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La voz de la conseja, t.2 / Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos

Chapter 16: CAPITULO III TODOS CONTRA EL CONDE
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About This Book

Una antología de novelas breves y relatos reunidos por distintos autores que ofrece variedad de tonos y asuntos: piezas que exploran la devoción, la culpa y los dilemas morales; historias de celos, pasiones domésticas y pruebas de afecto; narraciones de misterio, disfraces y giros imprevistos; y estampas costumbristas con matices satíricos. Cada relato se sostiene de forma independiente, alternando escenas íntimas y episodios de tensión pública, y recrea ambientes y caracteres mediante un habla cercana y descriptiva. El conjunto privilegia la diversidad de voces y formas cortas para presentar conflictos personales y sociales desde enfoques líricos, dramáticos y humorísticos.

El mayor ladrón del mundo,
por no morir ahorcado,
se vistió de colorado.
———
«A aquel que todo robaba
con las armas del favor,
le han entendido la flor.
Y aquel que atemorizaba,
temblando está de temor;
que como se ve acusar
y el caso es tan sin segundo,
teme que le han de ahorcar;
y en aqueso ha de parar
el mayor ladrón del mundo.
———
La lisonja que volaba
derribó al Rey al abismo,
y aquel que el mundo usurpaba,
idolatrando en sí mismo,
en aqueste extremo acaba;
y viéndose acongojado
con tan enormes delitos,
se ha recogido a sagrado,
pidiendo la Iglesia a gritos
por no morir ahorcado.
———
Mas no es bueno defender
quien la Iglesia profanó,
pues se la vimos vender,
ni la Iglesia ha de valer
que durmió como cordero.
Ni ha de valerle sagrado
ni el roquete arzobispal,
que al fin morirá ahorcado
aunque como cardenal
se vistió de colorado.
 
———

Pues ahí va estotra, que quema y trae con el Duque mucha gente al retortero:

«Ya ha despertado el León
que durmió como cordero,
se asustó todo ladrón.
El primero es Calderón
[1],
que dicen ha de volar
con Josefat de Tobar[2]
Rabí, por las uñas, Caco
y otro no menos bellaco
compañero en el hurtar.
———
También Perico de Tapia,
que de miedo huele mal,
con su mujer doña Rapia,
toda garduña prosapia
y el Señor doctor Bonal
[3]
recela esposas y grillos;
de medrosos, amarillos
andan ladrones a pares;
que en tan modernos solares
se menean los ladrillos.
———
Salazarillo[4] sucede
en oficio a Calderón,
porque no falte ladrón
que estas privanzas herede;
pues el villano no puede
negarnos que fué primero
como su padre, pechero,
y que por mudar de estado
un sambenito ha borrado
para hacerse caballero.
———
El burgalés y el bulero[5],
si lo que ven han creído,
pueden de lo sucedido
inferir lo venidero.
Ya no pasa doctor huero,
basta que en tiempo pasado
tuvieron tan buen estado
desde el principio hasta el fin,
que al que nunca vió latín
le daban un obispado.»

[1] Don Rodrigo, Marqués de Siete Iglesias.

[2] Don Jorge de Tobar.

[3] Oidor del Real Consejo.

[4] Secretario de Estado que antes lo había sido del Duque de Uceda.

[5] El burgalés don Fernando de Acevedo, presidente del Consejo de Castilla y Arzobispo de Burgos. El bulero, el Patriarca de las Indias, don Diego de Guzmán.

CAPITULO III

TODOS CONTRA EL CONDE

Malas nubes previénense para las maledicencias del señor don Juan, que como contra todos cierra su pluma, todos están contra él y por ser hartos así en el número como en la causa que les aqueja, de temer es que le puedan y den con él donde no encuentre manera de salir triunfador.

A la postre esto acontece a los maldicientes por más gracia e ingenio que tengan, y es que con su mesmo punzante aguijón terminan por darse la muerte a sí propios.

Y más en este hombre, que lleva tanta hiel en sus diatribas y sátiras, que de a cien leguas adviértese que no las dicta el noble afán de corregir, sino el odio enconado y la terrible enemistad.

Quisiera yo (que no sé por qué téngole buena ley a este Condesillo) que hubiera un alma hermana que hiciérale conocer la mala senda porque camina y guiárale por otra menos espinosa y estrecha, mas no hállase medio para que se corrija S. E., que ya a lo que parece tiénelo por condición, y en estas cosas tan hondas no hay mano que pueda gobernar.

Y lo más notable es que, como suele decirse, todos notan la paja en el ojo ajeno, pero no advierten la viga en el propio, que de aquesta gentil manera acontece ser el mundo; quiero decir, que cada cual apréndese y refuta los aguijonazos contra el prójimo y cállase los suyos.

Aunque bien es decir que, como propálanse en guisa de inviolables secretos, tardan algunos días en caer en oídos del satirizado.

Pocas veces responden con el ingenio y el desparpajo que el usía emplea, sino con dichos que tienen más pesadumbre que pimienta, y con amenazas y promesas pendencieras.

No falta quien cree que la mejor respuesta y más clara satisfacción está en los filos de un acero, y éste no manejado cara a cara y por una mano noble, como es uso entre caballeros, sino por un rufián ajustado, el cual reciba su soldada luego de consumado su quehacer.

Y ya parece que habrá pocas noches, volviendo S. E. de casa de don Diego de Salazar, hízose la primera intentona, sólo que el señor don Juan, aparte de maldiciente, bravo y audaz, parece que es precavido, y como llevaba el arma desenvainada bajo la capa, en dos molinetes tuvo a raya a los que le querían agujerear el cuero, con tanta saña y seguramente que por poco dinero, pues vale el Conde mucho.

Diz también que todos estos enconos no solamente los traen las nubes de las sátiras sañudas y de las despiadadas gorjas, sino que no es quien menos hace, un amor postergado, que fué en tiempos voraz y terrible llama que parecía no dar lugar a consumación en todos los siglos de los siglos.

No sé yo, a decir verdad, qué pueda haber de verosímil o no en esto, que sé poco de las intrigas palaciegas, como no tengan eco en las Losas, lugar que desdichadamente y sin esperanza de remedio alguno, es mi puesto.

Dicen que hay cierta empingorotada dama, cuyo nombre callo (porque pudiera valerme cara la indiscreción), que despechada por las mudanzas del señor don Juan, no es quien menos procura su perdición.

