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Las Furias

Chapter 63: II.
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About This Book

La narración reúne los recuerdos que un comerciante malagueño, Pepe Carmona, confía a un narrador, trazando su origen familiar, su educación cosmopolita y su inclinación por la escritura. A través de su cuaderno se relatan episodios de agitación política y violencia urbana, encuentros con figuras implicadas en pronunciamientos y la observación de motines en Barcelona y Málaga, además de escenas costumbristas en fondas y casinos. El tono combina memoria íntima, descripción social y reflexión sobre la astucia y las pasiones que impulsan los hechos humanos.

FLOR ENTRE ESPINAS

I.

En 1865, durante el verano estuve una temporada con Aviraneta en las aguas termales de Trillo. Encontramos allí a un tal Julio Kraft, ingeniero de minas, prusiano, que acudía a aquellos baños a curarse de sus dolencias.

Este ingeniero era entusiasta de España, de nuestras comidas y de nuestra zarzuela; así, que le oíamos constantemente elogiar las lechugas y las coliflores de la tierra y cantar El grumete, El dominó azul y Jugar con fuego.

Por entonces, seguramente, Wagner había escrito muchas de sus obras; pero Kraft se burlaba de su país, porque decía que allí no gustaban mas que las nieblas.

—¡Muy roimático, muy roimático, para tanta niebla!

Quería decir reumático. Kraft era de los extranjeros que hablan el castellano como en los primeros meses de llegar a España.

Un día, en compañía del ingeniero prusiano, fuimos a Cifuentes y visitamos esta antigua villa amurallada, con sus viejos conventos y su parroquia gótica, de una restauración lamentable. Otro día estuvimos en Viana y en sus alrededores.

Hablando de aquellas montañas y cerros de tan rara forma, a los cuales los habitantes del país dan pintorescos nombres, el prusiano nos dijo:

—Hace mucho tiempo que estuve yo aquí, por cierto con un plan bien distinto al que ahora tengo.

—¿Pues, a qué vino usted?—le pregunté yo.

—Vine con un objeto exclusivamente militar.

—¡Hombre!

—Sí; vine a ver si podíamos instalar en estos cerros un campamento carlista.

—¿Ha sido usted carlista?

—Sí; estuve de capitán con Cabrera.

—¡Demonio, qué absurdo!

—Hice la campaña en sus filas hasta la conclusión de la guerra civil. En 1838 fuí, con el coronel de ingenieros prusiano barón de Rhaden, desde el Real de Don Carlos al Maestrazgo, y Cabrera nombró al barón comandante de Ingenieros de su ejército.

Estuvimos en un viaje de estudio en las proximidades de Cuenca, Priego y Huete, viendo las condiciones que podían tener para instalar un campo atrincherado donde reunir fuerzas para atacar Madrid.

El barón de Radhen encontró que el mejor sitio, el más próximo a la corte y el más seguro, eran estos cerros de Trillo.

El barón estaba persuadido de que aquí había habido campamentos militares en tiempo de los romanos, y, efectivamente, se habla de que existió por estos contornos una ciudad llamada Bursa o Capadocia.

El barón pensó en convertir dos grandes eminencias que tienen en su altura una gran plataforma, próximas a Viana, en el campo atrincherado de Cabrera, con sus almacenes y sus cuarteles de campaña. El agua la tenía al pie, por donde corre el Tajo, y pensó en un sistema para elevarla.

Cuando volvimos al campamento de Cabrera y el barón de Rhaden explicó a don Ramón lo que había visto, éste le contestó:

—Estoy conforme con la opinión de usted, y esa base de Trillo me servirá para apoderarme de Madrid. Sólo me hacen falta treinta mil fusiles, que espero con ansiedad, pues tengo hombres que los empuñen.

El motivo por el cual Cabrera no pudo realizar su proyecto fué la ocupación por el Gobierno de la Reina de siete mil fusiles ingleses en el puerto de los Alfaques, en el acto de estar desembarcándolos de un bergantín inglés, y las disensiones que se suscitaron entre Maroto y Don Carlos, que produjeron el Convenio de Vergara.

—Aquí tiene usted quien hizo el Convenio de Vergara—dije yo al señor Kraft, mostrándole a Aviraneta.

El señor Kraft creyó que yo le hablaba en broma, y se rió, con la risa estólida que, en general, tienen los alemanes cuando creen que se burlan de ellos.

Después, con las explicaciones que le di, quedó maravillado y sintió una gran curiosidad por Aviraneta.

II.

Sentía el ingeniero prusiano gran entusiasmo y admiración por Cabrera y recordaba los años de su juventud con mucho gusto.

Con motivo de contarnos anécdotas del caudillo del Maestrazgo, muy conocidas todas, hablamos largamente de los militares españoles.

Los militares españoles—dijo Aviraneta—no se han parecido a los franceses; entre los franceses ha habido siempre más cultura; en ellos se han dado tres tipos principales: el de sabio, técnico, hombre de estrategia, Gouvion de Saint-Cyr, Massena, Jomini; el del hombre de mundo, Suchet, Marmont, Moncey, y el del fanfarrón sableador, como Murat, Augereau, Dorsenne, etc. Entre los españoles, estos tipos apenas han existido; casi todos nuestros generales se han vaciado en el único molde del guerrillero.

Cierto que don Diego León se podía comparar a Murat, porque era también brillante, elegante y efectista; cierto que Córdova y Zarco del Valle tenían algo del político y del técnico; cierto que Zumalacárregui era un hombre de estrategia; pero, en general, entre nosotros, el guerrillero es el que ha privado.

El guerrillero nuestro aparece como medio zorro y medio tigre. Mina y Merino son más zorros; Zurbano y Cabrera, más tigres. Hay también algunos tipos que tienen algo de león, como el Empecinado y algunos militares sin ambiciones, valientes e inteligentes, como Oraá, el Lobo Cano.

Entre los que han tendido a la política, Córdova, Espartero, O'Donnell, Narváez, Serrano y Prim, ninguno ha sido muy culto; no han llegado a dominar la historia, ni la geografía, ni la estrategia; se han dejado llevar, como los guerrilleros, por el instinto, por la intuición. Han sido tipos de conquistadores más o menos degenerados.

La patología ha influído mucho en ellos. Mina, Zurbano, Cabrera y Narváez estaban gravemente enfermos del estómago.

—Respecto a Cabrera, es cierto—repuso el prusiano.

—Yo—añadió Aviraneta—no creo gran cosa en el arte de la guerra. Indudablemente, cuando dos ejércitos se ponen uno frente a otro hay casi siempre un vencedor y un vencido. Se puede aceptar con muchos visos de verdad que el general que manda el ejército vencido es un hombre negado; lo que no se puede creer siempre es que el general vencedor sea un hombre de mérito. Sin embargo, para la mayoría el éxito supone constantemente grandes condiciones guerreras.

