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Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1 cover

Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1

Chapter 8: V.
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About This Book

Un narrador presenta la vida de una aldea ficticia y, mediante conversaciones y retratos, examina las ilusiones humanas, la vejez y el anhelo por la vida rural. A través de la presencia de un amigo reflexivo y una galería de vecinos, la narración combina ironía y ternura para mostrar cómo deseos y recuerdos chocan con la realidad cotidiana. Episodios locales, observaciones sociales y meditaciones morales articulan una reflexión sobre el autoengaño, la pérdida de expectativas y la resignación frente a las pequeñas grandezas y decepciones de la existencia.

¡Siento sobre mi frente arder el caos!

decía el verso espantable.

Había un caos de ideas y de pensamientos en aquella frente.

En ocasiones pensaba el Doctor que todo lo ignoraba; que no había estudiado, que había perdido su tiempo, y que era un mueble que no servía para nada, ni especulativo ni práctico. Pero con mayor frecuencia entendía al revés que no había cosa que él no supiese ó que no adivinase, y esto, en vez de alegrar su corazón, le afligía más aún.

—¿Con que no hay nada que yo no sepa? ¿Con que nada nuevo pueden enseñarme los libros? ¿Con que todo lo que leo, ó es un hecho insignificante, que lo mismo da saber que ignorar, ó es eco ó fórmula ó mera enunciación de lo que estaba ya en mi conciencia? Cada escritor pondrá en el orden que guste ó arreglará, según el método que quiera, sus doctrinas; pero yo me las sabía ya antes de leerlas en sus libros. De lo que no sé y de lo que anhelo saber es de lo que nada hallo en los autores.

Siempre que los pensamientos y cavilaciones del Doctor tomaban este rumbo; siempre que se juzgaba harto, saturado, repleto de ciencia humana, no estimándola en un pito, le entraban vehementísimos deseos de comunicar con otros seres superiores, á ver si sabían más que los humanos, y con su favor y auxilio acertaba él á penetrar en los misterios del mundo visible y del invisible.

El Doctor Faustino se juzgaba tan principal y tan noble, que no se explicaba el desdén de los espíritus, y se consideraba agraviado de que no comunicasen con él ni atendiesen y cediesen á sus conjuros.

No se crea por eso que el Doctor estuviese loco. Tenía momentos de exaltación, pero no de locura.

Al descender de sus puras especulaciones y al tocar de nuevo la realidad, se olvidaba de la magia porque no creía que hubiese ya un diablo tan estúpido que se dejase engañar como Mefistófeles se dejó engañar por Fausto, su semi-tocayo, proporcionándole gratis dinero, placeres, fama y buenos lances de amor y fortuna. Esto deseaba alcanzar, y para alcanzar todo esto no confiaba el Doctor ni en el diablo, ni en la magia, ni en la ciencia, ni en la poesía, sino en un arte vulgar que despreciaba, que miraba como indigno. No obstante, le daba rabia de dudar si le poseía ó no le poseía.

Para salir de esta duda, para hacer experiencia de sí mismo, queria el Doctor ir á Madrid. Villabermeja se le caía encima con todo su peso.

Hablaba entonces el Doctor con su madre y le comunicaba su propósito.

La prudente señora preguntaba siempre al Doctor:

—¿Qué plan llevas?

—Ninguno,—contestaba el Doctor.

—¿Quieres quizá dedicarte á la abogacía?

—Nunca.

—¿Ganarás dinero y posición como periodista ó como empleado?

—Tampoco.

—¿Ganan algo los poetas?

—Ignoro si soy poeta; pero no ignoro que los mejores poetas ganan poco ó nada.

—Para escribir, por otra parte—añadía Doña Ana,—alguna obra en prosa ó en verso, que haga tu nombre inmortal, lo mismo puedes escribirla aquí que en la corte.

—En eso no cabe duda,—tenía que contestar el Doctor Faustino.

—Pues entonces, quédate en Villabermeja. No abandones á tu anciana y cariñosa madre.

El Doctor se dejaba convencer á fuerza de ruegos y caricias. Reconocía que, de irse, se exponía á consumir en cinco ó seis meses todo su miserable caudal, quedándose luego á pedir limosna. Bajaba la cabeza y sonreía melancólicamente.

Cuando estaba solo decía entre sí:

—Vamos,—¿para qué sirvo? ¡Voto al diablo, que no sirvo para nada!

La madre también decía entre sí cuando se quedaba sola:

—Este hijo mío (no me engaña el amor de madre) es hermoso de alma y de cuerpo, elegante, gallardo; parece capaz de todo; pero ¡es tan raro! ¡es tan soñador! ¿Para qué sirve? Mucho me temo que para nada ha de servir, como no sea para ser su propio tormento.


III.

PLAN DE DOÑA ANA

Un año hacía que el Doctor se había graduado. Un año hacía que pensaba en ir á Madrid, y no iba por falta de dinero. Y un año hacía que, casi de diario, con variaciones y ampliaciones, pero con la misma substancia, se repetían el diálogo y los monólogos que acabamos de apuntar en el capítulo anterior.

La muceta, el bonete, la borla y demás insignias y vestimentas doctorales; el vistoso uniforme de oficial de lanceros, y el no menos vistoso de maestrante, descansaban en un armario, muy en peligro de apolillarse. Con los fraques y las levitas de Caracuel sucedía lo propio. Ni siquiera de majo se vestía el Doctor Faustino. No veía á nadie; descuidaba mucho, no el aseo, pero sí el exterior adorno de su persona, y andaba siempre con el traje menos doctoral y menos aristocrático que puede imaginarse: de chaquetón y de sombrero hongo, y en el invierno, envuelto en su capa.

Era el Doctor tan llano, tan amable, tan caritativo con los pobres, que le adoraba la gente menuda; pero los ricachos del lugar le aborrecían y procuraban burlarse de él. No los visitaba, no acudía jamás al Casino, y no había una entre todas las señoritas elegantes de Villabermeja que pudiera jactarse de haber oído un solo requiebro de sus labios.

Las hijas del escribano eran las que más le odiaban, porque eran las que presumían de más bellas y distinguidas. Eran las que gastaban más fantasía, valiéndonos de los términos mismo del lugar.

El escribano, llamado D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, se había hecho muy rico con su profesión y dando dinero á premio. Rosita y Ramoncita, sus dos hijas, parecían dos princesas. Hacían venir vestidos de seda de Málaga y hasta de Madrid, y aparecían siempre en público con tanto entono y autoridad, que más tarde, cuando llegó á establecerse la Guardia civil, no hallando el pueblo nada más autorizado y venerable que un guardia de aquéllos, con su sombrero de tres picos de frente, dió á Rosita y Ramoncita el apodo colectivo de las Civiles, con el cual hasta ahora son designadas.

