Son las hojas desprendidas
Del árbol del corazón?
—El dicho del poeta no es absurdo—contestó D. Juan Fresco,—si se entiende de cierta manera; pero convengamos en que todo el género humano nos está aburriendo en el día con tanto lamentar la pérdida de sus ilusiones, las cuales bien pueden ser hojas del árbol del corazón, mas no son ni el fruto sazonado ni las flores fragantes y salutíferas.
—¿Qué entiende V. por ilusiones?—dije yo.
—Un concepto sugerido por la imaginación, sin realidad alguna—contestó D. Juan.—Ilusión equivale á error ó mentira. Perder las ilusiones es lo mismo que salir del error y alcanzar la verdad. Y la adquisición de la verdad, que es el mayor bien que apetece el entendimiento, no debe deplorarse.
—Me parece que V. se contradice. ¿No nos decía V., poco há, como sintiendo haber perdido aquella ignorancia, que su ignorancia de niño le hacía ver entonces el cielo y la tierra de cierto modo poético? Claro está que, con el saber de V. en el día, no verá ni la tierra ni el cielo del mismo modo.
—Sin duda que del mismo modo no los veo. Pero ¿de dónde infiere V. que los veo ahora de un modo menos poético que entonces? ¿En qué se opone á la poesía, no ya mi poco de ciencia, sino toda la ciencia que atesoran y resumen cuantas academias y universidades hay en el mundo? Para saber yo que una ilusión es ilusión, y perderla ó desecharla, importa que la ciencia me demuestre su vanidad y su falsedad, y aún no me ha demostrado la ciencia la vanidad ni la falsedad de ninguna ilusión cuya pérdida merezca ser llorada. Otro poeta ha dicho: El árbol de la ciencia no es el árbol de la vida; pero yo sostengo lo contrario: el árbol de la vida es el árbol de la verdadera ciencia.
—No comprendo bien sus pensamientos de usted.
—Veamos si los comprende V. ahora. Dígame V.: el concepto de lo conocido por la experiencia en el día, ¿no es mayor, más bello y más sublime que el concepto de lo conocido y sabido por experiencia en cualquier época de la historia, anterior á ésta en que vivimos?
—Eso no se puede negar procediendo de buena fe. V. habla sólo de lo conocido por experiencia. Lo malo está en que, al conocer por experiencia, se pierde la facultad de imaginar y de creer, y de esto nos lamentamos.
—Veo, pues, que V. conviene, como no puede menos de convenir, en que lo conocido ahora por experiencia vale más que lo antes conocido. Debemos presumir, por lo tanto, que mientras más se conozca, más bello, más sublime, más noble será el concepto de las cosas todas, en cuanto conocidas.
—¿Pero lo imaginado en ellas no desaparece?—repliqué yo.
—¿Por dónde ni cómo ha de desaparecer? Aunque yo vea ahora el cielo como un espacio inmenso y los astros separados unos de otros por distancias enormes, más allá de donde llegan los ojos y el telescopio, ¿no me queda campo en qué imaginar lo que guste y creer en lo que quiera?
—Al menos me concederá V. que tendrá que poner muy lejos, muy lejos, cuanto imagina ó cree.
—Pues se equivoca V. también en eso, porque no se lo concedo. ¿Qué es lo que yo veo y noto, qué es lo que yo averiguo por experiencia, sino algo de extrínseco y somero? De accidentes sé algo; pero la misteriosa esencia de los seres, ¿quién la ve y quién la conoce? ¿Son tan torpes y necias las ondinas y las sílfides, que se dejen aprisionar por el químico para que, al descomponer el agua y el aire, haga su análisis en retortas y alambiques? ¿Qué microscopio, por perfecto que sea, podrá descubrir el espíritu de vida que fecunda los estambres de las flores y pone en ellos el polen amoroso? El duende, el genio, el demonio que me inspira, que directamente se entiende conmigo, que toca sin intermedio en mi alma y se comunica con ella, ¿á qué ley de física ó de matemáticas obedece? ¿Dónde está la demostración que me pruebe su no existencia? ¿Quién midió jamás y señaló los linderos de la percepción humana, hasta el punto de afirmar: nadie ve ó advierte más allá? No sólo con el sentido interior, sino con los exteriores, ¿ha demostrado alguien que no haya personas que vean y sientan y se comuniquen y traten con otras inteligencias ocultas? ¿Pues qué, no es inexplicable en el fondo el que V. y yo nos entendamos hablando, revistamos nuestro pensamiento de una forma sensible y nos le transmitamos, no en realidad, sino en un signo material y convencional que le representa, y que se llama palabra, y que es un mero son que agita el aire, y por medio de sus vibraciones llega á nuestros oídos? ¿Quién sabe cómo se entenderán y con quién se entenderán otras personas? Se habla de continuo de lo sobrenatural y de lo natural, como si se conociera perfectamente la distinción, ó se marcara el término ó la raya, que separa lo uno de lo otro, como si hubiésemos explorado en lo extenso y en lo intenso á la naturaleza. No, amigo mío: la frontera entre lo natural y lo sobrenatural ó no existe ó está borrada. Donde ponemos mugas y señales y hacemos apeo y demarcación es sólo entre lo sabido y lo ignorado, lo cual es muy diferente. Nada más infundado, por lo tanto, que llamar edades de la fe á las antiguas edades y edad de la razón á la nuestra, contraponiendo la razón á la fe, como si el imperio de la fe, que es infinito, se menoscabase en lo más mínimo con las conquistas y anexiones que la razón va haciendo en su pequeño imperio. Ciertas ilusiones, que no lo son, no se pierden, pues, con la ciencia. Al contrario, la grande y efectiva ilusión está en creer que la ciencia mata lo que vemos con la fantasía ó con la fe, calificándolo de ilusiones. Esta es una ilusión de la vanidad científica. Tal vez sea la más perjudicial de todas las ilusiones, aunque no es la más bellaca.
—¿Cómo es eso?—dijo Serafinito.—¿Con que tener ilusiones es una bellaquería?
—Casi siempre—replicó D. Juan.
—V. habla así—dije yo,—porque llama ilusiones á las malas, y no á las buenas.
—Ya he dicho que no me ha probado nadie todavía, que esas que llama V. ilusiones buenas, nacidas de la fe, de un alto sentimiento religioso ó de una bien ordenada y discreta fantasía poética, sean tales ilusiones en lo esencial. Quedan, pues, ilusiones malas, ó dígase verdaderas ilusiones. Contra éstas combato, y afirmo que no las he tenido nunca, y que si las hubiese tenido alguna vez, no me quejaría de perderlas.
—Ponga V.—dijo Serafinito,—algunos ejemplos de esas ilusiones.
