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Las paredes oyen

Chapter 36: Escena X.
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About This Book

A satirical comedy traces a vain, gossipping gallant whose private slanders against two noblewomen are repeatedly exposed through overheard conversations, misplaced letters, and disguised listeners; as their allies defend them and the women's suspicions grow, the gallant's reputation collapses and he is rejected. The plot unfolds with tight staging and epigrammatic dialogue, balancing comic episodes and moral critique to examine the social harms of rumour, the gap between speech and public reputation, and the corrective force of loyalty and clever contrivances.

Escena VIII.

Dichos, doña Lucrecia y Ortiz, al paño.

DOÑA LUCRECIA.

¡Don Mendo con ella, cielos!

ORTIZ.

¿Si sabe que estás acá?

DOÑA LUCRECIA.

(Pónese a escuchar).

Cerca el desengaño está.

ORTIZ.

Hoy averiguas tus celos.

DON MENDO.

¿Qué es esto, doña Ana hermosa?

¿No me respondes? ¿Qué es esto?

¿Quién ha mudado tan presto

mi fortuna venturosa?

¿Tú, señora, estás así

grave y callada conmigo?

¿Quién me ha puesto mal contigo?

¿Quién te ha dicho mal de mí?

Habla, dime tu querella.

DOÑA ANA.

¿Tú puedes causarme enojos,

teniendo una alma y dos ojos

para escoger la más bella?

DON MENDO.

(Aparte).

(Palabras son que escribí

a la engañada Lucrecia.)

Esperado habrá la necia

Lucrecia tener de mí

favor con hacerme daño;

mas no pienso que le importe;

vamos, señora, a la corte,

verás si la desengaño.

DOÑA LUCRECIA.

(Aparte).

¡Ah falso!

DON MENDO.

Que su favor

no estimo, porque concluya,

lo que una palabra tuya

aunque la engendre el rigor.

DOÑA ANA.

¿Cómo, pues si el labio mueve

mi mediano entendimiento,

helado queda mi aliento

entre palabras de nieve?

DON MENDO.

(Aparte).

(Don Juan le debió de dar

cuenta de nuestra porfía;

mas aquí la industria mía

las suertes ha de trocar;

que si la verdad confieso,

y que el amor y el poder

temí del Duque, es mujer,

y despertará con eso.)

Vuelve ese rostro en que veo

cifrado el cielo de amor.

DOÑA ANA.

Don Mendo, así está mejor,

quien tiene el cerca tan feo.

DON MENDO.

Ya colijo que don Juan

de Mendoza, mal mirado,

la contienda te ha contado

de la noche de san Juan;

que conozco esas razones

que el necio dijo de ti,

porque yo le defendí

tus divinas perfecciones.

DON JUAN.

(Aparte al Duque).

¡Ah traidor!

DUQUE.

(Aparte a don Juan).

Disimulad.

DON MENDO.

Pero don Juan bien podía

callar, pues que yo quería

perdonar su necedad.

Mas ya que estás de esa suerte

de mí, señora, ofendida,

porque le dejé la vida

a quien se atrevió a ofenderte,

no me culpes, que el estar

el duque Urbino presente,

pudo de mi furia ardiente

el ímpetu refrenar.

CELIA.

¡Qué embustero!

DOÑA ANA.

¡Qué engañoso!

CELIA.

Mira con quien te casabas.

DON MENDO.

Si por eso me privabas

de ver ese cielo hermoso,

vuelve, que presto por mí

cortada verás la lengua

que en tus gracias puso mengua.

DOÑA ANA.

Pues guárdate tú de ti.

DON MENDO.

¡Yo de mí! ¿Luego yo he sido

quien te ofendió?

DOÑA ANA.

Claro está.

¿Quien sino tú?

DON MENDO.

¿Cuánto va

que ese falso fementido,

lisonjero universal,

con capa de bien hablado,

por adularte ha contado

que él dijo bien y yo mal?