Ello parece que viene de antaño, no es cosa que el de la venda amañó ahora, que ya antes de partirse el de Tassis para Italia lo tenía bien hecho, y diz que la honra de la tal quedóse apuntada en el galante libro de las aventuras de S. E.

¡Miren lo que son mujeres y lo que urden y lo que traen!

Quéjase ésta de que quien fué suyo antes, ahora no lo sea, y en cambio ella no concede importancia al haber dado tregua a su martelo, por embocar en el matrimonio con un maridillo de buena boca, que como ya ella había cédula de mal casada, en cualquier tiempo pensaba hacer lo que tan mal sabía, y don Juan, por repudia no consintió.

Vean en qué desalmado soneto, pasando el otro día junto a la casa donde habitara la pécora, echóla en cara el oficio:

«Aquí vivió la Chencha, aquella joya por las hechuras Caca; este aposento fué túmulo del sexto mandamiento y galera en que Amor fué buena boya.

»¡Vive Dios que esta sala que le apoya centellas de lujuria arroja al viento! Esta trampa inventó su atrevimiento para jugar al hombre con tramoya.

»Desde aquella ventana, la insolencia»de sus cabellos afrentó al Oriente,»y en ésta fué su vista una estocada.

»Mas, ¡oh crüel, a entrambos penitencia! hoy la casa es albergue a un pretendiente y la célebre Chencha está casada.»

Y claro es que, con tal saetazo, a más de por la ira del condal despego, está la tal que arde como yesca.

Y ésta de los celos sí que téngolo yo por la peor causa, que no hay en el mundo hierba venenosa que pueda hacer tantos estragos como ella. De mí sé decir, que si en la pelleja del Conde me encontrara, anduviera con cien ojos, como dicen de Argos, y por lo que tronar pudiera, haría examen de conciencia y acto de contrición.

Pero, ¿qué se le da a él destas cosas, si es hombre tan entero y echado adelante, por donde viene el peligro, que cuando no tiene persona determinada contra quien cerrar, arremete con un pueblo entero?

¿Puede darse más elocuente ni temerario ejemplo de lo que digo, que aqueste endemoniado soneto contra la ciudad de Córdoba, el cual es chismorrería nueva que hoy salió a la plaza, y esto a pesar de la prohibición que diz que tuvo de ir allá?

Mucho será que no se salgan con las suyas y vaya S. E. cuando menos lo piense a hacerle sátiras y coloquios al mismo Satanás.

Pedro Verger, el alguacil de corte, pónese de todos los colores del arco iris en cuanto oye hablar de su difamador, y si en su enjundia estuviese como está en su ánima, no viviera el Conde de aquí a una hora.

Mas oye decir que dicen que Tassis tiene razón en aquellas cosas que le señalan de su mujer, y calla por no traer más gente con la protesta.

Los hijos de Jorge de Tobar también andan rondando su venganza, y a fe que harto me temo que puedan ser aquestos quienes lleguen a conseguirlo, que a la verdad que el maldiciente ha puesto a la familia que parece moquero de acatarrado.

Yo, en lo que a mí respecta, y aunque muy aficionado soy del Conde, si diere con algún procaz y deslenguado que acumulara contra la honra de mi padre tantas impertinencias cuando no calumnias, cerrara contra él como pudiera, magüer que fuese a puñaladas si el caso apretado no diese lugar a las razones.

A fe que para S. E. todo el mundo es contrahecho de los ojos, pues que nadie le mira bien.

CAPITULO IV

CUENTOS Y CHISMES DE LA CORTE

No hay manera de que medren mis pretensiones y aun menos malo que Dios es servido de asistirme consintiendo que me cupiera en suerte un lote de ropas de unos bonos que esotrodía repartió en las Losas la marquesa del Valle, cuando salió para su destierro condenada por no sé qué acerbas injusticias metidas por malas artes en los ánimos de las reales personas.

Las ropas eran todas prendas para seglar, y así es que, no valiéndome por mi condición de clérigo, las vendí, y como ellas eran harto razonables, no me las pagaron mal del todo.

El Rey, por agradar a su augusta esposa, no cesa de darle diversiones, y ayer tarde hubo una muy notable comedia en el Retiro, que fué un auto sacramental, que dicen No es humano quien no cree, o el más fiero centurión y justicia del cielo, cuya obra débese a uno de los más ilustres ingenios de la Corte.

El concurso del público fué tan asaz y numeroso, que al salir del Corral del Príncipe, donde hubo de representarse con notable aplauso, fué asfixiado un pobre celador entre las apreturas.

Dicen que esta noche, a mitad della, ha muerto con toda solemnidad una menina de la Señora Reina, que llamaban doña María de Velasco, y que siendo ayuda de cámara, ha muerto de no hacer las suyas, quiero decir que de cólico, aunque más bien puede decirse que por glotona.

Tan ancho era su estómago, y por ende tan bestial la manera que usaba para llenarle, que comíase al día cuatro pollos de leche, aderezados de diferentes maneras, quedándole aún muy buen lugar para acomodar más lastre.

Cenó anoche uno (en un nuevo guiso que ahora ha poco han traído de Italia), sin contar los adherentes acostumbrados de conservas y substancias, y no dejó otras sobras que los huesos, los cuales por demasiado duros no podía hincarles el diente y pasallos a la antecámara del estercolero.

A media noche comenzó a sentir el empacho, mas presto fué tan de veras la cosa, que no tenía otro alivio que la Extremaunción, y aun ésta, por muy presto que se quiso traer, no llegó a tiempo y se fué sin ella, con que vino a morir lo mesmo que vivió, como un animal.

Diz que tenía hecho testamento mandando no la enterrasen hasta pasados tres días, luego de su muerte.

Y aquesto parece que era por temor a unos desmayos grandes y dilatados que solíanle atormentar.

Diz también que deja asentado que la embalsamen y lleven su corazón al túmulo donde reposa su marido.

¡Válame Dios, y cómo es cierto que es la señora Muerte la mejor rasera y arregladora de desconciertos!

Aquestos dos, que en el mundo andaban a la greña y tirándose a matar, ahora, cuando no son nada, andan remedando a los amantes de Teruel.

¡Dios los perdone y el Demonio no los tome a cuenta!

De regreso a mi posada, iba yo taciturno y meditativo por la calle Mayor, cuando trajéronme a la realidad dos hienas, encarnadas en cuerpos de hombres, que de una tabernilla salíanse acuchillándose.

¡Tan ciegos venían, que de no andar yo listo, cayeran sobre mí, y aun me regalaran con algún tajo!