Las Civiles, pues, se desataban en sátiras contra el desdichado Doctor. Le llamaban el ilustre Proletario y D. Pereciendo; y en vista de lo poco ó nada que le valía el haber estudiado ambos Derechos, le llamaban también el abogado Peperri.

El Doctor no parecía jamás en el paseo público, que estaba en la plaza, sino que daba largos paseos á pie por los andurriales y vericuetos más solitarios, mostrando singular predilección por subir al cerro de la Atalaya, donde se conservaban aún los restos ruinosos de un torreón, desde el cual se oteaban los campos y se descubría mucho horizonte. Era aquel cerro tan estéril y pedregoso, que sólo producía algunas matas ruines de amarga retama, tomillo, gayomba y romero, lirios silvestres que brotaban en las hendiduras de los peñascos, otras flores moradas y de un sólo pétalo, que llaman por allí candiles, y sobre todo, multitud de esparragueras. Las Civiles dieron, con este motivo, otro título al Doctor, llamándole el Conde de las Esparragueras de la Atalaya.

No faltaba quien informase al Doctor de todas estas burlas; pero el Doctor permanecía invulnerable, sin procurar ganarse la voluntad de las Civiles con una sonrisa, sin dignarse siquiera tomar represalias y decir alguna burla contra ellas.

El Doctor vivía absorbido en sus tristes meditaciones, que eran de dos géneros principales: las meramente especulativas, y las que tenían un fin práctico.

En las meramente especulativas, prevalecía el pensamiento de que el Doctor lo sabía todo, ó sea de que la ciencia humana era vanidad, y de que, después de leer millares de libros, no estaría más avanzado que se hallaba entonces. Soñaba, pues, el Doctor con entrar en relación con los espíritus. Si él llegaba á conseguir esto, lo mismo le daba vivir en Villabermeja, que en París ó en Londres; desistía del empeño de ir á Madrid.

Mientras esto no se le lograba, y aún distaba mucho de logrársele, todos los apetitos, todos los estímulos, todos los deseos de un joven de veintitantos años, hablaban poderosamente al corazón del Doctor y le excitaban á ir á Madrid. Amor, ambición, sed de placeres, ansia de gloria y nombradía, duquesas bellísimas sonriéndole y amándole, salones espléndidos donde mostrarse, encantadores y misteriosos gabinetes donde penetrar para una cita por una puertecilla oculta debajo de un rico tapiz flamenco, aplausos de la multitud cuando él recitaba sus versos, que ya serían excelentes, ó cuando pronunciase un discurso, mejor que los de su maestro de Procedimientos; admiración de damas y galanes al verle muy gentil, haciendo trotar y hacer corvetas en el Prado á un caballo fogoso y magnífico: éstos y otros mil triunfos más se ofrecían con viveza á su imaginación y le sacaban de quicio. La maldita carencia de dinero derribaba tales castillos en el aire. El Doctor se juzgaba más infeliz que el príncipe Segismundo. Era más humillante, y por lo tanto más cruel, que el verse encerrado como una fiera por un padre rey y tirano, el sentirse detenido y confinado en Villabermeja por la plebeya inopia. El Doctor, ya en la soledad de su estancia, ya en la cumbre de la Atalaya, entre las esparragueras, cuyo dominio le concedían las hijas del escribano, recitaba, glosaba y comentaba con amargura las décimas de

Apurar, cielos, pretendo...

—¡Qué lástima—pensaba Doña Ana,—que este hijo mío no logre vencer sus sueños de ambición y no se resigne á vivir á mi lado! ¿Dónde hallará quien le quiera más que yo? ¿Dónde será más respetado y estimado que entre estos fieles y antiguos servidores de su casa, y aun entre todos los humildes y honrados jornaleros de Villabermeja? ¿Dónde le dirán con mayor efusión de cariñoso respeto, siempre que le vean pasar: «Vaya su merced con Dios, nostramo.»—«Dios bendiga á su merced, señorito?»—Un dulce y afable «A la paz de Dios, caballeros,» pronunciado aquí por mi hijo, le gana más voluntades que cuantas tal vez pueden ganarle todos los discursos, todas las poesías y todas las prosas que acierte á componer en Madrid.

—Además, ¿qué le falta aquí á mi hijo?—seguía cavilando Doña Ana.

Y en verdad que, en cierto modo, le sobraba razón.

La casa solariega, si bien en lo exterior parecía ruinosa y sombría, era por dentro espaciosa y cómoda.

Doña Ana moraba en las habitaciones altas. El Doctor, con toda independencia, en el piso bajo.

Allí había una sala con sillones hermosos y antiguos, de nogal, cubiertos de cuero labrado ó guadamaciles, y exornados con tachuelas de bronce; cuatro enormes cornucopias doradas; varios retratos al óleo de Mendozas ilustres; un árbol genealógico, pintado también al óleo; un brasero de reluciente azófar en el centro, y una mesa con búcaros y vasos de China.

Más en lo interior había otra sala sin más muebles que un tablado para tirar al sable y al florete y un trapecio para hacer ejercicios gimnásticos. En un rincón se veían sables de palo forrados de vendo, floretes, caretas de alambre, petos de estezado y guantes ó manoplas, y en otro rincón, unos zancos y dos balas de cañón, con asideros, para levantarlas á pulso.

La biblioteca y el gabinete de estudio del Doctor ocupaban otra tercera sala. Libros de distinta procedencia y carácter llenaban varios armarios de pino pintado. Los que trajo de Francia el endiablado Comendador Mendoza, que andaba penando en el desván, eran casi todos impíos: Voltaire, los enciclopedistas, etc. Los que sirvieron para la educación de Doña Ana, ó adquirió ella del clérigo francés, eran como el contraveneno de los libros del Comendador Mendoza. Allí estaban las refutaciones de Bergier y de otros contra los impíos de su época, y las obras de Fenelon, Massillon y Bossuet. Ni faltaban El hombre feliz, el Eusebio y El Evangelio en triunfo. Había en otro lado algunos libros de la carrera del Doctor, y grande abundancia de libros antiguos, castizos, españoles, desde las Epístolas familiares del Obispo de Mondoñedo, hasta los primores poéticos del cura de Fruime. Y completaban la biblioteca todas las obras de Medicina, Química y otras ciencias naturales, que el Doctor Faustino había comprado á la viuda de un médico muy estudioso, el cual había muerto del cólera en el lugar, el año de 1834.

En la alcoba donde dormía el Doctor había otro estante, que contenía á los poetas predilectos, desde Homero hasta Zorrilla, Espronceda y Arolas.

Pero aun había otro cuarto en que el Doctor permanecía más, sobre todo en invierno. Se llamaba este otro cuarto la cocina baja de los señores; no porque allí se guisase nada, sino por una gran cocina ó chimenea de campana, en cuyo fogón podía arder, y ardía con frecuencia, medio olivo, mucha pasta de orujo, y gavillas enteras de secos sarmientos.

