WeRead Powered by ReaderPub
La voz de la conseja, t.2 / Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos cover

La voz de la conseja, t.2 / Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos

Chapter 34: I
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

Una antología de novelas breves y relatos reunidos por distintos autores que ofrece variedad de tonos y asuntos: piezas que exploran la devoción, la culpa y los dilemas morales; historias de celos, pasiones domésticas y pruebas de afecto; narraciones de misterio, disfraces y giros imprevistos; y estampas costumbristas con matices satíricos. Cada relato se sostiene de forma independiente, alternando escenas íntimas y episodios de tensión pública, y recrea ambientes y caracteres mediante un habla cercana y descriptiva. El conjunto privilegia la diversidad de voces y formas cortas para presentar conflictos personales y sociales desde enfoques líricos, dramáticos y humorísticos.

—¡El cuadro de las lanzas, de Velázquez!

Sí, Leoncillo. El pobre Tremielga había compuesto como original lo que Velázquez hizo tantos años antes, y confundiendo en su alma la memoria y la fantasía, lo que aquélla le pintó como recuerdo, reputóla él creación de ésta.

Había cegado la envidia a aquel gran genio, como ciega al sol la parda nube, y en tal confusión psicológica creeríase hallar una alegoría cruel de la negra pasión que levantaba en su alma trombas de fuego y polvo.

¿Has visto nunca, Leoncillo, cosa semejante?... ¿Por qué abres tanto los ojos? ¿No me has entendido? Pues este es de aquellos sucesos que no se pueden explicar... Han dado las cinco; es ya hora de bajar desde este andamio al mundo... En el mundo hallarás espíritus fundidos en el tropel de Tremielga, y ellos te enseñarán la moraleja de mi historia. Añadiré, para darle punto, que al oir Tremielga aquella exclamación soltó una feroz carcajada, y agitando sus brazos como aspas de molino, dijo:—¡Otro ladrón de mi pensamiento! ¡Lucio me robó aquella Venus! ¡Ese... Velázquez, me ha robado la Rendición de Breda!

NOCHE SERVIA

(BLASCO IBÁÑEZ)

Las once de la noche. Es la hora en que cierran sus puertas los teatros de París. Media hora antes cafés y restaurantes han echado igualmente su público a la calle.

Nuestro grupo queda indeciso en una acera del bulevar, mientras se desliza en la penumbra la muchedumbre que sale de los espectáculos. Los faroles, escasos y encapuchados, derraman una luz fúnebre, rápidamente absorbida por la sombra. El cielo, negro, con parpadeos de fulgor sideral, atrae las miradas inquietas. Antes, la noche sólo tenía estrellas; ahora, puede ofrecer de pronto teatrales mangas de luz en cuyo extremo amarillea el zepelino como un cigarro de ámbar.

Sentimos el deseo de prolongar nuestra velada. Somos cuatro: un escritor francés, dos capitanes servios y yo. ¿Adónde ir en este París obscuro, que tiene cerradas todas sus puertas?... Uno de los servios nos habla del bar de cierto hotel elegante, que continúa abierto para los huéspedes del establecimiento. Todos los oficiales que quieren trasnochar se deslizan en él como si fuesen de la casa. Es un secreto que se comunican los hermanos de armas de diversas naciones cuando pasan unos días en París.

Entramos cautelosamente en el salón profusamente iluminado. El tránsito es brusco de la calle obscura a este hall que parece el interior de un enorme fanal, con sus innumerables espejos reflejando racimos de ampollas eléctricas. Creemos haber saltado en el tiempo, cayendo dos años atrás. Mujeres elegantes y pintadas, champán, violines que gimen las notas de una danza de negros con el temblor sentimental de las romanzas desgarradoras. Es un espectáculo de antes de la guerra. Pero en la concurrencia masculina no se ve un solo frac. Todos los hombres llevan uniformes—oficiales franceses, belgas, ingleses, rusos, servios—y estos uniformes son polvorientos y sombríos. Los violines los tocan unos militares británicos que contestan con sonrisa de brillante marfil a los aplausos y aclamaciones del público. Sustituyen a los antiguos zíngaros de casaca roja. Las mujeres señalan a uno de ellos, repitiéndose el nombre del padre, lord célebre por su nobleza y sus millones. «Gocemos locamente, hermanos, que mañana hemos de morir.» Y todos estos hombres, que han colgado su vida como ofrenda en el altar de la diosa Pálida, beben la existencia a grandes tragos, ríen, copean, cantan y besan con el entusiasmo exasperado de los marinos que pasan una noche en tierra y al romper el alba deben volver al encuentro de la tempestad.

*     *     *

Los dos servios son jóvenes y parecen satisfechos de que las aventuras de su patria los hayan arrastrado hasta París, ciudad de ensueño que tantas veces ocupó su pensamiento en la bárbara monotonía de una guarnición del interior.

Ambos «saben contar», habilidad no ordinaria en un país donde casi todos son poetas. Lamartine, al recorrer hace tres cuartos de siglo la Servia feudataria de los turcos, quedó asombrado de la importancia de la poesía en este pueblo de pastores y guerreros. Como muy pocos conocían el abecedario, emplearon el verso para guardar más estrechamente las ideas en su memoria. Los guzleros fueron los historiadores nacionales y todos prolongaron la Iliada servia, improvisando nuevos cantos.

Mientras beben champán los dos capitanes, evocan las miserias de su retirada hace unos meses; la lucha con el hambre y el frío; las batallas en la nieve, uno contra diez; el éxodo de las multitudes, personas y animales en pavorosa confusión, al mismo tiempo que a la cola de la columna crepitan incesantemente fusiles y ametralladoras; los pueblos que arden, los heridos y rezagados, aullando entre llamas; las mujeres con el vientre abierto viendo en su agonía una espiral de cuervos que ávidos descienden; la marcha del octogenario rey Pedro, sin más apoyo que una rama nudosa, agarrotado por el reumatismo, y continuando su calvario a través de los blancos desfiladeros, encorvado, silencioso, desafiando al destino, como un monarca shakespiriano.

Examino a mis dos servios mientras hablan. Son mocetes carnosos, esbeltos, duros, con la nariz extremadamente aguileña, un verdadero pico de ave de combate. Llevan erguidos bigotes. Por debajo de la gorra, que tiene la forma de una casita con tejado de doble vertiente, se escapa una media melena de peluquero heroico. Son el hombre ideal, el «artista», tal como lo veían las señoritas sentimentales de hace cuarenta años, pero con uniforme color de mostaza y el aire tranquilo y audaz de los que viven en continuo roce con la muerte.

Siguen hablando. Relatan cosas ocurridas hace unos meses y parece que recitan las remotas hazañas de Marko Kraliovitch, el Cid servio, que peleaba con las Wilas, vampiros de los bosques, armados de una serpiente a guisa de lanza. Estos hombres que evocan sus recuerdos en un bar de París han vivido hace unas semanas la existencia bárbara e implacable de la humanidad en su más cruel infancia.

El amigo francés se ha marchado. Uno de los capitanes interrumpe su relato para lanzar ojeadas a una mesa próxima. Le interesan, sin duda, dos pupilas circundadas de negro que se fijan en él, entre el ala de un gran sombrero empenachado y la pluma sedosa de una boa blanca. Al fin, con irresistible atracción, se traslada de nuestra mesa a la otra. Poco después desaparece, y con él se borran el sombrero y la boa.

Me veo a solas con el capitán más joven, que es el que menos ha hablado. Bebe; mira el reloj que está sobre el mostrador. Vuelve a beber. Me examina un momento con esa mirada que precede siempre a una confidencia grave. Adivino su necesidad de comunicar algo penoso que le atormenta la memoria con gravitación de suplicio. Mira otra vez el reloj. La una.

—Fué a esta misma hora—dice sin preámbulo, saltando del pensamiento a la palabra para continuar un monólogo mudo.—Hoy hace cuatro meses.

Y mientras sigue hablando, yo veo la noche obscura, el valle cubierto de nieve, las montañas blancas de las que emergen hayas y pinos, sacudiendo al viento las vedijas algodonadas de su ramaje. Veo también las ruinas de un caserío, y en estas ruinas el extremo de la retaguardia de una división servia que se retira hacia la costa del Adriático.