El ingeniero prusiano creía firmemente en la ciencia de la guerra, y suponía que Cabrera la tenía de una manera infusa. Este ingeniero se manifestaba más entusiasta del caudillo del Maestrazgo, que podía haberlo sido un carlista del país; lo consideraba como un capitán de los más grandes del mundo, y no aceptaba que se le pudiera comparar con ningún otro general español de su época, excepción hecha de Zumalacárregui.

Aviraneta, a pesar de que no había conocido personalmente a Cabrera, lo emparejaba con Zurbano y con Narváez; y como éste acababa de presentar la dimisión del Gobierno que presidía, hablamos mucho de él. Se contaron varias anécdotas del Espadón de Loja.

—¿Usted conoce a Narváez?—le preguntó el prusiano a Aviraneta.

—Sí, lo conocí hacia el año 34, y formó parte de una sociedad secreta liberal fundada por mí.

—¿De una sociedad secreta liberal?

—Sí.

¡Aj!, ¡qué cosa más extraña!—exclamó el prusiano.

—Luego le volví a ver, después de su gran triunfo contra Gómez, en Arcos de la Frontera.

Aviraneta sonrió, y yo, como le conocía, supuse que recordaba alguna cosa.

—Cuéntenos lo que recuerde de Narváez, don Eugenio. Si hay una historia, venga la historia, porque supongo que detrás de esa sonrisa hay algo que valdrá la pena de que nos lo cuente usted.

III.

Pocos personajes me han parecido tan interesantes como Aviraneta en su trato. La desproporción entre su energía, su intuición y su poca fama, que en este tiempo había desaparecido, dejándole convertido en un hombre obscuro, me maravillaban siempre.

Generalmente ocurre lo contrario, y el hombre que conocemos que ha hecho algo grande nos sorprende por su pequeñez.

Recuerdo haber hablado con Castaños, con Mendizábal, con Espartero y otros políticos y militares famosos de nuestro país, y en la intimidad no daban ninguna impresión de grandes.

Aviraneta, como era metódico y recordaba haberme contado sus aventuras hasta llegar a Málaga desde Argel, tomó la narración donde la había dejado:

—Hecha la revolución en Málaga—dijo—me designaron a mí para ir, como delegado, a Cádiz. Las primeras ciudades andaluzas se alzaban negando su obediencia al Gobierno. Se quería ya claramente la Constitución de 1812, aunque modificada.

De Málaga marché a Cádiz en el Balear, en el mismo barco donde fuí de Valencia a Barcelona, y me albergué en la posada de las señoras de San Quirico, en la calle del Vestuario. Estas señoras eran muy liberales y amigas y partidarias mías.

Había una de ellas, Consuelo San Quirico, que era revolucionaria y republicana. Era muy graciosa, muy habladora y tenía unos lunares muy picarescos.

Consuelo San Quirico me contó cómo se había hecho la revolución en Cádiz.

—El movimiento lo inisiaron los isabelinos en la plasa de San Antonio—dijo—. En la tarde del día 28 de julio el Gobernadó militá pasó un ofisio al comandante de artiyería nasioná para que hisiese entregá su cañone a la brigada de marina. Semejante arbitrariedá y atropeyo irritó a los artiyero, que inmediatamente se reunieron en el baluarte de la Candelaria y cargaron la cuatro piesas, dipuestos a defenderse. A las nueve de la noche se oyeron viva a la Constitusión, y a las die y media lo tambore de la guardia nasioná tocaron generala reuniéndose en la plasa todo sus individuos mandando en seguida varios comisionaos para conferensiá con el gobernadó militá. Lo milisiano se pusieron sobre la arma; el batayón veterano de marina formó frente a su cuarté y el gobernadó sivil y la autoridade militare patruyaron con alguna fuersa de infantería y cabayería. El orden más completo reinaba en todas las filas, de donde salían por intervalo lo grito de «Viva la unión» y de «Viva la Constitusión del año 12». Pidió el primer batayón que se proclamara ésta, y comisionó a alguno individuo para explorá la voluntá de sus compañero. El resultado fué el aclamarse también en Cadi el código que aquí tuvo su cuna. A la cuatro de la tarde se juró la Constitusión; hubo colgaduras, repique de campanas e iluminasione, y fué nombrado jefe político don Pedro de Urquinaona.

—¿Y ahora qué hacemos?—le pregunté yo a la de San Quirico.

—Ahora..., adelante..., a demostrá ar mundo entero lo que somo y lo que valemo lo españole.

—Es lástima que no le podamos hacer a usted algo, Consuelo—le dije yo.

—No sea usted guasón—me contestó ella—. Yo soy ya muy vieja para que me hagan nada.

Con la revolución triunfante comenzamos los isabelinos a organizarnos y a pensar en el ministerio futuro.

Pocos días después los sargentos, en La Granja, obligaban a María Cristina a proclamar la Constitución.

El movimiento de La Granja nos quitó a los isabelinos importancia, a pesar de ser los precursores, dejándonos, cosa frecuente en las revoluciones, como anticuados.

Al grito de Libertad y Constitución que había dado el pueblo malagueño en la mañana del 26 de julio correspondió Andalucía entera, y el mismo grito se hubiera generalizado en toda España; mas el partido mendizabalista, que no quería ni le convenía que triunfase la causa del pueblo con gente nueva, desconocida, se adelantó, apeló a la insurrección de La Granja y, a consecuencia de aquel alboroto militar, el hombre de los milagros volvió a apoderarse de las riendas del Poder con los viejos doceañistas.

Harto trabajaron los mendizabalistas en Andalucía para que las cosas volvieran al ser y estado que tenían al pronunciarse Málaga; es decir, Estatuto puro y gobierno de Mendizábal; pero al ver sus esperanzas frustradas con los movimientos de Málaga y de Cádiz, que corrían por toda Andalucía, improvisaron la insurrección de La Granja y se quedaron con el mando. Los Magnates aparecieron de nuevo a caciquear.

No tardaron en manifestar su encono a los que habían hecho una revolución que no era la suya, y se dijo en Madrid que en Málaga, y sobre todo en Cádiz, se quería proclamar la república.

El ministerio mandó a Cádiz al capitán general de Andalucía, don Antonio Aldama, con la misión de que fuese duro, y, según se aseguró, le dió una lista de patriotas, entre los cuales me encontraba yo, para que fuesen deportados a Ceuta.

El general Aldama se presentó en Cádiz y no encontró, después de haber practicado escrupulosas investigaciones, mas que un gran entusiasmo en todas las clases por Isabel II y por la Constitución.

