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Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1 cover

Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.1

Chapter 9: VI.
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About This Book

Un narrador presenta la vida de una aldea ficticia y, mediante conversaciones y retratos, examina las ilusiones humanas, la vejez y el anhelo por la vida rural. A través de la presencia de un amigo reflexivo y una galería de vecinos, la narración combina ironía y ternura para mostrar cómo deseos y recuerdos chocan con la realidad cotidiana. Episodios locales, observaciones sociales y meditaciones morales articulan una reflexión sobre el autoengaño, la pérdida de expectativas y la resignación frente a las pequeñas grandezas y decepciones de la existencia.

¿Qué gala, qué invención, qué nuevo traje?
En fin, vió que traía
un pedazo de queso
de razonable peso,
una pata de ganso y dos ostiones.

Su presente le pareció gatuno. Lamentó su miseria. Deploró no haber traído algún brazalete de oro y diamantes, algún collar de perlas ó algún rico medallón de esmeraldas y rubíes, en vez de traer empanadas de boquerones; pero, en fin, en Villabermeja no había otras joyas mientras no se descubriesen las emparedadas por su tatarabuela, la princesa india. Nemo dat quod in se non habet.

Además, todo el busilis estaba en dar el arrope, las gachas de mosto y las empanadas de un modo sencillo y humilde. La mirra, el oro y el incienso de los reyes de Oriente, no fueron más gratos á la divinidad humanada que las pobres y rústicas ofrendas de los pastores.

No se serenaba el ánimo del Doctor con este recuerdo evangélico. La sangre se le agolpaba á las mejillas sólo de pensar en el instante de la entrega de las empanadas y del arrope.

¿Entregaría el presente á Doña Araceli de parte de su madre, salvando toda su responsabilidad? En esto podría haber falta de piedad filial y sobra de cobardía. ¿Haría que Respetilla lo diese todo buenamente á alguna criada para que ésta lo entregase á la señora? Tal arbitrio ó recurso no parecía mal al pronto; pero apenas recapacitaba el Doctor, cuando le encontraba relleno de inconvenientes y preñado de peligros. Acaso las criadas, que en Andalucía suelen ser aficionadas á golosinas, se atracasen de todo ó se llevasen gran parte á sus casas, ó agasajasen á sus novios con lo más apetitoso y delicado, menoscabando así la grandeza y dignidad del presente, antes de que le viese Doña Araceli y fuese á encerrarle en la despensa.

Ello es que la entrega del presente dió mucho en qué pensar á D. Faustino. ¡Cuánto se arrepentía de haberle traído!

—Estuve sobrado condescendiente con mi madre,—se decía, sin recordar que él mismo, dentro de Villabermeja, respirando aquellos aires, sujeto á aquellos influjos campesinos, y distante aún de la prima burlona y seductora, no había considerado con desdén ó desvío el presente suculento. Ahora, por el contrario, quizás ponderaba más de lo justo su ridiculez, murmurando entre dientes:

—Costancita se va á burlar de mí. De seguro que ha visto los tres mulos de reata que venían en pos de nosotros. Sin duda que estará diciendo: ¿Qué traerán aquellos mulos? ¿Qué ocultarán aquellos serones y cofines? Tal vez repetirá, en prosa, el verso de La Gatomaquia:

¿Qué gala, qué invención, qué nuevo traje?

Cruelísima carcajada va á soltar cuando su tía Araceli le envíe de mi parte gachas de mosto y arrope y empanadas de boquerones. ¡No falta más sino que yo haga la advertencia que me encargó mi madre que hiciera! Mi madre me encargó que hiciera la advertencia de que estas empanadas no se toman con chocolate... Pero, señor, ¿y por qué no han de tomarse con chocolate? Pues lo que es á mí me gustan. No pocas veces, á pesar de su picadillo de cebollas y tomates, me he sacado con ellas, á pulso, un par de jícaras bien hondas. Con todo, mejor hubiera sido no traer las empanadas. ¿Me callaré que he traído los comestibles, y se los cederé á Respetilla para que los devore? Tampoco. ¡No, y mil veces no! Respetilla es interesado, y podría poner con ellos tienda en la feria, y hasta suponer que era por cuenta mía, y que el alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de Villabermeja se había metido á bodegonero.

Así cavilaba y se contradecía el Doctor, cuando entró Respetilla, cargado con los baúles.

—¿Dónde vienen los uniformes?—preguntó el Doctor en voz baja, no hiciese el diablo que le oyeran.

—En este baúl—dijo Respetilla señalando el mayor.—¿Saco el de lancero para que su merced vaya de lancero á ver á su prima?

—No, maldito de Dios. No saques ni el de lancero ni el de maestrante. No digas siquiera que has traído tales uniformes.

—Pues qué, ¿no le gusta á la señorita la gente de tropa?

—No, no le gusta. Guárdate bien de decir que he traído los uniformes.

—Válgame Dios—añadió Respetilla,—pues si á la señorita no le gusta la vestimenta militar, ¿por qué no trajo su merced aquellos arreos de doctor?

—Porque tampoco le gustan aquellos arreos.

—Entonces, ¿qué arreos le gustan?

—Yo no sé. Ningunos.

—Pues todo aquello de doctor es muy vistoso. ¡A fe que lo celebraron poco el cura y el médico, el día en que su merced se lo puso para que le viesen en casa!

—No digas simplicidades. Cuenta con charlar aquí. Que no sepan que yo me vestí de doctor en Villabermeja para que me viesen el médico y el cura.

—Toma... ¡y qué mal hay en eso! Y el ama Vicenta también quiso ver á su merced, y su merced se volvió á poner otro día el bonete y el ropón negro y la esclavina colorada. Por señas que el ama dijo á su merced: ¡Ay hijo mío, qué hermoso estás así: te voy á comer á besos! ¿Quién me había de haber dicho que se criaría á mis pechos un doctor tan resalado?

—Bien, bien; pero aquí no está el ama que me crió; y como en cada tierra hay sus usos, y como esto se parece más á Granada que á nuestro lugar, conviene obrar con circunspección. Lo que en Villabermeja fué una condescendencia inocente, lícita y hasta indispensable, aquí podría pasar por una tontería. No hables á nadie tampoco del traje de doctor.

—¿Pues de qué hablo?

—De nada. De tí mismo. ¿Qué necesidad tienes de hablar de mí? Cállate.

Respetilla se calló, y su amo se lavó y vistió con pantalones, levita y chaleco.

Cuando le llamaron al comedor, y durante la comida le dijo Doña Araceli que Respetilla le había entregado el presente de su madre, al Doctor se le quitó un peso de encima.

Doña Araceli, sin la menor ironía, elogió el arrope y las gachas y todo lo demás, incluso las empanadas, y dijo que había enviado gran parte á su sobrina, á quien gustaban mucho aquellas cosas.

El Doctor se avergonzó entonces por un motivo contrario. Creyó que había tenido una mala vergüenza del lugar en que había nacido, del presente, y hasta de su madre que le enviaba. Lo cierto es que la esencia de esto que llaman ahora cursi está en el exagerado temor de parecerlo.

Mientras que el Doctor había estado pensando y haciendo cuanto queda dicho, su prima Doña Costanza tenía con su padre, que acababa de llegar del campo, el siguiente coloquio:

—¡Dios te guarde, muchacha!—dijo D. Alonso, entrando en el cuarto de su hija, sin haberse aún descalzado las espuelas.—¿Llegó por fin Faustinito, como anunciaba mi prima Ana?

—Sí; papá: llegó Faustinito.

—¿Saliste á recibirle con tu tía? ¿Le viste y le hablaste?

—Sí, papá.

D. Alonso miró atentamente á su hija, como si quisiese descubrir en la mirada el efecto que había hecho el primo.

Importa advertir aquí que D. Alonso era el padre más amoroso que puede imaginarse. Su hija le dominaba y hacía de él lo que quería. Nada amaba D. Alonso tanto en el mundo, si se exceptuaba su dinero. Su dinero y su hija eran sus dos amores, y los dos fundamentos de su desmedido orgullo. Lo mismo que se dejaba dominar por la codicia, se dejaba dominar por el amor paternal. No había sacrificio que no hiciese por ganar dinero. No había capricho de su hija á que no se prestase, como no hubiese que sacrificar el dinero que había ganado.

