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Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.2 cover

Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.2

Chapter 7: XX.
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About This Book

Un médico joven con aspiraciones y melancolía se instala en un pueblo y participa en tertulias donde nacen atenciones románticas y maniobras sociales. Las interacciones entre el visitante y varias mujeres del lugar —una joven vivaz y orgullosa, su hermana más reservada y otras figuras vecinales— revelan tensiones entre deseo, orgullo y ambición. La narración combina diálogos y descripciones detalladas de caracteres y costumbres rurales, y examina cómo la vanidad, el afecto y las expectativas comunitarias moldean las ilusiones, decisiones y destinos sentimentales de los personajes.


XVIII.

PACTO AMOROSO

Los primeros albores empezaron á penetrar por las mil hendiduras que había en las viejas maderas de las ventanas de aquella habitación. El canto alegre con que los pajarillos celebraban la venida del día llegó á los oídos de D. Faustino y de su amada.

Movida de los celos, atropellando respetos morales y religiosos, roto el freno de la prudencia, con ímpetu irresistible de amor, de amor que rayaba en fanatismo y que la hacía creer que estaba enlazada al Doctor con vínculo eterno, María había caído entre sus brazos.

—No me detengas más—dijo desprendiéndose de ellos—; debo partir: no me sigas. Cumple el pacto que hemos hecho.

—Le cumpliré, por más que sea difícil cumplirle; pero ¿no me dirás la razón, el fundamento de ese misterio en que te envuelves?

—La razón del misterio es el misterio mismo, y no puedo revelarle. Antes quiero que de nuevo me prometas no seguirme; no pensar siquiera en explicarte cómo he llegado hasta aquí, y si te lo explicas, ocultártelo á tí mismo, si es posible. Por último, no quiero que hables á nadie de mí ni de nuestras ocultas entrevistas. ¿Me lo prometes?

—Te he dicho que sí, y no faltaré á mi palabra, contestó el Doctor.

—Yo te amo con todo mi corazón y soy tuya para siempre—añadió María—. Sin embargo, entiéndelo bien: guardo mi libertad para huir de tu lado, cuando deba, sin que aspires á detenerme. Cuando yo crea que debo huir, no pondrás obstáculo, no preguntarás la razón. Bástete saber que estoy ligada á tí con eternas ligaduras. Mi huída te devolverá todo tu albedrío; pero yo, aunque de tí me separe un mundo, me consideraré siempre como tu fiel compañera, como tu esclava. Tú eres, tú has sido, tú serás mi único amor. Tenlo por delirio, pero yo creo que te amo eternamente, al través de mil existencias; que eres el alma de mi alma; que soy, no ya tu inmortal amiga, sino tu esposa inmortal, la esencia dulce y suave de tu propio espíritu.

—No, bien mío; tú eres su energía, su vigor, su gloria, la estrella que ha de guiarle, el imán que debe atraerle, la virtud divina que es y será principio, raíz y manantial constante de todos sus excelsos pensamientos y de todos sus actos mejores. El tormento de no amar me destrozaba el alma; la sospecha injuriosa de que era incapaz de amar mi corazón amargaba mi existencia. Tú has desvanecido la sospecha injuriosa; tú has acabado con el tormento. El amor del amor era mi martirio. Sin objeto que mi alma juzgase digno de ser amado, mi alma se consumía. Hoy mi alma vive en tí: te amo. Esta breve frase, te amo, profanada mil veces, mil veces pronunciada sin conciencia y sin sentimiento, tiene ahora un valor infinito, absoluto.

—Otra de las condiciones de nuestro pacto—continuó María, aparentando frialdad que su voz trémula desmentía—, condición fundamental para que mi orgullo quede tranquilo, y en cierto modo serena mi conciencia, á pesar de mi pecado, que Dios con su misericordia quizás me perdone, es que yo á nada te obligo ni te comprometo. Tú no debes hoy tal vez, casi de seguro no deberás jamás, hacerme tu mujer legítima en esta vida transitoria. Tú no puedes tampoco tenerme á tu lado como tu amiga. Aunque las causas que me llevan á hacer vida tan misteriosa desapareciesen, yo misma no consentiría en agravar el pecado con el escándalo. Así, pues, quien no puede ser ni tu amiga ni tu esposa, debe quedar libre para huir de tí cuando una imperiosa obligación la llame á otro punto.

—No me atormentes, María—dijo el Doctor—. No sé quién eres; pero no me importa desconocer estas ó aquellas circunstancias vulgares de lo menos esencial de tu ser. María, yo conozco tu alma: mi alma se ha confundido con tu alma. Quiero ser tu amante, tu esposo ante los hombres, como ya lo soy ante Dios.

—No blasfemes, Faustino. El delirio de amor que nos une no tiene la santidad de un sacramento.

—Pues ¿no dices tú misma que eres mi esposa inmortal?

—Sí, lo digo y lo creo. Nuestras almas están unidas; pero ¿hemos de matarnos impíamente para que esta unión valga? ¿Hemos de prescindir del ser corporal que tenemos? ¿Quién ha santificado la unión de Faustino y de María, tales como son ahora en la tierra? Esta unión no es posible: yo no la quiero. No puede santificarse.

—Y ¿por qué?—dijo D. Faustino—. Tú eres libre, tú eres hermosa, tú eres sublime. Has venido inmaculada á mis brazos. Me has hecho dueño de tu beldad y de tu corazón sin exigir nada en cambio. Yo ahora te lo doy todo: mi mano, mi nombre, mi vida. ¿Quieres casarte conmigo?

—Nunca.

—¿Quieres vivir á mi lado?

—Tampoco.

—Y ¿por qué te niegas á casarte conmigo? ¿Por qué dices que nunca?

María estuvo un instante suspensa, silenciosa y como meditando. Luego dijo:

—La sinceridad y el fervor con que me hablas me inducen á proponerte una cláusula más en nuestro pacto amoroso. Me has preguntado si me casaré contigo, y he contestado: «Nunca». Retiro el nunca. Yo estoy tan cierta de que siempre te amaré, que te prometo ahora solemnemente que, si pasada tu mocedad y realizados ó deshechos tus sueños ambiciosos, eres libre, me amas aún, me buscas y vivo, seré tu esposa. Antes no es posible... Tú no te comprometes á nada. Sola yo me comprometo.

—Pues yo te juro que me casaré contigo cuando quieras.

—No jures. No acepto tu juramento. Dios no le aceptará tampoco y le tendrá por vano. Adiós.

D. Faustino estrechó de nuevo entre sus brazos á la mujer querida. Ella logró al cabo desprenderse de aquellas amorosas cadenas, corrió hacia la puerta y desapareció sin que el Doctor se atreviese á seguirla.

María había prometido volver á la noche siguiente.


XIX.

LOS MILAGROS DEL DESPRECIO

Ya no vacilaba ni dudaba D. Faustino. Su alegría era grande. Sentía verdadero amor. Creía haber puesto en actividad el enérgico resorte que antes faltaba á su alma, y se juzgaba capaz de acometer todas las empresas y de abrirse camino al través de todos los peligros y dificultades.

Sólo un escrúpulo de conciencia, casi un remordimiento, le atormentaba.

Era cierto que nada había prometido á Rosita; que ningún juramento le había hecho; que ninguna palabra le había dado. Pero esto mismo ilustraba y ensalzaba más la generosa confianza de la hija del Escribano.

