ACTO PRIMERO.
Escena primera.
Sala en casa de doña Ana.
Don Juan, vestido llanamente, y Beltrán.
DON JUAN.
Tiéneme desesperado,
Beltrán, la desigualdad,
si no de mi calidad,
de mis partes, y mi estado.
La hermosura de doña Ana,
el cuerpo airoso y gentil,
bella emulación de abril,
dulce envidia de Diana,
¡mira tú cómo podrán,
dar esperanza al deseo
de un hombre tan pobre y feo,
y de mal talle, Beltrán!
BELTRÁN.
A un Narciso, cortesano,
un humano Serafín
resistió un siglo, y al fin
la halló en brazos de un enano.
Y si las historias creo,
y ejemplos de autores graves
(pues, aunque sirviente, sabes
que a ratos escribo y leo),
me dicen que es ciego amor,
y sin consejo se inclina;
que la emperatriz Faustina
quiso un feo esgrimidor;
que mil injustos deseos,
puestos locamente en ella,
cumplió Hipia noble y bella
de hombres humildes y feos.
DON JUAN.
Beltrán, ¿para qué refieres
comparaciones tan vanas?
¿No ves que eran más livianas
que bellas esas mujeres,
y que en doña Ana es locura
esperar igual error,
en quien excede el honor,
al milagro de hermosura?
BELTRÁN.
¿No eres don Juan de Mendoza?
Pues doña Ana ¿qué perdiera
cuando la mano te diera?
DON JUAN.
Tan alta fortuna goza,
que nos hace desiguales
la humilde en que yo me veo.
BELTRÁN.
Que diste en el punto, creo,
de que proceden tus males.
Si Fortuna en tu humildad
con un soplo te ayudara,
a fe que te aprovechara
la misma desigualdad.
Fortuna acompaña al dios
que amorosas flechas tira,
que en un templo los de Egira
adoraban a los dos.
Sin riqueza, su hermosura
pudieras lograr tu intento:
siglos de merecimiento
trueco a puntos de ventura.
DON JUAN.
Eso mismo me acobarda:
¡soy desdichado, Beltrán!
BELTRÁN.
Trocar las manos podrán
fortuna y amor; aguarda.
DON JUAN.
Si a don Mendo hace favor,
¿qué esperanza he de tener?
BELTRÁN.
En ese echarás de ver,
que es todo fortuna amor.
A competencia lo quieren
doña Ana y doña Teodora;
doña Lucrecia lo adora,
todas al fin por él mueren.
Jamás el desdén gustó.
DON JUAN.
Es bello, rico y mancebo.
BELTRÁN.
¡Cuánto mejor era Febo,
y Dafne lo desdeñó!
Y cuando no conociera
otro en perfección igual,
aquesto de decir mal
¿es defecto como quiera?
DON JUAN.
¿Y no es eso murmurar?
BELTRÁN.
Esto es decir lo que siento.
DON JUAN.
Lo que siente el pensamiento
no siempre se ha de explicar.
BELTRÁN.
Decir...
DON JUAN.
Que calles te digo,
y ten por cosa segura
que tiene aquel que murmura
en su lengua su enemigo.
BELTRÁN.
Entre tus desconfianzas
en su casa entrar te veo;
sin duda que el gran deseo
engaña tus esperanzas.
Vete en desierto lugar,
y no ceses de dar voces,
y aunque tu muerte conoces,
nadas en medio del mar.
DON JUAN.
Lo que en gran tiempo no ha hecho
hace amor en solo un día,
venciendo en fin la porfía.
BELTRÁN.
Que te sucede, sospecho,
lo que al tahúr que, en perdiendo,
solamente con decir:
«¡Que no sepa yo gruñir!»
está sin cesar gruñendo.
Tú dices que desesperas,
y entre el mismo no esperar
nunca dejas de intentar:
¿qué más haces cuando esperas?
¿Tú piensas que el esperar
es alguna confección
venida ya del Japón?
El esperar es pensar
que puede al fin suceder
aquello que se desea,
y quien hace porque sea
bien piensa que pueda ser.
DON JUAN.
(Saca una carta).
Pues si con esta invención
en su desdén no hay mudanza,
aunque viva mi esperanza,
morirá mi pretensión.
BELTRÁN.