D. Alonso era brusco, censurador, enemigo de todo compromiso y de toda ligereza; pero, refunfuñando y rabiando, pasaba por todo como se empeñase su hija.

—Siento que haya venido ese chico—dijo al cabo de un rato D. Alonso.—Te he aconsejado mil veces que no le hicieses venir; pero tú no haces caso de mis consejos. Eres loca de atar.

—¿Y qué locura hay en haberle hecho venir? ¡Vaya, papá bonito, no estés tan desabrido conmigo!

—¿Cómo que no hay locura? Mi sobrino es mi sobrino, y no es ningún mono para que tú te diviertas.

—Mira, papá, ¿de dónde infieres tú que yo gusto de monos para divertirme, ni que lo sea Faustinito, ni que yo quiera divertirme con él, en mal sentido se entiende? Porque, lo que es en buen sentido, él es mono, y quizás, quizás acabe por divertirme yo con él más de lo que crees. ¿Por qué no he de enamorarme de él y darle mi blanca mano?

—Aunque dice el refrán que quien habla mal de la pera es quien se la lleva, no puedo creer que hables con formalidad. Pues qué, ¿será tal el Faustino vivo que logre inspirarte amor, después de haberte dado tanto que reir en efigie? Aquí, donde nadie nos oye, confiesa que le has hecho venir por curiosidad y por gana de burlas y risas.

—Bien, ¿y qué? Lo confieso. ¿Dónde está el pecado? Figúrate que Faustinito ha venido para mi recreo durante la feria. ¿Qué hueso se le rompe? ¿Qué tormento se le da? ¿De qué soga se le ahorca? ¿A qué palabra se le falta?

—Pero, hija mía, ¿no es un pecado burlarse así de un pobre muchacho? Tu tía Araceli, á quien debes heredar y que ha tomado el negocio de buena fe y por lo serio, ¿no se picará si llega á entender tu malicia?

—No, papá, porque estos pecadillos míos no se los digo á nadie más que á tí, porque para tí no tengo secretos. Por otra parte, lo repito con seriedad, me he llevado chasco. No te diré que me voy á enamorar del primo; pero, al verle, no le he hallado ridículo como en el retrato. ¿Quieres creer que es guapo mozo? Y no parece tonto ni ordinario. En fin, ya le veremos con más detención esta noche. La tía le traerá á casa de tertulia. ¡Ah! se me olvidaba. El infeliz nos ha enviado una infinidad de chucherías de su lugar, que ya he mandado poner en la despensa. Y monta bien á caballo. Y la jaca castaña que trae no es ningún jamelgo.

—¿Y qué tal se explica?—preguntó D. Alonso.

—Muy bien se explica,—respondió Doña Costanza.

—¡Eres muy original, hija mía; eres muy original!

—¿Y por qué soy original? ¿Qué das á entender con eso?

—Doy á entender que me haces pasar de Herodes á Pilatos. Yo no quería que nos burlásemos de Faustino, y que nos indispusiésemos con la familia, y que hiciésemos una afrenta á nuestra propia sangre y casta; pero, la verdad, tampoco quisiera que acabases por enamorarte de un hombre más perdido que las ratas, y que tal vez no sirva para cosa alguna, sino para comerse lo que yo te dé. Pues no creas que es mucho. La fama es mentirosa y ponderativa. En dinero y calidad, la mitad de la mitad. ¿Qué piensas tú que podré yo darte? Harto sabes lo malas que han sido en estos últimos años las cosechas de trigo y de aceituna. El Gobierno nos saca el redaño á fuerza de contribuciones. Todo se lo tragan en Madrid. Aquello es un sumidero de caudales. Vamos, ¿qué piensas tú que podré yo darte?

—¿Y qué sé yo, papá? Tú me darás cuanto yo te pida. ¿Pues qué me negarás, queriéndome tanto?

—No es que yo te niegue nada, sino que no tengo mucho. No te figures que tu papá es un Creso. Lo más que podré darte son tres mil duritos de renta. Para vivir aquí hay de sobra; pero si quieres ir á Madrid ó á Sevilla, esto es poquísimo, y no hay que contar con más en mucho tiempo. Yo estoy robusto y pienso vivir veinte años lo menos todavía.

—Ojalá me vivas mientras yo viva. Pues qué, ¿no te quiero yo con todo mi corazón?

—Sí, me quieres. Ya lo creo que me quieres; pero no eres dócil, haces cuanto disparate te pasa por la cabeza: estás demasiado mimada. En fin, no vayas á enamorarte ahora de ese descamisado de Doctor Faustino.

—Entonces me burlaré de él, y afrentaré á mi familia, á mi sangre y á mi casta, y se picará la tía Araceli, á quien debo heredar.

—Pues no te burles de él tampoco.

—Mira, papá: esto, he leído yo en no sé qué librote que se llama un dilema. Tiene dos términos: ó burlarme ó casarme. ¿Qué prefieres?

—Niega tal dilema. Conviértele en trilema ó en cuatrilema. Añádele el término de no coquetear ni marear al primo y de que se vuelva sosegado y contento á su casa cuando pase la feria, ó añádele el término de desengañarle suavemente, si se empeña en enamorarte, y no te burles ni te cases.

—No me vengas con sofisterías, papá; aquí no hay más que dilema y archi-dilema; ó boda ó burla. ¿Sería poca burla pagar sus chucherías al pobre primo dándole calabazas enconfitadas?

Apurados todos los recursos de su dialéctica, D. Alonso se calló, reconociendo tácitamente la existencia del dilema y dando un beso en la frente á Doña Costanza.

Ella, en cambio, hizo á su padre el lazo de la corbata, le dió cuatro ó seis palmaditas en el carrillo y le acarició, por último, la calva con una fuga de besos sonoros, mientras que le tenía asida la cabeza entre sus manos blancas y suaves.

D. Alonso, en aquel instante, se sintió tan feliz y tan amado por su hija, que le hubiera dado, en vez de los tres mil, hasta cuatro mil duros de renta. Lo que no le hacía gracia era que Costancita pensase, ni de broma, en casarse con el Doctor Faustino; pero se consolaba con creer que el tal proyecto no podía pasar de ser una broma, y sólo temía que fuese algo pesada.


VI.

CARTA DEL DOCTOR Á SU MADRE

Dos días después de la llegada del Doctor á casa de Doña Araceli, pareció necesario que el mozo, que había venido con los mulos, volviese con ellos á Villabermeja, así para evitar gastos é incomodidades á la espléndida anfitriona, como porque los mulos no eran del Doctor; sino prestados. La ilustre casa de los López de Mendoza no podía sustentar ya sino la jaca del Doctor, el mulo de Respetilla, y dos borricos que casi siempre estaban estudiando. En Villabermeja se entiende por estudiar dejar sueltas en el campo las caballerías para que ellas se busquen la vida, alimentándose de la escasa hierba que pueden hallar, sobre todo cuando no llueve. Como el Doctor pensaba quedarse con su tía una larga temporada, el mozo de los mulos volvió con ellos de vacío al lugar. D. Faustino envió por este medio una extensa carta á su madre, que trasladaremos íntegra en este sitio, por ser un importante y fidedigno documento de nuestra historia.

La carta decía:

»Querida madre: No sé si alegrarme ó entristecerme de haber venido por aquí y de haber acometido esta empresa. La tía Araceli es la misma bondad, la quiere á V. mucho y me ha recibido y tratado con el mayor afecto. Aunque la tía tiene talento, es tan candorosa, que no descubre en nada la malicia. Así es que los elogios que Costancita hizo de mí, al ver el retrato doctoral, créame V., fueron irónicos, y la tía los tomó por moneda corriente. Costancita me ha hecho venir por curiosidad y porque es muy caprichosa y porque está muy mimada por su padre y hace cuanto se le ocurre; mas no porque se enamorase al verme en efigie con el bonete y la muceta. Por fortuna, me lisonjeo de haber infundido en el ánimo de Costancita mejor idea vivo que retratado.