—Nada más fácil—contestó D. Juan.—Hay una señorita en Madrid, elegante, algo coqueta, no muy rica, y que ha llegado á cumplir veinticinco años sin casarse. Las ilusiones de esta señorita consistían en coger un marido rico, titulado si fuese posible, sufrido de condición, poco gastador á fin de que ella lo pudiese gastar todo ó casi todo, etc., etc. Como estas ilusiones no se han realizado, la señorita exclama á cada momento que ya no hay amor en el mundo; que pasaron los tiempos de Isabel y Marsilla y de Julieta y Romeo; que vivimos en un siglo de prosa y que ha perdido las ilusiones. Hay una dama casada con un funcionario público, cariñoso, afable, buen papá, marido tierno y enamorado; pero da la maldita casualidad de que uno de sus compañeros, quizás con menos sueldo y quizás con más intermedios de cesantía, se arregla de suerte que tiene para butacas en los teatros, y para más moños y trajes, y tal vez hasta para el palco en la ópera ó para ir á Biarritz á veranear, mientras que él trabaja que trabaja siempre, y sin salir de apuros y ahogos. La dama, que en vista del ejemplo se había forjado sus ilusiones, conoce al cabo que es imposible hacer carrera con su marido, y las pierde. Desde entonces se lamenta á cada instante de que no ha realizado su ideal, de que los maridos son monstruos ó zotes, de que la poesía del hogar doméstico no es dable en esta edad infecta en que vivimos, y de que ya no volverán á la vida Baucis y Filemón. Entra á servir en cualquiera casa una cocinera. El ama toma la cuenta todos los días, y procura, informándose de los precios, que la cocinera sise lo menos posible. La cocinera pierde entonces sus ilusiones; dice que la hidalguía, el desprendimiento, la magnanimidad de los señores bien nacidos pasaron para siempre, y que ahora vivimos en un siglo metalizado, ruín, plebeyo y cicatero. Va á Madrid un joven bien plantado, chistoso, ameno, que se viste con el mejor sastre y se pasea en la Castellana. No se enamoran de él las duquesas ni las marquesas; las ricas herederas le dan calabazas, y sólo se le muestra propicia, si acaso, la hija del ama de la casa de huéspedes donde vive. Este joven pierde también sus ilusiones, y decide que las mujeres del día no tienen más que vanidad y soberbia y carecen de corazón. Pierden, por último, las ilusiones, el coplero insufrible que presume de poeta y no haya quien lea sus versos; el periodista ambicioso que no llega á ministro; el autor dramático que es silbado; el médico que no tiene enfermos; el abogado que no tiene pleitos; el hipócrita á quien no creen sus embustes, y hasta el que juega á la lotería y no saca el premio gordo. Para todos éstos la corrupción de nuestro siglo es espantosa, la falta de ideal evidentísima, la carencia de religión horrible, y un destino ciego y perseguidor de la virtud gobierna y dispone los acontecimientos humanos.
—Infiérese de cuanto V. alega, que sólo los tunantes, torpes ó desdichados, tienen ilusiones y las pierden.
—Son los que más ilusiones tienen y las pierden—prosiguió D. Juan contestando á mi interrupción.—No niego, sin embargo, que hay multitud de personas honradas que se forjan ilusiones y que se lamentan luego de haberlas perdido; pero si no implica falta de honradez el tener cierta clase de ilusiones y el lamentar su pérdida, implica al menos falta de juicio y poca entereza de carácter.
—Aclare V. eso también con ejemplos,—dijo Serafinito.
—Voy á aclararlo. Hay una señora pobre y muy virtuosa y honesta, que sabe resistir á toda seducción, y que sufre con su marido molestias y privaciones sin cuento; pero pasan los años, no la saludan con más respeto á causa de su honestidad, porque la fama no ha de ir publicándola á son de clarín, y nadie le da joyas, ni palco, ni coche, porque eclipse á Lucrecia; de manera que sigue tan desvalida y poco considerada como antes. Aquí encaja entonces el que la buena señora empiece á rabiar, á lamentarse de que ha perdido las ilusiones, y á decir que la sociedad es un lupanar inmundo, donde sólo las malas mujeres consiguen ir en landó y vestir sedas y encajes, y adornarse con diamantes y perlas. Las ilusiones de esta señora habían consistido en creer que la virtud podría y debería traer satisfacciones de amor propio y ventajas y regalos materiales, como si la virtud, con tan vil precio, fuese verdadera virtud, y proporcionando su ejercicio lo que la señora quería, no viniese á ser prenda de los más bribones. Este segundo modo de ilusionarse es una terrible enfermedad que se apodera á veces de generosos y nobles espíritus, aunque falsos y extraviados. Consiste en rebajar las más nobles prendas y excelencias de nuestro ser buscándoles una finalidad vulgar, queriendo convertir en útil lo bello ó lo sublime. La virtud, el genio, la ciencia, la poesía, podrán ser útiles en ocasiones al individuo que los posee, pero no es su fin principal la utilidad. Es más: el que se propone sacarla de su virtud, de su ciencia ó de su poesía, deja al punto de ser sabio, virtuoso ó poeta. Para fines bajos importa emplear bajos medios: los medios elevados conducen sólo á fines que lo son también.
—Pero, ¿y el trabajo, la constancia, el valor y la economía, no son virtudes, y no son nobilísimas virtudes, y no son ellas las que procuran el bienestar material?
—Sin duda que á veces le procuran para el individuo, y siempre para la sociedad entera; pero yo hablo de otras virtudes más altas, más espirituales, y por lo mismo más fáciles de imaginar que las tiene uno sin tenerlas. De modo que en este orden de ilusiones hay dos grados: primero, el de atribuirse las tales virtudes; y segundo, el de empeñarse en que han de tener un valor en el comercio y se han de cotizar en la Bolsa.
—Según V., por consiguiente—interrumpió Serafinito,—es verdadero el refrán que dice: Honra y provecho no caben en un saco.
—Lo que yo afirmo nada tiene que ver con el refrán. El refrán es falso. En mil honrados oficios puede cualquier hombre honrado sacar provechos y no pocos. Harto me aproveché yo de la fortuna, y disto mucho de creerme sin honra. Lo que yo afirmo es que hay prendas de entendimiento y de carácter, y obras humanas de tal excelsitud, que no miran al provecho, ni pueden ni deben pagarse; y condeno las ilusiones de los que poseen ó creen poseer esas prendas y obrar esas obras, y piden la paga y se desesperan porque no la reciben. Coincide con esto, en la mente de los así ilusionados, un concepto pueril del orden del mundo y de la Providencia divina, la cual ha de estar siempre premiando al bueno y castigando al malo, y disponiendo las cosas de suerte que lo pasemos muy bien. Los que así discurren están de continuo pleiteando con Dios y pidiéndole cuenta de todo. ¿Para qué me criaste? ¿Por qué he de morirme? ¿Por qué me he de poner viejo? Esta muela, ¿por qué me duele? Este mosquito, ¿por qué pica y arma una música tan molesta? ¿Por qué las perdices no se vuelven todo pechuga? ¿Por qué ha de tener el jamón menos magras que tocino y hueso?
—Vamos—dije yo sonriéndome,—lo que deduzco de todo es que á mi amigo D. Juan le ha pasado algo desagradable con alguien que tenía ilusiones ó que se lamentaba de haberlas perdido, y por eso declama tanto contra el tener y perder ilusiones.
D. Juan Fresco puso una cara tan grave al oir mis palabras que me pareció otro; puso una cara hasta melancólica, y exclamó dando un suspiro:
—Es verdad: algo desagradable, y más que desagradable, me ha pasado. ¡Malditas sean las ilusiones! ¡Infeliz doctor Faustino!
No bien pronunció este nombre, Serafinito, que ya estaba muy cabizbajo y triste, se echó á llorar como un niño de siete años.
Aumentada con esto mi curiosidad, pregunté á D. Juan quién era el doctor Faustino, que tan dolorosos recuerdos suscitaba.
D. Juan entonces prometió contarme la historia del mencionado doctor, y cumplió su promesa, no estando presente Serafinito para que no llorase.
La narración de D. Juan Fresco, arreglada luego á mi modo, es la que voy á referir; pero entiéndase que no pretendo probar, al referirla, ninguna tesis contraria á las ilusiones.
D. Juan Fresco sigue su opinión y yo la mía, que aquí no es del caso.
Yo, terminada esta introducción, me retiro de la escena donde me he entrometido como personaje secundario, y me limito á mero narrador de los sucesos.
I.
LA ILUSTRE CASA DE LOS LÓPEZ DE MENDOZA
Villabermeja, como ya queda indicado, ha sido por más de dos siglos lugar fronterizo de tierra de moros.
Aun está en pie el castillo ó fortaleza que tenía allí el duque, señor del lugar. Los negros y espesos muros de toscas piedras, las almenas encumbradas, los torreones cilíndricos, todo subsiste aún. Un arco, en cuyo seno hay un pasadizo, pone en comunicación el castillo con la iglesia. Esta es, con todo, mucho más moderna que el castillo, y bastante posterior á la época guerrera de los bermejinos. Cuando andaban batallando sin reposo contra los moros de Granada, se encomendarían á Dios en el castillo mismo ó en medio de los campos. Después de la conquista de Granada fué, sin duda, cuando se pensó en la iglesia, y vinieron á edificarla los hijos del glorioso padre Santo Domingo.