Mi amigo manda el extremo de esta retaguardia, una masa de hombres que fué una compañía y ahora es una muchedumbre. A la unidad militar se han adherido campesinos embrutecidos por la persecución y la desgracia, que se mueven como autómatas y a los que hay que impelir a golpes; mujeres que aullan arrastrando rosarios de pequeñuelos; otras mujeres, morenas, altas y huesudas, que callan con trágico silencio, e inclinándose sobre los muertos les toman el fusil y la cartuchera. La sombra se colora con la pincelada roja y fugaz del disparo, surgiendo de las ruinas. De las profundidades de la noche contestan otros fulgores mortales. En el ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles insectos de la noche.

Al amanecer será el ataque arrollador, irresistible. Ignoran quién es el enemigo que se va amasando en la sombra. ¿Alemanes, austriacos, búlgaros, turcos?... Son tantos contra ellos!

—Debíamos retroceder—continúa el servio,—abandonando lo que nos estorbase. Necesitábamos ganar la montaña antes de que viniese el día.

Los largos cordones de mujeres, niños y viejos, se habían sumido ya en la noche, revueltos con las bestias portadoras de fardos. Sólo quedaban en la aldea los hombres útiles que hacían fuego al amparo de los escombros. Una parte de ellos emprendió a su vez la retirada. De pronto el capitán sufrió la angustia de un mal recuerdo: «¡Los heridos! ¿Qué hacer de ellos?...» En un granero de techo agujereado, tendidos en la paja, había más de cincuenta cuerpos humanos, sumidos en doloroso sopor o revolviéndose entre lamentos. Eran heridos de los días anteriores que habían logrado arrastrarse hasta allí; heridos de la misma noche que restañaban la sangre fresca con vendajes improvisados; mujeres alcanzadas por las salpicaduras del combate. El capitán entró en este refugio que olía a carne descompuesta, sangre seca, ropas sucias y alientos agrios. A sus primeras palabras, todos los que conservaban alguna energía se agitaron bajo la luz humosa del único farol. Cesaron los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de pavor, como si estos moribundos pudiesen temer algo más grave que la muerte.

Al oír que iban a quedar abandonados a la clemencia del enemigo, todos intentaron un movimiento para incorporarse; pero los más volvieron a caer.

Un coro de súplicas desesperadas, de ruegos dolorosos, fué hasta el capitán y los soldados que le seguían...

—¡Hermanos, no nos dejéis!... ¡Hermanos, por Jesús!

Luego reconocieron lentamente la necesidad del abandono, aceptando su suerte con resignación. ¿Pero caer en manos de los adversarios? ¿Quedar a merced del búlgaro o el turco, enemigos de largos siglos?... Los ojos completaron lo que las bocas no se atrevían a proferir. Ser servio equivale a una maldición cuando se cae prisionero. Muchos que estaban próximos a morir temblaban ante la idea de perder su libertad.

La venganza balkánica es algo más temible que la muerte.

«¡Hermano! ¡Hermano!» El capitán, adivinando los deseos ocultos en estas súplicas, evitaba el mirarles. «¿Lo queréis?», preguntó varias veces. Y todos movían la cabeza afirmativamente. Ya que era preciso su abandono, no debía alejarse dejando a sus espaldas un servio con vida.

¿No habría suplicado él lo mismo al verse en igual situación?...

La retirada, con sus dificultades de aprovisionamientos, hacía escasear las municiones. Los combatientes guardaban avaramente sus cartuchos.

El capitán desenvainó el sable. Algunos soldados habían empezado ya el trabajo empleando las bayonetas, pero su labor era torpe, desmañada, ruidosa; cuchilladas a ciegas, agonías interminables, arroyos de sangre. Todos los heridos se arrastraban hacia el capitán, atraídos por su categoría, que representaba un honor, admirados de su hábil prontitud.

—¡A mí, hermano!... ¡A mí!

Teniendo hacia fuera el filo del sable, los hería con la punta en el cuello, buscando partir la yugular del primer golpe.

¡Tac!... ¡Tac!...—marcaba el capitán, evocando ante mí esta escena de horror.

Acudían arrastrándose sobre manos y pies; surgían como larvas de las sombras de los rincones; se apelotonaban contra sus piernas. El había intentado volver la cara para no presenciar su obra; los ojos se le llenaban de lágrimas; pero este desfallecimiento sólo servía para herir torpemente, repitiendo los golpes y prolongando el dolor. ¡Serenidad! ¡Mano fuerte y corazón duro!... Tac..., tac...

—¡Hermano, a mí!... ¡A mí!

Se disputaban el sitio como si temieran la llegada del enemigo antes de que el fraternal sacrificador finalizase su tarea. Habían aprendido instintivamente la postura favorable. Ladeaban la cabeza para que el cuello en tensión ofreciese la arteria rígida y visible a la picadura mortal. «¡Hermano, a mí!» Y expeliendo un caño de sangre se recostaban sobre los otros cuerpos que iban vaciándose lo mismo que odres rojos.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

El bar empieza a despoblarse. Salen mujeres apoyadas en brazos con galones, dejando detrás de ellas una estela de perfumes y polvos de arroz. Los violines de los ingleses lanzan sus últimos lamentos entre risas de alegría infantil.

El servio tiene en la mano un pequeño cuchillo sucio de crema, y con el gesto de un hombre que no puede olvidar, que no olvidará nunca, sigue golpeando maquinalmente la mesa... ¡Tac!... ¡Tac!...

PRUEBAS DE AMOR

(FELIPE TRIGO)

Mi amigo César es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque tiene talento y buena fortuna, y es el más desdichado de los hombres.

Todo lo mide, lo pesa y lo descompone; el placer y el dolor, el llanto y la alegría, el amor y la amistad. Su corazón sensible, hasta lo infinito, se deja tocar por las más pequeñas cosas; pero el eco levantado en el corazón, plácido o triste, grande o fugaz, es entregado inmediatamente al pensamiento, que, al profundizarlo por todas partes, lo deja destrozado.

Llorando ante el cadáver de su padre, pensaba si en su aflicción extrema no habría algo de hipocresía consigo mismo. Y cesó de llorar. Pero en seguida le pareció fanfarronada de fortaleza su dolor sin llanto. Y lloró, llamándose miserable.

Estrenó una comedia. Y cuando el público lo aclamaba, se encontró a sí propio desmedidamente fácil de halagar por los aplausos. Para evitarlos, se negó a salir a escena por segunda vez, se largó a su casa, se metió en la cama y no pudo dormir, reflexionando que la brusquedad de tal determinación tuvo mucho más de vanidosa que el haber seguido recibiendo los aplausos.

Cuando saluda a un personaje aléjase meditando si en el saludo no puso algún servilismo. Y, por si acaso, cuando le halla otro día, lo esquiva.

Vive solo, huraño, perpetuamente dedicado a vacilar, a destruirse las ilusiones.

Es un loco, sin duda.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Recuerdo que hará tres años lo encontré una tarde en el Retiro, sentado de espaldas a la gente, con la silla recostada en un árbol y entretenido en mirar el desfile de los coches. Me senté con él y no hablamos. De pronto, al paso lento de los carruajes enfilados, porque estaba en el paseo de la Reina, cruzó junto a nosotros una victoria, en cuyo interior iban dos mujeres, saludando a César.

Una, lindísima, elegante, joven.

—¿Ves aquélla?—me dijo señalándola, cuando ya no pudo vernos.—La adoro. Estoy desesperado. La vi en la Comedia, en un palco. ¿Verdad que es divina?... Tiene alma de artista. Después de la presentación, no he vuelto más que dos días a su casa. ¡Oh, si yo pudiera llevarla a la mía, hacerla mi mujer!... Créeme. El ideal es esa Aurora Rubí; pero es hija de un hombre muy rico.

En seguida me contó que Aurora había estado con él atentísima, quizás más que con nadie; pero que, sin embargo, y a pesar de que la quería cada vez más, teniendo en cuenta la alta posición de aquella familia, no se atrevería a intentar nada. Yo hícele notar a mi amigo que teniendo él una carrera brillante y un nombre literario conocidísimo en Madrid, debían tenerle sin cuidado los miles de duros del suegro. Mucho menos cuando, a juzgar por el modo de saludar de Aurora, cuyos ojos se habían fijado en César con mimosería singular, la niña estaba de su parte. Continuamos hablando del asunto mucho rato a la vuelta del paseo, y, ya de noche, en la Puerta del Sol, dejé a César con sus vacilaciones eternas y eternas dudas y desconfianzas.