La ancha losa, sobre la cual se quemaba tanto combustible, salía del muro más de una vara, y daba lugar, á un lado y otro, á dos rincones cómodos, donde había sillones de brazos, en uno de los cuales se pasaba el Doctor horas y horas escribiendo, leyendo ó meditando. En la pared había una alacena, cuya puerta caía como una mesa sobre dos gruesos palitroques, que también salían, ó más bien se apartaban de la pared, de modo que el Doctor se encontraba en el rincón de la chimenea como sentado en su bufete. No tenía más que sacar de la alacena y poner sobre la mesa los papeles, el tintero y los libros.

En el sillón de enfrente solía venir á sentarse Doña Ana para conversar con su hijo. Y los viejos podencos, galgos y pachones acababan á veces de cerrar el círculo y completar la tertulia, sentados sobre los cuartos traseros en torno del hogar.

No carecía esta cocina de cierto encanto entre rústico y señoril. El escudo de los Mendozas estaba esculpido en piedra sobre la campana de la chimenea. En un lienzo de pared descansaban sobre repisas cinco jaulas con perdices cantoras. En otro lienzo se veían muy bien colocadas escopetas y otras armas, como pistolas y cuchillos de montería. En varias partes, por último, había cabezas de venados, zorros, lobos y garduñas, que por lo mismo que estaban mal disecadas, parecían y eran verdaderos trofeos de caza, y no vano ornato comprado en alguna tienda.

Poseyendo y disfrutando todo esto, ¿por qué se obstinaba el Doctor en ir á Madrid? ¿En qué pícara casa de huéspedes viviría con más decoro y anchura?

En cuanto al regalo del pico, poco ó nada tenía que envidiar tampoco, á pesar de su pobreza. Sin ir al mercado, había en casa de todo, merced á la crianza y labranza: buen vino añejo en la bodega; exquisitos jamones, morcillas, chorizos y salchichas, lomo en adobo, pajarillas y otros mil artículos de matanza, condimentado todo por Doña Ana; un palomar de palomas de pueblo en la torre de la casa solariega, y otro palomar de zuritos en la casería; doce colmenas en la misma casería, que rendían tributo de miel olorosa; frutas á manta, y un corral lleno de conejos, gallinas, pavos y patos que se alimentaban con las echaduras del trigo y otras semillas.

Todo esto, á pesar de las dudas y miserias de la casa, podía sostenerse aún, gracias al arreglo, orden, vigilancia y severa economía de Doña Ana, que no había cosa de que no cuidase.

Allí no había mueble antiguo que se hubiese arrumbado, ni colcha de damasco que se hubiese roto, ni sábana, mantel ó toalla que no se zurciese y durase con notable aseo.

Doña Ana cuidaba mucho de la ropa blanca y la tenía muy en orden, sahumada con alhucema.

El Doctor Faustino, sin embargo, quería irse á buscar aventuras.

Todo un invierno estuvo meditando Doña Ana. Luego escribió varias cartas y sostuvo una correspondencia, sin decir nada á su hijo. Al cabo, una noche, cuando ya había llegado la primavera, estando madre é hijo á solas en el salón de los sillones antiguos, de los retratos y del árbol genealógico, Doña Ana se explicó de esta suerte:

—Estáme atento, hijo mío, pues voy á hablarte de un asunto de suma importancia.

El Doctor prestó la atención más respetuosa; y sentados ambos en un ángulo de la gran sala, prosiguió hablando la madre:

—Harto advierto y deploro que eres infeliz con esa vida que llevas. Aquí hay tranquilidad y algún bienestar; pero te faltan objetos que satisfagan tu ambición, tu sed de gloria y hasta tu amor. No me quejo de tí porque quieras abandonarme é irte á Madrid. Nada más natural. Pero tú mismo convienes en que sería demencia irte á Madrid sin un real, como se va cualquier aventurero. Dicen en este lugar la pobreza no es deshonra, pero es un ramo de picardía, con lo cual enseñan que la dura necesidad obliga á veces, hasta á los hidalgos y bien nacidos, á hacer bajezas en que yo no quisiera que incurrieses nunca. Por eso he buscado un medio de que vayas á Madrid, sin exponerte á vivir allí como un perdido, ó sin acabar de arruinarte.

—¿Y cuál es ese medio?—preguntó el Doctor Faustino, todo alborozado.

—Voy á decírtelo—contestó la madre.—Ya sabes que en la ciudad de..., distante de aquí catorce leguas, vive mi prima queridísima, Doña Araceli de Bobadilla. Aunque tiene más de sesenta años, la siguen llamando la niña Bobadilla, porque nunca ha querido casarse, no habiendo hallado sujeto de su condición en quien emplear su voluntad y á quien dar su mano. Tu tía Araceli vive con bastante desahogo en una hermosa casa. En su pueblo va á haber bailes, toros y otras diversiones, con motivo de la feria, que será dentro de una semana, y Araceli te convida á que vayas á su casa á ver la feria y á pasar el tiempo que quieras.

—¿Y qué voy ganando yo con ver la feria y estar de huésped en casa de la niña Bobadilla?

—A eso voy. Ten calma que todo se andará. La niña Bobadilla tiene un hermano llamado D. Alonso, poseedor de un riquísimo mayorazgo, y más rico aún que por el mayorazgo, por su buen tino y mejor suerte como labrador de varios cortijos y criador de ganado lanar y vacuno. Vive D. Alonso en la misma ciudad que Araceli; está viudo quince años há, y tiene una hija de diez y ocho, cuyo nombre es Costanza, de cuya hermosura y discreción no hay encarecimiento que no se oiga, y en elogio de cuya virtud, recato y buena crianza se hacen lenguas los más descontentadizos.

—Vamos, ¿y qué?—interrumpió el Doctor.

—¿Para qué andar con rodeos? Yo he tratado de tu casamiento con esta señorita. Su padre la adora y tiene millones.

—Madre, ¿quiere V. hacer de mí un Coburgo?

—¿Y por qué no, hijo de mis entrañas? Tú tomarás dinero como quien toma alas para volar; pero volarás luego, y encumbrarás tan alto á tu mujer, que no le pesará de haberte dado las alas. Ella te conoce ya por el retrato en miniatura, en que estás tan guapo, con la muceta y el bonete de Doctor; y mi prima Araceli, que le ha enseñado el retrato, me dice en sus cartas que has gustado mucho á Costancita.

—Me alegro, mamá, me alegro; pero yo no sé aún si ella me gustará ó me disgustará.

—Para eso han de ser las vistas, hijo mío. Nadie te pone un puñal al pecho. Nada hay concertado aún. Posible es que D. Alonso sepa algo del proyectillo; pero ha de aparecer como que no sabe nada. Ni tú ni Costancita os habéis comprometido. Os veréis, os trataréis, y si no os agradáis, en paz; no hay nada perdido.

