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Las figuras de cera: novela

Chapter 34: QUINTA PARTE EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY
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About This Book

A framing conversation about a recovered manuscript opens a debate over historical truth and novelistic invention, and the ensuing narrative moves into wartime border country, following convoys, travel scenes and the daily lives of marginal townspeople. Episodes portray urban intrigue, opportunism, smuggling and the petty economies that arise around conflict, while offering richly observed landscapes and social detail. The work blends documentary fragments and fiction, favoring realist description and sustained observation as it questions memory, authorship and the limits of narrative accuracy.

QUINTA PARTE
EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY

I
EN LA REGATA DE INZOLA

Una mañana de invierno, tres hombres agazapados detrás de una gran peña, al comienzo de un robledal próximo a Vera, en un lugar llamado la regata de Inzola, estaban espiando el paso de alguien.

Era el sitio en que los hombres se hallaban emboscados solitario y sombrío, un gran barranco, por en medio del cual corre el antiguo camino de Vera a San Juan de Luz, camino estrecho, que algunos dicen que es calzada romana, a pesar de que la gente le llama de Napoleón, porque supone que la mandó hacer el emperador de los franceses para pasar sus cañones al entrar en España.

Este barranco, con grandes robles y con rincones húmedos y obscuros de monte bajo, se va inclinando hacia Francia. Desde algunos de sus puntos se distingue el mar, verde, entre las rocas de la costa. Por el fondo corre un arroyo que recoge aguas de la vertiente del monte Larrun y va a unirse al pequeño río llamado la Nivelle, que sale al mar en San Juan de Luz. El camino que une a España y Francia por esta parte va trazando curvas, escalando las alturas; a trechos, con las antiguas losas de la calzada bien conservadas; en parte, roto y destrozado e invadido por las zarzas.

Aquella mañana en que los tres hombres, apostados detrás de una roca, preparaban una emboscada, el cielo aparecía obscuro, con nubes de color de tinta; caían grandes gotas de lluvia sobre los montones de hojas secas; silbaba y gemía el viento, y el camino, estrecho, estaba lleno de barro, más abandonado y desierto que de ordinario. En algunos puntos el arroyo inundaba la calzada en una extensión de cincuenta o sesenta metros.

No había nadie por los alrededores. A veces llegaban por aquellos vericuetos partidas carlistas a vigilar la frontera y también solían verse las boinas rojas de los chapelgorris.

Los tres hombres que espiaban a la entrada del robledal de Inzola eran un hermano de Bertache, apodado Martín Trampa; el criado de éste, a quien llamaban Malhombre, y un compañero de aventuras de ambos, Perico Beltza o Perico el Negro.

Martín Arreche tenía dos apodos: uno, el nombre de su casa, Bertache, apodo común a su hermano Luis y a él; el otro, Martín Trampa, ya de por sí bastante significativo.

Martín, grueso, fuerte, membrudo, era hombre de aire audaz, cara redonda, pómulos salientes, ojos negros y sombríos, labios delgados y expresión ladina. Su manera de mirar, observadora, solapada e irónica, le denunciaba cuando quería aparecer como cándido e inocente.

Martín era hombre audaz, decidido y cruel; de él se contaban rasgos de valor y de energía.

El oficio de Martín, al menos el que practicaba en público, era tratante de ganado. Vivía en la casa de sus padres, llamada Bertache, en Almandoz, con su mujer, sus hijos, su hermana y su madre.

Martín paraba poco en casa; solía vérsele con frecuencia por los caminos, montaba a caballo, con su blusa negra y su bastón, la maquilla vasca, con la correa en el puño.

Su criado, secretario u hombre de confianza, Juan Echenique, alias Malhombre, era digno de su amo por todos conceptos. Vivía también en Almandoz, donde tenía una casucha pequeña y una familia numerosa, y confesaba sin rebozo que desde niño había tenido una afición decidida al robo.

—Muy pobre debe ser esta casa—decía una vez, refiriéndose a un caserío en donde había estado.

—¿Por qué?

—Porque ni por casualidad he encontrado en ella nada que robar.

Malhombre era tipo de cara afilada como un cuchillo, expresión suspicaz y maquiavélica. Tenía muy aviesa intención.

Se decía de él en el pueblo que había sido durante su juventud un muchacho apacible y humilde. Poco antes de la guerra estuvo de criado de un arriero, e iba con una recua de la frontera francesa a Pamplona y al contrario.

En la guerra se reveló. Cuando supo que había partidas en el país, robó una escopeta en casa de un labrador rico de Almandoz y se echó al monte, a unirse con las fuerzas de Sagastibelza. Un campesino, al verle desde el caserío, se asomó a la media puerta de la entrada y le preguntó con alguna sorna:

—¡Hola, Malhombre! ¿Qué tal? ¿De viaje?

Malhombre no contestó; se echó a la cara el fusil, pegó un tiro al campesino, lo dejó muerto y siguió andando.