Era preciso una víctima para cubrir el expediente, y fuí yo el designado para el sacrificio. Los mendizabalistas me suponían al frente de los patriotas que en el Mediodía habían jurado sostener la Constitución hasta que se reuniesen las Cortes que debían reformarla, y me creían enemigo acérrimo de su jefe.

Por entonces publiqué yo en El Noticioso, de Cádiz, un artículo titulado «La Verdad». Decía en él que la libertad española se tomaba como un derecho y no se recibía como un don; afirmaba que Mendizábal, el hombre de Israel, hablaba a los liberales lo mismo que Luis Felipe a los hombres de las barricadas en 1830, y añadía que a nuevas cosas nuevas personas. Acusaba también a los que formaban el nuevo ministerio de querer ser dictadores y mangoneadores eternos.

El artículo del periódico de Cádiz se reimprimió como hoja suelta en Madrid y tuvo cierto éxito. El Eco del Comercio decía que el tal artículo era un delirio de una imaginación acalorada por la libertad, que revolvía ideas inconexas y contradictorias, y que debía considerarse como el último esfuerzo del despecho y de la rabia que devoraba a su autor al despedirse de la vida política, como el jabalí, que herido de muerte huye haciendo riza y hasta el postrer momento se consuela dando dentelladas antes de morder la tierra.

Este artículo mío produjo gran cólera en el club mendizabalista dominante, que miraba con torvo ceño todo cuanto pudiera poner en peligro su organizado pandillaje.

Vi próxima que me amagaba la tormenta, que querían vengarse los Magnates; e instruído de cuanto se maquinaba en mi daño, y para evitar una tropelía, de acuerdo con el comandante general de la provincia, me trasladé al Puerto de Santa María, con la idea de esconderme.

Allí se me prendió y encerró en la cárcel pública; y para aparentar que había motivo, se dispuso formarme causa porque había ido sin pasaporte. Ridículo pretexto. Fué nombrado fiscal un capitán de ex voluntarios realistas, y actuario otro prójimo por el estilo, ex sargento del mismo cuerpo.

Diez días estuve preso, y cuando la causa pasó a manos del general Aldama, éste, penetrado de la injusticia con que se me trataba, mandó ponerme en libertad.

Poco tiempo después de salir de la cárcel del Puerto de Santa María me presenté al mariscal de Campo don Pedro Ramírez, comandante general de la provincia de Cádiz, hombre que unía el valor a la benevolencia.

Don Pedro Ramírez, en nombre de la comisión de armamentos y defensa de Cádiz, me nombró delegado de Hacienda de la división de la Milicia nacional que estaba al mando del general don Fernando Butrón.

Yo conocía a Butrón desde el tiempo de la emigración liberal, en Bayona, cuando la intentona de Vera, el año 30.

En el mes de octubre, al ser invadida Andalucía por las fuerzas del cabecilla Gómez, se reunió la división de la Milicia nacional de la provincia para operar en campaña; y necesitando poner al frente de la Hacienda un sujeto de inteligencia y de actividad, se propuso, por el intendente don Manuel González Brabo, padre del luego célebre don Luis, el que se me nombrase ministro de Hacienda de esta división, y el 5 del mismo mes se me expidió el nombramiento, haciendo que me pusiera inmediatamente en marcha para el cuartel general del Carpio.

Una de las cosas que organicé fué un hospital de sangre con facultativos hábiles, y dos boticas, una para la caballería y la otra para la infantería.

Al acercarse a Arcos de la Frontera el brigadier Narváez, el general Ramírez me ordenó que, con toda celeridad, me presentase en el campo de la acción con el hospital de sangre a recoger los heridos de nuestras tropas y los del enemigo, y hechas las primeras curas, los trasladé, en ómnibus, a Jerez de la Frontera, donde tenía dispuesto un hospital, que, según dijo el general don Antonio Aldama, que lo visitó, podía servir de modelo. En el corto espacio de veintidós días—decía en un informe el general Ramírez—se presentó el fenómeno, nunca visto hasta entonces, de la completa curación de todos los heridos, a pesar de serlo, en su mayoría, de gravedad, marchando los hábiles a incorporarse a sus cuerpos, y los que quedaron inútiles, al depósito de Sevilla, sin que se hubiera desgraciado ninguno. Tan admirable ejemplo—seguía diciendo el general—se debió al brillante estado en que se hallaba el hospital militar, al mucho aseo, esmero y puntualidad en las curas, rigurosa policía que se observó en los alimentos y medicinas y a la presencia no interrumpida del jefe de la Hacienda en el hospital.

Además intenté interesar el patriotismo de los habitantes de Jerez y contribuí a que el Ayuntamiento, la Junta de beneficencia y el pueblo entero sufragaran los gastos que se ocasionaron, suministrando a todos los soldados dos camisas nuevas, un par de zapatos y uniformes a los que los tenían inservibles y destrozados. Los periódicos de Cádiz me llenaron de alabanzas por mi patriotismo, habilidad y filantropía.

El general Ramírez me dió varios certificados encomiásticos; yo le ayudé; y trabajé con él para que no se alterara el orden, puesto que en aquellas críticas circunstancias, y por el reciente cambio de las instituciones, las pasiones estaban en una gran efervescencia.

Como les he dicho a ustedes, fuí con mis sanitarios a las proximidades de Arcos de la Frontera, al aparecer Narváez con sus tropas a atacar a Gómez, y recogimos los heridos de la batalla de Majaceite.

Por la tarde, terminados mis trabajos, me encontré en el campo con el jefe de Estado Mayor don Antonio Ros de Olano, y hablé con él. Ros de Olano era hombre de gracejo, había leído mucho, sabía francés, inglés y creo que alemán.

Era muy amigo de Espronceda, y después se habló de él como literato por el prólogo que puso al Diablo Mundo; citaba con frecuencia a los grandes poetas, a Shakespeare, Byron y Goethe. Ros de Olano me preguntó si no conocía al general Narváez y me instó para que fuera con él a Arcos.

—Tengo una habitación soberbia en el Palacio de los Duques, con dos camas—me dijo—. Una se la cedo a usted por esta noche.

—Bueno, vamos allá.

IV.

Arcos de la Frontera es un pueblo en anfiteatro, colocado sobre una roca elevadísima, rodeada por casi todas partes por las aguas amarillentas del Guadalete y cortada en algunos sitios a pico. Las calles de Arcos son estrechas y pendientes; y para llegar a la cumbre de la ciudad hay que subir una cuesta muy larga y penosa.

Como la roca en que está asentada Arcos, tajada sobre el río, es medio arenosa, como de asperón, y se desmorona por los costados con frecuencia, han desaparecido varias calles, y el pueblo, antes amurallado, al encontrarse sin espacio, se ha extendido por las colinas próximas.