—El tiempo y la fatiga y los gastos de viaje...—dijo el Doctor.—Mejor será desistir y que yo no vaya.

—Yo he prometido ya que irás, y no me dejarás fea.

—No, mamá; si V. lo ha prometido, no habrá más que ir.

—Sí, Faustinito. Mira, me da el corazón que te vas á enamorar como un bobo de mi señora Doña Costanza. De ella no digo nada, porque, según Araceli, está ya hecha un volcán desde que contempló tu retrato. Pronostico que habrán de hacerse las bodas.

—Si Costancita me parece bien y es tan rica, nos resignaremos.

Dada la venia por el Doctor Faustino, Doña Ana desplegó, durante cuatro días, toda su actividad en los preparativos del viaje. Echó é hizo echar cuellos y puños nuevos á algunas camisas del Doctor que estaban algo estropeadas; examinó las levitas y fraques de Caracuel, y halló que, por fortuna, no habían sido injuriados por la polilla, y en el mejor de los dos vestidos de majo hizo varias reformas indispensables.

La víspera de la partida tuvo Doña Ana una larga y acalorada discusión con su hijo, empeñada ella en que llevase los dos uniformes de maestrante y oficial de lanceros y D. Faustino en que no los había de llevar.

Al fin triunfó el parecer de Doña Ana. El uniforme de maestrante luciría mucho en un baile de gran etiqueta que se anunciaba. Y en cuanto al otro uniforme, ¿qué duda tiene que parecería bien y rebién, llevándole D. Faustino á la feria y corriendo al estribo del birlocho de Doña Costanza de Bobadilla, caballero en la jaca castaña, con su portapliegos lustroso, sus plumas blancas y su chasca polaco? Lo único que consintió Doña Ana que no fuese á la expedición fué la lanza, porque al cabo no iba á haber formación ni cargas de caballería, y parecería ya demasiado belicoso el llevarla. Doña Ana, no obstante, sintió que Costancita no viese á su hijo hacer el molinete, como enredando en sus raudos círculos las balas y la metralla. Doña Ana decía que entonces se asemejaba su hijo á Diego León.

Como en la ciudad á donde iba el Doctor Faustino no había Universidad ni salón de grados ó paraninfo, hubo de desperdiciarse también otro medio de seducción, y no se embaularon la muceta, el bonete, la borla y demás insignias doctorales.

Por último, llegó el día de la partida. Madre é hijo se abrazaron cariñosamente. El Doctor Faustino, con traje de campo, zahones, faja y marsellé, montó en su jaca castaña, enjaezada con aparejo redondo, lleno de flecos de seda, y dos retacos. Respetilla, como escudero, le seguía en un mulo tordo, y con vestidura parecida, aunque más pobre. Después cerraba la marcha otro criado, nada menos que con tres mulos de reata, donde iban el equipaje del señorito y no pocos presentes que había dispuesto Doña Ana para obsequiar á Doña Araceli y á la misma Doña Costanza. Allí les enviaba piñonate, alfajores, hojaldres, gajorros, arrope de varias clases en canjilones tapados con corcho y yeso, gachas de mosto, empanadas de boquerones, carne de membrillo y otros mil regalos de repostería, por donde es celebrada en todas partes la gente de Villabermeja.

La expedición salió muy de mañana del lugar; pero no tanto que las Civiles, que eran tan ventaneras como madrugadoras, no estuviesen ya atisbando detrás de la celosía. El Doctor Faustino y todo su séquito tuvieron que pasar forzosamente por delante de la casa del escribano.

Oye, Rosita—dijo Ramona, al ver pasar al Doctor,—¿á dónde irá el Conde de las Esparragueras?

—A conquistar algunas tierras más fértiles y que produzcan más ochavos,—contestó Rosita.

El Doctor oyó el chiste de aquellas desvergonzadas y se puso rojo como una amapola. Pensó que sabían que iba á hacer el papel de Coburgo y que por eso se mofaban; pero las Civiles no sabían á dónde iba el Doctor Faustino.


IV.

DOÑA COSTANZA DE BOBADILLA

Las catorce leguas que separaban al Doctor Faustino de la casa de su tía Doña Araceli fueron quedando atrás, sin que ocurriese nada memorable.

La caravana ó pompa novial paró aquella noche en una venta que distaba nueve leguas de Villabermeja. Allí cenaron pollos con arroz y pimientos, que parecieron exquisitos después de jornada tan fatigosa, y sardinas fresquísimas, que les vendió un arriero que venía de Málaga y que se albergó por dicha bajo el mismo techo. Las sardinas, asadas sobre las brasas, estaban saladas de veras, y fueron un gran incentivo y despertador de la sed. El Doctor, su escudero Respetilla, el mozo de los mulos y hasta el arriero vendedor de las sardinas, á quien convidaron á cenar, comieron patriarcalmente en la misma mesa y empinaron bien el codo, dando un millón de besos á la bota del Doctor. Luego durmieron como bienaventurados, sobre unas haldas que rellenaron de paja, sirviendo de almohadas los aparejos de las bestias.

Antes de que clarease, ya estaban de punta el señorito y sus dos criados. Éstos, á pesar de las libaciones de la noche anterior, mataron el gusanillo con aguardiente de anís doble, y el señorito tomó una jícara de chocolate.

Vaciadas las haldas en el pajar, pagada la cuenta y aparejadas las caballerías, se pusieron de nuevo en camino, cuando ya las estrellas se habían desvanecido y perdido todas en la blanca é incierta luz del alba, brillando sólo en la celeste bóveda el lucero miguero.

Era una hermosa mañana de primavera. Golondrinas, jilgueros y ruiseñores cantaban. El ambiente diáfano, el vientecillo lleno de frescura y la rosada luz que iba asomando por el Oriente, alegraban el corazón.

El Doctor se sentía menos melancólico que de costumbre.

Como gente que va á caballo y picando mucho porque tiene mucho que andar, la caravana se salía del camino más trillado ó iba buscando las trochas, ya cortando por unos olivares, ya tomando veredas y atajos por medio de cortijos y dehesas, ya siguiendo por la orilla de algún arroyo ó trepando por algún cerro.

Respetilla era admirable para guiar en un camino y se puso delante. El Doctor Faustino le seguía. Detrás arreaba el mozo, con el equipaje y los presentes en los tres mulos de reata.

Tan embelesado y distraído iba el Doctor, que ni se daba cuenta de lo que pensaba.

El sol salió. Anduvieron más de un par de leguas. Eran las nueve del día.

Sólo entonces recordó el Doctor, ó dígase volvió en sí, y bajó de los espacios etéreos para pedir de almorzar.

