IX.
ELENA
Esa era mi vida: todos los días trabajar en el despacho, asomarme al puerto, luego ir a mi cuarto de la calle de las Moscas, comer allí con mis patronas, a quienes consideraba ya como si fueran de la familia, volver a la oficina y después escribir y pasear.
Los domingos solía venir a mi casa Pedro Vidal, a quien leí mi poema. A él le pareció muy bien, pero a mí me quedaban muchas dudas.
Los días de fiesta solíamos tocar, Eulalia en el piano y yo en el violín, algunas sonatas, y venían varias personas a oírnos. Por las tardes, en el paseo, acompañaba a las hijas de Arnau, y a veces también a Elena. Esta siempre me imponía y la tenía miedo por sus salidas.
—Yo no creía que los andaluces fueran tan tímidos—solía decirme.
—Entre los andaluces hay de todo—le replicaba yo—; además, ¡yo soy tan poco andaluz!
—Si yo fuera hombre y tuviera libertad...—me decía ella.
—¿Qué haría usted?
—Creo que el mundo me parecería pequeño para mis arrestos. Hubiera estado en todos los países y visitado todas las ciudades.
—Yo he estado en París y en Londres, y me he convencido de que hoy se pueden hacer muy pocas cosas en el mundo.
—Qué poca sangre tiene usted—decía ella—; me hiela usted con sus palabras.