La casta belicosa de los bermejinos fué desde entonces doblando poco á poco el cuello al yugo de la teocracia frailuna, y de aquí proviene, en mi sentir, el chiste de hacerlos descender del padre Bermejo.
Durante los siglos de la monarquía absoluta, aquel lugar de hidalgos peleadores se amansó, se emplebeyeció y se democratizó. El duque se fué á la corte, y nadie volvió á verle por el lugar. Ni amado ni odiado, nadie volvió á pensar en él. El administrador del duque era quien arrendaba ó daba á censo las tierras.
A principios de este siglo, salvo el ausente é invisible duque, apenas había en Villabermeja, ni siquiera en espíritu, tres ó cuatro familias hidalgas. Todo lo restante era plebe, olvidada ya de la gloria de sus ascendientes heroicos. Desde principios de este siglo hasta hace unos treinta años, época en que empieza nuestra historia, esas mismas familias hidalgas, ó se habían confundido con la plebe, agobiadas por la pobreza, ó habían emigrado, Dios sabe dónde, en busca de mejor fortuna. Sólo quedaban los López de Mendoza, alcaides perpetuos de la fortaleza, desde los tiempos de Alamar el Nazarita y del santo Rey D. Fernando.
La hermosa casa solariega de estos López de Mendoza bermejinos se apoya en los propios muros del castillo. La sencilla y elegante fachada, obra del siglo XVI, es de piedra de sillería, y tanto la puerta como el balcón del medio del piso principal están adornados con airosas columnas de mármol blanco. Coronando el referido balcón, resplandece el limpio y complicado escudo de armas de la ilustre familia, primorosamente esculpido sobre mármol blanco también.
Aunque no tanto como la familia misma, la casa ha decaído y da muestras claras y tristes de la estrechez de los dueños. En muchos balcones faltan cristales; las antiguas puertas, prolijamente labradas y cubiertas de graciosos clavos de bronce, están descuidadísimas; y el amarillo jaramago publica la afrenta de aquella fábrica arquitectónica, brotando por entre las grietas que se han abierto al separarse varios sillares. Las grietas son tan anchas y profundas en algunos sitios, que ofrecen sobrada capacidad para que en su seno se aniden las lagartijas, las salamanquesas asquerosas y los feos y medrosos murciélagos, y para que nazcan, se arraiguen y crezcan allí no pocas higueras bravías y hierbas y maleza. Esta vegetación parásita se desenvuelve mucho en primavera y da á la fachada el aspecto de un jardín vertical. El alero del tejado es tan ancho, que deja un espacio grande entre su extremidad y el muro donde las golondrinas fabrican con predilección sus rústicos nidos.
Sobre el piso principal de la casa hay otro piso de graneros y zaquizamíes; pero como, de mucho tiempo há, apenas hay granos que llevar á aquellos graneros, sólo los habitan algunos buhos y lechuzas melancólicos, y algunos ratones parcos y ascetas.
Todas las casas del lugar, aun las más pobres, se enjalbegan tres ó cuatro veces al año, y están más blancas que el ampo de la nieve. La casa de los Mendozas ofrece, pues, una gran contraposición, comparada con ellas, y tiene un aspecto sombrío, con sus piedras, si algo doradas por el sol, más ennegrecidas aún por las lluvias, el descuido de los amos, el transcurso del tiempo y la inclemencia de las alternadas estaciones.
La casa de los Mendozas está además en el sitio más esquivo y apartado, á la espalda del castillo, en un callejón sin salida, mientras que las blancas y alegres casas de los plebeyos más acomodados están en calles abiertas ó en la plaza, donde hay fuente con cuatro caños y algunos álamos, y por donde discurren hombres, mujeres y chicos, y se nota movimiento de carros, carretas y caballerías.
No hace muchos años, aun no se había construído, á tiro de escopeta del lugar, el nuevo cementerio, y los muertos se enterraban todos al lado de la iglesia, en un corralón, frente á la casa de los Mendozas. Sólo se enterraban en la iglesia misma los frailes y los mencionados Mendozas, quienes tenían allí bóveda subterránea y una magnífica capilla con retablo lujosísimo de madera dorada, del tiempo y gusto de Churriguera, lleno de profusas é intrincadas labores de talla. En el camarín de esta capilla hay un Jesús Nazareno, con su cruz á cuestas, vestido con túnica de terciopelo, bordada de oro, de quien el mayorazgo de los Mendozas es hermano mayor. Después del santo de plata, patrono del pueblo, esta imagen de Jesús es la más querida y la que pasa en el lugar por más milagrosa. El artificio con que la imagen está fabricada no denuncia el mayor ingenio por parte del autor en punto á mecánica; pero ha sido de mucho efecto, y lo es todavía, al menos para las mujeres. Nuestro Padre Jesús, merced á una cuerda de que tira el sacristán, separa el brazo derecho de la cruz que tiene asida, y desde el balcón de las Casas Consistoriales, que da sobre la plaza, echa la bendición á la muchedumbre de los fieles, una ó dos veces cada año, cuando le sacan en procesión.
Pero volviendo á la casa solariega de los Mendozas, fácil es de comprender lo fúnebre que será con esta vecindad del antiguo cementerio y de la iglesia, bastante ruinosa ya, y depósito asimismo de osamentas.
La familia de los Mendozas había ido decayendo y no era más alegre que su habitación.
El sino y el estado de esta familia, y sus relaciones con el resto de los bermejinos, tenían algo de extraño. Se diría que, desde que vinieron los frailes dominicos al lugar, y el lugar se fué enfrailando, ésta fué la única familia que luchó contra ellos y quiso conservar la secularización, por decirlo así. En lucha tan descomunal había acabado por sucumbir, y eso que había contado, hasta lo último, con varones de notoria aptitud y denuedo.
Nadie en el lugar quería mal á los Mendozas, porque no había memoria de que hubiesen hecho daño á la gente menuda. Nadie tampoco les tenía envidia, porque estaban pobres y empeñados. No obstante, contábanse cosas que podían ofender á la familia.
De un antiguo Mendoza, del tiempo de los moros, se referían ciertos amoríos escandalosos con una cautiva mora y hechicera. De otro Mendoza, no menos ilustre, que estuvo en las Indias, se afirmaba que se había casado con una judía ó con una coya ó princesa peruana, que sobre esto no se estaba muy de acuerdo, aunque, si bien se nota, no implica contradicción, pues para nuestros lugareños, judío ó moro es equivalente á todo lo que no es cristiano, y así de un niño que no ha recibido el bautismo, se dice que está judío ó que está moro aún.
Lo evidente para los bermejinos era que la cautiva mora primero, y la coya ó judía más tarde, infundieron en la sangre de los Mendozas cierta levadura de impiedad. En cambio, la judía ó coya trajo en dote á su marido una gran cantidad de dinero, con la cual se edificó la casa solariega de que hemos hablado, y se compraron no pocas fincas, perdidas ó empeñadas después.
Como complemento ó añadidura se aseguraba que la judía ó la coya trajo de allende los mares, de aquellos bárbaros palacios en que moraba, multitud de perlas y diamantes, los cuales estaban escondidos y emparedados en un rincón de la casa que nadie llegó jamás á saber. En varias ocasiones, sin embargo, habiéndose enriquecido de repente algún vecino del lugar, sin saber á qué atribuir su riqueza, habíase supuesto que dicho vecino había encontrado parte del tesoro, burlando la vigilancia del espíritu de la princesa india, que le custodiaba, ó venciéndole ó dominándole por artes diabólicas.