—Un poco más allá hay una fuentecilla que tiene un agua muy buena y sombra; allí almorzaremos, si quiere su merced,—dijo Respetilla.

En efecto, no tardaron en llegar á la fuente. Se apearon, se sentaron sobre la yerba, bajo una corpulenta encina y almorzaron de un buen repuesto de carnero fiambre, huevos duros y jamón en dulce, que en las alforjas traían. La bota, aunque colosal, harto enflaquecida ya con el jaleo de la noche anterior, acabó de quedar enjuta, pegadas una con otra las dos caras interiores de la corambre.

Cierto que para decir que el Doctor y su séquito caminaron, durmieron, cenaron y almorzaron, tal vez censure el lector que yo me detenga, y tal vez afirme, además, que lo mejor sería que diese ya el viaje por terminado, trasladándome con mi héroe á casa de Doña Araceli; pero yo diré al lector, para disculparme, que el Doctor Faustino, después de haber almorzado, y prosiguiendo su viaje en la misma forma, y acercándose ya á la ciudad, donde tal vez iba á contraer un compromiso que influyese en gran manera en su suerte y vida, tuvo una meditación ó soliloquio tan esencial y transcendental, que no puedo menos de ponerle aquí en compendio y resumen. Para ello, como para todo, me valdré de las noticias circunstanciadísimas y hasta prolijas, que me suministró D. Juan Fresco, las cuales fueron tantas, que yo, lejos de ampliar la historia con invenciones mías, lo que hago es encerrar cuanto en ella se contiene en las menos frases que puedo, pues no me agrada ser difuso.

Importa, no obstante, decir cuatro palabras sobre un punto que aun no hemos tocado. Algo entrevé ya el lector de las cualidades morales é intelectuales del Doctor Faustino, pero nada sabe aún de su aspecto y fisonomía.

El doctor era alto, delgado, aunque robusto, y rubio, no ya tirando á rojo su cabello, como suele por lo común el de los bermejinos, sino más bien de un rubio pálido. A pesar de ser aquella época la del más frenético romanticismo, no se había dejado crecer la melena, si bien no estaba tan corto su pelo que no se pudiesen ver y admirar los rizos naturales en que se ensortijaba, siendo á la vez suave como la seda. Lucía, pues, en el Doctor, en grado elevadísimo, una de las cualidades con que distinguen más los etnógrafos á la raza aria: era euplocamo por excelencia. La patilla, rubia también como el oro, era bastante poblada, y el bigote, que sin duda no se había afeitado nunca, tan delicado como el bozo. El Doctor tenía la frente despejada y serena, las mejillas sonrosadas, la nariz un poquito aguileña y la boca chica y con buena dentadura. Su tez era blanca y transparente como la de una dama, y los ojos grandes, azules y llenos de dulzura melancólica. En suma, nuestro héroe merecía en cualquiera parte la calificación de guapo mozo, si bien un tanto desgarbado. A caballo estaba bien, pero más que señorito de la tierra, parecía un inglés que se había disfrazado, vistiéndose á la moda de Andalucía. Esta última calidad había de favorecerle, porque parecer andaluz entre andaluces no hace sobresalir á nadie, mientras que toda la traza del Doctor tenía algo de extraño y peregrino, que es lo que más atrae y encanta á las mujeres.

Meditando, pues, el Doctor, mientras caminaba, iba diciendo entre sí de esta manera:

—Por complacer á mi madre he acometido una empresa que por mi propio consejo é iniciativa no hubiera yo acometido jamás. ¿Qué voy á ofrecer á Doña Costanza de Bobadilla, si gusto de ella, si ella gusta de mí, y llega el caso de pedirla en matrimonio? Mi casa solariega del lugar y unas cuantas fincas, cuyos productos se consumen en pagar los intereses del capital en que están empeñadas. Todo esto es ridículo. Valiera más no tener nada que tener esto. Lo ilustre de mi nombre no importa para ella, que es tan ilustre como yo. Además, en España apenas hay nadie que no sea ilustre. En cuanto alguien tiene dinero y da valor á estas vanidades, prueba que desciende del Rey Wamba si se le antoja. Si yo tuviese un título, aunque fuera el de Conde de las Esparragueras, que me han dado las hijas del escribano, ya sería otra cosa; ya habría algo que ofrecer. Siempre tiene vivo aliciente para una muchacha el pensar que la van á llamar condesa y que en las tarjetas va á poder escribir La Condesa de Tal. Es cierto que yo tengo el título de doctor y el de alcaide perpetuo; pero no se estila que el esposo transmita estos títulos á la esposa por legítima que sea. Doña Costanza de Bobadilla, si llegase á ser mi mujer, no podría escribir en las tarjetas: La doctora y alcaidesa perpetua de la fortaleza y castillo de Villabermeja. Vamos... está visto; yo no tengo que ofrecer sino esperanzas. Pero si Costancita las acepta por buenas, y me da en cambio su corazón, su mano y cinco ó seis mil duros de renta, que dicen que puede y quiere darle su padre, ¿por qué no aceptarlo todo? Además de tener por marido á un joven de mis prendas, el dinero que dé á Costancita su padre será como dado á usura, ó más bien como puesto en una aparcería, en que pongo yo el saber, el ingenio y el trabajo.

Aquí se encumbraba la meditación, pero con tal rapidez, que no es fácil seguirla y menos encerrarla dentro de un lenguaje hablado ó escrito. El Doctor, ora se veía coronado en el Liceo de Madrid, después de haber leído una fantasía ó un poema oriental; ora salía á la escena en el teatro del Príncipe, donde acababa de representarse un portentoso drama suyo; ora estaba despachando ó dando audiencia en la silla ministerial; ora venían á pedirle albricias sus numerosos amigos porque la Reina tenía á bien concederle el título de duque, libre de lanzas y medias annatas, en pago de sus relevantes servicios; ora llegaba á París de embajador, y el rey Luis Felipe y toda su corte se quedaban encantados de su mucha discreción y finura, y ora inventaba un nuevo sistema de filosofía para que informase todas las demás ciencias secundarias, creando así la ciencia primera, una y toda, con general asombro y contentamiento de los nacidos.

Estos triunfos y otros mil, que pasaban refulgentes, arrebatadores, estruendosos, ricos en color, llenos de armonía y de belleza por la mente entusiasta, se tocaban con la mano, tomaban cuerpo, se iban á realizar, una vez dueño el Doctor Faustino de los cinco ó seis mil duros de renta de Doña Costanza de Bobadilla.

—Pero no—proseguía el Doctor,—no me casaré con Doña Costanza si no me enamora, ó al menos si no tiene talento y hermosura, por donde la gente llegue á presumir que pude enamorarme de ella aunque no sea tal el caso. No me casaré, aunque pierda y desbarate todos mis ensueños.

