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Las Furias

Chapter 21: XIX. TARRACONENSE
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About This Book

La narración reúne los recuerdos que un comerciante malagueño, Pepe Carmona, confía a un narrador, trazando su origen familiar, su educación cosmopolita y su inclinación por la escritura. A través de su cuaderno se relatan episodios de agitación política y violencia urbana, encuentros con figuras implicadas en pronunciamientos y la observación de motines en Barcelona y Málaga, además de escenas costumbristas en fondas y casinos. El tono combina memoria íntima, descripción social y reflexión sobre la astucia y las pasiones que impulsan los hechos humanos.

XIX.
TARRACONENSE

Quizá la división más natural de la Península, al menos desde un punto de vista espiritual, es la antigua romana, que señalaba tres grandes regiones: la Tarraconense, la Bética y la Lusitania; a éstas se podría añadir, como complemento, la Cantabria, que es una cuña metida entre las otras tres, con la punta en el centro de la tierra hispánica y la base en los Pirineos y el golfo de Vizcaya.

En la región tarraconense influyen con energía dos elementos: la montaña y el mar, el campo y la ciudad.

Es posible que todas las guerras civiles modernas no sean mas que la lucha del campo contra la ciudad; del campo, que queda inmóvil, contra la ciudad, que cambia y evoluciona.

Cataluña es el país de la Península donde hay un contraste más violento entre las tierras montañesas y las marinas, entre las ciudades despiertas y las campiñas reaccionarias. Este contraste no es tan grande en la vertiente atlántica, en donde el monte no es tan alto, ni tan seco, ni tan frío, ni tan intrincado, y en donde el mar no es tan ardiente ni tan voluptuoso.

Así, estos polos, el polo montañés y el marino, el polo rural y el ciudadano, chocaban y chocan en Cataluña con una terrible violencia; así, el odio entre el carlista de la montaña y el republicano del mar era furioso.

A pesar de que en aquel tiempo no había todavía oficialmente un partido republicano, muchos de los catalanes de las ciudades lo eran vagamente, y unían el entusiasmo por la república con el entusiasmo por la ciudad.

Tenían ya por entonces los barceloneses un sentido ciudadano tan exagerado, que les llevaba a una megalomanía completa, y hubiesen querido que su ciudad fuera el centro del mundo.

No sé si este contraste de la montaña y del mar es el que ha hecho a la gente de la región catalana tan violenta y tan fiera; lo que sí es cierto es que lo eran y lo son para todo. La guerra civil lo demostró. Cataluña y Valencia dieron en ella la nota más feroz y más sanguinaria. En comparación suya, la guerra del Norte parecía una guerra de estrategia y de posiciones.

Esta violencia mediterránea no era sólo campesina, sino también ciudadana, y hasta podía ir unida a cierta cultura.

Un ejemplo de ello me bastaría citar: por entonces se hablaba en Barcelona de un fraile exclaustrado que era librero de viejo. Este hombre tenía tal afición por sus libros y sus papeles, que cuando vendía alguno de ellos le entraba tal desesperación de verse sin su infolio o sin su manuscrito, que salía detrás del comprador y lo asesinaba para recuperarlo.

Este absolutismo y esta violencia para cualquier cosa existía, más que en ninguna parte de España, en Cataluña, y sobre todo en Barcelona.