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Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1 cover

Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1

Chapter 12: IX.
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About This Book

Un narrador presenta la vida de una aldea ficticia y, mediante conversaciones y retratos, examina las ilusiones humanas, la vejez y el anhelo por la vida rural. A través de la presencia de un amigo reflexivo y una galería de vecinos, la narración combina ironía y ternura para mostrar cómo deseos y recuerdos chocan con la realidad cotidiana. Episodios locales, observaciones sociales y meditaciones morales articulan una reflexión sobre el autoengaño, la pérdida de expectativas y la resignación frente a las pequeñas grandezas y decepciones de la existencia.


IX.

ENTREVISTA MISTERIOSA

Durante tres ó cuatro días se repitió la misma función, si con algunas variantes en los pormenores, idéntica en la substancia.

De día, cercada siempre Doña Costanza de amigas y admiradores, no daba ocasión para que su primo le hablase en secreto.

Solía cruzarse sólo entre ambos alguna mirada fugitiva; pero tan confusa en la expresión por parte de ella, que aun sorprendida por alguien no hubiera podido ser interpretada de modo que los comprometiese.

De noche, con el mismo recato y las mismas precauciones, se renovaban las citas y los coloquios por la reja del jardín; pero el amor no daba un paso.

La mariposa revoloteaba siempre en torno de la luz y no se quemaba.

La inclinación á amar no llegaba á convertirse en amor.

Las esperanzas de D. Faustino no se realizaban ni se desvanecían.

Mientras él se veía al lado de ella, se sentía bajo el poder de un hechizo. A todo se sometía. Era crédulo como un niño y sumiso como un esclavo. No hallaba razón que oponer á los discursos con que ella sabía contenerle, y se consideraba dichosísimo y más que pagado con recibir, á cuenta de sus rendimientos y de un amor ya decidido, aquellas vagas promesas de amor posible, aquella propensión de afecto, aquel preludio de correspondencia con que Doña Costanza le traía embelesado y falto de juicio.

Pronto, sin embargo, pasada la primera embriaguez, y cuando no estaba en presencia de Doña Costanza, empezaron á asaltar al Doctor mil pensamientos harto poco lisonjeros.

—¿Por qué este misterio en nuestras relaciones?—se preguntaba.—¿Qué perdería mi prima en dejar ver delante de gente que hace más caso de mí, que me distingue más, que empieza á quererme un poco? ¿No hay cierta hipocresía, no hay cierta doblez en su conducta?

La disculpa que hallaba para esto el Doctor Faustino salvaba en parte la buena intención de su primita; pero, en cambio, era desfavorable á la vanidad de él y á sus aspiraciones.

—Mi primita aguarda, sin duda, á que esta propensión que tiene á amarme se convierta en amor ya hecho; á que este germen de pasión nazca y crezca y se desenvuelva. Mientras esto no sucede, estoy amenazado de que su amor muera antes de nacer, ó de que no sea amor, sino simpatía vaga, lo que siente hacia mí. Esta simpatía puede desvanecerse como el humo, y Costancita, previendo que puede desvanecerse, no quiere que deje rastro ni huella. Pero en el fondo de los melindres y niñerías de mi primita, tan mimada y tan candorosa en apariencia, ¿no hay un refinamiento de disimulo, de sangre fría y de cálculo despiadado? ¿No está jugando con mi corazón, con mis sentimientos y hasta con mi dignidad? ¿No es cruel la incertidumbre en que me deja? ¿Es lícito que le sirva yo como de juguete para que se pregunte: ¿le quiero ó no le quiero? y no sepa qué contestar?

Contra estas cavilaciones ocurrían al Doctor varios argumentos que no carecían de alguna fuerza.—¿No seré demasiado exigente?—se decía.—¿Qué derecho tengo á que me ame ya? ¿Qué derecho tengo ni siquiera á que mi amor sea creído? Hasta hace poco, ¿no he dudado yo mismo de mi amor? ¿Por qué extrañar que dude ella? ¿Cómo, pues, culpar á mi prima porque no cede, porque no me entrega sin reserva su corazón, no estando segura de la sinceridad, de la ternura, de la devoción del mío? ¿Qué pruebas de amor le he dado hasta ahora? ¿Qué sacrificio he hecho por ella? En verdad que ninguno. Ir á verla, á hablarla y á besarle la linda mano por la reja del jardín, lejos de ser sacrificio, es regalo y deleite. Y á trueque de tan dulces favores, ni siquiera sé mostrar un poco de paciencia, ni menos tener alguna confianza en su buena fe y sanos propósitos.

Así acusaba el Doctor á su prima, y así la defendía en el tribunal de su conciencia, sin llegar nunca á dictar un fallo definitivo. Entre tanto, siempre estaba deshecho, aguardando la suspirada una de la noche, en que acudía á la reja del jardín, acompañado de su fiel Respetilla.

Los amores de éste no adelantaban más que los de su amo. También seguían en el mismo ser; pero Respetilla se lo explicaba todo, suponiendo que cada tierra tiene sus usos, y que los de aquélla exigían que los amores, tanto señoriles cuanto lacayunos y fregatricios, caminasen con lentitud, y que, en vez de gastar alas, gastasen pies de plomo.—No se ganó Zamora en una hora,—añadía Respetilla.—Lo que mucho vale mucho cuesta. Pues qué, ¿no hay más que meterse de rondón en los corazones de tan lindas mozas, como trasquilados por iglesia, y entrar en ellos á saco y á sangre y fuego, sin previa resistencia, sin combate y sin abrir brecha á fuerza de trabajos y fatigas?

En esta situación las cosas, Respetilla vino una mañana al cuarto de su amo, que acababa de despertarse, y le entregó una carta.

Un desconocido se la había dado en aquel mismo instante, en la puerta de la calle, desapareciendo en seguida.

—¿Quién me escribirá?—se preguntó el Doctor.—¿Si será Costancita?

Esperándolo, sin duda, abrió la carta y leyó con asombro lo que sigue:

«Eterno amor mío: Te has olvidado de mí. Ya no me conoces. Yo no te olvido y siempre te amo. Mi espíritu está ligado al tuyo por un lazo indisoluble, que ni el destino adverso ni el tiempo destructor romperán nunca. Á través de mil fugitivas existencias, en la rápida corriente de los seres mudables y de las formas pasajeras, mi alma permanece, y tu amor es su esencia. En la vida mortal que hoy tengo en el mundo, el cielo, cuyos fines ignoro y acato, ha puesto entre tú y yo obstáculos casi insuperables. No he querido luchar contra los decretos y designios del cielo. Por eso no me he presentado ante los ojos de tu carne. No quiero que sepas ni el nombre que llevo. Llámame tu inmortal amiga. Velo sobre tí. Te veo sin que me veas. Cuando se rinde al sueño mi cuerpo, mi espíritu vuela á tí y se pone á tu lado. ¿Tan material y distraído te has vuelto, que no me sientes en lo más íntimo de tu ser cuando te acaricio y me uno á tí en un místico abrazo? ¿No hay ya brío en tu espíritu para evocar el mío? Los ojos inmortales de tu espíritu, ¿no logran la aparición de aquélla á quien tanto has amado en otras edades? ¿No hay, ni durante el sueño ni durante la vigilia, un confuso recuerdo en tu mente de los pasados amores? Empiezas á amar, amas ya á otra mujer, y tengo celos. ¡Qué horrible es el tormento de estar celosa! Nada haré, sin embargo, en contra de ese amor que nace en tu alma. En esta vida mortal, no puedes, no debes ser mío. ¡Sería una locura! ¡Sería un crimen!... No me es lícito, por egoísmo, oponerme á que seas de otra. Lo lloraré; lo lloro; pero sabré resignarme. Con todo, si esa mujer á quien amas es fría de corazón, indigna de tí, y te abandona y te burla, yo te consolaré, dulce bien mío. Mi amor invariable no acaba ni con la rivalidad, ni con el desdén, ni con el olvido tuyo. No quiera Dios que llegues á ser infeliz; mas si lo fueres, evócame, dí con toda la energía oculta de tu corazón: «¡Acude, consuelo mío!» y me tendrás contigo. Hace días que lucho con el deseo de mostrarme materialmente á tus ojos. Tal vez no pueda resistir á este deseo. Tal vez te llame para verte y hablar contigo y guardar una prenda tuya. ¿Vendrás si te llamo? Sí, yo creo que vendrás. Eres noble y generoso, y no me privarás de este bien. Quiero un recuerdo tuyo quiero una viva impresión tuya en los sentidos materiales de que estoy revestida, antes de perderte para siempre en esta existencia transitoria, antes de que seas dichoso con esa mujer frívola por lo menos. Adiós. Acuérdate de Tu inmortal amiga