Murmurábase también de la aparición casi diaria, en les desvanes de la casa, de un célebre comendador Mendoza, el cual había estado en Francia durante la gran revolución, y por su impiedad, por varios lances trágicos y misteriosos, y por la manera con que vivió los últimos años de su vida mortal, andaba penando con el manto blanco de su encomienda y la roja cruz de Santiago en el pecho, aunque sin brazos la cruz, porque, no estando en gracia, no podía llevar cruz perfecta en la otra vida, no faltando quien afirmase que no era cruz sin brazos lo que en el manto llevaba, sino la figura de un sapo sangriento.
Suponían los liberales del lugar que todas éstas eran hablillas que habían difundido los frailes para desacreditar á los Mendozas, los cuales eran de su partido nada menos que desde los tiempos del emperador Carlos V, en que uno de ellos peleó entre los comuneros. D. Francisco López de Mendoza, muerto en 1830, había sido, en efecto, liberalísimo, siguiendo; según en el lugar se afirmaba, el ejemplo de sus antepasados. Desde el año 1823 hasta que murió, fué muy vejado y perseguido.
En cambio, algunas personas de las más licurgas del lugar y serviles, como por ejemplo, el Escribano, aseguraban que los López de Mendoza eran una casta de gente díscola, contraria al espíritu del tiempo en que vivieron, durante más de tres siglos, y que sólo por sus hazañas en las guerras y por su posición habían sido tolerados. Casi todos ellos habían ido á servir al Rey, habían corrido el mundo buscando aventuras y garbeando por estilo heroico cuando se presentaba, y habían vuelto al cabo al lugar, á la casa de sus mayores, con aumento de su fortuna y con mujer legítima forastera. Aunque contrarios en el fondo del alma al pensamiento político de los españoles de entonces, le habían servido con brillantez por su amor á la vida inquieta; pero en la administración tranquila de sus bienes jamás se habían empleado con acierto, de suerte que, decaída España de su antigua pujanza, sin Flandes, Indias é Italia donde ir á rehacer ó á mejorar patrimonios, el de los Mendozas había caído por tierra del modo más lamentable.
Ya el D. Francisco de que hemos hablado contrajo infinitas deudas, empeñó muchas fincas y vendió algunas de las vinculadas, cuando quedaron libres, de 1820 á 1823.
Su heredero, el actual mayorazgo, llevaba trazas de consumir cuanto del caudal quedaba, exento ya de toda amortización y vínculo.
Aunque vagamente, bien entendían y daban á entender los críticos que el espíritu liberal de los Mendozas era el espíritu anárquico de la Edad Media, que coincidía algo con el de los tiempos modernos; que su despreocupación ó poca piedad tal vez, no había sido tan grande en épocas anteriores, y que por lo menos había aumentado mucho desde que el comendador Mendoza estuvo en Francia en tiempo de la gran revolución; y que lo que más caracteriza los tiempos modernos, el orden en el manejo de los negocios, el afán legítimo y atinado de aumentar en paz los bienes de fortuna, lo que llaman algunos el industrialismo, era del todo contrario á aquella familia.
Los ricos nuevos del lugar se burlaban de esto sin compasión, pero el vulgo amaba á los Mendozas. El fondo democrático y algo socialista de la educación frailuna del vulgo no se volvía ya contra ellos, porque no tenían más que deudas, ni contra el señor del lugar, cuyos administradores habían sido siempre generosos con el pueblo y con ellos mismos á costa del magnánimo duque; el cual andaba en Madrid hecho un Mendoza de la corte; esto es, con más trampas que pelos en la cabeza. El furor de la porción menos sana de los bermejinos era contra los ricos de reciente fecha; contra los que se habían enriquecido dando dinero á premio ó con el tráfico de vinos, aceites y granos. Muchos de estos ricos nuevos habían hecho su fortuna aumentando el bienestar general, acrecentando el acerbo común del haber de la nación, creando riqueza; pero los resabios inveterados de los bermejinos más aviesos, mezclados con la envidia, si bien no de concierto todavía con predicaciones venidas más tarde de fuera de España, no les dejaban ver en los bienes adquiridos por otros un aumento del bien colectivo, sino una dislocación ó una absorción de bienes que á todos pertenecían, verificada con infernal astucia. El antiguo refrán que reza: Los ricos en el cielo son borricos, los pobres en el cielo son señores, se oía con frecuencia en los labios de los bermejinos, como pronosticando, en son de amenaza, que la habilidad pecaminosa de los ricos no prevalecería en el cielo, donde al fin sería castigada, si antes algún hombre de corazón no adelantaba el castigo, echándose á la vida airada con armas y caballo.
Entiéndase bien que hablo de la gente peor bermejina. La mayoría es sufridísima y razonable, y lleva sin envidia y con paciencia el encumbramiento de los ricos nuevos, por más que no haya habido toda la limpieza que fuera de desear en el modo de enriquecerse de no pocos.
Había, sin embargo, una razón para que hasta los ricos nuevos mirasen con afecto á los Mendozas. Merced á la actividad fecunda que la moderna civilización imprime en todo, á pesar de nuestras inacabables discordias civiles, cierta cultura de costumbres se había difundido por todo el lugar; y no pocas familias de arrieros ó de gañanes, que habían hecho dinero y fundado casa principal, empezaban á tener humos aristocráticos, recordando con orgullo que descendían de valerosos adalides, y yendo á ver con satisfacción en los libros de la parroquia que llegaba su ascendencia por línea recta de varón en varón, y por legítimo matrimonio, hasta uno de los compañeros ó hermanos de armas que vino con el primer López de Mendoza á custodiar aquella fortaleza y á molestar á los moros, entrando en algarada por sus tierras y talando sus panes. De aquí nacía un espíritu de igualdad y de dignidad en perfecto acuerdo con el cariño respetuoso á la casa de los Mendozas, gloria común de todos y monumento del antiguo caudillo.
Doña Ana, viuda de D. Francisco, aunque forastera y anciana ya de sesenta años, vivía en el lugar rodeada de finas atenciones. En medio de sus apuros sostenía esta dama respetable el lustre señoril de la casa. El caballo que montaba su marido permaneció regaladísimo en la caballeriza hasta que murió de viejo. Varios retratos al óleo de los López de Mendoza que más brillaron, unos con relucientes armaduras, otros con cuera de ante, bizarros todos, y con plumas, y alguno que otro con bengala, como insignia de mando militar, lucían en la cuadra ó salón cuadrado, autorizándole como era justo. Los antiguos criados no se despidieron. Y, por último, la jauría de perros de caza se conservó, hasta que pachones, podencos y galgos, fueron todos sucumbiendo al peso de la edad, siendo ejemplo muchos de longevidad perruna.
En esto de los perros, y sobre todo en los podencos, era donde más había resplandecido el afecto de los bermejinos á los López de Mendoza. Los podencos son golosos y ladrones siempre, y más aún cuando están á media ración ó á menos de media ración. Los podencos de López de Mendoza se hicieron, por consiguiente, famosos en todo el lugar, por sus latrocinios é inesperados asaltos. No había morcilla ni longaniza segura, ni pedazo de jamón ó de carne con que se pudiera contar, ni lonja de tocino á buen recaudo. Las travesuras de los podencos, no obstante, más eran solemnizadas con risa que refrenadas con dureza. Sirva de prueba lo que ocurrió una vez con la madre del tendero, señora de cerca de setenta años, la cual yacía postrada en cama con un pertinaz dolor de estómago, donde le habían puesto como reparo lo que es muy frecuente en Andalucía entre los remedios caseros, media docena de bizcochos con canela y empapados en vino generoso. La fragancia atrajo á los podencos en ocasión que la tendera se hallaba sola en su alcoba. En balde ella, defendiéndose con las manos,
la descubrieron, á pesar de sus gritos; y sin que el pudor les pusiese el menor reparo, se comieron el otro, dulce y aromático, que en tan oculto sitio había. La gente de casa acudió tarde para evitar que este reparo pasase al cuerpo de los podencos; mas no acudió tarde para contemplar á la excelente matrona en una inusitada y vergonzosa desnudez.