Arcos, ciudad bastante grande, celebrada por sus frutas y por sus majos, tiene en la plaza una iglesia, con una fachada de estilo gótico florido, y algunas casas hermosas.

Al llegar al pueblo y subir a la plaza, Ros de Olano me llevó al palacio de los Duques de Arcos, en donde se encontraba el brigadier don Ramón María Narváez.

Narváez me saludó amablemente.

—¿Se conocían ustedes?—preguntó Ros de Olano.

—Sí—dijo don Ramón.

—Sí—añadí yo.

Yo le conocía de cuando estaba organizando la Isabelina. Por entonces, Narváez, que era masón, se me presentó con una contraseña del Gran Oriente para entrar en la Sociedad.

No quise referirme a este recuerdo, por si la idea de haberse encontrado en una situación subalterna con relación a mí no le gustara al brigadier; y no hice tampoco la menor alusión a esta circunstancia, lo que pareció tranquilizar por completo al caudillo. Hablamos largo rato.

A Narváez, después del motín de La Granja, se le consideraba como liberal exaltado; en cambio, a Espartero se le tenía como amigo de los moderados.

Mendizábal y Calatrava habían elegido a Narváez para ver si daba el golpe de gracia al general carlista Gómez; y el ministro de la Guerra, García Camba, le había dado atribuciones extraordinarias, como la de obligar al general Alaix a que le cediera su división, cosa que produjo, días después de la acción de Majaceite, una riña entre los dos generales y un motín militar.

Los exaltados comenzaban a ver en Narváez un rival de Espartero y lo elogiaban a cada paso.

En los dos años siguientes, y por la fuerza de los acontecimientos. Espartero llegó a ser el hombre de los progresistas, y Narváez, el de los moderados.

Ni uno ni otro tenían ideas claras; no había en ellos mas que envidia y emulación. La rivalidad que ya había existido entre Espartero y Córdova siguió existiendo entre Narváez y Espartero, sobre todo cuando murió el general Córdova.

Narváez era pequeño, violento, y en aquel instante estaba emborrachado por el éxito; tenía una voz dura, rajada; el aire, fiero y jactancioso; los ojos, vivos, que relampagueaban a veces, y el labio inferior, un poco belfo.

Narváez tenía una gran facundia; era persuasivo y turbulento; a veces parecía de un amor propio, monstruoso; a veces le gustaba hacerse el pequeño. Sus soldados le querían porque, a pesar de su severidad, era justo a lo militar y compartía con ellos sus sufrimientos. Narváez se parecía espiritualmente a Espartero; pero era más impulsivo y más genial. A pie, sorprendía por su aire violento; a caballo y arengando a sus tropas, según me dijo Ros de Olano, tenía una gran prestancia.

Yo confieso que sentía cierta antipatía por estos espadones jactanciosos y fieros. De aceptar un tipo militar, prefería el organizador frío y tranquilo como Zumalacárregui.

Narváez y yo hablamos de Mina, de quien se decía que estaba gravemente enfermo y casi moribundo.

Le entusiasmaba a Narváez el que el viejo guerrillero el Esqueleto, como le llamaban cuando era capitán general de Navarra, fuera tan franco y tan llano.

Me contó cómo don Francisco Espoz, a la hora de comer, mandaba traer un caldero de habas o de rancho debajo de un árbol, y, sentándose en rueda con sus oficiales, metía la cuchara de palo en la comida común. Narváez no comprendía que en esto había algo de efecto teatral.

El viejo zorro navarro sabía que así tenía a sus oficiales encantados.

Narváez creía en toda esta retórica de los conductores de soldados: «¡Muchachos, hijos míos, adelante!». Ese sentimentalismo de cuartel le llegaba al alma. Creía en la familia militar, como si fuera lo mismo, después del peligro de una acción, el ir a vivir a un palacio con un magnífico sueldo que el quedarse en un sucio cuartel de soldado o de cabo, o ir a pasar la vida a un hospital de inválidos.

En el Empecinado, y en tipos como él, esta fraternidad con sus soldados era algo espontáneo, porque su vida no se diferenciaba gran cosa de la de sus guerrilleros; pero en Mina, que había vivido entre lores y damas de la aristocracia inglesa, su familiaridad no pasaba de ser una técnica, un procedimiento.

Narváez sentía un odio profundo por los periodistas y por la Prensa. La Prensa era la causante, según él, de todo lo malo que ocurría en España.

La razón de su enemiga era que los periodistas tenían en la mano la popularidad, esta popularidad a la que los militares ambiciosos hacían ascos y que, a pesar de ello, se derretían por alcanzarla. En todos aquellos aspirantes a Napoleón se había despertado un ansia inagotable de aparecer citados en los periódicos.

Narváez se quejaba de la confusión de la época.

—Esto es un galimatías—dijo—que no lo entiende ni Dios. Esto es la mismísima torre de Babel. El uno dice que más libertad y más Constitución; el otro, que menos libertad y menos Constitución y más orden; el uno grita que el enfermo se muere; el otro, que el enfermo se cura; el uno receta cantáridas, y el otro, emolientes; y entre tanta fórmula y tanta historia, ya no sabemos si nos conviene más la Constitución neta o la reformada, el Estatuto, la República, Don Carlos o los demonios colorados.

—Todas esas son consecuencias naturales de la libertad—observé yo—; no se puede pedir en el campo liberal la uniformidad de ideas que hay entre los absolutistas.

—Pues todas esas charlas y toda esa confusión no hacen mas que perturbarnos.

Yo seguí defendiendo la tesis de que la confusión era una consecuencia natural y lógica de la libertad, y me dejé decir en la conversación que el ejército iba a ser impotente para acabar la guerra civil.

—¿Y por qué?—me preguntó Narváez con furia, incomodado con esta idea expuesta por mí.

—Porque más de la mitad de España es absolutista—dije yo—. La guerra, si sigue en circunstancias como las actuales, acabará por destruírlo todo. Para liberalizar España hay que contar con el tiempo, solamente con el tiempo. El liberal tiene las ciudades, mejor dicho, el elemento culto de las ciudades, pero el carlista domina en los campos.

—Una minoría fuerte, inteligente y que tenga razón puede imponerse a una mayoría de bestias—dijo Narváez.

—Eso es la dictadura.

—Pues bien, la dictadura. ¿Qué mal puede haber en ella?

—Muchos males y un inconveniente—contesté yo—; que para que haya dictadura tiene que haber un dictador fuerte que acabe con todos los que tengan pretensiones de serlo. Ha de haber un dragón que devore las alimañas. Y eso es lo difícil. Ninguno de nuestros generales ni de nuestros políticos se someterá, y no sé si habrá alguno capaz de tragarse a los demás.