Maravillado se quedó el Doctor con la lectura de esta carta, haciendo sobre ella mil diversas suposiciones.—¿Será mi primita la que me escribe para burlarse de mi romanticismo con algo más romántico todavía? ¿Será alguna loca que se ha enamorado de mí y cree de veras todos estos delirios? ¿Será el tío Alonso, ó algún tertuliano de su casa, que trata de embromarme? En fin, sea como sea, lo mejor es quemar la carta y no decir á nadie que la he recibido. Buen chasco se va á llevar el que pensó divertirse con el efecto que la carta iba á producir en mí.

El Doctor quemó la carta: ni á Respetilla confió palabra de su contenido, ni á su madre, á quien todo se lo confiaba, le escribió sobre dicho incidente.

Siguió el Doctor amando de día á Doña Costanza, y viéndola y hablando de amor con ella por las rejas del jardín, en las altas horas de la noche; pero cuando se quedaba solo en su cuarto, cuando la prolongada vigilia sobrexcitaba sus nervios, creía sentir extraños rumores á su lado, como si se deslizase junto á él una sombra. Una vez despertó de su sueño temblando casi y con sudor frío, y pensó sentir en la frente la impresión ligerísima de unos labios etéreos, que habían depositado en ella un beso de amor. Don Faustino López de Mendoza, filósofo racionalista, estaba avergonzado de su cobardía y de su momentánea credulidad; pero es el caso que dos ó tres noches casi juzgó inevitable la aparición de un espíritu, y sacó de su corazón fuerzas para recibirle con valor y sin amilanarse.—Si es un espíritu, ¿por qué ha de ser terrible?—decía.—El espíritu de una mujer hermosa, de quien anduve yo enamorado, Dios sabe cuándo, no debe ser para asustar, sino para deleitar.—Dicho esto, el Doctor se serenaba y se reía; pero al punto se trocaban en cuidado la serenidad y la risa, porque se persuadía de que estaba oyendo el andar vago y tácito de un espectro que se alejaba, y el susurro de una vestidura levísima, y hasta un suave, profundo y triste suspiro.

¡Cuántas veces resonó en lo íntimo de su alma la última frase de la carta que había quemado: Acuérdate de tu inmortal amiga!

—¿Me iré á volver loco?—se preguntaba entonces.—¿Tendré una naturaleza miserable, débil, nerviosa, en quien prevalece la fantasía sobre la razón y el discurso? ¿Estaré acaso al arbitrio de cualquiera tunante, á quien se le antoje escribirme una carta disparatada, robarme la tranquilidad y sacar de quicio todos mis sentidos y potencias?

Esta agitación oculta del Doctor no impedía que siguiese su vida acostumbrada y que sus amores con D.ª Costanza creciesen en él y permaneciesen en ella en la misma situación germinal, incierta é indecisa.

A las tres noches después de recibir la extraña carta, volvía el Doctor con Respetilla á casa de Doña Araceli. El coloquio amoroso no había sido largo. Eran las dos nada más.

Al revolver de una esquina se acercó al Doctor una pobre vieja y le dijo en voz muy baja:

—Señor caballero, necesito hablar con V. sin que su criado lo oiga. Vengo de parte de la inmortal amiga.

Respetilla se había quedado detrás. El Doctor aguardó á que llegase y le dijo:

—Vete á casa; no me sigas: espérame despierto hasta las cuatro.

Bien sabe el demonio lo que se le ocurrió entonces á Respetilla. Perdónele D.ª Costanza el mal pensamiento. Respetilla dió á su amo las buenas noches con un tono lleno de malicia, y le miró con envidia y espanto, como quien dice: ¡Que haya logrado éste lo que no logro yo por más que lo pretendo!

Respetilla no tuvo más recurso que obedecer á su amo, dejarle é irse á la casa.

Solos ya en la calle D. Faustino y la vieja, entablaron este coloquio:

—¿Qué me quiere esa amiga inmortal? Si es burla de algún chusco, yo le prometo que habrá de costarle cara.

—No es burla, señor caballero. Es asunto muy serio. Quizás la carta que recibió V. se resintiese un poco del estado de la desgraciada. Tenía mucha fiebre cuando la estaba escribiendo; pero hoy está bien de salud y forma un empeño grandísimo en ver á V.

—¿Y quién es esa mujer? Dígame V. su nombre.

—No lo sé, y aunque lo supiera no lo diría. Mi obligación es decir á V. que me siga y venga á verla.

—¿Y cómo aventurarme á ir á ver á quien no conozco?

—¿Tiene V. miedo, señor caballero?

—Abuela, yo no tengo miedo. Vaya V. delante y guíe. Iré al infierno, si es menester.

—Tengo encargo de no llevar á V. sin imponerle algunas condiciones.

—Vamos, dígalas pronto. Me someto á ellas como no sean desatinadas. La curiosidad de ver á mi inmortal amiga puede mucho en mí.

—Son las condiciones, que V. no ha de procurar nunca averiguar el nombre de ella; que no la ha de perseguir; que no ha de tratar de conocer la casa á donde voy á llevarle ahora; que no ha de preguntar mañana, ni pasado, ni nunca, si por acaso la recuerda, quién vive en dicha casa, y, por último, que en el punto que yo le diga á V. vámonos, V. me ha de obedecer, dejar la casa, y venirse conmigo hasta este mismo sitio, donde le dejaré para que se vuelva solo á la suya. ¿Acepta V. las condiciones?

—Las acepto.

—¿Me da palabra de caballero de que las cumplirá?

—La doy.

—¿Por lo más sagrado?

—Basta ya. Queda empeñada mi palabra de honor.

—Pues sígame V.

Aunque la ciudad era chica, no tanto que no hubiera en ella un laberinto de calles estrechas y tortuosas, por donde se internó D. Faustino, precedido de la vieja.

Mientras andaban, iba el Doctor formando todo género de hipótesis para explicarse aquella aventura. Podía ser una burla de Doña Costanza ó de su padre ó de algún pretendiente de Doña Costanza. Aquel Marqués de Guadalbarbo, con quien el Doctor había echado las vacas en el Casino, presumía de chistoso. ¿No sería él quien le embromaba? De Málaga, de Granada y de Sevilla habían acudido á la feria algunas mozas alegres, de éstas que llaman ahora traviatas. ¿No sería posible que alguna de estas mozas se hubiese aficionado del Doctor, viéndole en la feria, y deseosa de tener con él una cita, hubiese inventado todo aquel aparato novelesco para lograrla y hacerla más picante y más grata? Pero ¿qué moza andaluza de dicha laya, con perdón sea dicho de las del gremio, tiene el espíritu bastante cultivado para escribir la carta que D. Faustino recibió, é inventar maraña tan fina? Sería su amiga inmortal alguna vieja casquivana? ¿Sería alguna mujer enferma de enajenación mental?

Discurriendo de este modo, llegaron á la puerta de una casa, donde se paró la vieja. Al llegar el Doctor, empujó la vieja la puerta, que estaba entornada, y entró é hizo entrar al Doctor en el zaguán, entornando otra vez la puerta, y quedando el zaguán obscuro como boca de lobo. El Doctor, aunque iba bien armado, tuvo cierto recelo y puso mano á la pistola que llevaba en el cinto. La vieja buscó á tientas el agujero de la llave de la puerta interior, por donde se entraba en la casa desde el zaguán, y abrió con la llave que guardaba en el bolsillo.