*     *     *

En Marzo volví a verle en una platea del Español, con Aurora y su familia. En toda la noche cesaron de hablar, cubierta ella la cara con el abanico de seda, sin importarles un pito la representación. Y después, durante todo el verano siguiente, le encontré siempre acompañándola en los teatros, en los paseos, enamoradísimos ambos, según las muestras.

Tenía ganas de hablar con César para darle mi enhorabuena, y una tarde que yo estaba en la Moncloa, adonde fuí de puro aburrimiento, le hallé sentado en un banco, la cara seria, entretenido en golpear las piedrecillas del suelo con la contera del bastón.

—Te felicito—le dije.

—¿Por qué? ¿Por quién?... ¿Por Aurora? No, no; todo lo contrario.

—¿No es tu novia?

—Sí.

—¿No la quieres?

—Como un insensato, y su familia me acepta, y ella es adorable, sin par; y por lo tanto, me tiene vuelto el juicio. Puedo casarme cuando se me antoje; pero...

—Pero, ¿qué?

—Pero... ¡no me da la gana!

Dijo esto con dureza extraña, como imposición hecha por su voluntad a su invencible deseo.

—No quiero. No me da la gana de casarme—repitió, enfadado.

Yo me reí. El se calmó luego.

—Mira, tú—me dijo,—la quiero tanto, que yo necesito a toda costa saber que ella me quiere con delirio; necesito saber que me adora, y que me adora como una loca, que me adora por mí mismo, no por la vanidad de mi nombre, ni siquiera por la gratitud de mi amor. En una palabra: necesito que me sacrifique cuanto es y cuanto vale: su tranquilidad, su orgullo, su porvenir y su honra.

—Estás chiflado.

—Chiflado o no, eso la he dicho: que quiero todos esos sacrificios, que si yo soy su dios, como ella repite a cada instante, su dios le pide el honor y la vida para hacer de ellos lo que guste: probablemente, devolverlos; pero ¡quién sabe si entregarlos hechos jirones a la publicidad, para ver si la adoración resiste a todo, hasta al martirio y a la deshonra!

—Pero, ¿hablas formal?—no pude menos de preguntarle a mi amigo.

—Tan formal, que hace cuatro días que no la veo. La he jurado que la amaré siempre, aunque probablemente nunca nos casaremos.

—¿Y ella?

—Lucha la infeliz. Mira; al fin esta tarde me llama. Sí, sí, empiezo a creer que me idolatra; que podremos casarnos... después.

*     *     *

Al cabo de medio año, he vuelto ayer a tropezarme con César. Estaba en un café y leía, completamente absorto, una carta de renglones cruzados.

Aurora está en Santander.

—Oye—me dijo César, tras de contarme muchas cosas.—Es horrible mi situación. Yo, que tanto la adoro, no puedo acabar de convencerme de su amor, y ya menos que nunca. Yo leo esas cartas llenas de ternura, de confianzas dulcísimas, y pienso, a pesar mío, que aunque así deben de ser las que dicta el corazón de una mujer enamorada, así pueden ser también las que dirige el miedo de una pobre niña a quien le guarda el tesoro de su honra.

—Que entregó por amor.

—¡Y que puede obligarla a mentir en el olvido! ¡Oh, si así fuera, si ella me hubiese olvidado, cuánto me estaría ofendiendo al creer que yo no sería capaz de devolverle estas cartas, estos recuerdos de nuestra escondida felicidad, que no tienen valor para mí de prendas de venganza contra la ingratitud, sino de reliquias santas de la única mujer que he querido y querré con toda mi alma, aun ante la confesión de su olvido... Y si me ama—continuó César, exaltado—, yo quiero saberlo. Pero cómo, Dios mío, si me ha dado todas, todas las pruebas de amor que puede dar una mujer... ¡y no son bastantes!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Yo dejé a César por no decirle que es cruel, brutal, con la infeliz y enamorada niña que así se ha hecho la esclava de un loco.

Porque no me cabe duda que César tiene una locura no estudiada en los libros todavía.

LOS ANTEOJOS DE COLOR

(J. ECHEGARAY)

I

Don Trinidad de Aguirre ha muerto.

Esta noticia acaso no sorprenda a mis lectores, porque los lectores ya no se sorprenden de nada; pero debía sorprenderles.

Debía sorprenderles por varias razones. En primer lugar, porque ninguno de ellos habrá conocido al difunto, cuando todavía no era difunto. En segundo lugar, porque el suceso ha venido sobre todos nosotros con la rapidez del rayo, sin preparación de ningún género, sin un mal aviso de los periódicos, sin una papeleta de defunción siquiera: se nos dice que don Trinidad ha muerto, y no sabíamos que este don Trinidad existiese. Y en tercer lugar, porque la muerte de este señor ha sido de todo punto injustificada.

Con las entradas en y salidas de este mundo de lágrimas, sucede como con las entradas y salidas de los dramas: las hay que están más o menos justificadas, y las hay que no están justificadas de ninguna manera.

El mutis, digámoslo así, de don Trinidad, ha sido, pues, inesperado e injustificado.

Don Trinidad era joven, era rico, tenía figura simpática, talento natural, mucha ilustración, estaba para casarse con una chica preciosa y, sobre todo, gozó de una salud perfecta, hasta el momento de morirse, que esto no le sucede a todo el mundo.

¿Hay alguien que en estas condiciones se muera? Yo creo que no.

Pues, sin embargo, don Trinidad de Aguirre ha muerto.

Hace dos años viajó por Alemania; allá se estuvo unos meses y volvió del viaje como se fué: tan joven, tan rico, tan simpático, tan alegre y tan sano.

Pero en el mes de Noviembre del 96 tuvo un pequeño ataque a la vista.

Poca cosa, casi nada, enfermedad que no lo era, y que no tenía de serio más que el nombre, que no sé cuál fuese.

Se puso unos anteojos de color para quitar fuerza a la luz, y se curó en ocho días, quedándole los ojos tan hermosos, tan brillantes y tan malagueños como siempre.

Pero cambió de carácter; cambió por completo.

Era alegre y hasta bromista; resultó triste.

Hablaba, no con exceso, pero sí con amplia medida: resultó silencioso.

Su sonrisa era franca y espontánea: su sonrisa resultó amarga: las dos comisuras de la boca se le cayeron con caída trágica, como si huyesen de todo regocijo.

En suma, que don Trinidad se transformó.

Para los amigos no tuvo más que frases de desdén o réplicas punzantes, y, naturalmente, se fué quedando sin amigos: desde entonces siempre fué solo.

Antes se le veía en teatros, paseos y reuniones; después no se le vió ni era fácil que se le viese, porque se quedaba en casa. Pero en su casa, también solo; porque don Trinidad nunca tuvo parientes, circunstancia que hace más inexplicable su muerte repentina.

Durante un mes no vió más que a su novia, y como los anteojos de color dan a la fisonomía cierto carácter ridículo, convierten la cara humana en cara de lechuza, y él tenía interés en que su amada le viese los ojos siempre al natural, nunca se puso para mirarla los anteojos de color.

Pero un día, no se sabe por qué razón, se los puso: la chica le encontró muy raro y se echó a reir. Pues se ofendió tanto don Trinidad, que, después de mirarla fijamente, dió media vuelta, se fué a su casa y rompió para siempre con Rosario.

Por cierto que a poco más se muere del disgusto la pobre Rosario.

Algunos días después se encontraron a don Trinidad muerto.

Estaba junto a la mesa de su despacho; había escrito unas cuartillas, los anteojos de color estaban rotos, hechos añicos; se sospechó que los había roto de un puñetazo, porque tenía ensangrentado el puño.

Una particularidad llamó mucho la atención: todos los espejos de su casa, y los había magníficos, se encontraron rotos también.

De estos antecedentes se dedujo que don Trinidad se había vuelto loco.

Y las cuartillas que dejó escritas así lo confirmaron.

No se han encontrado todas; pero algunas que pudieron recogerse decían así:

II

Le encontré en un coche de primera; yo iba solo, cuando entró el maldito viejo. ¡Qué chiquitín, qué arrugado, qué color de tierra el de su cara!

Era como una esponja humana, que se apretó, se apretó, se le sacó todo el jugo, y no quedó más que una masa árida a modo de estropajo.

Llevaba puestos unos anteojos de color. No eran verdes, ni azules, ni amarillos, ni ahumados. Eran de un color extraño, mezcla turbia de todos los colores: como la vida humana.

El viejecillo me miraba mucho y sonreía con sonrisa diabólica. Si no hubiera considerado que era un pobre carcamal, le abofeteo.

