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Las inquietudes de Shanti Andia

Chapter 102: LIBRO SEXTO
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About This Book

Un narrador rememora su infancia y juventud junto al mar y compone relatos episódicos sobre la casa familiar, primeras aventuras, amores y viajes. Describe naufragios, peripecias de tripulación, sublevaciones y largas travesías, alternando con estancias en tierra y episodios mineros; la aparición de un manuscrito introduce una narración de cautiverio, fuga y deriva. La obra entrelaza memoria personal y aventuras marítimas para explorar la inquietud vital, la nostalgia, el deseo de escapar y el vínculo con los paisajes y costumbres que configuran la identidad del narrador.

—Los pescadores—me dijo—suelen tener algunos señeros en el Izarra y en Aguiró, para que estudien los cambios atmosféricos. Si las señales son de bonanza, se lo indican a las llamadoras, que se encargan de ir avisando a los tripulantes de cada chalupa dando fuertes golpes en las puertas de sus casas. Si las señales son de tempestad, no hay aviso; pero si el tiempo es dudoso, los señeros, en vez de mandar recado a todos los pescadores, llaman sólo a los patrones, y en el extremo del muelle, al amanecer, discuten las probabilidades de que haya bueno o mal tiempo. Si no se llega a la unanimidad, entonces se somete el fallo a votación, se saca una caja de madera con dos compartimientos y dos ranuras. Junto a una de éstas hay pintada una lancha; al lado de la otra, una casa. La lancha quiere decir que se puede salir al mar; la casa, que hay que quedarse en tierra. La votación suele ser absolutamente secreta. Cada patrón echa su cartoncito en el lado de la lancha o en el de la casa, y luego se cuentan unos y otros. Si hay más votos para salir, el que quiera puede ir al mar, y el que no quiera puede quedarse; si la mayoría vota por no salir, entonces es obligatorio permanecer en tierra, y al que no cumple el acuerdo se le condena a una multa y se le decomisa el pescado que traiga.

—Hoy—terminó diciendo el atalayero—, después de discutir los patrones, tuvieron en la votación una mayoría de pocos votos los partidarios de salir. Muchos de los que habían votado por la salida, al ver el cariz del tiempo, concluyeron por quedarse.

La mañana iba poniéndose cada vez peor. El viento soplaba furioso; las olas, como montes, subían por las rocas, llegaban hasta las casas, arrancaban puertas, arrastraban todo cuanto encontraban.

Llegaban rítmicamente, entraban por las ventanas de la atalaya, nos llenaban de agua al viejo atalayero y a mí, y salían por la escalera de piedra con un ruido de catarata. Algunas veces golpeaban la pared del cobertizo de tal modo que parecía que un puño revestido por un guantelete de hierro llamaba con fuerza.

El aspecto del mar iba siendo cada vez peor. Según dijo el atalayero, quedaban aún cuatro lanchas fuera del puerto.

Vi cómo se acercaban dos en medio de las olas. El atalayero, con la bocina, les mandó pararse, y, cuando vió la ocasión propicia, gritó: ¡Avante!

Las dos lanchas, danzando en el agua, desapareciendo entre las espumas, se acercaron a la barra, atravesaron las puntas y entraron en el puerto.

—Las otras están allá—me dijo el atalayero, señalándolas—; sería preferible que se alejaran a coger Guetaria. Deben venir cansados. Si pretenden entrar aquí, se van a perder. ¿Quiere usted decirle a Larragoyen, el patrón, que prepare el bote de salvavidas?

—Sí, hombre.

Salí de la atalaya, crucé el Rompeolas. El mar saltaba por los malecones y llegaba hasta las mismas casas, haciendo un ruido de terremoto. Metiéndome por el agua, llegué hasta el ángulo del muelle y dije a los pescadores lo que pasaba, lo que me había dicho el atalayero. Se soltó el bote de salvavidas. Larragoyen y otros marineros fueron entrando, a pesar de los gritos de sus mujeres. A mí me miraban, como diciendo: ¿Qué irá a hacer éste? Salté al bote, y Larragoyen, con una galantería marina, me dijo que dirigiera yo. La lancha no tenía timón. Para momentos peligrosos, es más conveniente un remo largo, bien sujeto a popa, haciendo de espadilla. Todas las mujeres y chicos nos contemplaban con ansia. Era un momento aquel por el cual yo tenía la certidumbre de que había de pasar alguna vez en mi vida.

Quizá mi sino era morir asi, en el mar, de héroe, y que los chicos de mi pueblo hablaran de Shanti Andía como de un personaje de leyenda.