»He hablado con el tío Alonso, que, gracias á Dios, tiene buena índole, pues sería insufrible si no la tuviera. Está tan vano y engreído con sus riquezas, que se figura que es el hombre más discreto, hábil y entendido entre cuantos mortales conoce. Atribuye á ciencia suya, y no á feliz casualidad, el haber hecho tanto dinero, y entiende que poseyendo él en alto grado dicha ciencia, que es la principal, puede y debe decidir sobre todas las otras sin apelación. Habla, pues, de política, de literatura, de artes, de todo, en suma, con autoridad imperiosa; y como aquí apenas hay persona de la sociedad que no le deba dinero ó favores, todos acatan su opinión como la voz de un oráculo, y no hay quien le contradiga.

»La amabilidad del tío es extraordinaria, no sólo conmigo, sino con cuantos vienen á verle. Quiere pasar por un señor muy llano, lo cual no impide que sea majestuoso y entonado á la vez. Se dirige á todos con cierto aire de protección y de superioridad, que no ofende por la natural buena fe de que nace.

»El tío presume también de chistoso y goza mucho de que le rían las gracias. Cuantos asisten de noche á su tertulia se juzgan en la obligación de reírselas, y por lo común, se las ríen sin esfuerzo ni violencia, porque el dinero está dotado de tal encanto, que agracia la palabra y los pensamientos de quien le tiene.

»Nada ha dicho el tío por donde se pueda colegir que sabe nuestros planes.

»Sólo se ha jactado conmigo, y creo vana la jactancia, de que, si quisiese, podría disponer de todos los votos de este distrito y hacer un diputado á su gusto.

Dos ó tres veces me ha interrogado como para examinar mi capacidad, medir mis fuerzas y calcular qué se puede esperar de mí. Ignoro si el resultado de estos exámenes me ha sido favorable ó adverso. Bajo las apariencias de franqueza lugareña y de inocencia rústica y campechana, tiene el tío, á mi ver, mucha recámara y disimulo.

»No hablo á V. de la tertulia diaria de casa del tío, pues es como todas. Los viejos juegan al tresillo; los jóvenes arman duos amorosos ó se divierten contando chismes. Costancita parece una emperatriz. Dos ó tres amigas están junto á ella, como si fueran sus damas de honor ó su servidumbre, y luego se forma en torno un ancho círculo de admiradores.

»Al punto se advierte que todos la adoran, sin que la deidad adorada haga el menor favor, salvo el de agradecer los rendimientos y adoraciones con alguna mirada piadosa ó con alguna dulce sonrisa. Á Costancita se le graba y ahonda, cuando sonríe, un precioso hoyuelo en la mejilla izquierda, y enseña, además, unos dientes blanquísimos.

»No se ha proporcionado ocasión, en dos días, de que yo hable con ella á solas. Casi me alegro. Costancita me ha inspirado cierto respeto y consideración, tal vez porque es mi prima, y no quisiera profanar el amor, hablándole de amor, antes de estar cierto de que la amo.

»Cuando yo no sé aún si la amo, ¿cómo he de saber si me ama ella? Me echa miradas muy cariñosas; pero no acierto á calcular todo el valor y significado de estas miradas. Creo que á ninguno de los admiradores se las dirige tan significativas; pero como el amor propio puede engañarme, siempre estoy espiándola á ver si mira á algún otro del mismo modo que á mí.

»Ella no cae en la cuenta de que yo la espío. Hay en ella mucho candor infantil. Reina en su conversación singular hechizo. ¡Qué melindres los suyos! ¡Qué inocentadas! Parece una criatura de siete años.

»Y no obstante, ¡si viera V. con qué discreción habla en ocasiones, qué cosas tan sutiles dice, cómo remeda á éste ó se burla de aquél, y con qué travesura y desenfado lo hace todo! El tío Alonso se queda embobado oyendo y viendo las que él llama maldades de su diablillo. Yo no extraño esto, porque la chica es tan viva y tan graciosa, que aun sin que sea á su padre puede embobar á cualquiera.

»Al principio (ya V. sabe lo receloso que yo soy) empecé á temer que Costanza fuese una niña muy consentida, mala de carácter y fría de corazón; pero ya creo que no: ya creo que es buena.

»¡Si oyera V. con qué voz tan argentina y con qué acento tan blando me llama primito!

»En la tertulia, en medio de sus admiradores, me distingue y considera mucho, y me saca conversación á propósito para que yo pueda lucirme, y me anima y me aprueba cuando digo algo que le parece bien.

»Me ha hecho varios cumplimientos muy naturales y sentidos, que me han lisonjeado. Me ha dicho que monto muy bien á caballo, y que sé contar cosas muy entretenidas y amenas.

»Hasta llega á asegurar que las empanadas de boquerones que hacen en Villabermeja le saben á gloria, y que de las que yo he traído, se regala tomando una diaria con el chocolate del desayuno.

»Me ha preguntado por las curiosidades de ese lugar, y unas veces ha celebrado con risa mis contestaciones, cuando eran para reir; otras veces las ha oído con mucho interés, cuando eran serias. Ha querido saber, por ejemplo, si era muy grande el castillo; si el Comendador Mendoza seguía penando en los desvanes de casa; si en Villabermeja roncan al hablar como en Jaén ó gastan otro linaje de ronquidos; y, por último, si nuestro Santo Patrono sigue haciendo milagros ó vive ocioso en el cielo. Acerca de este punto le contesté dando involuntariamente á mis palabras cierto tinte vago de libre pensador, y afirmando que el Santo Patrono no trabaja ahora; pero pronto me contuve, notando la severidad y el disgusto con que me oyó Costancita, de quien he sabido además, por tía Araceli, que es fervorosa creyente. En efecto, en aquella frente serena, en aquellos ojos que destellan luz inmortal, y en todo aquel ser delicado, elegante, etéreo y armónico, se está revelando que vive un espíritu lleno del más puro idealismo.

»Ni con la tía Araceli he querido hablar de proyecto de boda. Tampoco la tía me ha hablado. Es menester antes que yo me enamore de Costancita y que Costancita se enamore de mí. Entonces todo será natural y decoroso. Una gran pasión todo lo justifica. Pero así, sin pasión, ¿cómo he de tratar yo de matrimonio? ¿Qué puedo ofrecer á mi prima? Un caudal de esperanzas y de ilusiones.

»Siempre que siento la tentación de hablar de boda, siquiera con la tía, recuerdo cierto cuentecillo, y la tentación se me pasa. Recuerdo á aquel novio que dijo que si su futura llevaba para comer, él llevaría para cenar; pero, cuando se casaron y comieron ricamente, llegada la hora de la cena, el novio salió con que no era ningún buitre, y con que, si comía bien, jamás cenaba. Así tendría yo que hacer con Costancita, como no le ofreciese para cena mis ilusiones, ó como no la obligase á vivir á Villabermeja, en un perpetuo idilio, donde, con los zuritos de la casería, con los conejos, pavos, gallinas y pollos de nuestro corral, con la caza, con la miel de nuestras colmenas, con las uvas de nuestras viñas, con nuestro vino y aceite, y con cuanto V. prepara y guarda en la despensa, basta y sobra para un rústico banquete diario, digno de García del Castañar y de su fiel, enamorada y linda esposa.

»Mas para esto son inútiles todas las riquezas de Costancita... ¿Qué digo son inútiles? Son perjudiciales. Rica heredera, lisonjeada de hermosa, con la conciencia de su natural distinción, de su poder, de su gallardía y de su elegancia, Costancita querrá ir á las grandes ciudades y brillar en ellas, y tendrá tambien sus esperanzas y sus ilusiones, que nunca desechará como no se prende de mí y llegue á adorarme. Y si se prenda de mí y llega á adorarme, ¿qué razón hay para quedarnos en Villabermeja, teniendo Costancita dinero con que vivir en Madrid, donde justificaré yo su amor y el gran concepto que ella forme de mí, encumbrándome por todos estilos? Resulta, pues, que ora me quiera, ora no me quiera Costancita, es imposible realizar con ella un idilio bermejino. Para este idilio importaba encontrar una Costancita tan pobre como yo ó más pobre.