Otros cuantos de su ralea íbanles a la zaga, y los muy descomulgados, en lugar de tenerles y recomendarles paz, azuzábanles como a perros, apostando por cada uno.

A la postre todo finó con que el uno, más diestro y más fiera que el otro, envióle dos palmos de hierro sin receta, con lo que le despachó del mundo sin que dijera ¡Dios, valedme!

Dió a correr, mas por pura casualidad, halláronse tres o cuatro corchetes (y fué la casualidad dicha que salían de otra taberna) y cerrando contra el matador le redujeron y le amarraron.

Llevábanle por la Puerta del Sol a la Cárcel de Corte, cuando al llegar esquina de la calle de las Carretas, el duque de Ciudad Real y el conde de Luna, que pasaban, reconocieron en el preso al cochero que les servía, y poniendo mano a las negras, quitáronle de las garras alguacilescas.

Ahora andan a ver de arreglar la osadía, que aun siendo quienes son, no pienso que salgan muy bien animados a hacer otra de la mesma marca.

Diz que para el jueves prepárase comedia en el Príncipe para mujeres solas, y tiene mandado el Rey que vayan todas sin guardainfante, porque quepan más.

Dícese que él acudirá con la Reina desde las celosías, y que tienen repletas más de dos docenas de ratoneras para desocuparlas en lo mejor de la fiesta por patio y cazuela.

¡Válgame Dios a S. M. por divertido, que tiene humor y tiempo para estas niñerías y no le ha para solucionar mi pleito, que, según ayer me dijo el secretario del Consejo, no más que de su real firma habrá tres mortales años que está dependiendo!

También la querella contra el de Villamediana parece que no va como él quisiera, y se está preparando en secreto la mejor forma de desterrarle nuevamente.

CAPITULO V

EN DONDE LUEGO DE OTRAS COSILLAS, CUÉNTASE EL DESTIERRO DE VILLAMEDIANA

Este día 15 de Noviembre de 1618, he de señalarle en el memorial de mi vida, porque he tenido una muy grande satisfacción, y aunque cierto es que ella no cae en el logro de mis instancias, es cosa tan al alma, que téngola casi en tanto como tornarme a mi tierra con mi beneficio.

Por el amplio y soleado patio de las Losas procuraba yo matar esta mañana la crudeza de la estación, haciendo camarada con otro pedigüeño cleriguillo de Murcia, y hablábamos de las nuevas corrientes, y lamentábamos el mal logro de nuestros empleos, cuando vimos que hacia nosotros llegaban otros dos sacerdotes.

El uno alto, erguido, ya de alguna edad y de muy gallarda presencia.

En la siniestra parte del amplio y rico manteo, que burlábase despiadadamente de la pobreza de los nuestros, campeaban las gallardas aspas de la cruz de San Juan de Jerusalén.

El otro, algo más bajo de estatura, iba más descuidado, así en la indumentaria como en el aseo y pulidez de la persona. Los ojos eran grandes, negros y un tanto extraviados, defendidos por descomunales espejuelos; impetuoso tenía el hablar, nerviosos los ademanes.

Así de como los vi, paramos en nuestro paseo y cuando ante nosotros cruzaban, luego de habernos saludado respetuosamente como a colegas, fuíme para el más viejo, y parándome delante, habléle en este modo:

—Vuesa reverencia, padre mío, me perdone si por acaso le ofendo, pero tan aficionado suyo soy, que no querría salir de la Corte, y pienso que va para muy largo, sin la bendición del ingenio más grande que tiene España.

—Hermano—respondióme el tal con faz risueña y noble,—yo no soy más de un sacerdote como vuesa merced, y si mi bendición no más se le antoja, téngala luego, pero a cambio de la suya.

—Venga como quisiéredes—repliquéle,—que la bendición de Lope de Vega bien vale cuanto se pida.

Arrodilléme con toda humildad, hizo la señal de la cruz sobre mi nevada cabeza, y apenas húbeme signado púsose él en guisa de penitente y dile la mía.

A fe que no me tuviera en tanto ni me emocionara como me emocioné, si el mismo Felipe III hubiérase arrodillado ante mí en el Santo Tribunal de la Penitencia.

Beséle la mano, ofrecióme su casa, que dijo que era en la calle de Francos, dijo al otro sacerdote: «Guiad, amigo Solís, a la secretaría de don Antonio»; y echando escaleras arriba, desaparecieron por un corredor...

Adviertan si no es poco para un español parlotear mano a mano con el ilustre autor de la Dorotea.

El cleriguillo huertano, que sacándole de su misa y de su olla no tenía entendederas para más, preguntábame después si aquel compadre era alguna dignidad de la Iglesia, y díjele el nombre ilustre, viva reliquia del Parnaso Español, y quedóse tan llano como si le dijese Juan de las Viñas, pero al hacerle ver que era el mayor poeta y más insigne componedor de comedias que había en el mundo, comenzó a decir:

—¡Ta, ta!, quítese de ahí, hombre de Dios, y no mezcle esa gentecilla con las cosas santas, que cuando esa manía bellaca encarna en uno de nosotros, no entiendo sino que los demonios metiéronsele en el cuerpo y echáronle a perder. En la Iglesia había de haber más severidad y no consentirse estas carcomas, que Dios no quiere coplas, sino oraciones, que hartas miserias hay por que rogarle, y no andarse los señores curas como ciegos, inventando farsas y comedias. Hiciéranme nada más que por un día primado de Toledo, y yo le juro por los dolores de la Santísima Virgen que arreglara esto.

No dióle tiempo a rodar más por la cuesta de las necedades, porque a este tiempo tornaban los señores curas, con el caballero que iban a buscar, que hallé no ser otro que el poeta don Antonio Hurtado de Mendoza, muy afecto al Príncipe de Asturias.

Todos al paso del Fénix se descubrían, menos el clerizonte murciano, que se encasquetó la teja hasta las orejas, por mejor demostrar su encono contra los poetas tonsurados...

——

Anoche, a poco más de las once, hallábase el de Villamediana en su casa de la calle Mayor, que no hacía mucho que llegara, cuando fuéle anunciada por su ayuda de cámara una visita urgentísima que no admitía demora de ningún género.

Vista la premura y recelando alguna pesadumbre, mandó que pasase luego quien quisiera que fuese.

Quedó en pie para recibir visita de tanto cumplido.