La primera impresión al entrar en el bote fué de sofocación; los sudestes y Ciras de los pescadores echaban un olor, mezcla de aceite de linaza, de pescado frito y de agua de mar, muy desagradable.

Esperamos a ver lo que ocurría, los seis hombres en los remos; yo, de pie, en el timón. Una de las barcas pasó; la otra, según dijeron, se perdía.

—¡Hala! ¡Fuera!—dije yo.

Salimos de las puntas. El horizonte se llenaba de nubes negras, cuyas formas cambiaban continuamente; a lo lejos, en el fondo del cielo, cerca del agua, se veía una barra negrísima, cuyo borde superior tenía un tinte cobrizo. Las olas, enormes, amarillas, venían de tres o cuatro partes diferentes y se rompían en un torbellino de espumas.

En este momento, Larragoyen, quitándose la boina, dijo:

—Un padrenuestro por el primero de nosotros que se ahogue.

Confieso que la cosa me hizo muy mal efecto. Rezaron todos; yo miraba a lo lejos. El atalayero nos gritó que no fuéramos directamente hacia donde había zozobrado la lancha, sino dando la vuelta.

Así lo hicimos. Realmente la tormenta era ruda; pero manejable; el viento soplaba siempre del mismo lado, sin cambiar apenas. El bote saltaba como un delfín sobre las olas.

Estos peligros grandes y aparatosos quitan el miedo, sobre todo si uno tiene que asumir la responsabilidad; entonces dan la impresión de un problema de matemáticas que hay que resolver. Desde el mar, el espectáculo de la tierra era extraño. El pueblo entero parecía invadido por las olas y las espumas.

Por intervalos llegaba una ola casi cilíndrica, como hueca, más voluminosa que las otras. En vez de recibirla de través, maniobramos para cogerla de frente, o, por lo menos, en un ángulo lo más acentuado posible.

Esta maniobra de defensa nos obligaba a inclinarnos y a perder el rumbo. Dimos la primera vuelta, pasando por el sitio donde había zozobrado la lancha, y recogimos dos náufragos; luego volvimos a dar otra vuelta y pudimos salvar otro; a la tercera vuelta, no encontramos a nadie.

Faltaban Agapito, el novio de Genoveva, y tres muchachos más. Nuestros remeros estaban rendidos. Nos acercamos a las puntas, y el atalayero con la bocina nos mandó detenernos.

Yo le dije a Larragoyen que me parecía mejor seguir e intentar pasar la barra lo más pronto posible. Ir a guarecerse a Guetaria, con la gente cansada y anhelante, me parecía peligroso. Larragoyen nada dijo.

El sostenerse allí era casi tan peligroso como pasar. Después de las tres olas fuertes, los golpes de mar de ordenanza, como les llaman los marinos, venía un momento de relativa calma. Este momento creía yo que se debía aprovechar para atravesar la barra; pero los hombres estaban rendidos.

Yo empecé a ver la cosa mal; los hombres se encontraban jadeantes, demasiado cansados para hacer un esfuerzo verdadero y eficaz.

Nuestra inquietud iba en aumento; la moral de nuestros remeros desfallecía. A mí me sostenía la idea de la responsabilidad. Desde donde estábamos, a veces, se oían las conversaciones de la gente en el Rompeolas; a veces, en cambio, no llegaban hasta nosotros los gritos del atalayero con su bocina.

Los marineros iban perdiendo tono; cuanto más tiempo tardáramos en intentar atravesar la barra, nuestra probabilidad de pasar era menor.

El mar seguía cada vez más furioso; las nubes corrían por el horizonte de una manera tan rápida que producían el vértigo. En esto, una ola de aquellas cilíndricas, como hueca, se nos echó encima, vino en diagonal tan rápida, tan súbita, que no hubo tiempo de ponerle la proa. La ola dió un golpe en la espalda de los dos primeros remeros, les hizo torcerse violentamente y pasó por encima de nosotros.

No hubo nadie de los nuestros que no creyera que aquel era nuestro final. Al verme todavía en la lancha, yo me indigné.

—Estamos aquí parados estúpidamente—les dije—. Hay que pasar. ¡Hala!

—Nada, vamos—dijeron todos.

Estábamos dispuestos a hacer un esfuerzo supremo, cuando, con un enorme estupor, vimos la goleta de Machín, que venía, saliendo de las puntas, con el foque hinchado, como un cisne fantástico, rasando el agua.