Como el viaje era largo y siempre fuimos solos, hubo tiempo para que hablásemos largamente.

¡No! ¡El viejo antipático era todo un sabio!

Y estaba al tanto de la ciencia moderna y de los últimos descubrimientos.

Sobre todo, los rayos X le entusiasmaban. Pero sus entusiasmos concluían por unas sonrisas que hacían daño. No sé por qué, pero hacían daño.

Si el viaje dura más, yo le estrangulo. Mejor hubiera sido.

Aquí faltaban algunas cuartillas.

III

Para algo han servido el choque y el descarrilamiento.

Ya voy solo. Pobre hombre, murió aplastado. ¡Lo inverosímil!

Ahora que pienso en él, me da lástima; quizás fuese una buena persona.

Al morir me miró con cierta ternura: me alargó los anteojos y me dijo: «Tome usted, tome usted; le declaro mi heredero.»

¡Sus anteojos! ¡Sus anteojos de color! ¡Herencia infernal!

¡Bien muerto está el viejo!

Y aquí seguían imprecaciones, gritos de dolor, gritos de desesperación.

Decididamente don Trinidad estaba loco.

Venían después unas cuantas cuartillas escritas en una letra ininteligible.

Sólo en las últimas se entendía algo: frases sueltas; párrafos descosidos; las ruinas de un cerebro anegadas en un líquido amargo como escollera dispersa por los embates del mar salobre.

A continuación copiamos algunos fragmentos.

Decía uno de ellos:

Volví a Madrid: me olvidé por completo de los infernales anteojos.

Hice mi vida de siempre: el arte, la ciencia, mis amigos, mi Rosario.

Días felices los de hoy, como eran felices los de ayer. Estaba convencido de que la Naturaleza me había traído al mundo para gozar.

Y yo procuraba complacer a la Naturaleza.

¡Ah! ¡Si no hubiera sido por los endiablados anteojos de color!

Un día ¡día aciago!, me sentí mal de la vista: me acordé de las antiparras, me las puse y me fuí a la calle.

¡Horrible! ¡Horrible! ¡Invención admirable, prodigiosa, estupenda, pero horrible!

Y decía otro párrafo:

Los cerebros se hacen transparentes, como si fuesen de cristal de roca.

Se ve la substancia gris, sus celdillas, sus misteriosos protoplasmas, la red nerviosa que por todas partes se extiende.

Se ven las ideas escritas en maravillosa escritura: jeroglíficos de aquellas microscópicas pirámides, que los ahumados cristales de mis anteojos traducen al lenguaje vulgar.

Se ven los sentimientos: cómo se agitan, cómo se estremecen, cómo circulan a modo de oleaje sutilísimo, hundiéndose unas veces, flotando otras, sin encontrar nunca orilla en aquel mar tan pequeño y tan grande.

Se ve a la voluntad ir tropezando como borracha en una y otra celdilla, cayendo aquí, mal levantándose allá, enredándose más lejos en no sé qué red de conexiones y volviendo a caer otra vez: casi siempre va a rastras.

¡Todo, todo se ve! ¡Qué admirable! ¡Qué invención tan prodigiosa!

¡Cuánta miseria, cuánta vanidad, cuánta estupidez humana en ese libro blanco y gris con red sanguinolenta!

No: realmente es un espectáculo muy divertido ver un cráneo por dentro. Y alguna vez ya suelen verse relámpagos de luz; alguna idea hermosa, algún sentimiento noble... ¡pero ay qué pocos!

¡Divertido, muy divertido! ¡Para mí no hay secretos!

Y siguen varias cuartillas, todas tachadas; sólo se leen palabras sueltas.

¡Desengaño!... ¡dolor!... ¡buen amigo!... ¿Quién lo pensara?... ¡Y yo que creí que ese hombre era un imbécil y un tunante!... ¡Mal día!... ¡Ni uno!... ¡Doloroso!... ¡Muy doloroso!... ¡Ay, Dios mío!... ¡Dios mío!...

Al fin el pobre loco coordinaba algo más sus ideas y había párrafos seguidos.

Esta observación profunda de la humanidad por dentro, cuando se trata de personas indiferentes, es muy interesante, y muy curiosa, y muy divertida.

Pero cuando se trata de seres a los cuales algún afecto nos liga, es cruel, muy cruel; es desconsoladora; es infernal. ¡Ah! ¡El maldito viejo! ¿Por qué el descarrilamiento y el choque no lo aplastaron del todo y de una vez, sin darle tiempo para este horrible legado!... ¡Ay! ¡Los anteojos, los anteojos de color!

Y lo que más me extraña es que nunca veo un cráneo solo: siempre veo dos, y son distintos.

Pero uno de ellos es el mismo siempre: vago, confuso, indeciso, incompleto.

¿Por qué será esto? ¿Por qué serán dos?

Es un fenómeno que me confunde y que no puedo penetrar; ¡pero siento no sé qué angustia intolerable!

Y aunque este segundo cráneo no lo veo bien, veo que es muy ruin.

El egoísmo es su nota dominante: ¡yo!... ¡yo!... eternamente ¡yo!

¡No hay una celdilla en todo el campo cerebral que descubro, que no esté impregnada del yo satánico! ¡Ya me repugna! ¡Ya me da náuseas!

¡No parece sino que ese cerebro es una esponja, que se hundió en un líquido en cuyas gotas todas había escrito el egoísmo la palabra yo, y que la masa blanducha se empapó del miserable y monótono flúido!

¿Pero qué imagen es esa?

¿De dónde viene? ¿A quién pertenece?

Aquí se encuentran muchas líneas tachadas.

Luego algunos borrones; luego algunas manchas como de lágrimas.

Y un párrafo final: claro, distinto, casi solemne, y frío, muy frío.

Ya lo sé; ya sé a quién pertenecía aquel cerebro.

Ayer lo vi por duplicado.

Paseaba por mi sala, llevaba puestos los anteojos de color y me asomé a un espejo.

Y me vi en él. Me vi dos veces.

Una, en el espejo directamente: era imagen viva y distinta: el espejo era bueno.

Otra, en la imagen indecisa. Es natural; mi cerebro se reflejaba en la parte interior de mis anteojos, y del otro lado, proyectada en el espacio, aparecía en imagen borrosa e incompleta.

Ya me conozco: no tengo derecho ni curiosidad para ver a los otros hombres; y yo no quiero verme ya nunca más.

Y en la última cuartilla había unas gotas de sangre.

Fué la sangre que se hizo en la mano al romper de un puñetazo los anteojos de color.

VIDA NUEVA

(ALVAREZ QUINTERO)

La señora Manolita, vecina insigne de un pueblo andaluz, había muerto de ochenta y siete años, única enfermedad aceptable para morirse. Fué muy llorada, no sólo porque desaparecía de entre los vivos, sino porque a su paso por este bajo mundo supo dejar quien llorase su muerte: esposo—el señor Rafael, carpintero de oficio, por mal nombre Cuña;—hijos, presentes unos y ausentes otros; nietos, biznietos... y una caterva innumerable de sobrinos, primos, nueras, yernos y demás plaga de la familia.

Tal se la quería en todo el pueblo, donde también dejó huella imborrable de su existencia, merced a dos famosas recetas de su invención, una para curar los sabañones y otra para amasar pestiños; tal se la quería, que aun después del novenario del fallecimiento, el señor Rafael, el afligido Cuña y sus hijos, continuaban recibiendo pruebas inequívocas del afecto de sus amigos y parientes, muchos de los cuales iban casi todas las noches a su casa a darles compañía. Aseguraba la malicia que a lo que iban era a catar un soberbio aguardiente de guindas que tiraba de espaldas; pero ¿de qué no se ha de sacar partido y se ha de hablar mal en esta tierra de pecadores? Y cuenta que cuando se acabó el aguardiente, Cuña se quedó solo con el casco. Lo cual, sin embargo, no autoriza a creer a los murmuradores, sino a señalar, lamentándola, la pícara casualidad.

Ya se sabe lo que son estas veladas: de todo se habla en ellas menos del difunto, porque si el objeto es aliviar la pena de los que le lloran, es absolutamente indiscreto ponerse a recordar sus virtudes y buenas prendas. Así, pues, en casa del gran Cuña se hablaba de todos los vecinos del pueblo que no estaban allí—a excepción de la muerta, que tampoco estaba y nadie se acordaba de ella;—se jugaba a la brisca y al tute, se empinaba el codo un poquillo y, a última hora, se contaban cuentos y chascarrillos verdes, para lo que el propio señor Rafael tenía la mejor gracia del mundo.