Mas brevemente verán

esos ojos, dueño hermoso,

castigado al malicioso.

DOÑA ANA.

Para entre los dos, don Juan

es un buen hombre, y si digo

que tiene poco de sabio,

puedo, sin hacerle agravio;

vuestro deudo es, y mi amigo;

mas esto no es murmurar.

DON MENDO.

Eso dije a solas yo

al Duque; que se admiró

de verle vituperar

lo que yo tanto alabé.

DOÑA ANA.

Dilo al revés.

DON MENDO.

Según esto,

quien contigo mal me ha puesto

el Duque sin duda fue.

¡Aún no ha llegado a la corte,

y ya en enredos se emplea!

¿O piensa que está en su aldea,

para que nada le importe

su grandeza o calidad

al necio rapaz conmigo,

para no darle el castigo?

DUQUE.

(Aparte a don Juan).

¡Ah traidor!

DON JUAN.

(Aparte al Duque).

Dismulad.

DOÑA ANA.

¿Qué sirven falsas excusas,

qué quimeras, qué invenciones,

donde la misma verdad

acusa tu lengua torpe?

¿Hablas tú tan mal de mí

sin que contigo te enojes,

y enójaste con quien pudo

contarme tus sinrazones?

Quien te daña es la verdad

de las culpas que te ponen;

si pecaste, y yo lo supe,

¿qué importa saber de dónde?

Pues nadie me ha referido

lo que hablaste aquella noche;

verdad te digo, o la muerte

en agraz mis años corte.

Y siendo así, sabes tú

que son las mismas razones

las que aquí me has escuchado,

que las que dijiste entonces.

Y pues las sé, bien te puedes

despedir de mis favores,

y a toda ley hablar bien,

porque las paredes oyen.

(Vase).

Escena IX.

Dichos, menos doña Ana, y después los demás.

DON MENDO.

Vuelve, escucha, dueño hermoso,

lo que mi fe te responde,

y pues oyen las paredes,

oye tú mis tristes voces.

DOÑA LUCRECIA.

Mas que de tristeza mueras.

(Vase).

CELIA.

Mas que eternamente llores.

DUQUE.

¿De dónde pudo doña Ana

saber lo que aquella noche

hablamos?

DON JUAN.

Yo no lo he dicho.

DUQUE.

Ni yo.

DON JUAN.

Las paredes oyen.

(Vanse).

DON MENDO.

Óyeme tú, Celia, así

tus floridos años logres.

CELIA.

Las que ya llamaste canas,

¿cómo ahora llamas flores?

DON MENDO.

¿Quien te ha dicho tal de mí,

Celia?

CELIA.

Las paredes oyen.

(Vase).

Escena X.

Decoración de calle.

Don Mendo y Leonardo.

DON MENDO.

¿Qué es esto, suerte enemiga?

¡Por tan falsas ocasiones,

tan verdadera mudanza

en voluntad tan conforme!

¡Que pueda ser quien me ha dado

los más estrechos favores,

a mi acusación de cera,

y a mi descargo de bronce!

¿A mis contrarios escuchas?

¿A malos terceros oyes?

¿A mí el oído me niegas?

¿A mí la cara me escondes?

LEONARDO.

Con la pasión no discurres;

¿posible es que no conoces

que tan extraños efetos

a mayor causa responden?

No por las culpas que dice,

hay mudanza en sus amores;

antes por haber mudanza

aquestas culpas te pone.

Que si el enojo que ves

causaran tus sinrazones,

no tan resuelta negara

los oídos a tus voces;

que a quien obligan ofensas

de quien ama que se enoje,

las satisfacción desea

cuando la culpa propone.

Doña Ana no quiso oírte,

y así me espanta que ignores

que culpas ha menester,

pues huye satisfacciones;

y el que anda a caza de culpas

intención resuelta esconde,

y pretende dar color

de castigo a sus errores.

DON MENDO.

Bien imaginas.

LEONARDO.

Señor,

ciego estás, pues no conoces

su desamor en su ausencia,

su engaño en sus dilaciones.