Todos nos quedamos atónitos. El pailebot salió de las puntas y dió una larga vuelta, con una rapidez inaudita. Llevaba dos pasajeros: Machín y su criado. Era admirable de precisión: una maniobra mal hecha, una cuerda rota, y la goletilla iba al fondo del mar.

Al cambiar de dirección creímos que se hundía; hubo un momento en que estuvo tendida casi por completo; pero pronto se fué enderezando y vino hacia nosotros ciñendo el viento. Sobre la cubierta estaba Machín, tendido, acurrucado, y, al pasar cerca de nosotros, nos echó una cuerda. Uno de los que iban a proa la cogió y la sujetó. Nuestro bote dió un salto al ser arrastrado por la goleta y comenzó a hundir la proa en el agua.

Machín, sin atender a las indicaciones del atalayero, se lanzó sobre las olas amarillas de la barra, allí donde se confundían el cielo y el mar, y pasó él y pasamos nosotros con una velocidad vertiginosa, tan pronto en la cumbre de una montaña de agua, como casi atravesándola por en medio.

Antes de que nos diéramos cuenta estábamos a salvo; Machín y su criado bajaron las velas y nosotros remolcamos la goleta.

Salimos al muelle. En aquel momento los chicos de la escuela volvían de rezar de la ermita por nosotros y nos contemplaban con admiración.

Machín sabía que entre los pescadores era odiado, y no quiso presentarse como nuestro salvador. El y su criado se retiraron. A este último le detuve y le dije:

—Han estado ustedes admirables. ¡Qué bien han hecho la maniobra!

—Sí, el barco es bueno—dijo el criado.

—Y los tripulantes.

El hombre me dió las gracias y desapareció tras de su amo.

Ni mi madre ni Mary se habían enterado de lo sucedido. Iba a marcharme a casa, cuando los pescadores porfiaron en que les acompañara, y tuve que prometerles que por la noche iría al Guezurrechape del muelle a comentar los acontecimientos del día.



VI


UNA CANCIÓN PESADA

Cuando, por la tarde, le conté a Mary lo que había pasado, vi a mi novia palidecer y llorar. La conducta de Machín la dejó asombrada, y la muerte de Agapito la impresionó por el pesar que produciría a Genoveva.

Mary y yo fuimos los encargados de comunicar a la muchacha la triste noticia. Vino con nosotros una hermana de Agapito, que estaba sirviendo en Lúzaro. Al llegar al faro, Genoveva salió a abrirnos, y al vernos a los tres comprendió rápidamente lo que pasaba y se alejó llorando.

Yo me separé de las tres muchachas y fuí a ver al gran Urbistondo, que me explicó sus ideas acerca del sentimentalismo de las mujeres con una seriedad un tanto cómica.

Volvimos a Lúzaro, dejando a la hija del torrero anegada en un mar de lágrimas.

Por la noche fui al Guezurrechape, como había prometido. Allá estaban Larragoyen y sus amigos, que me recibieron entre aplausos y gritos. Ya nadie se acordaba de los sepultados por la mañana en el mar. Así es la vida. Ellos vivían, después de haber estado cerca de la muerte, y celebraban su fortuna. Andaban todos un poco intoxicados por el alcohol y se contaban uno a otro las mismas cosas que juntos habían visto. En general ninguno quería creer en la buena intención de Juan Machín al socorrernos.

—¿Pero qué otro objeto podía tener?—pregunté yo.

—¡Quién sabe, Shanti, quién sabe!—me dijeron.

Alguno llegó a manifestar la sospecha de si Machín no habría salido con su barco con la idea de hacernos naufragar. No era posible convencerles de otra cosa y los dejé. A un marinero, y a un marinero vascongado, no se le convence nunca de nada.

Yo pensaba que Machín era, sin duda, un hombre violento, capaz de cosas buenas y de cosas malas, dispuesto lo mismo a salvar a una persona exponiendo su vida que a asesinarla; pero ni al mismo Larragoyen, que era una persona sensata, le pude convencer de esto.

Se olvidaron los detalles tristes de la jornada, para entregarse a la alegría y al vino. Yo me senté entre los patrones y tomamos café y ron.

Shempelar, el del astillero, sacó a relucir una canción que se repitió hasta el mareo. La gracia de la canción consistía principalmente en que se refería a un capitán piloto y se hablaba de un Shanti.

En el fondo, la canción no decía nada; ¿pero eso qué importa? Casi siempre, y aunque parezca absurdo, cuando menos dice una canción es mejor. La canción era así:

Ni naiz capitán pillotu

Neri bear rait obeditu

Buruban jartzen batzait neri

Bombillun bat, eta

Bombillum bi

Eragiyoc Shanti

Arraun orí.

