GUERRA DE SANTOS
De pronto, según iba San Roque tan tranquilamente por la calle, bajo su dosel, con los perros alrededor, un gran número de velas encendidas en torno, la banda, la procesión y el cortejo de devotos, sucedió un tiberio, una escapada general, una de todos los diablos: curas que corrían con las sotanas remangadas, trombas y clarinetes por el aire, mujeres que chillaban, la sangre por los arroyos y una lluvia de palos, que caían como peras maduras en las propias barbas de San Roque bendito. Acudieron el pretor, el alcalde, las carabineros; lleváronse los huesos rotos al hospital, los más levantiscos fueron a dormir a la cárcel, el santo volvió a la iglesia a la carrera, más que a paso de procesión, y la fiesta terminó como las comedias de fantoches.
Y todo por envidia de los del barrio de San Pascual, porque aquel año los devotos de San Roque se habían gastado un ojo de la cara para hacer las cosas en grande: fué la banda de la ciudad, se dispararon más de dos mil morteros, y había incluso un estandarte nuevo, todo recamado de oro, que pesaba más de un quintal, según decían, y que en medio de la muchedumbre parecía un ascua de oro mismamente. Todo lo cual atacábales los nervios de los devotos de San Pascual, hasta que a uno de ellos, al cabo, se le le acabó la paciencia y se dió a gritar, pálido de las bilis: "¡Viva San Pascual!". Entonces habían empezado los palos.
Ciertamente que ir a gritar: "¡Viva San Pascual!" en las mismísimas barbas de San Roque era lo que se dice una provocación; es como que le escupan a la puerta de uno, o como el que se divierte pellizcando a la mujer que uno lleva del brazo. En esos casos no valen cristos ni diablos, y se hace caso omiso del poco respeto que se tiene por los demás santos, que, en fin de cuentas, todos son lo mismo. Si es en la iglesia, salen danzando los bancos; si en la procesión, llueven pedazos de cirios como murciélagos, y si en la mesa, vuelan las escudillas.
— ¡Santo diablo! — gritaba el compadre Nino, pisoteado y maltrecho —. Quiero yo ver si hay alguien que todavía tenga valor para gritar: "¡Viva San Pascual!"
— ¡Yo! — respondió furibundo Turi el tundidor, que iba a ser su cuñado, pero que estaba fuera de sí por un puñetazo que le habían dado en la pelea, dejándole medio ciego.
— ¡Viva San Pascual hasta la muerte!
— ¡Por amor de Dios! ¡Por amor de Dios! — gritaba su hermana Saridda, poniéndose entre su hermano y su novio; que los tres habían estado tan de acuerdo hasta aquel momento.
El compadre Nino, el novio, voceaba a modo de escarnio:
— ¡Viva mi pañal! ¡Viva san pañal!
— ¡Toma! — gritó Turi echando espuma por la boca, y los ojos hinchados y lívidos como una berenjena —. ¡Toma! ¡Por San Roque! ¡El del pañal, toma!
Así pues, diéronse de puñetazos, capaces de matar a un buey, hasta que los amigos consiguieron separarlos a fuerza de empujones y patadas. Saridda, enardecida a su vez, gritaba: "¡Viva San Pascual!", y a poco si la emprenden los novios a bofetones, como si hubieran sido ya marido y mujer. Que en tales ocasiones la emprenden padres con hijos, y se separan las mujeres de sus maridos si, por desgracia, una del barrio de San Pascual se ha casado con uno de San Roque.
— ¡No quiero volver a oír hablar de ese cristiano! — despotricaba Saridda, muy puesta en jarras, ante las vecinas que le preguntaban por qué se había deshecho la boda —. ¡Ni aunque me lo dieran vestido de oro y plata, ya lo oís!
— ¡Lo que es por mí, Saridda puede presumir! — decía por su parte el compadre Nino, mientras le lavaban en la taberna la cara llena de sangre —. En ese barrio de tundidores son todos una partida de pobretes y de holgazanes. Cuando se me ocurrió ir a buscar allí la novia debía estar borracho.
— Ya que sucede esto — había concluído el alcalde — y que no se puede sacar un santo sin que haya palos, que es una verdadera porquería, no quiero más fiestas ni más Cuarenta Horas; y al que saque ni tampoco un cabo de vela, le meto de cabeza en la cárcel.