No puede negarse, á pesar de éstas y otras muestras de simpatía, que la tal simpatía se entibiaba con harta frecuencia por un defecto involuntario, casi fatal de la señora Doña Ana, cuya cortesía no tenía límites, pero cuyo entono, circunspección y retraimiento ponían á raya toda familiaridad y toda confianza. La señora Doña Ana, encastillada en el fondo de su caserón, apenas salía á la calle, recibía de tarde en tarde visitas con todo cumplimiento y ceremonia, y las pagaba con exquisita urbanidad. No había medio de quejarse de que fuese grosera, ni algo tiesa de cogote; pero no intimaba con nadie, y era arisca y poco comunicativa.
Las otras señoras del lugar se despicaban propalando que Doña Ana era bruja, aunque no con brujería plebeya de untarse y volar al aquelarre, sino con brujería aristocrática, recibiendo en su estrado á diablos y almas en pena de distinción y alto coturno, y entre ellos á varios individuos de la familia, como la mora cautiva, la coya y el comendador, con los cuales tenía sus tertulias.
Del mayorazgo Mendoza, del hijo de Doña Ana, que vivía también en la casa solariega, y que era sujeto menos tratable aún y más retirado de la convivencia de sus compatricios, á pesar de sus veintisiete abriles, se decían cosas mucho más raras; pero tanto lo que de él se decía, como lo que era en realidad, merece capítulo aparte por su mucha importancia.
II.
¿PARA QUÉ SIRVE?
No se asusten los lectores timoratos al leer el epígrafe que antecede, ni se den á sospechar que intento promover cuestiones impías. Harto se me alcanza que en toda la resplandeciente y complicada máquina del mundo no hay cosa alguna que no sirva para algo: todo tiene un fin; todo concurre al orden perfectísimo y á la total armonía. Para creerlo y afirmarlo, importa lo mismo decir que vemos porque tenemos ojos ó que corremos porque tenemos piernas, que decir lo contrario: esto es, que porque vemos tenemos ojos y porque corremos nos han nacido piernas y todo lo conveniente para correr. Casi, casi redunda en mayor alabanza de las leyes providenciales el contemplar y explicar las cosas de este último modo. Y si no, vaya de ejemplo: ¿quién sería mejor relojero, el que fuese fabricando prolijamente todas las ruedecillas, cada una con su fin y propósito, y luego las ajustase y ordenase entre sí, y luego diese cuerda al reloj, y luego el reloj marcase y sonase las horas, ó el que pusiese en un poco de metal un movimiento y una idea y un propósito de dar las horas, que agitasen todas las partecillas de que el metal se compone, y las forzasen á no parar en sus giros, vibraciones, brincos y sacudimientos, ya agrupándose de un modo, ya de otro, hasta que juntas se concertasen en marcar el tiempo y en señalar las horas con un punterito y en hacerlas sonar en el momento debido, hasta con música ó por lo menos con cuco?
El prurito eficaz, triunfador é infalible, puesto en los átomos, de organizarse de suerte que se formen seres que corran y que vean, ó es aserto misterioso y confuso como el dogma más ininteligible de la más metafísica de las religiones, ó presupone en la idea primera, cuyo desenvolvimiento produce el universo, una voluntad y una inteligencia soberanas, no menos grandes que las del ser personal que nos hiciese ojos para ver y piernas para correr. Repito, pues, que casi afirma más esta inteligencia y esta voluntad increadas, no el pensar que se nos dieron ojos para que viésemos y piernas para que corriésemos y alas á los pájaros para que volasen, sino el pensar que desde el origen hay en la materia un afán de volar que produjo al cabo las alas, y un afán de correr que produjo las piernas, y un afán de ver que produjo los ojos.
Por lo dicho, se me antoja con frecuencia que la tal doctrina de los materialistas novísimos pudiera purificarse de toda mancha de impiedad, y hasta convertirse en piadosísima doctrina, muy consoladora además y muy rica en pronóstico de progresos, mejoras y adelantamientos indefinidos. La antigua duda del padre Fuente la Peña, sobre si los monstruos lo son ellos ó lo somos nosotros, se resolvería en favor de los monstruos, que tal vez aparecerían como síntomas del prurito ó conato de crear nuevas especies; y, siempre que fuera este conato legítimo, y no capricho pecaminoso, caso en el cual el ser monstruo sería un castigo, ¿quién nos había de privar de la razonable esperanza de echar alas y volar, si nos empeñábamos, ó de tener cola ó trompa ó un ojo más, como Furier pretendía?
No se argumente en contra sosteniendo que la vida, el instinto, el brío de los átomos, de las impalpables é invisibles esferillas que llenan el aparente vacío con las ondas del éter, es un instinto ciego, coeterno con la substancia. ¿Cómo dimana del instinto ciego la inteligencia que después explica sus leyes indefectibles? Estas leyes, además, ó están en cada átomo, que las conoce y las impone, ó están fuera ó por cima de los átomos, ó están á la vez en los átomos y fuera de ellos; por donde vendríamos á parar, después de calentarnos la cabeza más de lo justo, en aquello que nos enseñaba en la escuela el catecismo del padre Ripalda en que Dios está en todo lugar, animándolo y ordenándolo todo.
Por dicha, el ¿para qué sirve? de nuestro epígrafe, no requiere que ahondemos tanto. Este ¿para qué sirve? era la pregunta que Doña Ana se hacía á menudo con referencia á su único hijo el mayorazgo Mendoza. Y era también la pregunta que se hacía á sí mismo dicho mayorazgo, diciendo: ¿para qué sirvo? y no sabiendo qué contestar.
Nadie imagine, sin embargo, que era cojo, sordo, ciego, tullido ó tonto el mayorazgo Mendoza. Tenía sus sentidos y potencias más que cabales; era robusto; estaba sano y bueno, y como ya se ha dicho, ó si no se ha dicho se dice ahora, acababa de cumplir veintisiete abriles; pero nada de esto impedía que la señora Doña Ana y el mismo mayorazgo se preguntasen con ansiedad si él servía para algo, y no atinasen con la contestación.
Menester será, para que el lector comprenda bien estas cosas, que le ponga yo en algunos antecedentes.
Doña Ana era una dama, hija de un hidalgo de Ronda, de los más ilustres de aquella enriscada ciudad. Baste decir que Doña Ana se apellidaba de Escalante. Entre sus gloriosos antepasados, contaba á uno de los fundadores de la Maestranza; y los timbres de la Maestranza y sus grandes servicios en la guerra de sucesión, en el sitio de Gibraltar, en la guerra del Rosellón y en la de la Independencia, fueron desde entonces los timbres y servicios de la familia de Doña Ana.
Aunque nacida y criada en lugar tan alpestre y retirado como es Ronda, Doña Ana fué educada hasta con refinamiento; y no sólo por el gusto castizo y exclusivamente español, sino de un modo que pudiéramos llamar cosmopolita. Un discreto sacerdote francés, de los muchos que durante la revolución emigraron, vino á parar á Ronda y fué el maestro de Doña Ana, enseñándole su idioma y bastante de historia, geografía y literatura, y haciendo de ella un prodigio de erudición para lo que entonces solían saber en España las mujeres.
Todo el saber de Doña Ana no le valió, sin embargo, para negocio alguno; y al fin, cuando ya tenía veintinueve años cumplidos, recelando quedarse para tía ó para vestir santos, y estimulada por su padre y hermanos, que ansiaban colocarla, ó dígase deshacerse de ella, se resignó á casarse con el Sr. D. Francisco López de Mendoza, no menos ilustre que los Escalantes, mayorazgo, alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de Villabermeja, Comendador de Santiago y Maestrante también de Ronda, como el padre y los hermanos de ella lo eran. Quieren decir ciertos autores que ya los Mendozas y los Escalantes tenían algún parentesco, y que esto contribuyó á facilitar el matrimonio; pero como no importa la tal circunstancia á la esencia de nuestra historia, la paso por alto, sin entrar en detenidas investigaciones.
