Escena XIV.
Dichos, doña Lucrecia con manto, y Ortiz.
DOÑA LUCRECIA.
No quise, prima, dejar
de verte en esta partida.
DOÑA ANA.
Ni yo, Lucrecia querida,
me partiera sin pasar
por tu casa, porque el ver
al pasar tu rostro hermoso,
fuese presagio dichoso
del viaje que he de hacer.
DOÑA LUCRECIA.
(Aparte a don Mendo).
Niégame ahora, traidor,
las verdades que estoy viendo.
DOÑA ANA.
¿Qué le dices a don Mendo?
DOÑA LUCRECIA.
Del vestido de color
le pregunto la ocasión;
porque de irte a acompañar
lo indica el tiempo y lugar,
y fuera galante acción.
DOÑA ANA.
Tan alto merecimiento
con mi humildad no conviene
y más que lisonja, tiene
malicia ese pensamiento.
Mas si conmigo partiera,
de parecer, prima, soy,
que pues yo de negro voy,
de color no se vistiera.
CELIA.
Ya bien te puedes partir,
que los coches han venido.
DOÑA ANA.
Que no me olvides, te pido.
DOÑA LUCRECIA.
Por puntos te he escribir.
DOÑA ANA.
Adiós, don Mendo.
DON MENDO.
Señora,
en el coche os dejaré.
DOÑA ANA.
Si alguno en la calle os ve,
sospechará lo que ahora
ha sospechado mi prima.
Quedaos y salid después.
(Vase).
DON MENDO.
Yo obedezco...
(Aparte de Lucrecia).
y vuestros pies
sigue el alma que os estima.
Escena XV.
Doña Lucrecia, don Mendo y Ortiz.
DOÑA LUCRECIA.
(Saca un papel, y muéstralo a don Mendo).
¿Conoces este papel?
DON MENDO.
Yo, Lucrecia, lo escribí.
DOÑA LUCRECIA.
Junta lo que has hecho aquí
con lo que dices en él.
Traidor, fingido, embustero,
engañoso, ¿a ti te dan
apellido de Guzmán
y nombre de caballero?
¿Qué sangre puede tener
quien tiene pecho traidor?
¿Es hazaña de valor
engañar una mujer?
DON MENDO.
Oye, señora...
DOÑA LUCRECIA.
No muevas
esos fementidos labios,
que intentas nuevos agravios
con satisfacciones nuevas.
DON MENDO.
Pues ¿qué quieres?, ¿condenarme,
sin oír satisfacción
por solo una presunción?
DOÑA LUCRECIA.
¿Qué disculpa puedes darme?
¿Presunción llamas, traidor,
esta tan clara probanza
de mi agravio y tu mudanza?
DON MENDO.
En lo que fundas mi error,
fundo la satisfacción:
¿no te dijo de mi parte
tu escudero, que de hablarte
deseaba una ocasión,
donde el descargo sabrías
del recelo que te abrasa?
Tuve aviso de tu casa
que a ver tu prima salías,
y vine a esperarte aquí,
y adelanteme en llegar,
por no dar que sospechar,
viéndome venir tras ti.
¡Mira por qué me condenas!
DOÑA LUCRECIA.
¿De modo que te disculpas
multiplicando tus culpas
y acrecentando mis penas?
Causa doña Ana mi daño,
¿y con hallarte con ella
das remedio a mi querella?
DON MENDO.
Porque fuese el desengaño
en su presencia más fuerte.
DOÑA LUCRECIA.
¿Qué desengaño me diste?
DON MENDO.
Como tu pena encubriste,
no quise hablando ofenderte;
mas ten cierta confianza,
para asegurar tus celos,
que en el orden de los cielos,
antes que en mí, habrá mudanza.
Tuyo soy.
DOÑA LUCRECIA.
Las obras creo.
DON MENDO.
Presto, con la voluntad
de tu padre, su verdad
te mostrará mi deseo.
Escena XVI.
Dichos y el Conde.
CONDE.
(Aparte).
(¿Dónde hay con celos cordura?)
Lucrecia hermosa, don Mendo.
DON MENDO.
