ACTO PRIMERO.
Sala en casa de don Beltrán.
ESCENA PRIMERA.
Salen por una puerta DON GARCÍA, de estudiante, y un LETRADO viejo, de camino; y por otra, DON BELTRÁN y TRISTÁN.
Beltrán.
Con bien vengas, hijo mío.
García.
Dame la mano, señor.
Beltrán.
¿Cómo vienes?
García.
El calor
del ardiente y seco estío
me ha afligido de tal suerte,
que no pudiera llevallo,
señor, a no mitigallo
con la esperanza de verte.
Beltrán.
Entra, pues, a descansar.
Dios te guarde. ¡Qué hombre viene!
—Tristán...
Tristán.
Señor...
Beltrán.
Dueño tienes
nuevo ya de quien cuidar.
Sirve desde hoy a García;
que tú eres diestro en la corte,
y él bisoño.
Tristán.
En lo que importe
yo le serviré de guía.
Beltrán.
No es criado el que te doy,
más consejero y amigo.
García.
Tendrá ese lugar conmigo.
(Vase.)
Tristán.
Vuestro humilde esclavo soy.
(Vase.)
ESCENA II.
DON BELTRÁN, EL LETRADO.
Beltrán.
Déme, señor licenciado,
los brazos.
Letrado.
Los pies os pido.
Beltrán.
Alce ya. ¿Cómo ha venido?
Letrado.
Bueno, contento y honrado
de mi señor don García,
a quien tanto amor cobré,
que no sé cómo podré
vivir sin su compañía.
Beltrán.
Dios le guarde, que en efecto
siempre el señor licenciado
claros indicios ha dado
de agradecido y discreto.
Tan precisa obligación
me huelgo que haya cumplido
García, y que haya acudido
a lo que es tanta razón.
Porque le aseguro yo
que es tal mi agradecimiento,
que como un corregimiento
mi intercesión le alcanzó
(según mi amor, desigual),
de la misma suerte hiciera
darle también, si pudiera,
plaza en el Consejo Real.
Letrado.
De vuestro valor lo fío.
Beltrán.
Sí, bien lo puedo creer;
mas yo me doy a entender
que si con el favor mío
en ese escalón primero
se ha podido poner ya,
sin mi ayuda subirá
con su virtud al postrero.
Letrado.
En cualquier tiempo y lugar
he de ser vuestro criado.
Beltrán.
Ya pues, señor licenciado,
que el timón ha de dejar
de la nave de García
y yo he de encargarme de él,
que hiciese por mí y por él
sola una cosa querría.
Letrado.
Ya, señor, alegre espero
lo que me queréis mandar.
Beltrán.
La palabra me ha de dar
de que lo ha de hacer, primero.
Letrado.
Por Dios juro de cumplir,
señor, vuestra voluntad.
Beltrán.
Que me diga una verdad
le quiero solo pedir.
Ya sabe que fué mi intento
que el camino que seguía
de las letras don García
fuese su acrecentamiento;
que para un hijo segundo
como él era, es cosa cierta
que es esa la mejor puerta
para las honras del mundo.
Pues como Dios se sirvió
de llevarse a don Gabriel,
mi hijo mayor, con que en él
mi mayorazgo quedó,
determiné que, dejada
esa profesión, viniese
a Madrid donde estuviese,
como es cosa acostumbrada
entre ilustres caballeros
en España; porque es bien
que las nobles casas den
a su rey sus herederos.
Pues como es ya don García
hombre que no ha de tener
maestro, y ha de correr
su gobierno a cuenta mía,
y mi paternal amor
con justa razón desea
que, ya que el mejor no sea,
no le noten por peor,
quiero, señor licenciado,
que me diga claramente,
sin lisonja, lo que siente
(supuesto que le ha criado)
de su modo y condición,
de su trato y ejercicio,
y a qué género de vicio
muestra más inclinación.
Si tiene alguna costumbre
que yo cuide de enmendar,
no piense que me ha de dar,
con decirlo, pesadumbre.