Hízose esperar un breve espacio, que aunque corto, ya comenzaba a causar impaciencia y enfado en el nervioso temperamento del señor don Juan, y apareció en la estancia no menos que el Alcalde de Casa y Corte don Luis de Paredes, y según cuentan algunos pajes de la casa, diz que tuvo lugar el siguiente coloquio:

DON LUIS

Señor don Juan, Dios os guarde.

DON JUAN

Señor don Luis, El venga con vos. Entrad, hacedme la merced de tomar asiento, y decidme en qué puedo serviros.

DON LUIS

Harto me pesa, señor y amigo, y bien saben el Santo del día y el ángel de mi guarda, que diera años de mi vida por excusar este momento.

DON JUAN

¿Tan apretado es?

DON LUIS

Desagradable nada más, a lo menos por ahora y para mí.

DON JUAN

Venís, pues, a prenderme.

DON LUIS

En nombre de S. M.

DON JUAN

Pues aquí me tenéis; haced de mí como tengáis orden. Pero antes quisiera saber la causa que pudo motivar esta resolución.

DON LUIS

Creo que la crudeza de vuestras sátiras; pero, vamos, abajo espera mi coche, y quizás en el camino pueda hablaros con más claridad que aquí.

DON JUAN

Pero...

DON LUIS

Cumplo órdenes superiores.

DON JUAN

Permitidme al menos....

DON LUIS

¿Qué...?

DON JUAN

Que me despida de mi mujer y mande que me preparen alguna ropa.

DON LUIS

Con todas las veras de mi alma y como soy cristiano que lo siento, mas no puedo daros licencia para otra cosa que para echaros una capa; en lo demás, no paséis cuidado, que veréis a vuestra esposa y se os llevará la impedimenta que os haga falta y tengáis por costumbre.

DON JUAN

¿Esto es lo que os mandan hacer conmigo?

DON LUIS

En nombre del Rey.

DON JUAN

Pues hágase la Real voluntad.

——

Tomó don Juan la capa que poco antes al llegar de la calle arrojara sobre el respaldo de un sillón, calóse el chapeo, calzóse los ambarinos guantes, y

—Cuando gustéis—dijo a su aprehensor, disponiéndose a salir; mas éste, sin moverse del sitio en que hallábase, como si hubiéranle clavado al suelo, preguntóle:

—Mas, ¿no lleváis espada?

—¡Pesia mí!—replicó el Conde.—¿Os burláis?

—Dios me libre.

—¿No me lleváis preso?

—Sí, mas en lo que llegamos donde habemos de ir, y puesto que como amigos vamos, si queréis, podéis llevarla.

Sin replicar más el de Tassis tomó el primoroso estoque que de continuo llevaba, y le prendió en el tahalí.

Un viejo criado fué descorriendo tapices y abriendo puertas por donde cruzaban rápidos y silenciosos el justicia y el preso.

—¿Os aguardo, señor?—preguntó humildemente el fámulo.

—No—respondió grave don Luis de Paredes.

—Mas si la señora Condesa pregunta que dónde fuísteis, ¿qué le podré responder?

—Que salió por orden de S. M.

—Preguntará que a dónde hubo de ir a tales horas—replicó impertinente el criado, más curioso que interesado, y volviéndose brusco S. E., que si no se aparta el preguntón hubiera tenido que sentir, respondióle:

—¡Al infierno, imbécil!

Llegaron a la calle y en la puerta esperaba un coche de camino, tirado por dos troncos de mulas.

Escoltábale un piquete de guardias de la lancilla...

Subieron entrambos, primero Tassis, y el alcalde dió orden de partida.

En la quietud de la noche, los herrajes de la pesada máquina sonaban sobre los guijos enlodazados de la calle como un tren de artillería.

——

Y diz quien presume de haberlo oído, y fué el cochero (que por esto no es bien que estén los pescantes donde están, que no se pierde palabra y así no puede haber cosa secreta entre los señores), que así como se alejaron obra de tres o cuatro leguas, dijo el señor don Luis:

—Aquí acaba mi misión con vuecelencia. Como ve, no va preso, sino desterrado en veinte leguas enredor de Madrid, Salamanca, Córdoba y otras ciudades en donde hubiese audiencia del Rey. Ello va apercibido con pena de la vida. Vuecelencia verá si entra en sus cálculos obedecer o no. Dos parejas de lanzas déjole por escolta hasta Sigüenza; yo con las otras me torno hacia la Corte. Y ahora, que Dios le dé suerte, salud y paciencia para sufrir estas cosas.

Muy afectuoso despidióle don Juan, y montando don Luis en uno de los caballos que traían los soldados a la mano, partieron el camino...

PARTE SEGUNDA

CAPITULO PRIMERO

EN QUE SE DA NOTICIA DE LA MUERTE DEL REY

Agora sí que veo tan perdida mi causa como lo fué aquella armada invencible que mandaba el segundo Filipo a pelear contra Inglaterra.

En la madrugada de hoy, 31 de Marzo de 1621, ha tenido el triste fin que se esperaba la vida de S. M.

Con esto cambiaron próceres y magnates sus ascendencias y destinos, y mi pretensión quedará sin efecto, aunque bien pudiera el Señor disponer un milagro haciendo que en este revuelo viniera algún alma justiciera que no me dejara de la mano.

De poco han servido procesiones y rogativas por la salud del monarca, ni traer y llevar hasta Casarrubios el preciado cuerpo del glorioso San Isidro, que bien se ve que a Dios no convenía que se obrara prodigio alguno, que viendo en qué descuidadas manos estaba España, sin duda que pensó: «Mejor se está sin Rey.»

Y qué bien recelaba su augusto padre cuando, ya al borde del sepulcro y hecho una inmunda pestilencia, dijo viéndole tan mozo y tan débil:

—«Y como temo que me le han de gobernar...» que así ha sido.

Todo el tiempo que asentó en el trono no fué más que escarnio, juego y mofa de sus favoritos los duques de Lerma y de Uceda, y del ambicioso e intrigante P. Aliaga.

Por cierto que ahora cuéntanse cosas infamemente peregrinas del penúltimo, a quien pienso que Dios ha de acabar de mala muerte, por hijo desnaturalizado.

Su padre el Cardenal parece que había pensado en él para descansar de las trapacerías de su ministerio, y llevóle a palacio; pero el aprovechado vástago entróse de tal manera y tan presto en el ánima del monarca, que no tardó en desbancar al padre y hacelle la contra, y se dice que más de dos veces y en la misma regia cámara hubieron de sostener violentísimas escenas el padre y el hijo, en las que faltó poco para que dieran el monstruoso espectáculo de venir a las manos.