La misma obscuridad que en el zaguán había dentro de la casa.

La vieja tomó de la mano al Doctor, y con mucho silencio le hizo subir por una escalera. Luego pasaron por dos cuartos, también á obscuras. Llegaron, por último, á la puerta de otro cuarto, por cuyos resquicios se veía luz. La vieja dió un golpecito en la puerta.

—Adelante,—dijo una voz de mujer.

—Entre V., señor caballero,—dijo la vieja.

D. Faustino entró en el cuarto, y la vieja se quedó fuera.

El cuarto estaba pobremente alhajado, pero muy limpio. No había más que media docena de sillas y una mesa, sobre la cual se veía un velón de Lucena con dos mecheros ardiendo. En el fondo había una puerta, que conducía á una alcoba.

De pie, en medio del cuarto, estaba una mujer alta y delgada, toda vestida de negro. Sus cabellos eran también negros, negros como el ébano. El color de su rostro, trigueño claro. Sus ojos, hermosísimos y del color de los cabellos. Todas sus formas, elegantes.

Aunque pálida y ojerosa, en la tersura de su frente y en la frescura de su tez se notaba que era una joven de veinte años lo más.

—Caballero—dijo aquella joven con voz dulce y algo trémula,—perdóneme V. que le haya molestado, escribiéndole primero, y después obligándole casi á tener esta entrevista conmigo. Cuando escribí á V. la carta estaba yo muy exaltada: creo que tenía calentura. Esto baste para explicar á V. cualquiera extravagancia que pudiese haber en la carta.

—Señora, ¿qué he de creer entonces de la carta que V. me escribió y que ya califica de extravagante?

—Todo en el fondo. Yo no califico de extravagante sino el estilo, quizás lleno de exaltación.

—Luego es V. mi inmortal amiga.

—Lo soy.

—¿V. me conoce desde hace tiempo?

—Le conozco á V... V. es quien se ha olvidado de mí.

—Dígame V. algo para que la recuerde. ¿Dónde, cuándo nos hemos visto?

—¡Escucha, Faustino! Perdóname que te hable así, que te llame por tu nombre... ¡Hemos sido tan íntimos!... ¡Nos hemos amado tanto!...

El Doctor miró con la mayor atención las hermosas facciones de aquella mujer, y llegó á creer que las recordaba; pero de un modo tan confuso, que no acertaba á decirse en qué ocasión las había visto. Aun despertaba más en él confusos y perturbadores recuerdos el metal sonoro y simpático de su voz femenina.

—¡Escucha, Faustino!—repitió la mujer.—Ya te lo escribí. Ahora te lo digo. Yo no debo ser tuya en esta vida mortal; pero quería verte y hablarte una vez sola antes de que nos separásemos para siempre. Un destino cruel, horrible, me condena á huir de tí... Ama á esa joven. ¡Dios quiera que sea digna de tí! ¡Dios te haga dichoso!... ¿Me concederás una gracia?

—Pídeme lo que quieras,—dijo el Doctor, pensando si estaría con una loca, sospechando aún si sería todo aquello una burla, y recelando á veces si él mismo estaría soñando ó delirando.

—Dame, como memoria tuya—dijo la mujer,—un bucle de tu pelo rubio.

Apenas lo dijo, se acercó al Doctor, que estaba turbado y sin saber lo que le pasaba, y le cortó un bucle con unas tijeras que tomó de la mesa.

Todo esto fué más breve que el tiempo que tardamos en referirlo.

—Ya me has visto de nuevo—prosiguió la mujer.—No te olvides de nuevo de mí... Si algún día eres desdichado, llámame y acudiré á consolarte. Hoy eres dichoso y no me necesitas... Dímelo con sinceridad. ¿Amas á Doña Costanza?... Responde lealmente; responde como debe responder un caballero.

El Doctor, así interpelado, no pudo menos de contestar:

—Amo á Doña Costanza.

—¡Vete, vete, vete!—dijo la mujer con acento lastimero á par que iracundo.

D. Faustino iba á irse, obedeciendo á aquella voz imperiosa; pero, de pronto, la mujer le echó los brazos al cuello. Sintió el Doctor sobre su rostro su aliento juvenil. Luego, la impresión de un beso sobre cada uno de sus párpados.

Tuvo un momento de aturdimiento y de ceguera. Al volver en sí, la mujer ya se había apartado de él y se había ido por la puerta del fondo, cerrándola con llave.

La vieja estaba al lado del Doctor.

—Cumpla V. su palabra, señor caballero—dijo la vieja.—Sígame V., le dejaré en el mismo sitio en que nos encontramos.

D. Faustino vió que era inútil toda súplica y toda averiguación. La vieja le recordaba su palabra de honor empeñada, y no tuvo más remedio que cumplirla, siguiendo á la vieja.

Ella le llevó por otras calles, dando rodeos, adrede sin duda para desorientarle. Al cabo le dejó casi á la puerta de la casa de Doña Araceli.


X.

LA NIÑA ARACELI

Hasta después de la entrevista misteriosa con su inmortal amiga no conoció el Doctor cuán de veras estaba enamorado de Doña Costanza. En su inmortal amiga, mientras la tuvo presente, nada había visto de fantasma aéreo, de diabólico ni de inconsistente, sino una mujer sólida, maciza, hermosa é interesante, y, sin embargo, ningún impulso de amor sensual había despertado aquella mujer en su pecho, ocupado todo con el amor de la primita.

Lo que la innominada le inspiró desde luego fué una simpatía profunda y una vehemente curiosidad. Pero ¿cómo satisfacerla?

El Doctor era de suyo muy sigiloso; había prometido callar, y ni á su madre ni á Respetilla contó nada de la extraña aventura.

En balde recorrió todas las calles de la ciudad en busca de la casa donde la desconocida se le había aparecido. Era torpe para recordar sitios. Lo menos sospechó de treinta casas; pero no decidió que fuese ninguna. Cuando veía una mujer alta y delgada, imaginaba si sería su amiga inmortal. Se acercaba y la miraba el rostro, y se convencía de que no. A veces corría detrás de las viejas, á ver si volvía á ver á la vieja que le guió á la casa. Tampoco la volvió á ver.

—¿Quién será mi inmortal amiga?—se preguntaba el Doctor.

Mientras duró vivo en su alma el recuerdo de la impresión material de aquellos labios hermosos sobre sus párpados y del dulce calor de aquel aliento juvenil sobre su rostro, ni soñando ni velando, en la obscuridad y silenciosa soledad de la noche, oyó el Doctor de nuevo vagos rumores como de una sombra que se desliza, ni creyó sentir junto á él espíritu alguno. Sus cavilaciones para averiguar quién ella sería, tomaron un carácter que podemos calificar de enteramente realista. El Doctor llamó á careo con la impresión que la desconocida le había dejado á todas las mujeres que vivían en su memoria y con quienes había tenido algo de parecido al amor. De lo único de que se penetró el Doctor, evocando tales recuerdos, fué de que nunca había amado. Su primer amor era pues, Doña Costanza. Había tenido, sí, algunas aventuras galantes, más ó menos plebeyas. Ninguna de las heroínas de aquellas aventuras era su amiga inmortal; ni las pupileras, costureras y bailarinas de Granada, ni una gitanilla, ni varias traviatas de oficio, de quienes también se recordaba, ni tres ó cuatro muchachuelas guapas, que habían servido á su madre, y con quienes el Doctor, allá en su primera mocedad, había estado más insinuante y había sido más familiar de lo que al ilustre mayorazgo de los López de Mendoza cuadraba y convenía.

Resultaba, pues, que dentro de los límites de lo naturalmente posible, según el Doctor lo entendía, su amiga inmortal no se había mostrado jamás ante sus ojos, desde que era hombre y se llamaba D. Faustino, hasta la noche de la entrevista misteriosa que dejamos referida.

Ella podría haberle visto sin ser vista, y haberse enamorado de él. ¿Dónde y cómo? Difícil era averiguarlo.