Dilató por las novenas

el matrimonio: engañote;

que no hay mujer que al amor

prefiera las devociones.

Con secreto caminaba

a otro fin su trato doble,

y por si no lo alcanzase

entretuvo tus amores.

Ya lo alcanzó, y te despide

sin que en descargo le informes,

que ha menester que tus culpas

su injusta mudanza abonen.

DON MENDO.

Agudamente discurres;

mas por los celestes orbes

juro que me he de vengar

de su rigor esta noche.

LEONARDO.

Poderoso eres, señor.

DON MENDO.

De allá han salido dos hombres.

LEONARDO.

Cocheros son de doña Ana.

DON MENDO.

La fortuna me socorre.

Escena XI.

Dichos, el Duque y don Juan.

DUQUE.

Ni vi hermosura mayor,

ni tal discreción oí.

DON JUAN.

¿Luego a don Mendo vencí?

DUQUE.

Pregúntaselo a mi amor.

Vive el cielo que estoy loco.

DON JUAN.

(Aparte).

Mi invención es ya dichosa.

DUQUE.

Será mi esposa.

DON JUAN.

¡Tu esposa!

DUQUE.

Sí.

DON JUAN.

(Aparte).

Ni tanto ni tan poco.

DON MENDO.

Dios os guarde, buena gente.

DUQUE.

¿Quién va allá?

DON MENDO.

Don Mendo soy

de Guzmán.

DUQUE.

(Aparte).

Por darle estoy

el castigo aquí.

DON JUAN.

Detente,

que es de doña Ana esta puerta.

DUQUE.

¿Qué mandáis?

DON MENDO.

Que me digáis,

pues a doña Ana lleváis,

¿a qué hora se concierta

la partida?

DUQUE.

A media noche.

DON MENDO.

Una cosa habéis de hacer,

que me obligo a agradecer.

DUQUE.

Decidla.

DON MENDO.

Apartar el coche

en que fuere vuestro dueño,

de camino un trecho largo,

haciendo del yerro cargo

a la oscuridad o al sueño.

DUQUE.

¿Para qué fin?

DON MENDO.

Solamente

hablarla pretendo, amigos,

con espacio y sin testigos.

DUQUE.

¿Cosa que algún hecho intente

que nos cueste...?

DON MENDO.

No os dé pena,

cuando yo os amparo, el miedo;

la obligación en que os quedo

publique aquesta cadena,

que podéis los dos partir.

DUQUE.

No, señor.

DON MENDO.

Esto ha de ser.

(Dale una cadena, y tómala el Duque).

DUQUE.

Una cosa habéis de hacer,

si os habemos de servir.

DON MENDO.

Hablad pues.

DUQUE.

Que a la ocasión

no vais más de dos amigos;

porque cuantos son testigos,

tantos enemigos son.

DON MENDO.

Solos iremos los dos;

de esto la palabra os doy.

DUQUE.

Con eso a serviros voy.

DON MENDO.

Y yo a seguiros.

DUQUE.

Adiós,

que es hora ya de partir.

DON JUAN.

¿Dónde con tu intento vas?

DUQUE.

Presto, don Juan, lo verás.

(Vanse los dos).

Escena XII.

Don Mendo y Leonardo.

DON MENDO.

Manda luego apercibir,

Leonardo, los dos rocines

de campo, para alcanzar

esta fiera. Hoy he de dar

a esta caza dulces fines.

LEONARDO.

No lo dudes, pues está

tan de tu parte el cochero.

DON MENDO.

Como eso puede el dinero.

LEONARDO.

Contra su dueño será,

si de su favor te ayudas.

DON MENDO.

El primer cochero ahora

no será que a su señora

haya servido de Judas.

(Vanse).

Escena XIII.

Decoración de campo.

(Cantan dentro:)

UN ARRIERO.

Venta de Viveros,

¡dichoso sitio,

si el ventero es cristiano

y es moro el vino!