—Y bien, ¿usted que haría?

—¡Yo! Entablar una negociación con los carlistas que trajera una tregua, y luego, en la paz, trabajar contra ellos. Si no, destrozaremos a España estúpidamente.

—¿Y el honor del ejército?

—El ejército no debe servir mas que para los intereses de la nación. El político, a dirigir; el militar, a obedecer y a cumplir las órdenes.

—O a dirigir también.

—En ese caso, el militar, ya no es militar, sino político.

Narváez me replicó con extremada violencia, con su fraseología andaluza plagada de brutalidades y de groserías. Me hubiera retirado a no haber intervenido varias veces Ros de Olano y a no haber entrado en el cuarto el ordenanza de Narváez, Bodega, el mismo que cuando el brigadier llegó a general y a presidente del Consejo de Ministros tuvo tanta fama y se le consideró casi como un personaje. Bodega traía varias cartas.

—¿Son de Madrid?—preguntó Narváez a Ros de Olano.

—Sí, éstas son de Madrid. Hay una también de tu pueblo, de Loja.

Narváez tomó sus cartas y salió del cuarto.

Yo le dije a Ros de Olano que no tenía gran entusiasmo por esta clase de gente que cree que no hay más norma en la vida que la del pan y el palo y que quieren convertir la sociedad en un cuartel.

Ros de Olano me contestó que no hiciera mucho caso de las violencias del lenguaje de aquel hombre, pues todo esto era en él corteza.

Pensaba marcharme no muy satisfecho de la entrevista; pero Ros de Olano me convenció de que me quedara a cenar. Cenamos en el palacio de los duques de Arcos, Narváez con su Estado Mayor y algunos de sus oficiales. Estaban el ayudante de campo Calleja, el abogado Cortina, el coronel don Hipólito Silva, el comandante Mayalde y el corresponsal del Times, que marchaba en la división recomendado por el embajador de Inglaterra, sir Jorge Williers, luego lord Clarendon.

Narváez, aunque con aire de malhumor, se las echaba de modesto y atribuía la victoria de Majaceite a los demás.

Cortina, el abogado sevillano, era de estos hombres elocuentes que a mí no me interesan nada. Iba con la brigada de la Milicia nacional como jefe de Estado Mayor.

El comandante de la brigada era el coronel Silva, del tiempo de la guerra de la Independencia, el primero que había obtenido la cruz de San Fernando por la lucha que tuvo con nueve franceses, en la que mató a cinco e hizo huír a los restantes.

El gasto de la conversación durante la cena lo hizo el abogado Cortina. Después de cenar, Ros de Olano me convidó a tomar café, y salimos él y un capellán, Suñer, un valenciano que por la mañana y por la tarde nos había ayudado a mis sanitarios y a mí a recoger los heridos, a la calle.

Este Suñer, por lo que me dijo Ros, era hombre poco místico; trataba a los soldados como camaradas y decía la misa en cinco minutos.

Entramos en un pequeño café donde había muchos militares. Suñer y Ros de Olano hablaron de la batalla que se había dado contra Gómez y del nombre que se le pondría.

A Ros de Olano no le parecía muy bonito el que esta acción se llamase la acción de Majaceite; sin embargo, por lo que dijo, era el nombre exacto que le correspondía, puesto que se había dado en distintos puntos de la orilla de este río. Me hizo un croquis en un papel del terreno donde se había verificado la batalla.

El río Guadalete tiene dos brazos que nacen de dos fuentes próximas de la sierra de Grazalema. Estos dos brazos—el río de Zahara y el Majaceite—, después de separarse y extenderse por las alturas de la provincia de Cádiz, se reúnen a una legua, aguas abajo de Arcos, en el sitio llamado la Pedrosa.

El Majaceite se forma con el arroyo de Benamahona, el de Ubrique, la garganta de Millán, que comienza en el mojón de la Víbora, y con algunos otros regatos.

Ya constituído con el nombre de Majaceite, se introduce por una estrechura llamada la Humbría, y a la distancia de una legua se le une, en el punto llamado el Charco de los Hurones, la garganta de los Negros y otros arroyos que proceden de la loma de la Novia. Desde el Charco de los Hurones hasta la jurisdicción de Algar hay una legua de cañada muy pedregosa, dominada por dos grandes montes—la Atalaya y el Granado—, con dos angosturas—la del Moro y la de la Penitencia.

El curso de este río sigue por grandes estrechuras a entrar en el término de Arcos, pasa por la angostura de Fox y se une con el río de Zahara a una legua de la ciudad para formar el Guadalete.

Ros de Olano estuvo divagando largo rato y con gracia acerca de los distintos nombres que se le podrían dar a la acción del día anterior; pero concluyó diciendo que su mala suerte les iba a dejar siendo héroes de la batalla de Majaceite.

Después, el capellán y él se pusieron a hablar de Narváez, por quien sentían gran entusiasmo.

—Este hombre es un hombre de instinto, de inspiración—dijo Ros—; presentía que había de encontrar a Gómez y que le había de derrotar.

Ros de Olano se sentía muy inclinado a aceptar estas explicaciones misteriosas. Yo sonreí, porque nunca he creído en presentimientos; pero no dije nada en contra.

—Este Narváez—siguió diciendo Ros de Olano—es una fuerza de la Naturaleza. Yo no he visto un hombre más violento y más pintoresco. A veces es de una modestia terrible y sincera; a veces tiene un amor propio que no le cabe dentro del cuerpo.

—¿Qué quiere usted? No me entusiasma—le dije yo.

—Lo comprendo. Usted, Aviraneta, es el hombre que responde a las fatalidades del Destino adverso con una postura gallarda; usted es un estoico, un romano; lucha usted como un marino contra los vientos y las tormentas. Usted puede decir como el filósofo: «Dolor, no eres un mal».

—Tiene usted buena idea de mí.

—Creo que es la justa; ahora, estos tipos como Narváez, no: son fuerzas de la naturaleza, tienen una suerte, una confianza en sí mismos irracional, pero la tienen. Este hombre es una furia, un energúmeno. Es el jugador afortunado que gana y gana y llega a convencer a los demás de que tiene el poder de ganar porque sí. Este hombre está convencido de su destino. Es un marino que no sólo hace la maniobra, sino que crea el tiempo...

—Pero si le viene la mala...

—Si le viene la mala, se romperá, desaparecerá; pero entretanto se creerá invulnerable.

Seguíamos charlando en el café, cuando Ros de Olano preguntó a un joven teniente:

—Oiga usted: ¿estará ahí dentro el teniente Matamoros?

—Sí; ha hecho una vaca con Don Lámpiro y está perdiendo hasta la camisa.