Al fin venció el de Uceda por entero en la voluntad del Rey, y salió desterrado para sus posesiones de Lerma el favorito en desgracia.

Diz que ayer noche, en un momento de lucidez, quiso el moribundo soberano reconciliarse con sus enemigos, para tener en ellos un montón más de rogativas por la bienaventuranza de su alma luego de que dejase este mundo pecador, y mandó que le llevasen una lista de todos cuantos padecían pena de destierro.

Hízose como mandaba, y el mismo Uceda escribió los nombres de todos, entre los que, por indicación del P. Aliaga, puso el de su progenitor.

Presentóles al Rey.

Este pidió una pluma, y conforme iba pasando los ojos por ellos, tachaba el renglón, dando así a entender que perdonaba al que fuese.

Pero he aquí que no había llegado a la mitad, cuando acometióle un desmayo y cayó de sus manos pluma y papel sin haber dado por finalizada la piadosa obra. Así es que los que estaban sin tachadura interpretóse falsamente que no habían merecido la gracia del monarca; el último nombre de todos era el del duque de Lerma.

Nunca creyera que pudiese haber en el mundo tan monstruosa enemiga con un padre, que aunque éste hiciere todo género de bellaquerías contra un hijo (caso que en esta ocasión dábase muy al contrario) jamás había de germinar la semilla del rencor en el pecho del ofendido, porque fuera (y así es en esta ocasión), como maldecir de su sangre y por ende no tenerse como bien nacido.

Diz que mañana trasladarán el cuerpo del Rey al panteón de El Escorial, y ya hoy han comenzado los preparativos, que no hay pie ni mano que sosiegue dentro del Alcázar.

Valiéndome de la amistad que hice con un secretario de sala, subí este mediodía a ver el cadáver y rogar a Dios porque le dé eterno descanso, aunque si tanto da en descansar allá en el cielo como acá en la tierra, no pienso que haya justo más reposado en toda la corte celestial.

Tiénenle puesto en la capilla, sobre un rico túmulo, al que bien pudiera aplicarse el magnífico soneto de Miguel de Cervantes.

Por la altura en que está no alcanza a verse el cuerpo; unicamente asoma un poco el perfil y las manos cruzadas sobre el pecho, en las que sustenta un primoroso crucifijo de antiguo marfil.

Todo el templo está cuajado de paños negros, y solamente alumbrado por los blandones que rodean el túmulo, los cuales están embutidos en maravillosos candelabros de plata labrada, de doce brazos cada uno.

Velan continuamente los monteros de Espinosa.

——

Fué hoy el entierro de S. M. No hay para qué me canse en asentar aquí cómo y en qué manera hubo de llevarse a cabo tan triste acto, pues que notables ingenios y celosos cronistas tiene la corte que dejen escrito tan importante capítulo para la historia deste reinado.

Diz que el nuevo soberano es más activo y emprendedor que su padre.

Espéranse dél grandes iniciativas que redunden en beneficio y prosperidad para la nación.

Dios lo haga y no le deje ni nos deje de su divina tutela e inspiración, que bien lo habemos de menester si no es que queremos todos los españoles que nos lleve la trampa.

Diez y seis años cuenta el joven príncipe, y desde ha seis está unido en matrimonio con la princesa doña Isabel de Borbón, hija del Cuarto Enrique de Francia y de su segunda esposa María de Médicis.

Cierto que la nueva reina es la más peregrina hermosura de la Corte española.

¡Dios la bendiga!, que bien vale nación tan hidalga, soberana tan magnífica.

Dícese que con el cambio de Rey alzaráse mucho la mano con la gente patricia que cayó en desgracia durante el otro reinado, y también se asegura que muchas de aquellas altas torres que amenazaban con tocar el cielo, ya comienzan a resquebrajarse y hay muy serio peligro de que se desplomen.

Parece que la gran fuerza que les está minando llámase don Melchor Gaspar y Baltasar Núñez de Gusmán, y es Conde Duque de Olivares.

CAPITULO II

COMIENZOS DEL NUEVO REINADO Y PRELIMINARES DEL FIN DE VILLAMEDIANA

¡Válame Dios! y cómo viene de perilla a mis tristuras aquel refrancillo de donde no hay harina todo es mohina.

Más de dos meses ha tenídome tullido en cama un desalmado reúma, del que aún no me encuentro libre, sino que ando como Dios quiere, y no quiere bien. Aun menos malo que el posadero fué hombre caritativo y mirando la desgracia que tan sañudamente ciérnese sobre mí, no consintió que me sacaran de su casa para llevarme a un santo hospital, como yo pedía.

—Aquí se estará, padre—me dijo,—y no se desespere y tenga paciencia, que con la ayuda de Dios y un poco de buena voluntad de parte nuestra, todo se arreglará. Yo sé que su paternidad es hombre de conciencia, y no he de abandonarle, que yo también he pasado muy negras jornadas en la vida, y me ha sabido muy bien hallar un alma buena que me diese la mano.

Como soy cristiano, que aunque viviese eternamente no he de olvidar esta acción.

En lo posible, paguéle enseñándole las letras a un muchachico muy despabilado que tenía, y tal interés puso el diablejo del rapaz, que ya lee mejor que un escribano.

Parece que en este poco de tiempo han acontecido más cosas que otras veces en el transcurso de un siglo.

Como consigné en el papel anterior, abriéronse las puertas del destierro para algunos perseguidos, pero no cerráronse de nuevo, sino que continuaron de par en par hasta que de acá salieron otros a ocupar los puestos que aquéllos dejaban.

Diz que son, entre otros menos notables de los que han venido por la amnistía de la coronación, el almirante de Aragón, el marqués de Velada, don Pedro de Toledo y el famoso don Juan de Tassis.

Parece que el duque Cardenal, ansí como supo que estaba la puerta franca corría hacia aquí con el ansia de entrarse de rondón, y si pudiese a tornar a coger la sartén por el mango; pero a lo que se ve no está el de Olivares para Cardenales desta especie, que pudieran gangrenársele, y apenas se enteró del viaje, ganó la voluntad del Rey y envióle a Su Ilustrísima, que ya estaba a más de mitad de camino, al oidor del Consejo Real don Alonso de Cabrera, con órdenes de que se retirase a Valladolid hasta que S. M. fuese servido de mandarle otra cosa.