(Yo soy el capitán piloto—Hay que obedecerme a mí—Si se me ponen en la cabeza—Una botella grande—y dos botellas—¡Mueve Shanti ese remo!) Así estuvimos repitiendo canción y estribillo hasta media noche. Después se cantaron otros muchos zortzicos y luego vino un muchacho con un acordeón, que trenzaba, sin parar, la música más heterogénea; un vals se convertía en una habanera, y ésta aparecía al final con las notas de La Marsellesa o de un himno cualquiera.

Yo, en el estado de pesadez que me encontraba entre los vapores del alcohol y el humo del tabaco, perseguía estas melodías atropelladas, monstruosas, que salían de la filarmónica y que iban cambiando a cada instante.

A veces decía:

—Bueno, señores, me voy—y me levantaba para marcharme.

—No, no—decían todos.

—No te vayas, Shanti—gritaba un viejo.

—Tengo que marcharme.

—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Ese patrón al agua! No te vayas, Shanti—gritaban los demás.

Cuando ya no podíamos con nuestra alma, abandonamos el Guezurrechape, y nos fuimos a casa. Llovía, el muelle estaba cenagoso; yo me equivoqué y en vez de ir hacia casa fuí al Rompeolas. Gracias al sereno, que me encontró y me acompañó hasta casa, pude encontrarme al amanecer en mi cuarto.


VII


MACHÍN DESAPARECE

Hacía ya mucho tiempo que Machín no se ocupaba de Mary ni de mí para nada. No se le veía jamás por Lúzaro.

Se iba acercando el día de nuestra boda.

Una noche, al entrar en casa, vi a Machín que me esperaba en el portal. Me eché a temblar, lo confieso. ¿Qué querría aquel hombre?

—Tengo que hablar con usted—me dijo.

—Bueno, pase usted a casa—le indiqué.

Pensé que no intentaría atacarme. Además, yo era más fuerte que él.

Pasó Machín, subió las escaleras conmigo, entró en mi cuarto y se quedó mirando los libros de mi armario y los cuadros de las paredes, con gran curiosidad.

—¿Vienen de casa de su abuela estos cuadros?—preguntó.

—Sí.

Quedó mirándolos de nuevo. Yo le contemplaba con marcada impaciencia.

—Usted dirá lo que quiere ...—le advertí.

—Sí. Voy a decírselo a usted en seguida. Me entregó usted un sobre del padre de Mary....

—Cierto.

—Pues yo le tengo que entregar a usted otro para ella. Déselo usted el día de la boda.

—¿No será una venganza?

—No, no; puede usted estar tranquilo. Dígale usted que es de parte de su familia. Será para usted y para ella una sorpresa agradable.

Tomé el sobre, vacilante. El siguió mirándolo todo con atención. Luego me dijo:

—¿Está su madre de usted?

—Sí.

—Quisiera saludarla.

—Bueno, pase usted.

Entramos en el cuarto de mi madre que, al ver a Machín, quedó sorprendida no sé por qué: Machín estuvo con ella muy amable. Hablaron los dos largo rato. Yo estaba inquieto con aquella visita incomprensible.

—¿Qué cambio es éste?—me preguntaba.

Al salir Machín, me dijo:

—Quiero marcharme de Lúzaro. Probablemente ya no nos volveremos a ver. ¿Me guarda usted rencor?

—No, nunca, a pesar de que creo que tengo motivos.

—Entonces, ¡adiós!

Me tendió la mano, yo alargué la mía y me la estrechó con fuerza.

Al volver encontré a mi madre un poco excitada.

—¿Qué te pasaba?—la dije.

—Nada, que al verle entrar he creído que venía mi hermano Juan.

—¿Eh?

—Sí.

—¿Tanto se parece?

—Es idéntico.

El tal Machín era un tipo raro en todo, en su conducta, en sus parecidos y en las simpatías y antipatías que despertaba.

Días después, una mañana de otoño muy clara y muy hermosa, Machín, con su criado, se embarcó en la goleta. Pasaron días, semanas; han pasado años; no ha vuelto a saberse más de él.

El día de mi boda, al llegar a casa de mi madre, Mary abrió el sobre que me había dado Machín. Cayeron sobre la mesa una porción de papeles. Eran acciones de minas, títulos de la Deuda..., una fortuna. Entre ellos había una carta, que decía así:

"Mi querida Mary: La carta de tu padre que me trajo tu marido hace algún tiempo me reveló que tú y yo somos hermanos, hijos del mismo padre. Shanti, a quien tanto he odiado, es pariente mío, casi hermano.