Malhombre era un tipo de estos de revolución o de guerra, aspirantes obscuros a energúmenos y a asesinos, que viven durante muchos años una vida resignada y tranquila y un día se sienten fieras y matan o roban o degüellan, asombrando a los que les conocen, que no pueden pensar que lo normal en ellos es ser fieras, no hombres tranquilos y apacibles.

Desde la guerra, Malhombre acusó su personalidad siniestra. Un año o dos después de echarse al campo estuvo en Francia preso, no se sabía a punto fijo por qué, y allí en la cárcel debió conocer a gente criminal que le enseñó sus mañas.

Malhombre vivía sobre el pueblo, como hubiese podido vivir un antiguo capitán de bandoleros. Alimentaba su vaca en los prados de los vecinos, cogía las habichuelas, las patatas o los tomates en las huertas próximas, robaba alguna vez una gallina o un cordero. Malhombre merodeaba de noche y producía terror en la aldea. El chico o la chica que lo encontrara al obscurecer en el camino cortando hierba en algún campo que no era suyo, huía de él al verle, y Malhombre le amenazaba con la guadaña, porque le gustaba aterrorizar a la gente.

Se decía que Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza, con otro cómplice suyo que vivía en la venta de Odolaga, cerca de Pamplona, solían apostarse en el alto de Velate, enmascarados o con las caras tiznadas para que no los conocieran, y esperaban allí a robar a los viajeros.

Tenían dos mulos, a los que cargaban con los objetos robados, y en una noche Malhombre andaba a campo traviesa diez o doce leguas y dejaba los productos del robo en sitio seguro e insospechable, muy lejos del lugar de la fechoría.

Para esto, naturalmente, los tres hombres necesitaban cómplices, y los tenían, según aseguraban, entre personas de posición, que guardaban el producto de los robos.

Nadie sospechaba quiénes podían ser estos cómplices. Algunos aseguraban que los tres hombres no se contentaban con robar, sino que en ocasiones también mataban.

Martín Trampa y Malhombre tenían la especialidad de desvalijar los coches. Se decía que para esta labor se hacían pasar por carlistas, y que a ellos y a Perico Beltza se unía una chica, hija de Malhombre, que solía vestirse de oficial, con su uniforme, su sable y su boina blanca. Esta chica, la Puri, era una muchacha muy esbelta, rubia y bonita. La Puri hacía su papel e inmediatamente volvía a su casa. La chica trataba a su padre con respeto; para ella Juan Echenique no era Malhombre, sino un buen hombre.

Aunque Martín y los suyos fueron varias veces ante los tribunales, nunca les llegaron a probar nada. Los tres socios escogían las noches más negras para sus hazañas. Malhombre era nictálope: veía tan bien de noche como de día, y esta casualidad le servía para orientarse y poder escapar en medio del campo en la mayor obscuridad. Se sospechaba que era algo brujo y que sabía de remedios misteriosos y de sortilegios.

Malhombre tenía un perro muy inteligente y también ladrón, Erbi.

Se decía que Erbi, con mejor corazón que su amo, una noche que entre Martín Trampa, su criado y Perico Beltza mataron a un viajero, estuvo aullando de una manera lastimera largo tiempo cerca del cadáver.

Malhombre solía llevar siempre un rompecabezas, hecho por él, que consistía en un vergajo de un palmo con una bola de plomo sujeta a la punta. Era ésta una de sus armas predilectas, que él manejaba con gran habilidad.

Respecto a Perico Beltza, era hombre fuerte, pesado, muy poco inteligente, contrabandista desde la infancia. Le llamaban Perico Beltza, Perico el Negro, por su color moreno.

De los tres hombres emboscados, Martín era como un tigre, hombre de una gran fuerza, de una gran energía y de una gran crueldad; para él los obstáculos no existían, y si había que pasar por charcos de sangre, pasaba decidido y sin miedo.

Malhombre era como el lobo, cauteloso y sombrío, amigo de la obscuridad, de las aventuras nocturnas, a quien estorbaba la luz del sol; Malhombre amaba lo enigmático, lo secreto, las bromas terroríficas y siniestras, el mostrar la careta o el rostro tiznado mejor que la cara, el deslizarse entre las sombras.

Perico Beltza era pesado, malhumorado y torpe como un perro de ganado...

Llevaban los tres siniestros personajes más de una hora agazapados tras de una roca que había al comienzo del barranco de Inzola, cuando se vió a lo lejos a un hombre, montado en una mula, precedido por otro que iba delante con el ramal en la mano, y seguido por un tercero.

El hombre montado en la mula iba con una capa y el delantero, que llevaba la bestia del ronzal, marchaba esquivando los charcos; el zaguero, que sin duda vigilaba al preso, traía un paraguas abierto.

El que marchaba montado en la caballería era Chipiteguy; el que llevaba la mula del ronzal, Claquemain, y el que iba detrás con el paraguas abierto, Frechón.

Al divisar el grupo, Martín Arreche, alias Martín Trampa, sacó la cabeza fuera del escondrijo e hizo un gesto de inteligencia a Frechón.

—Mirad por aquí cerca si hay alguien—dijo Martín a Malhombre y a Perico Beltza.

Los dos hombres se escabulleron y fueron a un lado y a otro para vigilar. Martín se acercó a Frechón.

