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Las paredes oyen

Chapter 4: ACTO PRIMERO.
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About This Book

A satirical comedy traces a vain, gossipping gallant whose private slanders against two noblewomen are repeatedly exposed through overheard conversations, misplaced letters, and disguised listeners; as their allies defend them and the women's suspicions grow, the gallant's reputation collapses and he is rejected. The plot unfolds with tight staging and epigrammatic dialogue, balancing comic episodes and moral critique to examine the social harms of rumour, the gap between speech and public reputation, and the corrective force of loyalty and clever contrivances.

ACTO PRIMERO.

Escena primera.

Sala en casa de doña Ana.

Don Juan, vestido llanamente, y Beltrán.

DON JUAN.

Tiéneme desesperado,

Beltrán, la desigualdad,

si no de mi calidad,

de mis partes, y mi estado.

La hermosura de doña Ana,

el cuerpo airoso y gentil,

bella emulación de abril,

dulce envidia de Diana,

¡mira tú cómo podrán,

dar esperanza al deseo

de un hombre tan pobre y feo,

y de mal talle, Beltrán!

BELTRÁN.

A un Narciso, cortesano,

un humano Serafín

resistió un siglo, y al fin

la halló en brazos de un enano.

Y si las historias creo,

y ejemplos de autores graves

(pues, aunque sirviente, sabes

que a ratos escribo y leo),

me dicen que es ciego amor,

y sin consejo se inclina;

que la emperatriz Faustina

quiso un feo esgrimidor;

que mil injustos deseos,

puestos locamente en ella,

cumplió Hipia noble y bella

de hombres humildes y feos.

DON JUAN.

Beltrán, ¿para qué refieres

comparaciones tan vanas?

¿No ves que eran más livianas

que bellas esas mujeres,

y que en doña Ana es locura

esperar igual error,

en quien excede el honor,

al milagro de hermosura?

BELTRÁN.

¿No eres don Juan de Mendoza?

Pues doña Ana ¿qué perdiera

cuando la mano te diera?

DON JUAN.

Tan alta fortuna goza,

que nos hace desiguales

la humilde en que yo me veo.

BELTRÁN.

Que diste en el punto, creo,

de que proceden tus males.

Si Fortuna en tu humildad

con un soplo te ayudara,

a fe que te aprovechara

la misma desigualdad.

Fortuna acompaña al dios

que amorosas flechas tira,

que en un templo los de Egira

adoraban a los dos.

Sin riqueza, su hermosura

pudieras lograr tu intento:

siglos de merecimiento

trueco a puntos de ventura.

DON JUAN.

Eso mismo me acobarda:

¡soy desdichado, Beltrán!

BELTRÁN.

Trocar las manos podrán

fortuna y amor; aguarda.

DON JUAN.

Si a don Mendo hace favor,

¿qué esperanza he de tener?

BELTRÁN.

En ese echarás de ver,

que es todo fortuna amor.

A competencia lo quieren

doña Ana y doña Teodora;

doña Lucrecia lo adora,

todas al fin por él mueren.

Jamás el desdén gustó.

DON JUAN.

Es bello, rico y mancebo.

BELTRÁN.

¡Cuánto mejor era Febo,

y Dafne lo desdeñó!

Y cuando no conociera

otro en perfección igual,

aquesto de decir mal

¿es defecto como quiera?

DON JUAN.

¿Y no es eso murmurar?

BELTRÁN.

Esto es decir lo que siento.

DON JUAN.

Lo que siente el pensamiento

no siempre se ha de explicar.

BELTRÁN.

Decir...

DON JUAN.

Que calles te digo,

y ten por cosa segura

que tiene aquel que murmura

en su lengua su enemigo.

BELTRÁN.

Entre tus desconfianzas

en su casa entrar te veo;

sin duda que el gran deseo

engaña tus esperanzas.

Vete en desierto lugar,

y no ceses de dar voces,

y aunque tu muerte conoces,

nadas en medio del mar.

DON JUAN.

Lo que en gran tiempo no ha hecho

hace amor en solo un día,

venciendo en fin la porfía.

BELTRÁN.

Que te sucede, sospecho,

lo que al tahúr que, en perdiendo,

solamente con decir:

«¡Que no sepa yo gruñir!»

está sin cesar gruñendo.

Tú dices que desesperas,

y entre el mismo no esperar

nunca dejas de intentar:

¿qué más haces cuando esperas?