"Yo soy hijo de Juan de Aguirre y de una muchacha, sirviente de casa de nuestra abuela. No le culpo a mi padre del abandono en que me han tenido. La fatalidad lo ha dispuesto así.

"Tu marido y tú tendréis seguramente la idea de que soy un hombre perverso y dañino. No he podido ser otra cosa; todo el mundo me hizo sufrir cuando era un miserable; yo he contestado haciendo sufrir a los demás cuando he sido poderoso.

"La bondad es la fuerza de los privilegiados. La envidia y la tristeza del bien ajeno son enfermedades del espíritu. Los que han luchado y se han agitado en los antros donde se muerden los pestíferos están contagiados.

"No todo el mundo puede ser sano, ni todo el mundo puede ser bueno. Yo aun no lo puedo ser, y como no lo puedo ser, al enviarte esta dote a ti, hermana mía, para que puedas vivir con tu marido, pienso que ésta es mi venganza, la venganza del abandonado, la venganza del sarnoso contra el sano, la venganza del miserable con el descendiente de la familia considerado y mimado.

"Adiós, querida hermana. Felicidades.

"Juan."

Al escribir esta carta se veía que Machín habla arrugado el papel y lo había mojado con sus lágrimas.

Machín, nuestro enemigo, se convertía en nuestro protector y nuestro pariente.


LIBRO SEXTO



LA SHELE



I


HABLA EL MÉDICO VIEJO

Unos días después de mi matrimonio, el médico viejo me encontró en la calle y me dijo con grandes extremos que fuera a su casa. Me tenía que hablar. Fuí después de comer; pasamos a un despacho con armarios, que tenía en las paredes unas láminas anatómicas bastante desagradables; el doctor me hizo sentarme en una poltrona, y me dijo:

—¿Sabrás que se marchó Machín?

—Sí, ya lo sé.

—¿Sabes a qué se debe el cambio que hizo con relación a tu novia y a ti?

—No.

—Pues a lo que le conté el mismo día que fuimos a verle en este despacho. Estaba ahí sentado, donde tú estás. Al principio me oía irónicamente, con aquella sonrisa dolorosa que le caracteriza; pero cuando le conté lo que te voy a contar a ti, se transformó. Lloraba como un chico. No creía que tuviera el corazón tan blando. Yo mismo me conmoví.

—¿Y a qué se refiere lo que me va usted a contar?

—Se refiere al padre y a la madre de Machín.

—¿Los ha conocido usted?

—Sí.

—¿A los dos?

—A los dos.


El médico empezó así:

—Hace ya más de cuarenta años acababa yo de venir de Regil, en donde estuve dos años de médico.

En aquella época Lúzaro no era como ahora; había cuatro o cinco familias que mandaban, y, entre ellas, la de Aguirre y la de Andonaegui eran de las más principales e influyentes.

Siendo médico aquí, había que estar bien con ellas, so pena de perecer y no tener una visita.

Yo iba con mucha frecuencia a casa de tu abuela, que por entonces se había quedado viuda.

Tu abuela tenía en casa una muchacha, que era ahijada suya, y a quien llamábamos la Shele. Yo bromeaba mucho con ella cuando iba a a tomar café a Aguirreche.

—¿Qué hay, Shele?—la decía.

—Nada, señor médico.

—¿Cuándo piensas casarte?

—Cuando me quieran—contestaba ella con gracia.

&mdaash;¿No tienes novio todavía?

—No.

—¿Pues en qué estás pensando?

—Ella sonreía mientras llenaba las tazas de café. La Shele era muy bonita, muy modosita, muy fina. Era este tipo vascongado, esbelto, que tiene algo de pájaro. Muchas veces yo pienso—añadió el médico viejo—que nuestra raza no es fuerte. Esto no lo digo delante de un forastero, no, jamás. Esta raza vasca es bonita, fina de tipo, pero en general no es fuerte. Tiene más resistencia la gente del centro: aragoneses, riojanos y castellanos. Esta es una raza vieja que se ha refinado en el tipo, aunque no en las ideas, y que no tiene mucha fuerza orgácica. Tú habrás visto que aquí una muchacha se casa y al primer hijo se le caen los dientes, parece que se le alarga la nariz.... Pero me alejo de mi historia. Vuelvo a ella.