Que él tenga vicio es forzoso;
que me pese, claro está;
mas saberlo me será
útil, cuando no gustoso.
Antes en nada a fe mía,
hacerme puede mayor
placer, o mostrar mejor
lo bien que quiere a García,
que en darme este desengaño
cuando provechoso es,
si he de saberlo después
que haya sucedido un daño.
Letrado.
Tan estrecha prevención,
señor, no era menester
para reducirme a hacer
lo que tengo obligación;
pues es caso averiguado
que cuando entrega al señor
un caballo el picador,
que lo ha impuesto y enseñado,
si no le informa del modo
y los resabios que tiene,
un mal suceso previene
al caballo y dueño y todo.
Deciros verdad es bien;
que, demás del juramento,
daros una purga intento,
que os sepa mal y haga bien.
—De mi señor don García
todas las acciones tienen
cierto acento, en que convienen
con su alta genealogía.
Es magnánimo y valiente,
es sagaz y es ingenioso,
es liberal y piadoso,
si repentino, impaciente.
No trato de las pasiones
propias de la mocedad,
porque en esas con la edad
se mudan las condiciones.
Mas una falta no más
es la que le he conocido,
que por más que le he reñido,
no se ha enmendado jamás.
Beltrán.
¿Cosa que a su calidad
será dañosa en Madrid?
Letrado.
Puede ser.
Beltrán.
¿Cuál es? Decid.
Letrado.
No decir siempre verdad.
Beltrán.
¡Jesús! ¡qué cosa tan fea
en hombre de obligación!
Letrado.
Yo pienso que o condición
o mala costumbre sea,
con la mucha autoridad
que con él tenéis, señor,
junto con que ya es mayor
su cordura con la edad,
ese vicio perderá.
Beltrán.
Si la vara no ha podido,
en tiempo que tierna ha sido,
enderezarse, ¿qué hará
siendo ya tronco robusto?
Letrado.
En Salamanca, señor,
son mozos, gastan humor,
sigue cada cual su gusto,
hacen donaire del vicio,
gala de la travesura,
grandeza de la locura;
hace al fin la edad su oficio.
Mas en la corte mejor
su enmienda esperar podemos,
donde tan validas vemos
las escuelas del honor.
Beltrán.
Casi me mueve a reír
ver cuán ignorante está
de la corte. ¿Luego acá
no hay quien le enseñe a mentir?
En la corte, aunque haya sido
un extremo don García,
hay quien le dé cada día
mil mentiras de partido.
Y si aquí miente el que está
en un puesto levantado
en cosa en que al engañado
la hacienda u honor le va,
¿no es mayor inconveniente
quien por espejo está puesto
al reino? Dejemos esto;
que me voy a maldiciente.
Como el toro, a quien tiró
la vara una diestra mano,
arremete al más cercano
sin mirar a quien hirió;
así yo, con el dolor
que esta nueva me ha causado,
en quien primero he encontrado
ejecuté mi furor.
Créame, que si García
mi hacienda, de amores ciego,
disipara, o en el juego
consumiera noche y día,
si fuera de ánimo inquieto
y a pendencias inclinado,
si mal se hubiera casado,
si se muriera en efecto,
no lo llevara tan mal
como que su falta sea
mentir. ¡Qué cosa tan fea!
¡qué opuesta a mi natural!
Ahora bien: lo que he de hacer
es casarle brevemente,
antes que este inconveniente
conocido venga a ser.—
Yo quedo muy satisfecho
de su buen celo y cuidado,
y me confieso obligado
del bien que en esto me ha hecho.
¿Cuándo ha de partir?
Letrado.
Querría
luego.
Beltrán.
¿No descansará
algún tiempo, y gozará
de la corte?
Letrado.
Dicha mía
fuera quedarme con vos,
pero mi oficio me espera.
Beltrán.
Ya entiendo: volar quisiera,
porque va a mandar. Adios.
(Vase.)
Letrado.