Pasaron tres ó cuatro días y la impresión viva, la huella, por decirlo así, de los labios de la mujer innominada, se borró de los párpados del Doctor; pero la imagen de aquella mujer, que por los ojos había pasado al alma, allí permanecía impresa. Y no sólo en el alma, en la misma retina creía el Doctor que conservaba aquella imagen. Mientras más tiempo pasaba, después de haber visto materialmente á la mujer, más persistía la imagen, adquiriendo cierta consistencia fantástica. Cuando cerraba los ojos, cuando estaba á obscuras, la veía cercada de un nimbo luminoso.

Aunque algo confusa é indistinta, el Doctor, al contemplar aquella imagen, acabó por hallar en ella cierta semejanza con otra imagen que guardaba también en la memoria. Su madre tenía en su estrado un retrato del siglo XVI, que parecía de Pantoja. Era una dama vestida de terciopelo negro, con mangas acuchilladas y brahones, collar de perlas magníficas, gorguera y puños de lechuguilla ó abanillos, y en la cabeza muchos diamantes. Este retrato, aunque no tenía nombre escrito, se sabía que era de la coya ó señora peruana con cuyo dinero se edificó la casa solariega de los López de Mendoza.

Al Doctor, no en seguida, sino cuatro días después de haber visto á su inmortal amiga, se le hubo de meter en la cabeza que se asemejaba bastante al retrato de la coya.

Ya se entiende que la imaginación poética del Doctor estaba en completa discordancia con su inteligencia cultivada y con su espíritu crítico. Todos los razonamientos del Doctor venían á demostrar que la mujer desconocida que le había escrito y que le había besado los párpados era una mujer de carne y hueso, bautizada en alguna parroquia, no con siglos, sino con veinte años de edad, á lo más, y que había de llamarse Juana, Francisca, Teresa ú otro nombre por el estilo, de los muchos que hay en el calendario.

El Doctor, con todo, hallando demasiado largo y enfático el nombre de inmortal amiga, tuvo el capricho de dar un nombre menos vago á su visión, y la llamó María. Quizás fué casualidad; quizás contribuyó á esto el que, en aquella época del romanticismo, los poetas, en vez de llamar á sus ninfas Nise, Filis, Galatea, Delia ú otros nombres algo pastoriles, gentílicos y helénicos, habían puesto en moda el dulce nombre de María; y cuando sus versos no eran ¡A ella! eran ¡A María! casi siempre.

Lo singular fué que, después de haber puesto el Doctor á su desconocida el nombre de María, y después de haberla nombrado así varias veces allá en su interior, vino á recordar con algún asombro, chocándole un poco la coincidencia, que la coya, durante su vida mortal, reinando en España el señor rey D. Felipe II, se había llamado también Doña María.

Recordaba luego el Doctor varios cuentos que había leído ó que había oído contar, los cuales, si corroboraban por momentos en su imaginación la idea absurda de que la coya tenía algo de común con la amiga inmortal, daban, por otra parte, cierta luz á su entendimiento para explicarlo todo racionalmente.

En primer lugar, como el recuerdo del retrato no era perfectamente claro, y el de la desconocida, á quien sólo había visto algunos minutos, era más confuso aún, podría ser muy bien que la semejanza fuese más imaginaria que efectiva. Lo que se contaba de que el espíritu de la coya andaba en su casa velando el tesoro de las perlas, tal vez había contribuído á infundirle aquella idea en la fantasía. Cuando pequeño había oído referir que la coya era además el más activo de los genios, espíritus familiares ó lares de su casa. Mientras que el Comendador Mendoza se limitaba á ir penando por los desvanes, la coya había intervenido en no pocos asuntos de la familia. Al menos así se decía en Villabermeja. Éstos y otros recuerdos habían acalorado, sin duda, la imaginación del Doctor.

Lo más seguro, pues, era creer que la amiga inmortal era una loca, ó una romántica, ó una mujer que había querido divertirse á costa del Doctor, sabe Dios con qué propósito. Hasta el parecerse á la coya, dado que en realidad se pareciera, podía justificarse y aceptarse como verosímil. Pues qué, ¿no hay personas que se parecen mucho sin ser parientes? ¿No podía además ser la desconocida algo parienta del Doctor, y por lo tanto de la coya?

En lo que al Doctor no le cabía duda es en que no había soñado ni la carta recibida, ni la entrevista en la casa á donde le llevó la vieja, ni los besos en los párpados. Su amiga inmortal, por testimonio evidentísimo de sus sentidos, era un ser viviente, que estremecía el aire con su palabra, que respiraba, que se movía, que tenía calor y aliento, y sangre en las venas. De todo esto se recordaba el Doctor muy bien.

Como hombre previsor, prohibió á Respetilla que dijese á nadie, ni á Manolilla siquiera, que una noche había estado solo, fuera de casa, hasta las cuatro de la mañana. Respetilla tenía tanto miedo á su amo, que se calló, á pesar de su afición á contarlo todo, y siguió sospechando que Doña Costanza no era tan retrechera como su criada, y que se podía comparar mejor á cualquier reló bien dispuesto que al reló de Pamplona, de que habla la copla de fandango.

Desgraciadamente para D. Faustino, las atrevidas sospechas de Respetilla carecían de fundamento. Doña Costanza no acababa de amar á su primo, si bien seguía queriendo quererle y viéndole todas las noches un ratito por la reja del jardín.

En cambio, el afecto que el Doctor había infundido en el tierno corazón de la niña Araceli era más vehemente cada día. Este afecto era amor y más que amor; pero, como era amor sentido con humildad y devoción magnánima, y por un espíritu encarcelado en una triste armazón de huesos y forrado de una piel llena de arrugas, había tomado la forma sublime y desprendida de querer realizarse y consumarse por medio de otra tercer alma y por medio de otro cuerpo joven y hermoso, á quienes también amaba é idolatraba la niña Araceli.

Pensarán algunos que esto que refiero es insólito y raro; pero, si lo meditan bien, notarán que ocurre con frecuencia. Hay, por dicha, corazones de viejos y de viejas que no tienen la monstruosidad de amar para sí, que no se encastillan en el egoísmo, y que siguen amando con más energía y de un modo más completo, si cabe, que cuando eran mozos. Uno de estos corazones, y de los más nobles, era el de Doña Araceli.

Amaba á Costancita con más ternura que la amaba y podía Amarla D. Faustino, y había acabado por amar á D. Faustino, no ya sólo para casarse con él, sino para arrostrar por él muertes, miserias y cuanto hay que arrostrar, si ella se hallase en el cuerpo de Doña Costanza. Su sueño de oro era, por consiguiente, verlos casados á ambos. Faustino y Costanza eran como dos pedazos de su propia alma, en cuya unión estrecha ponía Doña Araceli toda su felicidad y todo su deleite.

La amistad vivísima y constante que, desde la infancia había unido á Doña Araceli con Doña Ana, madre del Doctor, había servido de fundamento al afecto de Doña Araceli por D. Faustino. Las prendas personales de éste habían después, con el trato y la convivencia, acrecentado aquel afecto. La niña Araceli ardía, pues, de impaciencia al ver que tardaban tanto en llegar á un término dichoso los amores entre sus dos sobrinos.

La conferencia que tuvo con Costancita, y de que ya dimos cuenta, se repitió en balde otras dos veces.

Recelando Doña Araceli que la timidez de su sobrino fuese causa de que el amor no adelantara, se decidió al cabo á hablar con él del asunto, y para ello se le llevó un día á su cuarto, y allí á solas se explicó de esta manera:

—Muchacho—le dijo,—no he querido hasta ahora hablarte claro; pero ya es menester que te hable. No se entiende bien que siendo, como eres, tan lindo mozo, tan galán, tan discreto y tan sabio, seas al mismo tiempo tan para poco. Yo concerté con tu madre que vinieses aquí á ver si enamorabas á Costanza y te enamorabas de ella. Por amor á tu madre, quería yo hacer tan ventajoso casamiento. Desde que te conozco y trato te he tomado mucho cariño, y ya deseo hacer la boda por amor hacia tí; mas para esto contaba contigo, y veo que me faltas. Y no por falta de amor, no. Yo conozco que amas á mi sobrina. Confiésalo, ¿no es verdad que es muy graciosa? ¿No es verdad que tiene talento? ¿No es verdad que la adoras?