El mercader marinero,
con la codicia avarienta,
cada viaje que intenta
dice que será el postrero.
Así tú, cuando imagino
que desengañado estás,
ya con nuevo intento vas
en la mitad del camino.
Mas dime: ¿qué te ha obligado
a trazar esta invención
para mostrar tu afición,
pudiendo con un criado
de su casa negociar
lo que tú vienes a hacer?
DON JUAN.
No he de arriesgarme a ofender
a quien pretendo obligar;
que como es tan delicada
la honra, suele perderse
solamente con saberse
que ha sido solicitada.
Y así del murmurador
pretendo que esté segura
mi desdicha o mi ventura,
su flaqueza o su valor.
Que aun a ti mismo callado
estos intentos hubiera,
si en ti, Beltrán, no tuviera
más amigo que criado.
BELTRÁN.
¿Toda esta casa, don Juan,
a una mujer aposenta?
DON JUAN.
Seis mil ducados de renta,
¿qué alcázar no ocuparán?
BELTRÁN.
Celia es esta.
Escena II.
Dichos y Celia.
CELIA.
¿Qué mandáis,
señor don Juan?
DON JUAN.
Celia mía,
besar las manos quería,
si licencia me alcanzáis,
a mi señora doña Ana.
CELIA.
Que será imposible, entiendo,
porque se está previniendo
para partirse mañana
a una novena a Alcalá.
DON JUAN.
¿De la corte se desvía
cuando el celebrado día
de san Juan tan cerca está?
CELIA.
Para los tristes no hay fiesta.
DON JUAN.
Pues, Celia, verla me importa;
la visita será corta;
solo le quiero dar esta
que le ha venido en un pliego,
y me dice quien la envía
que solo de mí confía
el darla.
CELIA.
Yo salgo luego.
Escena III.
Don Juan y Beltrán.
BELTRÁN.
No hay pobre con calidad:
si un villano rico fueras,
a fe que nunca tuvieras
en verla dificultad.
DON JUAN.
Si ella está tan de camino,
que es justa la causa creo.
BELTRÁN.
Lo que con los ojos veo...
DON JUAN.
Malicioso desatino.
BELTRÁN.
¿Cuánto va que no la ves?
DON JUAN.
De no alcanzar no se ofende
quien lo difícil emprende;
mas doña Ana es muy cortés.
BELTRÁN.
Y ahora, ¿qué hemos de hacer,
que ella se parte a Alcalá?
DON JUAN.
En tanto que ausente está,
aguardar y padecer.
BELTRÁN.
Bueno fuera acompañarla.
DON JUAN.
Si, como quien soy, pudiera,
forzoso el hacerlo fuera
si así entendiese obligarla.
Mas ni me ayuda el poder,
ni ella lo agradecería,
por la nota que daría
si se llegase a entender.
BELTRÁN.
Ella sale.
DON JUAN.
Di, Beltrán,
que la aurora bella y clara.
Escena IV.
Dichos, y doña Ana hablando aparte a Celia.
DOÑA ANA.
¡Ay Celia, y qué mala cara,
y mal talle de don Juan!
DON JUAN.
Aunque me dijo, señora,
Celia vuestra ocupación,
con que fuera más razón
el no estorbaros ahora,
la importancia contenida
(Dale la carta)
en esta carta que os doy,
me disculpa.
DOÑA ANA.
Nunca estoy,
señor don Juan, impedida
para recibir merced
de tan noble caballero.
DON JUAN.
Vuestro soy; repuesta espero.
Si sois servida, leed.
DOÑA ANA.
Ser descortés me mandáis.
DON JUAN.
Leed, que importa una vida,
que cerca está de perdida
si remedio no le dais.
DOÑA ANA.
Si está su defensa en mí,
la pena y temor dejad.
DON JUAN.
El caso es grave, mandad
que estemos solos aquí,
que tenemos que tratar,
y el secreto es importante.
DOÑA ANA.
Dejadnos solos.
BELTRÁN.
Amante
fue el inventor de engañar.
(Vanse Beltrán y Celia).
Escena V.
Doña Ana y don Juan.
DON JUAN.
Pues contigo solo estoy,
porque mi recato veas
(Va a leer doña Ana, y detiénela),
oye, señora: no leas,
que la carta viva soy.