Guárdeos Dios.—Dolor extraño
le dió al buen viejo la nueva
Al fin, el más sabio lleva
agriamente un desengaño.
(Vase.)
Las Platerías.
ESCENA III.
DON GARCÍA, de galán; TRISTÁN.
García.
¿Díceme bien este traje?
Tristán.
Divinamente, señor.
¡Bien hubiese el inventor
deste holandesco follaje!
Con un cuello acanalado,
¿qué fealdad no se enmendó?
Yo sé una dama a quien dió
cierto amigo gran cuidado
mientras con cuello le vía,
y una vez que llegó a verle
sin él, la obligó a perderle
cuanta afición le tenía.
Porque ciertos costurones
en la garganta cetrina
publicaban la ruina
de pasados lamparones.
Las narices le crecieron,
mostró un gran palmo de oreja,
y las quijadas, de vieja,
en lo enjuto parecieron.
Al fin, el galán quedó
tan otro del que solía,
que no le conocería
la madre que le parió.
García.
Por esa y otras razones
me holgara de que saliera
premática que impidiera
esos vanos cangilones.
Que demás desos engaños,
con su holanda el extranjero
saca de España el dinero
para nuestros propios daños.
Una valoncilla angosta,
usándose le estuviera
bien al rostro, y se anduviera
más a gusto a menos costa.
Y no que con tal cuidado
sirve un galán a su cuello,
que por no descomponello,
se obliga a andar empalado.
Tristán.
Yo sé quien tuvo ocasión
de gozar su amada bella,
y no osó llegarse a ella
por no ajar un cangilón.
Y esto me tiene confuso:
todos dicen que se holgaran
de que valonas se usaran,
y nadie comienza el uso.
García.
De gobernar nos dejemos
El mundo. ¿Qué hay de mujeres?
Tristán.
El mundo dejas, ¡y quieres
que la carne gobernemos!
¿Es más fácil?
García.
Más gustoso.
Tristán.
¿Eres tierno?
García.
Mozo soy.
Tristán.
Pues en lugar entras hoy
donde amor no vive ocioso.
Resplandecen damas bellas
en el cortesano suelo
de la suerte que en el cielo
brillan lucientes estrellas.
En el vicio y la virtud
y el estado hay diferencia,
como es varia su influencia,
resplandor y magnitud.
Las señoras, no es mi intento
que en este número estén;
que son ángeles a quien
no se atreve el pensamiento.
Sólo te diré de aquellas
que son, con almas livianas,
siendo divinas, humanas,
corruptibles, siendo estrellas.
Bellas casadas verás
conversables y discretas,
que las llamo yo planetas
porque resplandecen más.
Estas, con la conjunción
de maridos placenteros,
influyen en extranjeros
dadivosa condición.
Otras hay cuyos maridos
a comisiones se van,
o que en las Indias están
o en Italia entretenidos.
No todas dicen verdad
en esto; que mil taimadas
suelen fingirse casadas
por vivir con libertad.
Verás de cautas pasantes
hermosas recientes hijas;
estas son estrellas fijas,
y sus madres son errantes.
Hay una gran multitud
de señoras del tusón,
que entre cortesanas, son
de la mayor magnitud.
Síguense tras las tusonas,
otras que serlo desean;
y aunque tan buenas no sean,
son mejores que busconas.
Estas son unas estrellas
que dan menor claridad;
mas en la necesidad
te habrás de alumbrar con ellas.
La buscona no la cuento
por estrella, que es cometa,
pues ni su luz es perfeta
ni conocido su asiento.
Por las mañanas se ofrece
amenazando al dinero,
y en cumpliéndose el agüero,
al punto desaparece.
Niñas salen, que procuran
gozar todas ocasiones:
estas son exhalaciones
que mientras se queman, duran.
Pero que adviertas es bien,
si en estas estrellas locas,
que son estables muy pocas,
por más que un Perú les den.
No ignores, pues yo no ignoro,
que un signo el de Virgo es,
y los de cuernos son tres,
Aries, Capricornio y Toro;
y así, sin fiar en ellas
lleva un presupuesto sólo,
y es que el dinero es el polo
de todas estas estrellas.