—Sí, tía, la adoro,—interrumpió D. Faustino.

—Entonces, ¿por qué no se lo dices, bobo? Yo sé que ella está muy inclinada á quererte; pero, ya se vé, ¿dónde has aprendido tú que han de ser las mujeres las que pretendan y persigan? Hijo mío, estás perdiendo el tiempo y la coyuntura, y te va á pasar lo que al héroe de una antigua comedia que llaman El castigo del pensé que... Aunque eches á tu prima miradas como sinapismos ó cáusticos, que le quemen el corazón, esto no basta; es menester hablar.

El Doctor, deseoso de guardar el secreto de sus coloquios por la reja, contestó á su tía:

—Pero, ¿dónde y cómo he de hablar á mi prima, rodeada siempre de gente ó al lado de su padre?

Aquí Doña Araceli, aunque también había prometido no hablar de la carta amorosa que Costancita le había leído, no pudo disimular más, y exclamó:

—Ea, no seas embustero; fuera disimulo. Yo sé que has escrito á Costanza, declarándola tu amor y pidiéndole una cita. En un momento de expansión, ella me leyó tu carta. Dice que no te quiere contestar. Escríbele otra y verás cómo te contesta. Yo entiendo que ya te ama. Es timidez ó soberbia de tu parte no escribir nueva carta, ya que la primera, si no ha sido contestada, ha sido bien recibida.

El coloquio entre el sobrino y la tía siguió largo rato por este camino, y Doña Araceli hizo tanto, y estrechó de tal suerte al Doctor, que éste, á pesar de su sigilo, vino á confesar á su tía que hacía ya algunas noches que hablaba con Doña Costanza por la reja del jardín.

Doña Araceli recibió la noticia con más júbilo que si fuera ella misma la que hablase por la reja. Su curiosidad de saber hasta los más insignificantes pormenores, rayaba en locura. Gozaba con ellos como si fuese su alma, á la vez, el alma del Doctor y el alma de Doña Costanza enamorada.

D. Faustino tuvo que contarle todo y que repetir lo más importante.

—¡Válgame Dios poderoso!—decía Doña Araceli.—¿Con que siete veces hablando de seguida por la reja, en el silencio solemne de la alta noche, á la escasa luz de las estrellas, en medio de un ambiente perfumado de azahar y violetas; hermosos, jóvenes ambos, y nada, ella no acaba de decidirse ni de confesar que te ama? ¿Tiene el corazón de bronce? ¿Es una piedra y no una mujer? Te aseguro que no lo comprendo. Y dime, hijo mío, sin una falsa vergüenza, que aquí no es del caso: háblame como si yo fuera tu confesor; te quiero mucho y me intereso por tí, dime, ¿vuestras caras no se han acercado nunca hasta tocarse? ¿Tus labios no se han posado ni siquiera sobre la frente de Costancita?

—Nunca, tía. No he hecho más que tomar su linda mano y besarla.

—¡Ay, sobrino, sobrino! Si tú no fueses tan verídico, no te creería. ¡Esa chica es un alcornoque, es un roble! ¡Y cuán disimulada y astuta! ¡Cómo se lo tenía callado! Su condición natural, por otra parte, es recia de veras. No dejan rastro en su cara esas vigilias y esos coloquios. Ni ha perdido la color, ni tiene ojeras. El demonio son las niñas del día. Está fresca y colorada como una rosa. Pero, ¿qué digo como una rosa? ¿Qué rosa no se marchita y deshoja si está expuesta al sol de Julio sin que vierta el alba en su seno una gotita de rocío?

—Tía—contestó D. Faustino suspirando,—yo creo que Costanza no me ama. El sol de mi amor no sólo no puede marchitarla, sino que no existe para ella.

—No, hijo mío, no digas eso; Costanza te ama. Si no te amase, no tendrían perdón la desenvoltura y la coquetería de ir á hablar contigo por la reja. Lo que importa ahora es que adelanten los amores, y que os convengáis pronto, á fin de que los santifique la Santa Madre Iglesia, ciñendo al yugo vuestros cuellos con la suave é indisoluble coyunda del matrimonio.

D. Faustino no tenía qué contestar á tan buenos deseos y balbuceó mil gracias. Animada Doña Araceli, prosiguió diciendo:

—Yo lo arreglaré todo ó he de borrarme el nombre que tengo.

—Tía, considere V. lo que hace y no me pierda. No diga V., por Dios, á Costanza que yo no he sabido callar y he dicho á V. el secreto de nuestras citas. No me lo perdonaría nunca.

—¡Hombre, no te asustes ni te eches á temblar! Si sigues así, vas á ser el marido más gurrumino de que hablen las historias. Pierde cuidado, que nada diré á Costancita de cuanto me has dicho. Yo buscaré otros medios para ganarte por completo su voluntad.

—Gracias, tía; pero... mucha prudencia, mucha circunspección... no echemos á perder el asunto por querer llevarle á escape.

—En buenas manos está el pandero. Ya verás qué son saco de él para que bailes.

—Dios lo haga, tiita Araceli.

—Oye, Faustinito, te voy á decir una cosa, aunque tú, como eres filósofo, te vas á burlar de mí; pero quiero que me agradezcas los sinsabores que por tí paso.

—¿Qué sinsabores? ¿Se enoja quizás el tío Alonso contra V. porque V. protege mis amores con su hija?

—No es eso. A decir verdad, tu tío Alonso, aunque no se enoja, no se alegra de estos amores. Tu tío Alonso tiene más conchas que un galápago, y es menester ser el mismo diablo para penetrar lo que quiere. Lo único seguro es que someterá su voluntad á la de su hija, si ésta se decide con firmeza en tu favor. Por lo pronto, no debo ocultártelo, el tío Alonso no está muy prendado de tí; te halla soñador, distraído, poco ó nada práctico, y, por último, casi no me atrevo á decírtelo, porque yo misma creo, en este punto, que no carece de razón acusándote...

—¿Y de qué me acusa?

—Te acusa...

—Dígalo V.

—Te acusa de poco religioso; pero, en fin, yo espero que tú te enmendarás. Yo he leído en el Año Cristiano y en otros libros piadosos la vida de varias princesas y señoras de alto copete, que se casaron con reyes judíos, moros ó paganos, y al cabo los convirtieron. ¿Por qué no ha de ser Costancita una de tantas? ¿Tiene acaso menos labia ó menos garabato que ellas?

—Sí, tiita: no dude V. de que Costanza me convertirá y hará de mí lo que guste, con tal de que me quiera. Pero, vamos, dígame V. al fin cuáles son esos sinsabores.

—Hijo mío, son una tontería de que te vas á burlar.

—No me burlaré: hable V.

—Ya verás qué débiles y medrosas somos las mujeres. Tú no ignoras que yo viví con tu madre algunos años antes de que se casase; que después, cuando tú eras niño he pasado con ella en Villabermeja una larga temporada, y que siempre nos hemos escrito con frecuencia y con la mayor intimidad. No extrañarás, por lo tanto, que sepa toda la historia de tu familia y de tu casa.

—¿Y qué puede V. saber, tía, que le cause sinsabores? ¿Que soy pobrísimo? Yo no lo oculto.

—No es eso, hijo mío, no es eso. Ya te he dicho que es una tontería, un delirio, pero que me conturba á veces. Has de saber que los bermejinos hablan de un espíritu familiar que hay en tu casa y que interviene en todo. Tu padre, que de nada se asustaba, me contó una vez que, cuando tú naciste, dicho espíritu se le apareció en sueños y le habló de tí, pronosticando cosas obscuras, que no quiso ó no supo declararme. Después oí referir allí multitud de patrañas. Y como tu madre tiene en su estrado el retrato de la persona cuyo espíritu, desprendido hace siglos del cuerpo, es quien suponen que hace las tales diabluras, mi imaginación se ha exaltado en estos últimos días, y he creído ver vagamente dicho espíritu en la forma que tiene en el retrato.