Que me atreva no te altere,
pues estoy solo contigo,
y un agravio sin testigo,
al punto que nace muere.
Desde que la vez primera
vi la luz de tu arrebol,
dos veces la ha dado el sol
a los signos de su esfera;
como al que el rayo tocó
de Júpiter vengativo,
por gran tiempo muerto, vivo
en un instante quedó;
como aquel, que la cabeza
de la Górgona miraba,
por un peñasco trocaba
la humana naturaleza;
tal en viéndote, me veo,
tan absorto y admirado,
que en admirarme ocupado,
no doy lugar al deseo;
que esos divinos despojos
tanta gloria me mostraron,
que al punto me arrebataron
toda el alma por los ojos.
DOÑA ANA.
Tened, don Juan, ¿esto para
todo en que amor me tenéis?
DON JUAN.
No, porque ya lo sabéis,
y en vano el tiempo gastara.
DOÑA ANA.
¿En que os morís?
DON JUAN.
No, señora;
pues ni en morir parará,
que en el alma vivirá
el amor que os tengo ahora.
DOÑA ANA.
¿Para en pedirme que os quiera?
DON JUAN.
Ni llega, señora, ahí,
que no hay méritos en mí
para que a tal me atreviera.
DOÑA ANA.
Pues decid lo que queréis.
DON JUAN.
Quiero... Solo sé que os quiero,
y que remedio no espero,
viendo lo que merecéis.
Como el mísero doliente
que en el lecho fatigado,
a cualquier parte inclinado,
los mismos dolores siente;
y por huir del tormento,
que en cada lado es mayor,
busca alivio a su dolor
en el mismo movimiento;
así yo con mi cuidado
vengo a vos, dueño querido,
no de esperanza inducido,
sino de dolor forzado;
por no morir con callarlo,
no por sanar con decirlo,
pues es imposible el sufrirlo
como lo es el remediarlo.
Y así no os ha de ofender
que me atreva a declarar,
pues va junto el confesar,
que no os puedo merecer.
DOÑA ANA.
¿Queréis más?
DON JUAN.
¿Qué más que vos?
Si entender queréis mi estado,
en que os quiero está cifrado.
DOÑA ANA.
Pues, señor don Juan, adiós.
DON JUAN.
Tened, ¿no me respondéis?,
¿de esta suerte me dejáis?
DOÑA ANA.
¿No habéis dicho que me amáis?
DON JUAN.
Yo lo he dicho, y vos lo veis.
DOÑA ANA.
¿No decís que vuestro intento
no es pedirme que yo os quiera,
porque atrevimiento fuera?
DON JUAN.
Así lo he dicho y lo siento.
DOÑA ANA.
¿No decís que no tenéis
esperanzas de ablandarme?
DON JUAN.
Yo lo he dicho.
DOÑA ANA.
¿Y que igualarme
en méritos no podéis,
vuestra lengua no afirmó?
DON JUAN.
Yo lo he dicho de este modo.
DOÑA ANA.
Pues si vos lo decís todo,
¿qué queréis que os diga yo?
(Vase).
Escena VI.
Don Juan.
DON JUAN.
¡Oh venga la muerte, acabe
con vida tan desdichada,
que solo puede su espada
remediar pena tan grave!
¿Qué delito cometí
en quererte, ingrata fiera?
Quiera Dios... pero no quiera,
que te quiero más que a mí.
Escena VII.
Don Juan, Celia y Beltrán.
CELIA.
¡Ah desdichado don Juan!
BELTRÁN.
Ayúdale.
CELIA.
A Dios pluguiera
que mi voluntad valiera.
(Vase).
Escena VIII.
Don Juan y Beltrán.
BELTRÁN.
¿Pues qué tenemos?
DON JUAN.
Beltrán:
La verdad huye, a la esperanza pido
Engaños que alimenten mi deseo
eternos contra mí imposibles veo,
nado en un golfo, ni de un leño asido;
con el vuelo de amor más atrevido
no subo un paso, y aunque más peleo,
al fin vencido soy de lo que creo,
vencedor solo en lo que soy vencido.
Así desesperado victorioso
niego al deseo engaños, y a la gloria
más vivo anhelo, si su muerte sigo.
¡Triste donde es el no esperar forzoso,
donde el desesperar es la victoria,
donde el vencer da fuerza al enemigo!