García.
¿Eres astrólogo?
Tristán.
Oí
el tiempo que pretendía
en palacio, astrología.
García.
¿Luego has pretendido?
Tristán.
Fuí
pretendiente, por mi mal.
García.
¿Cómo en servir has parado?
Tristán.
Señor, porque me han faltado
la fortuna y el caudal;
aunque quien te sirve, en vano
por mejor suerte suspira.
García.
Deja lisonjas, y mira
el marfil de aquella mano,
el divino resplandor
de aquellos ojos, que juntas
despiden entre las puntas
flechas de muerte y de amor.
Tristán.
¿Dices de aquella señora
que va en el coche?
García.
¿Pues cuál
merece alabanza igual?
Tristán.
¡Qué bien encajaba agora
eso de coche del sol,
con todos sus adherentes
de rayos de fuego ardientes
y deslumbrante arrebol!
García.
La primer dama que ví
en la corte, me agradó.
Tristán.
¿La primera en tierra?
García.
No,
la primera en cielo sí;
que es divina esta mujer.
Tristán.
Por puntos las toparás
tan bellas, que no podrás
ser firme en tu parecer.
Yo nunca he tenido aquí
constante amor ni deseo;
que siempre por la que veo
me olvido de la que ví.
García.
¿Dónde ha de haber resplandores
que borren los destos ojos?
Tristán.
Míraslos ya con antojos,
que hacen las cosas mayores.
García.
¿Conoces, Tristán?...
Tristán.
No humanes
lo que por divino adoras:
porque tan altas señoras
no tocan a los Tristanes.
García.
Pues yo al fin, quien fuere sea,
la quiero, y he de servilla,
tú puedes, Tristán, seguilla.
Tristán.
Detente; que ella se apea
en la tienda.
García.
Llegar quiero.
¿Úsase en la corte?
Tristán.
Sí,
con la regla que te dí,
de que es el polo el dinero.
García.
Oro traigo.
Tristán.
¡Cierra España!
que a César llevas contigo.—
Mas mira si en lo que digo
mi pensamiento se engaña.
Advierte, señor, si aquella
que tras ella sale agora,
pueda ser sol de su aurora,
ser aurora de su estrella.
García.
Hermosa es también.
Tristán.
Pues mira
si la criada es peor.
García.
El coche es arco de amor,
y son flechas cuantas tira.
—Yo llego.
Tristán.
A lo dicho advierte.
García.
¿Y es?
Tristán.
Que a la mujer rogando,
y con el dinero dando.
García.
¡Consista en eso mi suerte!
Tristán.
Pues yo, mientras hablas, quiero
que me haga relación
el cochero, de quién son.
García.
¿Diralo?
Tristán.
Sí, que es cochero.
ESCENA IV.
JACINTA, LUCRECIA e ISABEL con mantos; cae JACINTA, y llega DON GARCÍA y dale la mano.
Jacinta.
¡Válame Dios!
García.
Esta mano
os servid de que os levante,
si merezco ser Atlante
de un cielo tan soberano.
Jacinta.
Atlante debeis de ser,
pues le llegais a tocar.
García.
Una cosa es alcanzar
y otra cosa es merecer.
¿Qué vitoria es la beldad
alcanzar, por quien me abraso,
si es favor que debo al caso,
y no a vuestra voluntad?
Con mi propia mano así
el cielo; mas ¿qué importó,
si ha sido porque él cayó,
y no porque yo subí?
Jacinta.
¿Para qué fin se procura
merecer?
García.
Para alcanzar.
Jacinta.
Llegar al fin sin pasar
por los medios, ¿no es ventura?
García.
Sí.
Jacinta.
Pues ¿cómo estáis quejoso
del bien que os ha sucedido,
si el no haberlo merecido
os hace más venturoso?
García.