—¿Usted ha visto á la coya, tía?—dijo D. Faustino, con cierto asombro que no pudo disimular.

—Sí, la he visto en sueños dos ó tres veces, y me ha mirado con mucha ira, y he creído entender que se opone á que yo intervenga en el asunto de tu boda. En fin, aunque conozco que esto es una sandéz, he tenido miedo. Hace noches (quédese esto para entre nosotros), con pretexto de que no estoy bien de salud, hago que duerma una criada en mi cuarto.

—Pero V. ¿no ha visto á la coya sino en sueños?

—Pues ¿cómo había de verla de otra suerte?

Dios, hijo mío, no puede consentir que las almas de los muertos se anden siglos y siglos paseando por acá para asustar ó para divertir á los vivos. ¡Pues no faltaba otra cosa!

—Eso es verdad, tía.

—Lo malo es que la imaginación puede mucho. Ella produce una ficción, y sobre esta ficción se levanta luego un caramillo de otras ficciones. Dígolo, porque no hace muchos días fuí á misa muy de mañana á la Iglesia Mayor. Me hinqué de rodillas en el sitio más obscuro y solitario. Apenas noté al principio que había á mi lado una mujer alta, delgada, vestida de negro, al parecer rezando. No sé por qué me fué poco á poco llamando luego la atención su traza peregrina y fuera de lo común. Antes de que yo me levantara, se levantó ella para irse. Volvió entonces la cara hacia mí, la ví por vez primera, y tuve la maldita ocurrencia de creer que se parecía aquella cara á la del retrato que posee tu madre.

—¿Y no ha vuelto V. á ver á esa mujer?—preguntó el Doctor.

—No, no la he vuelto á ver. La alucinación que en mí produjo entonces es causa, sin duda, de otros sueños que luego he tenido; pero la señal de la cruz ahuyenta á los malos, y yo procuraré no tenerles miedo. Aunque Satanás se oponga, he de trabajar para que te cases con Costancita.

Con esto dió fin Doña Araceli al coloquio, dejando al Doctor con grandes esperanzas de ser completamente feliz con sus pretensiones amorosas, si bien un tanto confuso y meditabundo, á causa de todas aquellas coincidencias de la coya, del retrato y de la amiga inmortal á quien llamaba María.


XI.

ACTIVIDAD DIPLOMÁTICA

Después de la conversación con su sobrina, Doña Araceli conoció que importaba herrar ó quitar el banco; echó sus cuentas, calculó que aquel estado de cosas no debía durar, y resolvió presentar su ultimatum á su sobrina y á su hermano don Alfonso, á fin de que diesen los pasaportes al Doctor ó le aceptasen y reconociesen como novio oficial y esposo futuro de Costancita.

Las razones que tuvo Doña Araceli, después de recapacitarlo bien, deben exponerse aquí en resumen.

D. Faustino empezaba á hacer un papel bastante desairado. Toda la gente de la ciudad, porque en una pequeña ciudad de provincia casi nada se encubre, sabía que había venido á vistas; y como de las vistas nada resultaba, y podían al cabo resultar unas calabazas, mientras más tiempo pasara, sería mayor y más ruidoso el desaire. Como el Doctor no tenía mundo, y estaba además enamorado, no comprendía bien esto.

Aunque Doña Araceli amaba con todo su corazón á Doña Costanza, el amor no quita conocimiento, y Doña Araceli auguraba mal del disimulo y recato de su sobrina, que hablaba por la reja con el Doctor sin confiárselo; y peor auguraba aún del dominio que tenía sobre sí para que, después de siete noches en que un joven tan gallardo le había hablado de su amor, era de suponer que con arrebatadora elocuencia, no hubiese ella dado un sí y siguiese consultando su corazón, sin averiguar lo que su corazón respondía. Doña Araceli se acordaba de su juventud, y allá en el sigilo profundo de su conciencia se representaba las escenas por la reja, cuando ella también había hablado con una persona querida. ¿Cómo resistir, si se ama un poquito, á las palabras dulces y ardientes, á los suspiros, á los juramentos de amor, á las quejas, al deseo expresado en el gesto y en las miradas lánguidas, cuando todo ello viene fortalecido por la magia del silencio, del reposo nocturno, de la obscuridad, de la incierta luz de los astros, que parece que se enamoran unos á otros en la bóveda azul; del perfume de las flores, de la blanda frescura del regalado ambiente, del arrullo lejano de alguna paloma ó del trino amoroso de algún ruiseñor, y de otros mil incentivos que ofrecen á tales horas, y en la primavera, el clima, el suelo y el cielo de Andalucía? Todo esto, según lo recordaba Doña Araceli, era irresistible á los diez y ocho años de edad.

Comprendan también mis lectores que ya he dado á entender que Doña Araceli había sido algo frágil y más amorosa que severa. Las que presumen de severidad, lo primero que deben hacer es no acudir por la noche á la reja á hablar con el novio. No por eso sostendrá aquí el autor de esta historia que no haya mujeres que acudan á la reja; que estén enamoradas del que habla con ellas, y que escatimen tanto ó más que Doña Costanza los favores y las generosas condescendencias; pero repito que lo mejor es no acudir á la reja. Así se lo recomiendo á los padres, hermanos y madres de las señoritas andaluzas. Quien quita la ocasión, quita el ladrón. No sólo el vino embriaga.

Sea como sea, Doña Araceli no acertaba á comprender por qué, á pesar de toda su honestidad y católica crianza, Costancita, ya que había bajado á la reja durante siete noches, no había permitido siquiera que su primo le diese un beso en la frente. Para la condición, los ímpetus y las ternuras de Doña Araceli, esto constituía prueba plena de que Costancita no quería al Doctor, y estaba entreteniéndole y divirtiéndose con él.

—En efecto—pensaba Doña Araceli,—es menester estar revestida de la piel del diablo para bajar á hurtadillas al jardín, de una á dos ó tres de la noche, para acudir con tanto misterio como si fuera un delito, y todo esto con el propósito de dar la mano á besar y de decir:—Ya veremos si te quiero. Está visto: ¡son incomprensibles las muchachas del día!

Otra consideración se ofrecía á la mente de Doña Araceli, que no tiene vuelta de hoja, y con la cual no dudo que estarán de acuerdo mis lectoras más graves.

La conducta de Costancita no tenía buena interpretación. ¿Para qué aquel misterio? ¿Para qué no decir paladinamente que amaba á su primo? ¿Para qué no hablarle ya como á futuro delante de todos los tertulianos de su casa? Lo de ir á la reja era comprometido y pecaminoso, y ni siquiera tenía la disculpa del amor, ya que Costancita aun no amaba.

Hechas todas las reflexiones susodichas, y muchas otras que en obsequio de la brevedad se pasan por alto, Doña Araceli se puso la mantilla y se fué á casa de D. Alonso, resuelta á arreglarlo ó tronarlo todo, sin más dilación ni rodeo.

D. Alonso estaba en el Casino y Doña Costanza recibió sola á su tía. Lo que hablaron es de suma importancia, y se traslada aquí tan fielmente como pudiera hacerlo un taquígrafo.

—Costancita—dijo Doña Araceli después del saludo y tomar asiento,—quiero que nos entendamos de una vez. El hijo de mi mejor amiga ha venido aquí, confiado en mis promesas y buenos oficios, y no conviene que salga burlado. ¿Le quieres ó no le quieres? Ya no puedes alegar que él no te ama, que él no se ha declarado. ¿Para qué hacerle penar? ¿Para qué tenerle en una espantosa incertidumbre, si es que le amas? Y si no le amas, para qué engañarle con vanas esperanzas, consiguiendo así que sea más honda, quizás mortal, la herida que piensas hacerle ó que ya le has hecho?