Sólo en una habitación de la casa rendíase a la señora Manolita callado y silencioso culto. En torno a un braserillo cuasi apagado, y a la media luz de un quinqué de petróleo, hacían calceta cuatro viejas. Hablar, no hablaban jota. De cuando en cuando, alguna tosecilla, algún carraspeo, algún suspiro... Pero bien sabe Dios que la señora Manolita no se les caía del pensamiento.

¿Y no había nadie más en aquel sosegado cuartito? Sí, por cierto: en un rincón, borrados por la sombra, había un hombre y una mujer charlando sin tregua; pero con charla tan apagada y misteriosa, tan quedita y suave, que no podía ser sino charla de enamorados. El estaba mal embozado en su capa; ella, bien envuelta en un mantón de estambre. En los ojos de los dos brillaba la alegría, el contento de vivir... Sobre la falda de la mocita dormía un gato negro, pequeñín, del que salía un rumor continuado y monótono, que por allí se llama «hacer la ollita». Otro gato, tal vez habría buscado la falda de una de las viejas por hallarse más cerca del brasero; pero éste era un gato de buen gusto, y prefirió el calor natural de la juventud. No hay motivo para censurarle.

Oigamos a los enamorados:

—¿Pensó usté en aqueyo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque eso no se piensa: o sale de adentro o no sale.

—Me es iguá. ¿Sale?

—Miste: lo que tengo de responderle a usté, lo sé desde er día que estrenó usté la capa.

—¿Le gusté?

—Me gustaron los embosos.

—Estos son. Coloraos. Juegan con sus labios de usté.

—Con mis labios no juega nadie, amigo.

—Pos a vé si me contestan formales: ¿cuándo me saca usté der purgatorio?

—Así que pase er frío. Ya vé usté si lo apresio.

—Es que disen que año nuevo, vida nueva, y Disiembre se va, y yo quiero principiá el año que viene en la gloria bendita. Es desí, que de su reja de usté no me van a despegá ni con agua caliente.

—¡Está usté aviao! En Enero no pelo yo la pava.

—¿Por qué?

—Por mó der relente.

—Yo ensenderé un puro, y usté se arrima a la candela.

-Me via a quemá.

—Güeno; pos lo dejaremos pa Febrero. ¿Le paese a usté bien?

-No, señó; ¿en un mes loco vamos a empesá una cosa tan seria?

—Según eso... la vamos a empesá. Ya está usté cogía.

—Ayá veremos.

—Quié desí que si no es en Febrero, será en Marso.

—¿En Marso, con er viento que hase, y la guasa que trae la Cuaresma, y espinacas los viernes?... No pué sé.

—¡Caramba, niña, que va un trimestre de dificurtaes!

—¿Y qué le hasemos?

—Pero ya está entendío: usté a lo que tira es a dí con las flores, pa que to sean flores entre nosotros. ¿Verdá? ¡Y que tengo yo unos claveles disiplinaos, que ayá por Abrí eyos solitos van a escaparse de la maseta pa írsele a usté ar moño!

—Si viera usté que he leído en er Saragosano—porque yo sé leé—que en er mes de Abrí va a diluviá... ¡Y yo no quiero que usté se moje en la ventana!

—Pasiencia. ¿Ha leído usté si en Mayo habrá só?

—En Mayo, sí.

—¡Ole!

—No, no; pare usté er cohete. En cuarquier mes entro en relaciones menos en Mayo.

—Explique usté eso.

—Porque en Mayo se arregló mi hermana Esperansa con su novio, y le salió vano.

—¿Y vi yo a pagá eso?

—¿No lo pago yo?

—Ea, pos vamos a Junio; pero ya de Junio no me pase usté.

—En Junio andaré yo mu ocupá con los esámenes de mi hermaniyo.

—¿Ah, sí?

—¡Claro!

—¡Está bien, hombre, está bien! ¿Es decí que medio año tirao a la caye? ¿Y qué me cuenta usté de Julio? ¡Un mes tan bonito!

—Me horrorisa la copla:

Los amores de Julio
son chaparrones.
No hagas caso, muchacha,
de esos amores.

—¡Por vía e la coplita e Dios!

—Pos Agosto también tiene la suya. Oiga usté y quéese usté helao:

Los amores de Agosto
yo no los quiero
porque pasa er verano,
viene el invierno.

—¡Así no vamos a acabá, niña! ¡Antes que el invierno, yega el otoño! ¿Le gusta a usté Setiembre pa pelá la pava conmigo?

—Sabe usté, que como a mi hermaniyo le van a dá calabasas en Junio, en Setiembre se me va a podé ahogá a mí con un pelo, hasta vé si sale o no sale.

—¡Camará! ¿Y Ortubre?

—En Ortubre prinsipian a caerse las hojas, y no hay humó pa ná.

—¡Morena, que se nos va el año! ¿Tiene pa usté argún pero Noviembre?

—Muchos peros, no uno. Lo dise er refrán: «Noviembre, mes de peros, castañas y nueses.» Y los peros, malo; pero las castañas, peó.

—¿Entonses, qué?... ¡Disiembre y no hay más!

—¡Disiembre! ¡Fin de año! ¿Quién planta una maseta cuando se está poniendo er só? Se aguarda a que amanesca otro día. Espere usté un poquito... y año nuevo, vida nueva. Usté lo ha dicho antes.

—¿Ahora estamos ahí? ¡Pos hágase usté cuenta de que esta conversasión la hemos tenío el año pasao, y listos! Dentro de cuatro días le digo yo a usté en su ventana esta copla, ya que sé que le gustan:

A la luna de Enero
te he comparado,
que es la luna más clara
de todo el año.

Siguió el palique... Al sonar las once en el reloj de la iglesia cercana, se levantó una de las viejas, dió las buenas noches a las otras, llamó por señas a la muchacha, y juntas salieron de la habitación. Protestó el mozo, acomodándose la capa sobre los hombros, y calándose el sombrero de ala ancha, y protestó el gato abriendo dos palmos de boca. El gato se arrimó al brasero, y el hombre salió tras la mujer.

Ya en la calle, vieja y moza apretaron el paso, porque la noche estaba fría. El las seguía de lejos. Tras mucho andar por las calles desiertas, en las que sólo hallaron un perro olfateando un montón de escombros, y un borracho que las obligó a cambiar de acera, detuviéronse ante una casa bajita y pobre. Allí estaba la reja que debía ser testigo, durante un año, al menos, de la ventura de dos enamorados. Al llegar frente a ella la mocita volvió la cara... Parecía un lucero.

Aquella noche soñaron los amantes. ¿El uno con el otro? No. Soñaron con la pobre señora Manolita, la difunta compañera del veterano Cuña, que desde el otro mundo les decía:

—¡Ah, tunantes! ¿Con que se aprovechan ustedes de que yo me he muerto para arreglar sus cosas? ¡Bien está, bien está!... No me enfado. Casi me alegro de haberles proporcionado la coyuntura. Porque—¡qué demonio!—yo, a mis ochenta y tantos, no tenía más que hacer que morirme, y ustedes, a sus veinte y pico, no tenían más remedio que quererse.

Y el cuento de aquel sueño en que danzaban la muerte y la vida, fué el primer tema de la primera pava.