»Y aquí me pregunto: ¿tengo vocación para hacer este idilio? Si Costancita fuese pobre, más pobre que yo, y me amara, ¿la amaría mi alma y olvidaría por ella todo otro anhelo, y hundiría y ahogaría en el piélago de luz beatífica de una mirada suya los mil ensueños de ambición y de gloria?

»Desde que ví á Costancita me estoy preguntando esto, y no atino con la respuesta. Advierto luego con vergüenza que mi pregunta equivale á esta otra, despojada ya de todo artificio retórico, en su terrible y brutal desnudez: ¿Quiero engañarme á mi mismo fingiéndome que amo ya á Costancita, cuando en realidad no amo sino su dinero? ¿Qué hipocresía absurda pretendo emplear hasta conmigo? ¿Por qué vine aquí? ¿Me atrajo la fama de las virtudes y de la hermosura de mi prima, ó acudí al olor del dote? Si soy un Coburgo lugareño ¿para qué presumir de fino enamorado y de romántico adorador de la señora de mis pensamientos?

»Para que responda á estas preguntas, para que confiese su crimen, hace dos días, desde que ví á Costancita doy á mi alma todo género de tormentos. Soy un feroz inquisidor de mi alma, y el alma no contesta claro. ¡Es singular! En Villabermeja, y durante el viaje de Villabermeja á esta ciudad, acepté é hice sin repugnancia el papel de Coburgo, y ahora me repugna el papel y quiero cohonestar mi conducta, fingiéndome enamorado. ¿Será mi orgullo que se despierta al ver lo burlona que es mi prima? ¿O la misma vergüenza de ser un aspirante á su dote provendrá de que ya la amo?

»En fin, yo ando muy confuso, y no atino á explicarme estas cosas.

»Tal vez, como yo he vivido casi siempre en Villabermeja, donde lo más distinguido que hay en punto á mujeres son las Civiles, y como en las cortas temporadas de Granada he hecho siempre vida estudiantil, jugando al monte, y siendo las damas más encopetadas con quienes he tratado alguna bailarina ó alguna pupila, me he dejado deslumbrar por Costancita. Quizás, viniendo en busca de dinero, hallé amor, pues más bien halla amor quien le siente que quien le inspira.

»De cualquier modo que sea, presiento en este asunto algo más serio de lo que pensábamos.»


VII.

PRELIMINARES DE AMOR

Hay en mi mente mil razones que la inclinan á no proseguir la narración de esta historia. Sólo el compromiso que contraje al empezar su publicación me lleva ahora á continuarla.

El protagonista me desagrada cada vez más. En sus calidades intrínsecas hay poco ó nada que le haga interesante, y, sobre todo, su posición de señorito pobre es antipoética hasta lo sumo. ¿Qué lance verdaderamente novelesco puede ocurrir á un señorito pobre? Un buen héroe de novela sin dinero no es concebible sino entre salvajes, en países remotos, en edades antiguas, en medio de civilizaciones bárbaras ó en lucha abierta con nuestra civilización y foragido de ella, donde sean, de acuerdo con la sentencia del ingenioso hidalgo, sus fueros, sus bríos; sus pragmáticas, su voluntad. Pero protegido á par que reprimido por un juez, por un alcalde y hasta por un guardia civil, con cédula de vecindad ó con pasaporte, sujeto á multitud de reglas, encomendada la defensa propia á gente asalariada por la comunidad, lleno de temor de faltar, no ya á un precepto de ley, no ya á un reglamento de policía urbana, sino á lo que llaman conveniencias, ¿qué se ha de esperar que dé de sí un señorito pobre, digno de la más sencilla y pedestre novela? De no romper con la sociedad haciéndose mendigo ó bandolero, importa sobreponerse á ella, lo cual no se consigue sin ser un Abul-Casen ó un Montecristo.

Nada de esto era nuestro pobre Doctor, y yo no he de apartarme un ápice de la verdad, suponiendo lo que no era. Suplico, pues, á mis lectores que me disculpen si caigo y hasta me arrastro y revuelco en el más prosaico realismo.

A fuerzas de trabajo y de súplicas, habían logrado Doña Ana y el Doctor que unos marchantes bermejinos les compraran dos tinajas del vino superior que tenían, de la flor y nata de la cosecha, pagándolas al contado, caso raro por allí, y á diez reales la arroba. El producto líquido de esta venta, deduciendo mermas, botas de regalo á los marchantes y gajes y propina del corredor, se elevaba á la cantidad de mil nuevecientos reales. Los marchantes entregaron religiosamente dicha suma en monedas de todas clases, siendo más de mil reales en calderilla. Según el uso del país, cada cien reales, ó sea cada ochocientos cincuenta cuartos, venían metidos en una esportilla de palma de escoba, cosida con guita ó con tomiza. Como la esportilla no se ha de dar de balde, en cada esportilla se cuentan sólo ochocientos cuarenta y ocho cuartos, restados dos por el valor de la esportilla. Verdad es que la esportilla es siempre útil, pues cuando no sirve para llevar cuartos, sirve para llevar aceitunas, con lo cual se saca la ventaja de que los cuartos vengan á menudo bañados en el caldo y aliño de las aceitunas, y las aceitunas adquieran cierto sabor y olor á la mugre de los cuartos. Por lo demás, lo mismo debieran valer mil reales en cuartos, metidos en esportillas, que mil reales en oro. El Doctor, sin embargo, no quiso emprender la conquista de su prima Doña Costanza con aquel numerario tan voluminoso y mugriento. Su transporte, en la forma en que estaba, casi hubiera requerido otro mulo más sobre los tres, ó mejor dicho en pos de los tres del equipaje y de los presentes. El Doctor tuvo, pues, la precaución de acudir á la vieja tendera, que le quería bien, á pesar de la mala pasada que hicieron los podencos comiéndose el reparo de bizcochos con vino y canela; y la tendera, rica y generosa, le hizo el insigne favor de cambiarle los mil y nuevecientos reales en dobloncillos de dos y cuatro duros. Con este oro se habían pagado ya las costas de la posada durante el viaje.

A los cuatro días de vivir el Doctor en casa de Doña Araceli, un señor Marqués de Guadalbarbo, que había venido como él á la feria, le llevó al Casino, le indujo á jugar al monte, le excitó é echar tres ó cuatro vaquitas, que todas berrearon, y los mil nuevecientos reales se vieron reducidos á poco más de mil.

Temeroso el Doctor de encontrarse sin blanca, hizo promesa solemne de no volver al Casino, para no caer en la tentación de jugar al monte.

Era menester que los mil reales que le quedaban alcanzasen para el tiempo que había de estar en el pueblo de su prima, para gratificar á los criados al partir, y para los gastos del regreso á la patria.

La íntima contemplación de esta miseria propia aumentaba la timidez, la melancolía y el encogimiento del Doctor en todas partes. Se avenía tan mal el don con el tiruleque, disonaba tanto lo de Alcaide perpetuo y demás blasones con aquella escasez absurda de metales preciosos, que D. Faustino se sentía acobardado, postrado, abatidísimo, como si le hubieran dado cañazo.

Llegaron los días de la feria: hubo toros; hubo mucho turrón y mucho garbanzo tostado; en fin, cuanto hay en todas las ferias. D. Faustino fué á los toros, convidado por su tío; paseó por el campo de la feria, caballero en su jaca y vestido de majo; hizo como quien se divierte, pero se divirtió menos que en un entierro.

Las indefinibles miradas entre él y Costancita continuaban como desde el principio. Por la noche, cuando no había velada en las calles ó en el paseo público, había tertulia en casa de D. Alonso. Así se pasó una semana, y así llegó el último día de la feria, pero los amores de D. Faustino y de Doña Costanza estaban menos adelantados que en el primer día en que ambos primos se vieron.