D. Faustino estaba decidido á no volver á verla; á sacrificarla á María, á quien amaba con pasión, á quien pensaba amar siempre, aunque llegase á saber que era la hija del verdugo; pero no podía menos de lamentar el inmerecido desdén, el cruelísimo abandono de que iba á ser víctima Rosita. Su resolución de no volver á visitarla era, no obstante, inquebrantable.

Llegó aquel día la hora de la tertulia de los tres dúos, y Respetilla fué solo. Rosita lo extrañó mucho y estuvo triste. Respetilla remedió el mal por su cuenta, asegurando con un aplomo envidiable que D. Faustino estaba enfermo, en cama. El disgusto de Rosita pasó entonces, de ser algo colérico, á ser tierno y piadoso.

Durante cuatro días tuvo Respetilla la habilidad de seguir entreteniendo á Rosita con la ficción de que D. Faustino estaba enfermo. Rosita le enviaba con Respetilla los más cariñosos recados. Respetilla fingía, de parte de su amo, otros recados no menos cariñosos.

Rosita pensó en escribir al Doctor; pero era tan mala su letra y tan anárquica su ortografía, que para no desacreditarse no se atrevió á escribirle.

Rosita preguntó al médico por la enfermedad de D. Faustino. El médico contestó que no le había visitado y que no sabía de tal enfermedad; pero Respetilla disipó la sospecha, asegurando que su amo se curaba á sí propio.

Como D. Faustino no salía de casa, ni nadie le veía, lo de la enfermedad era verosímil.

El Doctor, entre tanto, se calentaba la cabeza discurriendo el modo menos malo de romper con Rosita. Pensaba escribirle una carta llena de amistosos sentimientos de gratitud y de ternura, despidiéndose de ella con razones alambicadas y sofísticas, con quintas esencias y tiquis-miquis, más fáciles de inventar así en pelotón que de explicar cumplidamente en un escrito.

Arduo empeño era el de escribir la tal carta. El tiempo pasaba y D. Faustino no la escribía.

Cuando Respetilla interpelaba á su amo, como varias veces lo hizo, sobre los motivos que tenía para no ir á ver á Rosita, D. Faustino, no teniendo qué contestar, daba un sofión á Respetilla.

Hasta Doña Ana hallaba mal aquel rompimiento brusco y grosero; y aunque no sospechaba cuán estrechos y apretados eran los lazos, extrañó que su hijo no volviese en casa de las Civiles; y le excitó á que fuese, y á que se apartase del trato de ellas con suavidad y cortesía.

D. Faustino, á pesar de estas juiciosas amonestaciones, estaba tan prendado, tan en éxtasis perpetuo, tan elevado en los amores de su amiga inmortal, que sentía repugnancia invencible por volver á visitar á Rosita y á hablar de ella.

Aceptando por bueno el embuste de su criado, el Doctor explicó á su madre el súbito abandono en que dejaba á las Civiles, alegando también que estaba algo enfermo, pero que iría á verlas cuando estuviese mejor.

Para todos los de la casa, ignorantes del misterio de los amores, la enfermedad del Doctor parecía verdadera. Ya no había paseos, ni á pie ni á caballo; ya no había combates al sable, y el Doctor, cuando no hablaba ni hacía compañía á Doña Ana, se encerraba en sus habitaciones.

Rosita, entre tanto, estaba llena de inquietud. Á veces dudaba de que fuese cierta la enfermedad de D. Faustino. Su orgullo y la persuasión en que estaba del valer de su ingenio y de su belleza apartaban de su mente el horrible recelo de que un tedio súbito, una saciedad desdeñosa, un desprecio invencible, hubiesen suplantado en el alma del Doctor aquel fervor amoroso que ella había compartido y al que había cedido la noche de la Nava. La soberbia montaraz de Rosita y su vanidad de labradora rica y de reina de aldea no habían consentido que pusiese condiciones al Doctor ni que exigiese de él promesa ni juramento alguno. Rosita no había pensado distinta y claramente ni en que D. Faustino se casase con ella, ni en nada parecido; pero tampoco había pensado, ni temido por un instante, que el amor, satisfecho y pagado, había de alejar de ella á aquel hombre, sino que había de aprisionarle más y más y hacerle para siempre su siervo... ¡Tan poderosa se creía!

Ahora recelaba, ahora temía, ahora tenía celos, si bien todo de una manera vaga y confusa. Cuando esta pasión se apoderaba de su pecho, forjaba planes de venganza; maldecía en su interior á don Faustino; volvía á llamarle D. Pereciendo, conde de las Esparragueras y abogado Peperri; se sentía humillada de haberle querido; deseaba matarle, y faltaba poco para que no rugiese como una leona.

Respetilla, imperturbable, intrépido, pertinaz en mentir, seguía sosteniendo la enfermedad de su amo. Así templaba la furia de Rosita; así lograba aún que su ánimo pasase de los ímpetus iracundos á la compasión amorosa.

Por último, Rosita no pudo sufrir más; quiso salir de la duda que la atosigaba. Una noche, al llegar Respetilla á la tertulia, tomó Rosita por auxiliar á Jacintica, é intimó, ordenó y mandó al buen escudero que las llevase á ambas á casa de don Faustino y que la hiciese entrar á ella de oculto en la estancia del Doctor, mientras éste cenaba ó conversaba con su madre en el piso alto. Así quería, saltando por cima de todo respeto, ver á su amigo y cerciorarse de su desgracia ó de su dicha. Respetilla aguzó en balde el ingenio para excusarse; Jacintica suplicaba: Rosita exigía con imperio. Una y otra sabían que Respetilla tenía la llave de la casa en su poder. No hubo más que rendirse. Además, Respetilla decía para sus adentros:

—¿Qué mal ha de haber en esto? Quizás luego me lo agradezca mi amo. Él no viene por aquí por alguna extravagancia que no comprendo. Esto será sin duda algo de filosofías que no se me alcanzan. Pero en cuanto mi amo vea á Rosita tan guapa, así de repente y como caída del cielo, en su propio cuarto, á las once de la noche, vamos, no le parecerá mal. De fijo que se alegra.

Hechas estas reflexiones, Respetilla cedió, y cedió con gusto: llevaba en su compañía á Jacintica.

Se dispuso que otra criada se quedase haciendo de dueña, y autorizando con su presencia los coloquios de Ramoncita y de D. Jerónimo. Al mismo D. Jerónimo, que era un bendito, se le persuadió de que Rosita tenía un jaquecazo de todos los diablos y que debía irse á acostar. Jacintica se fué con Rosita como para cuidarla. Respetilla se despidió á poco rato, y las dos mujeres, que estaban aguardándole, en un rincón obscuro del portal, con los pañolones por la cabeza, se escabulleron con él, sin ser vistas de nadie.


XX.

CONTINÚAN LOS MILAGROS.

Eran las once de la noche cuando el Doctor bajó de la estancia de su madre y entró en el salón de los retratos. Como había dado licencia á Respetilla para que no viniese á desnudarle, le creía aún en la tertulia de las Civiles, que terminaba á las doce. La amiga inmortal debía llegar á las once y media. El Doctor solía luego encerrarse con llave. Tenía además prohibido á Respetilla que entrase en su cuarto, como él no le llamara. En suma, estaban tomadas todas las precauciones, ó al menos así lo creía el Doctor. El triste no sabía lo que se preparaba. Rosita estaba ya escondida detrás de una cortina, que cubría la puerta que desde el salón de los retratos iba al dormitorio.