Conde, que venís entiendo
traído de mi ventura.
Que Lucrecia ha de saber
de vos, lo que hablamos hoy
de su amor.
CONDE.
Testigo soy.
DON MENDO.
Eso a solas ha de ser,
que pensará que os obligo
con mi presencia a abonarme.
(Vase).
Escena XVII.
Dichos menos don Mendo.
DOÑA LUCRECIA.
(Aparte).
(¡Tú dejas para informarme
en tu favor buen testigo!)
CONDE.
¿He de decir la verdad?
DOÑA LUCRECIA.
Para eso quedas aquí.
CONDE.
Pues escúchala de mí,
pagues, o no, mi lealtad;
y por prevenir el daño,
si acaso no me creyeres,
ten secreto lo que oyeres,
y averigua si es engaño;
que pues me dijo don Mendo
que cuente lo que pasó,
cumpliendo lo que él mandó,
nadie dirá que le ofendo;
que aunque si intento haya sido
que use contigo de engaño,
no debo para mi daño
darme yo por entendido.
Dando hoy para ti un papel
don Mendo a Ortiz, tu criado,
desdeñoso y enfadado
me dijo: «¡Cosa cruel,
Conde, es una mujer necia!
Después que a doña Ana di
en servir, sale de sí
de amor y celos Lucrecia».
Yo le dije: «¿No es mejor
no engañarla?» Y respondió:
«Mil veces lo que dejó
volvió a desear amor;
y este caso previniendo,
nada pierdo en conservalla».
DOÑA LUCRECIA.
¿Que enredos inventas? Calla;
¿tal pudo decir don Mendo?
Que tu afición agradezca
quieres así disponer;
¿piensas que te he de querer
aunque a don Mendo aborrezca?
CONDE.
Oye.
DOÑA LUCRECIA.
No me digas nada.
CONDE.
Averígualo advertida,
y dame pena ofendida,
o premio desengañada.
Y si por amarte yo,
duda en mi verdad has puesto,
sírvate de indicio aquesto,
ya que de probanza no.
Él va tras ella a Alcalá,
y no es este mal testigo
del desengaño que digo;
despacha tú quien allá
con cuidado y sin pasión
secretamente lo siga,
y si mi verdad te obliga,
premia un leal corazón;
que será culpable error
que prefiera en tu cuidado,
un engaño averiguado
a un averiguado amor.
DOÑA LUCRECIA.
La verdad diciendo estás;
que si negándola estoy,
no es que crédito no doy,
sino que pena me das.
¡Ah falso! ¡Ah, mal caballero!
¡Plegue a Dios, que en igual grado
amante y desengañado
pruebes el mal de que muero!
Pluguiera a Dios, Conde mío,
pudiera en esta ocasión
mudarse la inclinación
al paso que el albedrío;
mas vive cierto, señor,
que si me has dicho verdad,
te dará mi voluntad,
lo que te niega mi amor.
CONDE.
Yo lo estimo de esa suerte.
DOÑA LUCRECIA.
Tanto más me deberás
cuanto me forzare más,
Conde, por corresponderte.
Escena XVIII.
Decoración de calle.
Don Juan y Beltrán, de noche.
BELTRÁN.
El duque Urbino esta noche
bien pudiera perdonarte.
DON JUAN.
¿Qué puede querer?
BELTRÁN.
Llevarte
querrá consigo en el coche
amarrado al duro banco
sin poderte entretener,
cuando el decir y el hacer
anda por las calles franco;
que, noche de san Juan, hallo,
si un peón sabe embestir,
que suele solo rendir
más que treinta de a caballo;
que hay mujer, que en el engaño
que en esta noche previene,
librados los gustos tiene
de los deseos de un año;
cuál llega al poblado coche
de angélica jerarquía,
y siendo paje de día,
pasa por marqués de noche;
cuál si a pensar se acomoda
con la viuda disfrazada,
que entre galas de casada
hurta los gustos de boda;
cuál encuentra y desbarata
una sarta de doncellas,
de quien son las manos bellas
engarzadoras de plata;
cuál se llega a las que van
brindando los retozones
y trueca a mil refregones
un pellizco que le dan.