Si el Doctor hubiera hallado á Doña Costanza por acaso, sin previo aviso y concierto de que venía á vistas para casarse con ella, el Doctor le hubiera declarado sin rebozo sus más atrevidos pensamientos. Pero ¿qué es decir á Doña Costanza? Al lucero del alba, á la propia Diana, á la propia Vesta, los hubiera declarado el Doctor. Su proceder tímido no nacía de natural timidez, sino de orgullo. Él, al menos, así lo imaginaba. Allá en su rica fantasía segaba á montones cuantas flores brotan en las faldas del Helicón y del Parnaso, lozanas y olorosas por el fecundo riego de las fuentes Hipocrene y Castalia, y con estas flores adornaba y cubría su declaración de amor á Doña Costanza; pero no bien apartaba de nuevo las flores y quedaba la declaración escueta, el Doctor no veía sino esta fórmula prosáica: «Tráeme los tres ó cuatro mil duros de renta, que me hacen mucha falta. Yo, en cambio, no tengo sino amor.» Cada vez que á solas en su cuarto, durante el silencio de la noche, el Doctor se repetía las mencionadas frases, se le saltaban las lágrimas de dolor y de rabia. Cada vez, sin embargo, se le figuraba que amaba más á su prima. Por momentos creía sentir por ella verdadero amor; pero los mil reales en que tenía que mirarse para que no se gastaran, su pobreza bermejina, en suma, que hasta para él mismo hacía inverosímil su amor desinteresado, ¿cómo no había de hacerlo también para Costancita?

¡Cuánto lamentaba el Doctor entonces, tocando y aun pasando los límites entre la razón y la locura, no haber nacido en Oriente y ser corsario ó klepta y giaour, como un héroe de Byron, ó no haber nacido en humilde cuna para ser bandolero como José María, ó no haber nacido en el siglo XI ó XII para conquistar á cuchilladas y lanzadas, no ya dinero, sino un imperio, y dárselo luego á Costancita en pago de su corazón!

Doña Araceli, que, por amor á su amiga y prima Doña Ana, había preparado el asunto del noviazgo, aficionada después al sobrino Doctor, se dolía de que las cosas marchasen con tanta frialdad y lentitud. No quería ó no se atrevía, con todo, á decir nada á D. Faustino. Juzgaba más conveniente dejar á los presuntos novios en completa libertad para que todo dependiese de su iniciativa.

El Doctor había dado un bufido á Respetilla siempre que éste, á las horas de irse á acostar su amo, que era cuando más á solas le veía, había empezado á hablarle del noviazgo. El Doctor, pues, respecto á sus amores con Doña Costanza, estaba reducido á un soliloquio perpetuo. Respetilla, con todo, no pudo resistir más la gana de hablar, y una noche le dijo:

—Señorito, hoy hace ocho días que estamos aquí.

—Bueno, ¿y qué? Estaremos otros cuatro ó cinco más, y nos volveremos á Villabermeja,—contestó el Doctor.

—Pues si aprovecha su merced los cinco días que quedan como ha aprovechado los ocho, lindo viaje hemos echado: estamos lucidos.

—¿Qué tienes tú que ver con eso? Cállate. No seas insolente.

—Señorito, yo tengo mucha ley á su merced, y aunque me dé de palos he de hablar y he de meterme en camisón de once varas y he de decir lo que conviene.

—Respetilla, Respetilla, cuidados ajenos matan al asno.

—Yo no niego que soy un asno, señorito; pero niego que los cuidados de su merced sean para mí cuidados ajenos: los cuidados de su merced son para mí más que propios.

—¡No eres tú pillo, ni nada, Respetilla! Vamos, dí lo que se te antoje. Te doy completa libertad por esta noche.

—Pues, señorito, lo primero que digo es que fray Modesto nunca fué guardián. Su merced anda muy encogido y cobarde, y de cobardes no hay nada escrito. Yo sé, de buena tinta, que mi señora Doña Costanza tiene más gana de que su merced le diga algo de amores que un gitano de hurtar un borrico. Está frita y refrita por esos pedazos; pero, ya se ve, como su merced se calla, Doña Costanza no ha de hacer lo que hizo la dama del romance con su camarero Gerineldos.

—¿Y cómo sabes tú esas cosas? ¿Cuál es esa buena tinta de que la sabes?

—La buena tinta es una morena más retrechera que el reló de Pamplona, que apunta, pero no da, y me tiene achicharrado hace días.

—Me dejas en la misma duda. ¿Quién en esa retrechera?

—¿Quién ha de ser?... Manolilla.

—¿Y quién es Manolilla?

—Señorito, perdone su merced: ¿tengo yo la culpa de que á su merced se le vaya el santo al cielo, y esté casi siempre trasponido y á obscuras, y no vea ni entienda, y con tanto entendimiento y con tanto libraco como ha leído, viva en Belén, como quien dice?

—Pues, hombre, no faltaba más sino que para no vivir en Belén y para tener una idea exacta y completa de las cosas creadas y de lo que más importa fuera necesario que yo supiese quién es Manolilla.

—Pues aunque su merced se me enoje, le sostendré que es necesario y más que necesario. Manolilla no es una Manolilla cualquiera: es la criada favorita de Doña Costanza. Yo no me duermo en las pajas, y aunque no he venido á vistas, cómo la he hallado vacante, la he dicho: aquí me tienes, cuerpo bueno; y como la moza no es ninguna fiera, habla conmigo algunas noches por una de las rejas del jardín.

—¿Y qué te ha dicho de su señora? ¿Sabe ella lo que su señora piensa de mí?

—Dice que la señorita dice que su merced tiene mucho talento y sabe más que Lepe y Lepijo del cielo y de los espacios imaginarios; pero que su merced parece á veces un tío lila, y que le está dando un camelo con no declararse.

—¿Eso dice?

—No digo yo, ni dice Manolilla, que ella lo diga con las mismas palabras; pero así, por estilo burdo, no atinamos nosotros á exponer de otra suerte el sentido de lo que dice.

—Está bien. ¿Cuándo hablarás tú con Manolilla?

—Esta noche á la una. En cuanto su ama se acueste, saldrá á la ventana Manolilla á pelar la pava conmigo.

—¿Podrás llevar una carta mía para Doña Costanza?

—¿Y por qué no? Escríbala en seguida su merced.

D. Faustino se puso al momento á escribir la carta; y una vez escrita, se la entregó al criado, que se fué á ver á Manolilla.

El Doctor no pudo pegar los ojos en toda la noche, pensando en el efecto que la carta produciría y lleno de zozobra de hacer reir á Doña Costanza.

Lo primero que hizo el Doctor, cuando Respetilla entró en su cuarto á la mañana siguiente para limpiarle la ropa, fué preguntarle si había entregado la carta.

—Manolilla quedó anoche en entregársela á su ama en cuanto su ama se despertase. A estas horas ya la habrá leído treinta veces la señorita, y se la sabrá de memoria,—contestó Respetilla.

—¿Crees tú que habrá contestación?

¿Y cómo dudarlo? Tan cierta tenga yo la gloria. Esta noche espero que Manolilla me traerá la contestación, y yo vendré en seguida á dársela á su merced.

Mientras pasaban estas cosas entre el Doctor y Respetilla, Doña Araceli, harta ya de ver que sus planes no tenían resultado ninguno, se decidió á romper el silencio y á tener una explicación con su sobrina. Con pretexto de ir á misa, salió de su casa muy temprano y se fué á ver á Doña Costanza, que estaba en cama aún, pero ya despierta. Don Alonso había ido al campo á caballo, de lo que se alegró Doña Araceli, que no quería que la sospechasen ni acusasen de favorecer demasiado aquellos amores.

Doña Araceli había amado muchísimo, aunque sin fruto y con desgracia; y como la mayor parte de las mujeres que amaron mucho de mozas, se deleitaba, cuando ya era vieja, en que la gente joven se amase, y hasta aceptaba y hacía el tercer papel, con la misma vehemencia y ternura con que en su juventud había hecho el primero.

Una de las mayores rudezas y crueldades de la opinión vulgar es, en mi sentir, dar un nombre feo, malsonante y de vilipendio, tanto que no me atrevo á estamparle aquí, á las mujeres ya viejas que conciertan voluntades. Cuando esto se hace con buen fin y sin interés, es el grado más sublime á que puede elevarse el amor en lo humano; es la manifestación gloriosa del amor, limpio ya de egoísmo; es el amor del amor, sin atender al propio bien ni al logro del propio deseo. No hay obra de misericordia que no se resuma y cifre en el ejercicio de esta virtud archi-amorosa, tan de nigrada y escarnecida. La que ejerce esta virtud cura al enfermo, redime al cautivo, da de beber al sediento, enseña al que no sabe, busca posada para el peregrino, y viste la desnudez de un alma con todas las galas y joyas del amor bien pagado. Sólo mujeres tiernas y excelentes, como Doña Araceli, son capaces de esta virtud. Hay, además, en esta virtud mucho de semejanza al estro poético, á la inspiración, al prurito nobilísimo de producir lo bello, de crear una obra de arte. ¿Qué obra de arte más bella que unos amores, que el concierto y armonía de dos voluntades, que la confusión y compenetración de dos almas en una sola?