Cuando vió entrar al Doctor, bueno, sano, alegre y recitando unos versos de Zorrilla, que decían:

Si eres recuerdo, endulzarás mi vida;
Si eres remordimiento, te ahogaré,

le dió rabia de no hallarle enfermo y triste, y tuvo, no se sabe cómo, el desesperado pensamiento de que el recuerdo era el de su amor y de que el remordimiento que anhelaba ahogar era ella.

Rosita continuó, pues, en acecho, esperando, ó mejor dicho, temiendo la aparición de su rival. Ya pensaba que esta rival sería alguna criada de la casa, alguna fregona; ya imaginaba que el doctor podría tener su poco de brujo, y esto le infundía cierto terror de verse frente á frente con espectros, y de figurar en escenas del otro mundo, entre hechiceras, magas ó almas en pena; pero su ira era tan grande y sus bríos tan varoniles, que estaba resuelta á vengarse del mismo demonio, si venía con faldas y en forma de mujer á tener pláticas tiernas con D. Faustino.

Hasta sentía Rosita haberse venido desprovista de un par de pistolas ó de un puñal siquiera, por lo que pudiese ocurrir. Mucho confiaba, no obstante, en su lengua y en sus manos.

El Doctor, según costumbre, puso la bujía sobre el velador, se arrellanó en el sillón y siguió recitando versos en voz, aunque sumisa, clara:

—Yo no sé de tu esencia el misterio,
Tu nombre y tu vago destino no sé,
Ni cuál es tu ignorado hemisferio,
Ni á dónde perdido siguiéndote iré.
¡Oh! si gozas de voz y de vida,
tienes un cuerpo palpable y real,
Deja al menos, fantasma querida,
Que goce un instante tu vida inmortal.

Los versos hicieron el efecto de una evocación.

La puerta se abrió sin ruido. El bulto negro apareció en la sala. Una voz argentina contestó á los versos que el Doctor decía, con estos otros versos:

—Tras de tí por las sombras camino,
Ni noche ni día descanso sin tí:
Ser tu esclava, adorarte es mi sino;
Ya postrada me tienes aquí.

María cayó de rodillas á los pies del Doctor. Éste la levantó entre sus brazos, dándole mil besos en la frente y en las mejillas sonrosadas y hermosas.

Rosita no supo contenerse por más tiempo. Casi creía aún que el ser á quien D. Faustino abrazaba y besaba tenía algo de sobrenatural y de diabólico; pero su forma era de mujer, y la tempestad de los celos hizo á Rosita superior á todo miedo supersticioso.

Salió de su escondite, se arrojó sobre ellos como un tigre, los separó, y encarándose con D. Faustino, que atónito y estupefacto la miraba,

—Malvado—le dijo,—¿Así pagas mi amor? ¿Por qué me has engañado vilmente? ¿Por qué no guardaste para este demonio todas las dulces mentiras, todas las emponzoñadas ternuras con que me lisonjeabas y cegabas? Y tú, maldita de Dios, ¿de qué aquelarre vienes? ¿Dónde dejaste la escoba? ¿De qué lupanar te has escapado?

Antes de que D. Faustino se repusiese del asombro; antes de que nadie la respondiese, tomó Rosita la luz, y llevándola hacia la cara de María, se quedó contemplándola de hito en hito, devorándola con ojos que arrojaban fuego y rayos de ira. De súbito soltó Rosita una carcajada sarcástica. Su memoria, iluminada por el odio, le había sido fiel. Acababa de reconocer á María, á quien desde muy pequeña no había visto.

—¡Ah! Ya te conozco, infame; ya te conozco, digna manceba de este perro judío, hereje, asesino. Tú eres María la seca. ¿Dónde has estado desde que tu abominable madre bajó al infierno? ¿Y al ladrón de tu padre no le dieron todavía garrote?

Dicho esto, y sin dejar tiempo para que nadie la respondiese, Rosita volvió á poner la bujía en el velador y se lanzó sobre María, como para despedazarla entre sus uñas.

María estaba muda, inmóvil, serena, aunque triste, como estatua alegórica del dolor resignado llena de cierta soberbia y reposada majestad.

Rosita la hubiera, sin duda, herido el rostro con sus manos y arrancado los cabellos, si el Doctor no hubiese acudido á tiempo, cogiéndola de un brazo y separándola con violencia del lado de su rival.

¿Quién te ha traído aquí?—dijo el Doctor.—¿Cómo has entrado? Ahora mismo te voy á echar á la calle. No chilles, no alborotes, ó te pondré una mordaza.

Rosita dió un grito agudo.

—Cállate—dijo el Doctor,—cállate ó te ahogo.

—No quiero callarme, traidor. No quiero callarme. Como eres un hidalgo de gotera, un danzante sin oficio ni beneficio, un tramposo con más deudas que vergüenza, has elegido la querida más apropósito para tí. Anda, vete con ella; alístate de bandido en la cuadrilla de su padre. El Conde de las Esparragueras es el yerno pintiparado de Joselito el Seco.

D. Faustino se armó de la paciencia de Job para no pisotear allí aquella víbora. Sin responderle palabra, pero sin soltarla del brazo, de que la tenía asida fuertemente, la llevó medio arrastrando hacia el cuarto de Respetilla.

Deseaba el Doctor llamar á su criado sin alborotar la casa y sin dejar suelta á Rosita con María, á quien hubiera sido capaz de asesinar. Bien calculaba que era Respetilla quien le había traído aquel presente, y que, por lo tanto, Respetilla estaba en casa.

En efecto, apenas llegó á la puerta del cuarto de su criado y le llamó dos ó tres veces, Respetilla apareció, seguido de Jacintica, que proseguía con él la tertulia en la otra casa comenzada.

Ambos habían dado por cierto que habían proporcionado á sus amos una gran ventura, y los suponían ejecutando la segunda parte del Paraíso terrenal. Cuando de tan diferente modo los vieron, se llenaron de espanto.

El Doctor tenía encendidos los ojos como brasas, el rostro pálido, trastornadas las facciones. Con la mano que le quedaba libre asió á Respetilla de una oreja, y tirando de él, exclamó:

—No sé cómo no te mato. ¿Por qué has traído á mi casa á esta furia del averno? Vamos, pronto, abre la puerta de la calle, y llévatela de nuevo sin hacer ruido.

Respetilla obedeció; Jacintica fué en pos de Respetilla, y el Doctor, detrás de ambos, con Rosita, asida siempre del brazo.

Ya en el zaguán, y antes de que Respetilla abriese la puerta, dijo Rosita al Doctor:

—Suéltame el brazo, cruel. ¡Me le destrozas, me le rompes! ¿Qué te hice yo para que así me trates? ¿No te he amado? ¿No me he rendido á tu voluntad sin condiciones? ¿Quién más humilde, más mansa, más enamorada que yo? ¿Por qué me dejas por esa hija del bandido? Abandónala, échala á ella, y yo seré tu esclava, besaré la tierra que pisas. Todo te lo perdonaré. ¡Perdóname! ¡Ámame!