El Doctor se decía esto, porque los hombres nos complacemos en engañarnos á nosotros mismos, poniéndonos en trances apurados, que no existen, y saliendo de ellos de un modo heroico. ¿Quién no se ha fingido alguna vez que le acometen seis ó siete enemigos y que él les hace cara y les vence y aterra? Y con todo, si los seis ó siete, ó tal vez uno solo le acomete de verdad, es probable que ponga pies en polvorosa. ¿Cuántas costurerillas y cuántas fregatrices no dan por seguro en el fondo del alma que ni el propio Fúcar las seduciría, aunque les ofreciese el oro y el moro? Y, sin embargo, sabe Dios con cuán ligero empuje suele luego el interés derribar su entereza.

El Doctor no ignoraba que Doña Costanza era bonita, y, por consiguiente, no había para qué hacer del heroico y desprendido, diciendo que no se casaría con ella si no fuese bonita. Pero esto, que llaman ahora darse charol, no es sólo para deslumbrar á los otros, sino para deslumbrarnos y deleitarnos en nuestras propias perfecciones.

Verdad es que el soliloquio del Doctor era más candoroso, era profundamente sincero y notable, cuando continuaba:

—¿Y si Costancita no me quiere? ¿Y si me halla poco ameno, encogido y sin chiste? ¿Y si no comprende el valor de mi alma? ¿Y si no cree en mi porvenir, como yo creo? ¿Y si, á pesar de su falta de fe en mí y de sus desdenes, soy yo quien me enamoro de ella? Entonces será menester matarla. Pero, ¿qué culpa adquiere, si no le caigo en gracia? ¿Por qué, no digo matar, pero ni tan sólo odiar á una mujer que nos desdeña? En este último caso desesperado, ya sé lo que debo hacer. Desoiré los consejos de mi madre; me iré á Madrid sin recursos, á la ventura; lucharé; no reposaré hasta ganar dinero, posición y nombradía, hasta probar á Doña Costanza que soy digno y más que digno de ella; que no necesito de su dinero para elevarme; que mis ensueños de ambición no son vanos. Casi estoy por irme ya á Madrid derechito, y entrar por la Puerta de Toledo con todo ese aparato y estruendo de mulos, y con las alforjas, el piñonate y demás presentes, que no faltará allí quien se los coma.

El Doctor, no obstante, seguía caminando en pos de Respetilla, hacia el pueblo y casa de su tía Doña Araceli, sin poner la proa hacia Madrid sino por un instante y con la imaginación sólo.

—Eso sí—añadía:—si Doña Costanza no me ama y yo la amo, me siento capaz de algo más grande y poético que lo que hizo Marsilla por Isabel. Aquél fué por esos mundos, para ganar la mano de su amada. Yo iré por esos mundos, á dar razón de quién soy, á llenarlos de mi gloria y á ganar al cabo el desdeñoso corazón de Costancita. Si ahora no me amase, obscuro y desconocido, ¿cómo no había de amarme y aun de idolatrarme cuando me viese descollar entre la multitud, con la frente ceñida en oro y lauro, y grabado mi nombre, con indelebles y gruesas letras, en las páginas de la Historia?

Tomando este giro la meditación, el Doctor se representaba tan á lo vivo que amaba ya á Costancita y que no era amado de ella, que empezó á suspirar con furia, como si se hubiese puesto enfermo. Respetilla iba muy adelante y no le oyó; que si no, se hubiera asustado.

En esto llegaron todos á un visillo, y desde allí descubrieron la ciudad á donde iban á parar. Blancas eran las casas por el mucho enjalbiego, y con grandes patios, desde cuyo centro se alzaban las verdes copas de naranjos, acacias, adelfas, azofaifos y cipreses. Un riachuelo, que corre por delante de la ciudad, regaba no pocas huertas en una fértil llanura que se extendía á los pies de los viajeros.

A la bajada del cerrillo tomaron éstos la carretera, saliendo de la vereda ó camino de herradura.

Diez minutos más tarde se divisó una nubecilla blanca sobre la carretera. Después un bulto que se movía.

Respetilla, con vista de águila, lo advirtió y reconoció todo, y volviendo riendas, vino hacia su amo gritando:

—Señorito, señorito, ahí vienen á recibir á su merced. Ese es el birlocho del Sr. D. Alonso.

No se había engañado Respetilla. Ya se estaba oyendo el sonar de los cascabeles y campanillas de plata que adornaban los pretales y colleras de los lindos caballos negros que tiraban del birlocho.

El Doctor se gallardeó sobre el aparejo redondo, se limpió el polvo con el pañuelo, se ladeó el sombrero con donaire, y puso espuelas á la jaca, que llegó pronto cerca del coche, haciendo mil escarceos.

El birlocho se paró entonces, y el Doctor pudo ver á dos damas que en él venían.

La una era vieja y seca como una pasa, pero con ojos muy vivos y semblante bondadoso y alegre. Vestía de negro y traía en la cabeza una papalina con moños morados.

La otra era menudita, pero graciosa. Negro el cabello como la endrina y más negros los ojos. Los labios como el carmín; sonriendo siempre y dejando ver unos dientes blanquísimos é iguales. La nariz caprichosamente respingada, lo cual daba á su rostro cierto aire atrevido, burlón y de malicia infantil. La tez, fresca, limpia y brotando salud y juventud. El color, trigueño. El talle, flexible, no como una palma, sino como una culebra. Y por último, todo lo que de las formas podía revelarse, presumirse ó conjeturarse, artística y sólidamente modelado, sin exceso ni superabundancia en cosa alguna, sino en su punto, con número y medida, guardando las justas proporciones, según las reglas del arte, y en consonancia con la edad de diez y ocho años y la condición de señorita principal y cuidadosa de su persona, y no de descuidada aldeana.

Vestía la dama gentil un traje de seda de color de lila, y en la cabeza no llevaba más tocado que sus negros cabellos, ni más adorno que seis ó siete rosas, alternando con la clara púrpura de sus pétalos la alegre verdura de varias hojas de tallo.

Ambas señoras conocían al Doctor por el retrato, y no había miedo de equivocarse. Así es que Doña Araceli, pues no era otra la viejecita que venía en el birlocho, exclamó apenas se acercó al Doctor:

—Buenos días, sobrino; bien venido seas.

—Bien venido, señor primo—dijo Doña Costanza.

El Doctor saludó con la mayor cordialidad. Bajó del caballo y dió un abrazo muy cariñoso á su tía, y á la primita un apretón de manos, advirtiendo, á pesar del guante, que la mano de la primita era pequeña, y los dedos largos, afilados y aristocráticos, y no aporretadillos y plebeyos.

—Mira, sobrino—dijo Doña Araceli,—yo he querido salir á recibirte, y he pedido prestado el birlocho á Costanza, que ha tenido la bondad de acompañarme. Tu tío Alonso no ha podido venir, porque anda afanadísimo apartando el ganado que quiere presentar en la feria; pero no te puedes quejar cuando viene en cambio su hija.