—¿Quién es Don Lámpiro?—dije yo.

—Es un sanitario.

—¿Y el teniente Matamoros?

—El teniente Matamoros es de Loja y creo que compañero de la infancia de Narváez; le llamaremos y nos contará alguna anécdota de don Ramón.

V.

Poco después se nos acercó el teniente Matamoros.

Salía de un rincón del café, donde estaban jugando al monte.

Matamoros era un hombre verdaderamente feo; tenía unos cuarenta años, la nariz gruesa, verrugosa y roja; el bigote, grande y negro; los ojos, pequeños, brillantes y algo bizcos. Matamoros tenía el aire muy sonriente y ceceaba al hablar. Era muy ceremonioso y le gustaban las fórmulas de cortesía y las zalemas. Había sido nacional del 20 al 23 y vivido en Sevilla de contratista de obras desde la entrada de Angulema hasta la muerte de Fernando VII, en que dejó las obras para ingresar de nuevo en el Ejército.

Por lo que me dijo Ros, al teniente Matamoros le dedicaban los compañeros muchas bromas; decían que tenía un aire tan fiero, que cuando se miraba al espejo él mismo se asustaba.

Una cantinera, requerida de amores por él, le había dicho:

—¿Usted pretende que le quiera yo? ¡Vamos, hombre! ¡Si es usted más feo que el cabo Negrón, que murió de feo!

—Sí, pero soy muy gracioso—replicó Matamoros, riendo.

Y la cantinera llegó a enternecerse.

Me había dado estos datos Ros de Olano, cuando se acercó a nuestra mesa el teniente Matamoros.

—¡A la paz de Dios, señores! ¡Buenas noches!

—¡Buenas noches, teniente! Siéntese usted; tomará café con nosotros.

—Con mucho gusto, mi coronel. ¡Es una de mis debilidades!

—¿Mala suerte en el juego?

—Ese Don Lámpiro es una calamidad. No da una.

—¿Y usted?

—Yo soy tan calamidad como Don Lámpiro.

—Este señor—dijo Ros de Olano señalándome a mí—escribe en los papeles...

—¡Hombre, yo le había tomado por un físico!

—No; escribe en los papeles, y quisiera que usted le contara alguna cosa de nuestro brigadier Narváez. Porque usted, aunque ha vivido en Sevilla, es de Loja, ¿verdad?

—Sí, señor; y a mucha honra.

—Y creo que compañero de la infancia de Narváez.

—Me puedo alabar de ello. Don Ramón y yo fuimos a la escuela juntos, porque aunque yo tengo tres o cuatro años más que él, ya sabe usted lo que pasa: que a los chicos de los ricos se les lleva a la escuela más pronto, y adelantan más porque no tienen que hacer otra cosa que estudiar, y los chicos de los pobres tienen que hacer muchas cosas en casa y fuera de casa.

—Así que usted recordará alguna historia de Narváez.

—Sí; algo recuerdo.

El teniente debía tener una narración hecha para contarla a sus compañeros, y comenzó ésta así:

—Pues sabrán ustedes que Loja es una ciudad de la provincia de Granada muy grande y muy importante, aunque me esté mal el decirlo. Algunos envidiosos hablan mal de nuestro pueblo y dicen:

Loja:
la que no es p...
es coja.

Y nosotros contestamos:

Y fuera de aquí
todas son así.

Y la verdad es que en todas partes cuecen habas. Pues bien, a Loja, los Reyes Católicos le dieron en tiempo de los moros por escudo de armas un castillo sobre un puente; y a los dos lados de él, dos montañas; y entre ellas, una cadena, que lleva colgando una llave dorada; y encima este mote: Loja, flor entre espinas.

Este mote de la ciudad le viene como de perlas al brigadier don Ramón Narváez, porque mi paisano es también así, flor entre espinas; tan pronto le suelta a uno una rabotada que le vuelve loco, como le hace un favor.

Este hombre, ya desde su más tierna infancia, manifestó que tiraba a ser algo grande, porque ahora lo ven ustedes de brigadier a los treinta y seis años, y lo verán ustedes pronto de capitán general, si no llega ser algo así como Napoleón o como César.

Don Ramón, cuando era sólo Ramoncito y estudiaba latín, se inclinaba, más que a otra cosa, a entretenimientos de iglesia, y le gustaba levantar altarcitos en su casa, cantar misa y predicar a sus condiscípulos. Eso sí, su orgullo no le permitía aceptar el papel de monaguillo; siempre tenía que ser él el prior o el obispo, o, por lo menos, el vicario de la pirroquia, como dicen en mi pueblo. Del juego con la iglesia y de los altarcitos pasó al del ejército, que ya es cosa más seria, caballeros, y formó una banda de tambores, parecida a la que habíamos visto en Loja durante la invasión de los franceses, tomando el papel de tambor mayor. ¡Y que no se mostraba poco diestro Ramoncito Narváez cuando recorría las calles del pueblo al frente de su pelotón y lanzaba el palo por los aires y lo volvía a coger!

A la gente le hacía mucha gracia la soltura y el desenfado de Ramoncito.

El afán de ser el primero le llevó pronto en el juego de soldados a dejar el título de tambor mayor y a tomar el de capitán general, y andaba con un sable de juguete haciendo maniobrar a los chicos como si fueran soldados.

Concluída la edad de los juegos y empezada la de gallear, Narváez se peleó a cada paso con los mocitos rivales. Tenía el muchacho mucha sangre, y un valor y un orgullo que no le cedía a nadie.

Viendo el padre de Narváez la inclinación de su hijo por las armas, le indicó que sería militar.

Antes de entrar de cadete, Narváez estuvo estudiando en Granada, donde conoció a una señorita de la aristocracia, doña Juana Ponce de León, que procedía de aquí, de Arcos de la Frontera, y era de la familia del duque de este título.

Narváez comenzó a galantearla; pero Juanita tenía ya relaciones con un muchacho granadino de buena familia, aunque de poca fortuna, Alfonso Pérez del Pulgar. Narváez, al saber que Pulgar estaba más adelantado que él, se desesperó; quiso armar camorra a su rival y volvió a Loja furioso.

Cuando concluyó sus estudios preparatorios, el padre de Narváez le consiguió a su hijo una plaza de cadete en el regimiento de Guardias Valonas. En este mismo regimiento entraba su rival Alfonso Pulgar.

El odio que se desarrolló entre ambos fué tremendo, y juraron a la mejor ocasión batirse y comerse los hígados el uno del otro.

Narváez, de cadete, fué, como la mayoría de los jóvenes de nuestro tiempo, muy calavera, muy mujeriego y muy aficionado a verlas venir.