—Imposible—respondió el Doctor.—Ni te amo, ni te amaré nunca. Vete. Apártate de mi vista.

Aquel último arranque de ternura se trocó en más cruda saña con el nuevo desprecio. Rosita se revolvió contra el Doctor como un escorpión pisado.

—Villano—dijo,—te acordarás de mí; me vengaré de un modo sangriento. Te he de reducir á la miseria. He de lograr que achicharren en una hoguera á la bruja de tu madre.

D. Faustino no acertó á tener calma: perdió la paciencia y alzó la mano para dar una bofetada á Rosita. Por fortuna se contuvo á tiempo.

—¡Cobarde! ¡Con una mujer te atreves!

—No, tú no eres una mujer—respondió el Doctor: tú eres una arpía.

Aun no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando Rosita se arrojó sobre él y con la mano que le quedaba libre le clavó las uñas en el rostro, bañándosele en sangre.

Lo que antes quedó en amago, tuvo que terminarse entonces. Rosita sintió en la mejilla los cinco dedos del Doctor, si bien más trémulos que violentos.

—Mátale, Respetilla; véngame, mátale. Tú eres más fuerte. Tú puedes más que él. Son las doce de la noche. Te doy dos mil duros si le matas. Te doy tres mil duros y un caballo para que huyas á Gibraltar, y desde allí á América. ¡No seas mandria! Mátale; y te harto de oro.

Respetilla, sin responder, abrió la puerta y echó á Jacintica á la calle. Luego volvió por Rosita y tomándola de manos del Doctor, se la llevó en volandas.

El Doctor cerró la puerta de la calle, y volvió en busca de su inmortal amiga.

No la halló en el salón. Recorrió los otros cuartos, y no la halló tampoco.

Sobre la mesa donde el Doctor escribía vió por último un papel, en el cual María había escrito lo siguiente:

«Motivos muy poderosos me obligan á alejarme de tí. Adiós, quizás para siempre.»

—¡Oh, no te irás!—dijo el Doctor.—Yo rompo el pacto que hice. No dejaré que te vayas. Sabré detenerte.

Bien había calculado por dónde había entrado María. Sin vacilar, corrió con la luz á un patio interior, donde estaba hacinada la leña. Uno de los lados del patio estaba formado por el muro del castillo. En el muro había una puerta que con el castillo comunicaba.

El Doctor dió un empujón á la puerta, pero no cedió. Estaba cerrada con llave. La llave que había en la casa, ó se había perdido, ó era la llave de que sin duda se servía María. No quedaba más recurso que echar la puerta abajo.

D. Faustino agarró un hacha de leñador, y dió tres ó cuatro golpes furiosos. La puerta, de madera vieja y apolillada, vino á tierra en seguida.

Con la bujía en una mano y el hacha en la otra penetró entonces el Doctor por los pasadizos obscuros, bajo las bóvedas ruinosas y por las antiguas salas de armas, llenas de escombros.

Ignorante, ó más bien olvidado, de aquel laberinto (aunque no pocas veces le había visitado en otro tiempo por curiosidad), tropezó en una gruesa piedra que halló á su paso, y para sostenerse y no caer soltó maquinalmente el candelero que llevaba en la mano. La luz se apagó, y D. Faustino quedó en las tinieblas más completas, sin saber hacia qué lado encaminarse á fin de encontrar salida ó volver á su casa á encender de nuevo.


XXI.

POR SEGUIR Á UNA MUJER

Aunque el Doctor logró recoger á tientas el candelero, de nada le servía, sino de estorbo, con la luz apagada. En balde iba buscando salida palpando las paredes. No había en aquel obscuro recinto ventana ni hueco por donde entrase la luz de la luna, que, si bien en su cuarto menguante, iluminaba los cielos en aquella noche de primavera.

Un vientecillo fresco susurraba, meciendo las copas de los árboles y doblando la hierba; pero el susurro, oído desde el lugar donde el Doctor se hallaba, tenía más de medroso que de apacible y grato. Penetrando el aire por los pasadizos y aberturas, por donde el Doctor quisiera salir, gemía encarcelado en la lobreguez de aquellas ruinas, produciendo mil ecos tenues y mil tristes y fantásticos rumores. No menos desagradable ruido hacían las ratas que allí abundaban y que corrían alborotadas con el extraño y no esperado huésped que había venido á visitar sus dominios.

Á pesar de todas sus filosofías, el Doctor pensó que no estaba muy bien demostrado que no hubiese diablos ó duendes, ú otros monstruos y seres sobrenaturales, y tuvo algún miedo de ellos. Sin embargo, la rabia de verse burlado y encerrado en aquella á modo de mazmorra, sin poder salir, pesó más en su ánimo que la hipotética y vaga aprensión de que hubiese diablos y anduviesen cerca. El Doctor, dando forma á su pensamiento en resonantes palabras, lanzó, Dios se lo haya perdonado, dos ó tres blasfemias espantosas. Como si con su voz le atrajera, sintió entonces cerca de sí los pasos de un ser de mucha mayor corpulencia que las ratas. Nada se veía en realidad, pero de los ojos del Doctor brotaban unos círculos luminosos que se dilataban en el espacio y llenaban las tinieblas, ensanchándose cada vez más, como los círculos de una fantasmagoría. Dentro de aquellos círculos, rojos á veces, á veces entre verdes y amarillos, ora se mostraba Joselito el Seco, con corbatín de hierro y sacando un palmo de lengua; ora un espectro de mujer, que ya se parecía á María, ya á la coya, ya tenía de ambas; ora otras figuras como las que se pintan en los cuadros de las tentaciones de San Antonio. No se acobardó por eso el Doctor; antes bien, como para desafiarlo todo, blasfemó de nuevo en voz alta.

No bien salió de sus labios la reiterada blasfemia, aquel ser que había sentido cerca de sí, se le echó encima. Parecióle al Doctor que le enlazaban unos brazos deformes, forzudos, aunque descarnados como los de la momia de un gigante, y sintió en su cara el contacto de un rostro peludo. El efecto que esto le produjo fué horrible. Casi maquinalmente, pues no tuvo fuerzas ni serenidad para reflexionar, dió un empellón al monstruo; pero el monstruo, rechazado por un instante, volvió sobre el Doctor, y le aplicó un inmundo y frío beso, pasando por su mejilla el hirsuto y húmedo hocico.

Confesemos que el lance era para asustar á cualquiera. El viento gemía, zumbaba, murmuraba, remedando mil voces, cantos, suspiros, sollozos y hasta palabras de un mágico y desconocido idioma, y un ser repugnante y maravilloso abrazaba y besaba á D. Faustino.

D. Faustino se dió á creer, á despecho de su ciencia, que se las había con el mismo diablo. Ya vacilaba entre si debía esgrimir el hacha para vencer al monstruo ó hacer la señal de la cruz para ahuyentarle, cuando éste exhaló un aullido lastimero, que nada tenía de humano.

El Doctor se echó á reir y dijo, algo confuso y vergonzoso:

—¡Hola, Faón! ¿Tú por aquí?... ¡Qué demonio de Faón!

Era el más hermoso y grande de sus podencos, que, lleno de buen deseo, circunspección y prudencia, le había seguido silencioso á fin de no espantar la caza, y sin recelar que espantara á su amo.