El caso se había empeorado, además, porque el obispo de la diócesis había concedido el privilegio de llevar la muceta a los canónigos de San Pascual, y los de San Roque, que tenían los curas su muceta, se habían ido hasta Roma, inclusive, a armar la de todos los demonios a los pies del Santo Padre, documentos en mano, papel sellado y todos los requilorios; pero había sido inútil, porque sus adversarios del barrio bajo, que todo el mundo se acordaba aún de cuando no tenían zapatos, se habían enriquecido como cerdos con la nueva industria del curtido de pieles, y ya es sabido que en este mundo se compra o se vende la justicia como el alma de Judas.
En San Pascual esperaban al delegado de monseñor, que era un hombre de pro, con dos hebillas de plata de media libra cada una en los zapatos, y que iba a llevar muceta a los canónigos; por eso habían contratado también ellos la banda para salir al encuentro del delegado tres millas fuera del pueblo, y se decía que, por la noche, habría fuegos en la plaza, con letreros de "¡Viva San Pascual!" en letras luminosas.
Los habitantes del barrio alto estaban, pues, muy excitados, y algunos mondaban unas varas de peral y de cerezo gordas como tranca, y murmuraban:
— ¡Puesto que ha de haber música, hay que llevar la batuta!
El delegado del obispo corría gran peligro de salir con los huesos rotos en su entrada triunfal. Pero el reverendo, más avisado, dejó que le esperase la banda fuera del pueblo, y a pie, por los atajos, llegó poquito a poco a casa del párroco y reunió a los cabecillas de los dos partidos.
Cuando aquellos caballeros se encontraron frente a frente, con tanto tiempo como llevaban de pelea, empezaron a mirarse con intención de arrancarse los ojos el uno al otro, y fué menester toda la autoridad del reverendo, que se había puesto en aquella solemnidad el ferreruelo de paño nuevo, para que los helados y refrescos se sirvieran sin tropiezos.
— ¡Así me gusta! — aprobaba el alcalde con la nariz dentro del vaso —. Cuando me buscáis para que haya paz, me encontráis siempre.
El delegado dijo, en efecto, que él había ido para la conciliación con el ramo de olivo en la boca, como la paloma de Noé, y pronunciando el fervorín, distribuía sonrisas y apretones de manos, diciéndoles a todos:
— Los señores me harán el honor de pasar a la sacristía a tomar chocolate el día de la fiesta.
— Dejemos la fiesta — dijo el vicepretor —, que si no habrá nuevos disgustos.
— ¡Habrá disgustos si hay esa matonería de que uno no sea dueño de hacer lo que le venga en gana con su dinero! — exclamó Bruno el carretero.
— Yo me lavo los manos. Las órdenes del Gobierno son precisas. Si hacéis la fiesta, yo mando llamar a los carabineros, porque quiero que haya orden.
— Del orden respondo yo — sentenció el alcalde, dando con la sombrilla en el suelo y echando una mirada en derredor.
— ¡Bravo! Como si no se supiese que quien te sopla a ti todo eso es cuñado Bruno — replicó el vicepretor.
— ¡Y tú te opones por el pique de la prohibición de la colada, que no puedes echar abajo!
— ¡Señores míos, señores míos — recomendaba el delegado —, así no hacemos nada!
— ¡Haremos la revolución! — gritaba Bruno, con las manos en alto.
Por fortuna, el párroco había puesto en salvo a toda prisa jícaras y vasos, y el sacristán había corrido a todo correr a licenciar a la banda, que, sabiendo la llegada del delegado, acudía a darle la bienvenida, soplando en cornetines y trombones.
— Así no se hace nada — decía el delegado, y le molestaba asimismo que, por lo que a él competía, las cosas estuvieran ya arregladas, mientras perdía el tiempo con el compadre Bruno y el vicepretor, que se comían el uno al otro —. ¿Qué es eso de la prohibición de la colada?