Porque como las acciones
del agravio y el favor
reciben todo el valor
sólo de las intenciones,
por la mano que os toqué
no estoy yo favorecido,
si haberlo vos consentido
con esa intención no fué.
Y así sentirme dejad
que cuando tal dicha gano,
venga sin alma la mano
y el favor sin voluntad.
Jacinta.
Si la vuestra no sabía,
de que agora me informais,
injustamente culpais
los defectos de la mía.
ESCENA V.
TRISTÁN.—Dichos.
Tristán.
(Aparte.)
El cochero hizo su oficio.
Nuevas tengo de quién son.
García.
¿Qué hasta aquí de mi afición
nunca tuvisteis indicio?
Jacinta.
¿Cómo, si jamás os ví?
García.
¿Tan poco ha valido, ¡ay Dios!
más de un año, que por vos
he andado fuera de mí?
Tristán.
(Aparte.)
¡Un año! y ayer llegó
a la corte.
Jacinta.
¡Bueno, a fe!
¿Más de un año? Juraré
que no os ví en mi vida yo.
García.
Cuando del indiano suelo
por mi dicha llegué aquí,
la primer cosa que ví
fué la gloria de ese cielo;
y aunque os entregué al momento
el alma, habéislo ignorado,
porque ocasión me ha faltado
de deciros lo que siento.
Jacinta.
¿Sois indiano?
García.
Y tales son
mis riquezas, pues os ví,
que al minado Potosí
le quito la presunción.
Tristán.
(Aparte.)
¡Indiano!
Jacinta.
¿Y sois tan guardoso
como la fama los hace?
García.
Al que más avaro nace
hace el amor dadivoso.
Jacinta.
¿Luego, si decís verdad,
preciosas ferias espero?
García.
Si es que ha de dar el dinero
crédito a la voluntad,
serán pequeños empleos
para mostrar lo que adoro,
daros tantos mundos de oro
como vos me dais deseos.
Mas ya que ni al merecer
de esa divina beldad,
ni a mi inmensa voluntad
ha de igualar el poder,
por lo menos os servid
que esta tienda que os franqueo,
dé señal de mi deseo.
Jacinta.
(Aparte.)
(No ví tal hombre en Madrid.)
¿Lucrecia, qué te parece
(Aparte a ella.)
del indiano liberal?
Lucrecia.
Que no te parece mal,
Jacinta, y que lo merece.
García.
Las joyas que gusto os dan,
tomad deste aparador.
Tristán.
(Aparte a su amo.)
Mucho le arrojas, señor.
García.
Estoy perdido, Tristán.
Isabel.
(Aparte a las damas.)
Don Juan viene.
Jacinta.
Yo agradezco,
señor, lo que me ofreceis.
García.
Mirad que me agraviaréis
si no lográis lo que ofrezco.
Jacinta.
Yerran vuestros pensamientos,
caballero, en presumir
que puedo yo recibir
más que los ofrecimientos.
García.
Pues ¿qué ha alcanzado de vos
el corazón que os he dado?
Jacinta.
El haberos escuchado.
García.
Yo lo estimo.
Jacinta.
Adios.
García.
Adios.
Y para amaros, ¿me dad
licencia?
Jacinta.
Para querer,
no pienso que ha menester
licencia la voluntad.
(Vanse las mujeres.)
ESCENA VI.
DON GARCÍA, TRISTÁN.
García.
(A Tristán.)
Síguelas.
Tristán.
Si te fatigas,
señor, por saber la casa
de la que en amor te abrasa,
ya la sé.
García.
Pues no la sigas;
que suele ser enfadosa
la diligencia importuna.
Tristán.
“Doña Lucrecia de Luna
se llama la más hermosa,
que es mi dueño; y la otra dama
que acompañándola viene,
sé dónde la casa tiene,
más no sé cómo se llama.”
Esto respondió el cochero.
García.
Si es Lucrecia la más bella,
no hay más que saber, pues ella
es la que habló, y la que quiero,
que como el autor del día
las estrellas deja atrás,
de esa suerte a las demás
la que me cegó, vencía.