Doña Ana tomó su partido con valor. Aunque había visto á Sevilla y había pasado largas temporadas en Málaga y en Cádiz, se enterró en vida en Villabermeja, sin quejarse lo más mínimo, sin dejar sentir á nadie, ni una vez siquiera, el sacrificio que hacía. D. Francisco, aunque muy caballero, era rudo, ignorante y violentísimo. Doña Ana supo amansarle, pulirle y civilizarle un poco á fuerza de paciencia y dulzura. El amor de Doña Ana á Don Francisco, dicho sea entre nosotros, si por amor hemos de entender algo de poético, no existió jamás; pero Doña Ana tenía muy elevada idea de sus deberes, y se miraba en su honra con verdadero orgullo patricio. Fué, por consiguiente, una esposa modelo. Achican un tanto el encomio que por esto merece, dos notables consideraciones. La primera es que el orgullo de Doña Ana, aunque rebozado en cortesía, no le dejaba estimar, ni siquiera como á prójimos, al resto de los bermejinos. Es la segunda la ferocidad y vigilancia de D. Francisco, el cual anduvo siempre ojo avizor y con la barba sobre el hombro, como quien no quiere la cosa; y si hubiera cogido en un renuncio á Doña Ana, ni el Tetrarca ni Otelo se le hubieran adelantado en vengar el agravio.
Lo que en manera alguna se achica por nada, en lo que no cabe escatimar el elogio, es, ya que no en el amor, en el afecto que engendra el trato, en la confianza que de la convivencia nace, y en la delicada amistad y constante devoción con que asistió siempre Doña Ana al lado de su marido, cuidándole cuando estaba enfermo, consolándole cuando triste, templando su furia cuando irritado, y compartiendo sus alegrías y haciéndolas mayores con su regocijada conversación cuando él estaba alegre. Doña Ana perdía la gravedad y el entono en el seno de la familia, y solía ser muy amena.
El fastidio, terrible y peligrosa enfermedad en las mujeres, no se apoderó nunca del alma de Doña Ana, pues sabía emplear su tiempo del modo más variado. A pesar de que había leído á Racine, á Corneille y á Boileau, le encantaban los poetas españoles más conceptuosos, sobre todo Góngora y Calderón, y hasta Montoro y Gerardo Lobo. La Historia de España, de Mariana, las obras del venerable Palafox, y el Teatro crítico y las Cartas eruditas de Feijóo, eran sus libros predilectos en prosa.
Siempre estaba ocupada en algo. Cuando no leía, cosía ó bordaba; y cuando no, cuidaba de la casa, donde el orden y la limpieza luchaban con lo triste y aislado del sitio y con lo vetusto de los muebles.
Desde la muerte de D. Francisco tuvo Doña Ana ocupación más importante: la educación completa de su único hijo.
Mientras D. Francisco vivió, la tal educación se había ido haciendo con tres impulsos diversos. D. Francisco enseñó al niño á montar á caballo, á tirar con la escopeta, y otras habilidades pertenecientes á la gimnástica. Cuando D. Francisco murió, tenía su hijo doce años; pero en dichas cosas estaba bastante adelantado.
El aperador de la casa era un antiguo criado, á quien, por la majestad con que trataba de que todo lo perteneciente á sus amos se respetase, habían puesto el apodo de Respeta; pero el hijo de Respeta, á quien solo por ser su hijo llamaban Respetilla, era de lo menos respetador y de lo menos amigo de infundir respeto por las cosas de sus amos que puede imaginarse. Este Respetilla, que tendría seis ú ocho años más que el mayorazgo Mendoza, fué su confidente, escudero, lacayo, ayo y preceptor, todo en una pieza. Con él aprendió el mayorazgo á jugar á las chapas, al cané y al hoyuelo, á tocar la guitarra y cantar la soledad, el fandango y otras canciones, y á referir una multitud de cuentecillos verdes. Por último, Doña Ana enseñaba al mayorazgo historia, y el mayorazgo se aficionó más que á ninguna otra á la de Grecia y Roma, soñando, siempre que no jugaba al cané ó á las chapas, con ser un Scipión, un Milciades, un Cayo Graco ó un Epaminondas, según él conocía á estos héroes por el libro de monsieur Rollin traducido al castellano.
Muerto D. Francisco, Doña Ana tomó la férula educadora y no quiso compartir con Respetilla la educación de su hijo. Era ya tarde, sin embargo, para apartar á Respetilla y para desarraigar del corazón y de la mente del ilustre mayorazgo todos los vicios y resabios de un señorito andaluz de lugar. Doña Ana hubo de contentarse con tratar de ingertar, digámoslo así, en el señorito andaluz y lugareño el saber y los sentimientos propios de un hombre culto y de un perfecto caballero.
Como D. Francisco había sido negro, esto es, muy liberal, á pesar de preciarse de tan linajudo, y había estado mal con Narizotas, como él llamaba á Fernando VII, siempre se había enfurecido ante el proyecto de que el niño fuese á servir al rey, entrando de cadete en un colegio. Doña Ana siguió con facilidad, en este punto, el humor de su dulce esposo, porque idolatraba á su hijo; no quería separarse de él; suponía aún que, teniendo que gozar de su mayorazgo, no tendría que servir á nadie, y además pensaba en que ni Milciades, ni Epaminondas, ni Cayo Graco, ni ninguno de los Scipiones, fueron cadetes nunca, ni subieron paso á paso, ridicula y prosáicamente, hasta llegar á generales, sino que fueron oradores, hombres políticos, guerreros y magnates á la vez, y ya empuñaban la espada, ya tomaban la pluma, ya se revestían de la toga, ya se armaban con la loriga y con el casco. Así quería Doña Ana que fuese su hijo, y aunque no tenía más que uno, entendía que valía por dos, y se juzgaba otra Cornelia.
Doña Ana comprendió, á pesar de todo, la utilidad de que el niño siguiese una carrera; y después de meditarlo bien, eligió la de abogado, no para que ganase la vida haciendo pedimentos, sino para que aprendiese las leyes, y supiese reformarlas y darlas á su patria cuando llegase la ocasión.
El mayorazgo estudió, pues, latín con el dómine del lugar, y llegó á traducir casi de corrido algunas vidas de Cornelio Nepote. Fué luego al Seminario conciliar de la capital de su provincia, donde aprendió filosofía con el padre Guevara, y sacó siempre nota de sobresaliente. Y, por último, cursó el Derecho en la Universidad de Granada, donde, por arder entonces la guerra civil entre carlistas y cristianos, no había severidad en cuanto á la asistencia.
Nuestro mayorazgo se pasaba, pues, en Villabermeja la mayor parte del tiempo que duraba el curso. Luego iba á examinarse; y, merced á la longanimidad de los examinadores, siempre obtenía buena nota.
En las excursiones á Granada acompañaba al mayorazgo el fiel servidor Respetilla. Allí se portaban ambos con cierto rumbo y elegancia. Hubo temporadas en que hasta la jaca castaña, en que cabalgaba y viajaba desde el lugar el señorito, se quedó en Granada, para que el señorito la montase y luciese. Bien es verdad que entonces todo estaba aún barato en Granada, mereciendo esta ciudad llamarse la tierra del ochavico. Con veinte reales diarios se hacía todo el gasto de vivienda, comida, camas y servicio de amo, criado y jaca.
Aun así era un lujo estupendo. Lo más que solía gastar entonces en el pupilaje un estudiante en Granada era la suma de siete reales diarios. Seis era el precio corriente de las mejores casas, donde las patronas más aseadas y bonitas daban almuerzo, comida y cena, cama, luz, agua y otra multitud de regalos.