DON JUAN.
Quien los encuentros enseña,
encuentra con un azar.
BELTRÁN.
¿Es el azar encontrar
una mujer pedigüeña?
Si eso temes, en tu vida
en poblado vivirás;
porque ¿dónde encontrarás
hombre o mujer que no pida?
Cuando dar gritos oyeres
diciendo: «Lienzo», a un lencero,
te dice: «dame dinero
si de mi lienzo quisieres».
El mercader claramente
diciendo está, sin hablar:
«dame dinero, y llevar
podrás lo que te contente».
Todos, según imagino,
piden, que para vivir
es fuerza dar y pedir
cada uno por su camino:
con la cruz el sacristán,
con los responsos el cura,
el monstruo con su figura,
con su cuerpo el ganapán,
el alguacil con la vara,
con la pluma el escribano,
el oficial con la mano,
y la mujer con la cara;
y esta, que a todos excede,
con más razón pedirá,
pues que más por todos da,
y menos que todos puede;
y el miserable que el dar
tuviere por pesadumbre,
ellas piden por costumbre,
haga costumbre el negar;
que tanto, desde que nacen,
el pedir usado está,
que pienso que piden ya
sin saber lo que se hacen.
Y así es fácil el negar,
porque se puede inferir,
que quien pide sin sentir
no sentirá no alcanzar.
DON JUAN.
Aunque más razones halles
no has de quitarme el temor,
Beltrán, que el azar mayor
es el no tener que dalles;
y más si la que he adorado,
se dignase de mis dones.
BELTRÁN.
¿Aún te duran tus pasiones?
DON JUAN.
Ardo más, más desdeñado.
BELTRÁN.
Este es el Duque.
Escena XIX.
Dichos, el Duque y don Mendo, de noche.
DUQUE.
¿Don Juan?
DON JUAN.
Deme los pies vuecelencia.
DUQUE.
Ya acusaba vuestra ausencia.
DON JUAN.
Si don Mendo de Guzmán,
Apolo de discreción,
acompañándoos está,
señor, ¿qué falta os hará
el que en su comparación
luz de una estrella no envía?
DON MENDO.
Merced recibo de vos.
DUQUE.
La amistad de entre los dos
extraña la cortesía.
DON JUAN.
Decidme, pues, el intento
con que hemos sido llamados.
DON MENDO.
Aquí tenéis dos criados.
DUQUE.
Dadme, pues, oído atento.
Hombre que a la corte viene
recién heredado y mozo,
pájaro que estrena el viento,
nave que se arroja al golfo,
que a los ojos de su rey
y a los populares ojos,
ni debe mostrar flaqueza,
ni puede esconder el rostro;
ha de regir sus acciones
por los expertos pilotos,
obligados, por parientes,
por amigos, cuidadosos.
Con esta ley os obligo
y con esta fe os escojo,
capitanes veteranos
de este soldado bisoño.
Acompañadme los dos,
advertirme lo que ignoro,
decidme el nombre, el estado,
y la calidad de todos;
y en lo de las cortesías
principal cuidado os pongo,
advirtiendo que con nadie,
pretendo pecar de corto;
que el señor siempre es señor,
como Apolo siempre Apolo,
aunque en lugares indignos
entren sus rayos hermosos.
Lengua honrosa, noble pecho,
fácil gorra, humano rostro
son voluntarios Argeles
de la libertad de todos.
Enseñadme los bajíos
en que tocar suelen otros,
cuál es Acates fiel,
y cuál Sinón cauteloso;
ya del dulce lisonjero
el veneno en vaso de oro,
ya la canora sirena,
porque me defienda sordo.
Al fin, los dos sois el hilo,
la corte el cretense monstruo,
por mí corren mis aciertos,
y mis yerros por vosotros.
DON MENDO.
Yo confieso que es muy débil,
para ese cielo este polo;
mas suplirán mis deseos
el defecto de mis hombros.
DON JUAN.
De no ser un Quinto Fabio
hoy con mi suerte me enojo;
mas el que soy, obediente
a serviros me dispongo.