Con lo que el olvidado favorito parece que ya perdió toda esperanza de volver a ser quien fué, como procuraba.

Todos los demás han entrado con los mismos honores que disfrutaban cuando se partieron.

Villamediana, que diz que ha parecido muy bien a madama Isabela, ha sido nombrado su gentilhombre y repuesto en su antiguo cargo de Correo mayor.

Su ingenio ático, parece que es muy bien recibido de las augustas personas, y entre el monarca y él han cruzádose muy donosas composiciones, que es fama que también al nuevo Rey entiéndesele muy lozanamente de achaque de rimas. Y antes le parece mejor una academia de poetas que un Consejo de Estado.

Ahora que el tal usía vese en alto y tan por los suelos a los que tres años atrás estaban por las nubes, dijérase que maneja la enconada sátira con más crueldad y acierto de la que había por costumbre. Como no ve ya en lontananza el destierro, no hay freno que valga a contenerle.

Cada infelice que sale de los límites de la Corte por la desgracia del Rey, lleva como cédula o pasaporte la consiguiente diatriba del señor don Juan.

Es de leer la que dicen que asestó al derrumbado duque de Uceda cuando salía para el lugar de su patrimonio con orden de no salir de él:

«El Anti-Pablo, a mi ver,
fundó, si bien no sé cómo,
en humo lo mayordomo
y el viento lo sumiller.
Hoy polvo, Nabuco ayer;
¡ved lo que en el mundo pasa!
pero a ninguno traspasa
ver en tan mísero paso,
al que de nadie hizo caso
y de todos hizo casa

En esto paréceme que hace harto mal S. E., por delincuentes que fueren los zaheridos; al fin y al cabo bastante pena tienen con haber caído en desgracia, y arrastrar su humillación ante las mismas gentes que antes fueron testigos o víctimas de su despotismo.

Diz que han sido famosas las fiestas de la proclamación del nuevo soberano, y que en su panegírico y encumbramiento ha empleado don Juan tan diestramente la péñola, cual sabe hacer uso della en los vejámenes.

¿Por qué no le tocará Dios en el corazón y se arrepentirá de tan terribles burlas? Demás que entiendo yo (aunque bien se me alcanza que es cosa de todo punto imposible, por ser muy humana) que nadie había de señalar las faltas y defectos de los otros, sin reconocer y corregir antes los suyos.

A la postre, a los 21 de Octubre, inauguróse el capítulo de justicia de este reinado con la muerte en patíbulo de don Rodrigo Calderón. (Lamentable suceso, que tampoco presencié y dello me huelgo.)

Diz que ha muerto muy distinto de como vivió, y en todo arrepentido de su pasado.

No sé por qué me parece que este proceso, más que la primera justicia del cuarto Austria, ha sido la primera infamia, pues que a este hombre, para hacelle caer dentro de las leyes, hásele achacado la muerte de aquel alguacil Francisco Xuara, que a buen seguro que no cometió, pues si sólo ahorrárasele el vivir, por abusos de mal gobierno y filtraciones de los fondos del Estado, díganme si no había de estar la mayor parte de los ministros del mundo, los que no ahorcados, puestos en prisión perpetua.

No, sino pongan los ratones donde haya tocino, y esperen a ver si se dedican a la vida contemplativa.

¡Cómo acordaríase el infelice marqués de Siete Iglesias, yendo para el cadalso, de que ya le profetizó Villamediana tan mal fin aquella tarde que tuvo en la Plaza Mayor unas pesadumbres con el teniente de la Guardia española, don Fernando Verdugo!

¿Pendencia con verdugo, y en la plaza?
Mala señal, por cierto, te amenaza.

CAPITULO III

DONDE SE DA CUENTA DEL SECRETO DIÁLOGO QUE CIERTA MAÑANA TUVIERON DOS ALTOS PALACIEGOS, Y EN EL QUE SE VE QUE VILLAMEDIANA CAMINA RÁPIDAMENTE HACIA SU LAMENTABLE FIN

No habrá dos días que hube necesidad de avistarme con un secretario del nuevo privado, del que por medio de una carta que me facilitaron del marqués del Carpio, pude conseguir tanta merced, con lo que parece que mi pretensión, ya a punto de acabar en el otro reinado, daba en aqueste un regular avance.

Para ello hube de aguardarle en una sala de la Secretaría de cámara, y a fe que no hube ocasión para aburrirme, pues, sin procurarlo ni apartarme del asiento que tomé al entrar, vine a tener conocimiento de muy transcendentales sucesos.

La sala es sombría y espaciosa; da a un patio, y como toda ella está profusamente colgada de aquellos ricos tapices que el señor duque de Alba trajo de Flandes, no puede entrar allí la luz con todo esplendor.

No dijérase sino que las tinieblas que llevamos a aquellas alegres campiñas no habían querido tener reflejo en sus lagos y habíanse vuelto a España escondidas entre el cordoncillo y nudos de los dichos tapices.

De hacia un ángulo del aposento oíase este coloquio, sostenido por dos hombres:

—Ello es cosa que por la parte del Conde no deja lugar a duda de ningún género. Y créame vuesamerced, que aunque en lo que atañe a la Reina no haya peligro alguno, si no aprovechamos esta ocasión para acabar con Tassis, jamás lo podremos conseguir. Ahora está muy metido en Palacio...

—Naturalmente, para el logro de sus bastardas pretensiones.

—Y bien quisto del Rey...

-Será por aquello que dicen que el marido es el postrero en enterarse.

—Y del mesmo Olivares, a quien otras veces asaetó con tanta saña como en el otro reinado hízolo con el duque Cardenal, con Uceda y Osuna.

—Pues, conforme en que hay que alimentar mucho esta especie.

-Llegado a oídos del Rey, aunque sólo sea por cortar la murmuración, no tardará en borrar del mundo de los vivos a don Juan de Tassis, conde de Villamediana, y Correo mayor destos reinos y los de Nápoles.

—Y Dios haga que ello sea pronto, que a fe que con él no hay vida tranquila.

—Ni honra segura.

—Quien esto cuenta, muy donosamente salpimentado a todos los que quieren escuchárselo...

—Ya sé, es doña Francisca de Tabora.

—Dama de la Reina.

—Justamente.

—Pero no sé yo hasta qué punto, y en lo que a S. M. atañe, puedan tomarse esas afirmaciones.

—¿Por qué?

—¿Vuesamerced no sabe, por acaso, que antes de partir el Conde para su último destierro era la Tabora su amante?