—¡Hola, amigo!

—¡Hola!

—¿Este es el viejo?—preguntó.

—Este es.

—¿Qué piensa usted hacer con él?

—¿No habrá aquí cerca algún sitio adonde llevarle por ahora?

—Hombre, yo he hablado al dueño de un caserío llamado Churinborda. Allí se le podía llevar, siempre que el viejo no proteste, porque si no, el hombre se alarmará.

—Oiga usted, Chipiteguy—dijo Frechón.

—¿Qué hay?—murmuró el viejo.

—Le vamos a llevar a un caserío próximo para arreglar nuestros asuntos. No creo que se nos vendrá usted con gritos.

—Yo no tengo la costumbre de gritar—contestó Chipiteguy con serenidad.

—No le conviene a usted tampoco—replicó Frechón—. Si estos fanáticos saben que usted se llevó un tesoro de cruces y de custodias de las iglesias de Navarra, no le digo a usted lo que le va a pasar.

Chipiteguy murmuró:

—Usted me acompañó en la faena; pero eso no importa; vamos cuanto antes al caserío.

El viejo montado en la mula siguió camino adelante, dirigido por Claquemain. Los otros hombres fueron detrás.

—¿Así que este viejo fué a Pamplona y sacó barricas llenas de oro y de plata?—preguntó Martín.

—Sí.

—¡Qué templado!

—Y a mí me prometió una parte y no me la dió.

—Yo hubiera hecho lo mismo—dijo Martín.

Frechón contempló a Martín con cierta suspicacia.

—Ahora me pagará la trastada—murmuró el francés—. A mí no me importa nada que se haya quedado con las cruces. Yo me río de los sacrilegios. Lo que no le perdono es que me haya engañado.

—¿Qué piensa usted hacer?—preguntó Martín.

—Le llevaremos a ese caserío próximo, donde escribirá una carta a su familia de Bayona para que nos entregue una buena cantidad de dinero.

—¿Quién irá con la carta?—dijo Martín.

—Ya veremos.

Siguieron marchando, precedidos por Chipiteguy, montado en la mula, hasta el caserío Churinborda. Al llegar a la puerta, Frechón ayudó a apearse a Chipiteguy.

—No le aconsejo a usted que proteste—le dijo el francés—, porque entonces le entregarían a usted a los carlistas como ladrón de cruces de iglesias y le fusilarían sobre la marcha.

—¿Y qué adelantaría usted con eso?—preguntó Chipiteguy con calma.

—Nada; por eso no lo hago; pero se lo advierto a usted; lo que yo deseo es cobrar un buen rescate como indemnización y nada más.

—Estoy dispuesto. ¿Cuánto?

—Ahora lo veremos y se lo diré a usted. Tengo que saber qué quieren sacar estos ayudantes.

—Está bien.

—Señor Chipiteguy, ha perdido usted la partida.

—Sí, ya lo veo.

—Que le sirva a usted de escarmiento, y otra vez no pretenda usted engañar a Frechón. El viejo Frechón tiene siempre la última palabra.

Entró Chipiteguy en la cocina del caserío, se puso al lado de la lumbre a secarse, vigilado por Claquemain, mientras Frechón, Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza discutían lo que tenían que hacer.

El rescate, después de largas discusiones, lo fijaron en treinta mil francos: quince mil para Frechón y Claquemain y quince mil para Martín Trampa y los suyos. A Frechón le pareció una cosa excesiva lo que pedían éstos, pero no era ocasión oportuna de oponerse.

Se le obligaría a Chipiteguy a escribir la carta. ¿Quién la llevaría? ¿Cómo se depositaría el dinero y quién lo recogería?

Nadie tenía confianza en los demás. Martín, que vió en la cocina del caserío que Chipiteguy hablaba mucho con Claquemain, dijo a Frechón que no le parecía prudente dejar al viejo en una casa tan próxima a la frontera, porque podía encontrar cualquier ocasión para escapar y meterse fácilmente en Francia.

—¿Qué cree usted que se debía hacer?—preguntó Frechón.

—Internarle. Este Malhombre tiene en Almandoz un amigo sacristán, que es pariente y compinche suyo. El sacristán vive en una casa con una torre. Allí se podía meter al viejo.

—¿Cuánto habrá de aquí a Almandoz?

—Unas cinco leguas.

—Bueno; pues vamos a llevarle allí.

Malhombre se encargó de conducirle en la mula, de noche, por los vericuetos que él sabía.

Frechón creyó que llevaba su asunto perfectamente. Chipiteguy estaba dispuesto a no protestar.

Martín Trampa y sus hombres no sabían francés, y Frechón pensaba engañarlos hábilmente y quedarse con todo el rescate a poco que la cosa se presentase bien.

Sin embargo, cuando Frechón llegó a Almandoz y vió que Martín Trampa era allí un reyezuelo, y que todo el mundo le obedecía por el terror, pensó que su asunto no marchaba tan bien y que quizá había hecho una imprudencia.

Al viejo Chipiteguy le habían metido en el último piso de un caserón y allí lo tenían vigilado.