DUQUE.
Con eso, en nombre de Dios,
seguro a la mar me arrojo;
vamos andando las calles,
mientras pregunto y me informo.
DON MENDO.
Esta es la calle Mayor.
DON JUAN.
Las Indias de nuestro polo.
DON MENDO.
Si hay Indias de empobrecer
yo también Indias la nombro.
DON JUAN.
Es gran tercera de gustos.
DON MENDO.
Y gran corsaria de tontos.
DON JUAN.
Aquí compran las mujeres.
DON MENDO.
Y nos venden a nosotros.
DUQUE.
¿Quién habita en estas casas?
DON JUAN.
Don Lope de Lara, un mozo
muy rico, pero más noble.
DON MENDO.
Y menos noble que tonto.
(Hacen dentro ruido de baile).
DUQUE.
Tened, que bailan allí.
DON JUAN.
San Juan es fiesta de todos.
DON MENDO.
Yo aseguro que van estos
más alegres que devotos.
DUQUE.
¿Quién vive aquí?
DON JUAN.
Una viuda
muy honrada, de buen rostro.
DON MENDO.
Casta es la que no es rogada;
alegres tiene los ojos.
BELTRÁN.
(Aparte).
¡Bien haya tan buena lengua!
¡Vive Cristo que es un Momo!
DON JUAN.
Esta imagen puso aquí
un extranjero devoto.
DON MENDO.
Y entre aquestas devociones
no le sabe mal un logro.
DON JUAN.
Un regidor de esta villa
hizo este hospital famoso.
DON MENDO.
Y primero hizo los pobres.
BELTRÁN.
(Aparte).
Por Dios que lo arrasa todo.
Escena XX.
Dichos, doña Ana y Celia a la ventana.
DOÑA ANA.
Hoy hace, Celia, tres años
que mi esposo, con sus días,
dio fin a mis alegrías,
y dio principio a mis daños.
CELIA.
Si de Alcalá te viniste,
solo a gozar la alegría
que Madrid hace este día,
¿por qué quieres estar triste?
¿Por que con esta memoria
tan injusta guerra mueves
contra el contento que debes
a noche de tanta gloria?
Ya que tu luto funesto
te impide salir de casa
hoy, que los límites pasa
el estado más honesto,
y estar quieres encerrada
noche que el uso permite
que los altares visite
la doncella más honrada,
con quien pasa, tus enojos
divierte, señora mía,
y niegue esta celosía
lo que conceden tus ojos.
Las doce han dado, señora;
oye del segundo esposo
el pronóstico dichoso.
DOÑA ANA.
A don Mendo el alma adora.
DON MENDO.
Don Juan de Mendoza...
DOÑA ANA.
¡Ay, Dios!
¿Don Mendo no es el que habló?
CELIA.
Sí, mas a don Juan nombró.
DOÑA ANA.
¿Quien duda que de los dos
es don Mendo de Guzmán
pronóstico para mí,
pues antes su voz oí,
que no el nombre de don Juan?
CELIA.
Mas ¡qué fuera que ordenara
el destino soberano
que tu blanca hermosa mano
para don Juan se guardara!
DOÑA ANA.
Calla, necia, ¿quién pensó
tan notable desatino?
¿Qué importará que el destino
quiera, si no quiero yo?
Del cielo es la inclinación,
el sí o el no todo es mío;
que el hado en el albedrío
no tiene jurisdicción.
¿Cómo puedo yo querer
hombre cuya cara y talle
me enfada solo en miralle?
CELIA.
El amor lo puede hacer.
DOÑA ANA.
Solo quitará el morirme,
Celia, a don Mendo mi mano;
que está el plazo muy cercano,
y mi voluntad muy firme.
DUQUE.
¿Cúyos son estos balcones?
DON JUAN.
De doña Ana de Contreras;
el sol por sus vidrieras
suele abrasar corazones.
DOÑA ANA.
Escucha, que hablan de mí.
DUQUE.
¿Es la viuda de Siqueo?
DON JUAN.
La misma.
DUQUE.
Verla deseo.
DON MENDO.