El Doctor pasó la mano por el lomo de Faón, y se cercioró bien de que no era otro quien había acudido á sus blasfemias. Confiando en la clara inteligencia canina del amante de Safo, esperó que le sacase de aquella obscuridad; y para servirse de él como de lazarillo, le ató el pañuelo al pescuezo, guardando en la mano uno de los picos.

El podenco entendió, con admirable instinto, que le convenía guiar; pero no sabía á dónde. Echó á andar, no obstante, y el Doctor le siguió.

Pronto llegaron á un punto en que percibió el Doctor que Faón subía. Luego tropezó con el primer escalón de una escalera, y subió por ella en pos de su perro. Á poco vió el Doctor la luz de la luna, sintió vientecillo fresco en la cara y se encontró en el adarve, no lejos de la albacara ó torre saliente que comunica con la iglesia por medio del arco-pasadizo.

Por desgracia, no había medio de penetrar en la albacara desde el adarve. No había puerta por allí, y por los angostos tragaluces no cabía ningún cuerpo humano, por escuálido que estuviese.

El Doctor dió en el suelo con el pie en señal de impaciencia y cólera. Faón se puso en marcha de nuevo; bajó por la misma escalera por donde había subido, llevando en pos á su amo, y sacándole de aquella obscuridad, le condujo á un patio interior del castillo, todo cubierto de larga hierba. Aunque el Doctor no era observador muy experto de las cosas naturales, no pudo menos de notar sobre la misma hierba, ajada y pisada, las huellas recientes de unos pies humanos, ligeros y pequeñitos. No se había engañado. María había pasado por allí.

Conoció Faón en el ademán de su amo que estaba contento y que era á María á quien buscaba, y, dando un ladrido alegre, apretó el paso, siguiéndole el Doctor.

Entraron en un corredor, llegaron á otra escalera, la subieron y se hallaron en el segundo piso de la albacara. En uno de los lados del cuadro que aquella estancia formaba, se abría en el muro el pasadizo del arco que une el castillo con la iglesia.

Don Faustino y Faón atravesaron por el hueco del arco, bajaron por otra escalerilla, y se hallaron al fin en el coro de la hermosa iglesia de Villabermeja, silenciosa y sombría entonces, aunque tres lámparas ardían en su seno: una delante del altar mayor, y otras dos delante de los camarines donde estaban el Santo Patrono y Jesús Nazareno.

Desde el coro hasta la iglesia pudo bajar el Doctor, sin ningún estorbo, por escalera harto conocida y trillada.

Ya en la iglesia misma, se dirigió á la puerta de la sacristía. El Doctor estaba seguro de que María se había ido por allí. Aunque no hubiese estado seguro de ello, los signos que daba Faón de no haber perdido la huella le hubieran corroborado en su pensamiento.

El disgusto del Doctor fué grandísimo al hallar la puerta de la sacristía cerrada con llave. Aquella puerta no era tan fácil de derribar como la otra. Estaba formada de espesos tablones de nogal y podía resistir sin romperse un diluvio de hachazos.

La violencia era inútil; mas, aunque no lo hubiese sido, tal vez no se hubiera atrevido el Doctor á emplearla.

La puerta de la sacristía estaba al lado del magnífico retablo churrigueresco de los López de Mendoza, en cuyo camarín habitaba nuestro Padre Jesús. Bajo el piso de grandes losas, que el Doctor hollaba, estaba la bóveda sepulcral con los restos de sus ascendientes. Cada paso que daba el Doctor sonaba sobre lo hueco, y era repetido por las naves del templo solitario, cuyos muros repercutían cualquier ruido. La escasa luz que entraba por las claraboyas de la cúpula ó que difundían las lámparas, deteniéndose y reflejándose en los altos pilares, poblaba de vagarosas sombras todo el recinto, que ya se deshacían, ya se agrandaban, ya volvían á desvanecerse, conforme oscilaban las lámparas, levemente tocadas por un soplo de aire, ó el mustio resplandor de la luna se amortiguaba un poco antes de entrar por las claraboyas, merced al paso é interposición de alguna nube. Todo esto infundía cierto respeto semi-religioso en el espíritu descreído del Doctor.

No obstante, llamó á la puerta con el hacha, sin tocar de filo. Nadie respondió. Llamó más fuerte, y tampoco. Acabó por perder la paciencia: por golpear con todo su brío. Cada golpe, duplicado, triplicado, quintuplicado por los ecos, parecía un trueno prolongado. Se diría que Dios llamaba á juicio á los frailes dominicos y á los Mendozas todos, que en sendas criptas estaban enterrados allí; pero ni por esas respondió persona viva.

Acercando la boca á la cerradura, gritó varias veces el Doctor:

—¡Padre Piñón! ¡Padre Piñón! ¡Padre Piñón! ¿Es V. sordo?

El padre Piñón estaba sordo en efecto. Los gritos del Doctor fueron inútiles. No le contestaron.

Una idea súbita atravesó la mente de D. Faustito. Se figuró que había tomado una resolución precipitada y absurda en venir por allí. Temió que mientras se hartaba de golpear y de gritar en vano, María se escapaba por la puerta de la casa del padre Piñón, que daba á la calle.

No bien se le ocurrió esto, el Doctor corrió como un loco hacia el coro, y pasó, seguido ya del podenco, por los mismos sitios por donde había venido, hasta que llegó al patio del castillo. Allí tomó de nuevo al podenco por guía, y el podenco le condujo á la entrada de su casa.

Respetilla, que había vuelto de cumplir con su comisión, sospechó que se le había trastornado el juicio á su amo, al verle con el hacha y todo descompuesto.

Don Faustino agarró su sombrero á escape y se salió á la calle, prohibiendo á Respetilla é impidiendo á Faón que le siguiesen.

En cuatro brincos estuvo á la puerta del padre Piñón, y empezó á dar aldabonazos furibundos.

Tal vez por aquel lado se oía mejor, ó tal vez el padre Piñón había recobrado el oído. Lo cierto es que á los tres ó cuatro minutos, el propio Padre se asomó á una ventana y preguntó:

—¿Quién llama á estas horas?

—Yo soy—contestó el Doctor.—¿No me conoce V.?

—¡Ah! Sí... ¿Hay alguien de peligro?

—No hay nadie de peligro; pero que me abran. Tengo que hablar con V.

—¡Ea!—se oyó decir al padre Piñón,—despáchate, Antonio, y baja á abrir al señorito D. Faustino.

Antes de que siga adelante nuestra historia, conviene informar á los lectores de quién era el padre Piñón.

Era el único fraile que del antiguo convento quedaba todavía. Enjuto y pequeñuelo, recibió el nombre de padre Piñón, y apenas si nadie recordaba su verdadero nombre.

Aunque el edificio en que vivieron los frailes se había vendido y estaba sirviendo de molino aceitero, había quedado una habitación cómoda, grande y hermosa, aneja á la sacristía. Ésta concedieron por morada las gentes del pueblo al padre Piñón, á quien querían mucho.