¿Tú piensas que el esperar

es alguna confección

venida ya del Japón?

El esperar es pensar

que puede al fin suceder

aquello que se desea,

y quien hace porque sea

bien piensa que pueda ser.

DON JUAN.

(Saca una carta).

Pues si con esta invención

en su desdén no hay mudanza,

aunque viva mi esperanza,

morirá mi pretensión.

BELTRÁN.

El mercader marinero,

con la codicia avarienta,

cada viaje que intenta

dice que será el postrero.

Así tú, cuando imagino

que desengañado estás,

ya con nuevo intento vas

en la mitad del camino.

Mas dime: ¿qué te ha obligado

a trazar esta invención

para mostrar tu afición,

pudiendo con un criado

de su casa negociar

lo que tú vienes a hacer?

DON JUAN.

No he de arriesgarme a ofender

a quien pretendo obligar;

que como es tan delicada

la honra, suele perderse

solamente con saberse

que ha sido solicitada.

Y así del murmurador

pretendo que esté segura

mi desdicha o mi ventura,

su flaqueza o su valor.

Que aun a ti mismo callado

estos intentos hubiera,

si en ti, Beltrán, no tuviera

más amigo que criado.

BELTRÁN.

¿Toda esta casa, don Juan,

a una mujer aposenta?

DON JUAN.

Seis mil ducados de renta,

¿qué alcázar no ocuparán?

BELTRÁN.

Celia es esta.

Escena II.

Dichos y Celia.

CELIA.

¿Qué mandáis,

señor don Juan?

DON JUAN.

Celia mía,

besar las manos quería,

si licencia me alcanzáis,

a mi señora doña Ana.

CELIA.

Que será imposible, entiendo,

porque se está previniendo

para partirse mañana

a una novena a Alcalá.

DON JUAN.

¿De la corte se desvía

cuando el celebrado día

de san Juan tan cerca está?

CELIA.

Para los tristes no hay fiesta.

DON JUAN.

Pues, Celia, verla me importa;

la visita será corta;

solo le quiero dar esta

que le ha venido en un pliego,

y me dice quien la envía

que solo de mí confía

el darla.

CELIA.

Yo salgo luego.

Escena III.

Don Juan y Beltrán.

BELTRÁN.

No hay pobre con calidad:

si un villano rico fueras,

a fe que nunca tuvieras

en verla dificultad.

DON JUAN.

Si ella está tan de camino,

que es justa la causa creo.

BELTRÁN.

Lo que con los ojos veo...

DON JUAN.

Malicioso desatino.

BELTRÁN.

¿Cuánto va que no la ves?

DON JUAN.

De no alcanzar no se ofende

quien lo difícil emprende;

mas doña Ana es muy cortés.

BELTRÁN.

Y ahora, ¿qué hemos de hacer,

que ella se parte a Alcalá?

DON JUAN.

En tanto que ausente está,

aguardar y padecer.

BELTRÁN.

Bueno fuera acompañarla.

DON JUAN.

Si, como quien soy, pudiera,

forzoso el hacerlo fuera

si así entendiese obligarla.

Mas ni me ayuda el poder,

ni ella lo agradecería,

por la nota que daría

si se llegase a entender.

BELTRÁN.

Ella sale.

DON JUAN.

Di, Beltrán,

que la aurora bella y clara.

Escena IV.

Dichos, y doña Ana hablando aparte a Celia.

DOÑA ANA.

¡Ay Celia, y qué mala cara,

y mal talle de don Juan!

DON JUAN.

Aunque me dijo, señora,

Celia vuestra ocupación,

con que fuera más razón

el no estorbaros ahora,

la importancia contenida

(Dale la carta)

en esta carta que os doy,

me disculpa.

DOÑA ANA.

Nunca estoy,

señor don Juan, impedida

para recibir merced

de tan noble caballero.

DON JUAN.

Vuestro soy; repuesta espero.

Si sois servida, leed.

DOÑA ANA.

Ser descortés me mandáis.

DON JUAN.

Leed, que importa una vida,

que cerca está de perdida

si remedio no le dais.

DOÑA ANA.

Si está su defensa en mí,

la pena y temor dejad.

DON JUAN.

El caso es grave, mandad

que estemos solos aquí,

que tenemos que tratar,

y el secreto es importante.

DOÑA ANA.

Dejadnos solos.

BELTRÁN.