Pues ahora no está aquí.
(Aparte).
(Ni yo en mí, que estoy sin ella.)
DUQUE.
¿Dónde fue?
DON MENDO.
Velando está
a san Diego, en Alcalá.
DUQUE.
La fama dice que es bella.
DON JUAN.
Pues por imposible siento
que en algo la haya igualado
el dibujo que ha formado
la fama en tu pensamiento;
que en belleza y bizarría,
en virtud y discreción
vence a la imaginación,
si vence a la noche el día.
DON MENDO.
(Aparte).
(¡Plegue a Dios que esta alabanza
no engendre en el Duque amor,
que con tal competidor
mal vivirá mi esperanza!
Yo quiero decir mal de ella,
por quitar la fuerza al fuego.)
Ciego sois, o soy ciego,
o la viuda no es tan bella;
ella tiene el cerca feo,
si el lejos os ha agradado,
que yo estoy desengañado
porque en su casa la veo.
DUQUE.
¿Visitáisla?
DON MENDO.
Por pariente
alguna vez la visito,
que si no, fuera delito,
según es de impertinente.
DOÑA ANA.
¡Ah traidor!
DON MENDO.
Si el labio mueve
su mediano entendimiento,
helado queda su aliento
entre palabras de nieve.
BELTRÁN.
(Aparte con don Juan).
¡Ya escampa!
DON JUAN.
(Aparte a Beltrán).
¿Que trate así
un caballero a quien ama?
BELTRÁN.
Esto dice de su dama,
¡mira que dirá de ti!
DON MENDO.
Pues la edad no sufre engaños,
aunque la tez resplandece.
DOÑA ANA.
¡Ah falso! ¿Qué te parece?
Aun no perdona mis años.
DON MENDO.
Mil botes son el Jordán
con que se remoza y lava.
DUQUE.
(Aparte los dos).
Pues ¿cómo don Juan la alaba?
DON MENDO.
Para entre los dos, don Juan
es un buen hombre; y si digo
que tiene poco de sabio,
puedo, sin hacerle agravio;
vuestro deudo es, y mi amigo.
Mas esto no es murmurar.
DON JUAN.
¡Que queráis poner defeto
en tan hermoso sujeto!
DON MENDO.
En la rosa suele estar
oculta la aguda espina.
DON JUAN.
Ellos son gustos, y al mío,
o del todo desvarío,
o esta mujer es divina.
DON MENDO.
Poco sabéis de mujeres.
DON JUAN.
Veréisla, Duque, algún día,
y acabará esta porfía
de encontrados pareceres.
DON MENDO.
(Aparte).
Don Juan me quiere matar,
y aquello mismo que he hecho
para sosegar el pecho
del Duque, me ha de dañar.
CELIA.
¿Qué te parece?
DOÑA ANA.
Estoy loca.
CELIA.
¿A este hombre tienes amor?
DOÑA ANA.
¡El pecho abrasa el furor!
¡Fuego arrojo por la boca!
¿Posible es que tal oí?
¡Vil!, ¿a quien te quiere infamas?
¿Así tratas a quien amas?
CELIA.
No ama, quien habla así;
él te engaña.
DOÑA ANA.
Claro está;
di que me traigan un coche;
volvamos, Celia, esta noche
a amanecer a Alcalá,
que lo que ahora escuché
castigo del cielo ha sido,
por haber interrumpido
las novenas que empecé.
CELIA.
Antes este desengaño
le debes a esta venida.
DOÑA ANA.
Si con él pierdo la vida,
mejor me estaba el engaño.
(Vanse).
Escena XXI.
Dichos, menos doña Ana y Celia.
DON MENDO.
(Hacen dentro ruido de cuchilladas).
Allí suenan cuchilladas.
DUQUE.
Estas damas, de mi voto
sigamos.
(Vase).
DON MENDO.
(Aparte con don Juan).
Es más devoto
de mujeres que de espadas.
(Vase).
DON JUAN.
Y así el más amigo abona,
para que advertido estés.
BELTRÁN.
Su lengua en efecto es
la que a nadie no perdona.
(Vanse).