—Tía, tía—respondió Doña Costanza,—V. viene contra mí espada en mano. V. es quien viene á herirme. V. viene tremenda. ¿Y cómo quiere V. que yo conteste á todo eso? Deseo amar á mi primo. Me siento inclinada á amarle, pero no le amo aún. No es culpa mía. ¿Mando yo en mi corazón?

—Pero, hija, ¿qué corazón es entonces el tuyo? Pues qué ¿después de tres ó cuatro semanas de ver, de hablar, de tratar á tu primo, nada te dice el corazón ni en favor ni en contra?

—No es que no me dice nada el corazón. El corazón me dice demasiado, y la cabeza responde; y entre el corazón y la cabeza se arman disputas crueles, que me aturden y desesperan.

—Confíate en mí, Costancita,—dijo Doña Araceli con mucha ternura, acercándose á su sobrina y dándole un cariñoso abrazo.

—Mire V., tía, la quiero á V. tanto, la creo á V. tan buena, que voy á abrirle mi alma y á revelarle cuanto hay en ella de bueno y de malo. Voy á exponer á V. mis dudas y contradicciones con franqueza y lealtad.

—Habla, habla, hermosa mía.

—Sin bromas, tía Araceli: yo soy niña, soy inexperta, sé poco de pasiones y de lances de amor; pero sospecho que en el amor hay grados, como en todo. Hasta cierto grado me parece que amo ya á mi primo, el cual es discreto, buen mozo, instruído y tiene otras muchas prendas estimables. Con la mitad, con la cuarta parte del amor que yo profeso ya á Faustinito, tiene de sobra cualquiera otra para aceptar á un hombre por novio y luego por marido. Pero yo reflexiono demasiado, y necesito doble ó triple amor del que tengo para casarme con mi primo, venciendo las reflexiones. Creo que él me ama; pero también necesito en él doble ó triple amor del que me tiene.

—¿Cómo es eso? Explícate.

—Es muy sencillo. Con doble ó triple amor, con un amor inmenso, sublime, sería nuestra unión dichosa. Viviríamos aquí ó en Villabermeja en un perpetuo idilio. Cuidaríamos de nuestra hacienda y la aumentaríamos. Nuestros hijos, si llegábamos á tenerlos, serían la gloria, la honra, los amos de estos lugares. Faustino y yo recorreríamos en paz, y estrecha y amorosamente enlazados, el sendero de la vida, cubierto de flores, sin nada que turbase nuestra tranquilidad ni que envenenase la copa encantada é inexhausta de nuestra dicha en el mundo. Pero sin ese amor, triple del que hoy nos tenemos, me inclino á creer que, si nos casásemos, seríamos infelices los dos. Yo no me resignaría á vivir aquí ó en Villabermeja, y Faustino menos, porque es muy ambicioso. Él no tiene nada, y yo espero tener poquísimo. Mi padre podrá darme, á lo más, tres ó cuatro mil duros de renta. ¿Y qué es esto para vivir en Madrid? Quiero suponer que Faustino es un genio, un prodigio. ¿Cree V. que con sus versos, sus literaturas y sus filosofías, atinará á ganar mil duros al año sobre lo que yo lleve? Yo no lo creo. Si se mezcla en política podrá tener algún destino importante por espacio de seis meses ó un año, y luego se seguirá un largo período de cesantía. Como Faustino no es un hombre de cierta clase, como es más bien ave cantora que ave de rapiña, siempre vivirá pobre. Aun suponiendo que él vale mucho, que va á encumbrarse á los primeros puestos, y que le va á durar la prosperidad, todos los miserables sueldos que tenga durante su vida, acumulados y sumados, si fuere dable que los ahorrara, no puede nadie afirmar que constituyan un capital de veinte mil duros, ó sean mil duros de renta ó poco más cada año. No es esto negar que Faustinito no logre brillar como sabio, como orador ó como poeta; pero con este brillo ni se paga á la modista, ni se compran elegantes muebles, ni coches, ni caballos, ni joyas, ni trajes, ni todo lo que necesita una señora para brillar ella también. Sería muy triste, tía, que tuviese yo que consolarme y aquietarme con gozar del reflejo de la gloria de mi marido, y que, si alguna vez me sacaba á relucir, pasase yo entre las damas aristocráticas de la Corte por una señora temporera, efímera ó provisional, por una semi-fregona, encogida y obscura, de quien unas preguntarían:—¿Quién es esa?—Y otras responderían con desdén:—Esa es la ministra tal; esa es la mujer del Doctor Faustino ó del poeta Faustino.—Peor es, á no dudarlo, que el marido sea el obscuro ó aquél á quien sólo por su mujer se le conozca, como también hay muchos. Aflictivo y vejatorio ha de ser para un hombre el que le designen con el título del marido de la Doña Tal, ó del marido de la Condesa de Cual, ó algo por este orden; pero también es vejatorio y aflictivo lo contrario, y yo no me resigno á sufrirlo. En resolución, con lo que mi padre puede darme y con las ilusiones y esperanzas vagas de Faustinito sería un disparate casarnos, á no querernos tan fervorosamente, que ambos sacrificásemos todo sueño de ambición y de gloria, y nos resignáramos á vivir en un rincón. No crea V. que no comprendo yo la poesía de esta vida. Tanto la comprendo, que he ido y voy aún en busca de ella con mil esfuerzos de voluntad. He hecho lo posible por crear en mi alma un amor tal por Faustino, que venciese en mí el orgullo y las demás pasiones. He hecho lo posible por crear también en su alma un amor tal por mí, que matase su ambición y todas sus ilusiones mentirosas. No me lisonjeo de haber logrado ni lo uno ni lo otro. Se lo confesaré á V. todo. No por una perversa coquetería, sino llevada de mi deseo de amor, y de todos estos ensueños campestres y de idilios que luchan con otros ensueños, he citado á Faustino por la reja del jardín, he hablado con él, le he dado á besar mi mano, y casi, casi le he dicho ya que le amaba. Él ha estado elocuente, apasionado, tierno; pero entretejiendo con sus amores sus ensueños de gloria, y pintándome inhábilmente, para seducirme, la realización de sus esperanzas, con lo cual despertaba en mí la ambición, que á menudo olvidan los hombres que también agita el alma de las mujeres.

—¡Ay, niña Costanza!—esclamó Doña Araceli, casi con lágrimas en los ojos, muy contrariada y atribulada.—Me pasma, me aterra, me confunde lo que sabéis y discurrís ahora las muchachas. No era así en mi tiempo.

—Tía, en todos los tiempos ha sido lo mismo. Por otra parte, no tengo yo la culpa de saber y de discurrir tanto. Cuanto he dicho, y más, me lo ha enseñado mi padre. El novio mismo, tan poético, que me ha buscado V., me enseña á discurrir como discurro.

—Pero, hija, yo creo que discurres mal y de un modo perverso. Pues qué, ¿para no pasar por semifregona ó por dama temporera es menester tener más de tres ó cuatro mil duros al año? Esos diamantes, esas riquezas las necesitan las feas ó las necias para llamar la atención; pero las discretas y hermosas, como tú, se abren camino y brillan por donde quiera sin joyas ni dijes. ¿Qué joya más rica que la belleza? ¿Qué dije más raro que el verdadero ingenio? ¿Qué perla más luciente que la discreción? Además, á una señora como tú, tan bien nacida y emparentada, ¿quién ha de atreverse á no tenerla por legítima señora, aunque no vaya en coche?

—Tía, crea V. que el dinero es el que constituye en esta época, como quizás constituyó en todas, la verdadera aristocracia. Sin dinero seré plebeya, aunque descienda del Cid, y con dinero pasaré por la hidalguía personificada, aunque sea hija de un contrabandista, de un lacayo, de un negrero, de un usurero ó de un bandido.

Doña Araceli trató de impugnar aún los endiablados razonamientos de Costancita; pero pronto desfalleció y se rindió, no por falta de convicción, sino por torpeza de pensamiento y de palabras.

—¿Y qué piensas hacer, hija mía?—dijo por último.

