PRÓLOGO.
«Las paredes oyen» es la mejor de las comedias de don Juan Ruiz de Alarcón, y se distingue por no encontrarse en ella los defectos que eran comunes a cuantas en aquella época se escribieron.
No tiene escenas enfadosas ni largos recitados, ni se abusa de aquellas conceptuosas retahílas en que para expresar sentimientos de amor se prodigan las metáforas mitológicas; las mutaciones de decoración no son frecuentes; el plan está hecho con una admirable habilidad.
Don Mendo, que es vano y murmurador, pregona sus venturas y corteja a dos damas: doña Ana, a la que ama verdaderamente, y doña Lucrecia, prima de esta; y como por escrito y de palabra habla mal de una y otra, ambas lo llegan a saber y las dos le rechazan, otorgando sus favores respectivamente a dos galanes, que las defendieron de las murmuraciones de don Mendo.
Unas veces oye doña Ana misma lo que don Mendo murmura de ella para impedir que inspire sentimientos de amor al duque Urbino; otras cae en las manos de doña Lucrecia el papel escrito por él en que la ridiculiza ante su propio rival; otra, censura a sus amigos sin sospechar que le escuchan disfrazados de cocheros, y hasta la criada de la dama de sus pensamientos oye que la llama vieja, y desde aquel momento se convierte en su implacable enemiga.
«Las paredes oyen» y todo cuanto murmura se sabe, y se concitan contra él las antipatías y los odios de quienes le profesaban sentimientos opuestos.
Todo esto sucede con tal naturalidad, y el diálogo es tan justo y adecuado, que se puede decir que en este punto es una comedia modelo.
Además, tiene algunos trozos epigramáticos no inferiores a los del mismo Tirso de Molina, como aquella relación del Beltrán, en el primer acto, en la que explica que todo se reduce en la vida a pedir dinero.
Semeja a «La verdad sospechosa» del mismo autor, en que fustiga en ella el vicio de la murmuración como en la primera se censura el de mentir; pero la trama, el movimiento de los personajes y hasta el diálogo, superan en esta a aquella.
La murmuración es un defecto tan general como censurable, que, aunque prediquen contra él los moralistas y le fustiguen los literatos, no ha de extirparse, porque se engendra en la propia naturaleza dispuesta a apreciar defectos ajenos y que para juzgarlos ven, como dice el Evangelio, la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
San Francisco de Sales decía que la suprema virtud era la benevolencia para juzgar al prójimo, y aconsejaba que al referir alguna cosa se procurara siempre darle la interpretación más benévola; la Biblia nos habla de Datán, Coré y Abirón, a los que se tragó la tierra por murmuradores; pero en cambio en nuestro tiempo se considera indicio de gracia y de cualidades sociales ridiculizar con ingenio a las personas y sus actos, y en un salón, aquel que no murmura resulta aburrido.
Otras personas, para medrar en política, donde es más útil que hacerse amar hacerse temer, emplean la murmuración, y algunos murmuran para defenderse, como la célebre condesa de Campo Alange que, señalando con el dedo su lengua, decía: esta es mi guardia civil.
Todo esto quiere decir que «Las paredes oyen», como cuanto se ha escrito contra los murmuradores, ha servido para enriquecer el tesoro literario del país, pero los resultados para la corrección del defecto seguramente no han de corresponder a la importancia del éxito logrado.
Además de las muchas cualidades de don Juan Ruiz de Alarcón, ofrece un motivo a la consideración de los pueblos de América donde se habla el español, y es la de haber nacido en Méjico o en Nueva España, que es el nombre que llevaba entonces aquel virreinato.
Ruiz de Alarcón, que vivió y trabajó en España, y que en su obra retrató costumbres netamente españolas, había nacido en Méjico, como en el siglo xix aconteció con otro ilustre autor dramático que vivió, trabajó y murió en Madrid, y que había nacido en Buenos Aires: don Ventura de la Vega.
Don Juan Ruiz de Alarcón, piadoso como todos los señores de su época, dotó una fundación para religiosos en Madrid, donde yacían sus restos, y el convento, que no sabemos si existe aún, pero que existía hace pocos años, era denominado de «Don Juan de Alarcón», y lo mismo la iglesia.
Nació en América, vivió en España, llevó las costumbres y los personajes de ella a la escena, murió en el seno del catolicismo y dispuso que sus restos reposasen en una iglesia que él había fundado.
Alarcón era un americano español, como lo era la mayor parte.
Un escritor español de peregrino ingenio, comentaba en una crónica enviada a un periódico madrileño que cuando en tierra extranjera declaraba su nacionalidad española le preguntaban:
Pero ¿es usted español de España?
Esta pregunta no demuestra ignorancia, sino, por el contrario, un concepto exacto de que la condición de español no depende del lugar de nacimiento, sino que la determina la raza y la sangre que corre por nuestras venas, y por eso tan español es el de España como el de América, aunque su nacionalidad sea distinta.
Don Juan Ruiz de Alarcón es un español de América, gloria de la Literatura española y símbolo, por tanto, de esa unión hispanoamericana, supremo ideal político de los pueblos llamados a formarla y que, como la estrella Polar marca siempre el Norte, en el horizonte político señala el rumbo del renacimiento de la Raza.