— Las injusticias de siempre. Ahora no se puede desdoblar un pañuelo en la ventana sin que al punto le echen a usted la multa encima. La mujer del vicepresidente, fiándose de que su marido tenía cargo oficial y de que hasta ahora había habido siempre un poco de consideración para las autoridades, solía poner a secar en el terradillo toda la colada de la semana..., ya se sabe... el poco de gracia de Dios... Pero ahora, con la nueva ley, eso es pecado mortal, y se prohiben incluso los perros, las gallinas y los demás animales, que, con perdón, hacían hasta ahora la limpieza de las calles. A las primeras lluvias, si Dios quiere, tendremos basura hasta los bigotes.
El delegado del obispo, para conciliar los ánimos, estaba clavado en el confesonario, como una lechuza, de la mañana a la noche, y todas las mujeres querían confesarse con él, que tenía absolución plenaria para toda clase de pecados, como si fuese monseñor en persona.
— ¡Padre — le decía Saridda, con la nariz pegada al confesonario —, el compadre Nino me hace pecar todos los domingos en la iglesia!
— ¿De qué manera, hija mía?
— Ese cristiano iba a ser mi marido antes de que hubiera estos jaleos en el pueblo; pero ahora que se ha deshecho la boda, se planta junto al altar mayor para mirarme y reírse con sus amigos durante la misa.
Y cuando el reverendo intentaba tocarle en el corazón al compadre Nino:
— Si es ella la que vuelve las espaldas cuando me ve, como si fuese yo un excomulgado — respondía el villano.
Por el contrario, al pasar la Saridda los domingos por la plaza, fingía estar y de charla con el brigadier o con cualquier otro pez gordo, y ni siquiera se fijaba en ella. Saridda estaba ocupadísima en reparar farolillos de papel, y los colocaba en fila delante de sus narices, a todo lo largo de la barandilla, con el pretexto de ponerlos a secar.
Cierta vez que se encontraron juntos en un bautizo, ni siquiera se saludaron, como si nunca se hubieran visto, y lo que es más, Saridda se puso a coquetear con el padrino de la niña.
— ¡Vaya un padrino de guasa! — decía Nino —. ¡Cuando nace una mujer, hasta las vigas del techo se quiebran!
Y Saridda, fingiendo hablar con la parturienta:
— No hay mal que por bien no venga. A veces, cuando te crees que has perdido un tesoro, tienes que darle las gracias a Dios y a San Pascual. Que antes de conocer a una persona hay que comer mucha sal.
— Di que sí, que las desgracias hay que tomarlas como vienen; lo peor es repudrirse la sangre por cosas que no valen la pena. A Papa muerto, Papa puesto.
En la plaza sonaba el tambor de la "meta".
— El alcalde dice que habrá fiesta — susurraba la gente.
— Pleitearé hasta la consumación de los siglos; me quedaré sin camisa como el santo Job; pero lo que es esas cinco liras de multa no las pago, aunque tenga que dejarlo dicho en el testamento.
— ¡Sangre perra! Pero ¿qué fiesta quieren hacer, si este año nos vamos a morir todos de hambre? — exclamaba Nino.
Desde el mes de marzo no llovía una gota de agua, y los sembrados amarillos, que se encendían como la yesca, "se morían de sed". Bruno el carretero decía que apenas saliera San Pascual en procesión llovería seguramente. Pero ¿qué le importaba a él la lluvia, si era carretero, ni a todos los tundidores de su partido?... En efecto: sacaron a San Pascual en procesión a levante y a poniente, y le asomaron al cerro para que bendijese el campo, en uno de esos días ardorosos de mayo, todo anubarrado; uno de esos días en que los labradores se tiran de los pelos a la vista de los campos achicharrados, y las espigas doblen la cabeza como si se muriesen.
— ¡Maldito San Pascual! — gritaba Nino, escupiendo y corriendo como un loco por los sembrados —. ¡Me has arrinado, San Pascual, ladrón! ¡No me has dejado más que la hoz para segarme el cuello!
El barrio alto estaba desalado: era uno de esos años largos en que el hambre empieza en junio y las mujeres se están a las puertas, despeinadas, sin hacer nada, con mirada estática. La Saridda, al oír que se vendía en la plaza la mula del compadre Nino, para pagar el arrendamiento de las tierras, que no le daban nada, sintió que de pronto se le apagaba la cólera, y mandó a toda prisa a su hermano Turi para ayudarle con los cuartos que tenían ahorrados.