EL DISFRAZ

(ALVARO RETANA)

I

Realmente es lamentable esta obsesión, amigos míos—dijo el famoso novelista Luciano Avril, siguiendo con la vista las espirales grises que salían de su cigarro turco—; pero no puedo sustraerme a ella. Desde hace dos semanas vivo en perpetuo sobresalto, oprimido por la horrible angustia de ese peligro contra el cual todas las precauciones son inútiles, y que cada hora siento más cercano. Reconozco la insensatez de mi conducta; trato de ridiculizarme ante mis propios ojos y procuro ahuyentar de mi cerebro este absurdo temor; mas lucho en vano. Desde la noche en que la vi, hoy hace quince días, he perdido el reposo. ¡Parece que fué ayer! Estaba yo solo en mi despacho, corrigiendo las pruebas de mi libro próximo a publicarse, cuando un leve rumor como el de alguien descorriendo cortinajes y removiendo telas me obligó a volver la cabeza. En la estancia no había nadie; pero en la enorme luna que ocupa casi todo el testero que yo tenía a mis espaldas, distinguí claramente, pálida entre los pliegues de su túnica negra, dejando asomar únicamente su calavera de marfil, donde los ojos fosforecían como dos luciérnagas, la imagen de la MUERTE, rebuscando con sus manos descarnadas y amarillas, ávida y sonriente entre los atavíos de un miserable alquilador de trajes, un disfraz con que desfigurarse totalmente. ¡Pesadilla arbitraria! ¿No es cierto? ¡LA MUERTE—una muerte de cuento de Grim o de dibujo de Beardsley, con su cabeza pelada como un huevo, su sonrisa escalofriante y el esqueleto oculto bajo la clásica envoltura negra y mate—buscando un nuevo traje entre las percalinas de colores de un establecimiento vulgarísimo, donde sólo van horteras y criadas a procurarse los disfraces con que bailar frenéticos en los días de Carnaval! ¡Casi me avergüenza confesar que he sido víctima de tan ridícula alucinación! Sin embargo, aquella visión grotesca e infantil ha sacudido mi alma entera como en vendaval siniestro y me ha colmado de inquietud; porque yo estoy seguro, segurísimo, de que si la Muerte en aquella ocasión recurría a un disfraz, era para venir en mi busca disimulada y alevosa, a fin de que yo, desprevenido y confiado, no pudiese evitarla ni burlarla.

Y el novelista dejó de hablar, marcándose en su frente la arruga de un invencible horror.

Su amigo inseparable, Enrique Fontanar, que le escuchaba atentamente, no pudo contener un estremecimiento que le recorrió de pies a cabeza, y el famoso doctor americano James Grey, que también le escuchaba interesado, puso al alcance de su mano un cenicero de plata para que él depositase la ceniza del cigarrillo turco, cambiando unas miradas furtivas con la mujer del escritor entre las sombras de aquel crepúsculo de Octubre, demasiado sombrío, que iba convirtiendo la estancia en una mancha negra.

—Toda mi habilidad de artista descriptivo se estrellaría si intentase dar idea de mi espantosa situación—prosiguió el joven novelista, contemplando dichoso a su mujer, que causaba la impresión de una serpiente roja modelada por una funda de terciopelo grana, con los ojos redondos, verdes y brillantes como esmeraldas engarzadas en aquel rostro inquietador, que sonreía ambiguo, mostrando una dentadura aguda y reluciente como la de un lobo.—Dominado por la convicción de que ELLA me acecha disfrazada y traidora, no me atrevo a salir solo a la calle. A cada instante me parece que ELLA va a aparecer de improviso dispuesta a hacerme su víctima, y tiemblo como un chiquillo a la sola suposición de que pueda llevar a cabo su terrible designio. Yo he creado en mis libros situaciones macabras, pero ninguna tan angustiosa como la mía. El ruido de una hoja desprendiéndose de un árbol, me hace volverme rápidamente como un reptil hostigado, temiendo que sea el roce de su insospechable vestido; el rumor del viento me aturde y me enloquece, porque no sé si es SU voz llamándome atrevida; y si al cruzar de un lado a otro de la calle, un transeunte me roza casualmente, tengo que contener un grito de terror, creyendo que son los cinco huesos de su mano los que intentaron cogerme. Más de una vez, de madrugada, he despertado a Cecilia lleno de pánico, porque me ha parecido escuchar que ALGUIEN avanzaba sigilosamente por los pasillos arrastrando una guadaña. ¡Esto es insoportable, amigos míos! ¡La gloria y la fortuna me sonríen; amo a Cecilia con locura y soy amado por ella; nada me faltaba para ser feliz, y esta obsesión maldita se ha empeñado en martirizarme? Por culpa de ella mis nervios de hombre joven que aún no ha mucho rebasó los treinta, se hallan aniquilados, mi cerebro se resiste encarnizadamente a producir, y mi temperamento, de ordinario apacible y cariñoso, se torna en agrio y desabrido...

Enrique Fontanar le dirigió una mirada llena de compasión dolorosa; Cecilia levantóse para encender la luz y arreglarse ante el espejo la encendida cabellera rojiza que aureolaba su rostro de esfinge impenetrable, y el médico, con voz un tanto hueca y funeraria, voz de muñeco o de fantasma, que quería ser afectuosa e insinuante, pero hacía escalofriarse instintivamente a Fontanar, contestó:

—Creo sinceramente, amigo Avril, que el exceso de trabajo que usted se ha impuesto es el causante de este desequilibrio que le agobia. Desde que le conozco, he reprochado a usted ese modo incesante y entusiasta que tiene de laborar. Demasiado comprendo que usted disfruta extraordinariamente tejiendo sus novelas y goza lo indecible viviendo la vida de sus personajes, por lo cual procura estar con ellos en relación continua; pero este esfuerzo de imaginación tenía que resentir su cerebro en algún momento, y este momento ha llegado. Es preciso que por una larga temporada abandone sus papeles y renuncie usted a escribir ni leer. Depure su alimentación, que no ha de ser copiosa, y si no le es posible, cambie usted de aires. Un viajecito con Cecilia a su casa de Avila le sería muy conveniente.

—Allí debe hacer un frío atroz en esta época—interrumpió Enrique.

—Eso no le hace—replicó Cecilia con naturalidad, mirando fijamente al doctor.—Todo se reduce a encender una buena chimenea y como, además, no íbamos a salir de casa... Sitio más reposado que aquel, no encontraríamos...

—El caso es que tengo tanto trabajo por entregar—afirmó el novelista—que no quisiera ausentarme todavía de Madrid.

—Mira—dijo Cecilia, decidida—opino, con el doctor, que por encima de tus compromisos editoriales está la salud. En la semana próxima nos marchamos a Avila para que descanses hasta primero de año, y verás como esa neurastenia desaparece.

—¡Qué buena eres y cuánto me quieres!—exclamó el joven escritor, abandonando su butaca para estrechar las manos de Cecilia, que le recibió tiernamente. Y al fijarse en las miradas febriles del americano, añadió con aire triunfal:—Vamos, amigo mío, que ya haría usted algo por tener una mujercita tan cariñosa como la mía.

James Grey no respondió; pero contemplando aquella escena de bienestar y dicha conyugal, aquella envidiable identificación de marido y mujer, sus pupilas metálicas relampaguearon con extraño fulgor, que no pasó inadvertido para Enrique Fontanar.

¡Cuán desagradablemente impresionaba al amigo inseparable de Luciano Avril la mirada implacable de aquel doctor venido de Norteamérica hacía un año y al cual rodeaba una aureola de misterio que él mismo parecía acentuar con la palidez de su rostro frío y duro, que apenas se contraía al hablar, y más que un rostro humano, parecía el de una estatua por su hierática inmovilidad!

James Grey era el verdadero tipo de héroe de Conán-Doyle. ¡Aquella silueta de lebrel afinada por un traje negro que al ceñirse, remarcaba la dureza de sus líneas! ¡Aquel perfil de ave de rapiña, agravado por la mirada insultadora de una pupilas negras con reflejos de acero! ¡Aquella boca sin labios, que semejaba una cortadura bajo la afilada nariz entre dos grandes arrugas en forma de paréntesis! ¡Y luego, aquellas manos rígidas, pero que al ser estrechadas resbalaban como la cola de un reptil!

De James Grey se sabía que era hijo de padre inglés y madre española, que había hecho la carrera de Medicina en Nueva York y que su especialidad era el tratamiento de las enfermedades nerviosas. Había llegado a España envuelto en el prestigio de curas maravillosas realizadas en Francia, y se le atribuían facultades sobrenaturales. En sus viajes por la India, había adquirido conocimientos extraordinarios que le permitían aparecer como un verdadero taumaturgo, y se decía que en su clínica podían encontrarse los remedios a los casos más desesperados.

A los seis meses de su entrada en la corte, James Grey era temido y admirado por toda la alta sociedad madrileña. Le hacían admirables sus curas prodigiosas; pero causaba malestar su silueta enigmática. Detrás de aquellos ojos crueles, la gente creía adivinar el secreto de algún drama tenebroso, e instintivamente el mundo reconocía en él un ser temible. Se admitía su ciencia; pero se sospechaba que alguna vez podría emplearla mal. Se admiraba al médico; pero se rechazaba al hombre.