—Si yo tuviese veinte mil duros de renta—respondió Costancita,—me casaría sin vacilar con mi primo. Esto probará á V. que le amo. Si yo no tuviese nada, si estuviese tan perdida como él, también le tomaría por marido, porque él, al tomarme por mujer, me demostraría un verdadero y profundo amor, que satisfaría mi orgullo y me movería á no ser menos generosa; pero mi mediana fortuna destruye estos dos extremos poéticos, y me coloca y le coloca en un justo medio de prosa tan vil, que no hay más recurso que despedir á mi primo, dándole calabazas con la mayor dulzura. Y crea V. que lo siento, tía. Vaya si lo siento. Si estoy enamorada de él, ¿no he de sentirlo?

Y al decir esto, aquella extraña muchacha se echó á llorar como un niño mimado á quien se le rompe su más precioso juguete.

Doña Araceli estaba consternada. Pensó que el infortunio la perseguía siempre en todos sus amores, así en aquéllos en que había hecho el primer papel, como en los que hacía el papel tercero. Doña Araceli había sido incasable, y seguía siéndolo en cabeza ajena. Un destino feroz ahuyentaba de su lado al dios Himeneo. Cuando joven no había sido casadera, y cuando vieja no lograba ser casamentera. Estas ideas melancólicas acudieron en tropel á su alma, y Doña Araceli acompañó en su llanto á Costancita. Ambas lloraron á dúo, con la mayor desolación, los infaustos amores del Doctor Faustino.

Parecía el duelo que, allá en las antiguas edades, en Creta y en otros países, debían de hacer las madres cuando llevaban al sacrificio á los hijos de sus entrañas, que eran sus amores, y que iban á ser inmolados en aras de los dioses Cabires ó de otros implacables genios subterráneos, creadores y repartidores de los metales esplendorosos.

En fin, hartas de llorar, ambas se enjugaron las lágrimas, reconociendo que el mal no tenía remedio.

El sol brilló aquel día como los demás. Vino la noche, y no faltó una sola estrella en el cielo. Ni una flor se deshojó más pronto de lo prescrito por su naturaleza.

Costancita pareció en paseo y en la tertulia de su casa tan inmutable y serena como el sol, las estrellas y las flores.

Doña Araceli trató también de disimular su mal humor; pero no pudo disimularle tanto como su sobrina. Aquella noche jugó al tresillo: según costumbre, siempre se enfadaba y rabiaba cuando perdía; pero aquella noche se enfadó y rabió mucho más. Se lamentó de su constante mala suerte, suspiró, chilló, y al Marqués de Guadalbarbo, que tuvo la poca galantería de darle tres codillos, le llamó grosero. Doña Araceli tuvo también en la punta de la lengua la palabra fullero: hasta tal extremo llegó á perder los estribos y la debida compostura.

A la una de la noche fué el Doctor á la callejuela, acompañado de Respetilla. Doña Costanza tardó más que otros días en salir á la ventana. Salió, por último; pero llorosa, sobresaltada y triste.

—Faustino—dijo,—mi padre lo sabe todo. No sé quién se lo ha dicho; pero lo sabe todo; y acaba de reñirme del modo más cruel. Me ha hecho prometer que no volveré á hablarte. Falto sólo á la promesa para despedirme de tí. Mi padre se opone resueltamente á estos amores, y no debo resistir á su voluntad. El hado inexorable nos separa. Olvídate de mí. Compadéceme. Al menos quiero tener este desahogo al perderte; no puedo ocultártelo más: ¡te amo!

El te amo final fué la dulzura en que vino envuelto todo lo amargo de las mal disimuladas calabazas. El Doctor entendió (y quizás no se engañaba, porque el corazón humano es un abismo tenebroso) que el te amo era la mayor verdad que había en todo el razonamiento de Doña Costanza. La propuso que la robaría y la llevaría depositada donde ella quisiese, y aseguró que, por amor de ella, arrostraría todos los peligros y desafiaría la cólera de cuantos poderes naturales y sobrenaturales hay en el universo.

Con superior talento, y sin herir al orgullo del Doctor, hizo ver Doña Costanza que los planes de rapto, de bodas contra la voluntad paterna y de retiro bermejino, eran delirios vitandos. Demostró asimismo que su padre tenía razón en oponerse á los amores, y que ellos, aun amándose mucho, como se amaban, se harían infelices si fueran marido y mujer; que el cielo repugnaba aquel matrimonio; que el Doctor tenía abierto un risueño porvenir de venturas y de gloria, y que ella, lejos de prestarle alas para llegar á él de un vuelo, le pondría grillos en los pies para que ni siquiera pudiese recorrer el camino paso á paso.

En suma, Costancita estuvo elocuente, inspirada, deslumbradora. Siento no hallarme en vena para trasladar aquí fielmente todo lo que dijo. Serviría de modelo á mil discursos semejantes que con frecuencia se ven obligadas á pronunciar las señoritas.

El pobre Doctor, aunque desahuciado, abandonado y pisoteado, tuvo que quedar agradecido.

No se entienda, sin embargo, que Doña Costanza era una coqueta fría, embustera, hipócrita y sin entrañas. Con su tía por la mañana y con el Doctor por la noche, había sido el mismo candor y la misma sinceridad. No mentía afirmando que amaba al Doctor. Le amaba, y le amaba ardientemente; pero también amaba su bienestar, su vanidad de mujer y sus esperanzas de brillar un día y de deslumbrar en el gran mundo.

Hasta el suponer Doña Costanza que su alma era hermana de la del Doctor, combatida por las mismas encontradas pasiones, presa de iguales sentimientos en lucha, le hacía simpático, querido y adorable á su primo. Mas por aquello que más le amaba era por lo que le desechaba y apartaba de sí.

—Se me desgarra el corazón—decía Doña Costanza,—pero es preciso que no nos volvamos á ver; es preciso olvidar estos días de locura, este sueño fugaz de amor insano y peligroso.

Así Costancita coronaba de flores á su víctima al clavarle el puñal en las entrañas.

Su voz estaba trémula, entrecortada por los sollozos. Gruesas lágrimas brotaron de sus ojos y corrieron por sus mejillas.

Lo que Doña Araceli extrañaba tanto que no hubiera sucedido antes sucedió entonces, sin que nosotros lo podamos remediar. Costancita, como estaba llorando, inclinó la frente contra la reja, y el Doctor, conmovidísimo, acercó los labios y dió un beso en aquella serena y cándida frente.

Entonces, como si volviese en sí de un arrobo melancólico, dijo Costancita:

—¡Adiós, primito, adiós!

Costancita hizo ademán de irse.

—¿Así me dejas, cruel?—exclamó D. Faustino.

—Es preciso: nuestra suerte lo dispone. ¡Adiós! No me aborrezcas.

—¡Aborrecerte... jamás!... ¡Quiera el cielo que pueda dejar de amarte!

—No, no me ames... Ama á otra que sea menos indigna ó menos desdichada que yo; pero guarda de mí un grato recuerdo. ¡Adiós, primo!

Y Costancita se retiró de la reja, y desapareció, seguida de su criada Manolilla, que había conversado con el fiel escudero. El Doctor se guardó las lágrimas para la soledad. Aquella noche, cuando se quedó solo en su estancia, lloró mucho y durmió poco.

A la mañana siguiente pretextó que acababa de recibir una carta de su madre avisándole que estaba enferma, y dispuso con precipitación su partida.

Después de despedirse ceremoniosamente de su tío D. Alonso y de su prima Costanza; después de repartir quinientos reales de propina á los criados y después de recibir, para alivio de penas, un millón de besos, de abrazos y de lágrimas de la niña Araceli, el Doctor tomó el camino de Villabermeja, acompañado de Respetilla, en cuyo mulo iban los baúles con los uniformes y demás galas, que tan poco habían servido y valido.

Dejémosle ir en paz, si es posible, y pidamos al cielo que le dé valor y sufrimiento bastantes para las penas y trabajos que tiene que pasar aún.

El lector y yo nos quedaremos algunos días más en la ciudad natal de Costancita, donde hemos de presenciar sucesos de gran transcendencia para esta verdadera historia.