Amante

fue el inventor de engañar.

(Vanse Beltrán y Celia).

Escena V.

Doña Ana y don Juan.

DON JUAN.

Pues contigo solo estoy,

porque mi recato veas

(Va a leer doña Ana, y detiénela),

oye, señora: no leas,

que la carta viva soy.

Que me atreva no te altere,

pues estoy solo contigo,

y un agravio sin testigo,

al punto que nace muere.

Desde que la vez primera

vi la luz de tu arrebol,

dos veces la ha dado el sol

a los signos de su esfera;

como al que el rayo tocó

de Júpiter vengativo,

por gran tiempo muerto, vivo

en un instante quedó;

como aquel, que la cabeza

de la Górgona miraba,

por un peñasco trocaba

la humana naturaleza;

tal en viéndote, me veo,

tan absorto y admirado,

que en admirarme ocupado,

no doy lugar al deseo;

que esos divinos despojos

tanta gloria me mostraron,

que al punto me arrebataron

toda el alma por los ojos.

DOÑA ANA.

Tened, don Juan, ¿esto para

todo en que amor me tenéis?

DON JUAN.

No, porque ya lo sabéis,

y en vano el tiempo gastara.

DOÑA ANA.

¿En que os morís?

DON JUAN.

No, señora;

pues ni en morir parará,

que en el alma vivirá

el amor que os tengo ahora.

DOÑA ANA.

¿Para en pedirme que os quiera?

DON JUAN.

Ni llega, señora, ahí,

que no hay méritos en mí

para que a tal me atreviera.

DOÑA ANA.

Pues decid lo que queréis.

DON JUAN.

Quiero... Solo sé que os quiero,

y que remedio no espero,

viendo lo que merecéis.

Como el mísero doliente

que en el lecho fatigado,

a cualquier parte inclinado,

los mismos dolores siente;

y por huir del tormento,

que en cada lado es mayor,

busca alivio a su dolor

en el mismo movimiento;

así yo con mi cuidado

vengo a vos, dueño querido,

no de esperanza inducido,

sino de dolor forzado;

por no morir con callarlo,

no por sanar con decirlo,

pues es imposible el sufrirlo

como lo es el remediarlo.

Y así no os ha de ofender

que me atreva a declarar,

pues va junto el confesar,

que no os puedo merecer.

DOÑA ANA.

¿Queréis más?

DON JUAN.

¿Qué más que vos?

Si entender queréis mi estado,

en que os quiero está cifrado.

DOÑA ANA.

Pues, señor don Juan, adiós.

DON JUAN.

Tened, ¿no me respondéis?,

¿de esta suerte me dejáis?

DOÑA ANA.

¿No habéis dicho que me amáis?

DON JUAN.

Yo lo he dicho, y vos lo veis.

DOÑA ANA.

¿No decís que vuestro intento

no es pedirme que yo os quiera,

porque atrevimiento fuera?

DON JUAN.

Así lo he dicho y lo siento.

DOÑA ANA.

¿No decís que no tenéis

esperanzas de ablandarme?

DON JUAN.

Yo lo he dicho.

DOÑA ANA.

¿Y que igualarme

en méritos no podéis,

vuestra lengua no afirmó?

DON JUAN.

Yo lo he dicho de este modo.

DOÑA ANA.

Pues si vos lo decís todo,

¿qué queréis que os diga yo?

(Vase).

Escena VI.

Don Juan.

DON JUAN.

¡Oh venga la muerte, acabe

con vida tan desdichada,

que solo puede su espada

remediar pena tan grave!

¿Qué delito cometí

en quererte, ingrata fiera?

Quiera Dios... pero no quiera,

que te quiero más que a mí.

Escena VII.

Don Juan, Celia y Beltrán.

CELIA.

¡Ah desdichado don Juan!

BELTRÁN.

Ayúdale.

CELIA.

A Dios pluguiera

que mi voluntad valiera.

(Vase).

Escena VIII.

Don Juan y Beltrán.

BELTRÁN.

¿Pues qué tenemos?

DON JUAN.

Beltrán:

La verdad huye, a la esperanza pido

Engaños que alimenten mi deseo

eternos contra mí imposibles veo,

nado en un golfo, ni de un leño asido;

con el vuelo de amor más atrevido

no subo un paso, y aunque más peleo,

al fin vencido soy de lo que creo,

vencedor solo en lo que soy vencido.