Allí, teniendo á sus órdenes de noche y de día al sacristán Antonio, y de día además á dos monaguillos, cuidaba el padre Piñón del grandioso templo, gloria del lugar, y conservaba las ricas casullas, las dalmáticas y capas pluviales recamadas de oro, la exquisita ropa blanca, como albas, estolas, amitos, sobrepellices y roquetes, llena en gran parte de preciosos encajes y bordados, la custodia cuajada de esmeraldas y de perlas, y otros ornamentos, joyas y primores artísticos que atesoraba la iglesia. Todo esto se hallaba encerrado en armarios, alacenas y arcones que había en la sacristía.

El padre Piñón, no sólo encantaba á las gentes del lugar por sus virtudes, sino por su alegría, buen humor y dichos agudos. Era un dechado de las gracias de la gracia y del poder de la eutropelia, y el célebre padre Boneta hubiera sin duda cantado sus loores, si le hubiese conocido.

Algunos sujetos sobrado rígidos le acusaban de tener la manga muy ancha; pero sin motivo, según hemos llegado á averiguar. Lo cierto es que era aún, y sobre todo, había sido en la época de su mayor auge, el confesor más buscado, y eso que costaba caro confesarse con él. El antiguo refrán que dice: quien reza y peca la empata, parecíale abominable. Bien sabía él que la bondad de Dios es infinita y que perdona al que llora, reza, se arrepiente y hace propósito de la enmienda; pero el mal, hecho ya por el pecado, hecho se queda, y no se remedia ni subsana con el arrepentimiento ni con la penitencia, como ésta no vaya bien encaminada. Á este fin, tenía ideado y ponía en práctica el padre Piñón un sistema de penitencia, por medio del cual, ya que los pecados fuesen inevitables, lograba sacar provecho de los de los ricos en favor de los menesterosos. Teniendo en cuenta, á par de la magnitud del pecado, la riqueza del pecador, solía multarle, ya en una docena de huevos, ya en una gallina, ya en un jamón, ya en un pavo, ya en alguna cosa de comer ó de vestir, que repartía luego á los pobres. Claro está que el padre Piñón era prudente, y cuando se trataba de alguna casada á quien había que imponer, por ejemplo, un pavo de penitencia, lo hacía con el mayor disimulo, á fin de que el marido no se enterase y se echase á cavilar, muy escamado, sobre la equivalencia de un pavo en los aranceles penitenciarios.

Cuando no había de por medio tales respetos, el pago de la multa era público, con lo cual decía el Padre que se conseguía, además, que el pecador se avergonzase y buscase, por esta razón más, el corregirse.

No faltarán censores severos que hallen ridículo el método y condenen al padre Piñón; pero, ó no lo entiendo, ó el método es tan discreto y atinado, que quisiera yo que se generalizase. El padre Piñón no excitaba al pecado, ni mucho menos; pero una vez cometido, y castigándole, sacaba provecho de él para los desvalidos. ¡Qué diferencia de lo que se acostumbra ahora en las grandes ciudades, dando, v. gr., un baile de máscaras en beneficio de los niños de la Inclusa, lo cual, hasta mirándolo económicamente, es absurdo, pues quizás los ingresos que á la cuna se proporcionan están compensados y aun sobrepujados, proporcionándole á los pocos meses multitud de nuevos gastos y quehaceres!

Las acusaciones de manga ancha que se habían lanzado contra el padre Piñón, provenían de los serviles, y tenían otro fundamento. Asegurábase que en tiempo del absolutismo, cuando era indispensable proveerse de una cédula de haber cumplido con la Iglesia, el padre Piñón daba cédulas á los liberales libre-pensadores, en cambio de limosnas; pero esto más bien merece elogio, pues evitaba confesiones hipócritas y comuniones sacrílegas. Añadíase que el padre de D. Faustino, cuando recibía la cédula, daba al padre Piñón media onza de oro, diciéndole:—Vaya, para que diga V. unas cuantas misas por el alma de Riego.

En fin, el padre Piñón, pese á quien pese, era mejor que el pan; más regocijado que unas sonajas, y tan indulgente y caritativo como un ángel. Apenas si había leído más que el Breviario; pero el Breviario se le sabía de memoria, comprendiendo todos los bellos pensamientos, todas las sentencias sublimes y todos los tesoros poéticos que en dicho libro se contienen.

Dispense D. Faustino que le hayamos en apariencia detenido á la puerta para dar alguna noticia del padre Piñón, en cuya sala de recibo se halló, á poco de haber llamado, introducido y guiado por Antonio.

—¿Qué tiene que mandar á su capellán el señorito D. Faustino?—preguntó el padre Piñón.

—Padre—contestó el Doctor,—omito preámbulos: el disimulo es inútil. V. sabe quién es María. Aquí se oculta María. Vengo en su busca. Quiero verla. Es mi mujer. Tengo razón y justicia para exigir que no me huya.

—¡Hijo mío! ¿Qué locura es esa?

—Responda V.—añadió el Doctor.—¿Dónde está María?

—Ya que exiges respuesta categórica, te la daré: Dominus custodivit eam ab inimicis et a seductoribus tutavit illam.

—Dejémonos de bromas. Ni yo soy su enemigo ni su seductor. No hay para qué guardarla de mí.

El Doctor quiso salir de la sala y registrar la casa del Padre, quien le contuvo suavemente.

Entonces el Doctor empezó á llamar—¡María, María! no te ocultes de mí. No me abandones.

El padre Piñón dijo: Dominus, inter cætera potentiæ suæ miracula, in sexu fragili victoriam contulit.

—¿Qué diantres pretende V. significar? ¿De qué victoria habla V.?

Dominus deduxit illam per vias rectas.

Este último latín hizo dar un salto al pobre Don Faustino.

—¡Ah! ¿No me engaña V., Padre? ¿Con que se ha escapado? ¿Á dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué camino?

—Hijo, aunque te enfades conmigo, mi deber es arrostrar tu furia. María se ha ido; pero no te diré por dónde ni á dónde. No quiero que la sigas. Ayer me confesó sus pecados. Como condición de la absolución, le impuse que se fuera. Además, había otras razones que la obligaban á partir.

—¿Qué razones? No hay razón que valga,—dijo el Doctor enojado.

—Sí las hay, hijo mío. Hay una persona á quien la naturaleza concedió poder sobre ella; pero á quien Dios quitó el derecho de ejercer ese poder, en castigo de sus maldades. Esa persona sé yo que la busca; sé que ha averiguado ya que estaba en esta casa. Es audaz, terrible... Hubiera venido... venía ya á buscarla y á arrancarla de aquí. Por esto también ha huído María. No puedo ni debo decirle más.

—Yo la hubiera defendido, Padre. Nadie hubiera osado venir á robármela.

—¿Y con qué título iba yo á poner á María bajo tu custodia y amparo?

—Con el título de mi mujer legítima.

—Mira, señorito, los frailes hemos sido siempre esto que llaman ahora demócratas, pero entendida la democracia de un modo mejor. Ciertamente que yo no me hubiera parado ante ningún humano respeto para disuadir á María de que se casase contigo. Hubiera sido un modo de enmendar vuestras gravísimas culpas, y yo le hubiera adoptado. María ha sido la que se negó resueltamente á casarse. Creyó que era su deber irse y se fué.

—¿Á dónde ha ido? Dígame V. á dónde.

—No puedo.

—V. me engaña. Está aquí todavía.

—No digas tonterías, D. Faustino—dijo el padre Piñón, algo picado.—¿Tengo yo cara de embustero? Te aseguro que María se fué.