Una mañana de invierno muy hermosa y muy clara me llamaron para ir a Aguirreche. Hacía pocos días que tu tío Juan había marchado a embarcarse a Cádiz.

—Esto es un hospital—me dijo tu abuela—. Todos estamos enfermos.

Vi a tu abuela, a tu madre, a tu tía Úrsula, y, al marcharme, me dijeron:

—Espere usted, que también la Shele está mala.

Entró la muchachita, muy pálida y muy triste, y saludó, sin levantar los ojos del suelo.

—Vamos, acércate—le dijo tu abuela.

Pude notar que la Shele sufría y que las comisuras de sus labios temblaban, como por un sufrimiento contenido.

—¿Qué tiene esta muchacha?—pregunté yo alegremente.

Debe estar enferma del estómago—dijo tu abuela—. Tiene vómitos, está ojerosa.

Contemplé a la muchacha, que bajó la vista; le tomé el pulso, y dije:

—Que vaya a mi casa y la reconoceré más despacio.

—Bueno, ya irá. ¿Cree usted que tendrá algo grave?

—Ya veremos.

Me despedí de la familia y seguí haciendo mi visita.


II


LA CONFESIÓN

Acababa de tomar café; estaba charlando con mi madre y mi hermana en esa pequeña galería de cristales que da a la huerta, cuando entró la Shele. Acudí a su encuentro, la pasé al despacho y cerré la puerta.

—Siéntate—la dije.

La muchacha se sentó y yo comencé el interrogatorio.

—¿Hace mucho tiempo que estás en Aguirreche?

—Sí, ya va a hacer mucho tiempo.

—¿Cuántos años tienes?

—Diez y ocho.

—Tus padres están en un caserío de la familia Aguirre, ¿verdad?

—Si, señor.

—¿Les tienes cariño a los de tu casa?

—Sí, señor.

—¿A la señora y a las señoritas?

—Si, señor.

—¿Y al señorito Juan?

—También.

Y la muchacha se ruborizó. Yo continué con mis preguntas.

—¿No quieres marcharte de Aguirreche?

—No, señor.

—¿No tienes confianza en mí?

La muchacha me miró extrañada, preguntándose, sin duda, por qué le dirigía estas cuestiones. Yo seguí el interrogatorio.

Digo si tienes confianza en mí. Si crees que soy un hombre malo.

—¡Un hombre malo! No; no, señor.

—¿Entonces, tienes confianza en mí? ¿No crees que yo te quiera hacer daño?

—No; no, señor; yo no he dicho eso.

—Ya sé que no lo has dicho; te lo advierto, para que sepas que soy tu amigo, que te quiero bien. ¿Comprendes?

—Sí, señor.

Entonces ya le dije claramente lo que tenía que decirle.

—Tú has tenido amores con el señorito Juan, ¿verdad?

—No; no, señor.

—¡Para qué negarme la verdad! ¡Tú has tenido amores con él, y lo que te pasa es la consecuencia natural ... ¿Comprendes?

La Shele calló y bajó la cabeza.

—¿Te prometió casarse contigo? ¿Te engañó?

—No, no me engañó; no me prometió nada.

—¿Sabe en qué estado te encuentras?

—No, no lo sabe.

—¿Y por qué no se lo dijiste antes de que se marchara?

—Me daba vergüenza.

La muchacha ocultó la cara entre las manos y comenzó a llorar en silencio.

—¡Ay, ené!—decía, de cuando en cuando, sofocando un suspiro.

Yo la contemplaba emocionado.

—Bueno, cálmate—la dije—. Aquí el único que sabe tu estado soy yo. ¿Qué piensas hacer? Vale más que te resuelvas pronto, antes de que noten tu estado. ¿Comprendes?

—Sí, señor.

—¿Qué te parece que hagamos? ¿Le escribimos a Juan?

—Bueno.

—¿Sabes sus señas?

—Sí; va de Cádiz a Filipinas en un barco.

—¿No sabes más?

—No.

—Debías enterarte del nombre del barco.

—Bueno. Ya me enteraré.

—Y mientras llega la carta y la recibe, si es que la recibe, ¿qué piensas hacer? ¿Ir al caserío?

—No, al caserío, no. Mi padre y mis hermanos me pegarán.

—Entonces, ¿quieres que yo se lo diga a la señora para ver qué decide?

—No, no. ¡Ay, ené!

Pues, ¿qué vas a hacer? ¿Adónde vas a ir?

—No sé.

La Shele miraba el suelo y suspiraba. Las lágrimas corrían por sus mejillas.