Nino estaba en un rincón de la plaza, abstraídos los ojos, y las manos en los bolsillos, mientras le vendían la mula toda enjaezada y con cabezón nuevo.
— No quiero nada — respondió torvo —. ¡Gracias a Dios aun tengo brazos! Buen santo San Pascual, ¿eh?
Turi le volvió la espalda para no acabar mal, y se marchó. Pero la verdad era que los ánimos estaban exasperados, después de haber sacado en procesión a San Pascual a levante y a poniente, con tan buen resultado. Lo peor era que muchos del barrio de San Roque se habían dejado arrastrar a la procesión también, dándose golpes como burros y con corona de espinas en la cabeza, por mor de los sembrados. Y ahora se desahogaban en improperios, tanto que el delegado de monseñor había tenido que volverse a pie y sin banda por donde había ido.
El vicepretor, para vengarse del carretero, telegrafió que los ánimos estaban excitados y comprometido el orden público; así que un buen día corrió la noticia de que por la noche habían llegado los de la compañía de armas y que todo el mundo podía verlos en la posada.
— Han venido por el cólera — decían, sin embargo, otros —. En la ciudad se muere la gente como moscas.
El boticario echó el cerrojo a la botica, y el médico escapó antes que nadie, para que no acabaran con él.
— No será nada — decían los pocos que seguían en el pueblo, por no haber podido escapar al campo —. ¡San Roque bendito guardará a su pueblo! ¡Y al primero que salga de noche le despellejamos!
También los del barrio bajo corrieron descalzos a la iglesia de San Roque. Pero de allí a poco empezaron a menudear los coléricos como los goterones gordos que anuncian temporal; y decíanse de éste que era un cerdo, y que se había muerto de un atracón de higos chumbos; y del otro, que había vuelto del campo de noche cerrada. En suma: que había entrado el cólera, pese a los guardias, y en las propias barbas de San Roque, no obstante haber soñado una vieja, en olor de santidad, que San Roque en persona le decía: "No tengáis miedo del cólera, que yo estoy a la mira, y no soy como ese holgazán de San Pascual."
Nino y Turi no se habían vuelto a ver desde lo de la mula; pero apenas el labrador supo que los dos hermanos estaban malos, corrió a su casa, y encontró a Saridda negra y desfigurada en el fondo del cuartucho, junto a su hermano, que estaba mejor, pero que se tiraba de los pelos, sin saber qué hacer.
— ¡Ay San Roque ladrón! — se puso a gimotear Nino —. ¡Esta sí que no me la esperaba!... ¡Ay Saridda! ¿Qué, no me conoces ya? ¡Soy Nino, el Nino de antaño!
La Saridda le miraba con ojos hundidos, que era menester una linterna para encontrárselos, y a Nino se le hacían dos fuentes los suyos. ¡Ay San Roque, esto es peor que lo que nos ha hecho San Pascual!
Pero la Saridda se curó y, según estaba a la puerta, con la cabeza envuelta en un pañuelo, amarilla como la cera virgen, le decía:
— San Roque ha hecho el milagro, y tú tienes que venir también a llevarle una vela para su fiesta.
Nino, con el corazón encogido, decía que sí con la cabeza; pero entre tanto le dió a él el mal también, y estuvo a la muerte. Saridda entonces se arañaba la cara, y decía que se quería morir con él, y que se cortaría el pelo y lo echaría a la caja, y nadie volvería a verla en su vida.
— ¡No, no! — respondía Nino con rostro desfigurado —. A ti te volverá a crecer el pelo; pero quien no te verá más seré yo luego de muerto.
— ¡Vaya un milagro que te ha hecho San Roque! — le decía Turi para consolarle.
Y ambos a dos, ya convalecientes, según tomaban el sol, apoyados en la pared, se echaban en cara uno a otro su San Roque y su San Pascual.
Cierta vez pasó Bruno, el carretero, que volvía de fuera, ya acabado el cólera, y dijo:
— Tenemos que hacer una gran fiesta para darle gracias a San Pascual, por habernos salvado a todos los que aquí estamos. De ahora en adelante no habrá ni tiberios ni peleas, ya que se ha muerto el vicepretor, dejando el pleito en el testamento.
— Sí, haremos la fiesta por los muertos — sugirió con mofa Nino.