—Yo saldré ahora mismo en su busca: yo daré con ella; yo la detendré y la traeré conmigo.

—Haz lo que quieras; pero todo será en balde. Considera, además, que Joselito el Seco anda ya cerca, y te expones á caer en sus manos.

—Aunque caiga en manos de Lucifer.

—¡Ave María Purísima! Estás perdido, loco. Bien puedes decir de tí, con el Salmista: Miser factus sum queniam lumbi mei impleti sunt illusionibus.

D. Faustino ni oyó ni contestó más, y salió corriendo de casa del padre Piñón. Éste imaginó que el propósito del Doctor de ir en busca de María era como una amenaza que no se cumpliría, y se fué á dormir muy tranquilo.

Un cuarto de hora después, D. Faustino, solo, caballero en su jaca, que había hecho ensillar á escape por Respetilla, y armado con trabuco y pistolas, estaba fuera del lugar, camino de la ciudad de..., distante tres leguas.

El Doctor había calculado que María no podía haber huído sino en un carricoche que, á modo de diligencia, pasaba á las doce por Villabermeja é iba á la ciudad de...

Desde esta ciudad salían al amanecer coches para Sevilla, Córdoba y Málaga. Si el Doctor alcanzaba á María en el camino ó en dicha ciudad, antes de que María saliera en ésta ó en estotra dirección, el Doctor conseguía su objeto.

Las dos habían sonado largo rato hacía en el reló de la Iglesia. María llevaba más de dos horas de delantera. El Doctor iba á galope por el camino.

Más de la mitad llevaba andado, y la jaca, jadeante y cubierta de sudor, daba muestras de hallarse rendida de cansancio, cuando el Doctor, tan apasionado hasta entonces, que todo lo había hecho sin reflexión, se puso á considerar que, con dos horas de delantera que llevaba el carricoche, sería imposible alcanzarle en el camino, aunque reventase la jaca. Para llegar á la ciudad antes de amanecer había tiempo de sobra, aun yendo al paso. El Doctor, pues, si bien devorado por la impaciencia, se resignó á proseguir al paso su viaje. En la ciudad de... buscaría á María por todas partes, y esperaba que no partiría sin que él la viese.

Al paso iba D. Faustino hacía un cuarto de hora. Á un lado y otro del camino había frondosos olivares. La luna brillaba en el cielo despejado y con sus rayos argentinos lo iluminaba todo.

Acababa de bajar el Doctor una cuesta muy pendiente, y se hallaba en una hondonada, por donde corría un arroyo, en cuyas márgenes había muchos álamos y otros árboles y matas, que hacían el paraje sombrío, formando verde espesura.

Siempre distraído el Doctor en sus cavilaciones no vió ni oyó que de repente salieron en la arboleda cinco hombres á caballo, y con inaudita rapidez se le pusieron delante, atajando el camino. No lo advirtió, ó no tuvo tiempo para advertirlo; tan ligera fué la maniobra de los jinetes, hasta que uno de ellos gritó: ¡Alto ahí!

Entonces vió el Doctor que cuatro de los cinco le apuntaban con las escopetas. Quiso volver atrás para escapar, dando un rodeo, y notó que otros tres hombres á pie, armados también de escopetas, se le venían encima. Estaba completamente cercado, y en tan estrecho círculo, que ni para revolverse le quedaba tiempo ni espacio.

—¡Ríndete ó mueres!—gritó otro de los de á caballo.

Hallábanse los enemigos tan cerca, y era tan apremiante la situación, que todo lo que no fuese rendirse era una temeridad; pero nuestro héroe desesperado de que en medio de su viaje le detuviesen, tomó una resolución tremenda. Cogió del arzón de la silla una pistola, la montó, y apuntando al de á caballo que tenía más cerca, le dijo:

—Abre paso, tunante, ó te levanto la tapa de los sesos. Al mismo tiempo hirió fuertemente con las espuelas los ijares de la jaca, á fin de salir escapado, rompiendo por entre la cuadrilla de foragidos.

Éstos, que tenían también montadas sus armas, apuntando al Doctor, hubieran sin duda disparado, dejándole muerto, si la voz del Capitán no se hubiera oído á tiempo, diciendo:

—No le matéis, no le matéis: es mi paisano Don Faustino López de Mendoza.

El Doctor vaciló asimismo un instante en tirar, viendo la generosidad que con él se usaba.

Todo esto fué obra de un segundo. La jaca, excitada por los espolazos, iba ya á abrirse camino. Al atajar al Doctor los bandidos de á caballo, se tocaban con él. Las bocas de las escopetas rozaban su cuerpo. La pistola del Doctor podía matar á quemarropa al más cercano de los bandidos.

No había ya tiempo de explicaciones ni de transacciones, y, sin duda, hubiera habido alguna muerte, á pesar del grito del Capitán, si de pronto no se hubiese sentido el Doctor asido fuertemente de uno y otro brazo por dos de los de á pie, bastante robustos ambos para arrancarle de la silla y dar con él en el suelo por detrás del caballo.

En los esfuerzos que hizo para desasirse, apretó el gatillo y disparó la pistola; pero el tiro fué al aire, sin herir á persona alguna.

En el suelo ya, y detenido por los dos que le habían derribado, oyó el Doctor la voz del Capitán, que le decía:

—Sr. D. Faustino, su merced es mi prisionero. Ríndase su merced, y déme palabra de honor de que no intentará huir, de que me seguirá donde le lleve y de que no tratará de emplear la fuerza contra nosotros. Su merced volverá á montar en su jaca, y esta buena gente le respetará y considerará como debe.

D. Faustino no tuvo más remedio que prometer lo que el Capitán le exigía.

Apenas lo prometió, uno de los bandidos, que había tomado la jaca de la brida, la acercó para que D. Faustino montase, y él, suelto ya, montó en la jaca. Obedeciendo luego á una seña del Capitán, entró con los bandidos por una vereda que había en medio de los olivares, apartándose del camino real en tan belicosa compañía.


XXII.

LA VENGANZA DE ROSITA

Después de los sucesos que se refieren en el capítulo anterior, había pasado ya una semana, y nada se sabía en Villabermeja del paradero de Don Faustino. Su madre, llena de angustia, procuraba en balde averiguar dónde se hallaba un hijo tan amado.

Rosita, entre tanto, furiosa con los celos y los agravios, difundía por todas partes que D. Faustino, prendado de María, había huído con ella, sentando plaza de bandolero en la cuadrilla de Joselito el Seco. Como alguien afirmase que la noche en que huyó D. Faustino, y como no sólo Rosita, sino también Jacintica, diesen por seguros los amores de María con el Doctor, nadie dudaba en el lugar, salvo el padre Piñón, de que D. Faustino estuviese por su gusto con los bandoleros.

La propia ruina de la casa de los Mendozas hacía verosímil á los ojos de aquellos lugareños el que D. Faustino hubiese adoptado determinación tan heroica para salir de apuros.

El padre Piñón era el único que sabía que María no se había ido con el Doctor, el único que sabía dónde María se hallaba; pero á nadie quería confiarlo. Calculaba además que D. Faustino, no por su voluntad, sino muy á despecho suyo, había caído en poder de los ladrones; pero, como afirmando esto hubiera dado á Doña Ana más pesar que consuelo, el padre Piñón se callaba.