El Doctor se deshizo en cumplimientos, y hasta formuló algunas frases bonitas, á pesar de que estaba cortado y de que naturalmente era algo tímido.

Costancita llamó lisonjero á su primo, y se puso colorada.

—Oye, sobrino—dijo Doña Araceli,—¿quieres creer que Costancita tenía miedo de verte y hablarte, figurándose que estabas siempre de doctor, tan serio como en el retrato, y temerosa de cometer alguna falta de prosodia ó de soltar una patochada? Ahora, que te ve de majo, me parece que ya no se asusta.

—Siempre me asusto, tía... ¡Y qué cosas dice usted! ¡Válgame Dios! ¿Cómo había yo de creer que mi primo viniese á caballo, vestido de doctor, con su muceta, borla y bonete? ¡Vamos, no me haga V. tan simple! Lo que yo creía es que mi primo es muy entendido é instruido, esté ó no con el traje doctoral, y que quizás me tuviese en menos cuando notase lo ignorante que soy. No... y lo que es este miedo, no se me ha quitado todavía.

El Doctor volvió á deshacerse en cumplidos, alambicando mucho y devanándose los sesos para demostrar, en lenguaje corriente, sin aparato ni términos científicos, que la mujer todo lo sabe y penetra por intuición, aunque nada estudie, y que en la cara y en los ojos de su prima se columbraba y traslucía más ciencia que en Aristóteles, en Platón y en Santo Tomás de Aquino.

Ya había demostrado el Doctor dicha tesis por dos métodos distintos, é iba á demostrarla por el tercero, cuando le interrumpió Doña Araceli, diciéndole que sin duda vendría cansado, y que cabalgase de nuevo, á fin de llegar pronto á su casa, donde podría reposarse.

El Doctor montó otra vez á caballo; y trotando al estribo del birlocho, del lado en que iba su prima unas veces, y otras, por cortesía, del lado de la vieja, llegó con ellas á la ciudad y á la casa de Doña Araceli.

En los veinte minutos que duró este dulce complemento del viaje, el Doctor lanzó veinte mil miradas incendiarias á su prima: á millar de miradas por minuto.

Costancita recibió el bombardeo de un modo delicioso, aunque difícil de explicar. Ya parecía que penetraba toda la intensidad y significación de aquellas miradas, y bajaba la suya con un pudor lleno de agüeros dichosos; ya que en su inocencia no consideraba aquellas miradas sino como muestras de cariño propio de parientes, y las pagaba con otras miradas de afecto puro y sin pasión de amor; ya se reía con risa sonora y franca, como si la provocase á reír el súbito y volcánico enamoramiento del primo; ya, por último, lanzaba ella también de vez en cuando alguna mirada tan semejante á la del Doctor, que no parecía sino que era la misma, que volvía á él de rechazo, haciéndose mil y mil veces más bella al reflejar en los negros ojos de Costancita.

El Doctor llegó algo mareado á la puerta de la casa de Doña Araceli. Todo se le volvía cavilar si Doña Costanza era un angelito ó un diablito; pero angelito ó diablito siempre le hechizaba.

Se apeó el Doctor de su caballo, que tomó de la brida un criado para llevarle á la caballeriza, y dió la mano á Doña Araceli, para bajar del birlocho. Apenas bajó Doña Araceli, acudió el Doctor á dar la mano á Costancita para que bajase también.

—No, primito. Yo no bajo; me voy á casa. Adiós, primito. Adiós, tía.

Y diciendo—¡á casa!—al cochero, se fué Doña Costanza, dejando al Doctor tan embobado, siguiéndola con los ojos hasta que la perdió de vista. Ella volvió la cara dos ó tres veces antes de desaparecer, y al ir á pasar la esquina disparó la última mirada, que por la distancia no pudo ya el Doctor distinguir de qué clase era.


V.

PRIMERA IMPRESIÓN

Doña Araceli instaló al Doctor en un cuarto muy alegre y bonito, con un balcón á un patio interior, cuyos muros estaban tapizados con las siempre verdes y frondosas ramas de varios naranjos y limoneros, y en cuyo centro se alzaba un surtidor de agua cristalina, derramándose en una taza de mármol con peces colorados. Todo alrededor se veían arriates con flores. Su aroma y el apacible murmullo de la fuente lisonjeaban á la vez olfato y oído.

En el cuarto había cama, sillas, tocador, sofá y mesa de escribir: todo limpio y bueno.

Allí dijo al Doctor el ama de la casa que podría descansar un rato, hasta las tres de la tarde, hora de la comida.

Luego le dejó entregado á sus propias reflexiones.

Faltaba poco tiempo para las tres, y el Doctor no tenía gana de descanso. Púsose, pues, á pasear y á hacer examen de conciencia.

Hombres hay que la tienen clara, y otros que la tienen confusa. La del Doctor era de la última clase. No quiere decir esto que viese menos y peor que otros en el fondo de su alma. Tal vez nace la confusión de la conciencia de ver demasiado. Los que no ven más que aquello que les conviene, agrada ó adula, lo ven ó creen verlo con gran claridad. Los que ven también lo que los contraría, vacilan y se enredan. El pro y el contra de sus propias acciones, y un tropel tumultuoso de encontrados pensamientos y propósitos, pelean sin tregua allá dentro.

Con la misma obscuridad y contradicción que se veía el Doctor á sí propio, veía los demás objetos que venían á pintarse en su interior sentido.

La primera duda que se proponía el Doctor era la siguiente:

—¿En qué concepto tendré á mi prima?

Ya estaba cierto de que era bonita, elegante y discreta; pero no sabía si era buena ó mala.

Lo que no quería creer es que fuese medio mala ó medio buena. O había de ser Costancita un breve cielo, ó un resumen y amasijo de todos los diablos. Propenso el Doctor á exagerar las cosas, apasionado y romántico, decía de Costancita:

—¡Ella será mi salvación ó mi perdición, mi infierno ó mi gloria, mi Tabor ó mi Calvario!

Claro está que Costancita no le era indiferente, que casi estaba ya enamorado de ella. Después se preguntaba:

¿Y ella... pagará mi amor? ¿Será capáz de pagarle? ¿Será capáz de comprenderle siquiera?

Procedamos con método.

Este mismo amor, elevado, difícil de comprender, cuya magnificencia tal vez no cabe en el angosto cerebro del vulgo de las mujeres, ¿le sentía ya ó no le sentía el Doctor por Doña Costanza?

El Doctor no sabía qué responder á esto, como no sabía qué responder á casi nada, á fuerza de saberlo todo.