Hizo más alarmante la silueta de James Grey, la indiscreción de un criado despedido, que, en su furor, hizo correr toda clase de fantasías y variadas calumnias que, naturalmente, favorecían poco al doctor. Se aseguró que James Grey era un profesional del opio y que en su clínica guardaba plantas desconocidas y extravagantes que provocaban ojeras profundas y palideces macabras, como la que él exhibía, y flores no menos peligrosas, que tenían la rara propiedad de nacarar con su perfume la piel de las mujeres. Pero estas últimas despedían aromas de muerte y, por aspirarlos, varias doncellas del doctor habían perecido, envenenadas de languidez.

Todo esto se decía en voz muy baja del médico famoso, sin que nadie se atreviera a desmentirlo ni a afirmarlo. Sin embargo, no por eso disminuía su clientela. El hombre no acababa de anular al sabio, y ante una curación casi milagrosa, la opinión se rendía, concluyendo por comprender que James Grey era una víctima de la maledicencia y de la envidia.

—¡Le calumnian sus enemigos!—exclamaban algunos partidarios suyos.—¡James Grey es un hombre de ciencia maravilloso, y el despecho de sus rivales es quien intenta perjudicarle! ¡James Grey es incapaz de hacer daño a una mosca!...

Uno de sus más grandes defensores era Luciano Avril. Fiaba en su talento ciegamente y una irresistible simpatía le acercaba al hombre muy temido y admirado. Y aquella mirada que a otras personas causaba malestar, diríase que magnetizaba al escritor, esclavizándole con irrompible yugo. La amistad entre el médico y el novelista aumentaba de día en día, y aquella prevención de su mujer en el primer momento contra James Grey, desaparecía, siendo substituida por un afecto que no desagradaba a su marido.

Quizás gran parte de la admiración y simpatía que el matrimonio profesaba al doctor fuera debido a que no le creyesen del todo inocente. Pero una atmósfera de espanto y de interés envuelve a las personas culpables y hasta sus ojos parecen centellear con resplandores fascinantes que sirven de aureola a su figura. Luciano y su mujer estimaban al médico; pero en su estimación influía grandemente la equívoca reputación de James Grey. El enigma de su encanto emanaba tal vez de su mismo crimen.

A Enrique Fontanar impresionaba bien opuestamente el misterioso americano. Su presencia le producía un ligero escalofrío, y nunca se dejaba cautivar por aquella diabólica sonrisa. Pero como la única vez que manifestó a Luciano Avril el sentimiento de antipatía y repulsión que James Grey le inspiraba, el novelista se enojó muy seriamente y su mujer le defendió con tenaz bizarría, no volvió a insistir, para evitar una escena desagradable.

Cuando sonaron ocho campanadas en el reloj Renacimiento que elevaba su esfera sobre la biblioteca, Enrique Fontanar y James Grey se despidieron del matrimonio.

El novelista y su mujer los acompañaron hasta la puerta, y mientras Fontanar recomendaba a Avril un viaje a su finca de Avila, James Grey, complacido, murmuraba al oído de Cecilia:

—Afortunadamente, la cosa marcha bien.

II

Ocho días después, Luciano Avril y su mujer se encontraron en su finca de las afueras de Avila, acompañados de James Grey, que hacía un sacrificio para atender a la curación del novelista, cuya neurastenia amenazaba destruirle seriamente.

Y, solo en su despacho, el joven escritor descargaba su melancolía tomando la pluma para decir a Enrique, su inseparable camarada:

«Hace una hora, mi querido Fontanar, que mi alma piensa en ti exclusivamente y que me recrimina por no haberte escrito antes, estando tan necesitado de consuelo.

»No acierto a comprender cómo he podido estar una semana sin escribirte, para narrarte mi inmensa desventura.

»Tú recordarás que siempre he sido muy débil; desde la infancia se advertía en mí esta escasez de bríos físicos que me caracteriza, y aún no habrás olvidado aquellos días de colegio en que yo me acercaba a ti deslumbrado por tu fuerza y tu benevolencia, para que tu amistad me protegiese contra las violencias de mis compañeros. Pues bien: continúo siendo el niño pálido y medroso, de exaltada imaginación de entonces; solamente que después de mi boda con Cecilia, y no sé si a consecuencia de un excesivo desgaste medular, me he hecho infinitamente más nervioso e impresionable.

»¡Luego, este amor desordenado y vehemente que siento por Cecilia me aniquila! Adoro a mi mujer con frenesí tan insensato, que quizás esto contribuya también a debilitar mi naturaleza, enfermiza de por sí. Pero no me es posible dominarme. Sus caricias exaltan mi sensibilidad tan hondamente y me producen un vértigo tan embriagador, que quisiera tenerla todo el día entre mis brazos. Únicamente por ella me impongo este trabajo abrumador, a fin de que no carezca de nada. Cecilia ama el lujo y la molicie, es voluptuosa y comodona como una gata, y si no satisficiera sus caprichos, nuestra vida conyugal sería un infierno.

»Afortunadamente, hasta ahora no puedo quejarme de mi suerte. El público hace una demanda tan importante de mis libros y mi colaboración en las grandes revistas se paga tan espléndidamente, que me permiten sostener a mi mujer con relativa fastuosidad, y aun he ahorrado dinero para adquirir esta finca, que ella llama pomposamente «su castillo» y tener un fondo de reserva, que me evita el recurrir a los treinta mil duros que heredé de mi tío y con los cuales cuento para fundar una gran casa editorial dentro de un par de años.

»Podría considerarme feliz en medio de mi debilidad. Sin embargo... sospecho que muy pronto sobrevendrá mi ruina corporal y espiritual si no logro curarme de esta dolencia que me hiere: el miedo.

»Es una enfermedad vergonzosa y terrible que se infiltra en las venas y se propaga como lepra, que se instala en mi espíritu creando absurdas desconfianzas, espantosas alucinaciones y bruscos estremecimientos, que destrozan la voluntad, la inteligencia y el organismo como un dardo envenenado.

»¿De qué tengo miedo? De muchas cosas y de nada. Del cielo gris y abrumador, que parece va a caer aplastando mi cabeza, de la nieve que nos rodea como un sudario asfixiante, del eco de las risas de Cecilia, que resuenan en estas dilatadas estancias como detonaciones formidables. Y sobre todo de ELLA, de la MUERTE entrevista en el espejo de mi despacho de Madrid, que cada vez está más próxima e implacable, pues ha hecho acto de presencia en el castillo.

»Esta mañana ha muerto misteriosamente la doncella de mi mujer, y yo me desespero pensando que esto es una advertencia que ELLA me hace para que no intente resistirme. ELLA que ha entrado en el castillo disimulada y audazmente, alevosa bajo un disfraz que yo no acierto a presentir ni conocer y que ha probado la eficacia de su guadaña segando la existencia de esta pobre muchacha que yace en una de las habitaciones del piso de arriba, vestida con una falda negra y una blusa blanca, toda verduzca, rostro y manos, como si se hubiera convertido en bronce repentinamente.

»Desde que he empezado a escribirte, me siento un poco más tranquilo, porque me parece ver tus bondadosos y protectores ojos, arrojando airados al Miedo, este monstruo negro que me atormenta. Aunque me falta el valor para levantar la vista del papel, por miedo a contemplarme, tan solo en el silencio macabro de esta enorme estancia.

»No tengo más esperanza que tú, Enrique. ¡Sálvame! ¡Es preciso que vengas inmediatamente a Avila para que yo tenga un amigo fiel a quien contar mis penas y un compañero leal que en mis ratos de soledad me ahuyente el miedo!

»Son las ocho de la noche y mi mujer ha salido con James Grey, llevándose al criado y al guarda para ir a prestar declaración ante la Policía. Hace dos semanas no me hubiera importado verlos salir reunidos para cualquier asunto; pero hace un rato, al verlos marchar juntos, he sufrido lo indecible. El Miedo, siempre el Miedo me ha hecho pensar que tal vez ellos se entienden, habiéndose puesto de acuerdo para desarrollar en mí esta sobreexcitación nerviosa que puede conducirme a la locura o al suicidio. Me acuerdo de que en un momento de buen humor hice un testamento por el cual dejo a Cecilia en posesión de mi pequeña fortuna, y pienso si ellos no estarán urdiendo algún plan siniestro para anticiparme a los designios de la MUERTE.

»¿No es verdad que esto es horrible? ¿Desconfiar hasta de mi mujer, que a todas horas me manifiesta un cariño sincero, y de James Grey, cuya solicitud cordial y cuyo noble interés aparecen visibles en cualquier instante? Me subleva verme convertido en mi propio verdugo; pero, ¿qué voy a hacer? Juraría que estoy sumido en un sueño sin fin, y que mi vida es una eterna pesadilla de la que sólo saldré para entrar en la tumba.