Rosita no creía mentir asegurando que el Doctor estaba con María entre los bandidos. Rosita lo daba todo por evidente. Su furia celosa la estimulaba, pues, de contínuo. Las excitaciones á su padre para que la vengase no cesaban á ninguna hora.

D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, aunque avaro, usurero y poco escrupuloso en punto á moral, tenía dos prendas de carácter que le hubieran movido á obrar benignamente en aquella ocasión, si Rosita no le hubiese violentado. D. Juan Crisóstomo era compasivo y cobarde.

Por un lado, le inspiraba piedad la aflicción de Doña Ana, y no quería acrecentarla. Por otro lado, persuadido, como Rosita, de que D. Faustino se había hecho bandolero, temía que viniese á su vez á vengarse, ó cogiéndole á él para matarle ó darle, por lo menos, una paliza, ó bien yendo á sus caserías para incendiar alguna, ó romper las tinajas y las pipas, derramando el aceite, el vino y el vinagre, y haciendo de todo una trágica ensalada.

La figura del Doctor Faustino, acompañada de Joselito el Seco y de un coro de facinerosos, era la pesadilla del pobre Escribano. Durmiendo soñaba con que le habían ya secuestrado y le daban martirio; despierto, recelaba descubrir al Doctor ó á algún emisario suyo en cuantos hombres venían hacia él.

Pero si el Escribano temblaba de excitar la cólera del Doctor, todavía temblaba más delante de Rosita. Rosita le ponía entre la espada y la pared. ¿Qué medio le quedaba? ¿Cómo resistir á los mandatos de aquella hija imperiosa, de aquel tirano de su voluntad, frenético entonces de ira?

No hubo más recurso. El Escribano concitó á los acreedores, que le obedecían más que puede obedecer á Rothschild cualquier banquerillo de mala muerte, y reunió créditos contra la casa de Mendoza por valor de cerca de ocho mil duros. Eran escrituras y pagarés vencidos todos y que no se habían renovado, quedando así el deudor al arbitrio de los acreedores, quienes seguían cobrando los réditos mientras les convenía ó no se enojaban, y quienes, no contentos con los réditos, exigían asimismo una gran dosis de humildad y agradecimiento, so pena de enojarse y de pedir al punto el capital de la deuda, conminando con la ejecución.

Tal era el estado de la casa de los Mendoza, por culpa del difunto D. Francisco, y por poca habilidad, descuido y mala ventura de D. Faustino y de su madre. Su caudal, mal cultivado por falta de capital, con los frutos malbaratados siempre, apenas producía para pagar los enormes réditos de aquella deuda. Varias veces se había tratado de vender fincas para pagar lo que se debía; pero en los lugares pequeños hay una afición extraordinaria á tirar de los pies á los ahorcados. Cuantos tienen algún dinero andan siempre acechando la ocasión de que alguien esté en apuros y quiera ó necesite vender algo para comprárselo por la tercera ó cuarta parte de su justo precio. Aun así, piensan que favorecen al vendedor, pues le dan dinero, cuyos intereses son grandísimos, á trueque de tierras, que producen poco como no se esté sobre ellas y se emplee un capital de metálico y de inteligencia en su administración y cultivo.

D. Juan Crisóstomo hizo aún laudables esfuerzos para calmar á Rosita. Rosita llegó á decirle que preferiría ser hija de Joselito el Seco á ser hija suya; que si la hija de Joselito fuese la agraviada, su padre la vengaría.

D. Juan Crisóstomo no quiso ni pudo ser menos que Joselito el Seco, y por medio de su aperador envió recado á Respeta, diciéndole que los acreedores de los Mendoza no querían aguardar más; que era menester pagarles en el término de diez días, y que, de lo contrario, serían ejecutados los Mendoza.

Rosita, no contenta con esto, dictó ella misma una carta insolente á Doña Ana, amenazándola si no pagaba en el término señalado. El Escribano, aunque resistiéndose y con mano temblorosa, tuvo que firmar la carta.

Respetilla, cuando se enteró de todo por su padre, fué á casa del Escribano, habló con Rosita, le echó en cara su mal proceder y trató de suavizarla. Viendo que era inútil la dulzura, empezó á echar fieros y á desvergonzarse con Rosita; pero ésta se revolvió enérgica contra él y le arrojó de su casa con cajas destempladas. Ganas se le pasaron á Respetilla de dar una soba á la hija del Escribano, y aun de sacudir el polvo al Escribano mismo; pero el miedo de provocar un lance sangriento con algún criado de aquella casa, lance que podía terminar en que le enviasen á Ceuta, tuvo á raya los ímpetus de su lealtad y devoción á D. Faustino. Harto hizo el fiel escudero con no volver á ir en casa del Escribano y privarse del dulce trato de Jacintica, con quien cortó relaciones.

Sobre Doña Ana, entre tanto, habían venido todas las penas juntas.

Su hijo no parecía y su inquietud se aumentaba. Para consuelo, la amenazaban con la vergüenza de una ejecución, con la ruina total de su casa y hacienda.

Lo único que quedaba en casa, ya en el mes de Mayo, era un poco de vino, cuyo valor en venta no ascendería á diez mil reales. Doña Ana mandó á Respetilla que llamase á los corredores para que le vendiesen por lo que quisieran dar. Pero ¿qué eran diez mil reales cuando necesitaba ciento sesenta mil?

Doña Ana escudriñó todos sus armarios y cómodas; juntó la poca plata labrada y algunos dijecillos que conservaba aún; y aunque tampoco, por bien vendidos que fuesen, importarían más de otros diez ó doce mil reales, Doña Ana se decidió á venderlos.

Por último, venciendo su extrema repugnancia y sofocando su orgullo, acudió á su única amiga de corazón: escribió una carta á la niña Araceli, pintándole con vivos colores la terrible cuita en que se hallaba y pidiéndole auxilio.

Respetilla, encargado de llevar la carta y las joyas, montó á caballo y salió de viaje para el pueblo de la niña Araceli.

La infeliz Doña Ana, no pudiendo resistir por más tiempo tan crueles emociones, cayó enferma en cama con una espantosa calentura.

El pueblo, en medio de estos lances, se había dividido en bandos. Unos aplaudían la venganza de Rosita; otros la censuraban. Éstos juzgaban abominable la conducta del Doctor, á quien ya suponían transformado en bandolero; aquéllos pensaban que Rosita era el mismo demonio, y que el seducido por ella había sido el Doctor, sin que ella tuviese derecho para lamentarse de su abandono y para tomar tan despiadada y bárbara venganza. Toda Villabermeja ardía, pues, en chismes, suposiciones y disputas.

El padre Piñón era el más decidido partidario de los Mendozas. El médico y él venían á visitar con frecuencia á la enferma Doña Ana, y el ama Vicenta la cuidaba con el mayor esmero.

—¿Dónde habrá ido á parar D. Faustino?—se preguntaba á sí mismo el padre Piñón, ya que á nadie se atrevía á confiar sus secretos pensamientos.—¿Habrá caído en poder de Joselito? Me temo que sí... Yo lo avisaré á María, la cual ya sé que está en salvo, gracias á Dios. Allá veremos cómo recobra su libertad el señorito D. Faustino.