BELTRÁN.
¡Triste donde es forzoso andar contigo,
donde hallar que comer es gran victoria,
donde el cenar es siempre de memoria!
Escena IX.
Sala en casa de don Mendo.
El Conde, don Mendo y Ortiz.
CONDE.
A mi señora Lucrecia
dad, Ortiz, ese papel.
(Dale un papel).
ORTIZ.
Guárdeos Dios.
(Vase).
DON MENDO.
Cosa cruel
Conde, es una mujer necia.
CONDE.
¿Cómo?
DON MENDO.
Con celos y amor
sale Lucrecia de sí.
CONDE.
¿Con causa, don Mendo?
DON MENDO.
Sí;
mas tanto el yerro es mayor.
Si por doña Ana estoy ciego,
ella ¿qué ha de remediar
con reñir, y con celar,
sino añadir fuerza al fuego?
CONDE.
(Aparte).
(¡Quieran, Lucrecia, los cielos,
que te mude esta mudanza,
y a mi perdida esperanza
abran la puerta tus celos!)
Y vos, ¿qué le respondéis?
DON MENDO.
Nunca el negar hizo daño.
CONDE.
Mejor fuera el desengaño
si en otra parte queréis.
DON MENDO.
Dañarme, Conde, podría,
que su amor causó en mi pecho
terrible incendio, y sospecho
que hay centellas todavía.
Y quien antiguo cuidado
arraigado al alma tiene,
ha de obligar el que viene,
sin despedir el pasado;
que mil veces se agradó
de la novedad Cupido,
y vuelve a buscar rendido
lo que arrogante dejó.
CONDE.
Avariento sois de amor.
DON MENDO.
Más el de doña Ana estimo.
CONDE.
¿Y ella os quiere?
DON MENDO.
Pienso, primo,
que merezco su favor.
CONDE.
¿Qué hay de Teodora?
DON MENDO.
Quería
que yo fuese su marido,
como si hubieran nacido
mis abuelos en Turquía.
CONDE.
Sin ser loca, yo no creo
que ninguna mujer pida
la esclavitud de una vida
por la muerte de un deseo.
DON MENDO.
Pues ya después que mi amor
sacó pies amedrentado,
en ello crece el cuidado,
y al paso de él, mi rigor.
Ya sin esa condición
estimara mis favores.
CONDE.
Dichoso sois en amores.
DON MENDO.
En el signo del León
Marte y Venus concurrieron
de mi nacimiento el día,
y si hay cierta astrología,
ellos amable me hicieron...
Mas adiós, primo, que es tarde,
y a doña Ana quiero ver,
que hoy su sol se va a poner
en Alcalá.
CONDE.
Dios os guarde.
(Vase el Conde).
Escena X.
Don Mendo y Leonardo.
LEONARDO.
El coche a la puerta está;
que ya se para imagino.
DON MENDO.
Tenme el coche de camino
a la puerta de Alcalá.
Parta al punto el repostero,
y encárgales, por mi vida,
que esté a punto la comida
en la venta de Vivero.
Haz cómo doña Ana vea
en mi prevención mi amor.
LEONARDO.
Toda tu gente, señor,
su vida en tu gusto emplea.
(Vanse).
Escena XI.
Sala en casa de doña Ana.
Doña Ana, de camino, y Celia.
DOÑA ANA.
¿De qué vas triste? ¿De qué
lo van todas mis doncellas?
Habla, dime sus querellas.
CELIA.
Señora, verdad diré,
pues obligación me pones:
tienen tus criadas todas
en la esperanza sus bodas
y en la corte sus pasiones;
y como de aquí a seis días
es la noche de san Juan,
cuando los amantes dan
indicios de sus porfías,
sienten el ver que esa noche
en la corte no han de estar.
DOÑA ANA.
Pues pierdan, Celia, el pesar,
que por la posta en un coche
conmigo entonces vendrán;
porque se alegre mi gente,
gozaré secretamente
de la noche de San Juan,
y volvereme a la aurora
a proseguir mis novenas.
CELIA.
Alivie el cielo tus penas;
mas ¿no era mejor, señora,
dilatar esta partida?
DOÑA ANA.
