Escena VIII.
Dichos, doña Lucrecia y Ortiz, al paño.
DOÑA LUCRECIA.
¡Don Mendo con ella, cielos!
ORTIZ.
¿Si sabe que estás acá?
DOÑA LUCRECIA.
(Pónese a escuchar).
Cerca el desengaño está.
ORTIZ.
Hoy averiguas tus celos.
DON MENDO.
¿Qué es esto, doña Ana hermosa?
¿No me respondes? ¿Qué es esto?
¿Quién ha mudado tan presto
mi fortuna venturosa?
¿Tú, señora, estás así
grave y callada conmigo?
¿Quién me ha puesto mal contigo?
¿Quién te ha dicho mal de mí?
Habla, dime tu querella.
DOÑA ANA.
¿Tú puedes causarme enojos,
teniendo una alma y dos ojos
para escoger la más bella?
DON MENDO.
(Aparte).
(Palabras son que escribí
a la engañada Lucrecia.)
Esperado habrá la necia
Lucrecia tener de mí
favor con hacerme daño;
mas no pienso que le importe;
vamos, señora, a la corte,
verás si la desengaño.
DOÑA LUCRECIA.
(Aparte).
¡Ah falso!
DON MENDO.
Que su favor
no estimo, porque concluya,
lo que una palabra tuya
aunque la engendre el rigor.
DOÑA ANA.
¿Cómo, pues si el labio mueve
mi mediano entendimiento,
helado queda mi aliento
entre palabras de nieve?
DON MENDO.
(Aparte).
(Don Juan le debió de dar
cuenta de nuestra porfía;
mas aquí la industria mía
las suertes ha de trocar;
que si la verdad confieso,
y que el amor y el poder
temí del Duque, es mujer,
y despertará con eso.)
Vuelve ese rostro en que veo
cifrado el cielo de amor.
DOÑA ANA.
Don Mendo, así está mejor,
quien tiene el cerca tan feo.
DON MENDO.
Ya colijo que don Juan
de Mendoza, mal mirado,
la contienda te ha contado
de la noche de san Juan;
que conozco esas razones
que el necio dijo de ti,
porque yo le defendí
tus divinas perfecciones.
DON JUAN.
(Aparte al Duque).
¡Ah traidor!
DUQUE.
(Aparte a don Juan).
Disimulad.
DON MENDO.
Pero don Juan bien podía
callar, pues que yo quería
perdonar su necedad.
Mas ya que estás de esa suerte
de mí, señora, ofendida,
porque le dejé la vida
a quien se atrevió a ofenderte,
no me culpes, que el estar
el duque Urbino presente,
pudo de mi furia ardiente
el ímpetu refrenar.
CELIA.
¡Qué embustero!
DOÑA ANA.
¡Qué engañoso!
CELIA.
Mira con quien te casabas.
DON MENDO.
Si por eso me privabas
de ver ese cielo hermoso,
vuelve, que presto por mí
cortada verás la lengua
que en tus gracias puso mengua.
DOÑA ANA.
Pues guárdate tú de ti.
DON MENDO.
¡Yo de mí! ¿Luego yo he sido
quien te ofendió?
DOÑA ANA.
Claro está.
¿Quien sino tú?
DON MENDO.
¿Cuánto va
que ese falso fementido,
lisonjero universal,
con capa de bien hablado,
por adularte ha contado
que él dijo bien y yo mal?
Mas brevemente verán
esos ojos, dueño hermoso,
castigado al malicioso.
DOÑA ANA.
Para entre los dos, don Juan
es un buen hombre, y si digo
que tiene poco de sabio,
puedo, sin hacerle agravio;
vuestro deudo es, y mi amigo;
mas esto no es murmurar.
DON MENDO.
Eso dije a solas yo
al Duque; que se admiró
de verle vituperar
lo que yo tanto alabé.
DOÑA ANA.
Dilo al revés.
DON MENDO.
Según esto,
quien contigo mal me ha puesto
el Duque sin duda fue.
¡Aún no ha llegado a la corte,
y ya en enredos se emplea!
¿O piensa que está en su aldea,
para que nada le importe
su grandeza o calidad
al necio rapaz conmigo,
para no darle el castigo?
DUQUE.
(Aparte a don Juan).
¡Ah traidor!
DON JUAN.
(Aparte al Duque).
Dismulad.
DOÑA ANA.
¿Qué sirven falsas excusas,
qué quimeras, qué invenciones,
donde la misma verdad
acusa tu lengua torpe?
¿Hablas tú tan mal de mí
sin que contigo te enojes,
y enójaste con quien pudo
contarme tus sinrazones?
Quien te daña es la verdad
de las culpas que te ponen;
si pecaste, y yo lo supe,
¿qué importa saber de dónde?
Pues nadie me ha referido
lo que hablaste aquella noche;
verdad te digo, o la muerte
en agraz mis años corte.
Y siendo así, sabes tú
que son las mismas razones
las que aquí me has escuchado,
que las que dijiste entonces.
Y pues las sé, bien te puedes
despedir de mis favores,
y a toda ley hablar bien,
porque las paredes oyen.