Yo, algo impaciente, me levanté y la dije:

—Nada, tú decidirás. Yo ya te he indicado lo que te puede pasar. No sé qué aconsejarte.

La muchacha suspiró más fuerte, y viendo que me disponía a salir, me detuvo.

—No, no me deje usted.

—¿Qué quieres que haga?

La Shele pensó un momento, y dijo:

—¡Escríbale usted al señorito Juan!

—Le escribiré, pero va a tardar mucho en saber la noticia. Si ha salido de Cádiz, hasta dentro de un año no vamos a poder tener noticias suyas.

—Entonces dígale usted a la señora lo que me pasa. A ver qué quiere hacer conmigo.

La pobre muchacha me dio lástima. Se entregaba a su suerte adversa, como un cordero que llevan al sacrificio.


III


LA VENTA DE LA TERNERA

Yo insinué varias veces, hablando con doña Celestina, después de comunicarle lo que le ocurría a la muchacha, que debía dar cuenta a su hijo de lo que pasaba con la Shele; pero comprendí que era inútil y que estando en su mano no había de hacer nada con ese fin.

Sabía que Juan de Aguirre navegaba en la derrota de Cádiz a Filipinas, pero ni la Shele ni yo pudimos averiguar en qué barco. A pesar de todo le escribí, y la carta no debió llegar, porque no tuve contestación.

Mientrastanto, doña Celestina y el vicario habían decidido casar a la Shele. Como sabes, aquí a los matrimonios que se hacen entre la gente del campo, atendiendo sólo al dinero, se llaman la venta de la ternera. En el caso aquél no era la venta corriente, sino la de una res estropeada y enferma, y había que dar mucho dinero encima para sacarla de casa.

—Nada, hay que llevarla de aquí cuanto antes—dijo el vicario—; que vaya a vivir a otro pueblo o a un caserío lejano, y nadie tendrá en cuenta si la criatura ha nacido antes o después del plazo legal.

—Sí, es lo más conveniente—añadió la señora de Aguirre—. ¿A usted qué le parece, doctor?

—Yo digo lo de siempre; antes consultaría con Juan—replicaba yo.

—Juan no vendrá aquí hasta dentro de cuatro o cinco años.

—Y mientrastanto, ¡cómo se evita el escándalo!—exclamó el vicario.

—No, no; si eso no puede ser—repuso doña Celestina—. Es perder el tiempo hablar de Juan. Aquí lo único es encontrar un marido y casarla.

—Creo lo mismo que doña Celestina—agregó el vicario, —Pues vamos a ver quién nos convendría. Yo conozco a todas las familias de los caseríos ... El mozo de Olazábal está casado, el de Olazábal Aspicua es muy joven, el de Endoya se ha ido a Somorrostro ...

—En Iturbide hay un muchacho carbonero ...—insinuó el cura.

—Pero esos son unos salvajes—replicó doña Celestina—. No quiero que la Shele vaya allí. La tratarían muy mal.

—¿Y Machín?—preguntó el cura—. ¿Machín el mozo?

—¿El de mi caserío?

—Sí.

—Pero, ¿no es tonto ese muchacho?

—¡Ah! ¡Claro! No vamos a encontrar un hombre perfecto como los de la Constitución del año doce.

El señor vicario se permitía alguna bromita de cuando en cuando contra las ideas liberales.

—Entonces, ¿qué? ¿Le llamaremos a Machín?

—Me parece lo mejor.

—¿Al padre?

—Al padre y al hijo. Se les explica lo que pasa y veremos las condiciones que ponen.

—Bueno, pues les llamaremos.

Presencié la entrevista en la cocina. Era una escena triste, daba una idea bien miserable de la humanidad. Machín padre y Machín hijo estaban los dos arrimados al fuego en la cocina.

—De manera—decía doña Celestina con voz imperiosa—que yo le doy a la Shele cuatro onzas y dos vacas.

—Y las azadas y el trillo—añadía Machín el viejo.

—Bueno, y las azadas y el trillo. ¿Con esto estamos ya conformes?

—Es que ...—decía Machín padre, rascándose la cabeza—como la chica ha quedado en ese estado, yo no sé si estará bien..., porque las gentes dirán que ...

—Eso ya os lo he dicho antes. La muchacha está en ese estado. Ya lo sabemos. Conque resolved de una vez: sí o no. O decid qué queréis más.

—El caso es—murmuró el viejo—que hay un trozo de tierra cerca del barranco que no pertenece a nuestro caserío, y mi mujer dice que debían dárnoslo a nosotros sin subir la renta ... Yo no digo nada, pero mi mujer....