Así desesperado victorioso

niego al deseo engaños, y a la gloria

más vivo anhelo, si su muerte sigo.

¡Triste donde es el no esperar forzoso,

donde el desesperar es la victoria,

donde el vencer da fuerza al enemigo!

BELTRÁN.

¡Triste donde es forzoso andar contigo,

donde hallar que comer es gran victoria,

donde el cenar es siempre de memoria!

Escena IX.

Sala en casa de don Mendo.

El Conde, don Mendo y Ortiz.

CONDE.

A mi señora Lucrecia

dad, Ortiz, ese papel.

(Dale un papel).

ORTIZ.

Guárdeos Dios.

(Vase).

DON MENDO.

Cosa cruel

Conde, es una mujer necia.

CONDE.

¿Cómo?

DON MENDO.

Con celos y amor

sale Lucrecia de sí.

CONDE.

¿Con causa, don Mendo?

DON MENDO.

Sí;

mas tanto el yerro es mayor.

Si por doña Ana estoy ciego,

ella ¿qué ha de remediar

con reñir, y con celar,

sino añadir fuerza al fuego?

CONDE.

(Aparte).

(¡Quieran, Lucrecia, los cielos,

que te mude esta mudanza,

y a mi perdida esperanza

abran la puerta tus celos!)

Y vos, ¿qué le respondéis?

DON MENDO.

Nunca el negar hizo daño.

CONDE.

Mejor fuera el desengaño

si en otra parte queréis.

DON MENDO.

Dañarme, Conde, podría,

que su amor causó en mi pecho

terrible incendio, y sospecho

que hay centellas todavía.

Y quien antiguo cuidado

arraigado al alma tiene,

ha de obligar el que viene,

sin despedir el pasado;

que mil veces se agradó

de la novedad Cupido,

y vuelve a buscar rendido

lo que arrogante dejó.

CONDE.

Avariento sois de amor.

DON MENDO.

Más el de doña Ana estimo.

CONDE.

¿Y ella os quiere?

DON MENDO.

Pienso, primo,

que merezco su favor.

CONDE.

¿Qué hay de Teodora?

DON MENDO.

Quería

que yo fuese su marido,

como si hubieran nacido

mis abuelos en Turquía.

CONDE.

Sin ser loca, yo no creo

que ninguna mujer pida

la esclavitud de una vida

por la muerte de un deseo.

DON MENDO.

Pues ya después que mi amor

sacó pies amedrentado,

en ello crece el cuidado,

y al paso de él, mi rigor.

Ya sin esa condición

estimara mis favores.

CONDE.

Dichoso sois en amores.

DON MENDO.

En el signo del León

Marte y Venus concurrieron

de mi nacimiento el día,

y si hay cierta astrología,

ellos amable me hicieron...

Mas adiós, primo, que es tarde,

y a doña Ana quiero ver,

que hoy su sol se va a poner

en Alcalá.

CONDE.

Dios os guarde.

(Vase el Conde).

Escena X.

Don Mendo y Leonardo.

LEONARDO.

El coche a la puerta está;

que ya se para imagino.

DON MENDO.

Tenme el coche de camino

a la puerta de Alcalá.

Parta al punto el repostero,

y encárgales, por mi vida,

que esté a punto la comida

en la venta de Vivero.

Haz cómo doña Ana vea

en mi prevención mi amor.

LEONARDO.

Toda tu gente, señor,

su vida en tu gusto emplea.

(Vanse).

Escena XI.

Sala en casa de doña Ana.

Doña Ana, de camino, y Celia.

DOÑA ANA.

¿De qué vas triste? ¿De qué

lo van todas mis doncellas?

Habla, dime sus querellas.

CELIA.

Señora, verdad diré,

pues obligación me pones:

tienen tus criadas todas

en la esperanza sus bodas

y en la corte sus pasiones;

y como de aquí a seis días

es la noche de san Juan,

cuando los amantes dan

indicios de sus porfías,

sienten el ver que esa noche

en la corte no han de estar.

DOÑA ANA.

Pues pierdan, Celia, el pesar,

que por la posta en un coche

conmigo entonces vendrán;

porque se alegre mi gente,

gozaré secretamente

de la noche de San Juan,

y volvereme a la aurora

a proseguir mis novenas.

CELIA.

Alivie el cielo tus penas;

mas ¿no era mejor, señora,

dilatar esta partida?

DOÑA ANA.