Tristán.
Pues a mí la que cazó
me pareció más hermosa.
García.
¡Qué buen gusto!
Tristán.
Es cierta cosa
que no tengo voto yo;
mas soy tan aficionado
a cualquier mujer que calla,
que bastó para juzgalla
más hermosa, haber callado.
Mas dado, señor, que estés,
errado tú, presto espero,
preguntándole al cochero
la casa, saber quién es.
García.
Y Lucrecia ¿dónde tiene
la suya?
Tristán.
Que a la Victoria
dijo, si tengo memoria.
García.
Siempre ese nombre conviene
a la esfera venturosa,
que da eclíptica a tal Luna.
ESCENA VII.
DON JUAN y DON FÉLIX.—Dichos.
Juan.
(A don Félix.)
¿Música y cena? ¡Ah fortuna!
García.
¿No es este don Juan de Sosa?
Tristán.
El mismo.
Juan.
¿Quién puede ser
el amante venturoso
que me tiene tan celoso?
Félix.
Que lo vendreis a saber
a pocos lances confío.
Juan.
¡Que otro amante le haya dado
a quien mía se ha nombrado,
música y cena en el río!
García.
¡Don Juan de Sosa!
Juan.
¿Quién es?
García.
¿Ya olvidais a don García?
Juan.
Veros en Madrid lo hacía,
y el nuevo traje.
García.
Después
que en Salamanca me vistes,
muy otro debe de estar.
Juan.
Más galán sois de seglar
que de estudiante lo fuistes.
¿Venís a Madrid de asiento?
García.
Sí.
Juan.
Bien venido seáis.
García.
Vos, don Félix, ¿cómo estáis?
Félix.
De veros, por Dios, contento.
Vengáis bueno enhorabuena.
García.
Para serviros. ¿Qué hacéis?
¿De qué habláis? ¿En qué entendéis?
Juan.
De cierta música y cena
que en el río dió un galán
esta noche a una señora,
era la plática agora.
García.
¿Música y cena, don Juan?
¿Y anoche?
Juan.
Sí.
García.
¿Mucha cosa?
¿Grande fiesta?
Juan.
Así es la fama.
García.
¿Y muy hermosa la dama?
Juan.
Dícenme que es muy hermosa.
García.
¡Bien!
Juan.
¿Qué misterios hacéis?
García.
De que alabéis por tan buena
esa dama y esa cena,
si no es que alabando estéis
mi fiesta y mi dama así.
Juan.
¿Pues tuvistes también boda
anoche en el río?
García.
Toda,
en eso la consumí.
Tristán.
(Aparte.)
¿Qué fiesta o qué dama es esta,
si a la corte llegó ayer?
Juan.
¿Ya tenéis a quien hacer,
tan recien venido, fiesta?
Presto el amor dió con vos.
García.
No ha tan poco que he llegado,
que un mes no haya descansado.
Tristán.
(Aparte.)
Ayer llegó, voto a Dios.
Él lleva alguna intención.
Juan.
No lo he sabido a fe mía;
que al punto acudido habría
a cumplir mi obligación.
García.
He estado hasta aquí secreto.
Juan.
Esa la causa habrá sido
de no haberlo yo sabido.
Pero ¿la fiesta, en efeto,
fué famosa?
García.
Por ventura
no la vió mejor el río.
Juan.
(Aparte.)
Ya de celos desvarío.
¿Quién duda que la espesura
del Sotillo el sitio os dió?
García.
Tales señas me vais dando,
Don Juan, que voy sospechando
que la sabeis como yo.
Juan.
No estoy del todo ignorante,
aunque todo no lo sé.
Dijéronme no sé qué
confusamente, bastante
a tenerme deseoso
de escucharos la verdad:
forzosa curiosidad
en un cortesano ocioso...
(Aparte.)
(O en un amante con celos.)
Félix.
(A Don Juan aparte.)
Advertid cuán sin pensar
os han venido a mostrar
vuestro contrario los cielos.
García.