Si sabes que estoy muriendo
por dar la mano a don Mendo,
y no hay cosa que lo impida
sino el cumplir las novenas,
que a san Diego prometí,
¿dilataré, estando así,
el remedio de mis penas?
Con esta traza que doy
ninguna queda quejosa.
CELIA.
Hágate el cielo dichosa;
a darles la nueva voy.
DOÑA ANA.
Encárgales por mi vida
el secreto.
CELIA.
Así lo haré.
Don Mendo viene.
DOÑA ANA.
Tendré
buen agüero en la partida.
Escena XII.
Doña Ana y don Mendo.
DON MENDO.
Los campos de Alcalá, bella señora,
desdeñan los favores del verano,
y de la fértil flora
no solicitan ya la diestra mano,
después que primavera les reparte
la dichosa esperanza de mirarte.
Los arroyos, que esperan ser espejos,
en quien de esos dos soles celestiales,
se miran los reflejos,
transforman sus corrientes en cristales;
y el agua en cambio de besarlos, grata
hace a tus blancos pies, puente de plata.
Al nuevo sol que nace, agradecidas
en verdes ramos las cantoras aves
a coros divididas,
dando a los vientos músicas süaves,
para explicar la gloria de este día
articular intentan su armonía.
Parte, oh feliz, que el céfiro süave
lisonjear pretende codicioso
la voladora nave,
de nueva Europa, Júpiter dichoso
por quien en Indias vuelto, Manzanares,
España de sus glorias hace a Henares.
Parte, oh primero móvil adorado,
de quien siguiendo voy el movimiento,
si bien arrebatado,
pues tras mi centro corro no violento;
que yo, si lo merezco, gloria mía,
voy a ser el lucero de este día.
DOÑA ANA.
Los campos de esperanza matizados,
la consonancia dulce de las aves,
los cristales cuajados,
las lisonjas del céfiro süaves,
en nada estimo, y estimara solo
llevar por mi lucero al mismo Apolo.
Mas cuando el corazón lo solicita
forzosa acción de amor correspondiente,
ni el honor acredita,
ni el estado que tengo lo consiente.
DON MENDO.
Es imán de mis ojos tu presencia.
DOÑA ANA.
Justo efecto de amor es la obediencia.
DON MENDO.
¿Sin ti queréis dejarme?
DOÑA ANA.
Yo, don Mendo,
parto sin ti.
DON MENDO.
¿Qué mucho? Vas helada
cuando yo quedo ardiendo.
DOÑA ANA.
Segura fuese yo, como abrasada.
DON MENDO.
No me apartes de ti si desconfías.
DOÑA ANA.
Vive el recato entre las ansias mías.
DON MENDO.
¿No me llamas tu dueño?
DOÑA ANA.
Y de mis ojos,
cierta lengua del alma, lo has sabido.
DON MENDO.
¿De quién temes enojos,
cuando te adoro yo, de ti querido?
DOÑA ANA.
Hasta el sí conyugal temo mudanza,
que no hay dentro del mar cierta bonanza.
En tanto que a mis deudos comunico
la dichosa elección de vuestra mano,
y devota suplico
en Alcalá a su dueño soberano,
que lleve a fin feliz mi intento nuevo,
y las novenas pago, que le debo,
puede mudarse vuestro amor ardiente,
y quedar mi opinión en opiniones
del vulgo maldiciente,
que a lo peor aplica las acciones.
DON MENDO.
¿Mudarme yo?
DOÑA ANA.
Temores son de amante.
DON MENDO.
Más parece cautelas de inconstante.
Si ya nuevo cuidado te fatiga,
el fingido recato, ¿qué pretende?
Declárate, enemiga,
no el desengaño la mudanza ofende;
vete segura, ocúpate entre tanto,
el alma en celos, y la vida en llanto.
DOÑA ANA.
Ofendes mi lealtad, si desconfías;
mas porque de tu error te desengañes,
pon secretas espías,
prueba mi fe, como mi honor no dañes.
DON MENDO.
Confianza tendré, mas no paciencia,
contra el rigor, señora, de tu ausencia.
Escena XIII.
Dichos y Celia.
CELIA.
Doña Lucrecia, señora,
viene a visitarte.
DOÑA ANA.
¿Quién?
CELIA.
Tu prima.
DON MENDO.
(Aparte).
A impedir mi bien
la trae mi desdicha ahora.