En fin, el ilustre Mendoza terminó en Granada su carrera, y se graduó de licenciado y doctor in utroque. Doña Ana le bordó una primorosa muceta y le hizo una borla riquísima para el bonete.
El miniaturista más hábil que había entonces en Granada pintó por seis duros, sobre cándido marfil, el retrato del mayorazgo Mendoza, con su muceta, su toga y su bonete emborlado, y el mayorazgo Mendoza, cuando volvió á los brazos de su madre, hecho un doctor, le trajo dicho retrato de presente, puesto en un marco de ébano con adornitos de bronce.
Ya desde aquella época, como el mayorazgo Mendoza se llamaba D. Faustino y era doctor, empezaron á llamarle el doctor Faustino, título y nombre con que se hizo famoso en lo futuro y con que en adelante le designaremos.
El doctor Faustino se doctoró en el año de 1840. Volvió á su casa lleno de ilusiones y deseoso de ir á Madrid á realizarlas. Por desgracia, su ciencia era vaga y sus ilusiones eran tan vagas como su ciencia.
El doctor sabía de todo y de nada sabía. De todo sabía más que de leyes, que era, al parecer, lo que había estudiado.
El título que le habían dado en la Universidad era un título huero.—¿Para qué sirve el título?—se preguntaban el Doctor y su madre.
El Sr. D. Faustino López de Mendoza y Escalante, alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de Villabermeja, Caballero del hábito de Santiago, Maestrante de Ronda, descendiente de una multitud de héroes, ¿estaría bien que fuese á Madrid á ponerse de pasante con un abogado? Doña Ana y el Doctor reconocían que la profesión de abogado era honrosísima; sabían que Cicerón y Catón habían sido abogados en Roma, y nada razonable tenían que objetar contra la abogacía; pero una estética irresistible, un sentimiento superior á todo raciocinio les hablaba poderosamente al alma, clamando: «D. Faustino no puede ser abogado;» D. Faustino, además, si bien se creía capaz de inventar las mejores leyes, fundándolas en la filosofía, no se sentía con fuerzas para aprender las leyes inventadas por otros, al menos en sus pormenores y menudencias. Esto, parodiando la sentencia de Triboniano ó de no sé qué otro jurisconsulto, anterior á las Pandectas, sostenía D. Faustino que era carga más á propósito para muchos camellos que para un hombre sólo, y más siendo este hombre Alcaide perpetuo y Maestrante.
—¿Iré á Madrid á pretender un empleo?—se preguntaba D. Faustino. A esto no se oponía sólo lo ilustre de su nacimiento, el hábito de Santiago y la maestranza, sino el mismo título de Doctor, que D. Faustino y su madre tomaban por lo serio. ¡Qué vergüenza, qué degradación, pretender ó tomar un empleo de ocho ó diez mil reales, que era lo más que podían darle, é ir á confundirse y aun á quedar por bajo de tantos y tantos pelafustanes plebeyos, que sin ser doctores, ni maestrantes, ni alcaides perpetuos de ninguna fortaleza, disfrutaban de mucho más sueldo y de mayor categoría en las oficinas del Estado!
¿Aspiraría D. Faustino á entrar en la carrera judicial? Pero, ¿qué puesto obtendría, contando con favor y humillándose á pretender del Ministro? Una promotoría fiscal. A lo sumo, un juzgado. Esto era inaceptable. D. Faustino se resignaría á ser oidor, pero no podía ser menos. Para vivir en un lugar, bien estaba en el suyo, donde vivía en su casa solariega, y cerca del castillo de que era alcaide perpetuo, donde su nombre se respetaba, donde se acataban sus blasones, y donde, si los destinos del mundo no hubieran cambiado tanto, podría ejercer mero y mixto imperio, y ser, por delegación del duque, cuando no por derecho propio, señor de horca y cuchillo, pendón y caldera.
¿Se dedicaría D. Faustino á la literatura? Mucha afición tenía á esto; pero, ¿cómo ganar dinero con la literatura en España? D. Faustino, además, seguía sobre el particular la opinión de Alfieri, literato casi tan noble como él. El poeta que reviste la belleza ideal de una forma sensible, y el sabio que enseña la verdad severa á los hombres, no deben pensar en remuneración alguna; no deben tener Mecenas ni entre los próceres ni en el vulgo. Si buscan Mecenas, se exponen á caer en el servilismo, profanan el sacerdocio de las musas, degradan un magisterio sublime y convierten la misión de hierofantes en el bajo oficio de aduladores de los príncipes ó de las muchedumbres. Había que pensar también, si, aun allanándose á lisonjear el gusto de muchedumbres ó de príncipes, toparía el Doctor Faustino con algunas ó con algunos que quisieran leer y pagar lo que él escribiese. Esta duda la resolvía el Doctor prometiéndose escribir para un público eterno, sin atender á la corriente de la opinión, al gusto dominante en un momento dado, á la moda ó al capricho. Pero como el público eterno no paga, el Doctor decía, con Alfieri, que valía más ejercer un oficio mecánico para ganar pan, y escribir para alcanzar laureles inmortales, que no fundar en los escritos la menor esperanza de mejorar la situación económica.
Varias veces pensó el Doctor Faustino en meterse á periodista, tomándolo por aprendizaje y propedéutica de hombre de Estado y de literato á la vez; pero ¿cómo sujetarse á los antojos de un director, tal vez rudo, ignorante y necio? ¿Cómo un alcaide perpetuo, caballero del hábito de Santiago, con tantos ascendientes venerandos, con un árbol genealógico tan hermoso, y con mil otros títulos y distinciones, había de dejarse asalariar por cualquier zascandil que tuviese dinero para fundar un periódico y se dignase darle veinte ó treinta duros al mes para que escribiera lo que al periódico conviniera, ya que no le obligase á pasar algún tiempo de novicio (el Doctor se estremecía y horripilaba sólo de pensarlo), traduciendo el folletín, tomando de acá y de acullá noticias para compaginar el correo extranjero, ó recortando, armado de unas viles tijeras, sueltos y gacetillas de otros periódicos, y pegando con obleas en cuartillas lo recortado, á costa de la propia saliva, para mayor ignominia? El Doctor Faustino no era posible que fuese periodista tampoco.
En suma, la madre y el hijo se pasaron muchos meses cavilando, discurriendo y discutiendo qué podría ser, á qué podría dedicarse, para qué podría servir el Doctor Faustino, y no hallaban la solución de tan arduo problema. Ambos entendían, no obstante, que el Doctor servía y valía para todo, dándole dinero con que llegar. Esta especie de viático para el primer encumbramiento, esta peana indispensable para alzarse entre las turbas y hacer que resplandeciese el verdadero mérito, era lo difícil de hallar, así para el Doctor como para su madre.
No había medio, ó al menos era muy aventurado, que el Doctor Faustino se lanzase á Madrid, á la buena de Dios, sin ánimo de buscar en la redacción de un periódico, en una oficina ó en el estudio de un abogado alguna ayuda de costas mientras llegaba á personaje.
El caudal de los Mendozas hacía tiempo había menguado mucho. Don Francisco, con su desgobierno, le había disminuído más y le había empeñado.
Aunque D. Francisco había amado y respetado siempre á Doña Ana, sus pasiones de hidalgo, y su vanidad quizás, le habían arrastrado primero á tener relaciones con cierta ninfa á quien llamaban la Joya, y más tarde con otra ninfa á quien llamaban la Guitarrica. Ni la Guitarrica ni la Joya gastaron nunca brazaletes y collares de diamantes y de perlas, ni se vistieron con Worth, ni con la Honorina, ni con M. Augusto, ni anduvieron en coche; pero en cambio tuvieron ambas una dilatada parentela de padres, tíos, hermanos y primos, que ya sacaban aceite, ya vino, ya morcillas, ya lomo, ya trigo de la casa del ilustre mantenedor. La Joya, además, lo mismo que la Guitarrica, se vestían bastante bien para lo que en el lugar se usaba, y todo esto consumía la hacienda de D. Francisco.