¡Sitio dichoso,

si el ventero es cristiano

y el vino es moro!

OTRO.

Con mi albarda y mi burro

no envidio nada,

que son coches de pobres

burros y albardas.

UNA MUJER.

Tan gustosa yo vengo

de ver los toros,

que nunca se me quitan

de entre los ojos.

TERCERO.

Unos ojos que adoro,

llevo a las ancas;

¿quién ha visto los ojos

a las espaldas?

UN ARRIERO.

(Dentro).

¿Gruñes, o gritas, o cantas?

CUARTO.

Mis males espanto así.

ARRIERO.

¿Somos tus males aquí?,

porque también nos espantas.

CUARTO.

Calla y toma mi consejo,

que no es la miel para ti.

ARRIERO.

¿Fuiste a ver los toros?

CUARTO.

Sí.

ARRIERO.

¿Pues no hay en tu casa espejo?

ARRIERO SEGUNDO.

¡Ah del coche! ¿Dónde bueno?

Del camino se han salido.

PRIMERO.

O el cochero se ha dormido,

o han de hacer noche al sereno.

SEGUNDO.

¡Ah Faetón de los cocheros,

que te pierdes! Por acá.

PRIMERO.

Por esos trigos se va.

SEGUNDO.

Y tras él dos caballeros.

PRIMERO.

De malas lenguas se quita

quien va al desierto a morar.

SEGUNDO.

No van ellos a rezar,

que por allí no hay ermita.

PRIMERO.

Arre, mula de Mahoma,

ella hace burla de mí;

dale, Francisco.

SEGUNDO.

Echa aquí.

PRIMERO.

Arre, ¿qué diablo te toma?

(Vanse).

DON MENDO.

(Dentro).

Para, cochero.

DOÑA ANA.

¿Quién es?

DON MENDO.

Don Mendo soy.

DOÑA ANA.

¡Anda!

DON MENDO.

¡Para!

Escena XIV.

Don Mendo, doña Ana, doña Lucrecia y Leonardo.

DOÑA ANA.

¿Quien sino tú se mostrara

conmigo tan descortés?

DON MENDO.

Mi exceso y atrevimiento

disculpo con tu mudanza.

DOÑA ANA.

Llámala justa venganza,

y cuerdo arrepentimiento.

DON MENDO.

¿Quien lo causó?

DOÑA ANA.

Tus traiciones.

DON MENDO.

¡Ah falsa! ¿Engañarme piensas?

¿Acreditas mis ofensas

por abonar tus acciones?

Pues no lograrás tu intento.

DOÑA ANA.

¿Qué es esto?

(Llega don Mendo a pelear con doña Ana, doña Lucrecia a ayudarla, y Leonardo a tener a doña Lucrecia).

DON MENDO.

Justo castigo

de tu mudanza.

DOÑA ANA.

¿Conmigo

tan grosero atrevimiento?

DOÑA LUCRECIA.

¡Justicia de Dios!

LEONARDO.

¡Teneos!

DOÑA ANA.

¿Hay excesos más extraños?

DON MENDO.

A pesar de tus engaños

he de lograr mis deseos.

Escena XV.

Dichos, el Duque y don Juan, de cocheros,
que sacan las espadas y dan sobre ellos.

DUQUE.

La venganza nos convida.

DOÑA ANA.

¿Dónde están mis escuderos?

Vendido me han los cocheros.

DUQUE.

Por vos, señora, la vida

vuestros cocheros darán.

DON MENDO.

¿A don Mendo os atrevéis,

viles?

LEONARDO.

Cocheros, ¿qué hacéis?,

que es don Mendo de Guzmán.

A vuestro coche os volved.

DON MENDO.

Furias del infierno son.

DOÑA LUCRECIA.

¡Qué pena!

DOÑA ANA.

¡Qué confusión!

(Retíranse don Mendo y Leonardo, y el Duque y don Juan van tras ellos).

Cocheros, tened, tened.

(Vase).