Todos los meses se jugaba la paga y no había mejor fiesta para él que un desafío.

Antes de la revolución de Riego presentaron al difunto Fernando VII, ¡maldita sea su estampa!, la lista de seis alumnos de la Academia propuestos para el ascenso a subtenientes supernumerarios; y preguntando las condiciones de cada uno de ellos, al llegar al nombre de Narváez, el rey, que tenía muy buena memoria cuando quería, porque cuando no quería se hacía el sueco, dijo:

—Ya sé, éste es el cadete que el verano pasado echó a un compañero al estanque del Retiro para que le trajese la gorra que el otro, en broma, le había tirado al agua.

En 1820, Narváez formaba parte del cuerpo de Guardias de Corps, y era del grupo de los leales a la Constitución; en cambio, Alfonso Pérez del Pulgar estaba con los absolutistas, partidarios acérrimos del rey.

El 7 de julio estuvieron a punto de zurrarse uno con otro. Pulgar fué de los que atacaron la Plaza Mayor de Madrid con Luis Fernández de Córdova, y Narváez, de los que esperaban en la Puerta del Sol para rechazar a los realistas.

Poco después, al formarse en la Seo de Urgel la Regencia absolutista, el Gobierno envió a Mina para batir el centro de la insurrección, y Narváez fué nombrado ayudante de aquel general. Herido en Castell Fullit, exclamó:

—Al primer tapón, zurrapas.

En la invasión del año 23, cuando las tropas de Cataluña tuvieron que capitular, Narváez fué conducido a Francia, prisionero, y después, aprovechando el indulto del año 24, regresó a Loja, donde vivió retirado al lado de su familia.

Alfonso Pérez del Pulgar, su rival, había cambiado de cuerpo y estaba entonces de guarnición en Granada, ya casado, y Narváez, cuando iba a la capital, le veía a él paseando con Juanita en el Salón y en las alamedas de la Bomba.

Narváez tenía a toda la familia de Pérez del Pulgar un odio terrible. Un día que el padre de Pulgar había entrado en una casa de juego de Granada y había puesto a una carta una bolsa verde llena de dinero, Narváez cogió la bolsa, la tiró al aire y dijo:

—Donde estoy yo no apuntan los realistas.

A la muerte de Fernando VII, Narváez entró de nuevo en el ejército, y yo con él, y el año 34 fué destinado a servir en el Norte, bajo las órdenes del general Mina. Yo le seguí.

Estábamos en Navarra con don Francisco Espoz y Mina cuando supimos que Alfonso Pérez del Pulgar se encontraba de coronel en las filas de Zumalacárregui. Narváez, furibundo, le invitó varias veces a batirse con él; pero su enemigo no hizo caso de este reto.

Poco después, don Luis Fernández de Córdova dió el mando del regimiento de la Princesa a Narváez.

En los regimientos sucede que hay mucha imitación: si hay un oficial de carácter que se muestra estudioso, hay tres o cuatro estudiosos; si hay un valentón o un bailarín que se distinga, los demás tienden a ser valentones o bailarines. En el regimiento de la Princesa, donde había servido Narváez, todos eran, como él, bravucones y espadachines, menos yo; por eso, cuando le hicieron coronel a Narváez, muchos oficiales de los que fueron sus compañeros recibieron la noticia con gran disgusto. Se hallaba el regimiento en Tafalla, y, al presentarse Narváez a los oficiales reunidos y descontentos por su nombramiento, les dijo:

—Conozco, señores, que este regimiento es el más indisciplinado de todos en el ejército, y que ustedes tienen de ello la culpa; pero desde luego deseo hacerles conocer que sabré imponerme y que tengo más corazón y más carácter que ustedes para hacer cumplir a la fuerza a todo el mundo con su deber. Para demostrarlo a cuantos se crean ofendidos por estas palabras, desde ahora hasta mañana al toque de diana no soy para nadie el coronel, sino el compañero que está dispuesto a darles satisfacción con las armas.

Ninguno contestó, y Narváez se impuso de esta manera.

Poco después, en la batalla de Mendigorría, se encontraron frente a frente Narváez y Pérez del Pulgar, mandando cada uno su regimiento. Narváez, saliéndose de las filas, se lanzó contra su enemigo.

—¿Es que querías hacer retroceder solo a todo el ejército carlista?—le dijo después el general Córdova con sorna.

—Si me hubieran seguido veinte hombres, ¿por qué no?—replicó el de Loja con soberbia.

Al día siguiente de esta batalla, al recoger los muertos, se supo que un coronel enemigo había quedado en el campo: era Alfonso Pérez del Pulgar. Narváez se enteró; un soldado le entregó las armas, el uniforme y un paquete de cartas que habían recogido al jefe carlista.

Narváez leyó alguna de las cartas, y supo que la mujer de su rival, su antigua pretendida, estaba viviendo en Arcos y pasando apuros, porque las pagas de los militares carlistas no llegaban con puntualidad.

Narváez hizo un paquete con las cartas, el uniforme y la espada del coronel; añadió su paga, que había cobrado él en billetes, y se la mandó a la mujer de Pérez del Pulgar. Narváez olvidó en seguida su odio, y hablaba de su antiguo rival con simpatía.

Por eso digo, cuando hablo de mi paisano, que es, como Loja, flor entre espinas.

—Otra vez...

Iba a seguir el teniente Matamoros con alguna nueva historia, cuando dijo Ros de Olano:

—Vámonos ya, porque es tarde; usted, probablemente, Aviraneta, se habrá levantado muy temprano.

—Sí—le dije yo—; a eso de las cinco estaba ya en pie.

Nos despedimos del teniente Matamoros, salimos del café y fuimos vagabundeando por los callejones obscuros de Arcos.

Le dejamos al capellán Suñer en su alojamiento.

Era noche de luna, y el cielo, iluminado por ella con un resplandor azul, se veía arriba, entre los tejados, como una estrecha faja en ziszás.

Ros de Olano estaba muy inquieto. A cada paso me preguntaba:

—¿Quién va por allá?

—Nadie.

—Allí parece que está escondido alguno.

—¡Quién va a estar! ¿Qué le pasará a este hombre?—me preguntaba yo—. ¿Qué habrá visto? ¿O qué temerá?

—Usted no dirá nada—me dijo Ros de Olano, de pronto, con voz temblorosa—; le tengo que contar, en confianza, la última parte de esa historia de Narváez y de Pérez del Pulgar a que se ha referido el teniente Matamoros.

—¿Hay un epílogo?—le dije yo.

—Sí; hay un epílogo.

Ros de Olano me había llevado a una plazoleta, delante de un caserón grande, con su portalada y sus rejas.

—¿Ve usted ese sombrío edificio?

—Sí.