Amaba ó no amaba á Costancita, según lo que por amor se entendiese. Y como él se daba una multitud de definiciones del amor, resultaba que unas veces la amaba y otras veces no la amaba.

Si la quería con el fervor de la mocedad, viéndola linda, fresca, aseada, elegante, algo coqueta, consideraba que podría amar sucesiva ó simultáneamente á otras muchachas como se presentasen á sus ojos adornadas de los mismos requisitos.

—El amor—añadía—, es exclusivo: luego no amo á mi prima con verdadero amor.

¿Amaba á su prima porque en su rostro, en sus ojos, en su sonrisa, había creído descifrar y traslucir un espíritu simpático con el suyo, lleno de inteligencia, de pasión y de vida? El Doctor recelaba que iba ya amándola así, y entonces concedía, no que la amaba como se ama á la mujer en general, sino con el exclusivismo propio del verdadero amor; con predilección al menos. A poco que hiciera la primita, el Doctor se consideraba preso en sus redes.

Pero en este amor repentino, ¿no podría intervenir por mucho el interés? ¿No podría parecerse su amor al del profeta Elías hacia el cuervo? El Doctor despojaba entonces mentalmente á su prima de la renta que debía darle su padre y de las esperanzas de una pingüe herencia. Con este despojo, algo se sutilizaba y se esfumaba el amor; pero no se evaporaba ni desvanecía. Aún quedaba en el alma su figura, si bien menos determinados los contornos. Sentía el Doctor que, prescindiendo de la conveniencia, importaba poner otras condiciones más poéticas que los acabasen de decidir; era menester que el dibujo de su amor se concluyese y determinase con líneas más puras, pero al cabo con otras líneas.

El amor propio, la vanidad, ¿no podría ser, en este caso, estímulo y fundamento del amor? El Doctor se confesaba que sí. Pero ¿qué amor, nacido en corazón humano é inspirado por un objeto, humano también, finito y perecedero, hace su primera aparición limpio de toda mezcla de otros sentimientos más vulgares? El oro del amor rara vez sale de sus ocultos mineros sin estar en liga con metales de más baja ley. Sólo el fuego vivísimo que en sí lleva le purifica después en el crisol del alma, donde, si el alma tiene la firmeza y el temple que necesita para resistir dicho fuego, acaba por resplandecer el amor puro, como oro exento de toda escoria y de superiores quilates.

Con esta comparación metalúrgica se tranquilizaba bastante el Doctor, porque se estimaba en tanto y empezaba á estimar en tanto á su prima, que se afligía de que en sus relaciones con ella pudiera haber nada que no fuese poético y moralmente bello.

—¿Qué habrá pensado de mí la primita?...—era otra de sus preguntas.

Entonces sentía un noble deseo de agradar, y un delicado y modesto temor de no agradar. Pero ¿esto probaba la existencia de un amor tan sublime como el Doctor lo fantaseaba? En manera alguna.

El Doctor era de aquéllos que desean agradar á todo el linaje humano, aunque no le amen, y ser apreciado aun de las personas á quienes menos aprecian.

Notaba él, sin embargo, que deseaba ya con más ansia agradar á la prima que agradar á cualquiera otro individuo. Sólo quedaba por cima de este deseo de agradarla el deseo de agradar á muchos á la vez, el deseo de gloria. ¿Qué era preferible, enamorar á la muchedumbre ó enamorar á la prima? ¿Llegaría á amarla de modo que hasta á la gloria la prefiriese? El Doctor se quedaba perplejo en este punto. La cuestión estaba en hallar en lo profundo del alma de su prima los tesoros poéticos que él por momentos le atribuía con la imaginación generosa. Si hallaba estos tesoros, preferiría á su prima hasta á la gloria. Era indispensable que fuese tan mala ó tan buena como él soñaba, ya que hasta por mala comprendía él que podría amarla de amor no vulgar.

¿Y si la primita no era ni buena ni mala, ni tonta ni discreta, sino un ser mediano? Aquí el Doctor creía que no llegaría á amarla, salvo en un caso. Su prima podía tener en el metal de la voz, en la luz fulmínea de la mirada, en la armonía de las facciones, en el movimiento del cuerpo, en el aire, en el ambiente magnético de su ser, un atractivo misterioso, cuya fuerza, sin que ella la comprendiese, sedujera y encadenara á un hombre como él. Así tal vez hay demonios ó genios que acuden sumisos á un conjuro, pronunciado por alguien que sabe la fórmula de memoria, si bien ignora su valor y el secreto y la razón de su eficacia. Así tal vez un músico, cantando ó tocando, despierta en un alma superior, como el Doctor juzgaba la suya, sentimientos y pensamientos que él ignora, que él no atina ni á concebir en su mente.

Todo esto y mil cosas más discurrió el Doctor con rapidez y en forma de maraña, sin poner orden ni concierto en sus vagas imaginaciones.

Descendiendo luego á negocios más triviales, pensó en que le convenía que su prima gustase de él, para lo cual era de suma importancia no ponerse en ridículo á sus ojos, pues él entreveía ya que su prima era algo burlona.

El miedo de hacerse blanco de sus burlas crecía con el afecto. Mientras más imaginaba amarla, más miedo tenía de hacerla reír á su costa. Importa declarar aquí, á pesar de todo, y aun exponiéndonos á que nuestro héroe pierda muchas simpatías entre nuestras lectoras, si llegamos á tenerlas, que el Doctor no formaba muy favorable opinión del juicio de las mujeres en general. A la más recta y acertada en sus juicios no solía darle un criterio superior al de un niño de diez años. Temblaba, no obstante, de aparecer digno de risa á los ojos de su prima.

Aunque era inocentón y casi siempre estaba en Babia, se dió á cavilar y presumir que el retrato enviado por Doña Ana á Doña Araceli, con muceta, bonete y borla, había hecho reír á Doña Costanza. Entonces se percataba de que el retrato estaba mal pintado, como pintado por seis duros, y de que además estaba él muy serio en el retrato.

—Vamos—decía,—mi prima imaginó que yo era un extraño pendantón de lugar; un bicho raro. Mejor... ya se habrá desengañado; ya me ha visto; ya habrá formado de mí mejor idea. De todos modos, bien pronosticaba yo que el uniforme de lancero y el de maestrante no habían de cautivar á este diablo de chica. No quise disgustar á mi madre. Por eso los he traído; pero los dejaré en el fondo de los baúles y me guardaré de decir que los tengo aquí.

Tomada con brío esta resolución de no emplear los uniformes para conquistar el corazón de Doña Costanza, surgía otra dificultad de mayor tamaño, si cabe.

—Y el piñonate, los gajorros y demás comestibles, que vienen de presente, ¿me estará bien entregarlos?

Aquí el Doctor se acordó de aquellos versos de La Gatomaquia, cuando habla el poeta del presente que Micifuf enviaba á Zapaquilda: