ACTO TERCERO.
Escena primera.
Sala en casa de doña Ana.
Doña Ana, Celia, el Duque y don Juan. (Todos como acabaron el segundo acto).
DOÑA ANA.
¿No advertís lo que habéis hecho?
¿Cómo tan despacio estáis?
DUQUE.
Por nosotros no temáis,
quitad el hermoso pecho;
pues con probar la violencia
que intentó aquel caballero;
en nuestro favor espero,
que tendremos la sentencia.
Y por su reputación
le estará más bien callar;
no penséis que ha de tratar
de tomar satisfacción
por justicia un caballero.
¿No veis lo mal que sonara,
que herido se confesara
del brazo vil de un cochero
un tan ilustre señor,
dueño de tantos vasallos?
De estos casos el callallos
es el remedio mejor.
DOÑA ANA.
Siéntome tan obligada
de vuestro valor extraño,
que el temor de vuestro daño
toda me tiene turbada.
DUQUE.
No temáis.
DOÑA ANA.
El pecho fiel
el daño está previniendo.
DUQUE.
Quien pudo herir a don Mendo,
podrá defenderse de él.
CELIA.
(A doña Ana al oído).
En hablar tan cortesanos,
tan valientes en obrar,
mucho dan que sospechar
estos cocheros.
DOÑA ANA.
(A Celia al oído).
Las manos
les mira, que la verdad
nos dirán.
CELIA.
Es gran razón
pagarles la obligación
que tienes a su lealtad,
(Toma las manos al Duque y vuélvese a hablar aparte a doña Ana).
pues por otras manos queda
tu honestidad defendida.
(Aparte las dos).
¡Ay, señora de mi vida!
Blandas son como una seda,
y en llegando cerca, son
sus olores soberanos.
DOÑA ANA.
¿Buen olor y buenas manos?
Clara está la información.
Disimula.
(Don Juan se está escondiendo detrás del Duque).
CELIA.
El otro está
siempre cubierto y callado.
(Va Celia por detrás de todos a coger de cara a don Juan).
Cogerelo descuidado,
pues la aurora alumbra ya,
lo que basta a conocerlo.
DOÑA ANA.
Amigos, puesto que así
os arriesgasteis por mí,
sin obligación de hacerlo,
de esta casa y de mi hacienda
os valed.
DUQUE.
Los pies os beso,
mas yo no paso por eso,
que no es razón que se entienda
que fue sin obligación
el serviros; pues de un modo
se le pone al mundo todo
vuestra rara perfección.
Porque a quien os llega a ver
dais gloria tan sin medida,
que aunque os pague con la vida,
os queda mucho a deber.
CELIA.
(Aparte a don Juan).
Y vos, ¿sois mudo, cochero?
¿De qué estáis triste? Volved;
alzar el rostro, aprended
ánimo del compañero.
¿El que riñó sin temer,
teme sin reñir ahora?
DUQUE.
En vano os cansáis, señora,
que es mudo.
CELIA.
Bien puede ser.
(Aparte).
(Mas yo don Juan de Mendoza
pienso que es... Él es, ¿qué dudo?
El triste se finge mudo
por no perder lo que goza
mientras encubierto está.)
¿Quien dirá, señora, que es
el callado?
DOÑA ANA.
Dilo pues.
CELIA.
¿Quién piensas tú que será?
DOÑA ANA.
No lo sé.
CELIA.
¿Quién puede ser
quien, siendo gran caballero,
quisiese ser tu cochero,
solo por poderte ver?
¿Quién el que con tal valor,
en un lance tan estrecho,
pusiese a la espada el pecho
por asegurar tu honor?
¿Quién, el que en pensar se goza
por tu amor y tu desdén,
sigue enamorado? ¿Quién,
sino don Juan de Mendoza?
DOÑA ANA.
Bien dices, solo él haría
finezas tan extremadas.
CELIA.
Bien merecen ser premiadas.
DOÑA ANA.
Que no las pierde, confía.
DUQUE.
El sol sale, porque vos,
que sol al mundo habéis sido
en tanto que él ha dormido,
reposéis ahora; adiós.
Y así los cielos, que os dan
belleza, os den larga vida,
que no os inquiete la herida
de don Mendo de Guzmán.
(Vase).
Escena II.
Dichos, menos el Duque.
DOÑA ANA.
Tras la ofensa que ha intentado,
no hay por qué inquietarme pueda,
que ni aun la ceniza queda
en mí del amor pasado.
Detén a don Juan, que quiero
hablarle.
CELIA.
A servirte voy.
DOÑA ANA.
Y mientras con él estoy,
entretén al compañero.
CELIA.
Señor cochero fingido,
mi dueño os llama, esperad.
DON JUAN.
Hum...
CELIA.
No hay «Hum», volved y hablad,
que ya os hemos conocido.
(Vase).
Escena III.
Doña Ana y don Juan.
DON JUAN.
¡Eso debo a mi ventura!
DOÑA ANA.
¿Qué es esto, don Juan?
DON JUAN.
Amor.
DOÑA ANA.
Locura, dirás mejor.
DON JUAN.
¿Cuándo amor no fue locura?
DOÑA ANA.
Sí; mas los fines ignoro
de estos disfraces que veo.
DON JUAN.
Así miro a quien deseo,
así sirvo a quien adoro.
DOÑA ANA.
No; traidoras intenciones
encubren estos disfraces.
DON JUAN.
Falsas conjeturas haces,
por negar obligaciones.
DOÑA ANA.
El probarte lo que digo
no es difícil.
DON JUAN.
Ya lo espero.
DOÑA ANA.
¿Quién es ese caballero
y a qué fin viene contigo?
Traer quien me diga amores,
y escucharlos escondido,
¿podrás decir que no ha sido
con pensamientos traidores?
DON JUAN.
¡Cuán lejos del blanco das,
pues si traidores los llamas,
la mayor fineza infamas
que ha hecho el amor jamás!
DOÑA ANA.
Dila pues, que a agradecella,
si no a pagalla, me obligo.
DON JUAN.
Por obedecer la digo,
no por obligar con ella.
Como mi mucha afición
y poco merecimiento
engendró en mi pensamiento
justa desesperación,
vino amor a dar un medio
en desventura tan fiera,
que a mi mal consuelo fuera,
ya que no fuera remedio:
y fue que te alcance quien
te merezca; tu bien quiero,
que el efecto verdadero
es este de querer bien.
A este fin, tus partes bellas
al duque Urbino conté,
si contar posible fue
en el cielo las estrellas;
él, de tu fama movido,
de tu recato obligado,
este disfraz ha ordenado
con que te ha visto y oído.
Y ojalá que conociendo
tu sujeto soberano,
dé, con pretender tu mano,
efecto a lo que pretendo;
que yo, con verte en estado
igual al merecimiento,
al fin quedaré contento,
ya que no quede pagado.
Esta ha sido mi intención,
y si escuchaba escondido,
fue porque el ser conocido
no estorbase la invención.
Que juzgues ahora quiero,
si he merecido o pecado,
pues de puro enamorado
vengo a servir de tercero.
DOÑA ANA.
Tu voluntad agradezco,
pero condeno tu engaño,
que presumes por mi daño
más de mí que yo merezco.
Porque no es a la excelencia
del Duque igual mi valor;
que no engaña el propio amor
donde hay tanta diferencia.
Fue mi padre un caballero
ilustre, mas yo imagino
que pensara honrarle Urbino
si lo hiciera su escudero.
Y así, a tan locos intentos
tus lisonjas no me incitan,
que afrentosos precipitan
los soberbios pensamientos.
DON JUAN.
Mucho, señora, te ofendes,
porque sin tu calidad,
digna es por sí tu beldad
de más bien que en esto emprendes.
No te merece gozar
el Duque, ni el Rey, ni...
DOÑA ANA.
Tente;
la fiebre de amor ardiente
te obliga a desatinar.
Tu amoroso pensamiento
encarece mi valor;
diérasle al Duque tu amor,
que yo le diera tu intento.
DON JUAN.
¿Quien podrá quererte menos,
en viendo tu perfección?
DOÑA ANA.
Al fin, por tu corazón
quieres juzgar los ajenos;
y es engaño conocido,
que si el tuyo por mí muere,
no con una flecha hiere
todos los pechos Cupido;
y aunque el Duque tenga amor,
galán querrá ser, don Juan,
y honra más que un rey galán,
un marido labrador;
y aunque en el Duque es forzosa
la ventaja que le doy,
grande para dama soy
si pequeña para esposa.
DON JUAN.
Nadie con tal pensamiento
ofende tu calidad.
DOÑA ANA.
De mi consejo, dejad
de terciar en ese intento;
porque mayor esperanza
puede al fin tener de mí,
quien pretende para sí,
que quien para otro alcanza.
(Vase).
Escena IV.
Don Juan, y después Beltrán.
DON JUAN.
¿Posible es que tal favor
merecieron mis oídos?
¡Dichosos males sufridos!
¡Dulces victorias de amor!
Que tendrá más esperanza,
dijo, si bien lo entendí,
quien pretende para sí,
que quien para otro alcanza.
Que la pretenda mi amor
me aconseja claramente,
y la mujer que consiente
ser amada, hace favor.
BELTRÁN.
Mira que el Duque te espera,
y no el padre de Faetón,
que a publicar tu intención,
apresura su carrera.
DON JUAN.
En cas de mi amada bella
son los años puntos breves.
BELTRÁN.
En la taberna no bebes,
pero te huelgas en ella.
DON JUAN.
Bien lo entiendes.
BELTRÁN.
Alegría
vierten tus ojos, señor.
DON JUAN.
Hacen fiestas a un favor.
BELTRÁN.
Mucho alcanza la porfía.
Escena V.
Dichos y Celia.
DON JUAN.
Celia, amiga, Dios te guarde.
CELIA.
Y te dé el bien que deseas.
DON JUAN.
Como de mi parte seas,
no hay ventura que no aguarde.
CELIA.
Si en mi mano hubiera sido,
tu dicha fuera la mía;
mas, don Juan, sirve y porfía,
que no va tu amor perdido.
(Vase don Juan).
Escena VI.
Celia y Beltrán.
BELTRÁN.
¿Y a mí me aprovecharía
el servir como a mi amo?
CELIA.
¿Pues amas también?
BELTRÁN.
Yo amo
por solo hacer compañía.
Escena VII.
Dichos y doña Ana.
DOÑA ANA.
Celia está con el criado
de don Juan, y no sosiego
hasta hablarle; ya está el fuego
en mi pecho declarado.
CELIA.
Mi señora.
BELTRÁN.
Voyme.
DOÑA ANA.
Hidalgo,
volved. ¿Quién sois?
BELTRÁN.
Soy Beltrán,
un criado de don Juan
de Mendoza.
DOÑA ANA.
¿Queréis algo?
BELTRÁN.
Servirte solo quisiera;
aquí a Celia le decía
que amo por compañía.
DOÑA ANA.
No es conclusión verdadera.
¿Satirizas?
BELTRÁN.
No conviene,
que eso puede solo hacer,
quien no tiene que perder,
o que le digan no tiene.
Pero yo, ¿cómo querías
que predique, sin ser santo?
¿Qué faltas diré, si hay tanto
que remediar en las mías?
DOÑA ANA.
Tu gusto desacreditas
con esa cuerda intención,
porque a la conversación
la mejor salsa le quitas.
BELTRÁN.
Si ella es salsa, es muy costosa,
señora; que bien mirado,
ni hay más inútil pecado,
ni salsa más peligrosa.
Después que uno ha dicho mal,
¿saca de hacerlo algún bien?
Los que le escuchan más bien,
esos lo quieren más mal;
que cada cual entre sí
dice, oyendo al maldiciente:
«Este, cuando yo me ausente,
lo mismo dirá de mí».
Pues si aquel de quien murmura
lo sabe, que es fácil cosa,
¿qué mesa tiene gustosa?,
¿qué cama tiene segura?
Viciosos hay de mil modos,
que no aborrecen la gente,
y solo del maldiciente
huyen con cuidado todos.
Del malo más pertinaz
lastima la desventura,
solamente al que murmura
lleva el diablo en haz y en paz.
En la corte hay un señor,
que muchas veces oí
(Aparte),
(esto encaja bien aquí
para quitarle el amor),
que está malquisto de modo,
por vicioso en murmurar,
que si lo vieran quemar
diera leña el pueblo todo.
¿No conoces a don Mendo
de Guzmán?
DOÑA ANA.
Beltrán, detente.
El vicio del maldiciente
has estado maldiciendo,
¿y con tal desenvoltura
de don Mendo has murmurado?
BELTRÁN.
Pienso que es exceptuado
murmurar del que murmura;
dicen que el que hurta al ladrón
gana perdones, señora.
DOÑA ANA.
Dicen mal. Vete en buen hora.
BELTRÁN.
Da a mi ignorancia perdón,
si acaso te he disgustado.
(Aparte).
(Mal disimula quien ama.)
(Vase).
Escena VIII.
Doña Ana y Celia.
CELIA.
Apagado se ha la llama,
mas mucha brasa ha quedado
pues su ofensa te ofendió.
Sin duda que en tu memoria
ha borrado amor la historia
que esta noche te pasó.
DOÑA ANA.
Celia, ten; cierra los labios,
mira que mi honor ofendes,
cuando de mi pecho entiendes
que olvida así sus agravios.
No los males he olvidado,
que ha dicho de mí don Mendo;
la infame hazaña estoy viendo
que hoy en el campo ha intentado,
en que claramente veo,
pues tan poco me estimaba,
que engañoso procuraba
solo cumplir su deseo.
Conque ya en mi pensamiento
no solo el fuego apagué,
pero cuanto el amor fue
es el aborrecimiento.
Mas esto no da licencia
para que un bajo criado
de hombre tan calificado
hable mal en mi presencia;
que no por la enemistad
que entre dos nobles empieza,
pierden ellos la nobleza,
ni el villano la humildad.
Esto, Celia, me ha obligado
a indignarme con Beltrán,
que no porque ya don Juan
no esté solo en mi cuidado.
CELIA.
¿Al fin su fe te ha vencido?
DOÑA ANA.
Con lo que anoche pasó,
cuanto don Mendo bajó,
él en mi rueda ha subido.
CELIA.
¿Declarástele tu amor?
DOÑA ANA.
¿Tan liviana me has hallado?
¿No basta haberle mostrado
resplandores de favor?
CELIA.
¡Liviana dices, después
de dos años que por ti
ha andado fuera de sí!
Bien parece que no ves
lo que en las comedias hacen
las infantas de León.
DOÑA ANA.
¿Cómo?
CELIA.
Con tal condición
o con tal desdicha nacen,
que en viendo un hombre, al momento
le ruegan, y mudan traje,
y sirviéndole de paje,
van con las piernas al viento.
Pues tú, que obligada estás
de tanto tiempo y fe tanta,
si bien señora, no infanta,
honestamente podrás
decirle tu voluntad
con prevenciones discretas,
sin temer que a los poetas
les parezca impropiedad.
DOÑA ANA.
¿Poco a poco no es mejor?
CELIA.
¿Tú quiéreslo?
DOÑA ANA.
Celia, sí.
CELIA.
¿Sabes que él muere por ti?
DOÑA ANA.
Bien cierta estoy de su amor.
CELIA.
Pues cuando de esa verdad
hay certidumbre, yo hallo
más crueldad con dilatallo,
que en decillo liviandad;
que el tiempo sirve de dar
del amor información,
y es necia la dilación,
si no queda que probar.
DOÑA ANA.
El sujetarme es forzoso,
Celia, a tu agudeza extraña.
CELIA.
Es verdad que es poca hazaña
persuadir a un deseoso.
(Vanse).
Escena IX.
Sala en casa de don Mendo.
Don Mendo con banda, sin espada, y el Conde.
DON MENDO.
Mis cocheros me han vendido,
dijo mi enemiga apenas,
cuando en espadas y dagas
truecan azotes y riendas,
y como animosos, mudos,
indicio de su fiereza,
que da el valor a los pechos
lo que les quita las lenguas,
embistieron dos a dos
con tal ímpetu y violencia,
que pensé, viendo el exceso
de su valor y sus fuerzas,
que transformado en cochero,
Jove, por mi ingrata bella
vibraba rayos ardientes
para vengar sus ofensas;
porque sus valientes golpes
eran tantos, que no suenan
en la fragua de Vulcano
los martillos tan apriesa.
Al fin, primo, (que a vos solo
puedo confesar mi afrenta),
la espada de un hombre humilde
pudo herirme en la cabeza;
y tanta sangre corría,
con ser la herida pequeña,
que cegándome los ojos
puso fin a la pendencia.
Volví a curarme a Alcalá,
que estaba a cuarto de legua,
más con rabia de la causa,
que del efecto con pena.
Esto ha podido en doña Ana
una mal fundada queja,
y este es el premio que traigo
de celebrarla en las fiestas.
CONDE.
¡Hay suceso más extraño!
¿Y habéis sabido quién eran
cocheros tan valerosos?
DON MENDO.
Como se va con cautela
procurando, por mi honor,
que el suceso no se sepa,
no es averiguarlo fácil;
mas yo tengo una sospecha,
que siempre estas viudas mozas,
hipócritas y santeras,
tienen galanes humildes,
para que nadie lo entienda.
Tal valor en un cochero
los celos no más lo engendran,
que nunca así por leales
los hombres bajos se arriesgan.
Esto se viene rodado,
que si no, no lo dijera,
que ya sabéis que no suelo
meterme en vidas ajenas.
CONDE.
(Aparte).
(¡Así tengas la salud!)
No vengo en esa sospecha.
El enojo os precipita
contra tan honradas prendas;
y no es justo hablar así
de quien puede ser que sea
vuestra esposa.
DON MENDO.
Ya he perdido
la esperanza y la paciencia.
CONDE.
¿Tan presto?
DON MENDO.
Volverme quiero
a mi constante Lucrecia.
CONDE.
(Aparte).
(¡Malas nuevas te dé Dios!)
Indicios dais de flaqueza.
Si doña Ana está engañada,
procurad satisfacerla.
DON MENDO.
Niega a mi voz los oídos.
CONDE.
Entrad y habladle por fuerza,
porque quien el dueño ha sido,
siempre tiene esa licencia
mientras no se satisface
de que es la mudanza cierta.
Quizá enojada os castiga,
y no os despide resuelta;
o decid vuestras disculpas
en un papel.
DON MENDO.
Yo lo hiciera
si hubiera de recibirlo.
CONDE.
Yo me obligo a que lo lea.
DON MENDO.
¿Cómo?
CONDE.
Dádmelo, que yo
lo pondré en sus manos mesmas.
DON MENDO.
Al punto voy a escribirlo.
(Vase).
Escena X.
El Conde.
CONDE.
(Aparte).
Y yo a pedir a Lucrecia
que me cumpla su palabra,
pues ha visto sus ofensas;
que pues con doña Ana vino
de Alcalá en un coche, es fuerza
que viera lo que ha contado,
y su desengaño viera;
y este papel ha de ver,
para que negar no pueda;
que modo habrá de excusarme,
cuando don Mendo lo sepa
y consiga yo mi intento,
suceda lo que suceda;
que no mira inconvenientes
el que ciega amor de veras.
(Vase).