(Vase).
Escena IX.
Dichos, menos doña Ana, y después los demás.
DON MENDO.
Vuelve, escucha, dueño hermoso,
lo que mi fe te responde,
y pues oyen las paredes,
oye tú mis tristes voces.
DOÑA LUCRECIA.
Mas que de tristeza mueras.
(Vase).
CELIA.
Mas que eternamente llores.
DUQUE.
¿De dónde pudo doña Ana
saber lo que aquella noche
hablamos?
DON JUAN.
Yo no lo he dicho.
DUQUE.
Ni yo.
DON JUAN.
Las paredes oyen.
(Vanse).
DON MENDO.
Óyeme tú, Celia, así
tus floridos años logres.
CELIA.
Las que ya llamaste canas,
¿cómo ahora llamas flores?
DON MENDO.
¿Quien te ha dicho tal de mí,
Celia?
CELIA.
Las paredes oyen.
(Vase).
Escena X.
Decoración de calle.
Don Mendo y Leonardo.
DON MENDO.
¿Qué es esto, suerte enemiga?
¡Por tan falsas ocasiones,
tan verdadera mudanza
en voluntad tan conforme!
¡Que pueda ser quien me ha dado
los más estrechos favores,
a mi acusación de cera,
y a mi descargo de bronce!
¿A mis contrarios escuchas?
¿A malos terceros oyes?
¿A mí el oído me niegas?
¿A mí la cara me escondes?
LEONARDO.
Con la pasión no discurres;
¿posible es que no conoces
que tan extraños efetos
a mayor causa responden?
No por las culpas que dice,
hay mudanza en sus amores;
antes por haber mudanza
aquestas culpas te pone.
Que si el enojo que ves
causaran tus sinrazones,
no tan resuelta negara
los oídos a tus voces;
que a quien obligan ofensas
de quien ama que se enoje,
las satisfacción desea
cuando la culpa propone.
Doña Ana no quiso oírte,
y así me espanta que ignores
que culpas ha menester,
pues huye satisfacciones;
y el que anda a caza de culpas
intención resuelta esconde,
y pretende dar color
de castigo a sus errores.
DON MENDO.
Bien imaginas.
LEONARDO.
Señor,
ciego estás, pues no conoces
su desamor en su ausencia,
su engaño en sus dilaciones.
Dilató por las novenas
el matrimonio: engañote;
que no hay mujer que al amor
prefiera las devociones.
Con secreto caminaba
a otro fin su trato doble,
y por si no lo alcanzase
entretuvo tus amores.
Ya lo alcanzó, y te despide
sin que en descargo le informes,
que ha menester que tus culpas
su injusta mudanza abonen.
DON MENDO.
Agudamente discurres;
mas por los celestes orbes
juro que me he de vengar
de su rigor esta noche.
LEONARDO.
Poderoso eres, señor.
DON MENDO.
De allá han salido dos hombres.
LEONARDO.
Cocheros son de doña Ana.
DON MENDO.
La fortuna me socorre.
Escena XI.
Dichos, el Duque y don Juan.
DUQUE.
Ni vi hermosura mayor,
ni tal discreción oí.
DON JUAN.
¿Luego a don Mendo vencí?
DUQUE.
Pregúntaselo a mi amor.
Vive el cielo que estoy loco.
DON JUAN.
(Aparte).
Mi invención es ya dichosa.
DUQUE.
Será mi esposa.
DON JUAN.
¡Tu esposa!
DUQUE.
Sí.
DON JUAN.
(Aparte).
Ni tanto ni tan poco.
DON MENDO.
Dios os guarde, buena gente.
DUQUE.
¿Quién va allá?
DON MENDO.
Don Mendo soy
de Guzmán.
DUQUE.
(Aparte).
Por darle estoy
el castigo aquí.
DON JUAN.
Detente,
que es de doña Ana esta puerta.
DUQUE.
¿Qué mandáis?
DON MENDO.
Que me digáis,
pues a doña Ana lleváis,
¿a qué hora se concierta
la partida?
DUQUE.
A media noche.
DON MENDO.
Una cosa habéis de hacer,
que me obligo a agradecer.
DUQUE.
Decidla.
DON MENDO.
Apartar el coche
en que fuere vuestro dueño,
de camino un trecho largo,
haciendo del yerro cargo
a la oscuridad o al sueño.
DUQUE.
¿Para qué fin?
DON MENDO.
Solamente
hablarla pretendo, amigos,
con espacio y sin testigos.
DUQUE.
¿Cosa que algún hecho intente
que nos cueste...?
DON MENDO.
No os dé pena,
cuando yo os amparo, el miedo;
la obligación en que os quedo
publique aquesta cadena,
que podéis los dos partir.
DUQUE.
No, señor.
DON MENDO.
Esto ha de ser.
(Dale una cadena, y tómala el Duque).
DUQUE.
Una cosa habéis de hacer,
si os habemos de servir.
DON MENDO.
Hablad pues.
DUQUE.
Que a la ocasión
no vais más de dos amigos;
porque cuantos son testigos,
tantos enemigos son.