Si sabes que estoy muriendo

por dar la mano a don Mendo,

y no hay cosa que lo impida

sino el cumplir las novenas,

que a san Diego prometí,

¿dilataré, estando así,

el remedio de mis penas?

Con esta traza que doy

ninguna queda quejosa.

CELIA.

Hágate el cielo dichosa;

a darles la nueva voy.

DOÑA ANA.

Encárgales por mi vida

el secreto.

CELIA.

Así lo haré.

Don Mendo viene.

DOÑA ANA.

Tendré

buen agüero en la partida.

Escena XII.

Doña Ana y don Mendo.

DON MENDO.

Los campos de Alcalá, bella señora,

desdeñan los favores del verano,

y de la fértil flora

no solicitan ya la diestra mano,

después que primavera les reparte

la dichosa esperanza de mirarte.

Los arroyos, que esperan ser espejos,

en quien de esos dos soles celestiales,

se miran los reflejos,

transforman sus corrientes en cristales;

y el agua en cambio de besarlos, grata

hace a tus blancos pies, puente de plata.

Al nuevo sol que nace, agradecidas

en verdes ramos las cantoras aves

a coros divididas,

dando a los vientos músicas süaves,

para explicar la gloria de este día

articular intentan su armonía.

Parte, oh feliz, que el céfiro süave

lisonjear pretende codicioso

la voladora nave,

de nueva Europa, Júpiter dichoso

por quien en Indias vuelto, Manzanares,

España de sus glorias hace a Henares.

Parte, oh primero móvil adorado,

de quien siguiendo voy el movimiento,

si bien arrebatado,

pues tras mi centro corro no violento;

que yo, si lo merezco, gloria mía,

voy a ser el lucero de este día.

DOÑA ANA.

Los campos de esperanza matizados,

la consonancia dulce de las aves,

los cristales cuajados,

las lisonjas del céfiro süaves,

en nada estimo, y estimara solo

llevar por mi lucero al mismo Apolo.

Mas cuando el corazón lo solicita

forzosa acción de amor correspondiente,

ni el honor acredita,

ni el estado que tengo lo consiente.

DON MENDO.

Es imán de mis ojos tu presencia.

DOÑA ANA.

Justo efecto de amor es la obediencia.

DON MENDO.

¿Sin ti queréis dejarme?

DOÑA ANA.

Yo, don Mendo,

parto sin ti.

DON MENDO.

¿Qué mucho? Vas helada

cuando yo quedo ardiendo.

DOÑA ANA.

Segura fuese yo, como abrasada.

DON MENDO.

No me apartes de ti si desconfías.

DOÑA ANA.

Vive el recato entre las ansias mías.

DON MENDO.

¿No me llamas tu dueño?

DOÑA ANA.

Y de mis ojos,

cierta lengua del alma, lo has sabido.

DON MENDO.

¿De quién temes enojos,

cuando te adoro yo, de ti querido?

DOÑA ANA.

Hasta el sí conyugal temo mudanza,

que no hay dentro del mar cierta bonanza.

En tanto que a mis deudos comunico

la dichosa elección de vuestra mano,

y devota suplico

en Alcalá a su dueño soberano,

que lleve a fin feliz mi intento nuevo,

y las novenas pago, que le debo,

puede mudarse vuestro amor ardiente,

y quedar mi opinión en opiniones

del vulgo maldiciente,

que a lo peor aplica las acciones.

DON MENDO.

¿Mudarme yo?

DOÑA ANA.

Temores son de amante.

DON MENDO.

Más parece cautelas de inconstante.

Si ya nuevo cuidado te fatiga,

el fingido recato, ¿qué pretende?

Declárate, enemiga,

no el desengaño la mudanza ofende;

vete segura, ocúpate entre tanto,

el alma en celos, y la vida en llanto.

DOÑA ANA.

Ofendes mi lealtad, si desconfías;

mas porque de tu error te desengañes,

pon secretas espías,

prueba mi fe, como mi honor no dañes.

DON MENDO.

Confianza tendré, mas no paciencia,

contra el rigor, señora, de tu ausencia.

Escena XIII.

Dichos y Celia.

CELIA.

Doña Lucrecia, señora,

viene a visitarte.

DOÑA ANA.

¿Quién?

CELIA.

Tu prima.

DON MENDO.

(Aparte).

A impedir mi bien

la trae mi desdicha ahora.