—¿Esas tenemos?

—Y cuando ahora llegó a la corte nuestro hombre, sin duda que parecióle que los años transcurridos habían rescado encantos a la espléndida doña Francisca, y desembarazóse un tanto bellacamente de aquel querer, que, durante la ausencia, había sostenido la dama con tanto fuero como antes de separarse.

*     *     *

He aquí pues, que desprendidos de las explícitas y secretas declaraciones de aquellos dos enemigos de Villamediana, pueden desprenderse los siguientes sucedidos, contados y llorados por la mencionada doña Francisca de Tabora.

Y a lo que parece, la ofendida dama no tenía en contarlo el paño de lágrimas y consuelo de su grande dolor y venganza de su agravio.

CAPITULO IV

EN QUE PROSIGUE EL ANTERIOR EN FORMA HISTORIAL Y COMO ES DE PRESUMIR QUE HAYA ACONTECIDO

En achaques del corazón ya es sabido, porque es como ley fatal de la vida, que no intervienen para nada rangos ni edades, y por ello úrdense y amañan los más extraños idilios y amancebamientos que es dado imaginar.

Y así parece que aconteció en este caso, la gentilísima hermosura de la hija de Enrique IV y la notable arrogancia e ingenio de don Juan de Tassis se han compenetrado, y a pesar de la distancia de clases. Amor, padre de la humanidad, los ha llamado a su reino.

Sin embargo, parece que la soberana, más prudente o más calculadora, dándose exacta cuenta de su importante papel en la comedia humana, no arriesga su honorabilidad, y sólo parece que compromete su corazón.

Pero don Juan no quiere aquel amor de otra manera que engarzado en todas las dulces consecuencias que suele traer tan atrevido infante, y cuando los celos del marido le acucian o el despecho le hiere, no muestra reparo alguno en ser imprudente y publicarlo mal rebozado en ingenio.

Muchos días ha que doña Isabel anda recelosa, temiendo que las osadías del Conde caigan, sino en el Rey (porque éste, muy bien entretenido fuera de palacio, permanece ciego, sordo y mudo a todo, y más que a nada a los asuntos de Estado) en la maledicencia palaciega, y haya muy graves sucesos que lamentar.

Si ella tuviese suficiente entereza para cortar aquel idilio...

Y hubo un día en que, al tornar de una fiesta religiosa, viniendo ella sola en el coche, don Juan, que servíala de caballerizo, estuvo tan imprudente, que desde luego pensó en poner término a situación tan difícil y comprometida.

—Apenas lleguemos a palacio—le dijo—habemos de hablar; id haciendo cuenta de que he determinado, que quiero, que ordeno que sea la última vez. En la galería de la antecámara que da a la Vega, os estaré esperando. Haced un poco de tiempo, pero no tardéis mucho...

Asintió el Conde con una ligera inclinación, y parando el caballo en firme, al mismo tiempo que hacía lo mismo la carroza, pues habían entrado en el zaguán del Alcázar, saltó a tierra y acudió a rendir los honores debidos a sus dos veces reina...

Apenas entró la soberana en su cámara, pidió quedarse sola.

Las damas retiráronse extrañadas, pues aquella hora solía S. M. emplearla en agradable y casero esparcimiento con todas ellas.

Gustaba de que la contasen las hablillas y murmuraciones cogidas en los mentideros de la corte, las galantes historietas de las damas que andaban por los platónicos campos de Cupido, y, aún más allá, por los verdes v aun escabrosos de su madre Venus.

No era cosa que le asustara ni diérale motivos para ruborizarse como una novicia, el saber que tal doña fulana, que pasaba por la virtud más incorruptible, andaba en hocicamientos con tal cual pajecillo imberbe, o estotro grave consejero.

En la corte del Rey su padre, esta clase de historietas, no ya sólo acostumbraban a referirse sin rebozo ni escrúpulo alguno, sino que luego de sabidas procurábase presenciarlas, para comparar la distancia que había de lo vivo a lo pintado.

Demás que ya el Rey, su esposo, era muy buen introductor en Palacio destas cosas.

Y como digo, aquella tarde no quiso sesión de picardía.

Licenció a todas.

Miguelico Soplillo y Agustinica Velasco, sus enanos predilectos, llegáronsela haciendo mil bogigangas y zalemas, y a entrambos los despachó arrojándoles a los pies no sé que golosinas, con que habíanle regalado las señoras monjas.

Y arrimando un taburete junto a una amplia ventana dispúsose a esperar.

Y mientras esperaba contempló la solemne puesta del sol, allá por las cumbres del Guadarrama.

Así, mansamente, con aquel plácido sosiego, ansiaba ella que pusiérase el sol de su querer, sin pena ni gloria, con mucha paz, con la paz geórgica de los valles tranquilos que ven pasar la vida ante ellos sin sufrir otra mudanza que la rápida visión de las cosas que se reflejan en la mansedumbre de sus fuentes escondidas...

Y don Juan, muy a pesar suyo, hubo de retener el momento de subir a escuchar la voz adorada de la dulce enemiga de su alma.

Primeramente hubo de atajarle un secretario de la estafeta para firmar la entrega de unos pliegos, que en la posta de aquella mesma noche habían de salir para el virrey de Nápoles.

Ello era cosa que, por ser urgencia imprescindible de su alto cargo, no había medio de retener un solo instante. Dejaba ya cumplida esta misión y ponía el pie en el primer peldaño de la escalera de Damas, cuando topóse con doña Francisca de Tabora, que venía hecha una fiera encelada.

Paróle en firme, y le llenó de insultos e improperios.

Remitieron su puesto los rencores a los llantos y a las súplicas.

Hubo evocaciones del venturoso pasado, cuando el que suplicaba era él, y ella mostrábase esquiva y zahareña; pero al fin cayó, y todo fué ventura y alegría y eróticos poemas del Amor.

—Sé que vais donde ella está—plañía, entre lágrimas y amenazas la infelice dama;—sé que ella os espera, sé que los dos sois infames, que los dos sois perjuros. A mí no puedes engañarme, porque os he sorprendido, más de una vez, por las frondosidades del Retiro y por los laberintos destas galerías, y no tuve valor para acusaros; pero si ahora das un paso más hacia donde te aguarda, juro a Dios que al son de trompetas y tambores harélo publicar como un edicto.

Disculpábase Villamediana, y esforzábase por convencerla con la mentira, y hasta llegó a amenazar y a insultar y aun a escarnecer...