DON MENDO.
Solos iremos los dos;
de esto la palabra os doy.
DUQUE.
Con eso a serviros voy.
DON MENDO.
Y yo a seguiros.
DUQUE.
Adiós,
que es hora ya de partir.
DON JUAN.
¿Dónde con tu intento vas?
DUQUE.
Presto, don Juan, lo verás.
(Vanse los dos).
Escena XII.
Don Mendo y Leonardo.
DON MENDO.
Manda luego apercibir,
Leonardo, los dos rocines
de campo, para alcanzar
esta fiera. Hoy he de dar
a esta caza dulces fines.
LEONARDO.
No lo dudes, pues está
tan de tu parte el cochero.
DON MENDO.
Como eso puede el dinero.
LEONARDO.
Contra su dueño será,
si de su favor te ayudas.
DON MENDO.
El primer cochero ahora
no será que a su señora
haya servido de Judas.
(Vanse).
Escena XIII.
Decoración de campo.
(Cantan dentro:)
UN ARRIERO.
Venta de Viveros,
¡dichoso sitio,
si el ventero es cristiano
y es moro el vino!
¡Sitio dichoso,
si el ventero es cristiano
y el vino es moro!
OTRO.
Con mi albarda y mi burro
no envidio nada,
que son coches de pobres
burros y albardas.
UNA MUJER.
Tan gustosa yo vengo
de ver los toros,
que nunca se me quitan
de entre los ojos.
TERCERO.
Unos ojos que adoro,
llevo a las ancas;
¿quién ha visto los ojos
a las espaldas?
UN ARRIERO.
(Dentro).
¿Gruñes, o gritas, o cantas?
CUARTO.
Mis males espanto así.
ARRIERO.
¿Somos tus males aquí?,
porque también nos espantas.
CUARTO.
Calla y toma mi consejo,
que no es la miel para ti.
ARRIERO.
¿Fuiste a ver los toros?
CUARTO.
Sí.
ARRIERO.
¿Pues no hay en tu casa espejo?
ARRIERO SEGUNDO.
¡Ah del coche! ¿Dónde bueno?
Del camino se han salido.
PRIMERO.
O el cochero se ha dormido,
o han de hacer noche al sereno.
SEGUNDO.
¡Ah Faetón de los cocheros,
que te pierdes! Por acá.
PRIMERO.
Por esos trigos se va.
SEGUNDO.
Y tras él dos caballeros.
PRIMERO.
De malas lenguas se quita
quien va al desierto a morar.
SEGUNDO.
No van ellos a rezar,
que por allí no hay ermita.
PRIMERO.
Arre, mula de Mahoma,
ella hace burla de mí;
dale, Francisco.
SEGUNDO.
Echa aquí.
PRIMERO.
Arre, ¿qué diablo te toma?
(Vanse).
DON MENDO.
(Dentro).
Para, cochero.
DOÑA ANA.
¿Quién es?
DON MENDO.
Don Mendo soy.
DOÑA ANA.
¡Anda!
DON MENDO.
¡Para!
Escena XIV.
Don Mendo, doña Ana, doña Lucrecia y Leonardo.
DOÑA ANA.
¿Quien sino tú se mostrara
conmigo tan descortés?
DON MENDO.
Mi exceso y atrevimiento
disculpo con tu mudanza.
DOÑA ANA.
Llámala justa venganza,
y cuerdo arrepentimiento.
DON MENDO.
¿Quien lo causó?
DOÑA ANA.
Tus traiciones.
DON MENDO.
¡Ah falsa! ¿Engañarme piensas?
¿Acreditas mis ofensas
por abonar tus acciones?
Pues no lograrás tu intento.
DOÑA ANA.
¿Qué es esto?
(Llega don Mendo a pelear con doña Ana, doña Lucrecia a ayudarla, y Leonardo a tener a doña Lucrecia).
DON MENDO.
Justo castigo
de tu mudanza.
DOÑA ANA.
¿Conmigo
tan grosero atrevimiento?
DOÑA LUCRECIA.
¡Justicia de Dios!
LEONARDO.
¡Teneos!
DOÑA ANA.
¿Hay excesos más extraños?
DON MENDO.
A pesar de tus engaños
he de lograr mis deseos.
Escena XV.
Dichos, el Duque y don Juan, de cocheros,
que sacan las espadas y
dan sobre ellos.
DUQUE.
La venganza nos convida.
DOÑA ANA.
¿Dónde están mis escuderos?
Vendido me han los cocheros.
DUQUE.
Por vos, señora, la vida
vuestros cocheros darán.
DON MENDO.
¿A don Mendo os atrevéis,
viles?
LEONARDO.
Cocheros, ¿qué hacéis?,
que es don Mendo de Guzmán.
A vuestro coche os volved.
DON MENDO.
Furias del infierno son.
DOÑA LUCRECIA.
¡Qué pena!
DOÑA ANA.
¡Qué confusión!
(Retíranse don Mendo y Leonardo, y el Duque y don Juan van tras ellos).
Cocheros, tened, tened.
(Vase).