Movida, pues, de tan altos y benditos sentimientos, entró Doña Araceli en la alcoba de su sobrina. Suave fragancia transcendía por toda ella. No eran aromas alambicados por Atkinson, Violet ó Lubin. Apenas si había más que jabón y agua fresca en aquel tocador. Así es que, si no disgustase ya el empleo de la mitología, podría decirse que prestaban á Doña Costanza tan delicado aroma la ninfa de la fuente de su jardín é Higia y Hebe, diosas de la salud y de la juventud.

Había en la alcoba una ventana que daba al jardín. Al través de los cristales entraban por ella algunos rayos de sol, que parecían filtrarse por entre el tupido ramaje de la madreselva y los jazmines que velaban la ventana. Un canario, cuya jaula pendía del techo de la alcoba, cantaba de vez en cuando. Y en el lado opuesto al de la cama se veía un altarito, con dos velas encendidas; y sobre el altarito, una Purísima Concepción de talla, bastante bonita.

Doña Costanza no usaba papalina, cofia, ni redecilla para recogerse el pelo durante la noche; de suerte que el pelo, libre y desatado, mostraba entonces toda su abundancia y hermosura. No exigían tampoco ni el uso ni aquel clima benigno otra vestidura para dormir, que la holanda venturosa que inmediatamente tocaba el lindo cuerpo de Doña Costanza, plegándose y ajustándose un tanto á la garganta, merced á una cinta de seda azul celeste, que formaba un lacito sobre el pecho. La sábana y una colcha ligera cubrían á la joven, si bien ciñéndose al cuerpo por tal arte, que revelaban sus graciosas, elegantes y juveniles formas.

Doña Araceli, que además del cariño de tía tenía lo que llamaba Dante entendimiento de amor, no pudo menos de extasiarse al ver á su sobrina; y después de haberla contemplado un rato, se echó en sus brazos y la besó, diciendo:

—¡Qué hermosísima estás, muchacha! ¡Dios te bendiga! ¡Vamos, si pareces una Magdalena sin penitencia y sin pecado!

—Tiita, no se burle de mí con lisonjas. Mire V. que no soy presumida.

—¡Qué me he de burlar, hija mía! ¡Qué me he de burlar! ¿Dónde se ha visto cosa más mona que tú? ¡Alabado sea Dios, que quiso lucirse y echar el resto en tu persona! Así, en estos momentos, es cuando hay que ver á las mujeres para juzgar sobre su mérito: despeinadas, sin afeites, sin cascarilla ni arrebol, como el Señor las ha criado.

—¿Qué la trae á V. por aquí tan de mañana, tía?

—Pero, muchacha, ¡qué colores tienes tan frescos cuando te despiertas! ¡Si pareces una rosa!—interrumpió Doña Araceli.

Costancita, en efecto, se había puesto más colorada que de costumbre, cuando su tía entró de improviso, y había ocultado rápidamente debajo de la almohada la carta del Doctor, que Manolilla le había dado y que ella acababa de leer.

—¿Qué quiere V., tiita? V. misma lo ha explicado todo. Sin penitencia y sin pecado, ¿cómo no he de tener buenos colores?

—Dí también que sin amor y sin desvelos. Eso es lo que no me explico, hija Costanza. Tus ojos son engañosos. ¿De dónde procede el fuego seductor que los anima? ¿De aquí, de este corazoncito? Pero, ¿cómo ha de proceder, si este corazoncito está helado?

—¡Helado! ¿Y de dónde infiere V. eso? Al contrario, tía. Sepa V. que mi corazón está lleno de amor.

—¿Para quién, hija?

—Hasta ahora, tía, para nadie. Pero, ¿dejará de arder el amor y de morar en mi alma y de ocuparla toda, aunque no tenga objeto en quien se emplee?

—No me salgas con tiquis-miquis que no se entienden. ¿Qué es amor, sino deseo, apetito violento, afán de unirse al objeto amado? Y si careces de objeto, ¿cómo no has de carecer de amor? ¿Qué anhelas tu gozar? ¿A qué apeteces unirte, amándolo?

—Pasito, tía, que no es tan invencible el argumento de V. Cuando hay amor y no hay objeto en el mundo para el amor, se imagina, se sueña, se crea un objeto, y este objeto se ama. Así hago yo. ¡Y si V. viese qué precioso es el objeto que forjo en mis sueños!

¿No se parece nada á tu primo Faustino?

—A decir verdad, tía, estas imágenes que se forjan en sueños distan mucho de tener la consistencia de la realidad: son vagas, confusas, aéreas. Sus contornos se desvanecen en un ambiente de niebla luminosa. ¿Cómo he de saber yo de fijo si mi objeto soñado se parece al primito ó no? Eso es según. Ya creo que se parece algo, ya que no se parece nada.

—¿Luego amas una imágen que no sabes cómo es?

—Sé y no sé. Es un misterio que no logro poner en claro.

—No seas pícara, Costancita. Déjate de misterios. Dime sin rodeos ni diabluras si quieres ó no á tu pobre primo.

—Antes sería menester saber si él me quiere ó no.

—El te quiere, te adora. Eso se conoce.

—V. lo conocerá, tía, porque V. tiene más conocimiento que yo. Yo soy inexperta y tan mocita, que nada conozco. ¿Para qué sirve la lengua? Si me quiere, ¿por qué no lo dice? ¿Porqué no se declara? ¿Quiere él y quiere V. que yo le pretenda?

—No, hija Costanza. El no se declara porque es muy tímido.

—La timidez y la tontería suelen confundirse.

—En este caso no. Además, Faustinito no ha tenido ocasión. ¡Tú estás siempre tan circundada!

—Se rompe el círculo que me circunda, se busca ocasión y se halla.

—¿Y quién sabe si él la anda buscando?

—Muy torpe es si anda buscándola ocho días sin hallarla. Pero, vamos, tiita, yo la quiero á usted muchísimo, y no quiero embromarla más ni ocultar á V. nada.

—Dí, dí, picarita. Ya calculaba yo que había gato encerrado.

Doña Costanza metió la mano debajo de la almohada y sacó el billete de su primo entre los lindos dedos.

—Aquí está el gato—tía—dijo.—Aquí está el gato. Ocho días ha tardado el primo en pensar y en escribir esta epístola. Confiese V. que no se precipita y que va con calma, reflexión y reposo.

—No seas burlona. Tu primo no se habrá atrevido á escribirte antes. Léeme la carta.

Tía, ¡por amor de Dios! Este es un secreto. No se lo diga V. á papá ni á nadie. Estas cosillas son más gustosas cuando no se saben.

—No tengas cuidado. Yo me callaré. Lée.

Doña Costanza, en voz muy baja, leyó el billete, que decía así:

«Primita: He tenido el atrevimiento de concebir una esperanza de fidelidad, que me alienta hace ocho días. Mil temores, nacidos de mi corto valer y de lo mucho que tú vales, asaltan mi esperanza, luchan contra ella y procuran matarla. Acudo á tí para que la perdones y la ampares. Basta con una palabra de tus frescos labios para que viva. ¿Pronunciarás tan dulce palabra? En todo caso, no condenes á esta esperanza sin oir antes lo que tengo que decir en su defensa. ¿Cómo y dónde podré hablarte? Si cierta simpatía que he creído leer en tus ojos, si cierta piedad con que me miras á veces, no son mentira que mi fatuidad inventa, confío en que has de buscar medio de oirme lejos de la turba de adoradores que te rodea. Aguarda con ansia tu contestación el más fervoroso de todos, tu primo.—Faustino

¿Ves cómo no debes quejarte?—dijo Doña Araceli.

—Y si yo no me quejo, tía.