Por último, habían costado caras y contribuido al atraso de la casa las mismas bizarrías de Don Faustino siendo estudiante en Granada, donde había tenido luneta en el teatro, y había jugado al monte y había perdido, y donde se había vestido en casa de Caracuel, haciéndose, no ya sólo fraques y levitas, sino vestidos de majo, y dos uniformes, uno de maestrante y otro de oficial de lanceros de la Milicia Nacional. Este último uniforme, sobre todo, había costado un ojo de la cara, por lo complicado y pintoresco. No le faltaban perfiles ni requilorios.
Cuando la expedición de Gómez, se había movilizado en Granada la Milicia, y á D. Faustino le había hecho el capitán general su ayudante de campo; de suerte, que el uniforme hasta portapliegos tenía, el cual iba pendiente de unas correas muy lustrosas. El charol del portapliegos era exquisito, y se veía uno la cara en su bruñida superficie. La multitud de cordones y bordados de oro no era de menos precio y elegancia, y el chascá polaco, con un plumero blanquísimo, y el sable truculento y la lanza con banderola, habían importado asimismo buenos dineros.
D. Faustino no estaba muy seguro de que ni este uniforme, ni el de maestrante de Ronda, ni los dos vestidos de majo que tenía, con chupa llena de caireles y marsellé remendado de mil colores, y botines de becerro, bordados por los más primorosos y prolijos presidiarios de Málaga, y zahones, y calzones de punto ajustados con dobles botones de muletilla, de la más rica filigrana de oro que en Córdoba se fabrica, fuesen vestimentas y galas de grande uso y provechoso efecto en las calles y reuniones de Madrid; pero de lo que sí estaba seguro es de que en estas cosas y con otras se había gastado la moneda, y ya había leído él en las obras de un profundo economista, y si no lo hubiera leído, lo hubiera adivinado, porque era hombre de muy agudo entendimiento, que la moneda es indispensable al hombre desde el momento en que el hombre vive en sociedad.
Esta necesidad de la moneda se aumentaba tratándose de ir á vivir en Madrid, donde todo cuesta un sentido, en comparación de lo que valen las cosas en los lugares, y donde D. Faustino López de Mendoza tendría que hacer su epifanía, como importaba al lustre de su apellido y á dos ó tres marquesas y condesas, amigas y parientas de su madre, que habían de recibirle como sobrino y presentarle en todos los salones aristocráticos.
Hubo ocasiones en que madre é hijo pensaron en que D. Faustino fuese á Madrid de incógnito, tomando un pseudónimo, hasta que hubiese más dinero, ó bien se viniese á descubrir quién él era por su mismo esplendor y por las bellas acciones ó escritos que hiciese ó compusiese; pero este arbitrio se abandonó por impracticable.
Ir á Madrid, sin ir de incógnito, era una temeridad, no yendo á pretender. El vino, principal riqueza de la casa de los Mendozas, estaba á peseta la arroba. ¿Qué menos podía gastar en Madrid D. Faustino, asistiendo en la sociedad comm’il faut, y viviendo con extraordinaria economía, que ochenta duros al mes? Pues bien; ochenta duros al mes suponen cuatrocientas pesetas, ó sea cuatro tinajas de vino, que importan al año cuarenta y ocho tinajas; cerca de cinco mil arrobas; la mar de vino, la cosecha entera de los mejores años, no habiendo oidium ni honguillo. Y si el señorito se lo gastaba todo en Madrid, ¿con qué se pagaban las contribuciones? ¿Con qué se hacían las labores? ¿Con qué se satisfacían los intereses del dinero tomado á rédito (al 20 por 100) sobre buenas hipotecas? Hic opus, hic labor est, según el profano.
A pesar de todo, el Doctor Faustino no se resignaba á no ir á Madrid, donde, echando pecho al agua y arrostrando y venciendo mil dificultades, se lisonjeaba de conquistar, ni él mismo sabía por qué caminos, gloria, posición y fortuna. La idea de que muchos hombres, con menos medios que él, se habían encumbrado, le estimulaba perpetuamente. No había género de ambición que el Doctor no tuviese. Andaba como toro picado del tábano.
En punto á oratoria esperaba ser un Demóstenes, no á la pata la llana y sencillote como fué el de Atenas, sino con todos los floreos que privan en nuestra edad, más retórica. En efecto, nadie había salido tan apto como él para imitar el estilo de su célebre maestro de práctica forense, que era el más poético orador de Granada. Mentira parece que acertase á adornar con tanta pompa y galanura la explicación de los procedimientos civiles y criminales. Sirva de muestra cuando decía: «Señores, el juicio civil ordinario es un cristalino arroyuelo que nace en la amena gruta del derecho de cualquiera persona, y se desliza con suavidad por apacible llanura, esmaltándola de flores y causando blando murmullo al quebrarse entre menudas guijas, hasta que llega á su término dichoso, fecundando con su riego el árbol de la justicia absoluta. Por el contrario, el juicio ejecutivo es un torrente impetuoso que, despeñándose de la escarpada cumbre, donde mora la inflexible obligación, todo lo arrastra en su rápido curso, hasta que baja á perderse en el hondo foso que circunda, ampara y hace inexpugnable el alcázar de la propiedad sagrada.» Cuando este señor hablaba en estrados era más elocuente todavía. Las exigencias del estilo didáctico no ataban entonces sus ímpetus ni abatían su vuelo, y se remontaba á las nubes, combinando diestramente lo metafórico con lo patético. En cierta ocasión, en que su cliente era un barbero, que antes había sido rico, atinó á expresarse así hablando de él: «Este desventurado, que en el naufragio de su fortuna tuvo que asirse á la dura tabla de su navaja;» con lo cual arrancó aplausos y hasta lágrimas. El Doctor Faustino, aunque de suyo no era muy propenso á tantos tropos y lindezas, se sentía capaz de eclipsar á su maestro, si en ello se empeñaba.
De poesía aun se le alcanzaba más al Doctor Faustino. Era aquélla la época del romanticismo, y el Doctor se había hecho romántico de los más furiosos. Casi todos sus versos eran desesperados y sujetivos; esto es, el Doctor hablaba siempre de sí. No había compuesto aún ningún poema ni ningún drama; pero podía reunir ya un par de tomos abultados de Fantasías, Meditaciones, Plegarias, Orientales y Fragmentos. Afirmaba que no hacía caso de la forma, y que, como verdadero poeta, sólo atendía al pensamiento y á la pasión; pero es lo cierto que hacía mil combinaciones raras y nuevas de rimas y de metros, y que á veces en una misma composición ponía versos de una sílaba, y de dos y de tres y hasta de veinte, y luego descendía hasta versos otra vez de una sílaba, lo cual les daba extraña lindeza esquemática, pues la composición venía á figurar un lenguado. El Doctor Faustino, no obstante, tenía un espíritu crítico y descreído que aun contra él mismo se volvía. Cierto que se juzgaba capaz de ser un sobrehumano poeta, un genio, y está dicho todo; pero los versos, ya escritos y realizados, se sometían á su propia crítica, con más facilidad que las tenebrosas profundidades de su alma; y, en honor de la verdad y del pobre Doctor, hemos de declarar aquí que dudaba mucho de que los versos fuesen buenos. A pesar de su romanticismo, había una sentencia de un clasicastro aborrecible, de Moratín hijo, que le estaba siempre zumbando en las orejas y acobardándole. La sentencia era: «¡Ay, amigo Pipí! ¡Cuánto más vale ser mozo de café que poeta ridículo!» El Doctor Faustino, por consiguiente, aunque parezca el caso inverosímil, no contaba para nada con sus versos; y los guardaba en cartera hasta que los hallase buenos con toda evidencia, ó hasta que tales los compusiese.
Sólo un verso, que él repetía á menudo entre dientes, tenía mérito singular, fuera de toda duda, porque reflejaba el estado de su cerebro.