— Y tú, ¿estás vivo por San Roque acaso?
— ¡Queréis acabar de una vez! — interrumpió Saridda —. ¡A ver si va a ser menester otro cólera para hacer las paces!
"PUCHERETE"
(Pentolaccia.)
Ahora le toca el turno a "Pucherete", un buen tipo también, que hace su papel entre tantos animales como hay en la feria, y todo el que pasa le dice algo. El mote se lo merecía en verdad, porque tenía su puchero lleno, gracias a Dios y a su mujer, y comía y bebía a costa del compadre don Liborio mejor que un rey.
Uno que nunca haya tenido el feo vicio de los celos y ha bajado siempre la cabeza en santa paz, San Isidoro nos libre si le da luego la ventolera de hacer una locura, bien empleado le está el ir a la cárcel.
Se había empeñado en casarse con la Vénera, sin tener sobre qué caerse muerto, sin más capital que sus brazos para ganarse el pan. Inútil fué que su madre, la pobre, le dijese:
— Deja en paz a la Vénera, que no es para ti, que lleva la mantilla levantada y enseña el pie cuando va por la calle.
Los viejos saben más que nosotros, y por nuestro bien debemos escucharlos.
Pero a él no se le apartaba del pensamiento aquel zapatito y aquellos ojos ladrones que se salían de la mantilla en busca de marido; así, pues, se casó con ella sin querer darse a razones, y su madre se marchó de casa, después de treinta años de vivir en ella, porque suegra y nuera son como perro y gato. La nuera tanto hizo y tanto dijo con su boquita melosa, que la pobre vieja gruñona tuvo que dejarle el campo libre e ir a morirse en un tugurio; entre marido y mujer había peleas y cuestiones cada vez que era menester pagar la mensualidad del tugurio aquél. Cuando al cabo la pobre vieja dejo de penar, y él corrió al oír que le habían dado el Viático, no pudo recibir su bendición ni escuchar las últimas palabras de la moribunda, que tenía ya los labios sellados por la muerte y el rostro desfigurado, yacente en el rincón de la casucha, ya anochecido, y solamente conservaba vida en los ojos, con los que parecía querer decirle tantas cosas.
Quien no respeta a sus padres, hace su desgracia y acaba malamente.
La pobre vieja se murió con el sentimiento de lo mala que le había salido la mujer de su hijo; Dios le había concedido la gracia de irse de este mundo llevándose al otro todo lo que tenía dentro contra la nuera, porque sabía cuánto le habría dolido a él. Apenas Vénera se quedó de ama de casa y empuñó las riendas, hizo tantas, que la gente no llamaba a su marido sino con aquel mote, y cuando llegaba a sus oídos y se aventuraba a quejarse a su mujer, "¿Tú lo crees?", decíale ella. Y nada más. El, tan contento como unas pascuas.
Así era él, pobrecillo, y con ello no hacía mal a nadie. Si lo hubiera visto con sus propios ojos, dijera que no era verdad, por gracia de Santa Lucía bendita. ¿De qué serviría repudrirse la sangre? Era la paz, la providencia en casa, la salud por añadidura, que el compadre don Liborio era médico también. ¿Qué más se podía desear, santo Dios?
Todo lo hacía en común con don Liborio: tenía un cercado a medias, tenía una treintena de ovejas, puntos arrendaban pastos, y don Liborio daba su palabra en garantía cuando iban al notario. "Pucherete" le llevaba las primeras habas y los primeros guisantes, le cortaba la leña para la cocina y le pisaba la uva en el lagar; a él, en cambio, no le faltaba nada: trigo en la panera, vino en el barril ni aceite en la orza; su mujer, blanca y colorada como una manzana, lucía zapatos nuevos y pañuelos de seda; don Liborio no cobraba sus visitas, e incluso le había apadrinado un chico. En suma: constituían una sola casa y le llamaba a don Liborio "señor compadre", y trabajaba a conciencia. En ese aspecto no se le podía decir nada a "Pucherete". Hacía lo posible por que prosperase la comandita con el señor compadre, que con ello obtenía su mejor fruto, y todos estaban contentos.
Ahora bien: acaeció que tan angélica paz se trocó en un tiberio de todos los demonios; de pronto, en un día tan sólo, en un momento, según los otros labradores que araban el barbecho charlando a la sombra a la hora de siesta, dieron por casualidad en hablar de él y de su mujer, sin darse cuenta de que "Pucherete" se había tumbado a dormir detrás del seto y nadie le había visto. Por eso suélese decir: "Cuando comas, cierra la puerta, y cuando hables, mira en tu derredor."
Esta vez parece como si el diablo le hubiera ido a hurgar a "Pucherete" según dormía, soplándole al oído los improperios que de él decían y clavándoselos en el alma con un clavo.
— ¡Pues y ese cabra de "Pucherete" — decían —, que se está comiendo a don Liborio!
— ¡Que come y bebe en el barro! ¡Y que engorda como un cerdo!
¿Qué sucedió? ¿Qué le pasó por las mientes a "Pucherete"? Se levantó de pronto, sin decir nada, y se echó a correr hacia el pueblo como mordido por la tarántula, ciego de sus ojos, que hasta la hierba y las piedras le parecían rojos de sangre. A la puerta de su casa se encontró a don Liborio, que salía tranquilamente, haciéndose aire con el sombrero de paja.
— ¡Oiga, "señor compadre" — le dijo —; si le veo otra vez en mi casa, como hay Dios que se arma la fiesta!
Don Liborio se le quedó mirando como si hablase en turco, y creyó que con aquel calor se le habían hecho los sesos agua, porque, en verdad, no se podía imaginar que a "Pucherete" se le ocurriera ser celoso luego de tanto de cerrar los ojos, y siendo, como era, de la mejor pasta de maridos que podía haber en el mundo.
— ¿Qué tienes hoy, compadre? — le dijo.
— ¡Tengo, que si le veo otra vez en mi casa, como hay Dios que se arma la fiesta!
Don Liborio se encogió de hombros y se marchó riendo. El entró en su casa todo descompuesto y repitióle a su mujer:
— Si veo aquí otra vez "al señor compadre", como hay Dios que se arma la fiesta.
Vénera se puso en jarras y comenzó a regañarle y a decirle improperios. El se obstinaba en decir siempre que sí con la cabeza, pegado a la pared, como un buey que tiene la mosca y no quiere darse a razones. Los chicos lloraban al ver aquella novedad. La mujer, al cabo, cogió la tranca y le echó de casa para quitársele de delante, diciendo que ella era muy dueña de hacer lo que le parecía bien.
"Pucherete" no podía trabajar en el barbecho: siempre pensaba en lo mismo, y tenía una cara de basilisco que no se le conocía. Un sábado, antes de anochecer, clavó la azada en el surco e se marchó sin saldar la cuenta de la semana. Su mujer, al verle llegar sin los cuartos, y por añadidura, dos horas antes de lo acostumbrado, tornó a insultarle, y quería mandarle a la plaza a comprar sardinas saladas, porque tenía una espina en la garganta. Pero él no quiso moverse de allí, con la niña entre las piernas, que la pobrecita no se atrevía a moverse, y lloriqueaba de miedo al ver la cara de su padre. Vénera, aquella noche, tenía el diablo en el cuerpo, y la gallina negra, acurrucada en la escalera, no cesaba de cacarear, como cuando va a suceder una desgracia.
Don Liborio solía ir después de su visita, antes de jugar en el café su partida de tresillo; aquella noche, Vénera decía que quería que le tomase el pulso, que todo el día había sentido calentura por el mal que tenía en la garganta. "Pucherete" estaba callado y no se movía de su sitio. Pero cuando se oyó por la tranquila callejuela el paso lento del doctor, que se llegaba poco a poco, cansado de la visita, resoplando por el calor y dándo el aire con el sombrero de paja, "Pucherete" cogió la tranca con que su mujer le echaba de casa cuando estaba de sobra y se apostó tras de la puerta. Por desgracia, Vénera no se dió cuenta de ello, según había ido en aquel momento a la cocina a echar una brazada de leña bajo el caldero hirviendo. Apenas don Liborio puso el pie en la habitación, su compadre levantó la tranca y le dió tal golpe en el cogote que le mató como a un buey, sin que fuera menester médico ni boticario.
Así fué como acabó "Pucherete" en presidio.
FIN