—¡Y qué carta tan fina y tan bien hilvanada! ¡Cómo el galán encaja en ella todo lo que quiere! ¡Con qué arte es atrevido sin dejar de ser modesto! ¡Con qué primor pide amores y citas sin que parezca que pide nada! Y tú, ¿qué vas á hacer?

—Allá veremos, tía. Lo natural, lo que se cae de su peso, es estar pensando durante otros ocho días la contestación.

—Costancita, no seas mala. ¿Le quieres ó no le quieres?

—¿Y yo qué sé tía?... ¿He de sentirme enamorada de sopetón? Hablando con franqueza, yo me temo que voy á amarle. Advierto que me atrae, que se va hacia él un poquito mi voluntad; pero no le amo todavía. Será menester, lo primero, que me convenza yo de que soy querida, muy querida. Después... repito que allá veremos.

—Entretanto, ¿qué vas á contestar?

—Nada, por lo pronto. Ocho días de silencio.

—Se va á morir de impaciencia.

—Pierda V. cuidado, que no se morirá. Por otra parte, ya ve V. que el primito es atrevido; tardío, pero cierto; me pide nada menos que una cita á solas, ó yo no lo entiendo. Darle la cita sería comprometerme demasiado. ¡Jesús! ¡Qué ligereza! ¿Qué se diría de mí si se supiese?

—Pero, muchacha, si ha de ser tu marido, ¿no podrás hablar con él un momento por una reja?

—¿Y quién le dice á V. que ha de ser mi marido? Eso está por ver.

Por más halagos, razones y caricias que hizo y dijo Doña Araceli á su sobrina, no logró ni más promesas ni más luz sobre el estado de su alma con relación á D. Faustino.

Doña Araceli, no obstante, volvió á su casa algo más confiada en el buen éxito de los amores que con tanto entusiasmo patrocinaba.


VIII.

AL PIE DE LA REJA

Todo aquel día estuvo el Doctor alborotado y lleno de ansiedad aguardando contestación de Doña Costanza.

Vió á su prima en el paseo y en la tertulia. Le habló delante de los otros amigos y amigas que la cercaban. No notó ningún signo de que Costancita hubiese recibido bien su carta. Antes al contrario, le pareció que Costancita estaba con él más seria que de costumbre. Sus miradas eran menos benévolas y frecuentes. El Doctor se dió á sospechar que había caído en desgracia, y se puso más melancólico que de costumbre.

Respetilla no había podido ver en todo el día á la doncella favorita. D. Faustino le preguntó en balde sobre la suerte y paradero de su carta.

Aquella noche volvió el Doctor á las doce de la tertulia de D. Alonso á casa de la tía Araceli. En vez de desnudarse, rogó á su criado que fuese cuanto antes á hablar con Manolilla, y que á la vuelta entrase á hablarle, que él le aguardaba despierto y vestido.

Así lo hizo, y se quedó sentado á la mesa leyendo un libro de filosofía; pero no acertaba á entender ni un renglón siquiera. Sobre las páginas graves del libro brincaba la imagen de Costancita, riéndose, enamorándole y distrayéndole de todo.

Transcurrieron dos horas mortales. Después de las dos oyó D. Faustino pasos de puntillas en los corredores. A poco levantó Respetilla el picaporte y entró en el cuarto.

—¿Por qué has tardado tanto? ¿Traes contestación?—preguntó el Doctor.

—Vaya, señorito, ¿cree su merced que es tan fácil entrar en esta casa? El chico que me abre la puerta falsa se había dormido como un tronco, y por poco no me quedo á dormir al sereno.

—¿Traes carta?—volvió á preguntar D. Faustino.

—No se apure su merced.

—¿Qué hay? No me apuro—dijo el Doctor, contradiciendo lo apesadumbrado y lastimero de la voz lo mismo que expresaba.—No me apuro. Dí ¿qué hay?

—Pues digo que no hay carta. Doña Costanza ha regañado á Manolilla porque le entregó la de su merced, á la que dice que no quiere contestar.

—¡Bien me lo decía el corazón! Yo soy poco dichoso. No quiero seguir aquí tonteando. Mañana nos volvemos á Villabermeja.

—Señorito, yo creo que las cosas no están tan mal como su merced se las figura.

—¿Y por qué lo crees?

—Lo creo porque á Doña Costanza, que no quiere contestar á su merced, le ha entrado de repente una manía rara.

—¿Qué manía?

—Ha dicho á Manolilla que hace ahora un tiempo delicioso; que el jardín está que da gusto, y que por las noches, con la luz de las estrellas y con el perfume del azahar, debe de estar mejor. Manolilla le ha contestado que sí; que el jardín está encantador de una á dos de la noche, y la señorita ha replicado que tiene el capricho de bajar mañana al jardín á la referida hora.

—¡Ay, Respetilla, apenas quiero creer mi ventura! ¡Me da cita! ¡Quiere verme y hablarme por la reja del jardín!

—Señorito, yo no digo eso. No saque su merced de mis palabras lo que en ellas no se contiene. Estos son asuntos muy dificultosos y resbaladizos. Ni Doña Costanza á Manolilla, ni Manolilla á mí, han dicho nada de cita. No se ha hablado de su merced para nada. Sólo se sabe que Doña Costanza tiene el capricho de bajar mañana al jardín, á la una de la noche; para oler el azahar y contemplar el cielo estrellado; pero como en el jardín hay dos rejas que dan á la callejuela, su merced puede ir por allí, porque la calle es del Rey, y nadie le prohibe á su merced estar en la del Rey, y su merced puede oler también el azahar á la hora que se le antoje.

—Iré, Respetilla; iré sin falta.

—Añade Manolilla que su merced debe ir muy embozado en la capa para que no le vean. En este pueblo son muy chismosos y maldicientes. Y cuando estemos los dos en la callejuela, su merced se podrá acercar á la reja como para ver el jardín y oler las flores, y entonces podrá ocurrir la casualidad de que vea su merced allí cerca á la prima, y por casualidad podrá hablarle.

—¡Ojalá que tan feliz casualidad se realice!—dijo el Doctor suspirando.

—No suspire V., señorito. Ensanche su merced el pecho, que hay casualidades que parecen providencia.

El Doctor se puso contentísimo. Era generoso, y en albricias dió á su criado una monedilla de cuatro duros, equivalente á ocho arrobas de vino superior de su candiotera, y á poco menos de la duodécima parte de su haber en metálico.

Al otro día hubo paseo, tertulia, todo lo de los días anteriores. Costancita, como de costumbre, ni más ni menos afectuosa; más bien menos. D. Faustino la vió, ya al lado de su padre, ya cercada de amigas y adoradores. La habló... y como si tal cosa.

La impaciencia devoraba al Doctor. El día le parecía eterno. La tertulia interminable; pero no hay plazo que no se cumpla, y llegó la una de la noche.

Ya D. Faustino había acompañado á la tía Araceli desde la tertulia á casa, y había cenado con ella. Estaba listo.

No bien la casa quedó en silencio y todos recogidos, el Doctor se escapó con Respetilla por la puerta falsa, de sombrero calañés, embozado en la pañosa, y con una pistola y un puñal en el cinto.

Antes de que diese la una en el reló de la iglesia mayor, ya estaban el Doctor y Respetilla en la callejuela. Las tapias del jardín eran muy altas, y había en ellas dos ventanas con rejas de hierros cruzados; pero sin celosías ni puertas de madera. Todo lo interior del jardín se descubría perfectamente, en cuanto lo consentía la espesura frondosa de naranjos, limoneros, jazmines, rosales de enredadera y otros árboles y plantas. En la callejuela había profundo silencio, y más silencio profundo en el jardín. Sólo se oía el murmurar de la fuente que estaba en el centro.

No había luna; pero era tan clara la noche y brillaban tanto las estrellas, que iluminaban las senditas del jardín y rielaban en el agua del arroyo por donde se desahogaba la fuente para que no rebosase. En ambas orillas del arroyo había, sin duda, muchas violetas, pues su aroma sobresalía por cima del de las rosas, azahar y demás flores.

—Aún no han bajado, señorito,—dijo Respetilla.

—Calla y aguardemos,—dijo el Doctor.