—Bueno, la tierra esa será para vosotros.

La conversación continuó así, con un lujo de detalles de esa avaricia campesina tan repugnante, y cuando llegaron a un arreglo definitivo, doña Celestina gritó a sus hijas:

—¡Que venga la Shele!

Vino la Shele, pálida, con los ojos bajos y las ojeras moradas.

—Hemos quedado de acuerdo en que te casarás con este joven.

—Bueno, señora—contestó ella, con una voz débil como un sollozo.

—¿No dices nada?

—Nada, señora.

—Bueno, ya lo sabes. Dentro de unos días será la boda.

—Está bien, señora.

Machín, el joven, sonrió, queriendo echárselas de malicioso, y el viejo siguió dando vueltas en su cabeza al pensamiento de si podía sacar alguna cosa más de la señora de Aguirre.

Esa es la moral tradicional de las gentes ricas. Se destroza una vida, se deja a un hijo sin padre, se lleva la desolación a una familia. Y se dice se ha salvado la honra de una casa; se ha salvado la sociedad.



IV


EL FINAL DE LA SHELE

Siempre que pensaba en la Shele—siguió diciendo el médico viejo—, tenía el presentimiento, muy lógico en el fondo, de que había de acabar mal. Hubiera quedado muy sorprendido si en el transcurso de los años hubiese sabido que la Shele vivía tranquila y feliz con su marido.

Cuatro o cinco meses después de esta escena que te he contado de los preliminares de la boda, me llamaron del caserío de Machín. La Shele había tenido un hijo fuerte, robusto, pero ella estaba enferma.

La encontré, la primera vez que fui a visitarla, muy quebrantada y con un principio de fiebre.

Pasó un día y otro día. La pobrecilla no mejoraba. Cualquier cosa, la menor palabra, la hacía llorar.

Doña Celestina me llamó reservadamente.

—¿Qué le pasa a la Shele?—me dijo.

—Que está mal.

—¿Pero no mejora?

—No.

—¿Qué tiene?

—Tiene un estado de excitación continua, y creo que padece una lesión cardíaca, que el embarazo y los disgustos han exacerbado.

Doña Celestina se inmutó porque, aunque mujer orgullosa, tenía buenos sentimientos.

—¿Usted cree que el matrimonio con ese hombre habrá contribuído...?

—Es posible, pero no es fácil asegurarlo.

No quise tranquilizarla. Que pesara sobre su conciencia la brutalidad que había hecho.

Seguí visitando a la Shele diariamente. No había manera de hacerla reaccionar. Estaba decidida a dar un adiós definitivo a la vida.

Ante una resolución tan firme de morirse, todos los planes terapéuticos se estrellan.

A los quince días hubo que confesar y dar la Unción a la Shele.

Doña Celestina y sus hijas fueron a verla.

Adornaron el cuarto de la enferma de blanco, lo cubrieron de sobrecamas y trajeron flores y estampas religiosas. En el momento de darle el Viático había unas mujeres en el pasillo del caserío con velas encendidas.

La Shele era muy cariñosa, y sin duda de verse mimada en aquel trance, se encontraba alegre y sonriente.

Por la mañana murió la pobrecilla.


El médico viejo dejó de hablar y se quedó mirándome, buscando conocer mi opinión.

—Sí, es horrible—dije yo—esa falta de respeto por la vida ajena. ¡Cuánta gente no se habrá sacrificado por esas ideas del rango y de la posición social que, después de todo, no sirven para nada! Son restos del feudalismo.

—Eso es. Es verdad.

—¿Y qué dijo Machín al oírle contar a usted esto?

—Se puso como un loco. Lloraba desconsolado. ¡Pobre madre, lo que la hicieron sufrir!—murmuró varias veces; luego dijo, con voz iracunda—: Ahora le pegaría fuego al pueblo entero.

Después, más tranquilizado, me pidió que le dijese cómo era; si se parecía a él, si no se parecía; y cuando yo le indiqué que su padre se había portado mal, replicó:

—No, no; él tampoco tuvo la culpa.

Me habló de que por tu mano había recibido un manuscrito de su padre, y prometió enviármelo.

—¿Y se lo envió a usted?

—Sí; lo he leído ya; por cierto que no sé qué hacer con él. Creo que tú eres el más indicado para guardarlo. De manera que llévatelo.

Cogí el manuscrito, lo llevé a casa y comencé a leerlo en seguida.


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