Pues a la fiesta atended;
contaréla, ya que veo
que os fatiga ese deseo.
Juan.
Haréisnos mucha merced.
García.
Entre las opacas sombras
y opacidades espesas
que el Soto formaba de olmos,
y la noche de tinieblas,
se ocultaba una cuadrada,
limpia y olorosa mesa,
a lo italiano curiosa,
a lo español opulenta.
En mil figuras prensados
manteles y servilletas
sólo envidiaban las almas
a las aves y a las fieras.
Cuatro aparadores, puestos
en cuadra correspondencia,
la plata blanca y dorada,
vidrios y barros ostentan.
Quedó con ramas un olmo
en todo el Sotillo apenas;
que dellas se edificaron
en varias partes seis tiendas.
Cuatro coros diferentes
ocultan las cuatro dellas,
otra principios y postres,
y las viandas la sexta.
Llegó en su coche mi dueño,
dando envidia a las estrellas,
a los aires suavidad,
y alegría a la ribera.
Apenas el pie que adoro
hizo esmeraldas la yerba,
hizo cristal la corriente,
las arenas hizo perlas,
cuando en copia disparados
cohetes, bombas y ruedas,
toda la región del fuego
bajó en un punto a la tierra.
Aun no las sulfúreas luces
se acabaron, cuando empiezan
las de veinte y cuatro antorchas
a obscurecer las estrellas.
Empezó primero el coro
de chirimías, tras ellas
el de las vihuelas de arco
sonó en la segunda tienda,
salieron con suavidad
las flautas de la tercera,
y en la cuarta cuatro voces
con guitarras y arpas suenan.
Entretanto se sirvieron
treinta y dos platos de cena,
sin los principios y postres,
que casi otros tantos eran.
Las frutas y las bebidas
en fuentes y tazas, hechas
del cristal que da el invierno
y el artificio conserva,
de tanta nieve se cubren,
que Manzanares sospecha,
cuando por el Soto pasa,
que camina por la Sierra.
El olfato no está ocioso
cuando el gusto se recrea;
que de espíritus suaves
de pomos y cazoletas,
y destilados sudores
de aromas, flores y yerbas,
en el Soto de Madrid
se vió la región sabea.
En un hombre de diamantes,
delicadas de oro flechas,
que mostrasen a mi dueño
su crueldad y mi firmeza,
al sauce, al junco y al mimbre
quitaron su preminencia;
que han de ser oro las pajas
cuando los dientes son perlas.
En esto juntos en folla
los cuatro coros comienzan
desde conformes distancias
a suspender las esferas;
tanto que invidioso Apolo
apresuró su carrera
porque el principio del día
pusiese fin a la fiesta.
Juan.
Por Dios, que la habeis pintado
de colores tan perfetas,
que no trocara el oírla
por haberme hallado en ella.
Tristán.
(Aparte.)
¡Válgate el diablo por hombre!
¡Que tan de repente pueda
pintar un convite tal,
que a la verdad misma venza!
Juan.
(Aparte a don Félix.)
¡Rabio de celos!
Félix.
No os dieron
del convite tales señas.
Juan.
¿Qué importa, si en la sustancia,
el tiempo y lugar concuerdan?
García.
¿Qué decís?
Juan.
Que fué el festín
más célebre que pudiera
hacer Alejandro Magno.
García.
¡Oh! son niñerías estas,
ordenadas de repente.
Dadme vos que yo tuviera
para prevenirme, un día;
que a las romanas y griegas
fiestas que al mundo admiraron,
nueva admiración pusiera.
(Mira adentro.)
Félix.
(A don Juan aparte.)
Jacinta es la del estribo
En el coche de Lucrecia.
Juan.
(A don Félix aparte.)
Los ojos a don García
se le van, por Dios, tras ella.
Félix.
Inquieto está y divertido.
Juan.
Ciertas son ya mis sospechas.
Juan y García.
Adios.
Félix.
Entrambos a un punto
fuistes a una cosa mesma.
(Vanse don Juan y don Félix.)