Transcurrieron en silencio tres ó cuatro minutos.

—Ahí vienen ya, ahí vienen—dijo Respetilla.—Ea, no se quede su merced así... tan delante de la ventana, hecho un espantajo, no se asusten estas palomas y se escapen. Arrímese su merced al muro y deje la ventana libre, á ver si vienen.

El Doctor obedeció con docilidad á Respetilla: se apartó de la ventana y se pegó contra el muro. Entonces oyó ruido de pasos ligeros y el crujir agradable y provocativo de la seda y de las leves faldas. Doña Costanza y Manolilla estuvieron á poco en la ventana donde se hallaba el Doctor.

—¡Qué hermosa noche, Manuela!—dijo Doña Costanza.—¡Cuánto me alegro de haber bajado al jardín! Estaba desvelada... Pero tengo miedo. ¿Nos habrá sentido papá? Dios quiera que no lo sepa. ¡Dios mío! ¡Qué furioso se pondría!

El Doctor no sabía cómo salir de su escondite y empezar el diálogo.

Por último, se desembozó y se acercó á la reja, donde estaba su prima.

—¡Ay! dijo ésta asustada.

—No te asustes, Costancita: soy yo, tu primo Faustino.

—¡Hola, hola, primito!—dijo Doña Costanza, riéndose.—¡Vaya un susto que me has dado! ¡Miren qué diablura de coincidencia! Hemos tenido el mismo antojo los dos!

—Así es, prima. Yo también estaba muy desvelado, y he salido á tomar el fresco y á respirar el ambiente embalsamado de tu jardín. Buena dicha ha sido el hallarte.

—Sí, hijo mío; pero ¡qué compromiso! Papá, si supiera que yo estaba hablando contigo á estas horas, y por la reja, sólo Dios sabe lo que haría!

Al llegar á este punto de la conversación, advirtió D. Faustino que ya Respetilla y Manolilla se habían apartado discretamente, sin decir «queden ustedes con Dios,» y estaban hablando muy cerquita el uno del otro, en la otra reja, como quienes quieren dar buen ejemplo.

El Doctor imitó á su criado, y se aproximó cuanto pudo. Costancita sin duda que no lo advirtió, porque no se retiraba, antes insensible y naturalmente, sin caer en la cuenta, se acercó también un poco. Por momentos estuvieron tan próximos, que el Doctor aspiró el fresco y perfumado aliento de la boca de Doña Costanza, y sintió que el fuego de su mirada se le entraba en el alma y como que la encendía.

—Te amo, te adoro—exclamó entonces el Doctor, en voz baja, aunque vehemente.—Para esto quería verte á solas. Esto quería decirte. Ámame ó mátame. Eres mi cielo, mi gloria, mi esperanza. Con tu amor y por tu amor me siento capaz de todo. De tí depende mi suerte y mi vida. Tú puedes salvarme ó perderme. Eres más linda que las flores, más fresca que la aurora, más graciosa que las ninfas que imaginaron los antiguos poetas. Vales más que todos mis ensueños, aunque llegaran á realizarse.

—Cállate, primo, cállate y no seas loco. Esa vehemencia de expresión me aterra. Ten juicio, ó no vendré otra noche.

—¿Vendrás otra noche? ¿Vendrás todas?

—Vendré, vendré un ratito; pero es menester que seas muy callado y muy juicioso.

—Pero ¿no me quieres?

—Pues ¿si no te quisiera, vendría?

—¿Con que me quieres de amor?

—Mira, Faustino, yo no debo engañarte. Yo te quiero, y te quiero mucho como á primo, y como se quiere á un amigo, y como se quiere á un hermano. Todo esto lo sé, lo siento y lo comprendo; pero de amor, ignoro lo que te diga. Soy muy niña y no sé qué debo sentir, ni siquiera qué debo pensar. Dame espera para que yo me interrogue á mí misma y me estudie.

—Perdona mi fatuidad, Costanza; pero ese cariño de que me hablas, ese afecto de prima, de amiga y de hermana, ¿qué es más que amor?

—No trates tú ahora de engañarme, Faustino. Harto se me alcanza que amor es algo más. No sé lo que es, no sé en qué consiste; pero es algo más. Y en prueba de ello, voy á hacerte una confianza.

—¿Cuál, bien mío?

—Que si no te quiero de amor, quiero quererte de amor, y ya esto es mucho. Cuando me paro á pensar en esto, ¿sabes lo que se me ocurre?

—¿Qué se te ocurre?

—Que mi alma anda como la mariposa, revoloteando, revoloteando en torno de la luz, que la atrae de un modo singular. Esta atracción la siente ya mi alma hacia tí; pero no es amor todavía. Es inclinación á amar. Si mi alma cae en la luz y se quema, entonces la llamaré enamorada.

—¡Ojalá caiga pronto!

—¡Cruel, hombre sin caridad! ¿Tan mal quieres á mi alma? ¿Qué te hizo la pobrecilla?

—Herirme, matarme de amores.

—¡Qué exagerados y enfáticos sois los poetas! No sé qué pensar cuando te oigo. ¿Serán frases, me digo; serán figuras retóricas, ó sentirá éste de veras lo que dice?

—¿Dudas de mi lealtad y buena fe?

—Entiéndeme bien. Yo no dudo. Te ofendería dudando, y más aún diciéndote que dudo de que eres sincero. Pero acaso te engañas á tí mismo. Este jardín, esta noche tan apacible y serena, este aroma de flores, la novedad de la cita, el silencio poético de las altas horas, ¿no pueden ser parte de tu entusiasmo? Si en vez de estar yo aquí, estuviese aquí otra mujer joven como yo, y bonita como yo, pues que me dices que soy bonita, ¿no te entusiasmarías lo mismo, y no la llamarías también, con la misma sinceridad, gloria é infierno, salvación y condenación, y todo lo restante que me dijiste?

—No, no la llamaría. Tú sola eres para mí todo eso.

—Pues bien. Yo haré por creerlo. Permíteme que dude todavía. No quiero ser crédula y fácil. No quiero que me alucine la vanidad. Lisonjea tanto ser amada como tú dices que me amas, que no me atrevo á dar crédito á lo que afirmas. Dispénsame esta modestia. Adiós. Hasta otra noche.

—¿Por qué te vas tan pronto? ¡Apenas has llegado y ya me dejas!

—Estoy llena de inquietud. Temo que me sorprenda mi padre. Cualquier ruido me espanta. Un soplo de viento entre las hojas me hace temblar. Vete.

—¿Vendrás mañana á la misma hora?

Costancita vaciló un rato. Luego dijo:

—Vendré mañana.

—¿Estarás más tiempo hablando conmigo?

—Estaré si eres bueno, si pierdo un poquito el temor, si me voy convenciendo de que me quieres.

—Y tú, ¿me querrás?

—Ya te he dicho que quiero quererte. Bien sabes tú que el amor es cosa terrible para una mujer. Me siento atraída hacia él, y retrocedo al mismo tiempo espantada, como si viera á mis pies una sima sin fondo, muy obscura y llena de misterios. Á la vez que quiero amarte, tengo miedo de amarte. Adiós. Déjame por hoy. Pídele á Dios que me dé un sueño tranquilo. Si no duermo nada esta noche, mañana estaré pálida y con ojeras, y papá empezará á hacerme preguntas, y quién sabe lo que recelará, porque es muy caviloso. Vete ya, Faustino.

D. Faustino se preparó á partir. Dirigió una tiernísima mirada á Costancita, y le dijo:

—Dame la mano.

Doña Costanza no podía tener el mal gusto de negarle allí la mano que le daba en público.

El Doctor la estrechó entre las suyas y la cubrió de besos.

Poco después, él y Respetilla salieron de la callejuela y se fueron muy alborozados hacia la casa de Doña Araceli, siguiendo su camino por las calles de menos tránsito, á fin de no llamar la atención.

Orgulloso de su triunfo, prendado como nunca de Costancita, levantando, no ya castillos en el aire, sino alcázares hadados, paraísos, olimpos y jardines de Armida, se durmió aquella noche D. Faustino López de Mendoza al son de una serenata magnífica con que le arrullaban el sueño todos los genios del amor y de la esperanza.