»¡Oh, qué alegría cuando salga el sol de mañana disipando estos terrores y aleje definitivamente mi temor de ver aparecer a la muerte, verde de pies y manos, con la falda tan negra y la blusa tan blanca...

—¿Qué haces, Luciano?—preguntó de improviso la voz argentina de Cecilia.—Y luego, abrazándole efusivamente, con la dulce mirada de una mujer que adora a su marido, añadió:

—Ya sabes que el doctor te ha prohibido que trabajes...

—Escribía a Enrique Fontanar—explicó el novelista abrazando con ternura a su mujer.—No quisiera que me llamase ingrato—agregó, cerrando la carta, después de haberla firmado.

James Grey entró para contar al escritor la entrevista con el juez, y Cecilia cogió la carta de su marido para hacerla llevar al correo al día siguiente. Durante la cena, el doctor volvió a recomendar a Cecilia:

—¡No conviene que Luciano escriba un solo renglón!...

III

Cuatro días pasados del entierro de la doncella de Cecilia, que falleció, según dictamen del forense, por haber ingerido equivocada una de las medicinas que para uso externo le recetó James Grey, Luciano Avril, después de la comida, mientras su esposa y el doctor jugaban a las damas en el comedor, escribía en su gabinete nuevamente a Fontanar:

«Tu silencio me agobia, queridísimo Enrique. Yo te esperaba aquí en seguida, y veo que ni siquiera me haces el honor de una respuesta a mi carta. ¿O es que temes encontrarte en Avila con un infeliz loco?»¡Ah, ese sí que es el más intenso de mis terrores! El miedo a enloquecer me exaspera y tiemblo por mi juicio; porque a veces me parece que mi razón es una llama vacilante condenada a apagarse al menor soplo, dejando todo negro en mi cabeza.

»No creas que estoy loco todavía. Buena prueba de que aún permanezco cuerdo es que me apercibo de cuanto pasa a mi alrededor, y no he dejado de amar a Cecilia, que sería prueba evidente de mi falta de razón.

»La sigo queriendo con amor absorbente y frenético, que me hace delirar en sus brazos. Su vista me causa extraños desfallecimientos y junto a ella no puedo respirar. Cada beso de sus labios me enfurece más y cada caricia de sus manos me torna más febril. Mi vida ahora es un éxtasis sexual, como si me hubieran dado a beber el filtro del deseo insaciable.

»Ayer deploré ante el doctor nuestra desgracia por carecer de hijos, y él contestó que el fuego destruye, pero no crea, recomendándome un poco de cordura conyugal, con ese tono de voz suyo tan acariciante y que obra sobre mis nervios exaltados el efecto de una lluvia benéfica...

»Me horrorizo acordándome de que te he escrito renglones poco favorables para él. ¡Cuán injustos eran! ¡Imposible hallar un amigo más sincero y cariñoso, más atento a devolverme la dulce paz perdida y a velar por que conserve la poca que me resta! Nadie con más dulzura que él me haría reflexionar sobre la sinrazón de esta obsesión maldita. El toma la MUERTE a broma y me cuenta en tono humorístico historias macabras para familiarizarme con la FRIA; pero su regocijo, lejos de distraerme, agudiza mi sufrimiento.

»Porque, triste es reconocerlo: mi mal no retrocede, sino aumenta. Ya no es sólo el viento, que parece quejarse con sus ayes lastimeros o las sombras nocturnas, lo que me inquieta. Ahora es también el vuelo de los pájaros, el maullido de un gato, los cortinajes de una puerta, los esqueletos de los árboles, las veletas de la torre de una iglesia lejana lo que me sobrecoge y me llena de pavor.

»Si yo me atreviese, ahora mismo abandonaría este castillo tan fúnebre, en que aún parece vagar el perfume de la criada muerta, y marcharía por el campo sin temor a hundirme en la nieve, huyendo del reloj, que marca las doce en punto y está dejando escapar sus sones, que repercuten en mi corazón como los de una campana funeral.

»Tengo miedo, Enrique, mucho miedo, y en este instante carezco hasta de fuerzas para mirar más allá de la mesa donde se confunden las sombras movibles. Siento alrededor de mi frente algo semejante al roce finísimo de unas alas, y el corazón me late furiosamente, como si una mano invisible pretendiera atenazarlo con sus dedos. Un sudor frío me invade todo el cuerpo y te dará una idea de lo mucho que tiemblo la indecisión con que mi mano traza estos renglones.

»Todo está en silencio; pero se me antoja que este silencio está lleno de murmullos, y que fuera, en el pasillo, resuenan unos pasos cautelosos. Pasos de alguien que avanza con sigilo como si temiera alarmarme, ¿sabes, Enrique? Y no me atrevo a volver la cabeza, porque sé que me he dejado la puerta entreabierta y temo ver un rostro desconocido y horroroso atisbándome implacable.

»¡Oh, Dios mío: me parece que eso se acerca, se acerca! Un penetrante olor a muerte ha corrompido la estancia y he oído chirriar la puerta...

»¡Piedad, Dios mío, ELLA está aquí!..»

Luciano Avril dejó escapar la pluma de la mano, y lívido, espantado, se levantó, haciendo esfuerzos sobrehumanos, con ánimo de cerrar la puerta.

Dotados sus sentidos de una extraordinaria delicadeza, debido a su enfermedad nerviosa, el desdichado novelista percibía los más ligeros ruidos y sufrió una convulsiva contracción al oír el tenue roce de unos pies desnudos que se deslizaban por el pasillo con dirección a su alcoba. Luciano Avril sintió un gran frío en el cerebro, donde sus ideas se arremolinaron como las hojas muertas de una tempestad, al oír claramente aquellos pasos vacilantes que hacían crujir la madera del piso y, evidentemente, se encaminaban hacia la puerta.

¿Se engañaban sus sentidos? ¿Sería una alucinación más de las innumerables padecidas? Inmóvil y sin respirar apenas, el joven escritor, apoyado en la mesa, aguardaba la horrible aparición como un condenado espera la cuchilla de la guillotina; pero cuando los pasos se aproximaron más y él comprendió que alguien, inexorable, iba a penetrar en la estancia, se lanzó hacia la puerta tratando de cerrarla con llave. Pero le detuvo con enérgico ademán un brazo verde y frío, que le hizo retirarse con horror.

El cadáver de la doncella muerta se presentaba, con la cabeza inclinada y los brazos caídos como un fantoche a quien hubieran aflojado los hilos. Sólo tenían movimiento sus pies—verdes como los brazos y la cara—que asomaban desnudos bajo la negra falda y que se detenían frente a él para que contemplase la mirada insultadora de unas pupilas negras con reflejos de acero y sonrisa diabólica; la de una boca sin labios que semejaba una cortadura bajo la afilada nariz, entre dos grandes arrugas en forma de paréntesis.

Anonadado por la impresión de un supremo espanto, Luciano Avril experimentó una violenta conmoción cerebral, cayendo al suelo como una masa, con las pupilas dilatadas y la boca abierta, para agitarse en convulsivos espasmos. Al fin llegaba la MUERTE, disfrazada con las ropas de la criada difunta, y toda verde como ella de manos y de rostro.

Durante un cuarto de hora, la extraña aparición permaneció inmóvil frente al joven escritor, observando su agonía: lividez cadavérica, sudor viscoso en todo el cuerpo, pulso apenas sensible y latidos intermitentes, cada vez más pausados, en el corazón, alternando irregularmente con una respiración anhelante. El acto reflejo había sido tan violento, que había provocado una paralización casi total de la circulación; el corazón y las arterias se habían vaciado por completo, y las venas se resistían a contener la sangre en ellas agolpada; de aquí el enfriamiento muscular y la postración mental. Nada de convulsiones; nada de estertor. La vida de Luciano se escapaba dulce e irremediablemente ante el mudo fantasma, que parecía recrearse en la contemplación de su obra monstruosa.

Diez minutos transcurrieron todavía, durante los cuales la extraña aparición continuó inmóvil, espiando con ávida mirada los últimos esfuerzos de un alma que se resistía a abandonar el cuerpo. Pasado un cuarto de hora, el cadáver verduzco habló para decir a la mujer del novelista, que penetró en la alcoba, pálida y nerviosa: