Luego le prendieron, pasó en la la cárcel año y medio, salió absuelto y al reclamar el depósito Pepe, se lo negó... Es decir, no negó la devolución, sino lo que es más infame, la entrega. No existía, no podía existir prueba. El infeliz procurador, murió al cabo de unos cuantos meses y Pepe siguió negando a la viuda. Cuanto esta me dijo era verdad. Hasta he averiguado que con parte de esos veintidós mil duros hizo Pepe los gastos de nuestra boda. ¡Qué base para nuestra felicidad! De mi entrevista con aquella mujer saqué el convencimiento de que no mentía: la índole y el carácter de Pepe servían de acusadores contra él, además quise ponerle en al trance de que confesase y lo conseguí. Hice una cosa horrible, pero en relación con su maldad. Dejé una noche que se acostase antes que yo, esperé a que se durmiese, y al cabo de dos horas, cuando estaba en el más profundo sueño, teniendo antes cuidado de poner la luz de modo que le iluminara de lleno el rostro, le llamé a grandes voces gritando «¡Pepe, Pepe... El dinero de Gozalvez, Gozalvez, Gozalvez... su dinero!» Despertó preso de un sobresalto indecible, y sin tiempo para reponerse, sorprendido como criminal por astucia del juez, preguntó fuera de sí enrojecido de rabia: «¿Dónde está Gozalvez? ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha contado?»
Pero no eran menester tales palabras: su cara, su espanto, bastaron para persuadirme de que la viuda no me había engañado. ¡Qué pena la mía! ¡Juro que hubiera preferido sorprenderle en brazos de una mujer! Entonces se levantó en mi corazón una tempestad de asco y de desprecio. ¡Y aquel era el hombre que me había poseído, el que saboreó mis primeros besos de amor!
Cuanto he intentado para que prometa la restitución del depósito ha sido inútil: niega, insiste en negar, y cada negativa le aparta más de mí. No podemos divorciarnos: lo sé, me han leído el Código; pero yo me separo de él porque siento que el contacto de ese hombre me mancharía como envilecen al marido honrado los besos de la esposa traidora y consentida. Yo creo, don Luis, que ni el honor ni la conciencia tienen sexo. Me ha deshonrado con su delito como yo hubiera podido deshonrarle con mi infidelidad. Seré legalmente suya, llevaré su nombre y lo que es más doloroso lo llevará mi hijo, pero no volverá a estrecharme entre sus brazos ni comeré su pan. Quien me comprenda que me juzgue.
OBRAS DEL MISMO AUTOR
| Pesetas | |
| Apuntes para la Historia de la Caricatura | 2 |
| Lázaro (casi novela), segunda edición | 2 |
| Del Teatro (Lo que debe ser el drama.) Memoria leída en el Ateneo de Madrid. Segunda edición | 1 |
| La Hijastra del amor. (Novela), tercera edición (agotada) | 4 |
| Juan Vulgar. (Novela), tercera edición. | 3 |
| El Enemigo. (Novela), tercera edición | 4 |
| La Honrada. (Novela), ilustrada por J. L. Pellicer y J. Cuchy | 4 |
| Dulce y Sabrosa. (Novela) | 4 |
| Novelitas | 3,50 |
| Cuentos de mi tiempo | 3,50 |
| Tres mujeres. (Colección Klong) | 2,50 |
| Cuentos (colección Mignon) | 0,75 |
| Vida y obras de D. Diego Velázquez, con fotograbados | 5 |
| Castelar. Discurso de recepción en la Real Academia Española. Contestación del Excmo. Señor D. Juan Valera | 1 |
| BIBLIOTECA MODERNA | |
| TOMOS PUBLICADOS | |
| I. | A. Palacio Valdés. Seducción. |
| II. | Jacinto Benavente. Noches de verano. |
| III. | Juan Valera. Asclepigenia. |
| IV. | Salvador Rueda. Piedras preciosas |
| V. | B. Pérez Galdós. La novela en el tranvía. |
| VI. | Jacinto O. Picón. La vistosa. |
| EN PRENSA | |
| VII. | S. y J. Alvarez Quintero. |
| EN PREPARACIÓN | |
| Obras de Mariano de Cavia. Clarin, Balart, Navarro Ledesma, etc. | |
| Dirigir los pedidos a la Administración, calle de Don Manuel Fernández y González, núm. 8. |