;

tanto que invidioso Apolo

apresuró su carrera

porque el principio del día

pusiese fin a la fiesta.

Juan.

Por Dios, que la habeis pintado

de colores tan perfetas,

que no trocara el oírla

por haberme hallado en ella.

Tristán.

(Aparte.)

¡Válgate el diablo por hombre!

¡Que tan de repente pueda

pintar un convite tal,

que a la verdad misma venza!

Juan.

(Aparte a don Félix.)

¡Rabio de celos!

Félix.

No os dieron

del convite tales señas.

Juan.

¿Qué importa, si en la sustancia,

el tiempo y lugar concuerdan?

García.

¿Qué decís?

Juan.

Que fué el festín

más célebre que pudiera

hacer Alejandro Magno.

García.

¡Oh! son niñerías estas,

ordenadas de repente.

Dadme vos que yo tuviera

para prevenirme, un día;

que a las romanas y griegas

fiestas que al mundo admiraron,

nueva admiración pusiera.

(Mira adentro.)

Félix.

(A don Juan aparte.)

Jacinta es la del estribo

En el coche de Lucrecia.

Juan.

(A don Félix aparte.)

Los ojos a don García

se le van, por Dios, tras ella.

Félix.

Inquieto está y divertido.

Juan.

Ciertas son ya mis sospechas.

Juan y García.

Adios.

Félix.

Entrambos a un punto

fuistes a una cosa mesma.

(Vanse don Juan y don Félix.)