—Pues es un convento de monjas franciscanas que algunos llaman de las Emparedadas.

—¡Qué cosa más lúgubre! ¿Y por qué?

—Antes había aquí en el pueblo, según me han dicho, un beaterio con este nombre. Ese beaterio estaba unido en otro tiempo a una capilla de Santa María de la Asunción, que es la iglesia mayor de Arcos. El beaterio cuidaba de la iglesia y hacía ejercicios espirituales; después se trasladó a este convento de religiosas franciscanas, que sigue llamándose por algunos el convento de las Emparedadas. En este convento está desde la muerte de su marido, Juana Ponce de León.

—¿Profesa?

—Sí.

—Esta mañana, al saberlo Narváez, ha querido visitar a la viuda. Hemos ido él y yo, y hemos entrado un momento en la iglesia. Se oía el murmullo del órgano y los cantos de las monjas. Narváez, decidido, ha ido a la parte de la clausura y ha llamado con fuerza; al venir la lega ha preguntado por doña Juana, y en vista de que no aparecía ha querido hablar con la superiora. Ha salido ésta; una mujer pálida, con unos ojos brillantes e inteligentes.

—¿Qué quería usted?—ha preguntado la superiora a través de la doble reja.

—Quiero hablar con doña Juana Ponce de León y darle detalles de la muerte de su marido.

—Sor Teresa no piensa más que en Dios—ha contestado la superiora.

—Pues yo necesito verla y hablarla.

—¡Verla! Es imposible; incurriríamos ella y yo en la pena de excomunión.

—Sin embargo, a las monjas se las puede ver—ha observado Narváez.

—No le—dije yo—, a cierta clase de monjas no se les puede más que hablar.

—¡Señora!—ha gritado Narváez—; yo necesito hablar a doña Juana; si no lo autoriza usted soy capaz de asaltar el convento con mis tropas.

La voluntad de Narváez se impone; es demasiado fuerte para resistirla. La madre superiora ha intentado calmarle, diciéndole que podría hablar a doña Juana Ponce de León.

Efectivamente; doña Juana ha aparecido en la reja del locutorio con el velo echado. Yo me he retirado un poco.

Narváez ha explicado a la monja cómo murió su marido y la parte que tomó él en recoger sus despojos. Ella apenas contestaba mas que con monosílabos.

Luego le ha dicho que le suplicaba le dejara ver un momento su rostro.

—No puede ser, no puede ser—ha dicho doña Juana.

Después ha aparecido la superiora.

—Sor Teresa—nos ha dicho—está enferma; ha envejecido mucho y no quiere que la vean ustedes así; pero para que se convenzan de la realidad la verán ustedes un momento.

Se cuchicheó dentro del locutorio, y de pronto se abrió una ventana y se descorrió una cortina. La monja que estaba delante de nosotros se levantó el velo, y vimos una cara tan vieja, tan arrugada y tan macilenta, que yo quedé extrañado y Narváez atónito.

Salimos a la calle los dos sin despedirnos de nadie.

—Pero, oye—le dije a Narváez—, ¿cuántos años tiene esa mujer?

—Veinticinco, lo más.

—¿Y ha quedado así? ¡Esto es un milagro!

—Yo no creo en milagros—me ha dicho Narváez.

Ros de Olano me habló espantado de si aquella figura de mujer vieja que habían visto en el locutorio sería un fantasma. Yo me encogí de hombros.

—¿Usted no ha visto nunca espectros?

—Nunca.

—¿Usted no cree en la metempsicosis?—me preguntó luego.

—No; no he pensado nunca en ello, como no he pensado en la alquimia ni en la astrología. Al único que he oído hablar de eso ha sido a Somoza el de Piedrahita; pero me figuro que bromeaba.

Ros de Olano me habló de las obras de Swedenborg, de la Palingenesia filosófica de Carlos Bonnet, y de otros libros modernos que, según él, afirmaban la metempsicosis.

Yo me encogí de hombros.

Fuimos a la plaza, entramos en el palacio de los duques de Arcos, llegamos a nuestra habitación, que era grande, y nos acostamos.

—¿Apago la luz?—le dije yo.

—No, no; todavía, no.

Iba a dormirme, cuando oí que mi compañero me llamaba.

—¿Qué hay?

—¿Tampoco cree usted en los aparecidos?—me preguntó de pronto Ros de Olano con voz ahogada.

—Tampoco.

—Yo, sí.

Y se incorporó en la cama y me contó una serie de historias truculentas de fantasmas, de espectros y de casos de doble vista y de magnetismo. Estaba el hombre espantado.

—Yo pienso si la superiora nos habrá mostrado un espectro. Porque esas monjas han sido muy dadas a la práctica de la hechicería y de la nigromancia.

—Vamos. Duérmase usted y no sea usted niño—le dije yo.

—No voy a poder dormir—gimió él.

—Puede usted estar tranquilo. Donde duerme Aviraneta no aparecen nunca fantasmas.

Era cosa extraña que aquel hombre, que tenía estos terrores infantiles, fuera luego tan práctico en la vida.

Pensé que Ros de Olano me había llevado a pasar la noche allí por miedo a estar solo, y me quedé dormido.


Unos días después, la incógnita que trastornaba a Ros de Olano se despejó. En Jerez supe que doña Juana Ponce de León seguía tan guapa como antes, y que la superiora del convento había dado el cambiazo, mostrando a Ros de Olano y a Narváez una monja vieja y enferma que se parecía algo a doña Juana.


Al día siguiente de mi llegada a Arcos me despertaron los toques de corneta. Había gran animación en la plaza; iban de acá para allá los soldados, llevando calderos de rancho; los oficiales, con papeles en la mano, entraban y salían en la casa del Ayuntamiento; un grupo de sargentos charlaba en corro. Sonaron cornetas y tambores y se fueron formando las tropas.

Estaba en el balcón cuando entraron Narváez y Ros de Olano a despedirse de mí.

—Aviraneta—me dijo Narváez—: sé quién es usted, lo que ha sufrido, la situación en que se encuentra. Si me necesita usted alguna vez, cuente usted conmigo.

—Gracias, brigadier.

Nos estrechamos la mano.

Poco después le vi salir a Narváez a la plaza, montar a caballo y bajar la cuesta, rodeado de Ros de Olano, del coronel Silva y del comandante Mayalde.

Comenzó a tocar la música, y la columna se puso en marcha; luego se la vió alejarse por la carretera.

El pueblo había quedado desierto.

Yo pensé en aquel hombre violento y fiero, y se me ocurrió, como al teniente Matamoros, que le venía muy bien la leyenda antigua de su pueblo: «Loja, flor entre espinas».

Madrid, agosto, 1921.

FIN DE LAS FURIAS