Al fin, con un empellón violento, pudo apartarla; pero la triste sufrió tan cruel paroxismo, que hubo don Juan de acudir a sostenerla, que si este auxilio no prestase a fe que cayera redonda al suelo.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Doña Isabel continuaba mirando cómo el sol se dormía.

Detrás della sintió el leve rumor de unos pasos que apenas querían tocar el suelo.

Doña Isabel sentía sobre su divina nuca el hálito del que llegaba.

No quiso volver la cabeza.

Unas manos juguetonas posáronse amorosamente sobre los ojos.

Doña Isabel exclamó, entre enojosa y adormía:

—No es la ocasión a propósito para burlas. Estáos quieto, Conde.

Las manos cedieron.

La reina miró al galán.

Y el galán era el rey.

—¿Qué Conde esperábais?—preguntó con una calma terrible, en la que agazapábanse todas las violencias.

Y doña Isabel respondió, maestramente, envolviendo su faz en una plácida sonrisa:

—Al de Barcelona. ¿No sois vos, Conde de Barcelona?

CAPITULO V

LA JORNADA DE ARANJUEZ.—«LA GLORIA DE NIQUEA», COMEDIA QUE DON JUAN DE TASSIS COMPUSO «ALEVOSAMENTE» PARA FESTEJAR EL CUMPLEAÑOS DEL REY.—UNA PIEDRA MÁS PARA EL MONUMENTO FUNERARIO QUE ÉL MISMO IBA CONSTRUYÉNDOSE

Apenas Febo ha visto llegado el tiempo natural de su regencia, y ya quiere gobernar con todo el rigor que tiene por costumbre desde su estrado del Agosto.

Madrid arde, y aún no entró del todo el mes de Mayo.

¡Vive Cristo!, qué bien supo darnos el pego el mes de Abril, que no parecía sino hermano gemelo del helado Diciembre. Tanto que, queriendo doña Isabel festejar el santo de su augusto esposo (que por la gracia de Dios es el 8 de Abril) con una comedia de circunstancias, compuesta para el caso por el Conde, húbose de desistir por la crudeza del tiempo, pues la tal pieza alegórica había de representarse en el Retiro.

Pero ahora parece que Mayo dió licencia para todo, y echada para allá la Corte, comenzaron los preparativos para tan notable festejo.

La comedia es de grande apariencia y espectáculo, y parece que ha de ser la mejor presentada de cuantas van hasta el día, pues ha de hacerse con un artificio nuevo, construído exprofeso por el ingenioso capitán Julio Fontana, superintendente de las fortificaciones de Nápoles durante el tiempo que por aquellas tierras hubo de estar el Conde.

La reina está muy consentida en que este festival llegue a celebrarse con toda la grandeza y ceremonia acostumbrada en las cosas de Palacio, y ella misma lo dispone y dirige como el más experto y examinado autor de comedias.

No han de representarla comediantes de oficio, sino todas personas de la más alta nobleza, y no entrará en ella más hombre que el bufón Miguelico Soplillo.

La misma doña Isabel tomará parte (aunque su papel no tiene palabra ni recitado alguno), representando la diosa de la hermosura.

Las damas están tan gozosas y bien empaquetadas en su nuevo oficio, que parecen comediantes formales, según lo mal que hablan las unas de las otras y lo desdichadamente que se aprenden los papeles.

Don Juan, que ha encontrado esta ocasión para estar cerca de su imposible querer, no sale de Palacio, y todo se vuelve pasar el día ensayando la aparición de la hermosa deidad.

Por cierto que con ello da ocasión a mil impertinencias, y todo ha de venir a declarar el fuego que, como hombre presuntuoso y pagado de su estampa, no sabe hacer si no dice, que es de los que afirman que las aventuras no se disfrutan bien sin la salsa picante del escándalo.

Desta comedia, La gloria de Niquea, suele decir:

—Es la primera y la única que ha salido de mi pluma; pero acaso ella sea la que me dé la inmortalidad.

Y una tarde, durante el ensayo, al tiempo de tomar la mano bella de doña Isabel para ayudarla a bajar de la carroza en que ha de presentarse, alguien ha oído decir a S. M., en tono de amoroso reproche:

-¡Que me lastimáis! Por Dios, tened juicio. Estas locuras vuestras han de darnos que sentir.

Y el tal dicho ha corrido por todo Aranjuez, pero en secreto. Las damas sonríen. Los caballeros tosen. La Tabora rompe abanicos y escribe billetes, que rasga sin enviarles a su destino. El Rey juega y corrige escenas de unas comedias suyas, que le están escribiendo Villaizán y Hurtado de Mendoza. El Conde Duque atúsase el boscaje que luce por bigotes, y se ríe.

Vélez de Guevara y el Diablo Cojuelo planean una comedia histórica, en que han de moverse todos estos personajes.

*     *     *

Llegó, al fin, la ansiada tarde de la comedia.

Toda la Corte y todo Aranjuez andaban perdidos de emoción, que para otra cosa no teníase vida, si no era para conllevar el júbilo.

Aun los negocios de Estado suspéndense hasta que pase la fiebre escénica, y no es cosa rara el ver a un amanuense corriendo tras un secretario, diciéndole:

—Mire, señor, que ponga la firma en esta minuta que ha de substanciarse mañana, y es asunto de muy grande urgencia.

Y responder el secretario, como si le pincharan en lo más sensible del honor:

—Bellaco, dad gracias a que estoy de priesas, que si no ya vos diría quién es Calleja. ¿Pensáis que se está un hombre para niñerías de firmas con este desasosiego?

*     *     *

Poco más eran de las cuatro de la tarde, cuando en el jardín que dicen de la Isla comenzóse, con toda solemnidad, la comedia del Conde.

Bien iba, y con sus primeros pasajes, aunque mal entendíanse por la incivilidad del verso culterano; solazábase muy bien el nutrido ateneo.

Las complicadas apariencias y enrevesados artificios (casi tanto como el lenguaje), eran cosa que tanto despertaba la admiración, como nunca vista, que a todos tenía con el alma en los ojos.

Ya había pisado las tablas doña Francisca Tabora, quien para mayor tormento de sus celos tomaba parte simbolizando el mes de Abril, y ya doña María de Guzmán, lindísima hija de los condes de Olivares, en faz de Diana cazadora, había recitado muy donosamente su parte, y la hermosa y etiópica azafata de la Reina había cantado con su prodigiosa voz aquel romance, que es el mejor fragmento lírico de toda la obra: